#12 Actúen como hombres
Introducción. Cosas Valiosas Que Se Pierden Fácilmente
Siempre me ha resultado sorprendente la facilidad con la que pueden perderse cosas valiosas. Cualquiera puede perder bienes preciados como la inocencia, la integridad o una buena reputación sin siquiera percatarse de ello. También es posible que la Iglesia pierda cosas valiosas, y eso es lo que parece estar sucediendo hoy día. Un ejemplo de lo que podríamos estar perdiendo es el ideal del hombre cristiano, fuerte, bíblico y seguro de sí mismo. De hecho, hasta hace poco, a los hombres estadounidenses se nos animaba a conectarnos con nuestro «lado femenino» (el mío se llama Sharon). Este tipo de absurdos culturales ha dado lugar a conceptos erróneos sobre lo que significa ser un hombre piadoso, un marido cariñoso, un buen padre y un amigo fiel.
No me cabe la menor duda de que el déficit actual en la masculinidad se debe, en parte, a un problema más amplio de la cultura secular. Muchos jóvenes hoy en día crecen sin un padre, o con uno que carece de un vínculo significativo con sus hijos, lo que inevitablemente conduce a una profunda confusión sobre la masculinidad. Los medios de comunicación seculares nos bombardean con imágenes y modelos de feminidad y masculinidad completamente falsos. Mientras tanto, la presencia de hombres fuertes y piadosos parece haber disminuido ante una espiritualidad feminizada en un número cada vez mayor de iglesias evangélicas. La bonanza de nuestra sociedad occidental posmoderna ha hecho que los chicos ya no se enfrenten al tipo de lucha por la supervivencia que solía convertir a los niños en hombres. Sin embargo, a pesar de todo esto, nuestras familias e iglesias necesitan hoy más que nunca hombres cristianos fuertes y masculinos. Entonces ¿cómo podemos recuperar o revivir nuestra masculinidad amenazada? Como siempre, el lugar para empezar es la Palabra de Dios. En ella, no solo encontramos una visión sólida y una enseñanza clara sobre lo que significa ser un hombre, sino también de lo que significa ser un hombre de Dios.
El propósito de esta guía de estudio es ofrecer una enseñanza directa, clara y precisa sobre lo que la Biblia le dice al hombre acerca de su identidad como hombre. ¿Qué significa para nosotros ser los hombres cristianos que deseamos ser, que nuestras familias necesitan que seamos, y que Dios nos ha creado y redimido en Cristo para llegar a ser? Las respuestas bíblicas, aunque pueden parecer sencillas, están lejos de ser fáciles. Mi esperanza es que a través de este estudio puedas ser iluminado y animado y, como resultado, las personas en tu vida sean ricamente bendecidas.
Lo que sigue es un recordatorio de que nuestra principal prioridad como hombres es nuestra relación con el Dios que nos creó. Luego, a partir de Su diseño en la creación, destacaremos tres principios vitales extraídos de la Biblia. Finalmente, aplicaremos estos principios a las relaciones más importantes que Dios ha puesto en la vida de los hombres.
Primera prioridad: Tu relación con Dios es esencial
Debemos tener claro desde el principio que la única manera en que cualquier hombre puede vivir el llamado bíblico a la verdadera masculinidad es a través de las bendiciones que fluyen de su relación con Dios. Una visión bíblica del hombre comienza con Dios como nuestro creador: «Y Dios creó al ser humano a Su imagen; lo creó a imagen de Dios» (Gn 1:27). Tanto hombres como mujeres fueron creados por Dios compartiendo el mismo estatus y valor, pero con diferentes propósitos y llamados. Sin importar estas diferencias, la vocación más alta de ambos es conocer a Dios y darle gloria.
Podemos observar la relación especial que existe entre Dios y la humanidad por la forma en que nos creó. Antes de formar al hombre, Dios hizo que todo existiera solo a través de Su Palabra. Sin embargo, al crear al hombre, se involucró de manera personal: «Y Dios el SEÑOR formó al ser humano del polvo del suelo; entonces sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente» (Gn 2:7). El Señor formó al hombre con Sus propias manos y le dio vida para disfrutar de una relación de amor con Él cara a cara. Esta naturaleza pactual presente en la creación del hombre nos dice que Dios quiere conocernos y que le conozcamos. Dios quiere una relación personal contigo. Además, del mismo modo que «sopló» vida en el primer hombre, los cristianos experimentamos la presencia del Espíritu Santo de Dios que nos capacita para vivir en Su justicia. Dios creó al hombre a Su imagen para que difundiera Su gloria en la tierra y le rindiera adoración. No obstante, en la actualidad, algunos creen que la adoración no es algo que un hombre de verdad se sienta inspirado a hacer. Sin embargo, conocer y glorificar a Dios es el más alto llamado y privilegio que cualquier hombre puede tener.
Siendo así, la prioridad fundamental al hablar de la masculinidad bíblica es comprometernos con el estudio diario de la Palabra de Dios —la Biblia— y con la oración. De la misma manera que la luz de Dios brilló sobre el rostro de Adán, la Palabra de Dios es la luz por la que le conocemos y disfrutamos de Su bendición (Sal 119:105).
Tan pronto como Dios creó al primer hombre, lo puso a trabajar: «Dios el SEÑOR plantó un jardín al oriente del Edén y allí puso al hombre que había formado» (Gn 2:8). Desde el principio mismo, los hombres debían ser productivos sirviendo al Señor. Después de todo, ¿cuál es la primera pregunta que comúnmente se le hace a un hombre? —¿En qué trabajas? Esta conexión entre los hombres y su trabajo es coherente con la imagen bíblica. Los hombres fueron creados para conocer a Dios, adorarlo y servirle a través de su trabajo. Por esa razón, Dios ordenó a Adán y Eva: «¡sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen» a las demás criaturas (Gn 1:28).
Resumamos lo que podemos aprender acerca de la masculinidad cristiana a partir de los primeros capítulos del Génesis:
- Dios creó al hombre, lo que significa que tiene el derecho de decirnos qué hacer.
- Fuimos creados para una relación con Dios. Por lo tanto, la verdadera masculinidad fluye de nuestro conocimiento de Él y de Sus caminos.
- Dios ha puesto Su Espíritu en nosotros, para que podamos vivir glorificándolo y adorándolo.
- Después de crearlo, Dios inmediatamente le asignó un trabajo al primer hombre, demostrando que los hombres cristianos deben trabajar duro y ser productivos.
Ahora bien, nunca deberíamos hablar de la enseñanza bíblica de la creación sin tener en cuenta que el primer hombre cayó en pecado al desobedecer el mandato de Dios (Gn 3:1-6). Como resultado, ahora todos somos pecadores, incapaces de estar a la altura del diseño establecido por Dios en Su creación (Ro 3:23; 5:19). Por esta razón, Dios envió a Su Hijo, Jesucristo, para salvarnos del pecado muriendo en nuestro lugar, y lo resucitó de entre los muertos para concedernos una nueva vida. Por tanto, el hombre cristiano ya no solo vive según el designio creador de Dios, sino también por Su gracia redentora. Con todo, debemos ser conscientes de que Cristo nos salva para cumplir el propósito que se revela en los primeros capítulos del Génesis, lo que a su vez resulta en la gloria de Dios y nuestra propia bendición. Como pecadores, nuestra relación con Dios es a través de Su Hijo, Jesucristo, mediante la gracia que nos redime del pecado y nos capacita para obedecer Su Palabra.
De esta primera prioridad se desprenden algunos principios vitales para nuestra fidelidad como hombres.
