#100 Cómo Irse Bien De Una Iglesia Comunitaria: Una Separación Sin Dolor
Introducción
Para irse bien de una iglesia, lo primero es entender qué es una iglesia. Si una iglesia fuera un mero edificio u organización, por ejemplo, no sería muy necesaria esta guía de habilidades para la vida. Irse sería sencillo: te despides y sigues tu camino. Pero, al observar lo que dice la Biblia sobre la iglesia, comprobamos que estas congregaciones terrenales son mucho más que instituciones religiosas. Participamos en la obra redentora de Dios en la tierra, en gran medida, a través de una iglesia comunitaria local.
La iglesia local es «el cuerpo de Cristo» (1 Co 12:27) y el nuevo templo vivo de Dios (Ef 2:19-22). En la Biblia, cuando la iglesia se reúne, el propio Cristo está «en medio de ellos» (Mt 18:20). Y perseguir a los miembros de una iglesia es perseguir al propio Cristo (Hch 9:4). Huelga señalar que, con frecuencia, la salida de una iglesia se asemeja más al abandono de una familia espiritual que al de un grupo religioso voluntario, y así ha de ser. Hay mucho en juego. Cielo y tierra están mirando.
Sin embargo, a veces es acertado —y tal vez incluso importante— irse de una iglesia. En las Escrituras también vemos que las iglesias pueden perder su «primer amor» (Ap 2:4). Sus líderes y maestros pueden abandonar el evangelio y, en tal caso, deben ser malditos (Ga 1:6-9). Quizá hayan cometido contra ti o contra un ser querido un pecado tan atroz como el abuso sexual, y tu permanencia te hurtaría la dignidad y te mantendría en peligro. Por no hablar de que, en ocasiones, hay creyentes que han de separarse por conflictos que no pueden resolver, como el fuerte desacuerdo que abrió una brecha entre Pablo y Bernabé (Hch 15:36-41). Sin duda, existen motivos bíblicos válidos para irse de una iglesia.
No obstante, al cambiar de iglesia, cambiamos, para bien o para mal, la naturaleza de nuestra relación con todos los demás miembros. ¿Cómo podría afectar tu salida de la iglesia a algunas de las amistades más cercanas que tienes allí? Los versículos bíblicos sobre las relaciones nos recuerdan la importancia de estos vínculos. ¿Hay cerca otras congregaciones doctrinalmente sólidas y fuertes a las que puedas unirte? ¿Qué desafíos podrías enfrentar como miembro de esas iglesias? Luego, aparte de todos estos factores que complican las cosas, está el que más las complica: nuestro corazón. ¿Por qué queremos irnos? ¿Son nuestros motivos realmente respetables?
Cada uno de estos factores debe ser considerado y sopesado detenidamente para irnos bien de una iglesia, de una forma que verdaderamente honre al Señor y edifique a su pueblo aquí en la tierra. Ese es el objetivo de esta guía de habilidades para la vida. A continuación dividiremos el proceso en cuatro partes. Primero examinaremos nuestro corazón para asegurarnos de tener la conciencia tranquila ante el Señor. Después dilucidaremos nuestro(s) motivo(s) principal(es), a fin de poder determinar los pasos adecuados para irnos bien de una iglesia. Luego abordaremos el modo de comunicar nuestra decisión. Y, finalmente, empezaremos a desarrollar una expectativa más clara de cómo cambiarán (y deberán cambiar) nuestras relaciones cuando ya nos hayamos ido.
Casi siempre es muy difícil y complicado irse de una iglesia, pero alabado sea Dios, pues Él también es fiel. No es solamente el Dios de tu iglesia, sino de todas, y nos ha llamado a la comunión cristiana con su Hijo, Jesucristo (1 Co 1:9). Por tanto, podemos confiar en que, durante este arduo proceso de transición entre iglesias, Dios nos guiará, y hasta nos moldeará a imagen de Cristo. Comencemos.
Audioguía
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Parte I: Cómo Examinar Tu Corazón
Es preciso empezar por aquellas personas que quieren irse de su iglesia pero no deberían. Hay tres actitudes pecaminosas del corazón con las que debemos tener cuidado, pues pueden estar sugiriéndote que te vayas de la iglesia pese a que no debas hacerlo. Aunque acabes yéndote, sea cual sea el grado en que estos asuntos del corazón estén presentes en tu vida, es importante asumirlos y arrepentirte de ellos. Hasta que no lo hagas, te será muy difícil sanar o evitar tener problemas en tu próxima iglesia.
1. Incapacidad de perdonar | ¿Estás resentido con algún líder o feligrés?
Generalmente, cuando nos planteamos la salida de una iglesia, hay alguna ofensa de por medio. Nos han tratado injustamente, nos han decepcionado o se han olvidado de nosotros de una manera que ha cambiado nuestra relación con esas personas. Esta disonancia relacional puede ser tan intensa que nos atraiga fuertemente la idea de «alejarnos» de quienes nos han hecho daño. En algunos casos, puede ser necesario, especialmente cuando existe un pecado continuado y contumaz. Si te hallas en esta situación, puede aclararte las cosas comprender lo que dice la Biblia sobre la comunión. Pero también puede suceder que haya posibilidades de perdón y reconciliación y que sea nuestro resentimiento lo que impida que se produzcan. Entender estas señales de cuándo es hora de irse de la iglesia y cuándo de quedarse para reconciliarse contribuye a una recuperación sana del daño sufrido en ella.
Pablo nos llama a algo mejor: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos» (Rm 12:18). Por tu salud espiritual, será prioritario que perdones a quienes te lastimaron. El resentimiento es una toxina para el alma que hay que descubrir y erradicar a toda costa. Es difícil, pero necesario, para irse de una iglesia con el corazón limpio.
Recuerda que estamos llamados a tolerar y perdonar a los demás feligreses (Co 3:13). Pasar por alto una ofensa es «gloria», no algo de lo que avergonzarse (Pr 19:11). El perdón que implica un costo ocupa un lugar central en el evangelio. Para Dios, lo fácil habría sido dejarse consumir por la ira hacia nosotros, pero, por el contrario, optó por perdonarnos «cuando todavía éramos pecadores» (Rm 5:8). ¿Podría esta situación ser una oportunidad para que exhibas el poder del evangelio ofreciendo gracia y perdón incluso cuando ello implique un costo para ti? Si la muerte y resurrección de Cristo fueron lo suficientemente poderosas como para salvarnos del juicio eterno que merecemos, desde luego lo son para pacificar relaciones sumamente complicadas en la iglesia. Aunque te vayas de una iglesia después de varios años en ella, estos fragmentos de las Escrituras sobre cómo irte con gracia siguen siendo tu ancla.
