#80 Nuevos Comienzos: Reconstruir La Vida Después De Una Desgracia
Introducción
«¡Taylor! ¡Ven aquí ahora! ¡Necesito ayuda!». Nunca olvidaré cuando oí a mi papá gritar esas palabras. Tenía diez años. Recién habíamos llegado a casa desde Cleveland, donde habíamos comprado una motocicleta de enduro de segunda mano. Esta era una noticia muy importante para mí, ya que tenía un cuatriciclo, y me emocionaba la idea de que mi padre me acompañara a hacer de las nuestras por el bosque de mi abuela. La última vez que había visto a mi papá, se encontraba cargando la batería de la motocicleta en el garaje. Corrí adentro a llamar a mi amigo Evan para contarle la noticia. Mientras estaba adentro, mi papá arrancó la moto, se subió y dio una vuelta por el patio. Fue entonces cuando las cosas salieron muy mal. Al dar la vuelta frente a nuestra casa, la rueda delantera rozó la acera, y mi papá salió despedido de la motocicleta. En ese momento, lo oí gritar: «¡Taylor!».
Cuando salí, encontré a mi papá tirado en la entrada de la casa, incapaz de levantarse. Me dijo que fuera adentro y que llamara a mi mamá de inmediato. En cuestión de minutos, ella y mis abuelos estaban en casa junto a dos paramédicos decididos a llevar a mi papá al hospital lo antes posible. Ese iba a ser el mejor día, pero pronto se convirtió en el peor. Poco después de llegar al hospital, supimos que se había partido la tibia en dos y se había desgarrado tres de los ligamentos principales de la rodilla izquierda. Ese accidente en motocicleta derivó en ocho cirugías, USD 250 000 en gastos médicos, la ejecución hipotecaria de nuestra casa, la consiguiente bancarrota y años de trauma emocional para mis padres y, en consecuencia, para mi hermana y para mí. En un sentido muy real, entonces y especialmente ahora, ese día es recordado como aquel en que nuestra familia enfrentó la ruina. Nunca volveríamos a ser los mismos.
¿Qué hay de ti? ¿Has enfrentado alguna desgracia? Claramente, las desgracias no adoptan una sola forma. Ello depende de nuestra experiencia. Por ejemplo, para mi hijo de veinte meses, acabarse una caja de cereales y que no haya otra es una desgracia. En cambio, los adultos rara vez consideran que terminarse el cereal sea una desgracia. Para ellos, las desgracias tienen que ver con perder algo (o a alguien) irremplazable, recibir un diagnóstico que los cambiará para siempre o experimentar tanta presión que sienten que van a colapsar. Puede que te encuentres buscando versículos bíblicos sobre la fortaleza o la esperanza en esos momentos duros en los que todo se siente perdido.
Vuelvo a preguntarte: ¿y tú? ¿Has experimentado alguna desgracia? De ser así, esta guía es para ti. De hecho, si ya superaste alguna y ganaste perspectiva, me encantaría que estuvieses aquí conmigo y pudieras darme tu opinión mientras escribo esta guía. Estoy seguro de que esta guía sería mejor si pudieses compartir lo que aprendiste. Si aún no has experimentado ninguna desgracia, temo que debo darte una mala noticia: en algún momento de tu vida, seguramente deberás enfrentar una. Mi abuela siempre solía decir: «O estás en problemas, o acabas de salir de ellos, o probablemente vas camino a meterte en otros». Creo que así es la vida en un mundo caído, donde perdemos las cosas, las personas se enferman y mueren, y acumulamos presión. Por lo tanto, si la desgracia aún no ha tocado tu puerta, sigue leyendo. Puede que aprendas algo que te sea útil en el futuro. Al menos, espero que obtengas una perspectiva que te ayude a ser fuente de consuelo y sabiduría para tus amigos cuando experimenten desgracias y necesiten sanación espiritual en esos momentos difíciles.
Con todo eso en mente, comencemos.
Audioguía
Audio#80 Nuevos Comienzos: Reconstruir La Vida Después De Una Desgracia
Parte I: ¿Por Qué Sufrimos Desgracias?
Antes de pensar qué podemos hacer cuando enfrentamos una desgracia, debemos averiguar por qué suceden. ¿Por qué se tuerce la vida en un momento u otro? Para responder esa pregunta, quiero tomar prestado un enfoque de un pensador muy antiguo del que seguro oíste hablar: Aristóteles. Aristóteles observó que hay cuatro maneras en las que podemos responder a las preguntas «por qué». Las llamó las «cuatro causas»: material, formal, eficiente y final. Si te sientes confundido, sigue leyendo. Prometo que Aristóteles nos ayudará mucho aquí.
Razones materiales de la desgracia
¿Cuáles son las causas materiales de la desgracia? Bueno, la palabra «material» se refiere a la sustancia de lo que está hecho algo, en este caso, la desgracia. En general, podemos decir que las desgracias están hechas de las cosas que no queremos que sucedan: las cosas malas. Cuando alguien dice: «¡Mi vida está arruinada!», a menudo es porque perdieron algo o a alguien que aman. Ahora bien, aquello que se ha perdido puede variar enormemente. El punto es que la desgracia está hecha del sufrimiento que causa un suceso desafortunado, costoso, a menudo permanente e indeseado. En esos momentos, las personas suelen buscar versículos bíblicos para comenzar de nuevo y hallar un camino.
Razón formal de la desgracia
Las razones formales de la desgracia son varias, pero para el propósito de esta guía, podemos decir simplemente que son las cosas que nos causan dolor. La desgracia o el sufrimiento surgen a partir de la pérdida, la presión, la enfermedad o la muerte. Nos abruman estas cosas porque son dolorosas, nos afectan y no nos agradan. Imaginamos que sucedería algo, pero pasó lo opuesto, y para poner en palabras lo terrible que es, lo llamamos desgracia.
Amigo mío, hay todo tipo de corrientes dentro del cristianismo que tienen dificultades para explicar el sufrimiento. Algunos cristianos piensan que admitir las debilidades es un acto de falta de fe. Otros cristianos piensan que experimentar dificultades es un resultado de la falta de fe. Ninguna de esas ideas es correcta. Dios nos invita a admitir que estamos sufriendo y que no nos agrada. De hecho, Él ya sabe por lo que estamos pasando antes de que podamos decirlo en voz alta. El salmista escribe: «Tan compasivo es el Señor con los que le temen como lo es un padre con sus hijos. Él conoce de qué hemos sido formados; recuerda que somos polvo» (Sal 103:13-14). Si el dolor te está abrumando porque sientes que tu vida se desmorona, no dudes en admitirlo ante Dios en oración. Él conoce tus debilidades y muestra su compasión a quienes le temen. Este es un aspecto clave de la vida cristiana: reconocer que el primer paso para superar los desafíos de la vida es ser honestos con nuestro Creador.
Razón eficiente de la desgracia
La causa eficiente de Aristóteles se refiere a lo que provoca la existencia de algo. Por ejemplo, la causa eficiente de una pintura es el pintor. En el caso de una desgracia, creo que hay dos causas principales: el pecado personal y el sufrimiento involuntario debido a la vida en un mundo caído.
Comencemos por el pecado personal. No creo estar diciendo nada revelador, pero lo diré de todas formas para asegurarme de que quede claro: el pecado puede arruinarte la vida. De hecho, sin duda lo hará. Pecar siempre te traerá desgracias, hasta que finalmente recibas lo que tus pecados merecen: la separación de Dios en un lugar de tormento llamado infierno (Mc 9:43-48). Suena sombrío, pero es cierto.
Creo que debemos identificar el pecado personal como una causa eficiente de la ruina porque, de otra manera, nos veríamos tentados a pensar que siempre es la culpa de alguien más. «Me despidieron porque mi jefe es una persona horrible». «¡Mi vida es terrible porque mi esposo es el peor!». «No puedo pagar mis cuentas porque el político equivocado ganó las elecciones». «¡Mi hijo murió porque Dios permitió que sucediera!». Para ser claros, no estoy negando que muchas veces las demás personas son cómplices de nuestras desgracias. Es más, ¡a veces sufrimos sin ningún indicio de que nuestro pecado tenga algo que ver! Ya hablaremos de eso. Aun así, antes de pensar en el papel que cumplen los demás en nuestro sufrimiento, debemos preguntarnos cuál es nuestra responsabilidad. Amigo mío, mi pecado personal contra Dios y contra los demás me ha costado trabajos, relaciones, oportunidades, mi reputación, entre muchas otras cosas. No me beneficia culpar a los demás cuando a menudo obtengo lo que mis pecados merecen.
Unas breves palabras para quien sufre por causa de su propio pecado: acude a Jesús. Necesitas perdón, y Él lo ofrece gratuitamente. De hecho, ¡puedes recibir el perdón por todos tus pecados hoy mismo! La Biblia nos enseña que «[s]i confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad» (1 Jn 1:9). No ignores tus errores o las desgracias que ellos causaron. No culpes a otros por el desastre que provocaste. En cambio, confiesa tus pecados y recibe el perdón total y definitivo de Cristo. Él murió como sacrificio perfecto por nuestros pecados, de manera que, si confías en Él, no tendrás que cumplir la condena que tus pecados merecen. Te insto a que confíes en Jesús hoy. Este es el primer paso para superar tus errores del pasado y encontrar la gracia de Dios cuando te equivocas.
La segunda causa eficiente de la ruina es el sufrimiento involuntario que este mundo produce. A veces, nuestra vida se desmorona sin que sea culpa nuestra directamente. Vivimos en un mundo corrupto por el pecado, por lo que las cosas se corrompen, incluso las que más nos importan. Un ejemplo paradigmático de sufrimiento involuntario en la Biblia es Job, quien «temía a Dios y vivía apartado del mal» (Jb 1:1). Aun así, Job perdió casi todo lo que apreciaba. Perdió a sus hijos, sus riquezas y su salud. En el caso de Job, al igual que en nuestro caso en este mundo caído, el diablo fue la causa eficiente de su sufrimiento.
¿Alguna vez te sentiste como Job? Intentas ser un buen cónyuge, pero tu pareja sigue enojándose y termina perdiendo los estribos. Intentas ser un buen empleado, pero eso no impide que tu jefe te despida. Intentas criar a tus hijos según la disciplina e instrucción del Señor (Ef 6:4), pero cuando se van de casa, no quieren saber nada de ti ni del cristianismo. También hay cosas que nos suceden y no tienen nada que ver con nuestros actos. Tu día va bien, hasta que suena el teléfono y te enteras de que un ser querido falleció. Tu mundo se derrumba cuando aparece un gasto inesperado que no sabes cómo pagar. Llegas a la escuela y descubres que tu grupo de amigos te traicionó.
En el caso de Job, él nunca usó su sufrimiento como una razón para maldecir a Dios. De hecho, a pesar de todo lo que perdió, Job creía firmemente que Dios tenía el control y que Él lo reivindicaría al final. Eso fue en efecto lo que sucedió. Ya sea que estés volviendo a levantarte luego de haber tocado fondo o preguntándote cómo reconstruir tu vida después de haberlo perdido todo, la historia de Job es esencial.
