#72 Cómo enfrentar la duda: fortalece tu fe en los momentos difíciles
Introducción
Yo, como muchos, me he vuelto más escéptico con la edad. La duda es una visita habitual que me controla a diario y sopesa casi todo lo que se me pasa por la mente. La precisión de un pronóstico del tiempo, las afirmaciones de un artículo de Internet, las promesas de un político, la confiabilidad de un compañero de trabajo, los beneficios para la salud de la última moda alimentaria… Todas estas son cuestiones que me rondan constantemente la cabeza. Sin embargo, no creo que eso sea algo que solo me ocurra a mí. Todos luchamos contra la duda.
Para ser justos, muchas de nuestras dudas son razonables. A menudo provienen de años de experiencia vital. Por ejemplo, probablemente sea bueno dudar de los beneficios para la salud de un plátano con moho. Cuestionar las palabras de un falso maestro es un acto de fidelidad. Dudar de la integridad de un estafador es prudencia. No toda duda es mala. En más ocasiones de las que creemos, la duda puede ser una forma de sabiduría.
Pero la duda no debe caracterizarnos a los cristianos. Al fin y al cabo, debemos ser personas de fe: fe en el Salvador crucificado, sepultado, resucitado y ascendido, Jesús Rey. Lucas, ya al inicio de su Evangelio, deja claro su propósito al escribir: «[…] para que llegues a tener plena seguridad de lo que te enseñaron» (Lc 1:4). El cristianismo no consiste en dejarse llevar continuamente por la inseguridad sin saber cuál es nuestra relación con Dios. El cristiano goza de una unión con Dios garantizada por medio de la obra terminada de Cristo. Todo ello se recibe mediante la fe.
En resumidas cuentas, Dios nos llama a buscar descanso con una confianza firme e inquebrantable en quién es Él y en lo que ha cumplido a través de su Hijo. La confianza en Dios nos permite descansar en tiempos difíciles, mientras que dudar de Él conduce a la inquietud.
Es pecado dudar de la obra de Dios. No obstante, dudar de ciertas cosas demuestra sabiduría. Ahora bien, es de necios dudar que lo que dice Dios es verdad. En palabras de Dios: «[…] porque quien duda es como las olas del mar, agitadas y llevadas de un lado a otro por el viento» (St 1:6).
¿Y qué pasa cuando surgen dudas, no acerca de un político, una fruta pasada o un titular del periódico, sino sobre Dios y lo que Él afirma que es verdad? ¿Qué haces cuando cuestionas aquello en lo que Dios quiere que tengas confianza? ¿Cómo enfrentas la duda?
Aquí comienza esta guía de habilidades para la vida.
La primera parte arroja luz sobre la propia duda definiéndola, descubriendo sus orígenes y buscando su rastro en las Escrituras.
La segunda parte se centra en la respuesta de Dios a nuestra duda. El objetivo es que tengamos claras la paciencia y misericordia de Dios y, en consecuencia, nos sintamos movidos a plantearle nuestros interrogantes cuando surjan.
Finalmente, la tercera parte analiza los métodos que Dios nos provee para pasar de la duda a una fe más fortalecida.
Dios mediante, estos apartados se complementan y conforman una senda clara que seguir cuando se instale la niebla de la duda.
Audioguía
Audio#72 Cómo enfrentar la duda: fortalece tu fe en los momentos difíciles
Parte I: Cómo detectar la duda
Definición de duda
En pocas palabras, la duda puede definirse como «falta de confianza».
El término español «confianza» deriva de los términos latinos con (que significa «con») y fidere (que significa «confiar»). Dudar de algo significa que ello carece de nuestra confianza.
Se puede dudar por diversos motivos que, en sentido amplio, podemos agrupar en alguna de estas tres categorías:
- Duda intelectual
- Duda emocional
- Duda deliberada
La duda intelectual cuestiona la veracidad de un enunciado concreto. El mensajero puede ser confiable, pero el enunciado parece poco probable porque los hechos apuntan en otra dirección. Por ejemplo, si un amigo, en pleno verano, te dice: «¡Abrígate, que va a nevar mañana!», ¡seguro que enseguida te entra la duda intelectual! O si un miembro de tu familia insiste en que la reunión es este sábado mientras otros confirman que es el sábado siguiente, es lógico cuestionarlo. Cuando los enunciados no se ajustan a los hechos, surgen las dudas intelectuales.
La duda emocional anida en el corazón y surge de experiencias dolorosas, habitualmente en las relaciones. Cuando un esposo maltratador promete por enésima vez que será mejor; cuando el cáncer regresa y el paciente duda de la eficacia de más quimio; cuando un amigo poco confiable jura que cambiará, surgen las dudas emocionales. El dolor previo genera dudas futuras. La duda emocional suele tener más de autoprotección que de necesidad de contar con pruebas.
La duda deliberada se inspira en nuestros prejuicios y deseos. Nuestras premisas y preferencias hacen de filtro y encauzan nuestra forma de interpretar la información. Cuando el árbitro sanciona a nuestro equipo, estamos predispuestos a cuestionar la decisión. Como no queremos que sea verdad, desconfiamos y somos proclives a negarlo. Esta es una duda deliberada.
Cuando surja la duda, empieza por identificar su causa. ¿Es intelectual, pues los hechos no cuadran? ¿Es emocional, si los sentimientos prevalecen sobre la evidencia? ¿O es deliberada, conformada por el sesgo y el deseo? A menudo se solapan las tres; es normal. Tu tarea es identificar cuál es la dominante.
La buena noticia es que los tres tipos de dudas aparecen en las Escrituras, lo que nos indica que Dios no se sorprende por nuestros interrogantes, sea cual sea su origen. En el siguiente apartado veremos algunos ejemplos bíblicos y aprenderemos sus enseñanzas sobre cómo el pueblo de Dios —y Dios mismo— responden a nuestras dudas.
Ejemplos bíblicos
Uno de los ejemplos más conocidos de duda proviene de uno de los discípulos de Jesús. La vacilación de Tomás era tal que la historia lo conoce como «Tomás el incrédulo»; no exactamente el legado que la mayoría de nosotros esperaríamos.
Tras resucitar de entre los muertos, Jesús se apareció a sus discípulos. Pero Tomás no estaba allí, y cuando los otros le contaron que Jesús, ciertamente, estaba vivo, Tomás se negó a aceptar su testimonio. Declaró: «Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré» (Jn 20:25).
En aquel momento, Tomás estaba luchando contra una duda intelectual. Nunca había sido testigo de la resurrección de un hombre. Los hechos, como él los entendía, no respaldaban aquella afirmación. No se oponía a creer: solo necesitaba más pruebas. Quizás ese sea el tipo de duda que tú albergas. No eres reacio a la verdad: sencillamente, no puedes avanzar sin más confirmación.
Analiza un ejemplo financiero. Puede que no te opongas a la idea de comprar una casa nueva, pero conoces el estado de tu cuenta bancaria. Las cifras simplemente son incompatibles con esa posibilidad en este momento. Es natural que la información de la que dispones te genere dudas intelectuales.
Tu problema podría ser distinto. Quizás tu obstáculo no sea intelectual, sino fruto de la experiencia. Volviendo al caso de la búsqueda de casa, imagina querer una casa nueva durante años, pero que cada intento de comprarla se venga misteriosamente abajo. Cada vez que lo has intentado, algo ha salido mal. Por eso, cuando hay una casa perfecta, dudas. No porque la realidad no esté clara, sino porque las reiteradas decepciones te han lastimado el corazón. Esta es una duda emocional. El dolor del pasado susurra: «No te arriesgues a sufrir más».Conoces muy bien la realidad de Proverbios 13:12: «La esperanza que se demora aflige al corazón». Parece más seguro evitar la decepción que hacerse ilusiones una vez más.
El salmo 22 es una ventana bíblica a la duda emocional. David clama a Dios continuamente, pero no hay respuesta. Agotado y desanimado, comienza a dudar si tan siquiera Dios está escuchando:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos para salvarme, tan lejos de mis gritos de angustia? Dios mío, clamo de día y no me respondes; clamo de noche y no hallo reposo (Sal 22:1-2).
El peso emocional del silencio es aplastante. David no duda de la realidad: duda de la cercanía de Dios, de su cuidado, de su voluntad de actuar. Al igual que aquel que busca casa —demasiado familiarizado con la decepción—, a David le cuesta creer que algún día llegará el rescate.
Aun así, tal vez tu duda no sea ni intelectual ni emocional. Quizás sea deliberada.
En esta ocasión, tu duda no tiene su origen en lo que sabes de tu cuenta bancaria (duda intelectual) ni en el dolor de la experiencia (duda emocional). Esta vez dudas que vayas a comprar una casa porque, sencillamente, no quieres comprar ninguna. Tu voluntad no es tener la propiedad de una vivienda, por lo que dudas deliberadamente que vayas a ser propietario de una.
Un ejemplo bíblico de duda deliberada se encuentra en el relato del joven rico, en Marcos 10:17-22. Después de que Jesús explique la necesidad de guardar la ley de Dios para heredar la vida eterna, el joven afirma audazmente que él ha cumplido todo eso. Jesús, que sabe la verdad, deja en evidencia la idolatría del hombre. Le dice que renuncie a sus riquezas y lo siga. En lugar de obedecer, se nos cuenta que el hombre «[…] se desanimó y se fue triste porque tenía muchas riquezas» (Mc 10:22).
Cuando se le presentó la posibilidad de elegir entre Cristo y su tesoro, eligió su tesoro. Su duda no tenía sus raíces en la lógica ni en el trauma. Su deseo lo dominó. La duda deliberada dice: «Como no quiero que eso sea verdad, no lo admito».
Cada uno de estos ejemplos nos enseña algo crucial: las Escrituras reconocen que la duda tiene distintas procedencias. Cuando identificamos qué tipo de duda estamos experimentando —intelectual, emocional o deliberada—, nos encontramos mejor preparados para examinar nuestro corazón, orar de manera concreta y abordar nuestras dudas con sabiduría.
El objetivo no es fingir que la duda no existe, sino remontarnos a su origen para que podamos llevarla sinceramente ante el Dios que acoge nuestros interrogantes y transforma nuestros corazones.
—
Preguntas para reflexionar:
- ¿Cuáles han sido tus dudas hasta ahora? ¿De qué es más probable que dudes? ¿Alguna vez has dudado de Dios?
- De los tres tipos de dudas, ¿cuál te plantea mayores dificultades?
- ¿Cómo has superado la duda anteriormente?
—
Parte II: La respuesta de Dios a nuestra duda
Antes de analizar la respuesta de Dios a nuestra duda, permíteme destacar dos verdades fundamentales:
- Los caminos de Dios no son los nuestros.
- La tergiversación alimenta la duda.
Los caminos de Dios no son los nuestros
Hace varios años, un amigo cercano enfrentó una dolorosa decisión relacionada con la iglesia. Lo habíamos hablado decenas de veces, en las que habíamos compartido consejos, oraciones y el deseo común de un mejor desenlace. Ahora había llegado el momento de elegir.
Para orientarlo, pasé horas redactando en un cuaderno una carta manuscrita, en la que le recomendaba seriamente lo que creía mejor para él y su familia. Se la entregué con la esperanza de que hiciera caso de mis palabras.
Los días posteriores, parecía que mis esfuerzos habían dado fruto. Él estaba de acuerdo, y yo me alegré ante la perspectiva de una nueva etapa más sana, una bendición a largo plazo para todos ellos. O eso supuse.
Sin embargo, cuando llegó el momento de tomar una decisión, eligió el camino opuesto. Pese a estar de acuerdo en parte, al final dudó de mi consejo.
Eso me dolió.
Todas nuestras conversaciones previas, el trabajo invertido en aquella carta, cada palabra… demostraron no ser convincentes. En los momentos en que me dominaba la carne, se disparaban la frustración, el enfado y la confusión. En los momentos de gracia, confiaba en que hubiera elegido sabiamente por su familia y en que los propósitos soberanos de Dios trascendían los míos.
Esta experiencia revela un motivo central por el que dudamos en llevar nuestras dudas ante Dios: tememos que Él reaccione, como yo, ofendido, irritado o exasperado por dudar de su Palabra. Al fin y al cabo, si un consejo humano imperfecto duele cuando es rechazado, ¿cuánto más podría lamentar nuestra incredulidad el Dios perfecto?
No obstante, este razonamiento pasa por alto una distinción fundamental.
Aunque nosotros somos portadores de la imagen de Dios, no somos Dios. Él declara en Isaías 55:8: «”Porque mis pensamientos no son los de ustedes ni sus caminos son los míos”, afirma el SEÑOR».
– Cuando nos rechazan un consejo, nuestros pensamientos se inclinan hacia la ira o el resentimiento. Pero los pensamientos de Dios no son los nuestros.
– Cuando nuestros esfuerzos parecen vanos, puede que abandonemos el trabajo. Pero los caminos de Dios no son los nuestros.
Precisamente porque sus caminos trascienden los nuestros, el apóstol Pablo asegura a los filipenses: «Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1:6). Si los caminos de Dios fueran como los nuestros, no habría tal certeza. Él podría:
– perder el interés por aquellos creyentes que vacilan;
– irritarse por los fracasos reiterados;
– desviar recursos hacia candidatos «más prometedores»;
– tener en cuenta nuestros pecados indefinidamente;
– agotar su paciencia;
– juzgar como lo merecen nuestros pecados.
Esto refleja nuestros patrones. Ahora bien, Dios proclama lo contrario: Él no nos imita a nosotros. Sus caminos son infinitamente más elevados. Así, cuando dudemos de las promesas de Dios, debemos resistirnos a proyectar en Él las fragilidades humanas. Hacerlo tergiversa su carácter y nos impide comunicarnos sinceramente con Él.
La tergiversación alimenta la duda
Como pastor, soy objeto de críticas de varios tipos. Un sermón cae en saco roto, me rechazan un consejo, se malinterpreta una publicación del blog, se cuestiona el presupuesto de nuestras misiones, la letra del boletín es demasiado pequeña… Algo critican todas las semanas. Un mentor me advirtió hace años: «Si no sabes manejar las críticas, no deberías ser pastor». Tenía razón. Con el tiempo me he endurecido. La mayoría de las críticas ya no me afectan.
Pero todavía hay una que me enfurece: la crítica fruto de la tergiversación.
Tergiversar a alguien es convertirse en su vocero no autorizado y errar. Otra persona explica mis motivaciones, retuerce mis palabras o inventa creencias que nunca he tenido. Mientras yo no tengo voz alguna, una caricatura que lleva mi nombre se ve desacreditada públicamente. Eso duele porque es algo personal y falso.
Ahora fíjate en una cosa. Cuando nosotros creemos mentiras acerca de Dios, le hacemos lo mismo a Él. Damos falso testimonio (Ex 20:16). Creamos un dios imperfecto y lo llamamos Yavé. Un Dios menos misericordioso, paciente, soberano o benigno de lo que revelan las Escrituras es una tergiversación que alimenta la duda en vez de disiparla.
Cuando funcionamos asumiendo que Dios no es perfecto, lo tergiversamos. Esto es particularmente problemático, pues Él es la solución a nuestra duda. Imagina que un médico prescribe dieta y ejercicio, y el paciente le cuenta a su familia: «Bueno, el médico me dice que me atiborre a dulces y me dé un atracón de Netflix». La tergiversación causará más problemas. Del mismo modo, cuando proyectamos la mezquindad humana en Dios —suponiendo que se siente ofendido por nuestros interrogantes—, saboteamos la propia relación que resuelve la duda. ¿El antídoto? Regresar una y otra vez a la manifestación de Dios en las Escrituras, de modo que nuestra imagen de Él refleje la verdad.
Los salmos
He aquí un hecho asombroso: más de un tercio de los 150 salmos son lamentos. No son sugerencias educadas: son gritos desgarradores de creyentes vacilantes en su fe.
Analiza algunos conmigo:
Salmo 10:1
¿Por qué, SEÑOR, te mantienes distante? ¿Por qué te escondes en momentos de angustia?
Salmo 13:1
¿Hasta cuándo, SEÑOR, me tendrás en el olvido?
Salmo 22:1
[…] ¿por qué me has abandonado?
Salmo 42:3
Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me preguntan a todas horas: «¿Dónde está tu Dios?».
