#61 Cómo sanar la confianza rota: restaura tus vínculos conforme a los principios de Dios
INTRODUCCIÓN
Saber manejar con sabiduría las relaciones rotas puede parecer una cualidad reservada para quienes hayan alcanzado un alto grado de madurez cristiana. Sin embargo, es algo que todos los cristianos debemos procurar con devoción, sin importar cuán avanzados estemos en nuestro camino. Como pastor de una iglesia en el centro de Boston durante más de diez años, he observado que uno de los mayores desafíos que enfrenta nuestra congregación es saber qué hacer cuando las relaciones fracasan y se derrumban. Las Escrituras describen a la Iglesia como el cuerpo de Cristo y hablan de lo absurdo de la desunión entre sus miembros. Cuando se trata de relaciones dañadas, sobre todo entre creyentes, hay mucho en juego. Mi objetivo con esta guía de habilidades para la vida es sentar una base bíblica para restaurar los vínculos rotos, de modo que el evangelio, la obra más impresionante de restauración que uno pueda imaginar, se manifieste en nuestras vidas.
En la Parte I, sostengo que la causa fundamental de nuestros vínculos rotos es nuestra relación rota con Dios. En la Parte II, demuestro cómo el orgullo suele estar en el centro de nuestros vínculos rotos y qué hacer al respecto. En la Parte III, ofrezco un argumento bíblico de por qué los cristianos deben procurar la restauración. En la Parte IV, presento el evangelio como nuestro modelo y fuente de motivación para la restauración. Por último, en la Parte V, establezco algunas categorías para la restauración y qué hacer cuando esta se vuelve difícil.
Esta guía de habilidades para la vida aborda principalmente los vínculos difíciles entre creyentes. Es muy útil en el contexto de las relaciones de mentoría, para iniciar una conversación sobre por qué los vínculos rotos son algo común entre los cristianos y cómo el evangelio nos inspira a procurar la restauración. Si esta guía aporta un poco más de sabiduría sobre este aspecto desafiante pero gratificante de la vida cristiana, mis oraciones habrán sido respondidas. ¡Que Dios reciba toda la gloria a través de la unidad de su pueblo!
Audioguía
Audio#61 Cómo sanar la confianza rota: restaura tus vínculos conforme a los principios de Dios
1 El comienzo de los vínculos rotos
Los efectos divisorios del pecado
La paz con Dios está profundamente entrelazada con la paz entre nosotros. Si miramos por un momento la primera relación dañada, entre Dios y nuestros primeros padres, Adán y Eva, obtenemos una valiosa enseñanza. El pecado y su maldición son la razón por la que las amistades fracasan, los matrimonios se separan y las iglesias se ven sacudidas por el conflicto. Cualquier esperanza de restaurar los vínculos rotos en nuestras propias vidas debe estar arraigada en la restauración de nuestra relación con Dios. De lo contrario, estaremos intentando curar una enfermedad terminal con un parche.
Antes de que el pecado entrara en el mundo, el jardín del Edén se caracterizaba por la armonía en las relaciones. Había armonía entre Dios y el hombre y, luego, entre el hombre y su mujer. Sin embargo, tan pronto como Adán y Eva comieron del fruto prohibido, su relación con Dios y entre ellos cambió. Incluso antes de que Dios los confrontara y pronunciara la maldición del pecado, vemos que Adán y Eva intentaron cubrir su desnudez con hojas de higuera. Es evidente que la vergüenza se había infiltrado en su relación como consecuencia del pecado. La maldición de este también introdujo una tensión en la unión en una sola carne que Adán y Eva habían disfrutado desde el principio. Trágicamente, esta tensión se sigue observando hoy en día en los matrimonios fracturados: «Desearás a tu marido, y él te dominará» (Gn 3:16b).
Antes de que Adán y Eva fueran expulsados del jardín, como prueba de una mayor ruptura, se culparon mutuamente por su pecado, culparon a la serpiente e incluso a Dios. Nada fue igual después de que el pecado entrara en escena; todo empeoró al otro lado del jardín. Los hijos de Adán y Eva, Abel y Caín, ofrecieron sacrificios a Dios. El problema es que uno agradó más a Dios que el otro. ¿El resultado? Caín se enojó y asesinó a su hermano, Abel. En el mismo capítulo, se nos presenta a Lamec, un descendiente de Caín que, en Génesis 4:23-24, les cantó a sus dos esposas, Ada y Zila, una canción sobre el primer asesinato del mundo:
¡Escuchen bien, mujeres de Lamec!¡Escuchen mis palabras!Maté a un hombre por haberme agredidoy a un muchacho por golpearme.Si Caín será vengado siete veces,setenta y siete veces será vengado Lamec.
La canción de Lamec muestra un asombroso deleite en la venganza y un orgullo que ansía reconocimiento, como si el asesino hubiera obrado bien. Evidentemente, el asesinato, la máxima expresión de la ruptura relacional, se extiende como un cáncer metastásico a lo largo de los primeros capítulos del libro de Génesis. En el capítulo 6, Dios le habla a Noé y le revela por qué va a provocar un diluvio universal: «He decidido acabar con toda la gente, pues por su causa la tierra está llena de violencia» (Gn 6:13a). Cuando miramos al este del Edén, después de la caída, el panorama es desolador. El pecado contra Dios produce el amargo fruto de la violencia. Este patrón de ruptura con Dios que conduce a la ruptura entre las personas es un sello distintivo de la depravación humana y uno de los temas preponderantes de la Biblia.
El objetivo del pecado: nuestra relación con Dios
Podemos leer otros pasajes para ver cómo el pecado contra las personas se entrelaza con el pecado contra Dios. La inscripción que acompaña al salmo 51 nos dice que David lo escribió después de que Natán lo confrontara por su adulterio con Betsabé y el asesinato de su marido, Urías. Dice así: «Salmo de David, cuando el profeta Natán fue a verlo por haber cometido David adulterio con Betsabé». Decir que su pecado causó estragos en sus relaciones es quedarnos demasiado cortos. Su familia quedó prácticamente destruida: el bebé fruto de la unión ilícita murió, y a esto se le sumó la promesa de un severo castigo: «Por eso la espada jamás se apartará de tu familia» (2 Sm 12:10a). Más adelante, Absalón, otro hijo de David, lo persiguió para acabar con su vida. Es casi imposible medir la magnitud de la desgracia que comenzó con una fantasía en la azotea.
La mayoría de las veces, nuestros ojos se centran solo en la destrucción de las relaciones que nuestro pecado provocó, pero si escuchamos atentamente el canto de David en el salmo 51, queda claro que él sabía que su pecado era ante todo contra Dios.
Yo reconozco mis transgresiones;
siempre tengo presente mi pecado.
Contra ti he pecado, solo contra ti,
y he hecho lo que es malo ante tus ojos;
por eso, tu sentencia es justa
y tu juicio, irreprochable (Sal 51:3-4).
A través de Natán, Dios confrontó a David, revelándole la naturaleza trágica de su pecado: una maraña de transgresiones marcada por el adulterio y el asesinato premeditados. A lo que David respondió: «Contra ti he pecado, solo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos».
Si bien David no estaba intentando minimizar su pecado contra Urías y Betsabé, él sabía que la raíz de esta catástrofe era su rebelión contra Dios. Si bien nunca debemos minimizar el daño que nuestro pecado causa entre nosotros y nuestros semejantes, debemos saber que, cuando nuestro pecado rompe nuestro vínculo con otra persona, siempre es en el contexto de una mayor ruptura con el Señor, quien nos creó para su gloria.
Aunque se han escrito miles de libros sobre por qué fracasan las relaciones, la Biblia es el único que nos enseña que esto sucede porque nos alejamos de Dios. Si pasamos por alto esta verdad fundamental sobre los vínculos dañados, nuestros esfuerzos por restaurarlos se centrarán únicamente en los síntomas de nuestra enfermedad.
Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué manera no reconocer que nuestros pecados son ante todo contra Dios podría afectar la restauración?
- ¿Sueles no identificar tu propio pecado como la causa de tus relaciones fallidas y de tus conflictos con los demás?
- ¿Alguna vez notaste que cuando no sigues a Cristo, tus otras relaciones también tienden a verse afectadas?
- ¿Alguna vez has considerado que la observancia regular de los medios comunes de la gracia —el estudio de la Palabra de Dios, la oración, la comunión, la reunión como iglesia para recibir la predicación y los sacramentos, el tiempo a solas con Dios, etc.— puede dar lugar a una renovación sorprendente de tus relaciones personales?
- ¿Tienes un «Natán» en tu vida que tiene permiso para llamarte la atención cuando tu relación con Dios y con los demás es un desastre?
2 El lugar del orgullo en los vínculos rotos
La adoración de uno mismo
¿Por qué son tan comunes las relaciones rotas, incluso entre los cristianos? La respuesta es el orgullo, lo cual es un problema para todos. Nuestro sentido exagerado de la autoestima nos tienta a todos a vernos como el centro del universo. En lo que parece una vida anterior, cuando era recluta en la Academia de Policía de Plymouth, uno de nuestros instructores nos repetía a diario estas palabras: «Eres una leyenda en tu propia mente». Él no sabía lo acertado que estaba, y nosotros tampoco. El orgullo es algo que todos llevamos dentro y, si su objetivo es la adoración de uno mismo, sus síntomas se manifiestan en forma de arrogancia y engreimiento.
En el Edén, Adán y Eva fueron seducidos por la promesa de la serpiente de que, al comer del fruto prohibido, se les abrirían los ojos y serían «como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3:5). Tenían apetito de gloria, pero no de la gloria de Dios. Esta es una característica de nuestra propia depravación: en lugar de acercarnos unos a otros con el objetivo de glorificar juntos a Dios, nos alejamos unos de otros para glorificarnos a nosotros mismos.
Santiago 4:1-2 es un texto que sirve como una herramienta confiable a la hora de aconsejar y ayudar a amigos y parejas en conflicto, pues destaca el orgullo egoísta, que es la razón de las rupturas en nuestras relaciones:
¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Entonces, riñen y se hacen la guerra.
Santiago nos presiona para que nos demos cuenta. El orgullo, y su primo hermano, la soberbia, que menosprecia a los demás, considera que los deseos personales son más valiosos que la paz. Santiago nos revela que hay una batalla librándose dentro de cada cristiano. Es una batalla entre la vieja naturaleza pecaminosa, lo que el apóstol Pablo llama «la carne», y nuestra nueva naturaleza, la vida del Espíritu. Santiago dice que, a medida que la batalla se recrudece, a menudo las pasiones pecaminosas prevalecen, y el resultado son guerras y conflictos. En pocas palabras, queremos lo que queremos y estamos dispuestos a arruinar nuestras relaciones para conseguirlo.
Si bien hay ocasiones en las que la ruptura de una relación no es culpa nuestra (hablaré de ello más adelante), cuando nos encontramos en conflicto con otras personas, siempre debemos examinarnos a nosotros mismos. ¿Hay algo que quiero de esta persona y no estoy obteniendo? Podría ser algo tangible, como dinero o posesiones, o podría ser algo relacional, como atención o respeto. Es el orgullo, en forma de arrogancia, lo que nos lleva a exigir a los demás lo que no merecemos. El orgullo nos haría heredar el mundo entero, pero, aun así, no estaríamos satisfechos. Como lo haría un buen detective, si alguna relación con amigos, familiares o la familia de la iglesia está rota, primero debemos interrogarnos a nosotros mismos para ver si nuestro orgullo es el culpable. A menudo lo es.
El alto costo de tener razón
Nuestros vínculos a menudo llegan a un punto muerto cuando no estamos dispuestos a admitir que nos hemos equivocado en algo. Cuando era niño, los veranos en casa de mis abuelos significaban episodios de La famila Ingalls a cualquier hora. Una ilustración conmovedora del orgullo obstinado que nos impide ceder ante los demás es el episodio titulado «El alto costo de tener razón». Tras el incendio en el granero de la familia Garvey, estos se quedan sin su cosecha de maíz para vender. El matrimonio de Jonathan y su esposa Alice es puesto a prueba porque él se niega a aceptar cualquier ayuda. El orgullo de Jonathan le impide razonar, lo que pone en peligro la relación más sagrada. El episodio nos ofrece una clara lección: cuidado con el orgullo necio que puede amenazar con destruir lo que más apreciamos. ¿Te cuesta ceder ante los demás? ¿Sueles sentirte en conflicto en tus relaciones, como si fueras tú contra ellos? ¿Tus relaciones, en lugar de estar marcadas por la camaradería y el apoyo mutuo, se han convertido en una cuestión de sutiles dinámicas de poder? El orgullo solo puede entrar después de que la humildad ha sido expulsada.
La humildad
A nadie le gusta admitir estar equivocado. Cuanto más tiempo perseveramos en seguir nuestro camino, más difícil nos resulta cambiar de rumbo. El orgullo se afianza y, al igual que Adán y Eva tras la caída, empezamos a señalar con el dedo. Nos retorcemos y escabullimos para no asumir nuestra responsabilidad. Buscamos justificarnos. Distorsionamos la verdad y presentamos narrativas sesgadas que buscan nuestra ventaja. Culpamos a otros, en parte, porque estamos cegados por el orgullo, pero quizás, sobre todo, para perpetuar nuestra obsesión por adorarnos a nosotros mismos. Rara vez lo admitiríamos en términos tan claros, ¡pero el orgullo es astuto y persistente!
Si reconoces que esto es cierto, las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 2:3-4 pueden resultarte desalentadoras. Él escribe:
No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás.
¿Cómo sería una iglesia que se dedicara a aniquilar el orgullo para exaltar al prójimo? ¿Qué pasaría si tener razón perdiera su atractivo? ¿Qué pasaría si nuestras conversaciones, en lugar de peleas y discusiones por deseos insatisfechos, fueran un intercambio entre personas decididas a posponer sus propios deseos para bendecir a los demás? ¿Qué pasaría si disfrutáramos de la oportunidad de obedecer el mandato del Espíritu?
Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente (Romanos 12:10).
Esa sería una iglesia donde la adoración de uno mismo se extinguiría. Pero primero debe morir el orgullo, y solo puede morir a través del evangelio:
Y él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado (2 Co 5:15).
Que el orgullo escondido bajo las tablas podridas de las relaciones rotas sea desechado, y que, con la ayuda de Dios, establezcamos una base firme de humildad.
Preguntas para reflexionar:
- Según lo que puedes observar, ¿hasta qué punto tus relaciones son transaccionales? Si es así, ¿cómo?
- ¿Cómo podrías aplicar en tus relaciones la disciplina de negarte a ti mismo?
- ¿De qué manera podrías honrar intencionadamente a tus amigos, tu familia y tu familia de la iglesia?
- ¿Te atreverías a orar para que Dios te vuelva más humilde?
- ¿Qué estrategias podrías implementar para acabar con el orgullo y procurar la humildad?
3 Lo que está en juego en los vínculos rotos
¿Eres hijo de Dios?
Las Escrituras enseñan que amar a Dios y amar al prójimo son dos caras de la misma moneda. Además, nos enseñan que lo segundo es una gran prueba de lo primero. Cualquiera puede afirmar que ama a Dios. Pero ¿cómo sabemos si alguien ama a Dios? Un gran indicador es si amamos a los demás. Por lo tanto, la afirmación de amar a Dios, para que sea creíble, debe demostrarse con actos de amor hacia nuestro prójimo. Esto es lo que dice el apóstol Juan en 1 Juan 3:14:
Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte.
Y, de manera similar, en 1 Juan 4:20:
Si alguien afirma: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.
Uno de los ejemplos más notables de amar al prójimo es acercarnos a las personas para restaurar una relación rota. Por el contrario, alejarnos de las personas y negarnos a reconciliarnos puede describirse como un acto de odio. Por lo tanto, lo que hacemos con los vínculos dañados confirma o niega nuestra afirmación de haber nacido de nuevo y de amar a Dios. En otras palabras, si no amamos al prójimo, no amamos a Dios. Un objetivo principal de la vida cristiana es acortar la brecha entre nuestra afirmación de amar a Dios y la de amar a nuestro prójimo. A menudo, existe un abismo entre ambas, y no integrar el evangelio en esta área de nuestras vidas nos pone en una situación peligrosa.
Estoy convencido de que una de las principales características de un cristiano es que no puede estar en paz si se encuentra en conflicto en alguna de sus relaciones. Un hijo de Dios en su mejor versión está dispuesto a perdonar, es rápido en admitir sus faltas y está ansioso por reconciliarse. En una frase, los cristianos somos pacificadores. Jesús lo dice en Mateo 5:9, en su sorprendente introducción al sermón del monte. La bienaventuranza transmite no solo una actitud, sino también una práctica de restauración de relaciones rotas: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». La promesa confirma que trabajar por la paz no es algo exclusivo de gente especializada, sino que todos los creyentes debemos procurar la paz en donde estemos.
En ese mismo sermón, Jesús revela lo que está en juego cuando se trata del perdón entre creyentes. Debería impactarnos con la fuerza de una advertencia:
Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre perdonará a ustedes las suyas (Mt 6:14-15).
Esto no es un trueque. Dios no perdona a los pecadores porque ellos perdonan a otros. Jesús está diciendo que quienes son perdonados practican el perdón. Sin embargo, no pases por alto la urgencia de la advertencia. Jesús está diciendo: «No creas que eres hijo de Dios si no estás dispuesto a perdonar a otros». Esa es una palabra que nos confronta a la mayoría de nosotros. Algunas de las heridas más profundas provienen del pueblo de Dios. Perdonar es una de las cosas más difíciles que Jesús nos pide que hagamos y, sin embargo, si somos cristianos, es lo que hacemos, aunque sea de manera imperfecta. Porque si nos negamos, no deberíamos estar tan seguros de nuestra posición ante Dios. De este pasaje aprendemos que amar a nuestro prójimo y ser conocidos por nuestro trabajo por la paz debería darnos cierta seguridad de que somos hijos de Dios.
Robert Murray M’Cheyne, predicador escocés del siglo XIX, nos dejó esta cita maravillosamente equilibrada sobre la seguridad que brinda el evangelio: «Por cada mirada hacia dentro, dirige diez miradas a Cristo». Para aclarar el evangelio, en algunos círculos teológicos, el autoexamen se ha convertido en un tabú. Es cierto que, en última instancia, nuestra seguridad proviene de creer en el evangelio, por lo tanto, «diez miradas a Cristo». Y, sin embargo, debemos reconocer la «mirada hacia dentro», porque la fe genuina se demuestra con obras de amor. El autoexamen que se pide en pasajes como las bienaventuranzas debería servir de estímulo para quienes estamos creciendo en la búsqueda de restaurar relaciones rotas.
¿Tu vida y tu iglesia predican el evangelio?
El autor de Hebreos hace su propio llamado a la paz entre los creyentes, demostrando lo perjudicial que puede ser la desunión para toda la iglesia. Los riesgos no podrían ser mayores:
Busquen la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Asegúrense de que nadie quede fuera de la gracia de Dios, de que ninguna raíz amarga brote y cause dificultades y corrompa a muchos (Hb 12:14-15).
Parte de lo que significa ser santo es estar en paz con tu prójimo. El autor de Hebreos asocia la unidad entre los creyentes como una característica tan propia de los piadosos que estar en guerra con tu familia de la iglesia es una señal de que quizá no veas al Señor como Salvador cuando Él regrese. Un cristiano pendenciero es una contradicción. Los que están ansiosos por pelear en la casa de Dios no son su pueblo. Nos escribe esto para que perseveremos, para encender el fuego de la convicción, para que, por la gracia de Dios, nos ocupemos de nosotros mismos y de aquellos que se han descarriado antes de que brote la amargura y se extienda como la levadura por todo el cuerpo.
Estos versículos confirman lo que es cierto en la mayoría de las catástrofes eclesiásticas. Comienzan con un chispazo entre dos, tres o un puñado de miembros, y hasta los pastores y miembros más firmes, debido a que el conflicto es incómodo, desean que este desaparezca. Pero debemos comprender que nuestras propias relaciones rotas, si no las resolvemos, pueden generar problemas que afecten a toda una iglesia. Cuántas iglesias que fracasaron podrían haber escrito en su lápida: «Prosperó durante cien años, murió por una mirada de desprecio que no se atendió». La lección es clara. ¡Debemos cuidar la unidad de la iglesia de manera diligente!
Las Escrituras no solo enseñan los peligros que corren los creyentes y las iglesias al dejar sin resolver los vínculos dañados, sino que confirman que las iglesias marcadas por las luchas internas y la desunión mienten sobre el evangelio. Consideremos la oración de Jesús en Juan 17:20-21:
No ruego solo por estos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
La oración de Jesús revela la increíble conexión entre nuestra unidad como iglesia y nuestro testimonio colectivo del evangelio. Es habitual pensar en el evangelismo como un esfuerzo individual, de una persona a otra. Pero las palabras de Jesús aquí no pueden ser ignoradas. ¡Una iglesia unida demuestra que Jesús proviene de Dios! La unidad es sorprendentemente evangelizadora. De ello se deduce que una iglesia que se caracteriza por las disputas y las rivalidades puede ser más un impedimento para el evangelio que uno de sus mejores argumentos.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Te cuesta perdonar a las personas, admitir tus faltas y buscar la restauración con otros creyentes? ¿Por qué crees que es así?
- ¿Hay una brecha entre tu afirmación de amar a Dios y a tu prójimo?
- ¿Hay alguna potencial raíz de amargura que esté brotando en ti o en otros miembros de tu iglesia? ¿Has orado por fe, valor y sabiduría para abordarla?
- ¿Deseas que el problema desaparezca cuando se trata de asuntos concernientes a la desunión en tu iglesia local? ¿Las raíces de amargura y la desunión suelen quedar sin abordar en tu iglesia? ¿Qué vas a hacer al respecto?
- ¿Cuáles son las posibles implicaciones para el testimonio del evangelio de tu iglesia local si no buscas la restauración de las relaciones rotas?
4 El evangelio, el modelo para la restauración
Como ya hemos dicho, procurar la restauración con otras personas no es opcional para los cristianos. Como predicó el mismo Jesús, perdonar es una característica del discipulado, y negarse a perdonar puede indicar que nosotros mismos aún no hemos sido perdonados por Dios. Pero ¿por qué es fundamental para la vida cristiana procurar la restauración? Además, ¿cómo se puede esperar de nosotros algo tan difícil? La respuesta es: porque Dios ha restaurado nuestra relación rota con Él a través del evangelio. ¡Nuestras propias vidas son un testimonio de la gracia de un Dios que nos buscó para restaurarnos! Por lo tanto, el evangelio no es solo nuestro mejor modelo para restaurar vínculos rotos, sino también nuestra mayor motivación. Al meditar sobre algunas características del evangelio, nos preparamos e inspiramos para buscar la restauración con los demás.
La reconciliación
El evangelio comienza con malas noticias. Dado que Dios es nuestro creador, también es nuestro santo juez. Cuando el pecado entró en el mundo, toda la raza humana se sumió en el pecado. Como resultado, somos pecadores por naturaleza y por elección. Nuestro pecado es una ofensa grave a un Dios santo, tan grave que exige un castigo eterno. Como escribió Pablo en Romanos 6:23: «Porque la paga del pecado es muerte […]». Muerte terrenal y espiritual. Muerte eterna.
No obstante, en el corazón del evangelio hay un Dios que ama a sus enemigos. En Romanos 5:8-10, Pablo escribió:
Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Y ahora que hemos sido justificados por su sangre, ¡con cuánta más razón, por medio de él, seremos salvados del castigo de Dios! Porque, si cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, habiendo sido reconciliados, seremos salvados por su vida!
Jesús no vino al mundo para salvar a sus amigos. En la cruz, soportó el castigo de Dios por sus enemigos, por ti y por mí, si confiamos en Cristo. Si bien la afirmación de que estamos en guerra con Dios puede sorprenderte, incluso ofenderte, fíjate cómo describe el salmista al mundo incrédulo:
¿Por qué se rebelan las naciones
y en vano conspiran los pueblos?
Los reyes de la tierra se rebelan;
los gobernantes
se confabulan
contra el Señor
y contra su ungido.
Y dicen: «¡Hagamos pedazos sus cadenas!
¡Librémonos de su yugo!» (Sal 2:1-3).
¿Por qué Dios desearía reconciliar consigo mismo a sus propios enemigos, quienes se rebelaron contra su benévolo gobierno? Esta es la maravilla del evangelio. Si buscamos la respuesta en las Escrituras, lo que encontramos es un Dios cuyo amor vence nuestra rebelión. ¿Por qué Jesús te eligió desde la eternidad, sabiendo perfectamente que vivirías como un rebelde antes de nacer de nuevo? Él eligió amarte, a pesar de tu pecado, como una muestra de su misericordia, para su propia gloria. Sin mencionar que todo el esfuerzo de reconciliación es obra de Dios, como destaca Pablo en 2 Corintios 5:18-19:
Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio, el ministerio de la reconciliación. Esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación.
Cuando se trata de la reconciliación con Dios, Él toma la iniciativa. No espera a que nosotros demos el primer paso, porque nunca lo haríamos. Maravíllate de que, en el evangelio, es Dios quien se acerca a nosotros para restaurar nuestra relación rota con Él. Sin duda, esto tiene importantes implicaciones cuando se trata de restaurar nuestros vínculos dañados con los demás. Por mencionar solo una, la reconciliación de Dios con nosotros silencia nuestra objeción de que las personas que nos hacen daño son imperdonables. Al enviar a su propio Hijo a vivir y morir por los malvados pecadores en un mundo de pecado, Dios nos da un ejemplo de un tipo de amor especial: el amor sacrificial. Como solía decir uno de mis antiguos mentores: «Un amor tan raro que tuvo que ser importado del cielo».
Aunque las relaciones son complicadas y el pecado es grave, nuestro llamado es ser como Jesús, que inició nuestra reconciliación. De hecho, cuanto mayor es la ruptura, mayor es la muestra de la gracia de Dios a través de la restauración. Como predicó una vez el puritano Richard Sibbes: «Hay más misericordia en Cristo que pecado en nosotros». ¿Deseamos reflejar al Salvador? Entonces procuremos la reconciliación, incluso con nuestros enemigos, para que el evangelio brille a través de nosotros. Si somos reacios o no estamos dispuestos a dar el primer paso, puede que no comprendamos del todo el evangelio. ¿Nos atreveríamos a ser más severos con los pecadores que Dios? ¡Que nunca sea así!
La justificación
Si en el centro de la reconciliación hay un Dios que nos busca, en el centro de la justificación hay un Dios que perdona. En Tito 3:5-7, el apóstol Pablo describe la justificación como un acto de la gracia de Dios que produce un cambio inimaginable en el destino:
[…] Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Así lo hizo para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos que abrigan la esperanza de recibir la vida eterna.
Benjamin Keach, en su catecismo de 1695, conocido como el Catecismo Bautista, define la justificación de esta manera: «La justificación es un acto de la gracia gratuita de Dios, en el que Él perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos ante sus ojos, solo por la justicia de Cristo que nos es imputada y que recibimos solo por fe». Antes de convertirnos a Cristo a través del evangelio, nuestros pecados nos condenan ante Dios, nuestro juez. Pero entonces somos justificados por la gracia, Cristo quita nuestra culpa y nos da su justicia. Por la fe en Él, ya no somos considerados culpables ante los ojos de Dios, sino que somos herederos según la esperanza de la vida eterna.
Es como si estuviéramos condenados a la horca como insurrectos, y en nuestros últimos momentos en la plataforma, mientras nos cubren la cabeza, Cristo se pusiera la soga y se colgara en nuestro lugar. Cuando llegamos a comprender el evangelio, se nos descubre la cabeza y lo vemos colgado allí a Él, quien voluntariamente soportó la sentencia de muerte declarada sobre nosotros, para que podamos irnos con una vida nueva y mejor.
Amigo creyente, ¿has comprendido el hecho de que, a pesar de tus pecados, eres justificado ante Dios? ¡Ya no eres culpable porque Jesús soportó el juicio que tú merecías! Pero ¿sabes que Él hizo lo mismo por ese hermano en la fe con quien no has hablado en semanas, meses, tal vez incluso años? Aquel al que evitas por los pasillos. ¿Sabes que, gracias a la justificación, los pecados que esta persona aún comete, incluso los que te han hecho daño, Dios ya los ha perdonado? Es cierto que Dios disciplina a sus hijos descarriados, pero en lo que respecta a la condenación, no queda ninguna para ninguno de los dos. Jesús bebió la copa de la ira por esa persona, como lo hizo por ti, y no queda ni una gota. ¿Qué estoy diciendo? Que los creyentes con los que hemos roto la comunión son aquellos por quienes Cristo murió. Y eso debería importarnos.
Cuando Cristo regrese, en el gran tribunal descrito en Mateo 25, probablemente estarás junto a las ovejas de Dios, ya que el mundo entero se dividirá en dos. A la vista de las cabras, separarse de las otras ovejas en ese momento será absurdo. O, como Juan el Bautista describió ese mismo día en Mateo 3:12, aquel a quien despreciaste hace años será reunido en el mismo granero contigo como trigo escogido y precioso de Dios, en lugar de ser quemado como paja en las llamas inextinguibles.
¿Y si reflexionáramos sobre el hecho de que Dios ha considerado «inocentes» a nuestros oponentes a través de la muerte de Jesús, la cual asegura tanto su redención como la nuestra? ¿No debería su destino como herederos de la vida eterna, junto con nosotros, influir en nuestra voluntad de procurar la restauración? ¿Condenaríamos a quienes Dios ha perdonado a costa de su Hijo perfecto? ¡Pídele a Dios poder ver a su pueblo perdonado como Él lo hace!
La adopción
La palabra «adopción» se menciona solo cinco veces en el Nuevo Testamento, aunque su concepto está presente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El Evangelio de Juan comienza con una impresionante mención de la adopción cristiana:
Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hechos hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios (Jn 1:12-13).
En Romanos 8:14-17, el apóstol Pablo continúa desarrollando la doctrina de la adopción, enfatizando el papel del Espíritu y vinculándola así a nuestra santificación:
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!». El Espíritu mismo asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria.
Una vez más, el Catecismo de Keach ofrece una definición concisa de la adopción. «La adopción es un acto de la gracia gratuita de Dios, por el cual somos contados entre los hijos de Dios y tenemos derecho a todos sus privilegios».
En la obra clásica Conocer a Dios, J. I. Packer escribe lo siguiente sobre la doctrina de la adopción: «[…] se trata del privilegio más grande que ofrece el evangelio: más grande aun que la justificación. […] Estar en la debida relación con Dios el Juez es algo realmente grande, pero es mucho más grande sentirse amado y cuidado por el Dios Padre». Esta observación ha sorprendido a muchos, sobre todo a aquellos que aprecian profundamente la Reforma. Sin embargo, más allá de si estás de acuerdo con Packer en cuál es la característica más importante del evangelio, no hay duda de que hay algo muy atractivo en el hecho de que Dios nos convierta en sus hijos. Recuerdo haber oído una frase similar a la siguiente hace unos años: «En la justificación, estás en la sala del tribunal. En la adopción, eres invitado al salón de Dios». Aparte del Dios de las Escrituras, nadie ha oído hablar nunca de un Dios que se llame a sí mismo padre y que reciba a sus criaturas, antes rebeldes, en su propia familia, otorgándoles todos los derechos y privilegios de su perfecto Hijo.
Quizás te preguntes cómo esto nos inspira a restaurar relaciones rotas. Quiero argumentar que la adopción, cuando uno considera quién es adoptado, es la muestra más generosa del amor de Dios, porque Él no nos salva y nos deja por nuestra cuenta, sino que nos salva para sí mismo. La adopción revela el deseo de Dios hacia nosotros: ser nuestro Padre para siempre.
Un cristiano que procura la reconciliación siendo plenamente consciente de la gracia de la adopción no es reacio ni tacaño en sus esfuerzos por reconciliarse con los demás. No se cubre las espaldas, dando un poco y quitando otro poco, sino que se entrega por completo. Al igual que Dios, su objetivo es una restauración plena y duradera. Su búsqueda de la restauración no está dictada por las acciones de la otra persona, sino que se basa en un amor por ella que refleja el propio amor de Dios por los pecadores, un amor que pasa por alto y trasciende los pecados y las ofensas. Esto es fácil de entender, aunque difícil de reflejar. Solo por la gracia y el poder del Espíritu podemos desear procurar una restauración plena, como la que Dios nos dio cuando nos adoptó como sus hijos.
La santificación
La última característica del evangelio que debemos considerar como nuestro modelo y motivación para restaurar los vínculos rotos es la santificación. Podemos definirla de esta manera: a través de nuestra unión con Cristo, el Espíritu Santo nos capacita de forma progresiva para morir al pecado y vivir en justicia. En 1 Tesalonicenses 5:23, el apóstol Pablo nos da una idea del propósito de Dios en la santificación:
Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo—, irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo.
Aquí, Pablo insinúa que la santificación es una obra en proceso, ya que él no solo ora por la santificación completa de los tesalonicenses, sino que la describe como la conservación irreprochable de todo el ser para la venida de Cristo en un tiempo futuro. ¿Cómo se logra esto? Por el Espíritu y la Palabra. Como Jesús oró en Juan 17:17:
Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad.
Conforme el Espíritu y la Palabra de Dios obran en los creyentes, apartándolos progresivamente del pecado y capacitándolos para vivir en justicia, ellos son guardados para el Día del Señor, en el que se presentarán irreprochables ante el tribunal de Cristo.
¿De qué manera nos anima esto a procurar la restauración? Por fe, creemos que quienes han pecado contra nosotros son una obra en proceso, al igual que nosotros. Dios está plenamente comprometido a hacerlos cada día más semejantes a Jesús. La acusación de que tal o cual persona nunca cambiará, cuando se lanza contra un hermano en la fe, es una declaración de incredulidad. Duda del poder de Dios para transformar y guardar a sus hijos. ¿Qué podría facilitar más el perdón que saber que la persona que te ha ofendido está en proceso de morir a ese mismo pecado, y que el Espíritu de Dios está supervisando esa mortificación? Casi que te dan ganas de alentarlos a pesar del daño que te han causado. Por lo tanto, una mayor conciencia de la santificación nos hace estar más dispuestos a procurar la restauración con aquellos que nos molestan e incluso nos hacen daño.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Reconoces que, si no fuera por la gracia de Dios hacia ti en el evangelio, serías enemigo de Dios y merecedor del juicio eterno? ¿De qué manera este reconocimiento debería cambiar tu postura hacia las personas difíciles?
- ¿Tu juicio sobre otros creyentes, incluso aquellos que están en pecado, difiere del juicio que Dios tiene sobre ellos?
- Cuando se trata de restaurar vínculos rotos, ¿te comprometes de lleno o estableces límites que impiden una renovación completa? Si es así, ¿por qué?
- ¿Qué dice tu opinión sobre aquellos con quienes has cortado lazos sobre tu confianza en el poder restaurador de Dios?
- ¿Estarías dispuesto a comenzar a orar por aquellos que han pecado contra ti, para que el Espíritu de Dios acabe con sus tendencias pecaminosas? ¿Cómo podría Dios cambiar mi corazón al orar por ellos?
5 Cuando la restauración
es difícil
Las dos categorías principales de la restauración son el perdón y la reconciliación. Es un desafío frecuente determinar si ambas, una o ninguna son posibles. Seamos claros, el pecado y sus efectos son horribles, y algunas ofensas son tan graves que la reconciliación total no es segura ni prudente. En algunos casos, incluso ponerse en contacto está fuera de discusión. Cuando es así, esto se debe dejar en manos de la sabiduría de la Palabra de Dios y el consejo de amigos y líderes con discernimiento de tu iglesia local para considerar el rumbo adecuado.
El perdón
Como dijimos antes, los cristianos perdonan como aquellos a quienes se les ha perdonado mucho. Eso no quiere decir que sea fácil, o que nuestros corazones siempre estén dispuestos a hacerlo. Pero con la ayuda de Dios, el perdón es posible, sin importar cuán rota esté una relación. En Colosenses 3:12-13, Pablo escribe:
Por lo tanto, como pueblo escogido de Dios, santo y amado, revístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.
Lo que hace posible el perdón en todos los casos es que la persona ofendida lo conceda al ofensor. El perdón, que es la cancelación de una deuda —descrita de forma correcta como una deuda contraída por el pecado—, no se ratifica con el arrepentimiento de la parte ofensora. Aunque lo ideal sería que esta se arrepintiera, la carga del perdón recae completamente sobre la parte ofendida. Esto significa que se puede perdonar a alguien incluso cuando ya no está presente o en circunstancias en las que no sería prudente ponerse en contacto.
Hay una gran libertad en extender el perdón a los demás. Extendemos el perdón con fe, confiándoselo a Dios, y tanto si el ofensor lo acepta como si no, se nos quita un peso de encima. Con la ayuda de Dios, hemos hecho nuestra parte. Al orar en todo momento por un corazón libre de amargura, podemos confiar en que Dios nos concederá la libertad del perdón. El perdón siempre es posible, pero la reconciliación puede que no lo sea.
La reconciliación
La reconciliación va más allá del perdón, pues conlleva la característica adicional de una relación restaurada. El modelo de reconciliación es la relación del cristiano con Dios. La Biblia se esmera por informarnos los beneficios de nuestra relación restaurada con Dios a través del evangelio. Como cristianos, debemos aspirar a una restauración con los demás que refleje nuestra restauración con Dios. Sin embargo, cuando se trata de vínculos dañados entre personas, esto puede no ser posible. Es interesante cómo Pablo enmarca Romanos 12:18:
Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos.
Observa la frase «Si es posible». Puede haber situaciones en las que no sea prudente buscar la reconciliación. Cuando las relaciones se rompieron debido a pecados graves, como el abuso físico o sexual, o en el caso de relaciones pasadas con incrédulos cuando no éramos creyentes, o cuando el vínculo dañado es con personas lejanas o fallecidas, el perdón y nada más es suficiente para cumplir con nuestro deber ante Dios y los hombres.
Para darte un ejemplo, cuando me convertí al cristianismo, la realidad de mi vida sentimental pasada desató una controversia en mi conciencia. Como católico romano solo de nombre, creé mi propio marco moral, supuse que era sólido y traté de vivir dentro de sus límites. Me permitía salir con mujeres a largo plazo y de forma monógama, pero había pocos límites sexuales. Mientras las tratara con respeto y les fuera fiel, yo creía que lo estaba haciendo bien. Pero cuando me convertí, tras una serie de relaciones de dos o tres años que dejaba para buscar lo que me parecía una pareja más interesante, comprendí que había pecado terriblemente contra cada una de ellas. Como joven cristiano, traté de manejar mis sentimientos de culpa, pero cuando visitaba algún restaurante de la ciudad o un mirador panorámico, los recuerdos me invadían y golpeaban las paredes de mi conciencia. Si bien es cierto que Jesús había perdonado todos mis pecados, yo debía enmendar las relaciones rotas, que yacían como coches antiguos oxidados a lo largo del camino de mi vida.
Busqué consejo sobre lo que debía hacer y decidí que enviaría un mensaje a cada una de mis exnovias, pidiendo perdón y explicándoles que el evangelio me había abierto los ojos al pecado y a la gracia de Dios. Recibí muy pocas respuestas, ¿qué podía esperar? Sin embargo, había hecho todo lo que estaba a mi alcance para pedir perdón. Desde mi perspectiva, habría sido una tontería intentar reunirme en persona con alguna de ellas o intentar restaurar nuestras relaciones más allá del perdón. Pero gracias a mis esfuerzos por lograr una restauración parcial, las alarmas de mi conciencia atribulada se silenciaron, y tal vez el Señor consideraría oportuno, como así parecía, conceder el perdón. Dios nos llama como cristianos a abordar todas las relaciones deterioradas de nuestra vida. Aunque la reconciliación puede que no sea posible, el perdón siempre lo es, y cada esfuerzo es una oportunidad para dar a conocer el perdón de Dios a través del evangelio.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué te impide buscar el perdón, ya sea concediéndolo a los demás o pidiéndoles que te perdonen?
- ¿Sueles buscar consejo, incluso de los líderes de tu iglesia, para transitar la restauración con sabiduría?
- ¿De qué manera serás bendecido si perdonas a otros?
- ¿Cómo podría la reconciliación dar lugar a un vínculo aún más fuerte entre tú y otra persona?
- ¿Dudas del poder de Dios para restaurar tus relaciones?

Conclusión:
Cómo empezar
En resumen, siempre podemos buscar alguna forma de restauración, ya sea el perdón o la reconciliación. Como principio, siempre debemos procurar la mayor restauración que las circunstancias permitan y buscar sabiduría para saber cuál es el mejor camino que debemos tomar. Por eso, es la voluntad de Dios que su pueblo sea miembro de una iglesia local. Es entre los santos, comprometidos a «llevar sus cargas» (Ga 6:2), donde seremos animados, desafiados y motivados a realizar la labor vital de restaurar los vínculos rotos en nuestras vidas y en la vida de la iglesia.
También es importante darse cuenta de que la búsqueda de la restauración es a menudo un camino largo. Por lo tanto, debemos pedirle a Dios no solo sabiduría, sino también paciencia para seguir adelante cuando nuestros intentos parezcan flaquear o fracasar. Dios está más interesado en la unidad del cuerpo de Cristo que nosotros. En relación con la necesidad de paciencia, cabe señalar que Dios es soberano sobre todas las relaciones rotas. Incluso cuando nuestros esfuerzos por restaurarlas tienen poca o ninguna reciprocidad, podemos confiar en que Dios sabe exactamente lo que está pasando y que, si obedecemos con fe, Él llevará a cabo la restauración como mejor crea conveniente.
Por último, debemos procurar la restauración con alegría, con la mirada fija en la nueva Jerusalén de Apocalipsis 21. En el nuevo cielo y en la nueva tierra no habrá quebranto. Tampoco habrá violencia, lágrimas ni pecado. La Palabra de Dios promete que todas las cosas, incluido el pueblo de Dios, serán restauradas. Como primicias de la nueva creación de Dios aquí en la tierra, nuestras vidas deben mostrar el propósito de restauración de Dios en nuestros vínculos unos con otros. ¡Que Dios nos dé la fuerza y la sabiduría para lograrlo!