#65 Enfrentar el fracaso: levántate otra vez con la fuerza de Dios
1 Criaturas fracasadas, Creador perfecto
De acuerdo, dejémoslo claro desde un principio: si estás leyendo esto, eres un fracaso.
No te preocupes, ¡yo también lo soy! Nadie en la historia de la humanidad puede decir con honestidad que ha tenido éxito en todo lo que intentó (excepto por un caso especial del que hablaremos más tarde). Me pregunto si, de alguna extraña manera, esta es una noticia aliviadora para ti hoy. ¿Sientes que eres el único que fracasa por aquí? Ni cerca. El fracaso es una característica en común que compartimos las personas que no somos Dios.
Dos tipos de fracaso
Antes de ir más lejos, deberíamos diferenciar dos tipos de fracaso: el humano y el espiritual. El fracaso espiritual ocurre cuando no cumplimos con lo que Dios nos manda. La mayor parte de esta guía tratará de este tipo de fracaso.
Sin embargo, no todos los fracasos son iguales. No todos los fracasos son por nuestra culpa, al menos no de la misma manera. Algunas veces fracasamos porque somos pecadores; otras, porque somos criaturas. Fuimos creados a imagen de Dios, pero eso no es lo mismo que ser Dios. El fracaso humano se da cuando intentas algo y fallas —incluso si te esforzaste mucho y lo hiciste por las razones correctas— porque, bueno, eres humano.
La distinción entre el fracaso espiritual y el humano te ayudará a responder de forma apropiada a los fracasos en tu vida. Cometerás errores; las cosas no siempre saldrán como quieres. Enloquecerás si intentas conectar cada fracaso con una acción o actitud pecaminosa. No es tan simple. La vida en un mundo caído está llena de recordatorios de que no somos Dios.
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Audio#65 Enfrentar el fracaso: levántate otra vez con la fuerza de Dios
1 Criaturas fracasadas, Creador perfecto
De acuerdo, dejémoslo claro desde un principio: si estás leyendo esto, eres un fracaso.
No te preocupes, ¡yo también lo soy! Nadie en la historia de la humanidad puede decir con honestidad que ha tenido éxito en todo lo que intentó (excepto por un caso especial del que hablaremos más tarde). Me pregunto si, de alguna extraña manera, esta es una noticia aliviadora para ti hoy. ¿Sientes que eres el único que fracasa por aquí? Ni cerca. El fracaso es una característica en común que compartimos las personas que no somos Dios.
Dos tipos de fracaso
Antes de ir más lejos, deberíamos diferenciar dos tipos de fracaso: el humano y el espiritual. El fracaso espiritual ocurre cuando no cumplimos con lo que Dios nos manda. La mayor parte de esta guía tratará de este tipo de fracaso.
Sin embargo, no todos los fracasos son iguales. No todos los fracasos son por nuestra culpa, al menos no de la misma manera. Algunas veces fracasamos porque somos pecadores; otras, porque somos criaturas. Fuimos creados a imagen de Dios, pero eso no es lo mismo que ser Dios. El fracaso humano se da cuando intentas algo y fallas —incluso si te esforzaste mucho y lo hiciste por las razones correctas— porque, bueno, eres humano.
La distinción entre el fracaso espiritual y el humano te ayudará a responder de forma apropiada a los fracasos en tu vida. Cometerás errores; las cosas no siempre saldrán como quieres. Enloquecerás si intentas conectar cada fracaso con una acción o actitud pecaminosa. No es tan simple. La vida en un mundo caído está llena de recordatorios de que no somos Dios.
Volviendo a presentar a Dios
Ya que mencionamos a Dios, hablemos de Él por un momento. Si eres como yo, es probable que suelas asumir que Dios es simplemente una versión mejor y más grande de ti mismo. Por supuesto que nunca lo dirías así. Pero, siendo honestos, ¿te tienta tratar la diferencia entre tú y Dios como una diferencia de cantidad, no de calidad? Es fácil actuar como si el universo fuera un concurso canino: nos consideramos de la misma raza que el Señor, incluso al admitir que Él es el mejor de los concursantes.
Amigo, no podrías estar más equivocado. Dios no es como nosotros. Él tiene su propia categoría, llamada simplemente «Dios». Sí, fuimos hechos a su imagen, pero con suerte somos un opaco reflejo de su inmensa gloria. No hay nadie como Dios, ni tú ni yo. Él es el Creador, y nosotros somos sus criaturas.
Puedes atribuir algunos de tus fracasos al hecho de que eres una criatura y no el Creador. Dios nunca fracasa porque es Dios: fracasar sería dejar de ser quien es, quien siempre ha sido. Analicemos algunas de las razones por las que fracasamos y cómo Dios, por ser Dios, no puede hacerlo.
Cinco razones por las que nosotros fracasamos y Dios no
En primer lugar, Dios es puramente acto. De acuerdo, sé que eso suena un poco esotérico, pero déjame explicarlo. Pocas cosas duelen más que el potencial no realizado. El fracaso duele más cuando las cosas parecen más prometedoras al principio. Desafortunadamente, nuestro potencial tiene dos caras: siempre podemos ser mejores y siempre podemos ser peores.
Aunque sea extraño escribir esto, es la verdad: Dios no tiene potencial. No puede convertirse en algo porque ya lo es. No tiene una nueva iniciativa que emprender ni una mejor versión de sí mismo en la que convertirse. Cada partícula de la infinita perfección de Dios opera al cien por ciento todo el tiempo, de todas formas. No podría mejorar ni siquiera si lo intentara, y con certeza no puede empeorar. Él solo es.
En segundo lugar, Dios es santo. Sé que dije que en esta sección hablaríamos del fracaso humano, pero no puedes hablar de Dios sin mencionar su santidad. ¿Qué es la santidad de Dios? Es su compromiso interno con todo lo que es correcto. En última instancia, la santidad de Dios es su compromiso consigo mismo y con su gloria como la cosa más increíble en el universo y más allá.
Dios no ama ninguna otra cosa más de lo que se ama a sí mismo. Es perfectamente justo: Él es el estándar de justicia. Nunca toma atajos éticos. Todo lo que hace, todo lo que piensa y todo lo que adora está alineado con su propia pureza eterna, radiante y hermosa.
En tercer lugar, Dios es autosuficiente. Si no necesitásemos nada, no fracasaríamos. Si tuviésemos todo lo que necesitamos (o queremos) dentro de nosotros mismos, no necesitaríamos recurrir a cosas externas para encontrar plenitud. Nos esforzamos por conseguir cosas buenas. Nos esforzamos por conseguir cosas malas. Nos esforzamos por conseguir cosas buenas por malas razones. Nuestra carencia nos lleva a la acción, lo que no siempre nos da el resultado que deseamos.
Somos criaturas dependientes. Por otro lado, Dios es independiente. Tiene todo lo que necesita dentro de sí mismo. No depende de nada ni de nadie por fuera de sí mismo para su vida (Hch 17:25). No hay nada allá afuera que lo complete, nada más por lo que deba esforzarse, y posiblemente no lograr.
En cuarto lugar, Dios lo sabe todo. ¡Si tan solo nosotros supiésemos! Si tan solo hubiésemos sabido cómo resultaría esa oportunidad de inversión cuando pusimos allí nuestro dinero. Si tan solo hubiésemos sabido que esa persona en la que confiamos nos decepcionaría al final. El riesgo es inherente a la toma de decisiones humana porque no conocemos todos los detalles, mucho menos los resultados. Para nosotros, no hay tal cosa como algo seguro.
Dios nunca tiene que decir: «Si tan solo supiese…», porque Él ya lo sabe todo (Is 46:10). Ni una sola cosa en el universo —ni el movimiento más mínimo de una molécula— sucede sin que Él lo sepa. De hecho, nada pasa sin que Él lo sepa porque nada pasa sin que Él lo haya planeado. Ninguna complicación imprevista ni circunstancia puede alterar el «plan A» de Dios. Todo sale como Él se lo propone.
En quinto lugar, Dios es todopoderoso. Podríamos decir que, para Dios, ¡el conocimiento verdaderamente es poder! Rara vez tenemos idea de lo que está pasando, y mucho menos la capacidad de influir en el resultado de forma decisiva. Toda la formación, la educación, la experiencia o la riqueza en el mundo no pueden asegurar un resultado exitoso.
Lo que Dios sabe y lo que hace van de la mano. Ejecuta todos sus planes con absoluta perfección; ningún contratiempo puede detenerlo. Dios siempre los lleva a cabo. Todo lo que tuvo que hacer fue hablar para que todo lo que ves por tu ventana fuera creado en un instante (Gn 1–2). «Intentar» no es una palabra en el diccionario divino. Dios no «intenta» hacer cosas —simplemente las hace.
La utilidad de un Dios con el que no nos podemos identificar
Dios no puede identificarse con nuestras limitaciones como criaturas. Creo que eso es algo bueno, algo muy bueno y necesario si Él va a resultarnos de alguna utilidad. Es tentador sentirnos fríos y distantes de un Dios que no conoce realmente lo que estamos pasando a nivel personal. ¿Cómo puede ayudarme si no ha pasado por lo mismo?
Kevin DeYoung da un giro completo a esa lógica en una vieja conferencia titulada «The God who is not like us: Why we need the doctrine of divine immutability» (El Dios que no es como nosotros: por qué necesitamos la doctrina de la inmutabilidad divina). Usó el ejemplo de jugar con bloques en el piso con su hijo pequeño. Su hijo se frustra porque no puede seguir las instrucciones de construcción; le faltan piezas. ¡Es un desastre! ¿Qué necesita su hijo en ese momento? ¿Necesita un padre que esté tan devastado como él o un padre que sea capaz de acercarse y ayudarlo con su fracaso?
Amigo, un Dios con el que te sientas más identificado no puede hacer nada por ti. Si Dios pudiese fracasar, ¿quién lo ayudaría? Además, ¿cómo podría Dios ayudarte cuando fracasas si no pudiese ayudarse Él mismo? Un supuesto «dios» que nos necesite tanto como nosotros a él no es digno de llevar ese nombre.
Dios nunca fracasa. Su carácter infalible que guarda el pacto nos da a nosotros, personas falibles e inconstantes, esperanza genuina. Hay alguien allí afuera que puede acercarse a ponernos de pie nuevamente. Podemos confiar en que sus propósitos y sus promesas para con nosotros nunca fallarán, porque Él nunca falla.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Te ves tentado a considerar cada «fracaso humano» como un «fracaso espiritual» o a excusar cada «fracaso espiritual» como un «fracaso humano»? ¿Por qué?
- ¿Puedes pensar en otros aspectos del carácter de Dios que hacen que sea imposible que Él fracase?
- ¿Cómo respondes cuando experimentas el fracaso y no es tu culpa? ¿Qué aspectos de esta respuesta quieres cambiar tras haber leído este capítulo?
2 En la larga fila de los fracasos
En la parte uno, diferenciamos dos tipos de fracasos: el fracaso espiritual y el fracaso humano. El fracaso humano es lo que sucede cuando fallamos simplemente porque no somos Dios. El fracaso no siempre es culpa nuestra.
Sin embargo, muchas veces sí lo es. El tipo de fracaso del que sí somos responsables es el fracaso espiritual. Este se da cuando no amamos y obedecemos a Dios por sobre todas las cosas o personas. También podríamos llamar al fracaso espiritual por su otro nombre más popular: pecado.
El fracaso espiritual ocurre en dos niveles: vertical y horizontal. Cuando fracasamos espiritualmente, en primer lugar le fallamos a Dios. Nuestro problema fundamental es que fallamos al hacer nuestro trabajo como criaturas hechas a imagen de Dios. Por esto, nos merecemos la ira de Dios por toda la eternidad.
Nuestro fracaso espiritual es en primer lugar contra Dios, pero a menudo nos conduce a fallarles a los demás también. Nos perdimos el concierto porque no pudimos dejar de beber después del trabajo. Nuestro socio de negocios no puede pagar su hipoteca porque hemos estado acumulando ahorros con fondos de la empresa. Somos demasiado adictos a imágenes de otras personas en nuestros teléfonos como para que nos importe nuestro cónyuge. Siempre le fallamos primero a Dios, pero el fracaso espiritual con frecuencia no está completo hasta que le fallamos a otra persona.
Una larga fila de fracasos
El fracaso no es algo nuevo. Quiero contarte la historia del origen del fracaso para que entendamos cómo el fracaso espiritual entró en el mundo y qué ha hecho desde que llegó aquí. Al hacerlo, veremos que estamos en una larga fila de fracasos. Espero que trazar la historia del fracaso nos ayude a entender por qué fracasamos y las implicaciones que conlleva.
Adán
En el principio, Dios. Así empieza la Biblia. Dios estaba ahí, desde siempre existiendo y disfrutando de una perfecta comunión como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este Dios infinitamente gozoso decidió crear. No lo necesitaba. Solo quería mostrar su gloria, y lo hizo. Todo lo que se origina después de Génesis 1:1 fue creado por Él y para Él.
Adán y Eva no eran la excepción. De hecho, los seres humanos ocupaban (y siguen ocupando) un papel único en la creación de Dios. De todas las cosas que creó, solo Adán y Eva fueron hechos a su imagen (Gn 1:27). Fueron traídos al mundo con una relación especial con Dios —una relación que nos da un estatus y una tarea. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios; se supone que debemos representarlo. Adán fue creado para ser como un hijo para Dios y tener un parecido espiritual con Él.
¿Qué significa representar a Dios de esta forma? Representamos a Dios diciendo la verdad sobre Él, amándolo por sobre todas las cosas y haciendo lo que dice. La tarea de Adán era reflejar la gloria y la bondad de su Creador mientras protegía el jardín y difundía el conocimiento de la gloria de Dios en todo el mundo (Gn 1:28). Ese era el trabajo de Adán y, ya que él nos representa a todos, también es el nuestro.
Desafortunadamente, la historia no termina allí. Adán pecó contra Dios al escuchar las mentiras de la serpiente y comer del árbol prohibido. En lugar de reflejar la gloria de Dios, Adán decidió intentar reflejar la suya.
Adán fracasó. Tenía un trabajo con el que cumplir y responsabilidades que llevar a cabo, pero fracasó. Los efectos del fracaso de Adán se dispersaron por todos lados. A través del pecado de Adán, la muerte física y espiritual entró a este mundo, y nadie puede escapar de sus manos. El fracaso de Adán no solo nos afecta, sino que también cuenta como nuestro fracaso. En Adán, nacimos culpables y corruptos. Al igual que Adán y Eva fueron expulsados del Edén, nuestros pecados nos separan de quien nos creó.
Noé
Adán y Eva tuvieron hijos, pero el fracaso espiritual corre por sus venas. Todos los que vienen después de Adán siguen siendo creados a imagen de Dios, pero también continúan pecando, fracasando en amar al Señor con todo su corazón, mente, alma y fuerzas. El pecado colectivo de la humanidad hace que Moisés, el autor de los primeros cinco libros de la Biblia, se detuviera a escribir que «la maldad del ser humano en la tierra era muy grande y que toda inclinación de su corazón tendía siempre hacia el mal» (Gn 6:5).
Eso nos pinta de cuerpo entero. En este mundo caído, ninguno de nosotros somos buenas personas que cometen errores de vez en cuando. No somos pecadores porque a veces pecamos: somos pecadores porque somos pecadores. Espiritualmente hablando, fracasamos porque somos fracasos espirituales. Nuestras acciones pecaminosas son el fruto que revela nuestros corazones podridos.
Dios decide comenzar de cero en Génesis 6. Envía un diluvio para deshacerse de todos los seres vivientes de la tierra, excepto Noé y su familia. Luego de que las aguas bajaran, Dios le dijo a Noé que fuera fructífero y se multiplicara en Génesis 9:1 —la misma tarea que le había asignado a Adán—. Pero casi de inmediato se demuestra que este «reinicio» fue un falso comienzo. El fracaso definitivamente sobrevivió al diluvio, ya que Noé se emborrachó y se desnudó en su tienda antes del final de Génesis 9.
Israel
Vayamos varios siglos después para hablar de la nación de Israel. La gran nación prometida se hallaba bajo la esclavitud de Egipto. Dios levantó a Moisés para que liberara a su pueblo del gobierno del faraón y lo guiara hacia la tierra que les había prometido a sus ancestros.
De camino a la tierra prometida, tuvieron que detenerse en el Monte Sinaí. Allí, Dios oficializó su relación con Israel: ellos serían su pueblo y Él sería su Dios (Ex 19:7-11). Israel asume la tarea que Dios le dio a Adán en el jardín: el compromiso de vivir reflejando la gloria de Dios ante las naciones. Incluso al pueblo de Israel se lo denomina «primogénito» de Dios en Éxodo 4:22.
Los términos y condiciones para vivir como pueblo de Dios en la tierra les fueron dados por medio de la Ley, que Moisés les presentó en tablas de piedra. Si Israel hace su trabajo y obedece, experimentará la bendición. Si fracasa, será juzgada.
Digamos que Israel hizo más de esto último. Fracasaron en el cumplimiento de esos términos y condiciones. Es decir, ni siquiera esperaron a que Moisés volviera con las tablas antes de fundir sus joyas y crear un becerro de oro para adorar (Ex 32). Tenían un trabajo y cometieron una falta grave antes de siquiera empezar a ejecutarlo oficialmente.
Eso era solo un anticipo de lo que estaba por venir. Israel no pudo superar sus propios obstáculos. Dios había hecho un pacto con ellos, pero ellos nunca cumplieron su parte. La presencia de Dios entre ellos —que debía ser una fuente de felicidad— se convirtió en un problema. ¿Cómo podía vivir un Dios santo en medio de un pueblo pecador?
Los líderes como Moisés y el sistema de sacrificios brindaron una solución temporal. Pero año tras año, sacrificio tras sacrificio, Israel siguió fracasando en hacer lo que Dios les había ordenado —sus corazones estaban demasiado enamorados de los «dioses» que los rodeaban como para que fueran la comunidad ideal gobernada por el Dios al que se suponía que debían reflejar.
David
Israel necesitaba un buen liderazgo. Durante el tiempo de los Jueces, cada uno hacía lo que le parecía mejor ya que no había un rey al que obedecer (Jc 21:25). A Israel le emocionaba la idea de un rey, aunque valoraban en un futuro líder las mismas cosas que las naciones vecinas. Querían a alguien imponente, alguien que pudiese liderarlos en la batalla, ¡alguien grande! Estaban seguros de que un rey así garantizaría el fin de su fracaso espiritual.
Dios tenía otra idea: un desaliñado pastorcito llamado David. Este entra en escena lleno de fervor por la gloria de Dios y confiando en que el Señor liberaría a su pueblo, sin importar que tan grande fuese el enemigo (1 Sm 17). Este hombre conforme al corazón de Dios parecía tener un brillante futuro, ya que Dios le concedía éxito tras éxito (1 Sm 13:14). Su función como rey era representar los intereses de Israel. El éxito de David sería su éxito; su fracaso sería su fracaso.
Esto hace que el fracaso de David sea aún más devastador. Al igual que sus predecesores, Adán e Israel, falló en cumplir su tarea. Su relación adúltera con Betsabé es el primer ejemplo. La embaraza y manda a matar a su esposo para encubrirlo. El pecado de David con Betsabé es un ejemplo perfecto de que el fracaso espiritual comienza de forma vertical y se transforma en un fracaso horizontal y relacional (véase Salmos 51 para aprender sobre la reflexión de David luego de arrepentirse del incidente).
El Antiguo Testamento finaliza de una forma bastante triste: el fracaso de Israel resulta en su expulsión temporal de la tierra prometida. Luego de un tiempo regresan, pero ya no es lo mismo: Dios no está ahí. Siguen existiendo su pecado y la ira de Dios. La misma pregunta permanece al entrar en los 400 años de silencio divino entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: ¿cómo puede salvar un Dios santo a un pueblo pecador? ¿Qué hará Dios con fracasos como los de Adán, Noé, Israel, David y los nuestros?
Nada nuevo bajo el sol (fracasos incluidos)
La historia del fracaso es casi literalmente tan vieja como el tiempo. Adán, Noé, Israel y David fracasaron en reflejar la gloria de Dios. Como analizaremos en la próxima sección, estamos en la misma situación que ellos. Antes de continuar, detente y maravíllate ante el hecho de que otra historia se da al mismo tiempo que la historia del fracaso —una historia de éxito, prometida en el Edén, que resultará en la salvación del pueblo de Dios (Gn 3:15).
Preguntas para reflexionar:
- Piensa en los pecados más graves de tu vida. ¿De qué forma son causados por tu fracaso en amar a Dios como deberías?
- ¿Qué nos enseña la historia del origen del fracaso sobre nosotros mismos y sobre nuestros propios fracasos?
3 Un fracaso más grande del que pensabas
En la última sección, rastreamos el fracaso espiritual hasta su origen: la caída de Adán en el jardín del Edén. Desafortunadamente, el fracaso de Adán en reflejar a Dios como debía no fue un mero fracaso personal, sino que tuvo efectos cósmicos. Para nosotros, esos efectos son extremadamente personales.
Por qué fracasamos
¿Sabías que la Biblia explica el pecado usando el lenguaje del fracaso? Romanos 3:23 dice: «[P]ues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios». El pecado es, entre otras cosas, quedarse corto. Algunos estudiosos de la Biblia dicen que Pablo podría estar tomando esta idea del mundo del tiro con arco: la gloria de Dios es el blanco, y nuestras vidas no dan en el centro. El estándar de Dios es perfecto, y nosotros, evidentemente, nos quedamos muy lejos. Fallamos en alcanzar la medida establecida por la santidad de Dios.
Fui consejero en un campamento cristiano durante un verano en la universidad. Una de las partes más entretenidas de mi día era la estación de arquería. Decir que los esfuerzos de los campistas para darle al blanco estaban lejos sería ser generoso. Sin embargo, descubrí que algunos de los niños erraban a propósito. Querían una excusa para explorar el bosque, y una flecha perdida les brindaba la oportunidad perfecta.
No queremos tener éxito
Esto es lo que quiero decir: no es que no cumplimos con el estándar espiritual porque aún estamos aprendiendo y necesitamos tiempo para mejorar. En nuestro estado pecaminoso natural, tenemos una mala puntería moral. Pero eso es lo que queremos. Podríamos decir que somos fracasos espirituales porque eso es lo que queremos ser, como si estuviésemos disparando nuestras flechas hacia el bosque a propósito.
Nuestro problema no es la ignorancia. Si te vas unas páginas hacia atrás, en Romanos 1:21-23, Pablo dice:
A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles.
¿Te suena familiar? Al igual que Adán en el Edén, intercambiamos todo por nada. Cambiamos el trabajo que nos dio Dios para intentar ser nuestros propios jefes, intercambiándolo a Él por nosotros mismos y nuestro pecado. La razón por la que no cumplimos con el estándar de Dios es, en esencia, porque no nos importa su estándar. Es por eso que no siempre nos sentimos como los fracasos espirituales que somos. Manipulamos las reglas para parecer los ganadores de juegos hechos para favorecer a nuestro ego.
Amigo, no sabrás qué hacer con tu fracaso espiritual hasta que enfrentes esta dura verdad: tu corazón ama el fracaso espiritual. No somos víctimas de la oscuridad; la amamos. La luz revela quienes fuimos hechos para ser y quiénes somos realmente, por eso huimos de ella lo más rápido posible (Jn 3:19-20).
No podemos superar nuestro fracaso
La Biblia usa metáforas activas para describir nuestro pecado, como lo hace Pablo en Romanos 1 y 3. Nos dedicamos mucho a reprimir, intercambiar y errar el blanco. Las Escrituras también usan metáforas pasivas para describir nuestra condición pecaminosa. Las primeras se centran en nuestra búsqueda del pecado y nuestro rechazo de Dios, las últimas resaltan nuestra incapacidad de hacer otra cosa.
Ninguna imagen describe más profundamente nuestro sufrimiento autoimpuesto que la muerte «En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados» (Ef 2:1). «Antes de recibir esa circuncisión, ustedes estaban muertos en sus transgresiones» (Col 2:13a); «La mente gobernada por la carne es muerte […]. La mente gobernada por la carne es enemiga de Dios, pues no se somete a la Ley de Dios ni es capaz de hacerlo» (Rm 8:6-7).
Nuestro mayor problema no es estar fallando, sino que hemos fallado. La Biblia no dice que nos estamos ahogando en el océano, sino que ya nos hemos ahogado. No tenemos esperanza en nosotros mismos como para hacer algo al respecto, incluso si quisiéramos (lo cual, por supuesto, no es el caso).
Somos fracasos espirituales porque no estamos dispuestos ni somos capaces de ser otra cosa.
Las múltiples facetas del fracaso espiritual
Tus fracasos y mis fracasos derivan de la misma fuente: nuestros corazones pecadores. Sin embargo, puede que tus fracasos se vean muy diferentes a los míos. Volviendo a Romanos, Pablo finaliza el capítulo con una lista de pecados en Romanos 1:29-32. Tal vez algunos de estos te sean familiares:
Se han llenado de toda clase de injusticia, maldad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, desacuerdos, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas, sino que incluso aprueban a quienes las practican.
El fracaso espiritual puede presentarse en tu vida en forma de adicción y de una seguidilla de relaciones rotas. El fracaso espiritual puede presentarse como una insoportable arrogancia o una tendencia a actuar de forma pasivo-agresiva. Son dos caras de una misma moneda. Puede que no fracasemos de la misma manera, pero, en última instancia, fracasamos por la misma razón. Hemos intercambiado la gloria de Dios por una mentira y debemos vivir con las consecuencias.
La respuesta justa de Dios a nuestro fracaso espiritual
¿Cuál es la respuesta de Dios ante nuestro fracaso en obedecerlo y amarlo? La paga del pecado es la muerte (Rm 6:23). Nuestro fracaso para adorar a Dios pone en duda su valor, y eso no puede ser pasado por alto. Alguien tendrá que pagar caro.
La ira de Dios —su justa ira hacia nuestro pecado— se sentirá como una reacción exagerada hasta que comprendemos lo que implica nuestro fracaso. Toda la creación se inclina ante su Creador: el sol, la luna y las estrellas existen para hacer lo que Él dice. Luego, estamos nosotros. Le escupimos en la cara y actuamos como si fuésemos el centro del universo. Esa es la definición de maldad. Su ira se desata contra nosotros porque Él es el mejor, pero aun así lo tratamos como a un don nadie, como si fuera inferior a nosotros.
El Señor no puede no castigar nuestro fracaso espiritual. Nos merecemos la vida eterna en el infierno. Él es un Dios eterno e infinitamente bueno, y nos merecemos un castigo eterno e infinitamente horrendo (pero justo). Si Él nos castigara con algo menor, estaría admitiendo que no es tan glorioso después de todo. El veredicto sobre nuestras vidas es «culpables» y «condenados». Ninguna cantidad de buenas obras o rituales religiosos podrá cambiarlo.
Diagnóstico preciso, tratamiento adecuado
¿Por qué dedicarle tanto tiempo a desentrañar la naturaleza del pecado? El cliché es cierto: las buenas noticias solo tienen sentido a la luz de las malas noticias. Imagina si hubiésemos comenzado con «10 trucos y consejos para la próxima vez que fracases». ¿Qué beneficio tendría eso si nuestro fracaso espiritual comienza en la esencia misma de nuestro ser? Ofrecer consejos de vida para fracasos espirituales sería como si un doctor intentara curar el cáncer con una bandita adhesiva.
No te regocijarás en la solución correcta si no comprendes tu problema. Espero que para este momento esté claro que nuestro problema de fracasos es un problema de pecado: no hacemos lo que deberíamos hacer porque, lejos de Jesús, no podemos hacerlo ni tampoco nos importa.
¿Listo para las buenas noticias? Perfecto, porque la condenación y la ira no son la única respuesta de Dios a nuestro fracaso espiritual, ni de cerca.
Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué forma responde tu corazón al ser confrontado con tu incapacidad y falta de voluntad para vivir para gloria de Dios?
- ¿Por qué es importante comprender por qué fracasas en complacer a Dios? ¿Qué sucede cuando no lo hacemos?
- ¿Cómo podrías usar este capítulo para desafiar amorosamente a un no creyente en tu vida esta semana?
4 Buenas noticias para los grandes fracasos
Comencé esta guía diciendo que todos en la historia de la humanidad fracasaron, excepto por una persona. Por fin llegó el momento de presentarlo. Hay alguien que nunca ha fracasado, que nunca incumplió con el estándar perfecto de Dios. Esa persona es el Señor Jesucristo, nuestro Salvador, quien vino a tener éxito cuando todos hemos fallado y a darnos salvación en su nombre.
El sentido de la historia del fracaso
De acuerdo, sé que tal vez hacerte recorrer toda la historia de la Biblia fue demasiado, pero tengo mis razones. En primer lugar, fue para hacerte pensar dos veces sobre cualquier intento de sacudirte el polvo, apretar los dientes y trabajar más duro para tener éxito espiritual frente a los ojos de Dios. Sin embargo, hay una segunda razón por la que quería volver a presentar la historia del origen del fracaso: para que puedas regocijarte en la historia paralela de las promesas de Dios de brindar salvación a los fracasados por medio de su Hijo perfectamente obediente.
Adán y Eva no pudieron salir del jardín del Edén antes de que Dios les hiciera saber que aún no había terminado con sus criaturas pecadoras. En Génesis 3:15, Dios le dice a la serpiente satánica: «Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la de ella; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le herirás el talón». Uno de los descendientes de Adán y Eva llegaría a salvarnos, a tener éxito en lo que ellos fracasaron.
El resto del Antiguo Testamento detalla la búsqueda de este hijo que destruiría a la serpiente y revertiría la maldición. Aprendimos en el capítulo dos que no fue Noé, Israel ni David. De hecho, Malaquías, el último libro de esta parte de la Biblia, termina sin decirnos quién es. Nos quedamos solo con un atisbo de esperanza en un mar de oscuridad: un hijo de David, el Mesías, llegaría para poner todo en orden.
El primer versículo del Nuevo Testamento exclama: «¡Él está aquí!» En Mateo 1:1 leemos: «Registro genealógico de Jesucristo, hijo de David y de Abraham». Jesús es la simiente prometida en Génesis 3:15. Se confirma esto cuando el Espíritu Santo desciende sobre Él durante su bautismo, diciéndole al universo: «Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con Él» (Mt 3:17).
Enfrentamiento en el desierto
Inmediatamente después, llega la primer gran prueba de Jesús. Mateo 4:1-3 dice: «Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto para ser tentado por el diablo. Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. El tentador se acercó y le propuso: “Si eres el Hijo de Dios, ordena a estas piedras que se conviertan en pan”».
¿Dónde vimos esto antes? ¿Qué sucedió la primera vez que Satanás tentó a un hijo de Dios a dudar de la palabra del Padre? Casi puedes oír el siseo de la antigua serpiente: «¿De verdad Dios te dijo eso?». No obstante, a diferencia del jardín del Edén, el hijo de Dios respondió con confianza en su Padre. «Escrito está: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
La tentación de Jesús en el desierto también debería hacernos pensar en los cuarenta años que pasó Israel en el desierto. Su miedo les impidió confiar en la capacidad de Dios de hacer lo que dijo que haría, por lo que terminaron caminando bajo el sol ardiente hasta que la generación que lo rechazó murió. Estaban cansados y hambrientos. Israel cedió ante la tentación, quejándose y protestando por la provisión del Señor.
Adán e Israel fallaron en sus pruebas. Jesús pasó la suya. Mateo hace esta comparación intencionalmente entre la historia de nuestro fracaso espiritual y la victoria espiritual de Jesús. Jesús fue y sigue siendo un éxito espiritual rotundo porque siempre amó a Dios y a su gloria por sobre todas las cosas durante su perfecta vida humana.
Jesús siempre fue Dios. Se hizo humano para vivir la vida de obediencia que Dios nos pidió, pero con la que no cumplimos. El autor de Hebreos dice que Jesús es como nosotros en todo sentido —tiene voluntad, cuerpo, mente y alma humanas— con la excepción de que no tiene pecado (Hb 4:15).
Exitoso hasta la muerte
Jesús fue obediente hasta la muerte (Flp 2:8). Cuando estaba en Getsemaní, le pidió al Padre que le evitara beber ese trago amargo de ser posible (Mt 26:36-46). No lo era, cosa que aceptó derramando gotas de sangre, no porque tuviera fracasos propios por los que pagar, sino porque pagaría por los nuestros. El éxito espiritual de Jesús lo llevó a una cruz romana por nosotros.
Nuestro fracaso demandaba un precio demasiado elevado para que lo pudiéramos pagar. Jesús pagó por todo. En la cruz, Jesús fue condenado en nuestro lugar. Nuestro pecado y nuestra culpa fueron puestos en Él. Satisfizo cada gota de la ira de Dios que merecíamos. Recuerda: Dios no podía simplemente ignorar nuestra desobediencia y nuestro pecado —si lo hiciese, se estaría negando a sí mismo. En cambio, ofreció un sacrificio perfecto para liberarnos de la sanción por nuestro fracaso espiritual, volviéndolo justo y al mismo tiempo justificador de quienes tienen fe en Jesús (Rm 3:25-26).
Misión exitosa
Apuesto a que se podía escuchar caer un alfiler en el universo el sábado después de la muerte de Jesús. La historia definitiva de éxito de Dios yacía en silencio en una tumba. ¡Alabado sea Dios, porque no se quedó allí! Jesús resucitó de entre los muertos el tercer día, demostrando que su muerte cumplió con todo lo necesario para tender un puente entre Dios y el hombre.
La resurrección triunfal de Jesús reivindicó su reclamo al trono del universo. Fue como si el cheque que cobró hubiera sido aceptado. El Hijo clamó en la cruz: «Todo está cumplido». El Padre dijo: «En efecto, está cumplido» cuando lo resucitó de entre los muertos.
Cambiar el fracaso espiritual por el éxito espiritual
¿De qué forma llegamos a compartir el éxito de Jesús? Solo por medio del arrepentimiento y de la fe. Debemos admitir que somos un total fracaso espiritual sin esperanza de ser nada distinto por nosotros mismos. Nuestros mejores intentos de ganarnos la gracia de Dios nos enviarían directo al infierno. Pero cuando nos alejamos de nosotros mismos y nos arrojamos en la misericordia de Dios en Cristo, recibimos la vida eterna.
La raíz de nuestro fracaso espiritual y todas las consecuencias que este acarrea se eliminan no esforzándonos, sino confiando. Cuando confiamos solo en Cristo, Él acepta nuestro fracaso espiritual como suyo, y recibimos su perfecta obediencia como nuestra. Pablo menciona este «dulce intercambio» en 2 Corintios 5:21: «Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios».
En Cristo, el Dios al que hemos ofendido ya no nos mira y dice «fracasado culpable». Nos mira, ve a su Hijo y dice: «hijo justo de Dios». Amigo, si no te has arrepentido y creído en esta buena nueva, no leas una palabra más antes de hacerlo. No puedes superar tu fracaso espiritual. No puedes pagar el precio de tu pecado. Jesús puede y lo hizo, si acudes a Él como Señor, Salvador y el Tesoro más preciado.
- ¿Se te ocurren otros pasajes del Nuevo Testamento que muestren el éxito de Jesús en donde nosotros fallamos?
- ¿Cómo responde Dios a nuestro fracaso espiritual en la cruz? ¿Y en la resurrección?
- ¿Cuál es la mejor parte de ser rescatados de nuestro fracaso espiritual?
5 Fracasa, lucha, fracasa, lucha
Es probable que este sea el capítulo que estabas esperando. Finalmente, estamos listos para hablar sobre cómo lidiar con el fracaso. Específicamente, vamos a pensar en cómo nuestra nueva identidad en Jesús y la obra del Espíritu en nuestros corazones nos ayudan a vivir una vida agradable para Dios, no perfecta, pero una agradable. El evangelio es la buena nueva, en parte, porque promete una victoria gradual sobre nuestros fracasos espirituales en esta vida.
Ahora bien, usé las palabras «no perfecta» y «gradual» a propósito. Nuestra victoria sobre el fracaso espiritual está asegurada, pero la batalla recién comienza. Si esperas que la vida cristiana sea una victoria tras otra, te enfrentarás al desánimo y a la desesperación. Superar el fracaso espiritual es un proceso de toda la vida; es una maratón, no una carrera de velocidad.
Piensa en las palabras de Pablo en Filipenses 3:12: «No es que ya lo haya conseguido todo o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí». Incluso Pablo —quien escribió más cartas que nadie en el Nuevo Testamento— no había «llegado» espiritualmente hablando. Aún tenía trabajo que hacer en su batalla contra el pecado. Aún fracasaba y necesitaba de la ayuda de Dios a diario.
La Biblia habla de nuestra «carne». La «carne» no es nuestro cuerpo físico, sino que hace referencia a nuestra naturaleza pecaminosa y caída. Nuestra carne quiere alejarnos de la justicia y acercarnos al pecado. Cuando creemos en el evangelio, nuestra carne está herida de muerte, pero aún luchamos contra el Espíritu dentro nuestro hasta el día en el que morimos. Continuarás fracasando como cristiano. La pregunta es: ¿cómo responderás?
Cómo procesa el fracaso un cristiano
Lo has hecho otra vez, eso que te prometiste y le prometiste a Dios que no harías de nuevo. No lo viste venir, pero sucedió. Has caído en tu batalla contra ese pecado, sin importar cual sea en tu vida. Fallaste otra vez. ¿Qué harás ahora?
Recuerda
El paso uno es volver a lo que aprendimos en el último capítulo sobre el evangelio. La buena noticia de la vida perfecta de Jesús, su muerte expiatoria y su resurrección triunfal, recibida a través del arrepentimiento y la fe, fue una buena noticia cuando creíste por primera vez, y lo sigue siendo hoy, sin importar hace cuánto has estado siguiendo a Jesús.
Para combatir el fracaso espiritual, tendrás que hacer más que solo recordar tu justificación, ¡pero no hagas menos que eso! Tu última esperanza no puede estar en tu éxito espiritual, incluso después de convertirte. ¿Has leído la historia del fariseo y el recaudador de impuestos en Lucas 18:9-14?
A algunos que, confiando en sí mismos, se creían justos y despreciaban a los demás, Jesús les contó esta parábola:«Dos hombres subieron al Templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. El fariseo, puesto en pie y a solas, oraba: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo”. En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!”.Les digo que este y no aquel volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».
El fariseo era un fracaso espiritual, pero no lo sabía. Disfrazaba su arrogancia de piedad: «Gracias porque no soy como ese hombre». El recaudador de impuestos, al contrario, sabía que era un fracaso espiritual que solo podía pedir misericordia. ¿Cuál volvió a su casa justificado?
En los momentos en los que estás desplomado en el suelo —después de otro fracaso— recuerda que tu esperanza no está en tu éxito, sino en el de Jesús. Su justificación te cubre como un vestido nuevo y limpio; tus vestiduras viejas y malolientes fueron desechadas hace mucho tiempo. El fracaso, de cualquier tipo, ya no te define. Jesús te define ahora.
Confiesa
Ahora tienes la confianza para acercarte a Dios y decirle: «Lo siento». No es momento de excusas. El arrepentimiento comienza cuando reconocemos nuestra culpa: necesitamos ponernos del lado de Dios contra nuestro pecado. Nuevamente, esta es la razón por la que es tan importante comprender por qué fallamos espiritualmente. En última instancia, es nuestra culpa y la de nadie más. Nuestro corazón aún se siente atraído hacia la oscuridad, y tenemos que ser honestos sobre eso.
¿Alguna vez has tenido miedo de admitirle algo a alguien porque temías cómo reaccionarían? ¿Qué esperas cuando acudes a Dios con tu fracaso? ¿enojo, furia, ira? Bueno, esto es lo que deberías esperar: «Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad» (1 Jn 1:9). Confiesa tus fracasos pronto y a menudo, porque Dios te recibirá con gracia sobre gracia.
¿Notaste la segunda cosa que Juan promete que sucederá cuando confesemos nuestros pecados? Dios promete limpiarnos de toda maldad. El perdón es un regalo increíble que necesitamos desesperadamente. También necesitamos —y deberíamos querer— cultivar nuestra capacidad de decirle «no» al pecado y «sí» a Dios. La misma gracia que justifica y perdona también renueva el interior de nuestros corazones. Arrepiéntete, aléjate de tu fracaso espiritual, recibe el perdón y decídete a seguir luchando contra el pecado.
Lucha
Nuestra lucha contra el fracaso espiritual en esta vida es solo eso: una lucha. No podemos limpiarnos a nosotros mismos. Solo el poder de Dios nos puede hacer más parecidos a Cristo. Sin embargo, Dios usa nuestro esfuerzo, por débil que sea a veces, para hacernos crecer en la gracia.
Filipenses 2:12-13 dice: «Así que, mis queridos hermanos, como han obedecido siempre —no solo en mi presencia, sino mucho más ahora en mi ausencia—, lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad». Trabaja en tu salvación, esfuérzate por alcanzar la meta, porque Dios es quien obra en ti.
En 2 Tesalonicenses 1:11-12, Pablo describe la misma dinámica desde otro ángulo:
Por eso oramos constantemente por ustedes, para que nuestro Dios los considere dignos del llamamiento que les ha hecho, y por su poder cumpla todo propósito de bien y toda obra que realicen por la fe. Oramos así, de modo que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado por medio de ustedes, y ustedes por él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.
Nos decidimos por Dios. Hacemos obras de fe. Nos esforzamos por alcanzar el éxito espiritual por su poder. Confiamos en que Dios obra en nosotros, haciéndonos más semejantes a Jesús, por eso intentamos dar pequeños pasos de obediencia hacia nuestro Padre orgulloso.
¿Cómo podrían verse esos pequeños pasos para ti esta semana? Seguramente escuchaste que si fracasas al planear, planeas fracasar. ¿Cómo planeas amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, tu mente, tu alma y tus fuerzas? Para algunos de ustedes, eso puede significar terminar una relación o arrojar tu computadora por la ventana. De forma positiva, puede ser prepararte para el éxito espiritual abriendo tu Biblia cada mañana (tal vez incluso antes de mirar tu teléfono). Dios usa estas «resoluciones para bien» para volvernos más como Jesús, trabajando de forma sobrenatural a través de lo ordinario y lo práctico.
En definitiva, Dios se lleva el crédito por nuestros éxitos y nosotros la culpa por nuestros fracasos. Nuestra dependencia de su gracia para hacer las cosas bien es testimonio de su poder salvador y de su bondad que llena el alma. Si Dios puede tomar a fracasos espirituales como nosotros y darnos aunque sea un mínimo de victoria espiritual al conocer a su Hijo, entonces merece toda la alabanza y la gloria.
Descansa
¿Recuerdas en el primer capítulo, cuando diferenciamos el fracaso espiritual del fracaso humano? No quiero que te vayas sin ningún tipo de aliento sobre cómo abordar el fracaso cuando sucede. Una vez más, no todos los fracasos son iguales. A veces, lo que intentaste hacer no fue posible porque no eres Dios. Otras veces, tu fracaso realmente es el resultado del fracaso espiritual o humano de alguien más.
Debes saber que tus fracasos humanos no te definen. Puede que no sean un pecado que requiera de arrepentimiento, pero aún así, el evangelio debe ser lo primero a lo que acudas cuando las cosas no salen como quieres. Encontrarás el poder de levantarte de nuevo cuando la vida en un mundo caído te derribe, porque has entendido que no te definen tus altibajos, sino la sangre y la justificación de Jesús.
Siente la libertad de tomar riesgos sabios sabiendo que los resultados no cambiarán el amor de Dios por ti en lo más mínimo. Además, de igual forma no puedes controlar los resultados, ¿verdad? Dios sí. Y Él sabe por qué hace lo que hace. ¿Ese trabajo no resultó bien? ¿No conseguiste llevar adelante ese nuevo ministerio en la iglesia? Dios tiene un motivo, incluso si ese motivo es darte una oportunidad para confiar en Él y glorificarlo durante los momentos adversos.
A fin de cuentas, sabemos que Dios dispone todas las cosas —también nuestros fracasos— para nuestro bien (Rm 8:28). Los fracasos humanos duelen, pero están supervisados por la mirada atenta de Aquel que dio a su único Hijo. Además, «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?» (Rm 8:32). Guárdate esa verdad en el bolsillo para la próxima vez (y sí, habrá una próxima vez) en que las cosas no salgan como esperabas.
Preguntas para reflexionar:
- Piensa en un fracaso espiritual reciente. ¿De qué forma esta perspectiva te habría ayudado a procesar ese fracaso de manera que honre a Dios y anime tu alma?
- ¿Sientes que puedes confesar tus fracasos a Dios? ¿Por qué?
- ¿Por qué es tan difícil confiar en Dios cuando fracasamos de maneras que no son directamente culpa nuestra?
Conclusión
Esto es lo que espero que hayas aprendido de esta guía, de fracaso en fracaso.
Somos fracasos. A veces, el fracaso es culpa nuestra; otras, es algo que les sucede a las personas que no son Dios. La historia de nuestro fracaso se remonta al Edén, cuando Adán pecó y fracasó en hacer aquello para lo que Dios lo creó: adorarlo y obedecerlo por sobre todas las cosas. Estamos en el mismo barco que Adán. Nuestro fracaso espiritual surge de nuestra rebelión contra Dios, y tiene su fuente en corazones que no están dispuestos ni son capaces de cumplir con su estándar santo.
Afortunadamente, Dios nos ofreció una solución para nuestro fracaso y sus consecuencias. Jesús tuvo éxito en donde el resto de nosotros falló: siempre amó a Dios de la manera en la que debíamos hacerlo. Murió en la cruz y resucitó para pagar el precio de nuestros pecados, ofreciendo intercambiar su obediencia perfecta por nuestra desobediencia si nos alejamos de nuestros pecados y confiamos en Él para la salvación.
La justificación es la buena noticia de que hemos sido declarados justos ante Dios, a pesar de seguir siendo fracasos. La santificación es la buena noticia de que, a pesar de que seguimos fracasando de varias formas, podemos mejorar nuestra capacidad de hacer lo que Dios nos ordena por el poder del Espíritu Santo. Nos da todo lo que necesitamos para seguir levantándonos cuando fallamos y caemos.
Ya concluyendo esta guía, debes saber que tu fracaso tiene fecha de vencimiento. La justificación nos libera del castigo de nuestro fracaso espiritual, la santificación nos libera del poder de nuestro fracaso espiritual y la glorificación finalmente nos salvará de la presencia de nuestro fracaso espiritual. Algún día, cuando vayamos al encuentro del Señor tras nuestra muerte o cuando Él regrese a traernos el nuevo cielo y la nueva tierra que ha estado preparando para nosotros, nuestro pecado desaparecerá, y no quedaremos a merced de los caprichos de un mundo caído.
En 2 Corintios 3:18, Pablo dice: «Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu». Somos transformados cada vez más a imagen de Cristo al contemplar la gloria de Jesús en el evangelio. ¡La santificación es fruto de ver más a Jesús!
Luego, en 1 Juan 3:2, leemos: «Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como Él es». Si perteneces a Jesús, sin importar lo mucho que le hayas fallado en esta vida, lo verás cara a cara, completando tu transformación en su imagen. Merecemos la ira eterna de Dios, pero, en cambio, podemos anticipar una eternidad de felicidad alrededor del trono de Dios, como fracasos perdonados que no volverán a fracasar jamás.
- ¿Puedes explicar la diferencia entre justificación, glorificación y santificación? ¿Cómo podría esa diferencia ayudarte a ti o a un amigo a lidiar con el fracaso espiritual?
- ¿Qué es lo que más deseas disfrutar en el nuevo cielo y la nueva tierra?
- ¿Cómo puedes prepararte ahora para el día final a la luz de todo lo que has leído en esta guía?
Tabla de contenido
- 1 Criaturas fracasadas, Creador perfecto
- Dos tipos de fracaso
- Volviendo a presentar a Dios
- Cinco razones por las que nosotros fracasamos y Dios no
- La utilidad de un Dios con el que no nos podemos identificar
- Preguntas para reflexionar:
- 2 En la larga fila de los fracasos
- Una larga fila de fracasos
- Nada nuevo bajo el sol (fracasos incluidos)
- Preguntas para reflexionar:
- 3 Un fracaso más grande del que pensabas
- Por qué fracasamos
- No queremos tener éxito
- No podemos superar nuestro fracaso
- Las múltiples facetas del fracaso espiritual
- La respuesta justa de Dios a nuestro fracaso espiritual
- Diagnóstico preciso, tratamiento adecuado
- Preguntas para reflexionar:
- 4 Buenas noticias para los grandes fracasos
- El sentido de la historia del fracaso
- Enfrentamiento en el desierto
- Exitoso hasta la muerte
- Misión exitosa
- Cambiar el fracaso espiritual por el éxito espiritual
- 5 Fracasa, lucha, fracasa, lucha
- Cómo procesa el fracaso un cristiano
- Recuerda
- Confiesa
- Lucha
- Descansa
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión