#32 Enfrentando Una Dura Prueba
Introducción: Pruebas de fuego
Recuerdo que en la primera congregación en la que serví como ministro, una mujer dio a luz a una niña que padecía una rara enfermedad genética conocida como esclerosis tuberosa. Esta enfermedad provocó la formación de múltiples tumores en su cerebro. A pesar de su condición, los médicos pronosticaron que sobreviviría. En medio de todo eso, su esposo la abandonó y nunca regresó. Años más tarde, cuando la niña creció (de hecho, murió a los cuarenta), su madre siempre me preguntaba en las visitas pastorales: «¿Puede decirme por qué me ha pasado esto?». No lo preguntaba con hostilidad; para ser sincero, siempre me parecía humilde. Y por lo general yo le respondía: «No, realmente no puedo». Ella se contentaba con la respuesta y hablábamos de otras cosas.
Ella tenía derecho a hacer esa pregunta. Al fin y al cabo, todos sus sueños se habían hecho añicos. Una dura prueba había puesto su vida de cabeza. El hecho de que yo no pudiera darle una respuesta adecuada sobre el motivo exacto era una confirmación de que «las cosas secretas pertenecen al SEÑOR nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley» (Dt 29:29).
Hay distintos tipos de pruebas y distintos grados de intensidad. Pero todas ellas forman parte de lo que llamamos providencia, es decir, que nada ocurre sin que Dios quiera que ocurra. Las pruebas nunca son un capricho. Son ordenadas por el Dios que nos ama tanto que envió a Su Hijo al mundo para salvar a pecadores como nosotros mediante Su muerte sustituta. Además, como cristianos, nunca debemos pensar que nuestras pruebas son una señal de que Dios nos odia. Eso nunca es así, aunque el diablo quiera hacérnoslo creer. Y ten por seguro que lo intentará.
Siempre hay una razón detrás del sufrimiento, aunque no sepamos discernir cuál es. Al final, las pruebas vienen para que nos abandonemos a la misericordia de Dios y experimentemos Su abrazo. Las pruebas nos hacen madurar. Nos hacen invocarle en la oración. Nos muestran que, sin el Señor, estamos perdidos.
Ahora bien, algunas pruebas son el resultado de nuestro pecado. No podemos evitar sacar esa conclusión. La ruptura del matrimonio y las relaciones familiares distanciadas que siguen a la infidelidad sexual son el resultado del pecado. No nos equivoquemos al respecto. Sin embargo, algunas pruebas son un misterio. Por ejemplo, Job. Él es un ejemplo de lo que podríamos llamar un sufrimiento inocente. De hecho, a Job nunca se le dio una respuesta a la pregunta ¿por qué?.
Supongo que si ahora estás leyendo estas palabras, es porque ha llegado a tu vida una prueba y necesitas ayuda para entenderla. Tal vez necesitas un consejero que esté a tu lado y te ofrezca algunas palabras de sabiduría. O un amigo que te ayude a encontrar la manera de usar estas
pruebas para crecer en la gracia. Esta guía de estudio se propone hacer precisamente eso. No responderá a todas tus preguntas, pero espero que te ayude a encontrar una paz que «sobrepasa todo entendimiento» (Fil 4:7), y te permita, a través del dolor, adorar —quiero decir, de verdad adorar— a Dios.
Audioguía
Audio#32 Enfrentando Una Dura Prueba
Parte I: Todo Cristiano Enfrentará Pruebas
Al escribir su primera carta, Pedro advirtió a sus lectores que «no se sorprendan del fuego de prueba que … ha venido» (1P 4:12). Es claro que el apóstol suponía que algunos de sus lectores necesitaban oír esto. Puede que algunos pensaran que, una vez salvados, la vida sería un camino de rosas. Es difícil creer que los cristianos del siglo I fueran tan ingenuos, teniendo en cuenta que los emperadores romanos perseguían abiertamente a los seguidores de Jesús, ya que ellos se rehusaban a decir: «César es el Señor», lo que equivalía a reconocer que era un dios. Pero quizás algunos cristianos pensaban que si mantenían un perfil bajo y se apartaban de la mirada pública, la vida estaría libre de pruebas. Todos somos capaces de ilusionarnos. Así mismo, es posible algunos de los primeros cristianos pensaran que las pruebas solo eran el resultado de un comportamiento pecaminoso (y, por supuesto, a veces lo son). El remedio, entonces, era vivir una vida piadosa y mantenerse alejado de los problemas.
Algunas de las últimas palabras que Jesús dirigió directamente a Sus discípulos fueron una advertencia acerca de los problemas: «En este mundo afrontarán aflicciones» (Jn 16:33). Sin embargo, ya que estas palabras iban dirigidas a los discípulos, a los doce que estaban en primera línea de combate, quizá eso implique que los cristianos de a pie pueden esperar vivir una vida libre de pruebas.
¡Falso!
Resulta interesante que al principio de su ministerio, tras su primer viaje misionero, el apóstol Pablo parece haber aprendido una importante lección de vida: «Es necesario pasar por muchas dificultades para entrar en el reino de Dios» (Hch 14:22). El contexto de esta declaración es en un lugar llamado Derbe. Cuando estaba en Listra, lo habían apedreado y dado por muerto, pero se recuperó y por la noche volvió a la ciudad. Al día siguiente se dirigió a Derbe, donde hizo «muchos discípulos» (Hch 14:21). Es a estos jóvenes discípulos a quienes Pablo advierte de las «muchas dificultades». Así que todo cristiano debe prepararse para los problemas.
Además de los pasajes que ya hemos visto, considera los siguientes:
«Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas» (Stg 1:2).
«Muchas son las angustias del justo, pero el SEÑOR lo librará de todas ellas» (Sal 34:19).
«Así mismo serán perseguidos todos los que quieran llevar una vida piadosa en Cristo Jesús» (2Ti 3:12).
Todo cristiano enfrentará pruebas, eso es seguro. Pero la Biblia también nos dice que podemos experimentar más de un tipo de prueba. Pedro habla de «diversas pruebas» (1P 1:6 énfasis añadido). Y Santiago aconseja a sus hermanos cuando se encuentran con «diversas pruebas» (Santiago 1:2, énfasis añadido). Ambos apóstoles usan la misma palabra griega, que se traduce diversas. Sería la palabra que uno podría utilizar para describir una prenda multicolor.
Las pruebas tienen diferentes formas y tamaños. Hay pruebas físicas. Por ejemplo, el cáncer, la neuropatía, la ceguera o simplemente los dolores y molestias de la vejez. También hay pruebas psicológicas. Como la agorafobia, la depresión o el trastorno de estrés postraumático (TEPT). Luego están las pruebas espirituales. Por ejemplo, cuando se pierde la seguridad de la salvación o cuando Satanás te tiene en la mira —que es lo que Pablo tiene en mente cuando habla de un «día malo» (Ef 6:13)—.
No solo debemos esperar diferentes tipos de pruebas, sino que las pruebas que enfrentamos pueden variar en intensidad. Esteban y Santiago (hermano de Juan y uno de los Doce) fueron asesinados en los primeros días de la Iglesia (Hch 7:60; 12:2). Otros, como Daniel en el foso de los leones, se enfrentarán a una amenaza similar, pero saldrán ilesos de ella (Dn 6:16-23). Algunos pueden experimentar una o dos pruebas importantes en sus vidas, y otros pueden soportar pruebas constantes e implacables.
Dios es consciente de lo que podemos soportar, y la Biblia promete que conoce nuestro punto de quiebre: «Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, Él les dará también una salida a fin de que puedan resistir» (1Co 10:13).
¿Por qué son necesarias las pruebas?
¿Por qué es necesario que los cristianos experimenten pruebas? Hay numerosas respuestas, y algunas de ellas solo se encuentran en la mente de Dios. Sin embargo, permíteme sugerir estas siete:
- Satanás existe. Es difícil imaginar cuán cruel y malvado es. Odia todo lo que Dios hace, incluidos aquellos a quienes Él redime y llama Sus hijos. Pablo nos da una clara advertencia en Efesios 6: «Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales» (Ef. 6:12).
- Vivimos en un mundo caído. No estamos en el Edén. Aunque se nos promete el cielo cuando muramos, esa realidad aún no es nuestra. El mal está a nuestro alrededor y a menudo dentro de nosotros. El mundo sufre porque no es lo que debería ser: «Porque sabemos que toda la creación gime hasta ahora con dolores de parto» (Ro 8:22). Las pruebas que experimentamos son el resultado de vivir en un mundo trastornado.
- Hay maldad en el mundo, y también en nuestros corazones.
Los cristianos vivimos, como dicen a veces los teólogos, en medio de la tensión entre el ya y el todavía no. Hemos sido redimidos. Somos hijos de Dios. Cuando Pablo escribe a los creyentes colosenses, los llama santos. Sin embargo, aún no estamos en el cielo. Tenemos corazones nuevos, voluntades nuevas y afectos nuevos, pero aún no estamos libres de toda corrupción. Pablo expresa esa tensión de esta manera: «De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Ro 7:19). El pecado ya no nos gobierna, pero aún no ha desaparecido del todo. Como aún nos encontramos en el todavía no, es de esperar que vengan pruebas. - La Biblia deja claro que las pruebas producen buenos frutos. Pablo lo dice de esta manera: «nos regocijamos en los sufrimientos, porque sabemos que los sufrimientos producen resistencia, la resistencia produce un carácter aprobado, y el carácter aprobado produce esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado» (Ro 5:3-5 RVC). El verse obligado a soportar una prueba produce perseverancia o resistencia. Es poco probable que quienes han estado rodeados y mimados tengan los recursos necesarios para resistir cuando las cosas se ponen difíciles. No tienen nada en su interior que les permita seguir adelante. Según Pablo, la resistencia produce carácter. Se refiere a la cualidad de haber sido probado y haber sobrevivido. A Dios no le interesa producir algo que no durará, y para obtener un buen resultado, pueden ser necesarios muchos golpes. Después, Pablo añade que el objetivo último de las pruebas es producir esperanza: la esperanza de gloria. Santiago dice algo parecido en el capítulo inicial de su carta: «pues ya saben que la prueba de su fe produce perseverancia. Y la perseverancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros sin que les falte nada» (Stg 1:3-4).
- Las pruebas nos hacen clamar a Dios en oración. La razón de las pruebas suele ser la providencia de Dios para hacernos sentir cuán dependientes deberíamos ser de Su gracia. En nuestra debilidad, nos vemos obligados a clamar a Él. Cuando Pablo experimentó la espina en su cuerpo, su instinto fue pedir que se la quitaran, pero no fue así. En lugar de eso, Dios permitió que siguiera ahí y añadió: «Te basta con Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad» (2Co 12:9). Al igual que Jacob, Pablo se vio obligado a cojear mientras andaba por el estrecho camino que conduce a la vida eterna, sabiendo que, a cada paso, el Señor estaba a su lado.
- Algunas pruebas son la disciplina de Dios. Otras veces, las pruebas son el resultado de nuestro comportamiento pecaminoso. Este tipo de pruebas están destinadas a despertarnos a la realidad de nuestra condición, a nuestra necesidad de arrepentirnos de algún comportamiento pecaminoso y de buscar al Señor con todas nuestras fuerzas. El autor de Hebreos sugiere que esa disciplina es una evidencia de que somos hijos adoptivos de Dios: «Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos. Después de todo, nuestros padres humanos nos disciplinaban y los respetábamos. ¿No hemos de someternos, con mayor razón, al Padre de los espíritus y viviremos? En efecto, nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de
Su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han
sido entrenados por ella» (Heb 12:8-11). - Pablo nos asegura que las pruebas de fuego son el medio que Dios usa para hacernos más semejantes a Jesús. Las pruebas provocan respuestas piadosas en nosotros. Por supuesto, esto no siempre es así. Podemos ser obstinados y reaccionar ante ellas con desdén y cinismo. Pero si nos dejamos moldear por las pruebas, pueden surgir grandes cosas de la oscuridad. Esto es lo que dice Pablo:
«En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de Él, y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y no solo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado Su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado» (Ro 5:1-5).
Lo interesante de este pasaje es que se menciona el sufrimiento inmediatamente después de decir cómo podemos ser justificados ante Dios. Pareciera que quiere que sepamos que los cristianos justificados —aquellos que han sido hechos justos ante Dios por medio de la sola fe en Cristo, sin las obras de la ley—, sufrirán de alguna manera. Justo después de afirmar que el resultado de la justificación es un anticipo de la gloria de Dios, nos devuelve de golpe a la dura realidad de que todavía estamos en este mundo, y aún nos queda mucho pecado con el que lidiar.
Resistencia. El sufrimiento produce (en los piadosos que responden con sumisión a la providencia de Dios) resistencia, o perseverancia. Aquellos que no han enfrentado pruebas tienen músculos espirituales flácidos y débiles. Las pruebas producen el tipo de resistencia que permite al creyente seguir adelante.
Carácter. La resistencia produce carácter. Esto es cierto en el nivel más obvio. Las personas que han pasado por dificultades a menudo tienen una dureza espiritual; es el carácter que resulta de haber sido puesto a prueba y haber salido fortalecido por ello. Algo que ha sido sometido a prueba demuestra que es genuino. Cuando el artesano quiere que algo dure lo pone a prueba. Quiere que resista; no le interesa producir imitaciones baratas, sino algo auténtico, algo que perdure. Así mismo, Dios quiere construir algo —alguien— que dure para siempre.
Esperanza. Esperanza en la gloria de Dios. Todo lo que Dios hace en nuestras vidas es prueba de que lo que ya ha empezado a hacer en nosotros, lo consumará en la gloria. Si no tuviera intención de transformarte, te dejaría en paz. Recuerda Job 23:10: «Cuando me haya probado, saldré como el oro».
Las pruebas nos hacen más semejantes a Jesús. El sufrimiento puede destruir o puede transformar. Y esto último solo lo hace cuando entendemos que las prioridades de Dios son distintas de las nuestras. A Él le interesa el largo plazo y lo duradero, no el corto plazo.
Finalmente, en algunas ocasiones, el porqué de una determinada prueba solo lo conoce Dios. No todo sufrimiento es castigo. La Biblia reconoce el sufrimiento inocente —hablaremos de esto más adelante—, de hecho, el libro de Job ofrece un ejemplo de pruebas devastadoras en la vida de uno de los hombres más piadosos que jamás hayan existido. Por tanto, no toda providencia puede ser diseccionada y analizada. La intervención de Dios en nuestras vidas es un misterio. A veces, la respuesta a la pregunta «¿Por qué?» es simplemente: «No lo sé». Pero aunque la respuesta se nos escape, el amor de Dios en Cristo es siempre seguro y cierto.
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Discusión y reflexión:
- ¿ Alguna de las razones mencionadas te ha sorprendido o desafiado?
- ¿Han arrojado nueva luz sobre las dificultades a las que te has enfrentado?
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Parte II: Casos De Estudio
Para comprender mejor la causa de las pruebas, tomaremos tres ejemplos que se encuentran en las Escrituras: José, Job y Pablo.
José
La historia del sufrimiento de José se relata detalladamente en Génesis 37, 39–50. Casi una cuarta parte del libro del Génesis está dedicada a él. Todo comienza cuando José tiene diecisiete años. Su padre Jacob dejó claro ante sus hermanos que quería a José más que a ellos haciéndole «una túnica de muchos colores» (Gn 37:3 NBLA), y cuando los hermanos de José vieron la preferencia que su padre sentía por él, lo odiaron «y no podían hablarle amistosamente» (Gn 37:4). Además, cuando José empezó a tener sueños en los que se engrandecía por encima de su padre y de sus hermanos, ellos empezaron a tenerle celos.
Un día, cuando los hermanos estaban cuidando ovejas en un lugar lejano, Jacob envió a José a preguntar por ellos, pero cuando llegó, los hermanos conspiraron para matarlo. Pero en lugar de matarlo, lo vendieron como esclavo a una banda de madianitas, y José terminó en casa de Potifar, el «capitán de la guardia» del faraón (Gn 37:36).
Durante todo ese tiempo, la mano de Dios estuvo sobre José: «El SEÑOR estaba con José y las cosas le salían muy bien» (Gn 39:2). Tanto así que Potifar nombró a José «mayordomo de toda su casa y le confió la administración de todos sus bienes» (Gn 39:4). Pero las pruebas siguieron cuando José rechazó las insinuaciones sexuales de la mujer de Potifar y fue enviado a prisión.
Siendo prisionero, José pone en práctica su habilidad para interpretar sueños cuando el copero y el panadero del Faraón se encuentran en la misma cárcel. Más tarde, cuando el copero vuelve a palacio (el panadero fue ejecutado), el Faraón tiene un sueño y pregunta si alguien puede ayudarle a interpretarlo. De repente, el copero recuerda que José tiene esa habilidad, y es llevado a presencia del Faraón.
Luego, a partir de ese momento, la historia continúa. José obtiene el favor del faraón egipcio y se convierte en la segunda persona más poderosa de Egipto, y queda a cargo del suministro de grano durante un período de siete años de abundancia y otro de siete años de hambruna.
Por otra parte, Jacob, a quien le habían mostrado la túnica manchada de sangre de José, había creído la versión de los hermanos de que el muchacho estaba muerto. Años más tarde, cuando Jacob envía a sus hijos a Egipto a comprar grano, José acaba revelándose a ellos y posteriormente a Jacob. Y en un momento decisivo, José dice a sus hermanos: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien» (Gn 50:20).
La narración nunca insinúa que las pruebas de José fueran el resultado de sus propias acciones. Es claro que los hermanos de José tienen la culpa por sus celos y enojo por el favoritismo de su padre. También Jacob es culpable por favorecer más a José que a sus otros hijos. Sin embargo, Génesis 50:20 sugiere algo más complejo. Hay un sentido en el que los hermanos de José tienen la culpa, y también hay otro sentido en el que la causa de las pruebas de José es la mano de Dios. Dios gobierna, supervisa y ordena Su providencia de tal manera que José pudo experimentar el dolor y el sufrimiento debido al comportamiento pecaminoso de sus hermanos, pero sin ser Dios el autor del pecado que causó el dolor de José. Dios es soberano y crea las circunstancias en las que el pecado es posible, pero no es Él quien crea el pecado.
Esta última frase es difícil de entender. Quizá podamos ilustrarla de esta manera: Una persona puede escribir una novela en la que se comete un asesinato, pero no es esa persona quien lo comete. Del mismo modo, Dios gobierna de tal modo que nada ocurre sin que Él lo quiera, pero no es Él quien comete el pecado que provoca el dolor. Él permite que se cometa el pecado, más no es su autor.
La vida de José es un ejemplo de la manera en que Dios permite que las pruebas ocurran a través de las acciones pecaminosas de otros por una razón. Y esa razón, en el caso de José, era asegurar la supervivencia de la descendencia de Jacob y las promesas del pacto que Dios había dado a su abuelo, Abraham. Si José no hubiera sido probado, el linaje de Abraham habría cesado, y la promesa de redención se habría perdido. José es un ejemplo de una prueba que tiene una razón muy discernible. Sin embargo, estas razones solo son discernibles después del proceso. No eran discernibles cuando José estaba en prisión. Como escribió el puritano John Flavel: «La providencia de Dios es como las palabras hebreas: solo puede leerse al revés».
Con todo, a veces la razón del sufrimiento no puede explicarse de forma satisfactoria. Tal es el caso de Job.
Job
El profeta Ezequiel menciona a Job junto con Daniel y Noé como ejemplos de hombres piadosos; esto sugiere que Job fue una persona histórica y no una mera figura literaria. Al igual que los patriarcas hebreos, Job vivió más de 100 años (Job 42:16). La mención de las incursiones de los sabeos y las tribus caldeas sugiere que Job vivió durante el segundo milenio, quizá en la época de Abraham o Moisés.
El libro de Job comienza con un prólogo que nos habla de la mujer de Job (Job 2:9) y de sus diez hijos —siete hijos y tres hijas (Job 1:2)—. También nos enteramos de su piedad, que se menciona tres veces, una por el autor (Job 1:1), y dos por Dios mismo (Job 1:8; 2:3): «No hay otro como él sobre la tierra; es un hombre intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 2:3 NBLA). Como sacerdote de sus hijos, Job cree que las celebraciones de cumpleaños podrían requerir un holocausto por cada uno de sus hijos (Job 1:4-5).
En el primer capítulo se relatan dos grandes pruebas: la primera, cuando bandas de saqueadores sabeos (Job 1:15) y caldeos (Job 1:17) le robaron su ganado (es decir, su riqueza) y un «gran viento» mató a sus diez hijos (Job 1:19). Sin embargo, la respuesta inmediata de Job es de fe: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo he de partir. El SEÑOR ha dado; el SEÑOR ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del SEÑOR!»(Job 1:21).
En el capítulo 2, una nueva prueba le sobreviene a Job cuando se ve afectado por una enfermedad mortal descrita como «dolorosas úlceras desde la planta del pie hasta la coronilla» (Job 2:7). Y cuando su mujer le dice: «¡Maldice a Dios y muérete!» (Job 2:9) —lo que por cierto es un consejo de incredulidad e insensatez—, Job responde nuevamente con fe: «Si de Dios sabemos recibir lo bueno, ¿no sabremos recibir también lo malo?» (Job 2:10). El autor deja claro que la causa de las pruebas de Job no residía en ningún pecado suyo: «A pesar de todo esto, Job no pecó ni de palabra» (Job 2:10).
Lo que Job no sabe, y que se nos dice en privado, es que detrás de estas pruebas terrenales se oculta una batalla cósmica entre el bien y el mal, Dios y Satanás (Job 1:6-9, 12; 2:1-4, 6-7). Satanás sostiene que la única razón por la que Job es piadoso es que no ha soportado el sufrimiento. Satanás le dice a Dios que si Job fuera puesto a prueba, perdería su fe y lo «maldeciría en la cara» (Job 1:11; 2:5).
Desde un punto de vista, la causa del sufrimiento de Job es Satanás. Sin embargo, el autor del libro de Job quiere hacernos ver que, si bien esto es cierto, no es la única causa. Por difícil que pueda parecer, el autor quiere que comprendamos que la razón fundamental del sufrimiento de Job reside en la soberanía de Dios. El día en que los ángeles deben rendir cuentas de sí mismos, Satanás también es llamado a hacerlo (Job 1:6; 2:1). Y es Dios, no Satanás, quien sugiere que Job se convierta en el objetivo de Satanás: «¿Te has puesto a pensar en Mi siervo Job?» (Job 1:8; 2:3). No se nos da una explicación de cómo Dios es totalmente soberano y no el autor del pecado, aunque esa cuestión moral se extiende a lo largo de todo el libro.
Después de una respuesta inicial de fe, se nos presentan los tres «amigos» de Job: Elifaz, el temanita, Bildad, el suhita y Zofar, el naamatita (Job 2:11). Antes de que le ofrezcan su consejo, Job desciende a un pozo de desesperación, deseando no haber nacido nunca, palabras sombrías que también repite Jeremías tras pasar por su propia prueba (Job 3:1-26; Jer 20:7-18).
Los amigos de Job solo tienen un consejo: que la raíz del sufrimiento de su amigo está en su propio pecado, del que debe arrepentirse. Esto se resume en las palabras introductorias de Elifaz, de las que se dice que le fueron dadas de alguna fuente secreta:
¿Puede un simple mortal ser más justo que Dios?
¿Puede ser más puro el hombre que su Creador?
Pues, si Dios no confía en sus propios siervos,
y aun a sus ángeles acusa de cometer errores,
¡cuánto más a los que habitan en casas
de barro cimentadas sobre el polvo
y expuestos a ser aplastados como polilla (Job 4:17-19)
En otras palabras, el sufrimiento es el resultado del castigo de Dios por nuestros pecados. Es la retribución instantánea por haber obrado mal.
Más adelante en el libro, encontramos a otro amigo, Eliú hijo de Baraquel el buzita, que «se enojó mucho con Job, porque se justificaba más a sí mismo que a Dios» (Job 32:2). Los comentaristas difieren en cuanto a si Eliú añade algo o simplemente repite lo dicho por los tres amigos de Job sobre la retribución instantánea. Parece que, al menos al principio, Eliú sugiere que Job puede aprender algo de sí mismo a través del sufrimiento que de otra manera no sabría, no obstante, también parece que, a medida que avanza, cae en la explicación de la retribución instantánea. No es que Job esté libre de pecado, sino que el pecado no es la causa de su sufrimiento, como insistían sus amigos (y Eliú).
En tres ocasiones Job habla de alguien que comprende su inocencia: un «árbitro», un «testigo» y, de manera célebre (aunque a menudo interpretada incorrectamente), un «Redentor» (Job 9:33; 16:19; 19:25). En cada caso, Job no busca a alguien que lo perdone, sino a alguien que defienda la justicia de su causa, en cuanto inocente. No es que Job sea sin pecado; más bien, el pecado no es la causa de su sufrimiento, como insistían sus amigos (y Eliú).
Job no estaba al tanto de la voz de Dios en los dos primeros capítulos, y no es hasta el capítulo 38 cuando Dios llama a Job para que rinda cuentas de sí mismo. Job ha estado profiriendo «palabras sin conocimiento» (Job 38:2). En lugar de ser Job quien haga las preguntas y Dios quien dé las respuestas, Dios da la vuelta a la situación y hace más de sesenta preguntas, ninguna de las cuales Job puede responder. En un momento revelador, Dios pregunta: «¿Corregirá al Todopoderoso quien contra él contiende? ¡Que responda a Dios quien se atreve a acusarlo!» (Job 40:2). En ese momento, Job se tapa la boca con la mano. Sin embargo, Dios no ha terminado, y siguen más preguntas. En un momento dado, Dios menciona una criatura terrestre, Behemot (Job 40:15), y una criatura marina, Leviatán (Job 41:1). Aunque los comentaristas no están totalmente de acuerdo, se puede afirmar que se trata de descripciones poéticas de un elefante y un cocodrilo. ¿Por qué los creó Dios? En un primer plano, la respuesta es: «No lo sé». Y el problema del dolor es así. ¿Por qué sufre uno y otro no? No lo sabemos. Pero hay otra respuesta, a la que Job accede:
De oídas había oído hablar de ti,
pero ahora te veo con mis propios ojos.
Por tanto, me retracto
y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42:5-6).
No es esencial que Job comprenda la causa de su sufrimiento, pues ésta se encuentra en los insondables y misteriosos designios divinos. Solo es necesario que Job confíe en Él, como había hecho al principio.
El libro de Job termina con Job orando por sus tres amigos (Job 42:8). No hay ninguna mención de Eliú. También se nos dice que sus hermanos y hermanas le consolaron (Job 42:11), que su riqueza fue restaurada (Job 42:12), que tuvo diez hijos más, siete hijos y tres hijas (Job 42:13), y que vivió hasta los 140 años (Job 42:16).
Job es un ejemplo de sufrimiento inocente. La razón del sufrimiento de Job no tenía nada que ver con su pecado. Quizá podamos culpar a Satanás, pero eso no explica del todo la razón de su dolor. Fue Dios quien llamó la atención de Satanás sobre Job. ¿Por qué? No se nos dice. Tampoco se le dice a Job. Él debe vivir por fe creyendo que la razón es conocida solamente por la mente de Dios.
Pablo
Pablo sufrió de múltiples maneras, pero destacó especialmente una prueba que calificó de «espina … en el cuerpo» (2Co 12:7). Fue después de una experiencia en el «tercer cielo» (2Co 12:2) o «paraíso» (2Co 12:3). En lugar de llamar la atención sobre sí mismo, hace uso de la tercera persona: «Conozco a un seguidor de Cristo» (2Co 12:2). Además, Pablo no tiene ninguna urgencia en hablar de ello, ya que esta experiencia tuvo lugar «hace catorce años» (2Co 12:2). A los súper apóstoles corintios les gustaba exaltarse, pero no al apóstol Pablo (2Co 11:5). Tampoco nos dice lo que vio u oyó, aunque seguramente fue algo impresionante.
Lo que sí nos cuenta Pablo es que tal experiencia podría haberse convertido fácilmente en motivo de orgullo. Con toda probabilidad podría haber exaltado su estatus por encima de los demás: «Para evitar que me volviera presumido por estas sublimes revelaciones, una espina me fue clavada en el cuerpo, es decir, un mensajero de Satanás, para que me atormentara» (2Co 12:7). Los privilegios pueden llevar al orgullo.
Al igual que en el caso de Job, la causa de la prueba, en un nivel, es Satanás. Pero Satanás no puede hacer nada sin el permiso divino. Dios siempre tiene el control, incluso cuando cosas malas le suceden a Su pueblo. Satanás no tiene autoridad para actuar fuera del control providencial de Dios.
Ahora bien, ¿cuál era la naturaleza de la prueba? ¿Cuál era la «espina»? No se nos dice. Pudo haber sido una prueba espiritual en la que uno o más pecados acosaban a Pablo. Algunos han conjeturado, dada la declaración de Pablo de haber escrito a los gálatas con «letras bien grandes», que puede haber sido algo relacionado con su vista (Ga 6:11). Pero no lo sabemos porque Pablo no nos lo dice. Su deseo era que aprendiéramos lecciones aplicables a cualquier tipo de prueba.
Una de las lecciones que nos enseña este relato es que las pruebas pueden ser difíciles de soportar y de aceptar. El instinto inmediato de Pablo es rogar a Dios que se la quite. Tres veces (quizás tres períodos), Pablo llevó el tema al Señor y pidió que cesara la prueba. Su respuesta inmediata no fue la aceptación y la sumisión. Se han creado demasiados problemas por enseñar a los cristianos que uno debe someterse inmediatamente ante una prueba. Algunos incluso insisten en que la característica que demuestra la piedad y la madurez es la sumisión inmediata al momento de la prueba. Aun Jesús, en la hora de Su prueba, pidió que la copa de la ira de Dios le fuera quitada: «si es posible» (Mt 26:39). Es cierto que prosiguió diciendo: «Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú», sin embargo, sería un grave error hacer más énfasis en esto último a expensas de lo primero. La prueba que Jesús estaba a punto de afrontar era tan intensa y amenazante que Su instinto humano le llevó a pedir que se la quitaran. En ningún caso debe considerarse que ese instinto es cobardía. Nadie, en su sano juicio, desea experimentar dolor y sufrimiento.
Pablo experimentó la gracia de la sumisión solo a través de la lucha y la oración. Y así será también para nosotros.
Hay oraciones que no reciben la respuesta que deseamos. Las oraciones siempre son respondidas y en ocasiones la respuesta es «¡no!». El hecho de que Pablo necesitara tres períodos de oración pidiendo que se le quitase la prueba nos dice que es posible que esto durase un tiempo considerable antes de que el apóstol oyera que el Señor le decía: «Te basta con Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad» (2Co 12:9). El que a Pablo no se le dijera la razón de su prueba no significa que no la hubiera. Siempre hay una razón para el sufrimiento, aunque no seamos capaces de discernirla. La providencia siempre tiene un propósito y, en última instancia, es glorificar a Dios. Así pues, la distribución del dolor no es caprichosa, ni una cuestión de mera soberanía: «Porque Él no castiga por gusto ni aflige a los hijos de los hombres» (Lam 3:33). Recuerdo una inscripción de 1652 en una casa inglesa de Watergate Street,
en Chester, que dice: La providencia es mi herencia. Lo que recibo cada día es la providencia de Dios, incluidas las pruebas.
Pablo estuvo en riesgo de caer en el orgullo espiritual y fue humillado. Y es estando de rodillas, rebajados ante Dios, como encontraremos la fuerza. Dios tenía un trabajo para Pablo: Plantaría iglesias y escribiría una cuarta parte del Nuevo Testamento. Pero catorce años antes de que esto ocurriera, Dios le enseñó al apóstol una dolorosa lección enviándole «un mensajero de Satanás» que le clavaría una espina en el costado.
Pablo aprendió que la gracia de Dios es suficiente en toda prueba. Es la gracia de Su poder frente a la debilidad humana. Es el mismo poder de aquel que multiplicó los panes y los peces, caminó sobre las aguas y resucitó a los muertos. Es el poder del que expulsa demonios. ¿Y cuáles son las condiciones para experimentar esta gracia poderosa? Una debilidad reconocida y una necesidad sentida. Y una vez experimentada esta fortaleza espiritual, podemos decir con el apóstol: «Por lo tanto, gustosamente presumiré más bien de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Co 12:9-10).
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Discusión y reflexión:
- ¿Qué aspecto de la historia de José, Job y Pablo te parece más instructivo?
- ¿Hay otros personajes bíblicos —o incluso personas que conozcas— cuyo sufrimiento podrías utilizar como caso de estudio?
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Parte III: Cómo No Responder
Algunas de las maneras en que respondemos a las pruebas son erróneas. Permíteme mencionar tres.
Desesperanza
La primera respuesta es la desesperanza: Es la pérdida de toda esperanza. Las circunstancias pueden despojarnos de todo consuelo y hacernos pensar que no hay salida. Los cristianos a veces olvidamos las promesas de Dios y nos hundimos en la autocompasión y la desesperación. Pablo les dijo a los corintios: «Nos vemos atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados» (2 Co 4:8). El Salmo 43:5 ofrece un buen ejemplo de cómo hacer frente a la desesperanza:
¿Por qué estás tan abatida, alma mía?
¿Por qué estás tan angustiada?
En Dios pondré mi esperanza y lo seguiré alabando.
¡Él es mi Salvador y mi Dios!
Los Salmos son siempre realistas acerca de lo que podemos esperar de la vida. Nunca endulzan nuestras expectativas. Cantarlos en el culto público aporta una sensatez que otros cánticos no consiguen. Como se preguntaba un autor: «¿Qué cantan los cristianos miserables?». Porque lo cierto es que a menudo nos sentimos abrumados por las pruebas de fuego que nos depara la vida. Y nuestra adoración, ya sea en privado o en público, debería reflejar esa verdad. La adoración que no contenga las duras realidades de los Salmos siempre será superficial e incluso irreal.
Tomemos, por ejemplo, el Salmo 6. En cierto modo, es un salmo de gran desesperanza. Tómate un momento para leerlo detenidamente:
No me reprendas, SEÑOR, en Tu ira;
no me castigues en Tu furor.
Ten piedad de mí, SEÑOR, porque desfallezco;
sáname, SEÑOR, porque mis huesos están en agonía.
Muy angustiada está mi alma;
¿hasta cuándo, SEÑOR, hasta cuándo?
Vuélvete, SEÑOR, y sálvame la vida;
por Tu gran amor, ¡ponme a salvo!
En la muerte nadie te recuerda;
desde los dominios de la muerte, ¿quién te alabará?
Cansado estoy de sollozar.
Toda la noche inundo de lágrimas mi cama,
¡mi lecho empapo con mi llanto!
Se consumen mis ojos por causa del dolor;
desfallecen por culpa de mis enemigos.
¡Apártense de mí, todos los malhechores,
que el SEÑOR ha escuchado mi llanto!
El SEÑOR ha escuchado mis ruegos;
el SEÑOR ha tomado en cuenta mi oración.
Todos mis enemigos quedarán avergonzados y angustiados;
su repentina vergüenza los hará retroceder.
No podemos hacer una exposición completa aquí, pero nota el grado de desesperanza del salmista: piensa que está a punto de entrar en el Seol, el lugar de los muertos; sus ojos se consumen de dolor; Obreros del mal (enemigos) lo acechan. Y como sucede a menudo con los salmos, el momento de mayor tensión se produce en la mitad del salmo:
Cansado estoy de sollozar.
Toda la noche inundo de lágrimas mi cama,
¡mi lecho empapo con mi llanto! (Sal 6:6)
Sin duda, eso es desesperanza. Pero observa también la salida a esta desesperanza. Él ora, incluso en su desesperación: «Ten piedad de mí … sáname … vuélvete, SEÑOR, y sálvame la vida … ¡ponme a salvo!». Esta es la oración de un hombre que sabe que Dios no lo ha abandonado, que cualquiera que sea la razón de su prueba (y no se nos dice), Dios sigue siendo el mismo Dios. En la oscuridad y la penumbra, los cristianos deben decir con el salmista: «El SEÑOR ha escuchado mis ruegos; el SEÑOR ha tomado en cuenta mi oración» (Sal 6:9).
¿Y a qué se aferra exactamente el salmista en sus súplicas al Señor? A la misericordia de Dios (Sal 6:4). Esta es una palabra hebrea, Ḥeseḏ. Aparece casi 250 veces en el Antiguo Testamento. William Tyndale, el reformador inglés que tradujo la Biblia hebrea al inglés, eligió traducir esta palabra hebrea como bondad amorosa, y en nuestra versión en español aparece como gran amor.
Esta bondad amorosa, o amor permanente, de Dios está relacionada con Su pacto, Su promesa a Su pueblo en la que dijo: «Yo seré tu Dios, y tú serás Mi pueblo» (por ejemplo, Gn 17:7; Ex 6:7; Ez 34:24; 36:28). Existe un vínculo de pacto entre el Señor y los suyos que no puede romperse. E incluso cuando la desesperanza amenaza, es este lazo el que la disipa y trae luz y esperanza.
Estoicismo
En segundo lugar, el creyente debe mantenerse libre del estoicismo.
El estoicismo ha existido desde la época de los griegos y los romanos. Aún hoy se estudian los escritos de un infame emperador romano, Marco Aurelio, que reinó en el siglo III de nuestra era. Sin embargo, el estoicismo se remonta mucho más atrás, teniendo sus raíces en la antigua Ágora de Atenas de la mano de Zenón de Citio alrededor del año 300 a.C. Y también Pablo se encontró con los estoicos en el Areópago de Atenas (Hch 17).
No hace falta que nos adentremos en los tecnicismos del estoicismo, pero su punto de partida es lo que llamamos de manera eufemística la actitud rígida ante el sufrimiento. El consejo que ofrece ante las pruebas es el desapego, incluso la negación. En este sentido, el mal, el dolor y el sufrimiento son ilusiones; al creer que son reales y centrarse en ellos, se vuelven reales. La virtud es lo que cuenta; es el único bien. Todo debe actuar hacia la virtud; la persona sabia es la más libre de sus pasiones.
No tenemos ningún control sobre los acontecimientos que nos sobrevienen; depende de nosotros elegir cómo respondemos; no debemos dejar que nos perturben; no debemos enredarnos en respuestas emocionales; nada debe deprimirnos; y lo último que debemos hacer es preguntarnos por qué suceden. Casi todos los salmos del canon de las Escrituras están condenados por la filosofía del estoicismo.
Por supuesto, hay mucho más en el estoicismo, pero en su forma más cruda, es una negación de las pasiones que forman parte de la psique humana. El estoicismo, por ejemplo, condenaría las lágrimas de Jesús al enterarse de la muerte de su amigo Lázaro, o su sufrimiento mental en Getsemaní cuando sudó «gotas de sangre que caían a tierra» (Lc 22:44). Si bien es verdad que debemos controlar nuestras emociones, no debemos negarlas ni reprimirlas por completo. Tenemos derecho a preguntarnos, como Job, por qué nos llega el sufrimiento, aun cuando Dios no nos dé la respuesta.
El estoicismo encuentra su fuerza en el interior. Es una religión del esfuerzo y la fuerza de voluntad humanos. El cristianismo es diferente. Pablo, por ejemplo, habla de encontrar contentamiento en cualquier circunstancia:
He aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Fil 4:11-13).
Observa dos cosas de lo que Pablo dice en este pasaje. Primero, Pablo encontró la capacidad de estar contento en medio de la prueba a través de muchas luchas. «He aprendido», dice. Quiere que entendamos que no fue fácil. En segundo lugar, la fuente de su contentamiento no estaba en su interior, sino en «aquel [Dios] que me fortalece». La capacidad de mantener la calma ante los problemas proviene de la acción interior del Espíritu Santo, que nos recuerda las promesas de Dios y nos asegura la victoria de Cristo sobre el pecado y el diablo. Cuando Pablo dice: «Todo lo puedo», no está haciendo alarde de su control sobre sus sentimientos y su fuerza de carácter. Su habilidad para «hacer todas las cosas» es el resultado del poder de Dios obrando en él. Como lo expresa John MacArthur en su comentario: «Debido a que los creyentes están en Cristo (Ga 2:20), Él les infunde Su fuerza para sostenerlos».
Amargura
Una tercera respuesta equivocada es la amargura. He conocido cristianos que guardan amargura por eventos que les sucedieron en el pasado. Cosas que cambiaron sus vidas y destruyeron sus ambiciones y sueños, y en lugar de responder bíblicamente, permitieron que «la raíz de amargura» creciera en sus corazones (Heb 12:15). Décadas después, todavía están enojados y doloridos por lo sucedido (o por lo que no sucedió cuando ellos deseaban que hubiera sucedido).
La frase «raíz de amargura» parece ser una alusión a algo que dice Moisés al repasar el pacto entre Dios e Israel: «Tengan cuidado de que ninguno de ustedes sea como una raíz venenosa y amarga» (Dt 29:18). Moisés tenía en mente el efecto venenoso de una planta cuyas raíces son amargas y pueden causar la enfermedad e incluso la muerte. El autor de Hebreos, dirigiéndose a toda la Iglesia, advierte que ese veneno está siempre presente, y que debemos vigilar para no ingerirlo.
Cuando reprendió a Simón el Hechicero, Pedro le dijo: «Porque veo que estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad» (Hch 8:23). Este es un caso extremo de amargura, donde el veneno había estado actuando por algún tiempo y había transformado a este hombre en un peligroso hechicero. La amargura, la ira no resuelta contra Dios por haber permitido que las pruebas destrozaran nuestras ambiciones, debe ser sofocada con hambre hasta la muerte: «Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias y toda forma de malicia», dice Pablo a los efesios (Ef 4:31).
La amargura es desconfianza en la providencia de Dios. Es creer la mentira que el diablo lanzó en el Jardín del Edén de que no se puede confiar en la palabra de Dios. Esto no es cristianismo. Es idolatría de la peor clase.
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Discusión y reflexión:
- ¿Alguna de estas reacciones tiene eco en ti? ¿Has respondido con desesperanza, estoicismo o amargura a algo en tu vida?
- ¿Cómo nos pueden ayudar los Salmos a responder de una manera más fiel y que honre a Dios?
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Parte IV: ¿Qué Debemos Hacer Los Cristianos Cuando Llegue La Prueba De Fuego?
Es hora de abordar lo positivo y preguntar qué debemos hacer ante la prueba de fuego. Permiteme ofrecerte diez sugerencias
- Sé realista. Cuenta con que vendrá la prueba. No te sorprendas si te ocurren cosas malas. Jesús lo dejó muy claro en el Aposento Alto.
Al hablar a sus discípulos, que ahora iban a enfrentarse a la vida sin Su presencia física, les dijo: «En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). Estas feroces pruebas pueden ser mentales, emocionales o físicas. A veces son reales en la mente, como solemos decir, pero no por ello son menos reales para nosotros. ¿Por qué habríamos de estar exentos tú o yo?
Estar prevenido es estar prevenido, dicen. Pero no siempre es así.
La incredulidad puede cegarnos ante las advertencias de Jesús.
La autocompasión puede hacer que nos encerremos en nosotros mismos y permitamos que la duda y la ira se agraven.
2. ¡Cuidado con lo que pides! ¿Cuál es tu mayor deseo? ¿Es, como debería ser, ser santificado plena y completamente, tanto como sea posible en este mundo? ¿Cómo crees que lo conseguirás?
¿Te acostará Dios cómodamente y te hará flotar por encima de la batalla? Sabes que no es así.
Nuestra santidad solamente puede lograrse cuando entramos en guerra con el mundo, la carne y el diablo. Y esa guerra significa dolor y sufrimiento. Si oramos, como lo hizo una vez Robert Murray McCheyne, diciendo: «Señor, hazme tan santo como pueda serlo un pecador perdonado», ¡entonces estamos buscando problemas! Si estamos satisfechos con nuestro estado actual de santificación, entonces puede que no experimentemos pruebas (aunque es probable que esto haga a un lado esa respuesta poco entusiasta). Pero si lo que deseamos es la santidad, entonces la mortificación de los pecados debe formar parte de ella, y matar el pecado siempre va a ser doloroso.
3. Reconoce la providencia de Dios. Me refiero a la doctrina de la providencia. A cada paso del camino, el Señor soberano está allí, ordenando, gobernando, llevando a cabo sus propósitos. En la oscuridad, basta con que extiendas tu mano, y Él la estrechará. Si caes por un precipicio, sus brazos estarán allí para atraparte. La doctrina de la providencia te ayudará a dormir por la noche. Es el mundo de Romanos 8:28: «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito». Dentro de este manto de providencia, hay paz y satisfacción. Fuera de él, solo hay confusión, voces ensordecedoras y el olor del caos y la muerte.
4. Abraza el fuego. Al afrontar las pruebas, Pablo no se contentó con aceptarlas y someterse a ellas, sino que también dijo a sus lectores que se regocijaba en ellas: «Nos alegramos al enfrentar pruebas y dificultades» (Ro 5:3 NTV), y lo mismo esperaba que hicieran sus lectores. Como ya vimos, cuando citamos este versículo, Pablo deja claro que la razón por la que se regocija es porque el sufrimiento produce santidad, es decir, resistencia, carácter, y esperanza que nos asegura la gloria venidera. Santiago dijo lo mismo justo al principio de su carta: «Amados hermanos, cuando tengan que enfrentar cualquier tipo de problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho» (Stg 1:2 NTV). Es como si Santiago estuviera a punto de decir algo que todo cristiano necesita oír; y realmente son los cristianos los únicos que pueden escuchar este mensaje, porque saben que el sufrimiento tiene un propósito en el plan de Dios para sus vidas:
Nos moldea a imagen de Cristo y nos hace anhelar el cielo y la gloria. Los cristianos saben que este mundo es temporal, y que simplemente están de paso para llegar a la Ciudad Celestial. La prueba de fuego es temporal, pero la gloria venidera es eterna.
5. Ora sin cesar. Algunas pruebas van a durar a lo largo de nuestro viaje por este mundo. Algunas son temporales, pero otras perduran. Puede parecer que las oraciones para que sean quitadas son ineficaces.
La «espina en el cuerpo» de Pablo provocó tres períodos de oración para que el Señor se la quitara. Pero ese no era el plan de Dios. Permitió que permaneciera para recordarle al apóstol que se mantuviera humilde después de haber visto y oído cosas que no le estaba dado revelar. Estas cosas podían despertar el orgullo, y para asegurarse de que no lo hicieran, Dios lo humilló (2 Co 12:1-10).
Por supuesto, es legítimo orar por la sanidad ante una enfermedad. Y puede que al principio, exista la esperanza de que Dios, en Su providencia, sane y restaure, pero, a veces, queda claro que ésa no es la intención divina. Es entonces que se hace necesario orar por la fortaleza y la gracia para soportar la prueba hasta el final. No siempre es fácil discernir en qué momento debe darse ese cambio de dirección en la oración. Cada caso es diferente, y es importante buscar sabiduría.
6. Acepta los límites de tu conocimiento. Algunas pruebas vienen a aquellos que son inocentes. Esto requiere una breve explicación. Nadie es inocente en un sentido. Todos somos culpables del pecado de Adán: «Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron» (Ro 5:12). Todos los descendientes de Adán pecaron en él porque fue establecido como nuestra cabeza representativa. Por tanto, toda la humanidad es considerada culpable en él. Pero tomemos el caso del hombre ciego de nacimiento con el que se encontró Jesús (Jn 9:1). Los discípulos le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?» (Jn 9:2 NBLA). Jesús respondió: «Ni este pecó, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jn 9:3). Jesús no estaba sugiriendo que este hombre estuviera de alguna manera libre del pecado de Adán. Lo que Jesús estaba diciendo era que su ceguera no era el resultado del juicio de Dios a causa de su pecado particular o el de sus padres. Este es un caso de sufrimiento inocente. Es similar al caso de Job que vimos antes.
Jesús hace un comentario muy interesante sobre la condición de este ciego. Los discípulos querían una respuesta a la pregunta: «¿Por qué sufría?», y su único recurso era sugerir que él o sus padres estaban siendo castigados por algún pecado del pasado. Pero Jesús les dice lo contrario, afirmando que la razón de su sufrimiento era «para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jn 9:3). Jesús sanó al hombre y demostró así Su señorío sobre los poderes de las tinieblas. La razón de la prueba de este hombre era hacer manifiesto el poder de Jesús a los discípulos y a nosotros que leemos la historia.
Es posible que algunas de nuestras pruebas sean enviadas para demostrar el poder del Espíritu Santo actuando en aquellos que son probados, permitiéndonos seguir adelante con fuerza y fe y convirtiéndonos en testigos del poder de resurrección de Jesucristo.
7. Ve el beneficio. Las pruebas fortalecen la fe y promueven los frutos del Espíritu. Esta es la lección de pasajes como Romanos 5:3-5 que ya hemos considerado. Pero también es el mensaje de muchos otros pasajes. Como vimos, Santiago se ocupa de esta misma cuestión al principio de su epístola: «Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte» (Stg 1:2-4). Cuando se afrontan bíblicamente, las pruebas nos hacen «perfectos y completos». Por supuesto, esa perfección y plenitud no pueden experimentarse en este mundo. Santiago está pensando en cómo las pruebas nos lanzan por el camino estrecho que conduce a la vida eterna. Algo parecido dice el autor de Hebreos: «En efecto, nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella» (Heb 12:10-11).
8. Piensa en tus pruebas en retrospectiva. Es posible que, durante el sufrimiento, las cosas no tengan mucho sentido. Como decimos, los árboles no nos dejan ver el bosque. Así que necesitamos elevarnos por encima de esto, algo parecido a subir a un avión y ascender a 35.000 pies de altura. Entonces seremos capaces mirar hacia atrás y hacia delante, ver el camino del que nos hemos desviado y la mano de Dios para que volvamos a Él. Cuando no podamos responder a la pregunta de por qué han llegado estas pruebas, debemos confiar en Él, sabiendo que nunca nos dejará ni nos abandonará (Dt 31:8; Heb 13:5).
9. Recuerda siempre que en tu bolsillo tienes una llave llamada promesa. En un tiempo de pruebas difíciles, cuando la oscuridad era tan grande que temí que Dios me hubiera abandonado, tres amigos se reunieron conmigo y me trajeron un regalo. Era una plaga hecha a mano, del tamaño de un libro promedio, en la que estaban inscritas estas palabras: «Una llave llamada Promesa».
En El Progreso del peregrino de Bunyan, Cristiano y Esperanzado se desvían del camino y son atrapados por el Gigante Desesperación, que los encierra en una profunda mazmorra en el Castillo de las Dudas. Rápidamente se hunden en el abatimiento y no ven salida, hasta que Cristiano recuerda que tiene una llave en el bolsillo llamada Promesa. Usando la llave, Cristiano y Esperanzado pueden abrir las puertas de su prisión y escapar para volver al camino estrecho.
Considera las siguientes dos promesas y léelas una y otra vez: No temas, que yo te he redimido;
te he llamado por tu nombre; tú eres mío.
Cuando cruces las aguas,
yo estaré contigo; cuando cruces los ríos,
no te cubrirán sus aguas;
cuando camines por el fuego,
no te quemarás
ni te abrasarán las llamas.
Yo soy el SEÑOR tu Dios,
el Santo de Israel, tu Salvador (Is 43:1-3).
Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con Él, todas las cosas? ¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? Cristo Jesús es el que murió e incluso resucitó y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro o la espada? Así está escrito:
«Por tu causa siempre nos llevan a la muerte;
¡nos tratan como a ovejas para el matadero!».
Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor (Ro 8:31-38).
10. Recuerda que este mundo no es tu hogar. Cuando Pedro habla de la prueba de fuego en 1 Pedro 4:12-16, hace varias observaciones que resultan interesantes e importantes. Primero, no debemos pensar en las pruebas como «algo insólito» (v 12). Lo que quiere decir es que todo cristiano puede esperar sufrir. En segundo lugar, cuando los cristianos sufren, comparten «los sufrimientos de Cristo» (v 13). Pedro no quiere decir que nuestros sufrimientos contribuyan a la expiación. Eso nunca puede ser cierto. Lo que Pedro quiere decir es que estamos en unión con Cristo y nuestros sufrimientos son también Sus sufrimientos. En Hechos 7, después de que los hombres, a petición de Saulo, tomaran piedras para matar a Esteban, Jesús llamó a Saulo diciendo: «¿Por qué me persigues?». Perseguían a uno de los corderos de Jesús y, en efecto, lo estaban apedreando. Nosotros nunca podremos acceder a los sufrimientos que padeció Cristo, pero Él sí puede entrar en los nuestros. El libro de Hebreos habla de cómo Jesús se compadece de nosotros en nuestros sufrimientos (Heb 4:15). En tercer lugar, Pedro nos dice que si sufrimos porque somos cristianos, debemos sentirnos felices «porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre ustedes» (1P 4:14). Existe la posibilidad de que suframos a causa de nuestro pecado, dice Pedro (1P 4:15), pero cuando el sufrimiento llega sin que seamos culpables, debemos meditar en la gloria venidera.
El cielo es nuestro hogar. Y al final vendrán los cielos nuevos y la tierra nueva (Is 65:17; 66:22; 2P 3:13). La prueba de fuego es temporal; nuestra nueva morada en la era venidera es para siempre. En esa fase de nuestra existencia, no habrá prueba de ningún tipo: «Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir» (Ap 21:4).
Así que sigue adelante hasta que veas la Nueva Jerusalén.
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Discusión y reflexión:
- ¿Alguno de los consejos anteriores te parece particularmente difícil?
- ¿Cuál de los consejos anteriores puedes adoptar para ayudarte a superar una prueba actual?
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Conclusión
Todo cristiano puede contar con que experimentará diversos tipos de pruebas a lo largo de su peregrinación al cielo. Los cristianos viven en un mundo caído, y Satanás «ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1P 5:8). Además, los cristianos aún no estamos totalmente santificados. Hay una guerra en nuestro interior que el apóstol Pablo resume de esta manera: «De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí» (Ro 7:19-20). En ocasiones, las pruebas son el resultado de nuestras respuestas pecaminosas. Pero a veces, las pruebas pueden venir por causas ajenas a nosotros, como le sucedió a Job.
En cada prueba, podemos estar seguros de que Dios tiene el control y que siempre nos ayudará a superarla y a responder con gracia y valentía, aprendiendo a crecer a través de ella. Con la ayuda del Espíritu Santo, las pruebas pueden hacer florecer el fruto del Espíritu y asemejarnos más a Jesús.
Los cristianos podemos animarnos con las palabras de Job: «Y cuando me ponga a prueba, saldré tan puro como el oro» (Job 23:10b NTV; comparar con Stg 1:12 y 1P 1:7).
Acerca del autor
DEREK THOMAS es originario de Gales (Reino Unido) y ha servido en congregaciones de Belfast (Irlanda del Norte), Jackson (Mississippi) y Columbia (Carolina del Sur). Es profesor de cátedra en el Reformed Theological Seminary y profesor asociado en Ligonier Ministries. Lleva casi 50 años casado con su esposa, Rosemary, y tiene dos hijos y dos nietos. Ha sido autor de más de treinta libros.
Tabla de contenido
- Parte I: Todo Cristiano Enfrentará Pruebas
- ¿Por qué son necesarias las pruebas?
- Discusión y reflexión:
- Parte II: Casos De Estudio
- José
- Job
- Pablo
- Discusión y reflexión:
- Parte III: Cómo No Responder
- Desesperanza
- Estoicismo
- Amargura
- Discusión y reflexión:
- Parte IV: ¿Qué Debemos Hacer Los Cristianos Cuando Llegue La Prueba De Fuego?
- Discusión y reflexión:
- Conclusión
- Acerca del autor