#13 El matrimonio según Dios
Introducción
No recuerdo con exactitud cuándo conocí a mi esposa Julie; sin embargo, hay un momento que está muy claro en mi memoria.
Fue en el día de San Valentín de 1972, cuando estábamos en el último año de secundaria. Recuerdo que le regalé una tarjeta hecha a mano que decía: «La alegría no está en las cosas, sino en nosotros… y especialmente en ti».
Realmente era una sencilla frase motivadora que pretendía animar a una chica que parecía un poco tímida. Siendo el presidente de la clase, acompañante en el coro y un joven (en mi opinión) genuinamente simpático, supuse que Julie se sentiría honrada de recibir una tarjeta mía. Al igual que las otras 16 chicas que recibieron una.
Nunca sabré si esas chicas quedaron impresionadas; sin embargo, Julie sí me respondió. Lo hizo escribiéndome una larga nota donde decía que le gustaba, y mucho. En lo personal no pretendía que mi tarjeta desembocara en una relación más profunda, o al menos no con Julie. Así que comencé a actuar incómodamente cuando estaba con ella; y, en cierto momento, llegué a escribirle una canción llamada «You Go the Way You Wanna Go» [Ve por el camino que quieras ir]. Te ahorraré los detalles, pero básicamente decía: «Estoy bien siendo tu amigo, pero no tu novio».
Aun así, Julie siguió insistiendo y, con el tiempo, logró convencerme, en parte porque hacía unos excelentes brownies y además tenía auto. Ese mismo verano empezamos a salir, y para otoño, yo me fui a la Universidad de Temple mientras que ella se fue a trabajar a una granja de caballos de exhibición.
Un año más tarde, ella se presentó a Temple y fue admitida. Durante ese tiempo seguíamos saliendo, aunque yo aún conservaba dudas de si ella era «la elegida». Fue por eso que en Día de Acción de Gracias terminé con ella, justo después de llevarla a ver la película «The Way We Were» [Nuestros años felices]. Admito que fue algo sofisticado.
Durante los siguientes dos años, la mayor parte de nuestras conversaciones consistían en decirle que se regocijara en el Señor (para entonces ambos ya éramos cristianos) y que buscara el amor en alguna otra parte. Sin embargo, con el paso del tiempo, Dios utilizó a Julie para sacar a la luz mi profundo y dominante orgullo. En el fondo, yo deseaba que ella fuera un 10, cuando en realidad yo era casi un 3. Empecé a darme cuenta de que nadie me había amado tanto como Julie y, a pesar de mi constante rechazo, nadie fue tan fiel, alentador o generoso conmigo. Cuando caminaba cerca del Señor parecía claro que debía casarme con ella.
Así que, dos años después de haber terminado, nuevamente en el Día de Acción de Gracias, le pedí a Julie que se casara conmigo y, milagrosamente, ella dijo que sí. Más de cinco décadas después, estoy más que agradecido de que lo hiciera.
Quise comenzar con esta historia para destacar el hecho de que a Dios le encanta tomar relaciones sin esperanza y convertirlas en algo para Su gloria. Nuestros defectos, pecados, debilidades y cegueras no le intimidan ni le sorprenden. Al contrario, en Sus manos sabias y soberanas se convierten en el medio por el que realiza Su obra. De la misma manera que no hay parejas perfectas, tampoco hay parejas irredimibles.
Es posible que estés soltero, recién casado o ya lleves unos cuantos años de matrimonio. Tal vez estés disfrutando de la emoción de la fase de luna de miel o simplemente quieras afianzar una relación que ya de por sí es sólida. Puede ser que estés empezando a pensar que ser marido y mujer no es como decían que era. O simplemente estés desesperado buscando una esperanza dondequiera que la encuentres y preguntándote cuánto tiempo más podrás aguantar.
Sea cual sea la situación en la que te encuentres, oro para que esta guía de estudio te ofrezca una fe renovada como actual o futuro cónyuge, y te lleve a maravillarte de la sabiduría y la bondad de Dios al crear esta relación que llamamos «matrimonio».
En nuestra cultura actual, el matrimonio está siendo atacado desde todos los frentes. La gente está confundida y dividida sobre quién puede casarse, cuántas personas pueden formar parte de un matrimonio y si casarse es siquiera necesario o deseable. Es por esa razón que vamos a recurrir a la única fuente de autoridad, fidedigna y eterna: La Palabra de Dios. Las siguientes cuatro verdades bíblicas serán la guía para todo lo demás que diremos.
Si los seres humanos hubiéramos inventado el matrimonio, tendríamos el derecho de definirlo. Sin embargo, fue Dios quien estableció el matrimonio, como Jesús dijo, «desde el principio de la creación» (Mr 10:6). Además, fue Dios mismo quien presidió la primera boda. Y ya desde las primeras páginas del Génesis podemos ver la intención con la que Dios estableció el matrimonio.
- El matrimonio es exclusivamente entre dos personas. Dios creó la primera pareja a Su imagen, «varón y hembra los creó» (Gn 1:27). No empezó con un trío o un cuarteto. Si bien los matrimonios pasan a convertirse en comunidades
con la llegada de los hijos, el vínculo matrimonial es exclusivamente entre dos personas. La práctica de la poligamia poco después de Adán y Eva (Gn 4:19) solo demuestra lo extendido que estaba el pecado en el corazón humano. Esta exclusividad y limitación es la razón por la que Dios considera que el adulterio, las relaciones prematrimoniales y otras formas de actividad sexual fuera del pacto matrimonial son ilegítimas, destructivas y contrarias a Su designio (Pro 5:20-23; 6:29, 32; 7:21-27; 1Co 7:2-5; 1Ts 4:3-7; Heb 13:4). - El matrimonio está formado por dos miembros del sexo opuesto. Las dos personas que constituyen un matrimonio no son idé El matrimonio no empezó con dos hombres o dos mujeres. Dios hizo de la costilla de Adán «una mujer y la trajo al hombre» (Gn 2:22). Los hombres y las mujeres pueden tener diferentes tipos de relaciones profundas y significativas con miembros de su propio sexo, pero a los ojos de Dios eso nunca puede llamarse matrimonio.
- El matrimonio es Dios uniendo a una pareja para toda la vida. Cuando Jesús dijo a los fariseos que el marido y la mujer eran una sola carne (citando Gn 2:24), agregó: «Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mr 10:9). Dios no unió a Adán y Eva mientras ambos estuvieran «enamorados», sino mientras estuvieran vivos.
- El matrimonio implica roles ú Los diferentes roles del hombre y la mujer y, específicamente, del marido y la esposa, fueron establecidos por Dios antes de la caída (Gn 3:6). Aunque Adán y Eva fueron creados a imagen de Dios y desempeñaron papeles igualmente importantes en el cumplimiento del mandato divino de «llenar la tierra y someterla» (Gn 1:28), cada uno tenía responsabilidades únicas.
Dios le ordenó a Adán en Génesis 2:15 que trabajara y cuidara el jardín, pero no dejó que lo hiciera solo. Dios le dio a Eva, una «ayuda idónea para él» (Gn 2:18). Para algunos, ese término puede emplearse indistintamente para hombres y mujeres, puesto que Dios en ocasiones se describe a sí mismo como «quien ayuda» (Ex 18:4; Os 13:9). Sin embargo, en la Biblia nunca se hace alusión a Adán como ayudante de Eva, y por ende, se entiende que le asignó un papel de liderazgo único. Adán fue creado primero (Gn 2:7), se le dio la responsabilidad de trabajar y cuidar el jardín (Gn 2:15), le dio nombre a los animales y a su esposa (Gn. 2:20, 3:20), y se le dijo que dejara a su padre y a su madre, anticipando el día en que otros hombres también tendrían padres (Gn 2:24).
Esas distinciones se confirman y aclaran en el Nuevo Testamento (Ef 5:22-29; Col 3:18-19; 1Ti 2:13; 1Co 11:8-9; 1P 3:1-7). Ante Dios, no hay diferencia alguna entre la aceptación, la igualdad o el valor del esposo y la esposa, tal como Pablo aclara en Gálatas 3:28. Sin embargo, la esposa tiene el gozo y la responsabilidad únicos de seguir y apoyar a su esposo, así como el esposo tiene el privilegio de guiar, amar y proveer para su esposa.
El Matrimonio Es Bueno
Es posible que hayas crecido en un hogar con padres que se peleaban sin parar. Tal vez lleves las cicatrices de los destrozos que dejó un divorcio desagradable. O simplemente es probable que no conozcas a muchas casados que sean felices. El año que Julie y yo nos casamos, mis padres, sus padres y nuestro pastor se divorciaron. Eso no fue precisamente el estímulo que nuestra fe necesitaba para nuestra nueva vida juntos.