La Biblia deja claro que vivimos en un mundo caído, un mundo arruinado por el pecado y la muerte. Pablo escribió a la iglesia de Roma: «Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron» (Rm 5:12). ¿Ves la relación entre el pecado y la muerte? Lo primero causa lo segundo y lo abarca todo bajo el sol. Por lo tanto, no debería sorprendernos el sufrimiento en esta vida, ni tampoco deberíamos culpar a Dios. En cambio, deberíamos encontrar nuestra esperanza en Dios, quien usa nuestros peores sufrimientos para nuestro bien y para su gloria. Esto nos lleva a la causa final de la desgracia.
Razón final de la desgracia
De acuerdo, por último tenemos la razón final de la desgracia. Puede que te sorprenda. Las Escrituras nos enseñan que Dios mismo es la causa final o la razón por la que todo sucede en esta vida, ¡incluso tu sufrimiento! Dependiendo de tu trasfondo teológico, puede que esta afirmación no solo te sorprenda, sino que también te ofenda. No te des por vencido aún: observa los siguientes pasajes que nos enseñan acerca de la soberanía de Dios sobre todo lo que sucede en la vida:
– «Yo formo la luz y creo las tinieblas, traigo bienestar y creo calamidad; yo, el SEÑOR, hago todas estas cosas» (Is 45:7).
– «¿Quién puede anunciar algo y hacerlo realidad sin que el Señor dé la orden? ¿No es acaso por la boca del Altísimo que acontece lo bueno y lo malo?» (Lm 3:37-38).
– «¿Ocurrirá en la ciudad alguna desgracia que el Señor no haya enviado?» (Am 3:6b).
– «Es verdad que ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien […]» (Gn 50:20).
– «Este [Jesús] fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y, por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz» (Hch 2:23).
– Herodes, Poncio Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel hicieron «lo que de antemano tu poder y tu voluntad habían determinado que sucediera» (Hch 4:27-28).
– «Las suertes se echan en el regazo, pero el veredicto proviene del Señor» (Pr 16:33).
– «[…] no hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por Él» (Rm 13:1).
Entonces, Dios es la causa final de todo lo que sucede, incluido nuestro sufrimiento. La pregunta ahora es: ¿por qué? ¿Por qué Dios permite que suframos en primer lugar? ¿Qué gana con nuestros problemas? ¿Qué ganamos nosotros? Para responder estas preguntas, pensemos en la ocasión en la que Jesús sanó a un hombre ciego de nacimiento. Un día, Jesús y sus discípulos estaban caminando cuando se encontraron con este hombre. Los discípulos le preguntaron a Jesús: «—Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres? —No está así debido a sus pecados ni a los de sus padres —respondió Jesús—, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida» (Jn 9:2-3).
La respuesta de Jesús a sus discípulos puede interpretarse en el contexto de la obra de Dios en este mundo. Él actúa para ser visto y comprendido tal como es por quienes fueron hechos a su imagen. Él actúa para ser visto como el Dios grande y glorioso que es. En el caso del hombre ciego, su ceguera hizo que Dios pudiera realizar un milagro que nadie más hubiese podido hacer. ¿Qué impresión debe haber dejado eso en los espectadores ese día? Dios es grande y digno de alabanzas por todas sus maravillosas obras, incluyendo la curación del hombre ciego. Esto revela nuevos comienzos en la fe, incluso en las circunstancias más oscuras.
Pero ¿qué hay de ti? ¿Crees que es bueno que Dios permita que haya sufrimiento en tu vida para que Él pueda recibir gloria? La respuesta corta es sí, porque recibes a Dios. En Jesús, Él se entregó a ti. Te adoptó como parte de su familia. Te prometió el cielo. Como ya aprendimos, este mundo está corrompido por el pecado, y esa es la causa eficiente o la razón por la que existe gran parte de nuestro sufrimiento. Aun así, a menudo amamos este mundo como si fuese definitivo, aunque en realidad es pasajero. A través del sufrimiento, Dios le recuerda a su pueblo que Él es la recompensa definitiva y que solo Él es suficiente. Esta es la base del plan de restauración de Dios. Pablo nos lo demuestra cuando se describe a él mismo y a sus compañeros como «aparentemente tristes, pero siempre alegres; pobres en apariencia, pero enriqueciendo a muchos; como si no tuviéramos nada, pero poseyéndolo todo» (2 Co 6:10).
Entonces, nuestro sufrimiento y nuestras desgracias son causadas por cosas malas y dolorosas que ocurren por culpa de nuestro pecado y este mundo caído, todo para la gloria de Dios, en última instancia. ¿Lo entiendes? De acuerdo. Ahora, debemos considerar qué tan grave es la desgracia para aplicar principios bíblicos y comenzar de cero fortalecidos a través de ella. Este camino incluye pasos para una renovación espiritual después de una crisis, a medida que aprendemos a confiar en Dios en un nuevo comienzo. Ya sea que estés buscando tu propósito después de un fracaso o deseando empezar de nuevo, recuerda que comenzar de cero es parte del camino del cristiano para recuperarse de una crisis personal.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué clase de sufrimiento estás experimentando ahora? ¿Y en el pasado? Compártelo con tu mentor.
- ¿Cuáles de las razones del sufrimiento te resultan más confusas o difíciles de comprender?
- ¿De qué manera el sufrimiento te ayudó a valorar más a Dios?
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Parte II: Control De Daños
Lo admito, esta sección será breve. De hecho, ¡varias veces pensé en eliminarla! Sin embargo, creo que vale la pena profundizar un poco sobre qué hacer inmediatamente después de que la vida se desmorone. Analizaremos este escenario a través de tres preguntas: 1. ¿Qué perdiste? 2. ¿Quién salió herido? 3. ¿Qué puede rescatarse?
¿Qué perdiste?
Parte de la respuesta al sufrimiento consiste en reconocer lo que has perdido. El 6 de enero de 2025, un árbol cayó sobre la casa de mis padres y, básicamente, la partió a la mitad. Por gracia de Dios, nadie salió herido. Dicho eso, llevó varias semanas analizar el daño y planificar los pasos a seguir. De hecho, al momento de escribir esto, mis padres llevan trece meses sin poder regresar a su hogar. Tuvieron que trabajar con ingenieros estructurales, constructores y electricistas para determinar qué podía salvarse y qué se perdió.
¿Qué perdiste? Puede que hace poco hayas perdido un trabajo que te encantaba, un amigo cercano, una casa en la que criaste a tu familia o un grupo de amigos en la escuela. Sea lo que sea, es importante reconocer la pérdida en lugar de actuar como si nada hubiese pasado. Esto puede ser doloroso, en especial si perdiste algo irremplazable. A veces nuestras pérdidas se sienten permanentes, pero no lo son. El día que te echan del trabajo sientes que nunca más conseguirás una oportunidad igual de buena, aunque no sea necesariamente el caso. Hablaremos más de eso enseguida. Sin embargo, la muerte de un ser querido es una pérdida irremediable, sin importar cuánto desees que no fuese así. Si estás lidiando con la pérdida, te animo a que te sinceres sobre ello con tus amigos, con tus pastores y, más importante, con Dios. Soportar una pérdida es difícil, pero puede sentirse imposible si intentas lidiar con ella solo. Para aquellos que se están preguntando cómo comenzar de nuevo, la honestidad es el primer paso práctico de varios para reconstruir la vida después de una desgracia.
¿Quién salió herido?
A menudo, solemos pensar solo en nosotros mismos, sobre todo cuando estamos sufriendo. Sin embargo, quiero animarte a que mires a tu alrededor y observes si alguien más fue afectado. Puede que hayas perdido tu trabajo, pero si fue un despido masivo, es probable que tus amigos también hayan sufrido. Puede que lamentes la pérdida de un familiar, pero no eres el único. Tus demás familiares también sienten dolor. Si estás lidiando con problemas financieros graves y sientes que no tienes opciones, no estás solo. Tu cónyuge también se ve agobiado. Este dolor compartido suele ser un catalizador para reconstruir la vida después de un divorcio u otras rupturas relacionales, ya que nos damos cuenta de que no estamos sufriendo en soledad.
Sé que es difícil pensar en los demás (y aún más difícil intentar servirlos) cuando estás experimentando una desgracia, pero te animo a que te esfuerces de buena fe para hacerlo de igual modo. Deberías intentar servir a los demás porque Jesús dio el ejemplo y te llama a seguirlo (Mc 10:45) y porque al servir a otros, puede que tus cargas se alivianen. Esto puede sonar extraño, pero es verdad. Mi esposa y yo luchamos con la infertilidad durante años antes de que ella pudiese quedar embarazada. Cuando sucedió, estábamos rebosando de alegría. ¡Dios había oído nuestro lamento y nos había enviado un bebé! Y luego, trágicamente, perdimos a ese bebé dos meses más tarde.
Me sentía ofendido, confundido y enojado. Estaba parado en la avenida Pennsylvania cuando llamé a mi abuela, quien tenía el superpoder de la escucha. Me oyó desahogarme y luego me sugirió: «Sabes, Taylor, deberías buscar en tu iglesia a otras personas que estén esperando un bebé y ver si puedes ayudarlos de alguna forma tangible en medio de tu duelo». Me pareció un consejo extraño, y lo olvidé rápidamente. Menos de dos semanas después, mi esposa y yo conocimos a una pareja que más tarde se convertiría en una de nuestras amistades más queridas. Nos enteramos de que estaban esperando su primer hijo para la fecha en la que mi esposa debería haber dado a luz. Fue entonces cuando recordé el consejo de mi abuela. «Deberíamos intentar servir a esta pareja», pensé. Esta fue una forma práctica de recuperarnos por medio de la fe: mirando hacia los demás cuando el corazón quiere encerrarse en sí mismo.
De forma imperfecta, pero de todo corazón, comenzamos a orar por ellos y a buscar maneras prácticas de ayudarlos a prepararse para la llegada de su niño. No me alcanza el espacio aquí para describir todas las formas en las que el Señor nos bendijo cuando intentamos bendecirlos a ellos. De hecho, estoy seguro de que nos llevamos la mejor parte. Hoy, su hijo es como nuestro sobrino, y ellos son como nuestra familia. Dios los usó para sanar a la familia Hartley, y por ello estamos muy agradecidos.
¿A qué otras personas ha afectado el sufrimiento en tu entorno? Pídele al Señor que te muestre cómo puedes servirlos, incluso si tú también estás sufriendo. Nunca sabes todo el bien que Él puede hacer en ti y por medio de ti al servir. A menudo, este enfoque es la clave para reencontrarte contigo mismo otra vez cuando sientes que tu identidad está hecha añicos.
¿Qué puede rescatarse?
¿Recuerdas la casa de mis padres? A pesar de que casi la daban por perdida, parece que podrán volver a vivir allí a fines de la primavera o a principios de este verano. El Señor proveyó mucho en este proceso y abrió un camino para que la mayor parte de su casa pudiera ser restaurada e incluso mejorada.
El Señor es un maestro de la restauración. Después de todo, nos sacó de la fosa fatal de nuestro pecado y puso nuestros pies sobre una roca firme, Cristo (Sal 40:2). Para dejarlo claro, puede que Él nunca nos devuelva lo que perdimos. No se nos promete que la vida será fácil. Aun así, podemos ser como Job y decir: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo he de partir. El Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!» (Jb 1:21). Sin embargo, una cosa es segura: el Señor tiene un propósito para nosotros en medio del sufrimiento. Nos prometió que dispone de todas las cosas para el bien celestial que preparó para nosotros desde antes de la creación del mundo (Rm 8:28). Esta verdad bíblica sirve como un programa de mentoría para reconstruir la vida desde cero.
Al saber que Dios ha preparado cosas buenas para ti, eres capaz de mirar a tu alrededor expectante en medio de las desgracias. Dios está obrando, así que pregúntate: «¿Qué puedo aprender? ¿Qué puede rescatarse? ¿Cuál es su plan?». Puede que no encuentres las respuestas a estas preguntas de inmediato, pero ten paciencia. El Señor te mostrará parte de su plan para ti en el momento indicado. En la gloria, conocerás ese plan en su totalidad, y dirás: «¡Bendito sea el nombre del Señor!». Si vas a decir eso en la gloria, comienza a decirlo también ahora. Ciertamente es verdad. Para aprender a reconstruir tu vida debes comenzar por cambiar tu perspectiva y confiar en que es posible comenzar de nuevo con Él. Incluso cuando estudiamos ejemplos bíblicos de personas que comenzaron de cero, vemos que el factor común es la gracia de Dios. ¿Qué dice la Biblia sobre empezar de nuevo? Que cada mañana se renuevan sus bondades.
Uno de mis himnos favoritos es de William Cowper. Se llama «Dios obra de manera misteriosa». La última estrofa dice así:
Sus propósitos madurarán con rapidez,
abriéndose hora tras hora;
el capullo tendrá amargo sabor,
pero dulce será la flor.
Ciega incredulidad yerra el camino,
y su obra en vano escudriñar intenta.
Dios es su propio intérprete, y al cabo
todo lo ha de explicar al que en Él crea.
¡Cuánta verdad hay en estas palabras! Aunque el humo se eleve hacia el cielo desde las ruinas de tu vida, puedes estar seguro de que los designios de Dios no se ven frustrados. Él no tardará en beneficiarte incluso en las situaciones más terribles y dolorosas.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Alguna vez sentiste que perdiste algo para siempre que luego te
fue devuelto? Cuéntale esa historia a tu mentor. - ¿Cuáles son las diferencias entre perder algo de manera permanente y perder algo por un tiempo para luego recuperarlo?
- ¿Por qué es difícil servir a otros en medio de nuestro propio sufrimiento?
- ¿De qué manera ves a Dios obrando en tu sufrimiento ahora mismo?
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Parte III: Los Primeros Pasos
Tu mundo se derrumbó y te encuentras preguntándote: «¿Y ahora qué?». El objetivo de esta sección es responder a esa pregunta. Por supuesto que no puedo decirte exactamente qué hacer, pero espero que puedas usar las categorías para actuar de forma inmediata mientras buscas maneras de superar la desgracia.
Ora
Ya sé que esta parece una respuesta de escuela dominical. Sin embargo, la oración es uno de los mayores refugios que tenemos en los momentos de sufrimiento. En el libro de Salmos, hay quince cantos que se denominan «Cánticos de ascensión». Se cree que estos eran los himnos que los antiguos peregrinos judíos cantaban cuando subían al templo a ofrecer sacrificios y oraciones al Señor. El salmo 121 es uno de estos, en el que el salmista se pregunta: «¿[D]e dónde ha de venir mi ayuda?» (Sal 121:1b).
Se responde diciendo:
Mi ayuda proviene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
No permitirá que tu pie resbale;
jamás duerme el que te cuida.
Jamás duerme ni se adormece
el que cuida de Israel.
El Señor es quien te cuida;
el Señor es tu sombra a tu mano derecha (Sal 121:2-5).
Amigo mío, tu ayuda también proviene del Señor. Incluso cuando sufras, puedes estar seguro de que el Señor no duerme ni se adormece. Te cuida, es decir, garantiza tu seguridad definitiva todos los días en este mundo y también en la eternidad, cuando finalmente estés con Él en el cielo. Estas cosas son verdaderas, por eso debes acudir a Él, tu ayuda, cuando enfrentes dificultades.
¿Cómo acudir al Señor? Por medio de la oración. Hay momentos en los que el dolor será tan fuerte que solo podrás decir: «Dios, ayúdame. ¡Te necesito!». Eso está bien. El Señor conoce incluso aquello que no podemos expresar. No debemos pensar que nuestra angustia le resulta indiferente. De hecho, llevamos nuestras penas ante el Señor porque Él cuida de nosotros (1 P 5:7).
Confía
Para ser claros, la oración no es algo que se tache de una lista para seguir adelante. Debes orar y seguir orando. Sin embargo, una vez que le hayas contado tus penas al Señor en oración, deberías confiar en los demás y hablar con quienes el Señor puso en tu vida. A menudo, esto puede implicar hablar con tus padres, otros familiares, amigos cercanos o pastores en tu iglesia.
¿Por qué confiar en los demás? A menudo, los otros cristianos son el medio que Dios usa para darnos consuelo. En parte, esta es la razón por la que Dios nos dice a los cristianos: «Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas y así cumplirán la ley de Cristo» (Ga 6:2). Si no estás acostumbrado a confiar en los demás, este es un buen momento para empezar, especialmente si aún no estás pasando por un gran dolor. Practica confiarles lo que hay en tu corazón, y pídeles a tus familiares y amigos cercanos que te recuerden la verdad de la Palabra de Dios. Después de todo, no contamos nuestras penas solo para desahogarnos o «procesarlas». En cambio, las compartimos con los demás para que sepan cómo orar con nosotros y servirnos en nuestros momentos de necesidad. Si sientes que tu vida se desmoronó, una de las mejores formas de empezar de nuevo es confiándole tus desgracias a un hermano o una hermana en Cristo de confianza.
Espera
La esperanza es la última cosa que creemos poder sentir cuando la vida se desmorona. De hecho, el desmoronamiento de la vida y la desesperanza van de la mano. Aun así, la esperanza es lo que todo cristiano ha recibido incluso en la peor de las circunstancias. En primer lugar, siempre tenemos la promesa del cielo. Esa era la esperanza de Pablo cuando escribió estas palabras:
Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo visible, sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno (2 Co 4:16-18).
Si estás en Cristo, no hay nada en esta vida que pueda amenazar tu esperanza. Con la misma certeza de que Cristo está en el cielo, podemos decir con Pablo que nuestros sufrimientos son «ligeros y efímeros».
También podemos tener esperanza porque sabemos que le importamos a Dios más que cualquier otra cosa en la creación. Jesús nos lo dejó claro cuando le pidió a la multitud que observara los pájaros en el cielo. Dijo: «¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre. Él les tiene contados aun los cabellos de la cabeza. Así que no tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones» (Mt 10:29-31). Verás, sin importar qué tan sombría sea tu situación, puedes tener esperanza porque Dios en el Cielo te conoce y ve dónde estás. Además, Él se comprometió a cuidar de ti hasta que llegues a casa.
La esperanza lo transforma todo. Cuando esperamos que llegue el amanecer, la oscuridad pierde su poder. Cuando creemos que vamos a lograrlo, la desesperación desaparece. Cuando sabemos que estamos a salvo, el miedo se desvanece. Amigo mío, si estás en Jesús, tienes una esperanza inquebrantable. Él nunca te decepcionará.
Pon un pie delante del otro
¿Alguna vez viste la película animada Santa Claus llega a la ciudad? Es una de mis favoritas. Me encanta la escena en la que Kris Kringle le enseña al hechicero, Winter Warlock, cómo cambiar. Usa una canción para hacerlo, cuya letra dice: «Pon un pie delante del otro y pronto echarás a andar. Pon un pie delante del otro y pronto el camino recorrerás». Puede que suene trillado, pero creo que el futuro Santa Claus tiene un buen punto si hablamos de superar una desgracia. Cuando la vida se desmorona, debemos levantarnos y comenzar a caminar otra vez.
A menudo, el desmoronamiento de la vida incluye variables que no pudiste controlar. Después de todo, si hubieras podido controlar toda la situación, no hubieras dejado que saliera mal. Si hubieses podido evitar esa enfermedad, lo hubieses hecho. Si hubieses podido cambiar la forma de pensar de tus amigos, lo hubieses hecho. Si hubieses podido evitar ese accidente, lo hubieses hecho. La vida se desmorona porque las cosas que no están bajo nuestro control ocurren de forma contraria a cómo quisiéramos, pero no por esto debemos pensar que no tenemos ningún tipo de control.
Incluso en medio de nuestros peores sufrimientos, todavía existen cosas que podemos controlar. En primer lugar, podemos controlar nuestra reacción. ¿Nos enojaremos con Dios y con todo el mundo en respuesta a nuestra desgracia o confiaremos en el Señor y buscaremos amarlo a Él y a los demás en medio de ella? ¿Usaremos nuestra tragedia como excusa para pecar o buscaremos tener fe y obedecer la Palabra de Dios incluso cuando los demás justificarían nuestro pecado? Si enfrentas una desgracia, intenta hacer lo mejor que puedas. Da un paso de obediencia ante el Señor mientras esperas que Él revele sus propósitos. Creo que notarás no solo que esto ayuda a que el tiempo pase más rápido, sino que también te libera de obsesionarte con tus circunstancias. Mientras confías en el Señor y buscas obedecerlo, Él promete que usará tus circunstancias para tu bien. Entonces, adelante. Pon un pie delante del otro. Como dice la misma canción: «Nunca llegarás a donde debes ir si no te quieres levantar. Entonces vamos, ¡un viento favorable empieza a soplar! ¡Un hombre que camina rápido es difícil de derrotar!».
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Por qué cosas oras cuando enfrentas un sufrimiento profundo?
- ¿Qué persona ha puesto Dios en tu vida en quien sientes que puedes confiar?
- ¿Te resulta difícil confiarle tu sufrimiento a los demás? De ser así, ¿por qué?
- ¿Qué pasos pequeños de obediencia puedes dar hoy en medio de tu sufrimiento?
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Parte IV: Mirar El Pasado
Apuesto a que alguna vez oíste a alguien decir: «Si tan solo hubiese sabido en ese entonces lo que sé ahora», o algo similar. La misma idea se expresa en otras frases, como: «Después de la guerra, todos son generales». A menudo podemos comprender una situación mucho mejor cuando esta se termina. Uno de mis autores favoritos, P. G. Wodehouse usa este concepto en sus historias fantásticas de Bertie Wooster y su pícaro mayordomo, Jeeves. Bertie siempre se mete de lleno en una idea descabellada, y cuando las cosas salen mal (lo cual siempre sucede), Jeeves entra en escena con un plan elaborado para arreglar el lío. Al final de una de sus aventuras, Bertie analiza lo que pasó y, aparte de inflar su contribución a la victoria, parece comprender mejor de qué se trataba todo el asunto desde el principio. Toda la historia apunta a la perspectiva que adquieren Bertie y Jeeves al final.
¿Alguna vez pasaste por un sufrimiento que comprendiste en retrospectiva? ¿Qué hiciste con lo que aprendiste? En el caso de Bertie y Jeeves, el mirar atrás rara vez conduce a la toma de mejores decisiones en el futuro. De hecho, Wodehouse se encargaba de que esos dos metieran la pata en todas las historias. Sin embargo, no tiene que ser así para ti. El Señor nos permite sufrir para enseñarnos a confiar y depender de Él. Por medio del sufrimiento, adquirimos sabiduría que podemos aplicar en futuros momentos difíciles. Esta sección se trata de cómo obtener sabiduría y aplicarla en etapas de sufrimiento en el futuro.
Reflexiona y aprende
En primer lugar, una vez superada la etapa de sufrimiento, es necesario reflexionar sobre lo que pasó y su significado. A pesar de que suena sencillo, es un paso que la mayoría de las personas evita. De hecho, reflexionar sobre las cosas difíciles puede ser casi tan desagradable como la situación en sí misma. Si estás en ese grupo, te insto a que ignores tu instinto de evitar el sufrimiento. En cambio, reflexiona sobre él. Pídele al Señor que te ayude a comprender. Confía en tu familia y en tus amigos para obtener una perspectiva externa.
Una razón obvia para detenerte a reflexionar es para no dejar atrás nada que te pueda servir en el futuro. Ten en cuenta que tu sufrimiento proviene de la mano del Señor, y Él planeó todo para el bien celestial que aseguró para ti en Jesús. Esto quiere decir que realmente existe una razón detrás del sufrimiento, y no querrás desperdiciarla al ignorarla.
Debo admitir que no se me da muy bien escribir en un diario. Mis estantes llenos de diarios vacíos dan cuenta de las innumerables veces que intenté adoptar esa práctica y fracasé. Sin embargo, encontré muy fructífero hacer listas de lecciones que aprendí en momentos de sufrimiento. Intento repasar en mi cabeza las situaciones difíciles por las que pasé y escribo mis reflexiones en un listado. Puede que escriba cosas como: «Aprendí que el Señor es más fiel conmigo que yo con Él». «Estoy agradecido por haber visto claramente la satisfacción y la constancia de mi esposa». «Sentí dolor a causa de mi pecado. No quiero volverlo a hacer». Escribir estas reflexiones hace que sea menos probable que las olvide. Al recordarlas, podré usarlas la próxima vez que enfrente algo duro.
Una vez que hayas reflexionado, creo que otro gran paso que puedes dar para asegurarte de haber aprendido las lecciones que te enseñó el Señor por medio del sufrimiento es compartir esa lista con un amigo. Después de todo, debemos acompañarnos en los buenos y en los malos momentos. En parte, hacemos eso mediante la rendición de cuentas. Si confías en que el Señor usó tu sufrimiento para enseñarte algo sobre su carácter, sus modos o su ley, cuéntaselo a un amigo para que te lo recuerde la próxima vez que enfrentes una prueba. Tendemos a olvidar incluso las cosas más importantes. Nuestros amigos nos ayudan a aferrarnos a las verdades que sostienen nuestra alma aun en los peores momentos.
Agradece
Una vez que hayas reflexionado, permíteme animarte a que hagas algo que tal vez te suene un poco descabellado: agradece. Las pruebas son una oportunidad para decirle gracias al Señor que las envió para tu bien. Recuerda, el sufrimiento siempre tiene un sentido. Dios tiene propósitos que tal vez no comprendamos de inmediato o jamás en esta vida, pero cuando llegue el último día sabremos por qué el Señor eligió esos desafíos para nosotros. Eso quiere decir que incluso nuestras pruebas son una razón legítima para agradecer y alabar al Señor.
Nadie es tan sabio como nuestro Dios. Nadie conoce tanto como nuestro Dios. Nadie es tan poderoso como nuestro Dios. Y nadie es tan bueno como nuestro Dios. Esta combinación de atributos hace que Él pueda planificar nuestro bien incluso a través de las pruebas más difíciles. ¿Recuerdas a José, de la Biblia, el triste jovencito que fue vendido como esclavo al extranjero por sus hermanos holgazanes, para luego ser calumniado por la esposa infiel de su amo y ser puesto en una cárcel sin salida? Sí, ese chico. El Señor dispuso cada momento de su sufrimiento para salvar a dos naciones. José no vio cómo obraba la mano de Dios al principio. Pero casi al final de la historia, supo que Dios estaba detrás de sus peores días para lograr lo mejor. Es por eso que en Génesis 50:20, José dice: «Es verdad que ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente».
Puede que Dios no use tu sufrimiento para salvar una nación entera, ¡mucho menos dos! Pero puedes estar seguro de que tiene muchas razones para permitir tu aflicción, todas de acuerdo con sus perfecciones y sus promesas. Dios no permite que se dañe ni un solo cabello de tu cabeza sin una razón que implique tu bienestar. Puedes confiar en Él. De hecho, debes hacerlo. Y dado que confías en Él, debes agradecerle.
Uno de mis poemas favoritos es «Mi vida es como un tapiz», de Corrie ten Boom. Me lo mostró mi hermana durante un momento de sufrimiento. No puedo enumerar cuántas veces he vuelto a leerlo desde entonces. Permíteme compartirlo contigo y, mientras lo leas, pregúntate por qué cosas puedes dar gracias a Dios en su obra providencial en tu vida a través de tu sufrimiento. Al hacer esto, puedes estar incluso en una mejor posición para agradecer:
Mi vida es como un tapiz
trabajado entre Dios y yo.
Yo no escojo los colores.
Él trabaja incansablemente.
A veces trabaja con el dolor,
y yo, con orgullo vano, me olvido
de que Él ve el derecho del tapiz
y yo sólo el revés.
Solo cuando el telar se silencie
y las agujas dejen de cruzarse,
Dios desenrollará el tapiz
y explicará la razón de su diseño:
los hilos oscuros eran tan necesarios
en las manos del Experto Tejedor
como lo eran los hilos de oro y plata
para embellecer el tapiz que Él había diseñado.
Él sabe, Él ama, Él se preocupa;
nada puede oscurecer esta verdad.
Él da lo mejor a aquellos
que le dejan la elección a Él.
Ayuda a otros
Sufriste y sobreviviste. ¿Qué puedes hacer ahora? Ayudar a otros. De hecho, diría que algo que seguramente puedas extraer de todo lo que has vivido es la intención de Dios de que utilices tu experiencia para ayudar a los demás. ¿Pecaste y te arrepentiste para luego descubrir que la misericordia de Dios sigue siendo grande? Entonces, da a conocer el perdón a ese pecador para que él también pueda recibirlo. ¿Perdiste a un ser querido irremplazable? Laméntate con quienes también están pasando por un duelo similar. ¿Perdiste posesiones terrenales a causa de un robo, un desastre o una persecución? Cuida de quienes también sufrieron algo parecido.
Verás, tus sufrimientos te preparan para cuidar de quienes sufren. De hecho, a menudo estamos mejor equipados para cuidar después de haber sufrido. Hay muchas razones por las que esto sucede. En primer lugar, el sufrimiento nos brinda experiencia, y esta nos otorga compasión por quienes están pasando por algo similar. Muchas veces fui culpable de pensar que el camino recorrido por otros era sencillo, hasta que me tocó recorrerlo a mí mismo. La experiencia nos pone en nuestro lugar. Una vez ahí, podemos ver y cuidar de otras personas a quienes, de otro modo, simplemente habríamos ignorado. No desperdicies tu sufrimiento.
En cambio, úsalo. Ponlo al servicio de los demás.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Es difícil para ti reflexionar sobre el sufrimiento? ¿Por qué crees que es así?
- ¿Qué te enseñó tu sufrimiento sobre Dios, sobre ti mismo y sobre los demás?
- ¿Qué sufrimiento has experimentado recientemente por el cual puedes agradecer a Dios?
- ¿Alguna vez te ayudó alguien que había sufrido algo similar? ¿De qué manera su experiencia les permitió servirte especialmente?
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Conclusión
Una de las historias más inspiradoras y fascinantes que oí sobre comenzar de cero después de una desgracia proviene del novelista francés Alejandro Dumas, en su increíble historia El conde de Montecristo. Si no te gusta leer, ¡al menos mira la película de 2002! El protagonista de la historia es Edmundo Dantés, a quien sus amigos y rivales traicionan la noche de su compromiso con el amor de su vida y de su ascenso a capitán del barco mercante en el que había servido antes. Dantés es trasladado a una terrible prisión conocida como Castillo de If, donde estuvo catorce años. Al final, logra escapar, halla un tesoro y desea usar su fortuna para vengarse de quienes arruinaron su vida. Sin embargo, cuando se dirige a acabar con sus enemigos, su ira se disipa y su corazón se ablanda. En lugar de buscar venganza, Edmundo elige tener misericordia por sus enemigos. En cuanto a él mismo, abraza su vida marcada por el sufrimiento y busca hacer el bien con el tiempo que le queda.
En cierta manera, El conde de Montecristo representa las verdades clave que quiero transmitirte en esta guía. Verdades como la soberanía de Dios sobre tu sufrimiento, su promesa de usar el sufrimiento para tu bien y tu oportunidad de crecer a través del sufrimiento para ser más fuerte, más maduro y estar más preparado para hacer que tu vida tenga un propósito. Sin embargo, todas las verdades y lecciones en el mundo no tendrán importancia si no las aplicas a tu corazón. Oro para que no habites el sufrimiento como si fuera el fin del mundo. Más bien, oro para que creas en el Señor tu Dios y busques glorificarlo sirviéndolo a Él y a los demás hasta el día de tu muerte. Confío en que toda experiencia de sufrimiento te ayudará a ser más efectivo para ese propósito hasta que llegue el día en el que el Señor te llame a casa.
Acerca del autor
TAYLOR HARTLEY se desempeña como director editorial de 9Marks en Washington, D. C. Está casado con Rachel, con quien tiene un hijo, Bode. Taylor obtuvo su máster en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary. Actualmente, está trabajando para obtener su máster en Teología en el London Seminary, en Reino Unido.
Tabla de contenido
- Parte I: ¿Por Qué Sufrimos Desgracias?
- Razones materiales de la desgracia
- Razón formal de la desgracia
- Razón eficiente de la desgracia
- Razón final de la desgracia
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Control De Daños
- ¿Qué perdiste?
- ¿Quién salió herido?
- ¿Qué puede rescatarse?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Los Primeros Pasos
- Ora
- Confía
- Espera
- Pon un pie delante del otro
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: Mirar El Pasado
- Reflexiona y aprende
- Agradece
- Ayuda a otros
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Acerca del autor