#3 Relaciones
Introducción
La vida consiste en relaciones, y las relaciones son difíciles. Vale la pena aprender esta lección lo antes posible.
El declive en las relaciones es una especie de fenómeno cultural por el que atraviesa la generación más grande de Norteamérica, y aunque no puedo recordar cuándo fue la primera vez que escuché acerca de esto, ahora se ha convertido en algo que veo todo el tiempo: Muchos jóvenes de veintitantos años están adoptando una mentalidad de escasez de trabajo. Durante años, tanto en la secundaria como en la universidad, las relaciones han sido en exceso. No es difícil para la mayoría de estos chicos hacer amigos. Sin embargo, lo que le parece escaso al joven o a la joven que se está preparando para adentrarse en el mundo postescolar es el empleo. La mentalidad de escasez dice que no hay suficientes empleos disponibles para todos, por lo que se convierte en la máxima prioridad poder asegurar uno. La triste ironía es que muchos jóvenes abandonan relaciones estables y significativas por ir en busca de un empleo y descubren años más tarde que los empleos sí abundan y que son las relaciones significativas las que realmente escasean.
No es sorprendente, entonces, que nuestra sociedad esté sufriendo una crisis de soledad. Está bien documentado que, a pesar de los avances digitales que intentan que todos estemos más «conectados»que nunca, las personas en occidente jamás habían vivido tan aisladas. Hemos aprendido a restarle importancia al factor central de una vida bien vivida. La urgencia de cambiar nuestra forma de pensar no podría ser mayor. La vida consiste en relaciones.
Muy en el fondo, la mayoría de la gente es consciente de esto. Las relaciones están entrelazadas en todo el tejido de la vida. Las historias que amamos —nuestros libros, películas y música favoritos— se tratan de relaciones. Ya sea que se hable de relaciones formadas, recuperadas o rotas (¿alguna vez has escuchado una canción country?), no nos fascinan los individuos, sino los individuos en torno a una relación. Lo vemos incluso en la obsesión que nuestra sociedad tiene por las celebridades. Aunque pueda parecer que los estimamos por sus talentos y logros, debajo de esa estima hay una curiosidad por verlos como son en sus relaciones. Conocemos a una persona por las amistades que le acompañan, y de eso se tratan los reality shows acerca de la vida de los famosos, por no hablar de TMZ o de cualquier revista que aparezca en las estanterías mientras hacemos la fila para pagar en el supermercado. ¿Alguna vez que esos encabezados son sobre las habilidades de alguien? Son acerca de individuos en sus relaciones, y cuanto más salvaje es el drama, más difícil es ignorarlos. Sabemos que la verdadera riqueza (o pobreza) de una persona está en la conexión que tiene con la gente que le rodea.
¿Y acaso esto no es lo que más importa en nuestro lecho de muerte? Queremos ser recordados por otros que se preocupan lo suficiente como para escribir de todo corazón nuestros obituarios. Del mismo modo que los carros fúnebres no arrastran camiones de mudanza, se ha convertido en un cliché igualmente mórbido (pero cierto) decir que nadie en sus últimos momentos desearía haber pasado más tiempo en la oficina. Imagino que si tenemos algo de suerte, durante nuestros últimos momentos en la tierra, nuestros pensamientos estarán llenos con los rostros, nombres y personas más cercanas a nosotros, con las que desearíamos haber pasado más tiempo aquí, y haberlos amado más. Parece casi imposible enfatizar la importancia de las relaciones.
¿Y no es este el mensaje del clásico It’s a Wonderful Life? En la escena final, en una casa llena de vecinos, con todos poniendo de su parte para ayudar a George, llega su hermano Harry para sorpresa de todos los presentes. Todos hacen silencio y Harry levanta su copa para decir: «¡Un brindis por mi hermano mayor George, el hombre más rico de la ciudad!». Estallan los aplausos y George toma un ejemplar de Tom Sawyer, que le había dejado Clarence, el ángel. La toma se acerca lo suficiente para que podamos leer la inscripción que Clarence le dedicó a George: «Recuerda que ningún hombre fracasa si tiene amigos». Sí, la angelología de la película está fuera de lugar, pero su mensaje sobre la amistad es acertado y conmovedor. La vida consiste en relaciones.
Pero al mismo tiempo, no debemos romantizar las relaciones, porque pueden llegar a ser difíciles. El peor dolor en nuestras historias, y gran parte de las complejidades actuales en nuestra vida, es relacional. Acabamos hiriendo a los demás y siendo también heridos, rompiendo la confianza de otros y sembrando recelos. Con frecuencia, las relaciones son nuestra mayor bendición y, cuando se rompen, son nuestra constante maldición. Como mínimo, las relaciones son difíciles.
El objetivo de esta guía de estudio es ofrecer una visión más realista de las relaciones en general, y ayudarnos a entender cómo orientarnos en ellas.
Audioguía
Audio#3 Relaciones
Parte I: Tres categorías de relaciones
Cuando piensas en relaciones, creo que lo que primero viene a tu mente son las relaciones horizontales que tenemos con los demás, porque ahí es donde se desarrollan gran parte de nuestras bendiciones y quebrantos. Pero las relaciones horizontales realmente son una tercera categoría de relaciones que viene moldeada por dos categorías anteriores. Podemos llamar a estas categorías vertical e interna. Nuestra relación con otras personas está influenciada, en primer lugar, por nuestra relación con Dios (vertical) y, en segundo lugar, por nuestra relación con nosotros mismos (interna). Estas dos relaciones son el verdadero principio. A menudo, los problemas que aportamos a nuestras relaciones horizontales provienen de distorsiones que hay en nuestra relación con Dios y con nosotros mismos. Por eso, antes de entrar en los detalles de nuestras relaciones horizontales, tenemos que empezar por las otras dos.
Vertical – Nuestra relación con Dios
El principio fundamental en nuestra relación con Dios es que estamos hechos por él y para él. A decir verdad, lo mismo ocurre con todo lo que existe. Todas las cosas existen por causa de Dios y, en última instancia, para sus propósitos. Bajo esta perspectiva, toda la creación puede considerarse relacional, conectada con Dios, su creador, quien a su vez es relacional en su existencia como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y si toda la creación es relacional, lo mismo puede decirse de todo ser humano; esto quiere decir que toda persona tiene una relación con Dios. Ese es el significado de ser humanos. Somos criaturas de Dios. Esto es esencial para lo que somos, y es nuestra relación más importante.
Pero inmediatamente nos encontramos con la ineludible realidad de que la relación de todo ser humano con Dios está rota a causa de nuestro pecado. Hemos sido plagados por la caída de nuestros padres originales, y continuamos su rebelión con nuestros propios pecados particulares, constantemente despreciando nuestra condición de criaturas y queriendo ser nuestra propia deidad. Entonces, la pregunta que nos queda por hacer ahora acerca de nuestra relación con Dios es si sigue rota o si ha sido restaurada.
¿Todavía nuestro pecado nos separa de Dios, o hemos sido reconciliados con Él?
Sin duda, tal ruptura continúa si la ignoramos. De hecho, este es el procedimiento habitual para muchos. Parece que la forma más fácil de manejar nuestra relación fracturada con Dios es fingir que Él no existe. La Biblia nos dice que el ateísmo es necedad (ver Sal. 14:1), pero también podríamos decir que el ateísmo es un mecanismo de defensa. El «humanismo exclusivo», como se le ha llamado, es el movimiento de la humanidad para hacer de la trascendencia algo que hemos creado, negándonos a reconocer cualquier realidad fuera de nosotros mismos. Esta resistencia a reconocer a Dios exige borrar toda idea de Él, o al menos las ideas que puedan atentar contra nuestra soberanía autónoma. Esto es ateísmo a un nivel funcional. Es un intento de ocultar de nuestra vista y, por tanto, de nuestra mente, el dolor de la ruptura de nuestra relación vertical, y esconderlo bajo el suelo de nuestra vida cotidiana. Pero, al igual que ocurre con el corazón palpitante de la oscura historia de Edgar Allen Poe, el sonido de nuestro crimen se hace cada vez más fuerte, a medida que nuestros intentos de ahogarlo buscan intensificarse y normalizarse. Este tipo de ignorancia voluntaria es una de las formas en que la ruptura permanece.
La otra manera en que se mantiene la ruptura en nuestra relación con Dios es cuando asumimos que nosotros mismos somos la solución. Esto ocurre cuando reconocemos que hay una ruptura pero pensamos que depende de nosotros resolver el problema.
Suponemos que la única manera de superar el abismo entre Dios y nosotros es si nosotros, los ofensores pecaminosos, nos acercamos a Él, con la esperanza de impresionarle con nuestra religiosidad y buenas obras. Pensamos que así nos ganaremos su favor y arreglaremos las cosas.
