#58 Avoiding Greed: Contentment in a Material World
Introducción
¿Eres feliz?
Esta guía trata sobre el contentamiento, pero, por lo general, voy a usar la palabra «felicidad» en su lugar. El contentamiento resulta más complejo de definir, pero, a fin de cuentas, es sentirnos felices con nuestra situación o circunstancias. Así que déjame preguntarte: ¿eres feliz? Más específicamente, ¿eres feliz con tu situación de vida actual? De no serlo, supongo que es porque careces de algo que quieres o piensas que necesitas: un trabajo, un cónyuge, un hijo, una casa, un aumento de sueldo, un amigo. En caso de que sí tengas esas cosas, tal vez pienses que no son las correctas. Si tuvieses mejores versiones de algunas de ellas, entonces sí serías feliz.
Ahora, déjame hacerte otra pregunta: si consiguieses todo lo que te falta (un trabajo con mejor salario, una casa más grande, un cónyuge amoroso, un hijo obediente, un amigo leal, lo que quieras), ¿eso garantizaría tu felicidad? ¿La fórmula para la felicidad es: «tú + lo que te falta»?
En otras palabras, ¿todo lo que bastaría para ser feliz sería un cambio en tus circunstancias?
Bobby Jamieson, pastor, investigador y autor conocido por su trabajo en el ministerio pastoral y los escritos teológicos, señala perceptivamente que puedes sentirte infeliz por uno de dos motivos: porque no tienes algo que quieres o —escucha esto— porque lo tienes todo y te diste cuenta de que no es suficiente.[1]
Quiero convencerte, usando las enseñanzas del libro de Eclesiastés, de que la felicidad no es algo circunstancial. En particular, quiero ayudarte a desligar la felicidad de tus posesiones materiales. Puedes ser desdichado ya seas rico o pobre. También puedes ser feliz siendo rico o siendo pobre. Sin más, la felicidad (o la vida en general) no es algo que te ganas, sino un regalo de Dios.
La clave para sentirte satisfecho es bajar tus expectativas del mundo y subir tus expectativas en Dios.
Primero, pensemos en por qué te sientes disconforme.
[1] Bobby Jamieson: Everything is never enough (Todo nunca es suficiente) (New York: Waterbrook), 2025, p.
Audioguía
Audio#58 Avoiding Greed: Contentment in a Material World
Parte uno: La búsqueda universal
No es de extrañar que seas infeliz y, aún menos, que busques la felicidad. Déjame explicarte por qué. El autor de Eclesiastés (el Maestro, como se denomina a sí mismo) quería descubrir «qué de bueno le encuentra el hombre a lo que hace bajo el cielo durante los contados días de su vida» (Ecl 2:3). Sin embargo, el Maestro no es el único que desea hallar la felicidad. Dios les ha dado a todas las personas la tarea de encontrar la vida o la felicidad (Ecl 1:13). Podrías pensar en esto como una búsqueda.
Uno de los aspectos más comunes de las historias de fantasía o los mitos es la existencia de una búsqueda. Hay un problema que solo puede resolverse llevando a cabo una misión. Se celebra un concilio en Rivendel para determinar el destino del Anillo. Elrond declara que este debe ser destruido en el Monte del Destino. El pequeño Frodo se ofrece con valentía a llevarlo, y en eso se basa el resto de la trilogía: una misión contra los Nazgûl y los orcos, la tentación y las pruebas físicas, todo para salvar a la Tierra Media.[1]
Básicamente, la primera mitad de Eclesiastés cuenta la búsqueda del Maestro. No debe destruir un anillo ni recuperar un tesoro perdido, pero tiene una misión mucho más importante: hallar la felicidad y el significado de la vida. La herramienta principal que usa el Maestro es la sabiduría. El libro de Eclesiastés trata sobre su intento de experimentar y luego ponderar considerar y contarnos lo que descubrió.
Buscó la felicidad en las mismas cosas que te sientes inclinado a probar (Ecl 2:1-11). Acumuló riquezas y propiedades. Probó el vino, la sabiduría, la locura y el sexo. Organizó fiestas. Tuvo muchos criados. Su reputación y prestigio crecieron.
Tuvo todo lo que se te pueda ocurrir. Lo veía, lo quería y lo adquiría (Ecl 2:10). No se privó de nada. Y, cuando ya estaba todo hecho, observó todo lo que había logrado y se dio cuenta de que era todo «vanidad, un correr tras el viento» (Ecl 2:11). Podría decirse que todo era vano o carente de significado. En resumen, se sintió frustrado.
De hecho, si estudias el texto, descubrirás que está lleno de vocabulario perteneciente a Génesis 1 y 2. En un mundo marcado por la muerte, la injusticia, la opresión, la soledad, la monotonía y la tristeza, él se aisló en su propio paraíso. Intentó recrear el Edén sin prohibiciones como: «[P]ero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer» (Gn 2:17). Sin embargo, a diferencia de Dios, que miró todo lo que había hecho y consideró que era muy bueno, el Maestro observó su jardín y pensó que era vano, un correr tras el viento.
Nota: él tenía todo lo que probablemente deseas y más. No era suficiente. La razón por la que a menudo nos sentimos tan frustrados es porque intentamos vivir Génesis 1 en un mundo de Génesis 3. Buscar la vida en las cosas del mundo es como intentar atrapar el viento. Apenas lo atrapas, abres tus manos y descubres que están tan vacías como tu corazón. La búsqueda de la vida es esquiva y fugaz, como intentar atrapar y aferrarse al humo.
Entonces, ¿por qué no te sientes satisfecho? En cierto nivel, estás intentando buscar la felicidad, la vida, el sentido y el valor en el mundo. Por lo tanto, siempre estás persiguiendo cosas que nunca consigues.