2. Soberbia | ¿Tienes mejor concepto de ti del que deberías?
Es muy posible que nos hayan tratado injustamente de veras y que tu corazón esté contaminado por la soberbia. Ambas cosas pueden ser ciertas. En ese caso, es tentador ignorar la soberbia ante las injusticias cometidas contra nosotros. Por ejemplo, podríamos pensar: «¿Quién no se pondría a la defensiva con soberbia si lo trataran tan mal como a mí?». Pese a que ese impulso es comprensible, sin duda no es el camino prudente. La prudencia nos exige que consideremos el pecado del otro una «astilla» en su ojo y nuestro pecado una «viga» en el nuestro (Mt 7:1-5). ¿Actúas realmente como si, por muy grandes que sean sus pecados, los tuyos lo fueran más? ¿O acaso te preocupas por la debilidad y los pecados de otro creyente sin pararte nunca a considerar los tuyos?
Quizá estés enojado porque te han ignorado para un puesto de liderazgo para el que te sientes más calificado. Quizá te sientas menospreciado o rechazado por alguien que no hace más que corregirte en un grupo pequeño. Quizá te cueste respetar a un pastor mucho más joven y menos experimentado que ha cometido algunos errores. Son vivencias difíciles, pero, cuando nuestro corazón está oprimido por la soberbia, pueden llegar a resultarnos completamente insoportables. La soberbia puede tentarnos a irnos a modo de declaración pública de reprobación. Queremos que todo el mundo lo sepa: ¡esto nos parece mal! Resiste ese impulso. Ni honra a Cristo y a su Iglesia ni dará buenos frutos espirituales en tu vida. La gente suele preguntar: «¿Es pecado irse de una iglesia?», pero el pecado a menudo reside en una motivación soberbia más que en la propia salida. Si adoptas esta actitud soberbia y reorganizas tu vida espiritual a causa de ella, no hará sino seguir carcomiéndote el alma mientras buscas una nueva iglesia a la que unirte. Una buena transición entre iglesias requiere una evaluación honesta de estas motivaciones internas.
3. Evitación | ¿Estás huyendo del compromiso o de la responsabilidad?
¿Alguien ha intentado identificar un pecado en tu vida que tú niegas vehementemente o con cuya valoración por su parte discrepas? ¿Se te está agotando la paciencia mientras esperas a que se haga algún cambio concreto? ¿De verdad vas a irte de esta iglesia, o vas a huir de la Iglesia por completo? En cualquiera de los escenarios, nuestro corazón pecaminoso tiende a huir cuando las cosas se complican. Si bien puede parecer más fácil y deseable presionar «Reiniciar» y empezar de nuevo, eso, por sí solo, no nos daría la libertad y la paz para hacerlo. En ocasiones, el camino que honra a Dios no es ni fácil ni deseable. Tal vez tengas una época difícil por delante —disciplina en la iglesia, un complicado proceso de reconciliación, esperanzas o expectativas frustradas—, pero lo correcto es quedarse a soportar estas penalidades por fe.
Antes de que decidas eludir el duro camino que tienes por delante en esta iglesia, reflexiona sobre la sufrida fidelidad de Jesús hacia pecadores como nosotros. Podría haber huido fácilmente cuando las cosas se volvieron dolorosas o costosas para Él. Si lo hubiera hecho, sin embargo, no tendríamos esperanza de salvación. En cambio, «por el gozo que le esperaba soportó la cruz» (Hb 12:2). De igual manera, seguir verdaderamente a Jesús siempre nos conducirá también a nosotros a una cruz, sea en esta iglesia o en otra. No huyas de la responsabilidad. No huyas de toda vivencia dolorosa o costosa solo porque sea dura. ¡Asume estas cargas con fe! Continúa arrepintiéndote; continúa creyendo; continúa soportando. Este es el camino de Cristo. Para aprender a irse correctamente de una iglesia se requiere este nivel de madurez espiritual. Si te das cuenta de que ya no puedes quedarte, asegúrate de seguir los pasos correctos para irte bien de una iglesia en lugar de escapar de ella.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Por qué te vas a ir de tu iglesia? Coméntalo con tu mentor.
- ¿Cuál de los tres motivos equivocados para irse de una iglesia te tienta más?
- ¿Con quién puedes hablar claro de por qué quieres irte?
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Parte II: Cómo Discernir Los Motivos De Tu Salida
En la decisión de una persona de irse de una iglesia suelen intervenir múltiples factores. Y, para justificar nuestra decisión de irnos, podemos sentirnos tentados a hablar de más, enumerando todas las discrepancias y decepciones que hayamos experimentado alguna vez. Por razones obvias, esto puede conducir a tensiones innecesarias, ruptura de relaciones y todo tipo de desunión y discordia. Por tanto, para irnos bien, será importante que antes pensemos claramente en nuestros motivos para ello. Es posible que tengas unas cuantas heridas o complejos; es de esperar. Pero ¿cuál es la razón última y subyacente que te apremia a separarte de los demás feligreses?
He aquí cuatro categorías generales que podrían ayudarte a dilucidar por qué te vas. La categoría en la que se encuadre tu motivo te orientará acerca de cómo deberás irte.
1. Motivos prácticos | Ya no tiene sentido quedarse
Los motivos prácticos para irse de una iglesia pueden ser bastante simples: aceptaste un empleo en otra localidad y te trasladas con tu familia; te mudaste a otra parte de la ciudad, con lo que ahora la iglesia está a más de media hora; un amigo cercano va a plantar una iglesia cerca y tu familia se siente movida a formar parte de ella. Suponiendo que no haya más motivos subyacentes para irte, estas decisiones están muy claras y el proceso de salida es relativamente fluido.
Pero hay otros motivos prácticos para marcharse que, por un lado, pueden ser legítimos y, por otro, más complicados de discernir. Por ejemplo, ¿qué pasa si tus hijos están creciendo y no hay más niños de su edad en la iglesia? ¿Y si tu hijo tiene unas necesidades especiales para las que el ministerio infantil de la iglesia no está preparado? ¿Y si ha habido un cambio en tu horario de trabajo que dificulta tu asistencia regular a los servicios y una iglesia con otro horario de servicios resolvería totalmente ese problema?
