#44 Leadership In The Bible: Understanding The “True North”
Introduction
Did you know that there are currently 57,000 books with the word “leadership” in their title for sale on Amazon right now? The fact that there are so many underlines at least two things: 1. People want help leading things and 2. There are a ton of different ideas on how to lead things. If you’ve ever been tasked with leading something, you likely understand why having help is desirable. After all, being a leader is not easy! And yet, 57,000 books?! If you think being a leader is tough business, imagine reading every leadership book on Amazon and trying to judge which ones are good and which ones belong on the burn pile!
So, lots of people are talking leadership, but you have to choose . . . where will you go for advice on how to be a good leader? Your first answer may be, “I’m reading this field guide, aren’t I?! I’m coming to you for help, Taylor.” Gulp. You should know off the bat that I’ve led a few things in my lifetime. Sometimes, it went well. Other times, well. . . not so much.
As I think back on my failures, I think it’s fair to say that in every case, failure was either the result of not fearing God as I should or not relying on him for his wisdom. This is the foundation of spiritual leadership. Failing to fear God gives way to all kinds of other fears, such as fear of others, fear of failure, or fear of responsibility. Failing to fear God also acts as a license to sin. After all, if leaders do not fear the prospect of giving account to God, what will stop them from using their authority to indulge in their own desires? This is why leadership ethics are so vital. Similarly, if leaders do not rely on God’s wisdom, they will employ their own. What is worldly wisdom to God? “Foolishness” (1 Cor. 3:19).
Thankfully, there is a central character in the Bible whose example provides a plethora of leadership principles for us today—more than we have time to discuss in this guide! The person I have in mind is Moses in the Bible. If you’re at all familiar with your Bible, then you know Moses. Even if you’ve never really read the Bible, you’ve likely at least heard of him! Either way, I would suggest taking some time to familiarize yourself with the story of Moses. You might even consider reading Exodus and Deuteronomy with your mentor/mentee over the course of the next 4-5 weeks.
Start in Exodus 2 and read through the book. You’re going to run into some of the Sinai laws in Exodus 20-30, but persevere. The story picks up in Exodus 31 and especially in 32 with the incident of the golden calf, followed by Moses’ intercession on behalf of God’s sinful people. Leviticus and Numbers then go into great detail concerning both the Law and key events in Moses’s time leading Israel—namely, Israel’s first approach of the Promised Land and the subsequent wilderness banishing. To read a summary of these two books, look at Deuteronomy. There you will read of Moses’s own account of Israel’s story. Deuteronomy will then conclude with Moses’s death atop Mount Nebo in chapter 34.
Like with every leader, Moses’s life had its ups and downs, and we will attempt to learn from both what he got right and what he got wrong. More often than not, however, Moses stands for us as an example of good Christian leadership. While none of us will likely be tasked with calling down a great king like Pharaoh or leading a people through the center of a sea on dry ground, we can apply the same leadership in the Bible to our own lives. Moses’s example can help us be better spouses, parents, bosses, ministers, and friends. Most importantly, our time with Moses can help us follow Jesus more faithfully. If we accomplish nothing else, I pray that this guide will at least do that for you.
Audio Guide
Audio#44 Leadership In The Bible: Understanding The “True North”
Parte I: Lo que No es un buen liderazgo
¿Recuerdas cuando estabas en la escuela primaria y tuviste que aprender sobre el arco narrativo? Si es así, recordarás que hay cinco elementos básicos en cualquier narración completa: planteamiento (donde se establece la escena), acción ascendente (donde se introduce el problema), clímax (donde el problema alcanza su punto más alto), acción descendente (donde el conflicto comienza a resolverse) y desenlace (donde el conflicto llega a su final). Pues bien, los primeros capítulos del libro de Éxodo ofrecen una especie de planteamiento de una historia en la que participan Israel, Egipto y un pastor hebreo criado en Egipto llamado Moisés.
Al principio de esta historia, Israel, un pueblo de la tierra de Canaán, llevaba cuatrocientos años en Egipto. Durante gran parte de ese tiempo, Israel había gozado de gran favor entre los egipcios. De hecho, el libro de Éxodo comienza diciéndonos que «los israelitas tuvieron muchos hijos y a tal grado se multiplicaron que fueron haciéndose más y más poderosos. El país se fue llenando de ellos» (Ex 1:7). Se podría decir que la vida era bastante buena para Israel en Egipto, pero los problemas estaban a la vuelta de la esquina.
Un nuevo rey egipcio llegó al poder, y no le interesaban para nada las relaciones amistosas que Israel y Egipto habían mantenido en el pasado (Ex 1:8). El faraón veía a Israel como una amenaza, simple y llanamente, una amenaza que no podía dejar sin controlar. Por eso, ordenó que los israelitas se convirtieran en esclavos de Egipto, donde serían afligidos con «trabajos forzados» (Ex 1:11). Sin embargo, para gran decepción del faraón, cuanto más oprimía a Israel, ellos más se multiplicaban y se extendían (Ex 1:12).
Egipto temía a Israel como si fuera una enfermedad que causaba dolencias crónicas bajo la amenaza de muerte. Entonces, el faraón decidió que había que hacer algo más para detener el crecimiento de Israel. Por eso, ideó un plan para matar a todos los varones israelitas recién nacidos. Sin embargo, las parteras, las responsables de ejecutar el plan asesino del faraón, se negaron a hacerlo, y «los israelitas se hicieron más numerosos y más fuertes» (Ex 1:20). Parecía que nada de lo que hacía el faraón para frenar el crecimiento de Israel funcionaba. El Dios de Israel respondía a cada maldición del faraón con bendiciones aún mayores.
En este conflicto nació Moisés. De hecho, su persona representa una intersección entre estos dos pueblos. En Éxodo 2, leemos que Moisés nació de una mujer hebrea que, para salvarle la vida, lo escondió en una cesta de papiro entre los juncos a orillas del Nilo (Ex 2:3). Allí, Moisés fue descubierto nada menos que por la propia hija del faraón. Ella lo adoptó y le puso por nombre Moisés, que significa «yo lo saqué del río» (Ex 2:10). Así que aquí tenemos a Moisés, hebreo de nacimiento, pero egipcio por adopción de la familia real. ¿Qué sería de un niño así? ¿A quién terminaría siéndole leal?
No tenemos que leer mucho más para obtener una respuesta a esa pregunta. El autor del libro de Éxodo (el propio Moisés) escribe:
Un día, cuando Moisés ya había crecido, fue a ver a sus hermanos de sangre y pudo observar sus penurias. De pronto, vio que un egipcio golpeaba a uno de sus hermanos, es decir, a un hebreo. Miró entonces a uno y otro lado y, al no ver a nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. Al día siguiente volvió a salir y, al ver que dos hebreos peleaban entre sí, preguntó al culpable: —¿Por qué golpeas a tu compañero? —¿Y quién te nombró gobernante y juez sobre nosotros? —respondió aquel—. ¿Acaso quieres matarme a mí como mataste al egipcio? Esto causó temor en Moisés, pues pensó: «¡Ya se supo lo que hice!». Y en efecto, el faraón se enteró de lo sucedido y trató de matar a Moisés; pero Moisés huyó del faraón y se fue a la tierra de Madián, donde se asentó junto a un pozo (Ex 2:11-15).
