
#76 El Matrimonio En La Biblia: Fundamentos Que Perduran
Introducción
Los rollos del mar Muerto son una recopilación de antiguos manuscritos judíos descubiertos en las cuevas de Qumrán, en el desierto de Judea, a partir de 1947. Contienen, entre otras cosas, las copias más antiguas que se conservan de la Biblia, de inestimable valor. Sin embargo, cuando unos pastores beduinos encontraron los primeros manuscritos, los consideraron simple cuero aprovechable y se los vendieron a un zapatero de Belén. ¿Puedes siquiera imaginar que esos preciados manuscritos estuvieron a punto de ser utilizados para remendar sandalias solo porque aquellos hombres no supieron reconocer su valor?
Esta historia real funciona como una triste parábola del matrimonio moderno. Al igual que el zapatero con los rollos, la gente toma algo magnífico y lo adapta a sus sueños. Convierte un pacto sagrado en escenario de sus deseos personales, moldeados por expectativas culturales e ideales de cuento de hadas. La gente tiene sueños y planes para su matrimonio: la persona con la que quiere casarse, dónde quiere vivir, cuántos hijos quiere tener, etc. Nos hemos habituado a las bodas «a medida», para las cuales elegimos el lugar, la lista de invitados, el predicador, el orden de la ceremonia, las canciones y hasta los votos. Es como si Dios solamente estuviera invitado a bendecir nuestros planes. El matrimonio ha quedado reducido solo a la felicidad personal y al cumplimiento de los sueños individuales. No es de extrañar que el matrimonio esté en crisis incluso en los círculos cristianos.
Si te preguntara: «¿Qué es el matrimonio según la Biblia?», ¿sabrías responder desde una perspectiva bíblica? No me refiero únicamente a verdades genéricas sobre el matrimonio, sino también al propósito específico para el que se creó. Lo más importante a la hora de prepararte para el matrimonio es saber para qué te estás preparando. Queremos que nuestro matrimonio no solo empiece bien, sino, especialmente, que acabe bien. Queremos fundamentos que perduren.
Teniendo esto presente, dedicaremos la mayor parte de esta guía de habilidades para la vida a tratar de entender el matrimonio, aprendiendo que fue creado para ser mucho mejor que cualquiera de nuestros sueños. Para conocer el significado del matrimonio en la Biblia, debemos recurrir a la Palabra de Dios, concretamente a los primeros tres capítulos del Génesis. Con ello seguiremos el modelo de Jesús. Cuando se le preguntó sobre el divorcio, respondió: «Pero no fue así desde el principio» (Mt 19:8b).
Esta guía de habilidades para la vida va desde la creación hasta la caída y posterior redención. Para comprender qué es el matrimonio, hemos de comprender su creación y su fracaso y cómo Cristo lo redime. La consumación es nuestra esperanza, la realidad que nuestro matrimonio debe reflejar y anticipar.
Esta guía está organizada y estructurada en forma de enseñanzas bíblicas sobre el matrimonio. Te invito a abrir la Biblia y seguirla. Conforme sigamos el texto, nos centraremos en el tema que nos ocupa: el matrimonio. No analizaremos todos los pormenores del texto, no porque no sean importantes, sino porque no tenemos espacio y ese no es el tema central que vamos a tratar de entender.
Si Dios quiere, Marta y yo cumpliremos 25 años de casados en junio. Estas son las cosas que me hubiera gustado que me enseñaran cuando estaba soltero y buscaba consejos cristianos sobre el noviazgo. Las verdades escritas en esta guía han transformado nuestra comprensión de lo que es una relación cristiana, y oro para que transformen también la tuya.
Audioguía
Audio#76 El Matrimonio En La Biblia: Fundamentos Que Perduran
Parte I: La Creación: Los Dos Llegarán A Ser Uno Solo
Todo era muy bueno
Al final del primer capítulo del Génesis, tras haber creado Dios todas las cosas, leemos: «Dios miró todo lo que había hecho y consideró que era muy bueno» (Gn 1:31a). Este texto nos da una imagen de Dios mientras contempla su creación. Dios miró todo lo que había creado y concluyó que todo era «muy bueno».
A su vez, recuerda que, a lo largo del relato de la creación del mundo por parte de Dios, Él evaluaba lo que creaba y la conclusión que sacaba era que «era bueno» (Gn 1:4, 10, 12, 18, 21, 25). Sin embargo, cuando todo estuvo creado, Dios dijo que era «muy bueno». La creación de Dios fue perfecta. Esto significa que no es preciso que nosotros mejoremos lo que Dios ha hecho. Lo que debemos hacer es conocerlo y tratar de vivirlo como Él nos creó y quiso que lo viviéramos. Como veremos en el siguiente apartado, lo que trajo el pecado al mundo fue una comprensión defectuosa de la naturaleza humana, de lo que supone ser hombre de Dios y mujer de Dios, esposo y esposa, del matrimonio bíblico tal como Dios lo creó.
Hombre y mujer a imagen de Dios
Luego dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes y sobre todos los animales que se arrastran por el suelo». Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios; hombre y mujer los creó (Gn 1:26-27).
Cuando Dios proclama: «Hagamos al ser humano», el término «ser humano» se refiere a ambos sexos. Este versículo no alude a un género concreto, sino a la naturaleza humana en su conjunto, hombre y mujer. Lo que define esta naturaleza humana se halla en las expresiones «a nuestra imagen» y «a su imagen». Los seres humanos se diferencian del resto de las cosas o criaturas que Dios creó en que solamente ellos fueron creados a imagen de Dios.
Es cierto que todo lo creado por Dios refleja su carácter, al igual que la obra de un artista refleja a quien la creó. «Los cielos cuentan la gloria de Dios» (Sal 19:1a). Pero los seres humanos representamos el carácter de Dios de una manera particular y personal. Los seres humanos somos imágenes, lo que significa que fuimos creados para parecernos a Dios y ser representación suya. En consecuencia, no es preciso que nos creemos una identidad. Esta se encuentra en el propio Dios. Cada uno de nosotros fue creado a imagen de Dios.
Más adelante, el texto especifica que «hombre y mujer los creó». La naturaleza humana fue creada con dos sexos, y ambos sexos fueron creados a imagen de Dios. Esta es una verdad fundamental de la cosmovisión bíblica. No hay distintos grados de naturaleza humana. Nuestra especie está formada por dos sexos: masculino y femenino, hombre y mujer. Ambos son iguales en naturaleza humana, dignidad y honor, y la Biblia lo enseña claramente. Ni el hombre es superior a la mujer, ni la mujer al hombre. No existe una humanidad compuesta exclusivamente por el hombre o por la mujer. La humanidad, como Dios la creó, la forman necesariamente los dos.
El mandato cultural
«Y Dios los bendijo con estas palabras: “¡Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los animales que se arrastran por el suelo!”» (Gn 1:28).
Los seres humanos ocupan un lugar singular en la creación porque fueron los únicos creados a imagen de Dios. Como hemos constatado, esto quiere decir que fueron diseñados para parecerse a su creador y ser representación suya. Esta identidad lleva consigo un propósito y una misión específicos, expuestos en cinco mandatos a Adán y Eva: 1. ser fructíferos, 2. multiplicarse, 3. llenar la tierra, 4. someterla, y 5. dominarla. Su identidad determina su misión, no solo a nivel individual, sino también como pareja. Su matrimonio tiene por objetivo cumplir estos propósitos.
Lo que esto evidencia es que hombre y mujer fueron creados para reproducirse y llenar la tierra. Como portadores de la imagen de Dios, hombres y mujeres reflejan su gloria. A medida que se multiplican, el plan es llenar la tierra de imágenes de la gloria de Dios.
En segundo lugar, se les ordena «someter y dominar» a todas las criaturas que Dios había creado. Hombre y mujer deben ejercer autoridad sobre toda la creación. Ahora bien, este no es un poder arbitrario. Es una autoridad que refleja la autoridad de Dios, una autoridad piadosa para bien de la creación. Al hombre y a la mujer (y a sus descendientes) se les ordena ser mayordomos de la creación de Dios. Así, la imagen de Dios en la naturaleza humana se refleja también en su misión, y la Biblia mantiene una perspectiva positiva de la autoridad humana sobre el mundo creado, por el bien de este. Esta comisión, a menudo denominada mandato cultural, se le encarga tanto al hombre como a la mujer. Juntos, deben reproducirse para llenar la tierra de portadores de la imagen de Dios y dominarla, ejerciendo una mayordomía reflejo del reino de Dios.
Pero la narración no termina en Génesis 1. Génesis 2 actúa como una lupa, colocada sobre los acontecimientos de Génesis 1, gracias a la cual vemos en mayor profundidad lo ocurrido en la segunda parte del sexto día. Mientras que Génesis 1 nos cuenta que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen, Génesis 2 detalla cómo. Es continuación del capítulo anterior y nos permite entender las diferencias entre hombre y mujer.
No es bueno
«Luego Dios el SEÑOR dijo: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”» (Gn 2:18).
Después de leer Génesis 1 y el reiterado «era bueno», que culmina con Dios mirando todo lo que había creado y concluyendo que era muy bueno, este versículo no es ya una sorpresa, sino una conmoción. Es la primera vez en la Biblia que leemos que algo no es bueno. No obstante, debemos ser cautos para comprender qué significa esta valoración. No implica que Dios hiciera algo malo, pues ya vimos en el primer capítulo que todo lo que hizo era muy bueno. Al contrario, este «No es bueno» quiere decir que algo está incompleto. El hombre no está completo sin la mujer; tiene una necesidad que aún no ha sido satisfecha.«Y Dios los bendijo con estas palabras: “¡Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los animales que se arrastran por el suelo!”» (Gn 1:28).
Ahora, pongamos esto en contexto. En Génesis 1, al hombre y a la mujer se les dio el mandamiento de ser fructíferos y llenar la tierra. Es obvio que Adán no puede cumplir con esta comisión por sí mismo. Por tanto, cuando las Escrituras señalan: «No es bueno que el hombre esté solo», no están aludiendo ante todo a un sentimiento psicológico de soledad o aislamiento. No es bueno que esté solo porque, en ese estado, Adán no puede reflejar plenamente la imagen de Dios ni llevar a cabo la misión que Dios tiene para ellos. Adán necesita ser completado. Necesita ayuda. Aquí, el rol de la mujer en el matrimonio bíblico queda establecido explícitamente como de compañera. Fue creada para ser la ayuda esencial que el hombre necesita. Sin embargo, su rol de ayudante no implica en modo alguno que sea inferior.
Una ayuda adecuada
Entonces Dios el Señor formó de la tierra toda ave del cielo y todo animal del campo. Se los llevó al hombre para ver qué nombre les pondría. El hombre puso nombre a todos los seres vivos y con ese nombre se les conoce. Así el hombre fue poniéndoles nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo. Sin embargo, no se encontró entre ellos la ayuda adecuada para el hombre. Entonces Dios el Señor hizo que el hombre cayera en un sueño profundo y, mientras este dormía, le sacó una costilla y cerró la herida. De la costilla que le había quitado al hombre, Dios el Señor hizo una mujer y se la presentó al hombre, el cual exclamó: «Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se llamará “mujer” porque del hombre fue sacada» (Gn 2:18-23).
Según Génesis 2, incluso antes de que existiera la mujer, el hombre ya estaba ejerciendo autoridad sobre la creación poniendo nombre a los animales. Pero, a pesar de la amplia variedad de criaturas que Dios había formado, en el versículo 20 leemos: «[…] no se encontró entre ellos la ayuda adecuada para el hombre». Ningún animal, por magnífico que fuera, era suficiente para ser la ayuda que el hombre precisaba. Ninguna otra criatura era adecuada para él. Adán necesitaba una ayuda de su misma estatura, del mismo nivel, alguien tan plenamente humano como él, con su misma naturaleza y dignidad.
Para ello, Dios hizo que Adán cayera en un sueño profundo. De la propia sustancia del hombre creó a la mujer. En unas famosas y bellas palabras de Matthew Henry: «La mujer fue hecha de una costilla tomada del costado de Adán; no fue tomada de una parte de su cabeza para gobernarlo, ni de sus pies para ser pisoteada por él; fue tomada de su costado para ser su igual, bajo sus brazos para ser protegida, y cerca de su corazón para ser amada»[1]. Una bonita definición del amor en la Biblia.
El texto nos dice que, de la costilla que Dios tomó del hombre, hizo una mujer y se la presentó a aquel. Es crucial apreciar que Dios no crea otro Adán. Crea una mujer: alguien parecido al hombre en esencia pero distinto a él. Si la necesidad de Adán hubiera sido de mera compañía, Dios podría haber creado otro Adán o muchos más. Pero Dios creó a la mujer. Ella es quien puede complementarlo en su misión. Ella es mujer (ishah) porque fue formada a partir del hombre (ish). Cuando Adán se despierta y la ve, se vuelve poeta: «Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se llamará “mujer” porque del hombre fue sacada». La mujer es de su misma naturaleza, un ser humano de igual valor. No obstante, la mujer no es el hombre; es diferente, el complemento perfecto. Estos son los versículos bíblicos sobre el matrimonio que conforman el fundamento de nuestra fe.
Por eso […] uno solo
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos llegarán a ser uno solo» (Gn 2:24).
Fíjate en «Por eso». Señala un propósito. Fue Dios quien unió a la primera pareja y los hizo uno solo. El matrimonio no fue una idea humana. Fue un designio de Dios. En consecuencia, Adán y Eva, y toda pareja desde entonces, deben acudir a Dios para discernir qué es el matrimonio. Como afirma explícitamente Jesús en las Escrituras al hablar del matrimonio: «[…] lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19:6b). Fue Dios quien los unió. El pacto matrimonial es un vínculo que no debe romperse, pues lo creó Dios. El matrimonio es el plan de Dios, y formar parte de él es una bendición para el ser humano.
El texto añade que el hombre «dejará a su padre y a su madre». Cuando ambos se hacen uno, la relación del hombre con su familia de origen cambia. No permanece bajo su autoridad; ha creado una nueva familia. El pacto matrimonial se da exclusivamente entre un hombre y una mujer, no entre un cónyuge y su familia extensa. No debe haber tensiones ni lealtades divididas. El esposo se entrega por entero a la esposa, y viceversa. Este consejo es esencial para el matrimonio cristiano.
Al final llegan a ser «uno solo». Esto quiere decir que ya no son los mismos individuos de antes. El hombre ha cambiado al unirse a su esposa. Ya no puede verse aislado. Ahora son uno solo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cómo debemos enfocar el matrimonio ahora que sabemos que Dios lo creó?
- ¿Qué implica que hombre y mujer estén hechos a imagen de Dios?
- ¿Cuándo comenzó a existir el matrimonio?
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Parte II: La Caída: El Fracaso Del Primer Matrimonio
El orden de la creación
Y Dios el Señor formó al ser humano del polvo del suelo; entonces sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente. […] Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara. Dios el Señor le ordenó al hombre: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, sin duda morirás» (Gn 2:7, 15-17).
Antes de continuar y reflexionar sobre la caída, debemos detenernos a observar dos detalles de la buena creación de Dios, en Génesis 2, que serán cruciales en Génesis 3: 1) el orden de la creación, y 2) el receptor del mandamiento moral.
En primer lugar, vemos que hombre y mujer no fueron creados al mismo tiempo. Fueron creados el mismo día, pero en momentos diferentes. El Señor Dios formó primero al hombre, lo puso en el jardín del Edén y le asignó la tarea de cultivarlo y cuidarlo. Esta secuencia no es accidental; establece la estructura de la relación entre hombre y mujer dentro de un matrimonio bíblico.
En segundo lugar, un detalle que fácilmente se nos puede escapar es que el mandamiento moral sobre el árbol del conocimiento del bien y del mal le fue dado nada más que al hombre incluso antes de que la mujer hubiera sido creada. Esto implica que el hombre de Dios fue creado primero para que asumiera el liderazgo del hogar. Esto no significa que tuviera que cumplir el mandamiento en solitario, sino que fue llamado a ser el primero, el principal responsable de representar a su familia y guiarla en la obediencia. Dicho orden incluye la expectativa implícita de que Adán lidere y enseñe a su familia. Como el mandamiento le fue dado directamente a él, es el principal responsable de guardarlo y de garantizar que también su familia lo comprenda y obedezca. Este es un concepto fundamental en las enseñanzas bíblicas sobre el matrimonio.
El pecado
«La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Dios el Señor había hecho, así que preguntó a la mujer…» (Gn 3:1).
En el versículo inicial de Génesis 3 se nos presenta un nuevo personaje: la serpiente. El texto la describe con una característica específica: «más astuta» (o maliciosa) que ningún otro animal. El término «astuto/a», en la Biblia, se emplea con connotaciones tanto positivas como negativas. Aquí da a entender una inteligencia sutil y engañosa.
Generalmente, la gente asocia la astucia de la serpiente a las palabras engañosas con que tienta a la mujer. Pero el engaño de la serpiente no empezó con las palabras. Observa atentamente a quién le habla la serpiente. Se dirige a la mujer. ¿Por qué es importante esto? Recuerda el orden de la creación del que acabamos de hablar. Dios dio el mandamiento directamente al hombre. Adán era el responsable de enseñar y obedecer el mandamiento que Dios le había dado. Al atacar a la mujer, la serpiente subvierte la estructura, establecida por Dios, de la relación matrimonial. Pasa por alto al cabeza de familia y apela a la ayudante.
Ahora bien, es crucial comprender que la serpiente no le habla a la mujer porque esta sea intelectualmente inferior o más fácil de engañar. El texto no insinúa en modo alguno tal inferioridad. Por el contrario, ya hemos constatado que la mujer de Dios era adecuada para el hombre. Que la serpiente se dirija a la mujer es una maniobra estratégica para alterar el orden creado. El designio de Dios era que el hombre liderara y protegiera a su familia mientras juntos trataban de dominar la creación. En la caída se da la triste ironía de que un animal domina a la mujer, la mujer provoca al hombre y el hombre no obedece el mandamiento de Dios. Todo el orden de la creación queda patas arriba.
La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que era atractivo a la vista y era deseable para adquirir sabiduría; así que tomó de su fruto y comió. Luego dio a su esposo, que estaba con ella, y él también comió (Gn 3:6).
Este versículo, por sí solo, relata la mayor tragedia de la historia de la humanidad. La mujer mira el árbol. Lo evalúa con los sentidos («bueno para comer», «atractivo a la vista») y a tenor de su deseo de autonomía («deseable para adquirir sabiduría»). Decide que su juicio es mejor que el mandamiento de Dios, toma y come.
No obstante, en el versículo 6 hay un detalle absolutamente impactante que, sin embargo, solemos pasar por alto. A mi parecer, hay quienes tienden a imaginar que Adán estaba en otra parte del jardín, quizá cuidando las vides, mientras Eva mantenía esta conversación. Pero el texto dice que le dio fruto a su esposo, «que estaba con ella». ¡Adán estuvo allí todo el tiempo! Estaba allí mismo y permaneció en silencio. Este fallo es una lección básica de resolución bíblica de conflictos matrimoniales.
El hombre creado para «cultivar y cuidar» (o guardar) el jardín permaneció en silencio mientras un animal se introducía en él y engañaba a su esposa. El hombre que recibió el mandamiento directamente de boca de Dios permaneció en silencio mientras ese mandamiento era tergiversado y cuestionado. Este es el primer fracaso de la masculinidad bíblica. Adán no protegió. No dijo la verdad. No intervino. Fue pasivo. Y no solo no protegió a su esposa, sino que, además, comió el fruto del árbol que Dios le había señalado explícitamente que no comiera.
En consecuencia, tanto Adán como Eva pecaron contra Dios, pero de sendas maneras que reflejaban la distorsión de sus respectivos roles. Eva tomó la iniciativa, usurpando el rol de cabeza de familia de su esposo. Adán, por otro lado, abdicó de la responsabilidad que Dios le había otorgado. Secundó a su esposa en la desobediencia en vez de apartarla de ella. Optó por hacer caso a su esposa en vez de obedecer a Dios. En ese momento, el primer matrimonio fracasó en su objetivo. La unión entre hombre y mujer, ideada para reflejar la gloria de Dios, se convirtió en un vínculo rebelde. Esto resalta la necesidad de una consejería matrimonial cristiana que aborde la raíz de la pasividad y la usurpación.
El castigo
Cuando el día comenzó a refrescar, el hombre y la mujer oyeron que Dios el Señor andaba recorriendo el jardín; entonces corrieron a esconderse entre los árboles para que Dios no los viera. Pero Dios el Señor llamó al hombre y dijo: «¿Dónde estás?» (Gn 3:8-9).
Inmediatamente después de pecar, la relación entre Adán y Eva cambió drásticamente. Antes del pecado, estaban desnudos y no se avergonzaban (Gn 2:25). Ahora la vergüenza entra en el mundo. Entretejen hojas de higuera para cubrirse. Se esconden de Dios y el uno del otro. La intimidad y la confianza se rompen en la primera relación cristiana.
De nuevo, presta atención a los detalles. El texto afirma que oyeron a Dios caminando por el jardín. Pecaron, y ahora viene Dios. Y cuando Dios viene a juzgar, ¿a quién llama primero? Una vez más, Adán y Eva están juntos, pero Dios llama a Adán. Dios sabe exactamente qué pasó. Sabe dónde están. Sabe que ambos pecaron. También sabe que Eva comió primero. Sin embargo, Dios le habla primero al hombre. Esto confirma el principio del cabeza de familia que ya hemos constatado. Adán es el cabeza de familia. Es el máximo responsable del estado moral de su hogar. La respuesta de Adán a Dios revela su cobardía y la trascendencia del quebrantamiento que el pecado ocasionó en su matrimonio. Cuando Dios le pregunta si comió del árbol, Adán responde: «La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto y yo lo comí» (Gn 3:12).
Compara lo siguiente. En Génesis 2, Adán, colmado de gozo, estuvo poético: «[…] hueso de mis huesos y carne de mi carne». Ahora, sumido en el pecado, se vuelve en contra de aquella a la que debía proteger: «La mujer que me diste por compañera». No la protege. No se responsabiliza. La sacrifica para salvarse él. Hasta culpa a Dios: «[…] que me diste por compañera». Esta es la triste realidad de todo matrimonio alcanzado por el pecado: que, instintivamente, culpamos al otro para justificarnos nosotros.
A la mujer dijo: «Multiplicaré tu sufrimiento en el parto y darás a luz a tus hijos con dolor. Desearás a tu marido, y él te dominará». Al hombre dijo: «Por cuanto hiciste caso a tu esposa y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldito será el suelo por tu culpa! Con sufrimiento comerás de él todos los días de tu vida. La tierra te producirá cardos y espinas, y comerás hierbas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás» (Gn 3:16-19).
Dios es justo, el pecado conlleva culpa y la culpa requiere castigo. Así, Dios castiga a la serpiente, a la mujer y al hombre. Lo destacable de los castigos a la mujer y al hombre es que son diferentes, lo que refleja sus distintos roles dentro del matrimonio en la Biblia.
El castigo a la mujer se centra en dos áreas: la maternidad y el matrimonio. En primer lugar, el dolor del parto se multiplica. El propio acto de traer al mundo una vida, fundamental en el rol de la mujer, ahora estará marcado por el dolor. Además, la relación con su esposo cambiará y no será una unión perfecta y armoniosa, sino plagada de conflictos. A causa del pecado, en lugar de someterse voluntaria y gozosamente a su marido, tratará de dominar, controlar o usurpar su rol. En respuesta, el liderazgo amoroso y protector del esposo estará marcado por una autoridad áspera y dominante. Esta distorsión es un tema clave en la consejería prematrimonial cristiana.
La Declaración de Danvers resume muy claramente esta tragedia: «La caída introdujo distorsiones en las relaciones entre hombres y mujeres (Gn 3:1-7, 12, 16). En el hogar, el liderazgo amoroso y humilde del marido tiende a ser reemplazado por el dominio o la pasividad; la sumisión inteligente y voluntaria de la esposa tiende a ser reemplazada por la usurpación o el servilismo». La caída no borró los roles otorgados por Dios al hombre y a la mujer, pero corrompió profundamente la relación entre los esposos.
El castigo al hombre se centra en su rol y responsabilidad principales, que Dios le había otorgado. Adán fue creado para cultivar y cuidar el jardín (Gn 2:15). Ahora el suelo está maldito. En vez de frutos, producirá espinas y cardos. El trabajo ya no será gozoso, sino doloroso, y se distinguirá por el sudor.
Consecuencia final y esperanza
«Luego de expulsarlo, puso al oriente del jardín del Edén a los querubines y una espada ardiente que se movía por todos lados para custodiar el camino que lleva al árbol de la vida» (Gn 3:24).
La consecuencia última y más grave de la rebelión contra Dios no fue únicamente el conflicto matrimonial o el arduo trabajo. Fue la muerte. La muerte espiritual. La separación de Dios. Adán y Eva fueron expulsados del jardín, lejos de la presencia de Dios. El hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, bendecidos para asemejar y reflejar su gloria en toda la tierra, en perfecta relación con su creador, ya han sido condenados.
Esta es la consecuencia del pecado. Nuestro pecado no es un simple error. Es una rebelión contra Dios. El pecado da como resultado una separación permanente de Dios, pues Él es santo. El pecado exige que Dios nos condene porque Él es justo.
Quiero que te detengas un momento para percatarte de la gravedad y las consecuencias del pecado. Quiero que veas que una correcta interpretación de lo que supone ser hombre y mujer, esposo y esposa, no es un mero detalle de la vida humana. Comprender la definición del amor en la Biblia y los roles de esposo y esposa es el fundamento del matrimonio, nuestro propósito de vida y nuestra relación con Dios. Quiero que entiendas que, en el matrimonio, los roles no deben determinarse principalmente por la personalidad o la opinión. Los roles asignados por Dios al hombre y a la mujer son esenciales en el pacto del matrimonio bíblico tal como Dios lo instituyó.
Por la gracia de Dios, aquí no acaba la historia humana. Ahora debemos volver hacia atrás. Antes de la expulsión del jardín, hay esperanza. Cuando Dios maldice a la serpiente, leemos:
Por causa de lo que has hecho, ¡maldita serás entre todos los animales, tanto domésticos como salvajes! Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la de ella; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le herirás el talón (Gn 3:14-15).
La maldición de Dios a la serpiente es también una promesa de salvación. No es casualidad que Génesis 3:15 sea conocido por incluir la primera promesa del evangelio. Dios declara la guerra entre la serpiente y la mujer, pero también declara o promete victoria. Dios habla de una «simiente» (o semilla) de la mujer. Aunque la semilla de la serpiente le «herirá el talón», la semilla de la mujer aplastará un día la cabeza de la serpiente.
¿Alguna vez te has preguntado por qué la Biblia contiene tantos largos listados de nombres difíciles de pronunciar? Porque el pueblo de Dios buscaba la semilla prometida. Iba siguiendo el linaje hasta que Dios cumplió su promesa. No fue Noé, ni Abraham, ni Moisés ni David. Las genealogías continúan hasta el Nuevo Testamento, que comienza anunciando: «Registro genealógico de Jesucristo, hijo de David y de Abraham» (Mt 1:1). Jesús es la semilla prometida de la mujer.
Hombres y mujeres hemos caído de igual forma, y hombres y mujeres necesitamos de igual forma la salvación. Somos salvos por la misma gracia, por la misma fe en el mismo Señor. Como escribió el apóstol Pablo: «Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni no judío, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3:26-28).
Supongamos que hay salvación para nuestros matrimonios. Si nuestros matrimonios pueden redimirse, debemos buscar la semilla prometida de salvación y redención.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué enseña el orden de la creación sobre los roles que deben desempeñar el hombre y la mujer en el matrimonio?
- ¿Cómo ataca la serpiente el orden de la creación en la persona de Eva?
- ¿De qué manera seguimos apreciando los efectos de la caída en los matrimonios actuales?
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Parte III: La Redención: Cristo Y La Iglesia
La Palabra de Dios
Para comprender el propósito último del matrimonio, antes debemos entender cómo hay que leer la Biblia. La Biblia es la revelación progresiva de Dios a su pueblo. La diversidad de las Escrituras no entraña mensajes inconexos ni contradictorios. Por el contrario, es un mismo mensaje revelado a lo largo del tiempo. Un ejemplo útil es el desarrollo de un árbol. Cuando se planta una semilla, contiene el mismo ADN que el árbol maduro. Son distintas etapas de madurez, pero el mismo ente. De igual modo, las promesas de Dios en el Génesis, como la de la semilla de la mujer en Génesis 3:15, son la forma embrionaria de la plenitud que hallamos en Cristo.
Si creemos que las Escrituras son un único libro con una historia congruente, no podemos considerar los pormenores de esa historia meras coincidencias. Cuando miramos el principio y el final de la Biblia, descubrimos una conexión sorprendente que nos ayuda a entender el sentido y la redención del matrimonio. Cuando comparamos los primeros capítulos del Génesis con los últimos del Apocalipsis, el principio y el final de la historia, encontramos una simetría deliberada. Esta perspectiva es vital para las enseñanzas bíblicas sobre el matrimonio.
El primer matrimonio y el último
Al principio contemplamos la creación. La revelación de Dios se inicia con la creación de los cielos y la tierra (Gn 1:1). Al final de la revelación de Dios se nos habla de una creación nueva y mejor: «Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar» (Ap 21:1).
Luego encontramos la caída y la redención. En Génesis 3, la narrativa se caracteriza por la ruptura de relaciones. Las de Adán y Eva con Dios y entre sí están rotas. Pero volvamos al final de la historia, en Apocalipsis 21, para descubrir la reconciliación y anulación del pecado. Oímos una potente voz que proviene del trono: «Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir» (Ap 21:4). En el Génesis se les expulsa de la presencia de Dios. En el Apocalipsis, Dios habita entre ellos.
En tercer lugar, y esto es lo más relevante para nuestro estudio, observamos el matrimonio. La Biblia comienza con una boda y termina con otra. En Génesis 2, Dios le presenta la mujer al hombre. Adán, el primer hombre en enamorarse, compone un poema: «Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2:23). La historia de la humanidad empieza con la unión de dos esposos que llegan a ser uno solo. En el Apocalipsis, acaba con la misma imagen. Juan escribe: «Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido» (Ap 21:2). Y, de nuevo, en Apocalipsis 19: «¡Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria! Ya ha llegado el día de las bodas del Cordero. Su novia se ha preparado» (Ap 19:7).
No es casualidad. El matrimonio no es solo una necesidad biológica, un plan humano o un contrato social. Es representación del mensaje del evangelio, del pacto entre Cristo y la iglesia y de los planes de Dios para la salvación de su pueblo. En el Antiguo Testamento, Dios iba utilizando cada vez más la imagen del matrimonio para describir la relación con su pueblo. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, la sombra da paso a la realidad. Vemos que el matrimonio humano siempre tuvo por objetivo ser un indicador, una representación visible del matrimonio invisible y eterno entre Cristo y la iglesia. Para entender lo que dice el Nuevo Testamento sobre el matrimonio, es preciso descubrir este nexo celestial.
Esta verdad profunda explica por qué Jesús enseñó que, en la resurrección, hombres y mujeres no se casan ni son dados en casamiento (Mt 22:30). ¿Por qué no habrá matrimonios terrenales en el cielo? No porque no sean importantes, sino porque ya habrán cumplido su propósito. Igual que no hace falta ninguna señal una vez que has llegado a destino, la sombra deja de ser necesaria cuando la realidad ha visto la luz. En la eternidad no necesitaremos la representación porque tendremos la consumación: el matrimonio eterno entre Cristo y su iglesia.
Así pues, el matrimonio entre hombre y mujer no es un simple elemento importante de la vida. Nuestros matrimonios fueron creados para ser representación del propio evangelio. ¡La consumación de los planes de Dios será la boda y el matrimonio eterno entre Cristo y la iglesia!
¡Piénsalo! Medita esta maravillosa verdad, que debería ser fundamento y norma de todo matrimonio. El matrimonio fue creado para que podamos ver, probar, experimentar y conocer la eternidad con Cristo hasta que Él venga. En este sentido, el matrimonio es un anticipo de la eternidad. Esta es la definición última del amor en la Biblia.
Perhaps no other text in Scripture is as clear as Ephesians 5 in comparing the relationship between a husband aQuizá no haya ningún otro texto en las Escrituras tan claro como Efesios 5 a la hora de comparar la relación entre esposos con la relación entre Cristo y la iglesia.
Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor. Porque el esposo es cabeza de su esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él su Salvador. Así como la iglesia se somete a Cristo, también las esposas deben someterse a sus esposos en todo. Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable. Así mismo el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos llegarán a ser uno solo». Esto es un misterio profundo; yo me refiero a Cristo y a la iglesia. En todo caso, cada uno de ustedes ame también a su esposa como a sí mismo y que la esposa respete a su esposo (Ef 5:22-33).
La redención en Cristo restaura la relación entre marido y mujer. Recupera los roles que fueron el designio de Dios en la creación, tergiversados por la caída. Como vimos en el primer capítulo, Dios creó al hombre y a la mujer para que ejercieran roles diferentes y complementarios en la familia. Efesios 5 describe cómo es esta dinámica redimida. Este es el quid del matrimonio bíblico.
A las esposas: sumisión voluntaria
«Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor» (Ef 5:22).
Las mujeres son llamadas a reconocer que Dios creó el matrimonio como una relación complementaria en que la esposa reconoce el liderazgo del esposo en la familia. Ahora bien, observa con atención lo que enseña este mandamiento. Está dirigido directamente a las esposas. La sumisión de la esposa es voluntaria. A los maridos no se les permite en modo alguno obligar a sus esposas a someterse. Esto es vital en la consejería prematrimonial cristiana.
Al mismo tiempo, este mandamiento tiene un marco específico. No dice: «Mujeres, sométanse a los hombres». ¡De ninguna manera! Una mujer de Dios está llamada a someterse a su marido. Este principio es fundamental porque la sumisión de la esposa es funcional, no ontológica. El mandamiento es específico del pacto matrimonial: «sométanse a sus propios esposos».
Por último, no debemos confundir dicha sumisión con el servilismo. En la creación, la mujer fue hecha para ser una ayuda, una compañera necesaria en la misión del hombre. Su sumisión es inteligente y voluntaria. Debemos rechazar los estereotipos culturales que describen a la mujer como quien limpia y cocina mientras el hombre se sienta en el sofá a beber cerveza y ver fútbol. La misión de Dios es para que hombre y mujer la cumplan juntos en complementariedad. Este es el patrón de toda relación cristiana sana.
A los esposos: amor sacrificial
«Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia…» (Ef 5:25).
Los maridos son llamados a ejercer el liderazgo en la familia. No obstante, al igual que ocurre con las esposas, fíjate en lo que da por sentado este mandamiento. Para empezar, está dirigido a los hombres. En vez de ser pasivo (el pecado de Adán), un hombre de Dios está llamado a liderar la familia deliberadamente. Esto disipa el estereotipo del marido perezoso. El marido piadoso es un hombre de acción que asume la responsabilidad de cuidar a su esposa.
Paralelamente, el liderazgo del hombre debe ser amoroso. «amen a sus esposas». El hombre no tiene derecho a dominar a su esposa. En realidad, la dominación del hombre sobre la mujer es consecuencia de la caída (Gn 3:16), no un mandamiento de Dios. Él nunca quiso que el hombre ejerciera su liderazgo como un tirano, sino como un cabeza de familia amoroso. Esta es la definición del amor en la Biblia.
La Declaración de Danvers resume de una manera hermosa esta obra restauradora: «La redención en Cristo tiene como propósito remover las distorsiones introducidas por la maldición. En la familia, los esposos deben abandonar el liderazgo duro o egoísta y crecer en amor y cuidado por sus esposas; las esposas deben abandonar la resistencia a la autoridad de sus esposos y crecer en una sumisión voluntaria y gozosa a esa autoridad». Este equilibrio es el objetivo de la consejería matrimonial cristiana.
Cristo, patrón y objetivo
Permíteme que sea muy honesto contigo. A diferencia de la época de Pablo, hoy es imposible enunciar estos mandamientos sin provocar malestar. La historia y nuestra cultura moderna han tergiversado tanto el significado del matrimonio que la mera aseveración del liderazgo masculino y la sumisión femenina se ha convertido en una de las mayores ofensas de nuestro tiempo. La idea de que hombres y mujeres ejercen funciones diferentes se interpreta como un modelo obsoleto, un mal recuerdo de una sociedad patriarcal que subyugaba a las mujeres.
Pero aquí debemos pararnos a reflexionar. Presta especial atención al patrón bíblico de relación entre marido y mujer: «Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor» (Ef 5:22); «Esposos, amen a sus esposas así como Cristo amó a la iglesia» (Ef 5:25); «[…] así como Cristo hace con la iglesia» (Ef 5:29). Cristo es el patrón que hay que seguir en el matrimonio. Es el personaje principal. A lo largo de todo su argumento, Pablo presenta a Cristo como origen, patrón, modelo y objetivo final del matrimonio. El Señor Jesús y el evangelio son la razón, la motivación, el impulso y el poder sustentador del matrimonio. Estos son unos fragmentos esenciales de las Escrituras acerca del matrimonio.
El gimnasio para nuestra santificación
Uno de los mayores motivos de frustración en la relación entre esposos proviene de la falta de comprensión de lo básico: ni el matrimonio se creó de acuerdo con nuestro plan ni nosotros somos el eje central del matrimonio. Este fue creado para enseñarnos el amor de Cristo. El objetivo del matrimonio no es simplemente llevar a cabo nuestros planes y sueños terrenales. Es mucho más grande y mejor de lo que podemos imaginar. El propósito del matrimonio es hacernos más parecidos a Cristo. Los roles que desempeñan marido y mujer sirven al fin superior de amar más a Cristo y llegar a ser como Él. Este es el meollo del matrimonio bíblico.
Dios llama a la esposa a tener al Señor Jesús como punto de referencia para su sumisión. Esta última no deriva del valor de su marido (¡eso sería imposible!), sino del valor del Señor Jesús. «Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor». Es el reconocimiento de que Cristo es cabeza de la iglesia, patrón y referencia de su vida, lo que se convierte en el criterio de la relación con su esposo. La forma en que la mujer se relaciona con el marido debe simbolizar la forma en que se relaciona con Cristo. Que la esposa usurpe la autoridad del esposo supone, en última instancia, usurpar la autoridad de Cristo en su vida. Esta es una lección básica en las enseñanzas bíblicas sobre el matrimonio.
Dios llama al esposo a tener al Señor Jesús como punto de referencia para la relación con su esposa. Observa que el mandamiento a los hombres se da con mayor insistencia. Al marido se le ordena amar a su mujer. Y este amor se define en el versículo 25: «[…] como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella». Es un amor sacrificial. El liderazgo del marido debe tener este amor por modelo. Jesús nos amó dando la vida por nosotros. No nos amó para satisfacer sus intereses. Se entregó por nosotros. Lo mismo debería aplicarse al marido. Lidera con sacrificio, pensando en los intereses de su esposa. Al descuidar o no amar sacrificialmente a su mujer, el esposo demuestra que aún no comprende el amor de Cristo. Este es un principio vital para quienes procuran hallar una resolución bíblica de los conflictos matrimoniales.
El Señor Jesús nos amó con un propósito: «[…] para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, […] santa e intachable». Jesús nos amó para nuestra purificación, para nuestra salvación. De este modo, el matrimonio es como un gimnasio para nuestra santificación. Al igual que la gente va a un gimnasio a ponerse en forma, el matrimonio es ese espacio en el que nosotros somos moldeados por Dios y conocemos su amor, especialmente el amor de Cristo a la iglesia. Comprender qué es el matrimonio según la Biblia implica considerarlo un instrumento de santidad.
Por supuesto, no basta con simplemente ir al gimnasio para ponerse en forma. Necesitamos una dieta adecuada y una rutina de ejercicios. Si somos unos insensatos, llegamos al gimnasio y usamos las máquinas a la ligera, podríamos salir de allí con una lesión grave en lugar de una mejor salud. Asimismo, el matrimonio por sí solo no nos santifica. Nadie se hace más parecido a Jesús por el mero hecho de casarse. Cual gimnasio, el matrimonio es un medio de santificación únicamente en la medida en que entendemos qué es y aspiramos a vivirlo según el designio de Dios. Por eso es tan vital la consejería prematrimonial cristiana para quienes se preparan para el matrimonio, sobre todo al aplicar los consejos cristianos sobre el noviazgo o cuando preguntan cómo saber si son la persona enviada por Dios.
Cuando viajo, aprecio esta realidad. Cuando estoy fuera, mi deseo de volver a casa se incrementa con las horas. Mi ansiedad aumenta cada día. Me encanta estar con la gente. Me encanta visitar iglesias. Tengo el privilegio de servir a los demás. Sin embargo, no hay nada como estar en casa con mi esposa. Cuando conocemos a Jesús y estamos unidos a Él, deseamos estar con Él. Cuando amamos a Jesús, queremos estar con Él. La iglesia debe cultivar el deseo de estar con Jesús, del mismo modo que mi anhelo de estar con mi esposa aumenta cada día.
El matrimonio fue creado con el propósito último de enseñarnos a amar a Jesús y prepararnos para la eternidad. El propósito último del matrimonio no es complacernos a nosotros, sino complacer a Dios y enseñarnos a amarlo cada vez más. El matrimonio no fue creado para que llevemos a cabo nuestros planes y sueños (fundar una familia, un hogar, nuestras posesiones, nuestra carrera profesional o cualquier otro). Dios creó el matrimonio como un instrumento para que cumplamos sus planes. Nuestros matrimonios fueron creados para nuestro bien, pero nosotros no somos su eje central. Recuerda que, en el cielo, nuestros matrimonios dejarán de existir. ¿Por qué? ¡Porque estaremos casados con el Señor Jesús! Como iglesia, pertenecemos a Cristo y existimos para darle gloria, y nuestro matrimonio es uno de los medios que Dios emplea para enseñarnos a amarlo más. Esta es la palabra definitiva acerca del matrimonio en la Biblia, que explica lo que se dice sobre él en el Nuevo Testamento y brinda los versículos más importantes al respecto.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cuál es el propósito del matrimonio? ¿Qué realidad señala?
- ¿Cuáles son las responsabilidades del esposo hacia la esposa? ¿Y las de ella hacia él?
- ¿En qué se diferencia la imagen bíblica del matrimonio de la que ofrece el mundo?
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Conclusión
A ojos de Dios, el éxito de un matrimonio no se mide por lo bien que se lleva la pareja, sino por su nivel de santidad. No se mide por cuánto logran juntos en esta tierra, sino por cuánto sirven al reino de Dios. No se mide por cuántos recursos materiales acumulan, sino por cuánto tiempo, energía y dones invierten en los propósitos de Dios. En resumen, el éxito de un matrimonio no se mide por nuestra satisfacción personal, sino por la gloria de Dios. De hecho, un matrimonio verdaderamente satisfactorio descubre que la gloria de Dios es su mayor gozo.
Nuestros matrimonios están ahí para enseñarnos y conducirnos a Cristo. Nos vamos llenando del Espíritu Santo conforme aumenta nuestro conocimiento de Cristo. El matrimonio es el campo de entrenamiento de Dios, donde nos entrena y moldea a semejanza de su Hijo. Esto es lo básico en una relación cristiana. En Cristo encontramos el gozo y la felicidad auténticos del matrimonio a medida que aprendemos y disfrutamos más de Cristo y experimentamos el amor entre Él y la iglesia. Conocemos el amor de Cristo y aprendemos a amar, para nuestro gozo ¡y para su gloria!
Mientras asistes a la consejería prematrimonial cristiana y dedicas tiempo a prepararte para el matrimonio, recuerda que tu unión es reflejo de una realidad mayor. Que tu matrimonio esté edificado sobre un fundamento que perdure, no porque se base en tus sueños, sino porque esté edificado sobre la Roca. Este es el verdadero matrimonio bíblico, que honra al hombre y a la mujer de Dios en su caminar juntos.
Notas
- Aunque redacté este folleto de mi puño y letra, nada de lo que se dice en él es original. Para empezar, porque estoy convencido de que los siguientes capítulos exponen lo que la Biblia enseña sobre el matrimonio. Pero, al mismo tiempo, estoy en deuda con hombres como John Piper, Kevin DeYoung, Timothy Keller y otros, usados por Dios para enseñarme a mí. Te recomiendo leer lo que escribieron acerca del matrimonio.
About the Author
Tiago Olivera es pastor principal de la Primera Iglesia Bautista de Lisboa (Portugal). Casado con Marta, son padres de tres hijos.
Tabla de contenido
- Parte I: La Creación: Los Dos Llegarán A Ser Uno Solo
- Todo era muy bueno
- Hombre y mujer a imagen de Dios
- El mandato cultural
- No es bueno
- Una ayuda adecuada
- Por eso […] uno solo
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: La Caída: El Fracaso Del Primer Matrimonio
- El orden de la creación
- El pecado
- El castigo
- Consecuencia final y esperanza
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: La Redención: Cristo Y La Iglesia
- La Palabra de Dios
- El primer matrimonio y el último
- A las esposas: sumisión voluntaria
- A los esposos: amor sacrificial
- Cristo, patrón y objetivo
- El gimnasio para nuestra santificación
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Notas
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