Es útil saber desde el principio que irse de una iglesia por los motivos prácticos más complicados es una cuestión de prudencia. Es decir, estas decisiones se parecen más a un regulador de intensidad que a un interruptor de encendido y apagado. No es que tengamos que irnos y que quedarnos sería desobediencia (interruptor de encendido/apagado); es que la transición a otra iglesia puede traer «más luz» a nuestra vida espiritual de maneras muy concretas (como con un regulador de intensidad). Por eso puede ser mucho más complejo discernir si es apropiado irse y cuándo. Si decides seguir adelante, una parte esencial del proceso consiste en saber cómo decirle a tu pastor, con claridad y amabilidad, que te vas.
Si nos inquieta la decisión de irnos de una iglesia aunque parezca obvio que deberíamos hacerlo, esto suele ocurrir porque el motivo de nuestra salida es, en última instancia, práctico, no doctrinal, relacional ni de orientación. Amamos a aquellos hermanos y hermanas con quienes estamos en comunión; coincidimos con su doctrina y compartimos su filosofía de ministerio. Entonces, ¿por qué rayos habríamos de irnos? Porque la iglesia ya no es una buena opción para nosotros a causa de estas complicaciones prácticas. Es importante ser honesto acerca de estas barreras prácticas y sopesarlas de verdad sin culpa alguna. Si sientes el apremio de irte de tu iglesia por un motivo práctico, así sea. No pasa nada.
Naturalmente, debemos evitar el consumismo e irnos de una iglesia tan pronto como encontremos un «producto mejor» cerca. Pero tampoco nos conviene ser necios y luchar sin necesidad cuando calle abajo hay una iglesia fiel que fácilmente podría ayudarnos a abordar los desafíos que enfrentamos. Alabado sea Dios, pues su Iglesia es mucho más grande que cualquier congregación. Y la mayoría vivimos en una comunidad con más de una iglesia fiel que predica el evangelio. Aunque pueda ser decepcionante, y posiblemente un poco incómodo, irte de tu iglesia en estas circunstancias, no por ello tu decisión es un pecado o un error.
2. Motivos doctrinales | Ya no eres del mismo parecer
La unidad doctrinal es absolutamente esencial para la comunión en la iglesia. Como dejó escrito Pablo: «Les suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito» (1 Co 1:10). La identidad y el propósito de toda iglesia surgen, al final, de lo que creen acerca de Dios y su Palabra. Por consiguiente, si no estamos lo suficientemente alineados con la doctrina de la iglesia a la que pertenecemos, debemos separarnos de ella. Quizá han cambiado las convicciones de sus líderes. Quizá las tuyas. O, para empezar, quizá te uniste a la iglesia sin mucho conocimiento de sus creencias. De cualquier modo, existen discrepancias doctrinales que justifican la salida de una iglesia. El desafío es discernir cuáles son lo suficientemente importantes como para cruzar ese umbral.
En este sentido, recomiendo el sistema de triaje teológico del Dr. Albert Mohler, ideado para ayudar a los cristianos a discernir la prioridad que debe darse a discrepancias doctrinales diversas. En este sistema hay tres «órdenes». A continuación daré una breve descripción de cada uno, junto con algunas orientaciones pastorales para todos aquellos cuya discrepancia doctrinal se encuadre dentro de esa categoría.
– Las doctrinas de primer orden son esenciales para el evangelio. Rechazar o no creer en dichas doctrinas supone rechazar o no creer en el conjunto de la fe cristiana o, al menos, provocarle tal perjuicio que ya no sea prudente conservar un vínculo de amistad. Por ejemplo, si una iglesia niega que las Escrituras son inspiradas por Dios o que todos somos pecadores y merecedores de su juicio, es imposible avanzar manteniendo la unidad con esa iglesia. De hecho, debemos aclarar que no compartimos esas creencias para que esas falsas enseñanzas no pongan en riesgo nuestro testimonio.
– Las doctrinas de segundo orden son aquellas que es esencial que compartan todas las iglesias. Discrepar con una iglesia sobre estas doctrinas implica no poder ser miembros, aunque no los califiquemos a ellos de falsos maestros. Normalmente, estas doctrinas están relacionadas de alguna forma con las prácticas de la iglesia (culto, ordenamientos, modelo de gobierno, etc.). Por ello, la discrepancia en estos temas hará prácticamente imposible mantener la unidad como miembros de la iglesia. Por ejemplo, si, a tenor de las Escrituras, estamos convencidos de que es importante bautizar a nuestros hijos pequeños, tendremos muchas dificultades para mantener la unidad con una iglesia que se niegue a bautizarlos. Intentar hacerlo conllevaría discordia en la iglesia o avenencia por nuestra parte. A medida que maduramos en la fe, nuestras convicciones doctrinales a menudo se irán aclarando con el tiempo, por lo que buscaremos una iglesia mejor alineada con nuestras nuevas creencias, más asentadas. Si te encuentras en desacuerdo con tu iglesia, entabla un diálogo abierto y honesto con tu(s) pastor(es) sobre cómo están evolucionando o cambiando tus convicciones. Ínstalos a pastorearte. Ora para pedir más paciencia, amor y sabiduría. Luego, si el desacuerdo se prolonga, sepárate respetuosamente, conservando un fuerte vínculo de amor e interés por tu antigua iglesia.
– Las doctrinas de tercer orden son aquellas en las que podemos discrepar sin dejar de ser miembros de una misma iglesia. Tú puedes creer en el reinado literal de Cristo en la tierra durante mil años antes del cielo nuevo y la tierra nueva; yo puedo creer que Él, cuando regrese, traerá inmediatamente el cielo nuevo y la tierra nueva. Si bien estas discrepancias continúan teniendo importancia, por lo general no nos impiden discipularnos unos a otros ni adorar juntos. Si es así como discrepamos de nuestra iglesia o de sus líderes, probablemente sea mejor informarles y trabajar para seguir adelante juntos en amor y unidad. No vale la pena dividirse por cualquier discrepancia.
¿De qué orden es tu discrepancia doctrinal?
Una cosa es discrepar en cuanto a doctrina; otra, en cuanto a la relevancia de esa doctrina. Ambos pueden ser motivos válidos para irse de una iglesia, pero requieren un discernimiento de distinta índole. Siempre es importante discernir en qué radica(n) realmente la(s) discrepancia(s). No todas las discrepancias sobre un tema determinado se hallan necesariamente dentro de la misma categoría.