John Bunyan, el escritor y pastor del siglo diecisiete, entendió lo inútil que puede ser esto. Su biógrafa Faith Cook cuenta que cuando Bunyan llegó por primera vez a la convicción de su pecado, cayó bajo «el encantamiento de los rituales de la alta Iglesia.»1 En su autobiografía, dice que le invadió un espíritu de superstición, ocupado en todas las cosas que debía hacer para mejorarse a sí mismo. Y admite que tuvo una buena racha durante un tiempo, llegando incluso a cumplir escrupulosamente los Diez Mandamientos y ganarse el respeto de sus vecinos, hasta que se dio cuenta de que aquello no se adhería — algo así como la cinta adhesiva que sigo reaplicando en una parte de mi lavaplatos—. A pesar de todos sus esfuerzos y del orgullo que sentía por su «piedad», Bunyan no podía apaciguar su propia conciencia. Sentía que nunca era suficiente lo que podía hacer por Dios, y en cuestión de tiempo se encontró más desesperanzado que nunca. Hay un tipo de desesperanza que todo pecador siente a causa de su relación rota con Dios, y existe otro tipo de desesperanza para los pecadores que se encuentran al otro lado del reconocimiento de esa ruptura y tratan de resolverla por sí mismos. La ruptura original se agrava por nuestra incapacidad para resolverla, y así es como permanece e incluso se profundiza tanto para el pobre legalista como para el pobre ateo. Esa fue la historia de Bunyan. También es la historia mía.
Entonces, ¿cómo se restaura nuestra relación con Dios?
Dios se encarga de cerrar el abismo que nos separa.
Imaginemos que Dios está muy arriba, en los cielos, y nosotros muy abajo, en la tierra. Hay una distancia entre nosotros, un abismo físico y moral que representa todo lo que está mal en nosotros y en el mundo. Esa distancia no es solo la consecuencia de nuestro propio desastre, sino el recordatorio permanente de que esa brecha es necesaria. No somos merecedores de él. Los seres humanos pueden tratar con todas sus fuerzas de superar esa brecha, de hacerse dignos, pero nunca da resultado. A este intento lo llamamos «religiosidad». Buscamos desesperadamente subir hasta Dios por una escalera metafórica, pero no lo conseguimos. Así que Dios mismo vino hasta aquí. Nunca podremos ser lo suficientemente capaces como para llegar a Dios, por eso Él se humilló lo suficiente como para venir a nosotros. Esto es lo que hace que la buena noticia de Jesucristo sea tan maravillosa.
Dios Padre envió a su Hijo a este mundo para hacerse humano como nosotros, para ser verdaderamente humano por nosotros, y para morir en nuestro lugar, el justo por los injustos. Lo hizo para llevarnos de vuelta a Dios (1 Pe. 3:18). Jesús vino a salvarnos de nuestros pecados, encarnando la gracia de Dios para nosotros, tomando sobre sí lo que causaba ese abismo. Él fue directo a la raíz de nuestra relación rota con Dios, satisfaciendo nuestra mayor necesidad, a un gran costo personal, únicamente por causa de su gran amor. A través del Evangelio de Jesucristo, se restaura nuestra relación con Dios. Dios se convierte en nuestro Padre, nosotros en sus hijos e hijas, viviendo en comunión con él ahora y siempre.
La Biblia declara que la muerte de Jesús por los pecadores es la forma en que Dios demuestra su amor por ellos (Rom. 5:8). Jesús no murió en nuestro lugar para que Dios pudiera amarnos; murió en nuestro lugar precisamente porque Dios nos ama. Y nos ha amado desde que eligió fijar ese amor en nosotros antes de la fundación del mundo (ver Ef. 1:4). Esta es la verdad más importante que debemos recordar en nuestra relación con Dios, Él nos ama sin descanso, y por supuesto nosotros no lo merecemos. Nunca lo podremos merecer, por eso es que no debemos intentarlo. Y lo digo serio: no debemos.
Recientemente me reuní con un compañero de peregrinaje que habló conmigo de la misma forma en que los peregrinos hablan con los pastores. Me habló de sus luchas y sus dudas acerca del amor de Dios, y casualmente comentó que no quería intentar ganarse ese amor. En ese punto lo interrumpí, no por ser descortés (aunque las buenas noticias merecen un poco de indiscreción de vez en cuando), sino porque necesitaba saber que eso no era una opción. Le dije que no debía intentar ganarse el amor de Dios, que es exactamente lo que me hubiera gustado que alguien me dijera hace años. El amor de Dios es simplemente una asombrosa gracia que recibimos humilde y gustosamente. Eso es lo que marcó la diferencia para Bunyan.
Al estar sentado un día ante la predicación habitual de la Palabra de Dios, escuchando un mensaje corriente pronunciado por un pastor corriente, el corazón de Bunyan se inundó con la realidad del amor de Dios. Supo que Dios le amaba a pesar de su pecado, y que nada podía separarle de ese amor (Rom. 8:35-39). En sus propias palabras, Bunyan dice que se sintió tan invadido por la alegría que quiso hablarle del amor de Dios incluso a una bandada de cuervos que estaba reunida en el campo. Bunyan había encontrado un tesoro, y ese mismo tesoro está ahí para nosotros, apenas escondido si tan sólo abriéramos los ojos.
Por causa del amor que Dios nos tiene, Jesús murió y resucitó para restaurar nuestra relación con Él. Conocer en profundidad el amor de Dios por nosotros, manifestado en el Evangelio, es la clave para todo lo demás que tiene que ver con las relaciones. Aquí es donde empezamos, con esta relación vertical, y nunca vamos más allá de su importancia transformadora.
Interna – Nuestra relación con nosotros mismos
No es difícil ver cómo nuestra relación con Dios (vertical) puede impactar en la manera en que nos relacionamos con los demás (horizontal). Cuando le preguntaron por el mandamiento más importante, Jesús respondió,
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas»(Mt. 22, 37-40).
Lo vertical y lo horizontal deben mantenerse unidos, como Jesús deja claro, pero aún hay otra categoría que debemos reconocer: nuestra relación con nosotros mismos.
Otra manera de hablar de esta «relación»es refiriéndonos a ella como nuestra autocomprensión. Es decir, la forma en que interpretamos nuestras historias y aceptamos quiénes somos. Esto es tan natural en el discipulado que creo que el Nuevo Testamento simplemente lo asume. Pensemos en algunas de las autobiografías de las cartas de Pablo:
– «Perseguí violentamente a la iglesia de Dios y traté de destruirla»(Ga. 1:13).
– «Yo [era] hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo»(Fil 3:5).
– «Trabajé más que ninguno de ellos…»(1Co 15:10).
– «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero»(1Ti 1:15).
– «Dios tenga misericordia de [Epafrodito], y no solo de él, sino también de mí, no sea que yo tenga tristeza sobre tristeza»(Fil 2:27).
– «Tres veces supliqué al Señor acerca de esto, que me dejase»(2Co 12:8).
– «He sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo…»(Ga 2:20).
Pablo era un hombre que poseía autoclaridad, que es la palabra utilizada por Richard Plass y James Cofield en su libro The Relational Soul [El alma relacional].2 Todos estamos programados de cierta manera, moldeados por innumerables factores que han formado parte de nuestras vidas (acontecimientos pasados, emociones e interpretaciones). Plass y Cofield dicen que la síntesis de estos factores es lo que forma nuestra autocomprensión, o «autoclaridad», y eso es lo que más influye en la manera en que nos relacionamos en general, ya sea con Dios o con los demás.
Diez personas pueden reaccionar de forma distinta ante el mismo incidente, y realmente nos es de mucha ayuda saber por qué reaccionamos de la manera en que lo hacemos. De hecho, Plass y Cofield, con su experiencia combinada en ayudar a los cristianos a reconstruir los escombros de sus decisiones desastrosas, hacen la asombrosa observación de que, «en todos nuestros años de ministerio nunca hemos conocido a una sola persona cuyas relaciones hayan sufrido por falta de datos doctrinales».3 En otras palabras, la relación vertical de uno, según las apariencias, podría pasar desapercibida. La «teología profesada»queda bien sobre el papel.4 «Pero», añaden Plass y Cofield,
«hay muchas historias de ministerios colapsados, matrimonios alejados, hijos distantes, amistades fracasadas y conflictos entre compañeros de trabajo porque las personas tenían muy poca autocomprensión. La ceguera que surge de la falta de conocimiento de lo que ocurre en nuestras almas es verdaderamente devastadora. La autoclaridad no es un juego de mesa. No es un ejercicio de autoayuda. Es más bien una travesía al interior de nuestros corazones para ver qué motivaciones están actuando en nuestras relaciones.»5
Las relaciones significativas con otros, e incluso con Dios, requieren que nos apropiemos de nuestras historias. Fue el puritano John Owen quien dijo: «O matas el pecado o el pecado te matará a ti». Plass y Cofield podrían añadir: «Aprópiate de tu historia o tu historia, llena de interpretaciones implícitas y recuerdos inconscientes, se apropiará de ti».6
Y sin duda, todos tenemos algún grado de dolor en nuestras historias. El sufrimiento es una triste y angustiosa realidad de nuestro mundo fragmentado. Pero no importa el sufrimiento, ni lo intenso que sea, no es el que tiene la última palabra.
