#103 Enfermedades crónicas y dolor: cómo confiar en Dios cuando tu cuerpo se debilita
Introducción
Si estás leyendo esta guía, es probable que te encuentres sufriendo a causa de una enfermedad o estés intentando ayudar a alguien enfermo.
Tú o esa persona necesitan ayuda, porque estar enfermo es frustrante. Ya sea una gripe que esté afectando tu semana, una condición crónica que esté te esté quitando calidad de vida o algo letal que amenace con detener lo que parece que debería ser infinito y sin obstáculos, estar enfermo es frustrante. No quiero decir que sea solamente molesto. Quiero decir que, literalmente, frustra nuestros planes, nuestros pasatiempos, nuestros sueños, nuestras familias. Las enfermedades son intrusivas, indeseadas, molestas, corrosivas y antinaturales. Aun así, a pesar de todos nuestros esfuerzos por posponerlas y vivir para siempre, las enfermedades (y la muerte) siguen siendo inevitables.
¿Cómo deberíamos pensar acerca de la enfermedad? Quiero ayudarte a pensar bíblicamente sobre esto haciéndote algunas preguntas. Entonces, sin más preámbulos…
Audioguía
Audio#103 Enfermedades crónicas y dolor: cómo confiar en Dios cuando tu cuerpo se debilita
Parte I: ¿Por qué nos enfermamos?
Nos enfermamos a causa de la muerte, y morimos a causa del pecado.
La enfermedad es como si la tumba extendiera sus manos sucias sobre la tierra de los vivos para alertarnos sobre lo que está por venir, y luego hundirnos.
Si no estuviésemos destinados a morir (es decir, si no estuviésemos muriendo), no nos enfermaríamos. Si no fuera por el pecado, no moriríamos.
Entonces, ¿por qué nos enfermamos? Por culpa del pecado.
Dios nos creó para vivir. Su intención para nuestros primeros padres era multiplicar la vida, no dispersar la muerte. De hecho, el primer mandato antes de la prohibición fue: «Sean fructíferos y multiplíquense» (Gn 1:28). Que esa inmortalidad haya sido otorgada a Adán y Eva evidencia que la muerte se introduce como consecuencia del pecado: «[P]ero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, sin duda morirás» (Gn 3:17).
Dios creó a Adán y a Eva para que viviesen. Se les advirtió que la paga del pecado es la muerte (Rm 6:23). Pero pecaron. Por ello, Dios castigó al hombre y a la mujer luego de que lo desobedecieron:
Te ganarás el pan con el sudor de tu frente,
hasta que vuelvas a la misma tierra
de la cual fuiste sacado.
Porque polvo eres
y al polvo volverás (Gn 3:19).
Morimos por culpa del pecado.
La ironía es que Adán y Eva, creados a imagen de Dios, se encontraban en algún lugar entre el cielo y la tierra, por decirlo de alguna forma. Aun así, estaban insatisfechos. Querían parecerse más a Dios de lo que debían, por eso ahora estamos destinados a volver al polvo. La muerte nos humilla tanto como la serpiente que alimentó esa primera mentira. El autor de Eclesiastés habla de esta trágica ironía:
Los seres humanos terminan igual que los animales; el destino de ambos es el mismo, pues unos y otros mueren por igual, y el aliento de vida es el mismo para todos, así que el hombre no es superior a los animales. Realmente, todo es vanidad y todo va hacia el mismo lugar. Todo surgió del polvo y al polvo todo volverá (Ecl 3:19-20).
La muerte es humillante. Es la limitación definitiva que impuso Dios a aquellos que pensaron que podían competir con Él por poder, dominio y autonomía. Pensamos que podíamos ser como Él, y ahora morimos como los perros. No tenemos ninguna ventaja sobre los animales en términos de mortalidad.
Por culpa del pecado, morimos.
Pablo también reconoce esta relación y escribe: «Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron» (Rm 5:12).
La muerte implica separación. La muerte física es la separación del alma y el cuerpo (St 2:26). La muerte espiritual se da cuando el pecador se separa de Dios (2 Tes 1:9). La muerte es la desintegración o destrucción del ser humano. Es por esto que la enfermedad es un síntoma o precursor de la muerte. Es nuestra lenta desintegración o desmoronamiento antes de que nos enfrentemos a nuestro destino final en la tumba, donde volveremos al polvo.
Esto es lo que nos muestra Eclesiastés:
Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud,
antes de que lleguen los días malos
y vengan los años en que digas:
«No encuentro en ellos placer alguno»;
antes de que dejen de brillar el sol y la luz,
la luna y las estrellas,
y vuelvan las nubes después de la lluvia.
Un día temblarán los guardianes de la casa
y los fuertes caminarán encorvados;
se detendrán las que muelen por ser pocas,
y verán borrosos los que miran por las ventanas.
Se irán cerrando las puertas de la calle,
irá disminuyendo el ruido del molino;
las aves elevarán su canto,
pero apagados se oirán sus trinos.
Sobrevendrá el temor por las alturas y por los peligros del camino.
Florecerá el almendro,
la langosta resultará onerosa
y se perderá el deseo,
pues el hombre se encamina al hogar eterno
y rondan ya en la calle los que lloran su muerte.
Acuérdate de tu Creador antes de que se rompa el cordón de plata
y se quiebre la vasija de oro,
y se estrelle el cántaro contra la fuente
y se rompa la polea del pozo.