En cualquier circunstancia, al evaluar estas discrepancias doctrinales, sé razonable y benévolo. Siéntate con tus pastores el tiempo necesario para comprender verdaderamente lo que creen y por qué. Describe siempre las creencias de la iglesia en unos términos con los que sus líderes y miembros se sientan cómodos. No busques «necias controversias»; evítalas (Tt 3:9). No obstante, en última instancia, si discrepas de tu iglesia en cuestiones teológicas significativas —especialmente de primer o segundo orden—, no dudes en irte de ella. Es probable que tu permanencia haga más mal que bien a la causa de Cristo.
3. Motivos relacionales | Ya no puedes confiar
Toda iglesia debería ser una comunidad espiritual marcada por la gracia y el perdón radicales (Ef 4:32). Y, sin embargo, también hay ocasiones en que el alcance del daño relacional es tal que ya no podemos continuar en comunión con el hermano o hermana de quien discrepamos, sobre todo, si ocupa un puesto de liderazgo espiritual por encima de nosotros.
Esto tiene un motivo concreto: que ya no podemos confiar en él o ella.
Todo pastor que conozco ha vivido esta dinámica en su ministerio: una pérdida de confianza entre él y un miembro de su iglesia, sin una senda clara ni fácil por delante. Cuando hay una pérdida de confianza como esta, por supuesto, es sumamente triste e inquietante para todos los implicados, pero también forma parte de la vida cristiana en un mundo pecador y caído. Aunque todo pastor ha de liderar con sabiduría, prudencia e integridad, desafortunadamente, no hay una manera de liderar que evite los conflictos por completo. Hasta los pastores más fieles, calificados y parecidos a Cristo que conozco se las han visto con miembros que han perdido la confianza en ellos o en su liderazgo.
Por desgracia, la pérdida de confianza suele seguir una secuencia predecible de acontecimientos. Se desata un conflicto. Puede que se haga un esfuerzo por resolverlo, puede que no. Pero, por algún motivo, ambas partes intentan restablecer la comunión sin resolver el tema o los temas en cuestión. Tras darle a la situación algo de tiempo y margen, puede parecer que las cosas están bien durante una temporada… hasta que dejan de estarlo. Tan pronto como la congregación tiene que tomar conjuntamente una decisión difícil o abordar una cuestión delicada de pecado, esta pérdida de confianza aparece sin falta. Con frecuencia se originan chismes y disensiones. Se extiende la sospecha. Se hace más daño. Se tensan más relaciones. Y, a veces, como la pérdida de confianza tuvo lugar meses —incluso años— antes, puede ser prácticamente imposible llegar al meollo del problema y trabajar en aras de una solución real y duradera.
Al principio de mi ministerio, tenía mucho cuidado de no responder a estas críticas de una forma que pudiera percibirse como defensiva o áspera. Ahora, en retrospectiva, creo que cometí el error opuesto. Para que no me acusaran de ser un pastor acosador, ignoré problemas muy graves que nunca deberían ser desatendidos. En pocas palabras, sin confianza ni respeto mutuos, nunca podremos honrar a Cristo como miembros de una misma iglesia. No hay que darle más vueltas.
Si hay una auténtica pérdida de confianza o de respeto entre un miembro de tu iglesia —especialmente un líder— y tú, es vital que ambos la aborden de inmediato. Que los ayude un feligrés de confianza a trabajar para lograr la reconciliación. Den cabida a todo el consejo de ancianos. ¡Lo que haga falta! Sin embargo, si, después de un largo y arduo esfuerzo de reconciliación, al menos uno de ustedes no puede avanzar y confiar de nuevo en el otro, lamentablemente, será preciso que se vaya de la iglesia.
Leemos en Hebreos 13: «Obedezcan a sus dirigentes y sométanse a ellos, pues cuidan de ustedes como quienes tienen que rendir cuentas. Obedézcanlos a fin de que ellos cumplan su tarea con alegría y sin quejarse, pues el quejarse no les trae ningún provecho». Si no podemos someternos al liderazgo espiritual de nuestros pastores con la conciencia tranquila, no podemos continuar siendo miembros de la iglesia que ellos pastorean. Igualmente, como ancianos, se nos ha hecho un llamamiento: «Tengan cuidado de sí mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre» (Hch 20:28). Las iglesias que pastoreamos no son «nuestras». Si no somos capaces de amar, respetar y confiar en las ovejas de Cristo de esta manera, será necesario que también nosotros pasemos página.
Asimismo, si has vivido de forma clara y atroz algún tipo de maltrato —es decir, abuso sexual o malos tratos físicos— en tu iglesia, aunque se produzca el perdón, es posible que ese nivel básico de confianza nunca regrese. Por eso es importante que las iglesias tomen este tipo de maltrato muy en serio y eliminen de entre sus miembros a los maltratadores activos. Si eso no sucede en tu caso, por desgracia, será necesario que busques una congregación donde la nube oscura de este maltrato no se cierna sobre tu cabeza todas las semanas durante los próximos años. No cabe esperar que una persona permanezca en comunión con alguien en quien, en conciencia, no puede confiar, y ni mucho menos se le debe presionar en ese sentido. Para muchos, este proceso de recuperación del daño sufrido en la iglesia es el primer paso para buscar otra donde puedan crecer nuevamente sin peligro.
El conflicto relacional es casi siempre el motivo más difícil y doloroso para irse de una iglesia, pero también uno de los principales. Quedarse nada más que para demostrar algo o ganar una discusión no honra al Señor. De hecho, puede contribuir a generar una cultura eclesial tóxica en que la gente se devore (Ga 5:15) y sus palabras descuidadas se extiendan «como gangrena» (2 Tm 2:17). Pide en oración valentía para hablar claro y abordar estos conflictos directamente por medio de la resolución cristiana de conflictos. Pide también sabiduría para sortearlos de una manera cristiana que honre al Señor y edifique su iglesia. Al diablo le encanta que el odio entre el pueblo de Dios eche a perder sus relaciones y obstaculice su propósito redentor en el mundo. No permitas que él gane. Si no puedes llegar a una solución y recuperar la confianza, tienes un motivo válido para irte de la iglesia. Identificar estas señales de que es hora de salir de ella puede ser el catalizador de una sana transición entre iglesias que preserve tu fe.
4. Motivos de orientación | Ya no estás de acuerdo
A veces, puede que nos unamos a una iglesia que nos encante de veras y luego esa iglesia cambie. A lo mejor contratan a un nuevo pastor con otra filosofía del ministerio. A lo mejor surge un costoso proyecto de construcción que hará que las colectas sean la prioridad de la iglesia en los próximos años. A lo mejor hay una fuerte inclinación hacia un extremo político u otro y las cuestiones culturales candentes se han convertido en una grave distracción para el ministerio de predicación de la iglesia. Puede haber diferencias teológicas menores subyacentes a estas cuestiones, pero no parecen insuperables. Puede haber tensión entre el pastor y tú por sus problemas en común, pero las relaciones no necesariamente se rompen. Estas cosas no son el problema. Tu motivo para irte de la iglesia puede no ser teológico ni relacional, sino de orientación. Ya no puedes respaldar la orientación de la iglesia.