El Maestro quiere que aprendas de su experiencia. Por supuesto que es tentador pensar que tu resultado será diferente. Pero la única razón por la que no llegas a la misma conclusión que él es porque no has tenido su misma experiencia. Para ser honesto, es probable que no estés en la cima de nada. Estás inclinado a pensar que finalmente serás feliz si obtienes ese aumento, si obtienes ese título, si consigues esa casa, porque aún te queda mucho por ganar. El Maestro no tenía esa excusa, y por eso es el conejillo de indias perfecto en la búsqueda de la felicidad.
Todas las búsquedas de tu vida pueden compararse con subir una escalera de caracol: hay gente frente a ti, es cansador, y, debido a los giros de la escalera, no puedes ver dónde termina. Siempre hay más dinero que ganar, más seguidores que conseguir, más sexo que tener, tecnología más nueva que comprar. Sigues a quienes se encuentran delante tuyo y piensas, al igual que ellos, que pronto llegarás a la cima, pero esto nunca sucede.
El Maestro no tenía este problema. Era el primero en todas las escaleras, y había tanta distancia entre él y el seguidor más cercano que podía ver que no estaba en absoluto más cerca del final. Podía reflexionar sobre su experiencia de una forma en la que pocos pueden: ¿una propiedad más hará lo que no hicieron las últimas treinta? ¿Realmente estaré satisfecho si hago una fiesta más? Una concubina; un sirviente más. Él comenzaba a ver que no le cerraban las cuentas.
Blaise Pascal dice que esta experiencia de buscar algo que nunca puede ser alcanzado es «tan uniforme que debería convencernos de nuestra incapacidad de llegar al bien por nuestras fuerzas, pero el ejemplo nos enseña poco. […] Y así como el presente no nos satisface jamás, la experiencia nos seduce, y de desgracia en desgracia nos lleva hasta la muerte».[2]
Simplemente sigues subiendo las escaleras, yendo hacia ninguna parte hasta que mueres. Como el sol, todos los días vuelves a tu punto de origen, sin aliento, pero sin dejar de preguntarte si has llegado a algún lugar (Ecl 1:5). No lo hiciste.
Así que déjame preguntarte: si consiguieses todo lo que quieres, ¿estaría garantizada tu felicidad?
No. Es imposible.
El Maestro lo tenía todo (todo lo que tú también deseas) y descubrió que no era suficiente.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Alguna vez conseguiste algo que realmente deseabas y te diste cuenta de que no era suficiente? ¿Cómo te sentiste?
2. ¿Cómo es para ti cultivar el contentamiento en esta etapa de tu vida?
Parte dos: Fuera de lugar y de tiempo
Entonces, es claro que Dios nos ha asignado esta búsqueda universal de la felicidad, pero ¿cómo? Personalmente, no recuerdo haberme sentado con el Departamento de Recursos Humanos del cielo para acceder a realizar este trabajo.
Dios nos ha programado para esto. Así nos creó.
Luego de recitar un poema sobre las épocas de la vida (popularizado por su uso en funerales y la canción Turn! Turn! Turn! de The Byrds), el Maestro explica por qué nos resulta tan frustrante la vida en el tiempo.
Primero, repite que Dios le ha dado al género humano esta tarea (la de hallar algo bueno para hacer) para abrumarlo con ella (Ecl 3:10). Es una tarea intrínsecamente frustrante porque, como lo demuestra en su listado de «tiempos», la vida comienza con el nacimiento y termina con la muerte. Más allá de eso, todo lo que se encuentre en medio se siente como una oscilación entre estos dos. La vida consiste en plantar y cosechar, matar y sanar, destruir y construir, llorar y reír, estar de luto y bailar, abrazarse y apartarse, entre otras cosas (Ecl 3:1-8).
Todos queremos una vida llena de risas y baile. Sin embargo, la vida se trata más bien de bailar con quien amas en tu boda, y luego llorar cuando esa persona fallezca.
Este mundo quebrantado empeora nuestra sensación de insatisfacción. Se nos arrebatan las cosas que pensamos que necesitamos para ser felices. Sin importar cuánto lo intentemos, no podemos impedir que nos las quiten (Ecl 3:14).
Por supuesto, esta es la razón por la cual Jesús nos dice que no acumulemos tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido los destruyen, y los ladrones se meten a robar; más bien, debemos acumularlos en el cielo (Mt 6:19-20). La frustración que sentimos cuando perdemos algo nos debe dejar una enseñanza sobre el mundo y sobre nosotros mismos. A mi bolígrafo no le importa si lo estoy usando, si lo dejo en un cajón con otros bolígrafos, si lo pierdo o si lo encuentro. Pero a ti sí te importa. Hay algo diferente en la forma en la que Dios te ha creado.
Luego de exponer el poema sobre que hay un tiempo para todo y de reiterar la búsqueda universal de la vida que lleva a cabo el ser humano, el Maestro finalmente habla del porqué: el «tiempo» dentro de nosotros:
Dios también «puso en la mente humana la noción de eternidad» (Ecl 3:11).
Dios te hizo diferente. Esto te distingue de todo lo que te rodea.
Hay una escena icónica en El rey león luego de que Nala confronta a Simba por su falta de responsabilidad con su pueblo. Simba experimenta una crisis existencial mientras lidia con la culpa por la muerte de su padre, la confusión en cuanto a su identidad y la responsabilidad que tiene con su pueblo.
Mufasa se le aparece a Simba en las nubes y le dice a su hijo (intenta leer esto con la voz de James Earl Jones):
Simba, me has olvidado. Olvidaste quién eres, y así me olvidaste a mí. Ve en tu interior, Simba. Eres más de lo que eres ahora. Toma tu lugar en el ciclo de la vida. Recuerda quién eres. Tú eres mi hijo, el rey verdadero. Recuerda quién eres. Recuérdalo.
Mufasa le pide a Simba que observe en su interior y su pasado para entender su presente. Hay una discrepancia entre quién y qué es Simba y su modo de vivir. Si él mira hacia adentro y hacia atrás, notará que esto es cierto.
