#14 Ser padre para la Gloria de Dios

por Kyle Claunch

Introducción

«Padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor»

–Apóstol Pablo, Efesios 6:4

«Yo los declaro marido y mujer».

En mi experiencia como pastor, he dicho esas palabras en numerosas ocasiones. Sin embargo, esta vez fue diferente. No las pronuncié como lo haría un pastor al dirigirse a un miembro de la iglesia, sino como padre, hablándole a mi hijo y a la encantadora dama que, en ese momento, se convirtió en mi nuera.

Algo profundo sucedió en ese instante que fue intensamente personal para mí. Acababa de formarse un nuevo hogar con una nueva cabeza al frente. Hasta ese momento, mi hijo había estado bajo mi techo, había vivido bajo mi dirección en casa y se había sometido a mi autoridad. Pero ahora pasaba a ser el cabeza de otra familia. «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos llegarán a ser uno solo»; esto fue lo que escribió Moisés en Génesis 2:24. «Soltar y abrazar», como dice el viejo adagio, basado en una traducción antigua de ese versículo.1 La mejor manera que conozco para describir lo que sentí en ese momento es una intensa alegría. Mis emociones eran intensas por la profundidad del acontecimiento y por darme cuenta de que ya no había vuelta atrás para los años de paternidad que nos llevaron a hasta ese momento. De igual manera, sentí alegría por ver a mi hijo convertirse en un hombre piadoso, y seguramente un fiel cabeza de familia, uno de los grandes objetivos hacia los que había dirigido todos mis esfuerzos como padre durante tantos años.

En los días que siguieron al evento, reflexioné mucho acerca de la paternidad: ¿Realmente había sido el padre que debería haber sido para mi hijo mayor? ¿Había demostrado piedad, humildad, fidelidad, pureza y amor, de manera que fuera un modelo de vida santa para él en el futuro? Y llegado este punto, ¿qué podría hacer diferente en el cuidado y liderazgo de mis otros hijos?

De mis reflexiones surgieron cosas que clasificaría en la categoría de arrepentimiento y otras que considero que hice bien. Pero lo más importante es que esa reflexión me ha encaminado hacia la esperanza que ofrece el evangelio de Cristo. No soy cristiano porque crea que soy capaz de seguir una fórmula para una paternidad perfecta (o para cualquier otra cosa perfecta). Por el contrario, soy cristiano precisamente porque no puedo seguir la fórmula de la perfección: la ley de Dios. Todos mis esfuerzos quedan lamentablemente por debajo del estándar de la santidad divina: «Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Ro 3:23). Pero, aunque como padre estoy totalmente destituido de la gloria de Dios, puedo descansar sabiendo que Dios, el Padre gloriosamente perfecto, entregó a Su Hijo unigénito por mí (Jn 3:16); que Jesús sufrió por mis pecados en la cruz, resucitó al tercer día y, por tanto, tengo el perdón de los pecados y la esperanza de la vida eterna. El evangelio de Cristo me libera, por un lado, del debilitante odio a mí mismo, porque estoy justificado por la fe en Cristo, no por las obras de la Ley, entre las que se incluyen mis labores como padre (Ro 3:28; Ga 2:16). Por otro lado, el evangelio me impulsa a vivir mi vocación y mi deber como un padre fiel, porque sé que Dios me ha dado Su Espíritu Santo para poner en práctica en mi vida diaria la realidad de mi salvación, lo cual incluye también mi trabajo como padre (Fil 2:12-13).

En esta guía de estudio, quiero ayudarte a ver cómo la tarea de ser padre sigue el modelo del cuidado paternal que Dios tiene por Su pueblo del pacto. Y asimismo, espero que, mientras te esfuerzas por ser un buen padre para tus propios hijos, el Espíritu Santo te ayude a encontrar consuelo, confianza y fortaleza en el amor redentor que el Padre te ha mostrado en Su Hijo, Jesucristo.

Audioguía

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