Audioguía
Audio#12 Actúen como hombres
Parte I: Principios De La Fidelidad
La Biblia llama a los hombres a ser líderes
Gran parte de lo que hemos mencionado es igualmente aplicable tanto a hombres como mujeres, y tan importante que no podemos pasarlo por alto. Sin embargo, cuando nos preguntamos por el llamado específico que Dios le dio al hombre, el orden de la creación destaca nuestro principio fundamental: el llamado del hombre al señorío. En pocas palabras, el Señor le otorga al hombre el liderazgo en sus relaciones, algo que conlleva autoridad y responsabilidad. Por supuesto, Dios es el Señor supremo sobre todas las personas y cosas, pero los hombres estamos llamados a servir a Dios ejerciendo el señorío en las áreas de responsabilidad que Él pone a nuestro cuidado.
Con esto en mente, uno de las mejores descripciones de la masculinidad bíblica se encuentra en un comentario que el Señor hace acerca del patriarca Abraham:
Yo lo he elegido para que instruya a sus hijos y a su familia, a fin de que se mantengan en el camino del SEÑOR y pongan en práctica lo que es justo y recto. Así el SEÑOR cumplirá lo que ha prometido (Gn 18:19).
Es importante señalar que Dios esperaba que Abraham ejerciera autoridad sobre sus hijos y su familia, es decir, sobre todos los que estaban a su cargo. Abraham debía dirigirlos de tal manera que se asegurara de que su familia guardara «el camino del SEÑOR», esto es, que viviera de acuerdo con la Palabra de Dios. Además, Dios dice que es a través del liderazgo piadoso de Abraham que «el SEÑOR cumplirá lo que ha prometido». Esta es una declaración que demuestra la importancia fundamental de la masculinidad bíblica: Si los hombres cristianos no lideran a sus familias, las bendiciones que Dios ha prometido a los creyentes probablemente no se harán realidad. Por supuesto, todos están llamados a guardar los caminos de Dios en fe y obediencia, pero el hombre posee la particularidad de ser el encargado de dirigir y mandar: Dios le ha otorgado el señorío.
Por otra parte, todo lo que encontramos en Génesis 2, que se centra en la vida tal y como Dios la diseñó, apunta al liderazgo que Dios le confió al hombre. Así, por ejemplo, cuando Dios hizo un pacto con la humanidad, dio Su mandamiento a Adán y no a Eva (Gn 2:16-17). ¿Por qué Dios no le dio el mandamiento a ambos? La respuesta está en que el mandamiento le fue dado a Adán porque era su responsabilidad dárselo a conocer a Eva. De modo similar, fue el hombre quien dio nombre a las distintas especies de animales (Gn 2:19). Si tienes el derecho de darle nombre a algo, es porque eres su señor. Adán incluso dio nombre a la mujer, Eva, como una expresión del llamamiento divino de servir a Dios a través del señorío (Gn 3:20).
Ejercer un señorío piadoso requiere que los hombres acepten su responsabilidad y hagan uso de la autoridad. Un buen ejemplo de esto lo encontramos en Rut 2, cuando un terrateniente llamado Booz se fijó en una mujer pobre pero virtuosa que espigaba en sus campos (es decir, recogía lo poco que quedaba después de la cosecha). Booz se dio cuenta de que las mujeres en su posición eran vulnerables y de que no era posible confiar en todos sus hombres. Así que, después de indagar acerca de Rut se enteró de que tenía un carácter noble. Al saber esto, no solamente le permitió espigar en sus campos, sino que también le ordenó a sus hombres más imprudentes que no la molestaran, y luego le proporcionó lo necesario para que tuviera algo de beber cuando sintiera sed (Rut 2:9). ¡Esto es un señorío piadoso! Este hombre aceptó la responsabilidad y ejerció su autoridad para asegurarse de que una mujer necesitada fuera atendida y protegida. Booz había aprendido la importancia de la misericordia y la justicia a través de su estudio de la Palabra de Dios; las mismas prioridades que los hombres cristianos descubren y aprenden en su propia lectura de la Biblia. Booz ejerció el señorío que Dios le había dado para gobernar su casa, de modo que en ella se cumpliera la voluntad de Dios, se glorificara al Señor y se velara por la gente. Esta es una excelente muestra del tipo de señorío al que Dios llama a todos los hombres.
Pero ¿qué sucede cuando los hombres no lideran? Ya vimos cómo Dios señaló que Sus promesas a Abraham no se cumplirían si este no gobernaba en su casa. Un claro ejemplo de esto es el fracaso que experimentó el rey David en su familia. A pesar de ser es uno de los héroes más grandes de la Biblia —venció a Goliat, fue ungido por Dios para ser el rey de Israel, dirigió al pueblo de Dios en batalla, estableció Jerusalén como capital de Israel y escribió gran parte del libro de los Salmos—, David fue un absoluto fracaso con sus hijos. Su negligencia en el liderazgo no solo le arruinó la vida, sino que también deshizo que gran parte del bien que había logrado para el pueblo.
Pensemos por un momento en los hijos de David, una lista de patanes de primera. El primero que nos encontramos es Amnón. Este joven estaba tan enamorado de su bella hermanastra Tamar que la agredió sexualmente y luego la humilló públicamente. Cuando leemos 2 Samuel 13, es evidente que David debió haberse dado cuenta del peligro que estaba corriendo su hija y haber actuado para protegerla. Pero, al ver que David no hizo nada ante este crimen, Absalón, el hermano mayor de Tamar, tomó cartas en el asunto y mató a su hermano Amnón, causando una gran conmoción en la casa real. Nuevamente, David no tomó la iniciativa, sino que simplemente permitió que Absalón se fuera al exilio. Desde ahí, Absalón tramó una rebelión que casi acabó con el reino de David y que terminó con una gran batalla en la que murieron muchos soldados (ver 2 S 13–19). Incluso al final de su vida, David tuvo que enfrentarse a otro hijo corrupto, Adonías. Este intentó usurpar el trono a su hermano Salomón, que era a quien David había heredado el reino (1 R 1).
La triste verdad es que el reinado de David terminó en confusión y caos porque no quiso dirigir su casa. ¿Cómo se puede explicar un comportamiento tan insensato? La Biblia ofrece dos posibles razones. En 1 Reyes 1:6 se incluye una nota que nos muestra lo indulgente que era David con su hijo Adonías, lo cual podemos suponer que fue igual con todos los demás: David «nunca lo había contrariado preguntándole: ‘¿Por qué has hecho esto?’» (LBLA). Como vemos, David nunca asumió la responsabilidad por sus hijos ni ejerció autoridad sobre ellos. Tampoco parece haberse enterado de lo que pasaba en sus vidas (y, aún más importante, en sus corazones), y no los corrigió ni los disciplinó. Podríamos suponer que tal vez David estaba demasiado ocupado luchando en guerras y escribiendo canciones como para cumplir con su labor de padre. Lo cierto es que su fracaso demuestra la importancia de ejercer el señorío como hombres, especialmente en el hogar.
Sin embargo, existe otra razón mucho más profunda detrás del fracaso del liderazgo de David. Si retrocedemos hasta antes de que comenzaran todos estos problemas, descubrimos el gran pecado que David cometió con Betsabé. En 2 Samuel 11 encontramos esto como una advertencia para aquellos hombres cristianos que sienten la tentación de eludir sus deberes en el trabajo y en el hogar. Mientras que el ejército de Israel estaba librando una guerra, David se quedó en casa para relajarse. En ese momento, bajó la guardia y fue presa fácil de la tentación de la lujuria al observar a la hermosa mujer tomando un baño. En una rápida sucesión de eventos que marcó su caída como hombre, David llamó a Betsabé y se acostó con ella, aun sabiendo que era la esposa de uno de sus mejores soldados. Cuando Betsabé quedó embarazada, David, en un intento por encubrir su pecado, conspiró para causar la muerte de su marido y así casarse con ella.