¿Sabes cuántos leones en la historia del mundo han mirado a las estrellas con angustia existencial? ¿Cuántas suricatas han reflexionado sobre quiénes son? ¿Cuántos jabalíes tuvieron que recordar su identidad?
Ni uno solo.
¿Sabes cuántos adultos sanos se han preguntado por el significado de la vida? ¿Cuántos de nosotros nos hemos cuestionado cuál es el sentido de todo esto? ¿Cuántos pensaron por qué están aquí? ¿Cuántos se preguntaron qué pasa después de la muerte?
¿Sabes cuántas culturas en la historia han intentado responder preguntas sobre el significado de la vida? Preguntas como: ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué las cosas no son como deberían ser? ¿Cómo se solucionarán las cosas? ¿Se solucionarán?
El género humano gime colectivamente por su miseria en la Tierra. Sabe que fue hecho para más de lo que el mundo puede ofrecer.
Verás, todas las criaturas viven dentro de un tiempo. Puedes medir la existencia de una roca en términos de tiempo. Puedes medir la vida de una planta en términos de tiempo. Puedes medir la vida de un perro en términos de tiempo. Todas las cosas creadas están sujetas al tiempo, pero el caso de los seres humanos es único porque, de un extraño modo, el tiempo fue «puesto» en nosotros.
El único ser vivo en el planeta que se siente disconforme es el ser humano, porque Dios nos creó para más de lo que tenemos actualmente. El perro se conforma con su hueso, y la planta con la luz. Sin embargo, fuimos hechos para más de lo que las cosas materiales nos pueden ofrecer.
Tu búsqueda constante de la felicidad que nunca se alcanza (la mirada hacia tu interior) debería llevarte a darte cuenta (luego de mirar hacia atrás) que fuimos hechos para más.
Pascal escribió que nuestra incapacidad de satisfacernos con las cosas que nos rodean nos debería llevar a la conclusión de que «ha habido antaño en el hombre una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora sino la señal y la huella vacía y que trata inútilmente de rellenar con todo lo que le rodea […] pero que son, sin embargo, también incapaces, porque la sima infinita no puede llenarse más que por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo».[3]
Intentar satisfacerse con otro aumento de sueldo, una casa diferente o más seguidores en las redes sociales es como intentar alcanzar el infinito sumando unos (o, mejor aún, ceros). Las cuentas no cuadran.
Si eres infeliz, probablemente es porque piensas que te falta algo. Lo que te falta es algo que no puedes conseguir obteniendo más de lo que hay en el mundo. La muerte se asegurará de arrebatártelo todo, para empezar. Fuiste hecho para Dios, y tu corazón lo sabe.
Dios puso la eternidad en tu corazón. Es el conocimiento de Dios, pero más bien como un recuerdo. Podríamos compararla con la nostalgia. Estoy seguro de que recuerdas cuando eras niño e ibas a la casa de tus abuelos, de tus primos o de un amigo. Era divertido al principio, pero al pasar el tiempo, comenzabas a notar las diferencias familiares y culturales. Las escenas, los sonidos, los olores y las costumbres te hacían sentir como un extraño. Pensabas: «Esto es algo que hacemos diferente en casa». «Así no es en casa». Cada diferencia te alejaba de donde estabas y te hacía pensar en tu hogar.
Eso es algo que Dios hace con los tiempos de la vida que el Maestro nos muestra en el poema (el de morir, el de cosechar, el de estar de luto, el de llorar, el de perder, el de apartarse, el de odiar, el de la guerra). Las etapas negativas o desfavorables tienen como objetivo, en cierto sentido, que te sientas insatisfecho con las cosas terrenales, nostálgico. Nuestro problema es que cuando pasamos por estas etapas, solemos buscar aún más las cosas de la tierra. Nos esforzamos más para intentar que los regalos de Dios hagan lo que son incapaces de hacer. Aun así, se supone que estos momentos deberían enseñarte lo opuesto. Cada encuentro con la muerte, cada desarraigo, cada vez que debas lamentarte y llorar, cada vez que te sientas apartado u odiado, todo eso debe alejar tu corazón de este lugar: «Así no es en casa». Y las etapas favorables ―la vida, las risas, los bailes, el amor, la construcción, los abrazos y la paz― le recuerdan a tu corazón: «Me siento como en casa».
Este sentimiento dual de lo que no se siente bien y lo que sí, pero aun así nunca poder alcanzarlo, suele ser asociado a la nostalgia tanto por los pensadores cristianos como los no cristianos. Es decir, el sentimiento de que fuimos hechos para más y de casi poder recordarlo, pero no alcanzarlo, es tan universal que hasta existe un término para describirlo.
C. S. Lewis lo explica así:
Aparentemente, pues, nuestra eterna nostalgia, nuestro deseo de que se nos reúna en el universo con algo de lo que ahora nos sentimos arrancados, de estar en el lado interior de alguna puerta que siempre hemos observado desde el exterior, no es una simple fantasía neurótica, sino el indicador más verdadero de nuestra situación real. Y que al fin se nos convoque adentro sería tanto una gloria y un honor superiores a nuestros méritos como también la sanación de ese viejo dolor.[4]
Fuiste hecho para ser feliz. Tu corazón lo sabe y casi puede recordarlo. El problema es que buscas la felicidad en el lugar incorrecto.
Por lo tanto, lo que necesitamos no es un cambio en nuestras circunstancias (normalmente no, en todo caso), sino un cambio de perspectiva. Los regalos temporales de Dios no pueden brindarte la paz permanente que tu corazón anhela. Su propósito es que, mientras viajas a casa, puedas disfrutarlos por lo que son y nada más.
El primer paso para sentirse satisfecho es bajar tus expectativas sobre lo que el mundo puede hacer por ti.
Imagina a dos personas que construyen castillos de arena. Una piensa que será su casa de verdad. Puedes imaginar su determinación, el sudor en su frente, la ansiedad, el enojo, los ataques cada vez que el viento, una ola o un niño tumban su castillo.
Si lo vieras, probablemente te reirías o harías muecas. Analizarías la situación con sabiduría. Eligió medios tontos (un castillo de arena) para llevar a cabo un buen fin (una casa).
El otro hombre tiene las mismas circunstancias: la misma arena, el agua, el viento y las olas. Sin embargo, tiene perspectiva. Entiende que el castillo de arena es temporal. No lo necesita para vivir. Por tanto, con su pala en una mano y una bebida en la otra (Ecl 9:7), lo construye con sus niños, sabiendo que no durará, pero disfrutándolo por lo que es.
Nuevamente, Jesús nos dice:
«No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6:19-21).
El Señor añade a estas instrucciones:
«Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro o querrá mucho a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir a la vez a Dios y a las riquezas» (Mt 6:24).
Muchas veces, nuestra disconformidad tiene sus orígenes en el amor al dinero, porque esperamos que nos dé lo que solo Dios nos puede dar. Cristo nos advierte que no podemos servir a ambos. Pienso que parte de lo que el Maestro quiere enseñar sobre las riquezas es que no puedes ser servido por ambos. Solo uno puede ofrecerte protección, seguridad, paz, vida y alegría: el dinero o Dios. Uno ofrece oro falso; el otro, riqueza eterna.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Qué separa al humano del resto del mundo en cuanto al tiempo?
2. ¿Qué nos dice nuestra nostalgia sobre para quién o para qué fuimos hechos?
3. ¿De qué manera nuestras expectativas altas del mundo nos hacen fracasar?
Parte tres: Deseos más intensos
¿Cómo pudo el Maestro acumular propiedades, jardines, sirvientes, concubinas, artistas, reputación y más? Una palabra: dinero. Gran parte de nuestra insatisfacción se relaciona con cuestiones económicas. Queremos más, y pensamos que con eso bastará.
El problema es, como ya hemos visto, que las cosas finitas no pueden llenar un vacío infinito.
El Maestro confronta este problema en los capítulos 5 y 6.
«Quien ama el dinero, de dinero no se sacia. Quien ama las riquezas nunca tiene suficiente. ¡También esto es vanidad!» (Ecl 5:10).
«Mucho trabaja el hombre para comer, pero nunca se sacia» (Ecl 6:7).
Estoy seguro de que conoces la sensación de estar muy hambriento, y el alivio y la satisfacción que llegan una vez que comes.
Sientes apetito por defecto. No solo apetito de dinero, o, más bien, de las cosas que el dinero te da. Esencialmente, tienes apetito de felicidad, paz, permanencia y valor: en una palabra, de vida.
A diferencia de cuando tienes hambre y te satisfaces con comida, la persona que busca que el dinero o las riquezas hagan lo que solo Dios puede hacer nunca se siente satisfecha. Intentar satisfacer tu corazón con ganancias es como perseguir el viento e intentar llenarte con lo que has atrapado. Por muchas bocanadas de aire que ingieras, nunca te saciarás.
El dinero ve el agujero en tu corazón y te dice: «Puedo llenarlo. Solo debes perseguirme». Pero esta es una falsa promesa.
Tengo una hija de cuatro años. A menudo le pregunta a sus tres hermanos mayores y a sus padres: «¿Hoy es mañana?». Nos divierte mucho. A los niños les encanta responderle: «No».
He intentado todo para explicarle que hoy no es mañana, que eso es imposible. Con cada una de nuestras respuestas y reprimendas se enoja aún más. «¡NO!, ¿HOY ES MAÑANA?». Entiendo por qué se siente así. Se fue a dormir con una promesa en la cabeza, por ejemplo, «Mañana iremos a la piscina». Por lo tanto, se despierta para preguntarnos: «¿Ya es mañana?». Lo que quiere decir es: «¿Ya es hora de que se cumpla la promesa?». Cuando le decimos que todavía no es mañana, lo que oye es que estamos posponiendo lo que le prometimos.
La riqueza te hace la misma promesa todos los días: si me persigues, mañana te haré feliz. El problema es que siempre pospone esta promesa. Comenzarás a pensar que necesitas un aumento más para sentir alegría. Necesitas un poco más en tu cuenta de jubilación para sentirte seguro. Necesitas un fondo de emergencias mayor para estar en paz.
Intentar sentirse satisfecho con el dinero es como salir a caminar y tratar de llegar hasta el horizonte, pero este se mueve constantemente. Lo sigues persiguiendo, pero te das cuenta de que es como perseguir el viento.
No importa si por año ganas 50 000 o 50 millones. No importa cuál sea tu cantidad inicial o tu potencial de crecimiento monetario: si el dinero es tu objetivo, nunca serás feliz. De una forma muy material y tangible, estás intentando sumar para llegar a infinito. No puedes conseguir suficientes dólares como para llenar el infinito en tu corazón, de hecho, lo estás vaciando.
Este es el problema con la codicia. No es solo que el dinero no te satisface, sino que de hecho aumenta tu apetito. Perseguir el dinero, pensar que te llenará, es como beber agua de mar. Solamente te da más sed. Te deshidrata aún más. También podrías compararlo con una adicción a las drogas: necesitas más para sentirte como te sentías con una cantidad menor antes. Si vives por una bonificación, pero la de este año es la mitad que la del año anterior, este beneficio se siente como una pérdida. Pocas personas bajan sus estándares de vida con alegría. La codicia tiene un efecto agotador sobre el alma.
Ni el dinero ni las cosas que puedes comprar con él pueden garantizarte la felicidad, porque la felicidad no está a la venta. Es un regalo.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿De qué manera el dinero te engaña para que pienses que si consigues más, tus problemas desaparecerán?
2. ¿Cómo cambia tu perspectiva al saber que la felicidad es un regalo, no un derecho?
