#99 Planificación Cristiana Del Legado: Dar Con Sabiduría En La Jubilación

por Dr. Richard Perhai Dr. Larry Oats

Introducción: ¿Los Años Dorados O Los Años Avaros?

Arthur vivía en una casa propia, conducía un auto confiable y tenía una pensión que la mayoría de las personas de su barrio envidiaría. En los cuarenta y cinco años que le dedicó a la ingeniería, había construido una vida definida por la precisión y la previsión. Según los parámetros terrenales, había llegado a la recta final de una carrera exitosa. Sin embargo, la atmósfera en su sala de estar bañada por el sol no se sentía victoriosa. Se sentía como un búnker: seguro en teoría, pero sofocante en la vida real.

A pesar de su seguridad financiera, la rutina diaria de Arthur estaba controlada por un profundo temor subyacente. Se pasaba las mañanas obsesionadocon los gráficos de inflación y las tardes monitoreando las fluctuaciones del mercado de valores como si su siguiente comida dependiera de ello. Era un millonario que vivía con la ansiedad crónica y agobiante de un mendigo. Su mayor miedo no era la muerte; era la posibilidad de que su siguiente cheque no tuviera fondos. Se había pasado la vida construyendo una fortaleza de «lo suficiente», solo para descubrir que sus muros no lo hacían sentir seguro. Lo hacían sentir atrapado.

Esta es la crisis que muchas personas enfrentan en su vejez. Se nos dice que la jubilación es la etapa de los «años dorados», una etapa de descanso y gratificación. No obstante, para muchos, pasar de ganar a gastar dispara un instinto de supervivencia profundamente arraigado que puede convertir al corazón más generoso en uno avaro. En lugar de dar inicio a una etapa de paz, empezamos a vivir una etapa de hipervigilancia, en la que guardamos cada centavo y sentimos cada regalo como una amenaza a nuestra supervivencia.

La trampa de la escasez

Arthur estaba experimentando algo que llamo «la trampa de la escasez». Es un patrón —psicológico y espiritual— en el que la ausencia de un ingreso fijo distorsiona la realidad. Cuando estás trabajando, ves el dinero como un flujo, algo que ingresa y egresa. Sin embargo, cuando esos años de actividad laboral finalizan, muchas personas comienzan a ver sus ahorros como un charco de agua estancada. Cada vez que sacan un balde del charco para pagar una cuenta o ayudar a un nieto, observan el nivel de agua y entran en pánico. No ven la lluvia, solo la sequía.

Esta mentalidad nos lleva a aferrarnos con fuerza a nuestros recursos cuando deberíamos estar buscando maneras de usarlos. El miedo a «quedarse sin nada» se convierte en una profecía autocumplida de miseria. Dejamos de ser mayordomos de la provisión de Dios y nos convertimos en guardianes de nuestro dinero. Nos convencemos de que estamos siendo «prudentes» o «responsables». No obstante, debajo de la superficie, estamos actuando desde una falta de confianza. Hemos puesto nuestra fe en nuestro saldo bancario en lugar de nuestro Proveedor, y, dado que ese saldo es finito, nuestra paz se vuelve frágil.

¿Has notado que, cuanto más posees, más te preocupa perderlo? ¿Por qué un saldo bancario más grande nos lleva a tener un corazón más pequeño? La trampa de la escasez nos susurra que la seguridad está en los ahorros que acumulamos, no en el carácter del Dios que nos prometió jamás dejarnos ni abandonarnos.

El cambio de perspectiva

Para escapar de esta trampa tenemos que cambiar radicalmente la manera en la que vemos los últimos capítulos de nuestra vida. La cultura del consumo nos condicionó a creer que la jubilación consiste en «ahorrar para tiempos difíciles». Nos pasamos décadas creando un colchón financiero para poder estar cómodos en los momentos duros de la vejez. Si bien es sabio planificar nuestro legado, una vida centrada solo en la autopreservación se convierte en una vida muy solitaria y pequeña.

El evangelio nos invita a dejar de «ahorrar para los tiempos difíciles» y empezar a «sembrar para la cosecha eterna». Esto no quiere decir que ignores tus cuentas o que gastes tu pensión de manera irresponsable. Consiste en cambiar el objetivo principal de tus finanzas. En lugar de preguntarte: «¿Cuánto puedo ahorrar para asegurarme estar siempre cómodo?», comienza a preguntarte: «¿Cuánto puso Dios en mis manos para invertir en cosas que perdurarán más que yo?».

En el reino de Dios, los recursos son un río, no una reserva. Si fuesen solo una reserva, estarían estancados, contaminados y no se podrían usar. Cuando ves a tu jubilación con ojos de eternidad, ese «charco» no permanece estancado y, sorprendentemente, tampoco se achica. Está siendo utilizado. Cada acto de generosidad bíblica es una semilla plantada en un campo en el que caminarás para siempre. La ansiedad de Arthur surgía a partir de la idea de que su vida se estaba terminando. No obstante, para los creyentes, la vida está por comenzar. La jubilación cristiana no es el final de la misión; es un cambio de tareas. Por fin tienes más tiempo, más sabiduría y más recursos para hacer más por el que hoy vive aferrado con todas sus fuerzas a reino de lo que podías hacer cuando estabas demasiado ocupado tratando de tener éxito en tu carrera.

Los principios bíblicos de la generosidad en la jubilación

A menudo tratamos a la generosidad como si fuera una actividad de la juventud; algo que haces cuando estás construyendo tu carrera y en busca de beneficios fiscales. Sin embargo, la Biblia no establece una «edad de retiro». De hecho, algunos de los actos de generosidad más grandes en las Escrituras fueron llevados a cabo por personas en el ocaso de sus vidas.

Los principios bíblicos de la administración del dinero no expiran cuando recibes el primer pago de tu pensión. Salmos 92:14 dice que los justos «[a]un en su vejez, darán fruto; siempre estarán saludables y frondosos». Estos «frutos» no son solo de carácter personal; tienen un impacto en toda la comunidad. El diseño de Dios para tu edad avanzada no está pensado para que te aísles en una coraza de autoprotección. Él quiere que seas una fuente de sombra y alimento para las generaciones venideras.

Honrar a Dios con tu dinero en la jubilación es un acto profundo de adoración porque demuestra que tu esperanza nunca estuvo en tu cuenta de retiro. Es una declaración ante tu familia, tu iglesia y tu alma que afirma que Dios es quien te sostiene. Cuando un jubilado da con generosidad, está diciendo: «Vi cómo Dios me proveyó durante setenta años y no voy a comenzar a dudar de Él ahora». Es el testimonio definitivo de una vida bien vivida.

En las próximas secciones, consideraremos los aspectos prácticos de este cambio de perspectiva. Hablaremos de cómo superar el miedo al futuro, cómo distinguir entre las necesidades reales y las amenazas percibidas, y cómo crear un legado cristiano que lleve el peso del evangelio a las vidas de tus hijos y nietos. Con el tiempo, Arthur comprendió que su paz no provenía de la estabilidad del mercado de valores, sino de las manos de Aquel que determina el número de las estrellas y las llama por su nombre. Puedes elegir pasar tus últimos años intentando correr tras el viento o puedes decidir sembrar para tener una cosecha que nunca desaparecerá. Elijamos esta última.

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