Puede resultar difícil discernir cuándo estas cuestiones de orientación se vuelven lo suficientemente profundas como para justificar que te vayas. En la mayoría de los casos, debemos ser sufridos y hacer todo lo posible por resolver cualquier problema que tengamos con la orientación de nuestra iglesia. Incluso puede que esta interacción ayude a tu(s) pastor(es) y dé forma a dicha orientación de manera alentadora. Por tanto, si el motivo de tu salida se encuadra en esta categoría, probablemente sea aconsejable reservar el tiempo que haga falta para tratar de resolver estas discrepancias con tus pastores. Respeta los canales de comunicación fijados. No manifiestes tus preocupaciones ante nadie que no sea uno de los líderes pertinentes y, quizá, algún amigo maduro de confianza. Buscar versículos bíblicos sobre las relaciones puede servirte para fundamentar estas conversaciones en la gracia, y no en chismes. Y cuidado con dejar que estos problemas con la orientación se transformen en conflictos relacionales. Todo esto es muy fácil, ¡pero es una trampa! Tus problemas con la orientación de tu iglesia no tienen por qué ser algo personal. Puedes amar verdaderamente a tu(s) pastor(es), agradecer su vocación ministerial, incluso reconocer las competencias y fortalezas que Dios le(s) dio, y, pese a ello, discrepar de la trayectoria que le están dando a la iglesia. No pasa nada.
Si estos problemas se mantienen tras un esfuerzo sincero por resolverlos, no es aconsejable permanecer en una iglesia solo porque amemos y respetemos a los hombres que la lideran. Nuestro amor por Cristo y nuestra fidelidad a su misión son más importantes que nuestra relación con uno o varios pastores. Siempre que las discrepancias salgan a la luz —expresadas con respeto y correctamente entendidas por todos los implicados—, ambas partes deberían poder reconocer la necesidad de una transición aunque ese no sea el resultado que esperaban. Tómate tu tiempo para discernir estas cosas. Mira con cuidado y cautela lo que dice la Biblia sobre la iglesia y su liderazgo. Pero no te quedes en una iglesia que sientes que los está guiando a ti y a otros en una dirección imprudente o poco útil. Comprender cómo irse de una iglesia con una integridad así es vital para tu futura salud espiritual y para una transición sana entre iglesias.
Cuándo comenzar a buscar otra iglesia
En cuanto hayas definido el motivo principal para irte y hayas tomado la decisión, será hora de ponerte a buscar otra iglesia. No retrases este proceso hasta que ya te hayas ido de la iglesia de la que formas parte ahora. Como pastor, es profundamente inquietante que un miembro me avise que se va sin saber a qué iglesia. Esto hace que me resulte muy difícil sentirme cómodo con su decisión. Sea deliberada o no, irse sin una nueva iglesia en mente también puede transmitir: «Esta iglesia es tan mala que preferiría no estar en ninguna antes que continuar en esta incluso unas semanas más». La búsqueda de una buena congregación no es el objeto de esta guía de habilidades para la vida, pero basta con decir que no es prudente irnos de una iglesia a menos que tengamos planeado unirnos a otra muy pronto.
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Preguntas para reflexionar:
- Tras leer este apartado y reflexionar sobre tu situación, ¿crees tener un motivo válido para irte de tu iglesia? En tal caso, ¿cuál?
- ¿En qué categoría se encuadra tu motivo: práctico, doctrinal, relacional o de orientación?
- ¿Se ha citado más arriba alguna idea específica que debería repercutir en tu forma de marcharte?
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Parte III: Cómo Hablar Con Tu(S) Pastor(Es)
Tal vez hayas disfrutado durante años de una relación personal cercana con tu(s) pastor(es) y te preocupa que tu decisión de irte de la iglesia lo(s) afecte profundamente. O tal vez apenas conoces a tu(s) pastor(es) y no sabes qué esperar de él/ellos. De cualquier manera, comunicar esta decisión es uno de los aspectos más complicados de tu salida.
Cada situación es diferente, así que es difícil fijar normas estrictas sobre cuándo o cómo comunicarla. Algunas salidas pueden ser relativamente rápidas con una comunicación mínima. Otras probablemente deban implicar procesos largos y difusos de diálogo continuado, y quizá sea de esperar que haya altibajos. La cronología e intencionalidad de tu comunicación dependerán de múltiples factores, como el tiempo que hayas formado parte de la iglesia, lo bien que conozcas al pastor y tu compromiso con el ministerio y el liderazgo de la iglesia. Cuanto más profundas sean tus raíces en una iglesia determinada, más tiempo y cautela harán falta para que te vayas prudentemente de ella.
Dicho esto, he aquí tres principios rectores que ayudarán a que tu comunicación sea efectiva, prudente y de honra hacia Dios, más allá de lo comprometido que hayas estado con la iglesia de la que vas a salir.
1. Transparencia: Habla enseguida y con sinceridad de tus problemas.
Sé franco siempre y no retrases las conversaciones difíciles. Si alguna vez experimentas un problema que podría provocar tu salida de la iglesia, es importante que te comuniques con tu(s) pastor(es) de inmediato. Si dejas que estos problemas se agraven durante meses (incluso años) sin mentarlos, se generará una tensión innecesaria y su comunicación será mucho más compleja. Los pastores saben que irse de una iglesia suele ser una decisión difícil. Si hablas con ellos de los problemas que enfrentas solo cuando ya has decidido irte, es probable que esto levante barreras en su relación y comunicación. Imagina que estás en el lugar de tu pastor y te preguntas:
– ¿Cuánto hace que se siente así?
– ¿Por qué no me lo ha contado hasta ahora?
– ¿Realmente me está contando todo? ¿Le pasa algo más?
Los pastores son gente tan normal como cualquiera. La mayoría se preocupan verdaderamente por las personas que pastorean; quieren lo mejor para ellas. También sienten el compromiso con sus feligreses y un vínculo de comunión con ellos aunque no sean amigos cercanos en lo personal; por no hablar de que, sean conscientes de ello o no, también tendrán que rendir cuentas a Dios por las almas por las que velan (Hb 13:17). En consecuencia, si les ocultamos las ofensas recibidas, nuestra ira o nuestras auténticas preocupaciones, les resultará prácticamente imposible pastorearnos. Aprender a decirle a tu pastor que te vas es un acto de respeto por este llamado sagrado.