La resurrección de Jesús deja esto muy claro.
Como el escritor Fred Buechner alguna vez dijo, la resurrección de Jesús significa que lo peor nunca es el final, y eso también es válido para quienes nosotros somos. Los buenos propósitos de Dios perdurarán, y siempre son más grandes que cualquier momento en el que nos encontremos o que nos venga a la memoria. Me siento culpable por no saber cómo decir esto con más profundidad, pero esta siguiente frase es lo mejor que puedo hacer, y lo digo tan en serio como es humanamente posible. Aunque tu sufrimiento es real y te ha impactado, no tiene por qué definirte, porque tienes una nueva vida en la vida de Jesús.
A eso es a lo que se refiere Pablo cuando dice que «ni la circuncisión es nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación»(Gal. 6:15), y «si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas»(2 Cor. 5:17). En Cristo eres nuevo, y eso es lo que al final importa —al igual que hoy—, aunque hayan quedado cicatrices. Todos en Cristo somos nuevos, y cada uno de nosotros tiene tendencias de innumerables tipos. Seamos quienes seamos, una mezcla de personalidad y condicionamientos ambientales, moldeados por las diferentes maneras de vivir en las cuales y contra las cuales hemos pecado en el pasado, somos personas individuales y Dios nos ama. Nos ama a cada uno de nosotros.
Con frecuencia le he dicho a mi iglesia que cuando Dios nos salva, no nos pone la etiqueta de «SALVADOS»y nos arroja a un rebaño sin rostro, sino que nos salva, su gracia particular supera nuestro quebrantamiento particular. Pasamos a formar parte del pueblo de Dios — entramos en su familia—, pero él sigue conociendo nuestros nombres y nuestros corazones, y claro que los conoce, porque si no fuera así Jesús no nos habría dicho que Dios sabe cuántos cabellos tenemos en nuestra cabeza (ver Lucas 12:7). De hecho, como lo explica el pastor Dane Ortlund, las cosas que más nos disgustan de nosotros mismos son precisamente los lugares en los que la gracia de Dios abunda aún más.7 Los aspectos de nuestra autoclaridad que más nos molestan son los que más atraen a Jesús.
A menudo he oído decir que solamente podemos rendir todo lo que conocemos de nosotros mismos a todo lo que conocemos de Dios. Por tanto, un conocimiento más profundo de nosotros mismos, junto con un conocimiento más profundo de Dios, conduce a una rendición mucho más profunda. Aprendemos más sobre quiénes somos para así poder seguir entregándonos a la realidad del amor de Dios. Somos amados por Dios. Eso es lo que somos a fin de cuentas. Por encima de todas las demás cosas que nos hacen ser lo que somos, debemos oír las palabras de Dios dirigidas a Jesús en su bautismo, aplicadas ahora a nosotros por nuestra unión con Él: «Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia»
(Mt 3:17).
¿Incluso yo?, podrías pensar. Sí, incluso tú. Tú y yo, debo decir. Aquí es a donde nos lleva la autoclaridad, aunque a cada uno por caminos individuales. Esta «relación interna»es vital para tener relaciones significativas con los demás.
Horizontal – Nuestra relación con los demás
Cuando nuestros corazones se inundan con la realidad del amor de Dios, lo suficiente como para hacernos querer predicarle a los cuervos como le pasó a Bunyan, eso puede hacer que todo lo demás se opaque de la manera más correcta. Fue el salmista quien dijo a Dios: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Fuera de Ti, nada deseo en la tierra»(Sal 73:25).
Nada.
Esa forma de hablar es una pequeña muestra de lo que es el cielo en la tierra, y yo quiero algo así, ¿no lo querrías tú también? Pero a medida que lo tenemos, ¿significaría eso que no necesitamos relacionarnos con los demás? ¿Podemos estar tan consumidos por el amor de Dios que preferiríamos una vida de soledad, escondidos de todas las distracciones de este mundo absurdo con su gente absurda, encerrados en una cabaña en algún lugar junto a un estanque hasta que partamos hacia aquello que es «mucho mejor»? ¿Es esta forma de vivir de «solo Dios y yo»la mejor vida?
Por supuesto que no. Pero, si soy sincero, en mis momentos de necesidad relacional más aguda —cuando realmente me ayudaría una relación horizontal, como una palabra de afirmación de mi esposa o el cuidado expreso de un amigo—, a menudo me reprocho a mí mismo por no creer un poco más en el amor que Dios tiene por mí. Si realmente supiera que Dios me ama, no necesitaría nada más, me digo.
Eso parece ser lo correcto, pero en realidad no lo es, al menos no aquí ni por ahora.
Innumerables personas han acogido la Oración de la Serenidad (Serenity Prayer) de Reinhold Niebuhr, pero pocos recuerdan esa línea en la que le pide a Dios que, al igual que Jesús lo hizo, le ayude a
aceptar a
«este mundo pecador tal y como es,
no como yo desearía que fuera».
Este mundo tal y como es, o los seres humanos tal y como somos, siendo descaradamente pecadores o solo dolorosamente comunes, necesitamos a los demás. Las personas necesitan a otras personas.
En su libro Side by Side, el consejero Ed Welch dice que todo el mundo es alguien que necesita ayuda y alguien que puede dar ayuda.8 Todos somos a la vez necesitados de ayuda y todos podemos darla. El apóstol Pablo insinúa lo mismo cuando le ordena a toda la iglesia: «Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo» (Ga 6:2). Los que llevan las cargas y los otros son exactamente los mismos. Somos nosotros. Todos somos receptores y dadores, y eso forma parte de nuestra humanidad. Por eso la vida consiste en relaciones.
Pero nuestras relaciones horizontales abarcan un vasto mundo que nos resulta muy difícil comprender. Si las relaciones horizontales son una categoría, seguramente hay subcategorías por debajo que tienen sus propias secciones en las librerías. Imagina cuánta tinta se ha gastado en libros acerca del matrimonio. El tema de la paternidad por sí solo es lo suficientemente amplio como para tener sus propias subcategorías y nichos, como por ejemplo cómo educar a dos hermanas adolescentes en la era de los smartphones cuando una es una superdotada y la otra desordena constantemente su casillero. Probablemente ya haya un libro dedicado a eso en alguna parte.
Entonces, ¿qué debemos entender acerca de las relaciones horizontales en general que se aplique a este tipo de relaciones en particular?
Esa es la pregunta que vamos a buscar responder en lo que sigue ahora. Quiero ofrecer una forma de pensar sobre las relaciones horizontales que sea mucho más amplia.
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Discusión y reflexión:
- ¿Por qué nuestra relación vertical con Dios afecta a todas las demás relaciones en nuestra vida?
- ¿Por qué es importante la autoclaridad en tu crecimiento como cristiano?
- ¿Hay algún aspecto de tu relación interna que necesites redescubrir o reinterpretar a la luz del amor de Dios por ti en Cristo?
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Parte II: Llamados y tipos relacionales
Tratemos de pensar por un momento en los términos llamado y tipos. Por un lado está nuestro llamado en las relaciones, que se refiere a lo que Dios espera de nosotros, y por otro lado está el tipo de relación en la que se desarrolla nuestro llamado.
Cuando hablamos de llamado, nos referimos a la interacción y coincidencia que existen entre autoridad y responsabilidad. La autoridad se refiere a lo que tenemos derecho, o a lo que estamos autorizados a hacer; la responsabilidad se refiere a lo que estamos obligados o debemos hacer. A veces en las relaciones es una o la otra, a veces ambas, a veces ninguna, y eso viene de Dios. Nuestro llamado relacional es, en el último análisis, lo que Él espera de nosotros.
Y estos dos llamados —autoridad y responsabilidad— son fundamentales para la forma en que nos relacionamos con los demás y caen dentro de un triple paradigma que sacamos de lo que es el hogar.