Parte cuatro: Disconforme con poco y con mucho
En los capítulos 5 y 6, el Maestro cuenta la historia de un hombre que lo tenía todo pero aun así era desdichado (Ecl 5:10). Su riqueza atraía a las personas equivocadas (Ecl 5:11). Sus posesiones le producían ansiedad (Ecl 5:12). No podía dormir (Ecl 5:12). No tenía amigos (Ecl 4:7). Lo más irónico de todo es que no tenía lo que pensaba que podía comprar con dinero: felicidad.
Sin embargo, este hombre no tenía solo dinero; tenía el sueño del Antiguo Testamento: incrementar su riqueza, tener hijos y vivir una larga vida (Ecl 6:3). Sin embargo, no estaba satisfecho.
Will Smith, ganador de premios Grammy y Óscar, recientemente dio una entrevista donde no habló de tocar fondo, sino de un lugar al que llamó «la cima del acantilado». Según él, «cuando llegas tan alto te das cuenta […] de que literalmente ninguna cosa puede hacerte feliz […]. Puedes llegar al final del mundo material. Llegas al final del dinero. Llegas al final del sexo. Llegas al final de la fama. Tienes todo […]. Es entonces cuando caes del acantilado hacia el abismo […] y la vida pierde toda la capacidad de sostenerte y complacerte».
Es posible tenerlo todo y descubrir que no es suficiente. Eso fue lo que le sucedió al Maestro, y algo similar pareció sucederle a Will Smith.
«Si un hombre tiene cien hijos y vive muchos años, no importa cuánto viva, si no se ha saciado de las cosas buenas ni llega a recibir sepultura, yo digo que un abortivo es mejor que él» (Ecl 6:3).
La vida de este hombre es, de algún modo, peor que la muerte. El actor Mel Gibson tenía razón cuando, interpretando a William Wallace, dijo: «Todos los hombres mueren, pero no todos los hombres realmente viven». Puedes estar vivo y no vivir de verdad. Este hombre, desde la perspectiva del mundo, lo tiene todo para vivir, pero aun así está muerto por dentro.
No se sentía satisfecho con todo lo que tenía. Luego, perdió todo su dinero en un mal negocio (Ecl 5:14; 6:12). Ahora, no se siente satisfecho con lo poco que tiene. Tocó fondo.
«Tal como salió del vientre de su madre, así se irá: desnudo como vino al mundo y sin llevarse el fruto de tanto trabajo. […] Toda su vida come en tinieblas, en medio de muchas molestias, enfermedades y enojos» (Ecl 5:15-17).
Come solo en la oscuridad; no quiere encender su vela porque está guardando el aceite que le queda. Puedes imaginarlo. A pesar de que está bajo el sol, vive en la oscuridad, anticipando la tumba a la que irá a parar.
El Maestro nos muestra la tragedia doble que implica buscar la felicidad a través del dinero. Te sientes deplorable cuando lo ganas y deplorable cuando lo pierdes. Cuando tienes dinero, te sientes mal porque estás ansioso, no puedes dormir, no tienes amigos, siempre buscas algo más, pero nunca lo consigues. Cuando lo pierdes, también te sientes desdichado. La ironía es que el hombre que lo perdió todo tampoco era feliz cuando era rico, porque las posesiones materiales no son un requisito para la alegría. Sin embargo, ya que ató su felicidad a las cosas materiales, ahora que es pobre es incluso más infeliz.
Nota: no solo sucede que las riquezas no pueden comprar la felicidad, sino que el amor por ellas te quitará la poca felicidad que puedas haber tenido.
¿Cuál es la solución?
El Maestro nos dice:
«Mejor un puñado de tranquilidad, que dos de fatiga y de correr tras el viento» (Ecl 4:6).
Esta es la versión de Eclesiastés del refrán: «Más vale un pájaro en mano que cien volando». Es mejor contentarse con lo que tenemos en una mano que buscar lo que no tenemos con ambas y garantizar la pérdida de lo que realmente necesitas: descansar.
Para ser claro, el problema no es el dinero en sí, sino el amor al dinero. Es pensar que el dinero hará por ti lo que solo Dios puede hacer. El amor por el dinero suele ser la raíz de nuestra disconformidad, porque promete cumplirnos todos los deseos, pero no puede hacerlo.
Es mejor estar satisfecho con lo que tienes (lo que Dios te ha dado) para poder experimentar lo que realmente quieres y necesitas: la felicidad.
Entonces, la clave para sentirnos satisfechos se divide en dos partes: pensar bien sobre las cosas que tienes (y las que no tienes) y tener una buena relación con quien te las da.
La alegría no es algo que puedas ganarte si te esfuerzas más. Es un regalo de Dios, disponible para ti ahora mismo.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Qué es el «todo» que te ves tentado a buscar de este mundo? ¿Qué crees que finalmente te haría feliz?
2. ¿De qué manera el no estar satisfecho con todo te garantiza que no estarás satisfecho con nada?
Parte cinco: Muestras del cielo
En contraposición al hombre que lo tenía todo (y era infeliz) y luego lo perdió (y seguía siendo igual de infeliz), el Maestro nos cuenta sobre un hombre al que Dios concedió «abundancia y riquezas» y «comer de ellas, así como tomar su parte y disfrutar de sus afanes» (Ecl 5:19).
Observa que las riquezas y la abundancia no necesariamente implican felicidad y descanso (por lo cual podemos estar satisfechos o insatisfechos sin importar qué tanto poseamos). Dios debe darnos alegría.
De hecho, Dios nos da regalos por la misma razón por la que los padres hacen regalos: para darle alegría a sus hijos.
«[Y] sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba y disfrute de todos sus afanes (Ecl 3:13)».
El problema llega cuando no estamos satisfechos con lo que Dios nos da (Ecl 6:3, 7).
Puede que suene redundante, pero vale la pena que lo repita: no importan tus circunstancias, sino tu perspectiva. La clave para estar satisfecho o feliz es bajar tus expectativas del mundo y subir tus expectativas en Dios.
Si buscas que la abundancia, las riquezas, la comida, la bebida, los amigos, el trabajo y el vino hagan lo que solo Dios puede hacer, serás infeliz. Si los aceptas por lo que son y nada más, podrás disfrutarlos.
