#57 Pursuit of Wisdom
Preparando el terreno: ¿Qué es la sabiduría?
¿Qué valoras más en otras personas? Solemos admirar a los demás por su inteligencia, sus aptitudes y su éxito, pero ¿cuándo fue la última vez que oíste a alguien ser elogiado por su sabiduría? Para algunos, una persona sabia puede verse como una figura distante, alguien retirado de la sociedad meditando en silencio. Contrariamente a esto, para los cristianos, la búsqueda de la sabiduría es un tema central en nuestras vidas.
El libro de Proverbios, que fue escrito para que podamos «adquirir sabiduría» (Pr 1:2), pone a esta por encima de cualquier bien que podamos poseer. Proverbios nos enseña que «necio es el que confía en sí mismo» (Pr 28:26a). El autor nos exhorta a buscar la sabiduría y a considerarla una hermana (Pr 7:4). También se nos recuerda que la sabiduría es «más valiosa que las piedras preciosas» (Pr 3:15a), porque encontrar la sabiduría es hallar la vida (Pr 8:35). En el Nuevo Testamento, los cristianos también somos llamados a tener cuidado con nuestra manera de vivir y a no vivir como necios, sino como sabios (Ef 5:15).
Dado que la sabiduría es central para la fe cristiana pero desestimada en la sociedad moderna, es importante que primero comprendamos su definición. Si queremos buscar la sabiduría, debemos saber qué es lo que estamos buscando.
Piensa en la sabiduría como la habilidad que le permite a alguien aplicar lo que sabe. Un artesano habilidoso no solo es alguien que sabe para qué sirve cada herramienta y qué materiales usar para cada proyecto, sino alguien que puede aplicar ese conocimiento de forma sabia para crear algo funcional y hermoso. La sabiduría es una habilidad que le permite a los individuos usar los medios necesarios para alcanzar un propósito específico. Por lo tanto, la sabiduría no es solamente conocimiento, sino la capacidad de aplicarlo de la mejor manera posible. Esto significa que alguien puede saber, en teoría, cómo construir un bote (qué materiales y herramientas usar, cómo es el proceso), pero ser incapaz de hacerlo por sí mismo. Una cosa es tener una receta, y otra cosa muy distinta es saber cocinar. En la Biblia, tenemos ejemplos como el de José, quien gobernaba Egipto con ingenio, y a quien el faraón le dijo: «No hay nadie más competente y sabio que tú» (Gn 41:39b). También podemos pensar en Bezalel y Aholiab, quienes «llevarán a cabo los trabajos para el servicio del santuario, tal y como el Señor lo ha ordenado, junto con todos los expertos, y a quienes el Señor haya dado pericia y habilidad para realizar toda la obra del servicio del santuario» (Ex 36:1; 1 Re. 7:14).
Esta guía de habilidades para la vida aborda los aspectos fundamentales de la sabiduría y cómo buscarla. Apunta a explorar el significado de «tener sabiduría», así como aprender a ser sabios. No nos ocuparemos tanto de cómo tomar cada tipo de decisión,[1] sino que consideraremos qué significa buscar la sabiduría para las innumerables decisiones que debemos tomar en la vida. En otras palabras, la búsqueda de la sabiduría es el acto de volverse una persona sabia. La toma de decisiones es el acto de elegir entre varias opciones, una acción específica que refleja la sabiduría que alguien cultivó. La búsqueda de la sabiduría pertenece al ámbito del desarrollo de la personalidad, no solo al de la toma de decisiones.
Entonces, nos enfocaremos en la práctica de la búsqueda de la sabiduría. Exploraremos cinco formas interrelacionadas de buscar la sabiduría divina. Algunas formas son más básicas, pero todas son importantes para que podamos volvernos sabios.
- El temor del Señor. La base de la verdadera sabiduría
- La sabiduría encarnada y redentora
- La oración. Buscar la sabiduría en el poder del Espíritu Santo
- Las Escrituras. La fuente y guía de la sabiduría
- La iglesia local. El ámbito para buscar la sabiduría
Comencemos con la más fundamental de estas vías para buscar la sabiduría:
[1] Recomiendo leer la guía de habilidades para la vida de Andrew David Naselli, La voluntad de Dios y la toma de decisiones. La guía de Andy es muy útil para el proceso de toma de decisiones, ya que no solo explora lo que significa la voluntad de Dios en la Biblia, sino que también ayuda a los cristianos a tomar decisiones sabias.
Audioguía
Audio#57 Pursuit of Wisdom
Parte uno: El temor del Señor. La base de la verdadera sabiduría
El primer libro de la Biblia comienza con las palabras: «En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Gn 1:1). En esta simple pero profunda introducción, aprendemos que hay un Dios que creó todas las cosas. Algunos versículos más tarde, leemos: «Y Dios creó al ser humano a su imagen» (Gn 1:27a). Los seres humanos fuimos creados para reflejar Dios mismo. No somos divinos, pero fuimos creados a imagen de Dios. Entonces, ya que Dios es el creador, y nosotros somos criaturas creadas a su imagen, si queremos conocernos a nosotros mismos, debemos conocer quién es Dios.
La Biblia también nos enseña que «[c]on sabiduría afirmó el Señor la tierra» (Pr 3:19a), que hizo todas las obras con sabiduría (Sal 104:24), y que cada una «tiene un propósito»
(Pr 16:4). «Dios miró todo lo que había hecho y consideró que era muy bueno» (Gn 1:31).
