#69 TÁCTICAS PARA LUCHAR CONTRA LA TENTACIÓN: GANA LA BATALLA INTERIOR

por SEAN DEMARS

INTRODUCCIÓN

Todos los cristianos conocen la batalla contra la tentación. Algunos entran cojeando a la iglesia el domingo, con heridas aún frescas de la noche anterior. Otros se sientan y lucen sonrientes por fuera, pero se sienten devastados por dentro, convencidos de que nunca serán libres. También hay quienes se han vuelto tan insensibles que ya no notan la tentación —solo ceden ante ella. Luego, están las personas que sienten que van bien, que permanecen fuertes. ¡Gloria a Dios por eso! Pero incluso cuando te sientes fuerte, las Escrituras nos advierten:  «Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer» (1 Co 10:12). Nadie se gradúa de la lucha contra el pecado en esta vida.

Jesús nos enseñó a orar diciendo: «Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno» (Mt 6:13). Esa oración no es una lista de deseos, sino una declaración de guerra. Esta guía trata sobre aprender a pelear, no con los puños cerrados o con la voluntad humana, sino con las armas que Dios nos ha dado: su Palabra, su Espíritu, su pueblo y, por sobre todas las cosas, su Hijo.

Comenzaremos nuestro viaje observando de forma honesta nuestras debilidades con respecto al pecado. Como Pedro en el patio, solemos sobreestimar nuestra fuerza y subestimar nuestra tentación. Vernos a nosotros mismos de la forma correcta (frágiles y con tendencia a caer) nos humilla y nos impulsa a pedir la ayuda de Dios antes de que la tentación tenga la oportunidad de destruirnos.

Luego, hablaremos de la liberación. Satanás no es un personaje ficticio de los libros de cuentos. Él es «el tentador» (1 Ts 3:5). Las Escrituras nos enseñan que no podemos salvarnos a nosotros mismos de sus trampas. Es por eso que Jesús no nos enseña a orar para pedir más voluntad, sino para pedir liberación. Nuestra victoria no se da porque somos héroes de nuestra historia, sino porque Cristo, el Liberador, nos rescata cuando no tenemos poder.

Luego de la liberación, hablaremos de la identidad. La pregunta: «¿Quién eres?» significa más de lo que crees. Romanos 6 nos enseña que nuestra habilidad para combatir al pecado depende de cuánto afiancemos nuestra identidad en Cristo. Saber que estás muerto para el pecado y vivo para Dios cambia la forma en la que enfrentas la tentación a diario.

En el siguiente capítulo, hablaremos de la previsión. Pablo nos exhorta a que no nos preocupemos por «satisfacer los deseos de la carne» (Rm 13:14). El término «provisión» significa algo así como previsión. De la misma forma en la que podemos prever la santidad (a través de la oración, las Escrituras, la fraternidad y la responsabilidad), también, trágicamente, podemos prever el pecado. Aquí, analizaremos cómo dejar de alimentar la carne cortando sus provisiones y cómo alimentar al Espíritu revistiéndonos de Cristo cada día.

Luego, hablaremos sobre la Iglesia. El pecado prospera en secreto pero muere bajo la luz de la fraternidad. Es por esto que necesitamos una Iglesia fiel para combatir al pecado y a la tentación. Dios nunca quiso que peleáramos solos. El cuerpo de Cristo nos exhorta, nos rescata y nos carga cuando estamos débiles. Alejarte del pueblo de Dios es como ir voluntariamente al campo de batalla sin armadura.

Nuestra próxima sección tratará de la visión. Aquí, recordaremos que no vencemos nuestros deseos pecaminosos solo con fuerza de voluntad. En cambio, debemos reemplazarlos con deseos más profundos. El poder expulsivo de un nuevo afecto significa que combates la lujuria y otras tentaciones mirando a través de ellas, viendo su verdadero costo y saboreando la alegría superior de Cristo. Así lo hacen los de corazón limpio que «verán a Dios» (Mt 5:8).

Finalmente, llegamos a Dios mismo, Aquel a quien fuimos hechos para ver. La santidad no se trata solo de reglas, sino también de apetito: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mt 5:6). Lo que más deseamos no es solo ser libres del pecado, sino ver a Dios cara a cara. Esa hambre impulsa nuestra búsqueda de santidad hasta el día en que Él nos lleve a casa.

Oro para que, a medida que trabajes en estas lecciones, no solo aprendas cómo luchar contra la tentación, sino que también cultives el amor por quien luchó por ti. Cristo ya ganó la guerra; ahora, aprendamos juntos a vivir como soldados libres.

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