Vivo en Wisconsin desde siempre. Especialmente a los del Medio Oeste, se nos conoce por hacer todo lo posible por evitar las conversaciones difíciles. Esto, que puede parecer una virtud —como si solamente pecáramos de mansos—, en realidad puede ser pecado y cobardía. Al no abordar los problemas reales que experimentamos, podemos arruinar de forma lenta pero segura la relación con nuestros líderes espirituales. En este punto, el estudio de las Escrituras antes de irnos de una iglesia puede proporcionarnos la valentía necesaria para ser transparentes. Lo peor de todo es que, cuando nos vamos, lo hacemos con sigilo, generalmente sin que ellos sepan que la relación se ha deteriorado o sin darles la oportunidad de tratar el problema. Si sigues los pasos correctos para irte bien de una iglesia, saldrás de ella con integridad, y no en silencio.
Es lógico que nos sintamos tentados a evitar estas conversaciones. Pueden tener mucha carga emocional. No queremos ofender. No queremos que nos perciban como ásperos o negativos. Puede que tengamos miedo a la reacción del pastor. Es muy violento e incómodo decir cosas fuertes. Mejor mantener la boca cerrada y procurar seguir como si no pasara nada, ¿verdad? Si bien estas dudas son comprensibles, ten en cuenta las siguientes palabras de Proverbios 27:
«Más vale ser reprendido con franqueza
que ser amado en secreto.
Más confiable es el amigo que hiere
que los abundantes besos del enemigo» (Pr 27:5-6).
Si te planteas salir de la iglesia por motivos que aún no le has comentado directamente a tu pastor, contempla la posibilidad de ir más despacio y dar un paso atrás. Puede que todavía sea necesario que te vayas de la iglesia, pero antes debes hacer un trabajo relacional importante para poder irte con prudencia. Marcharte sin ser transparente hace más daño y, además, es mucho más incómodo al final que si simplemente hubieras ido más despacio y hubieras mantenido las conversaciones precisas.
Empieza enviando un correo electrónico para explicar que estás experimentando ciertos problemas y que solicitas una reunión para hablar de ellos en persona. No es necesario que lo cuentes todo de antemano en este correo, pero conviene darle a tu pastor, al menos, una idea general. «Tengo dificultades con algunos cambios llevados a cabo en el ministerio infantil» o «La comunión se ha complicado últimamente a causa de un conflicto». Procura no fijar esta reunión sin informarle a tu pastor de por qué es necesaria. Al darle una idea general desde un principio, tendrá tiempo de reflexionar y orar por la situación antes de responder. Esto servirá para que su reunión en persona transcurra lo mejor posible y sea edificante (más que explosiva) para todos los intervinientes.
Antes de la reunión, considera la opción de escribir tus pensamientos de la forma más sucinta que puedas o, como mínimo, de tener unos puntos que debatir. Luego, siéntate con tu(s) pastor(es) para contarles más cosas acerca de estos problemas y de cómo te afectan. Si estás confundido por algo que han dicho o hecho, pídeles respetuosamente que te lo aclaren. Si debería cambiar algo para que te quedaras en la iglesia, díselo respetuosamente (y especifica ese cambio). Tras esta reunión, todos los presentes deberán saber: (1) qué está mal, y (2) cuáles son los próximos pasos adecuados para tratar de abordarlo. De este modo, si hay una manera pacífica de avanzar, pueden comenzar a colaborar en ella. Entretanto, aunque los problemas aún no se hayan resuelto, por lo menos saben que son partícipes de un esfuerzo de buena fe por solucionarlos. Si bien es posible que eso no corrija las tensiones que están viviendo, es de esperar que les permita continuar en comunión mientras trabajan por superarlas.
Con toda franqueza, si estás leyendo esta guía de habilidades para la vida, es probable que ya hayas mantenido siquiera una conversación con tu pastor. ¡No te demores más! Contacta con él. Sé transparente.
2. Docilidad: Considera la idea de que un pastor los guíe hacia una solución.
Hoy en día, tenemos muchísimas alternativas para buscar sabiduría y orientación en la vida. Por ejemplo, si nos ceñimos a las que nos brindan los medios, podemos leer libros, escuchar pódcast, mirar videos en YouTube o preguntarle a un chatbot de IA. Cuando experimentamos alguna variedad de angustia interna, como la ansiedad o la depresión, podemos obtener un diagnóstico psicológico, hablar con un terapeuta o hacer cambios en cuanto a dieta y suplementos. Con tantos caminos para elegir, puede ser fácil pensar: «¿Para qué necesito yo un pastor?».
Aparte de eso, en algunas tradiciones no se espera realmente que los pastores pastoreen a la gente. Actúan más bien como directores ejecutivos de una gran organización o como personajes famosos accesibles únicamente a unos pocos elegidos.
Hay multitud de motivos para no esperar demasiado liderazgo espiritual de tu(s) pastor(es) en nuestros días. Pero, en mi opinión, esta confusión sobre el propósito y la necesidad de que haya pastores puede conllevar fácilmente importantes desajustes en la comunicación. Por ejemplo, si tu pastor se siente responsable ante Dios de velar por tu alma (Hb 13:17) y tú ni siquiera estás seguro de necesitar un pastor, eso dificultará enormemente tu comunicación con él, sobre todo en lo relativo a asuntos tan delicados como tu salida de la iglesia.
Para comunicarnos bien con nuestros pastores, primero hemos de entender la obra a la que Dios los ha llamado —¿qué papel deben desempeñar en nuestra vida?—, y luego tratar de honrar ese llamado en nuestra relación con ellos. En síntesis, los pastores son subordinados que cuidan del rebaño de Dios hasta que el «Pastor supremo» regrese para hacerlo Él (1 P 5:1-4). Sin duda, se trata del rebaño de Jesús, pero los pastores están llamados a amar y apacentar sus ovejas por amor a Él (Jn 21:15-17). A los pastores se les ordena: «[…] amonesten a los holgazanes, estimulen a los desanimados, ayuden a los débiles y sean pacientes con todos» (1 Ts 5:14). Un pastor está llamado a «apegarse a la palabra fiel, según la enseñanza que recibió, de modo que también pueda exhortar a otros con la sana doctrina y refutar a los que se opongan» (Tt 1:9).
A decir verdad, si hubiera que resumir lo que es un pastor en una sola palabra, una buena opción sería «maestro». Dios usa pastores para guiar e instruir a su pueblo según su Palabra. Por tanto, la docilidad hará cualquier comunicación con tus pastores mucho más efectiva. Acude a ellos con tus problemas. Coméntales tus preocupaciones. Pídeles que lleven tus cargas. Hazles preguntas. Después, ínstalos a guiarte de acuerdo con las Escrituras. ¡Para eso están!
Esto no significa que tengas que aferrarte a cada palabra de tu pastor. Ciertamente, no significa que él sea infalible ni que nosotros debamos aceptar todo lo que diga porque es nuestro pastor. Sin embargo, tampoco debemos creernos autorizados a ignorar su atención espiritual como si no la necesitáramos ni esperáramos. Por algo nos advierten las Escrituras: «[…] sean considerados con los que trabajan arduamente entre ustedes, y los guían y amonestan en el Señor. Ténganlos en alta estima y ámenlos por el trabajo que hacen» (1 Ts 5:12-13). Asimismo, en Hebreos: «Obedézcanlos a fin de que ellos cumplan su tarea con alegría y sin quejarse, pues el quejarse no les trae ningún provecho» (Hb 13:17b). Todos necesitamos pastores.
Si nuestro médico percibe que no nos interesan sus criterios acerca de nuestra salud física, o si nuestro mecánico tiene la sensación de que no queremos que nos ayude con los problemas de nuestro automóvil, probablemente ambos reaccionarán de manera similar: «Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí?»; no porque sean arrogantes o engreídos, sino porque, en lo fundamental, hemos malinterpretado la naturaleza de nuestra relación con ellos. El médico se hizo médico para satisfacer las necesidades de nuestra salud física. El mecánico se hizo mecánico para satisfacer las necesidades de nuestro automóvil. Tu pastor se hizo igualmente pastor para satisfacer tus necesidades espirituales y enseñarte los caminos de Cristo. La naturaleza de esta relación también debería dar prioridad a la comunicación temprana. Si esperamos a visitar al mecánico o al médico hasta que los problemas que enfrentamos sean insufribles, será demasiado tarde. El vehículo puede estar destrozado; la patología puede ser terminal. Del mismo modo, la docilidad es útil desde el principio. Cuanto más evitemos el pastoreo de nuestros pastores, más les costará a ellos llevarlo a cabo para ayudarnos en las dificultades que enfrentemos.
3. Tacto: Si ya has tomado la decisión, comunícala con toda la claridad y el buen gusto posibles.
Especialmente cuando estamos profundamente decepcionados o heridos, es tentador emplear las palabras como arma. A menudo decimos más de lo que deberíamos antes de lo que deberíamos, sin analizarlo ni reflexionarlo mucho en oración. Esto puede llevarnos a comunicar la decisión de irnos de forma dura, fría, acusatoria o pasivo-agresiva. Procura evitarlo a toda costa. Sin importar lo que comuniques, cuándo ni a quién, sé siempre razonable, benévolo y todo lo amable que puedas ser sin prescindir de la responsabilidad. «Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno» (Col 4:6). Cuando hablamos con prudencia y buen gusto, con tacto, nos resulta más fácil responder a cada persona con mayor eficacia.
Por supuesto, también sucede lo contrario. Cuanto más descuidados y altivos somos con las palabras, más dañinas e ineficaces llegan a ser. ¿Alguna vez te has enojado tanto que ya no podías pensar ni hablar con claridad? Las palabras pueden volverse un revoltijo en nuestro corazón, donde hierven hasta convertirse en un torbellino que reclama explotar por la boca. En el clásico cinematográfico «Una historia de Navidad», el Hombre Viejo arremete contra su horno cuando se estropea de nuevo. Su hijo, el narrador, recuerda sus palabras: «En el fragor de la batalla, mi padre tejió un tapiz de obscenidades que, por lo que sabemos, aún cuelga en el espacio sobre el lago Michigan». También hay una verdad importante en esa frase. Cuando utilizamos palabras duras sin pensar, ¡permanecen en la mente de quien las oye! Continúan haciendo daño mucho después de que la última sílaba salga de nuestra boca. Aunque su receptor no recuerde lo que dijimos en concreto, casi siempre recordará el efecto de nuestras palabras. Debemos tener cuidado:
¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad entre nuestros órganos. Contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende fuego a todo el curso de la vida (St 3:5b-6).
Para irnos de una iglesia, necesitamos un temor y un respeto sanos por la lengua. Digamos lo que digamos, debemos decirlo intencionalmente, tras haber pensado y orado mucho al respecto. El propio Cristo nos advierte de los riesgos espirituales de hablar sin pensar: «Pero yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado» (Mt 12:36). Así pues, antes de comunicar algo, analiza la actitud de tu corazón. ¿Estás nervioso o a la defensiva? Antes de hablar, asegúrate de que tus palabras sean ciertas y necesarias, en vez de impactantes o mordaces. Si te cuesta hablar con prudencia, puede que todavía no sea el momento de mantener esa conversación. Date margen para reflexionar y orar. Pide consejo a algún amigo cristiano maduro y sensato que sea imparcial y, preferiblemente, ajeno a la situación. Ínstalo a señalarte en qué aspectos puedes sentirte tentado a hablar de modo pecaminoso o imprudente. Y lo más importante: ¡escucha! Tómate en serio sus recomendaciones. En estas situaciones puede resultar muy difícil vernos a nosotros mismos (y nuestra comunicación) con claridad.
Dicho esto, comunicar con tacto no implica necesariamente que debamos evitar hablar de cosas incómodas. En ocasiones tendremos que hacerlo. Y no podemos evaluar la prudencia de nuestro discurso en función de lo bien que lo reciban. Los mensajes difíciles no siempre son bien recibidos. Ahora bien, las cosas fuertes también se pueden manifestar de una forma que haga que parezcan aún más fuertes. Deberíamos intentar hacer justo lo contrario. «Cuando el SEÑOR aprueba la conducta de un hombre, hasta con sus enemigos lo reconcilia» (Pr 16:7). Hablemos, en la medida de lo posible, priorizando la paz.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Deberías haber contactado ya con tu pastor para debatir estos asuntos? En tal caso, ¿qué te lo ha impedido? ¿Y cómo podría eso alterar tu manera de abordar la conversación?
- ¿Vas a darle tiempo o margen a tu pastor para que te ayude con los problemas que estás viviendo?
- ¿Hablas para aclarar la situación o para «ganar» una discusión?
- ¿Has hecho extensiva esta comunicación a algún amigo cristiano, neutral y maduro, y le has pedido opinión?