En solo unos pocos versículos, Moisés pasa de ser miembro de la realeza egipcia a convertirse en un fugitivo de Egipto. Para colmo de males, su acto en defensa de su pueblo, Israel, no fue bien recibido, y los suyos se burlaron de él diciendo: «¿Y quién te nombró gobernante y juez sobre nosotros?» (Ex 2:14a). Las cosas no le iban nada bien a Moisés en ese momento de su historia. Aunque pertenecía a dos pueblos, ninguno de ellos lo quería. Aunque deseaba liderar, nadie estaba dispuesto a seguirlo. ¿Qué errores cometió Moisés? Responder esa pregunta nos ayudará a comprender lo que no es un buen liderazgo. También nos ayudará a apreciar el gran líder en el que se convertirá Moisés.
1. El buen liderazgo no es el resultado de la sabiduría de este mundo.
Detengámonos en el adjetivo calificativo «bueno». Para que el liderazgo sea «bueno», debe depender de la sabiduría divina, no de la sabiduría de este mundo. ¿Recuerdas los 57 000 libros sobre liderazgo que hay actualmente en Amazon? La mayoría de ellos dependen de la sabiduría terrenal. Es decir, están llenos de consejos y trucos centrados en cómo salir adelante, cómo ser el primero, cómo ser el mejor. A menudo, sus estrategias implican menospreciar a los demás o utilizarlos para beneficio propio. La sabiduría de este mundo, en este sentido, depende de la autopromoción y el autoengrandecimiento.
¿Fue Moisés culpable de actuar según la sabiduría terrenal cuando mató al capataz egipcio? ¡Al fin y al cabo, solo estaba defendiendo a su pueblo! Bueno, por muy fácil que sea empatizar con Moisés, sus acciones revelan cierta autoproclamación como juez y jurado de un pueblo que, casi inmediatamente después, rechazó su autoridad. Moisés actuó de forma apresurada y en secreto, de acuerdo con lo que creía correcto. En lugar de pedirle sabiduría a Dios, actuó sin pensar y mató al hombre. Sin embargo, hay que señalar que sus acciones contra el capataz no contribuyeron en nada a mejorar la situación de Israel. De hecho, Israel gemía aún más porque su sufrimiento era grande (Ex 2:23).
Lo que Israel necesitaba, y lo que Moisés debería haber esperado, era una respuesta de Dios sobre qué hacer a continuación. Después de todo, Dios estaba al tanto de la difícil situación de su pueblo. Moisés escribió: «[Dios] al oír sus quejidos se acordó del pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob. Fue así como Dios se fijó en los israelitas y los tomó en cuenta» (Ex 2:24-25).
¿Recuerdas alguna ocasión en la que, como líder, actuaste sin pensar? Quizás sentiste que la situación exigía un liderazgo ágil. Por supuesto que a veces el liderazgo exige decisiones rápidas. Sin embargo, la mayoría de las veces, las decisiones precipitadas surgen de la sabiduría terrenal, lo cual revela que no somos tan buenos pensando sobre la marcha. Definitivamente no somos tan buenos como creemos. Peor aún, a menudo no pensamos como Dios cuando actuamos precipitadamente, sino que confiamos en la sabiduría de este mundo, que, por lo general, nos resulta más intuitiva.
Como líderes, necesitamos la ayuda y la sabiduría de Dios para saber qué debemos hacer. Ya sea en nuestras empresas, familias o iglesias, debemos buscar rápidamente el consejo de Dios antes de actuar. Una forma de hacerlo es leer la Palabra de Dios con la expectativa de que, al aprender más sobre cómo es Dios, comprenderemos mejor cómo debemos ser nosotros. Dado que Dios es paciente, justo y bondadoso, debemos esforzarnos por ser así con quienes están bajo nuestro liderazgo. Dicho de otra manera, puede que la Biblia no nos diga si debemos llevar a nuestra empresa a vender este activo o enviar a nuestros hijos a una escuela privada, pero al decirnos cómo es Dios, la Biblia orienta cada una de estas decisiones, así como todas las demás que enfrentamos. No debemos tomar decisiones que nieguen los atributos de Dios, sino esforzarnos por tomar decisiones que muestren mejor el carácter de Dios a quienes están bajo nuestra autoridad.
¿Cómo podría Moisés haber mejorado su situación y la de su pueblo si hubiera esperado la sabiduría del Señor? ¿Habría logrado evitar toda la etapa de su vida como pastor en el desierto? Es posible. Lo que podemos afirmar con certeza es que no se habría arrepentido de haber confiado en la sabiduría del Señor, más allá del resultado. Nosotros tampoco nos arrepentiremos si esperamos en Él.
2. El buen liderazgo no proviene de la ambición arrogante.
Ya hemos mencionado que Moisés actuó según la sabiduría terrenal cuando decidió asesinar al capataz egipcio que golpeaba a un pobre esclavo israelita. Ahora debemos reflexionar sobre su ambición, que, sin duda, estaba mezclada con cierto grado de arrogancia. ¿Por qué digo esto? Bueno, por un lado, cuando mató al capataz, Moisés no sabía que Dios le designaría la tarea de liberar a su pueblo del cautiverio. El lector del libro de Éxodo puede tener algún indicio de que esto iba a ser así, basándose en cómo Moisés fue rescatado del Nilo por nada menos que la propia hija del faraón. Pero, hasta donde él sabía, solo tenía la suerte de estar vivo, por no mencionar que tenía la riqueza del faraón a su alcance.
Esto no le impidió intentar alcanzar una autoridad que no le correspondía. Verás, el liderazgo viene de arriba, es decir, de Dios. Antes de que Moisés pudiera tener la autoridad para tomar decisiones en nombre de su pueblo —decisiones como a cuál de sus opresores matar—, primero tenía que ser llamado por Dios.
Veamos la diferencia que supone ese llamado en la forma en que Israel responde a Moisés. Cuando él mató al egipcio, los israelitas le preguntaron: «¿Y quién te nombró gobernante […]?» (Ex 2:14). Pero después de que Dios lo llamara para que fuera al faraón y exigiera la liberación de su pueblo, «el pueblo creyó. Y al oír que el Señor había estado pendiente de ellos y había visto su aflicción, los israelitas se postraron y adoraron al Señor» (Ex 4:31).
Recuerdo que, cuando era joven (¡para algunos, todavía lo soy!), pensaba que todo iría bien una vez que yo estuviera al mando. Después de todo, podía tomar decisiones mucho mejores que las de las personas que tenían autoridad sobre mí. O eso creía. Mi arrogancia me ha pasado factura más veces de las que deseo admitir. Con demasiada frecuencia he sido arrogante y ambicioso. Amigo, si aún no te ha tocado ser líder, pero deseas serlo, primero debes aprender a desarrollar cierta desconfianza hacia tu ambición. ¿Anhelas la autoridad solo por tu propio beneficio o por lo que los demás pensarán de ti una vez que la tengas? ¿Te estás adelantando a Dios pensando en todo lo que podrías lograr si estuvieras al mando? ¿Tu carisma está superando a tu carácter?
Si deseas oportunidades de liderazgo, una de las mejores maneras de canalizar tu ambición es centrarte en crecer en carácter: un carácter que glorifique a Dios y sirva a los demás. No des por sentado que eres la persona adecuada para el puesto. No supongas el hecho de que la gente querrá seguirte. En cambio, pregúntate a ti mismo y a otras personas cómo puedes crecer para parecerte más a Dios por el bien de los demás.