¿Te das cuenta de que los pecados que los hijos de David cometieron más tarde siguieron el patrón de los pecados que lo vieron cometer a él? David acosó a una hermosa joven, y lo mismo hizo su hijo Amnón. David conspiró contra un hombre justo y lo encubrió, trazando el camino que más tarde seguiría Absalón. ¿Cuál es la lección aquí? Que los hombres cristianos debemos liderar, y nuestro liderazgo comienza con el ejemplo que damos de fe y piedad. Ahora bien, si pecamos —lo cual hacemos— debemos arrepentirnos, confesar nuestro pecado y tomar medidas para cambiar nuestros malos hábitos. Si no ponemos un ejemplo de piedad, es probable que nuestro llamado al señorío en el servicio a Dios termine siendo una farsa; y, así como ocurrió con el rey David, la bendición de Dios se perderá, porque el hombre que fue llamado a liderar falló en hacerlo.
Antes de continuar, consideremos algunas de las cosas que un hombre piadoso hace para guiar a su esposa y a su familia:
– Da ejemplo de creer en Jesucristo y vivir sinceramente según la Palabra de Dios.
– Se asegura de que su familia asista a una iglesia fiel donde se enseñen las Escrituras con exactitud.
– Lee su Biblia, ora, y exhorta a otros en su casa a hacer lo mismo.
– Asume la responsabilidad por su esposa e hijos, les presta atención y ejerce la autoridad que Dios le ha dado para animarlos a vivir correctamente.
La Biblia llama a los hombres a nutrir
La Biblia es un recurso de gran valor para los hombres. La Palabra de Dios no solamente nos enseña lo que debemos hacer, sino que también nos da un ejemplo de cómo debemos servir y guiar como esposos, padres y líderes por fuera del hogar. Antes hemos señalado el valor de lo que la Escritura dice acerca del diseño que Dios estableció para el hombre en la creación. De hecho, una de las declaraciones que más información nos brinda acerca de la masculinidad bíblica se encuentra en Génesis 2:15, al cual me he referido en otra parte como el mandato masculino.1 Este versículo establece un patrón que vemos a través de toda la Biblia, al darle a los hombres dos tareas que los capacitan para que triunfen como líderes cristianos: «Dios el SEÑOR tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2:15).
El jardín del Edén era un mundo de relaciones de pacto que el Señor había concebido para la humanidad. Allí se incluían el matrimonio, la familia, la iglesia e incluso el lugar de trabajo. El Señor puso a Adán en este jardín y también en las relaciones que Dios había planeado para la vida allí.
Este texto menciona dos palabras en las que quiero centrarme: «cultivar» y «cuidar». En ellas se encuentra el cómo de la masculinidad bíblica; mientras que en el señorío obediente a Dios está el qué de la cuestión. El cómo es cultivar y cuidar, dos palabras que marcan la trayectoria de la masculinidad a lo largo de toda la Biblia. La segunda de ellas —cuidar— significa guardar y proteger (esto es algo que veremos en la próxima sección). El primero de estos mandamientos, cultivar, significa invertir el propio esfuerzo para producir una buena cosecha. En este caso, en el que Adán es colocado en un jardín, cultivar significa que debe trabajar la tierra y sus plantas para que crezcan y sean abundantes. Aquí hallamos el segundo principio bíblico de la masculinidad. El primero es que el hombre está llamado al señorío, el segundo es que la Palabra de Dios llama a los hombres a nutrir.
La idea bíblica de cultivar y nutrir puede ser el aspecto de la masculinidad que más desentona con las ideas tradicionales de nuestra sociedad. A menudo se ve a los hombres como «el tipo fuerte y silencioso», que rara vez se comunica o muestra sus emociones. Sin embargo, esto se opone directamente a lo que Dios nos llama a los hombres a hacer en nuestras relaciones. Las manos de Adán debían estar curtidas por la tierra del jardín; del mismo modo, las manos de los hombres cristianos deben estar curtidas por la tierra de los corazones de sus esposas e hijos. Ya sea que un hombre esté en el trabajo, hablando con alguien en la iglesia, o guiando su hogar, debe tener un interés personal y actuar de una manera que esté dirigida a traerles bendición y crecimiento.
¿Alguna vez has tenido un jefe masculino al que realmente respetaste, que te estrechaba la mano y te decía que habías hecho un gran trabajo? Tal vez fue un entrenador que te dijo que creía en ti o un profesor que te dijo aparte que tenías un verdadero potencial. Esto es el trabajo «de cultivar» de los hombres, un ministerio claramente masculino que llega directamente al corazón.
Cuando estaba en la universidad, mi trabajo de verano favorito era para un paisajista. Todos los días íbamos a una obra —a menudo la casa de alguien— a plantar árboles, construir muros de jardín y colocar hileras de arbustos. Era un trabajo arduo pero satisfactorio. Lo que más me gustaba era mirar por el retrovisor cuando nos alejábamos y ver que habíamos logrado hacer un buen trabajo que iría creciendo. Este es el tipo de satisfacción que Dios quiere que los hombres tengan en sus relaciones con la gente, especialmente con aquellos que están bajo su liderazgo y cuidado. Debemos tomar un interés personal en ellos, darles orientación, llegar a conocer sus corazones, compartir con ellos el nuestro, y proporcionarles la inspiración y el apoyo que a menudo cambiarán sus vidas.
Este encargo de cultivar y nutrir pone en evidencia un grave error respecto a los roles de género. En general, se nos ha enseñado que las mujeres son las principales encargadas de cultivar y nutrir, mientras que los hombres deben ser distantes y desinteresados. Sin embargo, la Biblia les da a los hombres la responsabilidad primordial de cultivar los corazones y edificar el carácter de las personas que están bajo su liderazgo. Un esposo está llamado a nutrir emocional y espiritualmente a su esposa. Del mismo modo, un padre está llamado a arar y sembrar intencionalmente en los corazones de sus hijos. Cualquier consejero que haya tratado con problemas de la infancia puede decirte que existen muy pocas cosas que sean tan dañinas para un niño como la distancia emocional de su padre. Existe una razón por la que actualmente hay tantas personas obsesionadas con la relación con su padre: Dios ha encargado a los hombres la tarea primordial de alimentar emocional y espiritualmente a sus hijos, y muchos de nosotros no lo hacemos bien. Es el brazo del padre en el hombro o la palmadita en la espalda lo que Dios hace que tenga el acceso más rápido al corazón de un hijo o empleado. Puede que esto no sea algo que encaje en nuestras ideas preconcebidas, pero los hombres que buscan liderar según la voluntad de Dios deben nutrir y alimentar.
Teniendo esto en cuenta, se me viene a la memoria mi versículo favorito del libro de los Proverbios: «Dame, hijo mío, tu corazón» (Pro 23:26 LBLA). Por supuesto, el hombre que dice esto primero debe haber dado su corazón a su hijo, hija o empleado. Tuve el privilegio de servir durante muchos años en el Ejército de los Estados Unidos como oficial de armada. Tengo recuerdos de varios de mis comandantes, por algunos de los cuales me arrastraría (y de hecho me arrastré) sobre vidrios rotos, y de otros que no me inspiraron en absoluto. ¿Qué es lo que recuerdo de los grandes comandantes? Hablaban con sus oficiales y soldados. Reían, enseñaban, corregían y animaban. Estaban presentes, trabajaban duro y querían que sus tropas ganaran. Podías sentir que los conocías y que ellos te conocían a ti. Lo mismo ocurre con el liderazgo masculino en todos los ámbitos. Los hijos quieren tener el corazón de su padre, y cuando él se los da, ellos le dan el suyo a cambio.
Por supuesto, el liderazgo no es todo diversión y juegos. Hay órdenes que se deben obedecer. Hay correcciones y castigos que dar. Pero un hombre bíblico realiza todas las tareas del liderazgo con un interés personal por el bien de los que le siguen y un deseo apasionado de que alcancen su potencial. Se puede ver algo como esto en un padre que anima a su hijo o hija durante un partido de béisbol —sin ridiculizarlos ni acosarlos—, después de haber pasado horas jugando a atrapar la pelota o enseñándoles a batearla, y luego dándoles todo el crédito cuando tienen éxito. Cuando un hombre cristiano «cultiva» en las vidas de otras personas—nutriendo y edificando sus corazones como Adán lo hacía en el jardín— los beneficiarios se deleitan en su atención y crecen bajo la influencia de su amor.