Como podemos ver, Dios creó el hogar para que fuera la base de la sociedad humana, con sus padres y madres, hermanos y hermanas, hijos e hijas. De entrada, hay que señalar que estas distinciones requieren una comprensión básica del concepto de jerarquía. Sé muy bien que esa palabra nos pone nerviosos a todos y que gran parte de nuestro mundo moderno ha intentado por todos los medios derribar esa noción, pero luchar contra la jerarquía es luchar contra el universo. Simplemente no puedes ganar, porque Dios es Dios y él hizo el mundo de esta manera. Hay diferentes tipos de relaciones, hechas a propósito, y se expresan en el diseño de Dios para el hogar. De ahí se desprenden todas las demás formas en que nos relacionamos con los demás. El Catecismo Mayor de Westminster afirma esto en su exposición del quinto mandamiento.
El quinto mandamiento de Éxodo 20:12 dice: «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean prolongados en la tierra que el Señor tu Dios te da».
La pregunta 126 del catecismo dice: «¿Hasta dónde llega la extensión general del quinto mandamiento?».
La respuesta: La extensión general del quinto mandamiento alcanza al cumplimiento de todos aquellos deberes que tenemos los unos para con los otros en nuestras diversas relaciones, como superiores, inferiores o iguales.9 (énfasis añadido)
Otra forma de expresar estas «diversas relaciones»—lo que aquí estamos llamando tipos— son las relaciones que existen de padres, hermanos e hijos. Nos vemos involucrados con los demás en-relación-sobre, en-relación-igual o en-relación-bajo.

En resumen, nuestros llamados relacionales incluyen autoridad o responsabilidad; nuestro tipo de relación es en-relación-sobre, en-relación-igual o en-relación-bajo. En cada relación, nos involucramos en un cierto tipo de ella partiendo desde el llamado de autoridad y/o responsabilidad dado por Dios. Aquí tenemos un ejemplo:
Aplicando el llamado y sus tipos
Soy padre de ocho hijos y, en nuestra relación, estoy por encima de ellos. Esa relación la entablo con la autoridad que Dios me ha dado. El llamado relacional es autoridad; el tipo relacional es en-relación-sobre. En la práctica, esto significa que puedo mandar a mis hijos a limpiar su habitación.
Como hijos míos, han sido llamados a la responsabilidad de la obediencia (ver Ef. 6:1). Deben obedecer lo que estoy autorizado a mandarles, y practican esa responsabilidad bajo mi autoridad. Hasta aquí se trata de un ejemplo sencillo, pero se vuelve algo más complejo. Tengo la autoridad como padre para dar a mis hijos directivas para la limpieza —ejerzo el tipo en-relación-sobre, con el llamado de autoridad—, pero ¿tengo también una responsabilidad en esas directivas?
Sí, realmente la tengo, en tanto que la limpieza de la habitación es uno de los aspectos de la crianza de mis hijos en la disciplina y la instrucción del Señor, que es lo que Dios me dice que haga como el padre cristiano que soy (ver Ef. 6:4). Los padres cristianos siempre ejercen su autoridad bajo la autoridad de Dios, mediada a través de la iglesia local.
Estamos simultáneamente en-relación-sobre (padre-hijo) y en-relación-bajo (Dios-hombre). La paternidad, en su llamado, es una interrelación de autoridad y responsabilidad. La autoridad de un padre, en relación con sus hijos, es un aspecto de la responsabilidad del padre hacia Dios, con quien está en relación bajo su autoridad.
Hasta aquí, todo va bien. Las personas con autoridad también pueden estar bajo la autoridad de otros. Esto ocurre en todas partes y es cierto para toda autoridad a excepción de Dios. Pero consideremos esto:
¿Qué pasa si uno de mis cuatro hijos decide mandonear y dar órdenes a sus otros hermanos?, ¿es eso correcto, ya que los hermanos están en-relación-igual y no tienen autoridad entre sí?
En general, no, eso no es correcto, porque los hermanos no tienen autoridad el uno sobre el otro a menos que sus padres les den esa autoridad. La autoridad entre los que están en-relación-igual tiene que ser delegada por la autoridad que está sobre ellos. Un hermano no puede darle órdenes a los otros para que vayan a buscar la pelota que cayó fuera del campo de béisbol, por ejemplo, pero puede referirse a su papá y decir a los demás de manera apropiada: «No escondan esos calcetines debajo de la cama». Y puede recurrir a su padre cuando sus hermanos esconden los calcetines de todos modos (los que esconden los calcetines pueden llamar a esto «ser un soplón», pero básicamente es un reconocimiento de la autoridad).
Esto sucede tan a menudo en nuestra vida cotidiana que pocas veces reconocemos la dinámica relacional que está en juego. Cuando dejo a mis hijos solos en una habitación que han desordenado, en una escena que podría ser propia de El Señor de las Moscas, es fascinante la frecuencia con la que he oído a uno o dos de ellos decir: «Papá dijo…». «Papá dijo que pusiéramos la ropa sucia en el cesto», por eso, «no escondas esos calcetines debajo de la cama». Ellos están en-relación-igual, pero mencionan el hecho de que comparten su hermandad en-relación-bajo. Por eso se hacen mutuamente responsables ante esa autoridad que les ha dicho algo sobre la habitación.
¿Podemos aplicar llamado y tipo a otras relaciones?
Como padre, les puedo ordenar a mis hijos que limpien sus habitaciones, pero no le puedo ordenar a Steve, mi vecino de al lado, que limpie la suya. Steve y yo estamos en-relación-igual, como lo estarían dos hermanos. No tengo ninguna autoridad sobre él, y ninguna responsabilidad hacia él aparte de los mandamientos bíblicos de dar testimonio cristiano y de decencia. No puedo decirle que haga nada a menos que eso esté relacionado con algo que hayamos acordado mutuamente, que es a lo que llamamos contratos.
Los contratos son el medio por el que las personas en-relación-igual, por ejemplo los hermanos, intentan vivir de forma que exista confianza y paz. Como carecen de autoridad unos sobre otros, acuerdan mutuamente someterse a un documento que ellos mismos autorizan para proteger sus intereses. Un documento firmado es lo que hace oficial estos contratos, pero nuestra existencia relacional horizontal suele estar llena de contratos no escritos, amorfos, al igual que de expectativas mutuas que no se verbalizan. A veces también hay promesas dichas, que es lo que llamamos dar nuestra palabra. Llegados a este punto, estamos a un paso de comenzar a hablar de la historia de la democracia y el concepto de la «teoría del contrato social». No es una exageración decir que los Estados Unidos tienen sus raíces en una filosofía de relaciones humanas. La misión que tenían por realizar los Padres Fundadores de Norteamérica, siguiendo el ejemplo de sus contemporáneos intelectuales del siglo dieciocho, era la de establecer un gobierno de seres humanos que estuvieran en-relación-igual, y no fueran simples súbditos de un rey. Mi imagen favorita de este «contrato»es de una caricatura que muestra a dos hombres con sombreros yanquis dándose la mano, y uno de ellos dice: «Tú no me matas, yo no te mato». El otro asiente y le responde: «Me parece bien». La vida consiste en relaciones y, por lo que parece, las naciones también.
Así que Steve y yo, que estamos en-relación-igual, tenemos un acuerdo sobre un cortador de césped que compartimos, pero que es lo suficientemente simple como para no tener que dejarlo por escrito. Hemos dado nuestra palabra el uno al otro. Pero más allá de que le ponga gasolina al cortador de césped y lo guarde en su garaje, no puedo decirle nada acerca de la limpieza de su habitación o de sembrar más césped en otoño. Tampoco puedo decírselo al nuevo vecino de enfrente, aunque su césped lo necesite todavía más. Cuando desaprobamos ciertas cosas de otras personas a las que no estamos autorizados a corregir ¿sabes cómo se le llama a eso? Se le llama juzgar. Es también por esa razón que ser muy crítico llega a ser algo tan tedioso. Son demasiados carriles por vigilar. Cuando Pablo nos dice que oremos para vivir en paz y tranquilidad (ver 1 Tim. 2:2), no está imaginando una utopía agraria, pero es probable que considere como algo positivo el que cuidemos nuestro propio césped.
Pero, ¿y qué pasa si el nuevo vecino de enfrente construye un laboratorio de metanfetamina en su sótano o empieza a traficar con dragones de Komodo para venderlos en el mercado negro? ¿Le ordeno que deje de hacerlo? En realidad, no. Lo que hago es llamar a la policía. Y la policía se encargará de hacer cumplir la ley. La ley, con la que nos encontramos en-relación-bajo, es algo a lo que mi vecino se sometió voluntariamente cuando compró una casa dentro una municipalidad que prohíbe las drogas ilegales y las mascotas exóticas. Realmente todos mis vecinos son buenas personas, pero entiendes cuál es mi punto. Entre vecinos estamos en-relación-igual, como ocurre entre hermanos, pero nos encontramos en-relación-bajo cuando se trata de la ley, la cual es mediada a través de lo que legítimamente llamamos «las autoridades»o «las fuerzas de orden público».