Volverá entonces el polvo a la tierra, como antes fue
y el espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio (Ecl 12:1-7).
No necesitamos preocuparnos por todos los detalles. Creo que la imagen que quiere dar el autor es la del cuerpo humano debilitándose con la edad. Si vives lo suficiente, tus manos («los guardianes») temblarán hasta con las tareas más pequeñas. Tus dientes («las que muelen») serán pocos. Tus ojos («los que miran») no verán con tanta claridad. Lo que solía ser una tarea sencilla, como subir un escalón, se convertirá en algo aterrador. No sentirás ningún tipo de deseo. Finalmente, tu vida se estrellará como un vidrio contra el suelo. La vida será frustrante en esos «días malos», como los llama el autor.
A causa del pecado, morirás. Y a causa de la muerte, tu cuerpo se debilitará hasta romperse. La enfermedad es una advertencia de la tumba. Sin muerte, no habría enfermedad.
¿Qué tan a menudo relacionas tu enfermedad con la muerte y el pecado? Si no lo haces, es posible que las enfermedades te tomen por sorpresa.
Hay dos tipos de personas leyendo esta guía: las que se están muriendo y lo saben, y las que se están muriendo y no lo saben. Asumo que la mayoría de las personas en el mundo occidental son parte de la segunda categoría. Por supuesto, hay excepciones (quienes tuvieron una experiencia cercana a la muerte, propia o ajena, o quienes la pueden ver en el horizonte). Sin embargo, el resto de nosotros sabemos que nos estamos muriendo pero no realmente.
La enfermedad es inexplicable para quienes son inmortales.
Sospecho que una de las razones por las que negamos la muerte es porque reducimos nuestra exposición a ella. No es tan sencillo que deje su marca en nosotros. Enviamos a los ancianos a asilos. Dejamos en los hospitales a quienes están gravemente enfermos o heridos. Quienes no tienen mucha esperanza reciben cuidados paliativos. Como dice el dicho: ojos que no ven, corazón que no siente. Por supuesto, no quiero sugerir que los asilos, hospitales y cuidados paliativos no merezcan reconocimiento. Son muy valiosos. Solo digo que tienen un costo: una menor conciencia de nuestra propia mortalidad. Cuanto menos vemos a personas enfermas y moribundas, es menos probable que comprendamos que nosotros mismos estamos muriendo. Pero ¿quién quiere pensar en la muerte? Es «la innombrable».
Creo que otra de las razones por las que negamos la muerte es gracias a los avances en la tecnología. Al escribir esto, puedo oír la lluvia golpear contra la ventana. Ese sonido solo es superado por el de la calefacción, que mantiene el cuarto agradable. Provee protección frente a los elementos externos y ajusta los del interior a mi gusto. Asumimos que nuestro «dominio» sobre la naturaleza incluye a nuestros cuerpos. Los avances de la medicina perpetúan este mito. Pareciese que existe un tratamiento para casi cualquier diagnóstico. Esto nos da confianza. Independientemente de los méritos de la ciencia, el costo ha sido importante: asumimos tener un mayor control sobre la vida y la muerte del que realmente tenemos. Por lo tanto, negamos la muerte y negamos nuestra falta de control.
¿Qué tiene que ver todo esto con la enfermedad? Bueno, si has llegado a creer que no vas a morir y que puedes controlar la naturaleza, incluyendo la vida y la salud, vas a frustrarte mucho cuando tu cuerpo te diga lo contrario. La enfermedad puede ser frustrante, casi como una falla de motor en un auto nuevo. ¡No debería suceder!
En cierto sentido, no debería. La enfermedad y la muerte son antinaturales; no fuimos creados para padecerlas. No obstante, a causa del pecado, como ya vimos, se convirtieron en nuestra nueva normalidad. En otro sentido, deben estar en nuestro mundo. La enfermedad y luego la muerte son los límites que les puso Dios a las criaturas que pensaron que deberían ser superiores. La paga del pecado es la muerte. Morimos a causa del pecado y nos enfermamos a causa de la muerte. Es la muerte que llega a nuestras vidas para advertirnos sobre lo que vendrá. Es la luz del motor parpadeando en el tablero. Es la señal de Dios que indica que tu cuerpo no está bien a causa del pecado. Pronto, conocerás toda su fuerza, y luego, conocerás a quien te puso estos límites: a Dios. La enfermedad, al igual que la muerte, siempre debe poner nuestros ojos en Dios. Es un recordatorio de la muerte, del pecado y de aquel que es Juez soberano y Salvador misericordioso a la vez.
Una vez que aceptamos la raíz del pecado y su inevitabilidad, estamos bien posicionados para crecer a partir de esta experiencia y para mantener la esperanza más allá de ella. Pero primero, debemos profundizar más en la cuestión de la raíz de la enfermedad.
Entonces, nosotros, la humanidad, nos enfermamos a causa del pecado. Pero ¿yo estoy enfermo por mi pecado?
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cuál fue tu experiencia más cercana a la muerte (ya sea propia o de un ser querido)? ¿Cómo te hizo sentir?
- Cuando piensas en la muerte, ¿sientes miedo? ¿Intentas ignorarla? ¿Esto cambia tu perspectiva? ¿Cómo y por qué?
- ¿Cuál es la relación entre el pecado, la enfermedad y la muerte?
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Parte II: ¿Estoy enfermo por culpa de mi pecado?
Sí. No. Tal vez.
¿Estoy enfermo por culpa de mi pecado? Quiero responder esta pregunta con un «sí» bien fundamentado. Si no fueras un pecador ahora y en Adán, no morirías, por lo tanto, no te enfermarías.
Sin embargo, si estás en Cristo Jesús, debes saber que no estás siendo castigado por tu pecado con tu enfermedad. En esto, la Biblia es clara:
«Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús» (Rm 8:1).
Si estás en Cristo, cada pecado que hayas cometido fue pagado en la cruz. Tu deuda fue anulada por completo, y fuiste perdonado (Col 2:14). Todo se ha cumplido, como lo prometió Cristo (Jn 19:30).
Entonces, tu enfermedad no es el castigo de Dios por tu pecado. Pero, otra vez, si no fueras pecador, no estarías enfermo. La enfermedad es una consecuencia de la vida en un mundo caído, y es precursora de la muerte. A pesar de que Cristo sufrió en nuestro lugar, aun así morimos, no como castigo por el pecado, sino como su consecuencia.
La pregunta número 42 del Catecismo de Heidelberg dice: «Puesto que Cristo murió por nosotros, ¿por qué todavía tenemos que morir?»
La respuesta es: «Nuestra muerte no paga la deuda por nuestros pecados. Más bien pone término a nuestro pecar y es la entrada a la vida eterna».1
De forma similar, la enfermedad no es la paga por nuestros pecados, sino un recordatorio de que aún debemos abandonar este cuerpo de carne para revestirnos de incorruptibilidad (1 Co 15:53). El pecado debe morir incluso cuando se nos recuerda que la muerte está por venir. Hasta que abandonemos la carne en nuestra muerte, nos seguiremos enfermando.
Entonces, ¿estoy enfermo por culpa de mi pecado? En sentido general, como ser humano en un mundo maldito por el pecado, la respuesta es «sí». Sin embargo, no estamos siendo castigados.
No obstante, debemos ir más allá. ¿Estoy enfermo por culpa de mi pecado? Es decir, ¿estoy enfermo por culpa de mi pecado en concreto? ¿Este cáncer, este Parkinson, esta fibrosis quística, esta ELA, o la enfermedad que sea, es culpa de mi pecado?
¿Esta enfermedad específica se debe a un pecado concreto mío? La respuesta es «probablemente no». Sí, es a causa del pecado en general, pero no por tu pecado específico.
En Juan capítulo 9, Jesús y sus discípulos se encuentran con un hombre ciego de nacimiento. «Y sus discípulos preguntaron: “Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?”» (Jn 9:2). Era común pensar que las enfermedades graves se debían a un pecado específico, de ahí la pregunta de sus discípulos. De hecho, más adelante en este capítulo, el hombre fue sanado, y los fariseos lo interrogaron porque Cristo lo curó un sábado. Desestimaron su testimonio (Jesús lo sanó, y Dios no escucha a los pecadores, por lo que Dios debía estar obrando por medio de Él) llamándolo pecador. «Ellos replicaron: “Tú, que naciste sumido en pecado, ¿vas a darnos lecciones?” Y lo expulsaron» (Jn 9:34).
Entonces, de acuerdo con su cultura religiosa, los discípulos no le preguntan a Jesús si el hombre es ciego a causa del pecado. Están seguros de que es así. La pregunta es a causa del pecado de quién. Cristo responde:
—No está así debido a sus pecados ni a los de sus padres —respondió Jesús—, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida […]Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos al ciego, diciéndole: —Ve y lávate en el estanque de Siloé (que significa «Enviado»). El ciego fue y se lavó, entonces al volver ya veía (Jn 9:3, 6-7).
La vida entera de este hombre estaba marcada por la ceguera. Sin embargo, la ceguera no se debía a su pecado, no era un castigo. Sin embargo, su ceguera tenía un propósito: que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida, es decir, la revelación de Dios en Cristo, por la cual creeríamos que Dios es el Hijo y el Mesías (Jn 20:31). Volveremos en breve al propósito de Dios en nuestro sufrimiento. El punto aquí es que tu enfermedad no se debe principalmente a tu pecado de forma punitiva.
Entonces, ¿mi enfermedad específica se debe a mi pecado concreto? Es casi seguro que no. No obstante, deberíamos tener una categoría para la enfermedad como disciplina para un pecado específico.
Entonces, una vez más, ¿mi enfermedad específica se debe a mi pecado concreto? Probablemente no, pero tal vez.
En Juan 5, Jesús, un sábado, notó a un hombre que llevaba enfermo 38 años (observa las similitudes con el hombre ciego en Juan 9). Jesús le pregunta si quiere sanarse. El hombre no contesta esta pregunta, probablemente ni siquiera pensaba que sanarse era una posibilidad. Luego, Jesús lo cura con una sola palabra.
—Levántate, recoge tu camilla y anda —le dijo Jesús. Al instante
aquel hombre quedó sano, así que tomó su camilla y echó a andar
(Jn 5:8-9a).
Los líderes judíos también interrogaron al hombre. Luego, Cristo se encontró con él de nuevo y le dijo:
—Mira, ya has quedado sano. No vuelvas a pecar, no sea que te ocurra algo peor (Jn 5:14b).
El hombre se sana, pero recibe una advertencia. No vuelvas a pecar, no sea que te ocurra algo peor. El hombre en Juan 9 no recibió una advertencia similar. Observa cómo Jesús no dijo nada específico. El hombre sabe el pecado al que se refería Cristo. Parece razonable asumir que a este hombre lo agobiaba un pecado específico. La sanación misericordiosa que Cristo le concedió exigía su arrepentimiento. Es como si Él le dijera: «Salvé tu cuerpo de ese pecado que lo llevó a la ruina. No regreses a eso, ya que así regresarás a la ruina».
Entonces, ¿mi enfermedad específica se debe a mi pecado concreto? Tal vez. Podría ser. Al menos necesitamos tener una categoría para ello. Vemos algo similar en el libro de Santiago.
Les da consejos específicos a los cristianos en diversas situaciones.
¿Está afligido alguno entre ustedes? (St 5:13a).
¿Qué debería hacer?
Que ore. ¿Está alguno de buen ánimo? (St 5:13b).
¿Qué debería hacer?
Que cante alabanzas (St 5:13c).
¿Está enfermo alguno de ustedes? (St 5:14a).
Ah, ¿qué debería hacer?
Haga llamar a los líderes de la iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe sanará al enfermo y el Señor lo levantará. Y si ha cometido pecados, sus pecados se le perdonarán. Por eso, confiésense unos a otros sus pecados y oren unos por otros, para que sean sanados (St 5:14-16).
Observa la relación cercana entre confesar los pecados y recibir sanación. La persona enferma es sanada y, en los casos donde hay pecado, es perdonada. Entonces, para ser sanados, deberíamos confesar nuestros pecados y orar unos por otros. La confesión del pecado conduce a la sanación. A veces, Dios nos disciplina con amor por medio de la enfermedad. Necesitamos tener una categoría para esto y tomarnos en serio nuestro pecado y la disciplina de Dios.
Esto quiere decir que además de las preguntas que los doctores puedan hacerte sobre tu dieta, el ejercicio que haces, tu historial, tu exposición, entre otras, una de las preguntas de diagnóstico que deberíamos hacernos es: «¿Estoy pecando sin arrepentirme?». Una de las preguntas que los ancianos deberían hacer con gran cuidado es: «¿Estás pecando sin arrepentirte?».
Dios puede disciplinarte, y lo hará porque te ama (Hb 12:6). Y una de las formas en las que puede ablandar tu corazón es por medio de la enfermedad. Esas preguntas deberían ser abordadas con prudencia y con la ayuda de otros, como lo sugiere Santiago.
Dependiendo de tu personalidad, tus inclinaciones y tus antecedentes, podrías ser más propenso a asumir que cualquier sufrimiento en tu vida es consecuencia de tu pecado específico. Te recomendaría que no lo hagas. En general, vivimos en un mundo profundamente roto a causa del pecado. Dios es misericordioso y amable con sus hijos. Él siempre recuerda de qué hemos sido formados (Sal 103:14) y obra todas las cosas para nuestro bien (Rm 8:28).
Por el contrario, puede que seas de los que nunca piensan que su sufrimiento, en este caso la enfermedad, sea causa de su pecado. Podría serlo. Siempre vale la pena pedirle a Dios que examine nuestros corazones para sacar el pecado a la luz. Siempre vale la pena pedirles a familiares de confianza, a miembros de nuestra iglesia y a nuestros pastores si notan algún punto ciego. Como mínimo, aprenderemos de qué forma podemos mortificar la carne y agradar a Dios. Tal vez identifiquemos el pecado que afecta nuestras almas y nuestros corazones (Sal 32:2), nos arrepintamos y seamos sanados.
Entonces, ¿por qué nos enfermamos? En general, porque vivimos en un mundo manchado por el pecado. En algunos casos excepcionales, a causa de nuestro pecado específico. Cualquiera sea el caso, debemos buscar a Dios.
Como ya vimos, Dios no es ajeno ni indiferente a nuestra enfermedad o nuestro sufrimiento. No se sorprende. Él lo envía.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Eres más o menos propenso a relacionar la enfermedad con tu pecado? ¿Qué dice esto sobre tu sensibilidad a los temas espirituales?
- ¿Qué deberías hacer cuando estás enfermo desde una perspectiva espiritual?
- ¿A quién en tu vida puedes hacerle buenas preguntas sobre ti mismo?
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Parte III: ¿Dónde está Dios en medio de mi enfermedad?
En principio, vale la pena resaltar que Dios odia nuestro sufrimiento. Realmente lo hace. Envió a su Hijo hecho hombre para que pague el precio de nuestros pecados, para que arrase con las puertas del infierno y ascienda al trono del cielo para salvarnos de todo tipo de sufrimiento.
Cristo pasó mucho tiempo predicando y sanando a los afligidos (Lc 4:40).
Dios está guiando a toda la historia humana hacia su fin predeterminado, en donde recreará el cosmos y habitará con el hombre. Al tener esta visión, Juan nos cuenta lo que hará Dios:
Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir(Ap 21:4).
Dios no solo enjugará nuestras lágrimas, también se deshará de las cosas que nos hacen llorar. La nueva creación no será un lugar de sufrimiento, odio, enemigos o angustia. No será un lugar de muerte. Esto quiere decir que no habrá lugar para las enfermedades. Nos encontraremos de nuevo en presencia de Dios y del árbol de la vida, y «las hojas del árbol» serán «para la salud de las naciones» (Ap 22:2).
Quiero que veas que a Dios le importas. Le importas tú, tus lágrimas, tu cuerpo, tu futuro, y especialmente tu alma. Es bueno. Es amoroso. Es poderoso. Y sí, es soberano sobre tu sufrimiento.
Hacemos bien en comenzar a hablar de la bondad del carácter de Dios y su plan para eliminar todo sufrimiento. Nos sirve de consuelo al pensar en la soberanía de Dios sobre la enfermedad.
Él es soberano sobre todas las cosas, lo cósmico y lo microscópico.
Considera estos textos:
¡Vean ahora que yo soy único!
No hay otro Dios fuera de mí.
Yo doy la muerte y devuelvo la vida
causo heridas y doy sanidad.
Nadie puede librarse de mi mano (Dt 32:39).
Observa que un aspecto esencial de Dios es su completa soberanía sobre toda la vida humana de principio a fin. Dios da vida y muerte. No solo sana, sino que también hiere.
Vemos algo similar en el libro de Isaías:
Yo formo la luz y creo las tinieblas,
traigo bienestar y creo calamidad;
Yo, el Señor, hago todas estas cosas (Is 45:7).
Otra vez, el Señor dice lo siguiente sobre su soberanía sobre la humanidad:
—¿Y quién le puso la boca al hombre? —respondió el Señor—. ¿Acaso no soy yo, el Señor, quien lo hace sordo o mudo, quien le da la vista o se la quita? (Ex 4:11).
Cristo mismo dice algo similar:
¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre. Él les tiene contados aun los cabellos de la cabeza (Mt 10:29-30).
Nuevamente, se nos brinda una imagen de la soberanía meticulosa de Dios. Un pájaro podría caer en el bosque sin que te enteres (y esto sucede), pero nada ocurre sin el consentimiento del Padre. En términos modernos y biológicos, podríamos decir que las células no crecen ni se multiplican en tu cuerpo (el cáncer) sin que sea la voluntad del Padre.
¿Dónde está Dios en medio de mi enfermedad? Él es quien la envía.
Es fácil decir que Dios es soberano en un sentido más general: dirige la historia humana, causa el levantamiento y la caída de las naciones, hace tambalear a los reyes y obra todas las cosas para nuestro bien. Es difícil aceptar que puede otorgarnos cosas buenas por medio del sufrimiento.
¿Dónde está Dios en medio de mi enfermedad? Él es soberano sobre ella y es quien la envía. También está presente con nosotros en medio de ella como el Dios que nos sostiene, nos abraza, nos guía y nos conduce a verdes pastos (Sal 23).
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué piensas cuando escuchas que Dios envía las enfermedades? ¿Es algo que te sorprende? De ser así, ¿por qué?
- ¿De qué manera el saber que Dios es soberano sobre las enfermedades puede ser un consuelo espiritual?
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Parte IV: ¿Qué está haciendo Dios en medio de mi enfermedad?
Él está haciendo algo.
Doce años y cuatro hijos atrás, luego de luchar con la infertilidad por un largo tiempo, y después de muchas pruebas, un doctor le dijo a mi esposa que era poco probable que pudiese quedar embarazada, y aún menos probable que pudiese llevar un embarazo a término.
Lloré cuando le conté esta noticia a un buen amigo y mentor. Lo primero que me dijo fue: «Dios no está intentando enseñarte nada. Dios no está haciendo nada. No hiciste nada malo».
Repetía esto constantemente, intentando consolarme: «Dios no está intentando enseñarte nada».
Si lo hubiese escuchado, los fundamentos de mi esperanza se habrían desmoronado. Es decir, Dios no es impotente y mi sufrimiento no era en vano.
No. Dios es el Rey, Él obra todas las cosas. Sí, todas las cosas. Las obra para el bien de su pueblo, para que podamos decir y cantar: «Lo que sea que mi Dios ordene es correcto».
Dios está haciendo algo con tu enfermedad, y está tratando de enseñarte algo. Sin dudas, está haciendo mucho más. Está haciendo un millón de cosas, más de las que podamos comprender en esta vida y en la que vendrá. Lo que podemos saber es que las Escrituras nos dicen que Dios envía las pruebas no para ponernos en una situación peor, sino para mejorarlo todo. Nos arrebata lo que pensamos que necesitamos (riqueza, reputación, salud) para mostrarnos lo que en verdad necesitamos: a Él.
Considera el testimonio coherente de las Escrituras:
Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor
ni te desanimes cuando te reprenda,
porque el Señor disciplina a los que ama
y azota a todo el que recibe como hijo.
Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. Porque, ¿qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos. Después de todo, nuestros padres humanos nos disciplinaban y los respetábamos. ¿No hemos de someternos, con mayor razón, al Padre de los espíritus y viviremos? En efecto, nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella.
Por tanto, renueven las fuerzas de sus manos débiles y de sus rodillas temblorosas. «Hagan sendas derechas para sus pies» para que la pierna coja no se disloque, sino que se sane.
(Hb 12:5-13).
¿Qué notas en el texto en relación con tu sufrimiento y los propósitos de Dios?
El autor de Hebreos habla de lo desalentador que es nuestro sufrimiento, y nos anima recordándonos el propósito del dolor y el corazón del que lo envía. Dios pone presión en tu vida para que experimentes un mayor grado de justificación y, como vemos en el versículo 13, sanación espiritual. Hace esto porque te ama. De hecho, si Dios no te amara, no se involucraría en tu vida.
Escucha lo que dice Romanos 5:
Y no solo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado (Rm 5:3-5).
Si nunca sufriéramos, si las cosas siempre salieran como las planeamos, no necesitaríamos esperanza. ¿Para qué esperar un futuro si tu presente es perfecto? Dios, en su bondad, nos incomoda para que recordemos nuestra necesidad de la gloria del cielo, y así, nos animemos. Puede que la enfermedad afecte nuestros cuerpos físicos, pero impulsa nuestra carrera espiritual. Necesitamos más a Jesús. Necesitamos más el cielo.
La enfermedad nos recuerda de manera única la agonía de la muerte, lo cual nos hace anhelar liberarnos del pecado en la gloria de la resurrección.
Pedro dice algo similar:
¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia que no se puede destruir, contaminar o marchitar. Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes, a quienes el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos. Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en Él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación (1 P 1:3-9).
El sufrimiento perfecciona nuestra fe, que vale más que el oro y ciertamente más que nuestro bienestar físico. Además, el carácter de nuestra fe y especialmente el valor de su objeto resulta en aprobación, gloria y honor cuando vuelva Cristo. Tu sufrimiento es una oportunidad para crecer en confianza con miras a la gloria.
¿Qué preferirías tener? ¿Bienestar físico en el presente o la madurez espiritual que está al otro lado de las pruebas? ¿Gloria física ahora o cuando Cristo regrese?
Puedes tener bienestar físico y no ser feliz. Sin embargo, si sabes sufrir, sentirás una alegría inexpresable y gloriosa aun en medio de tu sufrimiento, ya que tus pruebas te dan la oportunidad de ver el poder y la cercanía de Dios en tu enfermedad. Cuando Él nos sostiene, no lo vemos lejano, sino cercano y poderoso.
¿Vale más para ti el resultado que tiene Dios para tu sufrimiento que la alternativa?
A fin de cuentas, se nos llama a confiar en Dios. Si Él pensara que sería mejor que no nos enfermáramos, no nos enfermaríamos.
En ciertas épocas, sufro de migrañas crónicas a diario. A menudo, tengo que recordarme a mí mismo que si Dios pensara que lo mejor para mí fuera estar sano, lo estaría. Me enseñó y me sigue enseñando que Él es todo lo que necesito. No menos dolor. No mayor claridad mental. No menor sensibilidad a los sonidos y a la luz. Lo que necesito es la gracia de Cristo.
La enfermedad es una oportunidad para aprender esto. Escucha lo que dice Pablo:
Sin embargo, no sería insensato si decidiera jactarme, porque estaría diciendo la verdad. Pero no lo hago, para que nadie suponga que soy más de lo que aparento o de lo que digo. Para evitar que me volviera presumido por estas sublimes revelaciones, una espina me fue clavada en el cuerpo, es decir, un mensajero de Satanás, para que me atormentara. Tres veces rogué al Señor que me la quitara; pero Él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co 12:6-9).
Para evitar que Pablo se jactase, Dios le impuso un límite. Una especie de recordatorio doloroso de su debilidad (y del infinito poder de Dios). Se le clavó una espina en el cuerpo, y a pesar de que le pidió al Señor que se la quitara, Él no lo hizo. Pablo aprendió que la gracia de Dios era suficiente para él. Su poder se perfecciona en la debilidad.
A menudo, Dios hace más por nosotros y por medio de nosotros cuando somos débiles que cuando somos fuertes. Cuando somos débiles, estamos en una posición en la que lo buscamos para recibir ayuda, fuerzas y esperanza. Es por esto que las enfermedades en general, especialmente las enfermedades crónicas, nos dan una oportunidad para entregarnos a la misericordia de Cristo, ya que, si no permanecemos en Él, no podemos hacer nada (Jn 15:5).
¿Es la gracia de Dios suficiente para ti? ¿Estás conforme con que su poder se muestre en tu debilidad? ¿O preferirías que su poder se muestre cuando estás sano?
El deseo de estar sano es bueno y natural. Pero ¿es ese tu mayor deseo? ¿O confías en Dios y deseas más su gracia?
Dios nos envía enfermedades para su gloria (Jn 9:3) y para nuestro bien (Rm 8:28; Gn 50:20).
Entonces, ya analizamos por qué nos enfermamos. Consideramos el lugar de Dios en nuestra enfermedad. En esta sección, hablamos de para qué la envía: para conformarnos a su carácter, para aumentar nuestra confianza en Él, para despertar nuestro apetito por el cielo, para darnos resistencia para la carrera y para mostrarnos que Él es suficiente.
Pero ¿cómo deberíamos sobrellevar bien la enfermedad?
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Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué manera es la enfermedad una oportunidad para crecer espiritualmente?
- ¿Cómo has visto la obra de Dios en ti a través de la enfermedad? ¿Cómo has sido alentado por su obra en otras personas en tiempos de enfermedad?
- ¿De qué manera se diferencia la soberanía de Dios sobre la enfermedad de la perspectiva del mundo?
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Parte V: ¿Qué debería hacer cuando estoy enfermo?
Esto debería ser algo obvio pero, si estás enfermo, deberías consultar con uno o varios doctores y tener en cuenta sus recomendaciones. Podrías mejorar con modificaciones en tu dieta, ajustes en tu estilo de vida, un mejor descanso, una cirugía o medicación de ser el caso. No conozco tu estado de salud ni soy médico. Busca soluciones legítimas a tus problemas físicos en la medida de lo posible.
Quiero enfocarme en las prácticas espirituales que deberías tener en cuenta en momentos de enfermedad.
¿Qué deberías hacer cuando estás enfermo?
En primer lugar, orar.
Como vimos en 2 Corintios 12, cuando Pablo estaba afligido (tal vez por una dolencia física), su instinto fue orar. Oró porque sabía que Dios es poderoso y que estaba dispuesto a sanarlo si eso era lo mejor para él.
¿Oras pidiendo sanación? Jesús nos llama a acudir a Dios en oración.
Considera Lucas 11:
Así que yo digo: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama, se le abre. ¿Quién de ustedes que sea padre, si su hijo pide un pescado, le dará en cambio una serpiente? ¿O si pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan! (Lc 11:9-13).
De forma similar, Cristo compara a un juez injusto con el buen Padre en Lucas 18:1-8.
Había una viuda que insistía con su demanda de justicia y acaba convenciendo al juez. Cristo nos enseña:
Continuó el Señor: «Tengan en cuenta lo que dijo el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? (Lc 18:6-7).
Cristo nos dijo esto para que nos aferremos a nuestra necesidad de oración y nunca nos rindamos.
¿Dejaste de pedirle en tus oraciones a Dios que te sane? Si los padres terrenales dan buenos regalos y los malos jueces administran la justicia, imagina cuánto más tu Padre bondadoso y perfectamente celestial desea darte lo que es bueno. Si eso es la sanación, así será. Pídesela.
Para ser claro, simplemente pedirle sanación a Dios no garantiza que la recibirás. Parte de lo que hacemos cuando oramos es contarle nuestros deseos a Dios. No le pedimos cosas solamente porque Él tiene el poder para brindárnoslas, sino también porque el tiene la sabiduría y la rectitud para hacer lo correcto.
Cuando le decimos «Padre, quítame esta enfermedad», implícitamente añadimos «pero que se haga tu voluntad». En la oración no solo pedimos, también reconocemos que Él sabe qué es lo mejor y que confiamos en su respuesta.
Cuando le pedimos sanación, hay dos respuestas posibles: «sí, ahora» o «sí, en la gloria». Sigue orando hasta que seas sanado, ya sea aquí o en el cielo.
La primera cosa que debes hacer es orar.
Lo segundo, es orar en comunidad. ¿Llamaste a los ancianos de tu iglesia para que oren juntos por ti, como vimos en Santiago 5? Si tienes buenos pastores, les encantaría ir e imponerte las manos en oración.
La tercera cosa que debes hacer, de acuerdo con Santiago 5, es considerar si tienes algún pecado del que no te has arrepentido. Otra vez, tu enfermedad específica podría ser un resultado de tu pecado específico. Probablemente no lo sea, pero debemos tener una categoría para esos casos. Pídele a Dios que te examine. Pídeles a tus pastores y a tus amigos que te digan la verdad sobre ti. Como mínimo, puede que notes algunos pecados que debas mortificar para caminar más cerca de Cristo.
En cuarto lugar, aférrate a Cristo. Si la razón por la que Dios te envía providencialmente el sufrimiento es para perfeccionar tu fe, sería una lástima no aprovechar la oportunidad.
El autor de Eclesiastés nos dice:
El sabio tiene presente la muerte; el necio solo piensa en la diversión (Ecl 7:4).
El sabio ve la ventaja de mirar a la muerte y a la tragedia a los ojos, porque por medio de ellas crece. El necio solo busca escapar.
Que tu sufrimiento no sea en vano. Considera tu debilidad física como un medio para aferrarte al poder de Cristo.
Joni Eareckson Tada quedó cuadripléjica tras un accidente de buceo cuando tenía 17 años. Tiene más de 70 en la actualidad. Se pasó casi toda la vida en silla de ruedas, y en lugar de odiar su dolor, cree que es un instrumento de Dios que le trae gran alegría:
Siempre digo que, en cierto sentido, espero que pueda llevarme mi silla de ruedas al cielo. Sé que no es bíblicamente correcto, pero si pudiese, me gustaría tener a mi silla de ruedas conmigo en el cielo antes de que Dios me de mi cuerpo nuevo y glorificado. Entonces, me voltearé a ver a Jesús y le diré: «Señor, ¿ves esa silla de ahí? Bueno, tenías razón cuando dijiste que en este mundo afrontaríamos aflicciones, ¡porque esa silla de ruedas sí que lo fue! Pero cuanto más débil estaba sobre ella, más dependía de ti. Y cuanto más dependía de ti, más fuerte descubría que era. Gracias por lo que hiciste en mi vida por medio de esa silla de ruedas.
Si todo lo que buscas cuando enfrentas pruebas es escaparte por medio de una pantalla, una botella, un libro o un amigo, pasarás por alto el sentido del sufrimiento y el producto tan valioso que genera. Este es el punto: nunca sentirás la fortaleza de Cristo si nunca te refugias en Él en momentos de dolor.
¿Es eso suficiente para ti?
En tu enfermedad y en tu sufrimiento, aférrate a Cristo. Busca sus dulces promesas en su Palabra. Ora de rodillas. Cántale con tus amigos. Habla sobre Él cuando te acuestas y cuando te despiertas. Deja que los dolores que te causa la enfermedad te hagan aferrarte a la fuerza de sus promesas y la suficiencia de su bondad.
Si confías en Él, notarás que a pesar de que la enfermedad haya afectado tu vida, tu copa aún rebosa. Así de satisfactorio es Cristo.
Por último, anhela el cielo.
Nos enfermamos porque morimos, y morimos por causa del pecado. Esto debería hacernos desear estar libres de pecado, anhelar que la muerte sea eliminada de una vez por todas y que reinemos en el poder de la resurrección.
La enfermedad es la luz parpadeante en tu tablero diciendo que no todo se termina en este cuerpo. Este lugar no es tu hogar. Es una especie de regalo de un Dios muy bueno. Pero un día, dejaremos atrás lo corruptible y perecedero y nos revestiremos de lo que no lo es. Pablo escribe lo siguiente sobre nuestra esperanza:
Fíjense bien en el misterio que voy a revelar: No todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque final de la trompeta. Pues sonará la trompeta y los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados. Porque lo corruptible tiene que revestirse de lo incorruptible y lo mortal, de inmortalidad. Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito:
«La muerte ha sido devorada por la victoria».
«¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?».
El aguijón de la muerte es el pecado y el poder del pecado es la Ley. ¡Pero gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! (1 Co 15:51-57).
Las enfermedades, especialmente las crónicas o fatales, deberían incrementar nuestro anhelo de liberarnos de ellas y de sus raíces: el pecado y la muerte. Deberían causar que anhelemos la resurrección de Cristo, en donde se eliminará toda esta maldición. Si tu carne nunca sufriera, no querrías deshacerte de ella. Si la Tierra fuese perfecta, no necesitarías el cielo.
La enfermedad te enseña a aferrarte a Cristo. Nos hace mirarlo.
En Juan 11, Marta, María y Lázaro acudieron a Cristo cuando Lázaro estaba enfermo. Cristo les hizo a las hermanas una promesa en la que nosotros también podemos confiar: «Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para la gloria de Dios, para que por ella el Hijo de Dios sea glorificado».
Sin embargo, esto no siempre sucede según nuestros tiempos. Por esto, Marta y María se lamentaron ante Cristo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».
Cristo les aseguró que Él es la resurrección y la vida, y que quienes creen en Él aunque mueran, vivirán; y que los que viven y creen en Él no morirán jamás.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué forma pensar en el cielo te trae esperanza en medio de tu sufrimiento?
- Cuando estás enfermo, ¿por qué cosas oras? ¿Con quién oras?
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Conclusión
Verás, ninguna enfermedad nos puede causar la muerte de forma absoluta, porque Cristo resucitó de entre los muertos. Cuando regrese y resucitemos con Él, se nos darán nuevos cuerpos que no podrán perecer. El tipo de sanación que de verdad queremos y necesitamos no está en este mundo, sino en el que vendrá.
Él nos sanará, pero la sanación que realmente necesitamos no se dará aquí, sino allá. Sí, oramos para poder estar bien en este mundo y hacemos cosas para lograrlo. Pero las enfermedades, especialmente las crónicas o mortales, nos dan la oportunidad de anhelar ese día de una manera en la que los demás no pueden o no quieren. Ese es un regalo de Dios.
Por lo tanto, cantamos:
1 Estando a orillas del Jordán,
ansioso miro allá,
A Canaán,
la celestial, donde el justo morará.
Oh sí, voy a gozar del celeste hogar.
Oh sí, voy a gozar del celeste hogar.
2 Sobre esos anchos llanos ya despunta eterna luz,
por fin la noche acabará, pues es cual sol Jesús.
3 Allá en la costa de salud no hay pestes ni dolor;
no más tristeza o mortandad, allá no habrá temor.
4 ¿Cuándo he de entrar en el país bendito y ver la faz
de Aquel con quien iré a morar en sempiterna paz?
¿Cuándo hemos de llegar a ese lugar donde no habrá más enfermedad, dolor, y muerte? Está llegando. ¿Estás esperándolo? ¿Estás viviendo para ello?
Nos enfermamos a causa de la muerte. Morimos por culpa del pecado. Un día, Cristo acabará con eso de una vez por todas. Esa es nuestra esperanza.
Notas finales
- Heidelberg Catechism(Catecismo de Heidelberg). Edición revisada. (Cleveland, OH: Central Publishing House), 1907.
Acerca del autor
JOHN SARVER es pastor en la iglesia bautista Midtown en Memphis, Tennessee. Obtuvo su doctorado en el Southern Seminary. Él y su esposa tienen cuatro hijos.
Tabla de contenido
- Parte I: ¿Por qué nos enfermamos?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: ¿Estoy enfermo por culpa de mi pecado?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: ¿Dónde está Dios en medio de mi enfermedad?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: ¿Qué está haciendo Dios en medio de mi enfermedad?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte V: ¿Qué debería hacer cuando estoy enfermo?
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Notas finales
- Acerca del autor