Mi esposa y yo tenemos cuatro hijos, así que hacemos la mayoría de las compras en el único lugar que puede abastecer nuestra alacena y nuestro refrigerador de forma razonable estos días: Costco (si no lo conoces, es una tienda con seguidores incondicionales por sus productos de alta calidad, artículos al por mayor y buenos precios). Una de las mejores cosas de Costco son sus muestras gratis.
Imagina que estás en Costco, haciendo la fila para recibir una muestra. Ahora, imagina que quien está frente a ti la come (una décima parte de una pizza cocinada en un microondas) y comienza a gritarle frenéticamente a la persona de las muestras:
«¡TODAVÍA TENGO HAMBRE!»
«¡TODAVÍA TENGO HAMBRE, Y ESTA PIZZA ES TERRIBLE!»
Al igual que con el ingenuo en la playa con su castillo de arena, observas esta situación con sabiduría o perspectiva. Sabes que las muestras gratis no están hechas para satisfacerte. Esa no era la promesa. Son solo pequeños regalos.
Si comes un mordisco de bagel en Costco pensando que sería una pizza completa de Una Pizza Napoletana en Nueva York, te decepcionarás. Te sentirás frustrado, disconforme.
Es así como el Maestro ve nuestros esfuerzos de hallar seguridad, valor, paz, permanencia, vida y alegría en el dinero, el trabajo, la reputación, los seguidores, el sexo, la nueva tecnología, el conocimiento, los caprichos, y más. Nos sentimos frustrados, sin entender que las muestras no están hechas para satisfacernos. Deben ser recibidas por lo que son y nada más: pequeños regalos del cielo para que disfrutemos de camino a casa.
¿En qué áreas de tu vida te sientes disconforme? Detrás de tu disconformidad, está la creencia (o la mentira) de que tener un regalo material puede darte lo que crees que Dios no puede. ¿Acaso la historia y la Palabra de Dios no te enseñan algo diferente? Las cosas no te darán satisfacción. Solo Dios puede hacerlo.
¿De qué maneras estás intentando convertir los regalos del cielo en más de lo que realmente son?
Lo que sucede con las muestras es que son solo eso: una muestra de algo más grande y mejor. Si te gusta, puedes ir a buscar más. Si la porción de pizza te abre el apetito, puedes comprar la caja.
El punto de los regalos es que podamos disfrutarlos por lo que son y que podamos levantar nuestra mirada hacia quien nos los da, el Padre que creó las lumbreras celestes (St 1:17).
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Por qué es un problema atar nuestra felicidad a las circunstancias y no a nuestra perspectiva?
2. Si los regalos no tienen como objetivo reemplazar a Dios, ¿para qué sirven? ¿Cómo deberíamos pensar acerca de ellos?
Parte seis: Manos vacías, corazones llenos
Parte de la responsabilidad del Maestro es ofrecerte un nuevo horizonte para tu vida. Por más increíble que parezca, este es la muerte. La muerte y el juicio de Dios, para ser más preciso (Ecl 11:8-9). Está tratando de hacer que te des cuenta de que vas a morir, y pronto. Tu tiempo aquí es como el humo que queda luego de que apagas una vela.
Una de sus estrategias para ayudarte a afrontar la muerte consiste en hacer que dejes de distraerte (con el dinero, el entretenimiento, el trabajo, etcétera). Le quita el velo a todas las cosas que usamos para aislarnos de nuestra inminente cita con la muerte, para que podamos ser sabios de por vida.
Si estás familiarizado con las lecturas sobre la sabiduría (el libro de Proverbios, específicamente), sabrás que intentan cautivarte con el orden y la sabiduría de Dios. Lo que irrita al autor de Eclesiastés son las excepciones. La carrera no la ganan los más veloces, ni ganan la batalla los más valientes, tampoco los sabios tienen qué comer, no obtienen el aumento quienes lo merecen, no les llega la muerte a los malvados, y así sucesivamente (Ecl 9:11). La vida no tiene sentido ni se siente justa. Y para coronar lo absurda que es la vida, esta termina con la muerte. No importa si eres rico o pobre, sabio o ingenuo, malvado o justo —todos vamos a morir (Ecl 9:2-3). La muerte nos iguala.
«Los seres humanos terminan igual que los animales; el destino de ambos es el mismo, pues unos y otros mueren por igual, y el aliento de vida es el mismo para todos, así que el hombre no es superior a los animales. Realmente, todo es vanidad y todo va hacia el mismo lugar. Todo surgió del polvo y al polvo todo volverá» (Ecl 3:19-20).
La muerte no distingue entre pecadores y santos: arrebata todo y a todos. Algo de eso no se siente bien. Aunque, por supuesto, los cristianos entendemos que es justo. La muerte es la paga del pecado (Rm 6:23). El pecado es el acto de disconformidad por excelencia. Adán pensó que podía ser como Dios, y ahora el hombre muere como los perros.
La maravillosa noticia del evangelio, por supuesto, es que Dios se humilló y se hizo hombre. Como si esto fuera poco, fue obediente hasta llegar al punto de morir en la cruz. Al hacer esto, sufrió por los pecados de su pueblo, muriendo para que ellos puedan vivir.
Así, la muerte se convierte en los cristianos no en algo a lo que temer, sino en la puerta hacia una vida mejor y en una maestra para nosotros. La muerte tiene al menos dos lecciones importantes que enseñarnos para guiarnos hacia el contentamiento.
«En primer lugar, la muerte te arrebatará todo. Morirás tan pobre como naciste. Desnudo viniste y desnudo te irás» (Ecl 5:15).
El libro de Eclesiastés empieza diciendo:
«Estas son las palabras del Maestro, hijo de David, rey en Jerusalén.
Vanidad de vanidades —dice el Maestro—,
vanidad de vanidades, ¡todo es vanidad!