- ¿Centras tus palabras en el motivo principal de tu salida, o acaso estás «hablando de más» sobre otras ofensas secundarias?
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Parte IV: Cómo Reajustar Tus Relaciones
Podría afirmarse que este es uno de los pasos más importantes para irse bien de una iglesia, y también el más desatendido. Con demasiada frecuencia no nos planteamos cómo nuestra salida de una iglesia cambiará nuestra relación con los hermanos y hermanas con quienes antaño disfrutamos en comunión. ¡Y debe cambiar, cómo no! Existe un vínculo especial de comunión entre los miembros de la iglesia, un vínculo espiritual, y no podemos pretender que dicho vínculo siga igual si nos vamos de la iglesia a la que antes estábamos unidos.
Es vital tener esto en cuenta antes de decidir irte o quedarte. Pero, si te vas, debes llevar a cabo la difícil tarea de reajustar tu relación con quienes se queden en la iglesia. Lo mejor es hacerlo expresamente y a conciencia. Elabora un listado de esos amigos, fija una hora para reunirte con cada uno y, en oración, comienza a «reiniciar» cada amistad. Ten la cautela de no hablar de la iglesia con dureza o denigrándola. Deberás asumir que estos amigos, en su mayoría, se quedarán en ella aunque tú te vayas a raíz de graves problemas. Admite que tu decisión de irte cambiará las cosas. Verbaliza que, si bien desearías que no fuera así, lo prudente es reconocer que es lo más probable. Hablen de las nuevas expectativas mutuas respecto a su amistad y, posiblemente, de algunas precauciones que los ayuden a prevenir chismes o disensiones. ¿Cómo lucharás contra la tentación de seguir dándole vueltas a tu salida cada vez que estén juntos? ¿Qué temas deberían acordar eludir sin duda alguna? Una vez que te vayas, hasta una sencilla pregunta como: «¿Qué tal la iglesia?» puede sentirse demasiado enrevesada y sensible en una conversación.
Pero lo más importante: ¡oren juntos! La oración tiene la capacidad de situar el corazón y la mente en el lugar correcto incluso en situaciones difíciles y complicadas. Oren para que Dios sea honrado tanto en la iglesia de la que te vas como en la próxima a la que te unas. Oren para que su amistad siga siendo sana y edificante por muchos años. Expresen el amor y el cariño permanentes que se tienen. Anhelen el día en que Cristo regrese para reunir definitivamente a su Iglesia en una sola, cuando todos estaremos libres de las cargas y el dolor de la vida eclesial en un mundo caído. Si estas oraciones se hacen pesadas, o quizá un poco incómodas, ¡no pasa nada! Considéralo una confirmación de que el vínculo espiritual que has creado con estos amigos es genuino y profundo. ¡Alabado sea Dios por ello! Pídele que los ayude a instaurar una «nueva normalidad» en su amistad.
Tu capacidad de reajustar estas relaciones dependerá en gran medida de lo bien que hayas sorteado el proceso de salida. ¿Examinaste de verdad tu corazón para sopesar cómo tu actitud espiritual podría estar contribuyendo a tus problemas? ¿Discerniste realmente el motivo subyacente por el que te vas? ¿Puedes hablar de él con claridad, racionalidad y mesura? ¿Te comunicaste con sinceridad, honestidad y tacto? Si no, te será muy difícil reajustar tus relaciones de una forma sana. Surgirá una nueva tensión en esas amistades aunque ninguno de los dos la desee. Dejarán de existir numerosos vínculos y experiencias comunes que alguna vez dieron forma a su amistad. Quizá no se vean muy a menudo. Mientras tanto, ellos continuarán compartiendo experiencias con aquellos amigos en común que quedan en la iglesia. Continuarán escuchando la misma predicación y participando en los mismos ministerios. Se formarán amistades y vínculos nuevos que tú ya no conocerás.
Es bastante duro sortear estas dinámicas incluso si te vas de la iglesia de la manera más honorable posible. Pero, si te vas precipitada o imprudentemente, dichas dinámicas pueden parecer insalvables. No en vano, para quienes se quedan, el simple hecho de conservar la amistad contigo puede convertirse en fuente de división dentro de tu antigua iglesia. Deliberadamente o no, puedes poner a estos amigos en una posición en la que tengan que elegir de qué lado están. Tal vez perciban de tu parte una presión tácita para que también ellos se vayan de la iglesia o, al menos, para que vean las cosas como tú las ves. Desde su óptica, conservar la amistad contigo como si nada hubiera cambiado puede parecer un respaldo implícito a tu decisión de irte, como si ahora tuvieran que mirar con malos ojos a su iglesia para que tú los mires como amigos.
Esta transformación de las relaciones es uno de los costos más elevados que tiene irse de una iglesia. Al irnos, no solo cambiamos de congregación: cambia toda nuestra red de amistades espirituales. Por consiguiente, hemos de tener esto en cuenta desde el principio de nuestro proceso de toma de decisiones.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué relaciones me costaría más que cambiaran si me fuera de mi iglesia?
- ¿Qué voy a hacer para proteger esas amistades de los chismes pecaminosos durante mi proceso de salida?
- ¿Cómo puedo orar por los amigos que voy a dejar atrás?
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Acerca del autor
DANNY sirve como pastor de Redemption. Está casado con Kari, y tienen tres hijos: Lewis, Audrey y Swara.
Tabla de contenido
- Parte I: Cómo Examinar Tu Corazón
- 1. Incapacidad de perdonar | ¿Estás resentido con algún líder o feligrés?
- 2. Soberbia | ¿Tienes mejor concepto de ti del que deberías?
- 3. Evitación | ¿Estás huyendo del compromiso o de la responsabilidad?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Cómo Discernir Los Motivos De Tu Salida
- 1. Motivos prácticos | Ya no tiene sentido quedarse
- 2. Motivos doctrinales | Ya no eres del mismo parecer
- 3. Motivos relacionales | Ya no puedes confiar
- 4. Motivos de orientación | Ya no estás de acuerdo
- Cuándo comenzar a buscar otra iglesia
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Cómo Hablar Con Tu(S) Pastor(Es)
- 1. Transparencia: Habla enseguida y con sinceridad de tus problemas.
- 2. Docilidad: Considera la idea de que un pastor los guíe hacia una solución.
- 3. Tacto: Si ya has tomado la decisión, comunícala con toda la claridad y el buen gusto posibles.
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: Cómo Reajustar Tus Relaciones
- Preguntas para reflexionar:
- Acerca del autor