Si ya estás en un puesto de liderazgo, pero te das cuenta de que eres más propenso a la ambición arrogante que a la humilde sumisión a Dios, este puede ser un buen momento para pulsar el botón de reinicio. Arrepiéntete de tu arrogancia. Pídele al Señor que te haga humilde. Empieza a buscar formas de servir a los demás en lugar de simplemente obligarlos a que te sirvan a ti. Examina todas tus ambiciones a la luz del carácter de Dios. Si están en consonancia, sigue adelante. Si no es así, deja de lado esas ambiciones y busca otras mejores, más piadosas.
En el caso de Moisés y el capataz egipcio, aprendemos algunas lecciones sobre lo que no es un buen liderazgo. El resto de esta guía se basará en los numerosos ejemplos positivos de Moisés para ver qué es un buen liderazgo y cómo podemos desarrollarlo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿En qué áreas de tu vida estás desempeñando actualmente algún tipo de liderazgo?
- ¿Deseas tener más oportunidades de liderazgo? Si es así, ¿cuáles son y por qué las deseas?
- ¿Has tenido dificultades en el pasado por confiar en la sabiduría terrenal o por dejarte llevar por una
ambición arrogante? Si es así, comparte ese ejemplo en tu relación de mentoría. - ¿De qué manera pensar en el carácter de Dios nos ayuda como líderes a tomar decisiones que lo
honren mejor?
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Parte II: Lo que sí es un buen liderazgo: humildad
Algo extraño sucede cuando uno se casa y luego se convierte en padre. A lo largo de esas etapas, dedicamos cada vez menos tiempo a satisfacer nuestros deseos inmediatos y cada vez más tiempo a atender las necesidades y los deseos de los demás, es decir, de nuestro cónyuge y de nuestros hijos. Jugamos menos al golf y pasamos más tiempo cortando el césped. Pasamos de dormir hasta las 8 de la mañana a cambiar pañales a las 2 de la madrugada. Dejamos de gastar dinero y empezamos a ahorrarlo para la universidad, las bodas y la herencia. Los padres somos líderes, y, a menudo, liderar significa servir con humildad.
Analicemos esto por un momento, porque a primera vista puede no parecer correcto. ¿Ser padre está relacionado con la humildad? ¿Qué hay de todo eso de «hazlo porque yo te lo digo»? En efecto, liderar como padre no se trata solo de humildad, pero nunca significa menos. ¿Te imaginas a un padre diciéndole a su bebé de seis meses que necesita que le cambien el pañal: «Lo siento. Soy demasiado bueno, estoy demasiado ocupado o demasiado cansado para cambiarte»? Sería ridículo. Ser padre implica servir, y servir requiere humildad.
No solo la crianza de los hijos requiere un liderazgo humilde. Todo liderazgo nace del servicio a los demás, y el servicio requiere humildad. Si no eres humilde, no puedes liderar. ¿Por qué? Bueno, por un lado, porque liderar no tiene tanto que ver con lo que los demás pueden hacer por ti, sino con lo que tú puedes hacer por ellos, al menos así debería ser. Piensa en los distintos puestos de liderazgo que tú u otras personas que conoces ocupan: padres, gerentes, gobernantes, jueces, pastores. ¿Qué requieren todos ellos? Servicio, y el servicio de verdad, ese que honra a Dios, requiere humildad. Los padres sirven humildemente a sus hijos. Los gerentes deben servir humildemente a su personal, aunque este sirva bajo su liderazgo. Los funcionarios electos deben servir humildemente a la población. Los pastores deben servir humildemente a los miembros de su congregación. El buen liderazgo no es arrogante. No se trata del desarrollo personal, sino del servicio.
Otro aspecto de la humildad con el que los líderes deben lidiar, y en el que deben crecer, es ser francos acerca de sus debilidades. Los líderes humildes no solo aprovechan sus fortalezas, sino que admiten sus debilidades y confían en otras personas cuyas fortalezas complementan las suyas. En lugar de sentirse intimidados por las habilidades de otros, los buenos líderes empoderan a las personas para que sirvan junto a ellos con sus fortalezas. El miedo al hombre y el orgullo hacen que los líderes no puedan delegar la autoridad desde el comienzo y, a la larga, que les sea casi imposible dar el crédito a los demás.
El liderazgo que honra a Dios no es como el liderazgo que nace del temor al hombre. No menosprecia a los demás para enaltecerse a sí mismo, sino que promueve a quienes están bajo su mando. Este tipo de liderazgo reconoce la debilidad, y sus líderes celebran con humildad y alegría las fortalezas de los demás.
Todo esto lo podemos ver en la vida de Moisés y, específicamente, en el momento en que Dios lo llamó a lo que podría parecer un puesto de liderazgo imposible: ser líder de Israel, cuya tarea sería liberarlos del faraón y llevarlos de vuelta a la tierra de Canaán. Del ejemplo de Moisés, debemos aprender lo que significa reconocer nuestras debilidades, confiar en la provisión de Dios y celebrar las fortalezas de los demás.
1. Los buenos líderes admiten sus debilidades.
Si estuvieras huyendo en una tierra extranjera, ¿qué harías? Esa es precisamente la pregunta que Moisés tuvo que responder cuando huyó de Egipto. ¿Su respuesta? Convertirse en pastor, por supuesto. De ser un miembro de la realeza a convertirse en un fugitivo, la única responsabilidad de Moisés era cuidar de un rebaño de ovejas malolientes y testarudas. Para ser justos, no le fue tan mal. A pesar de ser forastero, se casó y tuvo un hijo. Su suegro, Jetro, cuyas ovejas pastoreaba, lo quería mucho y parece que, dadas las circunstancias, había encontrado cierta estabilidad. Moisés bien podría haberse recostado en una silla de jardín al final del día, suspirar y pensar para sí mismo: «Podría acostumbrarme a esto».
No tan rápido. Dios tenía otros planes para Moisés. Un día, mientras cuidaba el rebaño de Jetro cerca del monte Horeb, se le presentó un visitante inesperado. El ángel del Señor se le apareció en una zarza ardiente que, aunque estaba en llamas, no se consumía. Desde allí, el Señor le dijo a Moisés: «Yo soy el Dios de tu padre. Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. […] Ciertamente he visto la opresión que sufre mi pueblo en Egipto. Los he escuchado quejarse de sus capataces y conozco bien sus penurias. […] Así que disponte a partir. Voy a enviarte al faraón para que saques de Egipto a los israelitas, que son mi pueblo» (Ex 3:6-10). Impresionante. ¿Te imaginas escuchar estas palabras?
Moisés debe haberse quedado atónito. ¡Seguro pensó que se estaba volviendo loco! De hecho, ese pudo haber sido el sentimiento detrás de su siguiente pregunta: «¿Y quién soy yo para presentarme ante el faraón y sacar de Egipto a los israelitas?» (Ex 3:11). Esa es exactamente la pregunta correcta, Moisés. ¿Quién eres tú? Eres un asesino. No tienes autoridad. Tu reputación en Egipto está, por así decirlo, ¡arruinada! Y, como pronto veremos, ¡ni siquiera puedes hablar bien! ¿Cómo vas a liderar tú, de todos los que podrían hacerlo, una misión tan difícil? Si crees que estoy siendo cruel con el pobre hombre, lee Éxodo 3 y 4. ¡Esas son las peticiones que Moisés le hizo a Dios para demostrar que él no era el hombre adecuado para esa tarea!
Verás, Moisés no estaba entendiendo el punto, es decir, el hecho de que Dios lo eligiera para guiar a Israel no tenía que ver con sus aptitudes, sino precisamente con la falta de ellas. Dios quería mostrar su poder a Israel, a Egipto y al mundo entero utilizando a este pastor fugitivo que ni siquiera podía hablar sin tartamudear. Dios sería glorificado a través de las debilidades de Moisés. Es más, se enaltecería por sobre ellas, fortalecería a Moisés en sus debilidades y las complementaría con las fortalezas de otros para lograr lo que parecía imposible en ese momento: llevar a Israel a la libertad.
¿Y tú? ¿Podrías, como Moisés, identificar tus debilidades? ¿O cualquier signo de debilidad te deja paralizado por el miedo y la ansiedad? «¿Y si la gente piensa que no soy el mejor en esto?». «¿Cómo puedo hacer mi trabajo si los demás no me respetan?». «Los líderes no pueden ser débiles». Amigo mío, la debilidad es parte de lo que significa ser humano en un mundo caído. Eres débil en aspectos que conoces y en otros que desconoces. Debes estar dispuesto a reconocer esas debilidades ante Dios, ante ti mismo y ante los demás.
Si te cuesta reconocer tu propia debilidad, una buena práctica es solicitar la opinión de algunos consejeros de confianza. Tal vez tu cónyuge, un compañero de trabajo o tu pastor. Pero prepárate. Cuando invitas a la crítica, es probable que la recibas. De todas formas, está bien. Recibir críticas llenas de gracia de parte de gente piadosa y que nos ama es una de las formas en que crecemos. Un beneficio adicional de que los líderes inviten a la crítica es que hace que sea seguro para los demás ser criticados también. En este aspecto, mi pastor ha sido un ejemplo maravilloso. Todos los domingos por la noche, el personal y los aprendices se reúnen en su estudio para revisar cada parte de los servicios matutinos y vespertinos, incluido su sermón. Él, un veterano del púlpito con más de treinta años de experiencia, recibe las críticas de un grupo de treintañeros. Aunque creo que él acepta estas críticas con el fin de crecer personalmente como predicador, al hacerlo, también nos permite a los demás hacer lo mismo. ¿Cómo podría reaccionar mal ante la crítica de personas piadosas cuando mi pastor nos pide regularmente críticas a mí y a los demás?
Verás, la debilidad significa que hay formas legítimas en las que cada uno de nosotros puede ser criticado. Pero si no estás dispuesto a reconocer tus propias debilidades, nunca podrás ser criticado por los demás. Un líder que no puede ser criticado es alguien con quien los demás sienten que tienen que andar con cuidado. En cambio, un líder que acepta las críticas no solo crece en lo personal, sino que también hace que los demás se sientan seguros para crecer gracias a la crítica.
Si eres líder en algún área, como Moisés, debes estar dispuesto a reconocer tus debilidades. Pero eso no es todo…
2. Los buenos líderes confían en la provisión de Dios.
El objetivo de reconocer la debilidad no es simplemente proclamar: «¡Ey, mírenme! ¡Soy débil!», sino recibir de Dios lo que necesitamos, pero no tenemos en nosotros mismos. Después de todo, ¿no nos dice el Señor a cada uno de nosotros: «[…] mi poder se perfecciona en la debilidad»? (2 Co 12:9).
Moisés era débil. Él lo sabía, y Dios también. Lo que Moisés no sabía era que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios del Israel esclavizado, era, es y siempre será todopoderoso. Cuando al principio Moisés preguntó: «¿Y quién soy yo […]?», Dios respondió: «Yo estaré contigo […]». (Ex 3:12). Moisés buscaba la solución dentro de sí mismo, pero la tarea era demasiado grande, Egipto era demasiado grande. Lo que Moisés no comprendía al principio era quién estaba de su lado: Dios mismo. Por eso, volvió a protestar: «¡El pueblo no me conoce! ¿Quién debo decir que me ha enviado?». A lo que Dios respondió: «YO SOY EL QUE SOY […]. Y esto es lo que tienes que decirles a los israelitas: “YO SOY me ha enviado a ustedes”» (Ex 3:14).
Moisés podía hacer lo que Dios le pedía que hiciera porque Dios es Dios. Él es el Dios eterno, perfecto y poderoso, y no hay nadie como Él. El faraón no era rival para el Dios de Moisés. Todos los caballos y carros de Egipto no son nada ante Él. Dios le daría a Moisés todo lo que necesitara para completar la tarea que tenía ante sí, pero Moisés aún no estaba convencido.
Y cuando le dijo al Señor: «¡Nadie me va a creer!», el Señor le respondió dándole poder con señales milagrosas para dar credibilidad a su mensaje. Moisés respondió de nuevo con dudas diciendo: «¡No soy un buen comunicador!». A lo que Dios respondió: «¿Y quién le puso la boca al hombre?» (Ex 4:11a). La respuesta obvia es que Dios mismo creó la boca del hombre y podía usar la de Moisés como mejor le pareciera. ¿Recuerdas lo que Dios les dijo a los corintios? «[…] mi poder se perfecciona en la debilidad». Moisés era débil, pero el poder de Dios obrando a través de Moisés lograría la victoria.
Moisés intentó desviar la atención una vez más, y, esta vez, Dios se enfadó porque Moisés insistía con sus dudas. Sin embargo, Dios no cambió su decisión de ponerlo como líder de Israel, sino que le prometió aún más provisiones. «[…] ¿Y qué hay de tu hermano Aarón, el levita? Yo sé que él es muy elocuente. […] Tú hablarás con él y le pondrás las palabras en la boca; yo los ayudaré a hablar, a ti y a él, y les enseñaré lo que tienen que hacer» (Ex 4:14-15). ¡Qué promesa de Dios para Moisés y Aarón! ¡Él los ayudaría a hablar y les diría exactamente lo que debían hacer!
En caso de que estés pensando: «Sí, bueno. Eso está muy bien para Moisés y Aarón, pero ¿cómo se aplica todo esto a mí, que tengo que dirigir una pequeña empresa de software con diez empleados?». Buena pregunta. Si bien el llamado de Dios a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud fue más directo, por así decirlo, que tu llamado a dirigir tu empresa de software, Dios promete proveerte como lo hizo con Moisés. ¿Por qué? Bueno, por un lado, porque está decidido a ser glorificado en tu vida, y parte de eso significa darte todo lo que necesitas para obedecerle. Puede que te preguntes: «¿Cómo lo sabes, Taylor?». Déjame darte dos razones por las que podemos saber que Dios proveerá.
En primer lugar, sabemos que Dios nos proveerá en nuestros diversos roles de liderazgo porque su Palabra lo garantiza. Pablo escribió a los corintios: «Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo necesario y toda buena obra abunde en ustedes» (2 Co 9:8). ¿De verdad? ¿Siempre, en toda circunstancia, todo lo necesario? Sí. Dios ha prometido darnos todo lo que necesitamos para que, como líderes, podamos honrarlo y darle gloria.
Pero ¿en qué se basa una promesa tan grande y descabellada? ¿Cómo podemos saber que es cierta? Esto me lleva a la segunda forma, más objetiva, de saber que Dios proveerá para nosotros. Él nos dio a Jesús. Pablo escribió a los romanos: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?» (Rm 8:32). Amigo mío, no hay nada más grande ni más importante que Dios pueda hacer por nosotros que proporcionarnos una forma de ser perdonados de nuestros pecados y reconciliados con Él. Eso es precisamente lo que ha hecho por nosotros en Jesús. Observa cómo la lógica de Pablo va de mayor a menor: como Dios nos dio a Jesús (el mayor regalo en el momento de nuestra mayor necesidad), sabemos que nos dará todo lo demás.
Dios envió a su único Hijo amado a morir en nuestro lugar si confiamos en Él. ¿Qué sentido tiene entonces que nos niegue lo que necesitamos para honrarlo en el trabajo, en casa o en la iglesia? Ninguno. Dios ha hecho todo lo necesario para demostrarnos que está absolutamente comprometido a proveernos en todos los sentidos para que podamos honrarlo y glorificarlo de todas las maneras posibles.
Así que, la próxima vez que tengas problemas con los niños o no sepas qué hacer con un empleado problemático, detente y recuérdate a ti mismo que Dios te provee. Él te da todo lo que necesitas para tomar la decisión correcta. Por lo tanto, debes confiar en su provisión. ¿Cómo sería esto en la práctica? Pasar tiempo con el Señor en su Palabra, en la oración y con su pueblo en una iglesia local donde puedas conocer a otros y que te conozcan. A través de estos medios comunes y corrientes, Dios suele entregarnos sus provisiones llenas de gracia.
Moisés confió en la provisión del Señor, ¿y sabes qué pasó? Dios lo usó para liberar al pueblo de Israel de su esclavitud en Egipto. Ese mismo Dios también ha prometido valerse de ti.
El objetivo de reconocer la debilidad no es simplemente proclamar: «¡Ey, mírenme! ¡Soy débil!», sino recibir de Dios lo que necesitamos, pero no tenemos en nosotros mismos. Después de todo, ¿no nos dice el Señor a cada uno de nosotros: «[…] mi poder se perfecciona en la debilidad»? (2 Co 12:9).
Moisés era débil. Él lo sabía, y Dios también. Lo que Moisés no sabía era que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios del Israel esclavizado, era, es y siempre será todopoderoso. Cuando al principio Moisés preguntó: «¿Y quién soy yo […]?», Dios respondió: «Yo estaré contigo […]». (Ex 3:12). Moisés buscaba la solución dentro de sí mismo, pero la tarea era demasiado grande, Egipto era demasiado grande. Lo que Moisés no comprendía al principio era quién estaba de su lado: Dios mismo. Por eso, volvió a protestar: «¡El pueblo no me conoce! ¿Quién debo decir que me ha enviado?». A lo que Dios respondió: «YO SOY EL QUE SOY […]. Y esto es lo que tienes que decirles a los israelitas: “YO SOY me ha enviado a ustedes”» (Ex 3:14).
Moisés podía hacer lo que Dios le pedía que hiciera porque Dios es Dios. Él es el Dios eterno, perfecto y poderoso, y no hay nadie como Él. El faraón no era rival para el Dios de Moisés. Todos los caballos y carros de Egipto no son nada ante Él. Dios le daría a Moisés todo lo que necesitara para completar la tarea que tenía ante sí, pero Moisés aún no estaba convencido.
Y cuando le dijo al Señor: «¡Nadie me va a creer!», el Señor le respondió dándole poder con señales milagrosas para dar credibilidad a su mensaje. Moisés respondió de nuevo con dudas diciendo: «¡No soy un buen comunicador!». A lo que Dios respondió: «¿Y quién le puso la boca al hombre?» (Ex 4:11a). La respuesta obvia es que Dios mismo creó la boca del hombre y podía usar la de Moisés como mejor le pareciera. ¿Recuerdas lo que Dios les dijo a los corintios? «[…] mi poder se perfecciona en la debilidad». Moisés era débil, pero el poder de Dios obrando a través de Moisés lograría la victoria.
Moisés intentó desviar la atención una vez más, y, esta vez, Dios se enfadó porque Moisés insistía con sus dudas. Sin embargo, Dios no cambió su decisión de ponerlo como líder de Israel, sino que le prometió aún más provisiones. «[…] ¿Y qué hay de tu hermano Aarón, el levita? Yo sé que él es muy elocuente. […] Tú hablarás con él y le pondrás las palabras en la boca; yo los ayudaré a hablar, a ti y a él, y les enseñaré lo que tienen que hacer» (Ex 4:14-15). ¡Qué promesa de Dios para Moisés y Aarón! ¡Él los ayudaría a hablar y les diría exactamente lo que debían hacer!
En caso de que estés pensando: «Sí, bueno. Eso está muy bien para Moisés y Aarón, pero ¿cómo se aplica todo esto a mí, que tengo que dirigir una pequeña empresa de software con diez empleados?». Buena pregunta. Si bien el llamado de Dios a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud fue más directo, por así decirlo, que tu llamado a dirigir tu empresa de software, Dios promete proveerte como lo hizo con Moisés. ¿Por qué? Bueno, por un lado, porque está decidido a ser glorificado en tu vida, y parte de eso significa darte todo lo que necesitas para obedecerle. Puede que te preguntes: «¿Cómo lo sabes, Taylor?». Déjame darte dos razones por las que podemos saber que Dios proveerá.
En primer lugar, sabemos que Dios nos proveerá en nuestros diversos roles de liderazgo porque su Palabra lo garantiza. Pablo escribió a los corintios: «Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo necesario y toda buena obra abunde en ustedes» (2 Co 9:8). ¿De verdad? ¿Siempre, en toda circunstancia, todo lo necesario? Sí. Dios ha prometido darnos todo lo que necesitamos para que, como líderes, podamos honrarlo y darle gloria.
Pero ¿en qué se basa una promesa tan grande y descabellada? ¿Cómo podemos saber que es cierta? Esto me lleva a la segunda forma, más objetiva, de saber que Dios proveerá para nosotros. Él nos dio a Jesús. Pablo escribió a los romanos: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?» (Rm 8:32). Amigo mío, no hay nada más grande ni más importante que Dios pueda hacer por nosotros que proporcionarnos una forma de ser perdonados de nuestros pecados y reconciliados con Él. Eso es precisamente lo que ha hecho por nosotros en Jesús. Observa cómo la lógica de Pablo va de mayor a menor: como Dios nos dio a Jesús (el mayor regalo en el momento de nuestra mayor necesidad), sabemos que nos dará todo lo demás.
Dios envió a su único Hijo amado a morir en nuestro lugar si confiamos en Él. ¿Qué sentido tiene entonces que nos niegue lo que necesitamos para honrarlo en el trabajo, en casa o en la iglesia? Ninguno. Dios ha hecho todo lo necesario para demostrarnos que está absolutamente comprometido a proveernos en todos los sentidos para que podamos honrarlo y glorificarlo de todas las maneras posibles.
Así que, la próxima vez que tengas problemas con los niños o no sepas qué hacer con un empleado problemático, detente y recuérdate a ti mismo que Dios te provee. Él te da todo lo que necesitas para tomar la decisión correcta. Por lo tanto, debes confiar en su provisión. ¿Cómo sería esto en la práctica? Pasar tiempo con el Señor en su Palabra, en la oración y con su pueblo en una iglesia local donde puedas conocer a otros y que te conozcan. A través de estos medios comunes y corrientes, Dios suele entregarnos sus provisiones llenas de gracia.
Moisés confió en la provisión del Señor, ¿y sabes qué pasó? Dios lo usó para liberar al pueblo de Israel de su esclavitud en Egipto. Ese mismo Dios también ha prometido valerse de ti.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Por qué, como líder, da miedo reconocer la debilidad?
- ¿Por qué puede resultar difícil identificar nuestras propias debilidades cuando nos parece relativamente fácil señalar las de los demás?
- ¿De qué manera reconocer tus debilidades te beneficia a ti y a quienes te rodean?
- ¿Te cuesta creer que es Dios el que te ha provisto y el que te proveerá todo lo que necesitas? En tal caso, ¿por qué crees que es así?
- ¿Cómo puedes confiar más en la provisión de Dios? Dedica un tiempo a hablar con tu mentor sobre tu experiencia reciente con la Palabra de Dios, con la oración y con su pueblo en tu iglesia local.
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Parte III: Lo que sí es un buen liderazgo: visión y valentía
No hay una travesía más épica en toda la Biblia que Éxodo 4-14. Si no has seguido mi consejo de leer la vida de Moisés en dos libros de la Biblia, al menos lee estos capítulos ahora. Como dijo Dios, Moisés regresó a Egipto y exigió que se le permitiera al pueblo de Israel regresar a Canaán. Además, tal como Dios lo había dicho, el faraón se negó. Él no lo sabía en ese momento, pero estaba actuando como un disparador. ¿Y Egipto? Bueno, era el escenario. Dios usaría la rebeldía del faraón para mostrar su gran poder. Egipto se volvería a levantar contra Dios y su pueblo, y Dios los ahogaría en el mar.
¿Qué papel desempeñó Moisés en esta epopeya? Tenía que transmitirle la visión a Israel y ser el primero en tener el valor de creer que Dios haría todo lo que había dicho. Lo primero que hicieron Moisés y Aarón cuando regresaron a Egipto fue reunir a los ancianos de Israel y contarles todo lo que el Señor le había dicho a Moisés en la zarza ardiente (Ex 4:28-31). Le contaron al pueblo la visión de lo que estaba por venir. ¿Cómo respondió el pueblo? Ellos creyeron.
1. Los buenos líderes tienen una visión.
Ahora bien, tú y yo sabemos que ni tú ni yo somos Moisés. Ni siquiera somos Aarón. Sea cual sea la visión que tengamos para nuestras familias, nuestros lugares de trabajo, nuestras iglesias o cualquier otro ámbito en el que seamos líderes, probablemente no parezca tan grandiosa como la que Dios le dio a Moisés. No obstante, yo diría que la visión más importante que debemos tener para quienes están bajo nuestra autoridad es que conozcan y amen a Dios, y que se sientan animados a hacerlo gracias a cómo ejercemos nuestra autoridad en sus vidas. Si esta es tu visión para tu familia, tu personal, tu iglesia o tus amigos, entonces tu visión se parece más a la de Moisés de lo que crees. Su visión también era llevar a aquellos a quienes guiaba a una relación más cercana con el Señor.
Aun así, gran parte de tu visión como líder es… bueno, menos objetiva que la de Moisés. A diferencia de la visión que Dios dio a Moisés para liberar a Israel, tu visión de llevar a tu familia de vacaciones o conseguir más espacio de oficina para tu personal no tiene las mismas garantías. No tienes necesariamente el respaldo de Dios para comprar esto o hacer aquello. Definitivamente no tienes su promesa de que tendrá éxito. Sin embargo, dos cosas siguen siendo ciertas: 1) Debes poner cada visión a la luz de la Palabra de Dios. Asegúrate de que los principios sobre los que basas tu visión y tus decisiones están de acuerdo con lo que Dios ha dicho. Pregúntate: «¿Tu visión menosprecia o enaltece a los demás?». «¿Puede tu visión desarrollarse con integridad?». «Si tu visión se volviera realidad, ¿estás listo para darle la gloria a Dios por tu éxito?». 2) La visión es necesaria si quieres ser un buen líder. Si no le dices a la gente adónde vas y por qué deberían querer ir contigo, no puedes esperar que te sigan. Por lo tanto, si eres líder, no te olvides de transmitir tu visión. Describe claramente hacia dónde quieres que vaya tu equipo. Asegúrate de que la gente sepa que tienes en mente sus mejores intereses.
¿Qué hizo Moisés a continuación? Se enfrentó a Egipto. A través de una serie de batallas conocidas como plagas, valientemente le creyó a Dios y se enfrentó al faraón con las promesas de Dios para Israel. Por fe, realizó milagros, cada uno de los cuales era para testimonio del compromiso de salvación de Dios con su pueblo.
Todo esto condujo a una escena de lo más desalentadora. El faraón, después de decirle por fin a Moisés que Israel podía irse sin ningún problema, cambió de opinión y, junto con el ejército de Egipto, emprendió una persecución implacable contra Israel. En el libro de Éxodo, Moisés describió la situación de la siguiente manera:
El Señor endureció el corazón del faraón, rey de Egipto, para que saliera en persecución de los israelitas, los cuales marchaban con aire triunfal. Todo el ejército del faraón —caballos, carros, jinetes y tropas de Egipto—, salió tras los israelitas y les dio alcance cuando estos acampaban junto al mar […]. El faraón iba acercándose. Cuando los israelitas se fijaron y vieron a los egipcios pisándoles los talones, sintieron mucho miedo y clamaron al Señor (Ex 14:8-10).
Israel se encontraba atrapado entre el mar Rojo y el enorme ejército del faraón. Parecía que no había salida ni ningún lugar donde refugiarse. Esclavizado por Egipto durante 430 años, el pueblo de Israel iba a morir a manos del faraón a orillas del mar. O eso parecía…
Moisés era valiente y conocía a su Dios. A diferencia de cuando se encontró por primera vez con Dios en la zarza ardiente, esta vez Moisés se encomendó a sí mismo y a su pueblo al Señor. Creía que esta escena, por aterradora que fuera, no terminaría en derrota. Con determinación, le dijo al pueblo: «No tengan miedo […]. Mantengan sus posiciones, que hoy mismo serán testigos de la salvación que el Señor realizará en favor de ustedes. A esos egipcios que hoy ven, ¡jamás volverán a verlos! Ustedes quédense quietos, que el Señor presentará batalla por ustedes» (Ex 14:13-14).
¿Puedes recordar escenas significativas de la vida y reproducirlas en tu mente como una película? Me imagino que cada uno de estos israelitas una y otra vez volvía a revivir en lo más profundo de su mente lo que sucedió a continuación:
Moisés extendió su brazo sobre el mar, y toda la noche el Señor envió sobre el mar un recio viento del este que lo hizo retroceder, convirtiéndolo en tierra seca. Las aguas del mar se dividieron y los israelitas lo cruzaron sobre tierra seca. El mar era para ellos una muralla de agua a la derecha y otra a la izquierda. Los egipcios los persiguieron. Todos los caballos y carros del faraón con todos sus jinetes entraron en el mar tras ellos. […] Moisés extendió su brazo sobre el mar y, al despuntar el alba, el agua volvió a su estado normal. […] Al recobrar las aguas su estado normal, se tragaron a todos los carros y jinetes del faraón, y a todo el ejército que había entrado al mar para perseguir a los israelitas. Ninguno de ellos quedó con vida. Los israelitas, sin embargo, cruzaron el mar sobre tierra seca […] (Ex 14:21-23, 27-29).
Mi abuela solía decir, en el momento culminante de una historia épica: «¡Me hubiera gustado haber sido una mosca para haber visto eso!». Incluso al escribir esta historia, siento que mi corazón se acelera un poco. La historia de la valiente fe de Moisés y el brillante rescate de Israel y la derrota de Egipto por parte de Dios me dejan sin aliento.
Pero para saber lo que significa para nosotros como líderes, tenemos que volver a ese momento en el que Israel estaba acorralado y parecía que seguro sería derrotado. El pueblo estaba atemorizado y desesperado porque la muerte parecía inevitable. Moisés, por el contrario, estaba lleno de fe, por lo que actuó con valentía. Creyó en Dios, y Él le dio la victoria.
2. Jesús es lo primero.
En este punto, me siento obligado a decirte con toda claridad que ¡tú no eres Moisés! El punto principal de esta historia no es que te pongas en sus zapatos, o en sus sandalias, o en lo que sea que llevara puesto, y que imagines que si crees lo suficiente, entonces tu gran plan para el cuarto trimestre en el trabajo tendrá éxito y alcanzarás la meta presupuestaria. No, esta historia, más que nada, nos dice algo sobre Dios y lo que ha hecho por nosotros en Cristo. Debido a nuestro pecado, tú y yo nos enfrentábamos al imposible escenario de sufrir la ira de Dios en el infierno por toda la eternidad. No había esperanza a la vista. Y entonces, sucedió lo impensable. Dios envió a su único Hijo para que cargara con nuestro pecado y muriera en nuestro lugar como hombre y sacrificio perfecto. Si confiamos en Jesús, Dios le atribuye nuestro pecado a Él y su justicia a nosotros, guiándonos eficazmente a través del mar de nuestro pecado y muerte y llevándonos a salvo al otro lado.
Así que, si no extraes precisamente una lección de liderazgo del cruce del mar Rojo, pero aprendes a apreciar más lo que Jesús ha hecho por ti, entonces me doy por satisfecho. Si nunca antes has confiado en Jesús, espero que te sientas como los israelitas se sintieron atrapados entre los ejércitos de Egipto y el mar. Tu única esperanza es confiar en Jesús. Si lo haces, serás llevado a salvo al otro lado. Por lo tanto, Jesús es, sin duda, lo más importante que puedes aprender de esta historia.
3. Los buenos líderes son valientes.
No obstante, esta historia nos ofrece un principio de liderazgo, aunque hay que reconocer que se encuentra bastante abajo en la escala de importancia. La lección es la siguiente: el liderazgo requiere valentía. Recuerdo una ocasión en la que estaba navegando a unos ochenta kilómetros de la costa de Carolina del Norte. Cuando el mar devoró el sol, el viento comenzó a arreciar y las aguas se volvieron turbulentas. El barco crujía y rechinaba como si en cualquier momento fuera a partirse en dos. No voy a mentir, estaba aterrado. No solo era el barco de mis sueños, sino que mi hermana estaba a bordo. Se me cruzó la idea de que había una posibilidad real de que nos hundiéramos.
Gracias a Dios, había contratado a un capitán para que me ayudara a navegar hasta nuestro destino final: Virginia. Se llamaba John y era la definición misma de un viejo lobo de mar. Estaba curtido por años de sol y sal, y lo había visto todo. No era su primera vez. Recuerdo que le pregunté: «John, ¿estamos en peligro?». «Estamos bien. Este barco está hecho para este tipo de travesías», respondió. Resultó que John tenía razón. Diez horas más tarde, llegamos a Beaufort en busca de refugio. El barco y la tripulación estaban bien.
Aquella noche en el océano, aprendí algunas lecciones importantes. Por un lado, aprendí por experiencia lo reconfortante que es estar bajo el mando de un líder valiente. John era valiente y, sin él, no sé si lo hubiéramos logrado. Por otro lado, la valentía es contagiosa. Cuando ves a tu líder mostrando valor, quieres hacer lo mismo y obtienes confianza de su ejemplo.
Si hoy eres líder de otras personas, pregúntate: «¿Estoy mostrando valentía en mi toma de decisiones?». Si no es así, no te sorprendas si tu gente está nerviosa por el rumbo que estás tomando. Moisés fue valiente, y su pueblo lo siguió. Yo quiero ser valiente para mi familia, mis amigos, mi iglesia y mis colegas. ¿Y tú?
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Has tenido líderes con visión y valentía? ¿Qué ejemplos tomas de ellos? ¿Cómo te ayudaron a seguirlos gracias a su visión y valentía?
- ¿Alguna vez te has sentido tentado a usar tu liderazgo solo para obtener ganancias temporales, sin darte cuenta de que Dios quiere que lo uses para ayudar a otros a comprenderlo mejor? Si es así, habla con tu mentor sobre esto y ora para que el Señor te ayude a tener una visión más amplia de la autoridad que te ha dado.
- ¿Qué visión tienes para quienes lideras?
- ¿Cómo estás creciendo en valentía para guiar a otros en la dirección que crees que todos deben seguir?
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Parte IV: Lo que sí es un buen liderazgo: Obediencia
Cuando era niño, me metía en problemas… mucho. Mi madre a veces bromeaba diciendo que tenía que darme una paliza a diario, más allá de si me hubiera portado mal o no, porque estaba segura de que algo había hecho. Por mucho que me duela admitirlo, probablemente tenía razón. Siempre estaba haciendo algo que sabía que no debía hacer.
Mi hermana, por otro lado, era totalmente diferente. ¡Nunca se metía en problemas! Bueno, mi madre quizás no estaría tan de acuerdo. Bien. ¡Casi nunca se metía en problemas! Cuando tenía ocho, nueve y diez años, parecía que mamá y papá simplemente la favorecían. Pero ahora, como adulto, sé que una de las razones por las que no la castigaban muy a menudo (si tuviste padres cariñosos como los míos, entonces entenderás) es porque obedecía a nuestros padres. Seguía su ejemplo, caminaba por sus caminos, sometía su voluntad a la de ellos.
1. Los buenos líderes se someten a Dios.
Querido amigo, ser líder puede implicar que otras personas tengan que someterse a ti. Tú eres su autoridad, y ellos deben hacer lo que tú dices. Pero ¿alguna vez te has parado a pensar que tú también estás bajo autoridad? Incluso tú, empresario, que no rindes cuentas a nadie más que a ti mismo, estás bajo autoridad. ¿De quién? Bueno, aunque no estuvieras bajo la autoridad de nadie más en este mundo, sigues estando bajo la autoridad de Dios. Debes responder ante Él por cada decisión que tomas.
¿Qué significa eso? Significa (y me duele escribir estas palabras) que debes ser más como mi hermana y menos como yo. Debes estar dispuesto a obedecer a Dios en todas las circunstancias, incluso cuando no quieras. Su Palabra es mejor que tus ideas. Su manera de obrar resultará mejor que la tuya. Como líder, debes caracterizarte por tu compromiso radical de obedecer a Dios.
La obediencia es, sin duda, una de las cosas que caracterizaron a Moisés. Por supuesto, la obediencia de Moisés no fue perfecta. En una ocasión golpeó una roca cuando Dios le había dicho que le hablara (Nm 20:10-13). Y, sin embargo, Moisés deseaba en lo más profundo guiar a Israel por el camino de su Dios. En ningún lugar se evidencia esto más que en el Sinaí, donde Moisés recibió de Dios su ley en nombre de Israel. Ahora bien, todo lo que abarca el código del Sinaí es mucho más de lo que podemos cubrir en detalle en esta guía. No obstante, en Éxodo 24, antes de que Moisés ascendiera al Sinaí para encontrarse con el Señor, puso «por escrito lo que el Señor había dicho. A la mañana siguiente, madrugó y levantó un altar al pie del monte, y en representación de las doce tribus de Israel consagró doce piedras. […] Después tomó el libro del pacto y lo leyó ante el pueblo. Ellos respondieron: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho y le obedeceremos”» (Ex 24:4-7).
Moisés comprendió que pertenecer a Dios implicaba obedecerlo. Israel no podía ser el pueblo de Dios si se negaba constantemente a seguir sus caminos. Tras múltiples guerras y exilios, Israel tendría que aprender esa lección por las malas. Sin embargo, mientras estuvo bajo el cuidado de Moisés, la necesidad de obedecer estuvo muy presente para que no la olvidaran. Israel debía ser un pueblo que obedeciera a Dios.
Amigo querido, nosotros también somos el pueblo de Dios si confiamos en Cristo. Por lo tanto, también debemos buscar obedecer a Dios en todo lo que hacemos. ¿Acaso te sorprende el énfasis en la obediencia? Quizás llegaste a la fe en Cristo después de escuchar a un predicador decir: «No hay nada que puedas hacer para estar bien con Dios. Todo lo necesario para estar bien con Dios ha sido provisto por Jesús. ¡Confía solo en Jesús para el perdón de los pecados!». Alabado sea el Señor por ese predicador. Tiene toda la razón. Todo lo que se necesita para ser salvo es confiar en la obra consumada de Cristo.
Sin embargo, la obra consumada de Cristo y el hecho de que la recibamos por fe no anulan la necesidad de la obediencia. Por supuesto, nuestra obediencia no es la base de nuestra salvación; la base es solo Cristo. Pero la obediencia es la prueba de nuestra salvación. La obediencia a Dios es lo que le indica al mundo que amamos a Dios y lo seguimos. ¿No es esto justo lo que Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue capturado? «Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos» (Jn 14:15).
¿Qué tiene que ver todo esto con el liderazgo? Tiene mucho que ver. Sin importar si tu posición de liderazgo es formal o informal, con la autoridad que tengas, debes obedecer al Señor. Y como estás en una posición de liderazgo, debes comprender que tu obediencia o desobediencia tendrá consecuencias para quienes lideras.
¿Sabes quiénes son los mejores líderes a quienes seguir? Los que honran a Dios. Cuando era niño, mis amigos solían querer pasar la noche en mi casa. ¿Sabes por qué? Porque tenía unos padres increíbles. Mi padre era divertido y hacía todo lo posible para que todos viviéramos alguna aventura antes de que saliera el sol. Mi madre, por otro lado, era dulce como el azúcar y la usaba en abundancia en las muchas delicias que nos preparaba para comer mientras veíamos películas. Mis padres eran increíbles. Todavía lo son. Pero ¿sabes la verdadera razón por la que a mis amigos les encantaba venir a mi casa? Porque mis padres honraban a Dios. Temían al Señor y trataban de obedecerle lo mejor que podían. Creían que, al servirnos, le estaban obedeciendo. Para nosotros, actuaban como representantes de Dios, mostrándonos cómo era Él.
Podría seguir contando historias de líderes piadosos bajo cuya autoridad he tenido el privilegio de estar. Mi abuelo, mi entrenador de baloncesto de la escuela secundaria, mi profesor de hebreo en la universidad, mis jefes actuales. Dios me ha bendecido mucho con líderes que honran a Dios y que buscan ante todo obedecer al Señor en todo lo que hacen.
¿Eres un líder así? Una forma de saberlo es preguntarles a quienes te siguen si les gusta estar bajo tu liderazgo. Claro, sus pecados podrían impedirles apreciar tus mejores esfuerzos por obedecer al Señor. Aun así, lo cierto es que cuando los líderes obedecen al Señor, quienes están bajo su autoridad se benefician, lo sepan o no. La Palabra de Dios está llena de instrucciones sobre cómo vivir. Si eres cristiano, tienes el Espíritu de Dios viviendo en ti, ayudándote a obedecer todos sus mandamientos. Así que dedícate este día a obedecer. Lee su Palabra, intenta comprender lo que Él quiere que hagas, y luego hazlo. Sé sincero, generoso, amoroso, justo, paciente, disciplinado y amable. Haz estas cosas y más en obediencia al Señor y por el bien de quienes están bajo tu autoridad.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Conoces a algún líder piadoso? Si es así, cuéntale a tu mentor cómo te has beneficiado al estar bajo su cuidado. ¿Qué características has aprendido de él que te gustaría aplicar en tu propio liderazgo sobre los demás?
- ¿De qué maneras estás tratando activamente de obedecer al Señor en el ejercicio de tus responsabilidades de liderazgo?
- ¿Por qué es difícil obedecer al Señor en el liderazgo?
- ¿Cómo puedes obedecer aún más al Señor en el desempeño de tus diversas responsabilidades de liderazgo?
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Conclusión
Podríamos decir mucho más sobre Moisés y el papel que desempeñó en la historia bíblica de la redención. También podríamos decir mucho más sobre el liderazgo bíblico. No obstante, oro para que esta guía te haya ayudado a ti y a tu mentor/pupilo a desarrollar el temor del Señor y a crecer en su deseo de usar sus responsabilidades de liderazgo para su gloria. También espero que esta guía te haya animado a comprender que hacer el bien a quienes lideras es la razón principal por la que el Señor te ha convertido en líder.
Acerca del autor
Taylor Hartley se desempeña como director editorial de 9Marks en Washington, D. C. Está casado con Rachel, con quien tiene un hijo, Bode. Taylor obtuvo su máster en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary. Actualmente, está trabajando para obtener su máster en Teología en el London Seminary, en Reino Unido.
Table of Contents
- Parte I: Lo que No es un buen liderazgo
- 1. El buen liderazgo no es el resultado de la sabiduría de este mundo.
- 2. El buen liderazgo no proviene de la ambición arrogante.
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Lo que sí es un buen liderazgo: humildad
- 1. Los buenos líderes admiten sus debilidades.
- 2. Los buenos líderes confían en la provisión de Dios.
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Lo que sí es un buen liderazgo: visión y valentía
- 1. Los buenos líderes tienen una visión.
- 2. Jesús es lo primero.
- 3. Los buenos líderes son valientes.
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: Lo que sí es un buen liderazgo: Obediencia
- 1. Los buenos líderes se someten a Dios.
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Acerca del autor