#46 La paz de Dios y cómo encontrarla
Introducción: La paz que buscas
Imagina que no hay paraíso
Es fácil si lo intentas.
Ni infierno a nuestros pies,
y arriba, solo el firmamento.
Imagina a todo el mundo
Viviendo el hoy.
Imagina que no hay países.
No es tan difícil.
Nada por lo que matar o morir,
tampoco religión.
Imagina a todo el mundo
viviendo la vida en paz…
Me dirás que soy un soñador,
pero no soy el único.
En marzo de 1971, en medio de la agitación de la guerra de Vietnam, un hombre llamado John Lennon se sentó a escribir una canción que animaba a todos a imaginar una vida «sin nada por lo que matar o morir». Era una «campaña publicitaria por la paz». Él y su esposa Yoko, decepcionados por la guerra, «imaginaron» un mundo sin religión, posesiones o fronteras. Lennon dijo que su canción era «prácticamente el Manifiesto comunista», y creía que esta promovería la paz y ayudaría a unir al mundo.
Los hippies no eran los únicos apasionados por la paz en los años sesenta y setenta. John estaba en lo cierto. Todas las generaciones y todas las personas deseamos la paz. Algunos desean una vida libre de conflictos políticos y guerra, mientras que otros buscan liberarse de una conciencia atormentada. Otras personas buscan paz en sus relaciones personales. Todos queremos paz e intentamos conseguirla, pero la paz duradera suele ser difícil de alcanzar.
¿Por qué? Creo que probablemente se debe a que existen muchas ofertas engañosas. Algunos piensan que la paz se obtiene a través del dinero; otros la buscan tratando de complacer a las personas. Algunos simplemente evitan la realidad manteniéndose ocupados o entregándose al entretenimiento sin fin, esperando que, de alguna manera, la distracción sea igual a la paz.
Sin embargo, en definitiva, la paz falsa nunca podrá satisfacernos.
Es como beber agua salada para calmar la sed: cuanto más consumas, más sed tendrás. El defecto fundamental de la paz falsa está en su definición. Los diccionarios definen a la paz simplemente como la ausencia de problemas. Si no hay guerra ni conflictos en tu matrimonio, si tu trabajo es estable, tu familia está sana y puedes pagar tus cuentas, la sociedad piensa que estás en «paz». Pero ese tipo de paz se desmorona apenas llegan los problemas. La paz falsa es nada más que un espejismo.
Afortunadamente, Dios nos ha dado una definición distinta de paz genuina. Su paz no es la ausencia de problemas: es su poderosa y tranquilizadora presencia en medio de ellos. En Juan 16:33, Jesús dijo: «Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo». La paz de Dios no es un sentimiento que buscas, sino Alguien en quien confías.
Prepárate para deshacerte de las falsificaciones, abrazar la paz duradera de Dios y disfrutar los placeres de su eterna presencia. No encontrarás
la paz que deseas controlando tus circunstancias, sino rindiéndote ante un Dios que controla todas las cosas y quiere compartir su paz eterna contigo. Comencemos.
Audioguía
Audio#46 La paz de Dios y cómo encontrarla
Parte 1: Cómo lograr la paz con Dios
¿Qué es la paz?
¿Qué se te viene a la mente cuando oyes la palabra «paz»? ¿Un poco de quietud y silencio? ¿Un descanso del trabajo o de los niños? Tal vez piensas en la tranquilidad: un poco de música zen, un masaje, observar la playa o un arroyo en el bosque… Tal vez piensas en la paz en tus relaciones: sin chismes, sin peleas, sin drama, sin tensiones. Quizás imagines la paz global, es decir, no más holocaustos, apartheids, genocidios o amenazas de guerras nucleares.
Según las Escrituras, la paz se trata de la presencia de algo o de alguien. La verdadera paz se encuentra en Dios. La paz viene a restaurar lo que el pecado ha roto. La paz perfecta es una recomposición total, un retorno al buen orden y diseño de Dios. Es la ausencia de lo que debería estar ausente y la presencia de lo que debería estar presente. Todo en el lugar correcto. Todo restaurado.
La palabra hebrea para «paz» es shalom. Aparece 236 veces en el Antiguo Testamento y no habla solo de calma, sino también de plenitud.
Job describió una vez su casa como un lugar de shalom, porque no le faltaba nada. David preguntó por el shalom de sus hermanos en medio de la batalla. Cuando Salomón terminó el templo, trajo shalom a ese lugar.
«Dar shalom» a algo es restaurarlo, hacerlo completo otra vez. Cuando Dios creó el mundo, lo hizo entero, completo. Pero el pecado rompió esa integridad. Antes había armonía; ahora hay hostilidad. Antes había intimidad con Dios, pero el pecado creó separación y alienación.
Luego de haber pecado, Adán y Eva se escondieron de Dios porque el pecado los apartó de Él. Dios prometió a Adán y a Eva que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente. Esa simiente no es otro que Jesucristo. Isaías, el profeta, llamó a Jesús «Príncipe de Paz». De hecho, cuando Jesús nació, los ángeles aparecieron anunciando: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad» (Lucas 2:14).
¿Cómo logró Jesús esta paz? Los ángeles no solo la anunciaron; Jesús tuvo que conseguirla. Obtuvo esta paz tan anunciada a través de su vida, muerte y resurrección.
El Evangelio de Jesucristo es el punto de partida para toda alma que busque la paz. Pero, antes de recibirla, debemos reconocer por qué la necesitamos.
¿Por qué necesitamos paz con Dios?
Matthew Henry preguntó una vez: «¿Qué paz pueden tener quienes no están en paz con Dios?». La respuesta es la siguiente: no existe la paz sin Dios.
La verdadera paz, aquella que calma la culpa, tranquiliza el alma y nos fortalece en el sufrimiento, no existe por fuera de la reconciliación con Dios. ¿Por qué? Porque nuestro mayor problema no es emocional, político ni psicológico: es relacional.
Nuestra inquietud comienza con nuestra rebeldía. Hasta que no nos reconciliemos con el Creador, no habrá nada que pueda calmar realmente nuestros miedos.
Podemos intentar ocultar nuestro descontento con logros o con indiferencia, pero mientras no enfrentemos al pecado, nuestra conciencia susurrará: «No estás bien, no estás en lo correcto. No estás seguro».
La verdad es que nuestra conciencia está en lo cierto.
Si quieres la paz de Dios, primero debes hacer las paces con Dios, no contigo mismo.
La Biblia nos enseña que el pecado ha creado un abismo entre Dios y nosotros. Romanos 5:10 dice que antes de que vayamos a Cristo, somos enemigos. Los enemigos no son pasivos e indiferentes. Están en un estado perpetuo de animosidad activa. Antes de que acudamos a Cristo, la Biblia nos llama rebeldes, transgresores e insurgentes en el Reino
de Dios.
Romanos 3:23 dice: «Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios». Eso significa que nadie llega a este mundo a salvo. Todos comenzamos alejados de Dios y en un estado de guerra contra Él.
Ningún hombre puede ganar una guerra contra Dios. Él es santo. El hombre es culpable. Sin importar que tan amoroso sea Dios, nunca ignorará nuestra rebeldía, porque es justo. Es por eso que la paz con Dios es imposible por nuestra parte. No podemos sobornar a un Dios santo con un buen comportamiento. No podemos esconder nuestra culpa con resoluciones y rituales. Si se establece la paz, es por iniciativa de Dios.
Él debe actuar primero. Y ya lo ha hecho. Dios envió a su Hijo al mundo para hacer las paces. Necesitábamos a alguien para negociar y alcanzar un tratado de paz, y eso nos ofrece el cristianismo: un tratado de paz escrito con la sangre de Cristo.
Esta es la base de cualquier tipo de paz que puedas experimentar. Hasta que no finalice la guerra contra Dios, la paz solo será producto de tu imaginación. Tal vez encuentres momentos de quietud, pero no hallarás descanso. Podrás adormecer tu culpa, pero jamás deshacerte de ella. La paz comienza en la cruz, pues es allí donde termina la hostilidad.
¿Cómo pueden reconciliarse los rebeldes con un Dios santo?
Romanos 5:1 lo explica de esta manera: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». Dios justifica a los pecadores. Los declara justos a través de la fe en Cristo, no porque lo merezcan, sino por lo que su Hijo ha hecho. Jesús entró al juicio, tomó nuestro lugar y recibió el veredicto completo. Dios no ignoró los cargos ni bajó su estándar santo. Cumplió con la justicia por medio de una sustitución.
En la cruz, Jesús absorbió la ira que nos habíamos ganado. Soportó la maldición. Cumplió con la ley. Pagó la deuda en su totalidad. Cuando crees en Él, te unes a Él. Su muerte cuenta por ti. Su vida cubre la tuya.
El Juez te declara «justo». Y cuando se pronuncia la justificación, comienza la paz.
Esta paz no es un sentimiento efímero, sino una realidad objetiva. No varía según tus circunstancias. Está arraigada en la obra completada de Cristo y asegurada por el veredicto justo del mismo Dios. Cuando Dios te declara justo, es un veredicto legal, espiritual y eterno. Ya no está contra ti, sino para ti, por completo y para siempre.
¿Por qué Dios haría esto? ¿Por qué acercarse a quienes lo enfrentaban? Romanos 5:8 nos da la respuesta: «Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros». Dios no esperó a que nosotros nos redimiéramos. No nos pidió que cambiáramos para brindarnos su gracia. Nos brindó su gracia para que cambiáramos. Este es el centro del evangelio de paz. Jesús no solo nos señaló el camino hacia la paz, transitó el camino hacia el Calvario y nos la compró.
Una vez que haces las paces con Dios, ya no eres su enemigo. Eres su hijo. La guerra se acabó. El veredicto fue pronunciado. Fuiste justificado. Pero la justificación no es el fin de la historia; es el comienzo de una vida nueva, una vida donde Dios no solo se deshace de la hostilidad, sino también llena tu alma de paz. Es aquí donde pasamos de la paz con Dios a la paz de Dios. La paz con Dios es legal, objetiva, permanente. Se basa en la obra de Cristo y está sellada por su justicia. La paz de Dios es personal, segura y eterna.
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Discusión y reflexión:
- ¿Cuáles son algunas formas de paz falsa que te ves tentado a buscar?
- ¿De qué maneras las dificultades expusieron aquello en lo que realmente confías?
- ¿Ya has hecho las paces con Dios, o sigues intentando obtener su aprobación?
- ¿Cómo cambiaría tu actitud cotidiana si realmente creyeses que Dios es tu amigo ahora?
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Parte II: Cómo experimentar la paz de Dios
La paz de Dios es personal
Filipenses 4:9: «Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, además de lo que han visto en mí y el Dios de paz estará con ustedes». La paz es personal. Es palpable.
Dios no te da la paz de la forma en que un repartidor de Amazon te entrega un paquete. La paz viene de su presencia. La paz fluye desde tu relación con Él. Pablo no dice «la paz estará con ustedes» como si fuera un sentimiento abstracto e impersonal. Nos dice cómo estará esa paz con nosotros: «el Dios de paz estará con ustedes».
Por lo tanto, no obtenemos solo alivio, obtenemos una relación. No recibimos solo un sentimiento, recibimos al Padre.
Las personas con formación militar, especialmente las mujeres y los hijos de los militares, conocen esto bien. Cuando papá se va por meses o incluso años, ¿se conforman solo con recordarlo? ¿Una foto, una carta o una emoción positiva reemplazan su presencia? ¡No! Quieren a su esposo o a su padre en carne y hueso. ¿Por qué? Porque su cercanía les trae calma. Su voz les trae paz.
Hace un tiempo, me encontré con un video en YouTube llamado «Un sargento sorprende a su hijo durante una clase de taekwondo». En el video se ve a un padre recién llegado de un año de misión, practicando combate con su hijo, quien tiene los ojos vendados. Mientras intercambian golpes, el padre dice: «Mantén tus manos en alto, Chip». El niño no puede ver a su padre, pero cuando este repite las instrucciones, «Mantén tus manos en alto, Chip», reconoce su voz y de inmediato se quita la venda y abraza a su padre.
Hay ocasiones en las que Dios se siente lejos, pero podemos confiar en que Él siempre está a nuestro lado. Su voz siempre nos alienta a través de su Palabra eterna. Nos ha prometido estar siempre con nosotros, y podemos estar seguros de que su presencia es nuestra paz.
El salmista en Salmos 73:28 dijo: «Para mí el bien es estar cerca de Dios. He hecho del Señor Soberano mi refugio para contar todas sus obras».
Efesios 2:14a dice: «Porque Cristo es nuestra paz», y donde Él está, la paz reina. Es por eso que Pablo dice: «El Señor está cerca» (Filipenses 4:5b). No se aleja. Está cerca nuestro, morando con su pueblo.
Es por esto que la paz no puede sostenerse de otra forma que no sea caminando junto a Cristo. Cuanto más te alejas de Él, más se te escapa la paz. Esto no sucede porque Él se esté alejando, sino porque pierdes de vista a quien es tu refugio. Él ha prometido nunca abandonarte y si permaneces en Él, experimentarás su paz. La paz de Dios es personal porque la experimentamos en la presencia personal de Emmanuel, Dios con nosotros.
La paz de Dios está protegida
La paz de Dios no solo está presente y es personal, sino que también está poderosamente protegida.
Filipenses 4:7: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús».
¿Has pensado en qué significa que la paz de Dios «sobrepasa todo entendimiento»? Sobrepasa el entendimiento no porque sea irracional, sino porque excede los límites de la razón humana.
Cuando la vida se desmorona, esta paz no solo se siente fuerte: es fuerte. Cuando pierdes tu trabajo y te preguntas cómo vas a sobrevivir, Dios está ahí para proteger tu paz. Cuando estás en el hospital y recibes tu diagnóstico, Dios está a tu lado protegiendo tu paz. Cuando estás junto a la tumba y la pérdida finalmente te impacta, Él está más cerca tuyo de lo que imaginas.
La paz de Dios no elimina las adversidades, pero te sostiene en medio de ellas. No te hace olvidar el dolor, pero te ayuda a procesarlo a la luz de sus promesas. Esta paz no es un truco de la mente, es obra del Espíritu. Muchos creyentes sufren porque esperan que la paz alivie todos sus problemas, pero la paz de Dios suele experimentarse en medio de ellos.
La paz de Dios es eterna
La paz de Dios es personal, está protegida y es eterna. Una vez dentro de ti, no te abandona nunca.
Isaías 54:10: «“Aunque cambien de lugar las montañas y se tambaleen las colinas, no cambiará mi fiel amor por ti ni vacilará mi pacto de paz”, dice el Señor, que de ti se compadece».
Cuando tienes paz con Dios, esta no desaparece con el tiempo ni fluctúa con tus emociones. La paz envejece bien. No se arruga, no desaparece ni se debilita. La paz con Dios no es una experiencia de una sola vez en la conversión, ni algo del pasado. Es una realidad presente y permanente.
El hecho de que estés justificado quiere decir que no tienes que preocuparte por estar o no en paz con Dios, porque estás anclado a Él.
Romanos 5:10 nos habla de esto: «Porque, si cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con Él mediante la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, habiendo sido reconciliados, seremos salvados por su vida!».
La muerte de Cristo nos dio la paz. La vida de Cristo la mantiene con nosotros.
Jesús dijo en Juan 14:27: «La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden».
La paz del mundo es circunstancial. La paz de Dios es un pacto. Una vez que nos la da, no nos la quita. La resurrección de Cristo y la presencia de su Espíritu es tu sello y garantía. El Espíritu de Dios vive de forma permanente en nuestros corazones, y por eso siempre tendremos paz.
Cristo compró tu paz a un gran precio, así que puedes estar seguro de que ahora la preservará. No solo la preserva, sino que también la nutre y la cultiva mientras te rindes a su Espíritu que mora en nosotros.
Pablo nos dice en Romanos 15:13 que esta paz fluye de la esperanza y la alegría a través del poder del Espíritu Santo: «Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en Él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo».
Tendrás altibajos en la vida y en tu fortaleza emocional, pero la paz es una promesa inquebrantable arraigada en el carácter de Dios. Su paz nunca te dejará porque Él nunca te dejará (Hebreos 13:5). Esto no quiere decir que tu paz nunca se tambaleará, pero, cuando lo haga, puedes recordar las promesas de Dios y estar seguro de ellas.
Eso nos lleva a nuestra próxima pregunta: ¿cómo podemos cultivar y fortalecer nuestra paz? Si la justificación es la raíz, el crecimiento en Cristo es el fruto. Observa a continuación cómo puedes fortalecer la experiencia de la paz de Dios, no solo en la teoría sino también en la práctica.
Ora por todo
Si quieres caminar en la paz de Dios, debes aprender a presentar todo ante Él por medio de la oración; no solo las cosas grandes y las emergencias, ¡todo! Esto incluye tus pensamientos ansiosos, tus noches sin dormir y tu mente inquieta. El Señor nos dice exactamente qué hacer con nuestra ansiedad en Filipenses 4:6-7: «No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús».
Entonces, según Pablo, la paz de Dios no llega cuando tienes todo bajo control. Llega cuando le entregas todo. Cuando empieces a sentir ansiedad en tu corazón, y esa pequeña voz en tu cabeza comience a enumerar tus miedos, debes recordar que Dios quiere que acudas a Él en oración; no porque no sepa por lo que estás pasando, sino para que puedas recordar quién es Él.
La oración es tu arma para luchar contra la ansiedad. Cuando Martín Lutero enfrentaba oposiciones espirituales intensas, solía decir: «Ven, cantemos un salmo y alejemos al diablo».
¿Con cuánta frecuencia las canciones que cantas te recuerdan las verdades que sueles olvidar? Hay algo en los buenos himnos que nos ayuda a recordar quién es Dios y lo que ha hecho. Necesitamos buena música para predicar a nuestras preocupaciones. Necesitamos letras comprobadas para redirigir nuestros pensamientos cuando nuestras emociones están fuera de control.
Dios te promete que tendrás paz si le presentas tus cargas en lugar de intentar lidiar con ellas por tu cuenta, y si eliges la oración por sobre el pánico. ¿Quieres experimentar aún más la paz de Dios? ¡Canta! Lo digo en serio; canta más. Haz que tus canciones sean oraciones. Canta y clama: «¡Dios, yo creo! ¡Ayúdame a enfrentar la incredulidad!».
¿Tu pecado te acusa de culpable? Canta: «Y con su muerte el Salvador, ya mi pecado perdonó». ¿Te ves tentado a dudar del amor de Dios? Recuerda tu adopción: «Y en sus manos, por su amor, mi nombre ya grabado está; y mientras en su trono esté, nadie de Él me apartará».¿Tu pasado te incrimina? Puedes descansar en esto: «Cuánto me gozo en su salvación, fue pleno su amor y perdón; clavó mi pecar, en la cruz lo olvidó».
Orar a través de buenas canciones calmarán tu corazón y evitarán que tu paz flaquee. Ora y canta sin cesar.
Medita sobre lo que es verdadero
Si la oración te ayuda a ver claro, meditar la verdad te ayudará a caminar por la senda correcta. Filipenses 4:8: «Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio».
La batalla por la paz a menudo se gana o se pierde en la mente. El Espíritu usa la verdad para disipar las mentiras. Cuando tu mente se renueva con las promesas de la Palabra de Dios, tu alma aprende a descansar, incluso cuando las circunstancias sugieren otra cosa.
Pero si permites que tu mente esté ocupada con preocupaciones, dudas y suaves susurros de falsedad, tendrás dificultades para experimentar
la paz.
Piensa en las conversaciones que tienes contigo mismo. ¿Eres la persona más negativa en tu vida? ¿Escuchas una voz interna que te dice «eres un fracaso», «estás solo» o «nadie entiende cómo te sientes o por lo que estás pasando»? Las mentiras no están deambulando por fuera de tu mente, quieren entrar y vivir allí de forma permanente. Satanás, la atracción del pecado y tus propias inseguridades intentaran convencerte constantemente de que no puedes confiar en la Palabra de Dios.
Esta es la razón por la que el profeta Isaías dice en Isaías 26:3: «Al de carácter firme lo guardarás en perfecta paz, porque en ti confía». Dios no solo guarda nuestros corazones, sino también nuestras mentes. Observa, sin embargo, que no guarda todas las mentes, solo las que se centran
en Él.
Eso no sucede por accidente. Debes pelear por ello. Debes elegir deliberadamente en qué piensas. Experimentarás la paz profunda de Dios y esta permanecerá en tu alma, pero solo cuando puedas silenciar las mentiras que merodean en tu cabeza.
Tus pensamientos conducen a emociones, y esas emociones llevan a realizar acciones. Las cosas en las que crees en los momentos tranquilos de descuido moldearán profundamente la forma en la que respondes al caos. Si crees que Dios es distante, te sentirás abandonado y solo. Pero si realmente crees que Él es un ancla fuerte en la que puedes confiar, tu alma se estabilizará. La paz no surge solo de los pensamientos positivos: crece a partir de una verdad sólida.
¿Cómo puedes experimentar más de la paz de Dios en tu vida? Ora por todo y medita regularmente sobre lo que es verdadero.
Practica lo que sabes
Filipenses 4:9: «Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, además de lo que han visto en mí y el Dios de paz estará con ustedes». La paz no se promete solo a los que creen, sino a los que obedecen. Una cosa es conocer la verdad, y otra cosa es vivir de acuerdo con ella.
Salmos 119:165: «Los que aman tu Ley disfrutan de gran paz y nada los hace tropezar». Aquí se asume que amar la Palabra de Dios es obedecerla. Quienes aman la Palabra de Dios y viven según ella experimentan la paz, no una paz mínima, sino mucha paz. Paz en abundancia. Una paz asentada y duradera.
Es importante observar quiénes experimentan la paz. No los desobedientes, sino aquellos que aman la ley de Dios; quienes no la siguen por obligación, sino porque se deleitan en ella de corazón.
Salmos 1:2: «Sino que en la Ley del Señor se deleita, y día y noche medita en ella».
Amar la ley de Dios es amar la voz de Dios, sus caminos y su voluntad. Quienes no lo hacen, no encontrarán la paz. Una de las cosas más profundas que me ha dicho mi esposa es: «No hay nada más satisfactorio que tener una conciencia limpia». Tiene toda la razón. La paz fluye con más naturalidad cuando la conciencia está limpia. No puedes esconder tus pecados y esperar tener un alma estable. No puedes pedir de forma genuina la paz de Dios mientras ignoras deliberadamente sus mandamientos. La desobediencia siempre altera la paz, no porque Dios nos quite su amor, sino porque el pecado nubla tu confianza y crea distancia en tu relación con Él.
El pecado siempre nos promete muchas cosas y cumple muy pocas.
Te seduce con la promesa efímera del alivio, y te deja con una profunda intranquilidad. Puede que se sienta como libertad por un momento, pero de a poco te asfixia el alma. Cuando te enfrentas al compromiso,
tu paz se desinfla como si fuera aire en un neumático. Por otro lado, es posible que la obediencia requiera algo por adelantado, como renunciar a algo o tomar una decisión difícil, pero nos lleva consistentemente a la verdadera paz, la claridad y una comunión más profunda con Dios.
Recuerda: crecer en la santidad no se trata de perfección, sino de dirección. Se trata de un corazón que escucha activamente cuando Dios habla, se vuelve de forma genuina cuando Él convence, y acude con fidelidad cuando Él llama.
La obediencia afirma: «Que sea a tu manera, Señor, y no a la mía». Aceptar la voluntad de Dios en lugar de la tuya no te dará la paz, pero la invitará a tu vida. La paz no es el premio que obtenemos por nuestro desempeño, es el fruto natural de una relación íntima con Dios.
Así que, si te falta paz en tu vida, puede que sea momento de repasar algunas cosas. Carecerás de comodidad si coqueteas con el pecado y te niegas a ser corregido. La paz de Dios se queda con quienes caminan activamente junto al Dios de paz. Si caminas en fe y obediencia, tu alma encontrará el descanso prometido.
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Discusión y reflexión:
- Cuando sientes ansiedad, ¿qué es lo primero que haces, orar o entrar en pánico?
- ¿Cuáles son algunas verdades de la Palabra de Dios que necesites recordar más a menudo?
- ¿Existe algún pecado oculto que esté afectando tu paz con Dios?
- ¿Qué quiere decir que la paz es una Persona y no solo un sentimiento?
- ¿Confías en Cristo como tu paz? De ser así, ¿cómo moldea esto la manera en la que ves las adversidades?
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Parte III: Cómo disfrutar del Dios de paz
En la gran película de artes marciales kung fu panda, hay una escena en la que el maestro shifu ayuda a po a concentrarse y hallar su paz interior. Po se sienta bajo un cerezo en flor a meditar buscando la guía del universo. Luego, repite el mantra: «paz interior… paz interior… paz interior». En eso, su mente se distrae y su «paz interior» se convierte en «ritmo interior»… ¡y empieza a cantar y bailar!
Creo que todos nos identificamos con po más de lo que nos gustaría admitir. Nuestras mentes a menudo divagan cuando oramos o leemos la biblia, pensando en cosas tales como qué vamos a comer. Puede que comencemos con buenas intenciones, silenciando nuestro corazón y orando con sinceridad, pero muy pronto volvemos a enfocarnos en las distracciones de la vida: horarios, notificaciones, ansiedad, ambiciones. Nuestro deseo de paz se ve saboteado por nuestro apetito de control o comodidad.
Pero la buena noticia es la siguiente: la paz de dios no es algo que creamos nosotros. Es algo que recibimos cuando nos regocijamos en él. Lejos de cristo no hay comunión, no hay cercanía ni gozo del dios de paz. Es a través de su sangre que se hizo la paz (Col 1:20), y permaneciendo en él experimentamos la alegría y el resto de esa paz.
Sabiendo eso, ahora enfoquemos nuestra atención en el acrónimo P.E.A.C.E. («paz», en inglés) para recordar con más facilidad la alegría experiencial y relacional de caminar junto a dios. Este acrónimo nos presenta cinco formas en las que podemos disfrutar del dios de paz.
P: permanece en la presencia de cristo
Salmos 16:11: «me has dado a conocer el camino de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia y de dicha eterna a tu derecha». En este fragmento, david le está orando a yavé, el dios que cumple su pacto. En el salmo se deja ver la íntima relación de david con su dios. No está especulando: tiene confianza absoluta en yavé. ¿en qué confía específicamente? Dice que yavé le dará a conocer el camino de la vida. El verbo «dar a conocer» implica revelación, orientación y enseñanza. Dios no está distante ni en silencio. Le muestra el camino a david de forma personal y específica. No es que dios solo señale y dé indicaciones: él marca el camino y lo ilumina para que david pueda caminar con rectitud.
La única forma en la que puedes asegurarte de estar en el camino correcto es caminando en la presencia de dios. Cuando david dice «en tu presencia», literalmente se refiere a «frente a tu rostro». Esta es una cercanía personal y relacional con dios. No es una idea vaga de dios; se trata de la cercanía con él.
Recuerdo que uno de mis entrenadores de baloncesto en la universidad se enojó conmigo un día porque pensó que no estaba defendiendo bien. Se puso frente a mí y me dijo: «Menta». «¿Qué?», le respondí. «Menta», dijo. «Estás mascando una goma de menta. Quiero que estés tan cerca del número 10 que puedas saber qué goma de mascar tiene en la boca. Tienes que ponerte frente a su rostro. Quiero que su novia en las gradas se ponga celosa de lo mucho que te acercas a él. ¡ponte en su cara!».
Creo que seríamos cristianos mucho más felices si tuviésemos más contacto cara a cara con dios.
Piensa nuevamente en salmos 16:11. ¿cuál es el resultado inevitable de este encuentro «cara a cara» con dios? El salmista canta: «Me llenarás de alegría en tu presencia». Observa el sentido de plenitud que el salmista comunica aquí. La palabra «llenar» nos habla de abundancia, satisfacción, total alegría, ninguna carencia. Puedes estar seguro de que nada que venga de dios es insuficiente o incompleto.
Si estás persiguiendo la felicidad del mundo, descubrirás (si es que ya no lo has hecho) que siempre corre más rápido que tú. Aquí, el salmista nos comparte una alegría que no escapa de nosotros, sino que corre hacia nosotros. La presencia de dios no es un chaparrón temporal, es un manantial de agua viva que nunca se seca. Nos brinda una satisfacción profunda y duradera, que sacude y desborda nuestras almas.
El salmista expresa esta abundancia así, en Salmos 4:7: «Tú has hecho que mi corazón rebose de alegría, alegría mayor que la que tienen los que disfrutan de trigo y vino nuevo en abundancia». Jesús ofrece incluso más claridad sobre la fuente y el nivel de alegría proporcionada en juan 15:11: «Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa». Nuestra alegría es total, completa y perfecta en su alegría. Jesús nos comparte su alegría perfecta, eterna y sobrenatural.
Esta es la promesa asombrosa que nos hizo dios, tal como lo indica romanos 14:17: «Porque el reino de dios no es cuestión de comidas o bebidas, sino de justicia, paz y alegría en el espíritu santo».
Piensa en la conclusión de Salmos 16:11: «Me llenarás de alegría en tu presencia y de dicha eterna a tu derecha».
Salmos 16:11 nos recuerda que no tenemos nuestra medida individual de alegría como cristianos, sino que tenemos acceso a la fuente que nos brinda y sostiene con alegría infinita.
Moisés dijo en una ocasión: «—O vas con todos nosotros […], o mejor no nos hagas salir de aquí» (Éxodo 33:15). Más tarde, pedro evocó este mismo sentimiento al decir: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Tanto moisés como pedro querían estar continuamente en la presencia de dios. Comprendían que su mayor alegría estaba en donde estaba él.
Para disfrutar del dios de paz, en primer lugar debes desear su presencia. El sentimiento de paz no es el objetivo principal; la presencia de cristo lo es. Cuando priorizamos nuestra cercanía con cristo, nos posicionamos para recibir su paz, que fluye desde su mismo ser.
Por lo tanto, tenemos que estar alerta ante dos peligros que quieren alterar nuestra paz: la distancia y la distracción. Vemos esto ejemplificado en la historia de maría y marta. Marta estaba tan distraída que se encontraba distanciada de cristo. Cuanto más se alejaba de su presencia, menos tranquila se sentía. No estaba en paz. Al contrario, estaba ansiosa, y su ansiedad afectó su relación con su hermana. Había perdido la paz tanto por dentro como por fuera. María, por otro lado, estaba en perfecta paz. Tomó la decisión correcta: estar cerca de cristo, sentada a sus pies.
En toda la escritura podemos ver que hay una gran recompensa si nos acercamos a cristo. Santiago 4:8a promete: «Acérquense a dios y él se acercará a ustedes». Incluso se nos indica cómo acercarnos. Hebreos 10:22 exhorta: «Acerquémonos, pues, a dios con corazón sincero y con la plena seguridad que da la fe, interiormente purificados de una conciencia culpable y los cuerpos lavados con agua pura». Por medio de cristo tenemos acceso directo para acercarnos al dios de paz.
¿Cómo debemos acercarnos a dios? Con un corazón sincero y una fe segura. Leer la biblia a diario de forma disciplinada es una práctica muy sabia. Sin embargo, la comunión con dios va más allá de tu ritual matutino de beber café y leer un devocional. No te apresures a tachar a jesús de tu lista de pendientes tras hacer esto. Date el tiempo de permanecer en su presencia. Asegúrate de reservar un momento para orar sin apresurarte y reflexionar en silencio. La clave es la comunión de calidad. El enemigo sabe que cuanto más ocupado estés, menos paz y alegría espiritual experimentarás.
Debemos hacernos tiempo para que nuestros corazones sean cautivados por la belleza del señor. Para disfrutar verdaderamente del dios de paz, debemos levantar la vista y exaltar la gloria de cristo.
E: Exalta la gloria de Cristo
Fuimos hechos para admirar la gloria, y la gloria suprema de Dios se revela en el rostro de Jesucristo. 2 Corintios 4:6 lo pone de esta forma: «Porque Dios, que dijo: “¡Que la luz resplandezca en las tinieblas!”, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Jesucristo». Juan 1:14 también explica que la gloria de Dios se nos revela a través de Cristo: «Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y contemplamos su gloria, la gloria que corresponde al Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad».
Que cada sermón que oigas, cada himno que cantes y cada versículo que medites sean como una mirada fresca al fulgor de Cristo. Cuanto más claramente admiramos la gloria de Cristo, más calmos y en paz están nuestros corazones. Su gloria nos sostiene. Su gloria levanta nuestra mirada de las sombras terrenales y nos recuerda que nuestra alegría tiene su origen en la belleza inmutable de Jesús.
Reflejamos aquello en lo que nos enfocamos. Si mantenemos nuestra vista en Jesús, su carácter se dejará ver en nuestra confianza tranquila y permanente, la presencia de su paz.
A: Aférrate a la Palabra de Cristo
No puedes exaltar la gloria de Cristo sin cumplir con lo que dice su Palabra. El mismo Jesús afirmó: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4:4). Tal como el cuerpo no puede sobrevivir sin su alimento diario, el alma no tiene dirección ni puede florecer sin la comunión diaria en la Palabra. Jesús dijo: «Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz» (Juan 16:33a). Las palabras de Jesús son instrumentos de paz, calman nuestras emociones, anclan nuestros pensamientos y moldean nuestros deseos. En un mundo en donde tu mente se ve arrastrada en mil direcciones diferentes, aferrarse a la Palabra de Cristo brinda claridad, estabilidad y tranquilidad.
Pablo relaciona la paz de Cristo y su palabra en Colosenses 3:15-16: «Que gobierne en sus corazones la paz de Cristo, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos. Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten Salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón».
La paz de Cristo gobierna el corazón cuando su Palabra habita con abundancia en la mente. Nada puede silenciar el ruido del mundo con tanta efectividad y fijar tu atención en la verdad que trae paz y libertad como la palabra de Cristo (Juan 8:31-32).
Las Escrituras nos presentan una paz fortalecedora, una resiliencia que no tambalea ni siquiera en las dificultades. ¿Deseas obtener una estabilidad que no fluctúe con las circunstancias? Llena tu mente con las Escrituras, no para tachar un pendiente, sino para estar en comunión con el mismo Cristo. Escucha la asombrosa promesa en Juan 15:7: «Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá». Permanecer es quedarse, habitar, vivir ahí. Jesús no quiere que observemos desde fuera, quiere que vivamos en la Palabra.
Cuanto más estamos en la Palabra, más moldea Él nuestra visión del mundo. Cuanto más vemos el mundo a través de sus ojos, más alimenta Él nuestros afectos. ¿Cuál es el resultado de esto? Nuestros deseos se alinean con los suyos, y a medida que Él los cumple, experimentamos sus bendiciones.
Cultiva ritmos de una inmersión rica y pausada en las Escrituras. Lee lentamente. Medita con profundidad. Memoriza con fidelidad. Deja que la Palabra habite abundantemente en ti, porque donde esté su Palabra es donde se conoce su presencia y se siente su paz.
C: Comunión con el pueblo de Cristo
La paz de Dios no se nos brinda para que la disfrutemos en soledad. Dios desea que esa paz prospere en compañía. Para disfrutar con más plenitud al Dios de paz, debemos estar en comunión con las personas de paz. El Dios de paz no nos llama a una paz privada, sino compartida.
Una de las mentiras más grandes de nuestra época es que la paz se encuentra aislándonos de los demás. La paz bíblica es profundamente relacional. No puedes disfrutar del Dios de paz completamente sin caminar cerca de quienes, como tú, han sido unidos a Cristo por medio de su sangre. Si quieres estar cara a cara con Cristo, debes estar cara a cara con su cuerpo, la Iglesia.
Déjame poner un ejemplo. Siempre he sido un gran fanático de los Lakers. Se podría decir que está en mi sangre. He asistido a sus juegos desde que estaba en el vientre de mi madre. Cuando hablo de los Lakers, no digo «los Lakers», digo «mis Lakers». Digo que «nosotros» ganamos 17 campeonatos. Digo que «nosotros», y no los Celtics, hemos tenido los mejores equipos de la historia. Así de profunda es mi identificación con ellos. Pero ya no vivo en Los Ángeles, vivo en territorio de los Warriors ahora. Así que cuando veo a alguien en la calle con la camiseta púrpura y dorada, siento una conexión instantánea: un choque de puños, un gesto de asentimiento, incluso conversaciones enteras sobre las épocas de gloria de Magic o de Kobe. Completos desconocidos nos sentimos como amigos de toda la vida porque tenemos la misma pertenencia. Es una camaradería basada en una lealtad compartida.
Ahora, si eso sucede con algo tan temporal y trivial como mi equipo favorito de básquetbol, imagina lo verdadero que es para los cristianos unidos a Cristo. No solo estamos alentando al mismo equipo: somos redimidos por el mismo Salvador, bautizados en el mismo cuerpo y adoptados por el mismo Padre. No solo compartimos una camiseta, compartimos al mismo Cristo. Estamos unidos no por lealtad a una franquicia, sino por la sangre de la cruz. Cuando entras a una iglesia local como cristiano, no estás caminando entre una multitud de extraños: estás llegando a una reunión familiar. Ese hombre mayor al que apenas conoces es tu hermano. Esa joven es tu hermana.
La cruz no solo crea paz vertical, sino también horizontal. El Nuevo Testamento lo deja muy claro: Jesús no solo nos reconcilió con Dios, sino también entre nosotros. Efesios 2:14: «Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba».
En el mundo del siglo I, pocas rivalidades eran tan fuertes como la hostilidad entre judíos y gentiles, pero Pablo declaró aquí algo impactante sobre Jesús: «Él es nuestra paz». No dice que Cristo traiga la paz o que enseñe sobre la paz, sino que Él es la persona que encarna y asegura la paz. Es la paz personificada. Jesús «hizo de los dos pueblos uno solo». Esto es sobrenatural. Crea en sí mismo una nueva humanidad (Efesios 2:15). Nuestra unidad no es un compromiso, es una nueva creación.
De este lado de la cruz, Pablo puede decir en Gálatas 3:28: «Ya no hay judío ni no judío, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús».
Si Cristo derribó el muro divisorio, la Iglesia es evidencia de que realmente ya no está. La Iglesia no es solo beneficiaria de la paz, es la manifestación de la paz. Cada iglesia local es una declaración visible de que la obra reconciliadora de Cristo es real.
Medita los siguientes versículos:
Efesios 4:3: «Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz».
Filipenses 2:1b: «Algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable».
Romanos 14:19: «Por lo tanto, esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación».
Vivimos en un mundo de conexiones superficiales. Hoy en día puedes acceder a buenos sermones, pódcast y música de alabanza sin siquiera entrar en una iglesia ni construir vínculos reales. Pero el diseño de Dios no es que solo estés informado, sino que seas transformado en comunidad.
Hebreos 10:24-25 nos exhorta: «Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacer algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca». Hechos 2:46-47: «No dejaban de reunirse unánimes en el Templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad, alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos».
La comunión con el pueblo de Cristo no es opcional; es esencial para disfrutar del Dios de paz. La iglesia es donde el amor, la responsabilidad, el servicio, la alegría y el aliento mutuos echan raíces y crecen. ¿En qué otro lugar del planeta sucede eso? ¿Qué otra cosa en la tierra tiene el poder de juntar a enemigos y convertirlos en familia? Fuera del evangelio, ¿qué puede lograr una unidad tan perfecta a partir de una diversidad tan profunda?
Lo que Cristo genera en la Iglesia no es solo la capacidad de tolerarse los unos a los otros. Crea una paz profunda, alegre, sacrificada y afianzada en el evangelio que nos unifica. Las políticas y las normas no crean ese tipo de paz. Solo la preciosa sangre de Cristo tiene ese poder.
E: Entrega todo al cuidado de Cristo
Cuando caminamos en compañía del pueblo de Dios, saboreamos la alegría y estabilidad que nos trae la paz compartida. Pero incluso en comunidad, nuestros corazones aún luchan contra las preocupaciones y el miedo. Por lo tanto, si vamos a disfrutar del Dios de paz continuamente, debemos aprender a confiar todo a las manos soberanas de Cristo.
Será difícil para ti disfrutar de Dios si quieres controlar a Dios. No creo
que nadie admita que quiere controlar a Dios, pero todos queremos controlar nuestras circunstancias. Queremos controlar a las personas y los resultados. Queremos controlar el futuro. Aún así, este nivel de control es imposible para nosotros. De hecho, acercarse a Cristo significa dejar ir la ilusión de control. Para disfrutar al Dios de paz, debes dejar todos tus asuntos en las manos de Cristo.
Jesús es la única fuente y sustento soberano de nuestra paz. Sostiene el universo en sus manos, así como también tu futuro, tus miedos, tu familia, tus amigos, tus finanzas, y todo lo que se te ocurra. Cuando confías en este Jesús, la paz te envuelve. Cuando dejas de pensar en «qué pasaría si…» y comienzas a alegrarte en el presente, tu alma estará tranquila.
Es fascinante observar el miedo de los discípulos durante el ministerio de Jesús. En los Evangelios, los discípulos solían estar intranquilos por miedo, ansiedad o confusión. Su falta de paz no se debía a Cristo estuviese ausente, sino a que no confiaban en Él. Ya fuera por miedo ante las tormentas, la falta de comida, el sufrimiento, la persecución u otro tipo de incertidumbre, sus corazones afligidos revelaban una falta de confianza en Cristo. Dudaban de su poder, su provisión, su sabiduría, su presencia o su plan. En cada momento, Jesús los corregía con gentileza, no solo resolviendo su problema sino también revelando más de sí mismo. La lección consistente es esta: la paz no se alcanza cuando las circunstancias cambian, sino cuando confiamos más en Cristo. Para disfrutar del Dios de paz, debemos confiarnos completamente a Jesucristo. 1 Pedro 5:7: «Depositen en Él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes».
«Depositar» significa entregar, deshacerse de algo a propósito. Es un verbo fuerte y vívido que describe el acto consciente de dejar ir. El Dios de paz nos urge a deshacernos de nuestras cargas y ponerlas sobre sus hombros capacitados. Salmos 55:22a nos exhorta: «Entrégale tus afanes al Señor y Él te sostendrá; no permitirá que el justo caiga».
Pedro nos dice que podemos depositar nuestras ansiedades en Jesús, todos los problemas y las preocupaciones, todo lo que divida tu mente o distraiga tu corazón, todo lo que te mantenga despierto por la noche. No tienes que intentar controlar tus sentimientos. Puedes tomar todos tus sentimientos reales y puros y depositarlos en Cristo, porque Él cuida de ti.
Esta es la base de la exhortación. ¿Por qué deberíamos depositar nuestras ansiedades en Él? Porque Él nos cuida. No es un interés casual, sino una preocupación vigilante y atenta a tu persona. No solo le importan los problemas en general, le importas específicamente tú.
No estás depositando tu ansiedad en el vacío, se la estás dando a un Dios que te ama, te ve, te conoce y lleva tus cargas. No hay ningún detalle de tu vida que sea demasiado pequeño para su preocupación amorosa.
Conclusión: La paz de Dios es real y puedes conocerla
Hemos visto que la paz, como un río, no se halla en una forma de pensar o en un estado de ánimo, sino en un hombre. En Jesucristo, no solo recibimos la paz, recibimos al Dios de paz.
Frances Havergal creía eso. Escribió la letra de su famoso himno, «Como un río glorioso», no desde un lugar de comodidad, sino desde una vida dedicada al servicio de Cristo. Sus últimos días estuvieron marcados por la debilidad física, pero su alma estaba llena de fortaleza. En su lecho de muerte, a la corta edad de 42 años, uno de sus doctores le dijo al salir del cuarto: «Adiós, no la volveré a ver».
Ella dijo: —¿De verdad cree que me iré? —Sí —respondió él—.
—¿Hoy mismo?
—Es probable.
—Hermoso —dijo ella—. Demasiado bueno para ser verdad.
Luego, miró hacia arriba y dijo sonriendo: «¡Es espléndido estar tan cerca de las puertas del cielo!». Le pidió a su hermano que le cantara algunos himnos y él le dijo: «Has hablado y escrito mucho sobre el Rey, y pronto lo verás en toda su belleza».
—¡Es espléndido! —respondió—. Pensé que Él me dejaría aquí por mucho tiempo, pero es tan bueno que me está llevando consigo ahora.
Un poco más tarde, murmuró: «Ven, Señor Jesús, ven y llévame». Y cantó una de sus propias canciones.
Jesús, en ti confiaré,
confiaré en ti con mi alma.
Culpable, perdida, y desamparada,
Tú me has completado.
No hay nadie en el cielo
ni en la Tierra como tú.
Has muerto por los pecadores,
entonces por mí también, Señor.
Esa es la alegría del creyente: no solo obtenemos la paz, obtenemos a Cristo. Si lo tienes a Él, lo tienes todo. Tienes una paz que permanece en medio del sufrimiento, se profundiza en la muerte y se regocija en la eternidad. Disfrutemos no solo de lo que Cristo nos da, sino también del mismo Cristo.
Al permanecer en Jehová, los corazones son plenamente bendecidos
y encuentran, tal como Él prometió, paz y descanso perfectos.
Acerca del autor
Dominic Avila sirve como pastor principal de la Iglesia Grace en Monterey Bay, California. Él y su esposa, Jessica, tienen tres hijos.
Tabla de contenido
- Parte 1: Cómo lograr la paz con Dios
- ¿Qué es la paz?
- ¿Por qué necesitamos paz con Dios?
- ¿Cómo pueden reconciliarse los rebeldes con un Dios santo?
- Discusión y reflexión:
- Parte II: Cómo experimentar la paz de Dios
- La paz de Dios es personal
- La paz de Dios está protegida
- La paz de Dios es eterna
- Ora por todo
- Medita sobre lo que es verdadero
- Practica lo que sabes
- Discusión y reflexión:
- Parte III: Cómo disfrutar del Dios de paz
- P: permanece en la presencia de cristo
- E: Exalta la gloria de Cristo
- A: Aférrate a la Palabra de Cristo
- C: Comunión con el pueblo de Cristo
- E: Entrega todo al cuidado de Cristo
- Conclusión: La paz de Dios es real y puedes conocerla
- Acerca del autor