Imagina una obra de arte, tal vez una pintura o una escultura. Un observador puede estudiar sus colores, texturas y líneas, y ofrecer teorías sobre su significado y su propósito. Sin embargo, sus observaciones son meras especulaciones o, en el mejor de los casos, deducciones basadas en lo que puede ver. Solo el artista puede decir qué es y qué propósito tuvo la obra. Si esto es cierto sobre un autor humano, limitado e imperfecto, ¿cuánto más podemos decir sobre un Dios perfecto, autor de todo lo que existe?
Para resumir esto, hay un solo Dios que con sabiduría creó todas las cosas, cada una de ellas buenas para un propósito determinado por Él mismo. Los seres humanos somos parte de la creación sabia y buena de Dios, hechos a su imagen. Por lo tanto, conocer a Dios es necesario para conocernos a nosotros mismos, a nuestro propósito en la vida y, en consecuencia, buscar la sabiduría.
Se han escrito libros completos sobre los atributos de Dios, y nuestro espacio en esta guía es muy limitado. Sin embargo, quiero que te tomes un tiempo para pensar qué dice la Biblia sobre el único Dios verdadero. Dios es espíritu, trascendente y majestuoso. Es infinito, autosuficiente e inmutable. A pesar de que es cognoscible, es incomprensible (está más allá de lo que nuestras mentes pueden comprender en su totalidad). Dios es omnipotente (todopoderoso), omnisciente (todo lo sabe) y omnipresente (no está limitado por el espacio o el tiempo). Él creó, sostiene y gobierna todas las cosas. Dios también es santo y justo. Es perfectamente puro y castiga con justicia todo el mal.
¡El único y verdadero Dios es más glorioso de lo que podamos imaginar! No fue creado por nosotros ni a nuestra imagen. No puede ser controlado ni domesticado, ni tampoco necesita de sus criaturas para existir ¡tiene vida en sí mismo! A pesar de nuestra comprensión limitada, la única respuesta adecuada que podemos brindar ante los atributos perfectos de Dios es un profundo sentido de asombro. Es decir, debemos temer (respetar) al único verdadero Dios.
No es de extrañar que la Biblia afirme que «el temor del Señor es el principio del conocimiento» (Pr 1:7a) y «el comienzo de la sabiduría» (Pr 9:10). El temor de Dios es la respuesta adecuada de los seres humanos ante Él y sus obras. Pero ¿qué significa tener temor de Dios? ¿Acaso el temor no es algo malo?
No estamos hablando de un temor como el que sientes cuando piensas que hay un monstruo debajo la cama. El temor del Señor consiste en tener un asombro reverente ante Dios. «Que toda la tierra tema al Señor; que lo honren todos los pueblos del mundo» (Sal 33:8). El temor de Dios lleva a la obediencia, al amor y a la adoración. Como podemos leer en Deuteronomio 10:12: «Y ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor tu Dios? Simplemente que le temas y andes en todos sus caminos, que lo ames y le sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma». Este fue el plan de Dios desde que nos creó a su imagen: que le temamos y vivamos para su gloria.
A pesar de esto, hay malas noticias. Luego de que Adán y Eva comieron el fruto prohibido, vemos en Génesis que se escondieron de Dios (Gn 3:8). Cuando se le preguntó a Adán dónde estaba, confesó que se había escondido porque tuvo miedo (Gn 3:10). Dios le había dado a Adán una orden, y este la desobedeció. Dios es santo y justo, y le había dicho a Adán que la consecuencia de su desobediencia era la muerte (Gn 2:17). Un Dios santo no puede estar en comunión con el pecado. Un Dios justo debe condenar todo pecado. Una vez que Adán pecó, el temor se volvió la única respuesta adecuada ante Dios. Pero ahora, como pecador, el temor de Adán no era solo reverencia y asombro. Ahora, Adán (y todos los humanos que vinimos después de él) debe temer el juicio y la condenación de Dios.
El profeta Isaías también tuvo temor cuando vio «al Señor sentado en un trono alto y excelso» (Is 6:1). En su visión de la gloria de Dios, Isaías vio ángeles parados humildemente frente a Él, adorándolo. Por el contrario, cuando Isaías vio la gloria de Dios respondió con terror: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros y mis ojos han visto al Rey, al Señor de los Ejércitos» (Is 6:5). Por misericordia de Dios, Isaías no recibió lo que merecía, sino que, por la gracia de Dios, leemos: «[T]u maldad ha sido borrada y tu pecado, perdonado» (Is 6:7b).
La Biblia nos enseña que «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Rm 3:23), que «no hay un solo justo, ni siquiera uno» (Rm 3:10) y que «todos se han descarriado» (Rm 3:12). Luego de que Adán pecó, todos los seres humanos nacieron en la misma condición. Todos fallamos en responder de manera adecuada a quién es Dios. En nuestra ingenuidad, todos fallamos en temer, obedecer, amar y adorar al Señor. Ante Él, que es santo y justo, todos somos culpables y justamente condenados. Tal como Isaías, todos necesitamos la misericordia y la gracia de Dios.
En conclusión, todos fracasamos en vivir con la sabiduría con que fuimos creados. en un temor reverente de Dios y para su gloria. No podemos responder perfectamente con asombro y obediencia al Dios santo, justo y glorioso que nos creó a su imagen. Como pecadores, el temor del Señor comienza como un temor al juicio y a la condenación, porque ninguno es merecedor de su gloria. Sin embargo, este temor sigue siendo el principio de la sabiduría, porque una vez que enfrentamos la realidad de quién es Dios (santo y justo) y quiénes somos nosotros (pecadores), llegamos al punto clave de la fe cristiana: necesitamos un Salvador. Necesitamos a Jesucristo, quien encarna perfectamente la sabiduría, y también en quien nuestra relación rota con Dios es restaurada. Él es quien soportó nuestra condena para que podamos reconciliarnos con Dios y, a través de Él, comenzar a vivir de verdad con temor de Dios y ser sabios.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿En qué se diferencia tener sabiduría de solo tener conocimiento?
2. ¿Por qué es necesario saber quién es Dios antes de conocernos a nosotros mismos?
3. ¿Cuál es el problema que enfrentamos cuando aprendemos que Dios es santo y nosotros somos pecadores? ¿Cuál es la solución?
Parte dos: Cristo. La sabiduría encarnada y redentora
La Biblia dice de Jesús lo que no puede decirse de ningún otro ser humano: en Él «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col 2:3). La implicación necesaria es que, en la búsqueda de la sabiduría, debemos centrar nuestra atención en la persona de Jesús. En este hombre es en quien encontramos la sabiduría. Sin embargo, Jesús no es solo el medio por el cual alcanzamos la sabiduría, como si solo acudiéramos a Él para recibir algo. Es en Él en quien hallamos la sabiduría. En otras palabras, Él es la sabiduría. Es por eso que la búsqueda de la sabiduría es intrínsecamente la búsqueda de Jesús como objetivo final. Por lo tanto, no es posible buscar la sabiduría sin buscar a Jesús mismo y querer ser como Él.
Pero ¿qué hace que Jesús sea merecedor de tal devoción? Antes de avanzar, debemos parar a hacernos una pregunta muy importante: ¿quién es Jesús? Esta fue la pregunta que el mismo Jesús les planteó a sus discípulos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16:15). Pedro, como es bien conocido y con toda justicia, respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mt 16:16). Esta afirmación distingue a Jesús de cualquier otro ser humano que haya habitado la tierra.
Jesús es el Hijo de Dios. En términos más simples, ser el Hijo de Dios es ser Dios, es decir, Dios Hijo. Esto es claro en las Escrituras. Los líderes judíos querían matar a Jesús porque «[…] decía que Dios era su propio Padre, con lo que él mismo se hacía igual a Dios» (Jn 5:18b). Es interesante que el Evangelio según Juan comience así: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1:1). Antes de ser hombre, era eternamente Dios con el Padre y el Espíritu Santo.
Pero Pedro también confesó que Jesús era el Cristo. Cristo significa Mesías, el ungido. Jesús era el cumplimiento de las promesas de Dios, que se remontan al Edén, cuando Adán pecó. Cuando Dios maldijo a la serpiente, dijo: «Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la de ella; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le herirás el talón» (Gn 3:15). Dios dijo que la serpiente sería vencida un día por la simiente de la mujer. En el Edén, Dios prometió la solución al pecado de Adán y Eva. Esta es la razón por la cual el Antiguo Testamento está lleno de genealogías. La mayoría de estos árboles genealógicos siguen a la simiente prometida a través de la historia, hasta que se cumple el plan de Dios para salvar a la humanidad. Se nos dice progresivamente que esta semilla será descendiente de Abraham, Isaías, Jacob y Judá. Más adelante en el tiempo, Dios revela que la simiente prometida descenderá del rey David y de Salomón. Más tarde, Isaías profetizó sobre la simiente con estas palabras: «El Espíritu del Señor reposará sobre él: Espíritu de sabiduría y de entendimiento, Espíritu de consejo y de poder, Espíritu de conocimiento y de temor del Señor. Él se deleitará en el temor del Señor»
(Is 11:2-3a).
La simiente prometida sería un hombre, tal como Dios pensó al hombre cuando creó a la humanidad: un hombre que se deleitara en el temor del Señor, un hombre con Espíritu de sabiduría y entendimiento. Leemos en el Evangelio según Juan: «Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y contemplamos su gloria, la gloria que corresponde al Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14). Es en el Nuevo Testamento en donde se revela en su totalidad el plan de salvación eterno y sabio de Dios.
Ya que Jesús es Dios encarnado, «refleja el brillo de la gloria de Dios y es la fiel representación de lo que Él es» (Hb 1:3a). «Él es la imagen del Dios invisible […] Porque a Dios le agradó habitar en Él con toda su plenitud» (Col 1:15a, 19). Jesús era totalmente humano, «aunque sin pecado» (Hb 4:15). Esto significa que vivió de forma sabia y con temor de Dios una vida perfecta de obediencia al Padre. Sus pensamientos eran puros, sus palabras eran verdaderas y siempre adecuadas, y sus acciones perfectas. En su bautismo y transfiguración, Dios Padre dijo sobre Jesús: «Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él» (Mt 3:17; 17:5). Nadie, salvo Dios Hijo, podría ser la imagen perfecta de Dios. Él es el único que complace al Padre por completo.
Sin embargo, la vida perfecta de Jesús no es suficiente para librarnos de la condenación que merecemos por nuestro pecado. La pena por nuestro pecado es la muerte. Por gracia de Dios, Jesús no solo vivió una vida perfecta, sino que también murió y resucitó. Con su muerte, pagó el precio de los pecados. El Nuevo Testamento afirma que «cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5:8), «Cristo murió por nuestros pecados» (1 Co 15:3). No solo murió por los pecadores, sino que murió en su lugar, como su representante. «Porque Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios» (1 P 3:18). Hubo un intercambio. Los pecadores que merecían ser castigados fueron declarados justos, mientras que Jesús, el único hombre justo que existió, fue castigado en su lugar. «Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en Él recibiéramos la justicia de Dios» (2 Co 5:21). En su resurrección, es capaz de dar vida a todos aquellos a los que representa, que están unidos a Él por la fe. Comenzamos en un estado de muerte espiritual, «muertos en sus transgresiones y pecados» según Efesios 2:1. Las personas son necias por naturaleza, y sus corazones están corrompidos. El hecho de que Jesús sea un ejemplo de sabiduría no es suficiente para alguien que está muerto espiritualmente. Todos necesitamos vidas espirituales nuevas. Jesús dijo que «quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Jn 3:3). Jesús resucitó para darles a los pecadores, muertos espiritualmente, una nueva vida, un nuevo corazón con nuevos deseos y la capacidad de buscar la sabiduría.
Ahora puedes entender mejor por qué Jesús es digno de toda devoción, así como el centro y el objetivo final de nuestra búsqueda de la sabiduría. Dios lo volvió «nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Co 1:30). Una vez que Dios perdona nuestros pecados y nos da una vida nueva, se restaura el temor de Dios, en su forma correcta y buena, porque ya no vivimos con miedo a la condenación. En unión con Cristo, ahora somos libres de vivir por la razón para la que fuimos creados: para temer a Dios y vivir para su gloria.
Déjame preguntarte: ¿has nacido de nuevo? ¿Te has arrepentido de tus pecados y puesto tu fe en Cristo para tu salvación? Jesús es el único que puede salvar a los pecadores. Solo Él puede volverte sabio.
En resumen, la búsqueda de la sabiduría es la búsqueda del mismo Jesucristo, ya que
Él es la encarnación perfecta de la sabiduría y por quien nuestra relación rota con Dios es restaurada. A través de su vida, muerte y resurrección, Cristo nos redimió del miedo a la condenación. Así, nos permitió vivir con temor reverente de Dios y comenzar a reflejar su imagen, lo cual significa ser más como Cristo (Rm 8:29; 1 Co 15:49), para gloria de Dios.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Por qué es necesario conocer a Jesús para ser sabios?
2. ¿Cómo pasamos de ser rebeldes y necios a ser redimidos y sabios?
3. ¿Has confiado en Jesús? De no ser así ¿qué te lo impide?
Parte tres: La oración. Buscar la sabiduría
en el poder del Espíritu Santo
Comenzamos con la oración porque nos mantiene humildes y nos recuerda que, a pesar de que la búsqueda de la sabiduría es un mandato que requiere un esfuerzo consciente y continuo de nuestra parte (Pr 4:7; Ef 5:15), la sabiduría es un regalo que no podemos alcanzar por nuestros propios medios. «Porque el Señor da la sabiduría […]» (Pr 2:6). Entonces, Santiago nos enseña que «[s]i a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie» (St 1:5). Esta promesa nos muestra el deseo bueno de Dios de dar sabiduría a quienes la busquen con humildad.
Tal vez el ejemplo más famoso de alguien que le pidió la sabiduría con humildad a Dios es el rey Salomón, quien reconoció: «No soy más que un muchacho» (1 Re 3:7) y le pidió a Dios «discernimiento para gobernar a [s]u pueblo» (1 Re 3:9). Dios le respondió: «Te daré un corazón sabio y prudente» (1 Re 3:12). Más tarde, leemos que mientras Salomón juzgaba sabiamente, las personas «vieron que tenía sabiduría de Dios» (1 Re 3:28). «Dios dio a Salomón sabiduría e inteligencia extraordinarias» (1 Re 4:29). El rey Salomón es un claro ejemplo de que la sabiduría es un regalo que Dios les da a quienes se lo piden con humildad. Por lo tanto, debemos orar y pedirle a Dios sabiduría continuamente.
Al mismo tiempo, la oración de Pablo en Efesios 3 establece un buen patrón para nuestras propias oraciones. El apóstol nos enseña a orarle al Padre: «[…] me arrodillo delante del Padre» (Ef 3:14). El propósito es «para que por fe Cristo habite en sus corazones […]» (Ef 3:17). Sin embargo, observa que Pablo le pide al Padre que «por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser» (Ef 3:16). El poder que permite que Cristo habite en nosotros a través de la fe es el poder del Espíritu Santo en nosotros. Dios «puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir […]» (Ef 3:20).
En la cultura en la que vivimos, se nos dice constantemente que debemos creer en nosotros mismos y que si miramos en nuestro interior tendremos todos los recursos necesarios para ser exitosos. Sin embargo, si la sabiduría fuera algo que pudiésemos alcanzar solos, ¿por qué necesitaríamos pedirle a Dios que nos la de? La sabiduría es un regalo de Dios que se nos da por medio del Espíritu Santo y que llega a través de la oración. Oramos al Padre para que el Espíritu Santo nos de sabiduría. Para ser sabios, debemos estar lleno del Espíritu que nos hace sabios.
El ejemplo perfecto de un hombre sabio lleno del Espíritu Santo es nuestro Señor Jesucristo. El evangelio nos muestra lo fundamental que es el Espíritu Santo en el ministerio de Jesús. Tomemos como ejemplo el Evangelio de Lucas. Comienza con la concepción. El ángel le dice a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1:35a). La función del Espíritu Santo no se limitaba a hacer que María quedara embarazada sin tener relaciones sexuales, sino que también dijo que «al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios» (Lc 1:35b). Lo que distinguía a Jesús de los demás hombres (su santidad) era un acto del Espíritu Santo. Este niño santo «crecía y se fortalecía; se llenaba de sabiduría» (Lc 2:40). Cuando fue bautizado, «el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma de paloma» (Lc 2:22). Esto significó que Él era el ungido de Dios y también lo empoderó para su ministerio. Luego de su bautismo, «Jesús, lleno del Espíritu Santo […] fue llevado por el Espíritu al desierto» (Lc 4:1), donde sería tentado por el diablo. Jesús resistió esta tentación en el desierto gracias al poder del Espíritu Santo. Luego de ser tentado, leemos que «Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu […]» (Lc 4:14). En la sinagoga, leyó en público
el libro del profeta Isaías que decía: «El Espíritu del Señor está sobre mí […]» (Lc 4:18, cf. Is 61). Jesús confirmó que esta profecía hablaba de sí mismo (Lc 4:21). Él estaba lleno del Espíritu de sabiduría, lo cual Isaías había profetizado sobre el Mesías (Is 11:2).
Para ser más parecidos a Jesús, nosotros también debemos llenarnos del Espíritu Santo. Si queremos buscar la sabiduría, debemos ser como Jesús, quien estaba lleno del Espíritu de sabiduría. Cuando Pablo ora por la iglesia de Éfeso, dice: «Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor» (Ef 1:17). Cuando ora por la iglesia de los colosenses, pide «que Dios les haga conocer plenamente su voluntad con toda sabiduría y comprensión espiritual» (Col 1:9).
De forma similar, se nos exhorta a orar «en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos. Manténganse alertas y perseveren en oración por todos los creyentes» (Ef 6:18). Incluso en nuestras oraciones, se nos promete que «en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras» (Rm 8:26). El Espíritu que le pedimos al Padre para que nos fortalezca es el mismo Espíritu que ora por nosotros. Parece que Pablo pensó en el mismo principio cuando les dijo a los filipenses que «lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad» (Flp 2:12b-13). Buscamos la sabiduría con la certeza de que el Dios que nos salvó y nos dio vida nueva no solo nos da órdenes, sino que también nos garantiza que podremos cumplirlas.
Busquemos la sabiduría orando todo el tiempo para que Dios nos llene del Espíritu Santo. Buscamos la sabiduría orando con la certeza de que Dios nos dará lo que deseamos, porque oramos según su voluntad.
Ahora, debemos entender que cuando oramos por sabiduría, no le pedimos a Dios que nos dé una revelación especial directa. La sabiduría es lo que nos permite aplicar lo que sabemos sobre Dios y sobre nosotros mismos.[1] Una persona sabia no es omnisciente. Tampoco la sabiduría requiere de una revelación especial directa. En realidad, es por el hecho de que no lo sabemos todo ni Dios nos revela todo que necesitamos la habilidad de aplicar lo que sí sabemos con discernimiento. Una persona sabia sabe que: «Lo secreto pertenece al Señor nuestro Dios, pero lo revelado nos pertenece a nosotros y a nuestros hijos para siempre, para que obedezcamos todas las palabras de esta ley» (Dt 29:29). La sabiduría no consiste en tener acceso a un conocimiento secreto especial que permanece oculto de los demás, sino que es la habilidad de aplicar en nuestras vidas lo que Dios nos ha revelado. Esto nos lleva al siguiente punto.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Es normal o natural para ti orar para que Dios te de sabiduría? De ser así ¿en qué situaciones lo haces? De no ser así ¿por qué no?
2. ¿Por qué necesitamos pedirle a Dios sabiduría, a pesar de que igualmente debamos buscarla?
3. ¿Quién nos da sabiduría? ¿Cómo?
Parte cuatro: Las Escrituras. La fuente y guía de la sabiduría
Definimos a la sabiduría como la capacidad que le permite a alguien aplicar lo que sabe. La sabiduría es más que el conocimiento, pero no puede ser menos. De hecho, la verdadera sabiduría asume que lo que sabemos es verdad. Para ser sabios, debemos tener conocimiento. Un buen abogado debe conocer las leyes de su país y cómo funciona el sistema judicial. De la misma forma, si el temor de Dios es la respuesta adecuada a quien es Él, necesitamos conocer a Dios para responder de forma apropiada. «El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor; conocer al Santo es tener entendimiento» (Pr 9:10). Solo los necios menosprecian el conocimiento.
Entonces, la pregunta no es si necesitamos conocimiento para buscar la sabiduría, sino cómo podemos conocer la verdad (es decir, cómo podemos tener acceso a una fuente infalible
de conocimiento). Para ser sabios, necesitamos tener temor de Dios. Para tener temor de Dios, debemos conocerlo. Sabemos que Dios se ha revelado a sí mismo perfectamente en la persona
de su Hijo, Dios personificado, nuestro Señor Jesucristo. Pero ¿cómo conocemos sobre Cristo?
Probablemente ya sabes la respuesta a esta pregunta. La única fuente de conocimiento confiable e infalible es la Palabra de Dios. A pesar de que tuvimos que abordar aspectos más fundamentales primero, estuve suponiendo y diciendo que las Escrituras son nuestra fuente y guía en la búsqueda de la sabiduría desde el inicio de esta guía. Cuando buscaba sabiduría para escribir este texto, me enfoqué en citar explícitamente las Escrituras para que puedas convencerte de lo que Dios reveló. Como el apóstol Pablo le recordó a Timoteo, su hijo en la fe: «Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Tm 3:15; cf. Sal 119:98-100).
La Biblia es la única fuente infalible de conocimiento porque es la Palabra de Dios, «[p]orque la profecía no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo» (2 P 1:21). La Biblia fue escrita por los hombres, pero lo que escribieron fue revelado por Dios. Mientras escribían, fueron «impulsados por el Espíritu Santo». Entonces: «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra» (2 Ti 3:16-17). Observa primero que, a pesar de que fue escrita por hombres, el Espíritu Santo garantizó que lo escrito fueran palabras inspiradas por el mismo Dios. Aunque solemos hablar y leer en la Biblia sobre inspiración, en realidad sería como una «espiración». Las palabras de la Biblia son las palabras de Dios. En segundo lugar, ya que la Escritura es la Palabra de Dios, es útil para que estemos «enteramente capacitados para toda buena obra». No necesitamos nada más. La Biblia es suficiente para que estemos capacitados para toda buena obra.
Por supuesto que la Biblia no nos enseña a andar en bicicleta ni a cambiar el aceite del auto. La Biblia es suficiente para darnos «la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Ti 3:15). La revelación especial de Dios en las Escrituras tiene un propósito muy específico: volvernos sabios. «El mandato del Señor es digno de confianza: da sabiduría al sencillo» (Sal 19:7b). Ya que revela la verdad sobre Dios y sobre nosotros, la Biblia es necesaria y suficiente para darnos conocimiento de la verdad para llevarnos a la salvación, que solo se encuentra confiando en Cristo. Esta verdad no solo vale para nuestra conversión, sino también para nuestro crecimiento constante a semejanza de Cristo. Cuanto más conocemos sobre las Escrituras, más aprendemos sobre Dios y sobre nosotros mismos; también aprendemos a confiar más en Cristo.
En resumen, la búsqueda de la sabiduría no se trata de revelaciones especiales, experiencias místicas o sentimientos subjetivos. No es un conocimiento secreto reservado para una élite selecta. En cambio, es la verdad revelada, declarada abiertamente por Dios a través de los profetas y los apóstoles, encarnada perfectamente en el Hijo de Dios, Jesucristo, y registrada en las Escrituras. La Palabra de Dios es «una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero» (Sal 119:105). Es una verdad accesible a todos lo que la buscan genuinamente para comprenderla. El Espíritu Santo que inspiró la Palabra es el mismo que nos permite no solo comprenderla, sino también volvernos sabios.
Entonces, en la búsqueda de la sabiduría es crucial que «no te apoyes en tu propia inteligencia» (Pr 3:5) y «no seas sabio en tu propia opinión» (Pr 3:7). Como cristiano, ahora que conoces a Cristo, tienes la responsabilidad especial de cuidar tu manera de vivir: «No vivan como necios, sino como sabios […] Por tanto, no sean insensatos, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor» (Ef 5:15, 17). La voluntad de Dios, la que Pablo quiere que los Efesios entiendan, es la voluntad revelada de Dios. No es de extrañar que Salmos 1 describa como una persona dichosa a alguien que «en la Ley del Señor se deleita y día y noche medita en ella. Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. Todo cuanto hace prospera» (Sal 1:2-3).
Si estás leyendo esta guía, probablemente tengas una Biblia (o varias), o al menos tengas acceso a una. Varios de nosotros tenemos el gran privilegio de poder poseer una copia de la Palabra de Dios. Hagamos uso de este regalo y leamos, estudiemos, meditemos, memoricemos
y apliquemos intencionalmente la Palabra de Dios en nuestras vidas. Después de todo, es la Palabra la que nos puede volver sabios.
Las Escrituras y la oración van de la mano. La verdadera sabiduría es un regalo de Dios que no podemos obtener por nuestros propios medios. Las Escrituras son la fuente y guía para volvernos sabios. La oración es nuestra confesión constante de que la sabiduría pertenece solo a Dios y de que dependemos totalmente de su gracia. Es el acto de pedirle con humildad al Padre, en el poder del Espíritu Santo, la sabiduría que necesitamos con tanta urgencia. Mantiene a nuestros corazones en el camino correcto y nos recuerda que todos los regalos buenos y perfectos, incluida la sabiduría, provienen de Él.
Oremos para que seamos personas tan inmersas en la Palabra y tan dependientes de la oración que nuestras vidas se vuelvan un testimonio vivo de la sabiduría que proviene solo de Dios.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Cómo funcionan las Escrituras como fuente de sabiduría?
2. ¿Cómo han sido tus momentos con la Palabra de Dios recientemente?
Parte cinco: La iglesia local. El ámbito para buscar la sabiduría
Cada planta necesita una cantidad específica de luz solar para crecer, el tipo adecuado de suelo para enraizarse y obtener nutrientes esenciales, y la cantidad apropiada de agua para nutrirse y crecer. Sin estos elementos esenciales, las plantas se marchitan y mueren. Al igual que una planta necesita un entorno específico para crecer, un cristiano necesita a la iglesia local. Esta es el marco adecuado donde un cristiano cultiva su conocimiento y su sabiduría a semejanza de Cristo.
La identidad cristiana es comunitaria. Una vez que estamos unidos a Cristo, estamos unidos a todos aquellos a quienes Él representa. El Nuevo Testamento usa varias metáforas para ayudarnos a entender esto. Por ejemplo:
- Un pueblo: «Pero ustedes son […] nación santa, pueblo que pertenece a Dios […]. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios […]» (1 P 2:9-10; cf. Ef 2:19; Tt 2:14).
- Un templo: «En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu» (Ef 2:22; cf. 1 P 2:5).
- Una familia: «Si me retraso, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente […]» (1 Tm 3:15; cf. Ga 6:10; Ef 2:19).
- Un cuerpo: «De hecho, aunque el cuerpo es uno solo, tiene muchos miembros y todos los miembros, no obstante ser muchos, forman un solo cuerpo. Así sucede con Cristo. Todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo» (1 Co 12:12-13a; cf. Rm 12:4-5; Col 1:18).
- Un rebaño: «Tengan cuidado de sí mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la Iglesia de Dios […]» (Hch 20:28).
Pertenecer a una iglesia local es esencial en la búsqueda de la sabiduría.[2] Cuando Pablo ora por los Efesios, les desea que «por fe Cristo habite en sus corazones» (Ef 3:17), para que puedan comprender el amor de Cristo «junto con todos los creyentes» (Ef 3:18). Los cristianos solo pueden comprender adecuadamente el amor de Cristo junto a otros cristianos. Algunos versículos más adelante, Pablo les dice que Dios le ha dado dones a la Iglesia para que podamos asemejarnos a Cristo. Dios le confirió pastores a la Iglesia «a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo. De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo» (Ef 4:12-13). Si quieres ser sabio, debes ser más como Cristo. Te vuelves más parecido a Cristo en el contexto de su cuerpo, la Iglesia, donde somos edificados juntos. Un cristiano separado de una iglesia local luchará para obtener vida espiritual como un pez en tierra firme.
Como miembros de la iglesia local, adoramos a Dios juntos. La adoración colectiva es una de las formas en las que nos moldeamos juntos a imagen de Cristo. Como Pablo les dijo a los efesios: «Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios, sino como sabios […] Al contrario, sean llenos del Espíritu. Anímense unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Canten y alaben al Señor con el corazón […]» (Ef 5:15-21). En este texto, Pablo relaciona la sabiduría con llenarse del Espíritu Santo y adorar colectivamente (representado a través de los cantos de la congregación). Esto no debería sorprendernos. La respuesta apropiada ante Dios es adorarlo.
Es en este contexto de adoración colectiva en el que se predica la Palabra. Como mencioné anteriormente, las Escrituras son la única fuente infalible de conocimiento verdadero. La adoración colectiva es el medio designado por Dios para que su Palabra sea proclamada y podamos aplicarla a nuestras vidas. Al escuchar la fiel exposición de las Escrituras, obtenemos
el conocimiento necesario para alcanzar la sabiduría. Es a través de la predicación de la Palabra que Dios enseña a su pueblo, corrige nuestras creencias falsas y nos vuelve parecidos a Cristo. Tal como Jesús oró al Padre: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad» (Jn 17:17).
También es en la adoración colectiva en la que obedecemos los sacramentos. El Señor Jesús instituyó dos sacramentos para que sean efectuados por la iglesia local: el bautismo y la Santa Cena. Estos son medios por los cuales el evangelio se hace visible —vemos, saboreamos y sentimos el evangelio. Por supuesto que el agua bautismal, el pan y la copa no tienen propiedades mágicas, pero los recibimos para edificarnos en la fe. En el bautismo, vemos el evangelio representado en la inmersión del pecador arrepentido. El bautismo confirma y proclama que el pecador fue unido a Cristo en su muerte y resurrección (Col 2:11-12; cf. Rm 6:3-4). En la Santa Cena, vemos el evangelio representado cuando una iglesia local, como un solo cuerpo, parte el pan y bendice la copa (1 Co 10:16-17). La Cena del Señor es una comida conmemorativa en la que el cuerpo de Cristo recuerda al cuerpo de Cristo, el que ofreció en lugar de su pueblo, y la sangre de Cristo, la cual derramó por el perdón de nuestros pecados.
Cada iglesia local también cuenta con pastores y ancianos. Ellos son el regalo de Cristo a la Iglesia para que nos volvamos más como Él. «Él mismo constituyó […] pastores y maestros,
a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo» (Ef 4:11-12). Estos hombres deben demostrar un carácter ejemplar, a imagen de Cristo, para liderar al pueblo de Dios con la Palabra de Dios. «Así que el obispo debe ser intachable […]
y capaz de enseñar» (1 Tm 3:2). Debe ser intachable porque debe dar el ejemplo a la Iglesia,
ser capaz de decir, como Pablo: «Imítenme, así como yo imito a Cristo» (1 Co 11:1; 1 Co 4:16; Flp 3:17). Como Pablo, Timoteo también es exhortado a ser «un ejemplo a seguir en la manera de hablar, en la conducta, en amor, fe y pureza» (1 Tm 4:12b). Los pastores piadosos ejercen su autoridad para el bien de la Iglesia. Se llama a los miembros de la Iglesia a que «obedezcan a sus dirigentes y sométanse a ellos, pues cuidan de ustedes como quienes tienen que rendir cuentas» (Hb 13:17a).
Pero, por importantes como sean los pastores en la vida de la Iglesia, el Nuevo Testamento deja claro que todos los miembros están involucrados activamente en el ministerio de su iglesia local. En primer lugar, los pastores fueron un regalo «a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo» (Ef 4:12). El cuerpo de Cristo se construye cuando el trabajo ministerial es llevado a cabo por los creyentes capacitados por sus pastores.
Todos los miembros de una iglesia local deberían estar comprometidos los unos con los otros, ayudarse para buscar la sabiduría y para ser como Cristo. La Palabra de Dios exhorta a los cristianos a que «se amen los unos a los otros» (Jn 13:34), se sirvan unos a otros (Ga 5:13), se ayuden unos a otros a llevar sus cargas (Ga 6:2), sean «tolerantes unos con otros» (Ef 4:2), sean bondadosos y compasivos unos con otros y se perdonen mutuamente (Ef 4:32), se animen y edifiquen unos a otros (1 Ts 4:18; 5:11), se confiesen unos a otros sus pecados y «oren unos por otros» (St 5:16). Entonces: «Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacer algunos, sino animémonos unos a otros […]» (Hb 10:24-25).
Todos estos preceptos significan que no solo hay que buscar ayudar a otros a ser como Cristo, sino que también debemos dejarnos ayudar por los demás a ser como Él. «Al necio le parece bien lo que emprende, pero el sabio escucha el consejo» (Pr 12:15). «Escucha el consejo, acepta la corrección y llegarás a ser sabio» (Pr 19:20).
En resumen, la iglesia local es donde buscamos la sabiduría. Es en el contexto de una iglesia local, como miembros comprometidos, en donde aprendemos y crecemos para temer, obedecer, amar y adorar a Dios.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Eres miembro de una iglesia local? De no ser así, ¿por qué no?
2. ¿Por qué es la iglesia local el mejor contexto para crecer en la sabiduría?
3. ¿De qué formas intentas servir a los miembros de tu iglesia?
Conclusión: Un testimonio vivo. La búsqueda c
onstante de la sabiduría
En esta guía, hemos buscado entender la naturaleza de la sabiduría divina, yendo más allá de los conceptos populares para anclarla firmemente en una relación con Dios. Comenzamos definiendo la sabiduría no como mero conocimiento, sino como la capacidad de aplicar lo que sabemos. Vimos que la búsqueda de sabiduría tiene que ver con nuestro carácter, no solo con nuestras decisiones. Se trata de volverse una persona sabia, no solo actuar de manera sabia. Luego, exploramos la búsqueda de la sabiduría. Esta empieza con (1) el temor de Dios, (2) la encarnación y redención en Cristo, (3) la búsqueda en el poder del Espíritu Santo, (4) las Escrituras como fuente y guía, y (5) el crecimiento en el contexto de la iglesia local.
Comenzamos con el principio básico: el temor del Señor. La verdadera sabiduría comienza con un asombro reverente ante Dios, nuestro Creador. Esta reverencia es la respuesta apropiada ante Dios y sus obras, y lleva a la obediencia, al amor y a la adoración. Sin embargo, nuestra naturaleza pecaminosa hizo que este buen temor se convirtiera en temor a la condenación, lo que nos llevó a necesitar a Cristo. Jesús no es solo un maestro sabio o un buen ejemplo. Es la sabiduría encarnada y redentora. Es la imagen perfecta de Dios que vivió una vida perfectamente obediente y murió para redimirnos de nuestros pecados, reconciliándonos con Dios. Al estar unidos a Cristo, nuestro miedo a la condenación es reemplazado por un temor renovado y amoroso del Señor, liberándonos para vivir para su gloria.
Una vez nuestra relación con Dios es restaurada en Cristo por obra del Espíritu Santo en nosotros, somos capaces de buscar la sabiduría dependiendo totalmente de la gracia de Dios por medio de la oración. Aprendimos que la sabiduría es un regalo de Dios que debemos pedirle con humildad. A medida que oramos, estamos siendo llenados con el Espíritu de sabiduría que descansó en el mismo Jesús y que nos permite ser más semejantes a Cristo. Este regalo sobrenatural no nos llega como una revelación secreta, sino a través de la Palabra revelada de Dios. La Biblia es nuestra fuente infalible de verdad, inspirada por el mismo Dios y suficiente para equiparnos para toda buena obra. Es la «lámpara a nuestros pies» que nos guía, nos corrige y nos vuelve sabios para la salvación. La búsqueda de la sabiduría, por lo tanto, es un acto continuo de crecimiento en el conocimiento de la Palabra de Dios y la dependencia del Espíritu Santo para que nos ilumine y así aplicarla en nuestras vidas.
Finalmente, vimos que la búsqueda de la sabiduría debe darse en un contexto adecuado: la iglesia local. Tal como una planta necesita el entorno adecuado para florecer, los cristianos necesitan a la iglesia local para cultivar la sabiduría. La Iglesia es un pueblo, un templo, un cuerpo, una familia y un rebaño donde somos equipados y edificados juntos. Es en donde adoramos colectivamente, nos guiamos a través de la autoridad de los fieles pastores y practicamos el aliento y el amor mutuo. La iglesia es el espacio que nos dio Dios donde nos animamos los unos a los otros en el amor y las buenas obras, guiados por el consejo sabio de otros cristianos.
En última instancia, la búsqueda de la sabiduría es un proceso que solo se completará cuando lleguemos al cielo y estemos junto a Jesús. Es un camino que dura toda la vida para parecernos más a Cristo, la representación perfecta de la sabiduría. Este es el propósito para el cual fuimos creados: para reflejar la imagen de Dios para su gloria. Somos llamados a ser un pueblo tan saturado de la Palabra, tan dependiente de la oración, tan devoto a Cristo y tan comprometido con nuestra iglesia local que nuestra vida se convierta en un testimonio vivo de la sabiduría que proviene solo de Dios.
«Al que puede fortalecerlos a ustedes conforme a mi evangelio y a la predicación acerca de Jesucristo, según la revelación del misterio que durante largos siglos se mantuvo en secreto, pero que ahora ha sido revelado por medio de los escritos proféticos, según el propio mandato del Dios eterno, para que todas las naciones obedezcan a la fe, al único sabio Dios, sea la gloria para siempre por medio de Jesucristo. Amén» (Rm 16:25-27).
[1] Permíteme recomendarte nuevamente la guía de Naselli, en la que él define la sabiduría como «la habilidad para vivir con prudencia y sagacidad». Naselli se enfoca en la toma de decisiones, y es por eso que su guía es complementaria y ofrece consejos prácticos para la aplicación de la sabiduría al tomar decisiones en nuestra vida cotidiana.
[2] Si no estás convencido de la necesidad de pertenecer a una iglesia local, te recomiendo la guía de Jonathan Leeman, La membresía de la iglesia.
Tabla de contenido
- Parte uno: El temor del Señor. La base de la verdadera sabiduría
- Preguntas para reflexionar:
- Parte dos: Cristo. La sabiduría encarnada y redentora
- Preguntas para reflexionar:
- Parte tres: La oración. Buscar la sabiduríaen el poder del Espíritu Santo
- Preguntas para reflexionar:
- Parte cuatro: Las Escrituras. La fuente y guía de la sabiduría
- Preguntas para reflexionar:
- Parte cinco: La iglesia local. El ámbito para buscar la sabiduría
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión: Un testimonio vivo. La búsqueda constante de la sabiduría