#69 TÁCTICAS PARA LUCHAR CONTRA LA TENTACIÓN: GANA LA BATALLA INTERIOR
INTRODUCCIÓN
Todos los cristianos conocen la batalla contra la tentación. Algunos entran cojeando a la iglesia el domingo, con heridas aún frescas de la noche anterior. Otros se sientan y lucen sonrientes por fuera, pero se sienten devastados por dentro, convencidos de que nunca serán libres. También hay quienes se han vuelto tan insensibles que ya no notan la tentación —solo ceden ante ella. Luego, están las personas que sienten que van bien, que permanecen fuertes. ¡Gloria a Dios por eso! Pero incluso cuando te sientes fuerte, las Escrituras nos advierten: «Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer» (1 Co 10:12). Nadie se gradúa de la lucha contra el pecado en esta vida.
Jesús nos enseñó a orar diciendo: «Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno» (Mt 6:13). Esa oración no es una lista de deseos, sino una declaración de guerra. Esta guía trata sobre aprender a pelear, no con los puños cerrados o con la voluntad humana, sino con las armas que Dios nos ha dado: su Palabra, su Espíritu, su pueblo y, por sobre todas las cosas, su Hijo.
Comenzaremos nuestro viaje observando de forma honesta nuestras debilidades con respecto al pecado. Como Pedro en el patio, solemos sobreestimar nuestra fuerza y subestimar nuestra tentación. Vernos a nosotros mismos de la forma correcta (frágiles y con tendencia a caer) nos humilla y nos impulsa a pedir la ayuda de Dios antes de que la tentación tenga la oportunidad de destruirnos.
Luego, hablaremos de la liberación. Satanás no es un personaje ficticio de los libros de cuentos. Él es «el tentador» (1 Ts 3:5). Las Escrituras nos enseñan que no podemos salvarnos a nosotros mismos de sus trampas. Es por eso que Jesús no nos enseña a orar para pedir más voluntad, sino para pedir liberación. Nuestra victoria no se da porque somos héroes de nuestra historia, sino porque Cristo, el Liberador, nos rescata cuando no tenemos poder.
Luego de la liberación, hablaremos de la identidad. La pregunta: «¿Quién eres?» significa más de lo que crees. Romanos 6 nos enseña que nuestra habilidad para combatir al pecado depende de cuánto afiancemos nuestra identidad en Cristo. Saber que estás muerto para el pecado y vivo para Dios cambia la forma en la que enfrentas la tentación a diario.
En el siguiente capítulo, hablaremos de la previsión. Pablo nos exhorta a que no nos preocupemos por «satisfacer los deseos de la carne» (Rm 13:14). El término «provisión» significa algo así como previsión. De la misma forma en la que podemos prever la santidad (a través de la oración, las Escrituras, la fraternidad y la responsabilidad), también, trágicamente, podemos prever el pecado. Aquí, analizaremos cómo dejar de alimentar la carne cortando sus provisiones y cómo alimentar al Espíritu revistiéndonos de Cristo cada día.
Luego, hablaremos sobre la Iglesia. El pecado prospera en secreto pero muere bajo la luz de la fraternidad. Es por esto que necesitamos una Iglesia fiel para combatir al pecado y a la tentación. Dios nunca quiso que peleáramos solos. El cuerpo de Cristo nos exhorta, nos rescata y nos carga cuando estamos débiles. Alejarte del pueblo de Dios es como ir voluntariamente al campo de batalla sin armadura.
Nuestra próxima sección tratará de la visión. Aquí, recordaremos que no vencemos nuestros deseos pecaminosos solo con fuerza de voluntad. En cambio, debemos reemplazarlos con deseos más profundos. El poder expulsivo de un nuevo afecto significa que combates la lujuria y otras tentaciones mirando a través de ellas, viendo su verdadero costo y saboreando la alegría superior de Cristo. Así lo hacen los de corazón limpio que «verán a Dios» (Mt 5:8).
Finalmente, llegamos a Dios mismo, Aquel a quien fuimos hechos para ver. La santidad no se trata solo de reglas, sino también de apetito: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mt 5:6). Lo que más deseamos no es solo ser libres del pecado, sino ver a Dios cara a cara. Esa hambre impulsa nuestra búsqueda de santidad hasta el día en que Él nos lleve a casa.
Oro para que, a medida que trabajes en estas lecciones, no solo aprendas cómo luchar contra la tentación, sino que también cultives el amor por quien luchó por ti. Cristo ya ganó la guerra; ahora, aprendamos juntos a vivir como soldados libres.
Audioguía
Audio#69 TÁCTICAS PARA LUCHAR CONTRA LA TENTACIÓN: GANA LA BATALLA INTERIOR
1 La tentación
¿Cómo te ves a ti mismo? ¿Virtuoso, disciplinado, lleno de los frutos del Espíritu? De ser así, ¡alabado sea Dios! Pero ¿esta imagen es correcta?
¿Qué hay de tu futuro yo? ¿Cómo te ves luchando contra el pecado cuando lo enfrentes en el futuro? La mayoría solemos sobreestimar la fortaleza de nuestro yo futuro. Pensamos que la nueva dieta no será un problema, que respetaremos el presupuesto y que la rutina de ejercicio será fácil de mantener. Imaginamos que nuestro yo futuro será más valiente, más dueño de sí mismo y más sensato de lo que realmente somos.
Cuando experimentamos la dura realidad de que nuestros yo futuro no es tan fuerte como pensábamos, nos sentimos un poco avergonzados. Otra dieta, plan de lectura bíblico diario o rutina de ejercicios con los que no cumplimos revelan nuestra ingenuidad. A menudo, simplemente ignoramos estos sentimientos, nos reímos de nosotros mismos y continuamos con nuestras vidas.
Sin embargo, ¿qué sucede cuando nos sobreestimamos espiritualmente? ¿Qué sucede cuando pensamos que somos espiritualmente más maduros, más fuertes y más santos de lo que realmente somos? ¿O cuando pensamos que estamos preparados para manejar la tentación, pero no es así? ¿Y si realmente necesitamos ser rescatados, liberados de nuestras tentaciones por alguien más grande que nosotros mismos?
Uno de los relatos más famosos de la vida de Jesús es el de cuando fue tentado en el desierto. En el Evangelio de Lucas, leemos que Jesús fue al desierto y enfrentó allí cuarenta días de tentación. Lucas describe la escena así:«Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto. Allí estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo» (Lc 4:1-2a).
Si conoces esta historia, sabrás que Jesús venció a Satanás. El relato de la tentación de Jesús en el desierto es poderoso y, a menudo, se usa como un «manual práctico» para enseñar a los cristianos a luchar contra la tentación con el poder del Espíritu Santo y la Palabra de Dios. ¡Y no está mal hacerlo!
Sin embargo, lo que me llama la atención es que, cuando Jesús les enseña a los discípulos a orar en medio de la tentación, no les sugiere que oren pidiendo valentía o ayuda para recordar las Escrituras. En cambio, les enseña a orar pidiendo en primer lugar que Dios no los deje ser tentados. Jesús les enseña a sus seguidores a orar así: «Y no nos dejes caer en tentación» (Mt 6:13a). Pareciera que Jesús, recordando su propio drama desgarrador de tentación en el desierto, les enseña a sus discípulos a pedirle a Dios que nunca tengan que experimentar algo así.
Jesús nos enseña a orar de esta forma porque somos débiles en nuestro pecado y en la tentación. Si bien es cierto que los cristianos somos fortalecidos por el Espíritu Santo (Ef 3:16), también es cierto que aún vivimos en esta carne que tiene deseos contrarios al Espíritu (Ga 5:17). Hasta que lleguemos al cielo, los cristianos siempre estaremos asediados por la debilidad. Una pizca de autoconciencia será muy útil para nosotros en este aspecto.
El lugar más peligroso que puede habitar un cristiano es en la falsa confianza en sus propias fuerzas, especialmente cuando se trata de combatir el pecado. «Que ningún santo», escribe Jonathan Edwards, «sin importar qué tan eminente sea o qué tan cerca de Dios esté, se considere fuera de peligro. El que piensa que está fuera de peligro, en realidad es el que más peligros corre».[i] El golpe que más duele es el que no te esperas, y los cristianos con excesiva confianza son los sorprendidos por Satanás y sus trampas.
Un mentor me dijo una vez que todos los cristianos deberían verse a sí mismos como si estuvieran a punto de caer por el acantilado del pecado. Parafraseando sus palabras: «En relación al pecado, nuestra tentación nos acerca cada vez más hacia el borde de un acantilado. Podemos caernos en cualquier momento al abismo de la muerte y la ruina. Debido a nuestros deseos pecaminosos, no solo estamos al borde del acantilado, sino que también estamos parados en una pendiente empinada que desciende hacia el negro abismo. Además, no solo estamos cerca del borde del abismo, sino también sobre un piso resbaladizo, a punto de perder el equilibrio en cualquier momento».
Así es como debemos considerarnos con respecto al pecado. Si comprendemos esta realidad —que no somos fuertes, sino débiles— tiene sentido que Jesús nos haya enseñado a orar pidiendo a Dios que nos libre de la tentación.
Entonces, ¿cómo te ves a ti mismo? La verdad es que solemos desmoronarnos bajo el peso de la tentación, como nos desmoronamos tras seguir una dieta por dos días. «Empiezo la dieta el lunes» es el mismo tipo de mentira que «Puedo estar a solas con ella, no me dejaré llevar por la lujuria» o «Puedo desinstalar este software de mi computadora, tengo al porno bajo control».
No se me ocurre un mejor ejemplo para este tipo de confianza espiritual falsa que el apóstol Pedro. Jesús les dijo a los discípulos que lo abandonarían en su hora más oscura. «[T]odos ustedes me abandonarán», dijo Jesús (Mt 26:31).
Pedro respondió: «Aunque todos te abandonen […], yo jamás lo haré» (Mt 26:33). Jesús le dijo a Pedro que de hecho lo negaría tres veces antes de que terminara la noche. Pedro lo contradijo: «Aunque tenga que morir contigo […], jamás te negaré» (Mt 26:35).
¿Recuerdan cómo termina la historia? No solo Pedro negó a Jesús, lo negó tres veces, echando maldiciones (Mt 26:74). Así que, nuevamente, te pregunto: ¿cómo te ves a ti mismo en relación al pecado y a la tentación? ¿Te ves como David, enfrentando con valor al gigante o como Pedro, temblando de miedo en el patio?
Puede que ahora pienses: «¿Qué tipo de vida cristiana es esta? ¿Dónde está la victoria? ¿Dónde está el poder de Dios sobre el pecado?». Ciertamente,tenemos victoria, y nuestra capacidad para resistir el pecado y combatir la tentación sí crece en gracia con el tiempo (con altibajos, por supuesto).
Somos firmemente llamados a combatir el pecado y la tentación, y deberíamos intentar ganar esas batallas cuando estamos en medio de ellas. Considera las palabras de Efesios 6:11: «Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las artimañas del diablo». Somos llamados a oponernos a Satanás y a sus artimañas. Cuando nos encontramos en medio de una pelea, debemos levantar la espada de la Palabra de Dios y decapitar a cualquier enemigo que enfrentemos, confiando en la armadura de la protección de Dios.
Sin embargo —y esto es clave—, solo porque estamos equipados para la batalla no significa que debamos buscarla. Nunca debemos confundir la capacidad que nos da Dios para enfrentar la batalla espiritual con un deseo dado por Él para participar en esta. Tanto en 1 Corintios como en 2 Timoteo, Pablo les indica a los lectores que «huyan» de la tentación y del pecado. Huye de la inmoralidad sexual, huye de las malas pasiones de la juventud, huye, huye, huye (1 Co 6:18, 10:14, 2 Tm 2:22). A la hora de enfrentar la tentación, nuestra respuesta automática debería ser huir, no pelear.
Es por esto que Jesús, al final de su ministerio, se tomó el tiempo de decirle esto a sus discípulos: «Permanezcan despiertos y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil» (Mt 26:41). «El espíritu está dispuesto» es la forma que tiene Jesús de decir: «Sé que tienes el corazón de un guerrero, pero tu carne es más débil de lo que crees». Entonces, aspira a la autoconciencia, la humildad y una adecuada comprensión del poder del pecado. Nuestros corazones son malvados. El pecado es dulce para la carne, y sobreestimar nuestra propia fuerza espiritual puede costarnos el alma.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué quiere decir que Satanás es «el tentador» (1 Ts 3:5)? ¿Cómo influye eso sobre la forma en la que piensas acerca de tu batalla diaria con el pecado?
- ¿Por qué es peligrosa la autodependencia en la batalla contra el pecado? ¿Cómo nos reorienta el evangelio para que dependamos de Dios?
- Este capítulo usa el ejemplo del capitán Phillips cuando necesitó ser rescatado. ¿De qué forma esta imagen nos ayuda a comprender mejor a Jesús como nuestro liberador?
2 La liberación
Satanás es conocido a lo largo de la Biblia como «el tentador». Se lo llama explícitamente «el tentador» en 1 Tesalonicenses 3:5: «Por eso, cuando ya no pude soportarlo más, mandé a Timoteo a indagar acerca de su fe, no fuera que el tentador los hubiera inducido a hacer lo malo y que nuestro trabajo hubiera sido en vano» (1 Ts 3:5).
No es solo su apodo; vemos a Satanás actuar realmente como un tentador a lo largo de las páginas de las Escrituras. En Génesis 3, tentó a Adán y Eva en el Edén. En el desierto, tentó a Jesús, el segundo Adán. Este es el truco principal de Satanás: tentar a los hijos de Dios. Lo ha hecho desde el inicio de los tiempos, y lo seguirá haciendo hasta que Jesús regrese.
Por supuesto, debemos tener cuidado de no atribuirle a Satanás ciertas características que solo pertenecen a Dios. Satanás no está oculto bajo todas las rocas y detrás de cada esquina. Sin embargo, la Biblia sí dice que Satanás tiene un poder único sobre y en contra de los humanos. De hecho, la Biblia parece indicar que, de alguna manera, Satanás es el padre, la raíz o el causante de todas las tentaciones y el mal de este mundo caído.
Por ejemplo, Jesús les dice a los líderes religiosos que mienten sobre Él porque son hijos del diablo (Jn 8:44). En Hechos 26, Jesús le dice a Pablo que va a enviarlo a los gentiles con el propósito de liberarlos «del poder de Satanás» (Hch 26:17-18). Cuando Pablo les escribe a los corintios sobre el sexo en el matrimonio, le recomienda a los esposos y esposas que no se priven el uno del otro por mucho tiempo. ¿Por qué? Porque sabe que la abstinencia prolongada abre la puerta para que Satanás los tiente a través de su falta de autocontrol (1 Co 7:5). Las Escrituras incluso describen cómo Satanás actúa a través de emisarios. Pablo, por ejemplo, se refiere a su «espina en el cuerpo» como un «mensajero de Satanás» (2 Co 12:7).
Bíblica y teológicamente, tiene sentido que Jesús nos haya enseñado a orar diciendo «líbranos del maligno» (Mt 6:13). En cierto sentido, nos está enseñando a clamar a Dios, pidiéndole que nos rescate de las tentaciones de Satanás. ¿Ves tu batalla contra el pecado de esa forma, como una guerra contra el mismo Satanás? Ya sea que sí o que no, la verdad es que no podemos rescatarnos a nosotros mismos. Necesitamos que Dios nos libre.
Nuestra cultura dice: «Si te caes, levántate. Si caes en un hoyo, trepa y sal. Si no tienes dinero, trabaja más duro hasta que triunfes en la vida». Ese tipo de determinación puede serte útil en la escuela o en los negocios, pero no te librará del pecado y la tentación. La Biblia no describe la tentación y el mal como obstáculos que simplemente puedes superar, sino como enemigos de los que no puedes escapar sin un Salvador. Resistirse al pecado no es como una película de acción en donde eres el héroe. Es una misión de rescate en donde el Liberador es Cristo.
Puede que te veas a ti mismo como John McClane en Duro de matar en Nakatomi Plaza: atrapado en una situación difícil (¡y nada menos que en Navidad!), pero confiado en que improvisarás, pelearás y saldrás victorioso. Ese es el mito del superhéroe: siempre encontraremos una manera. Sin embargo, tu vida probablemente se asemeja más a la del capitán Phillips: superado, dominado y totalmente dependiente de alguien más (como el Equipo SEAL 6) para que te rescate. Cuando hablamos de tentación, la pregunta no es si la enfrentarás, más bien cuándo. Y en cuanto al pecado, la realidad es que ninguno de nosotros llegará al cielo sin cicatrices.
Me encantan los leones. Son fuertes, majestuosos y feroces. No es de extrañar, entonces, que Jesús sea descrito como el León de Judá. Algunas de mis imágenes favoritas de los leones son los primeros planos de alta resolución: sus mandíbulas fueron diseñadas para la fuerza, los ojos penetrantes de un depredador alfa y la orgullosa melena de un líder. No obstante, el detalle que más me gusta son sus cicatrices. El rostro de un león cuenta la historia de cientos de batallas sobrevividas en la selva. Cada cicatriz es un testimonio: han soportado, han peleado, han sangrado, y aun así han sobrevivido.
Creo que así seremos nosotros en el cielo. Si pudieras ver nuestras almas en ese lugar, verías algo glorioso, sí, pero también las verías cubiertas de cicatrices espirituales. Cada marca contaría la historia de otro asalto en la pelea contra el pecado. Llegaremos a casa, eso es seguro, pero ninguno llegará ileso. Como los leones, luciremos las cicatrices de nuestras batallas contra el pecado.
Esta es una triste realidad: la pregunta no es si caerás en las garras del maligno y necesitarás liberación, sino cuándo. Y cuando te encuentres atrapado por la tentación, cómo Jesús te enseñó a orar: «Líbranos del maligno».
Preguntas para reflexionar:
- ¿Por qué crees que solemos sobreestimar nuestras propias fuerzas cuando se trata de la tentación? ¿Puedes pensar en un ejemplo de tu propia vida?
- Jesús nos enseña a orar diciendo: «Y no nos dejes caer en tentación» (Mt 6:13). ¿De qué forma podría cambiar tu vida de oración si oraras específicamente así de forma regular?
- ¿De qué manera podemos practicar «huir» de la tentación (1 Co 6:18; 2 Tm 2:22), en lugar de asumir que somos lo suficientemente fuertes para enfrentarla?
3 La identidad
En la era de la política de identidad, en donde los humanos se subdividen en una infinita cantidad de grupos y son usados como peones en el ajedrez cultural, los cristianos podemos vernos tentados a sospechar del concepto mismo de «identidad». Sin embargo, ese es un error.
La palabra identidad no aparece en las Escrituras, pero el concepto ciertamente sí. La identidad simplemente es la respuesta a la pregunta «¿quién soy?».
En Romanos 6, Pablo es claro: nuestra identidad y nuestra santificación van de la mano (Rm 6:4, 6, 11). Por lo tanto, si tienes un sentido de la identidad mal formado o poco desarrollado, tendrás dificultades para acabar con el pecado. Sin embargo, si sabes quién eres en Jesús, puedes caminar en la nueva vida que te pertenece en Él.
Entonces, ¿sabes quién eres? Cuando se les hace esta pregunta, la mayoría de los cristianos probablemente hacen una pausa y dicen: «Eso creo». Oro para que al final de esta sección, puedas decir con claridad y convicción: «Sé quién soy en Cristo». Cuando sabes quién eres en Jesús, podrás resistirte al pecado y a la tentación con todo el poder disponible para ti en el evangelio. En Romanos 6, Pablo usa dos imágenes poderosas para ayudarnos a comprender nuestra identidad: el bautismo y la esclavitud. El bautismo muestra nuestra unión con Cristo. La esclavitud muestra nuestro nuevo dominio bajo Cristo.
Tómate un momento para leer Romanos 6 y luego regresa a finalizar esta sección.
El argumento de Pablo no es: «No deberías caer en el pecado porque fuiste bautizado», sino más bien: «No puedes caer en el pecado porque fuiste bautizado». El bautismo indica tu unión con Cristo: estás muerto para el pecado y vivo para Dios.
Observa el lenguaje que usa Pablo:
- Bautizados para unirnos con Cristo Jesús (v. 3).
- Sepultados con Él en su muerte (v. 4).
- Unidos con Él en una muerte como la suya (v. 5).
- Unidos con Él en su resurrección (v. 5).
- Hemos muerto con Cristo (v. 8).
- Viviremos con Él (v. 8).
Que hayas sido bautizado significa que has sido unido a Cristo para siempre. Estás en Él, y Él en ti.
Es por eso que Pablo puede preguntar: «Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?» (Rm 6:2). No podemos. No como forma de vida. Nuestro «antiguo yo» fue crucificado con Cristo (v. 6). La raíz corrupta está muerta, y una nueva raíz —la vida de Cristo— ahora crece en nosotros.
Por supuesto, seguimos pecando. Pablo no está hablando de que esta vida se trata de perfección sin pecado. Está diciendo que, a pesar de que los cristianos a veces tambaleamos, no caemos en el pecado como estilo de vida. ¿Por qué? Porque el pecado perdió el dominio sobre la vida del creyente (v. 9).
Esta es la lección práctica: tu capacidad de vivir una vida piadosa será mayor o menor según lo grande que sea tu capacidad de comprender y creer la realidad representada en tu bautismo.
- Sabemos (v. 6) que nuestro «antiguo yo» fue crucificado con Cristo.
- Confiamos (v. 8) en que si hemos muerto con Él, también viviremos con Él.
- Sabemos (v. 9) que la muerte ya no tiene dominio.
- Por lo tanto, Pablo dice en el versículo 11: «[C]onsidérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús».
La palabra «considerar» significa «pensar, meditar activamente algo». En otras palabras, lucha para creer lo que ya sabes que es verdad: estás muerto para el pecado y vivo para Dios en Cristo.
La segunda imagen que usa Pablo es la esclavitud. El punto es simple:
- Solías ser esclavo del pecado.
- Ahora has sido liberado.
- Perteneces a Cristo como su esclavo.
- Ofrécete a Él en obediencia.
Pablo personifica al pecado y a la justicia como dos amos. ¿Cómo dejaste la tiranía de uno para el servicio del otro? En el mundo antiguo, un esclavo podía obtener la libertad de tres maneras:
- Comprarla él mismo.
- Esperar a que su amo muriera.
- Ser comprado por un nuevo amo.
La opción 1 es imposible para nosotros cuando hablamos de pecado. No podemos comprar la libertad del pecado. Pero el evangelio, por gracia, nos habilita las opciones 2 y 3:
- Jesús mató a tu antiguo amo llevando el pecado a la cruz (Rm 6:6).
- Jesús te compró a cambio de sí mismo (1 Co 6:19-20).
Por lo tanto, Pablo puede decir: «No puedes seguir sirviendo a tu antiguo amo. ¡Está muerto!».
La promesa de dominio
Esta es una de las promesas más preciadas de la Biblia:
«Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes […]» (Rm 6:14).
No tendrá dominio, poder ni autoridad. Cuando la tentación asome su fea cabeza en tu vida, predícate lo siguiente: «El pecado no tiene dominio sobre mí. Solo Cristo tiene dominio sobre mí».
La tentación llegará, pero no tengo que ceder. Puede que tambalee, pero no tengo que dejar que me tumbe. El mundo, la carne y el diablo podrán presionarme, pero puedo mantenerme fuerte. Puedo cambiar porque el pecado no tiene dominio sobre mí. Esto no es autoayuda, es la realidad del evangelio.
Entonces, cuando te sientas tentado —ya sea por la lujuria, la ira, el chisme, el rencor, el exceso de trabajo o la desesperanza— predícate a ti mismo Romanos 6: «Mi identidad ya no está en Adán. Mi identidad está en Cristo. Mi “antiguo yo” fue crucificado con Él. Mi “nuevo yo” está vivo en Él. Pertenezco a un nuevo amo». Deja que esa verdad te guíe hacia una obediencia devota.
Tu identidad en Cristo no es un eslogan motivacional. Es una realidad irrefutable: estás unido a Cristo en su muerte y resurrección. Estás bajo su dominio misericordioso. Créelo, considéralo, medítalo y vive de acuerdo a ello. Estás muerto para el pecado, vivo para Dios y alegremente unido a Cristo.
Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué forma el bautismo representa tu unión con Cristo? ¿Por qué es esto vital para resistir el pecado?
- Pablo dice: «Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes […]» (Rm 6:14). ¿De qué forma esta promesa puede moldear tu lucha diaria contra la tentación?
- ¿Por qué es importante considerarte a ti mismo un «esclavo de Cristo»? ¿De qué manera esta verdad te da libertad en lugar de miedo
4 La previsión
La noche está muy avanzada y ya se acerca el día. Por eso, dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz.
Romanos 13:12.
El pecado es como una túnica sucia. Tu trabajo diario como cristiano es quitarte las vestiduras sucias del pecado y ponerte la armadura de Cristo, quitarte lo que te matará y colocarte lo que te mantendrá vivo.
Los soldados desplegados no se pasean por la zona de guerra con pantalones cortos de gimnasia y chanclas. Usan armadura: cascos, chalecos, armas, todo eso. Si estás despierto, estás armado. Eso es lo que Pablo dice aquí: «Ya no estás dormido. Despierta. El sol salió. Ponte la armadura».
En el Nuevo Testamento, la armadura no es algo que usas para obtener la victoria; es lo que usas para mantenerte firme en la victoria que Cristo ya ha conseguido. En el caso de la vida cristiana, no te pones la armadura para ganar la batalla. En cambio, vives como un soldado que ya se encuentra del lado ganador. Considera lo que Pablo dijo a los romanos: «Más bien, revístanse ustedes del Señor Jesucristo y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne» (Rm 13:14).
Pablo les dice a los gálatas que todos los que han sido bautizados en Cristo se han «revestido de Cristo» (Ga 3:27). Desde el punto de vista espiritual, estás revestido de Cristo desde el momento en que confías en Él. Aun así, en Romanos 13, Pablo también nos dice que sigamos revistiéndonos de Él a diario. ¿Por qué? Porque así es la vida cristiana: nos arrepentimos cuando llegamos a Cristo, y luego continuamos arrepintiéndonos. De forma similar, creemos en Jesús y luego continuamos creyendo. Asumimos la identidad de Cristo y seguimos viviendo de acuerdo a ella hasta que Él nos llama a casa.
Así lo expresa Pablo: «Desháganse de la vieja levadura para que sean masa nueva, panes sin levadura, como lo son en realidad […]» (1 Co 5:7a). Y otra vez: «Porque ustedes antes eran oscuridad y ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz» (Ef 5:8). El texto original en griego usa el término pronoia, que significa literalmente «previsión» o «planificación anticipada». En el griego clásico, esta palabra solía describir la planificación prudente del futuro, tal como administrar los recursos o prepararse para un viaje. El único otro lugar en donde esta palabra aparece en el Nuevo Testamento es en Hechos 24:2, cuando Tértulo halaga al gobernador Félix por su «previsión» (pronoia) al gobernar la nación.
Entonces, cuando Pablo dice «no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne», quiere decir: «No le des ventaja al pecado. No lo planifiques. No le facilites el camino». De la misma forma en la que puedes planificar con sabiduría la rectitud, también puedes planificar el pecado con necedad. El mandato de Pablo es deshacernos del pecado mientras este todavía sea solo un pensamiento.
La realidad es que el pecado no se da por accidente: se alimenta de la preparación. La rectitud tampoco se da por accidente. Si quieres que gane la santidad y que pierda el pecado, necesitas un plan. Piensa en tus finanzas. Tu lado más santificado quiere gastar cada dólar para la gloria de Dios. ¡Amén! Pero otra parte menos santificada de ti quiere gastar de forma egoísta. ¿Qué lado ganará? El que planifiques. Es por esto que haces un presupuesto en el que cada dólar tenga un fin piadoso.
Piensa en la salud. No es posible llevar una vida sana por casualidad. Planificas tus comidas, agendas tus entrenamientos, no llevas comida chatarra a tu casa. Se necesita intencionalidad. De la misma forma, la rectitud no crece por accidente. Si quieres caminar en la santidad, debes ser intencional. Esto implica construir hábitos que alimenten el Espíritu y destruir hábitos que alimenten la carne.
Alimenta tu alma con aquello que fortalece la santidad —como la oración, las Escrituras, la fraternidad con el pueblo de Dios y la rendición de cuentas en tu iglesia local—. Además, asegúrate de no alimentar la carne al quitarle las oportunidades. Piensa en las siguientes tentaciones comunes y formas en las que puedes dejar de alimentarlas con un buen plan.
- Amoríos: Vive de acuerdo a la regla de Billy Graham: no es solo «no pasó», sino «no podría haber pasado». Él no iba a ningún lado solo. Además, no fantasees con otra vida o con el cónyuge «perfecto».
- Pornografía: Corta el acceso por completo. Añade filtros con algún software como Covenant Eyes en todos tus dispositivos. Confiesa tus tentaciones y pecados a algún compañero al que puedas rendirle cuentas.
- Pereza y adicción a las pantallas: Configura límites de tiempo en tu teléfono. Cancela tus suscripciones. Elige leer o compartir con tus amigos en lugar de perder tiempo en las redes.
- Envidia y peleas: Si las redes sociales te provocan enojo o envidia, elimínalas. No alimentes lo que te envenena.
- Codicia y acumulación: Automatiza tus donaciones para que la generosidad suceda antes de que el egoísmo se apodere de ti.
- Consumismo: No entres a la web o a las tiendas «solo a mirar». Compra con una lista y un presupuesto establecidos.
- Fornicación: Si tu relación sigue empujando los límites, reestructúrala o huye de ella. No te pases de la raya.
- Glotonería: No hagas las compras con hambre ni tengas la casa llena de snacks.
- Alcohol: Si beber es una trampa para ti, no tengas alcohol en tu casa «solo por si acaso». No pruebes qué tanto puedes acercarte al borde del acantilado antes de caer.
- Adicción: Aléjate de los lugares, personas y situaciones que te lleven de nuevo a esa esclavitud.
Jesús nos ayudó a orar diciendo: «No nos dejes caer en la tentación». Entonces, ¿por qué tomaríamos voluntariamente ese camino?
El peligro con una sección como esta es que si todo lo que oyes es «trabaja más duro», te sentirás orgulloso cuando pienses que estás teniendo éxito o te sentirás desesperado cuando sepas que estás fallando. Ese no es el punto. Pablo no dice «revístete de Cristo para que Dios te ame». Dice: «revístete de Cristo porque Dios ya te ama». Mañana por la mañana, no digas: «Tengo que luchar contra el pecado». Di: «Cristo ha peleado esta batalla por mí. La guerra ya está ganada. Eso cambia todo en cuanto a la forma en la que lucho. Me prepararé para la victoria hoy y todos los días hasta que Jesús me llame a casa».
Preguntas para reflexionar:
- Pablo nos dice: «[N]o se preocupen por satisfacer los deseos de la carne» (Rm 13:14). ¿De qué manera la idea de «previsión» cambia la forma en la que abordas la tentación?
- ¿Cuáles son algunas de las formas prácticas en las que puedes «alimentar el Espíritu» y no alimentar la carne en tu vida diaria?
- ¿Por qué es importante recordar que revestirse de Cristo no es la forma de ganarnos el amor de Dios, sino una respuesta a ser amados?
5 La Iglesia
Una de las primeras mentiras que nos susurra la tentación es: «Estás solo».
El pecado prospera en el silencio y en secreto. Quiere hacerte creer que nadie más puede entender tu lucha, que si hablas serás rechazado, que si tropiezas serás abandonado. Pero Jesús no nos salvó para aislarnos, nos adoptó en una familia —una familia llena de pecadores y personas rotas como tú—. Todos los cristianos luchan, pero ningún cristiano lucha bien por sí mismo. No es bueno para el hombre estar solo (Gn 2:18, Hb 3:12-13, Hb 10:24-25).
La tentación nos hace débiles, nos ciega y nos aísla (Pr 18:1). La Iglesia, por otro lado, por medio del Espíritu de Dios, nos recuerda lo que es real, nos atrae cuando nos alejamos y nos levanta cuando tropezamos (St 5:16).
La Iglesia nos recuerda la verdad. La tentación trafica con mentiras. Nos dice que el pecado nos podrá satisfacer, que mantenerlo en secreto te protegerá, que el arrepentimiento puede esperar hasta mañana. Pero cuando eres parte de una iglesia que predica el evangelio, te rodeas de personas que te recuerdan la verdad de la Palabra de Dios. Hebreos 3:13 dice: «[…] anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado». Si estamos solos, ciertamente seremos engañados; pero juntos en la Iglesia, veremos al pecado por lo que realmente es.
La Iglesia nos aleja del peligro. Hay momentos en los que un comentario duro de un hermano o hermana es como una mano que te sujeta del brazo y te aleja del borde del acantilado. Puede que el comentario duela, pero te salva. Santiago 5:19-20 nos recuerda que quien hace volver a un pecador de su extravío «lo salvará de la muerte y cubrirá muchísimos pecados». El rescate a menudo viene en forma de advertencia, reprimenda o súplica, pero es gracia de todas maneras.
La Iglesia nos acompaña en la pelea. La tentación a menudo nos hace sentir avergonzados e impotentes. No obstante, Dios nos da hermanos y hermanas que no dejarán que la vergüenza tenga la última palabra. Piensa en el paralítico, cuyos amigos lo ayudaron a bajar por el techo para acercarlo a Jesús (Mc 2:1-12). No podía caminar hasta ahí por sus propios medios, lo levantaron. De la misma forma, cuando la tentación te deja débil, la Iglesia te levanta en oración, intercede por ti y te guía hacia al Salvador que nunca abandona ni desampara a los suyos.
No te confundas: la Iglesia no es el Salvador, Jesús lo es. Sin embargo, Jesús ha elegido fortalecernos por medio de su cuerpo, la Iglesia. Planificamos, oramos y huimos de la tentación, pero si nos aislamos del pueblo de Dios, estamos a medio camino de la derrota. Pelear solo es pelear contra los medios de gracia que Cristo te ha dado. Pelear juntos es pelear de acuerdo a la voluntad de Cristo.
No esperes a estar tambaleándote para buscar ayuda. Permanece cerca del rebaño. Acércate a los hermanos y hermanas que te recordarán la verdad, te alejarán del peligro y te acompañarán en la pelea.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Por qué el secreto es tierra fértil para el pecado? ¿De qué forma has visto el poder de la rendición de cuentas en tu vida o en la de otros?
- Hebreos 3:13 nos pide que nos animemos unos a otros cada día. ¿Cómo se puede llevar esto a cabo de forma real y práctica para ti y tu iglesia?
- ¿Cómo puedes dar y recibir ayuda dentro del cuerpo de Cristo sin miedo ni vergüenza?
6 La visión
El punto es simple, pero simple no significa fácil: puedes y debes dar muerte a tus deseos pecaminosos. No solo resistirte a ellos, sino darles muerte.
No estoy diciendo que sea tan simple como presionar un botón. De hecho, aún no lo logro. Al igual que tú, que el apóstol Pablo y que todos los pecadores salvos por la gracia, lo sigo intentando. Pablo escribe: «No es que ya lo haya conseguido todo o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí» (Flp 3:12).
No obstante, dar muerte al pecado no es tan difícil como piensas. No debes vender todo y mudarte a un monasterio para hacerlo. Incluso los monjes de antaño descubrieron que la lujuria los seguía hasta al desierto. Uno de los primeros padres de la Iglesia, Jerónimo, admitió que incluso cuando vivía entre los escorpiones en la soledad del desierto, su corazón sentía lujuria. Escribió lo siguiente:
¡Cuántas veces, estando yo en el desierto y en aquella inmensa soledad que, abrasada de los ardores del sol, ofrece horrible asilo a los monjes, me imaginaba hallarme en el medio de los deleites de Roma! […] Mi rostro estaba pálido por los ayunos; pero mi alma ardía de deseos dentro de un cuerpo helado, y muerta mi carne antes de morir yo mismo, solo hervían los incendios de los apetitos.[ii]
Entonces, si el desierto no puede curar tus deseos lujuriosos, ¿cómo puedes combatirlos desde el lugar en el que estás?
Comencemos con un experimento mental: imagina que estás a solas con una mujer que no es tu esposa. Cruzaste lalínea hace 15 minutos, y ahora estás por cruzar el punto de no retorno. De pronto, escuchas una camioneta detenerse en la entrada. Es su padre. No es un hombre corpulento, pero tiene dos cosas: armas y el deseo de proteger a su hija.
En ese instante, tus deseos pecaminosos se evaporan. ¿Por qué? Porque fueron expulsados por un deseo aún mayor, en este caso, el deseo de mantenerte con vida. Eso es lo que Thomas Chalmers (y, más adelante, John Piper) llamó «el poder expulsivo de un nuevo afecto». Por supuesto, estos pastores teólogos no inventaron esta idea de la nada; la tomaron de la Biblia. Juan escribe: «No amen al mundo ni nada de lo que hay en él. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Jn 2:15). Jesús dijo: «El reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo descubrió, lo volvió a esconder, y lleno de alegría fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo» (Mt 13:44).
No matas al deseo solo con fuerza de voluntad. Lo matas reemplazándolo con un deseo más profundo. A veces este concepto se expresa como algo negativo («No quiero morir») y otras veces como algo positivo («Quiero vivir»). Exploremos ambas perspectivas.
Imagina otro escenario. Estás a punto de mirar pornografía. No quieres hacerlo (en cierto sentido), pero sientes que necesitas hacerlo. O tal vez piensas que lo mereces. Puede que te sientas demasiado cansado e insensible como para que te importe. ¿Por qué no puedes apagar ese deseo? Porque, a diferencia del escenario con el padre peligroso en la entrada de la casa, no ves una amenaza inmediata. Entonces, tomas tu teléfono o tu computadora y cedes. Sin embargo, solo porque no puedes ver el peligro no significa que no esté allí. Recuerda, el pecado siempre esconde sus garras. Te susurra palabras de consuelo mientras afila su cuchillo. Como advierte Proverbios: «El prudente ve el peligro y busca refugio; el inexperto sigue adelante y sufre las consecuencias» (Pr 22:3).
Cuando la lujuria parezca inofensiva, recuerda que el peligro es real, incluso si no es obvio. La próxima vez que te sientas tentado, quiero que mires a través de tu lujuria y observes las consecuencias del otro lado.
- Observa la vergüenza que sentirás después.
- Observa cómo se empaña tu testimonio, cómo la hipocresía socava el ministerio del evangelio.
- Observa las lágrimas de tu cónyuge, o futuro cónyuge, traicionado por tu infidelidad.
- Observa el daño que les haces a tus hijos y a tu iglesia.
- Observa como pierdes recompensas eternas.
Pero no observes solo el peligro. También, observa la alegría que te espera al otro lado de la fidelidad.
- Observa a tu «futuro yo» más fuerte, más libre, más santo.
- Observa una vida sexual caracterizada por la alegría y la confianza, o, si tu llamado es la soltería, un corazón liberado del pecado, totalmente dedicado a Cristo.
- Observa tu matrimonio libre de las sospechas y el dolor.
- Observa tu ministerio caracterizado por la integridad.
- Observa a tus hijos aprender cómo es la fidelidad.
- Observa la corona de la vida, otorgada a todos los que con amor esperan su venida (2 Tm 4:8).
- Observa a Jesús mismo, deleitado con tu obediencia, porque mostraste a través de tus elecciones que Él es tu tesoro más preciado.
Recuerda lo que dijo Jesús: «Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios» (Mt 5:8). Esta es la recompensa mayor. No solo una conciencia limpia y un matrimonio más fuerte, sino la visión de Dios mismo. Tener el corazón limpio es ser devoto y «tener ojos solo para Él».
Entonces, ¿cómo luchas contra la lujuria? Luchas con la vista. Ves a través de la promesa barata de la tentación y observas el costo real. Ves a través del atractivo del pecado y observas la alegría más profunda de Cristo. Ese es el poder expulsivo de un nuevo afecto. Un deseo más profundo siempre reemplaza a los deseos más débiles. El deseo más profundo de todos es ver a Dios cara a cara.
Preguntas para reflexionar:
- ¿A qué se refiere Thomas Chalmers con «el poder expulsivo de un nuevo afecto»? ¿Cómo has visto esta realidad en tu propia vida?
- ¿De qué manera ver a través de la tentación y observar sus consecuencias (Pr 22:3) te ayuda a debilitar su poder?
- ¿Qué afecto más profundo o alegría mayor en Cristo puede ayudarte a reemplazar los deseos pecaminosos en tu vida ahora mismo?
7 Dios
Busquen la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.
Hebreos 12:14.
Es así. Está claro como el día. Sin santidad, nadie verá al Señor. Piensa en eso por un momento. Sin santidad, no hay cielo. Sin cielo, no hay Dios. ¿Qué se supone que debemos hacer al respecto?
La tentación es escuchar esas palabras e inmediatamente ponernos introspectivos. «De acuerdo, necesito esforzarme más. Necesito apretar los puños y superar eso. Necesito limpiarme para que Dios me deje entrar». Pero eso no es lo que dice el autor de Hebreos. La santidad no es algo que fabricas; es algo que deseas. Es algo que Dios produce en ti por medio de su Espíritu. ¿Quieres ver a Dios? Entonces, su gracia ya está obrando en ti. Ahora, apunta a la santidad por su gracia, para que obtengas lo que más deseas en esta vida: a Dios mismo.
A diferencia de lo que tal vez hayas oído, la santidad no se trata principalmente de reglas, sino de apetito. Es lo que amas, lo que deseas, lo que anhelas. David dijo en Salmos 27:4: «Una sola cosa pido al Señor y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y buscar orientación en su Templo». ¿Lo ves? «Una sola cosa», no diez cosas. Ni siquiera dos. Solo una: ver a Dios. Eso es el hambre de santidad.
Jesús bendice esa hambre, ya que dijo en sus bienaventuranzas: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mt 5:6). La santidad es, esencialmente, el resultado de un nuevo apetito, un anhelo de Dios que nos da Él mismo. Jesús también dijo: «Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios» (Mt 5:8).
Esto es asombroso. ¿Qué promesa más grande podría existir? Ver a Dios, no indirectamente en un espejo (1 Co 13:12), ni por fe (2 Co 5:7), sino cara a cara. Para esto fue creado el corazón humano. Esta es la gran recompensa de la santidad.
¿Ves la relación? La santidad y la vista van de la mano. Solo los de corazón limpio verán a Dios. Si el pecado empaña tu corazón, empaña tu vista. Pero si tu corazón es purificado por Cristo, tu vista se despejará hasta que lo puedas ver como realmente es. Juan nos dice que cuando Cristo venga «lo veremos tal como Él es» (1 Jn 3:2). ¿Qué pasará cuando lo veamos? «Todo el que tiene esta esperanza en Cristo se purifica a sí mismo, así como Él es puro» (v. 3). La esperanza de ver a Dios impulsa la búsqueda de la santidad.
Pregúntate a ti mismo: ¿qué es lo que quieres más que nada en la vida? ¿Comodidad? ¿Éxito? ¿Facilidades? ¿O ver a Dios cara a cara? Esa es el hambre a la que nos guían el escritor de Hebreos y Jesús.
Piensa en la famosa canción de 1959, I Only Have Eyes for You (Solo tengo ojos para ti) de The Flamingos. Si has estado enamorado, sabes de qué hablan. Cuando estás enamorado de verdad, profunda y apasionadamente, sientes que no existe nadie más que esa persona.
Eso es lo que sucede cuando estás cautivado por Cristo. Cuando lo ves como realmente es, solo tienes ojos para Él. Las tentaciones del mundo se convierten en ruido de fondo, que se ven apagados por una canción más dulce. Así funciona la santidad. No se trata principalmente de decirle «no» al pecado, sino de decirle «sí» a Jesús. No es solo apretar tus dientes y taparte los oídos, es llenar tu corazón con una melodía más fuerte hasta que toda otra canción suene fea y apagada.
Sin embargo, seamos honestos: vivimos en un mundo de distracciones. La tentación nos llama al camino de la destrucción de forma constante. Si intentas combatirla solo con fuerza de voluntad, perderás la batalla. No le ganas al pecado muriéndote de hambre, sino llenándote de Cristo. Pablo les dijo a los colosenses: «Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3:2-3).
Esa es una buena imagen del hambre de santidad. Déjame preguntarte: ¿de qué tienes hambre? Cuando nadie está mirando, cuando bajas la guardia, ¿qué es lo que desea tu alma?
Hebreos dice que no verás a Dios sin santidad. Jesús dice que solo los de corazón limpio verán a Dios. Juan dice que nuestra esperanza es verlo tal como es. El salmista dice que lo único que vale la pena buscar es la belleza del Señor. ¿Estás de acuerdo?
Este es el centro de la santidad: no el legalismo, no la monotonía, sino un deseo desesperado de ver a Dios cara a cara. Cuando ores por victoria sobre la tentación, no pidas solo más disciplina, aunque la disciplina es un fruto del Espíritu (Ga 5:23). Pide un deseo más profundo. Ora para que Dios te de una visión de su belleza de modo que todos los demás placeres se vean de mal gusto en comparación.
Preguntas para reflexionar:
- Hebreos 12:14 dice: «Busquen la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor». ¿De qué forma ese versículo te desafía y te anima?
- ¿Qué quiere decir que la santidad se trata más del apetito (lo que deseamos) que de las reglas?
- ¿Qué es lo que más desea tu alma? ¿Cómo puedes orar para que Dios te de un apetito más profundo por Él por sobre todas las cosas?
Conclusión
Puede que te parezca raro, pero, ¿terminarías esta guía orando conmigo? «Señor Jesús, apártame de la tentación brindándome una vista tan hermosa de Dios que me haga no desear nada más que a ti. Si tambaleo y me encuentro en las garras del pecado, líbrame del maligno acercándome más a ti, donde no hay nada más que belleza, bondad y alegría para toda la eternidad. Amén».
Notas finales
Tabla de contenido
- 1 La tentación
- 2 La liberación
- 3 La identidad
- Tómate un momento para leer Romanos 6 y luego regresa a finalizar esta sección.
- 4 La previsión
- Alimenta tu alma con aquello que fortalece la santidad —como la oración, las Escrituras, la fraternidad con el pueblo de Dios y la rendición de cuentas en tu iglesia local—. Además, asegúrate de no alimentar la carne al quitarle las oportunidades. Piensa en las siguientes tentaciones comunes y formas en las que puedes dejar de alimentarlas con un buen plan.
- 5 La Iglesia
- 6 La visión
- 7 Dios
- Conclusión
- Notas finales