
#47 Atracción sexual: una perspectiva cristiana de los deseos hacia el mismo sexo
Introducción
Para muchos cristianos, los debates sobre la atracción hacia el mismo sexo comienzan y concluyen con la clara prohibición de la Biblia de toda forma de actividad homosexual. Aun así, esto deja sin respuesta a una pregunta más profunda: ¿tienen las Escrituras algo que ofrecer para el cristiano que experimenta deseos por personas del mismo sexo? Si experimentas atracción hacia el mismo sexo, ¿debes lidiar en soledad con estos deseos que se sienten profundamente arraigados, tal vez incluso desde tu nacimiento? ¿Eres distinto al resto del pueblo de Cristo?
Esta guía apunta a mostrar que la Biblia tiene mucho más para decir sobre estas cuestiones de lo que se suele asumir. Las Escrituras hablan mucho sobre la vida cotidiana del cristiano que experimenta deseos hacia personas del mismo sexo. Esto no es porque esta lucha sea única, sino porque encaja perfectamente con la condición humana. No eres extraño, no estás particularmente roto ni eres diferente en esencia a otros cristianos. Como todo cristiano, eres un ser humano caído que necesita gracia, perdón y transformación.
El objetivo de esta publicación es actuar como una guía práctica para pensar de forma bíblica en cómo lidiar con la atracción hacia personas del mismo sexo en la vida cristiana. Repasaremos las categorías fundamentales de identidad, pecado, tentación, confesión, arrepentimiento y santificación. A medida que avancemos, pensaremos en cómo Dios nos encuentra con gracia en medio de nuestra batalla, cómo es posible el cambio real y cómo podemos, con el tiempo, crecer en santidad. Por último, aunaremos estas verdades hablando de la comunidad que Dios les ha regalado para vivir: la iglesia local.
Audioguía
Audio#47 Atracción sexual: una perspectiva cristiana de los deseos hacia el mismo sexo
Parte I: ¿Quién Soy?
«¿Quién soy?» es la pregunta de nuestra época. La identidad ha cautivado la imaginación del mundo, desde los debates sobre la inteligencia artificial hasta las conversaciones sobre raza o etnia y las teorías de la inmortalidad del hombre.
Lo que te dice el mundo
El mensaje que nos da el mundo occidental es que la identidad personal se define desde adentro. Para descubrir quién eres, debes mirar en tu interior. El pináculo de la existencia individual es vivir como «tu verdadero ser». Simplemente «sé tú mismo». Esto se pone en evidencia en los debates sobre sexualidad y qué es la atracción sexual, en los que el patrón de los deseos sexuales de una persona es visto como un componente fundamental de su identidad.
La noción de equiparar al deseo sexual con la identidad personal es relativamente nueva. Fue popularizada por Sigmund Freud, quien afirmaba que si la felicidad es el objetivo deseado por los seres humanos por medio del principio del placer, y si el amor sexual otorga a los seres humanos la mayor experiencia de placer y satisfacción, entonces la gratificación sexual es central para lo que significa ser una persona. John Money, psicólogo y «sexólogo» en la Universidad Johns Hopkins en la década del 50, se basó en Freud para afirmar que las preferencias sexuales deben ser categorizadas como orientaciones, no como un trastorno de atracción hacia el mismo sexo. Este concepto fue ampliado para más tarde alegar que las orientaciones sexuales son innatas y fijas.
Hoy en día, muchas teorías sobre lo que causa la atracción por personas del mismo sexo se basan en esta idea, y a veces la plantean como una forma de atracción sexual genética o determinismo biológico. Los deseos sexuales se consideran un componente fundamental de quiénes somos, esencial para nuestra identidad. Como resultado, estar en desacuerdo en cuanto a cuestiones de sexualidad es como pedirle a alguien que niegue quién realmente es.
El problema es que la perspectiva moderna de la identidad es fundamentalmente inestable. Definir quién eres a partir de tus sensaciones internas y subjetivas o de lo que dicen los demás no te brinda un cimiento sólido. Los sentimientos y la autopercepción cambian. Las percepciones culturales y las suposiciones cambian. Quienes somos, nuestra identidad fundamental, requiere algo inmutable. Seguimos siendo alguien estable incluso a pesar de los cambios de la vida. Es aquí donde entra la Biblia. Cuando nos volvemos hacia las Escrituras, vemos que nuestra identidad está basada en el buen diseño de Dios y sus buenas intenciones.
Lo que te dice la Biblia
Las Escrituras dicen que fuiste creado por Dios, pero que estás roto a causa del pecado. Sin embargo, si eres cristiano, fuiste redimido.
Fuiste creado
La Biblia comienza contando cómo Dios creó todo y declaró que era «bueno» (Gn 1:10, 12, 18, 21, 25). La creación culmina con Dios diciendo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1:26). Somos como el resto de la creación, ya que fuimos creados y somos sostenidos por Dios, pero nos diferenciamos de ella, ya que fuimos hechos a su imagen. Esta imagen no se encuentra en una parte nuestra en específico. Por el contrario, el ser humano en su totalidad es la imagen del Dios trino. La imagen de Dios es parte esencial de la naturaleza humana. Dios declaró que nuestro diseño era «muy bueno» (Gn 1:31). Ser la imagen de Dios otorga a todas las personas dignidad y valor inherentes, pues reflejamos a Dios mismo.
Esta dignidad y este valor se demuestran en el hecho de que Dios creó al ser humano personalmente. De la misma manera en la que Dios sopló aliento de vida en Adán (Gn 2:7), también forma a cada persona en el vientre de su madre. Somos una «creación admirable»: Dios nos forma y nos da vida (Sal 139:13-14). La vida es un regalo que recibimos. Ser la imagen de Dios también es un regalo y una identidad que se nos da. No lo elegimos, fuimos creados de esa forma.
El hombre, en su forma original, era justificado y santo por naturaleza. Esta perfección moral era parte de la esencia de la naturaleza humana. Algo menor a eso implicaría un defecto en la creación de Dios. El hombre fue creado en relación a Dios, capaz de reconocerlo, amarlo y adorarlo. Desde el principio, Dios se relaciona de forma personal con la humanidad (Gn 1:28-30; 2:15-18). El Dios personal nos conoce de forma personal y se relaciona con nosotros en base a cómo nos creó.
Desde el inicio, Dios creó a la humanidad a su imagen. Los hizo hombre y mujer (Gn 1:27). La diferencia entre los sexos es una realidad creada por Dios. Esta diferenciación es fundamental para quienes somos como reflejos de su imagen. Aunque cada persona refleja completamente a Dios, reflejamos su imagen de forma más plena juntos. La humanidad refleja la imagen de Dios con más plenitud como dos sexos interdependientes que como uno solo. Los diferentes sexos son complementarios. Nos necesitamos entre nosotros.
Una de las formas más obvias en las que los sexos se necesitan entre sí es el acto de la procreación. Dios inventó las relaciones sexuales como un regalo con propósito. El primer propósito del sexo que vemos en la Biblia es el de ser fructíferos y multiplicarnos (Gn 1:28). La sexualidad humana tiene como fin la procreación. Es así como Dios planificó que los humanos llenen la tierra y la sometan (Gn 1:28), representando a Dios mientras gobiernan bajo Él. El segundo propósito de las relaciones sexuales que vemos en la Biblia es llegar a ser «uno solo» en el matrimonio (Gn 2:24). La sexualidad humana fue creada para unir a dos personas como si fuesen una. El sexo representa y produce esta unión. A través de este acto de entrega mutua, un esposo y una esposa se unen de forma física, psicológica y espiritual. A través de la Biblia, vemos que el sexo es la unión de un hombre y una mujer como si fuesen uno solo, dentro de los límites del matrimonio. Este marco es crucial para entender la atracción hacia el mismo sexo en la Biblia. No es solo un conjunto de prohibiciones, sino una desviación de este orden creado y positivo.
Estás roto
La creación originalmente era buena, pero la llegada del pecado la mancilló y la corrompió. La caída afectó a toda la creación. La naturaleza humana fue dañada en profundidad. No solo perdimos la justificación, sino que el hombre murió espiritualmente (Rm 6:23; Ef 2:1). En nuestro estado corrupto, nos vemos inclinados hacia el mal por naturaleza. Todos nacemos rebelados contra Dios, como sus enemigos (Rm 5:10). Somos «merecedores de la ira de Dios» (Ef 2:3). A lo largo de las Escrituras, vemos que no hay naturaleza humana que sea «neutral», el hombre es santo o caído, regenerado o muerto en el pecado (Mt 6:24, 7:13-14; 12:30; Rm 3:23). Esto quiere decir que solo porque algo es «natural» no significa necesariamente que sea «bueno».
La relación entre los sexos también fue afectada por la caída. El deseo por las cosas que van contra la voluntad de Dios, que comenzó con el deseo pecaminoso de Eva por el fruto (Gn 3:6), se extiende al ámbito de la sexualidad. El diseño perfecto de Dios del sexo entre un hombre y una mujer unidos en matrimonio fue corrupto. La complementariedad sexual es distorsionada y se abusa de esta, con el deseo de la mujer por su marido y el dominio de él sobre ella (Gn 3:16). El pacto del matrimonio se tergiversa y se incluyen varias esposas (Gn 4:19). Ya en Génesis 19, la inmoralidad sexual está ampliamente extendida y el sexo se aleja cada vez más de su diseño e intención originales. Los deseos se ven desviados, ya que las personas buscan y adoran a las cosas creadas antes que al Creador (Rm 1:25).
La sexualidad desordenada —esto es, el deseo por el sexo contrario al buen diseño de Dios— es un resultado de la caída. Esto nos ayuda a responder la pregunta difícil de qué causa la atracción hacia el mismo sexo desde una perspectiva teológica. Dios creó a la naturaleza humana como algo bueno, pero las distorsiones particulares de nuestros deseos son producto del pecado. Cuando Dios nos creó, nos creó en Adán, no desde cero. Una vez que la humanidad cayó con Adán, todos los seres humanos nacidos después de él nacen en su estado caído. Dios no te creó pensando en hacerte pecador porque sí. Te creó como participante de una humanidad que ya estaba caída.
Por lo tanto, afirmar que nuestra sexualidad desordenada nos fue dada por Dios y, en consecuencia, es inherentemente buena, sería como afirmar que cualquier otra parte de nuestra naturaleza pecaminosa es buena. Nunca diríamos esto de nuestra naturaleza iracunda, mentirosa o adúltera. Debemos ver a las personas que se sienten atraídas por su mismo sexo como cristianos que están enfrentando uno de los muchos efectos de la caída. Lo importante es cómo responden a esto. Nuestra sexualidad caída, como cualquier otro aspecto de nuestra naturaleza caída, existe bajo la providencia de Dios para magnificar su gracia a través de la salvación y la santificación. Por medio de cada uno de nosotros, Dios muestra su gloria al salvar a los pecadores y cambiarlos con el poder de su Espíritu.
Fuiste redimido
Por esta razón, tenemos esperanza. Esta es la esencia del evangelio en cuanto a la atracción hacia el mismo sexo: si te has alejado de tu pecado y puesto tu fe en la obra completa de Jesucristo en la cruz, fuiste renovado. A través del evangelio, eres perdonado y reconciliado con Dios. Los hijos de la ira se convierten en hijos de Dios (Rm 8:16; 1 P 1:14; 1 Jn 3:1-2). Se te ha dado una nueva naturaleza, una que está viva espiritualmente (Tt 3:5; Ef 2:5). En la unión con Cristo, volvemos a obtener conocimiento, justicia y santidad (Ef 4:22; Col 3:10). Es así que se nos llama a despojarnos de nuestra vieja naturaleza (Ef 4:22; Rm 6:6) y vestirnos de la nueva (Ef 4:24; 2 Co 5:17). Somos transformados por medio de la renovación de nuestras mentes, y, como resultado, nos volvemos más semejantes a Cristo (Rm 12:2; Ef 4:23). Nuestra identidad está arraigada en lo que Cristo ha hecho. Estamos en Cristo, asegurados por la gracia de Dios.
A pesar de que el pecado permanece en el creyente, Dios en su misericordia elige perdonarlo por amor a Cristo. La presencia del pecado sigue ahí, pero su poder se rompe. Ya no somos esclavos del pecado, hemos sido liberados (Rm 6:6-7). Sigue existiendo una lucha entre los deseos pecaminosos de la vieja naturaleza y la nueva naturaleza en Cristo. Los cristianos somos llamados de combatir el pecado y darle muerte (lo que se denomina «mortificar» el pecado), pero existe la verdadera libertad.
Si experimentas deseos por el mismo sexo, la enseñanza de la Biblia sobre quién eres es una profunda fuente de esperanza. Ofrece orientación cristiana genuina para la atracción por el mismo sexo, al situar tu experiencia dentro de una gran historia que es mucho más grande que tus deseos y atracciones. Tus deseos no te definen ni estás roto de forma única. Como cualquier otro ser humano, fuiste creado personalmente a imagen de Dios, con dignidad, valor y propósito. Al mismo tiempo, estás corrupto por el pecado y necesitas redención al igual que cualquier otra persona. Nuestros corazones se ven inclinados naturalmente hacia el pecado, lejos de Dios. Los deseos por el mismo sexo no te colocan por fuera de la historia de la humanidad; reflejan la realidad de nuestra naturaleza pecaminosa compartida y nuestra necesidad de un Salvador.
Comprender el diseño y la intención de Dios para el sexo nos ayuda a comprender sus prohibiciones contra la homosexualidad. La Biblia nos enseña constantemente que la intimidad sexual está reservada para la unión de un hombre y una mujer en matrimonio. Por lo tanto, la actividad sexual entre dos personas del mismo sexo no encaja en ese diseño y es pecado. La maravillosa noticia es que, en su gran misericordia, Dios envió a su Hijo a morir por nuestros pecados y reconciliarnos con Él. A través de la muerte y la resurrección de Cristo, se ofrece gratuitamente el perdón a todos los que se arrepientan y crean. Si eres cristiano, has recibido una nueva naturaleza y nuevos deseos. Tienes una nueva identidad en Cristo. Puede que los antiguos deseos sigan allí, pero ya no te definen ni te controlan. Con el poder del Espíritu, podemos liberarnos del pecado y crecer en la justicia y la santidad. Este es el camino para aprender a superar la atracción por el mismo sexo: no con tus propias fuerzas, sino caminando en la vida nueva.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿En qué se diferencia el mensaje del mundo (la identidad se descubre mirando en nuestro interior) de la enseñanza de la Biblia (la identidad es algo que recibimos de Dios)?
- ¿Cómo impacta en tu autoconcepto el haber sido hecho a imagen de Dios? ¿Cómo impacta eso en tu percepción de los demás, incluso en quienes estén luchando con la atracción por el mismo sexo o deseos y pecados diferentes a los tuyos?
- ¿Cómo impacta la realidad de la caída en la forma en la que entendemos nuestros deseos, incluso si se perciben como «naturales»?
- ¿Cómo se redefine nuestro autoconcepto al ser redimidos en Cristo con una nueva naturaleza?
- ¿De qué manera la promesa de una nueva creación y ser liberados por completo del pecado en la resurrección moldea la forma en la que enfrentas tus problemas actuales? Esta es una pregunta esencial para la fe cristiana y la atracción por el mismo sexo.
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Parte II: El Pecado Y La Tentación
Ya mencionamos al pecado antes, pero ¿qué es exactamente? Para el mundo que nos rodea, ese término se siente arcaico, incluso opresivo. No suele aparecer en los debates públicos. Debido a lo extraño que se siente el concepto hoy en día, es importante aclarar de qué estamos hablando.
¿Qué es el pecado?
En simples palabras, el pecado es cualquier falta a la ley de Dios. Dios es perfectamente santo y perfectamente bueno (Is 6:3; Ap 4:8; Lv 19:2; 1 Jn 1:5). Él es la fuente y el estándar de la bondad, y pone en evidencia este estándar a través de su ley. Dios nos llama a ser santos porque Él es santo (1 P 1:14-16). Cualquier cosa por debajo del estándar de Dios es imperfecta e impura: es pecado. 1 Juan 3:4 lo dice claramente: «El pecado es transgresión de la ley». Por lo tanto, el pecado incluye todo lo que se haga de forma contraria a los mandamientos del Señor, ya sea de forma intencional o no (Lv 5:15, 17-19).
El pecado es mucho más que las acciones hechas contra Dios. También incluye las cosas que no hacemos y que la ley de Dios nos pide que hagamos (St 4:17). En esto vemos que Dios es quien decide qué es pecado, no nosotros.
En la caída, la humanidad perdió la justificación con la que fue originalmente creada. Junto con esto, nos morimos espiritualmente con una naturaleza corrupta, que tiende al mal. Estas dos cosas constituyen lo que se suele denominar «pecado original». El pecado original, una característica universal de todos los seres humanos, es la pérdida de la justificación original y la obtención de una naturaleza corrupta. Es original no porque haya sido originalmente parte de nuestra creación, sino porque es el origen y la fuente de todos los otros pecados. Entonces, hay una diferencia entre el primer pecado y el pecado original. El primer pecado humano fue la desobediencia de Adán y Eva en el Edén, por la cual el pecado entró al mundo y la naturaleza humana se corrompió. Las Escrituras dicen con claridad que Adán fue el responsable de la entrada del pecado al mundo, como el padre y el inicio de una humanidad unificada (Rm 5:12; 1 Co 15:21, 45). Adán era el representante o el «líder» de la humanidad. Como él incumplió la ley de Dios, nacimos en pecado. Todos heredamos su culpa (Rm 5:19). Luego, esto se contrasta de forma maravillosa con Jesucristo. Cristo asumió una naturaleza humana y se convirtió en el líder y el inicio de una nueva humanidad: una descendencia escogida, un sacerdocio regio, una nación santa (1 P 2:9-10; Rm 5:15-17; 8:29; 1 Co 15:22, 45; 2 Co 5:17; Ef 2:14-16). Jesús asume el rol de representante, por lo tanto, todo aquel que se arrepienta y crea hereda su justificación (Jn 3:3; Rm 8:14-17; Ef 1:5-14). Adán pecó, y todos nosotros recibimos su pecado y juicio. Cristo nos redimió, y todos los que creen reciben justificación y misericordia.
Al pensar en el pecado, también es importante comprender la puerta por la cual el pecado a menudo ingresa en nuestras vidas: la tentación. ¿Qué es la tentación?
¿Qué es la tentación?
La tentación en su forma más básica es una incitación al pecado. Es lo que nos aleja de Dios y su ley, y nos acerca a las cosas contrarias a Dios. Dios no puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta Él a nadie (St 1:13). No puede ser tentado por el mal, pues sería contradictorio con su naturaleza perfecta. No puede tentar a nadie porque esto lo haría malvado. Nuestras tentaciones surgen de nuestro interior o del exterior. Desde el exterior, una persona o el diablo (St 4:7) busca atraerte al pecado (Pr 1:10; 7:21; Mt 4:1-11; Mc 1:12-13; Lc 4:1-13). A pesar de que esto es un pecado de la persona que te atrae, no es un pecado tuyo hasta que cedas a la tentación. Puedes ceder a la tentación a través de una acción pecaminosa o internamente, a través de un deseo pecaminoso.
Desde el interior, los deseos desordenados surgen de nuestra naturaleza pecaminosa que desea cosas contrarias a la ley de Dios. Estos deseos surgen de nosotros mismos tentándonos con el mal, arrastrándonos y seduciéndonos por ellos (St 1:13-14). Esto quiere decir que estos deseos son tanto pecado (mal) como una tentación a pecar más. Los deseos contrarios a la ley de Dios son un pecado porque, por definición, son una transgresión a la ley, una falta ante un mandato de Dios. Así, podemos ver que el pecado engendra más pecado. Desde el momento en que tenemos pensamientos pecaminosos, ya son un pecado y tienen el potencial de dar lugar a acciones pecaminosas.
Si deseas algo pecaminoso y no actúas al respecto, ¡alabado sea Dios! No dejaste que un deseo pecaminoso creciera y causara más pecado. Mataste a ese pecado, pero dicho pecado existió, ya que tuvo que ser mortificado. Debemos confesar los deseos pecaminosos como instancias reales de deseo de transgredir la ley de Dios. Debemos arrepentirnos de ellos, y, al hacerlo, agradecer al Señor por empoderarnos con su Espíritu para resistir y evitar pecar más.
Déjame ser claro: los deseos antinaturales son pecaminosos. Esto suele dar lugar a la pregunta: ¿qué es la atracción sexual a los ojos de Dios y a los ojos del mundo?
Comprender nuestros deseos internos desordenados como una forma de pecado nos brinda una comprensión más precisa de quiénes somos. Somos pecadores depravados que desean pecar. Incluso después de renacer con nuevos corazones, seguimos combatiendo la lujuria de la carne. Cada uno de nosotros lucha con un amplio abanico de deseos desordenados (por lo tanto, pecaminosos). La ira, la codicia, la inmoralidad sexual, el engaño: nuestros corazones son pequeñas fábricas de ídolos. Es impresionante la cantidad de maneras en las que podemos desear el pecado.
Si pensamos en la sexualidad, cualquier deseo sexual con alguien que no sea tu cónyuge dentro del matrimonio es pecado. Si estás casado, es pecado desear sexualmente a alguien que no sea tu pareja. Si no estás casado, es pecado desear tener sexo con cualquier persona del sexo opuesto, ya sea que estés soltero o en una relación de noviazgo. Es un pecado tener deseos sexuales por alguien del mismo sexo. Todos los deseos sexuales desordenados son pecado. Si bien el deseo sexual por el sexo opuesto es «natural», ya que refleja el orden establecido de la creación —no significa que necesariamente nos resulte natural—, el deseo sexual por el mismo sexo es inherentemente «antinatural», porque es contrario al orden establecido de la creación. El deseo sexual por el sexo opuesto es pecaminoso cuando se da por fuera del diseño y la intención de Dios. El deseo sexual por el mismo sexo siempre es pecaminoso porque siempre se da por fuera del diseño y la intención de Dios.
Por lo tanto, el deseo por el mismo sexo no es «lo mismo que ser zurdo», comparable a la atracción sexual genética ni algo con lo que nacemos, a menudo denominado como trastorno fijo de atracción hacia personas del mismo sexo según los estándares seculares. Los deseos por el mismo sexo son inherentemente contrarios a la ley de Dios y, por lo tanto, moralmente incorrectos. Ser zurdo (¡o incluso ambidiestro!) no tiene ninguna relación con la ley de Dios, por lo que es una condición moralmente neutra.
Comprender que nuestros deseos internos desordenados son un pecado debería hacer que fijemos nuestra mirada en Cristo y en la libertad que nos aseguró. Vemos nuestra depravación, el pecar constante de nuestros corazones, y vemos todo aquello por lo que Cristo pagó. En lugar de cargarnos de culpa y vergüenza, deberíamos alegrarnos y maravillarnos ante la increíble e inconmensurable gracia de Dios en Cristo. Deberíamos apoyarnos en la gracia sobrecogedora y el perdón que encontramos en Cristo. Comprender que las tentaciones internas son pecado nos ayuda a ver que realmente somos pecadores de pies a cabeza. Esto nos brinda las bases para recibir orientación cristiana genuina en cuanto a la atracción por el mismo sexo. A pesar de todo esto, somos nuevas criaturas. Ya no estamos muertos en nuestros pecados, sino que se nos ha dado vida y podemos combatir la carne (Rm 7:15-20). Así, podemos comenzar a comprender cómo superar la atracción por personas del mismo sexo: no con nuestro propio poder, sino con el de Él.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué forma el concepto de pecado como una «transgresión de la ley» (1 Jn 3:4) desafía la forma en la que sueles pensar sobre tus propios deseos y acciones? ¿Existen áreas en tu vida en las que puedas haber considerado a tus deseos o pensamientos como «neutrales», pero que las Escrituras considerarían pecado?
- ¿Cómo distingues entre la tentación y el pecado en tu vida? ¿Puedes pensar en alguna vez en la que hayas experimentado la tentación, pero no cediste ante ella? ¿Cómo te ayudó el Espíritu a resistir?
- Dado que Cristo ha vencido al pecado y recibimos vida por medio de Él (Rm 7:15-25), ¿de qué manera tu conciencia de tu depravación y de tu batalla continua con el pecado profundizan tu apreciación de su gracia?
- ¿Cómo te ves motivado a depender del Espíritu en tu batalla diaria contra el pecado?
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Parte III: La Confesión Y El Arrepentimiento
Una respuesta común al capítulo anterior, especialmente en los debates sobre el deseo y la atracción por el mismo sexo, es que ver a los deseos desordenados como un pecado abruma innecesariamente al creyente con condenación y culpa. Si los deseos internos desordenados son un pecado, ¿resulta esto en la necesidad de confesar el pecado constantemente y nunca estar del todo «bien con Dios»?
A pesar de que esta objeción es bienintencionada, a menudo motivada por el deseo de cuidar a los cristianos desanimados, malinterpreta el pecado, la gracia de Dios, nuestra naturaleza caída, la confesión y el arrepentimiento (además de la diferencia entre estos). Es, en última instancia, incoherente.
Si los pecados que no confesamos hacen que no estemos nunca del todo «bien con Dios», lógicamente, la confesión de estos pecados deberían ser parte de lo que nos hace estar bien con Él. Esto es afirmar que los pecados que no confesamos hacen que estos no estén pagados del todo (porque de ser así, estaríamos bien con Dios). Esta creencia niega que eres salvo solo por la fe en Cristo (Jn 3:16; Hch 10:43; Ga 2:16; Ef 2:8; Rm 3:28; 5:1) y el sacrificio único y eterno de Cristo (Jn 19:30; Hb 7:27; 9:26; 10:10, 14). Como veremos a continuación, la confesión es una parte importante de la vida cristiana, pero no te salva. En Cristo, todos tus pecados (pasados, presentes y futuros) han sido perdonados en su totalidad (Ef 1:7; Col 2:13; Hb 8:12). Como lo expresó maravillosamente Richard Sibbes: «Hay más misericordia en Cristo que pecado en nosotros». Si confesar nuestros pecados no es lo que nos hace estar bien con Dios, ¿por qué lo hacemos? ¿Qué es la confesión? ¿Cómo se relaciona con el arrepentimiento?
¿Qué es la confesión?
La confesión del pecado es el acto de reconocer un pecado específico, lamentarse por ello, asumir nuestra responsabilidad y reconocerlo ante Dios (y a veces también ante los demás).
La confesión cultiva la perspectiva adecuada del pecado. Vemos al pecado como Dios lo ve, y estamos de acuerdo con su juicio por ello. Admitimos que nuestro pecado es real, malvado, y que debemos combatirlo y mortificarlo. Hacemos esto teniendo presente la Palabra de Dios para que ilumine nuestros corazones, como la medida precisa de todos nuestros pensamientos, deseos, acciones y palabras. Por medio de las Escrituras, llegamos a ver lo terrible que es nuestro pecado.
Al ver nuestro pecado con exactitud, la confesión cultiva la humildad. Admitimos que hemos fallado y no intentamos salvar las apariencias, ya sea minimizando el error o buscando echar la culpa a alguien más. Es más que un simple: «Lo siento». Confesamos pecados específicos y concretos, asumiendo y reconociendo ante Dios lo que hicimos. El pecado prospera en la oscuridad, donde puede desarrollarse y crecer (Pr 28:13a). La confesión descubre al pecado para que podamos verlo como realmente es (Jn 1:8; 3:19-21; Ef 5:13; Sal 32:5). Esta es la mejor forma de combatir al pecado en tu vida, y un paso esencial para aprender a lidiar con la atracción por el mismo sexo. ¿Quieres que el pecado crezca y te domine? Ocúltalo. ¿Quieres matarlo? Confiesa con humildad tu pecado ante Dios y los demás (St 5:16).
El deseo de sacar el pecado a la luz es un regalo de Dios. El Espíritu Santo es quien nos permite confesarnos. Como hijos de Dios, deberíamos odiar al pecado porque Dios lo hace, y desear eliminarlo de nuestras vidas. A menudo fracasamos en esto. Experimentamos conflicto entre nuestros deseos pecaminosos y nuestros deseos por las cosas de Dios (Rm 7:15-25). Sin embargo, si Cristo nos redime, tenemos una naturaleza nueva y viva espiritualmente que desea las cosas de Dios. Ya que nuestra vida está oculta con Cristo en Dios, debemos dar muerte al pecado que hay en nosotros (Col 3:3, 5).
Aún más importante, la confesión nos recuerda la gloriosa salvación que poseemos en Cristo. Cuando confesamos nuestros pecados, Dios promete perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Jn 1:9; Pr 28:13b). La confesión no causa el perdón, sino que fluye de él. Muestra que verdaderamente estamos en Cristo, debido a que reconocemos pecados que ya han sido perdonados. Declara con valor el perdón que encontramos en la sangre expiatoria de Cristo. La realidad de nuestro pecado podría aplastarnos con todo su peso, pero la confesión nos recuerda que nuestra salvación en Cristo es mucho más grande. Nos recuerda que somos terribles pecadores, pero aun así Cristo nos redimió del pecado (1 Tm 1:15; Rm 3:23-24; 2 Co 5:21). En todo esto, por medio de la confesión, volvemos a Dios habiendo errado, extraviados como ovejas perdidas. La confesión del pecado restaura la comunión con Dios que rompimos. Restaura el sentimiento de fraternidad en nuestros corazones, a pesar de que la aceptación de Dios nunca cambia. En la confesión, volvemos a Cristo, el Gran Médico, quien nos cura y nos restaura (Is 53:5; 1 P 2:24). De esta manera, la confesión es una parte esencial del arrepentimiento.
¿Qué es el arrepentimiento?
El arrepentimiento es el acto de ver nuestro pecado, apenarnos por ello, confesarlo y volvernos a Dios. Si bien la confesión es un componente fundamental del arrepentimiento, el arrepentimiento en sí mismo es más amplio. La confesión surge de ver al pecado y lamentarse, antes de alejarnos de él. El arrepentimiento es el proceso completo de dar un giro de 180 grados, rechazando nuestro pecado y volviéndonos a Dios.
El arrepentimiento implica ver nuestro pecado. No podemos arrepentirnos de lo que no vemos. Nuestros corazones son engañosos (Jr 17:9), y es fácil encontrar excusas para nuestro pecado. Queremos evitar hacernos responsables y rendir cuentas. Por lo tanto, el primer paso necesario para el arrepentimiento es ver nuestro pecado por lo que es.
Una vez que vimos nuestro pecado, el arrepentimiento requiere que nos lamentemos por ello. No es suficiente solo reconocer que hicimos algo mal. El arrepentimiento de verdad está marcado por una tristeza que proviene de Dios (2 Co 7:9-11). No es simplemente un lamento mundano por haber sido atrapados ni decepción porque los efectos del pecado están incomodándote. La tristeza que viene de Dios es aflicción, tristeza genuina ante la presencia del pecado. Como en las bienaventuranzas, somos los «pobres en espíritu» y «los que sufren». Sentimos el peso del pecado y vemos sus consecuencias desde la perspectiva de Dios. Debemos apenarnos de corazón, ya que reconocemos a nuestro pecado como una traición contra un Dios santo, merecemos ser condenados. La tristeza por el pecado conduce a una confesión sincera.
El arrepentimiento implica confesar nuestro pecado. Un corazón arrepentido no busca defenderse ni ofrecer excusas. No podemos arrepentirnos de los pecados que ocultamos. En cambio, debemos reconocer con honestidad que ofendimos a nuestro Padre santo y amoroso. Confesamos nuestra falla, como David en Salmos 51. A través de la confesión, la angustia por nuestra pecaminosidad es reemplazada por la alegría en la justicia de Cristo. Vemos que somos bendecidos y que descansamos en la seguridad del perdón que nos promete Dios. Al reconocer la amabilidad amorosa que nos brinda Cristo, nos vemos motivados a abandonar nuestro pecado.
El arrepentimiento requiere que renunciemos a nuestro pecado y nos volvamos a Cristo. Un corazón que ve de la forma correcta al pecado, se lamenta por él y lo confiesa, también lo aborrecerá (Rm 12:9). Cuando aborrecemos el pecado, huimos de él. Deseamos obedecer a Dios y guardar sus mandamientos, no transgredirlos. El arrepentimiento verdadero reconoce que la ley de Dios es buena. Motiva al creyente a mortificar cualquier cosa que vaya en contra de esta buena ley. El arrepentimiento impulsa al cristiano a huir de la tentación y no darle cabida al diablo (St 4:7; Ef 4:27). Si el pecado nos aleja de Dios, con el arrepentimiento volvemos a Él (Hch 3:19; Is 55:7). El verdadero arrepentimiento se caracteriza por los frutos que producimos al vivir de acuerdo con nuestro arrepentimiento y nuestra fe (Mt 3:8; Ef 2:8-10). El punto culminante del arrepentimiento es nuestro regreso a Dios con amor y obediencia renovada. Este regreso es fundamental para cualquier cristiano que se sienta atraído por personas del mismo sexo, ya que alinea el corazón con la voluntad de Dios.
El arrepentimiento se representa en la parábola del hijo pródigo (Lc 15:11-32). El hijo se da cuenta de la amargura de su pecado. No busca minimizarlo, sino que lo confiesa humildemente y regresa a su padre. El padre lo recibe con los brazos abiertos, al igual que lo hace Dios cuando volvemos a Él.
El arrepentimiento reconoce que no somos simplemente personas que cometen pecados. Somos pecadores por naturaleza. Implica abordar nuestros pecados concretos y específicos como también nuestra naturaleza pecadora más profunda. Llega a la raíz (el pecado original) y a los frutos (los pecados reales). Confesamos nuestros pecados individualmente, arrepintiéndonos de ellos y abandonándolos. Nos arrepentimos de nuestra naturaleza pecadora de forma más amplia, lamentando nuestro pecado, aborreciéndolo cada vez más y buscando mortificarlo en nuestros corazones. El arrepentimiento se profundiza a medida que conocemos más cuán pecadores que somos en verdad. Dado que nunca podremos huir de nuestro pecado inherente hasta la muerte, siempre necesitaremos arrepentirnos. Al arrepentirnos continuamente, magnificamos de manera constante la gloria de Dios en Cristo. En Él hallamos el consuelo verdadero.
La vida del cristiano es una vida de arrepentimiento constante. Si eres cristiano y batallas con la atracción por el mismo sexo, puede que tu vida de arrepentimiento tenga un tópico recurrente. Esto no es diferente de cualquiera de nosotros. Todos solemos batallar más con un pecado que con otros. Todos tenemos áreas de pecado con las que luchamos durante la mayor parte de nuestra vida. Aun así, sin siquiera conocerte, puedo afirmar que luchas con muchos otros pecados. Tristemente, nuestra naturaleza corrupta es muy predecible. Ten cuidado: un conjunto de pecados no debe definirte. Eres más que tu pecado. Eres un pecador redimido y salvado por un Dios misericordioso. En Cristo, has sido liberado. Todos tus pecados fueron perdonados en Él. A pesar de que estemos enfocados mayormente en las áreas de pecado más grandes de nuestras vidas, debemos arrepentirnos y luchar contra todos ellos.
El verdadero arrepentimiento se caracteriza por los frutos que producimos. Implica tomar la decisión de luchar contra el pecado y amar a Dios. No jugamos con nuestro pecado. No intentamos acercarnos lo máximo posible sin actuar físicamente sobre él. El pecado es algo que cometemos y por lo que sufrimos. No deberíamos asumirlo como nuestra identidad. Los deseos pecaminosos no pueden «sublimarse» ni reutilizarse con fines sagrados. El pecado es pecado, y solo puede ser pecado. Deberíamos dar muerte a nuestros deseos pecaminosos y alejarnos de ellos para volvernos hacia Dios y crecer en la santidad. Esta es la aplicación práctica de la fe cristiana en cuanto a la atracción por el mismo sexo: un compromiso diario a alejarse del pecado y acercarse a Cristo, aprendiendo cómo superar la atracción por personas del mismo sexo al caminar en el Espíritu.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué manera la objeción de que necesitar confesar tus pecados constantemente hace que «nunca estés del todo bien con Dios» distorsiona y malinterpreta el evangelio?
- ¿De qué forma eres culpable de tener esta misma perspectiva del pecado y la confesión?
- ¿Es nueva para ti la idea de que el arrepentimiento es regresar al Dios que nunca te abandonó? ¿Cómo redefine esto tu concepto de Dios y de tu pecado?
- ¿Cómo se ve en la práctica el arrepentimiento de los deseos por el mismo sexo? ¿Cómo podrían ayudarte a lidiar con la atracción por el mismo sexo las categorías de «ver el pecado, lamentar el pecado, confesar el pecado y alejarse del pecado»?
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Parte IV: La Santificación
En el capítulo anterior, hablamos del proceso de alejarnos del pecado para volver a Dios. Nuestras vidas deberían estar caracterizadas por un crecimiento en la semejanza a Cristo, mientras escapamos constantemente del pecado y buscamos la santidad. Este crecimiento en la semejanza a Cristo se denomina comúnmente santificación, y es crucial para comprender los temas del Evangelio relacionados con la atracción por el mismo sexo.
¿Qué es la santificación?
La santificación es el proceso de ser apartado (volverse santo). Es la renovación en nosotros de la imagen de Cristo. En las Escrituras, vemos que se habla de esto de dos maneras: como un hecho definitivo y como un proceso progresivo.
Definitivo
El Nuevo Testamento a menudo habla de la santificación como algo que los creyentes ya experimentaron. Pablo les escribe a los cristianos comunes y corrientes que aún luchan con el pecado y los llama «santificados en Cristo Jesús», o incluso «santos» en algunas traducciones (1 Co 1:2, véase también Ef 1:1; 4:12; Flp 4:21). Les recuerda que «han sido lavados, santificados y justificados» (1 Co 6:11). De la misma manera, en Hebreos se dice que los cristianos «somos santificados» a través del sacrificio de Jesús «una vez y para siempre» (Hb 10:10). Esto quiere decir que, en el momento en el que una persona pone su fe en Cristo, Dios la declara santa y la aparta como suya. Unidos a Cristo, los creyentes participan de los beneficios de su muerte y resurrección (Rm 6:3-5; 1 Co 1:30; Ef 2:4-6).
Este acto cambia nuestra naturaleza, de tal manera que el creyente ha muerto al pecado y es una nueva creación en Cristo (Rm 6:2; 2 Co 5:17). Marca una ruptura definitiva del dominio del pecado, en la que este ya no nos gobierna a pesar de su presencia continua en esta vida. Dios nos declara santos, no por nada que hayamos hecho, sino porque pertenecemos a Cristo y estamos cubiertos por su obra consumada. Esto es distinto de la justificación, en la que Dios justifica a los impíos y quita la culpa del pecado (Rm 4:5). En la santificación, Dios elimina el poder del pecado, cambiando nuestra naturaleza para que seamos justos. Este acto de separación definitiva en la conversión a menudo se denomina santificación «definitiva», y es la base de todo nuestro crecimiento en la santidad a lo largo de la vida cristiana. Esta verdad es el pilar de la fe cristiana y la atracción por el mismo sexo.
Progresiva
Ser apartado para la santificación en Cristo no quiere decir que los creyentes sean perfectos. Existe una tensión entre lo que ya somos y lo que seremos, un estado de «ya, pero aún no» en la vida cristiana. Somos santificados y estamos siendo santificados. Nos hemos despojado de la vieja naturaleza y revestido de la nueva en Cristo (Ga 3:27; Col 3:9-10), pero aun así debemos dar muerte al pecado y no dejar que reine en nuestros cuerpos (Rm 6:12). Por lo tanto, la vida cristiana está caracterizada por el crecimiento mientras combatimos el pecado y aprendemos a caminar en obediencia a Cristo (Rm 6:12; Col 1:10). Esta transformación continua se denomina santificación «progresiva».
Si la santificación definitiva responde la pregunta de quién eres actualmente en Cristo, la santificación progresiva aborda cómo esa realidad se desarrolla en la vida cotidiana. La santificación progresiva es el proceso permanente, impulsado por el Espíritu, por el cual los creyentes se liberan cada vez más del poder del pecado y se renuevan a imagen de Cristo (Ef 4:23-24; Col 3:10).
Las Escrituras representan con exactitud la lucha continua de los creyentes contra el pecado, incluyendo a quienes batallan con la atracción por el mismo sexo. Nuestra lucha continua no es un símbolo de muerte, sino de vida espiritual. Los pecados recurrentes nos obligan a aferrarnos a Cristo y depender de Él. Nos hacen anhelar el cielo, donde no habrá más pecado. Nos humillan, nos acercan al arrepentimiento y nos obligan a depender de Cristo crucificado. Sin embargo, debemos recordar que nuestro pecado es vencido en última instancia. Dios nos brinda la gracia suficiente para resistir la tentación (1 Co 10:13), de modo que los creyentes ya no sean esclavos de los deseos pecaminosos, sino que estén empoderados para resistirlos y superarlos cada día más. La victoria progresiva sobre el pecado es real: los deseos pueden ser debilitados, mortificados y, en algunos casos, superados por completo, ya que el Espíritu renueva nuestro interior. El arrepentimiento diario es fundamental para la santificación. Nuestra nueva naturaleza es renovada y fortalecida a través de la práctica continua de alejarnos del pecado. No debemos amoldarnos al mundo actual, sino ser transformados mediante la renovación de nuestra mente (Rm 12:2). Dios de seguro terminará lo que comenzó a medida que nos santifique hasta la venida de Jesucristo (Flp 1:6; 1 Ts 5:23).
La realidad de la santificación definitiva significa que, a pesar de tus batallas actuales con la atracción por el mismo sexo, sin importar qué tanto luches contra los deseos pecaminosos, estás santificado. Dios te ve como santo, tal como Cristo es santo. Dios no solo te liberó de la culpa y la condenación del pecado, también te apartó como uno de sus santos. Esta es tu identidad fundamental.
También deberíamos recordar que la santificación progresiva es un camino permanente, con sus altos y bajos. Esto no justifica nuestro pecado, sino que nos anima a levantarnos y seguir luchando cuando cedemos ante nuestros deseos. El deseo homosexual no es algo de lo que no se pueda escapar. En 1 Corintios 6, Pablo describe cómo «los injustos no heredarán el reino de Dios» (v. 9). Esto incluye a «los inmorales sexuales» y «los homosexuales» (v. 9). Aun así, el siguiente versículo declara: «Y eso eran algunos de ustedes. Pero ya han sido lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (v. 11). Este es un pasaje clave en cuanto a la atracción por el mismo sexo en la Biblia. ¡Son grandiosas noticias! Aunque los deseos permanezcan, hemos sido liberados de nuestro pecado. Si has mantenido un estilo de vida activamente homosexual, esto ya no te define. Eso eras, pero ya has sido lavado y santificado. Alabado sea Dios por su gracia que transforma vidas.
Aunque no se nos promete vencer por completo ningún pecado en esta vida, esto no quiere decir que la libertad no sea posible. Si bien la heterosexualidad no es el objetivo para un cristiano que sienta atracción por personas del mismo sexo, los deseos pecaminosos no son una realidad que no se pueda cambiar. Puede que el mundo nos enseñe esto —a menudo describiéndolo como una atracción sexual genética fija o un trastorno permanente de atracción hacia el mismo sexo—, pero no es así en las Escrituras. La Biblia te dice que en Cristo eres libre del dominio del pecado, lo que brinda una ayuda cristiana real para quienes tengan deseos homosexuales. Podemos ser transformados de forma genuina con una nueva naturaleza. Este cambio no puede ser impuesto ni forzado: ocurre de verdad. Hay quienes vencen sus deseos hasta el punto de poder casarse a pesar de sentirse atraídos por su mismo sexo en el pasado. Hay quienes no lo logran.
La heterosexualidad no es el objetivo de la santificación. A pesar de ser «naturales» en cuanto a su propósito original, los deseos heterosexuales pueden ser igualmente desordenados. El punto de la santificación es crecer en la semejanza a Cristo. Puede que no nos liberemos del todo del pecado en esta vida, pero deberíamos ver algo de crecimiento a lo largo del tiempo a medida que mortificamos nuestro pecado en el poder del Espíritu. Algún día estaremos libres de pecado. Esto nos brinda esperanza sobre cómo superar la atracción hacia el mismo sexo en el sentido más profundo.
Esto debería volvernos implacables a la hora de matar a nuestro pecado, desde que comienza a ser un deseo en nuestro corazón. El pecado no busca nada menos que tu destrucción. Como advierte célebremente John Owen: «Mata a tu pecado siempre o este te matará». Desafortunadamente, muchos líderes cristianos afirman que los deseos por el mismo sexo no son pecaminosos si no se actúa en consecuencia. Esto conduce a un concepto erróneo y debilita la obra convencedora del Espíritu en el corazón de los creyentes. Si bien debemos tener cuidado de no imponer restricciones donde la Palabra de Dios no las impone, de igual manera debemos tener cuidado y no avalar ni promover las cosas que la Palabra denuncia claramente como pecado.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué manera comprender la santificación definitiva moldea la forma en la que te ves a ti mismo en Cristo? ¿Cómo ves el pecado o los deseos pecaminosos recurrentes a la luz de esto?
- ¿Qué pecados específicos puedes considerar «muertos» actualmente a la luz de la santificación progresiva?
- ¿Cuáles son algunos pecados que necesitas mortificar, pero a los que no les has prestado tanta atención?
- Tras analizar el fruto del Espíritu (Gal 5:22-23), ¿dónde ves evidencia del trabajo santificador de Dios en tu vida?
- ¿De qué manera la promesa de que Dios completará la obra que comenzó en ti (Flp 1:6) te anima a seguir combatiendo el pecado, incluso cuando sientes que tu progreso es lento o no es lineal? ¿Cómo debería esta esperanza moldear tu respuesta ante el fracaso?
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Parte V: La Comunidad En La Iglesia Local
Jamás debimos combatir el pecado solos. No somos lo suficientemente fuertes como para luchar contra el pecado con nuestras fuerzas o sabiduría. Dios diseñó a la iglesia local para ser una comunidad comprometida de creyentes que caminan juntos a través de la vida cristiana, y se ayudan unos a otros a resistir el pecado, crecer en santidad y perseverar en la fe hasta el final. Para aquellos cristianos que luchan con deseos por el mismo sexo, la iglesia local no es un apoyo periférico.
Cuestiones políticas: una iglesia que se toma el pecado y el amor en serio
Si la iglesia es el contexto ordenado por Dios para conservar la santidad en su pueblo, es muy importante cómo esta se organiza y se dirige. La estructura de una iglesia (su política) moldea inevitablemente su cultura y cómo vive su comunidad. La forma en la que una iglesia concibe la membresía, la disciplina y la autoridad comunica qué cree en verdad sobre el pecado y la salvación. Esta estructura es a menudo el héroe olvidado para quienes se preguntan cómo lidiar con la atracción por el mismo sexo dentro de una comunidad fiel.
En primer lugar, la membresía eclesiástica significativa genera una responsabilidad mutua. Ser miembro no es una elección de consumo, es un pacto en el que los creyentes se comprometen con el crecimiento espiritual de los demás, lo que incluye rendirse cuentas mutuamente ante los mandamientos de Dios. Al ser miembro, un individuo se compromete con la iglesia entera, y la iglesia entera se compromete con ese individuo. Ser miembro de una iglesia implica invitar a los demás a que hablen sobre tu vida, incluso si no es algo cómodo de escuchar (Ef 4:16-17). Los miembros se comprometen a vivir con transparencia, decir la verdad con amor y amar al otro lo suficiente como para responsabilizarlo en su vida cristiana. La membresía en una iglesia debe significar algo, ya que nos discipulamos unos a otros, nos animamos unos a otros, nos cuidamos unos a otros y vivimos abiertamente unos con otros. Este tipo de vulnerabilidad es fundamental a la hora de abordar la atracción por el mismo sexo.
En segundo lugar, la disciplina de la iglesia toma al pecado en serio. La disciplina de la iglesia es el proceso de enfrentar al pecado en la vida de sus miembros, ya sea con una reprimenda en privado o la expulsión formal de la membresía, con el objetivo de la restauración. La disciplina de la iglesia refleja y exalta a Cristo, ya que resguarda su nombre y su gloria. En un mundo que minimiza el pecado y trata a los deseos personales como algo sagrado, la disciplina eclesiástica bíblica se impone como un testimonio contracultural. Las Escrituras nos enseñan que el pecado persistente y sin arrepentimiento es peligroso, no solo para ti, sino para todo el cuerpo de la iglesia (1 Co 5:6-8). Incluso si confrontar al pecado es difícil, es lo que Dios ordena (Mt 18:15-20). La disciplina de la iglesia siempre tiene el objetivo de restaurar al creyente en arrepentimiento (1 Co 5:4; 2 Co 2:5-8; Gal 6:1).
La disciplina de la iglesia cumple con los compromisos de una membresía significativa. ¿Cómo podemos afirmar estar comprometidos con el bienestar espiritual de los demás si no somos capaces de cumplir y decirles las verdades difíciles? A través de la disciplina de la iglesia, nos protegemos unos a otros del encanto del pecado. Nos advertimos de los peligros del pecado y nos animamos en nuestra batalla. Para alguien que lucha con la atracción por el mismo sexo, esta protección no es un acto de hostilidad, sino de amor profundo, que lo preserva en la fe cristiana y en la lucha contra la atracción por el mismo sexo manteniéndolo unido a Cristo.
Una cultura de discipulado
La cultura de discipulado es parte de una iglesia sana. El discipulado, impulsado por la membresía significativa, es el acto de caminar junto a otros cristianos, mientras buscamos ayudarnos a madurar en la fe (Ef 4:14-16; Col 1:28; Rm 15:1-2; 1 Ts 5:11). Los programas y las estructuras no pueden generar esto, ni tampoco las simples políticas sobre la atracción hacia el mismo sexo. Lo que se necesita es una vida compartida moldeada por relaciones intencionales.
La esencia del discipulado es permitir que los demás te conozcan de verdad. El pecado prospera si se mantiene en secreto. Para crecer, debemos sacarlo a la luz. Las Escrituras relacionan en repetidas ocasiones la salud espiritual con el concepto de caminar en la luz juntos cuando confesamos nuestros pecados, oramos los unos por los otros y llevamos las cargas de los demás (St 5:16; Gal 6:2). Esto quiere decir que deberíamos tener una apertura genuina con los demás cristianos. Puede que sea con una persona, dos o varias, dependiendo de tus habilidades relacionales. Las Escrituras aclaran que la fe cristiana no es una fe solitaria. Una cultura de discipulado promueve la rendición de cuentas sincera, en la que los cristianos puedan abrirse con los demás y admitir con humildad sus luchas. Una iglesia que forma discípulos tiene claro que todos los cristianos están combatiendo el pecado. Quienes luchan con la atracción por el mismo sexo no forman parte de una categoría especial que los excluya. Sus deseos son una manifestación en particular de la lucha humana con el pecado.
El discipulado implica el aliento y el fortalecimiento. Nadie prospera y crece solo con reprimendas. Necesitamos recordatorios del evangelio: la gracia que hemos recibido, que nuestros pecados fueron perdonados por Dios, la esperanza de la resurrección. Una cultura de discipulado sólida nos enseña a mantener los ojos en lo que está por venir, mientras esperamos el regreso de Cristo y la extinción total del pecado. En una comunidad eclesiástica, podemos aprender más de la experiencia de los santos maduros a lo largo de décadas de obediencia, sufrimiento, arrepentimiento y alegría. Ellos nos animan a continuar luchando y son evidencia del poder del Espíritu para superar el pecado.
El discipulado también requiere de amistad. En un mundo obsesionado con el erotismo y el amor romántico, debemos recuperar una visión de la amistad cristiana. La amistad se representa en las Escrituras como un bien profundo, capaz de llevar cargas emocionales y espirituales inmensas. Para los cristianos llamados a una obediencia sacrificada, especialmente a la soltería de por vida —una realidad para muchos cristianos que sienten atracción por su mismo sexo—, la amistad no es un premio de consolación. Es el medio que Dios les da para sentir amor, alegría y pertenencia. Una cultura eclesiástica de discipulado debería ser intencional a la hora de cultivar amistades reales, sacrificadas y permanentes. Así, brindamos un anticipo del cielo en el que no seremos entregados en matrimonio, pero estaremos unidos al Cordero y su novia, la Iglesia (Ap 19:6-9).
Comunidad cautivadora
La comunidad eclesiástica no es solo formativa, es evangelista. Jesús enseñó que el amor entre cristianos sería un testimonio para el mundo (Jn 13:34-35). Una comunidad caracterizada por la verdad, la gracia y el amor sacrificial es profundamente cautivadora dentro de una cultura cada vez más quebrantada. En un mundo lleno de soledad y búsqueda vacía, la comunidad genuina de la iglesia se destaca. Una iglesia cimentada en el diseño de Dios brinda estabilidad a un mundo lleno de crisis de identidad y ofrece una esperanza única que no puede encontrarse en otra parte. El amor no es una simple afirmación. Es un compromiso voluntario con el bien de una persona. La iglesia lo demuestra claramente al combinar convicción con compasión. Cuando los no creyentes ven a los cristianos amar a quienes son distintos a ellos, unidos en formas evidentemente sobrenaturales mientras llevan las cargas de los demás, se sustentan unos a otros, se perdonan y perseveran juntos en la obediencia, ven evidencia viva de la verdad del evangelio.
El deseo que tenemos de pertenecer y ser amados no es inherentemente sexual. Es en esencial humano, ya que fuimos creados con un deseo profundo de ser conocidos y amados por Dios. Nuestra necesidad más profunda no se satisface a través de la realización sexual, sino de la reconciliación con Dios. La iglesia debe tener cuidado y no reforzar la afirmación cultural de que la intimidad sexual es la forma principal de conexión humana. Los deseos hacia el mismo sexo no pueden «sublimarse» en una actividad espiritual abstracta, y las «personas elegidas» no son una laguna jurídica sin pecado para las parejas del mismo sexo. Esta perspectiva es uno de los temas más importantes del evangelio en cuanto a la atracción por el mismo sexo. La pertenencia no depende de la expresión sexual, se basa en la unión con Cristo. Quienes renuncian a las relaciones sexuales por amor a Cristo no son condenados a una vida inferior. Al negarse a sí mismos y tomar su cruz, hallan vida en abundancia (Mt 16:24-27). No te estás perdiendo el amor, estás comprometido con una forma mucho más profunda e infinitamente más duradera de este.
La iglesia local debería ser una demostración viva del evangelio, donde se viva el arrepentimiento y el perdón. Su vida en comunidad debería dar testimonio de que Cristo es mejor que el pecado y de que la obediencia, a pesar de ser dura, vale la pena. La iglesia no es perfecta en esta vida, pero es un lugar en donde las personas imperfectas son bienvenidas, los pecadores son transformados y los santos son formados para la gloria. En la comunidad eclesiástica, nunca caminarás solo, sino que encontrarás la forma definitiva de ayuda cristiana para la atracción hacia el mismo sexo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Por qué luchar contra el pecado no es algo que Dios quiere que hagamos solos? ¿Cuáles son algunas formas en las que has experimentado de manera positiva o negativa a la comunidad cristiana en tu lucha por la santidad?
- ¿Qué es lo que dificulta que otros cristianos te conozcan de forma genuina? ¿Hay algo que puedas compartir con tu mentor para que pueda ministrarte mejor?
- ¿Cómo puedes contribuir para construir amistades genuinas y piadosas en la iglesia?
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Acerca del autor
JACOB HARGRAVE está trabajando actualmente en su doctorado en la Universidad de Cambridge. Antes de mudarse a Cambridge con su esposa e hijos, sirvió como asistente pastoral en la iglesia bautista Capitol Hill en Washington, D. C.
Tabla de contenido
- Parte I: ¿Quién Soy?
- Lo que te dice el mundo
- Lo que te dice la Biblia
- Fuiste creado
- Estás roto
- Fuiste redimido
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: El Pecado Y La Tentación
- ¿Qué es el pecado?
- ¿Qué es la tentación?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: La Confesión Y El Arrepentimiento
- ¿Qué es la confesión?
- ¿Qué es el arrepentimiento?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: La Santificación
- ¿Qué es la santificación?
- Definitivo
- Progresiva
- Preguntas para reflexionar:
- Parte V: La Comunidad En La Iglesia Local
- Cuestiones políticas: una iglesia que se toma el pecado y el amor en serio
- Una cultura de discipulado
- Comunidad cautivadora
- Preguntas para reflexionar:
- Acerca del autor