#73 Usar La Riqueza Para Un Bien Eterno: ¿Qué Dice LaBiblia Sobre E l Dinero?
Introducción: La Prisión Del Puño Cerrado
Promesa para el lector: romper las cadenas de la posesión
Si estás cansado de la constante fricción entre tu fe y tu cuenta bancaria, esta guía es tu mapa hacia los senderos antiguos. La mayoría de los consejos sobre finanzas se enfocan en cómo tener más; nosotros nos enfocaremos en quién es realmente el dueño de lo que ya tienes. Al final de esta introducción, comprenderás mejor por qué la carga de «poseer» tu vida es la causa principal de tu ansiedad, y verás un camino más claro hacia la libertad de la mayordomía bíblica. Pasaremos de la prisión de tener el puño cerrado a la paz de mantener las manos abiertas.
Nota: esta guía brinda orientación espiritual y práctica sobre la mayordomía bíblica. No contiene consejos personalizados sobre finanzas o inversiones. Para obtener una planificación financiera específica, consulta a un profesional cualificado.
Arthur vivía en una casa llena de cajas. Tenía 84 años. Las pilas eran tan altas que no se veían las ventanas. Cuando su esposa murió, se mudó a una casa más pequeña, pero se llevó todo consigo. Cada vez que lo visitaba para tomar el té, lo notaba exhausto. Me decía: «No puedo dejarlo ir, pastor». Era prisionero de sus posesiones. Tenía la llave de un depósito al que no había ido en años, y se agotaba solo al intentar ocuparse de cosas que ni siquiera usaba. La mayoría de nosotros vivimos así. Tratamos a nuestro dinero y a nuestras posesiones como si fueran una calle de sentido único. Acumulamos. Amontonamos. Nos aferramos con fuerza. Pero mantener el puño apretado, a la larga, genera dolor.
En la iglesia, usamos la palabra mayordomía. A menudo suena como un término muy formal, propio de una reunión de junta, parte de una jerga religiosa que carece de la crudeza de la vida real. En realidad, es el vocabulario de la libertad. Un mayordomo es simplemente un administrador. Si cuidas la granja de alguien más, no permaneces despierto toda la noche preocupándote por los impuestos de la propiedad o el clima impredecible. La granja no es tuya. Solo debes hacer tu trabajo y confiar en el propietario. Nuestro problema es que creemos que nosotros somos los dueños. Vemos nuestros nombres en el recibo de sueldo y pensamos que nos lo ganamos. Miramos nuestros ahorros y sentimos una falsa sensación de paz. Pero la Biblia es muy clara al respecto. Salmos 24:1 dice: «Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella». Dios es dueño del suelo, del aire y de cada centavo en nuestro bolsillo. Nosotros solo lo cuidamos por un momento.
Es sencillo decirlo. Sin embargo, es mucho más difícil creerlo un martes cuando se rompe la calefacción o cuando hay que pagar el seguro del auto. Ahí es donde comienza la fricción. Desde la caída en Génesis 3, nos convencimos de que, si no cuidamos de nosotros mismos, nadie más lo hará. Acumulamos porque tenemos miedo. Veo esto en mi oficina todas las semanas. Veo parejas jóvenes que no pueden dormir porque compraron una casa muy costosa. Veo hombres con millones de dólares que siguen teniendo miedo de quedarse sin dinero antes de morir. Ambos grupos de personas intentan ser poseedores, pero esta es una carga muy pesada que el alma humana no fue diseñada para soportar.
Durante la Reforma, las personas comenzaron a recordar la verdad bíblica de que sus trabajos del día a día importan: un zapatero está sirviendo a Dios. Pero cuando comenzaron a ganar dinero, se enfrentaron con una nueva pregunta: ¿este dinero es solo para mí, o es para algo más grande?
No me interesa darte trucos para tu cuenta bancaria. Quiero hablarte de la fuerza de la fe. Necesitamos hablar de por qué es difícil dar y de la envidia que sentimos cuando nuestro vecino se compra una camioneta nueva. Esto se trata de volver a respirar y de abrir tus manos. Cuando tus manos están abiertas, Dios puede quitarte algunas cosas, pero también puede poner otras. Se trata de confianza, no de matemáticas. Abordaremos la parte complicada: la honestidad de admitir que adoramos a nuestro saldo bancario. Dios busca corazones que confíen más en Él que en una pila de cajas cerradas en un cuarto. La primera cosa que debemos entender es quién está realmente a cargo.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la definición bíblica de mayordomía? La mayordomía bíblica es el reconocimiento de que Dios es el dueño de todas las cosas, y nosotros somos administradores a cargo de usar sus recursos para su gloria. Como se observa en 1 Crónicas 29:14, todo proviene de Dios, y solo podemos devolver lo que ya es suyo.
¿Por qué la «posesión» causa ansiedad financiera? Cuando creemos que somos propietarios, nos hacemos responsables del sustento de nuestras vidas. Ya que somos finitos y el mundo es impredecible, esto causa miedo. La mayordomía nos quita ese peso y nos lleva a «devolverle» a Dios, el verdadero dueño.
¿Ser «administrador» significa que no puedo disfrutar de mi dinero? No. Un buen administrador usa los recursos del dueño para cumplir los propósitos de este, lo cual incluye el cuidado y disfrute del administrador. 1 Timoteo 6:17 nos dice que Dios nos provee en abundancia para que lo disfrutemos, siempre y cuando nuestra esperanza esté puesta en Él y no en la riqueza.
¿Cómo sé si estoy idolatrando al dinero? Algunas de las señales más comunes incluyen sentir ansiedad persistente en cuanto al futuro, negarse a dar con generosidad y comparar tus posesiones con las de los demás. Si tu paz depende de la cifra en el saldo de tu cuenta bancaria, esta se ha convertido en tu dios.
