#11 El perdón
Introducción: El perdón
Durante mi segundo año de seminario, invitaron a un profesor adjunto de Ruanda a dar una cátedra. Su actitud mansa y su imponente autoridad cautivaron nuestra atención mientras exponía sobre el tema del día: el perdón.
Comenzó su lección hablándonos del banquete más extraordinario al que había asistido hasta entonces. Los aromas de platos recién preparados se mezclaban con el sonido de risas inesperadas; hubo lágrimas, testimonios y canciones espontáneas llenas de alegría. Sin embargo, lo que hizo que el banquete fuera tan extraordinario fue quiénes estaban presentes y por qué se habían reunido.
Años antes, la guerra entre las tribus hutu y tutsi había alcanzado su punto más alto en Ruanda. En aquella época, los actos de guerra eran horribles. El rostro de nuestro profesor mostraba las cicatrices de un machete hutu que le había grabado marcas en las mejillas a modo de burla, luego de haber sido utilizado para asesinar a varios miembros de su familia.
Su narración de los horribles crímenes parecía justificar la venganza y el odio. Sin embargo, mientras hablaba, era evidente que algo había eclipsado el odio en su alma. Su corazón no estaba lleno de furia, sino de perdón. Nuestro invitado testificó que la buena nueva de que Dios perdona a los pecadores mediante la muerte y resurrección de Jesús se había extendido como un fuego incontrolable en su pueblo; y que, a medida que la gente recibía el perdón de Dios, también lo extendían los unos a los otros, incluyéndolo a él.
El banquete era especial porque alrededor de la mesa estaban sentados tanto hutus como tutsis. Algunos tenían cicatrices iguales a las suyas, a otros les faltaban miembros del cuerpo, y todos habían sufrido la pérdida de seres queridos. En el pasado habían intentado exterminarse unos a otros. Sin embargo, aquella noche se tomaron de las manos para orar, partieron el pan para celebrar un banquete y cantaron juntos de la asombrosa gracia perdonadora, reconciliadora y sanadora de Jesús.
Aunque es posible que no necesites perdonar a alguien por actos de genocidio, ninguno de nosotros escapa de la necesidad de ser perdonado y de perdonar. Los amigos pecan contra los amigos y necesitan perdón. Los padres pecan contra los hijos, y viceversa, y ambos necesitan perdón. Los cónyuges pecan unos contra otros; y asimismo los vecinos y los desconocidos, y todos tienen necesidad del perdón.
Sin embargo, nuestra mayor necesidad de ser perdonados es por causa de nuestro pecado contra Dios. Todos hemos pecado contra Él de manera única y personal, y somos merecedores de Su justo juicio (Ro 3:23; 6:23). Pero Dios abrió un camino para satisfacer Su justicia y extender Su perdón: Su Hijo Jesús vino entre nosotros, vivió una vida sin pecado, y murió en una cruz para recibir el juicio que merecemos y, finalmente, resucitó de la tumba. Su obra declara que Dios es a la vez justo y el que justifica a los que confían en Jesús (Ro 3:26). Por lo tanto, los que han sido perdonados por Dios de tan grandes pecados deben destacarse por extender ese mismo perdón a los demás.
Esta guía sirve como una introducción al concepto del perdón bíblico. Si bien no responderá a todas tus preguntas, confío en que te será de ayuda a ti y a quienes caminan contigo en tu esfuerzo por vivir la vida evangélica que Jesús concede.
Audioguía
Audio#11 El perdón
Parte I: ¿Qué y por qué?
Jessica se encontraba sentada frente a su amiga, Kaitlin, con el corazón hecho trizas y un nudo en la garganta porque sabía que finalmente tenía que decirle que le había mentido. Todo este tiempo había temido lo que Kaitlin pudiera pensar si se enteraba de la verdad; así que ocultó información y engañó a su amiga. Para Kaitlin aquello sería una sorpresa y probablemente (y con razón) se pondría furiosa. Por fin, mirando a su amiga a los ojos, Jessica tomó valor y le dijo: “Necesito pedirte que me perdones. Te mentí, y lo siento mucho”.
Lamentablemente, este tipo de conversaciones son necesarias en un mundo caído. Pero, ¿qué es exactamente lo que Jessica le está pidiendo a Kaitlin? Y si ambas son cristianas, ¿qué puede esperarse de ellas? ¿Cómo debería responder Kaitlin? ¿Es opcional el perdón? ¿Es esencial? ¿Perdonar quiere decir que todo se olvidará y que su amistad volverá a ser como antes? Aunque entender el perdón es complicado, es fundamental para los seguidores de Jesús.
¿Qué es el perdón?
El Antiguo y el Nuevo Testamento utilizan al menos seis palabras para describir ciertos aspectos del perdón. Algunas palabras solo hacen referencia al perdón que Dios otorga a los pecadores; otras, a lo que las personas hacen cuando perdonan a sus hermanos pecadores. Sin embargo, en el corazón de todas estas palabras está la noción de cancelar una deuda.
Para nuestro propósito, definiremos el perdón de la siguiente manera: El perdón es la generosa cancelación de la deuda adquirida por el pecado, y la elección de relacionarse con la persona perdonada.
Perdonar no significa olvidar las graves injusticias cometidas contra nosotros.
Perdonar no es lo mismo que reconciliar y restaurar una relación rota.
Perdonar no elimina necesariamente la necesidad de restitución para corregir un mal cometido.
Perdonar no significa proteger a alguien de las consecuencias legales de sus actos.
Perdonar cancela la deuda relacional, sin embargo, no es gratis. Como se ha dicho, [El perdón] nos cuesta mucho porque a través de él optamos por renunciar al derecho de que nuestro ofensor nos deba algo. Nos exige extender el amor y la bondad incluso cuando son inmerecidos; confiar en que Dios vengará nuestra causa en vez de hacerlo nosotros mismos; y utilizar los conflictos de la vida como oportunidades para mostrar el carácter de Dios.1
Pocos relatos de las Escrituras captan mejor la esencia del perdón que la parábola de Jesús sobre el siervo inclemente que aparece en Mateo
18:21-35. Si no la has leído recientemente, toma un momento para hacerlo de nuevo.
La razón de esta parábola surgió cuando Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?”. La propuesta de Pedro era un intento por rebasar la enseñanza de la tradición rabínica de la época, que solo exigía tres actos de perdón. Pero Jesús desconcertó a Pedro al replicarle: “No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”
Para ilustrar Su respuesta, Jesús contó la historia de un rey que comenzó a ajustar todas sus cuentas. Uno de sus deudores le debía una cantidad exorbitante (aproximadamente el equivalente actual a 5.8 millones de dólares). El hombre cayó de rodillas y le suplicó: “Tenga paciencia conmigo y se lo pagaré todo”. La ridícula oferta del hombre conmovió al rey, que se compadeció de él, “perdonó su deuda y lo dejó en libertad”. Pero en cuanto el hombre perdonado salió del palacio, se encontró con alguien que le debía unos 10.000 dólares, y “comenzó a estrangularlo” y a decirle: “¡Págame lo que me debes!”. El deudor le suplicó al hombre perdonado: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”. En lugar de recordar la misericordia que había recibido después de haber hecho la misma súplica, el hombre perdonado metió al deudor en la cárcel.
La reacción insensible de este hombre provocó una conmoción en todo el reino, que llegó a oídos del mismo rey. Entonces, el rey llamó al hombre, lo reprendió, revocó su perdón y lo condenó a cadena perpetua. Jesús cerró la parábola con su argumento principal: “Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano” (Mt 18:35).
De esta parábola se desprenden al menos tres principios acerca del perdón.
El perdón es esencial. Jesús espera que quienes han sido perdonados también perdonen. Si Dios te ha perdonado la enorme deuda que tienes por haber pecado contra él, entonces debes estar dispuesto a perdonar a los que pecan contra ti. La dificultad de perdonar es una respuesta razonable: a menudo, el pecado nos hiere profundamente. Pero si endureces tu corazón contra el mandamiento de Dios y no estás dispuesto a perdonar a los demás, podrías estar presumiendo de la misericordia de Dios hacia ti y, en realidad, no haber sido perdonado.
El perdón está motivado por el perdón. Todo el que ha leído este pasaje espera que la compasión del rey transforme la vida del deudor. El hombre perdonado debería haberse sentido tan conmovido por la misericordia que había recibido que no podría evitar extender esa misericordia a los demás. La afectuosa bondad que se le brindó debería inspirar en su corazón un deseo desbordante de perdonar.
El perdón debe ser ilimitado. Cuando Jesús le dice a Pedro que perdone hasta setenta y siete veces, no está simplemente subiendo el estándar —está quitando el tope. El perdón debe ser ilimitado para los discípulos de Jesús. Debemos estar siempre dispuestos, listos y deseosos de perdonar a los demás.
¿Por qué debemos perdonar?
Aunque el perdón de Dios hacia nosotros debería ser razón suficiente para perdonar, las Escrituras ofrecen también otras motivaciones. Las siguientes son cuatro razones claras por las que los cristianos deben perdonar a quienes pecan contra ellos.
1. Jesús ordena perdonar.
Jesús lo dice sin rodeos: “Perdonen y se les perdonará” (Lc 6:37). La misma exhortación aparece en la oración del Señor: “Ustedes deben orar así: … Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros ofensores. Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno… Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial” (Mt 6:9-14). Cuando oramos así, le estamos diciendo a Dios: “Trata mis pecados contra ti de la misma manera que yo trato los pecados de otros contra mí”. ¿Puedes hacer esta oración con la conciencia tranquila? ¿Puedes decir ante el rostro de Dios: “Perdóname del mismo modo que perdono a otras personas”? Esas son oraciones osadas.
No estar dispuesto a perdonar es pecar contra Jesús. Y eso pone seriamente en duda nuestra profesión de fe. Sin embargo, cuando perdonamos, seguimos Su camino. Como dijo un amigo en una ocasión: “Nunca nos parecemos más a Jesús que cuando perdonamos”.2 En efecto, los creyentes somos perdonadores. Sin embargo, no debemos perdonar por obligación, porque “sus mandamientos no son gravosos” (1Jn 5:3 LBLA). Más bien, a medida que crecemos en el amor al Dios que nos perdonó, nos sentimos movidos a extender ese amor en forma de perdón. Como está escrito, “a quien poco se le perdona, poco ama”, pero a quien se le ha perdonado mucho, ama mucho (Lc 7:36-50).
2. El perdón libera nuestros corazones.
Como suele decirse: “El rencor es como beber veneno esperando que la otra persona muera”. Tener un espíritu que no perdona causa efectos letales en nuestro corazón. Esto es algo que Bethany entendió con toda claridad. Bethany había perdido a su nieto en un trágico tiroteo y, un año después, su hijo murió accidentalmente de una sobredosis. Para entonces ya se había desintoxicado pero, en un momento de debilidad, ingirió unas pastillas que acabaron con su vida. Bethany amaba al Señor, pero su corazón roto se enfureció contra el hombre que le vendió las drogas a su hijo.
Un año después, Bethany recibió una llamada del hombre que le había dado las pastillas a su hijo. Él le pidió perdón, diciéndole que la culpa por su participación en la muerte de su hijo se lo estaba comiendo vivo. Bethany le contestó: “Ya que Jesús me ha perdonado tanto, yo también quiero perdonarte a ti”. Poco tiempo después, me confesó: “Sentí como si me quitaran un peso de encima. No me había dado cuenta de lo mucho que me arrastraba mi odio”. El perdón la liberó.
Ahora bien, el perdón no es algo que damos simplemente para sentirnos mejor. No podemos reducir nuestro caminar con Dios a un pragmatismo terapéutico. Más bien, el perdón es un acto de fe que obedece el mandato de Dios, con la confianza de que valdrá la pena. Perdonar conduce a la libertad y a la alegría que Jesús promete a quienes le obedecen: “Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa” (Jn 15:11). El perdón glorifica a Dios y, misteriosamente, también sana nuestras almas. No fuimos diseñados para albergar resentimiento, venganza o amargura. Perdonar no arregla todos los males, pero es una forma de confiar en que Dios se ocupará de aquellos que fueron cometidos contra nosotros, y de ser conscientes de que Él los abordará de la forma que solo Él puede hacerlo. Cuando perdonamos, confiamos en Dios, que dijo: “Mía es la venganza; yo pagaré” (Ro 12:19).
3. El perdón frustra los planes de Satanás.
Aparentemente, alguien en la iglesia de Corinto se dejó influenciar por falsos maestros y se rebeló contra el apóstol Pablo. La congregación respondió ejerciendo disciplina eclesiástica sobre él. No estamos seguros de todos los detalles, pero tuvo lugar un “castigo por la mayoría” de la congregación (2Co 2:6).
Finalmente, este hombre se arrepintió de su pecado y pidió perdón a la iglesia, pero algunos aún no estaban seguros de reconciliarse con él. Esto llevó a Pablo a pedirles: “Más bien debieran perdonarlo y consolarlo para que no sea consumido por la excesiva tristeza. Por eso les ruego que reafirmen su amor hacia él… [Yo] lo he perdonado… en presencia de Cristo… para que Satanás no se aproveche de nosotros, pues no ignoramos sus artimañas” (2Co 2:8-11).
Pablo advierte a los corintios que Satanás estaba merodeando por su iglesia como un tiburón en aguas sangrientas. Estaba tramando devorar al hombre, a la iglesia y a su testimonio de Jesús. En unos pocos versículos, Pablo ilumina al menos cuatro de los planes de Satanás.
Primero, Satanás desea impedir el perdón. Dios desea que Su Iglesia sea una gran letrero de Su amor perdonador. Satanás quiere acabar con esto impidiendo el perdón, alimentando la amargura y profundizando la división. Pablo les ruega que dejen claro su amor hacia aquel creyente, para que no le quede ninguna duda de lo que Dios piensa de él. Los corintios ya habían sido fieles para disciplinarlo; ahora, deben ser fieles para perdonarlo y restaurarlo.
En segundo lugar, Satanás desea acumular vergüenza. Antes que dejar que el hombre sea abrazado por la iglesia, Satanás quiere que sea “consumido por la excesiva tristeza”. Las palabras que usa son descripciones gráficas de un hombre siendo tragado por una ansiedad debilitante más allá de su capacidad de soportar. Satanás quiere encadenarlo con vergüenza para que no pueda caminar en la libertad del amor restaurador de Dios.
El diablo desea aplastarlo con la condenación para obstaculizar su perseverancia en la fe. Sin embargo, la Iglesia debe soportar el peso de su dolor perdonándole. Deben curar su vergüenza con el bálsamo de la gracia perdonadora.
En tercer lugar, Satanás desea provocar el orgullo. En lugar de permitir que la iglesia profundice en una humildad semejante a la de Cristo, Satanás quiere avivar el orgullo farisaico en ella. Quiere que aquellos que no sucumbieron a la tentación del hombre se cieguen a su propia necesidad de gracia. Al hacer esto, la iglesia se volverá insensible hacia los demás y eventualmente hacia Cristo. Por el contrario, los corintios deben mirar a Cristo y admitir con humildad que la crucifixión del Señor también fue culpa de sus propios pecados. Puede que no hubiesen pecado de la misma manera que este hombre, pero eran pecadores. Ellos, al igual que él, eran deudores de la gracia.
En cuarto lugar, Satanás desea afligir a Jesús. Satanás sabe que Dios se contrista cuando los creyentes no se aman unos a otros (Ef 4:30). Tal como Jesús camina en medio de Sus iglesias en Apocalipsis 2-3, así también camina en medio de la iglesia de Corinto. Por eso Pablo dice: “He perdonado… en presencia de Cristo” (literalmente, “delante de Cristo”, 2 Co 5:10). Pablo quiere que comprendan que la manera en que respondan al llamado a perdonar contristará o agradará a Jesús. No deben sucumbir a las artimañas de Satanás.
El perdón es una guerra espiritual. Cancelar la deuda y consolar a los que han pecado contra nosotros es algo propio de Cristo. Asimismo, perdonar a los demás nos impide caer en la trampa de Satanás.
4. Perdonar promueve el evangelio.
Si había alguien a quien la iglesia debió haber rechazado, era a Saulo. Fue él quien aprobó la ejecución de Esteban, persiguió a los creyentes casa por casa e incitó la ayuda del gobierno para exterminar a la iglesia (Hch 8:1-3, 9:1-2). Sin la intervención divina, Saulo parecía invencible. Sin embargo, el Señor detuvo los ataques de Saulo y lo redimió para que amara a la iglesia que una vez trató de destruir (Hch 9:1-9).
Antes de que Saulo comenzara a ministrar a los demás, Jesús llamó a Ananías para que le sirviera a Saulo como ejemplo del perdón evangélico. En Hechos 9:17, podemos ver el momento en que se conocieron: Ananías… llegó a la casa… E imponiéndole las manos, le dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús… me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo”… Se levantó y fue bautizado. Luego comió y recobró las fuerzas. Saulo pasó varios días con los discípulos que estaban en Damasco.
En un emotivo momento de afecto evangélico, Ananías impuso amorosamente sus manos sobre Saulo, el mismo que con odio había impuesto sus manos a los cristianos. Y le habló diciendo: “Hermano Saulo”. Saulo había afligido a la familia, pero ahora era adoptado en ella. Recién salido de las aguas del bautismo, Saulo cenó con los discípulos. Su banquete fue posible gracias al perdón. Cuando perdonamos a los demás, ofrecemos un ejemplo similar al mundo, un ejemplo que dice: “Este es el tipo de amor que Jesús me ha mostrado; ven y conócelo. Amamos porque él nos amó primero”.
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Discusión y reflexión:
- ¿Ha conseguido esta sección corregir algún malentendido que hayas tenido sobre el perdón? ¿ De qué manera te ha aclarado las cosas? ¿Podrías escribir una descripción resumida del perdón?
- De las cuatro razones para perdonar que mencionamos anteriormente, ¿cuál fue la más desafiante o convincente para ti? ¿Añadirías alguna otra?
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Parte II: ¿Quién y cómo?
Las Escrituras son claras en cuanto a quién y cómo deben perdonar los cristianos. Ciertamente, limitarse a decir “siempre perdona a todos” no es una respuesta acertada ni útil para las personas que lidian con heridas reales y el deseo de honrar al Señor. Lo que sigue son varios principios inspirados en las Escrituras que nos pueden ayudar a guiar nuestros esfuerzos por perdonar.
Debes ser tú quien inicie el perdón.
Los creyentes tienen la responsabilidad de dar el primer paso hacia el perdón. Debemos buscar tanto perdonar como ser perdonados. En Mateo 5:23-24, Jesús dice: “Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda”.
Dios espera que con humildad seamos conscientes de las formas en que las relaciones pueden necesitar reparación. Si hemos pecado contra otra persona, debemos buscar el perdón y la reconciliación. La ilustración de Jesús es sorprendente: si estamos en medio de una adoración íntima con Dios, y Él nos hace recordar a un vecino, un familiar, un colega de trabajo, un conocido de la universidad o un miembro de la iglesia —cualquier persona contra la que hayamos pecado— debemos dejar de adorar y buscar la reconciliación.
Para acentuar el peso de la enseñanza de Jesús, consideremos una observación geográfica. Las ofrendas se presentaban en el templo de Jerusalén. Cuando Jesús dio sus instrucciones sobre el perdón en Mateo 5, estaba en Galilea (Mateo 4:23). Si sacas tu mapa bíblico, notarás que Galilea estaba entre unos 100 y 120 kilómetros de Jerusalén. Sin auto o bicicleta, eso representa un viaje de varios días. Jesús dice que si vas hasta Jerusalén y te acuerdas de una ofensa, debes regresar. Vuelve a casa, haz lo correcto y, solo entonces, ve. La verdadera adoración es más que una ofrenda: es amor reconciliador.
Pero, ¿y si alguien ha pecado contra ti? ¿Está justificado esperar amargamente a que vengan a ti o evitarlos pasivamente hasta que mueran? No. Jesús dice que debemos buscarlos. Considera Mateo 18:15, “Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano”. Esta es una enseñanza revolucionaria. En Mateo 5 y 18, ¿quién espera Jesús que sea el que de el primer paso hacia la reconciliación? Espera que seas tú, yo, nosotros. En toda situación, sin importar quién tiene la culpa, Jesús nos llama a iniciar el perdón.
En ambos pasajes, Jesús manda perdonar a “tu hermano”. ¿Implica esto que podemos negar el perdón a los no creyentes? Claro que no. Presta atención a la instrucción que Jesús da en Marcos 11:25: “Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en el cielo perdone a ustedes sus ofensas”. Si nos acordamos de alguien que haya hecho algo , debemos perdonarle. El apóstol Pablo retoma la misma idea en Romanos 12:18: “Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos”. Dios nos llama a hacer todo lo posible por buscar la paz, independientemente de lo que hagan los demás. Así pues, no debemos sentirnos justificados porque esperamos que otros inicien la reconciliación. Dios nos llama a dar el primer paso.
Con esto en mente, hay que señalar la precisión que hace Pablo: “si es posible” (Ro 12:18). Hay casos en los que la paz y la reconciliación son imposibles. Si alguien no está dispuesto a reconocer un pecado o representa un peligro debido a la falta de arrepentimiento, el perdón no puede producir una reconciliación pacífica. Enseguida hablaremos de algunas implicaciones espinosas, pero ten por seguro que el perdón es un llamado radical a perseguir un amor igual al de Cristo.
Perdona con una paciencia urgente.
Déjame ilustrar este punto con una historia: El padre de Jacob le había sido infiel a su madre, y lo manipuló emocionalmente para hacerle sentir que el divorcio había sido su culpa. Durante casi siete años, Jacob no había recibido ninguna palabra de su padre, y las heridas se habían endurecido hasta convertirse en una silenciosa amargura. No fue sino hasta entonces que Jacob conoció a Jesús. Al leer el Nuevo Testamento, se sintió impelido por Dios a considerar la posibilidad de perdonar a su padre. Sin embargo, ¿ahora cómo lo haría? Con una paciencia urgente.
Con urgencia. Si esperamos hasta que queramos perdonar, es posible que nunca lo hagamos. Heridas como la de Jacob engendran sentimientos de pretensión e insensibilidad. Pero los creyentes no deben dejarse llevar por sus sentimientos. Por el contrario, deben guiar sus sentimientos para someterse a Dios y trabajar por el perdón. En vista de que perdonar a los demás es un acto de obediencia a Dios, no debemos demorarnos en hacerlo (Mt 5:23-24; Mr 11:25).
Paciencia. Perdonar a otra persona no es algo que deba hacerse a la ligera. Jesús nos pide que calculemos el coste de la obediencia (Lc 14:25-33). A menudo, el verdadero perdón requiere mucha oración, preparación bíblica y consejos sabios. Si bien es cierto que Jacob tenía una nueva convicción, necesitaba tiempo para discernir cuál era la mejor manera de acercarse a su padre y para preparar su corazón en caso de que su padre respondiera mal.
Jacob oró el Salmo 119:32, pidiéndole a Dios que lo ayudara a perdonar: “Por el camino de tus mandamientos correré, porque tú ensancharás mi corazón” (LBLA). Él deseaba perdonar a su padre con urgencia porque Dios se lo ordenaba; pero se acercó a la obediencia con paciencia porque necesitaba que Dios capacitara su corazón.
Perdona poniendo tu mirada en Jesús y apoyándote en él.
Atravesar heridas, daños y traiciones por nosotros mismos parece algo imposible; pero en lugar de permanecer desesperanzados, debemos buscar la ayuda del Señor. Jesús nos hizo esta invitación: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso” (Mt 11:28). Jesús te ayudará a perdonar. Pon tu mirada en él y apóyate en su fuerza. Este mismo estímulo fue empleado por Pablo para instar a los efesios a florecer en amor: “Sean bondadosos y compasivos unos con otros y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo” (Ef 4:32).
Mira a Jesús y verás justicia. La cruz es la declaración de Dios de que el pecado no será ignorado en Su universo. Dios detesta tan justamente nuestros pecados que Su Hijo fue molido por ellos. En efecto, “Él fue traspasado por nuestras rebeliones y molido por nuestras iniquidades. Sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz y gracias a sus heridas fuimos sanados” (Is 53:4-5). La bondad del Señor se manifiesta en que hizo caer la espada de la justicia sobre la frente del Inocente.
La alternativa a la cruz es el lago de fuego eterno. Si los pecadores no corren a Jesús, que fue juzgado en su lugar, caerán bajo el justo juicio de Dios en el infierno. La venganza es del Señor y Él la tendrá (Dt 32:35; Ro 12:19-20). Jesús nos promete que toda palabra ociosa será juzgada (Mt 12:6); y nos dice que cuando seamos tratados injustamente debemos seguir Su ejemplo, porque “cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que confiaba en aquel que juzga con justicia” (1P 2:23). Al confiar en que Dios juzga con justicia, somos libres para perdonar con generosidad.
Perdonar no es decir a nuestros ofensores: “Lo que hiciste está bien” o “No es para tanto”. ¡No! El perdón no minimiza el mal que nos han hecho. Todos los males cometidos serán tratados con justicia, y la seguridad de que habrá justicia nos libera para perdonar. En nuestra iglesia, una hermana que tuvo una dolorosa relación con su cruel madre nos dijo que se sentía muy reconfortada cuando cantaba: “Él sufrió y por mí murió, Él me sostendrá. La justicia Él cumplió, Él me sostendrá”.3 Ella sabe que sus propios pecados han sido pagados en Cristo; pero también recuerda la santidad de Dios y el hecho de que todo pecado, incluido el que su madre cometió contra ella, será pagado con justicia, ya sea en la cruz o en el infierno.
Mira a Jesús y verás misericordia. Nada mueve más el corazón a perdonar que el haber sido perdonado. La misericordia de Dios para contigo en Cristo es el arma más poderosa contra un corazón amargado. Si estás batallando para perdonar, dirige tu atención a la misericordia de Jesús. Considera con cuánta paciencia te buscó. Piensa en lo compasivo que fue con tu corazón endurecido. Mira a la cruz y contempla al Hijo de Dios sangrando por ti. Escúchale gritar: “¡Consumado es!” y sabe que su obra ha terminado por ti. Escucha el corazón de Dios diciendo: “Yo no quiero la muerte de nadie. ¡Conviértanse y vivirán!, afirma el SEÑOR y Dios” (Ez 18:32). Pide a Dios que te conceda tener ese mismo tipo de compasión hacia quienes te han hecho daño.
Apóyate en Jesús. El perdón requiere una fuerza sobrenatural. Afortunadamente, Dios nos da la fuerza para obedecer todo lo que nos ordena hacer (Fil 2:13). Además, Jesús nos advierte: “Separados de mí no pueden ustedes hacer nada” (Jn 15:5), y nos asegura que “estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20). ¿Te sientes demasiado débil y cansado para ofrecer el perdón? Hay buenas noticias para ti: Jesús promete: “Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad” (2Co 12:9). Ahora bien, ¿cómo podemos acceder a esa fuerza? Ora, lee las Escrituras, canta al Señor, adora con entusiasmo, persevera en la búsqueda de Jesús a través de Su Palabra, abre tu vida a otro creyente que pueda animarte y desafiarte a confiar en Dios. Si haces esto, serás cambiado y te sentirás capacitado para perdonar.
Confía en Jesús para ver los resultados. Lynn era una joven que amaba profundamente a su abuela, pero el conflicto familiar había afectado su relación. Su deseo de acercarse a su anciana abuela la llevó a entablar una conversación con el fin de reconciliarse. Lynn oró, se preparó e ideó todas las maneras en que podía disculparse por lo que había sucedido. Al visitar a su abuela, desahogó su corazón y le pidió perdón. Pero en lugar de recibir misericordia, su abuela la miró a los ojos y le dijo: “Estás muerta para mí. Vete de esta casa y no vuelvas jamás”. Fue un golpe demoledor para Lynn, que había hecho todo lo posible por arreglar las cosas. Esta experiencia nos recuerda que solamente Dios puede cambiar un corazón. A primera vista, puede parecer que los esfuerzos de Lynn fueron en vano. Pero no fue así. Ella había estado trabajando con Dios meses antes de esa conversación, y eso cambió radicalmente su vida. Recibió humildad, su fe se fortaleció y los que caminaban con ella se sintieron motivados a examinar sus propias vidas. La responsabilidad de Lynn era buscar la paz y confiar fielmente los resultados a Dios (Ro 12:18). Cuando busques la paz y la reconciliación con los demás, ora para que Dios te ayude; pero debes saber que Sus tiempos pueden no ser los tuyos. Puedes sembrar y regar las semillas, pero no olvides que es Dios quien da el crecimiento (1Co 3:6).
Perdona contando con la ayuda de otros creyentes.
La vida cristiana no es para vivirla en aislamiento. Dios nos ha llamado a salir del pecado y a entrar en Cristo, y en la Iglesia de Cristo. Los creyentes están unidos como una familia que se ama y se anima mutuamente en obediencia a Jesús. El autor de Hebreos nos exhorta: “Mientras dure ese hoy, anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado” (Heb 3:13). La falta de perdón tiene un efecto engañoso en nuestros corazones: nos convence de que tenemos derecho a la amargura. Si cultivamos la falta de perdón, nuestra capacidad de perseverar en la fe estará en peligro. Por eso necesitamos amigos piadosos que nos exhorten cada día a apoyarnos en Dios para que nos dé fuerzas para perdonar. Los necesitamos para que oren por nosotros, nos aconsejen, nos animen, nos alienten a rendir cuentas y lloren o se regocijen con nosotros a lo largo del camino.
Encontramos un ejemplo de esto en Filemón. Él era un fiel cristiano de Colosas, lo suficientemente rico como para albergar una iglesia en su casa y también tenía un sirviente llamado Onésimo. Aparentemente, Onésimo le robó algo a Filemón y huyó a Roma, con la esperanza de empezar de nuevo. Sin embargo, Dios tenía otros planes. Onésimo se cruzó providencialmente con el apóstol Pablo, quien le condujo a la fe en Cristo. Gracias a esto, Onésimo se convenció de que debía volver y reconciliarse con amo, así que Pablo le escribió una carta a Filemón, suplicándole que perdonara y recibiera a Onésimo como hermano en Cristo. Si no la has leído recientemente, toma un momento para leer la carta a Filemón.
En la carta, encontramos siete maneras en que Pablo incita al perdón y a la reconciliación.
En primer lugar, Pablo incentiva el arrepentimiento de Onésimo. Al enviarlo de regreso a Filemón, Pablo está ayudando a Onésimo a vivir el arrepentimiento que Dios ha obrado en él. No sabemos hasta qué punto Pablo le ayudó a entender su pecado contra Filemón, pero es muy probable que el arrepentimiento fuera el tema central de muchas de sus conversaciones. Si estás discipulando a alguien, habla con él regularmente de cualquier relación conflictiva y de las formas en que puede ser necesario pedir y otorgar el perdón. Sé un amigo, y ten un amigo como Pablo, que te anime a obedecer a Dios.
En segundo lugar, Pablo alienta la fe de Filemón (v 4-7, 21). A lo largo de la carta, Pablo destaca el amor y la fe de Filemón (v 5), que han provocado alegría y aliento a los creyentes (v 7). Asimismo, habla de la confianza en la obediencia de Filemón, seguro de que irá más allá de lo que se le ha pedido (v 21). Además, Pablo le asegura a Filemón que ora por él (v 6). La oración no es una simple cortesía hacia otro creyente que intenta perdonar, sino que es esencial, porque invoca el poder de Dios Todopoderoso para que intervenga. Onésimo necesita fuerza espiritual para buscar humildemente el perdón; Filemón necesita fuerza espiritual para otorgárselo; y la oración suplica a Dios que se lo conceda. Si estás ayudando a alguien a perdonar, provoca su obediencia orando regularmente por él y animándole a ver cómo ha obrado Dios en su propia vida.
En tercer lugar, Pablo se sirve de su relación (v 8-14). Pablo tenía una larga relación con Filemón, y su actuar constituye un fiel ejemplo de cómo administrar el patrimonio relacional. No dudes en aprovechar la riqueza relacional para impulsar a la gente hacia la obediencia a Dios. ¿Por qué otra razón te ha dado Dios esa relación? Nada demuestra más nuestro amor que el ayudar a un amigo a obedecer al Señor.
Cuarto, Pablo llama a Filemón a la obediencia de todo corazón (v 8-9).
A Pablo no solo le preocupaba el resultado de la intervención.
Es consciente de que un cambio verdadero y duradero procede únicamente de un corazón que ha cambiado. Por eso, en lugar de manipular a Filemón para que reciba a Onésimo por obligación, despierta su compasión. Ora para ayudar a las personas a desear perdonar de corazón, en lugar de cumplir obedientemente con las formalidades.
Quinto, Pablo destaca la obra soberana de Dios (v 15-16). Pablo ayuda a Filemón a ver el panorama general de la obra soberana de Dios en su situación. En ningún momento le resta importancia a la ofensa sufrida por causa de Onésimo, ni menosprecia la traición que sintió: Onésimo robó a Filemón y le faltó al respeto. Sin embargo, Pablo alza la mirada de Filemón diciéndole: “Tal vez por eso Onésimo se alejó de ti por algún tiempo” (v 15). El apóstol quiere que Filemón considere que la bondadosa providencia de Dios permitió que Onésimo huyera de él directo a los brazos de Cristo. Todo era parte del plan de Dios para que ahora lo recibiera “para siempre, ya no como a esclavo, sino como algo mejor: como a un hermano querido”. Busca a alguien que pueda ayudarte a ver el panorama general de cómo Dios podría estar obrando en medio de tu situación.
Sexto, Pablo se ofrece a pagar cualquier deuda (v 17-19). Pablo no quiere que nada material se interponga en el camino de la reconciliación. Por ello, se ofrece a ayudar en la restitución si con ello anima a Filemón a perdonar a Onésimo. Esto sigue el modelo de Jesús, que sacrificó Sus derechos, Su gloria y Su vida para bendecir a los demás. Si tienes los medios y puedes ayudar a eliminar las barreras físicas que impiden la reconciliación pagando deudas o prestando dinero, considera seguir el ejemplo de Pablo.
Séptimo, Pablo subraya los beneficios espirituales (v 20). Pablo insta al perdón diciendo: “¡que reciba yo de ti algún beneficio en el Señor! Reconforta mi corazón en Cristo” (v 20). De este modo, Pablo le asegura a Filemón que ser un instrumento de la misericordia de Dios en la vida de Onésimo también lo bendecirá a él. Su deseo es sentirse reconfortado al ver que se vive el evangelio: anhela que Filemón ahora vea a su antiguo siervo como un amado hermano en Cristo. Por eso ruega a Filemón que sea un mensajero de misericordia que personifique el evangelio. Al recordarle a la gente la importancia eterna del perdón y su efecto vivificador en esta vida, estamos suministrando el combustible que tanto necesitan para buscar la reconciliación.
Ofrecer el perdón puede ser especialmente agotador. La mejor manera de hacerlo es con la ayuda de amigos que te recuerden el evangelio. ¿Quién te ayuda a navegar por estas aguas difíciles? ¿Cómo puedes ayudar a otros a hacer lo mismo?
Perdona confiando en la bondad soberana de Dios.
En las Escrituras encontramos pocos ejemplos de la relación entre la bondad soberana de Dios y el perdón como en la historia de José (Gn 37 – 50). José era uno de doce hermanos. Su padre, Jacob, sentía un amor único por él que provocó los celos de todos ellos. Así que entre todos idearon un complot en el que secuestraron a José, lo vendieron como esclavo y luego fingieron su muerte. Al regresar a casa, los hermanos mintieron a su padre, diciéndole que José había muerto a manos de un animal salvaje.
José fue llevado a Egipto, donde sufrió una serie de trágicas penurias que le ocasionaron acusaciones falsas, la cárcel y el olvido de todo el mundo, excepto de Dios. Después de casi veinte años, el Señor utilizó la interpretación de un sueño para establecer a José como el segundo al mando en Egipto. Fue entonces cuando una hambruna mundial hizo que la gente acudiera en masa a Egipto para comprar pan a José, entre ellos sus hermanos. José los reconoció, pero el tiempo les había ocultado su identidad.
Tras una serie de acontecimientos desconcertantes, los hermanos se convencieron de que sus problemas eran un castigo de Dios por lo que habían hecho a José. Éste percibió que estaban profundamente arrepentidos de su pecado contra él, e incluso vio cómo uno de sus hermanos, Judá, se ofrecía a poner en peligro su vida para salvar la de su hermano menor, Benjamín.
José se sintió abrumado por la emoción y finalmente reveló su identidad a sus hermanos. La sorpresa quedó eclipsada por el terror, ya que ellos temían que José utilizara su poder para vengarse por lo que habían hecho. Sin embargo, en lugar de eso, les mostró misericordia y les pidió que llevaran a Jacob a Egipto para que cuidara de él. Una vez muerto Jacob, los hermanos volvieron a temer, diciendo: “Tal vez José nos guarde rencor y ahora quiera vengarse de todo el mal que le hicimos” (Gn 50:15). Después de enterarse de sus temores, “José lloró… [y] les dijo: No temáis, ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente” (Gn 50:17-20 LBLA).
Hay muchas lecciones sobre el perdón que podríamos extraer de esta historia, pero la más evidente de todas es que la soberana bondad de Dios libró a José de vengarse. José fue capaz de apreciar el modo en que la sabiduría de Dios había dispuesto las circunstancias, incluida la traición y la venta por parte de sus hermanos, para hacer el bien. El privilegio de ver conexiones tan claras entre los propósitos de Dios y nuestro dolor puede ocurrir en esta vida, pero son más inusuales de lo que quisiéramos.
Muy a menudo, nos vemos obligados a mirar hacia la eternidad: el futuro en el que Dios nos asegura que “esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación” (2Co 4:17 LBLA). Cuando Dios dice que nuestras aflicciones en esta vida son leves, no está minimizando nuestro dolor, está magnificando la gloria venidera. Está sirviéndose del abuso, la traición, la calumnia, las agresiones, el abandono, la opresión y el dolor de esta vida para prepararnos un gozo eterno que lo superará todo con creces. Así que, por mucho que nuestras heridas nos pesen, el peso de la gloria que Jesús trae consigo las sobrepasa abundantemente. En Romanos 8:28, se nos promete “que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito” (LBLA). No todas las cosas son buenas en esta vida, pero Dios es bueno. Y si podemos descansar en esa verdad, seremos libres para ofrecer el perdón en esta vida porque sabemos que Él corregirá todo en la vida venidera.
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Discusión y reflexión:
- ¿Algo de esta sección te ha desafiado? ¿Hay alguna situación en tu vida que se beneficiaría de lo que acabas de leer?
- ¿ De qué manera el verdadero perdón refleja lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo?
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Parte III: El perdón es complicado
En un mundo caído el perdón es casi siempre complicado. Las heridas son personales y la aplicación de los principios que hemos discutido puede parecer diferente para muchas personas. Por eso, he reservado deliberadamente la aclaración de estos puntos para el final. Si eres como yo, podrías experimentar la tentación de pensar que tu dolor es algo único, lo que podría eximirte de seguir las claras e imperiosas palabras de Jesús. Si bien matizar es importante, si se hace imprudentemente, puede quitarle sentido al mandamiento divino de perdonar. Al mismo tiempo, el perdón puede ser complicado, como lo demuestran las siguientes seis preguntas.
Pregunta 1. ¿Debo perdonar y olvidar?
Hay expresiones que la gente supone que están en la Biblia pero no lo están. “Ayúdate que yo te ayudaré” y “Dios no te enviará una tormenta que no puedas enfrentar” son dos ejemplos de ello. Siendo niño, recuerdo que una maestra de escuela dominical me enseñó otro durante una lección sobre el perdón. Nos dijo que Dios quería que “perdonáramos y olvidáramos”. En aquel momento me pareció un consejo razonable, incluso bíblico. Pero Dios no nos ordena perdonar y olvidar.
La Escritura dice:
El buen juicio hace al hombre paciente; su gloria es pasar por alto la ofensa (Pro 19:11).
[El amor] no guarda rencor (o “o toma en cuenta el mal recibido” LBLA) (1Co 13:5).
Sobre todo, ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre muchísimos pecados (1P 4:8).
Sí, debemos ser generosos con los pecadores. Pero eso no significa que siempre “perdonemos y olvidemos”. Es probable que este dicho encuentre sus raíces en la forma en que Dios trata nuestros pecados. En el Salmo 103:12, se nos dice: “Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente”. La distancia entre el este y el oeste es incalculable. Cuando Dios perdona, aparta nuestros pecados tan lejos como nuestra mente pueda imaginar. Siguiendo la misma línea, el profeta Miqueas proclama: “Tú volverás a tener misericordia de nosotros, sepultarás nuestras iniquidades, y arrojarás al mar profundo todos nuestros pecados” (Miq 7:19 RVC). Cuando Dios perdona, hace lo mismo que la mafia con nuestros pecados: los envía al fondo del océano, para que nunca más vuelvan a aparecer. Isaías nos asegura: “Soy yo, solo yo, el que por amor a mí mismo borra tus transgresiones y no se acuerda más de tus pecados” (Is 43:25).
Estos versículos no significan que el Dios omnisciente no pueda recordar nuestros pecados. Él no ignora lo que hemos hecho. Por el contrario, significa que, como Jesús ha pagado por esos pecados en su totalidad, estamos perdonados y “ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús” (Ro 8:1). Dios nunca sacará a relucir nuestros pecados para avergonzarnos o condenarnos. Hemos sido reconciliados con Él. Nos ha perdonado y ha decidido olvidar nuestros pecados.
Podemos aspirar a perdonar como lo hace Dios, pero nuestra debilidad humana nos lo impide. Por este motivo, necesitamos confiar en la gracia de Dios para que nos ayude a manejar la compleja realidad de perdonar a los que han pecado contra nosotros. Una de estas realidades que conviene recordar es la distinción entre perdón, reconciliación y restauración.
Perdón → Reconciliación → Restauración
| Perdón | Reconciliación | Restauración |
| Decisión | Proceso | Resultado |
El perdón es la decisión de cancelar la deuda relacional que otra persona ha contraído con nosotros. A partir de ese momento, empezamos a relacionarnos con ellos como perdonados. En las Escrituras se habla del perdón en dos aspectos: como una actitud y como un acto de reconciliación.4
El perdón como actitud (vertical), describe la disposición de perdonar en el corazón, sin importar si la persona se ha arrepentido o no. Jesús dice: “Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en el cielo perdone a ustedes sus ofensas” (Mr 11:25). En el momento en que un cristiano descubre la falta de perdón en su corazón, la confiesa y confía a Dios el cuidado de esa situación. El perdón genuino se refleja en la liberación del deseo de venganza, y el anhelo de ver al ofensor en paz con Dios (Ro 12:17-21).
Déjame darte un ejemplo de esto. El padre de Amber era un hombre malo. Durante años, la estuvo despreciando incesantemente a ella y a su madre. Finalmente, abandonó a la familia y se fue a vivir con otra amante. Incluso le escribió a Amber cartas en las que se mofaba de su dolor y le decía que ojalá no hubiera nacido. Sus palabras la torturaban, pero estaba convencida de que Dios quería que lo perdonara. El miedo y la incertidumbre la atormentaron hasta que una amiga la ayudó a ver que perdonar no significaba olvidar, y que la decisión de perdonar a su padre era más un asunto entre ella y el Señor que entre ella y su padre. Amber comenzó a orar por el deseo de perdonar. Poco a poco, su corazón se suavizó y se rindió al llamado del Señor para perdonar a su padre de todo corazón. Ese perdón refleja el corazón de Dios, de quien se dice: “Pero tú eres Dios perdonador, misericordioso y compasivo, lento para la ira y grande en amor” (Neh 9:17). Que Dios nos conceda que cada vez más deseemos perdonar como Él lo hace.
El perdón como reconciliación (horizontal), describe el perdón que se ofrece a un ofensor arrepentido y el proceso de reconciliación en una relación. Jesús habla de esto en Lucas 17:3-4, “Así que, ¡cuídense! Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Aun si peca contra ti siete veces en un día, y siete veces regresa a decirte que se arrepiente, perdónalo”. En este escenario, Jesús es muy claro: “Si se arrepiente, perdónalo”. Este nivel de perdón está condicionado a la confesión del ofensor y al arrepentimiento de su pecado. El perdón como actitud se encamina hacia la reconciliación una vez que se reconoce el pecado.
Por otro lado, el perdón como reconciliación es un proceso en el que aprendemos a relacionarnos con la persona a la que hemos perdonado, e intentamos, en lo posible, restablecer la confianza, curar las heridas y mantener relaciones pacíficas con ella. Este proceso requiere que haya arrepentimiento por parte del ofensor. En este sentido, se requiere sabiduría para discernir el verdadero arrepentimiento y determinar el ritmo de la reconciliación.
Verdadero arrepentimiento. En 2 Corintios 7:10, Pablo nos asegura: “La tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte”. La tristeza que proviene de Dios prepara nuestros corazones para el verdadero arrepentimiento. Este arrepentimiento comienza al ver nuestro pecado contra Dios (Sal 51:4) y sentirnos afligidos por haberlo ofendido. Por otra parte, el dolor mundano conduce a un falso arrepentimiento que se centra en la autocompasión. El falso arrepentimiento se enfoca en el control de daños, el buscar culpables y crear excusas. Esto quiere decir que minimiza y racionaliza nuestro pecado. Por el contrario, el verdadero arrepentimiento se lamenta por haber pecado contra Dios y está dispuesto a hacer lo necesario para sanar a la persona herida.
Tiempo de la reconciliación. La rapidez de la reconciliación puede ser asombrosamente breve o muy prolongada. Todo depende de la gravedad de la ofensa y del ritmo con el que Dios concede la sanidad. Así como la reconciliación es un proceso, el arrepentimiento también lo es. Por lo general, la mayoría de nosotros nos metemos en problemas dando mil pasitos en la dirección equivocada, y con frecuencia, el arrepentimiento consiste en dar mil pasitos en la dirección correcta. El arrepentimiento genuino reconoce que su pecado puede requerir moverse lentamente. Incluso cuando Dios nos perdona, no siempre nos libera de las consecuencias de nuestros pecados. La reconciliación no puede apresurarse y usualmente requiere de una persona madura, capacitada e imparcial para asegurar que las conversaciones sean llenas de oración, honestas y libres de manipulación.
La restauración es el resultado del perdón y la reconciliación. Es un nuevo estado de sanidad relacional en el que el dolor ya no domina, ha habido reparación y se ha reconstruido la confianza. Si bien no todas las relaciones que han sido fracturadas por el pecado pueden ser restauradas, muchas sí lo son. El poder del evangelio, capaz de resucitar a los pecadores muertos, también puede sanar las relaciones más heridas. Ora por la restauración, trabaja por ella. Dios se deleita en esta obra, así que no te desanimes. Espera en Aquel que es capaz de hacer más de lo que podemos pedir o imaginar (Ef 3:20).
Pregunta 2. ¿Qué pasa si todavía me siento enojado?
Incluso después de perdonar genuinamente, las emociones negativas pueden brotar inesperadamente. Esto no debería sorprendernos. No somos robots que andan por la vida sin corazón. Somos hombres de carne y hueso con emociones reales, pasiones volubles, pecados permanentes y circunstancias siempre fluctuantes. Es posible que el recuerdo de una herida te invada la mente o veas que viejas costumbres reaparezcan, y sientas que la ira hierve a fuego lento en tu corazón. Tal vez eso haga que te preguntes: “¿acaso no lo perdoné?”. Aunque perdonar es una decisión, la sanidad posterior lleva su tiempo. Sigue orando. Permanece en una comunidad unida con personas de mentalidad evangélica que puedan ayudarte a procesar tanto las heridas del pasado como las luchas del presente. Recuerda que el Señor está obrando, está listo y dispuesto para ayudarte en cada etapa de tu sanación. Por lo tanto, no te canses.
Pregunta 3. ¿Qué pasa si el perdón es peligroso?
El perdón es difícil. Casi siempre incluirá sentimientos incómodos, dolorosos o desgastantes. Sin embargo, la dificultad es diferente del peligro. Es totalmente cierto que algunas relaciones están tan deterioradas por las cicatrices del pecado que, aunque el perdón es necesario, la reconciliación no es aconsejable ni posible (recuerda “si es posible”, Ro 12:18). En casos de maltrato físico, abuso sexual o manipulación emocional grave, la persona puede quedar tan herida que la sanidad es inalcanzable de este lado del cielo.
Si has sido víctima de un pecado que hace que sea peligroso pasar del perdón a la reconciliación, recuerda estas verdades:
La sanidad es posible. Lo que has experimentado no tiene por qué definirte. En Cristo hay abundante esperanza de sanar. Dios no desperdicia nada y utilizará lo que te ha sucedido para profundizar tu confianza en Él y ser una fuente de ayuda para otros (2Co 1:3-11).
Rodéate de amigos evangélicos. Como hemos dicho, recorrer el camino del perdón no debe ser algo solitario. Si te han herido profundamente, necesitas la ayuda de una iglesia y amigos centrados en el evangelio que te ayuden a procesar las experiencias traumáticas que has sufrido.
Examina tus razones para no reconciliarte. Estar herido no nos da derecho a rehuir actos de fe desafiantes. Lo que te hicieron puede ser tan horrible que no seas capaz de estar cerca de esa persona sin tener respuestas físicas y emocionales traumáticas. También es posible que no estén arrepentidos, lo que claramente te exime de la necesidad de buscar la reconciliación. Dios no te pide que te pongas en peligro dándole tu confianza a personas que no la merecen. Sin embargo, te llama a estar dispuesto a hacer lo que Él te pida. Examina la actitud de tu corazón ante el Señor y con tus amigos evangélicos para asegurarte de que cualquier resistencia a la reconciliación se hace por fe y no por pecado.
Encomiéndate a Dios. El Señor conoce tu debilidad (Sal 103:14). Él será paciente contigo mientras te guía por el camino de la sanidad. Búscalo en oración. Cuando tengas miedo, pon tu confianza en Él (Sal 56:3). Dios conoce tu debilidad y tiene para ti una gran provisión de gracia (Sal 31,19; 2 Co 12:9). El autor de Hebreos te exhorta: “Tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos… [capaz] de compadecerse de nuestras debilidades… Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente” (Heb 4:14-16). Acércate a Jesús, Su gracia y Su misericordia te ayudarán.
Por otra parte, si has pecado contra alguien de una manera que impide la reconciliación, ten en cuenta estas verdades:
Debes arrepentirte. Tendrás que rendir cuentas de lo que has hecho. Ningún pecado será pasado por alto en el Último Día. Presta atención al llamado de Dios a arrepentirte (Hch 17:30), confiesa tu pecado con total honestidad (Sal 51; 1Jn 1:9), arrepiéntete por completo de tu pecado, expresa tu dolor y pide perdón a aquellos a quienes has herido. Si has pecado contra alguien de una manera que pueda considerarse abusiva o peligrosa, pide consejo a un experto antes de ponerte en contacto con esa persona para que pueda ayudarte en el proceso. El arrepentimiento puede involucrar a las autoridades civiles si tus acciones fueron ilegales. Asimismo, puede incluir el pago de una indemnización por años de terapia y consejería (Lc 19:8). El verdadero arrepentimiento se demuestra haciendo todo lo necesario para caminar por las sendas de la justicia. Sin embargo, no temas; Dios estará contigo (Heb 13:5-6).
El perdón de Dios es abundante. Hay mucha esperanza para ti si has confesado tu pecado a Dios y realmente te has arrepentido de él. Donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia (Ro 5:20). Dios perdona al peor de los pecadores para que Su misericordia pueda ser magnificada en y a través de ti (1Ti 1:15-16). Los que han sido perdonados por Dios son justos delante de Él. Por tanto, puedes estar seguro de que se complace en ti a pesar de lo que has hecho. Esta es la belleza del evangelio.
Encomienda tus deseos a Dios. Dios remueve la condenación por nuestros pecados, pero no elimina sus consecuencias. Algunos de los pecados que has cometido cambiarán tu vida y tus relaciones para siempre. Puede que sientas el peso de lo que has hecho y desees profundamente reconciliarte. Confíale a Dios esos buenos deseos, inicia el contacto con la otra persona solo a través de un mediador imparcial y de confianza y espera en el Señor. Puede que sea posible continuar teniendo conversaciones, o puede que no. Sin embargo, en el Día del Juicio, tendrás que rendir cuentas por lo que hagas, no por cómo respondan los demás.
Pregunta 4. ¿Y si no quieren mi perdón?
Algunas personas no reconocerán su necesidad de ser perdonadas. Pueden estar cegados por su pecado e insensibles a escuchar la voz persuasiva de Dios. No podemos hacer que alguien vea su necesidad de ser perdonado; solo Dios puede hacer eso. Sin embargo, en estos casos, aún somos responsables de perdonarlos de corazón (actitud/perdón interno). Jesús nos dio un ejemplo a seguir cuando oró desde la cruz: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34). Él oró por el perdón de ellos a pesar de que despreciaban su necesidad de él. Algo parecido nos enseñó Jesús cuando dijo: “Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los maltratan” (Lc 6:27-28). Nuestros enemigos no creen que necesitan nuestro perdón, eso es algo que no podemos controlar. Pero sí debemos mostrarles el amor sobrenatural de Cristo bendiciéndolos, aunque nos maldigan.
Pregunta 5. ¿Qué pasa si me lastiman de nuevo?
Moriah había tratado con mucho esfuerzo de perdonar a Jeff. Lo había sorprendido mirando pornografía, y eso sacudió fuertemente su joven matrimonio. Jeff reconoció su pecado y había hecho grandes progresos en honrar al Señor y a su esposa. Sin embargo, en una ocasión en que ella estaba fuera de la ciudad, Jeff cometió nuevamente el error. En un instante, todo el esfuerzo de un año se fue a la basura. Jeff confesó su pecado a su pastor y a ella, y luego le pidió que lo perdonara una vez más. Sin embargo, Moriah sintió una abrumadora mezcla de ira justa y pecaminosa. No esperaba tener que volver a estar en esa posición, y su corazón se encontraba amurallado ante su marido.
¿Tiene Moriah que perdonar a Jeff otra vez? La respuesta es sí. Aunque el pecado de Jeff era grave, también lo eran las palabras de Jesús: “Así que, ¡cuídense! Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Aun si peca contra ti siete veces en un día, y siete veces regresa a decirte que se arrepiente, perdónalo” (Lc 7:3-4). El perdón debe ofrecerse sin límites. Jeff tendrá que hacer grandes esfuerzos para vivir plenamente el arrepentimiento, y el proceso de reconciliación con Moriah requerirá esfuerzos aún mayores. Pero la gracia de Dios es suficiente para las necesidades de ambos. Puede llegar un momento en que los patrones de pecado, ya sea pornografía u otros, se vuelvan tan dañinos para la relación que incluso se cuestione la veracidad de la profesión de fe. Estas situaciones particulares requerirán el sabio liderazgo de pastores piadosos y posiblemente de consejeros externos.5
Pregunta 6. ¿Puedo perdonar si están muertos?
Sarah estaba de pie ante la tumba de su hermana. El silencio que reinaba en la lápida de Ashley le recordaba la frialdad de su relación. Su hermana había sido cruel y exigente, y sus palabras habían dejado cicatrices en el alma de Sarah. Asimismo, su herida, al no haber sido tratada, se había infectado por el pecado. El rumbo destructivo de Sarah no era culpa de Ashley, pero sin duda estaba relacionado. La prematura muerte de Ashley dejó a Sarah con el deseo de tener una oportunidad más para expresar sus heridas con la esperanza de oír a Ashley decir: “Por favor, perdóname”. Sin embargo, ahora era demasiado tarde. ¿O tal vez no lo era?
La muerte nos roba muchas cosas, pero no nos despoja de la responsabilidad y la oportunidad de dar el perdón. Como dijimos anteriormente, el perdón es la decisión que tomamos de cancelar la deuda de otra persona en una relación. En última instancia, el perdón es una decisión que Dios nos autoriza a tomar y que lo hacemos para obedecerle. La muerte no impide a Sara elegir perdonar a su difunta hermana, y ella puede confiar el alma de su hermana totalmente a Aquel que juzga con justicia (1P 2:23-24).
Si alguien que ya ha fallecido o que nunca podrás localizar te ha hecho daño, aún puedes perdonarle. El perdón como actitud es posible porque estás perdonando de corazón. Ora al Señor y reflexiona sobre todo lo que desearías decirle a esa persona. También considera la posibilidad de escribirlo. Probablemente también sea de ayuda si procesas tus sentimientos con un amigo o consejero de confianza y de fe evangélica. Asimismo, si te resulta útil ir a la tumba de la persona y decir las cosas en voz alta, no hay ningún problema. Pero en definitiva, lleva tu dolor al Señor y, mientras consideras el destino de esa persona, descansa en las palabras de Abraham: “Tú, que eres el Juez de toda la tierra, ¿no harás justicia?”. Dios hará lo que es justo, confía en él.
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Discusión y reflexión:
- ¿Hay alguna situación en tu vida relacionada con estas preguntas? ¿Cómo te ha ayudado esta sección?
- ¿Cómo resumirías la diferencia entre perdón, reconciliación y restauración?
- De las preguntas anteriores, ¿cuál es la que más desafía tu comprensión del perdón?
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Conclusión
Un día, la existencia tal como la hemos experimentado llegará a su fin. El Señor Jesús regresará por Su iglesia y pondrá fin a lo que hemos conocido como la historia humana. Ese día, resucitará triunfalmente a todas las personas y las reunirá ante su gran trono blanco para el juicio (Mt 12:36-37; 2 Co 5:10; Ap 20:11-15).
Ese día, con toda seguridad, nada será más valioso que el perdón: El estar delante de Él, no amparados de nuestra propia justicia —como los muchos que serán condenados en sus pecados—, sino perdonados, vestidos con las ropas de justicia compradas por la sangre de Cristo y otorgadas por la gracia de Dios. Seremos contados entre los perdonados, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero, y recibidos con las palabras: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! … ¡Ven a compartir la felicidad de tu señor!” (Mt 25:23). Ese día, Dios mismo nos cantará con alegría (Sof 3:17), y nosotros le responderemos con cánticos de eterna acción de gracias (Sal 79:13), inspirados en los muchos actos de Su misericordia. En el corazón de todos ellos estará Su perdón inmerecido, inconmensurable y benevolente, que nos ha concedido en Cristo Jesús.
Comenzamos este estudio sentados alrededor de una mesa, rodeados de antiguos enemigos que, gracias al evangelio de Jesucristo, se habían convertido en amigos perdonados. Por ello, quisiera concluir con una imagen de la gloria venidera, en la que otra mesa será el centro de atención. Ese banquete se festejará en la cima del monte Sión: será la cena de las bodas del Cordero, donde los perdonados comerán manjares exquisitos y beberán vino añejo (Ap 19:9; Is 25:6). Allí, enemigos reconciliados y perdonados se sentarán uno al lado del otro, y juntos levantarán sus copas en agradecimiento y proclamarán: “He aquí, este es nuestro Dios a quien hemos esperado para que nos salvara; este es el SEÑOR a quien hemos esperado; regocijémonos y alegrémonos en Su salvación” (Is 25:9 LBLA). Señor, apresura ese día.
Al leer esta guía de estudio, quiero que pienses en ese día. Permite que la esperanza de gloria y la certeza de estar ante Cristo te impulsen a conceder el perdón. Perdona hoy a la luz de ese día. Sé que perdonar a quienes te han herido puede ser increíblemente difícil, puesto que perdonar exige humildad, y requiere la ayuda de Dios. Sin embargo, puedo asegurarte esto: si honras a Jesús perdonando, no te arrepentirás en ese Último Día. Toma hoy las decisiones por las que estarás agradecido dentro de diez mil años, cuando estés delante de Dios; pues, al verlo cara a cara, no te pesará haber perdonado a quienes te hicieron daño en esta vida. De alguna manera, tu gozo en la vida eterna provendrá de tu obediencia aquí (Ap 19:8). Por lo tanto, perdona, busca la paz, trabaja por la reconciliación y extiende la misericordia.
No te desanimes, amado santo, ya casi estamos en casa.
Para profundizar
Tim Keller, Forgive: Why Should I and How Can I?
David Powlison, Good and Angry.
Brad Hambrick, Making Sense of Forgiveness: Moving from Hurt Toward Hope.
Hayley Satrom, Forgiveness: Reflecting God’s Mercy (31-Day Devotionals for Life).
Chris Brauns, Unpacking Forgiveness: Biblical Answers for Complex Questions and Deep Wounds.
Steve Cornell, “How to Move from Forgiveness to Reconciliation,” artículo de TGC, marzo 2012.
Ken Sande, The Peacemaker: A Biblical Guide to Resolving Personal Conflict.
Notas finales
- Andrea Thom, “What is Biblical Forgiveness?” TGC Canada, septiembre 23, 2020.
- Matthew Martens, Reforming Criminal Justice: A Christian Proposal (Wheaton, IL: Crossway, 2023), 158.(Wheaton, IL: Crossway, 2023), 158.
- He Will Hold Me Fast [Él me sostendrá]. Estos versos fueron escritos por Matt Merker, 2013.
- Estos conceptos proceden de D. A. Carson, Love in Hard Places [El amor en situaciones difíciles], citado en Tim Keller, Forgive: Why Should I and How Can I? [El perdón: ¿por qué y cómo debo hacerlo?], 82, y David Powlison, Good & Angry: Redeeming Anger, Irritation, Complaining, and Bitterness [Bueno y airado: redimiendo la ira, la irritación, la queja y la amargura], 84-87.
- Considera este recurso, “Pornography and Church Discipline,” Desiring God, abril 30, 2022.
Acerca del autor
Durante mi segundo año de seminario, invitaron a un profesor adjunto de Ruanda a dar una cátedra. Su actitud mansa y su imponente autoridad cautivaron nuestra atención mientras exponía sobre el tema del día: el perdón.
Comenzó su lección hablándonos del banquete más extraordinario al que había asistido hasta entonces. Los aromas de platos recién preparados se mezclaban con el sonido de risas inesperadas; hubo lágrimas, testimonios y canciones espontáneas llenas de alegría. Sin embargo, lo que hizo que el banquete fuera tan extraordinario fue quiénes estaban presentes y por qué se habían reunido.
Años antes, la guerra entre las tribus hutu y tutsi había alcanzado su punto más alto en Ruanda. En aquella época, los actos de guerra eran horribles. El rostro de nuestro profesor mostraba las cicatrices de un machete hutu que le había grabado marcas en las mejillas a modo de burla, luego de haber sido utilizado para asesinar a varios miembros de su familia.
Su narración de los horribles crímenes parecía justificar la venganza y el odio. Sin embargo, mientras hablaba, era evidente que algo había eclipsado el odio en su alma. Su corazón no estaba lleno de furia, sino de perdón. Nuestro invitado testificó que la buena nueva de que Dios perdona a los pecadores mediante la muerte y resurrección de Jesús se había extendido como un fuego incontrolable en su pueblo; y que, a medida que la gente recibía el perdón de Dios, también lo extendían los unos a los otros, incluyéndolo a él.
El banquete era especial porque alrededor de la mesa estaban sentados tanto hutus como tutsis. Algunos tenían cicatrices iguales a las suyas, a otros les faltaban miembros del cuerpo, y todos habían sufrido la pérdida de seres queridos. En el pasado habían intentado exterminarse unos a otros. Sin embargo, aquella noche se tomaron de las manos para orar, partieron el pan para celebrar un banquete y cantaron juntos de la asombrosa gracia perdonadora, reconciliadora y sanadora de Jesús.
Aunque es posible que no necesites perdonar a alguien por actos de genocidio, ninguno de nosotros escapa de la necesidad de ser perdonado y de perdonar. Los amigos pecan contra los amigos y necesitan perdón. Los padres pecan contra los hijos, y viceversa, y ambos necesitan perdón. Los cónyuges pecan unos contra otros; y asimismo los vecinos y los desconocidos, y todos tienen necesidad del perdón.
Sin embargo, nuestra mayor necesidad de ser perdonados es por causa de nuestro pecado contra Dios. Todos hemos pecado contra Él de manera única y personal, y somos merecedores de Su justo juicio (Ro 3:23; 6:23). Pero Dios abrió un camino para satisfacer Su justicia y extender Su perdón: Su Hijo Jesús vino entre nosotros, vivió una vida sin pecado, y murió en una cruz para recibir el juicio que merecemos y, finalmente, resucitó de la tumba. Su obra declara que Dios es a la vez justo y el que justifica a los que confían en Jesús (Ro 3:26). Por lo tanto, los que han sido perdonados por Dios de tan grandes pecados deben destacarse por extender ese mismo perdón a los demás.
Esta guía sirve como una introducción al concepto del perdón bíblico. Si bien no responderá a todas tus preguntas, confío en que te será de ayuda a ti y a quienes caminan contigo en tu esfuerzo por vivir la vida evangélica que Jesús concede.
Tabla de contenido
- Parte I: ¿Qué y por qué?
- ¿Qué es el perdón?
- ¿Por qué debemos perdonar?
- Discusión y reflexión:
- Parte II: ¿Quién y cómo?
- Debes ser tú quien inicie el perdón.
- Perdona con una paciencia urgente.
- Perdona poniendo tu mirada en Jesús y apoyándote en él.
- Perdona contando con la ayuda de otros creyentes.
- Perdona confiando en la bondad soberana de Dios.
- Discusión y reflexión:
- Parte III: El perdón es complicado
- Pregunta 1. ¿Debo perdonar y olvidar?
- Perdón → Reconciliación → Restauración
- Pregunta 2. ¿Qué pasa si todavía me siento enojado?
- Pregunta 3. ¿Qué pasa si el perdón es peligroso?
- Pregunta 4. ¿Y si no quieren mi perdón?
- Pregunta 5. ¿Qué pasa si me lastiman de nuevo?
- Pregunta 6. ¿Puedo perdonar si están muertos?
- Discusión y reflexión:
- Conclusión
- Para profundizar
- Notas finales
- Acerca del autor