El rol de la decencia
Los llamados y tipos relacionales nos pueden ser de ayuda para saber cómo entablar relaciones, sin embargo, aún hay más. Una cosa es considerar a los vecinos en-relación-igual si tienen más o menos tu misma edad, pero ¿y si son lo bastante mayores como para ser tus abuelos? ¿Y si eres hombre y tu vecino es una mujer? ¿Y si te los encuentras medio muertos al borde del camino de Jericó?
La edad, el sexo y la necesidad manifiesta próxima no determinan el tipo de relación. Otro vecino que vive unas casas más abajo tiene edad suficiente como para ser mi abuelo, pero su edad no le convierte en una autoridad para mí. Sin embargo, esto sí influye en el comportamiento relacional, algo a lo que también podemos llamar decencia.
Pablo le dice a Timoteo,
No reprendas con dureza al anciano, sino aconséjalo como si fuera tu padre. Trata a los jóvenes como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza.»
(2Ti 5:1-2 NVI).
Aunque el tipo de relación sea el mismo, tenemos una responsabilidad respecto a cómo nos tratamos unos a otros. En nuestras traducciones al español se añade el verbo «tratar», pero la idea es la decencia hacia los demás: comportarse de una forma que se ajuste a las realidades sociales.10 Así que los chicos que practican lucha deberían negarse a competir contra chicas, aunque los organizadores del programa de atletismo de los institutos sean tan tontos como para hacer de la lucha un deporte mixto. Nuestra vocación relacional es la responsabilidad de mostrar decencia. Por eso también es costumbre en algunas partes de nuestro país que hombres relativamente jóvenes se refieran a mujeres algo mayores con títulos como «señorita»(Miss). Aún en la actualidad, a pesar de haber pasado casi dos décadas fuera del Sur de los Estados Unidos, me resulta difícil referirme a una mujer solo por su nombre de pila si es lo suficientemente mayor como para ser mi madre. De hecho, a mi propia suegra, que vive con mi familia, la llamo «Miss Pam». Porque no soy un sociópata.
La Biblia habla directamente acerca de nuestra decencia relacional en los tipos relacionales de sobre y bajo, como se ve en los parámetros domésticos de las cartas de Pablo (por ejemplo, Ef. 5:22-6:9). El matrimonio, la paternidad, las relaciones laborales… la palabra de Dios los aborda todos. Pero la Biblia también tiene mucho que decir respecto a cómo comportarnos con aquellos con quienes estamos en-relación-igual.
El Nuevo Testamento incluye al menos 59 mandamientos dirigidos a la forma en que nos tratamos los unos a los otros —a menudo conocidos como pasajes de «unos a otros»— y sirven de modelo para la decencia relacional. Estos mandamientos tienen sus raíces en la segunda tabla del Decálogo, resumida en el segundo mandamiento más importante: amar a tu prójimo como a ti mismo (ver Mateo 22:36-40; Gálatas 5:14; Romanos 13:8-10). Me refiero a los mandamientos de «unos a otros», como «sean más bien amables unos con otros»(Ef. 4:32); «dejen de mentirse los unos a los otros»(Col. 3:9); «sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones»(1 Pe. 4:9). Todo esto es decencia relacional.
Y aunque estos mandamientos nos ayudan a definir cómo debe ser la decencia, la mayor parte de nuestra decencia relacional no está escrita, sino que forma parte del tejido de nuestras expectativas sociales. Esto viene marcado por la cultura, y estas expectativas son más fáciles de reconocer cuando se las desafía. Incluso en los Estados Unidos de hoy día, con toda su decadencia cultural, la mayoría de la gente sigue considerando vergonzoso que un vecino más joven maltrate a un anciano o que un vecino ignore a alguien que se encuentra en una situación de necesidad urgente. Algunos estados incluso cuentan con leyes para esto, conocidas como «leyes del buen samaritano». Dicho de forma sencilla, estas leyes tipifican como delito menor el hecho de que una persona sepa que alguien está en grave peligro y, aun así, se niegue a intervenir o a ponerse en contacto con los servicios de emergencia.
Una vez me encontré con el escenario exacto por el cual se creó dicha ley.
Una mañana temprano estaba conduciendo por mi vecindario de Minneapolis, mientras todo estaba tranquilo y había suficiente claridad como para poder ver. Al llegar a una señal de alto, de repente escuché a una mujer gritando: «¡Socorro! ¡Socorro!. Miré a mi izquierda y vi a una mujer corriendo hacia mí, con un hombre que venía persiguiéndola agresivamente. «¡Llama al 911!», dijo desesperada, mientras corría hacia la ventanilla de mi asiento del conductor (la necesidad era próxima y manifiesta). Al ver esto el hombre retrocedió, pero seguía estando a la vista, y yo hice la llamada más extraña que he hecho en mi vida, en parte porque le dije a la operadora que el hombre llevaba un «trineo»(toboggan en inglés) en la cabeza, es decir, un gorro. En donde yo crecí a esos gorros los llamábamos trineos. Confundida, la central informó de que el hombre que perseguía a la mujer llevaba un trineo en la cabeza mientras corría. Realmente esperaba que la policía pudiera dar con ese sujeto. Una vez aclarado ese detalle, informé a la central de que la mujer no parecía estar herida y me quedé en la señal de alto hasta que llegó la policía, porque era lo más decente que podía hacer. Pero también porque es la ley de por aquí, y una buena ley.
Como vecinos, estamos en-relación-igual, sin ninguna autoridad sobre los otros, pero la decencia es nuestra responsabilidad. Y esa responsabilidad toma diferentes formas según la edad, el sexo y la necesidad próxima manifiesta.
¿Decencia cercana y lejana?
El adjetivo «próximo»es especialmente importante en el siglo XXI. Durante la mayor parte de la historia, las necesidades manifiestas siempre estuvieron geográficamente próximas. La conciencia de las necesidades se limitaba a lo que la gente podía encontrar personalmente. Hoy es distinto, gracias a la tecnología y los medios de comunicación. En cualquier momento podemos estar al tanto de innumerables necesidades en todo el mundo. La gente nunca ha estado tan al corriente de cosas tan terribles que pasan en otros lugares respecto a las cuales no puede hacer absolutamente nada.
Fui llamado a la responsabilidad con la vecina a la que vi y oí gritar pidiendo ayuda, pero también he leído sobre necesidades similares que yo mismo no oigo ni veo. ¿Cuál es mi responsabilidad hacia esas personas? ¿Es mi responsabilidad rescatar a los que sufren y alimentar a los hambrientos en diferentes regiones? ¿Incluye eso a los 828 millones de personas que pasan hambre? ¿Existen algún límite a mi responsabilidad de mostrar decencia hacia los necesitados?
En primer lugar, para ser claros, es algo bueno cada vez que alguien muestra decencia hacia los necesitados, independientemente de lo próximas que sean esas necesidades. Sin embargo, ese tipo de compromiso es un llamado único y no es una responsabilidad que comparten todos. Cuando alguien se dedica a este tipo de ministerio, podríamos decir que esa persona tiene una carga por una necesidad específica. Por ejemplo, necesitarías sentir una carga para invertir en soluciones de agua potable para los niños de los países en desarrollo, pero no necesitas una carga para llamar a la policía cuando un vecino está en peligro inminente, corriendo hacia tu auto. Esa sería tu responsabilidad, tu deber, tu llamado. No es algo por lo que se deba orar. No necesitas «ver este video»para despertar la compasión. Esta responsabilidad de mostrar decencia viene determinada por la necesidad próxima y manifiesta.
Esto es lo que Jesús nos enseña en Lucas 10, la famosa parábola del Buen Samaritano (ver Lucas 10:29-37). El hombre abandonado y casi muerto estaba claramente necesitado, desesperado por una intervención que era poco arriesgada, y sin embargo tanto el sacerdote como el levita lo ignoraron. No lo hicieron borrando el correo o apagando el video, sino que pasaron al otro lado del camino para alejarse de él. Físicamente giraron la cabeza y se apartaron en otra dirección de un hombre agonizante.
El samaritano, aunque no era un religioso en comparación con los transeúntes anteriores, tuvo compasión del hombre herido. Jesús dijo que el samaritano, el hombre compasivo, demostró ser el verdadero prójimo. El samaritano no fue en busca de todas las víctimas de robo que habían en Palestina, sino que ayudó al hombre que tenía en frente, y por eso decimos que era «bueno». Fue pura y simple decencia relacional, y tal decencia es nuestra responsabilidad con cada persona con la que estamos en-relación-igual. Esto es lo que Dios espera de nosotros, y que lo apliquemos prudentemente con los demás de acuerdo con la edad, el sexo y la necesidad próxima y manifiesta.
Esta responsabilidad es también lo que marca la pauta de mutuas expectativas que tenemos en las relaciones. Si todos somos dadores y receptores, como quienes están en-relación-igual, ¿cómo es que exactamente se debería interpretar eso cuando se trata de relaciones particulares en circunstancias normales? ¿Qué se espera de nosotros en nuestras relaciones cuando no estamos delante de una necesidad desesperada?
Ahora que hemos establecido un contexto para pensar ampliamente sobre las relaciones, sería útil profundizar en una aplicación mucho más detallada, especialmente cuando se trata de complejidades relacionales.
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Discusión y reflexión:
- ¿Cómo influye la categoría de «decencia»en algunas de tus relaciones?
- ¿Cuáles son algunos ejemplos de cómo se puede desafiar la decencia relacional que no está por escrito?
- ¿Cuáles son algunos ejemplos de relaciones sobre/igual/bajo en tu vida?
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Parte III: Explorando la complejidad relacional
La vida consiste en relaciones, y las relaciones son difíciles, y si tuviéramos que apuntar a una cosa que las hace complicadas sería nuestro fracaso y el de los demás a la hora de cumplir las expectativas. Lo más probable es que esas expectativas tengan que ver con necesidades. Todos somos capaces de dar ayuda, y a veces no lo hacemos muy bien. Y como necesitados de ayuda, nuestras expectativas también pueden llegar a ser poco realistas.
Con el tiempo, si las necesidades expresadas por una persona no son atendidas, esa persona desarrolla una desconfianza relacional que conduce a una angustia relacional que hace que deje de expresar sus necesidades o, al menos, que tenga dificultades para hacerlo. Ya podrás imaginarte cómo este tipo de desconfianza relacional y el analfabetismo a la hora de expresar las necesidades se puede manifestar en las relaciones.
Lo peor de todo es que la realidad de las necesidades insatisfechas es una de desesperanza, que es lo que se encuentra detrás de gran parte de las adicciones. Puesto de forma sencilla, la adicción es un intento de escapar de la desesperanza. Es «nuestro más firme intento de hacer que nuestros mundos emocionales se sientan cómodos y sin problemas».11 Y gran parte de la desesperanza, la incomodidad y los problemas humanos, puede remontarse a las necesidades que han quedado constantemente desatendidas. La gente se desespera por escapar del dolor, y ¿podemos siquiera empezar a cuantificar cuánto dolor en nuestro mundo proviene de nuestras fracturas relacionales?
Sin lugar a dudas, este hecho afecta nuestras relaciones esenciales en el hogar, pero también señala el poder que tienen las relaciones en cualquier otro lugar. Es difícil imaginar una prioridad más importante que la de desarrollar lo que se ha denominado «inteligencia relacional». En pocas palabras, debemos entender nuestras expectativas relacionales para comprender nuestro papel como necesitados de ayuda y como dadores de ayuda.
Siempre que te encuentres ante una situación relacional difícil en la que esto no esté del todo claro, el primer paso, ante y para Dios, siempre debe ser aclarar las tres partes: llamado, tipo y decencia.
– En primer lugar, considera si tu llamado es uno de autoridad o responsabilidad, o ambos o ninguno.
– En segundo lugar, identifica el tipo de relación, si estás actuando sobre, al lado o debajo de, y qué «contratos»pueden haber de por medio.
– En tercer lugar, aplica la decencia a la relación, que, para aquellos con los que estamos en-relación-igual, viene determinada por la edad, el sexo o la necesidad próxima y manifiesta que tengan.
Una vez que hayamos aclarado estas partes, una herramienta que puede ayudarnos a movernos entre las expectativas que tenemos de dar o de recibir es un círculo de relaciones. Existen muchos ejemplos de estos círculos con nombres diferentes, pero la idea básica es que cada persona (en tanto que es una persona-en-relación) tiene círculos concéntricos que ayudan a identificar distintos niveles de relación. Estos diferentes anillos, o niveles, se distinguen por grados de confianza, que son más altos o más bajos.

El círculo interior es justo lo que esperarías que fuera. Es el Nivel 1. Son las relaciones que tienes en las que existe el mayor nivel de confianza, amor mutuo y las más claras expectativas de dar y de recibir. Podrías llamar a estas personas «amigos íntimos», entre los que se incluye a tu familia más cercana, pero no se limita solo a ellos. Estas personas son tus confidentes y las primeras a las que llamas en caso de una crisis, y por eso es necesaria la proximidad geográfica.12
El segundo anillo, el Nivel 2, es lo que podríamos llamar «buenos amigos». Se trata de personas con las que disfrutas y en las que confías, pero que están fuera de tu círculo íntimo por diversas razones, a menudo más prácticas que morales. Este nivel sigue teniendo un alto grado de confianza.
El tercer anillo, el Nivel 3, es un círculo más amplio compuesto por personas que conoces, casi siempre a través de un interés compartido, y son a las que podrías llamar con toda confianza «amigos». Estas son personas a las que quieres y en las que confías, pero en estas relaciones no hay la misma confianza ganada que en las que están más cerca del centro. Puedes referirte a ellos como «amigos», «asistimos a la misma iglesia»o «entrenamos juntos al equipo de béisbol».
El siguiente anillo, el Nivel 4, es el de aquellos a quienes podrías considerar como «conocidos». Son personas que están en tu círculo, pero con las que no has tenido mucho contacto, aunque es probable que ambos tengan amistades en común. No son personas de las que necesariamente desconfíes, pero tampoco dirías que confías en ellas. Sería raro que alguna vez les dijeras que las quieres.
Los que están fuera de estos cuatro anillos son los que considerarías «desconocidos». Son personas a las que no conoces y en las que no debes confiar, y sería muy raro si lo hicieras.13

Hace poco, mi esposa y yo estábamos en un vuelo, sentados frente a una pasajera que conversaba en voz alta con la persona que estaba a su lado, revelando detalles de su ex marido, la batalla por la custodia de su hermanastra menor, algunas lesiones corporales, sus reflexiones acerca de lo divino, etc. Hablaba tan fuerte que varios pasajeros podían oírla y eventualmente tuve que ponerme los auriculares. Unas horas más tarde, mientras esperábamos para poder bajar del avión y ella seguía hablando, otro pasajero, de más edad y más sabio, la interrumpió y le dijo: «¡Querida, no deberías compartir tantas cosas con desconocidos!». Esto realmente sucedió. Fue un incidente que diez de cada diez personas considerarían socialmente «fuera de lugar», es decir, fuera de la norma de lo esperado.
Y aunque no queremos compartir demasiado con desconocidos, también debemos tener cuidado de no dirigirnos hacia ellos con temor. «Cuidado con los extraños»es un buen consejo para los niños pequeños, pero los adultos deberíamos estar mejor informados. Una cosa que me desconcierta es ver a personas pasar junto a otras, tan cerca que casi se tocan los hombros, y que ninguna reconozca la existencia de la otra. Eso debería parecernos tan raro como que una mujer hable en el avión sobre su uña encarnada. Compartimos una gloriosa realidad con cada desconocido que conocemos porque ambos somos portadores de la imagen de Dios. Nadie espera que los desconocidos lo traten a uno como si fuera un amigo íntimo, pero creo que nuestra condición compartida como criaturas merece un «¡Buenos días!»y una sonrisa, o al menos un gesto con la cabeza que sugiera amablemente: «Yo reconozco tu existencia».
Niveles de discernimiento
Estos cuatro niveles relacionales —amigos íntimos, buenos amigos, amigos y conocidos—están pensados para guiarnos de forma práctica a la hora de dar y recibir, de necesitar ayuda y de darla. Si los títulos te despistan, quizá prefieras referirte a ellos como los niveles 1, 2, 3 y 4. Aparte de la necesidad próxima y manifiesta —como la de una mujer que corre hacia ti pidiendo ayuda a gritos—, tenemos diferentes expectativas relacionales basadas en estos distintos niveles. Dado que todos tenemos relaciones de diversos tipos, el círculo de las relaciones inmediatamente se vuelve personal y práctico. Tenemos personas reales en nuestras vidas que caen dentro de uno de esos cuatro anillos, y ¿cuál es nuestra responsabilidad con esas personas?