No podemos salir adelante hasta soltar el peso de la posesión imaginaria. Las cajas de Arthur no eran solo basura: eran un ídolo que tapaba la luz. Para hallar la libertad, debemos abandonar el cuarto asfixiante que nos construimos y adentrarnos en el aire libre de la soberanía de Dios.
Nos espera una conversación sobre la dureza de la vida real. Este es un camino a través del dolor del orgullo herido, que se dirige hacia una paz que no depende del mercado. Comenzaremos por las bases. Debemos dejar en claro, de una vez por todas, quién es realmente el Señor de esta casa.
Audioguía
Audio#73 Usar La Riqueza Para Un Bien Eterno: ¿Qué Dice LaBiblia Sobre E l Dinero?
Parte I: El Dueño Y El Administrador
La propiedad del Señor: Salmos 24 y el mito de la titularidad
¿Es el hombre realmente dueño del suelo que pisa? Caminamos sobre la tierra, la pavimentamos con las rocas de nuestras ambiciones y la cercamos con documentos legales. Aun así, el suelo permanece indiferente ante nuestros reclamos de titularidad. Pertenece al Señor. Según Salmos 24:1: «Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan». Cada átomo de la arena bajo nuestras uñas y cada dígito en el libro mayor de una cuenta bancaria es suyo por derecho de creación. Esta verdad resuena a lo largo de la Biblia. Es una declaración que hace añicos la vanidad del hombre que se ha hecho a sí mismo. No somos dueños, solo somos ayudantes, asistentes, administradores. Fuimos contratados para labrar la finca del Señor mientras brille el sol, encargados de la supervisión de una granja que nunca fue nuestra en primer lugar, y nunca lo será.
Pensar lo contrario es engañarnos a nosotros mismos. Es el orgullo de un inquilino que, al haber vivido en una casa por una temporada, comienza a creer que puso los cimientos. Es como la ingenuidad del granjero que piensa que tiene más derechos sobre la finca que el Hijo del Dueño. Comprender la diferencia entre poseer y administrar el dinero es el primer paso hacia la verdadera libertad. Sin embargo, todos nosotros, ya sea al administrar bienes espirituales o físicos, somos responsables de rendir cuentas ante el Amo. Aplicar los principios de mayordomía bíblica implica reconocer que Él espera recibir frutos —un retorno de su inversión—, así como también aprender a ser un buen administrador de los recursos de Dios.
¿Es Dios realmente el dueño de mi cuenta bancaria hoy en día? Sí. Las Escrituras lo dejan en claro: «“Mía es la plata y mío es el oro”, afirma el Señor de los Ejércitos» (Ag 2:8). Tu cuenta bancaria es nada más que una parte de su propiedad que te ha sido encargada por un tiempo. Respiramos su aire. Gastamos su oro. Ocupamos su espacio. Incluso la tierra, el medio más básico de producción, pertenece al Señor. Dios nos ve como huéspedes que no tienen derechos permanentes a su tierra (Lv 25:23). Aunque esto debería calmarnos, a menudo sucede lo contrario.
Esta es la tensión fundamental del alma humana: queremos ser los amos de la finca, pero solo somos administradores del polvo. ¿Acaso un hombre puede reclamar realmente lo que no puede mantener? No podemos aguantar la respiración por más de unos minutos sin necesitar el aire de vida que Dios nos da. Aun así, hablamos de «nuestra» carrera, «nuestra» riqueza y «nuestro» legado, como si fuésemos los arquitectos de la providencia. Esta es la cruda realidad. Somos apoderados, delegados, representantes del Creador. Administramos riqueza prestada y temporal.
Un corazón renovado debe tener en cuenta esta total dependencia. Dios posee el ganado de miles de colinas, pero también posee esas colinas (Sal 50:10). Es dueño de los pulmones que nos permiten alardear y la mente que nos permite planificar. No es cosa menor administrar mal los recursos del Rey. No es simplemente un error financiero: es rebeldía teológica. Actuamos como si el Amo nunca fuera a regresar. Nos comportamos como si la granja fuera nuestra herencia en lugar de nuestra responsabilidad. Pero los puños cerrados no son necesarios. El Padre está feliz de darnos su reino.
El alto costo del pecado: Génesis 3 y la escasez de la caída
¿Cuándo comenzó esta fiebre de la posesión? Comenzó en el Edén, en medio del desastre de un pacto roto. En Génesis 3, el corazón humano sufrió una transformación catastrófica. Fuimos creados para encontrar nuestra seguridad en la presencia del Padre, pero el pecado nos hizo huérfanos por culpa nuestra. Comenzamos a tener miedo. La caída no solo trajo consigo culpa: trajo una escasez visceral y punzante. Dejamos de ver la provisión del Padre en el mundo. Empezamos a creer erróneamente que Él estaba reteniendo sus provisiones. Vimos un desierto que teníamos que conquistar para que no nos consumiera. Por lo tanto, acumulamos. Es por esto que nuestras manos se aferran con fuerza al dinero. Nos aterra no tener lo suficiente, porque ya no confiamos en Aquel que lo tiene todo. El pecado nos hace pequeños. Estrecha nuestro horizonte hasta que solo podemos ver nuestra necesidad, nuestro ombligo, nuestra supervivencia percibida. Acumulamos escoria porque perdimos de vista el oro de la gracia de Dios. La necesidad de poseer es la cicatriz de la Caída. Es el esfuerzo frenético de una criatura caída por construir una fortaleza a partir de las sombras.
¿Por qué siento tanta presión para ahorrar y acumular más? Esta presión a menudo surge directamente de la Caída. En nuestro estado corrupto, buscamos seguridad en las «cosas» en lugar de buscarla en el Proveedor.
Al menos tres fuerzas operan de forma simultánea para reforzar esta presión. En primer lugar, las influencias culturales y de mercado nos rodean cada día con consumismo. Los anuncios interminables insinúan que comprar y poseer cosas nos dará toda la felicidad, placer y realización que podríamos desear. Los bancos refuerzan esta dinámica, ofreciendo planes de crédito sencillos que hunden a las personas en la deuda. Esta es una cultura de gratificación instantánea. En segundo lugar, las preocupaciones conflictivas contribuyen a la presión. Hay razones válidas para ahorrar y planificar para el futuro, tales como las crisis inesperadas, la educación universitaria o la jubilación. Sin embargo, pareciera que fuimos configurados para creer que nunca tenemos lo suficiente. Sin importar cuánto tengamos, ¡creemos erróneamente que necesitamos el doble! En tercer lugar, el problema espiritual subyacente aporta a la presión. La acumulación parece brindarnos seguridad y ser una señal de éxito. No obstante, todo esto puede amenazar la devoción a Dios, porque no podemos ser leales a la riqueza y a Dios a la vez. La presión que sentimos refleja una competencia fundamental por nuestra confianza y lealtad definitivas.
La acumulación nos genera una sensación de seguridad, pero si no confiamos en la providencia de Dios, esta se vuelve una carga de ansiedad. Una fortaleza hecha de sombras no puede resistirse ante la marea de la providencia. Nos esforzamos y sudamos, pensando que nuestra labor es lo que mueve el mundo. Todo esto es simple vanidad. Es la carrera tras el viento sobre la que nos advirtió el Maestro (Ecl 1:14). La fricción entre el corazón y la Palabra se pone en máxima evidencia en nuestro deseo de autonomía. Queremos ser la fuente. Queremos ser el manantial. Sin embargo, solo somos las tuberías. Cuando una tubería comienza a creer que es el agua, se tapa con su propia importancia. La acumulación es un síntoma de desnutrición espiritual profunda. Nos privamos del gozo de la soberanía de Dios porque estamos muy ocupados jugando a ser soberanos. Tenemos miedo de que, si dejamos ir, ya no nos quedará nada. Olvidamos que el Señor no es un tirano que nos niega el pan, sino el Padre que provee para las aves del cielo. Aun así, en nuestra depravación, preferimos ser reyes hambrientos de un campo baldío que sirvientes satisfechos en el palacio del Rey.
La alegría del intermediario: vivir como los repartidores de Dios
¿Hay alguna manera de salir de esta jaula que nosotros mismos construimos? Hay una alegría que el mundo no puede entender: la alegría de ser intermediarios. Debemos considerarnos a nosotros mismos los repartidores de Dios. La riqueza que pasa por nuestras manos —ya sea dinero, tiempo o talento— no es para nosotros. Debemos hacer que fluya. Es un río, no un embalse (2 Co 9:10). Cuando comprendemos que somos simplemente el canal por el cual la bondad del Señor llega al mundo, se aliviana el peso de la posesión. Hay una profunda libertad en darse cuenta de que nada es realmente nuestro; por lo tanto, no podemos perder nada. ¿Cuál es la diferencia entre una mentalidad de «embalse» y una mentalidad de «río»? Una persona con mentalidad de embalse busca acumular riqueza para su seguridad personal, con temor a que se acabe. Una persona con mentalidad de río entiende que Dios nos da riquezas para que puedan fluir por medio de los creyentes y así satisfacer las necesidades del Reino y de los demás. Si el Señor nos manda un cargamento, lo repartimos con alegría. Si el cargamento es pequeño, lo tratamos con fidelidad. Si el cargamento es grande, no nos comportamos de forma orgullosa, ya que sabemos que no fabricamos los bienes; somos solo los repartidores. La presión de mantenernos por nuestra cuenta desaparece cuando nos damos cuenta de que el Dueño es quien hace el inventario.
No obstante, el alma se resiste a esto, ya que quiere llevarse el mérito. El alma quiere ver su nombre en la escritura. Debemos volver hacia los senderos antiguos y recordar que los santos de antaño entendían que sus vidas eran como el vapor. Sabían que eran peregrinos. Sabían que las cosas de esta vida no son más que escoria que será consumida por el fuego, dejando solo los restos de lo que fue hecho para la gloria del Rey. Ser mayordomo implica vivir pensando constantemente en el regreso del Señor. Es administrar la granja con tal diligencia que, cuando Él aparezca, vea que su tierra prospera. No estamos aquí para construir nuestros propios reinos. Estamos aquí para ocupar el suyo hasta que Él vuelva (Lc 19:13). Somos sus vasallos, sus representantes. Este es el alto llamado de una vida prestada. Es una vida de fricción, sí, pero también de inmensa paz. Cuando no posees nada, no tienes que temer la pérdida de nada. Simplemente eres un administrador, un siervo, un intermediario del Dios vivo.
¿Cómo puedo darme cuenta de si estoy actuando como el dueño o el administrador? La prueba de fuego es sencilla: un dueño cree tener derecho sobre la riqueza y se ve devastado ante la pérdida, mientras que un administrador se siente agradecido por la confianza puesta en él y permanece firme ante la pérdida porque sabe que el Amo lo tiene todo bajo control. Entonces, ¿por qué aun así temblamos al pensar en el sacrificio? Porque todavía creemos la mentira de que nuestra vida consiste en la abundancia de nuestras posesiones. La viuda que dio sus dos monedas fue mejor administradora que el hombre rico con sus graneros desbordantes, ya que ella comprendió la teología de la vida prestada (Mc 12:41-44). Sabía que incluso esas dos moneditas le pertenecían a Él. Era una repartidora que devolvió el último cargamento al almacén. Esa es la esencia de la fe. Esa es la médula de la vida cristiana: dar muerte al impulso de posesión todos los días. La mayordomía es complicada, pero no tanto como creerse dueño. La mayordomía es la determinación de tomar decisiones que honran a Dios cuando el mundo exige que nos honremos a nosotros mismos. Simplemente somos aquellos en quienes Él ha confiado para caminar sobre su tierra por una temporada.
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Parte II: Los Ídolos En La Billetera
El espejismo de la seguridad: por qué la riqueza nunca parece ser suficiente
Somos un pueblo perseguido por el fantasma del «nunca es suficiente». Es una cifra que permanece siempre en nuestro horizonte, alejándose con cada paso que damos hacia ella. Nos decimos a nosotros mismos que diez mil dólares nos alcanzarán para estar tranquilos. Los conseguimos. Sin embargo, el miedo permanece. Entonces, nos ponemos como objetivo cien mil o un millón. Creemos que, al conseguir cierta cantidad de oro, nuestro corazón dejará de latir frenéticamente. Es una mentira. ¿Cuánto dinero es suficiente para curar la ansiedad financiera? La dura realidad es que el alma nunca podrá hallar descanso en un balance bancario y, cuando intentamos hacerlo, es como si le estuviésemos pidiendo al polvo que sea un dios. Como nos advirtió Jesús en Lucas 12:15: «[…] la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes». El miedo no es un problema financiero, sino teológico. Es el lamento visceral de un corazón que puso su tesoro en el lugar incorrecto.
Buscamos seguridad en la caja fuerte porque olvidamos la soberanía del Padre. Si Dios no tiene en sus manos nuestro mañana, no hay cantidad de dinero suficiente que nos pueda proteger de los terrores de un mundo quebrantado. Acumulamos porque intentamos construir un muro contra la providencia, pero ese muro está hecho de arena. Cuanto más apilamos, más nos damos cuenta de que fácilmente una enfermedad, una caída en la bolsa o un acto de Dios puede arrebatárnoslo todo.
Esta es la vanidad del mundo. Sudamos por números que no nos aman ni podrán salvarnos cuando llegue el ocaso de la vida. A menudo, la gente se pregunta: «¿Es un pecado ahorrar dinero para el futuro?». Sin embargo, el problema más profundo con frecuencia yace en un corazón que lucha con la ansiedad financiera. Confiar en la riqueza es apoyar todo nuestro peso en una caña que ya se está rompiendo. La propia naturaleza humana nos lleva a buscar la paz en cosas efímeras, lo que hace que muchos se pregunten: «¿Por qué siempre estoy preocupado por el dinero?», cuando deberían estar confiando sus finanzas a Dios.
La comparación y el abismo de la envidia: la muerte de la gratitud
Salimos a la vereda, miramos al patio del vecino, y la alegría de nuestro hogar se desvanece. Este es el abismo de la envidia, una grieta profunda y afilada que devora la esencia de nuestra gratitud. Vemos el auto nuevo del vecino, su éxito impecable y, de pronto, la provisión que recibimos de Dios el día anterior parece basura. Este es el veneno de la comparación. Es un robo. Nos arrebata la capacidad de agradecer por el pan de cada día que tenemos sobre la mesa. ¿Por qué comparamos constantemente nuestra riqueza con la de los demás? Lo hacemos porque hemos atado nuestra identidad a nuestra posición relativa en el mundo. No levantamos la mirada hacia la Cruz; miramos hacia los costados en el jardín. La envidia nace del orgullo. Es el rechazo a conformarse con lo que el Señor ha dispuesto. Cuando codiciamos, le estamos diciendo a Dios que cometió un error en su contabilidad. Le estamos diciendo que fue muy generoso con otros y tacaño con nosotros. Esta es la fricción de un corazón que cree que merece más que gracia. Olvidamos la sabiduría de Proverbios 14:30, que nos dice que «la envidia carcome los huesos». Cada centavo que tenemos es un regalo inmerecido, no un salario por nuestra propia justicia. En el momento en que empezamos a comparar nuestra mayordomía con la de alguien más, dejamos de ser mayordomos y comenzamos a ser competidores. Pero no hay competencia en el Reino, solo fidelidad. Mirar al patio del vecino es darle la espalda al rostro del Señor. Es un esfuerzo que no produce más que amargura y un corazón vacío.
Las falsas «necesidades»: eliminar el materialismo de raíz
¿Cómo podemos distinguir entre el pan de vida y los ornamentos del ego? Nos volvimos expertos en bautizar a nuestros deseos y llamarlos «necesidades». Nos convencemos de que la casa más grande será para la familia o de que ese traje caro es para el ministerio, cuando en realidad son solo altares para nuestra propia vanidad. El ego es una bestia hambrienta. Requiere un flujo constante de nuevas adquisiciones para sentirse importante, para sentirse estimado. ¿Cómo puede un cristiano evitar realmente el materialismo? La respuesta no es hacer un voto de pobreza, sino ser completamente honestos a la luz de la Palabra. Debemos preguntarle al alma: «¿Esta compra sirve al reino del Señor o solo alimenta mi orgullo?». Como escribió el apóstol Pablo en 1 Timoteo 6:6-7: «Es cierto que con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero solo si uno está satisfecho con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo y nada podemos llevarnos».
La mayoría de las cosas que denominamos «necesidades» son en realidad un deseo de comodidad o de estatus. Queremos ser vistos. Queremos destacarnos. Queremos sentir que tenemos el control. Pero los cristianos han muerto al mundo. Un hombre muerto no tiene un ego que alimentar. Si queremos evitar la trampa del materialismo, debemos cultivar una indiferencia santa ante los juguetes sin valor. Debemos estar dispuestos a vivir con menos, confiando en que el Rey puede hacer más. No se trata de reglas. Se trata de una disposición del corazón. ¿Cómo le pongo fin a la ansiedad financiera durante una crisis económica? Encontrarás descanso al darte cuenta de que tu billetera no te salvará. Si tu billetera está llena de ídolos, no habrá lugar para el Espíritu. Debemos despojarnos de las capas de autojustificación y pararnos desnudos ante la verdad de que no trajimos nada a este mundo, y nada podemos llevarnos. Lo único que permanece es lo que fue dado en nombre de Dios. Y esas son riquezas de verdad, riquezas que no pueden ser robadas ni destruidas.
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Parte III: El Vocabulario De La Generosidad
Los primeros frutos: dar de la cosecha, no de las sobras
Nos encanta dejarle propinas a Dios. Tratamos al Creador de las estrellas como si fuese un mozo que hizo un trabajo decente y le arrojamos las sobras de nuestro festín una vez que nos atiborramos de nuestros propios planes. Esto es insultante para el Todopoderoso. ¿Deberían los cristianos dar el diezmo? ¿O se trata más bien de una actitud del corazón? Si bien la ley del diezmo apuntaba hacia un requisito específico, sabemos que el patrón bíblico subyacente se halla en los «primeros frutos». Esto viene del sendero antiguo. Bajo el antiguo pacto, los agricultores llevaban la primera gavilla de la cosecha al templo, mientras el resto de la cosecha seguía en el campo, expuesta a las langostas y a las tormentas (Pr 3:9-10). Daban una ofrenda antes de saber si tendrían lo suficiente para sí mismos. No era un cálculo; era una confesión.
¿Cómo podemos ofrendar nuestros «primeros frutos» en la actualidad? Esto significa devolver la parte del Señor incluso antes de que tomemos las herramientas para satisfacer nuestros propios deseos. Dar las sobras es decir que somos los dueños que deciden misericordiosamente compartir un poco del excedente. Si ofrendamos primero, admitimos que solo somos los administradores. Debemos acabar con el hábito de dar «las sobras» a fin de mes. Si esperas a que tus deseos estén satisfechos para contribuir al Reino, el Rey no verá ni un centavo. Los primeros frutos son un golpe directo a nuestra depravación. Es una disciplina que obliga al alma a confiar en la providencia en lugar de llenar la alacena. ¿Por qué no podríamos confiar en la buena providencia del Señor? Después de todo, Él hace que llueva sobre justos e injustos.
Determinación alegre: cuando la generosidad se convierte en un hábito disciplinado
Existe una herejía moderna que sostiene que dar siempre debe producir un resplandor dorado y cálido en el pecho. Esperamos esa oleada emocional, el video conmovedor o la música inspiradora antes de sacar la billetera. Esto no es mayordomía; es entretenimiento. Estamos comprando un sentimiento, no sirviendo a un Señor. El alma requiere algo más sólido: una determinación alegre. ¿Acaso Dios ama solo a quienes dan mientras se «sienten» felices? La alegría que menciona el apóstol en 2 Corintios 9:7 no es un sentimiento vertiginoso y fugaz. Es la alegría serena y firme de un siervo que sabe que está cumpliendo con su deber ante un buen Rey. Dar es un músculo que debe ejercitarse cuando el corazón está frío y la cuenta bancaria está casi vacía. Es un hábito disciplinado de la voluntad. Habrá días en los que no quieras dar. Habrá temporadas en las que la escoria de este mundo se sienta más preciosa que el oro del mundo que vendrá. En esos momentos, damos porque es lo que se nos ordenó hacer. Damos porque hemos muerto a nosotros mismos. Si tu generosidad depende de tu estado de ánimo, eres un esclavo de tus hormonas, no un siervo de la Palabra. Necesitamos practicar una teología de la generosidad que pueda sobrevivir a una mañana de martes en una oficina sombría. Necesitamos la determinación de firmar el cheque cuando el horno está roto y el auto vuelve a hacer ruido. Es ahí donde los ídolos son verdaderamente derribados: en el acto mundano, disciplinado y silencioso de ser fiel incluso cuando no hay aplausos ni recompensa emocional. Pero dar con alegría implica algo aún más profundo.
Dios es el ejemplo de dar con alegría
A Dios le encanta que demos con alegría porque esto refleja su propio carácter y se alinea con el diseño fundamental de la creación y la redención. La razón principal por la que a Dios le encanta que demos con alegría es porque Él mismo lo hace. Charles Spurgeon decía que Dios demuestra esto a través de su mayor regalo: no escatimar a su propio Hijo, sino entregarlo por todos nosotros. Él nos dio sin que se lo pidiésemos, extendiendo libremente su amor hacia nosotros incluso cuando estábamos muertos en nuestras transgresiones y nuestros pecados. Nos sigue proveyendo generosamente. Como es natural que nos guste aquello que refleja nuestro propio carácter, el gozo de Dios en quienes dan con alegría surge de que Él se reconoce en la generosidad de ellos. Su gozo en quienes dan con alegría surge de que Él ve a su Hijo en ellos.
Misericordia secreta: matar el orgullo a través de la iglesia local
El orgullo es un parásito que se alimenta de nuestras virtudes. Puede convertir un acto de misericordia en un monumento a uno mismo. Es por esto que el Maestro nos ordenó en Mateo 6:3 que demos en secreto para que nuestra mano izquierda no se entere de lo que hace la derecha. Practicar la misericordia en privado es algo muy poderoso. Cuando damos sin que nadie nos vea, estamos dando muerte a nuestra vanidad. Expresamos que la aprobación del Padre es más que suficiente. Si solo damos cuando nuestro nombre aparece en una placa, solo estamos cambiando nuestro dinero por capital social. ¿Dónde debería un cristiano dar su dinero primero? Los senderos antiguos son claros: la asamblea local.
La iglesia es la «familia de la fe», la esencia y el alma del Reino en la tierra (Ga 6:10). Es el lugar donde se predica la Palabra y se administran los sacramentos. Es la primera línea de defensa para los pobres que nos rodean. Damos allí primero porque es un acto de sumisión a la comunidad en la que Dios nos puso. Es una expresión de nuestra identidad en el pacto. Damos al cuerpo local porque es la forma de generosidad más oculta, más rutinaria y, a menudo, la menos llamativa. Desde allí, la misericordia fluye hacia las viudas, los huérfanos y los desesperados. Pero comienza en silencio, en el contexto local y en secreto. Así es como matamos el ego. Así es como nos aseguramos de que nuestro orgullo no corrompa el oro de nuestra mayordomía. Somos administradores de una vida prestada, y un administrador no pone su nombre en el cheque de su Amo.
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Parte IV: La Logística Del Amor
La iglesia local primero: la prioridad de la familia de la fe
Vivimos en una era de lealtades fragmentadas, en la que el corazón se divide entre todas las causas brillantes que aparecen en una pantalla. Nos vemos tentados a enviar nuestros recursos a lugares lejanos mientras que el techo del santuario local tiene una gotera y la viuda del banco de al lado no tiene calefacción. Pero la tradición, arraigada en el antiguo orden de la Palabra, nos llama a volver a la «familia de la fe». Como nos manda Gálatas 6:10, debemos hacer el bien a todos, pero «en especial a los de la familia de la fe». No es una mera sugerencia; es la prioridad de la sangre. La iglesia local es la base principal del Reino en este mundo. Es donde se parte el pan, donde las aguas del bautismo caen sobre la piel y donde se predica la Palabra con el peso de la eternidad. Si pasamos por alto el cuerpo local para financiar nuestros intereses privados, estamos actuando como consumidores espirituales, no como miembros del pacto.
Le damos a la iglesia local primero porque es un acto de sumisión. Es la difícil tarea de rendir cuentas ante personas que conocen tu nombre y tus pecados. Es fácil amar una «causa» que se encuentra a miles de kilómetros. Es más duro amar al hermano conflictivo que se sienta detrás de ti. Aun así, nuestra mayordomía debe sostener el misterio de la Palabra y el cuidado de los santos en donde estamos (1 Co 9:14). Cuando entregamos nuestra ofrenda a los pies de los ancianos locales, estamos declarando que la supervivencia del evangelio en nuestra área importa más que nuestras preferencias. Es el centro logístico de la misericordia de Dios. Si el candelero local se apaga porque los administradores estaban muy ocupados financiando sus pasatiempos, habremos fallado en nuestra labor principal. La iglesia local es el ancla. Sin ella, nuestra generosidad es un arroyo errante que termina desapareciendo en la arena de nuestra propia sentimentalidad.
Compasión estratégica: discernir las necesidades reales en el mundo
En este mundo hay muchas manos vacías, no todas por la misma razón. Esta es la tensión en la que vivimos: se nos ordena ser generosos, pero también astutos como serpientes. Hay un tipo de «misericordia» que es, en realidad, una forma de crueldad: una que subvenciona la destrucción y alimenta los mismos vicios que mantienen al hombre en la miseria. La compasión estratégica es la fuerza de distinguir entre una crisis y un hábito. Se nos llama a aliviar el sufrimiento de los afligidos, pero no a financiar la rebelión de los holgazanes. Este enfoque reconoce la dignidad del trabajo y la realidad de la depravación total. Siguiendo el principio de 2 Tesalonicenses 3:10, aceptamos que, aunque la gracia es gratuita, la mayordomía de dicha gracia requiere discernimiento. Siempre habrá gente pobre a nuestro alrededor. Sin embargo, ¿acaso algunas de estas situaciones de pobreza fueron creadas por nosotros? ¿Hemos fallado al aplicar el criterio del apóstol Pablo, «El que no quiera trabajar, que tampoco coma», a nuestra mayordomía de dar? Ya que todo pertenece al Señor, también deberemos rendir cuentas por esto. ¿Y quién se beneficia realmente de un bienestar social descontrolado? ¿Aquellos que lo reciben o alguien más? Una mayordomía madura implica desarrollar las capacidades de otros para que estos también se conviertan en mayordomos fieles, en lugar de permanecer dependientes.
Debemos buscar a las personas que realmente necesitan ayuda —el padre que se quedó sin trabajo, la madre que huye de la violencia, el niño sin zapatillas— y satisfacer sus necesidades con una generosidad que refleje la gracia que nosotros mismos recibimos. Sin embargo, también debemos tener la firmeza de decir que no cuando un «sí» prolongaría el alejamiento de una persona de Dios. Esto lleva tiempo. Debemos ensuciarnos los zapatos y adentrarnos en la vida de los pobres. No puedes ejercer la compasión estratégica a lo lejos. Debes conocer las historias. Buscamos los «restos» de esperanza en la vida de una persona e invertimos allí. Nos preguntamos si el regalo acercará un alma al evangelio o simplemente la hará sentirse cómoda en su vanidad. Que los demás se aprovechen de nosotros no es un signo de santidad. Es un signo de mala mayordomía. Estamos administrando el oro del Señor y debemos gastarlo en cosas que tengan un valor eterno. Buscamos instituciones que combinen el pan de la tierra con el del Cielo. Si solo damos para aliviar nuestra culpa es porque no entendimos el punto.
Formar a la siguiente generación: criar peregrinos, no dueños
Nuestros hijos nacen con puños cerrados. Es la marca de la Caída. Desde que son pequeños, sus gritos diciendo «¡mío!» se hacen eco de la rebelión del Edén. Si no los educamos intencionalmente en la teología de la vida prestada, el mundo estará feliz de educarlos con la liturgia del centro comercial. Enseñarles mayordomía bíblica a los niños no es algo que se haga con un sermón, sino a través de la realidad visceral del sacrificio. Ellos deben vernos sufrir por amor al evangelio. Si ven el dinero solo como el medio para comprar juguetes y estar cómodos, crecerán como idólatras con apariencia cristiana. Debemos mostrarles cómo administramos el dinero. Como sugiere Proverbios 22:6, debemos instruirlos en el camino correcto, lo que incluye la forma en la que deben administrar los recursos del Rey.
Debemos mostrarles cómo firmamos el cheque para el misionero o la iglesia local antes de reservar las vacaciones. Debemos involucrarlos en la «logística del amor», dejándolos elegir qué necesidades atender. Hay que enseñarles que el dinero es una herramienta —como un martillo o un arado— hecha para labrar la tierra del corazón donde crecerán las semillas de la Palabra. Tenemos que explicarles que somos una familia de administradores, no de dueños. Cuando reciban un regalo, debemos ayudarlos a compartirlo; no por un sentido de legalismo, sino como un reconocimiento festivo de que el Señor les ha provisto. Tenemos que contarles las historias de los antiguos santos que daban con sacrificio, porque sabían que tenían una posesión mejor y más duradera en los cielos (Hb 10:34). Si nuestros hijos crecen y se convierten en un éxito ante los ojos del mundo, pero acumulan su riqueza como dragones, les habremos fallado. Debemos hacerles ver la realidad de que son peregrinos. El mejor legado que podemos dejar no es un fondo fiduciario, sino un hijo que comprenda que su vida es vapor y que su dinero es un arma para el Reino.
Parte V: La Riqueza Que Perdura Más Allá De Este Mundo
Acumula tesoros en el cielo
Hay una necedad que se aferra a los moribundos. Vemos a hombres en sus últimas horas, rodeados por todo lo que acumularon en esta vida, aferrándose a sus escrituras y títulos como si estos pudieran ser usados en la eternidad. No es así. No puedes llevarte nada contigo. El coche fúnebre no lleva remolque, y el sudario no tiene bolsillos. Esta es la cruda realidad: todo lo que vemos, tocamos y acumulamos se deteriora constantemente. Pero el Maestro nos dio un mandamiento misterioso e importante: debemos acumular tesoros en el cielo. Tenemos que comprender esta mecánica. No «compramos» nuestro acceso a la ciudad nueva: eso fue pagado con sangre, no con dinero. En cambio, enviamos desde ya al cielo los resultados de nuestra obediencia. Cuando un administrador usa los recursos del Señor para financiar la predicación de la Palabra, ayudar a los pobres o construir la iglesia local, esa riqueza se transforma. Ya no es solo papel o un fantasma digital. Se convierte en gloria eterna. Somos como mercaderes en una tierra extranjera que saben que la moneda local está a punto de devaluarse. Mientras aún hay tiempo, el hombre sabio intercambia el papel moneda decadente de este mundo por el oro del Reino. Dar es invertir en el único «impacto» que sobrevive al fuego del juicio. Cada acto de generosidad en silencio y cada sacrificio de comodidad por amor a la cruz es un depósito que se hace en una bóveda en la que las polillas no pueden ingresar y los ladrones no pueden robar. No perdemos lo que damos: lo hacemos permanente.
La recompensa de los fieles
A menudo nos vemos tentados a buscar nuestra «paga» aquí y ahora. Queremos una vida «vibrante», bendiciones terrenales, un retorno visible de nuestra inversión espiritual. Pero el corazón sabe que esa cuenta rara vez se salda en esta vida. Si estás buscando una recompensa terrenal por tu mayordomía, debes saber que ya has recibido el pago completo. La verdadera recompensa de los fieles no es un incremento del patrimonio, sino la presencia de Cristo mismo. Es oír «bien hecho» por parte de la única voz que importa. Esta es la esencia de nuestra esperanza. Sufrimos bajo el calor del sol, administrando la granja del Señor con dolores de espalda y callos en las manos, no para obtener una mayor porción de terreno, sino por la alegría del regreso del Amo. La paga del creyente no es una cifra en un libro de cuentas, sino el rostro del Rey. Debemos cultivar una paciencia santa. Los santos de la antigüedad fallecieron sin ver la cosecha completa de su labor. Aun así murieron con fe, sabiendo que su trabajo no había sido en vano. No estamos trabajando para jubilarnos en este mundo. Estamos trabajando por una resurrección. El peso de la realidad humana es difícil de acarrear, pero es liviano en comparación con la alegría de estar de pie frente al Trono y darnos cuenta de que ni un solo centavo entregado en su nombre fue un desperdicio. La escoria habrá desaparecido y la vanidad habrá sido quemada. Lo que permanecerá es la gracia pura e inmerecida de ser recibidos en la ciudad donde no necesitaremos administrar el polvo, porque habremos heredado la luz.
Descansar en la providencia
Entonces, ¿cómo puede mantenerse erguido un hombre cuyo mundo se derrumba bajo sus pies? ¿Cómo podemos confiar nuestras finanzas a Dios en medio de una crisis, cuando perdemos el trabajo o cuando nos sentimos acorralados? Descansamos en la providencia. Este no es un optimismo pasivo o «vibrante». Es la confianza sólida y valiente en que el Dios soberano del universo no descuida a sus hijos. Una crisis es simplemente un momento en el que la ilusión de nuestro propio control se desvanece. Nunca fuimos los encargados de nuestro propio sustento. Siempre dependimos de la mano del Padre, incluso cuando las alacenas estaban llenas. Confiar en Dios en medio de una crisis es volver a los principios básicos de la vida prestada. Si el Señor consideró apropiado reducir el inventario de la granja, está en todo su derecho. Él es el dueño y nosotros somos los ayudantes. Nuestra tarea no cambia solo porque cambien las circunstancias. Debemos permanecer fieles con lo que nos queda. No debemos entrar en pánico como si fuésemos huérfanos en el mundo, dado que tenemos un Padre que conoce nuestras necesidades antes de que las expresemos. Observemos a las aves del cielo: no acumulan riquezas inútiles. Aun así, el Señor las alimenta. ¿Acaso no valemos más que ellas? El malestar de una crisis busca expulsar la autosuficiencia de nuestros corazones. Nos obliga a apoyarnos por completo en la Palabra. Transitamos los senderos antiguos y recordamos que el Señor provee. Puede que no provea para nuestro ego ni nuestra vanidad, pero nos proveerá lo necesario para nuestra vida y para su gloria. No descansamos en la abundancia de nuestra alacena, sino en el carácter del Proveedor. La tierra es del Señor. Las crisis son suyas. El futuro es suyo, y nosotros también lo somos.
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Conclusión: La Transacción Final
Había una mujer en nuestra parroquia, anciana y encorvada como un roble curtido por el tiempo, que vivía en un cuarto con olor a linóleo y menta. Según los criterios del mundo, era un gran fracaso. No poseía ningún título, no tenía auto y no dejó tras de sí ningún monumento de mármol o vidrio. Cuando falleció, sus pertenencias terrenales cabían en tres cajas de cartón. Pero esas cajas eran una mentira. No contenían su verdadero patrimonio. Durante décadas, esta hermana había sido una maestra de la transacción final. Vivía con lo justo de una mísera pensión, pero era la administradora más exitosa del Rey que jamás he conocido. Tenía la capacidad de hallar la fricción en la vida de otras personas —la madre joven sin leche, el estudiante solitario, el misionero en una tierra azotada por la fiebre— y aplicar en silencio el aceite de su misericordia secreta. Practicaba la teología de la vida prestada hasta la médula de sus huesos. Cuando se fue, no dejó un vacío. Dejó una huella gigantesca y eterna que sacudió los portones de la Nueva Ciudad. Lo había enviado todo al Cielo. Mientras otros pulían su escoria, ella estaba convirtiendo su polvo en el oro del Reino.
Todos nos dirigimos al mismo cuarto silencioso. Todos iremos a rendir cuentas al Maestro. El pavimento por el que transitamos hoy un día dará lugar al piso de la sala del trono, y se abrirán los libros. Ese día, el Señor no te pedirá que muestres tu cartera de inversiones o que hables del prestigio de tu carrera. No se verá impresionado por los muros que construiste para protegerte del mundo. Buscará las cicatrices de la mayordomía. Querrá ver la evidencia de que comprendiste que tu vida era un préstamo. Te preguntará qué hiciste con su polvo, con su aire, con su plata y con la vida que puso en ti. Cada moneda a la que nos hayamos aferrado con miedo será un peso alrededor de nuestro cuello, pero cada una que hayamos soltado con fe será una canción de alabanza. La transacción final no tiene nada que ver con lo que hayamos guardado, sino con lo que hayamos entregado. Ese es el momento en el que el administrador devuelve las llaves y se da cuenta de que la alegría del Amo siempre fue la verdadera herencia.
Una oración pastoral
Santo y soberano Padre, somos hombres y mujeres de corazones polvorientos y puños cerrados. Confesamos que hemos amado más el regalo que al Dador. Hemos tratado de construir nuestros propios reinos en tu tierra, usando tus recursos para financiar nuestra vanidad. Acaba con nuestra fiebre de acumulación. Quítanos la escoria de la autosuficiencia y bríndanos la fuerza para ser fieles con los restos. Haz que vivamos como quienes fueron comprados por el precio más alto, como aquellos en quienes habita Cristo.
Te pedimos la libertad que solo llega cuando nos damos cuenta de que no poseemos nada. Mata el amor que tenemos por el dinero antes de que este mate nuestras almas. Danos la alegría del intermediario: el gozo sereno y firme de ser tus repartidores en un mundo quebrantado. Permítenos vivir como quienes no tienen miedo de la escasez, sino que descansan en la providencia inagotable de nuestro Rey. Cuando el sol se ponga sobre nuestro trabajor y estemos de pie frente a ti, encuéntranos con las manos vacías y los corazones llenos, habiendo dedicado nuestras vidas a la gloria que perdura más allá del mundo. Amén.
Acerca del autor
El equipo de CHRISTIAN LINGUA es la agencia de traducción cristiana más grande del mundo y ofrece servicios de traducción y doblaje para proyectos de video, audio y medios en todo el mundo.
Tabla de contenido
- Parte I: El Dueño Y El Administrador
- La propiedad del Señor: Salmos 24 y el mito de la titularidad
- El alto costo del pecado: Génesis 3 y la escasez de la caída
- La alegría del intermediario: vivir como los repartidores de Dios
- Parte II: Los Ídolos En La Billetera
- El espejismo de la seguridad: por qué la riqueza nunca parece ser suficiente
- La comparación y el abismo de la envidia: la muerte de la gratitud
- Las falsas «necesidades»: eliminar el materialismo de raíz
- Parte III: El Vocabulario De La Generosidad
- Los primeros frutos: dar de la cosecha, no de las sobras
- Determinación alegre: cuando la generosidad se convierte en un hábito disciplinado
- Dios es el ejemplo de dar con alegría
- Misericordia secreta: matar el orgullo a través de la iglesia local
- Parte IV: La Logística Del Amor
- La iglesia local primero: la prioridad de la familia de la fe
- Compasión estratégica: discernir las necesidades reales en el mundo
- Formar a la siguiente generación: criar peregrinos, no dueños
- Parte V: La Riqueza Que Perdura Más Allá De Este Mundo
- Acumula tesoros en el cielo
- La recompensa de los fieles
- Descansar en la providencia
- Conclusión: La Transacción Final
- Una oración pastoral
- Acerca del autor