¿Qué provecho saca la gente
de tanto afanarse bajo el sol?» (Ecl 1:1-3).
La pregunta del Maestro es retórica, lo que hace la respuesta tan dolorosa como obvia. ¿Qué podemos ganar bajo el sol? Nada.
No podemos ganar aquí porque el mundo no nos podrá satisfacer mientras estemos en él, y la muerte se asegurará de que no tengamos ganancias al final. Cuando todo se termine, la muerte pondrá todas nuestras cuentas en cero. Todo lo que hayamos acumulado nos habrá sido arrebatado (Ecl 2:21; Mt 21:43).
Esta es la primera lección de la muerte. Si las cosas que acumulas en la tierra no evitarán que mueras y te serán quitadas cuando lo hagas, tampoco podrán darte vida. Una casa más bonita, un auto más nuevo, un trabajo con mejor salario: ninguna de estas cosas puede extender tu vida (cuantitativamente) ni garantizar que vivas antes de tu muerte (cualitativamente).
Cristo da este mensaje en Juan capítulo 6:
Les aseguro que ustedes me buscan no porque han visto señales, sino porque comieron pan hasta llenarse. Trabajen, pero no por la comida que es perecedera, sino por la que permanece para vida eterna, la cual les dará el Hijo del hombre […]. —Señor —le pidieron—, danos siempre ese pan. —Yo soy el pan de vida —declaró Jesús—. El que a mí viene nunca pasará hambre y el que en mí cree nunca más volverá a tener sed. […] Porque la voluntad de mi Padre es que todo el que ve al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final (Jn 6:26-40).
Luego de ver a Cristo multiplicar los panes y los peces para alimentar a más de cinco mil, la multitud lo siguió. No comprendieron el sentido del signo (la muestra), solo querían llenar sus estómagos. Cristo tenía un regalo mejor en mente: Él mismo, el pan del cielo que te saciará para siempre y garantizará tu victoria sobre la muerte. Eso es algo que ninguna hogaza de pan podrá hacer. Es algo que ningún título, ningún salario, ningunas vacaciones y ningún par de zapatos podrá lograr. Cristo ofrece vida, vida eterna, sí, la vida feliz, como un regalo. Esto significa que no es algo que debamos ganarnos, simplemente recibirlo de Él. También significa que es algo que la muerte no nos puede quitar. De hecho, los cristianos ven a la muerte como una ganancia, porque así llegan a Cristo (Flp 1:21).
Los panes que multiplicó Cristo tenían un efecto doble. Tenían como propósito que la multitud disfrutara del pan, pero también que levantaran sus miradas hacia el Pan del cielo, Jesucristo.
Las enseñanzas del Nuevo Testamento a menudo nos invitan a levantar nuestra mirada de los regalos para observar a quién se los da:
Así que no se preocupen diciendo: «¿Qué comeremos?», o «¿Qué beberemos?» o «¿Con qué nos vestiremos?». Los paganos andan tras todas estas cosas, pero su Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, entonces todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se preocupen por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas (Mt 6:31-34).
Observa que hay un cierto efecto rebote. Cuando te enfocas menos en las cosas que crees que necesitas (aquí son necesidades vitales como la comida y la ropa, pero podemos expandir la lista basándonos en el principio) y buscas la provisión de Dios, obtenemos algo mejor: a Dios mismo. Ya que Dios es un buen Padre, también obtenemos aquellas cosas que necesitamos (y, a menudo, muchísimo más).
Cuando subes tus expectativas en Dios, cuando hallas tu satisfacción en Cristo, cuando acumulas tesoros en el cielo, estarás satisfecho con las cosas de la tierra porque no las necesitas. Ya tienes la vida, la paz, la seguridad, la permanencia y la alegría que deseas. Por lo tanto, eres libre de disfrutar los regalos de Dios por lo que son y nada más.
Preguntas para reflexionar:
1. Cuéntale a tu mentor sobre una ocasión en la que te hayas dado cuenta de que solamente Jesús es mejor que todo lo que el mundo tiene para ofrecer.
2. ¿De qué manera la certeza de la muerte y la promesa de la vida eterna cambia tu perspectiva sobre acumular cada vez más posesiones materiales?
Parte siete: Comamos y bebamos, que mañana moriremos
Una vez que tus expectativas están correctamente ajustadas tanto en Dios como en sus regalos, podrás disfrutar y contentarte con tu situación y tus cosas en la vida.
La segunda lección que la muerte quiere enseñarte es que disfrutes el presente. No el mañana, sino el hoy.
Qué pena sería que pases toda tu vida disconforme, esperando el futuro, cuando puedes ser feliz de una vez por todas.
Fuiste hecho para mucho más de lo que estás experimentando en este mundo (tienes la eternidad en tu corazón), por esto, estarás inclinado a intentar encontrar el Edén ahora, no en Dios, sino en sus regalos. Ya que ninguno de estos regalos puede darte lo que quieres, pensarás que solo te faltan unos pocos pasos para llegar a la meta. Es por esto que las personas disconformes siempre viven pensando en el mañana, ansiosos por el mañana, trabajando para el mañana y nunca disfrutan el hoy (y te desvelo el final: el mañana nunca llega).
Pascal lo explica así:
Examine cada cual sus pensamientos, y los encontrará completamente ocupados en el pasado y en el porvenir. Apenas pensamos en el presente; y si pensamos en él, no es sino para pedirle luz para disponer del porvenir. El presente jamás es nuestro fin: el pasado y el presente son nuestros medios, sólo el porvenir es nuestro fin. Así, jamás viviremos, sino esperamos vivir; y disponiéndonos siempre a ser felices, es inevitable que no lo seamos jamás.[5]
Dios es tan generoso con sus hijos que nos da todo lo que necesitamos en Cristo y más. Nos da comida, bebida, trabajo y amigos para que los disfrutemos (Ecl 3:15). De igual modo, como un niño que se queja a la hora del almuerzo, rechazamos su generosidad, pensando que nos merecemos hoy lo que no está prometido para mañana.