Salmo 42:9
¿Por qué me has olvidado?
Salmo 44:23-24
¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes? ¡Levántate! No nos rechaces para siempre. ¿Por qué escondes tu rostro y te olvidas de nuestro sufrimiento y opresión?
Salmo 74:1
¿Por qué, oh Dios, nos has rechazado para siempre?
Salmo 74:11
¿Por qué retraes tu mano, tu mano derecha?
Salmo 77:9
¿Se habrá olvidado Dios de sus misericordias?
Salmo 88:14
¿Por qué me rechazas, SEÑOR? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?
Se podrían enumerar muchos más, pero la cuestión es la siguiente: no son oraciones alegres y asépticas. Son palabras, inspiradas por el Espíritu, de personas que se aferran a Dios en medio de la duda.
Sus circunstancias eran dolorosas. Se sentían solos, abandonados, condenados, desechados, confundidos, olvidados y frustrados. Las respuestas no les llegaban tan rápido como esperaban. En su cabeza, las dudas se agolpaban.
Sin embargo, fíjate en lo que hicieron. Marcharon directamente al salón del trono y soltaron su carga. Depositaron toda ansiedad en Dios (1 P 5:7).
Una vez.
Y otra.
Y otra.
Observa lo que no sucede nunca: Dios jamás los regaña por su sinceridad. Nunca suspira diciendo: «Otra vez no». Jamás amenaza con cambiarlos por unos devotos más dóciles. Por el contrario, legitima sus quejas para el bien eterno de todos los creyentes que vendrían después de ellos y serían como ellos. ¿Por qué? Porque la duda sincera, arrojada a los pies de un Dios confiable, no supone rebeldía, sino una relación.
Me encanta conversar con mis hijos. Son uno de los mayores regalos que me ha hecho Dios, y no tengo palabras para describir el amor y afecto que les tengo. Cuando tienen preguntas sobre la vida —cosa frecuente—, agradezco que acudan a mí. ¡Quiero que lo hagan! Es un placer ayudarlos a comprender el mundo que los rodea.
Es cierto que mis respuestas no siempre son suficientes. Soy un padre profundamente defectuoso. Se me agota la paciencia. Mis explicaciones son titubeantes. No obstante, hasta me deleito cuando mis hijos me vienen con sus líos.
A menudo me preguntan acerca de mis respuestas. Esas preguntas, en ocasiones, están impregnadas de dudas. Pero me parece bien. De hecho, me entristecería que se sintieran incómodos al venirme con esas cosas; que pensaran que estarían más seguros consultándoselas a otra persona o, peor todavía, que se las guardaran. Quiero escuchar a mis hijos aunque lo que oiga sea su lucha contra la duda.
De igual modo, Dios quiere escuchar a sus hijos. Él hizo todo lo posible por comprarlos y redimirlos. Mi amor por mis hijos no es nada en comparación con el amor de Dios por ti y por mí. Si yo, padre pecador, disfruto escuchando a mis hijos, ¿cuánto más disfruta Dios, Padre perfecto, escuchando a los suyos? El Dios que no escatimó ni a su propio Hijo (Rm 8:32) nos ha garantizado a sus hijos un acceso inquebrantable. No te redimió para tolerarte a distancia; te redimió para que puedas acercarte incluso cuando «acercarte» suponga hacerlo con tus dudas.
Al igual que los salmistas, acude con tu «¿hasta cuándo?» y tu «¿por qué…?». Acude con tu confusión y con las preguntas que te da vergüenza hacerle a otro. Dios ya las conoce y te insta a acudir a Él.
Job
Job es quizás uno de los libros más explícitos que encontramos en las Escrituras sobre la lucha contra la duda, un libro que bien merece nuestra atención. Job era un hombre piadoso que sufría mucho porque Satanás estaba convencido de que el amor de Job por Dios era simple consecuencia de su prosperidad. Satanás creía que si Dios le retiraba su bendición a Job, este maldeciría a Dios y le daría la espalda. Por eso Dios permite que Satanás ataque a Job y le quite casi todo.
Es así como Job pierde su riqueza, a sus sirvientes, a sus hijos, el respeto de su esposa, su salud, su reputación, sus posesiones y a sus amigos. En medio de toda esta pérdida, Job se pasa alrededor de veintinueve capítulos clamando a Dios, expresando su confusión y sus dudas.
Entonces, en el capítulo 38, Dios rompe su silencio y responde a Job: «¿Quién es este, que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido? Prepárate a hacerme frente; yo voy a interrogarte y tú me responderás» (Jb 38:2-3). En ese momento, Dios lanza una serie de preguntas y declaraciones que dejan a Job sin respuesta.
Cuando lees la arrolladora respuesta de Dios en Job 38-41, puede sonar a enojo divino ante las continuas preguntas de Job. Sin embargo, lo que Dios hace con Job es responderle de acuerdo con su necedad (Pr 26:4). Como un padre prudente que soporta el arrebato de un hijo enojado, Dios espera, y luego dice una verdad implacable con tierna claridad.
En el capítulo 42 se produce el siguiente giro: Dios anuncia que está complacido con Job y enojado con los amigos de este (¡los que intentaban defender a Dios!) (Jb 42:7-8). Elogia al escéptico honesto y critica a sus defensores declarados. ¿Cómo es posible?
Son de ayuda los comentarios de Tim Keller al respecto:
Se trataba de oraciones. Verás, Job estaba enojado y se quejaba, pero estaba enojado y se quejaba ante Dios. Nunca se apartó de Él.
Dijo: «Dios, no te comprendo. Estoy enojado contigo». Pero nunca se apartó. Permaneció con Dios cuando no obtenía nada de ello, lo que al final supuso la derrota de Satanás. Y lo que pasa aquí es que este hombre, aunque en modo alguno esté orando como se debería orar, sigue haciéndolo.
Lo que quiere decir Keller es que, incluso en medio de las dudas de Job, Dios estaba complacido porque seguía llevándole sus dudas y frustraciones nuevamente a Él. Incluso en plena confusión, Job sabía que podía acudir con sus interrogantes a Dios, ¡y lo hacía!
Sí, Job aprendió que «Nuestro Dios está en los cielos y puede hacer todo cuanto quiere»
(Sal 115:3). Y sí, Dios le informó de ello de manera precisa. No obstante, Dios no estaba irritado
ni enojado con Job por llevarle sus dudas. Al contrario, estaba complacido con él.
El peregrinar de Israel por el desierto
En cuanto al peregrinar de Israel por el desierto, Dios sí parece enojado por sus constantes dudas sobre Él. Pero aquí es clave que advirtamos al menos dos cosas.
En primer lugar, la respuesta de Israel a sus dudas era notablemente diferente a la de Job. Cuando Israel dudaba de Dios, actuaba de manera desafiante. Cuando Job dudaba de Dios, compartía sus dudas en oración mientras seguía procurando seguirlo fielmente. Tenía preguntas, sí, pero no abandonó a Dios. Israel, por otro lado, abandonó a Dios varias veces. A diferencia de Job, quien planteaba sus dudas a Dios y continuaba buscando justicia, Israel se aferraba a sus dudas y optaba por rebelarse contra Dios. Sí, ambos dudaban. Pero sus respectivas respuestas a las dudas no podían ser más distintas.
Aun así, Dios nunca abandonó a Israel. Sí, sus dudas tuvieron consecuencias dolorosas. Sí, sus dudas obstaculizaban su comunión con Dios, como nos ocurre a nosotros cuando dudamos. Ahora bien, Dios nunca les dio la espalda. Continuó mostrándoles misericordia.
En segundo lugar, es importante comprender la diferencia entre el nuevo pacto y el antiguo.
En el antiguo pacto, el pueblo de Dios estaba sujeto a la ley, que dejaba en evidencia su desobediencia intencionada. Verás, el antiguo pacto representa un tiempo en la historia redentora en que la ley de Dios dominaba Israel, obligándolos a reconocer su necesidad de gracia por su incapacidad para obedecer a la perfección. Sencillamente, no había suficientes toros ni machos cabríos para pagar por todos los pecados de Israel. Israel, en sus propias fuerzas, no podía estar a la altura de las justas demandas de Dios.
Llegado a este punto, debes estar pensando: «Bueno, ¡yo tampoco puedo!». Y tienes razón. Ninguno de nosotros puede. Todos somos como Israel, incapaces de cumplir la ley de Dios. Por eso necesitamos el nuevo pacto, cuyos miembros están unidos a Cristo y a sus perfecciones. Esto significa que Dios, cuando nos mira, no ve nuestra duda; ve la perfección de Cristo, Aquel que nunca dudó. Estar unidos a Jesús significa que cada uno de nuestros fracasos —incluida nuestra duda— 1) fue pagado en su totalidad por su muerte expiatoria en la cruz; y 2) fue reemplazado por su perfecta justicia (2 Co 5:21). Él tomó nuestros harapos inmundos y pecaminosos y los reemplazó por sus vestiduras de justicia.
Por tanto, no recibimos de Dios la condenación que nuestra duda merece. ¿Por qué? Porque estamos unidos a Cristo, quien cargó con nuestra condenación por nosotros. Dios no nos ve como unos escépticos infieles. Nos ve como ve a su Hijo: como un hijo amado que no ha hecho nada malo. Ve las vestiduras de justicia que Cristo nos ha puesto y está complacido con nosotros.
Por eso podemos llevar nuestras dudas a Dios, confiados en que todo enojo o irritación que nuestra duda merezca ya ha sido asumido por Cristo.
Si estás en Cristo, no te aguarda condenación alguna (Rm 8:1).
Los Evangelios
Durante su ministerio terrenal, Jesús elogió constantemente la fe.
Mateo 9:22
Jesús se dio vuelta, la vio y dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha sanado». Y la mujer quedó sana en aquel momento.
Mateo 21:21
«Les aseguro que si tienen fe y no dudan —respondió Jesús—, no solo harán lo que he hecho con la higuera, sino que podrán decir a este monte: “Quítate de ahí y tírate al mar”, y así se hará».
Marcos 2:5
Al ver la fe de ellos Jesús dijo al paralítico: «¡Hijo, tus pecados quedan perdonados!».
Marcos 11:22
«Tengan fe en Dios» —respondió Jesús—.
Lucas 7:9
Al oírlo, Jesús se asombró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, comentó: «Les digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande».
Lucas 17:19
«Levántate y vete —dijo al hombre—; tu fe te ha sanado».
Estos pasajes son una pequeña muestra de las veces que Jesús habló positivamente de la fe. Pero sería una tergiversación de los Evangelios pensar que nunca enfrentó dudas. Aquellos nos enseñan que, aunque la fe es la respuesta adecuada a Cristo, la duda es un hecho.
El primer ejemplo que debemos considerar es el de su principal discípulo, Pedro. En Mateo 14, Jesús camina sobre el agua. ¡Es comprensible que los discípulos se sorprendan al ver al Maestro caminando sobre las olas sin hundirse! En una extraordinaria secuencia de acontecimientos, en lugar de subir a la barca con sus discípulos, Jesús invita a Pedro a bajar de ella para ir al agua con Él. Pedro accede, baja ¡y camina hacia Jesús!
¿Te lo imaginas?
Pero entonces, cuando ve el peligro a su alrededor, surgen el miedo y la duda, que hacen que se hunda. Cuando comienza a hundirse, clama a Jesús: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14:30). Jesús lo sujeta y lo reprende: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?» (Mt 14:31b).
Aquí vemos a Pedro, el hombre que formaba parte del círculo cercano de Jesús y que lo había visto obrar milagros increíbles, dudar de Jesús. ¡Se nos recuerda una vez más que los caminos de Dios no son los nuestros! Si fuera yo, hubiera estado tentado a dejar caer a Pedro: «¡Eso te pasa por dudar de mí, Pedrito! Vuelve a la barca nadando. ¿Quién quiere intentarlo ahora?». Afortunadamente, los caminos de Dios no son los nuestros. Por el contrario, observa lo que hace Jesús en el momento en que Pedro le pide ayuda: «Enseguida Jesús le tendió la mano y, sujetándolo […]» (Mt 14:31a).
Pese a sus buenas intenciones, Pedro tuvo dudas. En vez de guardárselas, clamó a Jesús y recibió la ayuda que precisaba.
En Marcos 9 encontramos un ejemplo similar. En esta ocasión, en lugar de luchar con la duda uno de los doce, lo hace un hombre con un hijo endemoniado. Nadie podía sanar al muchacho debido a su falta de fe (Marcos 9:18-19). Por ello, el padre fue a pedírselo a Jesús, a lo que este respondió: «Para el que cree, todo es posible» (Mc 9:23). En un momento de sinceridad radical, el hombre responde: «¡Sí, creo! […] ¡Ayúdame en mi falta de fe!» (Mc 9:24).
Al igual que Pedro, el padre de Marcos 9 lucha contra la duda. Sin embargo, esa no es la única similitud entre ellos dos. También, al igual que Pedro, en vez de reprimir aquella duda, el padre la confesó pidiendo ayuda a Jesús.
En ambos casos, aquel que dudaba le confesó su duda a Jesús y le pidió ayuda. Esto es clave. Primer paso: confesar. Segundo paso: pedir. Dios es un Padre misericordioso que se alegra de acudir en auxilio de quienes lo invocan. Como Padre bueno, no disfruta viendo a sus hijos entrar en pánico. En los Evangelios vemos expuesto el corazón de Dios, que extiende su compasión a quienes dudan y ayuda constantemente a quienes se lo piden.
Sería estupendo que Cristo se hubiera llevado toda incertidumbre en su ascensión. Desafortunadamente, incluso tras su resurrección y posterior partida, muchos miembros del pueblo de Dios continuaron luchando contra la duda.
Las epístolas
Una minuciosa lectura del Nuevo Testamento revelará que dieciocho de las veintiuna epístolas hacen referencia a la duda, ya sea implícita o explícitamente. De ellas, dos fueron escritas por los hermanos menores de Jesús (Santiago y Judas), ¡de quienes sabemos que tenían dudas sobre su hermano (Jn 7:5)!
El breve libro de Judas es excepcionalmente útil para nuestro análisis. Judas, antaño un escéptico que rechazaba las declaraciones de Jesús, ahora advierte con urgencia a los creyentes acerca de los falsos maestros, que suscitan la duda.
Hacia el final de su epístola, Judas pide a sus lectores: «Tengan compasión de los que dudan» (Jds 22). Con toda probabilidad, Judas rememoró los días en que él dudaba de las declaraciones de su hermano. Recordó cómo este le mostró misericordia; cómo Jesús no se enojó con él, sino que fue paciente, le mostró reiterada compasión y, finalmente, lo ayudó a ver la verdad.
Ahora, al concluir su epístola, Judas sabe que sus lectores se encontrarán con personas influenciadas por falsos maestros. Sabe que se toparán con aquellos que luchan contra la duda.
¿Y qué les aconseja?
Que les muestren misericordia.
¿Por qué?
Porque sabe que eso hacía Jesús con él. Aprendió por experiencia propia que el corazón de Jesús hacia el escéptico es de misericordia, paciencia, compasión y amor.
Desde la duda de Israel en el desierto hasta la de los salmistas en sus sufrimientos, la de Job en la avalancha de tragedias, la duda en los Evangelios y en las epístolas, la respuesta de Dios a la duda es continuamente misericordiosa.
Él es compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en amor inquebrantable y fidelidad (Ex 34:6).
Es apacible y humilde de corazón (Mt 11:29).
Nunca rechaza a nadie que venga a él, ni siquiera a aquel que lucha contra la duda (Jn 6:37).
Amigos, lleven sus dudas ante Dios con audacia (Hb 4:16), sabiendo que Él no está molesto ni irritado con ustedes. Por la unión con su Hijo recibirán su escucha atenta y su afecto paternal.
Analicemos ahora cómo se puede transformar la duda en confianza.
—
Preguntas para reflexionar:
- ¿Por qué Dios es misericordioso con nosotros en la duda?
- Si sabemos que Dios es misericordioso, ¿por qué a veces todavía tardamos en acudir a Él a pedirle ayuda con nuestras dudas?
- ¿Qué pasaría si entregaras tus dudas a Dios, como vemos en los ejemplos anteriores de las Escrituras? Debate estos temas con tu mentor.
—
Parte III: Cómo transformar la duda en fe
En la primera parte definimos la duda e identificamos los distintos tipos de dudas que enfrentamos (intelectuales, emocionales y deliberadas).
En la segunda parte analizamos algunos ejemplos bíblicos de duda en las Escrituras canónicas y examinamos el corazón de Dios hacia aquellos que dudan.
En la tercera parte veremos qué hacer cuando llegan momentos difíciles, cuando surge la duda, y cómo transformarla en una fe fortalecida.
Mi historia
Yo hice profesión de fe cuando era pequeño; probablemente tenía siete u ocho años. No obstante, al igual que muchas personas con una historia similar, no me tomé en serio la fe hasta mis años de secundaria y universidad.
Esa época fue crucial para mí. El Señor hizo que me arrepintiera de ídolos que había tenido durante mucho tiempo, aumentó mi amor por la iglesia local, desarrolló en mí un mayor deseo de servir que de ser servido, mi esposa (Danielle) y yo comenzamos a salir, y yo estaba madurando espiritualmente. ¡Estaban sucediendo muchas cosas maravillosas, y la vida era bella! Pero lo peor estaba a punto de llegar.
Cuando se aproximaban mi graduación de la universidad y mi boda, empezó a golpearme una prueba detrás de otra. La Gran Recesión provocó que mi padre perdiera su negocio. Esa pérdida provocó la ruina de la familia. La ruina provocó la pérdida de nuestra casa y de nuestros vehículos. Las tensiones financieras provocaron la separación de mis padres. En medio de todo esto, mi padre enfermó, pero, por supuesto, estaba demasiado ocupado con todo lo demás como para ir al médico. Para cuando fue, el cáncer ya se encontraba en estadio III. Entretanto murió uno de los hermanos de Danielle. Finalmente, cuando el cáncer de mi padre avanzó al estadio IV, él accedió a mudarse con Danielle y conmigo, recién casados, para estar atendido las 24 horas. Poco tiempo después, falleció en nuestro apartamento, agarrado a mi mano.
Mi vida pasó de una esperanza y un optimismo crecientes a verse golpeada y lastimada por una cadena de aflicciones.
Supe lo que se siente cuando «ruge un mar de aflicción».
Durante aquella época de aflicción, le rogué a Dios que intercediera. Le supliqué que enmendara las cosas, que arreglara lo que estaba roto. Sabía que la motivación última de Dios era su propia gloria (Is 48:9-11). Ahora bien, no entendía por qué no curaba a mi padre, ni arreglaba el matrimonio de mis padres, ni mantenía económicamente a nuestra familia ni curaba al hermano de Danielle. No tenía respuestas.
Sin embargo, a pesar del dolor y las preguntas sin respuesta, el Señor utilizó milagrosamente aquella época para fortalecer mi fe. ¿Cómo? Guiándome a través de las mismas cuatro cosas por las que debe pasar toda persona con dudas.
1. Llévalo ante Dios
Cuando surjan interrogantes y la incertidumbre comience a agravarse, que eso sea señal de que necesitas hablar con Dios. Te sentirás tentado a aferrarte a ello durante un tiempo. El enemigo intentará convencerte de que no es lo suficientemente importante como para llevarlo ante Dios, al menos no todavía. No hagas caso a esa voz. Lleva tus dudas ante Dios en el momento en que las reconozcas.
Charles Spurgeon, comúnmente denominado «Príncipe de los Predicadores», a veces sufría por sus dudas. No obstante, conocía la importancia de acudir a Cristo pese a las acusaciones del diablo:
Me parece muy conveniente acudir todos los días a Cristo como pecador, como yo venía al principio. El diablo dice: «No eres un santo». Pues bien, si no lo soy, soy un pecador, y Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Ya sea que me hunda o nade, acudo a Él; no tengo otra esperanza.
Quizás pienses que las dudas te convierten en pecador —y tal vez sea así—, pero Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores. Por tanto, si le llevas tu duda, no tienes nada que temer.
2. Sé transparente
Sé transparente con Dios. Cuando acudas a Él con tus dudas, no te contengas. Sé torpemente transparente. Como es natural, te preocupará ser irreverente o irrespetuoso con Dios. Pero si el salmista puede ser lo suficientemente transparente como para pedir a Dios que les rompa los dientes a sus enemigos (Sal 58), tú puedes ser transparente con tus dudas. Dios puede soportarlo.
Sé transparente con el pueblo de Dios. A los cristianos se nos ordena ayudarnos unos a otros a llevar las respectivas cargas (Ga 6:2). Esto no es posible a menos que seamos honestos unos con otros sobre las cosas que nos agobian. Si aún no formas parte de una iglesia, incorpórate a una que sea buena, donde oigas la esperanza del Evangelio cada semana, donde la práctica de confesar los pecados y las luchas personales sea algo normal. Descubrirás muchas veces que otras personas de tu entorno han tenido las mismas dificultades y son capaces de compartir aquello que les sirvió de ayuda.
A esto se refirió Pablo cuando escribió a la iglesia de Corinto:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que, con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren (2 Co 1:3-4).
Cuando te aflija la duda, coméntasela a otros cristianos de manera transparente. Quizás descubras que ellos han pasado por lo mismo y que Dios les proveyó respuestas que también te ayudarán a ti.
3. Pide ayuda
Pide ayuda a Dios. Como Pedro cuando comenzó a hundirse, como el padre de Marcos 9 y como los salmistas, pide con audacia a Dios su misericordiosa ayuda. No incomodas a Dios por pedirle ayuda. De hecho, ¡la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, es denominada nuestro «Consolador» (Jn 14:26)!
Cuando Dios quiere consolar a su pueblo, le dice: «[N]o temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con la diestra de mi justicia» (Is 41:10).
Pídele ayuda.
El medio principal por el cual Dios provee ayuda a su pueblo es su Palabra. Regresa a su Palabra. Vuelve a ella una y otra vez. Recuerda quién es Él. Ve al fondo de las Escrituras. Busca la comprensión como a un tesoro escondido (Pr 2:4).
Pídele ayuda al pueblo de Dios. Es importante ser transparente, pero también debes dar el siguiente paso y pedir ayuda. No pasa nada por contactar y decir: «Oye, me cuesta mucho creer __________ en este momento. ¿Tienes experiencia en ello o algún recurso que puedas prestarme, o podemos vernos para hablar?».
Cuando te hiciste cristiano, fuiste adoptado en el cuerpo de Cristo. Dicho cuerpo existe para reflejar a Cristo y ayudar a otros miembros suyos. Pablo le dijo a la iglesia de Corinto: «Si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él» (1 Co 12:26). Es normal ayudar a otros miembros cuando lo necesitan. De nuevo, aquí no se puede subestimar la importancia de pertenecer a una buena iglesia enfocada en el Evangelio.
Mientras luchas contra la duda, necesitas estar rodeado de personas que puedan señalarte la verdad. Necesitas escuchar la Palabra de Dios proclamada fielmente, necesitas proferir cánticos que reflejen lo que Dios dice que es verdad, necesitas oír las oraciones de quienes te rodean mientras confiesan su pecado y piden ayuda a Dios, y necesitas que te recuerden la seguridad que se encuentra en Cristo para todos aquellos que acuden a Él buscando ayuda.
4. Confía
Puede que no recibas respuesta tan pronto como te gustaría. Cuando Tomás dudó de la resurrección de Jesús, este le mostró misericordia. Como alguien dejó escrito:
La respuesta de Jesús fue un aplazamiento misericordioso: dejó que Tomás permaneciera incrédulo durante ocho días miserables, solitarios y probablemente aterradores. Y entonces, en el momento adecuado, Jesús se le apareció y le dijo: «No seas incrédulo, sino hombre de fe» (Jn 20:27). Él sabe cuándo abordar en silencio, y durante cuánto tiempo, las dudas que nos asaltan cuando por cualquier motivo encumbramos nuestra sabiduría por encima de la de Dios (1 Co 1:25).
Confía en Dios incluso cuando no conozcas la respuesta. Confía en que Él está obrando de una forma que quizás no comprendas. Humíllate ante Él y, cuando surja la duda, ten clara una cosa: hay respuesta.
Yo no puedo demostrar matemáticamente la gravedad, pero cada mañana salgo confiando en que no saldré despedido al espacio. Lo mismo ocurre con la duda: las respuestas pueden parecer inalcanzables y esquivas, pero la Palabra de Dios es confiable. Afírmate en las Escrituras y confía en que Dios te sostendrá con firmeza.
Conclusión
Tú y yo no necesitamos tener respuesta a todas las cosas. De hecho, nunca tendremos respuesta a todas las cosas en esta vida. No obstante, cuando te agobien las preguntas, recuerda que puedes llevarlas ante Dios. Su respuesta a los escépticos es la misericordia. Sé transparente con Él y con su pueblo, y confía en Él incluso cuando tus respuestas no lleguen tan pronto como te gustaría.
Spurgeon lo expresó muy bien: «A menudo prevalecerán las dudas. ¡Qué misericordia es que no sea tu asimiento de Cristo lo que te salva, sino el asimiento de Él sobre ti! ¡Qué dulce verdad que no es cómo tú te aferras a Su mano, sino cómo Él se aferra a la tuya lo que te salva!».
Al llevar tus dudas a Dios, recuerda que la fortaleza de tu fe no es lo que te salva. Lo que te salva es el objeto de tu fe, que es Cristo exclusivamente.
Puede que no siempre te agarres con firmeza a Cristo, pero Él sí a ti. El Rey crucificado, resucitado y reinante tomó la cruz para que hasta tu más débil susurro de fe quede ligado a su obra terminada. Llévale tus dudas con sinceridad y honestidad. Pídele que te ayude con tu falta de fe. Confía en que te recibirá, te ayudará con su Palabra y continuará aferrado a ti en medio de la duda.
Acerca del autor
ROB KANE es pastor de la Iglesia Citizens en Westerville, Ohio. Está casado con Danielle y tienen tres hijos: Finley, Lennon y Ezra.
Tabla de contenido
- Parte I: Cómo detectar la duda
- Definición de duda
- Ejemplos bíblicos
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: La respuesta de Dios a nuestra duda
- La tergiversación alimenta la duda
- Los salmos
- Salmo 10:1
- Salmo 13:1
- Salmo 22:1
- Salmo 42:3
- Salmo 42:9
- Salmo 44:23-24
- Salmo 74:1
- Salmo 74:11
- Salmo 77:9
- Salmo 88:14
- Job
- El peregrinar de Israel por el desierto
- Los Evangelios
- Mateo 9:22
- Mateo 21:21
- Marcos 2:5
- Marcos 11:22
- Lucas 7:9
- Lucas 17:19
- Las epístolas
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Cómo transformar la duda en fe
- Mi historia
- 1. Llévalo ante Dios
- 2. Sé transparente
- 3. Pide ayuda
- 4. Confía
- Conclusión
- Acerca del autor