Por ejemplo, hace poco un amigo íntimo se mudó unos cuantos estados hacia el oeste. Tenía planeado conducir él solo un camión de mudanzas de 26 pies de largo durante unas 24 horas, a través de un tramo de las Montañas Rocosas. Él no me había pedido ayuda, pero yo estaba convencido de que la necesitaba. Así que me ofrecí a acompañarlo en el viaje y turnarnos la conducción. ¿Estaba obligado a hacer ese viaje con él? No precisamente. Ninguna autoridad me lo había ordenado. No estaba bajo ningún contrato. Pero discerní una responsabilidad de ayudar, una responsabilidad que no habría discernido para alguien en el nivel de «amigo»(nivel 3), y probablemente ni siquiera en el nivel de «buen amigo»(nivel 2).14
Por supuesto, ninguno de nosotros lleva una hoja de consulta sobre el círculo de relaciones en el bolsillo y la saca constantemente para utilizarla como referencia, como ocurre hoy en día en el béisbol, cuando los jugadores en el campo consultan el informe de seguimiento de cada bateador que se acerca al plato. Pero al menos pensamos inconscientemente en estos términos. Mirando hacia atrás, decidí ayudar a mi amigo con la mudanza porque era un amigo íntimo de buena fe, lo que se reconoce por el hecho de que él habría hecho lo mismo por mí, y de que es una de las pocas personas con las que querría pasar el rato durante 36 horas seguidas, y que está en la corta lista de personas de las que, para empezar, nunca me gustaría alejarme. Podría decirse que es un cóctel relacional de reciprocidad, alegría y amor. Llegamos a tiempo y sanos y salvos, metiendo el camión en la entrada de su nueva casa, y recibidos por un ejército de voluntarios, todos amigos al menos, que nos ayudaron a descargarlo. Pero son los amigos íntimos los que ayudan a la gente a partir.
Piensa por un momento en tu propio círculo de relaciones. ¿Eres capaz de colocar rostros en los primeros anillos? ¿Qué relaciones no sabes bien dónde ubicar?
Ten en cuenta que ninguno de estos niveles es fijo e inamovible. A lo largo de las diferentes etapas de nuestras vidas, especialmente cuando cambian nuestros llamados relacionales, las personas entran y salen constantemente de estos niveles. Nuestra responsabilidad fundamental siempre es la «decencia», pero eso puede adoptar distintas formas con las mismas personas dependiendo de los diferentes momentos.
Un ejemplo de esto es mi hermano biológico. Por lo general, lo quiero y confío en él tanto como en cualquier otra persona, pero vivimos alejados de un extremo al otro del país. Nos mantenemos en contacto y, si él tuviera una necesidad manifiesta, yo haría todo lo posible para ayudarle, por encima de cualquier otra cosa. Pero no lo consideraría un «amigo íntimo»(nivel 1) en este momento de nuestras vidas, aunque sí lo consideré así en el pasado, cuando vivíamos en la misma ciudad. Nuestra hermandad biológica no exige que seamos siquiera «buenos amigos»(Nivel 2), pero lo somos por el amor que nos tenemos y por nuestras prioridades similares en la vida, por no mencionar algunos intereses comunes, como los Cardenales de San Luis.
Probablemente se te ocurran ejemplos parecidos en tu propia vida, de relaciones que cambian, de amigos que vienen y se van. Sería apropiado lamentar la pérdida de estos cambios. De hecho, debes lamentar esa pérdida, no sea que las múltiples pérdidas se acumulen con el tiempo y te encojan el corazón y distorsionen la manera en que te relacionas. ¿No son estas pérdidas también una parte importante de lo que hace que las relaciones sean difíciles?
No es inusual en las relaciones de citas que hombres y mujeres jóvenes tengan de vez en cuando la conversación «DLR»(definir la relación), pero es demasiado incómodo hablar de eso con alguien más. Sin embargo, sería agradable, ¿no crees? Te sientas con tu mejor amiga y su marido y les dices: «De acuerdo, es oficial, somos amigos íntimos y siempre lo seremos, lo que significa que ninguna de nuestras familias se mudará sin la otra». Estar casado para toda la vida es ya bastante complicado, y las amistades íntimas para toda la vida están básicamente extintas. Y eso está bien.
Hace años, mi esposa y yo nos sentíamos intimidados ante la idea de mudarnos a una nueva ciudad, de Raleigh, Durham a Minneapolis, St Paul. Teníamos dos contactos conocidos (nivel 4), pero cero amigos. Días antes de irnos, en una conversación casual después de un servicio de la iglesia, la esposa de nuestro pastor, sintiendo nuestra inquietud, nos dijo que Dios no estaba obligado a darnos amigos, aun así, sí son una bendición que Él nos concede. Eso sucedió hace casi dos décadas, y todavía sigue siendo maravillosamente cierto. Dios ha tenido la benevolencia de darnos personas en nuestras vidas con las que podemos compartir y recibir, aunque sea por una temporada. Hemos tenido más movimiento relacional en esos círculos de lo que jamás había imaginado, con mucha alegría y tristeza mezcladas. La vida consiste en relaciones, y las relaciones son difíciles, pero Dios es bueno.
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Discusión y reflexión:
- ¿Puedes identificar a las personas de tu vida que se encuentran en los cuatro niveles?
- ¿En qué nivel considerarías que está tu mayor necesidad relacional?
- ¿Hay personas que te catalogarían como amigo íntimo de nivel 1? ¿Hay formas en las que puedas crecer como dador de ayuda a tus propios amigos íntimos?
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Parte IV: La meta de las relaciones
Hay tres categorías de relaciones: nuestra relación con Dios (vertical) que es la más importante, seguida de nuestra relación con nosotros mismos (interna). Estas dos moldean nuestras relaciones con los demás (horizontales).
En nuestras relaciones horizontales, todos necesitamos y damos ayuda. Una forma bastante clara de pensar en las relaciones en general es en términos de llamado y tipo.
¿Cuál es nuestro llamado en la relación? ¿De qué tipo de relación se trata? En toda relación tenemos autoridad o responsabilidad, o ambas, o ninguna. Ese llamado, cualquiera que sea, se desarrolla en tres tipos de relación: en-relación-sobre (como la de un padre), en-relación-igual (como la de un hermano) y en-relación-bajo (como la de un hijo).
La forma en que nos comportamos en cada uno de estos tipos de relaciones es nuestra decencia relacional. Eso significa que actuamos de un modo que se ajusta al llamado relacional y a su tipo. Esto suele estar más claro en los casos de en-relation-sobre y en-relación-bajo, pero requiere más prudencia con aquellos con los que estamos en-relación-igual. En estas relaciones, nuestra responsabilidad de actuar con decencia viene determinada por la edad, el sexo y la necesidad próxima y manifiesta de la otra persona.
En situaciones normales, distintas de la experiencia en el camino de Jericó, a menudo no queda claro cuáles pueden ser nuestras expectativas relacionales. Una herramienta para orientarnos en torno a esas expectativas es el círculo relacional, que segmenta nuestras relaciones en cuatro niveles, de mayor confianza a menor confianza.
Si pudiéramos colocar todo esto junto —el llamado y el tipo, la decencia relacional, nuestras diversas expectativas a la luz del círculo de relaciones— eso daría como resultado nuestra inteligencia relacional; puede parecer una tarea abrumadora, pero vale la pena hacer el esfuerzo, sobre todo cuando recordamos el porqué de todo esto.
Enfocándose en la meta
¿Cuál es el propósito de nuestras relaciones horizontales? Teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros no somos expertos en esto, y que hemos cometido y seguiremos cometiendo innumerables errores relacionales, ¿cuál es la meta de las relaciones?
Pues bien, si nuestra relación más importante es nuestra relación con Dios —si nuestro mayor bienestar es tener a Dios y nuestra mayor necesidad es reconciliarnos con él—, ¿no deberían nuestras relaciones horizontales tener algo que ver con eso?
Juan nos dice que en la Nueva Jerusalén no habrá necesidad de sol, porque la gloria del Señor iluminará la ciudad (Ap 21:23). Y podemos imaginar que, del mismo modo que el sol no será necesario como lo es ahora, tampoco lo serán las relaciones horizontales. Ya sabemos que en el cielo no habrán matrimonios (ver Mateo 22:30), pero ¿qué pasará con los amigos íntimos? ¿O es que todos serán amigos íntimos? No lo sabemos, pero podemos afirmar con toda seguridad que las cosas serán diferentes, y una parte de lo que será distinto es que ya habremos llegado adonde nos dirigíamos todo este tiempo. Por fin estaremos en la Ciudad Celestial, que es como John Bunyan llama al cielo en El Progreso del Peregrino.
La obra maestra de Bunyan, publicada por primera vez en 1678, probablemente ha sido el libro que más ejemplares ha vendido en todo el mundo, solo después de la Biblia. Bunyan narra la vida cristiana tomando como alegoría el viaje que hace Cristiano, el personaje principal, desde la Ciudad de la Destrucción hasta la Ciudad Celestial. La peregrinación de Cristiano, con sus altibajos y desafíos casi insuperables, ha inspirado a innumerables cristianos a lo largo de los siglos. Y quizá una de las maravillas más pasadas por alto en esta historia es cómo se retrata el valor que tienen las relaciones. En cada nueva escena, y en cada diálogo, Cristiano se encuentra a sí mismo como una persona-en-relación, tanto para bien como para mal. Sin embargo, son las relaciones las que, al final de cuentas, hacen la diferencia para él, y le brindan la ayuda que necesita para llegar sano y salvo a la presencia de Dios.
La escena final del viaje de Cristiano deja esta idea todavía más clara. Cristiano y su amigo, Esperanza, llegan a la vista de la puerta de la ciudad, pero «entre ellos y la puerta había un río, pero no había puente para pasar, y el río era muy profundo». La única manera de llegar a la puerta era atravesando el río, y la manera en la que el río funcionaba era que cuanta más fe tenías, menos profunda era el agua. Cuando tu fe disminuía, el agua se hacía más profunda y comenzabas a hundirte. Así que Cristiano y Esperanza entran juntos en el río.
Se dirigieron entonces al agua, y al entrar, Cristiano empezó a hundirse, y gritando a su buen amigo Esperanza, dijo: Me hundo en aguas profundas; las olas pasan por encima de mi cabeza, todas las olas pasan por encima de mí. Selah.
Entonces dijo el otro: Ten ánimo, Hermano mío, siento el fondo, y es bueno.15
Cristiano seguía luchando y Esperanza continuaba consolándole:
Entonces Esperanza añadió estas palabras: Ten ánimo, Jesucristo te salva: Y al oír esto, Cristiano prorrumpió en una fuerte voz: ¡Oh, lo veo otra vez! y me dice: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y por los ríos, no te anegarán. Entonces ambos se armaron de valor, y el enemigo se quedó detrás inmóvil como una piedra, hasta que ellos pasaron.16
Así como Cristiano ayudó a Esperanza anteriormente en su viaje, Esperanza ayudó a Cristiano en este momento. Todos somos de los que necesitan ayuda y de los que la dan, y la ayuda definitiva que todos necesitamos y damos es tener a Dios. Al final, el propósito de toda relación horizontal, sea cual sea el llamado, el tipo y las diversas expectativas, debería ser el de ayudar al otro a tener a Dios. Nosotros, como individuos-en-relación, queremos ser señales, recordatorios, estímulos y más, de quién es Dios y lo que en Cristo ha hecho para traernos de vuelta a casa.
En nuestro viaje hacia ese último río, por profundo y traicionero que sea, tengamos valor estando juntos en nuestras relaciones. Y hasta el día en que nos encontremos con el Señor, un ángel ficticio podría recordarnos que ningún hombre es un fracasado si tiene amigos. Las relaciones son difíciles, pero la vida consiste en relaciones.
Notas finales
- Faith Cook, A Pilgrim Path: John Bunyan’s Journey, (Evangelical Press, 2017), 39–43. Véase también, John Bunyan, 1666, Grace Abounding to the Chief of Sinners, (Carlisle, PA: Banner of Truth, 2018).
- Richard Plass y James Cofield, The Relational Soul: Moving from False Self to Deep Connection, (Downers Grove: InterVarsity Press, 2014).
- Plass y Cofield, 109.
- «Teología profesada»(versus «teología vivida») es la frase utilizada por mi mentor, Warren Watson. Para más de Warren, consulta Change Is Truly Possible: Hope from Forty Years of Counseling, 14 de mayo de 2019, https://www.desiringgod.org/articles/change-is-truly-possible; y Still Saints: Caring for Christians with Personality Disorders, 3 de enero de 2019, https://www.desiringgod.org/articles/still-saints.
- Ibid, 109. Énfasis añadido. Para un gran ejemplo de autoclaridad y su importancia, consulta también Peter Scazzero, Emotionally Healthy Spirituality: It’s Impossible to Be Spiritually Mature, While Remaining Emotionally Immature, (Grand Rapids: Zondervan, 2017).
- Ibid, 100. La cita a la que me remito para explicar este punto es el inicio de las Instituciones de Juan Calvino: «Casi toda la sabiduría que poseemos, es decir, la verdadera y sana sabiduría, consta de dos partes: el conocimiento de Dios y el de nosotros mismos». (Juan Calvino, Institutes of the Christian Religion, Vol 1., trad. Ford Lewis Battles, (Louisville: Westminster John Knox Press, 1960), 35.
- Dane Ortlund, Deeper: Real Change for Real Sinners, (Wheaton: Crossway, 2021).
- Edward T. Welch, Side by Side: Walking with Others in Wisdom and Love, (Wheaton: Crossway, 2015).
- Catecismo Mayor de Westminster (https://www.ligonier.org/learn/articles/
westminster-larger-catechism); véase también John Frame, The Doctrine of the Christian Life, (Phillipsburg: P&R Publishing, 2008), 586. - El uso de «decencia»que pretendo dar aquí es el de adecuado o apropiado. Es diferente del significado coloquial de «decente», que a menudo se utiliza para expresar el nivel más bajo posible de aceptación. Por ejemplo, uno puede preguntar: «¿Qué tal está el café?», y el amigo responde: «Está decente». El uso aquí es para decir que el café es realmente malo pero que podría ser peor. Está «decente»como cuando uno quiere decir «No pienso tirarlo, pero no es que me guste mucho». No estoy utilizando la palabra de esa manera. Más bien, estoy usando «decencia»en el mismo sentido en que mi madre me la explicó por primera vez. Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre nos enseñó a llamar a la puerta y a preguntar: «¿Estás decente?»En otras palabras, ¿es tu aspecto adecuado para la ocasión en que te veo? Adecuación es el significado. La decencia relacional es una cierta conducta aplicada prudentemente a nuestras diversas relaciones, considerando los factores de edad, sexo y necesidad próxima y manifiesta.
- Chip Dodd y Stephen James, Hope in the Age of Addiction: How to Find Freedom and Restore Your Relationships, (Grand Rapids: Revel, 2020), 73.
- Jen Rigney, una amiga íntima de mi esposa y mía, leyó un borrador anterior de esta guía y observó una distinción entre hombres y mujeres sobre este punto. Ella y mi esposa afirman que a las mujeres les resulta más fácil mantener una amistad íntima sin proximidad geográfica, mientras que para los hombres les es más difícil. Tengo la impresión de que la proximidad permanente en las relaciones masculinas se basa en una misión común, que a menudo requiere proximidad geográfica. C. S. Lewis aborda algunas de estas cuestiones en su libro The Four Loves (Los cuatro amores). Ver C. S. Lewis, The Four Loves: An Exploration of the Nature of Love, 1960, (Boston: First Mariner Books, edición de 2012).
- Por supuesto, debemos confiar en los desconocidos. El mundo depende de ello. Esta es conocida como la «teoría de la verdad por defecto», Malcom Gladwell explica este concepto en su libro Talking to Strangers: What We Should Know About People We Don’t Know, (Boston: Little, Brown and Company, 2019).
- Esto no quiere decir que no harías un viaje así con un amigo (nivel 3), pero en ese caso, lo más probable es que tuvieras otros intereses de por medio, como que te gustan los viajes por carretera, o que quisieras visitar las Montañas Rocosas, o que estuvieras deseando terminar un podcast. El verdadero detalle de la responsabilidad relacional es el precio que estamos dispuestos a pagar por el bien del otro. Cuando hay más confianza, estamos dispuestos a pagar un precio más alto.
- John Bunyan, Pilgrim’s Progress (El Progreso del Peregrino), 1678, (Carlisle, PA: Banner of Truth, 2009), 182.
- Bunyan, Pilgrim’s Progress, 184.
Acerca del autor
JONATHAN PARNELL es el pastor principal de Cities Church en Minneapolis – St Paul. Es autor de Mercy for Today: A Daily Prayer from Psalm 51 y Never Settle for Normal: The Proven Path of Significance and Happiness. Vive con su esposa y sus ocho hijos en el corazón de las Ciudades Gemelas.
Tabla de contenido
- Parte I: Tres categorías de relaciones
- Vertical – Nuestra relación con Dios
- Interna – Nuestra relación con nosotros mismos
- Horizontal – Nuestra relación con los demás
- Discusión y reflexión:
- Parte II: Llamados y tipos relacionales
- Aplicando el llamado y sus tipos
- El rol de la decencia
- ¿Decencia cercana y lejana?
- Discusión y reflexión:
- Parte III: Explorando la complejidad relacional
- Niveles de discernimiento
- Discusión y reflexión:
- Parte IV: La meta de las relaciones
- Enfocándose en la meta
- Notas finales
- Acerca del autor