#63 Cómo resistir la presión social: mantente firme en la fe

por John P. Nappo

Introducción: el peso de la multitud

Mientras hablaba con mi amigo, me di cuenta de que la experiencia lo había cambiado por completo. Esto fue lo que me contó:

«Lo recuerdo como si fuera ayer. Todo en la casa empezó a hacer ruido, luego a sacudirse y después a caerse de las repisas. Yo vivía en California y “ESO” fue un terremoto, uno muy grande. El suelo se movía arriba y abajo como una tabla de surf en el océano. Al principio, me quedé en estado de shock, pero luego salí corriendo a la calle y me di cuenta de que la situación era aún peor. Al cabo de un minuto, que me pareció una hora, todo se calmó misteriosamente. Como puedes imaginar, este terremoto ha sido lo más aterrador y poderoso que he visto en mi vida».

Ni siquiera puedo comenzar a imaginarme por lo que pasó.

Al igual que un terremoto, la presión social es una de las fuerzas más poderosas que moldean nuestras vidas. A diferencia de un terremoto, esta presión no suele gritar, sino susurrar. Rara vez exige, aunque sugiere sutilmente. Sin embargo, sus efectos son profundos. La presión social puede arrastrarnos al pecado, silenciar nuestras convicciones y desviarnos del camino de Dios. Afecta a los alumnos en el aula, a los adultos en el lugar de trabajo e incluso a los líderes en el ministerio. Y aunque la sociedad puede restarle importancia a este tipo de presión diciendo que es algo que sucede en la adolescencia, las Escrituras revelan que el deseo de pertenecer siempre ha sido una tentación para el corazón humano.

Por eso, aquí tenemos una definición:

La presión social es la tentación de creer o comportarse de cierta manera porque nuestros amigos o las personas que nos rodean esperan que lo hagamos, o, al menos, así lo creemos nosotros.

Deseamos agradar a los demás y, en el proceso, comprometemos nuestras creencias o nuestra moral. Como queremos ser aceptados y no queremos sobresalir entre la multitud, seguimos la corriente, incluso cuando sabemos que no deberíamos.

Desde el principio, Dios ha llamado a su pueblo a vivir de forma diferente, a resistir la presión del mundo y a caminar por la estrecha senda de la rectitud. Consideremos la palabra de Salomón en Proverbios 1:10: «Hijo mío, si los pecadores quieren engañarte, no vayas con ellos». La realidad es que la gente pecadora querrá engañarnos. La cuestión no es si nos enfrentamos a la presión de los demás, sino cómo respondemos cuando llega.

En Romanos 12:2a se encuentra uno de los mandatos más directos de las Escrituras en cuanto a la presión social. Allí Pablo escribe: «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente».

Pablo advierte que el mundo siempre está tratando de presionarnos para que nos amoldemos a él: a su manera de pensar, actuar, hablar y vivir.
En el reino físico, el espíritu de este mundo nos ataca de diferentes maneras, pero estemos seguros de esto: su objetivo no es nuestra carne, sino nuestras almas. Él viene a robar, matar y destruir.

La presión para amoldarse no se trata solo de comportamientos externos, sino también de lealtades internas. ¿Serviremos al Dios que nos llama a la santidad o seguiremos al mundo que nos lleva a la destrucción?

Nunca olvidaré cómo la presión de mis amigos casi arruina mi relación con mi (ahora) esposa, Patricia. Sucedió cuando nos conocimos. Al terminar la escuela secundaria, me mudé a Colorado, donde conocí a Patricia y rápidamente nos entendimos muy bien. Después de unos meses de relación, volví a Buffalo, mi ciudad de origen. Mientras estaba en casa, pasé algún tiempo con mis amigos de la infancia. En el transcurso de una semana, me convencieron de que dejara a Patricia. Cuando volví a Colorado, le di la típica charla de «deberíamos ser solo amigos». Eso no le cayó bien. Estaba destrozada, y la verdad es que yo también lo estaba.
La decisión de terminar con ella no fue mía. Mis amigos me presionaron a hacerlo. Lo más absurdo es que ni siquiera recuerdo su razonamiento.
Lo hice porque quería que me aceptaran.

Menos mal que Dios es más grande que la presión de mis amigos. Patricia y yo llevamos cuarenta y tres años casados. Tenemos cuatro hijos y diez nietos. De vez en cuando me recuerda lo tonto que fui. La buena noticia es que Dios es capaz de vencer nuestras debilidades y redimir nuestros fracasos.

Preguntas para reflexionar:

  1. ¿Qué te viene a la mente cuando se trata de la presión social?
  2. ¿Cuáles son algunas de las fuerzas de tu vida en las que sientes más presión?
  3. ¿Quiénes son las personas que más influyen en ti?

La Biblia contiene varios ejemplos en los que la presión de la multitud influyó en el pueblo de Dios de maneras muy dañinas. Tal vez puedas identificarte con algunas de las situaciones siguientes.

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