Otra forma en que la Biblia describe el llamado de cultivar y nutrir es a través de la imagen de un pastor con sus ovejas. El Salmo 23 habla de un pastor que está totalmente entregado al bienestar de sus ovejas, guiándolas, sirviéndolas y satisfaciendo todas sus necesidades.
El SEÑOR es mi pastor, Nada me faltará.
En lugares de verdes pastos me hace descansar;
Junto a aguas de reposo me conduce.
Él restaura mi alma;
Me guía por senderos de justicia
Por amor de Su nombre (Sal 23:1-3 LBLA).
Este es el señorío de servicio al que Dios llama a los hombres en el trabajo de nutrir a otras personas, especialmente a nuestras esposas e hijos. Esto es algo que requiere esfuerzo, atención y una preocupación apasionada. Por supuesto, estas palabras fueron escritas principalmente acerca de Jesucristo, el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas (Jn 10:11). Realmente es el hombre quien puede decir estas palabras acerca de Jesús, porque él es el Pastor de nuestras almas, quien nos conduce a la vida eterna, que tiene un corazón para pastorear a otras personas. Jesús es el mayor ejemplo de masculinidad verdadera, porque entrega su vida por el cuidado y la salvación de las personas que tanto ama, incluso muriendo en la cruz para librarlas del pecado.
Al concluir nuestra discusión sobre este asunto tan vital de cultivar—nutriendo y guiando los corazones de aquellos a quienes amamos— permíteme hacerte algunas preguntas que nos pueden ayudar a diagnosticar qué tan bien lo estamos haciendo (y cómo queremos hacerlo):
– ¿Realmente estoy tan cerca de mi esposa y de mis hijos (o de otras personas con las que mantengo relaciones importantes) como para conocer y comprender sus corazones?
– Las personas a mi cargo, ¿sienten que quiero conocerlas y les hablo de un modo que las anima y les enseña?
– ¿Mi esposa y mis hijos (u otras personas) sienten que me conocen? ¿He compartido mi corazón con ellos? ¿Sienten que pueden unirse a mí en las cosas que me apasionan? ¿Sienten que me apasiono por ellos y por su bendición?
– Cuando miro la vida de Jesucristo en los Evangelios, ¿qué cosas hizo para mostrar a sus discípulos que le importaban, para conectar con ellos y para llevarles a un crecimiento espiritual que yo puedo experimentar y luego imitar?
La Biblia llama a los hombres a ser protectores
La segunda parte del mandato masculino de Génesis 2:15 es «cuidar», lo que significa que un hombre guarda y protege lo que Dios ha puesto bajo su tutela. Este es nuestro tercer principio para la masculinidad bíblica. Cuando David pensaba en el cuidado pastoral del Señor sobre su vida, no se refería únicamente a que el Señor lo guiaba, sino a que también lo protegía: «Aunque camine por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 23:4 LBLA). Del mismo modo, el liderazgo masculino no solo implica nutrir y animar, sino también vigilar por la seguridad de las personas y las cosas.
Otro lugar de la Biblia en el que encontramos el «cultivar» y «cuidar» —construir y proteger— es en Nehemías 4:17-18, en la época en que los hombres de Jerusalén construían las murallas de la ciudad. Nehemías hizo que los hombres llevaran una pala o palustre en una mano y una espada o lanza en la otra. Esta es la masculinidad bíblica: construir y mantener todo a salvo.
De la misma manera que el Señor ofrece un gran modelo de pastor en el Salmo 23, también habla de Su cuidado protector en el Salmo 121. Allí el Señor promete que vela por Su pueblo: «Jamás duerme el que te cuida. Jamás duerme ni se adormece el que cuida de Israel» (Sal 121:3-4 LBLA). El salmista señala que «El SEÑOR te cuidará; de todo mal guardará tu vida» (Sal 121:7). Dios vela por nosotros para protegernos y corregirnos a fin de que no nos descarriemos. Ese es el ejemplo que debemos seguir como hombres que custodiamos lo que se nos ha confiado.
Ser hombre es levantarse y ser buscado cuando hay peligro u otro mal. Dios no desea que los hombres se queden de brazos cruzados y permitan el daño o la maldad. Por el contrario, estamos llamados a mantener a otros a salvo en todas las relaciones de pacto que entablamos. En nuestras familias, nuestra presencia debe hacer que nuestras esposas e hijos se sientan seguros y tranquilos. En la iglesia, debemos defender la verdad y la piedad contra la mundanalidad y el error. En la sociedad, debemos ocupar nuestro lugar como hombres que se levantan contra el mal y defienden a la nación de las amenazas de peligro.
La triste realidad, sin embargo, es que en muchos casos el mayor peligro del que necesitamos proteger a nuestras esposas e hijos es nuestro propio pecado. Recuerdo que hace años aconsejé a un hombre cuyo matrimonio estaba en crisis. En un momento dado, presumió de que si un hombre entraba en su casa con un arma, él haría todo por proteger a su esposa: «Recibiría la bala por ella». Pero entonces, en un destello de introspección, admitió: «En realidad, soy yo el hombre que entra en mi casa y le hace daño a mi mujer». Necesitamos proteger a las personas que están bajo nuestro cuidado de nuestra propia ira, palabras duras, egocentrismo y negligencia.
Estas son algunas preguntas que podemos considerar con respecto a nuestro llamado masculino a cuidar y proteger:
– ¿Estoy consciente de cuáles son las mayores amenazas para mi esposa y mis hijos? ¿Qué estoy haciendo al respecto?
– Cuando estoy presente, ¿mi esposa (u otras personas a mi cargo) se siente segura? ¿Qué cambios debería hacer para garantizar que así sea?
– ¿Cuáles son los pecados que cometo y que perjudican a otras personas, especialmente a mi familia? ¿Me importan lo suficiente como para tratar de corregir mis hábitos pecaminosos? ¿Me enfado con frecuencia? ¿Hablo abusivamente o con dureza? Si es así, ¿he platicado con mi pastor sobre estas cosas, buscando cambiar? ¿Oro por estos pecados? ¿Qué diferencia supondría para los demás si yo me arrepintiera de estos comportamientos dañinos?
La Biblia llama a los hombres a entablar relaciones diseñadas por Dios
Lo que hasta ahora hemos visto es la arquitectura bíblica básica de la masculinidad. Los hombres están llamados a servir y glorificar a Dios, ejerciendo el señorío en sus relaciones «cultivando y cuidando», es decir, nutriendo y protegiendo. Todos estos principios emanan de los primeros capítulos del Génesis y se refuerzan a lo largo de la Biblia.
Nuestro tema final en esta guía de estudio considerará los contextos en los que se vive la masculinidad, es decir, las relaciones diseñadas por Dios que se encuentran en la Escritura. ¿Recuerdas cuando vimos que Dios «puso al hombre en el jardín» que había creado (Gn. 2:8)? Podemos pensar en el jardín como el mundo de pacto diseñado por Dios en el que hombres y mujeres deben vivir y dar fruto para Su gloria. Entre estas relaciones destacan el matrimonio y la paternidad, aunque otras relaciones (como el trabajo, las amistades y la iglesia) también son importantes. Anteriormente hemos hecho aplicaciones al matrimonio y a la paternidad, pero ahora nos centraremos un poco más en la siguiente parte.
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Discusión y reflexión
- ¿Qué parte de esta perspectiva de la masculinidad desafía tu forma de pensar sobre lo que significa ser un hombre?
- ¿En cuál de estas áreas necesitas crecer más? ¿Alguno de ellos es una fortaleza para ti?
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Parte II: La Masculinidad Bíblica En El Matrimonio
Génesis 2:18 hace una importante declaración cuando el Señor observó: «No es bueno que el hombre esté solo». Hasta ahora en el relato de la creación todo ha sido muy bueno. Dios creó y luego miró su obra y «vio que era buena» (Gn 1:25 LBLA). Pero ahora el Creador ve algo que no es bueno —esto debe ser algo importante. El problema que Dios observó no era un defecto en Su diseño, sino algo que estaba incompleto. Dios diseñó al hombre y a la mujer para que vivieran juntos en el sagrado vínculo del matrimonio; por eso el Señor continuó diciendo: «Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Gn 2:18). Dios no creó a la mujer para que compitiera con el hombre, sino para que lo complementara.
Esta clara enseñanza bíblica muestra que los hombres deben desear casarse con una esposa piadosa. A diferencia de lo que es tan común hoy en día, los hombres no deberían rehuir el compromiso, pasando gran parte de sus vidas «en el terreno de juego». En lugar de eso, un hombre debe establecerse, comprometerse en una relación con una mujer, y comenzar una familia. Obviamente, hay algunas ocasiones en las que esto no sucede, y no quiero hacer sentir a los hombres culpables si sinceramente han deseado casarse pero se han desanimado. El punto es que los hombres deben estar a favor del matrimonio. Debemos criar a nuestros hijos con la expectativa de que serán esposos, preferiblemente más temprano que tarde. Proverbios 18:22 resume la perspectiva bíblica: «Quien halla esposa encuentra el bien y recibe el favor del SEÑOR».
No es un secreto que a nuestra generación le cuesta conseguir que un matrimonio funcione, principalmente porque estamos decididos a continuar con nuestros pecados mientras esperamos tener éxito. Los hombres cristianos, que han sido perdonados de sus pecados y que buscan vivir según la Palabra de Dios, deberían tener la confianza de contraer matrimonio, siempre y cuando la mujer sea también una cristiana comprometida. Casarse con una mujer que no es cristiana es estar «unidos en yugo desigual» (2 Co 6:14 LBLA). Esta metáfora es una comparación de dos bueyes disparejos unidos por yuntas de modo que no pueden tirar juntos. Lo mismo puede decirse de un matrimonio en el que uno de los cónyuges es cristiano y el otro no. Una cosa es llegar a la fe en Cristo estando casado con una mujer no creyente, y en ese caso debemos orar para que Dios convierta a nuestra esposa mientras nosotros servimos y testificamos del evangelio, pero otra muy distinta es que un hombre que ya es cristiano se case con una mujer incrédula.
Si nos ha parecido instructiva la enseñanza básica de la Biblia sobre la masculinidad, entonces descubriremos que estos principios son de vital importancia para el matrimonio cristiano. El hombre debe guiar nutriendo y protegiendo. Y resulta que este esquema encaja perfectamente con lo que la Biblia dice sobre los maridos en el matrimonio. Esto hace que esta enseñanza sea esencial para tener un hogar feliz.
Señorío matrimonial
En primer lugar, la Biblia es muy clara en cuanto al liderazgo que el esposo debe ejercer en el matrimonio, tanto en lo espiritual como en lo demás. Este énfasis se puede ver en lo que el Señor enseña a las esposas piadosas:
Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor. Porque el esposo es cabeza de su esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él su Salvador. Así como la iglesia se somete a Cristo, también las esposas deben someterse a sus esposos en todo (Ef 5:22-24; ver también 1 P 3:1-6).
La primera respuesta de un hombres al leer esto debe ser la humildad. Dios no les dice a las esposas que se sometan al liderazgo de su esposo porque él es más inteligente, más sabio o más piadoso —en muchos casos, no lo es. En lugar de eso, la razón para el liderazgo masculino en el matrimonio es el diseño de Dios en la creación. Los hombres están diseñados para ser asertivos (piensa en la testosterona) mientras que las mujeres son llamadas por el Señor para estar al lado del hombre y ayudarlo («voy a hacerle una ayuda adecuada»). Esto no se trata de rasgos de personalidad, sino de un llamado en el que Dios quiere que los hombres lideren de una manera fuerte pero gentil, confiada pero humilde, tal como lo hace Cristo.
La autoridad masculina no implica que el marido sea quien tome todas las decisiones en todo. Cristo dijo que un matrimonio piadoso reflejará ante todo unidad: «Así que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19:6 LBLA). Una pareja casada debe tratar de llegar a un acuerdo, y es el esposo quien debe liderar este esfuerzo. Por ejemplo, un hombre y su esposa deben sentarse juntos y hablar de sus objetivos financieros. En muchos casos, la mujer contribuirá ampliamente y será mejor administradora del dinero que su marido. Aun así, el esposo debe liderar la toma de decisiones financieras, quitándole la carga a su esposa y aplicando los principios bíblicos sobre el dinero y las dádivas. El marido y la mujer deben decidir juntos a qué iglesia asistir, y debe ser el marido quien de prioridad a la enseñanza bíblica fiel. Así sucede con todas las áreas de la vida matrimonial, el marido debe dirigir con el objetivo de lograr una unidad piadosa. Todas estas decisiones requerirán oración, por lo que el liderazgo debe estar siempre comprometido con la oración conjunta y la obediencia a la Palabra de Dios.
Cuando pensamos en «estar al mando», el mismo pasaje que manda a nuestras esposas a someterse también llama a los hombres a liderar sirviendo como Cristo: «Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella» (Ef 5:25). ¿De qué manera amó Jesús a Su Iglesia? Muriendo por ella. Del mismo modo, un marido debe poner los intereses de su mujer en primer lugar, especialmente sus necesidades espirituales y emocionales. Cuando un esposo «pisa el pedal», llamando a su esposa a someterse, por lo general debería ser para obedecer la enseñanza bíblica o a la sabiduría, o para que el hombre haga un sacrificio por ella. Un esposo que lidera en el matrimonio con el sacrificio propio de Cristo no encontrará a su esposa luchando frecuentemente por someterse a su liderazgo.
El cuidado conyugal
Los hombres no están llamados a guiar a sus esposas, sino también a «cultivarlas». Es decir, deben nutrirlas de una forma análoga a como Adán cultivó el primer jardín. Esto significa que un esposo debe tener un plan para la bendición espiritual y emocional de su esposa. Ahora una de sus tareas más importantes en la vida es considerar su crecimiento y bienestar. No se limita a «casarse con ella y luego pasar a otras prioridades». Más bien, él se dedica todos sus días de casado a edificar a su esposa y a promover su bendición.
Esta prioridad se ve reflejada en lo que el apóstol Pablo dijo sobre el matrimonio en Efesios 5:28-30:
Así mismo el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
Lo que Pablo quiere decir es que, de la misma manera que el hombre tiene un instinto natural para satisfacer las necesidades de su propio cuerpo —come cuando tiene hambre, bebe cuando tiene sed y duerme cuando está cansado—, el esposo debe desarrollar una sensibilidad innata hacia las necesidades de su esposa. Inevitablemente, esto se verá reflejado en la forma en que el marido habla con su mujer. Como pastor, he conocido esposos que hablan con sus esposas de la misma manera que hablaban con los chicos en el vestuario del equipo de fútbol. Sigue mi consejo: no lo hagas. ¡Ella es tu esposa! Los hombres debemos pensar antes de hablar, sobre todo cuando hablamos con nuestras mujeres.
El llamado del hombre a cuidar a su esposa también implica que necesita saber lo que pasa en su corazón. Y puesto que las mujeres son un completo misterio para los hombres, la única manera de saberlo es preguntándoselo a ella. Prueba esto: acércate a tu mujer, dile que quieres dedicarte a su cuidado y que te gustaría saber qué hay en su corazón. Puedes estar seguro de que te contará lo que le angustia, lo que teme, lo que le hace sentirse bella y querida, y por lo que ora y anhela. Esta información es muy útil para un marido cariñoso. Una buena práctica es orar con tu esposa todas las mañanas, preguntándole sinceramente cómo puedes pedir por ella. Con el tiempo, ella abrirá cada vez más su corazón, confiando en tu ministerio amoroso, y tu cuidado nutriente los unirá a ambos en amor conyugal.
Hasta este punto, he mencionado la enseñanza que el apóstol Pablo da sobre el matrimonio en Efesios 5. Sin embargo, el apóstol Pedro también nos ofrece una valiosa enseñanza en 1 Pedro 3:7. En mi opinión, este es el versículo más valioso para los esposos:
Ustedes, maridos, igualmente, convivan de manera comprensiva con sus mujeres, como con un vaso más frágil, puesto que es mujer, dándole honor por ser heredera como ustedes de la gracia de la vida, para que sus oraciones no sean estorbadas (LBLA).
Cuando Pedro dice que debemos «convivir» con nuestras esposas, utiliza un verbo que en otros lugares de la Biblia significa «estar en comunión». En otras palabras, debemos compartir nuestras vidas con nuestras esposas, no simplemente cruzarnos a la hora de comer y para tener relaciones sexuales. Cuando dice que debe ser «de manera comprensiva», quiere decir que debemos tener conocimiento sobre ella, principalmente sobre las cosas de su corazón. «Darle honor» significa apreciar a nuestras esposas: decir y hacer cosas que le hagan saber que es amada y valorada. Y debemos recordar que nuestras esposas son las hijas amadas de Dios —y, sí, si las descuidamos, Dios dice que descuidará también nuestras oraciones.
Mi experiencia me ha demostrado que este principio de «cultivar», es decir, nutrir emocional y espiritualmente a nuestras esposas, es a menudo el ingrediente que falta en los matrimonios cristianos. Los hombres simplemente no saben que deben cultivar los corazones de sus esposas. Por eso, el hecho de que un hombre cristiano le pida disculpas a su esposa por haber descuidado esta tarea y luego comience a cumplirla de manera sincera (y con la ayuda de ella) a menudo revolucionará el matrimonio y unirá a la pareja como nunca antes.
Protección matrimonial
La segunda parte de «trabajar y cuidar» consiste en que el hombre proporcione protección a su esposa en el matrimonio. En resumen, la forma en que un marido actúa y habla con su mujer debe hacerla sentir segura. Por supuesto, esto incluye la seguridad física, la cual un hombre debe garantizar a su esposa. En especial, los hombres cristianos deben proteger a sus esposas de sus pecados más obvios y dañinos. Por ejemplo, demasiados hombres muestran una ira explosiva o hablan ásperamente a sus esposas, socavando la confianza y la seguridad del vínculo matrimonial. Ya sea la ira u otra tendencia pecaminosa, protegemos a nuestras esposas acudiendo a la gracia de Dios para sustituir los vicios por virtudes piadosas.
Otro aspecto que el «cuidar» incluye es la protección y la seguridad de la relación, algo que resulta muy importante para un matrimonio sano. Por ejemplo, una esposa debe sentirse segura de su pareja con respecto a otras mujeres. Un hombre piadoso no hará comentarios acerca de lo atractiva y sexy que es otra mujer ni tampoco se quedará viéndola boquiabierto. El mensaje de Pablo sobre pureza sexual se aplica especialmente a los esposos: «Tampoco haya obscenidades, ni necedades, ni groserías, que no son apropiadas, sino más bien acciones de gracias»
(Ef 5:4 LBLA).
Si queremos disfrutar de un matrimonio feliz, no vamos a cultivar amistades íntimas con personas del sexo opuesto, y tampoco nos veremos a solas con otra mujer (esto es aplicable en ambos sentidos, pues este tipo de comportamiento solo puede amenazar la seguridad del matrimonio). Si un hombre mantiene una estrecha relación laboral con una mujer, necesitará ser especialmente cuidadoso a fin de mantener la exclusividad emocional con su esposa. Si es pastor (como yo) y necesita ayudar a las mujeres de la iglesia, procurará evitar los vínculos emocionales. Por mi parte, suelo poner en práctica lo que solía llamarse «la regla de Billy Graham» y que ahora se conoce como «la regla de Mike Pence», el ex vicepresidente cristiano. Esta regla dice que nunca voy a estar detrás de una puerta cerrada con una mujer que no sea mi madre, mi esposa o mi hija. Tampoco viajaré solo en un auto con una mujer que no sea de mi familia. No me reúno a solas con mujeres que no sean de mi familia y, si necesito mantener una conversación, insisto en que haya una puerta abierta o, al menos, una ventana que dé a la habitación. Es una forma inteligente de protegerse, tanto de la tentación como de las acusaciones difamatorias. Y aunque algunas personas pensarán que eres demasiado conservador o anticuado, tu mujer lo apreciará mucho: se sentirá segura en la relación.
Ahora bien, es posible que aún no te hayas casado, sino que solo estés saliendo con alguien. En ese caso, permíteme decirte que el modelo bíblico para la masculinidad en el matrimonio es algo que funciona muy bien en una relación que se encamina hacia allá. De hecho, la mejor manera de desarrollar una relación matrimonial es comenzar a practicar desde ahora los principios que hacen que un matrimonio sea bueno. Esto significa que el novio debe dirigir la relación de una manera abnegada. Él no espera a que ella le impulse una conversación sobre «dónde estamos en la relación», sino que saca el tema y deja claras cuáles son sus intenciones (y sí, a veces esto significa decirle que tienen que romper). Cuando la pareja está junta, el hombre no se pasa todo el tiempo hablando de sí mismo, de su trabajo y de sus equipos deportivos. En lugar de eso, se interesa por ella y trata de entender su corazón. Le pregunta qué cosas le interesan, qué está aprendiendo de la Palabra de Dios, cuáles son sus necesidades de oración, etc. Y asimismo, la hace sentir segura. Esto significa que no la presiona sexualmente, sino que es él quien toma la iniciativa en la pureza sexual. Él habla y actúa de una manera que la hace sentir cómoda. Este patrón bíblico no solo es una buena manera de prepararse para un matrimonio piadoso, sino que también es la mejor manera de hacer que una mujer cristiana se enamore de ti.
Anteriormente mencioné cómo Booz asumió la responsabilidad del bienestar de Rut cuando ella era viuda y espigaba en sus campos. Fue amable con ella, se aseguró de que estuviera a salvo y se ocupó generosamente de su manutención. ¿Es de extrañar que esta historia concluya con el matrimonio de ambos? Podemos leer sobre esto en Rut 3:9, cuando Rut se acerca a Booz y le sugiere que se casen: «Soy Rut, su sierva. Extienda sobre mí el borde de su manto, ya que usted es un pariente que me puede redimir». Observa la forma en que lo dijo: quería ser la esposa de Booz por su conducta cristiana hacia ella. Obviamente, ningún hombre cristiano puede tomar el lugar de Jesús en la vida de una mujer piadosa. Pero puede amarla de una manera que le recuerde a Jesús. Si seguimos el patrón bíblico de masculinidad en el matrimonio, nuestras esposas responderán con este sentimiento hacia nosotros.
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Discusión y reflexión
- ¿Conoces algún buen ejemplo de esposo fiel? Habla con tu mentor sobre aquello que lo hace ser un buen ejemplo.
- Si estás casado, ¿cuál es un área en la que puedes crecer como esposo? Y si aún no estás casado, ¿ de qué manera puedes prepararte para ser un buen esposo?
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Parte III: La Masculinidad Bíblica Como Padres
Si el matrimonio es la primera relación que Dios ha diseñado para un hombre, la paternidad es probablemente el papel más significativo que cualquier hombre desempeñará en él. Si un esposo cristiano debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia, entonces los padres cristianos deben imitar el carácter amoroso de Dios el Padre en la manera en que crían a sus hijos. Afortunadamente, ya que Dios Padre y Dios Hijo están en la misma página, los principios que hemos aprendido acerca de la masculinidad en general resultan ser las claves para ser un padre cristiano fiel y efectivo.
Señorío paternal
La autoridad que tiene un padre para gobernar a sus hijos sale a relucir en la instrucción de Efesios 6:1: «Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo». Notemos que los hijos deben obedecer a sus padres (y madres) no porque ellos sean más grandes y fuertes y puedan castigar, sino porque «esto es justo». El designio de Dios es que los padres guíen a sus hijos y es sobre esta base que se les debe enseñar a obedecer. Además, la Biblia enseña que aprender a obedecer a los padres es esencial para el éxito de un niño en la vida. Los hijos obedecen a sus padres para que les «vaya bien y disfruten de una larga vida en la tierra» (Ef. 6:3). Por tanto, aunque un padre debe ejercer autoridad sobre sus hijos dando normas y haciéndolas cumplir, de igual modo debe ser tierno y bondadoso: «Padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4).
Protección paternal
En la discusión anterior acerca del cómo del liderazgo masculino, he considerado el «cultivar» antes que el «cuidar». En este caso, quiero discutir primero el papel del padre como protector y guarda de sus hijos, debido a la vital importancia que tiene la disciplina en ellos.
¿Recuerdas cómo el rey David nunca «contrariaba» a sus hijos, y que como resultado ellos crecieron y se convirtieron en malvados insurrectos? Lo mismo le sucedió a Elí, el sumo sacerdote de Israel, con sus hijos Ofni y Finees. Estos despreciables hijos eran tan malvados que cometieron libertinaje sexual afuera del mismísimo tabernáculo, por lo que Dios los condenó a muerte y el linaje de Elí fue cortado (1 S 2:27-34). Por lo menos, Elí intentó reprender a sus hijos, pero no hizo nada para contenerlos y murieron.
Teniendo en cuenta estos ejemplos, no es de extrañar que la Biblia ordene a los padres cristianos que disciplinen a sus hijos. Esto significa que cuando son pequeños, deben ser azotados por desobedecer a sus padres (y por algunos otros pecados). Proverbios 13:24 nos muestra las dos caras del llamamiento bíblico a disciplinar a nuestros hijos. Primero se encuentra el lado negativo: «No corregir al hijo es no quererlo». Luego está el positivo: «amarlo es disciplinarlo a tiempo». Si no disciplinamos a los niños mientras sus jóvenes corazones son todavía moldeables, los estamos arruinando para su futura vida, puesto que más adelante no serán capaces de someterse a la autoridad apropiada. Proverbios 29:15 dice: «La vara de la corrección imparte sabiduría». Es la impresión sensible del dolor en el fondo del corazón lo que le enseña a desear la virtud.
No debería ser necesario aclarar que nunca debemos herir físicamente a nuestros hijos cuando los azotamos. El objetivo no es hacer daño, sino causar una impresión dolorosa. Por esta razón, los padres siempre deben disciplinar con autocontrol, manejando la ira antes de acercarse a su hijo o hija. La disciplina privada es mejor que los azotes en público, para evitar avergonzarlos. Nuestro objetivo es que nuestros hijos relacionen lo que hicieron mal con las dolorosas consecuencias que ello conlleva, de modo que nos expliquemos con claridad y nos reconciliemos con ellos una vez haya terminado la disciplina.
A medida que nuestros hijos crecen, los azotes pierden su impresión, por decirlo de alguna manera. En algún momento antes de la adolescencia, los padres empezarán a confiar en las reprimendas verbales para corregir la desobediencia y moldear una conciencia sensible a la Palabra de Dios. Esta reprensión es mucho más eficaz si hemos formado un fuerte vínculo afectivo con nuestros hijos. Particularmente a medida que nuestros hijos crecen y pueden entender más, debemos explicarles claramente la base bíblica de lo que estamos exigiendo, así como la experiencia de vida que informa nuestras restricciones. Disciplinar a los hijos es la principal forma de protegerlos del mayor peligro que jamás enfrentarán: su propio pecado y necedad.
El cuidado paternal
Quería tratar primeramente acerca de la disciplina paternal porque es lo primordial desde que nuestros hijos son pequeños. Pero la protección disciplinaria debe estar conectada con el cuidado paternal bajo la forma de discipulado. Los padres deben guiar personalmente a sus hijos a la fe en el Señor y a medida que crecen en sus vidas. El padre que primero implora: «Dame, hijo mío, tu corazón» (Prov. 23:26 LBLA), es el que luego consigue ser escuchado cuando llega el momento de la reprensión.
Del mismo modo que un marido piadoso busca saber lo que pasa en el corazón de su mujer, un padre piadoso también tiene como meta alcanzar el corazón de sus hijos e hijas. Él no define el éxito solo en términos de comportamiento, sino en términos de carácter y fe. El proverbio no dice: «Hijo mío, dame tu comportamiento», o «dame tu presencia física». El discipulado está dirigido al corazón: los deseos, las aspiraciones, el sentido de identidad y el propósito. En el ministerio que tiene el discipulado de nutrir, un padre busca una relación de amor confiado y compartir un vínculo de fe en Jesucristo. Para llegar al corazón de nuestros hijos hace falta perseverancia, esfuerzo y oración. Pero si no buscamos el corazón, nunca lo conseguiremos. Por esta razón, entregamos nuestro propio corazón a nuestros hijos, pasando tiempo con ellos, disfrutando juntos de los buenos momentos, afrontando las adversidades en familia y adorando al Señor con fervor.
Se me ocurre un método de cuatro pasos que nos permitirá llegar al corazón de nuestros hijos: Leer – orar – trabajar – jugar.
1. Leer
Un padre discipula a sus hijos leyéndoles la Biblia y hablándoles de las verdades bíblicas. En el mejor de los casos, esto tendrá lugar durante la adoración familiar, pero también en el transcurso del día. Pablo dice que «la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro 10:17). La única manera en que alguien puede llegar a tener fe en Jesús es por el poder de la Palabra de Dios. Además, queremos compartir con nuestros hijos las verdades bíblicas que son cruciales para nosotros y acompañarles en el camino del descubrimiento bíblico.
Demasiados padres cometen el error de tratar de externalizar el discipulado de sus hijos. Los llevan a la iglesia, los ponen en un grupo de jóvenes, los hacen asistir a escuelas cristianas o los escolarizan en casa. Pero nadie más puede tomar el lugar de un padre. No es necesario que seas un erudito bíblico para que puedas leer la Biblia a tus hijos y con ellos (aunque si la paternidad hace que te tomes en serio la doctrina bíblica es mucho mejor).
Un padre que no tiene tiempo para leer la Biblia con su familia necesita reflexionar seriamente en sus prioridades. No se necesita mucho tiempo para leer un pasaje bíblico durante el desayuno o después de la cena y luego discutirlo. Y cuando un padre lee la Sagrada Escritura a sus hijos, la Palabra de Dios estrecha sus corazones en la unidad de la verdad y la convicción.
2. Orar
Sustentamos a nuestros hijos orando por ellos y con ellos. En primer lugar porque un padre tiene mucho por lo que orar cuando se trata de sus hijos. Su propio Padre celestial quiere saber de él y está deseoso de responder a sus oraciones. Además, nuestros hijos necesitan crecer oyendo a su madre y a su padre orar por ellos. Nuestras oraciones deben incluir adoración a Dios y acción de gracias por Sus bendiciones. Deberíamos pedir por las cosas que sabemos que necesitan y también por las cosas que sienten. Y no hay nada malo en que pidamos a nuestros hijos que oren por nosotros, compartiendo con ellos algunas de las dificultades a las que nos enfrentamos y expresándoles nuestro agradecimiento por su amor hacia nosotros en la oración y a través de ella.
