#14 Ser padre para la Gloria de Dios
Introducción
«Padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor»
–Apóstol Pablo, Efesios 6:4
«Yo los declaro marido y mujer».
En mi experiencia como pastor, he dicho esas palabras en numerosas ocasiones. Sin embargo, esta vez fue diferente. No las pronuncié como lo haría un pastor al dirigirse a un miembro de la iglesia, sino como padre, hablándole a mi hijo y a la encantadora dama que, en ese momento, se convirtió en mi nuera.
Algo profundo sucedió en ese instante que fue intensamente personal para mí. Acababa de formarse un nuevo hogar con una nueva cabeza al frente. Hasta ese momento, mi hijo había estado bajo mi techo, había vivido bajo mi dirección en casa y se había sometido a mi autoridad. Pero ahora pasaba a ser el cabeza de otra familia. «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos llegarán a ser uno solo»; esto fue lo que escribió Moisés en Génesis 2:24. «Soltar y abrazar», como dice el viejo adagio, basado en una traducción antigua de ese versículo.1 La mejor manera que conozco para describir lo que sentí en ese momento es una intensa alegría. Mis emociones eran intensas por la profundidad del acontecimiento y por darme cuenta de que ya no había vuelta atrás para los años de paternidad que nos llevaron a hasta ese momento. De igual manera, sentí alegría por ver a mi hijo convertirse en un hombre piadoso, y seguramente un fiel cabeza de familia, uno de los grandes objetivos hacia los que había dirigido todos mis esfuerzos como padre durante tantos años.
En los días que siguieron al evento, reflexioné mucho acerca de la paternidad: ¿Realmente había sido el padre que debería haber sido para mi hijo mayor? ¿Había demostrado piedad, humildad, fidelidad, pureza y amor, de manera que fuera un modelo de vida santa para él en el futuro? Y llegado este punto, ¿qué podría hacer diferente en el cuidado y liderazgo de mis otros hijos?
De mis reflexiones surgieron cosas que clasificaría en la categoría de arrepentimiento y otras que considero que hice bien. Pero lo más importante es que esa reflexión me ha encaminado hacia la esperanza que ofrece el evangelio de Cristo. No soy cristiano porque crea que soy capaz de seguir una fórmula para una paternidad perfecta (o para cualquier otra cosa perfecta). Por el contrario, soy cristiano precisamente porque no puedo seguir la fórmula de la perfección: la ley de Dios. Todos mis esfuerzos quedan lamentablemente por debajo del estándar de la santidad divina: «Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Ro 3:23). Pero, aunque como padre estoy totalmente destituido de la gloria de Dios, puedo descansar sabiendo que Dios, el Padre gloriosamente perfecto, entregó a Su Hijo unigénito por mí (Jn 3:16); que Jesús sufrió por mis pecados en la cruz, resucitó al tercer día y, por tanto, tengo el perdón de los pecados y la esperanza de la vida eterna. El evangelio de Cristo me libera, por un lado, del debilitante odio a mí mismo, porque estoy justificado por la fe en Cristo, no por las obras de la Ley, entre las que se incluyen mis labores como padre (Ro 3:28; Ga 2:16). Por otro lado, el evangelio me impulsa a vivir mi vocación y mi deber como un padre fiel, porque sé que Dios me ha dado Su Espíritu Santo para poner en práctica en mi vida diaria la realidad de mi salvación, lo cual incluye también mi trabajo como padre (Fil 2:12-13).
En esta guía de estudio, quiero ayudarte a ver cómo la tarea de ser padre sigue el modelo del cuidado paternal que Dios tiene por Su pueblo del pacto. Y asimismo, espero que, mientras te esfuerzas por ser un buen padre para tus propios hijos, el Espíritu Santo te ayude a encontrar consuelo, confianza y fortaleza en el amor redentor que el Padre te ha mostrado en Su Hijo, Jesucristo.
Audioguía
Audio#14 Ser padre para la Gloria de Dios
Parte I: La Paternidad De Dios Primero
La Paternidad Humana A La Luz Del Modelo De La Paternidad Divina
A Dios se le llama padre en muchos textos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Isaías ora así: «SEÑOR, tú eres nuestro Padre» (Is 64:8). De igual manera, David, al referirse a la realidad de un mundo roto en el que algunos se enfrentan a la vida sin la ayuda de un buen padre humano, nos recuerda que «Dios en Su morada santa» es «padre de huérfanos» (Sal 68:5). También Jesús enseñó a Sus seguidores a dirigirse a Dios diciendo «Padre nuestro que estás en el cielo» (Mt 6:9). Y Pablo dijo que los cristianos, que tienen el Espíritu de Dios, llaman a Dios «¡Abba, Padre!» (Ro 8:14-17; Ga 4:4-6). Estas son las mismas palabras con las que Jesús se dirigió a Dios en el huerto de Getsemaní la noche antes de ser crucificado (Mr 14:46). Abba es una palabra aramea fácil de pronunciar y, al igual que la palabra castellana papá, era una palabra que se aprendía muy pronto en el desarrollo del habla de un niño. Es difícil imaginar un instinto más íntimo o básico para el cristiano que referirse a Dios con el nombre revelado de padre.
Sería natural pensar que el nombre de padre se aplica a Dios como una metáfora de la intimidad, el cuidado, la dirección y la provisión que los buenos padres terrenales proporcionan a sus hijos. En este sentido, la idea de paternidad se aplicaría primera y más propiamente a Sus criaturas humanas. El apelativo de padre solo se aplicaría a Dios en un sentido figurado. Algunos han enseñado que esa es la manera correcta de entender la paternidad en relación con Dios. Sin embargo, la Escritura afirma explícitamente que la analogía entre la paternidad divina y la paternidad humana en realidad funciona en sentido contrario.
Pablo dice en Efesios 3:14-15: «Por esta razón me arrodillo delante del Padre, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra». La palabra que aquí traduce familia es la palabra griega patria, que significa «paternidad». La NVI incluso proporciona una nota a pie de página que sugiere que la frase «toda familia» podría traducirse como «toda paternidad». Consideremos otra vez el pasaje, esta vez con la traducción alternativa: «Por esta razón me arrodillo delante del Padre, de quien recibe nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra». Pablo está demostrando el hecho de que Dios no se revela a sí mismo como padre debido a alguna correspondencia que exista entre Él y los padres humanos. En lugar de eso, es Dios quien da el nombre de padre a los seres humanos como una analogía, un reflejo de lo que Él es. La paternidad humana debe ser aprendida y modelada a la luz de la paternidad divina, y no al revés.
Si toda paternidad deriva su nombre de nuestro «Padre que está en el cielo», entonces una breve consideración del significado de padre como un nombre para Dio puede ser instructiva. Así, podremos reflexionar sobre cómo ser fieles al llevar el nombre del verdadero y eterno Padre.
¿En Qué Maneras Es Dios Padre?
La Biblia aplica el nombre de padre a Dios de dos maneras: (1) la primera persona de la Santísima Trinidad es el Padre eterno en relación con la segunda persona de la Trinidad, que es el Hijo, y (2) el único Dios trino es llamado padre en relación con las criaturas con las que está en pacto. Vamos a considerar brevemente estas dos formas de llamar padre a Dios.
1. La relación eterna entre Dios Padre y Dios Hijo.
Esta relación eterna nos lleva directamente al corazón del misterio de la Trinidad. Esto no debe ponerte nervioso ni inquietarte. ¿Es la gloriosa doctrina de la Trinidad difícil de entender y, en definitiva, sobrepasa nuestra capacidad para comprenderla plenamente? Por supuesto que sí. Sin embargo, eso no debería disuadirnos de buscar un mayor conocimiento de Dios, más bien debería deleitarnos. El Dios que tratamos de conocer y comprender está más allá del alcance de nuestras mentes finitas. Esta es precisamente la razón por la que vale la pena conocerlo. Pablo, al reflexionar sobre la incomprensible profundidad del conocimiento de Dios, exclama: «¡Qué profundo es el conocimiento, la riqueza y la sabiduría de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos!» (Ro 11:33).
La segunda persona de la Trinidad recibe el nombre de Hijo de Dios porque es engendrado del Padre. La palabra bíblica «unigénito» aparece cinco veces en los escritos del apóstol Juan para referirse a la relación del Hijo con el Padre (Jn 1:14, 18; 3:16, 18; 1 Jn 4:9; la versión en español NVI traduce esta palabra como «único» en estos versículos, pero la LBLA y la RVC proveen la traducción más exacta «unigénito»). Ahora bien, cuando un hijo es engendrado de su padre, por naturaleza ese hijo es lo mismo que el padre. Los padres humanos engendran hijos humanos. Por analogía, Dios Padre engendra a Dios Hijo. En otras palabras, el hecho de que el Hijo de Dios sea llamado unigénito nos asegura que el Hijo es exactamente lo que es el Padre: verdadero Dios. Ya que tanto el Padre como el Hijo son verdadera y plenamente Dios, no puede haber un antes y un después, un principio y un fin, en la paternidad de Dios Padre. Esta verdad, aunque es difícil de comprender, nos recuerda que la paternidad es algo que Dios tenía antes de crear el mundo y que sigue teniendo independientemente de Su relación con el mundo.
La relación eterna entre Dios Padre y Dios Hijo es similar a la de los padres terrenales con sus hijos en aspectos muy limitados. En realidad, en este punto las diferencias son más bien profundas. Muchas de las características de la relación padre-hijo entre los humanos sencillamente no pertenecen a la relación eterna Padre-Hijo en Dios. Cosas como autoridad y sumisión, provisión y necesidad, disciplina y pecado, e instrucción y aprendizaje no tienen lugar en la relación eterna Padre-Hijo. Por esta razón, la segunda forma en que el nombre de padre se aplica a Dios será el enfoque que seguiremos en esta guía de estudio.
2. Dios es el Padre celestial de Su pueblo de pacto.
Es en este segundo sentido que oramos a Dios diciendo «Padre nuestro». Si la primera persona de la Trinidad se llama Padre porque engendra eternamente al Hijo, entonces el Dios trino es llamado Padre porque adopta a Su pueblo como hijos en una relación de pacto con Él. Por el hecho de que Jesucristo viniera al mundo para efectuar nuestra salvación y por haber enviado al Espíritu Santo al mundo para aplicar la redención a nuestros corazones, los cristianos somos hijos adoptivos de Dios de forma permanente. En Gálatas 4:4-6, Pablo explica,
Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a Su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, a fin de que fuéramos adoptados como hijos. Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, que clama: «¡Abba! ¡Padre!».
Es en este contexto de pacto en el que el nombre divino Padre guarda la mayor similitud con la paternidad humana. Dios es padre para Su pueblo así como cabeza del pacto. Asimismo, los padres humanos son llamados por Dios a una posición de cabeza de pacto en relación con los miembros de su hogar, aunque no exactamente de la misma manera. En la siguiente parte de esta guía de estudio, identificaremos las formas en que se nos revela la paternidad de Dios. Esto nos ayudará a reconocer las funciones y responsabilidades clave que deben desempeñar los padres humanos.
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Discusión y reflexión:
1. ¿Por qué es importante comprender que la paternidad humana sigue el modelo de la paternidad de Dios, y no al revés?
2. ¿Cómo te ha ayudado esta sección a entender mejor la paternidad de Dios y tu relación con Él?
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Parte II: Dios Como Padre De Sus Hijos Del Pacto
Siguiendo el modelo de Efesios 3:14-15 —toda paternidad deriva su nombre de la paternidad divina— trataremos de identificar las formas en que la relación de pacto de Dios como padre de Su pueblo se asemeja a la relación de un padre humano con sus propios hijos. El título divino «Padre» nos revela al menos cuatro verdades sobre Dios y Su relación con el pueblo de Su pacto:
1. Su autoridad como Señor (2 Jn 4).
2. Su cuidado como nuestro proveedor (Mt 26:25-34).
3. Su disciplina e instrucción como quien nos capacita en la justicia (Heb 12:5-11).
4. Su fidelidad como Aquel que terminará lo que empezó llevando muchos hijos a la gloria (Heb 2:10).
Vamos a explorar brevemente cada una de estas cuatro verdades, observando cómo cada una de ellas nos enseña algo acerca de la paternidad humana.
La autoridad paternal de Dios
Dios creó todo el universo, es decir, todo cuanto existe y no es Dios. La Biblia afirma esto con toda claridad en su versículo inicial: «En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Gn 1:1). Dios no fue creado por nadie. Su existencia es necesaria, eterna y totalmente independiente. Como Creador increado de todo, Dios tiene autoridad absoluta sobre todas las criaturas. Las criaturas racionales como nosotros (con mentes pensantes y conscientes de sí mismas) le debemos a Dios adoración verdadera y obediencia perfecta. Además, los cristianos no solo han sido creados por Dios, sino que, como hemos visto, han sido adoptados por Dios en Su familia. Dios es Su padre y ellos son Sus hijos. Esta condición de pacto conlleva muchos beneficios y añade una hermosa complejidad a la relación que tenemos con Dios. Sin embargo, a pesar de todo lo que nuestra salvación y adopción añaden a nuestra relación con Dios, no anulan la realidad fundamental de la autoridad divina.
En una breve carta (2 Juan), dirigida a una iglesia y a sus miembros —«la señora elegida y a sus hijos» (v 1)—, el apóstol Juan les elogiaba por su fe en Cristo y les animaba a seguir adelante en su fidelidad a Él. Les escribe: «Me alegré muchísimo al encontrar a algunos de tus hijos viviendo conforme a la verdad, según el mandamiento que nos dio el Padre» (v 4). Juan es consciente de que los cristianos tienen una relación especial de pacto con Dios como padre. Es por ello que les exhorta a seguir obedeciendo los mandatos de su Padre. Continúa diciendo que la obediencia de los cristianos a Dios como padre no se trata de un simple deber; es una cuestión de amor: «En esto consiste el amor: en que pongamos en práctica sus mandamientos» (v 6).
Así como Dios ejerce una autoridad paternal sobre Sus hijos, los padres humanos son colocados por Dios en una posición de autoridad sobre los suyos. Ciertamente, vivimos en un mundo en el que se desprecia la noción misma de autoridad. Parece que nadie quiere estar bajo autoridad, y tampoco ser una. A los oídos modernos, hablar de autoridad y de dar mandamientos suena a arrogancia y opresión. La mentalidad antiautoritaria predominante de nuestra época es una de las mentiras más exitosas que Satanás ha difundido entre los hombres. Sin embargo, si prestamos atención a las Escrituras, veremos que, en realidad, la autoridad es buena. Dios ha ordenado una estructura jerárquica y autoritaria para el orden social humano. Para que las vidas humanas y sociedades enteras florezcan en el mundo, no solo hay que abrazar la autoridad de Dios, sino también las estructuras de autoridad humana ordenadas por Él. La más básica de ellas es la estructura de autoridad en el hogar.
Las Escrituras dejan claro, en primer lugar, que existe una relación de autoridad (cabeza) y sumisión entre el marido y la mujer (Ef 5:22-33). De ahí se desprende la relación entre los padres y sus hijos (Ef 6:1-4). Bajo la autoridad de Dios, el padre humano debe ejercer autoridad sobre su esposa con un liderazgo abnegado y amoroso. También debe ejercer autoridad sobre sus hijos para su bienestar ante Dios. Asumir una posición de autoridad en el hogar no es fácil, pero es esencial para vivir la paternidad como Dios quiere.
La Provisión Paterna De Dios
Durante su famoso Sermón del monte, Jesús instruye a las multitudes sobre la benevolente provisión de Dios para sus necesidades diarias. Dice,
Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida y el cuerpo más que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan, ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida?¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: «¿Qué comeremos?», o «¿Qué beberemos?» o «¿Con qué nos vestiremos?». Los paganos andan tras todas estas cosas, pero su Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, entonces todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se preocupen por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas. (Mt 6:25-34, énfasis añadido)
Al dar estas instrucciones, Jesús razona desde lo más general a lo más íntimo. Dios cuida de toda Su creación en general. El ejemplo de Jesús sobre la provisión de Dios para las aves y las flores evoca el Salmo 104:10-18. En él, el salmista reflexiona sobre los arroyos de los valles donde los asnos beben y los pájaros cantan (v 10-13), la hierba del campo de la que se alimenta el ganado (v 14) y los árboles de la tierra donde anidan las aves (v 16-17). Todo esto nos ha sido dado por Dios para cuidar de esas criaturas. Por eso, Jesús quiere que nos demos cuenta de que el cuidado de Dios por nosotros trasciende Su cuidado por la creación menor. El que provee en general para todas las cosas de la creación es al que tú y yo tenemos el privilegio de llamar Padre. Nuestro Padre celestial alimenta a las aves (v 26). Nuestro Padre celestial conoce todas nuestras necesidades (v 32).
Más adelante, en ese mismo sermón, Jesús establece una analogía entre la provisión que nos da nuestro Padre celestial y la que los padres terrenales dan a sus hijos. En Mateo 7:7-11, Jesús dice,
Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama, se le abre. ¿Quién de ustedes, si su hijo pide pan, le da una piedra? ¿O si pide un pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan!
Aprendemos de nuestro Padre celestial que un buen padre siempre provee a las necesidades de sus hijos. Por supuesto, Dios no tiene limitaciones que puedan inhibir Su provisión para Sus hijos. Los padres humanos, por otro lado, deben trabajar diligentemente para suplir todo lo que sus hijos necesitan. Este tipo de provisión constante es el resultado de hábitos de abnegación, placer diferido, trabajo duro y perseverancia. Sin embargo, es importante notar aquí que ninguna cantidad de disciplina, formación de hábitos o trabajo duro puede garantizar tu habilidad como padre para proveer para tu familia. Tu trabajo duro y tu cuidado por ellos siempre deben llevarse a cabo en paciente confianza y dependencia de Dios, tu Padre celestial, quien es el único verdaderamente capaz de suplir todas tus necesidades según Sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Fil 2:19).
La Disciplina Paterna De Dios
Ya que los cristianos somos adoptados por Dios como hijos, podemos esperar que nos discipline para nuestro bien. Nuestra comprensión de la disciplina no debe limitarse únicamente a las consecuencias punitivas de nuestras acciones. Si bien es cierto que la buena disciplina implica castigos, la disciplina como tal no es meramente punitiva. La diferencia entre consecuencias punitivas y consecuencias disciplinarias se encuentra en el resultado que se pretende obtener. El resultado esperado del castigo es la retribución, un justo ajuste de cuentas. El resultado que se busca en la disciplina es la instrucción del disciplinado. La disciplina tiene por objeto el bien de quien la recibe.
El escritor de Hebreos recuerda esta verdad a los cristianos en Hebreos 12:5-11:
Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se les dirigen:
«Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama y azota a todo el que recibe como hijo».
Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. Porque, ¿qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos. Después de todo, nuestros padres humanos nos disciplinaban y los respetábamos. ¿No hemos de someternos, con mayor razón, al Padre de los espíritus y viviremos? En efecto, nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de Su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella.
El escritor de Hebreos quiere que estos cristianos vean sus dificultades como la disciplina amorosa del Señor que, aunque a menudo es dolorosa, los está tratando como hijos porque es un Padre amoroso. Tomemos nota de algunas cosas en este pasaje relacionadas con la disciplina paternal del Señor. En primer lugar, el Señor solo disciplina a Sus hijos. Todo el mundo se enfrenta a dificultades; y todos están bajo la justicia divina, que un día será satisfecha. Pero únicamente los hijos de Dios son disciplinados por Él. Los que no son Sus hijos sufrirán Su castigo, mas no son beneficiarios de Su disciplina. El texto nos dice claramente que «el Señor disciplina al que ama» (v 6) y que los que no son disciplinados son «bastardos y no hijos legítimos» (v 8). Este pasaje es uno de los que nos ayudan a comprender que el nombre de padre no se limita a designar a Dios como creador. Por el contrario, hay un sentido importante en el que el nombre de padre está reservado para los que están en una relación de pacto con Dios, lo cual solo es cierto para los que están en Cristo por la fe.
En segundo lugar, este texto nos recuerda que la disciplina de nuestro Padre celestial es «para nuestro bien, a fin de que participemos de Su santidad» (v 10). Asimismo, «no parece agradable, sino más bien dolorosa» a corto plazo, pero da una «cosecha de justicia y paz» cuando hemos «sido entrenados por ella» (v 11). De nuevo, la disciplina no es únicamente punitiva, sino formativa. Esto quiere decir que capacita a quienes la reciben porque está destinada al bien, que en este texto se entiende como el desarrollo de la santidad.
En tercer lugar, este texto establece explícitamente la analogía entre la función disciplinaria de los padres humanos y la disciplina del Padre celestial. El escritor se pregunta: «¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina?». Y prosigue: «Nuestros padres humanos nos disciplinaban y los respetábamos … nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de Su santidad» (v 9-10). La disciplina de los padres terrenales tiene como modelo la disciplina amorosa de nuestro Padre celestial. Hay que resaltar que el autor dice que los padres terrenales disciplinaban «como mejor les parecía», y contrasta esto con el Padre celestial que nos disciplina «para nuestro bien». El propósito de este contraste es resaltar la naturaleza falible de la disciplina paternal humana. El objetivo de la disciplina de los padres humanos debería ser el mismo que el de la disciplina de nuestro Padre celestial. Pero, a veces, los padres humanos no alcanzan la meta. Por eso, una vez más, las Escrituras recuerdan a los padres humanos que deben estar siempre mirando al cielo en busca de ayuda, confiando siempre en la gracia de su Padre, que es verdaderamente bueno, para cumplir la tarea de la paternidad.
La Fidelidad Paternal De Dios
Tu Padre celestial está decidido a terminar la buena obra que comenzó en Sus hijos (ver Fil 1:6). Él es fiel. Hebreos 2:10 nos dice: «En efecto, a fin de llevar a muchos hijos a la gloria, convenía que Dios, para quien y por medio de quien todo existe, perfeccionara mediante el sufrimiento al autor de la salvación de ellos». En este versículo, el escritor de la carta a los Hebreos nos dice que Dios estaba perfeccionando la vida humana del Señor Jesús —el «autor» de nuestra salvación— mediante el sufrimiento. No debemos pensar que perfeccionar significa arreglar algo que era defectuoso. Más bien, la palabra para perfección se deriva de la palabra griega para «completo». La idea es que, para cumplir el objetivo fijado por el plan eterno de Dios de salvar a Su pueblo, el Hijo de Dios tuvo que experimentar las limitaciones humanas, entre las que se incluyen: la necesidad de crecer tanto en cuerpo como en mente (ver Lc 2:42), el sufrimiento de la tentación (ver Heb 4:15), la agonía física y el dolor y la vergüenza de una vida mortal que termina con la muerte (ver Heb 12:1-3). Dios perfeccionó a Jesús a través del sufrimiento, pero no hay que perder de vista la razón de esto. ¿Por qué era conveniente que Jesús fuera perfeccionado a través del sufrimiento? El escritor de Hebreos dice que fue para «llevar a muchos hijos a la gloria».
La encarnación, vida, muerte y resurrección del Señor Jesús no fueron en vano. Gracias al sufrimiento del «autor» de nuestra salvación, nuestro Padre celestial está llevando a muchos hijos a la gloria. Él no te deja abandonado a tus propios recursos. No te desampara en tu dolor. Tu Padre celestial, que hizo perfecto al autor de la salvación a través del sufrimiento, te perfeccionará a ti también a través del sufrimiento. Él permanecerá fiel, llevándote sano y salvo a la gloria.
La fidelidad mostrada por nuestro Padre celestial, de principio a fin, guarda una analogía adecuada con la paternidad humana. En primer lugar, la fidelidad de Dios hacia sus hijos implica una meta, un propósito para todos Sus actos de amor y cuidado hacia ellos. Del mismo modo, los padres humanos deben tener una meta para sus hijos, hacia la cual los guían y sirven. No quiero decir que los padres deban planificar todos los detalles temporales de la vida de sus hijos, como qué talentos desarrollarán y qué vocaciones seguirán. Más bien, quiero decir que los padres humanos deben abrazar la meta que Dios tiene para Sus hijos como la meta propia que ellos tienen para los suyos. Los padres humanos deben estar orientados hacia una meta, y esta debe ser el bien espiritual de sus hijos, es decir, su santidad y su eventual entrada en la gloria. En segundo lugar, Dios trabaja sin cesar hasta alcanzar la meta. De manera similar, los padres humanos fieles no dejarán de luchar, trabajar, persuadir, ayunar ni orar por la salvación de sus hijos, así como por su crecimiento y desarrollo en santidad a lo largo de toda su vida, en el camino hacia la gloria.
La Importancia De Empezar Con Dios
Espero que enmarcar esta discusión dentro de un aprendizaje a partir de la paternidad divina te ayude a sentir el peso y la gloria de la paternidad humana. La paternidad es una vocación —un llamado— que se realiza, no solo coram deo, en presencia de Dios, y sub dei, bajo la autoridad de Dios, sino también imitatio dei, por imitación de Dios. Dios es quien creó a los seres humanos como portadores de Su imagen y dio a los hombres la posibilidad particular de realizar esa vocación de un modo que se corresponde, en lo posible, con el nombre más básico e íntimo por el que los creyentes se refieren a Dios: padre.
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Discusión y reflexión:
- ¿De qué manera la autoridad, provisión, disciplina, instrucción y fidelidad paternales de Dios nos indican cómo debe ser la paternidad humana?
- ¿Se te ocurre algún padre humano que sea un buen ejemplo de ello?
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Parte III: Prepararse Para La Paternidad A Través Del Progreso En La Piedad
Ser el tipo de padre ideal es el resultado de ser el tipo de hombre ideal. Si eres un hombre joven que espera ser padre algún día o actualmente eres un padre que espera ser motivado e instruido a lo largo del camino, espero que la siguiente sección te dé una idea de las cualidades que caracterizan a un hombre piadoso.
¿Qué Es La Piedad?
La palabra piedad en inglés (godliness) se deriva de dos términos: God (Dios) y like (parecido a). Por lo tanto, podría interpretarse que la piedad significa «ser como Dios». Aunque sea de una manera limitada, esa idea está ciertamente contenida en su significado. No obstante, la palabra piedad abarca algo más que las formas limitadas en las que somos «como Dios». Realmente contiene todas las formas en que debemos vivir como personas redimidas, obedeciendo gozosamente la palabra de Dios con la ayuda del Espíritu Santo. En resumen, la piedad puede definirse como vivir la vida cristiana fielmente según la enseñanza de las Escrituras. La piedad perfecta es una meta que nunca alcanzaremos plenamente en esta vida, pero es algo por lo que siempre estaremos luchando.
La Necesidad De Ser Formados En La Piedad
El apóstol Pablo le dijo a Timoteo,
Desecha las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal es poco provechoso, pero la piedad es provechosa para todo, pues cuenta con promesa para esta vida presente, y para la venidera. Esta palabra es fiel, y digna de ser recibida por todos. Y por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, y mayormente de los que creen. Esto manda y enseña (1Ti 4:11 RVC).
Tomemos en consideración solo dos puntos sobresalientes de este pasaje. Primero, el progreso en la piedad no es algo que sucede por defecto. Debes «ejercitarte para la piedad» (v 7). La palabra griega que traduce «ejercítate» se usaba principalmente para los atletas que se entrenaban para competencias atléticas de gran intensidad. El desempeño atlético y la habilidad no se desarrollan y mejoran automáticamente. Más bien, los atletas dedican tiempo y atención a desarrollar sus habilidades y aumentar su fuerza para sobresalir en la competencia. Si un atleta deja de entrenar y opta por confiar en su talento bruto o en los esfuerzos de entrenamientos anteriores, no solo no mejorará, sino que empeorará. Su fuerza, resistencia y habilidad disminuirán con el tiempo. El estancamiento no es sostenible para un atleta. Ahora bien, al igual que sucede con el atleta, sucede con el cristiano. La piedad es algo que debe ser perseguido activa e intencionalmente; a veces sacrificada y dolorosamente. Por esta razón Pablo dice: «Por esto mismo (piedad) trabajamos (arduamente) y sufrimos (agonizamos)» (v 10).
Segundo, ejercitarse en la piedad es un prerrequisito para enseñar a otros a ser piadosos. Pablo le dice a Timoteo que se ejercite (v 7) antes de decirle, «esto manda y enseña» (v 11). Y no solo eso, sino que Pablo le recuerda a Timoteo que él mismo practica estas cosas antes de enseñárselas. Pablo escribe: «Por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios» (v 10). La relevancia de esta observación para la paternidad es obvia. Los padres deben instruir a sus hijos en los caminos del Señor (Ef 6:4), es decir, deben «mandar y enseñar» la piedad, pero el ejercicio en la piedad es un prerrequisito para poder enseñarla.
Pasos Prácticos Para Ejercitarse En La Piedad
Es posible que estés pensando: «¿Cuáles son algunos pasos prácticos que puedo tomar para ejercitarme activamente en la piedad?». Lo que sigue es una lista de ejercicios prácticos de entrenamiento. Cada uno es un hábito que necesita ser formado en tu vida si quieres progresar en la piedad. La lista no pretende ser exhaustiva, pero sí representativa, ya que el ejercicio para la piedad implica más de lo que aparece en esta lista, pero nunca menos. La discusión que sigue a cada punto tampoco pretende ser exhaustiva, y hay otros recursos disponibles en The Mentoring Project que pueden dar más detalles de cada uno de los puntos que se enumeran a continuación.
1. El ejercicio de la piedad incluye la lectura regular de la Palabra de Dios.
En el Salmo 119:9, el salmista pregunta: «¿Cómo puede el joven mantener limpio su camino?». Y responde: «Viviendo conforme a tu palabra». Luego, en el versículo 11, añade: «En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti». ¿Realmente deseas ser un hombre piadoso para servir al Señor y a tu familia como un padre piadoso? Entonces debes ser un hombre de la Palabra.
Cada día, una avalancha de información, reclamos, anuncios y filosofías se vierte en tu mente a través de diversas compuertas: redes sociales, grandes medios de comunicación, música, películas, libros, conversaciones, correos electrónicos, anuncios publicitarios e imágenes. Esta inundación, en su mayoría, no refleja la verdad divinamente revelada; más bien, es contraria a ella. Ahora, una inundación moldea el suelo que inunda: esculpe barrancos para el futuro flujo de agua, erosiona paisajes y demuele estructuras. Te des cuenta o no (y especialmente si no te das cuenta), esta inundación de mensajes está moldeando tu mente. ¿Qué esperanza tienes de ser ejercitado en la piedad si no estás activamente contrarrestando los mensajes mundanos con mensajes divinos? Solo las Sagradas Escrituras pueden inundar tu mente, todo tu ser, con las mismísimas palabras de Dios (ver 2Ti 3:16-17). Al dedicar diariamente tiempo y atención a las Escrituras, estás labrando el tipo correcto de barrancos, incluso cauces de ríos, por los que dirigir el flujo de influencias de acuerdo con la verdad.
La lectura de las Escrituras puede realizarse de varias maneras. La más obvia es tomar una Biblia y leerla. ¿ Alguna vez has leído la Biblia entera? A un ritmo de lectura promedio, la mayoría de la gente puede leer toda la Biblia en un año invirtiendo menos de veinte minutos al día. Te recomiendo que encuentres un buen plan que te dirija en una serie de lecturas diarias, permitiéndote así leer toda la Biblia. Otra forma de ingerir las Escrituras es escuchándolas. Las aplicaciones para teléfonos móviles suelen incluir versiones en audio de la Biblia. Esta es una manera de hacer que las Escrituras inunden tu mente mientras conduces, al dormir, o en cualquier otro lugar en el que elijas escucharlas. Este método es especialmente útil a la hora de memorizar un pasaje de las Escrituras. Otra forma de digerirlas es al memorizar pasajes y repetirlos pensativa y cuidadosamente para ti mismo. Por último, puedes y debes asimilar las Escrituras a través de la lectura pública y la predicación de las mismas en la adoración colectiva.
2. El ejercicio en la piedad incluye el hábito regular de asistir a la adoración pública en la iglesia local.
En Hebreos 10:24-25, el autor dice: «Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacer algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca». El escritor de Hebreos les dice a los cristianos que reunirse habitualmente, con el propósito de animarse unos a otros e instarse mutuamente a la piedad, es una práctica esencial para el pueblo de Dios. Si bien es cierto que asistir regularmente al culto de una iglesia local no te convierte en cristiano, sí es algo que un cristiano piadoso hace.
Si no eres miembro de una iglesia local que cree, enseña y obedece la Biblia, entonces tienes una deficiencia evidente en tu vida cristiana que puede impedirte progresar en la piedad. Además, será un obstáculo para tu fidelidad como padre. Encuentra una iglesia fiel, y sigue los pasos para hacerte miembro. Si ya formas parte de una iglesia local, no subestimes la importancia de esa conexión para tu vida cristiana. El Señor Jesucristo manifiesta Su presencia de una manera especial cuando el pueblo de Dios se reúne en Su nombre (Mt 18:20). Si quieres tomarte en serio la piedad (y la paternidad), comprométete con una iglesia local.
3. El ejercicio en la piedad incluye la oración regular.
Cuando Pablo dijo a los tesalonicenses que «oraran sin cesar» (1Ts 5:17), no les estaba aconsejando que en todo momento estuvieran en un estado de oración. Más bien, les estaba exhortando a ser personas que oran con regularidad. Podemos parafrasear sus palabras de este modo: «Nunca dejen de orar». Pablo sabía que el maligno busca asediar al pueblo de Dios para cansarlo y hundirlo en la mundanalidad, haciéndolo perder la vigilancia. La falta de oración es uno de los primeros signos de la decadencia de la piedad, y sin duda es un presagio de la ineficacia en el servicio. Si quieres ejercitarte para la piedad, entonces debes ser una persona de oración, disciplinada y constante.
Ser un hombre de oración implica tener una mentalidad de guerrero sobre la realidad de la gloria celestial y la maldad de la era presente en la que vivimos. Las Escrituras son muy claras al afirmar que la vida cristiana es una vida de guerra contra las fuerzas del mal, que están empeñadas en destruirnos (ver Ef 6:10-18, 1P 5:8). Las oraciones eficaces y significativas son pronunciadas por quienes comprenden la urgencia de esta batalla. Santiago 4:2-3 nos dice: «No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones». Al comentar este pasaje, John Piper dice:
La razón número uno por la que la oración falla en las manos de un creyente es que pretende convertir un transmisor de guerra en un intercomunicador doméstico. Hasta que no creas que la vida es una guerra, no podrás saber para qué sirve la oración. La oración es para cumplir una misión de guerra.2
Ser un hombre y padre piadoso requerirá que seas una persona que ora con urgencia y sin cesar.
1. Como hombres, ejercitarse en la piedad incluye cultivar una masculinidad moldeada bíblicamente.
En una era de confusión masiva y engaño con respecto al género y la sexualidad, un término como «masculinidad moldeada bíblicamente» necesita cierta definición. A lo que me refiero con esto es a las cualidades de carácter y los patrones de comportamiento que son particularmente apropiados para los hombres, tal como se enseña en las Escrituras. Un hombre que se ejercita para el propósito de la piedad buscará intencionalmente cultivar cualidades de carácter y patrones de conducta que sean apropiados para los roles que está llamado a desempeñar.
El liderazgo es una de esas cualidades/patrones. Debido a que las Escrituras enseñan que el diseño normativo de Dios para los hombres es que se conviertan en esposos y padres (Gn 1:28; 2:24), y que Su intención es que los hombres casados dirijan a sus esposas (Ef 5:22-23) y a sus hijos (Ef 6:1-4) en formas apropiadas para cada una de esas relaciones, todos los hombres deben cultivar la habilidad del liderazgo para practicar eficazmente ese patrón de comportamiento en sus hogares. Además, dado que Dios diseñó a los hombres para ejercer el liderazgo en el cultivo y cuidado de la creación (Gn 2:15-16), es correcto y bueno que los hombres desarrollen y ejerciten las habilidades para liderar en una amplia variedad de formas.
Sumado a esto, los hombres piadosos deben cultivar las disciplinas de autocontrol y mansedumbre en el ejercicio de sus responsabilidades de liderazgo. En un mundo caído, todos los hombres tienen naturalezas corruptas que los inclinan hacia la dominación prepotente —ejercer su poderío para controlar a otros para beneficio personal—. Esta no es la forma bíblica de liderazgo. Jesús advierte que los líderes de las naciones gentiles «se enseñorean» de los que están bajo su autoridad. Sin embargo, los ciudadanos del reino de Dios lideran persiguiendo los mejores intereses de aquellos bajo su autoridad, aun cuando ello supone un gran costo a nivel personal. Todos los cristianos deben distinguirse por las cualidades de autodominio y mansedumbre (Ga 5:22-23), siendo especialmente los hombres quienes deben aprovechar estos frutos del Espíritu en el ejercicio de su autoridad. De este modo, su liderazgo no será una imposición mundana, sino un servicio piadoso y orientado a los objetivos.
2. El ejercicio de la piedad incluye la confesión y el arrepentimiento periódicos.
Estamos llamados a la perfección (Mt 5:48). Pero no podemos alcanzar la perfección en esta era presente, ya que el pecado no será erradicado por completo de nuestros corazones hasta que seamos glorificados cuando Jesús regrese. En el momento presente, se libra una guerra en nuestro interior entre la obra del Espíritu, que nos dirige hacia la justicia, y el poder de nuestra carne pecaminosa, que nos impulsa a la maldad (ver Ro 7:22-23, Ga 5:16-23).
Ahora bien, aunque sabemos que no podemos alcanzar la perfección en la vida presente, debemos anhelarla y esforzarnos por conseguirla. Filipenses 3:12-14 dice:
No es que ya lo haya conseguido todo o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí. Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante Su llamamiento celestial en Cristo Jesús.
Una parte importante de «seguir adelante» y «esforzarse» hacia la culminación del crecimiento y progreso espiritual implica tener una respuesta adecuada al pecado. Los cristianos cometemos pecados; sin embargo, los verdaderos cristianos experimentan la misericordiosa, aunque dolorosa, convicción del Espíritu Santo, quien nos revela la verdad acerca de nuestro pecado y nos guía al arrepentimiento. En este sentido, 1 Juan 1:8-9 ofrece algunas enseñanzas: «Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad». La persona que se ejercita en la piedad es una que tiene el hábito de confesar sus pecados.
Nunca olvidaré una de las impresiones más duraderas que me causó la primera vez que leí Las crónicas de Narnia siendo un joven adulto. En muchas ocasiones, Aslan, el gran león, confrontaba suave pero firmemente a uno de los niños Pevensie por algo que habían hecho mal. Inevitablemente, el niño encontraría alguna excusa, pretendiendo que el acto pecaminoso no era culpa suya, o tal vez omitiría algún detalle de la historia para que el pecado pareciera más civilizado y menos egoísta de lo que realmente fue. Aslan siempre respondía con un ligero gruñido. Quienquiera que fuera el niño —Edmund, Lucy, Susan o Peter— recibía el mensaje: Di toda la verdad sobre tu pecado; llámalo por su nombre; solo entonces podrás encontrar realmente la alegría en el perdón que te pertenece.
Ser un hombre piadoso que cultiva los hábitos del ejercicio de la piedad es lo más importante que puedes hacer en tu preparación como futuro padre o para ser un mejor padre ahora. Hombres, ejercítense para la piedad.
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Discusión y reflexión:
- ¿Son las disciplinas espirituales una parte regular de tu vida? ¿De qué manera puedes crecer en estos hábitos?
- Una manera útil de crecer en el discipulado es a través de la rendición de cuentas. ¿A quién podrías pedirle que te ayude a rendir cuentas?
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Parte IV: Ejercitando El Liderazgo Como Un Padre Fiel (Efesios 5 – 6)
Efesios 5:18-6:4 nos ofrece la instrucción más extensa que se encuentra en toda la Escritura respecto a las relaciones familiares dentro del hogar. En 5:18, Pablo instruye a la iglesia de Efeso a que «sean llenos del Espíritu». Esta frase —llenos del Espíritu— al igual que otras similares en el Evangelio de Lucas y Hechos, hace referencia al estado en el que un cristiano está rendido al Espíritu Santo y ordena su vida de acuerdo con la clara enseñanza de las Escrituras para la exaltación de Cristo en todo. Para Pablo, el mandamiento «sean llenos del Espíritu» parece tener relación directa con el que se encuentra en Gálatas 5:16-23: «Vivan por el Espíritu». Además de ordenar a los cristianos que se llenen del Espíritu, Pablo explica algunos de los efectos de esta llenura espiritual. Los que están llenos del Espíritu adoran a Dios (v 19), le están agradecidos (v 20), y están dispuestos a someterse a los demás de acuerdo con las relaciones de autoridad y sumisión que Dios ha establecido en el orden social humano, especialmente en el hogar (v 21). A partir del versículo 22, Pablo da instrucciones específicas para los hogares. Comienza con instrucciones para la relación entre marido y mujer (v 22-33) y sigue inmediatamente con la relación entre padres e hijos (6:1-4). El título principal que el apóstol utiliza para referirse al hombre es el de «cabeza». Pablo dice: «El esposo es cabeza de su esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia» (v 23). Más adelante, Pablo se dirige al cabeza de familia en su vocación específica de ser padre (6:4). Cabe resaltar que todas las instrucciones que Pablo da en este pasaje acerca del liderazgo son relevantes para la paternidad.
El liderazgo paterno como servicio amoroso
Pablo le da la siguiente instrucción a las esposas: «Sométanse a sus propios esposos como al Señor» (Ef 5:22). Esto es así porque el marido es la cabeza de la esposa (v 23). La instrucción que se da a las esposas sobre la sumisión deja muy claro que la posición de cabeza es una posición de autoridad y liderazgo. Sin embargo, antes de hablar sobre la tarea de liderar como cabeza de familia, debemos considerar el precepto exacto que Pablo da a los maridos en este pasaje.
Probablemente, después de leer que la mujer debe someterse a su marido, quien es la cabeza, uno podría esperar encontrar algo como: «Esposos, dirijan a sus esposas» o alguna otra expresión que afirme explícitamente la autoridad del liderazgo. Sin embargo esto no es lo que leemos. En lugar de eso, Pablo dice: «Esposos, amen a sus esposas». Si bien aquí se presupone la autoridad del hombre, es realmente la instrucción del amor el punto esencial del mandamiento de Pablo a los maridos. Partiendo de esto, algunos han tratado de argumentar que ser cabeza no tiene relación con la autoridad o el liderazgo. Sin embargo, considero que esto es una falta de comprensión del pasaje y del resto de la enseñanza bíblica sobre la relación entre esposos y esposas.
Pablo ordena a los maridos que amen, no porque rechace la noción de autoridad y liderazgo en el rol del hombre (de lo contrario, ¿por qué les diría a las esposas que se sometan y a los hijos que obedezcan?), sino porque ha aprendido de Jesús cómo luce el liderazgo piadoso y verdadero. El liderazgo piadoso no consiste en gritar órdenes para que el que está al mando consiga lo que quiere. Más bien, el liderazgo piadoso es servicial. Esto significa que un líder fiel siempre tomará decisiones e impartirá instrucciones en aras de los mejores intereses de quienes están bajo su cuidado.
El ejemplo de Jesús se presenta con mayor claridad en el versículo 25, donde Pablo dice que los maridos deben amar a sus esposas «como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella». Cristo no dejó de ser el Señor y la máxima autoridad sobre Sus discípulos al entregar Su vida por ellos. Por el contrario, con Su ejemplo les mostró la manera de ejercer fielmente la autoridad: entregando Su vida. Jesús no vino «para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20:28).
El liderazgo amoroso del cabeza de familia se aplica también a la relación de los padres con los hijos. En Efesios 6:1, Pablo dice a los hijos: «Obedezcan en el Señor a sus padres». Es importante notar que a los hijos se les ordena obedecer a ambos padres, lo que indica que la tarea de ser padres está diseñada para ser un esfuerzo conjunto del esposo y la esposa. Sin embargo, es a los hombres a quienes se les da la instrucción positiva en relación a la forma en que los padres deben guiar a sus hijos. Pablo escribe: «Padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4 LBLA).De esta afirmación se desprende que el rol de la madre en la crianza de los hijos incluye ejercer liderazgo y autoridad sobre ellos, así como actuar como ayudante que sigue las directrices de su marido, el padre de los niños.
Esto responde al modelo que vemos en Génesis 1:26-28 y 2:18-24, el mismo que Pablo tiene en mente al dar estas instrucciones para el hogar (Pablo cita Gn 2:24 en Ef 5:31). Tanto al hombre como a la mujer se les dice que gobiernen sobre el orden creado como portadores de la imagen de Dios (Gn 1:28). En el relato de la creación de Génesis 2, aprendemos que la mujer es creada para ser portadora de la imagen como «ayudante» del hombre; por su parte, el hombre recibe las instrucciones del Señor sobre las responsabilidades de pacto de cultivar y guardar el huerto, y de no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. De la misma manera que Adán es representado como la cabeza teniendo a Eva como su ayudante en el Jardín del Edén, así a los padres se les da la instrucción principal para el liderazgo de los hijos, y las madres son ayudantes en ese rol.
Ahora, con el fin de instruir específicamente a los padres, Pablo comienza con el mandamiento: «No provoquen a ira a sus hijos» (Ef 6:4). Este mandamiento muestra que el liderazgo y la autoridad de un padre sobre sus hijos debe ejercerse pensando en el mayor beneficio para los hijos. Un padre no dirige a sus hijos ejerciendo una actitud de indiferencia hacia sus necesidades y bienestar, ni centrándose en sus propios caprichos y placeres. Al contrario, del mismo modo que el marido guía a su mujer mediante el amor abnegado, los padres guían a sus hijos buscando el mayor bienestar de ellos, según lo define la Palabra de Dios. Solo después de poner en primer lugar los intereses del niño, Pablo ordena a los padres: «Críenlos en la disciplina e instrucción del Señor».
El mandamiento de «no provoquen a ira a sus hijos», contiene toda una riqueza de perspectivas. Tu objetivo como padre no es «enseñorearte» de tus hijos (como los gentiles, Mt 20:23-28). Tampoco es la mera asertividad autoritaria. Más bien, tu meta como padre es guiar a tus hijos de tal manera que sientan que son dirigidos hacia la piedad por tu disciplina e instrucción. Para guiarlos sin provocar su ira, los padres deben estar atentos a las necesidades, personalidades, inseguridades, pecados amenazantes y fortalezas de sus hijos. Conocer bien a tus hijos te prepara para entender cómo puedes ser eficaz con la disciplina y la instrucción que necesitan.
Es un hecho que todos los niños necesitan ser disciplinados e instruidos, y también que se les ordena obedecer la autoridad de sus padres. Pero la forma en que los padres buscan estos resultados es una cuestión de sabiduría que opera a través del amor. La forma en que disciplino e instruyo a mi hija de once años puede ser muy diferente a la forma en que lo hago con mi hijo de catorce. Esto se debe a que las mismas medidas que son efectivas con mi hijo pueden provocar la ira de mi hija y viceversa. A medida que avanzamos hacia los siguientes aspectos del liderazgo —autoridad, disciplina e instrucción—, no pases por alto esta primera parte: el servicio y el amor. Ignorar este principio fundamental provocará un cortocircuito en los demás.
El Liderazgo Paternal Como Autoridad
La posición de cabeza dada por Dios es una posición que implica autoridad. Como cabeza de familia, un padre debe ejercer autoridad sobre sus hijos. Por otro lado, no todo hombre está llamado o equipado para ser un líder con autoridad en su lugar de trabajo, su iglesia o su comunidad. Diferentes hombres reciben diferentes dones y habilidades para trabajar y servir efectivamente de diferentes maneras. Aquellos que están dotados en áreas de liderazgo y ocupan tales posiciones fuera del hogar no son necesariamente más hombres o más piadosos que aquellos que no lo hacen. Pero en relación al hogar, Dios equipa a todos los hombres que son cabeza de familia para ser líderes que ejercen autoridad. Si eres un hombre casado, eres la cabeza de tu esposa. Si tienes hijos, estas en una posición de autoridad sobre ellos.
Si un hombre se niega a ejercer autoridad en su hogar, se está negando a obedecer a Dios. Ahora bien, algunos hombres necesitan que se les recuerde que la autoridad piadosa es aplicada en amor desinteresado en vez de dominación egoísta. Otros hombres necesitan ser motivados a abrazar la posición de autoridad a la que han sido llamados. Hombres, no descuiden su responsabilidad de obedecer a Dios ejerciendo autoridad sobre su familia.
El Liderazgo Paterno Como Disciplina
Cuando Pablo instruye a los padres para que «eduquen» a sus hijos, identifica dos medios para lograr ese fin: la disciplina y la instrucción (Ef 6:4). Vamos a abordar cada uno de ellos por separado. En esta guía de estudio ya he argumentado que la disciplina es algo más que un mero castigo. Tiene como fin último el bienestar y la formación del disciplinado. Dios nos disciplina «para nuestro bien» y para que podamos «participar de Su santidad» (Heb 12:10). Así pues, la disciplina es un tipo particular de instrucción. Específicamente, la disciplina es el tipo de instrucción que toma la forma de consecuencias punitivas. De hecho, en el mismo pasaje en el que se nos dice que la disciplina es para nuestro bien, también se nos dice que «ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien dolorosa» (Heb 12:11).
El libro de Proverbios tiene mucho que enseñarle al pueblo de Dios acerca de la paternidad. Gran parte de su contenido fue lo que escribió el rey Salomón para su hijo. Esas palabras, inspiradas por el Espíritu Santo, pretenden ser instructivas para todos los padres y todos los hijos. Uno de los temas que más se repiten en Proverbios con respecto a la relación padre-hijo es la disciplina. Específicamente, Proverbios identifica dos tipos distintos de disciplina: la vara y la reprensión.
En Proverbios, «la vara» se refiere a una rama o bastón utilizado para golpear a alguien como forma de castigo. En un sentido general, Proverbios enseña que la vara está destinada a la espalda de los necios, es decir, de las personas que carecen de sabiduría o sensatez (ver Pro 10:13, 26:3). En Proverbios, la sabiduría es fruto de un adecuado temor y conocimiento de Dios (Pro 1:7, 9:10). Por tanto, la necedad es lo contrario de conocer y temer a Dios. Por la sabiduría que Dios le concedió, Salomón sabía que la necedad (a veces traducida como insensatez) está arraigada en los niños desde el principio. David, el padre de Salomón, se lamentó en una ocasión: Yo sé que soy pecador de pecador, desde que me concibió mi madre (Sal 51:5). Desde el pecado de Adán en el Jardín del Edén, todos los niños han venido a este mundo «muertos en sus transgresiones y pecados» (Ef 2:1-3). Por esta razón, Salomón entendió que la vara, que generalmente es un buen medio para castigar a los necios por su necedad, es también un instrumento perfectamente adecuado para la disciplina de los niños. Por eso escribió: «La necedad es parte del corazón juvenil, pero la vara de la disciplina la corrige» (Pro 22:15). Y también en otro proverbio se lee: «No dejes de disciplinar al joven; si lo castigas con vara, no se morirá. Castígalo con vara y así lo librarás de la muerte» (Pro 23:13-14).
En estos pasajes, la Palabra de Dios está instruyendo a los padres para que utilicen el castigo corporal (o los azotes) en la disciplina de sus hijos. En contra de la locura de la gran mayoría de los consejeros en el mundo moderno, la Palabra de Dios enseña que dar palmadas a un niño no resulta en el daño del niño, sino en su bien final, y ayuda potencialmente en el milagro de salvar su alma. Por supuesto, el uso del castigo corporal puede ser dañino si es llevado a cabo por un padre sin autocontrol y con espíritu vengativo. Por el contrario, un padre que imita intencionadamente el cuidado paterno que Dios tiene de Sus hijos, disciplinará a su hijo por el bien del niño; sin perder de vista el fin de su formación a largo plazo en la santidad. Un azote aplicado intencionalmente en la espalda de un niño es un método de disciplina divinamente dado que parece doloroso por el momento, pero a largo plazo, «produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella» (Heb 12:11).
La otra forma de disciplina identificada en Proverbios es la reprensión. Mientras que la vara es una forma física de castigo, la reprensión es una forma verbal del mismo. Una reprensión es una palabra hablada de desaprobación en respuesta a un mal hecho. Una reprimenda identifica el comportamiento pecaminoso y lo llama como realmente es—despreciable a los ojos de Dios y vergonzoso a los ojos del hombre. Una reprimenda solo es eficaz cuando se dirige a alguien a quien le importa la aprobación, alguien que tiene una conciencia lo suficientemente sensible como para sentir la vergüenza adecuada. En otras palabras, una reprimenda supone cierto grado de sabiduría en el corazón del reprendido. Proverbios 13:1 dice: «El hijo sabio atiende a la corrección de su padre, pero el insolente no hace caso a la reprensión». O piensa en Proverbios 17:10, que dice: «Penetra más un regaño en el hombre prudente que cien latigazos en el obstinado». Por esta razón, una reprimenda tiende a ser más efectiva a medida que los niños envejecen. Idealmente, en la medida en que un niño madura, el uso de la «reprensión» como medida disciplinaria se hace más efectivo, de modo que el uso de la «vara» como herramienta disciplinaria puede disminuir proporcionalmente.
La Paternidad Como Instrucción
Además de la disciplina, Pablo identifica la «instrucción» como un medio para educar a los hijos en el Señor (Ef 6:4). Mientras que la disciplina es un tipo de instrucción que utiliza medidas punitivas, la palabra que se traduce como «instrucción» en este versículo se refiere específicamente a la enseñanza con el uso de palabras. La disciplina tiene lugar como respuesta al pecado, pero la instrucción puede tener lugar en cualquier momento. Los padres tienen la responsabilidad particular de supervisar este proceso.
Las Escrituras están llenas de amonestaciones dirigidas a los padres para que instruyan a sus hijos. Los padres tienen la responsabilidad de enseñarles sabiduría para vivir en este mundo y, lo que es más importante, deben enseñarles quién es Dios y quiénes son ellos en relación con Él. Por otra parte, el quinto mandamiento dice a los hijos que honren a su padre y a su madre (Ex 20:12). Este mandamiento presupone la instrucción que los padres dan a sus hijos acerca de Dios y cómo vivir correctamente en Su mundo. Por eso el mandamiento del Éxodo va asociado a la promesa de una larga vida en la tierra. La lógica del mandamiento y la promesa no es difícil de discernir. Los padres enseñan a sus hijos la ley del Señor. Cuando los hijos obedecen las instrucciones de sus padres, están obedeciendo los mandamientos del Señor, que les han sido transmitidos por sus padres. El resultado de guardar los mandamientos del Señor es una larga vida en la tierra.
En Deuteronomio 6:6-7 aparece esta lógica de forma explícita al pedir a los padres que enseñen a sus hijos la ley del Señor: «Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes» (LBLA). Hay que observar que Moisés ofrece instrucciones específicas sobre cuándo y cómo enseñar la Palabra del Señor a los niños. Primero, al final del versículo 7, dice: «cuando te acuestes y cuando te levantes». Estas son las actividades que enmarcan el día. El sentido de esta expresión es que la tarea de los padres de enseñar a los hijos debe ser continua a lo largo del día, de principio a fin. No faltarán oportunidades para que enseñemos a nuestros hijos los caminos de Dios. Basta con que prestemos atención y mantengamos la Palabra del Señor siempre en nuestro corazón (v 6).
En segundo lugar, Moisés dice que esta instrucción debe de tener lugar «cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino». La frase, «cuando te sientes en tu casa» es probablemente una referencia a la instrucción formal en el hogar cuando todos se reúnen para este propósito. En el mundo antiguo, los momentos de instrucción formal implicaban que el maestro se sentaba para dirigirse a su audiencia (muy diferente de nuestro hábito actual en el que los oradores están de pie ante sus oyentes). Probablemente, lo que Moisés tiene en mente son momentos en los que la familia se reúne con el propósito de leer la Palabra de Dios y recibir alguna instrucción de ella. Hoy en día, algunos se refieren a esos momentos como «adoración familiar». Comoquiera que lo llamemos, lo importante es que lo hagamos. Los padres tienen el deber de procurar que sus hijos tengan el hábito de recibir de ellos la enseñanza formal de la Palabra de Dios. La frase «cuando andes por el camino» probablemente se refiere al tipo de enseñanza que se imparte en medio de la vida diaria.
Cuando Pablo dice a los padres cristianos que «críen» a sus hijos en «la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4), está indicando que esta responsabilidad paterna de disciplina e instrucción es una carga que recae directamente sobre los hombros de los hombres, mucho más que sobre cualquier otra persona. Ciertamente, las madres se ocupan de la disciplina y la instrucción, pero lo ideal es que el padre sea el responsable, y que lo haga con su ejemplo y liderazgo, para cultivar un hogar en el que la disciplina y la instrucción sean la norma.
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Discusión y reflexión:
- ¿En qué aspecto del liderazgo paternal —servicio amoroso, autoridad, disciplina e instrucción— podrías crecer más? Evalúa con tu esposa (y tal vez con tus hijos) qué tal lo estás haciendo en estas áreas.
- ¿Cómo puedes poner en práctica en tu familia lo que dice Deuteronomio 6:6-7?
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Conclusión
Mientras mi hijo mayor caminaba regresando del altar con su nueva esposa, el análisis reflexivo de mi papel como padre entró en pleno apogeo. ¿Mi conclusión profunda después de días de tanta introspección? No soy el padre perfecto. Aunque existen muchos ejemplos de mis acciones paternales que se ajustan a la guía que he ofrecido aquí, también hay innumerables ejemplos de mi fracaso en cumplir estas cosas. En la paternidad, al igual que en todo lo demás, he pecado y he estado destituido de la gloria de Dios (Ro 3:23). A veces he ejercido la autoridad con egoísmo en lugar de hacerlo con amor; otras veces, he abandonado mi autoridad, prefiriendo ignorar las áreas en las que mi liderazgo era necesario. En ocasiones he disciplinado a mis hijos movido por mi ira pecaminosa y egoísmo; en otras, he dejado de disciplinarlos por pereza. A veces he perdido oportunidades de instruir a mis hijos mientras voy con ellos en el camino; otras veces he sido negligente al reunirlos para una instrucción formal cuando estoy sentado en casa.
Si tienes alguna experiencia como padre cristiano, es probable que te sientas obligado a hacer esta misma confesión. Tal vez tu situación sea aún más compleja. Tal vez tu familia no encaja en el patrón descrito en Efesios 5 – 6 (un esposo y una esposa viviendo con sus hijos en el hogar). Quizás eres padre soltero por diversas razones, o tal vez tus hijos no viven actualmente contigo, sino que están bajo el cuidado de otra persona. Ya sea que se trate de las repetidas deficiencias de un sincero padre cristiano o de un patrón más marcado de desintegración en el hogar, el hecho es que, como padres cristianos, estamos lamentablemente lejos de lo que deberíamos ser.
Teniendo esto en mente, quiero concluir con dos advertencias. En primer lugar, aunque reconozcamos que no estaremos nunca a la altura del ideal de paternidad cristiana, no por eso debemos dejar de esforzarnos por alcanzar esa meta. Lo que Pablo dijo sobre la piedad perfeccionada también es cierto para la paternidad: «Olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante Su llamamiento celestial en Cristo Jesús» (Fil 3:13-14). En segundo lugar, el evangelio de Jesucristo nos da la buena noticia del perdón de los pecados y nos dice por qué podemos llamar a Dios nuestro Padre de una manera especial y pactual. Cuando tratas de imitar la paternidad pactual de Dios, lo haces como alguien que ha sido perdonado por Él de todos tus pecados. Intentas imitar a Dios como alguien que conoce sus limitaciones y es profundamente consciente de que no es Dios. Por eso, en tu debilidad de padre, pon tu mirada en aquel Padre que no es débil. En tus fracasos, mira al Padre que no fracasa. En tu cansancio, mira al Padre que no se cansa ni se fatiga. Que el único Dios vivo y verdadero te dé la gracia de ser el tipo de padre que tus hijos necesitan: un padre que los lleve al Padre.
Notas finales
1. Se refiere a la traducción inglesa KJV, que contiene las palabras «Leave and cleave» en Gn 2:24.
2. https://www.desiringgod.org/messages/prayer-the-work-of-missions
Acerca del autor
KYLE CLAUNCH es esposo de Ashley y padre de seis hijos. Tiene más de veinte años de experiencia sirviendo en el ministerio pastoral vocacional en la iglesia local. Actualmente es anciano en la Iglesia Bautista Kenwood, donde enseña regularmente la Escuela Dominical y sirve como instructor para el recién formado Instituto Kenwood. Kyle también es Profesor Asociado de Teología Cristiana en el Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, KY, donde ha estado sirviendo desde 2017.
Tabla de contenido
- Parte I: La Paternidad De Dios Primero
- La Paternidad Humana A La Luz Del Modelo De La Paternidad Divina
- ¿En Qué Maneras Es Dios Padre?
- Discusión y reflexión:
- Parte II: Dios Como Padre De Sus Hijos Del Pacto
- La autoridad paternal de Dios
- La Provisión Paterna De Dios
- La Disciplina Paterna De Dios
- La Fidelidad Paternal De Dios
- La Importancia De Empezar Con Dios
- Discusión y reflexión:
- Parte III: Prepararse Para La Paternidad A Través Del Progreso En La Piedad
- ¿Qué Es La Piedad?
- La Necesidad De Ser Formados En La Piedad
- Pasos Prácticos Para Ejercitarse En La Piedad
- Discusión y reflexión:
- Parte IV: Ejercitando El Liderazgo Como Un Padre Fiel (Efesios 5 – 6)
- El liderazgo paterno como servicio amoroso
- El Liderazgo Paternal Como Autoridad
- El Liderazgo Paterno Como Disciplina
- La Paternidad Como Instrucción
- Discusión y reflexión:
- Conclusión
- Notas finales
- Acerca del autor