La disconformidad es un círculo vicioso. Si vivimos solo para la casa de mañana, la promoción de mañana, el título de mañana y la familia, solamente tendremos ansiedad e intranquilidad hoy. Como el hombre en los capítulos 5 y 6, quien era miserable al ganar y al perder, una persona disconforme nunca disfruta del hoy y nunca llega al «mañana». Vive por el viento del mañana, pero nunca lo atrapa.
Tal como te enseña el Maestro, tu vida es vapor. Te estás quedando rápidamente sin «mañanas». No vivas sin nunca haber disfrutado el hoy.
Hay una mejor forma de vivir: recibe este día como un regalo de Dios. Como vimos antes, si estás satisfecho con Cristo, no necesitas más regalos y eres libre de disfrutar de lo que tienes.
Escucha al apóstol Pablo, inspirado en las enseñanzas de la muerte:
Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero solo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos comida y ropa, contentémonos con eso (1 Tm 6:6-8).
Observa como Pablo predica la misma lección que nos enseña la muerte. Desnudos vinimos, desnudos nos iremos. No deposites tu vida en las cosas que la muerte te arrebatará. Por el contrario, si tienes suficiente comida y ropa, puedes estar conforme. El «nivel de vida» de Pablo en cierto sentido es muy bajo. En otro sentido, no podría ser más alto. La razón por la cual está satisfecho es porque tiene a Cristo.
No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Flp 4:11).
Pablo bajó sus expectativas del mundo y subió sus expectativas en Dios.
Si la descripción de Pablo de una buena vida —ganar a Cristo incluso perdiendo todo lo demás (Flp 2:7-8)— te parece demasiado básica, es porque sigues esperando mucho del mundo y no lo suficiente de Dios. Cuando estás satisfecho con Cristo no necesitas nada más que a Él, comida y ropa. Cualquier otra cosa es una bendición enorme de parte de Dios, que se te ha brindado para que la disfrutes.
Así, a pesar de la aparentemente sombría perspectiva del libro de Eclesiastés sobre la vida bajo el sol (morirás, el mundo está roto, no serás recordado), nos repite una enseñanza. Siete veces asoma su cabeza por encima de las nubes para darnos una visión del cielo:
Nada hay mejor para el hombre que comer, beber y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios, porque ¿quién puede comer y alegrarse, si no es por Dios? (Ecl 2:24-25).
Por tanto, celebro la alegría, pues no hay para el ser humano nada mejor bajo el sol que comer, beber y alegrarse. Solo eso le queda de tanto afanarse en esta vida que Dios le ha dado bajo el sol (Ecl 8:15).
Estos pasajes solo tienen sentido cuando comprendes las dos claves del contentamiento. La comida, la bebida, el trabajo, el matrimonio y las demás cosas no te darán vida. Dios anhela darte vida en abundancia. Cuando entiendes estas dos cosas y estás satisfecho en Cristo, experimentas el efecto «rebote» por el cual podrás disfrutar realmente de las cosas en las que antes buscabas vida. En lugar de verlos como medios para la felicidad del mañana, puedes disfrutarlos en el presente.
La felicidad es un regalo de Dios hoy.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Qué te impide disfrutar el presente y sus regalos?
2. ¿De qué maneras te ves tentado a sentirte disconforme?
Conclusión
Déjame preguntarte nuevamente, ¿eres feliz? Si no lo eres, ¿por qué? Me imagino que es porque no tienes algo que crees que necesitas. Es porque crees que esa cosa que no tienes hará por ti hoy lo que piensas que Dios no te está ofreciendo.
¿Cuál es la solución? Baja tus expectativas de las cosas del mundo y sube las de Dios. Si tienes comida, ropa y a Dios, ya tienes suficiente. Tienes incluso más que suficiente. Tienes a alguien infinito que llena el vacío de tu corazón. Y, probablemente, tienes más regalos temporales de los que necesitas, cosas que Él te ha dado para que disfrutes mientras viajas a su encuentro cara a cara.
La pregunta es: ¿es esto suficiente para ti?
Escucha nuevamente a Pablo, teniendo en mente que no hay nada que puedas ganar en el mundo (las cosas materiales no pueden satisfacerte y te serán arrebatadas cuando mueras):
Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a Él. No quiero mi propia justicia que procede de la Ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a Él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos (Flp 3:7-11).
Solo podemos ganar en Cristo. Solo Él puede satisfacernos. Solo Él conquistó a la muerte. Halla tu satisfacción en Él, y tendrás contentamiento con todas las cosas.
[1] Si no entiendes de qué hablo, te recomiendo que leas el libro o veas la película El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien.
[2] Blaise Pascal: Pensamientos, 425 [en línea], https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/pensamientos–1/html/ff08eee4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_4.html#I_10._[Consulta: 4 sept. 2025.]
[3] Blaise Pascal: Pensamientos, 425 [en línea], https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/pensamientos–1/html/ff08eee4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_4.html#I_10._[Consulta: 4 sept. 2025.]
[4] C.S. Lewis: The Weight of Glory (El peso de la gloria) (Nashville, Tennessee: Harper Collins Español), 2016, p. 29.
[5] Blaise Pascal: Pensamientos, 172 [en línea], https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/pensamientos–1/html/ff08eee4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_4.html#I_10._[Consulta: 4 sept. 2025.]
Tabla de contenido
- Parte uno: La búsqueda universal
- Preguntas para reflexionar:
- Parte dos: Fuera de lugar y de tiempo
- Preguntas para reflexionar:
- Parte tres: Deseos más intensos
- Preguntas para reflexionar:
- Parte cuatro: Disconforme con poco y con mucho
- Preguntas para reflexionar:
- Parte cinco: Muestras del cielo
- Preguntas para reflexionar:
- Parte seis: Manos vacías, corazones llenos
- Preguntas para reflexionar:
- Parte siete: Comamos y bebamos, que mañana moriremos
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión