#45 Gambling; The Hidden Costs
Introducción
El vicio de apostar a menudo empieza con entusiasmo: un poco de adrenalina, una chispa de posibilidad. Puede comenzar apostando en un solo juego, completando una quiniela o probando un nuevo sistema «infalible» que se te ocurrió para ese viaje al casino. Durante un tiempo, puede incluso parecer que apostar funciona. Las luces, la energía y la adrenalina del casino te atraen. Quizás incluso te vayas con más de lo que tenías al principio. El vicio de apostar genera una euforia que es real y muy adictiva.
Pero seamos sinceros, te quedarás sin dinero mucho antes de que lo haga el casino.
La casa siempre gana. Son industrias que mueven miles de millones de dólares porque personas como tú y yo seguimos volviendo. Con el tiempo, lo que una vez pareció inofensivo y divertido puede convertirse, sin que te des cuenta, en algo que ya no controlas. Dejas de apostar por diversión y empiezas a apostar porque lo necesitas.
Y pronto, la adicción te quita mucho más de lo que te ha dado.
Si estás leyendo esto, tal vez ya hayas empezado a sentir esas pérdidas. Quizás sean económicas: dinero que no tenías, deudas que no esperabas. Quizás sean relacionales: confianza dañada, relaciones tensas, llamadas que se evitan. O quizás las pérdidas sean espirituales: te sientes lejos de Dios, indiferente a la oración, vacío después de cada apuesta. Puede que estés cansado de esconderte, de querer ganar una vez más o de preguntarte cómo las cosas se han descontrolado tanto. Si ese es tu caso, no estás solo, hay esperanza para tu vida.
Esta guía de habilidades para la vida no pretende avergonzarte. Todo lo contrario, intenta ayudarte a atravesar con honestidad tus tentaciones y a confiar en Jesús para que te ayude. No necesitas estar limpio para acudir a Él. Jesús se encarga de limpiarte y quiere que confíes en Él en todas las cosas. Esta guía está diseñada para ayudarte a mirar más allá de la superficie, para comprender no solo tus comportamientos, sino también tus deseos. El vicio de apostar rara vez se trata solo de dinero. A menudo se trata de control, evasión, afirmación, miedo o vacío. Dios ve todo eso y te ofrece algo mejor.
Esta guía de habilidades para la vida explorará lo atractivo de apostar y las mentiras a su alrededor, los costos ocultos que a menudo pasan desapercibidos, los ídolos que nos alejan de Dios y la invitación al arrepentimiento, la renovación y la libertad duradera.
Tu valor no se mide por tus ganancias o tus pérdidas, sino por Cristo, quien no apostó como si pudiera perder, sino que lo dio todo en la cruz para salvar a todos los que lo invocaran. Lo dio todo para que pudieras ser libre, perdonado y renovado.
Hay un camino mejor; no es fácil, pero es el verdadero. Jesús dijo: «Yo soy el camino,
la verdad y la vida […]. Nadie llega al Padre sino por mí» (Jn 14:6). El camino que nos aleja de las apuestas y nos lleva a la libertad no se encuentra en el esfuerzo propio, la suerte o la fuerza de voluntad. Se encuentra solo en Jesús, el único camino hacia la vida verdadera, el gozo y la paz eterna.
¡Comencemos!
Audioguía
Audio#45 Gambling; The Hidden Costs
Parte I: Lo atractivo de apostar: ¿qué es lo que realmente está en juego?
«Quien ama el dinero, de dinero no se sacia. Quien ama las riquezas nunca tiene suficiente. ¡También esto es vanidad!» (Ec 5:10).
El deseo de ganar
Siempre he sido competitivo. Odiaba perder (a decir verdad, odio perder). Cuando descubrí las apuestas, me pareció la prolongación perfecta de ese impulso. Estaba estudiando para ser profesor de matemáticas, alguien que ve patrones y probabilidades, alguien que pensaba: «Puedo descifrar esto. Puedo vencer al sistema». Y, a veces, creía que lo había logrado.
Recuerdo una vez que salí de un casino con miles de dólares más de los que tenía al entrar. Me sentía invencible. Sentía una descarga de adrenalina, una sensación de orgullo, como si hubiera burlado las probabilidades. En la mesa de dados, cuando los resultados me eran favorables y todo el público animaba, el ambiente era electrizante. Yo era el que estaba en racha. Hubo aplausos, camaradería y adrenalina. Fue como ganar un campeonato.
No se trataba solo de dinero, sino de identidad, de validación. Las apuestas me daban algo más que ni siquiera sabía que anhelaba: admiración. Creaban un ambiente en el que hablar de lo que habías ganado te hacía parecer más inteligente que cualquier otro en la sala. Al fin y al cabo, no es habitual oír a la gente presumir de sus pérdidas. Uno suele oír historias sobre acertar en grandes apuestas combinadas, multiplicar la inversión inicial en la mesa de póquer o ganar diez mil dólares en una máquina tragamonedas. Todos los que hablan de apostar parecen ganadores. Así que pensé: «¿Por qué no yo? ¿Por qué no podría ser yo quien lo descifrara, venciera las probabilidades y construyera una vida a partir de un sistema que funcionara?».
Leí libros sobre cómo contar cartas y encontré el mejor sistema para ganar en los dados. Seguí a expertos que vendían resultados deportivos «infalibles». Invertí tiempo
y dinero en aprender los trucos. Si había alguna ventaja por descubrir, yo quería encontrarla.
No lo consideraba imprudente, sino una preparación. Mientras que otros veían las apuestas como una cuestión de azar, yo me convencí a mí mismo de que era un juego
de habilidad. La ironía era que cuanto más pensaba que tenía el control, más controlado estaba yo en realidad.
¿Quieres saber la verdad? Lo que ganaba nunca era suficiente. Siempre quería más: el próximo gran premio, la próxima descarga de adrenalina, otra historia que contar. No apostaba por dinero, sino en busca de sentido. El sistema me estaba ganando, y yo me volvía más adicto a cada minuto. El casino se aseguraba de mantenerme enganchado: comidas gratis, habitaciones gratis e incluso apuestas gratis en el casino y en las casas de apuestas deportivas. Me sentía como un rey, y apenas había terminado la escuela secundaria. Por desgracia, ninguno de esos «regalos» era realmente gratis; eran carnadas para que siguiera volviendo y para que me quedara aún más tiempo. Al final, perdí todo lo que había ganado, y mucho más.
Estos casinos y plataformas de apuestas siempre ganan. Están diseñados para ganar. Por eso son organizaciones multimillonarias. Personas como tú y yo somos quienes financiamos su éxito.
Las apuestas se habían convertido en un sistema de recompensas ficticio. Prometían emoción, riqueza, admiración, pero terminaron generándome descontento, ansiedad y vacío espiritual.
El mito del control
El vicio de las apuestas se aprovecha de personas como yo, personas que odian perder, que creen que pueden vencer las probabilidades, que en el fondo piensan que cuanto más dinero tengan, más satisfactoria será su vida.
Tenía un «sistema» (como todo el mundo), pero los sistemas no funcionan cuando el juego está arreglado. Esa es la ilusión: si eres lo suficientemente inteligente, rápido y estratégico, ganarás, pero es mentira. Como dice Eclesiastés 5:10a: «Quien ama el dinero, de dinero no se sacia». El apostar no te brinda satisfacción; solo te tienta y te susurra falsas promesas, y luego te arrastra a profundidades que jamás imaginaste. Con cada ciclo, el hambre de querer más se intensifica.
Lo que comenzó como diversión rápidamente se convirtió en obsesión. Mi mente siempre estaba trabajando: calculando probabilidades, rastreando márgenes, buscando la próxima «apuesta segura». La euforia de ganar se desvanecía enseguida, y la depresión de perder se prolongaba cada vez más. Se trataba menos de ganar y más de adormecer: adormecer el miedo, la decepción y la conciencia cada vez mayor de que algo estaba profundamente roto dentro de mí.
No era solo un pasatiempo; se convirtió en una identidad falsa. El vicio de apostar me decía que yo era astuto, inteligente, estratégico. Me decía que era diferente al apostador promedio. Pero eran mentiras. No estaba venciendo al sistema. Me estaba hundiendo en él, y cada intento de querer controlar mi adicción solo hacía que se volviera más intensa.
Cambios de humor y falsas euforias
No me daba cuenta de hasta qué punto las apuestas habían empezado a controlar mi estado emocional. Ganar me hacía sentir invencible, pero perder me hundía en un abismo. Mi estado de ánimo ya no dependía de mí, sino del resultado de cada apuesta. Los números y las probabilidades dictaban mi autoestima.
Mis amigos comenzaron a distanciarse. Dejé de ir a los casinos con otras personas y empecé a ir solo. Miraba solo los partidos en los que apostaba. La gente no quería estar cerca de mí cuando perdía, y no podía culparlos. Me volví una persona irritable, iracunda y desesperada. Aun así, me convencía a mí mismo de que si ganaba una vez más, eso lo arreglaría todo.
Con el tiempo, ya ni siquiera apostaba por cosas que me importaban. Apostaba dinero en partidos de tenis que no veía y en torneos de críquet en lugares que no sabía que existían. En ese momento, ya no se trataba de diversión o estrategia. Solo intentaba llenar el enorme vacío en mi corazón que solo Dios podía llenar.
Todavía recuerdo la sensación de despertarme y enseguida ponerme a revisar los resultados del otro lado del mundo. Había pasado de correr riesgos calculados a una obsesión ciega. Fue entonces cuando supe que ya no estaba persiguiendo el éxito. Estaba intentando escapar.
La montaña rusa emocional era agotadora. La ansiedad sustituyó la alegría; el pánico, la paz. Ya no me reconocía a mí mismo.
Lo impensable
El vicio de las apuestas me llevó a lugares a los que nunca pensé que iría. Empecé a robar a amigos, familiares, compañeros de trabajo y desconocidos. Muchas eran personas que confiaban en mí. Exprimí las tarjetas de crédito y mentí repetidamente para encubrirlo todo. Lo peor era que todo aquello me parecía normal. Cada transgresión me llevaba a la siguiente, hasta que mi conciencia se volvió casi inaudible.
No me sentía culpable por lo que estaba haciendo. Lo único que me importaba era intentar recuperar mi dinero, y era capaz de justificar mis acciones en mi propia mente con pensamientos como: «Lo entenderán cuando vuelva a ganar a lo grande. Solo necesito una oportunidad más». Ese tipo de pensamiento es tóxico, y es aterrador lo convincente que puede llegar a ser.
Pero la verdad es que ya no se trataba solo de apostar. Empezó con esa acción, pero no terminó ahí, sino que se propagó. Una vez que no me importó mentir, me resultó más fácil engañar. Una vez que justifiqué robar, dejé de ver a las personas como tales, pues se convirtieron en un medio para alcanzar un fin. Me consumía la supervivencia y el placer. Crucé líneas que nunca pensé que fuera capaz de cruzar.
En aquel momento, no lo habría llamado «pecado». No conocía a Jesús y no sabía lo que significaba la convicción de pecado o el arrepentimiento. Lo llamaba «desesperación». Lo llamaba «supervivencia». Me decía a mí mismo: «Todo el mundo tiene defectos. Al menos, no soy un asesino». Pero en el fondo, sabía que estaba rompiendo algo sagrado, solo que aún no tenía palabras para describirlo.
A medida que me acercaba al fondo del pozo, mi vida iba perdiendo todo sentido y propósito. Ya no vivía; simplemente sobrevivía.
Un sabio pastor dijo una vez: «El pecado te llevará a lugares donde jamás quisiste estar, te retendrá más tiempo del que jamás pensaste quedarte y te costará más de lo que jamás pensaste pagar». Esa era mi historia.
El vicio de apostar no era el único pecado en el que había caído. Como no conocía a Jesús y no lo tenía como ancla en mi vida, el pecado que comenzó con el dinero acabó extendiéndose también a otras áreas de mi vida. Cuando ignoras la convicción de pecado en un área, se hace más fácil ignorarla en todas las demás.
El pecado nunca es estático: crece y se propaga, y cuando intentamos controlarlo en lugar de eliminarlo, nos controla hasta que nos aplasta. En el momento adecuado, Dios intervino y cambió por completo mi vida al liberarme de las garras de las apuestas. Él está dispuesto y desea liberarte a ti también.
Una trágica historia que podría haber sido la mía
Conozco a un hombre que ocultó su adicción a las apuestas durante años. Su familia no tenía ni idea, y cuando todo salió finalmente a la luz, el daño fue devastador. Perdió su casa, su matrimonio y a sus hijas. No era que este hombre no amara a su familia, sino que su vicio se había vuelto demasiado grande para ocultarlo y demasiado poderoso para combatirlo él solo.
Esa podría haber sido mi historia. Quizás ya sea la tuya, o se parezca bastante. Aquí hay más en juego que el dinero; tu paz, tu integridad, tus vínculos y tu alma también están en grave peligro.
La verdadera pregunta
¿Qué es lo que realmente buscas? Tal vez sea la sensación de control en una vida que se siente incierta. Quizás sea la aprobación que genera ganar a lo grande, o la emoción que te ayuda a olvidar el estrés, el dolor o el remordimiento. Puede que sea el sueño de por
fin salir adelante, de demostrar a los demás, o a ti mismo, que no eres un fracasado.
El vicio de apostar no solo ofrece dinero, sino también una falsa sensación de sentido.
Jesús no ofrece promesas vacías. Él ofrece descanso y les dice a los que sufren:
«Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana. »
—Mateo 11:28-30
Si estás agotado—mental, emocional y espiritualmente—, Él no está esperando para regañarte, sino que está listo para llevarte en sus brazos. El camino por delante puede ser difícil, pero no lo harás solo. Él es el único que puede darte un descanso verdadero y eterno. Y cuando por fin salgas de la niebla, encontrarás lo que las apuestas nunca te dieron: paz; no la paz de una racha ganadora, sino la paz de un Salvador que te ama, incluso cuando pierdes.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Qué crees que las apuestas te han ofrecido a nivel emocional, social o espiritual?
2. ¿De qué manera tu sentido de identidad o tu estado de ánimo se han visto influenciados por el hecho de ganar o perder?
3. ¿Qué falsas promesas creíste y cuál fue el costo real de haber creído en ellas?
Una oración para comenzar
Padre, perdóname por confiar más en el dinero que en ti. Ayúdame a seguirte en todos los aspectos de mi vida y a entregarme por completo a ti. Amén.
Parte II: Los costos ocultos: emocionales, relacionales y espirituales
«El hombre fiel recibirá muchas bendiciones; el que tiene prisa por enriquecerse no quedará impune» (Pr 28:20).
Lo que al principio no ves
Nadie comienza a apostar pensando que eso destruirá su vida. El atractivo es el dinero rápido, la diversión y tal vez incluso la oportunidad de demostrar algo. Comienza con entusiasmo y posibilidad: ganar aquí, una racha de suerte allá, la sensación de haber encontrado algo que funciona.
El daño que causa el vicio de apostar no suele notarse al principio. Se infiltra silenciosamente, enmascarado por la adrenalina y la emoción. Lo ganado ocupa un lugar destacado en tu percepción por encima de todo lo demás. Lo último que notas son las cosas que estás perdiendo. Para cuando te das cuenta del fuerte control que las apuestas tienen sobre ti y de lo que realmente te está costando esta adicción, el patrón ya está bien arraigado y el hábito se ha formado.
Las pérdidas no son solo económicas, sino también emocionales, relacionales y espirituales. Como advierte Proverbios 28:20b: «[…] el que tiene prisa por enriquecerse no quedará impune». La carrera por el dinero rápido no conduce a la paz, sino al dolor. Hay un rastro de destrucción que es fácil pasar por alto hasta que el daño se vuelve irreversible.
Esta sesión trata sobre ver el camino con claridad. Se trata de identificar los costos más dolorosos, aquellos de los que nadie habla cuando se celebra haber ganado, se oculta haber perdido o se apuesta «solo una vez más».
El costo emocional: un peso subestimado
El vicio de apostar no solo afecta tu bolsillo, sino también tu corazón. Empieza a moldear la forma en que te ves a ti mismo, cómo regulas tus emociones y cómo procesas tu vida cotidiana. Un buen día es cuando ganas, un mal día es cuando pierdes, y, en algún momento, tu estado de ánimo pasa a depender de probabilidades, resultados y números que están completamente fuera de tu control.
Hay un tipo específico de ansiedad que acompaña el vicio de apostar. Puedes sentirla antes de hacer una apuesta, mientras se desarrolla el partido o después, cuando te obsesionas con lo que deberías haber hecho de otra manera. Puede manifestarse en tu cuerpo como descontento, tensión o insomnio. En cuanto a las emociones, puedes sentir ira, insensibilidad o incluso desesperación. Y cuando pierdes, la presión por recuperar lo perdido aumenta de inmediato, a menudo a costa de tu paz, tu sueño y tu cordura.
Así es como se ve el cautiverio emocional. Ya no eres tú quien domina tus emociones, sino que ellas te controlan a ti. Ganar puede hacerte sentir intocable. Perder puede hacerte sentir que no vales nada. En ambos casos, tu valor está ligado a algo que no puede soportar el peso de tu alma.
Con el tiempo, tu sentido de identidad se entrelaza con tu rendimiento como apostador. Una vez hice una apuesta combinada enorme de doce partidos, persiguiendo un pago de ensueño que habría superado las seis cifras. Uno tras otro, los primeros once equipos ganaron. Estaba a punto de conseguir la ganancia de mi vida, hasta que el duodécimo y último partido fueron al alargue. Todavía me recuerdo allí sentado, con el corazón latiéndome a mil, mientras se llegaba a la última jugada. Un jugador del equipo contrario lanzó un tiro desde casi tres cuartos de cancha. Entró. Fin del partido. Mi equipo perdió. Y así, sin más, desaparecieron nueve mil dólares, junto con la fantasía de lo que pensaba que esa ganancia solucionaría.
La euforia fue sustituida por una profunda depresión. No solo estaba decepcionado; estaba enfermo. Sentía que todo había ido encaminándose hacia ese momento y que se había desmoronado en un instante. Ese es el tormento que crea el vicio de apostar: una esperanza irracional seguida de un colapso devastador.
Ya no es solo algo que haces, sino que empieza a definir quién eres, y eso es muy peligroso.
El daño relacional: la confianza se erosiona en las sombras
Las apuestas rara vez son solo un problema personal. Sus consecuencias se extienden y afectan a las personas más cercanas a ti. Quizás ya hayas visto esto en tu propia vida: vínculos tensos por el secretismo, la distancia o el estrés financiero. Quizás le hayas empezado a ocultar cosas a tu pareja, a tus padres o a tus amigos. Tal vez hayas cancelado planes, esquivado preguntas o alejado emocionalmente de las personas que amas.
Incluso cuando las intenciones son buenas, las mentiras suelen ser la primera ficha del dominó en caer. Una pequeña excusa por aquí, un pago atrasado por allá. Haces promesas para mantener la paz, pero al final las terminas rompiendo. La confianza, una vez dañada, es difícil de reconstruir, y cuando quienes te rodean no pueden confiar en tus palabras o en tus acciones, las relaciones comienzan a fracturarse.
Quizás pediste dinero prestado y no lo devolviste. Tal vez tomaste compromisos y no los cumpliste. O quizás incluso tomaste dinero que no era tuyo, diciéndote a ti mismo que lo devolverías tan pronto como las cosas cambiaran. Pero lo que pasa con las apuestas es que ese momento rara vez llega, y si lo hace, nunca es suficiente.
Y luego viene el aislamiento. Empiezas a creer que nadie va a entender por lo que estás pasando, que si la gente realmente se enterara, se alejaría de ti. Por lo que mantienes la distancia y evitas las conversaciones que podrían delatarte. Lo que más necesitas no es volver a ganar, sino que te conozcan y te amen de verdad.
Ese tipo de amor solo podemos encontrarlo en Dios, y Él ya lo sabe todo. No hay nada que hayas ocultado que Él no sepa. Dios no se aleja de ti, sino que está esperando sanar
lo que se ha roto.
La brecha espiritual: lo que sucede en tu corazón
Al principio, apostar no parece un problema espiritual. Puede parecer una estrategia, un pasatiempo o una forma de desahogarte. Pero con el tiempo, puede cambiar lentamente
tu corazón, y es ahí cuando el peligro espiritual se hace evidente.
El vicio de las apuestas compite por tu afecto. Capta tu atención, consume tu tiempo y aleja tu confianza de Dios para dirigirla hacia otra cosa. Cuando se convierte en una fuente de esperanza, alivio, control o significado, comienza a actuar como un dios.
Se convierte en un ídolo, en el que confías cuando la vida se vuelve incierta o dolorosa.
Si eres cristiano y luchas contra la tentación de apostar, es probable que poco a poco dejes de sentir interés por orar, abrir la Biblia o buscar a Dios, porque tu atención está puesta en otra cosa. En el fondo sabes que lo que estás haciendo está mal, pero no quieres afrontarlo, al menos por ahora. Con el tiempo, ganar empieza a parecerte una confirmación de que tu estrategia funciona, mientras que perder empieza a parecerte un castigo o «mala suerte». De cualquier manera, el centro de tu confianza se ha alejado de Dios y se ha desplazado hacia ti mismo.
En Mateo 6:21, Jesús dijo: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón». En otras palabras, lo que más valoras siempre determinará lo que más amas. Si tus pensamientos, esperanzas y planes giran en torno a las apuestas, tu corazón los seguirá.
Una de las señales más claras de este cambio es la cantidad de tiempo que pasas pensando, planificando o recuperándote del vicio de apostar. Revisa el tiempo que pasas frente a la pantalla. Repasa tus pensamientos. ¿Te sientes más cómodo con las apuestas que con las Escrituras? ¿Te influye más a nivel emocional ganar o perder que una canción de adoración, un sermón o un momento de oración?
Dios no ha dejado de amarte, pero es posible que tú hayas dejado de escuchar. Cuando dejas de hacerlo, tu alma se adormece. No está muerta, sino distante. No estás abandonado, solo estás distraído. Y las distracciones son el enemigo de la intimidad con Cristo.
La buena noticia es esta: el amor de Dios no se basa en el rendimiento. No tienes que ganarte tu regreso a Él. Solo tienes que volverte a Él, y Él te recibirá allí, siempre.
Un impuesto oculto sobre el alma
¿Cuál es el verdadero costo de las apuestas (y no, no es solo perder dinero)? El verdadero costo es el impuesto oculto sobre tu alma: el constante desgaste emocional, las relaciones rotas, el silencio entre tú y Dios. Estos costos no aparecen en un balance financiero, pero se acumulan rápidamente y te dejan agotado, avergonzado y exhausto.
Si has llegado a ese punto, o si te estás dirigiendo hacia él, no tienes por qué quedarte allí. Hay una salida. Proverbios 28:20 no solo advierte contra la búsqueda apresurada de riquezas, sino que apunta hacia algo mejor: la fidelidad. Puede que no te parezca algo llamativo. No te dará la misma adrenalina que una buena racha, pero te da algo que el apostar nunca te dará: paz, paz con Dios, con las personas y contigo mismo.
La fidelidad se desarrolla de a poco. No se trata de ganar a lo grande, sino de caminar cada día en arrepentimiento, integridad y humildad ante Dios. Se trata de elegir la sinceridad y no el secretismo, la confianza por encima del control, y la rendición más que el esfuerzo.
El vicio de apostar promete vida, pero trae pérdida. Jesús promete descanso, y siempre cumple. Él no te llama solo para evitar el pecado. Te llama a una nueva forma de vivir, a una vida mejor y libre, con Él en el centro. La puerta a esa vida no está cerrada con llave. Se abre en el momento en que decides decir la verdad, llevarle tu pecado a Dios en arrepentimiento y poner tu fe en el Señor Jesucristo. Después de todo, Jesús murió la muerte que tú y yo merecíamos, y resucitó para ofrecer una nueva vida a todos los que creen en Él. Ya no tienes que cargar con el peso de tu pecado. Jesús ya pagó el precio.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿En qué aspectos de tu vida emocional, relacional o espiritual has visto más claramente el impacto de las apuestas?
2. ¿Qué patrones de ocultamiento o evasión has notado en ti?
3. ¿Qué podría cambiar si le confiaras a Dios lo que has tratado de controlar tú solo?
Una oración para comenzar
Padre, he intentado vivir la vida a mi manera y ser mi propio dios y salvador. Por favor, ayúdame a entregarte todo y a caminar en tu verdad. No quiero seguir ocultándome. Enséñame a caminar en la luz y a vivir en libertad. Amén.
Parte III: Aléjate de los ídolos: arrepentimiento y renovación
«No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta» (Rm 12:2).
Los ídolos que no reconocemos
Cuando pensamos en ídolos, solemos imaginar estatuas o altares antiguos. Pero en nuestro mundo, los ídolos son mucho más sutiles. Un ídolo es cualquier cosa, buena o mala, que comienza a ocupar el lugar que le corresponde a Dios en nuestros corazones. Es aquello a lo que recurrimos en busca de consuelo, control, validación, escape o identidad. Para muchos de nosotros que estamos atrapados en la trampa de las apuestas, esta actividad no es solo un hábito, es un dios.
De forma lenta y silenciosa, se convierte en algo más que entretenimiento: se convierte en un amo. Todo amo que no sea Jesús acabará por llevarnos a la ruina.
Los ídolos lo exigen todo y no dan nada a cambio. Nos seducen con el control, pero nos esclavizan a resultados que no podemos garantizar. Nos ofrecen sentido, pero nos roban la paz. Nos susurran promesas de una vida mejor mientras drenan lentamente la vida que ya tenemos.
Romanos 12:2 nos llama a algo completamente diferente. En lugar de amoldarnos a los patrones del mundo —buscando el placer, el rendimiento y las soluciones rápidas—,
se nos invita a transformarnos mediante la renovación de nuestras mentes. Esa transformación comienza con el arrepentimiento: debemos alejarnos de los ídolos y volver al Dios que nos creó, nos ama y nos ofrece la vida verdadera.
La ilusión de control
Uno de los aspectos más engañosos de las apuestas es la ilusión de control. Estudias las líneas, analizas las tendencias, construyes un sistema y te convences a ti mismo de que esta vez va a funcionar. De vez en cuando, funciona, durante un tiempo, pero ninguna estrategia puede superar un sistema creado para derrotarte.
El problema más profundo no es el sistema en sí, sino lo que realmente estamos tratando de controlar. Para muchos, apostar no es solo una cuestión de dinero, sino de autoestima, de estabilidad o de la fantasía de demostrar finalmente que no somos unos fracasados. Se convierte en una forma de arreglar algo que está roto por dentro.
Esta es la verdad: ningún éxito en las mesas de juego, en las aplicaciones o con una apuesta puede arreglar lo que solo Dios puede sanar. No solo buscamos ganar, buscamos paz, propósito e identidad, cosas que no se pueden encontrar en probabilidades o en resultados. Dios nos invita a abandonar la ilusión, a renunciar a la necesidad de controlarlo todo y a dejar de intentar sanarnos a nosotros mismos a través de ídolos que no pueden salvarnos. En cambio, Dios nos llama a ser transformados por su verdad y su gracia.
Una historia desde el fondo de mí mismo
La última vez que entré en un casino tenía veinte años. Conduje solo durante más de cuatro horas hasta Windsor (Canadá). No recuerdo la hora exacta a la que llegué, pero sí recuerdo lo rápido que perdí el control. A los treinta minutos de haber entrado por la puerta, había perdido dos mil dólares. No solo estaba decepcionado, estaba deprimido.
Conduje de vuelta a través de la frontera hasta Detroit, encontré una sucursal de mi banco y retiré más de cinco mil dólares, dinero que acababa de depositar para pagar mi próximo semestre en la universidad. Había agotado todos los límites de mis tarjetas de crédito. No tenía otra forma legal de conseguir más dinero. No estaba en mis cabales y estaba desesperado por ganar una buena suma de dinero. Así que conduje otra vez a Windsor y, antes de darme cuenta, había perdido los cinco mil dólares.
Cuando emprendí el largo viaje de regreso a casa, apenas tenía suficiente gasolina en el tanque para hacer el trayecto y, a unas dos horas de mi puerta, pinché una rueda. Me detuve en el arcén, completamente destrozado. No solo me sentía atrapado, estaba atrapado. No tenía adónde acudir ni dónde esconderme mientras estaba al borde de la carretera, sin dinero, sin opciones y sin esperanza.
Allí estaba yo, literalmente de rodillas, cambiando una rueda en la oscuridad, dándome cuenta de que no tenía adónde ir ni nada que ofrecer. Estaba vacío. ¿Sabes qué recuerdos te vienen a la mente en momentos así? Recordé las veces que me habían invitado a la iglesia cuando era más joven. Solía pensar que la iglesia era aburrida y que los cristianos eran raros. Es decir, creía en Dios, y Jesús me parecía una buena persona, así que pensaba que yo también lo era, ¿no? Pero en ese momento, no tenía adónde ir.
Cuando llegué a casa, era lo suficientemente temprano como para poder asistir al servicio matutino en la iglesia que una vez había descartado. Ese día, Dios cambió mi vida por completo.
No podía explicar con palabras todo lo que sentía, pero sabía que era un pecador. Esa parte era fácil de admitir. Sabía que quería algo diferente, algo real. Quería vivir para un Padre que me amaba y un Salvador que murió por mí. Ese día marcó el comienzo de una nueva vida, no porque me hubiera sanado a mí mismo, sino porque Jesús me encontró en mi quebranto y pagó mi deuda en su totalidad.
No siempre ha sido perfecto. Todavía hay momentos en los que lucho contra la vergüenza. A veces siento la tentación de volver a apostar. A pesar de todo, Dios ha sido paciente, misericordioso y fiel. No solo me perdonó, sino que camina conmigo, y sé que nunca volveré a ser el mismo.
Incluso ahora, diecisiete años después, al escribir esto se me llenan los ojos de lágrimas. No por lo bajo que caí, sino por lo lejos que Él llegó para traerme a casa. Lo que Dios hizo en mí, está dispuesto a hacerlo por ti.
El arrepentimiento verdadero es posible
El arrepentimiento es más que solo una sensación de remordimiento. Es más que sentir pena. Es alejarse del pecado y volverse hacia Dios. No se trata solo de dejar el mal comportamiento, sino de permitir que Dios renueve nuestro corazón, nuestra mente y nuestros deseos.
El vicio de las apuestas es un pecado, uno particularmente destructivo. Si eres adicto o te sientes tentado a empezar, te ruego que te arrepientas de tu pecado y confíes en Jesús.
Romanos 12:2 no solo nos dice que no nos amoldemos a los patrones del mundo, sino que nos invita a ser transformados. Esa transformación no se produce por nuestra fuerza de voluntad, sino cuando nos rendimos, nos sumergimos en la verdad de la Palabra de Dios, confesamos nuestros pecados y confiamos en su misericordia más que en nuestros errores.
No debemos ser perfectos para arrepentirnos; solo debemos ser sinceros. No tenemos que comprenderlo todo ahora mismo. Solo tenemos que llevar nuestro quebranto a Aquel que puede sanarlo. El arrepentimiento es la forma en que nos alejamos de los ídolos que nos esclavizaban y nos volvemos al Dios que nos ama. En ese cambio de dirección, todo comienza a transformarse.
La mentira de «una última vez»
Quizás hayas pensado: «Solo una vez más. Después lo dejaré». Esa es la voz de la adicción. Habla suavemente, pero con engaño. Ese «una vez más» nunca es suficiente.
Una vez, en medio de una racha desesperada, aposté novecientos dólares a un caballo.
Ni siquiera era un buen caballo, y yo sabía que no tenía posibilidades reales (este caballo prácticamente tenía tres patas). Pero era demasiado fuerte la idea de que quizás, solo quizás, esta sería la victoria que lo cambiaría todo. Puse trescientos dólares en esta apuesta arriesgada, esperando un milagro.
El caballo se lesionó antes incluso de que comenzara la carrera. Ese día me sentí devastado. No solo por el dinero, sino por lo que reveló en mí. No estaba buscando diversión, sino una fantasía, esperando que una apuesta arreglara lo que estaba roto, esperando que, de alguna manera, si acertaba el boleto ganador, todo en mi vida estaría bien.
Pero los ídolos no rescatan. Destruyen. Hacen promesas que no pueden cumplir y, cuando todo se desmorona, te dejan solo cargando la vergüenza.
Mentes transformadas, vidas transformadas
Dios no solo quiere limpiar tu comportamiento; Él quiere darte un nuevo corazón, una nueva mente y una nueva identidad. Cuando eres salvo, pasas a formar parte de su familia. Te conviertes en una nueva creación, lleno del Espíritu Santo, hecho para tener comunión con el Dios vivo y llamado a adorar y a crecer en semejanza a Cristo. No fuiste creado para vivir en secreto y avergonzado; fuiste hecho para hacer brillar la luz y la verdad de Cristo ante todos aquellos con quienes interactúas.
La renovación comienza cuando dejamos de intentar encajar en los patrones del mundo
y empezamos a permitir que la verdad de Dios remodele nuestra forma de pensar. No se trata de religión, sino de transformación. Es posible que sigas sintiendo la tentación de apostar y que escuches las mentiras que susurran en tu cabeza, pero no tienes por qué hacerles caso. La Palabra de Dios es más fuerte, y su gracia es más poderosa.
Él puede cambiar tu historia, y lo hará, si se lo permites.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Qué ídolos —como el control, el éxito, la aprobación o la evasión— ha creado en tu vida el vicio de apostar?
2. ¿De qué manera entiendes el arrepentimiento y cómo podrías crecer en esa comprensión?
3. ¿En qué áreas sientes que Dios te llama a rendirte y a confiar en Él de forma más profunda?
Una oración de renovación
Padre, confieso que he ido tras cosas que no pueden satisfacerme. No quiero seguir amoldándome a este mundo; quiero ser transformado por ti. Cambia mi corazón y ayúdame a caminar en la libertad que solo viene a través de Cristo. Amén.
Parte IV: Camina en libertad: nuevos hábitos, nuevo corazón
«Cristo nos libertó para que vivamos en libertad. Por lo tanto, manténganse firmes
y no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud» (Ga 5:1).
Pon en práctica lo que Dios ha obrado en ti
La libertad no es solo algo que sentimos en un momento determinado, sino algo que vivimos día a día. A estas alturas, ya has reconocido el vicio de las apuestas por lo que en verdad es: una farsa destructiva que promete emoción y recompensa, pero que conduce a la esclavitud, la desolación y la desesperación. También has analizado a fondo lo que te ha costado a nivel emocional, relacional y espiritual. En la última sesión, viste que el arrepentimiento verdadero significa apartarse de los dioses falsos y volver al Dios vivo, que te llama a arrepentirte de tus pecados y a confiar en Jesús.
Esta última sesión trata sobre seguir adelante, caminando en libertad. Se trata de aprender a vivir como alguien que ha sido adoptado por Dios, apartado por Él y empoderado por su Espíritu para vivir un nuevo tipo de vida. No se trata de ser perfecto de la noche a la mañana, sino de practicar nuevos hábitos que fluyen de un corazón nuevo. Este es el camino de la santificación, el proceso constante de parecernos más a Jesús.
Es posible que aún te sientas vulnerable, que aún tengas tentaciones y que aún escuches las mentiras que se susurran cuando las circunstancias se vuelven difíciles. Pero ten ánimo: Dios no ha terminado contigo y no te está pidiendo que andes solo por la vida.
Mantente firme, no vuelvas atrás
Las palabras de Pablo a los gálatas tienen un sentido de urgencia: «[…] no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud». Estos primeros cristianos habían sido liberados por el evangelio, pero estaban siendo tentados a volver a seguir las normas para merecer el amor de Dios en lugar de recibirlo libremente en Cristo. Pablo lo vio con claridad: esto era solo otro tipo de esclavitud, y les suplicó que no volvieran atrás.
Para ti, la esclavitud se presentó en forma de apuestas. Puede que empezara como un entretenimiento inofensivo, un juego, una descarga de adrenalina, pero pronto se convirtió en una atadura. Si no tienes cuidado, la tentación de volver resurgirá, a menudo cuando estés cansado, desanimado o solo.
Puede que pienses: «Esta vez puedo controlarlo. He cambiado. Pondré límites. Solo apostaré un poco». Pero esa es la misma mentira que te atrapó antes. La libertad en Cristo significa trazar una frontera firme, no porque estés tratando de ganarte el amor de Dios, sino porque ya lo tienes. Ya no estás intentando demostrar lo que vales, sino proteger lo que Dios ya te ha dado. Eres libre. No te sometas de nuevo.
Elimina la tentación
Si de verdad quieres caminar en libertad, tienes que crear espacio para que esa libertad crezca. Eso significa eliminar el anzuelo que una vez te atrapó.
Empieza por borrar todas las aplicaciones de apuestas y juegos de azar de tu teléfono; hazlo ahora mismo. No esperes hasta el final de esta sesión, hazlo ya. Mientras lo haces, borra el historial de tu navegador, bloquea el acceso a los sitios de apuestas, cancela tu suscripción a los «expertos en apuestas» y establece restricciones si es necesario. Lo más importante es que le pidas a alguien que te ayude a rendir cuentas. Incluso puedes pedirle que establezca una restricción protegida con contraseña en los sitios de apuestas de tu navegador para que te resulte más difícil apostar.
Algunas personas pueden pensar que todo esto suena extremo, pero Jesús dijo: «Y si tu mano derecha te hace pecar, córtatela y arrójala» (Mateo 5:30a). No lo decía de forma literal pero sí muy en serio. Si algo te aleja de Él, no debes intentar controlarlo, debes eliminarlo de inmediato. Después de todo, es tu alma la que está en juego.
No se trata de legalismo, sino de libertad. Estás eligiendo eliminar lo que te esclavizaba para poder caminar en la plenitud de la vida que Dios desea para ti. No te estás privando de nada, sino protegiendo tu alma.
Empoderado por el Espíritu: no estás solo
Una de las mayores mentiras que nos dice el enemigo es que estamos por nuestra cuenta, y que una vez que salimos del casino o cerramos la aplicación, debemos enfrentar esta nueva vida solo con nuestra propia fuerza de voluntad, pero eso está muy lejos de la verdad.
Cuando entregaste tu vida a Cristo, no solo fuiste perdonado, sino que fuiste llenado. El Espíritu Santo ahora mora en ti. Él es tu Ayudador, tu Guía, tu Consolador. Él te corrige cuando te desvías, te da fuerzas para obedecer y te recuerda tu identidad como hijo amado de Dios.
Gálatas 5:16 nos dice: «[…] vivan por el Espíritu y no sigan los deseos de la carne». Caminar en libertad no significa esforzarnos más, sino rendirnos más profundamente a la obra del Espíritu en nuestra vida.
Comienza tu día con una sencilla oración: «Padre, lléname con tu Espíritu Santo. Ayúdame a caminar por tu camino y no por el mío». Te sorprenderá cómo Él, con amor, redirige tus pensamientos, renueva tus fuerzas y transforma tus afectos con el paso del tiempo. No estás solo. El mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos ahora vive en ti.
Incorporado a una familia
Una de las cosas más importantes de convertirnos en cristianos es darnos cuenta de que estar unidos a Jesús significa estar unidos a su pueblo. Tener a Dios como padre significa tener a sus hijos como hermanos. Esto se evidencia con claridad en el contexto de la iglesia local. Por supuesto, las iglesias locales no son perfectas, pero si están ordenadas según la Biblia y son saludables, son una de las mejores formas para que los pecadores salvados caminen en la luz.
Ya sea a través de la escucha de sermones alentadores, la vivencia de lo que significa rendir cuentas a tus hermanos en la fe de una forma respetuosa, el ejercicio de la disciplina correctiva y el temor adecuado a las consecuencias del pecado, o la reprensión de parte de uno de tus líderes, la iglesia local es el plan de Jesús para ayudarte a crecer y parecerte a Él. Si te estás recuperando de una adicción a las apuestas, prueba ser sincero con uno de tus líderes o con algunos amigos de la iglesia que puedan acompañarte en tu proceso. Si no tienes una iglesia, puedes consultar esta página «https://www.9marks.org/church-search/» para encontrar una iglesia que sea saludable
y esté dispuesta a ayudarte a crecer en Jesús.
Practica nuevos hábitos
Romper con los viejos hábitos no es suficiente, necesitas otros nuevos. No basta con dejar de apostar, sino que debes empezar a vivir de otra manera. Aquí es donde la santificación se vuelve práctica. La santificación es el proceso por el cual Dios te hace más parecido a Jesús. Sí, ahora estás santificado, pero la santificación es un proceso constante en este lado de la gloria. Ocurre cuando entrenas tu corazón y tu mente para vivir según el Espíritu y no según la carne.
Estos son algunos hábitos clave que puedes comenzar a desarrollar:
1. Renueva tu mente a diario
Romanos 12:2 nos recuerda que debemos ser transformados mediante la renovación de nuestra mente. Eso significa reemplazar las mentiras de la cultura de las apuestas con la verdad de la Palabra de Dios. Cuanto más leas y medites las Escrituras, más comenzarán a cambiar tus deseos.
Puedes comenzar con los salmos o los Evangelios. Usa un plan de lectura o una guía devocional. Incluso diez minutos en la Biblia cada mañana pueden reenfocar tu mente en lo que realmente importa. La batalla se gana o se pierde en tus pensamientos, así que equípate.
2. Ora con sinceridad y con frecuencia
No necesitas palabras sofisticadas ni sonar como un diccionario de sinónimos; solo habla con tu Padre amoroso de manera humilde y reverente. Comparte todo con Él: tus pensamientos, temores, victorias y tentaciones. La oración es el salvavidas de la libertad.
Daniel oraba tres veces al día, incluso en el exilio. Jesús se levantaba temprano para hablar con el Padre. La Iglesia primitiva oraba en medio del sufrimiento. Cuando la oración se convierte en un hábito, empiezas a verte a ti mismo y a tus circunstancias a través de los ojos de Dios, no solo de los tuyos.
3. Di la verdad: ríndele cuentas a alguien
No tienes por qué librar esta batalla solo. Necesitas personas (un amigo, un pastor, un grupo pequeño o un programa de apoyo) que conozcan tu lucha y declaren la verdad sobre tu vida.
El aislamiento propicia las recaídas, pero la comunidad favorece la sanación. Elige a alguien que te haga las preguntas difíciles. Sé sincero y, si tropiezas, ríndele cuentas a esa persona; no huyas.
4. Invierte en lo que perdura
El vicio de las apuestas entrenó tu corazón para buscar éxitos rápidos y ganancias inmediatas, pero Dios nos enseña a valorar la fidelidad, la paciencia y los frutos a largo plazo.
Empieza con poco: invierte en tus relaciones llamando regularmente a un familiar, haciendo voluntariado en tu iglesia, ayudando a alguien que lo necesite o escribiendo una carta a alguien para decirle lo mucho que ha significado para ti en tu vida. Cada pequeño acto de fidelidad establece un cimiento para la alegría.
No subestimes el poder de la constancia. No necesitas un gran premio, necesitas una cosecha, y esta llega con el tiempo.
El crecimiento lleva tiempo: piensa en el largo plazo como una acción sólida
El crecimiento espiritual no se produce de golpe. Se parece más a una inversión a largo plazo que a un rendimiento rápido. Piensa en la santificación como una acción sólida en el mercado. Día a día, el precio puede subir o bajar, tener altibajos, momentos de duda, dificultades e incluso fracasos. Sin embargo, cuando se analiza en un período de cinco, diez o veinte años, se observa una tendencia al alza.
Así es la vida cristiana. Podemos tropezar o caer, pero si seguimos buscando a Cristo, caminando en el Espíritu y practicando nuevos hábitos, la trayectoria de nuestra vida tendrá una tendencia al alza hacia la semejanza a Cristo. No te obsesiones con las fluctuaciones diarias, concéntrate en la tendencia a largo plazo.
Cuando caigas, vuelve a levantarte
Seamos sinceros: incluso con nuevos hábitos, límites firmes y un profundo deseo, es posible que sigamos tropezando. La libertad en Cristo no significa que ya no enfrentaremos tentaciones o fracasos, sino que sabemos adónde correr cuando esto suceda.
Si caes, no te rindas. No caigas en la espiral de la vergüenza ni trates de ocultarlo. Confiésaselo a Dios, sácalo a la luz y cuéntaselo a alguien. Arrepiéntete rápido y comienza de nuevo. La gracia de Dios no es una oferta única, es una invitación diaria.
Proverbios 24:16a dice: «Porque siete veces podrá caer el justo, pero otras tantas se levantará».
Tu libertad no depende de un historial perfecto. Depende de un Salvador perfecto.
Mantén los ojos fijos en Jesús
Por último, caminar en libertad no se trata de controlar el comportamiento, sino de transformar el corazón, y eso se logra manteniendo los ojos fijos en Jesús.
Cuando recuerdes lo que Él hizo por ti en la cruz…
Cuando comprendas que salió de la tumba para darte una nueva vida…
Cuando entiendas lo profundo y grande de su amor por ti…
… dejarás de perseguir emociones menores, y tu corazón ya no se conformará con una esperanza falsa.
Esta es la vida cristiana: no es una vida de seguir reglas estériles, sino una vida llena de amor y alegría en Jesucristo. Esta es la vida para la que fuiste creado.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Qué medidas prácticas has tomado ya para quitar todo acceso a las apuestas? ¿Qué más debes eliminar?
2. ¿Qué nuevo hábito (lectura de la Biblia, oración, rendición de cuentas, servicio) te atrae más para empezar a cultivarlo esta semana?
3. ¿Qué mentiras sobre tu identidad siguen intentando definirte? ¿Qué dicen las Escrituras al respecto?
4. ¿Cómo puedes recordarte a ti mismo cada día que la santificación es un proceso, no una carrera?
Una oración para comenzar
Padre, gracias por liberarme en Cristo. Ayúdame a caminar en esa libertad cada día, fortalece mi corazón, cambia mis deseos y guíame con tu Espíritu. Ayúdame a crecer en la semejanza a Cristo para tu gloria. Amén.
Conclusión
La libertad en Cristo no consiste solo en alejarnos de algo destructivo, sino en acercarnos a algo mucho más grande. A lo largo de esta guía de habilidades para la vida, hemos analizado seriamente los costos ocultos de las apuestas: los altibajos emocionales, la creencia engañosa en un sistema, la erosión espiritual y el daño relacional. Sin embargo, también hemos visto la poderosa invitación del evangelio: una invitación a volver al Padre, a vivir como hijos amados y a caminar en una nueva vida.
Quizás tu viaje ha estado marcado por un profundo arrepentimiento. Tal vez hayas perdido dinero, relaciones o años que no puedes recuperar. Esta es la verdad: no importa lo lejos que hayas llegado, no estás fuera del alcance de la gracia. Jesús no vino por los limpios y los perfectos, sino por los quebrantados, los desesperados y los esclavizados. Él vino por ti, si te arrepientes de tu pecado y confías en Él para tu salvación.
También hemos aprendido que el arrepentimiento es más que un cambio de comportamiento: es un corazón que vuelve a Dios. Hemos visto que la santificación es un proceso, no un concurso de perfección, y nos hemos desafiado a desarrollar nuevos hábitos arraigados en la Palabra de Dios, la oración, la rendición de cuentas y el servicio. Nada de esto es fácil, pero vale la pena porque Cristo no solo nos libera, sino que nos enseña a permanecer libres.
Seguirá habiendo momentos de debilidad. Puede que incluso haya contratiempos, pero ya no eres la misma persona que cuando empezaste este camino. Estás aprendiendo a vivir como alguien que ha sido adoptado, elegido, lleno del Espíritu y transformado. Los viejos patrones ya no te definen, ahora te define Cristo.
Puede que aún no veas todos los frutos, y eso está bien. El crecimiento lleva tiempo, al igual que una inversión a largo plazo. Si sigues caminando con Jesús, continúa renovando tu mente y rodeándote de verdad y rendición de cuentas.
Si has leído esta guía de habilidades para la vida solo, quiero animarte: no te quedes aislado, porque la libertad florece en comunidad. Encuentra una iglesia, un grupo pequeño o un mentor de confianza que camine contigo, y no tengas miedo de compartir tu historia. Tu experiencia, tu lucha y tu sanación pueden ser precisamente lo que Dios use para ayudar a otra persona a ser libre.
El camino por delante no siempre será fácil, pero no lo transitarás solo. Cristo te acompaña, su Espíritu vive en ti y sus promesas nunca te fallarán. Así que da el siguiente paso, no de manera perfecta, sino en oración, no con miedo, sino con fe. Las cadenas están rotas y la puerta está abierta. Camina en libertad, de forma plena y sin ataduras, como un hijo amado de Dios.
«Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: “¡Abba! ¡Padre!”».
Romanos 8:15
Biografía: Luke Rininger es profesor de secundaria en Columbus (Ohio). Él y su esposa tienen tres hijos varones. Luke es graduado de la Universidad de Ohio (Educación en Matemática) y tiene una Maestría en Educación de la Universidad Grand Canyon y una Maestría en Divinidad y Doctorado en Ministerio Educativo del Southern Seminary.
Tabla de contenido
- Parte I: Lo atractivo de apostar: ¿qué es lo que realmente está en juego?
- El deseo de ganar
- El mito del control
- Cambios de humor y falsas euforias
- Lo impensable
- Una trágica historia que podría haber sido la mía
- La verdadera pregunta
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Los costos ocultos: emocionales, relacionales y espirituales
- Lo que al principio no ves
- El costo emocional: un peso subestimado
- El daño relacional: la confianza se erosiona en las sombras
- La brecha espiritual: lo que sucede en tu corazón
- Un impuesto oculto sobre el alma
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Aléjate de los ídolos: arrepentimiento y renovación
- «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta» (Rm 12:2).
- Los ídolos que no reconocemos
- La ilusión de control
- Una historia desde el fondo de mí mismo
- El arrepentimiento verdadero es posible
- La mentira de «una última vez»
- Mentes transformadas, vidas transformadas
- Preguntas para reflexionar:
- Pon en práctica lo que Dios ha obrado en ti
- Mantente firme, no vuelvas atrás
- Elimina la tentación
- Empoderado por el Espíritu: no estás solo
- Incorporado a una familia
- Practica nuevos hábitos
- El crecimiento lleva tiempo: piensa en el largo plazo como una acción sólida
- Cuando caigas, vuelve a levantarte
- Mantén los ojos fijos en Jesús
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión