#21 El temor al hombre: qué es y cómo superarlo
Introducción: Los Juegos Olímpicos
Pocas cosas captan la atención mundial como la euforia pura de los Juegos Olímpicos. Atletas de todo el mundo disciplinan sus cuerpos para mantener una forma física impecable y compiten con el máximo rendimiento para derrotar a sus oponentes y ganarse la admiración, el honor y los elogios que conlleva una medalla de oro olímpica, un símbolo que los reconoce en ese momento como los mejores del mundo.
Quizás hayas oído hablar del medallista de oro, Eric Liddell, el corredor escocés representado en la película Carros de fuegoEric nació en una familia de misioneros en China y, por la gracia de Dios, sobrevivió a la Rebelión de los Bóxers a principios del siglo XX. De niño, Eric descubrió que tenía un amor y un talento extraordinarios por correr. Entrenó su cuerpo durante años y finalmente llegó a los Juegos Olímpicos de París de 1924. Pero cuando se anunció que su carrera, los 100 metros lisos, se llevaría a cabo el domingo, se retiró de la candidatura. Eric solo tenía dos opciones: comprometer sus convicciones sobre el sabbat o renunciar a su lugar en la carrera.
Eric recibió críticas de sus compañeros de equipo, compatriotas y periódicos locales e internacionales. Incluso su futuro rey, el Príncipe de Gales, lo instó públicamente a participar en la carrera. Pero Eric no cedió. Ante la abrumadora presión y los ataques de los medios, Eric eligió honrar a Dios en lugar de doblegarse al temor del hombre.
Quizás por su reputación o por su extraordinario talento, el comité olímpico finalmente le ofreció una alternativa: podía competir en la carrera de 400 metros, una carrera para la que sólo tenía varias semanas de entrenamiento, pero que no se disputaba el domingo. Para sorpresa de todos, se clasificó y llegó a la ronda final. Cuando salía del hotel la mañana de la carrera por las medallas, el entrenador del equipo le dio una nota: “A quien lo honre, Dios lo honrará”. No sólo ganó la medalla de oro, sino que estableció un nuevo récord olímpico: 47,6 segundos.
En la pelicula Carros de fuegoEl personaje de Liddell dice la siguiente línea: “Dios me hizo rápido, y cuando corro siento su placer”.
A lo largo de la vida, todos nos encontraremos con momentos como el de Eric Liddell. Todos enfrentamos momentos en los que nos sentimos tentados a doblegarnos ante el temor al hombre y a comprometer nuestras convicciones teológicas. El temor al hombre puede ser una presión sofocante y paralizante que nos domina y nos lleva a una prisión de derrotismo pecaminoso y nos quita el amor por la vida. Este temor al hombre surge de la creencia de que, de alguna manera, una persona o un grupo de personas puede proporcionarnos algo que necesitamos o queremos y que Dios no puede o no quiere darnos. El temor al hombre es creer una mentira y da como resultado adorar a la creación en lugar de al Creador. Los libros seculares intentan vendar la hemorragia causada por el temor al hombre con autoayuda psicológica, pero sin éxito. El único medio para vencer el temor al hombre es, paradójicamente, la rendición: una rendición a aquel que ya ha vencido.
Esta guía de campo está diseñada para ayudarle a identificar y combatir el temor al hombre y enriquecer su gozo en la vida a través de una profunda rendición al Señorío de Jesucristo. Las primeras dos partes ofrecen una perspectiva bíblica para investigar la diferencia entre el temor pecaminoso y el temor piadoso. En la primera parte, analizará sus temores. En la segunda parte, examinará un temor que echa fuera el temor. En la tercera y última parte, descubrirá cómo su rendición y unión con Cristo le permite vencer su temor al hombre.
Audioguía
Audio#21 El temor al hombre: qué es y cómo superarlo
Parte I: El Temor Al Hombre
El Diccionario de Cambridge define el miedo como una «emoción o pensamiento desagradable que se tiene cuando se está asustado o preocupado por algo peligroso, doloroso o malo que está sucediendo o podría suceder». Observemos que en esta definición, el miedo es una emoción (un sentimiento) o un pensamiento (una creencia). Sin embargo, considero que el miedo rara vez, o nunca, se puede reducir a una cosa o a la otra. En mayor o menor medida, todos los miedos que tenemos están influenciados por lo que pensamos y creemos.
Recuerdo muy bien un día que llegaba a casa del trabajo y al abrir la puerta del garaje me encontré a mi hija de dos años subida a la mesa de la cocina intentando columpiarse de la lámpara del comedor. Instantáneamente, sentí que mis ojos se abrían de par en par y mi corazón se aceleró mientras corría a agarrarla antes de el candelabro cayera encima suyo o se resbalara de la mesa. Sin embargo, para mi sorpresa, en ese momento ella no tenía ni un poco de miedo. No tenía ni la más mínima idea de que tirar del candelabro pudiera causarle dolor, daño y destrucción. Por el contrario, yo sí. Mi mente inmediatamente calculó el peligro, y mi miedo por su seguridad aceleró mi reacción para salvarla.
Experimenté esta misma sensación de miedo —la combinación de emoción y creencia— la primera vez que salté de un avión. Aún recuerdo lo que sentí cuando la rampa trasera del SC.7 Skyvan bajó y la ráfaga inicial de aire entró y salió de la cabina. Me quedé allí parado con las piernas temblando mientras miraba fijamente a la tierra que había abajo desde unos 1.500 pies de altura. Esto no se trataba de la nebulosa sensación de adrenalina que se siente en la caída libre, en la que al menos tienes uno o dos minutos para disfrutar de la experiencia antes de abrir el paracaídas. Esto era paracaidismo estático, al estilo de la Segunda Guerra Mundial: si el paracaídas no se abría, mi cuerpo haría impacto en menos de 12 segundos. Por supuesto que tenía miedo. Pero me preocupaba algo más que el riesgo. Más que temer morir electrocutado por cables de alta tensión (como advertían las instrucciones de seguridad), temía fracasar en el intento y defraudar a mi familia, mis amigos y mis compañeros de equipo. No cabe duda de que el miedo al hombre es algo complejo y tiene varias capas.
Cuando pensamos en el miedo al hombre, es importante recordar que las sensaciones físicas que experimentamos, como rodillas temblorosas y latidos acelerados, están intrínsecamente ligadas a las cosas que creemos. No obstante, el miedo no suele quedarse en una sensación. Por lo general, el resultado natural de experimentar miedo es la acción, comúnmente conocida como el instinto de pelea o huida. En ambos casos, nuestras acciones están influenciadas por lo que creemos que podría ser el resultado de la situación.
Por consiguiente, el temor al hombre puede definirse como la emoción que surge al convencerse de que un individuo o grupo de personas tiene el poder de dar o arrebatar algo que uno cree necesario o deseable A su vez, esto influye en las acciones que se toman para lograr un resultado favorable.
Como Edward Welch afirma: «el miedo al hombre se produce cuando las personas son grandes y Dios es pequeño».1
Las Escrituras y las experiencias de la vida nos enseñan que nuestro temor al hombre a menudo entra en alguna de las siguientes cinco categorías. Utilizaré el acrónimo MIEDO para ayudarnos a recordarlas: (M) miedo económico, (I) intimidación por vergüenza, (E) enfrentamientos o desacuerdos, (D) desprecio y rechazo, y (O) opresión o sufrimiento. En cada categoría, encontraremos enseñanzas bíblicas y ejemplos específicos de ese tipo de miedo; asimismo seremos desafiados a pensar más allá de nuestros propios temores. Mientras lees, considera las descripciones y ejemplos que ofrecen las Escrituras, y luego piensa en tu propia situación y experiencias de vida, y cómo estas podría revelar lo que piensas en relación al miedo.
Miedo económico
El apóstol Pablo escribió que «el amor al dinero es la raíz de toda clase de males» (1Ti 6:10). Podemos experimentar un temor significativo cuando percibimos que hay personas con poder sobre nuestra seguridad financiera. Nuestro miedo hacia ellas puede motivar positivamente nuestro rendimiento laboral, pero también puede llevarnos a convertirnos en adictos al trabajo o a comprometer nuestra integridad para complacer a un superior. También es fácil llegar a idolatrar a quienes creemos que gozan de la libertad financiera que deseamos. Esto último está menos relacionado con el miedo a lo que pueden quitarnos, y se trata más bien de un asombro por lo que la gente posee. Ya sea que esa persona sea nuestro jefe inmediato, una organización, inversionistas o relaciones influyentes, es fácil comenzar a moldear nuestras acciones de acuerdo a lo que creemos que protegerá o aumentará nuestro futuro financiero.
Dios sabe que lucharemos con el miedo, la preocupación y la ansiedad por nuestras finanzas. Jesús abordó este tema en el Sermón del monte cuando dijo: «Así que no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’, o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’. Los paganos andan tras todas estas cosas, pero su Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, entonces todas estas cosas les serán añadidas?» (Mt 6:31-33). Cuando perdemos de vista el poder de Dios para proveer, lo primero en lo que pensamos es en aquellos que pueden proporcionarnos lo que creemos necesitar o desear desesperadamente.
Este tipo de temor al hombre puede conducirnos a la codicia y el deseo por lo que otros poseen. En Lucas 12:13-21, Jesús se encuentra con un hombre que quiere que intervenga en una disputa familiar y le ordene a su hermano que comparta su herencia con él. Jesús le responde diciendo que «la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes» (Lc 12:15). Jesús prosigue relatando la historia de un hombre que tenía abundantes cosechas que desbordaban sus graneros. En lugar de distribuir su abundancia, lo que hace es construir graneros más grandes para almacenar todas las cosechas, de modo que pueda tener bienes para muchos años y así poder relajarse, comer, beber y divertirse, es decir, tener una jubilación al estilo americano
(Lc 12:16-19). Sin embargo, Dios no duda en llamar necio a este hombre, porque esa misma noche su alma le fue reclamada, y las cosas que había preparado ahora pasarán a ser de otro (Lc 12:20-21).
La seguridad financiera no nos traerá el tipo de libertad que anhelan nuestros corazones. Al contrario, este logro puede convertirse en una barrera que sustituya la dependencia y la confianza en Dios por la confianza en las posesiones materiales. Un ejemplo de esto lo encontramos en el joven rico (Mt 19:16-23). Cuando este se acercó a Jesús, le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna (Mt 19:16). Jesús le respondió que guardara los mandamientos, a lo que el joven respondió con orgullo que los había guardado desde su juventud (Mt 19:17-20). Pero entonces Jesús le dijo que fuera, vendiera lo que poseía, lo diera a los pobres y le siguiera (Mt 19:21). Ante esta respuesta, el joven se marchó entristecido. Jesús le reveló al joven dónde había depositado su verdadera confianza: en sus finanzas. El miedo por nuestra seguridad financiera puede llevarnos a ser devorados por las posesiones materiales —ansiando lo que otros tienen— y perdernos las increíbles bendiciones de Dios que tenemos ante nosotros.
Intimidación por vergüenza
De niños aprendemos a sentir temor de la vergüenza. Ya sea en sentido figurado o literal, todo el mundo tiene una historia de haber sido sorprendido con los pantalones abajo ante las risas o las burlas de los demás. La vergüenza nos hace sentir solos, indefensos, vulnerables e insignificantes. Dependiendo de nuestras experiencias vergonzosas, podemos desarrollar profundas barreras y defensas para asegurarnos de no volver a experimentar esos mismos sentimientos. Este miedo al hombre puede paralizarnos hasta la cobardía, forzarnos a estar a la defensiva y utilizar un lenguaje fuerte, hacer que nos aislemos o llevarnos a comprometer nuestra integridad para complacer a quienes percibimos que tienen poder sobre nuestros círculos sociales.
A menudo, el miedo a la vergüenza comienza con lo que es aceptable o inaceptable en nuestras culturas. En el siglo primero, cuando María y José estaban desposados, habría sido excepcionalmente vergonzoso que María estuviera embarazada antes de casarse. Por eso, al enterarse de su embarazo, José decidió divorciarse de ella discretamente (Mt 1:19). José no quería que se le relacionara con acusaciones de infidelidad, pero también quería asegurarse de divorciarse de María lo más sigilosamente posible para no avergonzarla públicamente. Por este motivo, el ángel del Señor le dice: «no temas recibir a María por esposa» (Mt 1:20). En su obediencia a Dios, tanto María como José se arriesgaron a un considerable rechazo cultural al elegir seguir comprometidos mientras ella estaba embarazada de Jesús.
Cuando sucumbimos al miedo a la vergüenza, corrompemos a quienes lideramos. Pablo describe cómo confrontó a Pedro en Gálatas 2:11-14. Mientras estaba en Antioquía, Pedro había estado ministrando y comiendo junto a gentiles, una práctica que resultaba vergonzosa para los judíos del primer siglo. Pero cuando algunos judíos vinieron de parte de Santiago, Pedro se retiró, «por temor a los partidarios de la circuncisión» (Ga 2:12). Como consecuencia del miedo de Pedro, otros creyentes judíos hicieron lo mismo, incluido Bernabé (Ga 2:13). Debemos ser conscientes de que nuestros miedos afectan profundamente a los que nos rodean, y con mucha frecuencia a los más cercanos.
El miedo a decir o hacer algo vergonzoso no solo puede llevarnos a la desobediencia y al pecado, sino que también puede privarnos de una alegría significativa. Por lo general, dejamos de compartir nuestra fe o de llamar a la gente a creer en el evangelio porque tenemos miedo de lo que pensarán o dirán de nosotros. Piensa en las implicaciones que esto tiene. Preferimos correr el riesgo de que nuestros amigos y familiares sufran la destrucción eterna antes que pasar por la vergüenza de ofenderlos. En momentos así, estamos eligiendo las percepciones de la gente por encima de las percepciones y mandamientos de Dios.
Enfrentamientos o desacuerdos
Para algunas personas, el hecho de pensar en discusiones, desacuerdos y enfrentamientos en las relaciones les produce una enorme ansiedad. Quienes temen los conflictos en las relaciones por lo general intentarán evitarlos, apaciguarlos o ignorarlos. Los conflictos con familiares, vecinos, miembros de la iglesia o relaciones laborales pueden llegar a consumir los pensamientos, el tiempo y la atención de este tipo de personas. Y si sus tácticas de negación no funcionan para enmascarar el problema, es probable que prefieran ponerle fin a una relación antes que solucionar el conflicto. El peligro de esta clase de temor es que puede conducir a comprometer los mandamientos de Dios, caer en pecados de omisión y sufrir una atrofia espiritual en la apologética.
El temor de Saúl es un ejemplo de esto. Su miedo a discutir con el pueblo de Israel lo llevó a comprometer el mandato de Dios y a que finalmente Dios lo rechazara como rey. En 1 Samuel 15, el Señor le ordena a Saúl que extermine a todo Amalec, tanto a todas las personas como a los animales (1S 15:3). El significado de este mandamiento es para otra ocasión; por ahora, el punto es que cuando Saúl dirigió al pueblo para derrotar a los amalecitas, terminaron perdonando la vida al rey Agag y a lo mejor de los animales y las cosas buenas (1S 15:9). Luego, cuando Samuel confrontó a Saúl, preguntándole por los motivos de su desobediencia a la Palabra de Dios, Saúl respondió: «He pecado. En verdad he quebrantado el mandamiento del SEÑOR y tus palabras, porque temí al pueblo y escuché su voz» (1S 15:24 LBLA). Saúl no quería una discusión ni un alboroto del pueblo que quería el botín de su victoria. En lugar de adherirse al mandato de Dios, obedeció parcialmente, e incluso intentó esconderse detrás de su obediencia a medias (1S 15:20-21). Temer las discusiones y las confrontaciones puede llevarnos a comprometer nuestra obediencia a los mandamientos de Dios.
Cuando tenemos temor de entrar en una discusión o en una conversación difícil podemos fácilmente caer en pecados de omisión —no hacer algo que Dios nos ha ordenado hacer—. Por otro lado, un pecado de comisión es hacer proactivamente algo que Dios ha prohibido. Jesús ordena: «Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano» (Mt 18:15). El mandamiento es directo. Si alguien ha pecado contra ti, es tu responsabilidad confrontar a tu hermano y decirle cuál es su falta. Para algunas personas la simple idea de confrontar a alguien en relación con un pecado es aterradora, y más cuando puede surgir una discusión o un desacuerdo de ello. Sin embargo, ignorar la confrontación no solo sería una falta de amor hacia el hermano que ha pecado, sino también un pecado de omisión: no obedecer el mandato de Jesús. Pablo le reitera este punto a la iglesia de Corinto cuando enfatiza la seriedad del pecado (1Co 5:9-13). Pablo escribe: «¿No son ustedes los que deben juzgar a los de adentro? Dios juzgará a los de afuera. Expulsen al malvado de entre ustedes» (1Co 5:12-13). El temor a tener conversaciones incómodas que sabemos que podrían provocar discusiones puede llevarnos fácilmente a cometer pecados de omisión.
Aunque sin duda hay más consecuencias del temor a las discusiones que podríamos enumerar, una de las que más nos afecta es la atrofia espiritual en la apologética. Pedro escribe a los que están en la dispersión: «Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que pida razón de la esperanza que hay en ustedes» (1P 3:15). En este caso, Pedro responde a los considerables sufrimientos que padecen los cristianos, un temor diferente del cual hablaremos en un momento. Aun en el sufrimiento, Pedro le ordena a los cristianos dispersos por la región que estén siempre dispuestos a defender su fe en Cristo. Cuando tememos las discusiones, las confrontaciones o los desacuerdos, nuestra tendencia natural será evitar defender nuestra fe. Sucumbir al miedo al hombre puede frenar nuestro crecimiento espiritual y dejarnos sin preparación para defender la esperanza que llevamos dentro.
Desprecio y rechazo
Si el miedo a la vergüenza se relaciona principalmente con los círculos sociales, el temor al ser despreciados abarca las áreas profesional y personal. Estas son las áreas de tu vida a las que dedicas la mayor parte de tu tiempo, energía, esfuerzo y pensamiento, ya sea como empleado, estudiante, empresario, jubilado, aficionado o mientras estás en casa. Sin importar cuál sea esa área, nadie aspira a fracasar y ser rechazado. Y si fracasas, que probablemente lo harás, entonces vas a desear tener éxito y ganar la reputación de hacer bien tu trabajo. El miedo a que la gente manche tu reputación o piense mal de ti puede presionarte a la desobediencia pecaminosa o a complacer a los demás para obtener un reconocimiento favorable.
El miedo al rechazo es a menudo tan simple como la presión que sufrimos en nuestro trabajo o por parte de nuestros compañeros, que intenta disuadirnos de obedecer a Dios. En la Escritura vemos como durante la Fiesta de los Tabernáculos la gente hablaba de Jesús (Jn 7:11-13). Algunos decían que era un buen hombre, mientras que otros pensaban que estaba descarriando a la gente (Jn 7:12). Sin embargo, había algo en lo que todos coincidían: nadie hablaba abiertamente de él «por temor a las autoridades judías» (Jn 7:13). Más adelante, Juan nos explica por qué la gente tenía tanto miedo: «los judíos ya se habían puesto de acuerdo en que si alguien confesaba que Jesús era el Cristo, fuera expulsado de la sinagoga» (Jn 9:22 LBLA). Los líderes religiosos utilizaban la expulsión de la adoración colectiva y de la comunión como una herramienta para disuadir a la gente de conocer, seguir y creer en Jesús. Aun durante su última semana en Jerusalén, «muchos de ellos, incluso muchos de los jefes, creyeron en él, pero no lo confesaban porque temían que los fariseos los expulsaran de la sinagoga» (Jn 12:42). Este es el mismo tipo de presión profesional o social que hoy disuade a la gente de seguir a Jesús.
Complacer a la gente es otra expresión del miedo a ser rechazado personal o profesionalmente. Ya vimos cómo el temor del rey Saúl a los israelitas lo presionó para que tratara de satisfacer los deseos de ellos (1S 15:24-25). En el Nuevo Testamento vemos como, al defender su visión del evangelio, Pablo plantea un desafío a los gálatas, «Entonces, ¿busco ganarme la aprobación humana o la de Dios? ¿Piensan que procuro agradar a los demás? Si yo buscara agradar a otros, no sería siervo de Cristo» (Ga 1:10). Cuando Pablo anima a sus colaboradores a valerse de su posición para glorificar a Cristo, les dice que no lo hagan para agradar a la gente, como hacen algunos, sino que trabajen para glorificar a Dios de corazón (Ef 6:6; Col 3:22-23). Queremos complacer a la gente cuando la motivación de nuestras actividades, acciones y palabras proviene del deseo de satisfacer a un superior o subordinado para nuestro beneficio. El temor al rechazo puede llenarnos de tal ansiedad que, antes de que nos demos cuenta, somos esclavos de los deseos de quienes nos rodean en lugar de serlo del Dios que nos ama.
Opresión o sufrimiento
El temor al sufrimiento es el tipo de miedo más extenso, ya que abarca tanto el sufrimiento físico como el sicológico. Las personas son pecadoras y cometen diversos actos de maldad contra los demás, y el sufrimiento puede ir desde el abuso verbal hasta la tortura física. Las personas crueles suelen utilizar el dolor físico o un vocabulario sádico para coaccionar a los demás a hacer lo que quieren. Si bien el temor al sufrimiento o a la muerte no siempre es pecaminoso, el temor a que la gente nos haga daño puede sofocar nuestra alegría, infundir un espíritu de timidez, destruir la confianza y atraparnos en una depresión silenciosa.
Abram experimentó este tipo de temor al sufrimiento físico al viajar por Egipto. Él sabía que Sarai era excepcionalmente hermosa y pensó que los egipcios podrían intentar matarlo por ser su esposo (Gn 12:10-12). Como hemos dicho, el temor al hombre influye en nuestras decisiones y revela lo que creemos. El miedo de Abram le llevó a decir una mentira: que era hermano de Sarai. Al enterarse de su belleza, el faraón le hizo regalos a Abram y tomó a Sarai como una de sus esposas. Como resultado, Dios afligió al faraón con grandes plagas (Gn 12:13-17). Sin la intervención de Dios, el miedo de Abram podría haber provocado que Sarai acabara siendo la esposa permanente del faraón.
El miedo a la muerte y al dolor físico no es algo sin importancia. En el Monte de los Olivos, Jesús pasó Su última noche antes de ser traicionado rogando al Padre: «si quieres, no me hagas beber este trago amargo; pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22:42). No cabe duda de que Jesús pensaba en soportar el juicio y la ira divinos por el pecado, pero también, humanamente hablando, probablemente pensaba en el dolor físico que estaba a punto de soportar en la crucifixión, el proceso de castigo romano que dio origen a nuestra palabra tortura. Siendo médico, Lucas señala que «estando en agonía, oraba con mucho fervor; y Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra» (Lc 22:44 LBLA). Esta es una afección física conocida como hematohidrosis, en la que sale sangre de las glándulas sudoríparas. Según se dice, Leonard Da Vinci describió una situación similar que le sobrevino a un soldado antes de entrar en batalla. Si bien la agonía de Jesús superaba el miedo al sufrimiento físico, ciertamente lo incluía.
Al igual que el dolor físico, el abuso verbal, las amenazas y la malicia pueden causar un miedo terrible y hacer que las personas sientan vergüenza, opten por el aislamiento y tengan poca o ninguna confianza en los demás. Estas heridas verbales pueden provenir del pecado cometido por nosotros o contra nosotros. Cuando caemos en pecado, personas crueles y sin amor pueden intentar aprovecharse de nuestras fallas para avergonzarnos y ridiculizarnos por nuestras acciones. Esta es en parte la razón por la que Santiago escribe: «¡Pues qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego! También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad» (Stg 3:5-6 LBLA). Satanás, el acusador, lo único que desea es que sintamos vergüenza y desesperanza a causa de nuestros pecados (Ap 12:10). Adicionalmente, nuestro miedo al sufrimiento puede surgir de pecados cometidos contra nosotros. Posiblemente hayas tenido un padre que siempre estaba enojado, que gritaba y peleaba, o que constantemente te desalentaba y te decía cosas crueles. O puede que tengas un jefe tirano que nunca está satisfecho, y que haga que el simple hecho de ir a la oficina sea una experiencia aterradora, y siempre te estés preguntando cuándo va a estallar de nuevo. Quizá se trate de un cónyuge que, aunque no es cruel, hace años que no te hace un cumplido. Sin importar qué sea, sin una transformación, el miedo al sufrimiento puede empujarnos a una prisión de aislamiento, complacencia y depresión.
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Discusión y reflexión
- ¿Cuáles son tus objetivos financieros? Escribe todos los que te vengan a la mente. Escribe también cuáles tus miedos financieros, ¿en qué se parecen o se diferencian de tus objetivos financieros? Estos temores, ¿son un reflejo de la confianza en Dios o de la confianza en el hombre?
- ¿De qué manera tus temores a la vergüenza pueden estar llevándote al pecado? ¿De qué forma pueden estar privándote de la alegría de vivir? ¿Qué cosas harías o intentarías hacer si no tuvieras miedo de pasar vergüenza?
- ¿De qué manera te enfrentas a la presión que tu trabajo los demás ejercen sobre ti? ¿Quiénes son los causantes de esta presión y cuáles crees que son las causas de que los veas de esta manera?
- ¿Con qué frecuencia te descubres hablando de tus propios logros o éxitos? ¿Crees que puedes estar cayendo en un orgullo jactancioso por el deseo de ser reconocido? ¿Cómo puedes averiguarlo?
- ¿De qué manera luchas contra el deseo de agradar a la gente? ¿Quiénes son las personas que inmediatamente te vienen a la mente y qué papel desempeñan en tu vida?
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Parte II: The Fear of God
El temor que echa fuera el temor.
Todavía recuerdo mi primera vez en un funeral de la Marina. Estábamos despidiendo a un soldado caído y compañero de equipo. Era un día inusualmente gris y nublado para el perpetuamente soleado San Diego, California. Uno de mis compañeros de unidad subió por un pequeño escenario con su impecable uniforme blanco de la Marina hasta un podio solitario con un inmenso telón de fondo con la bandera estadounidense, que ondeaba devotamente con la brisa del océano. No recuerdo todas sus palabras, pero su oración final me ha acompañado hasta el día de hoy. Lamentablemente, es una oración que a menudo escucho en estos actos conmemorativos y que involuntariamente he memorizado. Aunque es sencilla, sigue siendo poderosa:
«Señor, no permitas que me muestre indigno de mis hermanos».
Steven Pressfield recita esta misma oración en su breve libro The Warrior Ethos. En su análisis de la cultura guerrera espartana, sostiene que el miedo al sufrimiento y a la muerte en la batalla es desechado por el amor al hermano de armas. Una de las cosas que afirma es que en la batalla de las Termópilas, cuando los últimos espartanos se dieron cuenta de que todos iban a morir, Dienecés ordenó a sus compañeros que «lucharan solo por esto: por el hombre que está a su lado. Él lo es todo, y todo está contenido en él». Para Pressfield, esta emoción y creencia que echa fuera el temor es el «amor», y sabemos por las Escrituras que Pressfield está en lo cierto, aunque quizá no de la forma que él piensa. En la cultura griega, la ciudad o la Polis era el centro de la seguridad. La vida giraba en torno a la ciudad y el pueblo era tan poderoso como lo era su ciudad. Para los guerreros profesionales, defender la ciudad era su identidad. Ser considerado un cobarde o no estar dispuesto a luchar y dar su vida habría sido lo más vergonzoso y humillante, algo mucho peor que la muerte. La oración del guerrero destaca que, aunque ciertamente hay un amor de por medio, también hay un temor que echa fuera el miedo. En este caso, el miedo a ser indigno de los hermanos.
En las Escrituras se enseña, tal y como argumenta Pressfield, que el amor echa fuera el temor. En 1 Juan 4:18 se lee: «En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor». Dios deja claro a través de Su inspiración de la carta de Juan que el amor perfecto echa fuera el temor. Pero dentro del contexto de la carta, se trata de un temor en particular. Justo antes de este pasaje, Juan escribe: «En esto se perfecciona el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio, pues como Él es, así somos también nosotros en este mundo» (1Jn 4:17 LBLA). El tipo de temor que el amor perfecto de Dios echa fuera es el temor al juicio en el día final. Nuestra posición en el amor perfecto de Cristo consolida nuestra esperanza futura de una eternidad con Él y, por tanto, echa fuera el temor al juicio. Este texto no sugiere que los cristianos ya no deban tener ningún tipo de temor. Por el contrario, lo que enseña el consejo de la Escritura es que el temor echa fuera el temor. En concreto, una comprensión correcta del carácter y el amor de Dios es la base de nuestro temor a Él.
La diferencia entre temores
Para entender y combatir adecuadamente los diversos temores del hombre, tenemos que empezar por donde comienza el temor. La primera mención bíblica del temor la encontramos en relación a Adán después de que él y Eva pecaran y trataran de esconderse de Dios (Gn 3:10). En el momento en que Adán y Eva pecaron, experimentaron algo que no habían experimentado antes: un temor malsano de Dios. Debido a la bondad y santidad de Dios, la humanidad pecadora ahora se encuentra separada de Él y necesita desesperadamente la reconciliación. El temor de Dios es, por tanto, la sensación que experimenta una criatura pecadora imperfecta cuando contempla a su perfecto y santo Creador. Edward Welch afirma que el temor al hombre se produce cuando la gente es grande y Dios pequeño.2 De forma inversa, el temor a Dios se produce cuando Dios es grande y la gente pequeña. Y dado que el temor es una combinación de emoción y creencia, lo que creamos sobre nuestra posición ante Dios influirá directamente en los sentimientos que tengamos hacia Él.
El temor a Dios se fundamenta en Su bondad y santidad, y es algo a la vez grandioso y aterrador de contemplar. Proverbios 1:7 dice: «El temor del SEÑOR es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina». Tanto el conocimiento como la sabiduría son cosas buenas que comienzan con un temor correcto hacia Dios, porque Él es perfecta e intrínsecamente bueno. En 1 Crónicas 16:34, se puede leer: «Den gracias al SEÑOR porque él es bueno; Su gran amor perdura para siempre». Asimismo, el Salmo 86:11 subraya aún más esta relación entre la bondad de Dios y nuestro temor: «Instrúyeme, SEÑOR, en tu camino para conducirme con fidelidad. Dame integridad de corazón para temer tu nombre». Instrucción, verdad y temor se combinan en este pasaje como cosas buenas que se centran en Dios. También el Salmo 33:18 combina el amor de Dios con el temor a Él: «Los ojos del SEÑOR están sobre los que le temen; de los que esperan en Su gran amor». Aunque es sumamente bueno, también tememos a Dios porque es absoluta y aterradoramente santo.
Cuando el hombre se encuentra con Dios, la reacción constante es el temor y el temblor. El profeta Isaías relata haber sido conducido a las huestes celestiales y estar ante Dios. Esta es la forma en que Isaías narra su experiencia: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros y mis ojos han visto al Rey, al SEÑOR de los Ejércitos» (Is 6:5). Y cuando Moisés pide ver la gloria de Dios, el Señor le responde: «No puedes ver Mi rostro; porque nadie me puede ver, y vivir» (Ex 33:20). Además, Ezequiel cuenta que, cuando vio la gloria del Señor en una visión, cayó inmediatamente sobre su rostro (Ez 1:28). El temor a Dios, provocado por la comparación de nuestra pecaminosidad con Su perfección, se extiende aún más cuando consideramos el alcance del conocimiento, la presencia y el poder ilimitados de Dios.
Algo intrínseco al carácter soberano de Dios es Su omnisciencia: Dios lo sabe todo. Dios conoce perfectamente todas las cosas, incluso a sí mismo (1Co 2:11). Él conoce todas las cosas actuales y todas las posibles, y las conoce todas instantáneamente desde antes del tiempo (1S 23:11-13; 2R 13:19; Is 42:8-9, 46:9-10; Mt 11:21). En 1 Juan 3:20 se dice que «Dios lo sabe todo». Y el mismo David describe el conocimiento de Dios escribiendo: «SEÑOR, tú me examinas y me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun a la distancia me lees el pensamiento» (Sal 139:1-2). Cuando Jesús realiza el milagro en las bodas de Caná, el Evangelio de Juan relata Su conocimiento por la presencia del Espíritu Santo: «muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. En cambio, Jesús no confiaba en ellos porque los conocía a todos» (Jn 2:23-24). En Su soberanía, Dios conoce todas las cosas, y es por ello que Jesús nos dice que nuestro Padre celestial sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos (Mt 6:8). Además de basarse en Su perfecta omnisciencia, el temor de Dios se debe también a Su omnipresencia.
Dios no es solo omnisciente de los mundos reales y posibles, sino también omnipresente: todo presente en todos los espacios y lugares. Dios no está limitado por dimensiones físicas, pues «Dios es espíritu» (Jn 4:24). Como Creador del universo, no está limitado a él. Deuteronomio 10:14 dice: «Al SEÑOR tu Dios pertenecen los cielos y lo más alto de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella». Con todo, la presencia de Dios no significa que actúe de igual modo en todos los espacios y lugares. Consideremos el contraste entre un pasaje como Juan 14:23, donde se dice que Dios hace Su morada con el hombre, y el de Isaías 59:2, donde Dios se aparta a causa de la pecaminosidad de Israel. Estando igualmente presente, Su presencia puede traer bendición o justicia. Por tanto, la idea de la cercanía o lejanía de Dios depende de la disposición que Él tiene respecto a Sus criaturas y a la creación en general, en el espacio, lugar y tiempo (Jer 23:23-25). Sin embargo, Dios siempre está perfectamente presente en todos los espacios y lugares todo el tiempo.
La omnisciencia y la omnipresencia de Dios se complementan con Su inmensa omnipotencia ilimitada: es todopoderoso. Todo lo que Dios desea hacer lo puede hacer; nada es demasiado difícil para Él (Gn 18:14; Jer 32:17). Pablo escribe que Dios puede «hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros» (Ef 3:20). De igual manera, cuando el ángel Gabriel visitó a María, le dijo que «para Dios no hay nada imposible» (Lc 1:37). Lo único imposible para Dios es actuar en contra de Su propio carácter. Por esta razón, el autor de Hebreos afirma que «es imposible que Dios mienta» (Heb 6:18 LBLA). Cuando se trata de cumplir y llevar a cabo Sus propósitos, nada puede trastornarlo, Él lo conseguirá (Is 40:8, 55:11). Por tanto, la omnipotencia de Dios, unida a Su omnipresencia y omnisciencia, amplía la distancia entre nuestra imperfección y Su perfección.
Cuanto más pensemos en la trascendencia de Dios, más experimentaremos el auténtico terror ante nuestra otredad, pero también la admiración y el asombro ante Su bondad. Este asombro debería llevarnos a adorar a Dios por Su benevolencia amorosa, Su gracia, Su longanimidad y Su perdón. Cuando Moisés subió al monte Sinaí, el Señor proclamó Su nombre y dijo: «El SEÑOR, el SEÑOR, Dios compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene Su amor hasta mil generaciones después y que perdona la maldad» (Ex 34:6-7). De la misma manera, después de haber enumerado la iniquidad y los pecados de Israel, el profeta dice: «Por eso el SEÑOR los espera, para tenerles piedad; por eso se levanta para mostrarles compasión. Porque el SEÑOR es un Dios de justicia. ¡Dichosos todos los que en él esperan!» (Is 30:18). Y la máxima expresión de esta misericordia y justicia tiene su punto culminante en la crucifixión de Jesucristo. Aquí, en la cruz, «Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:8 LBLA). Ya no hay condenación por el pecado para aquellos que creen en Jesucristo como Señor (Ro 8:1).
Experimentar el temor a Dios es al mismo tiempo temblar de terror ante su trascendencia y adorarlo sobrecogido por su benevolencia.
Anteriormente, definimos el temor al hombre como la emoción que surge al creer que un individuo o grupo de personas tiene el poder de quitarte o darte algo que crees necesario o deseable. Esto influye en las acciones que tomas encaminadas a lograr un resultado favorable. En pocas palabras, el temor al hombre es tener miedo de la gente.
En comparación, un temor recto hacia Dios es la emoción que surge de creer que Dios es infinitamente trascendente, con un poder ilimitado y justo, que destruirte eternamente y, sin embargo, se ofrece bondadosamente a perdonarte, sostenerte, darte poder y una herencia de vida eterna a través del sacrificio sustitutivo de Jesús. Paradójicamente, el temor de Dios consiste en ser cautivado por Dios.
Cuando somos cautivados por Dios dejamos de tener miedo de los hombres. El temor echa fuera el temor. Un temor correcto de Dios nos lleva a renunciar a nuestro temor al hombre porque estamos creyendo algo totalmente diferente. Cuando comprendemos correctamente que solo Dios puede suplir lo que necesitamos y deseamos desesperadamente, ya no vemos a las personas como las que tienen el poder, sino a Dios. Así, al ser cautivados, al temer a Dios, aprendemos a desear hacer Su voluntad —creyendo que es genuinamente lo mejor para nosotros—.
El temor a Dios nos lleva a desear Su voluntad
Un temor correcto de Dios nos lleva a encontrar Su voluntad. Una vez que sabemos quién es Dios, nos vemos ante la decisión de aceptar o rechazar Su gobierno. No hay alternativas. O niego el gobierno de Dios o caigo a Sus pies y me rindo a Su voluntad. Para los que tememos correctamente a Dios, Su trascendencia junto con Su bondad amorosa nos llama y nos obliga a alinear nuestras vidas con Sus deseos porque creemos que así nos irá mejor. Y este mejor para nosotros puede que sea algo que no ocurra en esta vida, sino en la vida eterna venidera. Esto lo vemos representado en múltiples historias inspiradoras de santos cautivados por Dios a lo largo de las Escrituras.
Desde muy joven, Daniel fue cautivado por Dios a pesar de ser un esclavo en Babilonia. Se rehusó a comer la comida del rey Nabucodonosor o beber su vino por su convicción de obedecer la Palabra de Dios (Dn 1:8). El jefe de los eunucos quería negar la petición de Daniel, temiendo que el rey pudiera castigarlo o matarlo si encontraba a Daniel en malas condiciones (Dn 1:10). En vez de eso, Dios bendijo a Daniel y le mostró Su favor.
Un tiempo después, los compatriotas de Daniel, Sadrac, Mesac y Abednego, se sintieron tan cautivados por Dios que se negaron a adorar la imagen de oro del rey Nabucodonosor y fueron condenados a arder vivos en un horno (Dn 3:8-15). Al ser interrogados por el rey, le respondieron: «Ciertamente nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente. Y de su mano, oh rey, nos librará. Pero si no lo hace… no serviremos a sus dioses ni adoraremos la estatua de oro que ha levantado» (Dn 3:16-18). Es importante destacar que su rendición a Dios eliminó el temor al sufrimiento y a la muerte. Ellos reconocieron que Dios tiene el verdadero poder sobre sus vidas, e incluso si él no decidía salvarlos, seguía siendo más digno que otros —y en efecto, Dios los salvó (Dn 3:24-30)—.
Esta misma historia se repite ahora años más tarde en la vida de Daniel, cuando es arrojado al foso de los leones por seguir orando a Dios; y milagrosamente el Señor le perdona la vida (Dn 6:1-28). Cuando estamos cautivados por Dios, nos rendimos completamente a Su voluntad.
Asimismo, cuando David se enfrentó a Goliat, ambos bandos pensaron que su situación era muy desfavorable. Antes que David llegara, todos los hombres de Israel que vieron a Goliat huyeron de él porque tenían mucho miedo (1S 17:24). Aun así, David respondió: «¿Quién es este filisteo incircunciso, que se atreve a desafiar al ejército del Dios viviente?»
(1 S 17:26). De igual manera, cuando Saúl encontró a David, este le dijo: «¡Nadie tiene por qué desanimarse a causa de este filisteo! Yo mismo iré a pelear contra él… El SEÑOR, que me libró de las garras del león y del oso, también me librará de la mano de ese filisteo» (1S 17:32, 37). David temía mucho más al poder de Dios que al poder del hombre, incluso de uno tan temible como Goliat. Dios decidió utilizar a este joven cautivado por él para declarar que «la batalla es del SEÑOR» (1S 17:47). El poder de Dios es tan superior al del hombre que puede usar hasta un pastorcillo para derrotar a un gigante guerrero.
De igual modo, Esteban, antes de ser ejecutado, debió darse cuenta de la ira que se reflejaba en los rostros de la multitud judía mientras les explicaba el evangelio de Jesucristo. Pero a medida que ellos se enfurecían peligrosamente, Esteban se sintió cada vez más cautivado por Dios, y Él le concedió una visión de Jesús de pie a Su diestra (Hch 7:54-56). Al compartir esto, la multitud gritó, se taparon los oídos y se abalanzaron sobre él (Hch 7:58). Un correcto temor de Dios nos lleva a desear hacer Su voluntad, incluso si eso significa experimentar dolor y sufrimiento.
Finalmente, Hebreos nos registra una gran nube de testigos fieles que fueron cautivados por Dios. Podríamos hablar extensamente de cuando Abraham se rindió a la voluntad de Dios al ofrecer a Isaac; o de los 20 años de cautiverio que pasó José a causa de la traición de sus hermanos; o de cómo Moisés y Aarón se rindieron a la voluntad de Dios en Egipto; o de cualquiera de los profetas con sus historias tan excepcionales de rendirse al temor a Dios antes que al temor al hombre. Sin embargo, ninguna de estas historias nos anima y nos capacita para vencer el miedo de forma tan poderosa como el evangelio de Jesucristo. En la Parte III, exploraremos cómo nuestra unión con Cristo nos permite rendirnos a la voluntad de Dios y vencer nuestros temores al hombre.
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Discusión y reflexión
- Cuando piensas en Dios, ¿qué es lo primero que te viene a la mente? ¿Dirías que temes a Dios? ¿Por qué sí o por qué no?
- ¿A quién crees que temes más, a la gente o a Dios? ¿Por qué crees que es así?
- ¿Qué fue lo último que te causó estrés, preocupación o ansiedad? ¿Fue causado por algún temor al hombre? Si es así, ¿cuál? ¿Cómo podría un correcto temor de Dios dirigir tu corazón hacia la verdad?
- ¿De qué manera tu temor a Dios te lleva a rendirte a Su voluntad? Si no es el caso, ¿qué crees que te impide rendirte? ¿Existe un área específica de tu vida que sabes que es difícil o que no estás dispuesto a entregársela a Dios?
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Parte III: Vencer Rindiéndose
Un correcto temor a Dios echa fuera el temor al hombre, ya que nos conduce a la voluntad de Dios. ¿Y cuál es la voluntad de Dios? Ante todo, Dios desea que todas las personas se salven (1Ti 2:4). Cuando creemos en Jesucristo como Señor de nuestras vidas, las Escrituras dicen que estamos unidos a él por la inhabitación del Espíritu Santo. Jesús lo describe de esta manera: «El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que he dicho» (Jn 14:26). Cuando confesamos nuestros pecados y creemos en Jesucristo como Señor, Dios nos perdona y nos une a Su Hijo (Ro 10:9). Así pues, para superar nuestro miedo al hombre debemos rendirnos a Aquel que ha vencido.
Puede que nos parezca trillado decir que nuestro miedo al hombre se vence rindiéndonos a Cristo. Tal vez pienses: «eso es demasiado simple. ¿No hay alguna respuesta sicológica mejor o un programa de autoestima que pueda ayudarme a conquistar mi temor al hombre? ¿No me sentiría más confiado y valiente si fuera más apuesto, asistiera a una universidad más prestigiosa, comprara ropa nueva, saliera con una persona atractiva, o consiguiera un trabajo bien remunerado?» En realidad, no; no te sentirías mejor. Lo único que harías sería caer aún más profundo en el temor al hombre. Así que la respuesta simple es la correcta: solo a través de la entrega a Cristo podemos conquistar el temor al hombre.
Pablo describe con mayor detalle cómo el Espíritu Santo nos une a Cristo. Escribe, por ejemplo
Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de Su Espíritu, que vive en ustedes… ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!» (Ro 8:11, 15).
También, en una carta aparte dirigida a las iglesias de Galacia, Pablo escribe: «He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2:20). Cuando somos unidos a Cristo, recibimos Su poder, con el que se enfrentó y conquistó los temores del hombre.
Gracias a nuestra unión con Cristo, vencemos mediante la entrega continua a Él. Incluso en la cárcel, Pablo pudo decir: «Considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse a nosotros» (Ro 8:18). Tenemos la plena confianza de que podemos afrontar cualquier circunstancia, pues «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito… ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro o la espada?» (Ro 8:28, 35). La implicación aquí es: ¡nada! Nada puede separarnos de nuestra unión con Cristo, de que el Espíritu Santo haga Su morada en nosotros y de nuestra morada eterna con Dios. Por eso, podemos decir que «en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Ro 8:37). Vencemos rindiéndonos a Cristo.
Ahora bien, ¿cómo se traduce esto en la práctica? Cuando me enfrento al temor al hombre, ¿cómo es que mi entrega a Jesús me ayuda a conquistar mis temores? En los próximos párrafos, veremos brevemente cómo el rendirnos a Cristo transforma lo que pensamos que necesitamos y queremos. Esto es mucho más que un simple cambio de perspectiva o de mentalidad: se trata de convertirnos en una persona nueva, de parecernos más a Cristo. Recordemos que nuestros miedos surgen de nuestras creencias sobre quienes pensamos que pueden proporcionarnos lo que necesitamos y queremos. Por tanto, vencer nuestros miedos requiere que nos transformemos en aquello que Cristo desea para nosotros.
Venciendo nuestro temor en las finanzas
Cuando nos rendimos a Cristo, él cambia nuestra forma de pensar sobre nuestras necesidades y deseos financieros. Jesús nos recuerda,
No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6:19-21).
De esa manera, él continúa consolando a Su audiencia presentando el carácter omnisciente de Dios, que sabe exactamente lo que necesitamos y es omnipotente para proporcionárnoslo (Mt 6:25-33). Pero a menudo el problema de nuestro miedo a la inseguridad económica no tiene que ver tanto con lo que necesitamos sino más bien con lo que queremos.
Rendirnos a Jesús hace que nuestros deseos dejen de ser terrenales y pasen a ser celestiales. Ahora bien, esto no significa que debamos ser imprudentes con nuestras finanzas o dejar de ahorrar e invertir diligente y adecuadamente. Lo que sí significa es que debemos recalibrar lo que creemos acerca de las finanzas para alinearlo con las palabras de Jesús, quien dijo que es mejor dar que recibir (Hch 20:35) y que no se puede servir a Dios y al dinero (Mt 6:24). Nuestra posición financiera, por grande o pequeña que sea, es un don de Dios con el que debemos honrarlo. Cuando alineamos nuestras creencias financieras con Cristo, nuestro temor a las personas que pueden influir en nuestra posición financiera se disipa.
Dicho de manera simple, Jesús cambia lo que quieres. Ya no creerás que necesitas esa enorme casa en un terreno con piscina para experimentar la felicidad. Tampoco hará falta tener el último y mejor sedán, camioneta o SUV para encontrar la alegría. Ni siquiera será necesario un magnífico plan de retiro 401K o Roth IRA para disfrutar de una jubilación libre de preocupaciones o sufrimiento. Serás liberado de la mentira de que la riqueza te traerá alegría. Serás libre de estar cautivo por el miedo de que solo ciertas personas pueden proveerte esa riqueza. Esto es así, gracias a que sabes y crees que tu verdadera riqueza se encuentra en la persona de Jesucristo, que ha ido a preparar tu hogar para una herencia eterna. Esta creencia es mucho más que una simple satisfacción. Es rendirse a creer que lo que Jesús dijo es verdad y que Dios —y no el hombre— tiene poder y conocimiento ilimitados para proveer todo lo que realmente queremos.
Venciendo el temor a la vergüenza
Cuando nos rendimos a Cristo, Él se convierte en la relación más importante de nuestra vida. Jesús dijo: «Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14:26). La unión a la persona de Cristo significa rendirse a Él como Señor de toda otra relación, incluso de nuestra propia vida. Para vencer por medio de Cristo es necesario que estemos en Él: debemos estar dispuestos a renunciar a todo lo que tenemos por amor a Él (Lc 14:33). Nuestro temor a lo que la gente piense de nosotros queda eclipsado y dominado cuando nos preocupa más lo que Jesús piense de nosotros.
Cuando Cristo está en el trono de nuestros corazones, podemos vencer nuestro temor a la vergüenza, porque vivimos para una sola audiencia. Podemos decir junto con Pablo: «No me avergüenzo del evangelio», porque Jesús es nuestra vida (Ro 1:16). Las personas pueden decir cosas hirientes y burlarse de nosotros. Asimismo, es posible que terminemos con menos amigos. Pero nuestra posición en Jesucristo nos dice que somos perfecta y completamente amados y también adoptados en la familia de Dios. En Su amorosa bondad, Dios ha pasado por alto nuestro pecado y ha elegido perdonarnos en Cristo. Además, tenemos una herencia eterna segura en la que Jesús ha hecho un hogar para nosotros. Teniendo en cuenta esta convicción, ya no tememos lo que la gente pueda pensar o decir de nosotros —ya sea en nuestra cara o a nuestras espaldas— porque vivimos para el Rey Jesús.
Venciendo nuestro temor a las discusiones
De la misma manera, cuando nos rendimos a Jesús, podemos abordar las discusiones, los desacuerdos y las confrontaciones con un corazón lleno de amor y confianza. En lo que se refiere a la confrontación sobre la fe, Jesús les ordenó a sus discípulos: «No se preocupen por lo que van a decir o cómo van a decirlo. En ese momento se les dará lo que han de decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino que el Espíritu de su Padre hablará por medio de ustedes» (Mt 10:19-20). Dios puede proveernos exactamente lo que necesitamos cuando lo necesitamos. Nuestra tarea consiste en fijar nuestra mirada en Jesús y vivir para Él sin avergonzarnos.
Cuando se trata de asuntos terrenales ajenos a las discusiones de la fe, el éxito de un creyente en una discusión, desacuerdo o confrontación no viene determinado por el resultado, sino por el proceso. Nuestro objetivo es hablar con amor, considerar la perspectiva de la otra persona, desear lo mejor para ella, servirla antes que servirnos a nosotros mismos y, en última instancia, glorificar a Jesús a través de la forma en que amamos a nuestro prójimo. Jesús lo expresa así cuando dice: «Si alguien te obliga a llevarle la carga una milla, llévasela dos» (Mt 5:41). Esto no significa que los cristianos hayan sido llamados a ceder sus opiniones a los deseos de los demás y dejarse pisotear. Sin embargo, sí significa que afrontamos los conflictos de forma diferente. No permitimos que cristianos profesos mantengan un comportamiento pecaminoso porque los amamos. Decidimos hacer frente a cualquier pregunta difícil sobre la vida, Dios y las Escrituras, que los no creyentes puedan tener por amor a ellos. Nuestro temor a las discusiones es conquistado por nuestra unión a Cristo y nuestro deseo de glorificar y honrar Su nombre.
Venciendo nuestro temor al rechazo
Al rendirnos a Cristo, somos aceptados en la familia perfecta de Dios. Jesús dice en Marcos 3:35: «Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre». Al estar unido a Cristo, Dios es tu Padre, el cielo es tu hogar y la iglesia es tu familia. Nada puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús. Cuando nuestro enfoque está en complacer a nuestro Salvador, vencemos la tentación de complacer o satisfacer a los demás. Esto también nos libera para amar a la gente de la misma manera que Cristo nos ha amado —abundante e incondicionalmente—.
El rechazo de las personas en el mundo no es algo que debas temer —de hecho, es algo que asumes que ya ha sucedido—. Jesús mismo expresa esto durante Su oración sumosacerdotal: «Yo les he entregado tu palabra y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Jn 17:14). Por eso, cuando nos unimos a Jesús, nos desarraigamos del mundo: «Porque nada de lo que hay en el mundo —los malos deseos de la carne, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida—, proviene del Padre, sino del mundo» (1Jn 2:16). Ahora la Iglesia es el lugar donde encontramos nuestras relaciones porque reconocemos que no tenemos nada en común con el mundo. La presión de los demás o de nuestros colegas de profesión se disipa cuando nos rendimos a Cristo y encontramos en Él la respuesta a nuestro deseo de aceptación.
Venciendo nuestro temor al sufrimiento
Cuando nos rendimos a Cristo, aceptamos el sufrimiento como el medio por el que nos asemejamos a Él. En la Escritura vemos que Pablo habla de esto diciendo que por amor a «Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo» (Fil 3:8 LBLA). También Pedro nos dice que debemos esperar sufrir: «Queridos hermanos, no se extrañen del fuego de la prueba que están soportando, como si fuera algo insólito. Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo» (1P 4:12-13). Si Jesús sufrió, nosotros debemos esperar sufrir también. Esto no hace que el sufrimiento sea agradable, sino soportable, porque sabemos que nos estamos pareciendo más a Él. Nuestra unión a Cristo cambia nuestros deseos de comodidad por los de semejanza a Cristo.
Ahora bien, el sufrimiento no es algo que debamos buscar, pero tampoco debe sorprendernos. Es importante recordar que Pablo y Pedro hablan del sufrimiento por estar unidos a Cristo. Cuando experimentamos dolor porque estamos en pecado, quebrantando la ley, o tomando decisiones imprudentes, no deberíamos considerar eso como sufrimiento —sería mejor identificarlo como disciplina—. Sin embargo, el miedo al sufrimiento no debe impedirnos caminar en obediencia a Cristo, porque, si le estamos entregando nuestros deseos, ambiciones y vidas a Él, podemos esperar sufrir en cierta medida lo que él mismo sufrió.
Discusión y reflexión
- Recuerda tus metas financieras de la Parte I. ¿Crees que estas metas reflejan un corazón que se ha rendido a Cristo y desea un tesoro en el cielo? ¿Por qué sí o por qué no?
- Piensa en tus temores a la vergüenza de la Parte I. ¿Cómo te ayuda tu unión a Cristo a superar y vencer estos temores? ¿Te han impedido tus miedos a la vergüenza compartir el evangelio con alguien? Ora para que Dios te dé la oportunidad de superar ese temor.
- ¿Hay alguien a quien actualmente evitas porque no quieres entrar en una discusión o desacuerdo? ¿Cómo crees que puedes demostrarles el amor que Cristo te ha mostrado?
- ¿Cómo afecta el que Jesus te haya aceptado a tu capacidad de amar a aquellos a los que tienes la tentación de complacer? ¿En qué se diferencia amarlos de intentar complacerlos?
- ¿Estás experimentando algún sufrimiento en tu vida? ¿Cuál crees que es la causa de ese sufrimiento? Si esto se debe a que eres cristiano, ¿de qué manera te está haciendo parecerte más a Cristo? ¿Hay algo que hayas decidido no hacer por miedo al dolor o al sufrimiento? ¿De qué manera el hecho de entregarte a Cristo cambia tu forma de abordar ese tema?
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Conclusión
Eric Liddell conquistó su temor al hombre a través de su entrega a Cristo —y así mismo ganó su carrera olímpica—. Pero conquistar el temor al hombre no siempre conduce a recibir coronas de hiedra y medallas de oro.
En 1937, tan solo unos cuantos años después de la legendaria carrera de Eric, un joven pastor germano publicó un libro en alemán titulado Nachfolge, que en español significa el «Acto de seguir». En este libro, el joven pastor hablaba de la diferencia entre la gracia barata y la gracia costosa.
La gracia barata es la predicación del perdón sin el arrepentimiento, el bautismo sin disciplina eclesiástica, la comunión sin confesión. La gracia barata es la gracia sin el discipulado, la gracia sin la cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado… La gracia costosa es el tesoro escondido en el campo; por él, un hombre va y con gusto vende todo lo que tiene… Es el llamado de Jesucristo por el cual el discípulo deja sus redes y lo sigue.
El libro de Dietrich Bonhoeffer se publicó cuando fue destituido como profesor de teología sistemática de la Universidad de Berlín. Poco tiempo después, su seminario clandestino en Alemania para la Iglesia Confesante fue descubierto por la Gestapo, que clausuró el seminario y arrestó a unos 27 pastores y estudiantes. A medida que las presiones aumentaban, en 1939 surgió la oportunidad de enseñar en el Union Theological Seminary de Nueva York y escapar del sufrimiento que se avecinaba en Europa. Bonhoeffer la aceptó, e inmediatamente se arrepintió. Estaba convicto del llamado a rendirse a Cristo, y por ello sintió que estaba llamado a sufrir como Él. Dos semanas después regresó a Alemania.
El libro de Bonhoeffer es mejor conocido hoy como El costo del discipulado, y es famoso por su cita: «Cuando Cristo llama a un hombre, le pide que venga y muera».
El 5 de abril de 1943, Bonhoeffer fue finalmente arrestado. Tras predicar su último sermón, se inclinó hacia otro prisionero y le dijo: «Este es el final. Pero para mí, el principio de la vida».
Años después, un médico alemán que procedió a la ejecución escribió lo siguiente: «En los casi cincuenta años que trabajé como médico, casi nunca he visto a un hombre morir tan enteramente sumiso a la voluntad de Dios».
Bonhoeffer quedó cautivado por Dios y, mediante la entrega a Cristo, venció su temor al hombre. Pudo caminar tranquilo y confiado hacia su muerte física porque ya había muerto a sí mismo, había sido crucificado con Cristo, y su vida ya no era suya, sino de Cristo.
Notas Finales
- Edward T. Welch, When People Are Big and God Is Small: Overcoming Peer Pressure, Codependency, and the Fear of Man [Cuando la gente es grande y Dios es pequeño] (P&R Publishing), 1997.
- Edward T. Welch, When People Are Big and God Is Small: Overcoming Peer Pressure, Codependency, and the Fear of Man [Cuando la gente es grande y Dios es pequeño] (P&R Publishing), 1997.
Acerca del autor
JARED PRICE recibió su Doctorado en Ministerio Educativo del Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, Kentucky, y actualmente vive en San Diego, California, con su esposa Janelle y sus cuatro hijas: Maggie, Audrey, Emma y Ellie. Jared sirve como Comandante de Corbeta en la Marina de los Estados Unidos y como pastor en la Iglesia Doxa en San Diego. Es autor de SOLD: Marks of a True Disciple y creador de marksofadisciple.com. Antes de unirse a la Marina, Jared sirvió como pastor de jóvenes en Cornerstone Bible Church en Westfield, Indiana.
Tabla de contenido
- Parte I: El Temor Al Hombre
- Miedo económico
- Intimidación por vergüenza
- Enfrentamientos o desacuerdos
- Desprecio y rechazo
- Opresión o sufrimiento
- Parte II: The Fear of God
- La diferencia entre temores
- El temor a Dios nos lleva a desear Su voluntad
- Parte III: Vencer Rindiéndose
- Venciendo nuestro temor en las finanzas
- Venciendo el temor a la vergüenza
- Venciendo nuestro temor a las discusiones
- Venciendo nuestro temor al rechazo
- Venciendo nuestro temor al sufrimiento
- Discusión y reflexión
- Conclusión
- Notas Finales
- Acerca del autor