No obstante, Dios dice: «Quien halla esposa encuentra el bien y recibe el favor del SEÑOR» (Pro 18:22). El matrimonio es una bendición y una señal del favor divino. Por eso, cuando el Señor vio a Adán solo en el jardín, dijo: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea» (Gn 2:18 LBLA). Adán no parecía saber que necesitaba a alguien. Dios, en cambio, sí lo sabía. Y así mismo sabe que todo hombre se beneficiará de la compañía, el consejo, la intimidad y la fecundidad que brinda el matrimonio. A pesar de los malos ejemplos que hayamos visto o experimentado en nuestras vidas, el matrimonio sigue siendo bueno, porque fue idea de Dios.
El Matrimonio Es Un Don
Cuando Jesús dijo a los fariseos que Dios prohibía el divorcio excepto en caso de inmoralidad sexual, sus discípulos se escandalizaron. Tal vez pensaron que Jesús estaba poniendo la vara demasiado alta: «Si tal es la situación entre esposo y esposa, es mejor no casarse». Así que Jesús redobló la apuesta: «No todos pueden comprender este asunto, sino solo aquellos a quienes se les ha concedido entenderlo… El que pueda aceptar esto, que lo acepte» (Mt 19:10-12; ver 1Co 7:7).
La capacidad de florecer en el matrimonio es un don que Dios concede a quienes están dispuestos a recibirlo. No es algo que se pueda lograr o exigir. No se puede ganar ni regatear. Al mismo tiempo, no se supone que sea una carga, una molestia ni algo que temer. Es un don generoso de un Padre sabio, bueno y amoroso, que sabe mejor que nadie lo que necesitamos.
El Matrimonio Es Glorioso
Si el matrimonio es realmente todo lo que hasta ahora hemos dicho —que es de Dios, es bueno y es un don—, podemos concluir que el matrimonio es glorioso. Por supuesto, en nuestras mentes podríamos estar sustituyendo el «es» por el «debería ser». ¿Verdaderamente podemos decir que el matrimonio es glorioso en sí mismo? Sin duda alguna. Ver que un hombre y una mujer, ambos afectados por la caída y su propia pecaminosidad, cumplen un pacto de por vida para servirse, dedicarse, cuidarse, apoyarse, satisfacerse sexualmente, amarse y ser fieles el uno al otro es una maravilla. Se trata de un prodigio y algo totalmente glorioso.
No obstante, la razón definitiva y más espectacular por la que el matrimonio es glorioso no se encuentra en el matrimonio en sí, sino en lo que representa. Y eso nos lleva a la siguiente pregunta que vamos a explorar: ¿Para qué sirve el matrimonio?
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Discusión y reflexión
- ¿Algo de lo que hemos mencionado en esta sección te ha ayudado a entender mejor lo que es el matrimonio? ¿Puedes pensar en algún matrimonio que conozcas que modele fielmente este tipo de vida?
- ¿Puedes explicar con tus propias palabras por qué el matrimonio es de Dios, bueno, un don y glorioso?
Audioguía
Audio#13 El matrimonio según Dios
Parte I: ¿Qué Es El Matrimonio?
Hemos considerado brevemente cuatro características del matrimonio tal y como se reflejan en la Palabra de Dios. Sin embargo, aún nos queda hablar del propósito del matrimonio. ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué Dios instituyó el matrimonio en primer lugar?
Para Mostrar La Relación De Cristo Con La Iglesia
A lo largo del Antiguo Testamento vemos indicios de que el matrimonio es una metáfora de la relación que Dios tiene con Su pueblo. El profeta Isaías exhorta al pueblo de Israel recordándole que «tu marido es tu Hacedor» (Is 54:5). Así mismo, en el libro de Jeremías, Dios llama la infidelidad de Israel adulterio y prostitución (Jer 3:8). Por su parte, el profeta Oseas le asegura a Israel que Dios lo desposará consigo para siempre (Os 2:19-20).
Pero es solo al llegar al Nuevo Testamento que vemos que Dios revela plenamente el «misterio» que estuvo oculto hasta la venida de Cristo: El matrimonio nos señala la relación entre Jesús y Su esposa, la Iglesia.
Pablo escribe: «‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos llegarán a ser uno solo’. Esto es un misterio profundo; yo me refiero a Cristo y a la iglesia» (Ef 5:31-32).
Cuando Dios quiso comunicar la intensidad, la profundidad, la belleza, el poder y la naturaleza inmutable de la relación de Cristo con aquellos a quienes redimió, instituyó el matrimonio. Ninguna otra relación refleja tan plenamente los propósitos principales de Dios en el universo como el pacto de por vida que existe entre un esposo y su esposa. Se trata de una ilustración viva y palpitante del evangelio de la gracia.
Así mismo es cierto que hay otras formas en las que Dios describe Su relación con nosotros: Como un padre con sus hijos (Is 63:16), un amo con su siervo (Is 49:3), un pastor con su rebaño (Sal 23:1), y un amigo con un amigo (Jn 15:15). Pero desde el principio de la Biblia hasta su final, son una novia y un novio.
Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está el santuario de Dios! Él habitará en medio de ellos y ellos serán Su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir» (Ap 21:2-4).
Aquí podemos ver el objetivo de la historia al final de la misma. Finalmente, Dios habita con Su pueblo, y lo hace como esposo y esposa —Jesús y la Iglesia—, disfrutando de una unión perfecta para siempre.
Todas las bodas de esta vida, por magníficas que sean, palidecen en comparación con la cena de las bodas del Cordero que está por venir (Ap 19:9). El matrimonio representa un amor tan glorioso, tan duradero, tan poderoso, tan lleno de alegría, que te puede dejar sin aliento. Y esto queda aún más claro cuando lo vemos desde la perspectiva de Dios:
– En una boda, vemos a dos individuos imperfectos que prometen amarse mientras tengan vida. Dios ve a Jesús prometiendo amar a Su pueblo por toda la eternidad.
– En una boda, vemos a dos personas que se dan el «sí, quiero» sin saber lo que les espera. Dios ve a Jesús, antes de que comenzara el tiempo, diciendo «sí, quiero», sabiendo exactamente lo que vendría.
– En una boda, vemos una hermosa ceremonia con una gran recepción que terminará en unas pocas horas. Dios ve un banquete eterno de alegría, paz y amor, en el que se celebra la unión de Cristo y Su esposa, purificada por Su obra expiatoria (Ap 19:9).
En última instancia, esto significa que el matrimonio no se trata de nosotros. Y no podría ser de otra forma, ya que los matrimonios en esta vida son temporales. Aunque los amantes ahora se prometan devoción eterna, en los nuevos cielos y la nueva tierra «ni se casarán ni se darán en casamiento» (Mt 22:30). Ser marido y mujer es tener el privilegio de demostrarle a un mundo perdido y observador la fidelidad, santidad, pasión, misericordia, perseverancia y alegría que caracterizan la relación eterna entre Jesús y aquellos por los que murió para salvarlos.
Para Hacernos Más Semejantes A Cristo
Una vez que hemos visto lo glorioso que es el matrimonio, debería ser evidente que ninguno de nosotros está a la altura de semejante tarea. Eso fue especialmente cierto en mi caso. A menudo recuerdo el día de nuestra boda y me pregunto qué fue lo que me llevó a pensar que estaba preparado para casarme: era orgulloso, egocéntrico, inmaduro, perezoso y estaba confundido; y eso sin mencionar que era pobre.
Sin embargo, Dios, en Su bondad, utiliza el matrimonio para conformarnos a la imagen de Su Hijo (Ro 8:29). No seguimos siendo la misma persona. Naturalmente, Dios puede cambiarnos cuando estamos solteros. Pero el matrimonio conlleva una nueva serie de retos que van desde los más insignificantes (de qué lado colgar el papel higiénico, cómo llegar a algún sitio, qué es lo que se considera «desordenado»), hasta los más importantes (dónde vivir, a qué iglesia ir, cómo gastar el dinero). Las decisiones que antes tomábamos solos ahora involucran a otra persona. Y resulta que esa persona duerme en tu cama.
Las instrucciones que Dios ha dejado en el Nuevo Testamento para los esposos nos muestran qué tipo de cambio desea. Las esposas deben someterse a sus maridos y respetarlos (Ef 5:22, 33). A los maridos se les ordena amar a sus esposas, entregarse a ellas y cuidarlas como a sus propios cuerpos (Ef 5:25, 28-29). Pedro dice que las esposas deben estar sujetas a sus maridos y centrarse en la belleza interior, más que en la exterior (1P 3:1-3). Asimismo, dice que los maridos deben tratar de comprender a sus esposas (en lugar de dar por sentado que saben lo que piensan) y considerarlas coherederas de la gracia de Dios (1P 3:7). Específicamente, estos mandamientos van en contra de nuestras tendencias pecaminosas como hombres y mujeres y, al mismo tiempo, nos aseguran que Dios quiere usar a nuestro cónyuge para cambiarnos. ¿Estás buscando oportunidades para ser menos egoísta, orgulloso, irascible, independiente, dominante e impaciente? Cásate.
Pero confrontar nuestro pecado no es la única manera que Dios tiene para cambiarnos en el matrimonio. También nos ofrece un contexto en el que podemos modelar y experimentar de primera mano el tipo de amor, misericordia y gracia que Cristo nos ha mostrado. Es en este contexto de compañerismo, perdón, ánimo y bondad, que Dios suaviza nuestros corazones y nos hace más semejantes a Cristo por medio de Su Espíritu.
Para Expandir El Reino De Dios
Hasta ahora no hemos hablado de cómo encajan los hijos en el propósito del matrimonio. Pero a lo largo de las Escrituras, los hijos son vistos como una recompensa, una alegría y algo por lo que debemos orar (Sal 113:9; 127:3; Gn 25:21). La esterilidad suele ser descrita alternativamente como un motivo de dolor o señal de disciplina (1S 1:6-7; Gn 20:18). Dios une a hombres y mujeres para que fructifiquen y se multipliquen, y llenen la tierra de otros portadores de Su imagen que le den gloria (Gn 1:22, 28).
Esto no significa que una pareja sin hijos esté pecando o se encuentre fuera de la voluntad de Dios. Algunas parejas son incapaces de concebir. Otras han optado por retrasar el momento de tener hijos por diversas razones. No podemos afirmar que los esposos deban tener hijos para sentirse verdaderamente realizados. No obstante, la familia sigue siendo uno de los contextos más seguros y satisfactorios en los que podemos formar discípulos para ser embajadores de Cristo conforme vayan creciendo.
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Discusión y reflexión
- ¿ Alguno de los propósitos del matrimonio que mencionamos en este capítulo es nuevo para ti? ¿Alguno de ellos representa un desafío particular para tu forma de entender el matrimonio?
- Si estás casado, ¿cómo tratas de mostrar estos propósitos? Si aún no estás casado, ¿cómo esperas manifestarlos?
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Parte II: ¿Para Qué Sirve El Matrimonio?
Es posible que algunas de las personas que lean esta guía de estudio estén solteras. Por eso, me gustaría abordar el período entre la amistad y el compromiso. ¿Cómo se puede atravesar esta etapa potencialmente incómoda, tensa y llena de ansiedad? ¿Tiene que ser tan confusa? ¿Existe algún proceso bíblico?
Como es evidente en mi historia inicial, no tenía ni la menor idea de lo que estaba haciendo cuando Julie y yo éramos novios. Sin embargo, después de acompañar a nuestros seis hijos a sus bodas, y de hablar con cientos de solteros, todo está mucho más claro que antes.
La Biblia describe tres tipos de relaciones básicas en la adultez: amistad, compromiso y matrimonio. Cada una conlleva algún tipo de obligación.
– En la amistad, nos comprometemos a servir al Señor y a los demás.
– En el compromiso, prometemos casarnos con alguien.
– En el matrimonio, nos comprometemos a cumplir los propósitos de Dios como marido o mujer.
Es tentador crear una nueva categoría en medio de las dos primeras. Incluso se nos pueden ocurrir algunos nombres diferentes: citas, cortejo, superamistad, predescubrimiento, tener un amigo especial, estar intencionalmente involucrado.
Comoquiera que lo llamemos, no se trata de algún tipo de estatus con privilegios especiales, como la intimidad física o la autoridad sobre los horarios del otro. Más bien, estamos inmersos en una nueva búsqueda que, con suerte, nos permitirá discernir la voluntad de Dios. En esencia, somos dos amigos comprometidos a descubrir si esa es la persona con la que queremos pasar el resto de nuestra vida. En lo que sigue, me gustaría explorar algunos principios que pueden guiarnos en este camino de descubrimiento.
Saber Lo Que Significa «Ser» Amigos
En las Escrituras, Dios nos dice específicamente qué tipo de amistades le glorifican; y esos mandamientos no pasan a ser irrelevantes al momento de evaluar si alguien podría ser o no un futuro cónyuge. En lugar de ello, se convierten en nuestro fundamento.
– «Hay amigos que llevan a la ruina, y hay amigos más fieles que un hermano» (Pro 18:24). Los amigos se preocupan por ti específica y personalmente.
– «En todo tiempo ama el amigo; para ayudar en la adversidad nació el hermano» (Pro 17:17). Los amigos no son inconstantes ni están solo mientras tengamos una buena temporada. Ellos permanecen en los momentos difíciles.
– «El perverso provoca contiendas y el chismoso divide a los buenos amigos» (Pro 16:28). Los amigos no murmuran ni calumnian unos de otros.
– «Más confiable es el amigo que hiere que los abundantes besos del enemigo» (Pro 27:6). Los amigos te dicen la verdad sobre de ti mismo para tu propio bien.
–«El perfume y el incienso alegran el corazón; la dulzura de un amigo proviene de su consejo sincero» (Pro 27:9). Las amistades se fortalecen y se endulzan con la conversación intencional.
Romanos 12:9-11 arroja aún más luz sobre cómo son las amistades que honran a Dios:
El amor debe ser sincero. Aborrezcan el mal; aférrense al bien. Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente. Nunca dejen de ser diligentes; antes bien, sirvan al Señor con el fervor que da el Espíritu.
En otras palabras, el enfoque principal de una amistad es el servir, no el ser egoísta; animar, no incitar; preparar, no juguetear. La amistad debe caracterizarse por la autenticidad, la piedad, el honor, el celo y el servicio. De hecho, cuanto más nos proponemos servir a los demás, más oportunidades encontramos para que las relaciones se desarrollen.
Pero ¿qué ocurre cuando conocemos a alguien, y pensamos que podría ser una posible pareja? Mucho antes de siquiera empezar a preguntarnos si es el indicado, tenemos que preguntarnos: «¿Podría ser yo el indicado para otra persona?». Si la respuesta es «no», entonces ni siquiera necesitas estar pensando en el matrimonio todavía.
En su libro Single, Dating, Engaged, Married [Soltero, en citas, comprometido, casado], Ben Stuart habla de estos dos enfoques en las relaciones. De acuerdo con él, la diferencia reside en una mentalidad de consumismo y una mentalidad de compañerismo. Como consumidor, pienso en lo que quiero, en lo que busco y en lo que me servirá. Es una perspectiva miope y egocéntrica que convierte a las personas en productos. Sin embargo, las personas no son productos. Son seres humanos hechos a imagen de Dios, a los cuales hay que respetar y valorar.
En contraste, una mentalidad de compañero piensa en que tiene algo que puede aportar a la relación; y se pregunta si puede contribuir significativamente a una vida junto a esa persona. No se trata simplemente de si cumple todos los requisitos.
Ahora, supongamos que estás en condiciones para comenzar a buscar pareja y, en algún momento, encuentras a una persona que te atrae. Puede ser por su piedad, su risa, su apariencia, su humildad, o la manera en que sirve. Te gusta esta persona y quisieras estar más tiempo con ella.
Lo que sigue se aplica de diferente manera para hombres y mujeres. Esto es debido a que, generalmente, los hombres son los que inician, y las mujeres las que responden. Pero vamos a ver seis características de este tiempo de búsqueda y exploración que servirán para ambos génerosю
- Busca con Humildad.
No es inusual que una pareja pase mucho tiempo en una relación antes de considerar la posibilidad de pedir consejo. Tal vez confiamos demasiado en nosotros mismos, no queremos que otros nos digan que la relación es una mala idea o estamos entusiasmados porque realmente le gustamos a alguien. Sin embargo, las Escrituras nos dicen: «Necio es el que confía en sí mismo; el que actúa con sabiduría se pone a salvo» (Pro 28:26).
El número de solteros que humildemente han buscado un consejo acerca de una nueva relación es muy pequeño en comparación con aquellos que lo han hecho por su cuenta. Lamentablemente, estos últimos suelen terminar en el egocentrismo, la tristeza o el pecado.
Pregúntale a tus amigos, padres, líder de grupo o pastor si ellos piensan que es sabio considerar una relación con esta persona. Manténlos informados para que puedan ayudarte a rendir cuentas, animarte y orar por ti. Finalmente, asegúrate de preguntarle a personas que sean brutalmente honestas contigo. - Busca con Oración.
Santiago promete: «Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie» (Stg 1:5). Explorar las posibilidades de casarse con alguien requiere mucha sabiduría. Sin embargo, es importante distinguir entre la oración para pedir sabiduría y la oración para que Dios convierta a alguien en tu futuro cónyuge. He conocido a personas que solo oraban para que su relación desembocara en el matrimonio. Pero eso no es orar por sabiduría; es pedir un resultado. La oración humilde dice que estamos dispuestos a escuchar a Dios para discernir si una persona en particular podría o no ser nuestro cónyuge. - Busca con Integridad.
Dios nos dice en Su Palabra que: «Quien se conduce con integridad anda seguro; quien anda en caminos perversos será descubierto» (Pro 10:9). Caminar con integridad significa ser muy claro con respecto a lo que está sucediendo en tu relación.
Una joven (o un joven) no debería estar preguntándose por qué de repente están pasando tanto tiempo juntos. Debería haber una conversación. El hombre debe dejar en claro que quiere averiguar si Dios tiene la intención de que esta relación conduzca al matrimonio; que quiere buscar conocer más, no intimar más. Y como padre de cuatro niñas, puedo asegurarte que, en la mayoría de los casos, es muy útil hablar con el padre de la joven para comunicarle tus intenciones.
A medida que la relación se desarrolla, hablen de cómo van las cosas y de cuáles son los siguientes pasos. ¿Se están viendo demasiado? ¿O muy poco? Conversen sobre las cosas que los animan y también sobre las que les preocupan. Asimismo, puede ser útil tener momentos en los que no haya comunicación, para que cada uno tenga el espacio necesario para procesar la relación.
Si surgen señales de alarma o dudas, deberían hablar de ellas abierta y honestamente. Aún no se han comprometido a una relación para toda la vida. Y si las preocupaciones son serias, como diferencias teológicas u opciones de estilo de vida, y no pueden resolverse, pueden terminar la relación como amigos. «Una respuesta sincera es como un beso en los labios» (Pro 24:26). Puede que no sea el tipo de beso que ninguno de los dos tenía en mente, pero con el tiempo ambos agradecerán haber caminado en la luz y haber compartido sus pensamientos abierta y sinceramente. - Busca con Pureza.
La confusión en el terreno de la pureza es uno de los mayores obstáculos para disfrutar de un tiempo de descubrimiento que glorifique a Dios. Pero las Escrituras nos indican que cualquier tipo de despertar sexual entre un hombre y una mujer está reservado para el pacto del matrimonio. En 1Tesalonicenses 4:3-6 se nos dice que no debemos andar en la pasión de la lujuria como lo hacen los incrédulos; que pecar en esta área afecta a otros, y que la pureza sexual es un asunto serio ante los ojos de Dios. Debemos hacer morir cosas como «inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos y avaricia, la cual es idolatría» (Col 3:5). Y Pablo le dice a Timoteo que trate «a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza» (1Ti 5:1-2).
Establece directrices claras y cúmplelas. Durante nuestro compromiso, Julie y yo nos propusimos no hacer nada que pudiera provocar a ninguno de los dos. Eso podía significar algo tan inocente como tomarnos de la mano. En ocasiones, el mero hecho de estar cerca del otro puede ser demasiado. ¡Con cuánta más razón hay que tomar precauciones y ejercitar el autocontrol!
Dios no quiere que nos engañemos en esta área. Las interacciones estimulantes nos afectan físicamente y están diseñadas para llevarnos a más de lo mismo. Dios estableció las cosas de esa manera para asegurar que las relaciones sexuales en el matrimonio continúen y así poblar la tierra.
El libro de Proverbios está lleno de advertencias para aquellos que no se toman en serio la prohibición de Dios contra el pecado sexual. Si puedes sentarte al lado de la otra persona en un apartamento a solas por la noche durante dos horas y no pasa nada, no pienses por eso que estás por encima de la posibilidad de caer. Sentirse orgulloso de poder manejar una posible tentación suele ser solo el preludio para una tentación que no se puede manejar (Pro 16:18). Dios nos advierte bondadosamente en Proverbios 6:27-28: «¿Puede alguien echarse brasas en el pecho sin quemarse la ropa? ¿Puede alguien caminar sobre las brasas sin quemarse los pies?».
En caso de duda, busca honrar a Cristo, no pongas a prueba tus límites.
Y recuerda que, aunque la sangre de Cristo nos asegura el perdón total de todos y cada uno de nuestros pecados, también significa que hemos sido comprados por un precio, así que glorifica a Dios en tu cuerpo (1Co 6:20). - Busca con Intención.
Explorar una relación con una posible pareja implica algo más que salir juntos. Aprende todo lo que puedas sobre la otra persona; esto te permitirá discernir si se trata de tu futuro cónyuge. Ahora es el momento para hacer todas las preguntas que se te puedan ocurrir, y luego hacer algunas más.
¿Es cristiano? ¿Entiende y aplica el evangelio? ¿Qué piensan de la Palabra de Dios? ¿Hasta qué punto participa en la iglesia? ¿Qué dicen sus amigos de esa persona? ¿Cómo resuelven los conflictos? ¿Cuáles son sus objetivos, aficiones e intereses? ¿Cómo se relacionan con sus hermanos? ¿ Qué opinión tiene de los roles masculino y femenino ? ¿Cuál es su historial de salud? ¿Cómo manejan el pecado, el desánimo y la decepción? ¿ Qué rumbo toma su vida?
Y esto es solo para empezar. A medida que tus preguntas sean contestadas, Dios confirmará tu atracción o te guiará a terminar la relación. - Busca con Fe.
A menudo he hablado con adultos que están solteros y se preguntan si tendrán la oportunidad de conocer a alguien, o que tienen temor en su relación actual. No obstante, Dios está deseoso de guiarnos a través de este tiempo y quiere que tengamos fe en que nos hablará con claridad a medida que la relación progresa.
¿Y hacia dónde se dirige esa fe? Para un hombre, significa que cree que Dios le confirmará si ha encontrado a la mujer que quiere guiar, cuidar, querer, proveer y proteger para el resto de su vida (Ef 5:25-33; 1P 3:7; Pro 5:15-19; Col 3:19). Para una mujer, significa que Dios le confirmará si ha encontrado al hombre al que quiere servir, respetar, amar, honrar, someterse, animar y apoyar el resto de su vida (Ef 5:22-24; 1Pe 3:1-6; Col 3:18).
Hacer más preguntas debería servir para confirmación o preocupación. Si es esto último, la pareja puede separarse con fe, sabiendo que Dios les ha librado de una relación potencialmente difícil y seguirá guiándoles en Su perfecta voluntad.
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Discusión y reflexión
- Si eres soltero, ¿ha habido algo en esta sección que te haya ayudado a corregir tu forma de buscar pareja? ¿Qué podrías hacer de manera diferente a partir de ahora?
- Si estás casado, ¿de qué manera podrías animar a las personas solteras que conoces a buscar una pareja con humildad, oración, integridad, pureza, intención y fe?
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Parte III: ¿Cómo Encuentro Pareja?
Han pasado casi cincuenta años desde que Julie y yo decidimos que casarnos era la voluntad de Dios para nosotros. Uno podría preguntarse cómo un matrimonio que comenzó como el nuestro pudo sobrevivir e incluso prosperar a través de los desafíos, sufrimientos y obstáculos inesperados que toda pareja enfrenta.
A lo largo de los años, Dios ha contribuido a nuestro crecimiento a través de diversos medios, como nuestra participación en la iglesia local y el ejemplo y consejo de amigos. Pero sin lugar a dudas, el factor más importante ha sido el evangelio. El evangelio nos dice que Dios nos creó para vivir en una amorosa amistad con él. Sin embargo, lo rechazamos y merecemos ser juzgados por nuestro orgullo, egocentrismo y rebeldía. Es por esta razón que Dios envió a Jesús, Su Hijo, para que recibiera el castigo que merecíamos y nos reconciliara consigo para siempre. Para quienes creen en esa buena noticia, es seguro que un día se encontrarán con Dios, pero no como el juez que los condena a un castigo eterno, sino como el Padre que los acoge en la felicidad eterna.
Un matrimonio cristiano no es igual a ningún otro matrimonio debido a que el hombre y la mujer han experimentado la gracia que Dios les ha dado a través del evangelio. Ninguno de los dos aborda su relación con sus propias fuerzas, sino que se benefician de lo que Jesús hizo por ellos y en ellos a través de Su vida, muerte y resurrección.
Pero ¿cómo es eso exactamente? ¿Y cuáles son los efectos de olvidar o no aplicar el evangelio en nuestro matrimonio?
Para responder a estas preguntas, vamos a examinar tres maneras concretas en las que el evangelio cambia nuestro concepto de lo que significa ser marido o mujer.
El Evangelio Cambia Nuestra Identidad
Cuando nos casamos, muchas cosas cambian en nosotros. Nos encontramos en una nueva relación, una nueva familia, un nuevo hogar y, en muchos sentidos, también tenemos una nueva identidad. Ya no somos solteros, somos la mitad de una «pareja». Ahora somos un marido y una esposa.
Con todo, en lo más fundamental nuestra identidad sigue siendo la misma. Estamos «en Cristo».
He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio Su vida por mí (Ga 2:20).
De manera similar, Pablo le dice a los colosenses:
Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria (Col 2:3-4).
Cristo es nuestra vida cuando estamos solteros y lo sigue siendo cuando estamos casados. Cristo es nuestra vida si nuestro cónyuge muere o si nos divorciamos. Sin necesidad de borrar nuestra personalidad, temperamento, historia o rasgos de carácter, ahora nos hemos convertido en una persona nueva en Cristo: «Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!» (2Co 5:17).
A pesar de ello, a veces pensamos que nuestra identidad es algo ajeno a la persona de Cristo. Un ejemplo de esto es en lo que respecta a nuestro pasado. Principalmente nos consideramos como la persona que siempre hemos sido: el producto de nuestra familia, experiencias, personalidad y cultura. Ciertamente, nuestro pasado familiar nos afecta. Sufrir malos tratos durante la infancia, ser criado por un padre soltero o ser menospreciado de niño puede influir en la forma en la que nos relacionamos con nuestro cónyuge.
Sin embargo, nuestro pasado no es nuestra identidad. Podemos ser influenciados por él; asimismo, puede explicar por qué nos sentimos tentados o hacer que tengamos una afinidad por aquellos que crecieron como lo hicimos nosotros. Nuestro pasado puede explicar muchas cosas. Pero ese pasado no es lo que somos. Pablo dice en 1 Corintios 6:9-11:
¡No se dejen engañar! Ni los inmorales sexuales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sodomitas, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y eso eran algunos de ustedes. Pero ya han sido lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios (énfasis añadido).
El evangelio tiene el poder de transformarnos de tal manera que ya no nos dominen las cosas por las que hemos pasado.
Nuestro pasado no es nuestra identidad: Cristo lo es.
Otro lugar donde podríamos estar buscando nuestra identidad es en nuestro papel como esposa o esposo. Para nosotros, el rol que desempeñamos en el matrimonio es único e incluso superior. Sin embargo, como vimos antes, aunque las distinciones en las funciones de cada uno son reales, ellas solo reflejan el diseño misericordioso de Dios y no determinan nuestro valor ante Él (Ga 3:28).
Por otra parte, uno de los efectos de arraigar nuestra identidad en el evangelio es que nos libera del pecado de la comparación. Muchos problemas de «comunicación» son en esencia problemas de «competencia». No estamos buscando una solución, estamos buscando una victoria. Estamos compitiendo con nuestro cónyuge, en lugar de hacerlo por nuestro cónyuge. No obstante, Pedro nos recuerda que juntos, marido y mujer, son herederos de «la gracia de la vida» (1P 3:7).
Una pareja nos aconsejó sabiamente al principio de nuestro matrimonio que «lucháramos contra el problema, no contra el otro». El «problema» podría ser el juzgar pecaminosamente, el orgullo, la ira, la falta de precisión en la información, un mundo que trata de exprimirnos en su molde, o el temor al hombre. Podemos librar esa batalla juntos, como colaboradores, no como competidores, porque somos coherederos con Cristo. Él se lleva la gloria, nosotros los beneficios.
Más que cualquier otra cosa, saber que nuestra identidad está en Cristo nos permitirá abordar los problemas, desafíos, pruebas y dificultades de la vida con paz, cooperación y gracia. Pero eso no significa que nunca vayamos a pecar el uno contra el otro.
Y esto nos lleva a un segundo efecto que el evangelio debería tener en nuestros matrimonios.
El Evangelio Cambia Nuestra Forma De Comprender El Perdón
El perdón puede parecer uno de los obstáculos más difíciles de superar en el matrimonio. Por lo general, esperamos que las cosas vayan bien, que nos llevemos bien, que nuestro cónyuge esté de acuerdo con nosotros. Suponemos que nunca pecarán; sin embargo, lo hacen.
A veces, perdonarlos se vuelve difícil y, lo que es peor, nuestra falta de perdón se siente justificada: sentimos que han pecado contra nosotros, nos consideramos justos y creemos que merecen ser castigados. Incluso podemos llegar a pensar que tenemos derecho a echarles en cara sus pecados.
Esto es así porque cuando alguien peca se crea un desequilibrio. No se hace justicia. Alguien está en deuda y hasta que no se pague esa deuda, las cosas no pueden estar bien.
Por eso recurrimos a diferentes estrategias para corregir las cosas por nuestra cuenta:
Ira: arremetemos con nuestras palabras o castigamos con nuestros gestos.
Aislamiento: Nos alejamos o nos retraemos emocional y/o físicamente.|
Autocompasión: Pensamos «realmente no le importo».
Indiferencia: Comunicamos: «realmente no me importas».
Discusiones: Nos oponemos a través de la confrontación, la lógica forzada, y las palabras fuertes.
Mantener un registro de errores: Creemos que nos hemos ganado el derecho a «ganar» en esta ocasión.
Ninguna de las anteriores son formas en las que Dios quiere que resolvamos los conflictos. Pero de alguna manera, seguimos adelante. Alguien murmura una disculpa rápida. Te ríes. O haces como si nunca hubiera ocurrido. Pero en realidad nada ha cambiado y la situación nunca se resolvió.
Solamente el evangelio puede tratar con la falta de perdón de una manera completa y duradera. Y es debido a que Dios nos dice que perdonemos a los demás tal y como él nos ha perdonado a nosotros.
De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes (Col 3:13).
De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes (Col 3:13).
La doctrina de la justificación por gracia mediante la fe se encuentra en el corazón mismo de lo que hace que un matrimonio funcione de la forma en que Dios lo diseñó. La justificación crea paz con Dios verticalmente a pesar de nuestro pecado. Y cuando se experimenta horizontalmente, crea una paz libre de vergüenza entre un hombre y una mujer imperfectos 1
¿Cómo podemos experimentar la «paz libre de vergüenza» de la que habla? Recordando que el Señor nos ha perdonado.
Completamente. «Ustedes estaban muertos en sus transgresiones. Sin embargo, Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados» (Col 2:13). Dios no perdona algunos de nuestros pecados, o unos cuantos, o la mayoría. Tampoco perdona solo los más pequeños e insignificantes: sino que los perdona todos. Así mismo, nosotros podemos perdonar todos los pecados de nuestro cónyuge.
Definitivamente. Cristo «después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios» (Heb 10:12). Dios no trae a colación los pecados de los que nos hemos arrepentido; jamás nos los saca en cara. Tampoco los guarda en un registro para luego utilizarlos como si fueran un arma en el calor de una discusión. Al contrario, somos definitivamente perdonados.
De todo corazón. Dios no nos perdona a regañadientes, deseando no tener que hacerlo. Y tampoco murmura a medias: «te perdono». Él no es de los que finge que no ha pasado nada. El escritor de Hebreos nos dice que Jesús, «por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba» (Heb 12:2). El Señor perdona con todo Su corazón y toda Su alma, alegrándose de la relación restaurada, como un padre que recibe a su hijo pródigo (Lc15:20).
Sin merecerlo. Dios no nos pide que demostremos que merecemos el perdón, ni que saltemos a través del aro. Tampoco espera que le probemos que estamos realmente arrepentidos. Su perdón no tiene nada que ver con nosotros pero sí todo que ver con Él. «Nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por Su misericordia» (Tit 3:5).
Es la misericordia de Dios, no nuestro mérito, lo que hace que nos perdone.
En este punto es importante aclarar que estamos hablando del perdón de todo corazón, no de situaciones que impliquen abuso, injusticia o una continua falta de arrepentimiento que tenga consecuencias. Asimismo, perdonar no es lo mismo que restablecer la confianza o reconciliarse por completo. Eso puede necesitar más conversaciones y acciones.
Con todo, en la mayoría de las ocasiones en que alguien ha pecado contra nosotros, Dios nos llama a considerar cuán grandes han sido nuestros propios pecados contra Él, y cómo nos ha perdonado, para que de esta manera estemos dispuestos a perdonar de corazón. Y es que, a la luz de esa realidad, todo cambia. Terminamos dándonos cuenta de que necesitamos el perdón mucho más que nuestro cónyuge. Nuestros pecados ante Dios son mayores que los que ellos han cometido contra nosotros; y Jesús ha pagado por los pecados de ambos.
Nada de esto significa que podamos exigirle a nuestro cónyuge que nos perdone. Por lo general, es muy difícil hacer que nuestro cónyuge nos perdone si no hemos hecho un buen trabajo confesando nuestros pecados.
Una confesión que lleva al perdón y a la reconciliación no es accidental. Después de cada clara ofensa deberías proponerte hacer al menos estas cuatro cosas:
- Nombrar mis pecados. Llámalos por sus nombres bíblicos: «fui orgulloso, duro, poco amable, egoísta». No: «me sentí un poco apagado, hipersensible o cometí un error».
- Aceptar mis pecados. No excusarlos, justificarlos o culpar a otro por ellos.
- Expresar dolor por mis pecados. Lamentar lo que hiciste es señal de que hay convicción del Espíritu.
- Pedir perdón por mis pecados. Un «me disculpo» no es tan significativo como un sencillo «¿me perdonas?» cuando quieres arreglar las cosas.
Todo este proceso puede tomar 15 segundos o dos horas, dependiendo de la naturaleza de la ofensa (u ofensas), y de lo que seamos capaces de ver en el momento. Es posible que, de hecho, requiera más de una conversación. En unas ocasiones, tú serás el cónyuge que necesite perdonar, y en otras, el que necesite pedir perdón. Pero para todos nosotros, el evangelio dice palabras de esperanza, consuelo, humildad y seguridad, para que así podamos perdonar tal y como hemos sido perdonados.
El Evangelio Cambia Nuestra Comprensión De La Transformación
En ocasiones, en el matrimonio existen patrones de comportamiento que no parecen cambiar, ya sean pecaminosos o no. Puede tratarse de algo tan simple como siempre llegar tarde, no recoger la ropa, ponerse a la defensiva o conducir mal. O algo más serio como usar pornografía, la mundanalidad, o la amargura. Fuera del evangelio, el cambio parece imposible. Lo mejor que podemos hacer es clavar los frutos en las ramas mientras nuestras raíces se marchitan.
Pero Dios verdaderamente nos ha transformado, y es el evangelio el que permite que ese cambio se haga realidad de tres maneras.
- El Evangelio nos da la motivación correcta. Ahora nuestro objetivo es agradar a Dios. No buscamos la interminable superación personal para sentirnos orgullosos de lo buenos esposos o esposas que somos. Generalmente, eso nos lleva al agotamiento o a la arrogancia.
Tampoco buscamos cambiar solo para mantener feliz a nuestra pareja. Si bien es un objetivo valioso, no es el objetivo final. Puede ocurrir que acabemos sintiéndonos atrapados, sin estar nunca a la altura de las expectativas de nuestro cónyuge.
Además, debido a la muerte de Jesús, ya no vivimos para nosotros mismos, sino «para aquel que murió y resucitó» por nosotros (2Co 5:15). En otras palabras, hemos sido liberados para agradar a Dios. Como nos dice Pedro, Jesús «llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia» (1P 2:24). - El evangelio nos da la gracia suficiente para cambiar. Esa gracia viene de saber que nuestros pecados y fracasos han sido perdonados. Después de que Pedro nos anima a crecer en virtudes piadosas, explica lo que debemos recordar para que se dé ese crecimiento:
Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor… En cambio, el que no las tiene es tan corto de vista que ya ni ve y se olvida de que ha sido purificado de sus antiguos pecados» (2P 1:5-7, 9).
Nuestro crecimiento en las virtudes piadosas depende de recordar el perdón que hemos recibido a través del evangelio. No estamos en una rutina interminable de fallar y pedir perdón por los mismos pecados, sin la esperanza de cambiar alguna vez. Podemos cambiar porque hemos sido crucificados con Cristo, y ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros. Tenemos una nueva dirección, nuevas esperanzas, nuevos deseos y un nuevo destino. Realmente hemos sido liberados del poder y del dominio del pecado. - El Evangelio nos da la fuerza para perseverar. Podemos perseverar porque sabemos que Dios está decidido a conformarnos a la imagen de Su Hijo (Ro 8:29-30). Dios será fiel a lo que ha determinado hacer. No nos dejará abandonados.
Por último, esta es una batalla que la gana Dios, no nosotros. Él está defendiendo la obra de Su Hijo, demostrando que Su sacrificio en la cruz, realizado una vez para siempre, fue suficiente para rescatar «gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación… [y de ellos hacer] un reino… sacerdotes al servicio de Dios, …[para que reinen] sobre la tierra» (Ap 5:9-10).
Dios está infinitamente más atento a la fortaleza de nuestros matrimonios que lo que estamos nosotros.
Así que no demos por sentada la mayor esperanza y el mayor poder que Dios nos ha dado. No dejemos de acudir a los medios que Él nos ha dado en el evangelio para encontrar nuestra identidad, perdón y transformación.
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Discusión y reflexión:
- ¿De qué manera esta sección desafió tu propia comprensión del evangelio y la forma en que debe afectar tu vida?
- ¿De qué manera el evangelio debe transformar tu matrimonio u otras relaciones en tu vida?
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Parte IV: La Diferencia Que El Evangelio Hace En Tu Matrimonio
Hasta ahora hemos examinado el propósito que Dios tiene para el matrimonio: lo que pretende conseguir a través de él, cómo pasar de la amistad al compromiso con fe y paz, y el papel fundamental que el evangelio desempeña en nuestro matrimonio.
En esta sección final, hablaremos del matrimonio a largo plazo. Para mí, una de las ventajas de haber estado casado durante varias décadas, es poder mirar hacia atrás y reconocer cómo Dios, actuando siempre de maneras específicas en cada etapa, mostraba la gloria de la relación de Cristo con Su Iglesia.
He dividido esas etapas en los primeros años (1–7), los años intermedios (8–25) y los últimos años (26+). Estas divisiones son un tanto arbitrarias, con algunas redundancias. Sin importar la etapa en la que nos encontremos, los mandamientos y las promesas de las Escrituras no cambian. Siempre necesitamos estar sometidos a la Palabra de Dios, arraigados en el evangelio y fortalecidos por el Espíritu de Dios en el contexto de la iglesia local. Y las prioridades en cada una de las distintas etapas no estarán ausentes en las otras.
En lo personal, a medida que Julie y yo miramos hacia atrás, nos damos cuenta de que algunos aspectos de nuestro matrimonio que estuvieron presentes en los primeros años, contribuyeron al crecimiento en los últimos. Ha sido una especia de efecto acumulativo.
Por ello, veremos dos prioridades en las que debemos enfocarnos en cada etapa, y que nos ayudarán a fortalecer nuestros matrimonios a largo plazo.
Los Primeros Años (1–7): Confianza y Humildad
La prioridad más importante a desarrollar en los primeros años es la confianza. Normalmente, las nuevas parejas están llenas de miedo e incertidumbre. ¿Cómo resultarán las cosas? ¿Realmente conozco a mi cónyuge tan bien como creo? ¿He tomado la decisión correcta? ¿Qué garantiza que nuestro matrimonio dure? Quizá te hayas hecho alguna de estas preguntas. El lugar al que acudimos en busca de respuestas revela en qué confiamos, y esa confianza es esencial.
La confianza más importante que debemos desarrollar es la confianza en Dios. El salmista nos exhorta: «confía en él siempre, derrama ante él tu corazón, pues Dios es nuestro refugio» (Sal 62:8). En nuestros primeros años, Julie y yo tuvimos que confiar en que Dios nos había unido, que era soberano, que el divorcio no era una opción, y que en Su libro estaban escritos cada uno de los días que fueron formados para nosotros, aun cuando todavía no existía ninguno de ellos (Sal 139:16).
Ese tipo de confianza es cultivada y alimentada cuando pasamos tiempo en la Palabra de Dios, meditando en promesas como estas:
Yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes (Job 42:2).
Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús (Fil 1:6)
Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor (Ro 8:38-39).
Pero además debemos desarrollar otro tipo de confianza, la horizontal: aprender a confiar el uno en el otro.
La confianza es algo que se construye con el tiempo dentro del matrimonio. Nos vamos conociendo, vamos aprendiendo cuáles son nuestros patrones de pecado, cómo respondemos en las crisis, cuáles son nuestras convicciones fundamentales; vamos descubriendo hasta qué punto nos conocemos a nosotros mismos.
En los primeros años, las parejas construyen la confianza o la destruyen. Un marido le inspira confianza a su mujer para que le crea, o la convence de que eso es una tontería. Recuerdo muy bien cuánto deseaba impresionar a Julie, diciéndole que tenía todo bajo control, en lugar de reconocer mis limitaciones. A veces le decía: «Solo confía en mí en esto». Como era de esperarse, eso no fortaleció su fe.
Éste es el problema: los hombres podemos llegar a pensar que automáticamente somos dignos de respeto y sumisión por el mero hecho de ser el marido. Pero ese respeto, esa sumisión, y esa confianza nunca pueden ser exigidos. Esto no le resta nada al mandato de Dios a la esposa de respetar a su esposo, pero el esposo tiene que esforzarse por ser digno de confianza.
Chad y Emily Dixhoorn destacan esto cuando escriben: «Se nos dice cuáles son los deberes de cada uno con el propósito de que disfrutemos de nuestra labor, tal como la Escritura lo dice, en otro contexto, para los ministros y los miembros de la iglesia» (Heb 13:17). 2
Así que, en lugar de decirle a tu mujer: «confía en mí», tu prioridad es trabajar para llegar a ser un hombre de palabra, un hombre íntegro. En otras palabras, un hombre en quien se puede confiar.
Construir la confianza requiere centrarse en una segunda área en tus primeros años: la humildad.
El matrimonio te coloca en un contacto constante con alguien que piensa de forma diferente a ti en numerosas áreas, y eso a menudo provoca conflictos, confusión, amargura, el juicio pecaminosamente, etc. En esos momentos, lo que realmente necesitamos es la gracia de Dios. Y Dios nos dice cómo podemos obtenerla: «Revístanse todos de humildad en su trato mutuo, porque: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes» (1P 5:5).
La humildad es la base para todo lo demás que Dios quiere hacer en nosotros a través de nuestro matrimonio. Ahora bien, ¿cómo es realmente la humildad? Creo que tiene que ver con al menos tres cosas:
Autorevelación. La humildad implica reconocer que tu pareja no tiene el don espiritual de leer la mente. En lugar de esto, la humildad se manifiesta en ofrecer voluntariamente información sobre lo que sientes, lo que piensas, lo que te está costando trabajo, lo que anticipas, lo que planeas y lo que te hace sentir débil o confundido. «El que vive aislado busca su propio deseo, contra todo consejo se encoleriza» (Pro 18:1 LBLA).
Buscar consejo. El principio de la sabiduría es este: «adquiere sabiduría, y con todo lo que obtengas adquiere inteligencia» (Pro 4:7 LBLA). Es prudente hablar con tu cónyuge de cosas importantes, como si debes o no aceptar un trabajo, cuándo comprar una casa, cuándo tener hijos o si debes seguir estudiando. Pero es igualmente sabio pedir su opinión acerca de decisiones más pequeñas, como la mejor manera de llegar a un sitio, cómo limpiar una habitación, la forma correcta de pintar, cómo y dónde guardar las cosas (todas ellas áreas de experiencia personal). Y esas suelen ser las conversaciones más difíciles que se pueden tener.
Recibir consejo. En ocasiones, nuestra pareja nos da un consejo que no habíamos pedido. Pero sin importar la forma en que se nos ofrezca ese consejo, es sabio recibirlo. «Al necio no le complace la inteligencia; tan solo hace alarde de su propia opinión» (Pro 18:2). Humildad significa considerar la perspectiva de nuestro cónyuge y estar abierto a la posibilidad de que nuestro punto de vista pueda estar equivocado, incluso cuando estamos 99,9 por ciento seguro de que no es así. Así es la humildad.
Los Años Intermedios (8-25): Búsqueda y Perseverancia
En el excelente libro de Gary y Betsy Ricucci, Love That Lasts: When Marriage Meets Grace, Betsy escribe: «Todos sabemos que la rutina diaria y la familiaridad del matrimonio pueden transformar gradualmente la devoción apasionada en algo más parecido a una tolerancia cómoda». 3
Los años intermedios encierran un gran potencial para la tolerancia cómoda o la amargura incómoda. Estos son los años en los que las obligaciones crecen, los compromisos son cada vez mayores, las agendas están repletas, hay responsabilidades laborales, se avanza en la carrera profesional y se dispone de menos tiempo libre. Además, si se tienen hijos, los efectos se multiplican. A veces esto es lo único que podemos hacer en el día.
Sin embargo, nuestros corazones están siendo moldeados durante estos años, ya sea hacia el Señor y Sus propósitos, o hacia nosotros mismos y nuestros propósitos. Poco a poco nos estamos convirtiendo en la pareja de esposos que vamos a ser a través de hábitos, patrones de comportamiento y prácticas repetidas.
Por lo general, las parejas que se divorcian después de décadas de matrimonio ya estaban separadas en el corazón mucho antes de estarlo en el papel. Es por esa razón que Proverbios 4:23 nos instruye: «Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida». Otra forma de decirlo es: «Ama las cosas correctas». Por lo tanto, las dos palabras que pueden describir nuestra prioridad durante estos años son búsqueda y perseverancia.
Consideremos primero la búsqueda. Aunque hay aspectos de nuestras vidas que siempre debemos procurar cuidar —nuestra relación con Cristo, nuestra iglesia, y nuestra familia— me gustaría resaltar tres categorías en las que los esposos deben poner su esfuerzo. Todas ellas tomadas de Efesios 5 y 1 Pedro 3.
Busca entregar tu vida. Después de nuestra relación con el Señor, nuestra mayor búsqueda durante estos años debe ser aprender a renunciar a nuestras preferencias, comodidad y egocentrismo por amor a nuestras esposas. Aún seguimos siendo llamados a liderar, proteger, guiar e instruir nuestro hogar. Pero hacemos esto con el corazón dispuesto a entregar nuestras vidas, y no a insistir en hacer lo que nos plazca.
Es importante que pensemos primero en las preocupaciones, los pensamientos, los sentimientos, las dificultades, las luchas y las pruebas de nuestra esposa. Y un buen consejo es que al llegar a casa del trabajo, en nuestro día libre o cuando surja algún inconveniente, en lugar de asumir que «ella puede ocuparse de sus cosas», queremos ser los primeros en actuar.
Puede que constantemente fallemos en este intento. Pero, por la gracia de Dios, podemos seguir avanzando en la disposición de dar la vida por ella.
Busca crecer en comprensión. Pedro les dice a los esposos: «sean comprensivos en su vida conyugal, cada uno trate a= su esposa con respeto, ya que como mujer es más delicada y ambos son herederos del grato don de la vida» (1P 3:7). ¿Por qué? Porque a menudo los conflictos en el hogar se deben a que el marido pone todo su empeño en hacer que su mujer entienda su punto de vista.
Vivir con tu mujer de forma comprensiva implica hacerse preguntas como:
¿Cómo ha sido su día?
¿Qué desafíos le plantea mi horario?
¿Cuáles son sus sueños?
¿Con qué cosas está luchando espiritualmente?, ¿en la relación?
¿Cuál es su capacidad? ¿Qué es lo que le hace descansar?
¿Qué cosas le alegran la vida? ¿Qué la entristece?
Recuerdo que hubo una época en nuestro matrimonio en la que solo escuchaba a Julie cuando ella rompía a llorar. Eso no era vivir con ella de forma comprensiva. Trata de tomar un momento de la próxima semana, sin prisas, y pregúntale a tu esposa: «¿Cuál es un aspecto de tu vida que crees que no entiendo muy bien?». Luego pregúntale más sobre su respuesta. Trata de profundizar. Busca una mayor comprensión.
Busca un afecto creciente. No creas que el fuego de la pasión debe apagarse o que la emoción de estar casados se desvanece con el paso de los años. El amor de Cristo por la Iglesia nunca fluctúa ni disminuye; tampoco pierde su celo, ni cambia ni se extingue.
Efesios 5:29 dice que Él «alimenta y cuida» a Su esposa. Su amor es siempre ferviente y apasionado; y de igual manera debería ser nuestro amor por ellas.
Nuestra cultura nos dice que el amor es algo pasajero, que viene y va, que depende en gran parte de cómo nos sintamos y de si la otra persona es digna o no de ser amada. Dios nos dice: «En esto conocemos el amor: en que Él puso Su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1Jn 3:16 LBLA).
Por alguna razón a Julie le costaba creer que yo realmente la amaba, aun después de casarnos. Pasaron 20 años antes de que Dios hiciera una obra sustancial en su corazón para permitirle creer que sí lo hacía, y desde entonces he estado tratando de crecer en ese amor. Estas son algunas de las maneras en las que he buscado cultivar el afecto:
– Veladas románticas. Nunca son fáciles, pero hacerlo a un ritmo regular facilita las cosas. Las citas no tienen por qué ser caras, ni siquiera fuera de casa. Pero salir puede darles una perspectiva fresca de la relación.
– Acariciarse. ¿Te has fijado alguna vez en que los recién casados siempre se están acariciando? Son conscientes de la emoción, del regalo, de la presencia. Nunca debemos perder esa emoción de tomar la mano de la persona para la que Dios nos creó.
– Besarse. Besar es un acto íntimo que está destinado tanto a expresar como a estimular el deseo romántico. No desperdicies tus besos. Julie y yo tenemos la costumbre de besarnos cuando alguno se va, o cuando nos saludamos. Las muestras públicas de afecto entre esposos son buenas.
– Fotos. Por lo general, siempre llevo fotos de mi esposa en el móvil, el ordenador, el iPad y el reloj. Eso me ayuda a admirar y apreciar la belleza de mi mujer.
– Conversaciones. Han sido muchas las ocasiones en las que los mensajes de texto no son suficientes. Las llamadas o, mejor aún, FaceTime, nos han acercado cuando estamos separados.
Es posible que destaques en otras maneras de demostrar afecto, como escribir cartas, dar regalos, comprar flores o usar nombres cariñosos para el otro. Haz lo que sea necesario para demostrarle a tu esposa que es única y valiosa.
Una segunda prioridad para los años intermedios es la perseverancia. Durante estos días de horarios apretados, carreras exigentes, una familia creciente y compromisos cada vez mayores, a veces puede parecer que no se está logrando nada significativo. La vida puede convertirse en rutinas banales y todo empieza a parecer una lista interminable de tareas pendientes. Esto es especialmente cierto para una esposa que también es madre.
Es probable que estés anhelando algo más aventurero, más sorprendente, más original, más estimulante, más productivo, más… algo; y te estés preguntando, ¿es esto todo lo que hay?
Pero déjame enseñarte lo que están haciendo.
Como marido y mujer están viviendo aquello para lo que Dios los creó. Están modelando una relación de importancia cósmica: la relación entre Cristo y Su esposa. Además, están mostrando un amor basado en un pacto, no en simples sentimientos, y que dice: «Te seré fiel hasta la muerte».
Las esposas están mostrando cómo la sumisión y el respeto gozosos y llenos de fe son valiosos. Especialmente, ante un mundo que piensa que solo puedes ser verdaderamente feliz si nadie te dice lo que tienes que hacer. Asimismo, los maridos le están mostrando a nuestra cultura cómo es un liderazgo amable, fuerte, claro, piadoso, amoroso y sacrificado.
Como padres, ambos les están mostrando a sus hijos que son valorados, amados, cuidados y protegidos. También les están enseñando que hay un Dios, que Él los hizo y que fueron creados para Su gloria. Ustedes se enfrentan con firmeza a la ola de confusión de género en nuestra cultura, criando niñas y niños que se deleitan en el plan de Dios. Están construyendo una cultura evangélica que marcará a varias generaciones.
Son parte de la iglesia, y valoran el reunirse cada semana, siendo edificados en el cuerpo de Cristo como testimonio de lo que Dios está haciendo en la tierra.
Y es por eso que perseveramos, recordando las palabras de aliento que Dios nos da: «Así que no abandonen su confianza, la cual ha de ser grandemente recompensada. Ustedes necesitan perseverar para que, después de haber cumplido la voluntad de Dios, reciban lo que él ha prometido» (Heb 10:35-36).
Estos son los años para caminar fielmente en la vocación a la que Dios nos ha llamado, sabiendo que estamos sirviendo al Señor, no al hombre. Porque esperamos oír al Señor mismo decir: «¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel!» (Mt 25:21).
Y eso no será gracias a nuestra fidelidad, sino a la suya: «Mantengamos firme la esperanza que profesamos, porque fiel es el que hizo la promesa» (Heb 10:23).
Los Últimos Años (26+): Agradecimiento y Servicio
Una de las grandes tentaciones en los últimos años de nuestra vida consiste en mirar atrás con arrepentimiento o reprobación. Podríamos encontrarnos luchando contra la decepción o incluso la desesperación, preguntándonos qué habría pasado si hubiéramos hecho esto o aquello, o por qué no lo hicimos, o preocupándonos por lo que hicimos o dejamos de hacer, y por las malas decisiones que nunca podremos cambiar.
Es por eso que los últimos años son el momento para darle prioridad al agradecimiento. Dios te ha traído hasta este lugar y te ha guiado fielmente en cada paso, a veces alejándote del mal y otras redimiendo cada pecado y fracaso. Al mirar atrás, lo importante no es centrarse en nuestras acciones, sino en las de Dios:
Como las palmeras florecen los justos; como los cedros del Líbano crecen. Plantados en la casa del Señor, florecen en los atrios de nuestro Dios. Aun en su vejez, darán fruto, siempre estarán saludables y frondosos para proclamar: «El Señor es justo, él es mi roca y en él no hay injusticia». (Sal 92:12-15).
Estos son los años para declarar que «El Señor es justo y en él no hay injusticia».
Ahora bien, los últimos años no son el momento de empezar a ser agradecidos, sino el momento para sobresalir en ello. Porque los que tienen ojos para ver saben que sus vidas han estado llenas de la bondad y la misericordia de Dios, y pueden decir junto con el salmista: «Tú, Señor, eres mi herencia y mi copa; eres tú quien ha afirmado mi porción. Bellos lugares me han tocado; ¡preciosa herencia me ha correspondido!» (Sal 16:5-6).
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Parte V: Un Matrimonio Para Toda La Vida
A menudo, Julie y yo nos recordamos mutuamente que nuestras bendiciones superan con creces nuestras pruebas. Cuando volvemos la vista atrás, nos damos cuenta de que Su soberanía no solo nos unió, sino que nos ayudó a superar una operación de ovarios en los primeros años de nuestro matrimonio, dos abortos, robos, vehículos hurtados, una hija a la que su marido abandonó con cinco hijos, un nieto que luchó dos veces contra la leucemia antes de cumplir los 13 años y dos recientes episodios de cáncer de mama.
En medio de todas estas pruebas, Dios nunca ha dejado de ser fiel y de usar para bien aquello que el enemigo quería para mal. E incluso si no hubiéramos visto la fidelidad del Señor al llevarnos a través de estas dificultades, podríamos mirar atrás y ver que Dios, sin que lo supiéramos ni se lo pidiéramos, envió a Su Hijo unigénito para vivir la vida perfecta que nunca podríamos vivir, recibir el justo castigo que merecíamos, y ser resucitado a una nueva vida para darnos el perdón, la adopción en la familia de Dios, y la esperanza segura de la felicidad eterna.
Así que por eso estamos agradecidos. Agradecidos por el firme, inmutable e interminable amor de Dios.
La segunda prioridad para los últimos años es el servicio. Pablo nos recuerda en 2 Corintios 4:16 que nuestro yo exterior se está desgastando, y eso es demasiado evidente. Sin embargo, la vejez no es el momento para relajarse, vivir para uno mismo y no servir a nadie. ¡Las oportunidades abundan! Y aquí está la razón por la que tiene tanto sentido que, a medida que envejecemos, esperemos que Dios nos use cada vez más para servir a los demás.
Tenemos más tiempo para servir. Durante estos años, para la mayoría de nosotros, nuestros hijos no están, tenemos menos responsabilidades laborales y más tiempo libre.
Tenemos más sabiduría para aprovechar. Aun si solamente compartiéramos nuestros errores, tendríamos mucho que dar a las parejas más jóvenes. Pero también hemos aprendido de las cosas que han salido bien. Las parejas mayores son un tesoro de sabiduría para quienes a menudo solo cuentan con el consejo de sus iguales.
Tenemos más recursos. En este punto, ya han quedado atrás las obligaciones de estudiar, trabajar y formar una familia. Siempre que me preguntan por la jubilación, en realidad no sé qué decir. Ciertamente, a medida que el hombre exterior se va desgastando, el grado y la medida en que podemos entregar nuestras vidas por los demás se verán limitados. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en las palabras de Jesús: «Porque, ¿quién es más importante, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está sentado a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre ustedes como uno que sirve» (Lc 22:27).
¿Acaso no queremos ser como Jesús? ¿No queremos ser los que sirven?
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Discusión y reflexión
- ¿Consideras que las etapas del matrimonio que hemos descrito aquí se aplican a tu propio matrimonio? ¿Cómo crees que podrías crecer en las prioridades de la etapa en la que te encuentras?
- Habla con un mentor y pregúntale por las cosas que él o ella ha aprendido en estas diferentes etapas del matrimonio.
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Conclusión
Mi oración es que esta guía te haya ayudado a ver que vale la pena atesorar el matrimonio tal y como Dios lo planeó. Vale la pena luchar por él, y tratarlo como algo sagrado. Y es algo que podemos buscar con gran fe, porque, como escribió John Newton:
A través de muchos peligros, dificultades y trampas, finalmente hemos llegado. Es la gracia la que a salvo nos ha traído hasta aquí, y la gracia nos llevará a casa.
Dondequiera que estés en este maravilloso, misterioso, desafiante, intrépido y asombroso viaje que es el matrimonio, la gracia de Dios te llevará a casa.
El Dios de paz levantó de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, a nuestro Señor Jesús, por la sangre del pacto eterno. Que él los capacite en todo lo bueno para hacer su voluntad. Y que, por medio de Jesucristo, Dios cumpla en nosotros lo que le agrada. A él sea la gloria por siempre jamás. Amén (Heb 13:20-21).
Notas Finales
- John Piper, This Momentary Marriage: A Parable of Permanence [Pacto matrimonial: perspectiva temporal y eterna] (Wheaton, IL: Crossway, 2012), 34.
- Chad y Emily Van Dixhoorn, Gospel-Shaped Marriage: Grace for Sinners to Love Like Saints (Wheaton, IL: Crossway, 2022), 43.
- Gary y Betsy Ricucci, Love That Lasts: When Marriage Meets Grace [El amor que permanece: Cuando el matrimonio encuentra la gracia] (Wheaton, IL: Crossway, 2006), 49.
Acerca del autor
BOB KAUFLIN es pastor, compositor, conferenciante, escritor y director de Sovereign Grace Music, un ministerio de Sovereign Grace Churches. Es anciano de la iglesia Sovereign Grace Church of Louisville y ha escrito dos libros: Worship Matters y True Worshipers. Dios le ha bendecido a él y a su querida esposa, Julie, con seis hijos y más de 20 nietos.
Tabla de contenido
- Parte I: ¿Qué Es El Matrimonio?
- Para Mostrar La Relación De Cristo Con La Iglesia
- Para Hacernos Más Semejantes A Cristo
- Para Expandir El Reino De Dios
- Discusión y reflexión
- Parte II: ¿Para Qué Sirve El Matrimonio?
- Saber Lo Que Significa «Ser» Amigos
- Discusión y reflexión
- Parte III: ¿Cómo Encuentro Pareja?
- El Evangelio Cambia Nuestra Identidad
- El Evangelio Cambia Nuestra Forma De Comprender El Perdón
- El Evangelio Cambia Nuestra Comprensión De La Transformación
- Discusión y reflexión:
- Parte IV: La Diferencia Que El Evangelio Hace En Tu Matrimonio
- Los Primeros Años (1–7): Confianza y Humildad
- Los Años Intermedios (8-25): Búsqueda y Perseverancia
- Los Últimos Años (26+): Agradecimiento y Servicio
- Parte V: Un Matrimonio Para Toda La Vida
- Discusión y reflexión
- Conclusión
- Notas Finales
- Acerca del autor