3. Trabajar
Un padre debe trabajar con sus hijos. No me refiero a darles tareas en el lugar de trabajo, sino a quehaceres en casa y proyectos en el colegio o en la iglesia. A los niños les encanta pintar una habitación junto a su padre, y aunque esto signifique que va a haber desorden, también es probable que se establezcan vínculos valiosos. Algunos de los trabajos más significativos que realizan nuestros hijos tienen que ver con su escolarización, así como con el atletismo y la formación musical. Cada vez que veo a un padre joven en el patio jugando a la pelota con su hijo o hija, o enseñándoles a batear, me viene el deseo de ser más joven y poder volver a esos días dorados. Cuanto más nos involucremos en el trabajo de nuestros hijos de forma solidaria y alentadora, más se entrelazarán sus vidas con las nuestras en un vínculo de amor.
4. Jugar
Por último, un padre conecta con sus hijos jugando con ellos. Cuando son más pequeños, esto significa que nos tiramos al suelo y armamos juntos un proyecto de Lego, o que vamos al parque infantil a columpiarnos. Nos interesamos por las cosas que a ellos les parecen divertidas y compartimos con nuestros hijos las que para nosotros lo son. Por ejemplo, soy un ferviente seguidor de varios equipos deportivos, y he compartido esta pasión con mis hijos (que animan a todos los equipos, aunque hayan terminado en una escuela diferente). Juntos lamentamos las derrotas y celebramos los triunfos, y lo disfrutamos mucho.
Esta es una simple estrategia que utilizo para asegurarme de que participo activa e íntimamente en la vida de mis hijos: Leer, orar, trabajar y jugar. Debo leer habitualmente la Palabra de Dios con y para mis hijos. Debemos sobrellevar mutuamente nuestras cargas en oración y adorar juntos al Señor en Su trono de gracia. Mis hijos necesitan mi participación positiva y alentadora en sus tareas (y ellos necesitan que los invite a participar en algunas de las mías). Y necesitamos unir nuestros corazones con la risa y la alegría en el juego compartido, tanto uno a uno como en familia. Todo esto requiere tiempo, porque el tiempo es la moneda con la que un hombre compra el derecho a decir: «Hijo mío, hija mía, dame tu corazón».
Discusión y reflexión
- ¿Qué tipo de relación tuviste con tu padre? ¿Qué cosas deseas imitar de él o de otros hombres buenos en tu vida?
- Si eres padre, ¿cuál es un área en la que debes crecer? Si todavía no lo eres, ¿cómo puedes prepararte para ser un buen padre?
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Conclusión
Sin duda, el matrimonio y la paternidad abarcan una gran parte del espacio relacional de un hombre, sin embargo, hay otras relaciones en las que también se aplican los principios de la masculinidad bíblica. Así por ejemplo, estamos llamados a ser miembros de iglesias fieles. En ellas, como en todas partes, un hombre debe ejercer el señorío cuando Dios lo pone a cargo, siguiendo a Cristo como un siervo y líder que emplea la autoridad de acuerdo con la Palabra de Dios. Cuando nos relacionamos con otros, «cultivamos y cuidamos» en formas que son apropiadas para esas relaciones. Un hombre piadoso anima a todo tipo de personas, y se mantiene vigilante sobre la verdad bíblica y la práctica piadosa.
Asimismo, un hombre piadoso tiene un trabajo, y en ese lugar de trabajo el modelo de masculinidad bíblica sigue demostrando sus frutos. Esto significa que cuando se le pone a cargo de trabajadores o de un departamento, asume la responsabilidad y ejerce la autoridad de manera servicial. Un jefe trabaja para edificar a sus empleados, de forma similar a como un esposo sustenta a su esposa o un padre discipula a sus hijos. Y también toma medidas para proteger a los demás de la corrupción, el engaño o los ambientes tóxicos.
Un hombre piadoso con frecuencia tendrá amistades íntimas, y el modelo de masculinidad bíblica sigue sirviendo de referencia. Si examinamos, por ejemplo, el vínculo de alianza entre David y Jonatán en el primer libro de Samuel, veremos cómo ambos se animaban mutuamente y estaban allí cuando alguno de ellos necesitaba ayuda. Asimismo, cuidaban del bienestar y la reputación del otro.
No olvides lo que dijimos al inicio sobre el llamado bíblico a la masculinidad: es simple, pero no significa que sea fácil. Los hombres están llamados a señorear sobre las áreas y las personas puestas bajo su mando, y ejercer su liderazgo «cultivando y cuidando»: edificando a las personas y manteniéndolas a salvo.
Me gustaría concluir contando la historia de un hombre que me impactó mucho cuando recién comenzaba en el evangelio. La noche que escuché el evangelio y llegué a la fe en Jesús, conocí a Lawrence. Él era un hombre mayor que servía como diácono en la puerta de la iglesia que yo había visitado. Después de mi conversión, empecé a asistir a la iglesia con regularidad, aunque solo venía para escuchar la Palabra de Dios y participar en el culto. Al poco tiempo, Lawrence se me acercó, se presentó y me preguntó por mi fe. Me invitó a desayunar, y allí compartió su testimonio conmigo y me enseñó a leer la Biblia y a orar. Durante varios años mantuvimos una alegre amistad, en la que este creyente mayor oraba por mí y me animaba a medida que yo crecía como cristiano.
Nunca olvidaré el funeral de Lawrence, después de haber fallecido de cáncer. No era un hombre prominente y no tenía mucho dinero. Pero la iglesia se llenó para su servicio fúnebre. Durante más de una hora se dieron testimonios del impacto que este hombre tuvo en tanta gente. Por supuesto, sus hijos hablaron y su hija contó cómo les había amado y cultivado su fe. También se presentaron personas que habían recibido ayuda de Lawrence o que, como yo, habían sido discipuladas por este veterano seguidor de Cristo. Cuando por fin terminó el funeral, uno de mis colegas pastores hizo un comentario que nunca olvidaré. Estábamos en silencio reflexionando sobre la solemne ocasión que acabábamos de presenciar. Mi amigo dijo entonces: «Esto demuestra lo que Dios hará en la vida de cualquier hombre que se consagre de todo corazón a Jesucristo».
Estas son las palabras con las que quiero concluir esta guía de estudio sobre la masculinidad cristiana. Imagina lo que Dios hará en la vida de muchas personas si confías en él y te comprometes con el modelo de masculinidad piadosa que enseña la Biblia. Tal vez cuando mueras, el funeral se hará interminable mientras la gente habla de las bendiciones que recibieron de ti. Pero podemos estar seguros de que mientras vivas respondiendo al llamado bíblico a los hombres fieles, muchas personas —incluyendo a quienes más amas— habrán sido bendecidas por toda la eternidad debido al hombre cristiano en que te convertiste por la gracia de nuestro amoroso Dios.
Notas finales
- Richard D. Phillips, The Masculine Mandate: God’s Calling to Men (Ligonier Ministries, 2016).
Acerca del autor
RICHARD D. PHILLIPS es ministro principal de la histórica Second Presbyterian Church de Greenville, SC. También es profesor adjunto en el Westminster Theological Seminary, autor de cuarenta y cinco libros y ponente frecuente en conferencias sobre la Biblia y la teología reformada. Él y su esposa, Sharon, tienen cinco hijos y viven en Greenville, SC. Rick es un apasionado aficionado a los deportes de la Universidad de Michigan, disfruta leyendo novelas de ficción histórica y ve regularmente Masterpiece Theatre junto a su esposa.
Tabla de contenido
- Parte I: Principios De La Fidelidad
- La Biblia llama a los hombres a ser líderes
- La Biblia llama a los hombres a nutrir
- La Biblia llama a los hombres a ser protectores
- La Biblia llama a los hombres a entablar relaciones diseñadas por Dios
- Discusión y reflexión
- Parte II: La Masculinidad Bíblica En El Matrimonio
- Señorío matrimonial
- El cuidado conyugal
- Protección matrimonial
- Discusión y reflexión
- Parte III: La Masculinidad Bíblica Como Padres
- Señorío paternal
- Protección paternal
- El cuidado paternal
- 1. Leer
- 2. Orar
- 3. Trabajar
- 4. Jugar
- Discusión y reflexión
- Conclusión
- Notas finales
- Acerca del autor