#7 Pureza sexual
Introducción: El “sí” de Dios
He aprendido más sobre la enseñanza de la moral sexual cristiana en los largos vuelos que he tenido que en ningún otro sitio. Esto te podría sonar extraño, así que permíteme explicarlo. Por “largos vuelos”, me refiero a vuelos de más de dos horas, el tiempo suficiente para entablar una auténtica conversación con el pasajero de al lado. Después de varias de estas conversaciones, empecé a notar que normalmente seguían un patrón bastante predecible: el pasajero a mi lado me preguntaba a qué me dedicaba, descubría que soy escritor y locutor cristiano, e inmediatamente me hacía una versión de las siguientes preguntas: “Entonces, ¿eso significa que estás en contra del sexo fuera del matrimonio? ¿El matrimonio entre personas del mismo sexo? ¿El aborto? ¿Las relaciones sexuales? ¿Las personas LGBT?”.
Al principio, intentaba responder a estas preguntas directamente, explicando las razones bíblicas por las que estoy en contra de la actividad sexual fuera del matrimonio entre un hombre y una mujer, el comportamiento homosexual, el asesinato de bebés no nacidos, las identidades de género alternativas y más. Pero luego de algunas conversaciones que me dejaron con un déjà vu y dieron poco resultado, empecé a reconsiderar mi respuesta. Me di cuenta de que al responder a las preguntas de mis acompañantes “¿estás en contra de…?”, estaba aceptando una premisa oculta: que el cristianismo es una fe que se define principalmente por sus “no”, es decir, por las cosas que prohíbe.
Así que me hice la pregunta: ¿Es esto cierto? ¿Es posible que mi fe no sea más que una lista de cosas que Dios prohíbe hacer? ¿Habré dedicado mi vida a defender y aplicar los dictados de un aguafiestas cósmico? ¿Se resume realmente la interpretación cristiana del bien y del mal en ese único y seco ladrido de la palabra “no”? Si es así, ¿vale la pena creer en el cristianismo?
No es casualidad que estas conversaciones a gran altura vuelvan una y otra vez a la cuestión del sexo. Nuestra cultura está obsesionada con él, y trata el atractivo, las experiencias y la orientación sexual como el pináculo de la identidad y el valor de un ser humano. Y mientras haya consentimiento, ¡todo vale! Ahora imagina cómo se ven los cristianos a través de los ojos de quienes se consideran sexualmente liberados. Volviendo a los años 90, si leemos cualquier libro cristiano sobre sexo, hay una sola palabra que se impone: “no”.
Durante el auge de lo que con frecuencia se llama la “cultura de la pureza” evangélica, algunos autores, pastores, conferencistas y maestros usaban constantemente esa palabrita: “No al sexo prematrimonial”, “No a las citas recreativas”, “No a los besos antes del compromiso”, “No a la ropa indecorosa”, “No a la lujuria”, “No a la pornografía”, “No a pasar tiempo a solas con el sexo opuesto”. No, no y no.
Por supuesto, no creo que la “cultura de la pureza” fuera tan torpe y contraproducente como lo sugieren los críticos de estos días. Algunos de esos “no” que acabo de enumerar son, después de todo, consejos buenos y piadosos. Pero en algún momento, la idea de que la moral cristiana —especialmente la moral sexual— consiste enteramente en los “no”, entró en la imaginación popular, y ahí se quedó. Creo que eso ha dañado mucho nuestra imagen como cristianos y nuestras oportunidades para compartir el Evangelio.
El término “pureza”, tan utilizado por los autores evangélicos durante mi adolescencia, evoca higiene, limpieza y separación de algo “sucio”. Decimos que el agua es “pura” cuando no tiene contaminantes. Si la ensuciamos, se vuelve impura. No es difícil imaginar cómo los lectores que se encuentran con esta palabra puedan llegar a la conclusión errónea de que el sexo en sí es la “suciedad” de la que los cristianos quieren preservarse, y que, por tanto, los cristianos no solo están obsesionados con la palabra “no”, ¡sino que también están en contra del sexo!
El problema no es necesariamente el término “pureza”, por supuesto (¡está en el título de esta guía!). Tampoco es la palabra “no”, que resulta ser una muy útil. El “no” puede llegar a salvar una vida. Soy padre, y hay pocas formas más rápidas o eficaces de evitar que mi hijo corra delante de un auto que viene en dirección contraria que gritando “¡no!”.
Ciertamente, no voy a darle a mi hijo de seis años una larga conferencia sobre física newtoniana para que cambie de opinión sobre desafiar a ese Dodge Challenger. “No” es una gran palabra. Salva constantemente a niños y adultos por igual de comportamientos absurdos, peligrosos, inmorales y autodestructivos.
Y, por suerte, es corta y fácil de gritar.
Dios también dice “no”. Y lo hace mucho. En el corazón de la Ley dada a su pueblo elegido, la cual le entregó a Moisés en medio de truenos y nubes de tormenta en el Monte Sinaí, hay una lista de Diez Mandamientos que han resonado a lo largo de la historia y hasta el día de hoy forman el centro de la ética judía y cristiana. No podemos ignorar el hecho de que estos mandamientos están dominados por los “no” (o para utilizar la versión inglesa King James, “no harás”).
Durante la mayor parte de la historia cristiana, los ocho mandamientos negativos han sido considerados como un resumen de la ley moral de Dios, o los principios eternos del bien y el mal que se basan en su propio carácter. “No hagas ídolos”, “No cometas adulterio”, “No asesines” y el resto son excelentes reglas morales. Obedecerlas era una condición para que Israel permaneciera en la Tierra Prometida, y Jesús mismo las reiteró (Mr 10:19). Estos mandamientos son perfectos, “refrescan el alma” (Sal 19:7). La Biblia celebra los “no” de Dios.
Sin embargo, cuando son tomados aisladamente del resto de las Escrituras, estos mandamientos pueden dar la impresión de que la moral bíblica consiste principalmente en oponerse a los pecados sin ofrecer una alternativa justa. Suenan igual a un padre que solo dice a sus hijos “¡No!”, “¡Basta!” y “¡No hagas eso!” sin darles nunca instrucciones sobre lo que les conviene hacer. ¡Es muy frustrante! Estos niños estarían mentalmente paralizados, siempre aterrorizados de actuar de cualquier manera por miedo a incumplir las normas de papá.
Además, los niños a los que solo se les dice “no” pueden llegar a sospechar que su padre no está realmente pensando en lo mejor para ellos. Pueden empezar a creer que lo que les niega es bueno o agradable, que la fruta que les ha prohibido es en realidad dulce, y que el mandato de su padre es una barrera para el conocimiento y la vida abundante. Incluso pueden sospechar que él sabe esto y deliberadamente quiere ocultárselos.
Si esto te suena familiar, es porque fue precisamente la mentira con la que la Serpiente engañó a Adán y Eva en Génesis 3. Esa serpiente, de la que sabemos por otras partes de las Escrituras que era Satanás, convenció a los primeros humanos de que Dios no estaba realmente de su parte, que les estaba ocultando deliberadamente algo bueno y saludable, y que les había mentido para evitar que participaran de esa bondad.
Por supuesto, Adán y Eva descubrieron al final que era la Serpiente quien había mentido. Lejos de retener algo bueno para sus hijos, Dios les había dado todo lo que podían desear para una vida plena y feliz: comida deliciosa, un hogar exuberante y hermoso, una deslumbrante variedad de animales como compañía y recursos naturales, ¡incluso una pareja sexual intachable con la que compartir el amor y tener hijos! Pero en medio de este maravilloso mundo lleno de “síes” de Dios, se centraron en su único “no”: no comas el fruto del Árbol del Conocimiento. Y nunca consideraron que ese “no” de Dios estaba ahí para preservar todos sus dones positivos. Y desde aquel día, todos hemos sufrido y muerto por su fracaso a la hora de entender el gran “sí” de Dios.
En esta guía de estudio, quiero explicar cómo la moral sexual cristiana —a lo que solemos referirnos como “pureza sexual”— puede parecerse a ese “no” del Edén. Sí, es cierto que no se nos permiten cosas que a veces nos gustaría hacer. No siempre tenemos claro el porqué Dios prohíbe esas acciones. Pero es vital que comprendamos (y ayudemos a los no creyentes a comprender) que esos “no” en los que insistimos los cristianos en lo que se refiere al sexo en realidad existen para proteger un “sí” hermoso, profundo y dador de vida.
Dios tiene un regalo que de todo corazón quiere darnos. Ese regalo es vida abundante como seres humanos —como seres sexuales—. Él quiere darnos este regalo sin importar si alguna vez experimentaremos el sexo o no (lo explicaré más adelante). Pero para entender por qué Dios dice “no” a tantas cosas que nuestros vecinos incrédulos o nuestros compañeros de vuelo celebran, tenemos que analizar su don y descubrir por qué nuestra cultura lo ha entendido tan trágicamente mal.
Audioguía
Audio#7 Pureza sexual
Parte I: Él no te está privando de nada bueno
No te estás perdiendo de nada
Al igual que ocurrió en el Jardín del Edén, el atractivo de desobedecer el “no” de Dios siempre parte de la mentira de que nos está ocultando algo bueno. Eso fue lo que la Serpiente le dijo a Eva. Y es lo mismo que todavía le dice a cada persona que quiere involucrarse en comportamientos que Dios prohíbe, especialmente en comportamientos sexuales.
Piénsalo de esta manera: todo aquel que se acuesta con su novia o novio, que consume pornografía, que tiene una aventura de una noche, que se involucra en una relación homosexual, o incluso que interrumpe un embarazo no deseado, está buscando algo que él o ella piensa que es bueno. Puede ser placer, conexión emocional, aliviar la soledad, un amor que nunca recibió, una sensación de poder o control, o escapar de las consecuencias de una mala elección anterior. Pero cada una de estas personas ve lo que busca como algo bueno y deseable, igual que Eva cuando tomó el fruto prohibido (Gn 3:6).
Los cristianos no somos la excepción. Aunque conocemos las reglas de Dios, seguimos siendo tentados por estos y otros pecados. Al observar las preocupaciones sexuales de los no creyentes, podemos tener la inquietante impresión de que nos estamos perdiendo la diversión. Creo que sabes de lo que estoy hablando: ese profundo cuestionamiento de que el estilo de vida que nuestra cultura celebra es realmente más emocionante, liberador y satisfactorio que el estilo de vida que Dios tiene para nosotros.
Antes de seguir, aclaremos una cosa: no obedecemos las reglas de Dios porque esperamos recompensas terrenales. Obedecemos a Dios porque Él es Dios y nosotros le pertenecemos.
Él nos creó, y (si somos cristianos) nos ha adquirido de nuevo al alto precio de la sangre de Cristo. Obedecemos porque es lo correcto. Pero una de las maneras de saber si algo que parece bueno es realmente bueno es observando sus consecuencias. Cuando analizamos las repercusiones de la forma en que nuestra cultura trata el sexo, queda claro que las promesas de emoción, liberación y plenitud son mentira.
Pensemos solo en un ejemplo: la cohabitación, la forma más común de establecer relaciones duraderas actualmente en los Estados Unidos. ¿Resulta en felicidad y amor duradero (que sigue siendo algo que la mayoría de las personas dicen desear)?1 Sin duda, mucha gente está convencida de que sí. De acuerdo con Pew Research, casi el sesenta por ciento de los adultos estadounidenses de entre 18 y 44 años han convivido con una pareja fuera del matrimonio en algún momento. Solo el cincuenta por ciento se ha casado alguna vez.2 En otras palabras, la cohabitación es ahora más popular que el matrimonio. ¿Qué tal ha funcionado? ¿Vivir juntos conduce a la felicidad y al amor duradero?
W. Bradford Wilcox, del Instituto de Estudios Familiares, afirma que solo el treinta y tres por ciento de las parejas que se van a vivir juntas acaban casándose. El cincuenta y cuatro por ciento rompen sin casarse. En otras palabras, es mucho más probable que la cohabitación acabe en una ruptura que en un “felices por siempre”. Pero la cosa empeora. El treinta y cuatro por ciento de las parejas casadas que estuvieron viviendo juntas antes de comprometerse se divorcian en los primeros diez años, frente a solo el veinte por ciento de las parejas que esperan hasta el matrimonio para vivir juntas.3
Y no se trata solamente de la cohabitación. Los estudios demuestran claramente que toda la llamada “experiencia sexual” prematrimonial perjudica las posibilidades de casarse, permanecer casado y vivir felizmente juntos. Jason Carroll y Brian Willoughby, del Instituto de Estudios sobre la Familia, hicieron un resumen de los resultados de diferentes encuestas y descubrieron que “las tasas más bajas de divorcio en los matrimonios prematuros se encuentran entre las parejas casadas que solo han mantenido relaciones sexuales entre sí”.4
Concretamente escribieron: “…las mujeres que esperan a casarse para tener relaciones sexuales solo tienen un cinco por ciento de probabilidades de divorciarse en los primeros cinco años de matrimonio, mientras que las mujeres que declaran haber tenido dos o más parejas sexuales antes de casarse tienen entre un veinticinco y un treinta y cinco por ciento más de probabilidades de divorciarse…”.5
En su última investigación, Carroll y Willoughby descubrieron que las personas “sin experiencia sexual” son las que disfrutan de los niveles más altos de satisfacción en la relación, estabilidad y —atención a esto— ¡satisfacción sexual!6 En otras palabras, si lo que buscas es una relación sexual duradera, estable y satisfactoria, nada te da más posibilidades de conseguirla que esperar hasta el matrimonio para tener relaciones sexuales, que es la manera que Dios quiere. Por el contrario, nada te da peores posibilidades de conseguir ese tipo de relación que ganar “experiencia” sexual con múltiples parejas antes del matrimonio, que es la manera de proceder de la cultura. Estas conclusiones no son ningún secreto. Estos estudios han sido ampliamente difundidos en publicaciones seculares y principales medios de comunicación, como The Atlantic.7
Uno podría suponer que una cultura como la nuestra, que está tan obsesionada con el sexo, al menos lo tendría con mucha frecuencia. Pero estaríamos equivocados. Lejos de liberarse sexualmente, los estadounidenses de hoy están teniendo menos sexo que nunca. El Washington Post informó en el 2019 que casi una cuarta parte de los adultos estadounidenses no habían tenido relaciones sexuales en el último año. Los veinteañeros, el grupo que se esperaría que fuera el más activo sexualmente, están teniendo relaciones sexuales con una frecuencia dramáticamente menor que la de sus padres en las décadas de 1980 y 1990.8 A pesar de las citas en línea, la creciente aceptación de los encuentros casuales y el acceso a la ilimitada inspiración en la pornografía, el resultado de toda esta liberación ha sido una población menos activa sexualmente.
¿Qué segmento de la población tiene más relaciones sexuales? Quizá no te sorprenda, pero según la Encuesta Social General, son las parejas casadas.9
En resumen, a muchas personas de nuestra cultura les gustaría que creyeras que la pureza es un lastre. Quieren que pienses en la moral sexual cristiana como una forma de vida restringida, aburrida e insatisfactoria, y en la liberación de las anticuadas reglas sexuales como algo emocionante, divertido y romántico. Quieren que veas la desobediencia a las leyes de Dios como un atajo hacia la buena vida. Pero los hechos son muy claros: si quieres una relación sexual duradera, estable, satisfactoria y activa, simplemente no hay un camino más fiable que hacer las cosas a la manera de Dios. El fruto prohibido de la libertad sexual simplemente no es tan dulce como se anuncia. Es un engaño. No te estás perdiendo de nada. El “sí” de la cultura es un callejón sin salida, y el “no” de Dios existe para proteger algo mucho mejor: ese hermoso regalo que Él quiere darnos a ti y a mí. Vamos a ver un poco más de ese “sí” ahora.
¿Qué es la pureza?
Cuando hablamos de “pureza sexual”, es fácil hacernos una imagen en nuestra mente de estar limpios de contaminación. Por supuesto, eso es lo que “pureza” significa con frecuencia en nuestro lenguaje, y es una buena analogía en algunos aspectos. Pero también puede llevar a las personas que han tenido problemas sexuales a verse a sí mismas como permanentemente sucias o manchadas, como si se hubieran contaminado con algo desagradable y necesitaran un buen jabón para quitárselo. Tengo la imagen en mi mente de esas pobres criaturas marinas que quedan cubiertas de lodo tras un derrame de petróleo. Su problema no es que les falte algo, sino que tienen mucho de lo que necesitan deshacerse.
Hablando estrictamente, el pecado no es exactamente así.
Volvamos a la creación. Cuando Dios hizo el mundo, como se relata en Génesis 1, lo declaró “bueno” seis veces. La séptima vez, después de haber creado a los seres humanos, declaró que su obra era “muy buena” (Gn 1:31). Esta valoración divina constituye el trasfondo ético de toda la Escritura. A Dios le gusta el mundo que ha creado. Esto incluye nuestros cuerpos sexuales.
El Padre de la Iglesia del siglo cinco, Agustín de Hipona, fue el primero en expresar claramente la idea, basándose en su lectura de las Escrituras, de que el mal no existe realmente. Más bien, es una corrupción, distorsión o “privación” del bien que Dios creó.10 El mal se parece menos a una mancha de aceite y más a la oscuridad ante la ausencia de luz, o al hueco que queda cuando alguien cava un hoyo, o al cadáver cuando alguien es asesinado. Hablamos de “oscuridad”, “hueco” y “cadáveres” porque nuestro lenguaje nos obliga a ello, pero en realidad estas cosas no son más que vacíos donde deberían estar la luz, la tierra y la vida. El mal es así. Solamente podemos hablar de su existencia en la medida en que absorbe la energía de las cosas que son buenas. Como dijo C. S. Lewis, el mal es un parásito11. No tiene vida propia. Todo lo que existe, según Génesis 1, es bueno. Si algo no es bueno, no existe en el sentido bíblico; sino que es oscuridad, vacío y muerte.
Cuando pecamos, estamos escogiendo tomar las cosas buenas que Dios creó y hacerles un agujero. Estamos apagando las luces. Apagando la vida. Estamos pervirtiendo el propósito de la creación y haciéndole la guerra a ese “muy bueno” que Dios pronunció sobre su obra al principio. Esto es aún más cierto cuando pecamos con nuestros cuerpos. Espero poder dejar esto muy claro en tu mente: la inmoralidad sexual no es simplemente ensuciarse. Es un acto de automutilación espiritual. Es matar lenta y deliberadamente a la persona que Dios ha hecho que seas (y a la persona que ha hecho que sea tu “pareja” o víctima). Por eso Proverbios 5:5 dice que una persona sexualmente inmoral camina hacia su propia tumba.
Pero si el pecado es una ausencia de algo que debería estar allí, en lugar de una sustancia que puede mancharte como el barro o el aceite, significa que si has pecado sexualmente, lo que necesitas no es una botella de jabón líquido espiritual, sino sanidad. Necesitas ser restaurado, ser hecho completo, como Dios lo quiso desde un principio.
¿Cómo sabemos qué son la sanidad y la integralidad?, ¿cómo sabemos lo que Dios quiere para el sexo? Por sus mandamientos en las Escrituras, desde luego. Pero teniendo en cuenta lo que hemos aprendido hasta ahora, podríamos decir que los mandamientos negativos de Dios son en realidad descripciones positivas de cómo nos creó, aunque expresados a la inversa.
Sus “no harás” son en cierto modo un “sí harás”. Cuando le dijo a Moisés: “No cometerás adulterio” (Ex 20:14), lo que realmente estaba diciendo era: “Serás sexualmente integral, de acuerdo con mi buen diseño para tu cuerpo y tus relaciones”. O dicho de forma todavía más sencilla, “serás lo que yo hice que fueses”.
¿Te parece que es una descripción extraña de la pureza sexual, o de los mandamientos morales de Dios? No debería. Cuando le pidieron a Jesús que resumiera toda la ley moral de Dios —todos y cada uno de los mandamientos— dejó todos los “no” de lado y los reformuló en dos afirmaciones positivas: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22:37-40). Ambos mandamientos positivos ya estaban presentes en el Antiguo Testamento (Lv 19:18 y Dt 6:5). Y el apóstol Pablo se expresó de la misma manera, simplificándolos aún más con la afirmación de que “el amor es el cumplimiento de la ley” (Ro 13:8).
Estamos hechos para amar. Es lo que significa que seamos humanos, porque hemos sido creados a imagen del Dios quien es, en sí mismo, amor (1Jn 4:16). Cada pecado sexual que la caída de Adán introdujo en el mundo es un fracaso en reflejar ese amor perfecto de Dios. Y eso significa que es un fracaso en ser plenamente humanos, en ser plenamente nosotros mismos.
¿Quiénes somos? De acuerdo con las Escrituras y la reflexión cristiana sobre la naturaleza humana (lo que los teólogos llaman “ley natural”), somos seres sexuales monógamos. Somos el tipo de criaturas que fueron hechas para expresar el amor sexual únicamente dentro de una unión permanente y exclusiva con un miembro del sexo opuesto.
¿Puedes creer eso? ¿De verdad puedes creer que estás hecho para la pureza sexual? ¿Crees que las pautas de Dios para el sexo no son regulaciones arbitrarias impuestas desde fuera de ti, sino fieles reflejos de tu propio ser y bienestar? Porque, según la Biblia, es exactamente eso lo que son.
Esta es otra analogía que me ha resultado útil: C. S. Lewis describió a los seres humanos como máquinas que Dios inventó, del mismo modo que un hombre inventa un motor.12 Cuando el manual del propietario del motor te dice qué tipo de combustible poner en el tanque y cómo cuidar el motor, no se trata de restricciones impuestas a la libertad del motor. Son descripciones precisas de cómo funciona el motor, porque la persona que escribió el manual es la misma que fabricó el motor.
Las instrucciones de Dios para el sexo son así. En realidad somos monógamos. Fuimos diseñados para el matrimonio o la soltería célibe. Las corrupciones que el pecado ha introducido en nuestros deseos y voluntades son realmente fallos en nuestro funcionamiento, piezas que nos faltan, o el combustible equivocado. Por eso es que ocasionan que el motor humano se averíe. No estamos hechos para funcionar de esa manera. Esto también significa que el “sí” de Dios en lo que se refiere al sexo es el manual que él mismo escribió después de diseñarnos. En él se describe con precisión cómo repararnos y funcionar como seres sexuales.
Entonces, ¿qué significa esto? ¿Para qué hizo Dios al ser humano de naturaleza sexual? ¿Por qué su “muy buena” creación incluye esta extraña, maravillosa y emocionante forma de relación que la Serpiente estaba tan ansiosa por corromper? Existen dos respuestas.
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Discusión y reflexión:
- ¿Qué es lo que más te ha sorprendido de las estadísticas y la información incluida en esta sección? ¿Tu reacción ante ellas te reveló algunas formas en las que sutilmente has estado creyendo las mentiras que nuestra cultura está contando?
- ¿Te has sentido tentado a resentir alguno de los mandamientos de Dios con respecto a la pureza sexual? ¿Qué crees que se esconde detrás de ese resentimiento, y qué verdad de la Palabra de Dios podrías usar para deshacerlo?
- ¿Cómo se ajusta la descripción dada acerca de la pureza con la forma en que has pensado al respecto? ¿Esto corrigió o completó tu comprensión del llamado que Dios nos hace en nuestras vidas sexuales?
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Parte II: ¿Para qué sirve el sexo?
Procreación
Tengo una pregunta para ti: ¿Por qué hay dos sexos en la especie humana? ¿Por qué hombres y mujeres tienen cuerpos tan diferentes, con estructuras óseas, musculaturas, rasgos faciales, estatura, forma, tórax, órganos sexuales externos e internos, e incluso cromosomas sexuales distintos en cada célula de su cuerpo? ¿Por qué ambos sexos poseen sistemas anatómicos clave que no son funcionales por sí solos, pero que encajan entre sí como piezas de un rompecabezas? ¿Por qué, cuando la NASA envió las naves espaciales Pioneer a volar más allá de nuestro sistema solar en los años 70, incluyeron placas metálicas grabadas con un hombre y una mujer desnudos uno al lado del otro para mostrar a los hipotéticos extraterrestres cómo es nuestra especie?13
Por supuesto, la respuesta es reproducción. Estamos hechos para hacer bebés. Todas las características que acabo de nombrar forman parte de la maravilla dimórfica que divide a nuestra especie en dos mitades que, cuando se vuelven a unir, pueden concebir, gestar, dar a luz y alimentar a nuevos seres humanos. Nuestros cuerpos están diseñados en función de esta capacidad.
Resulta fácil olvidar esta finalidad obvia que tienen nuestros cuerpos sexuales en un mundo dominado por el consumismo, los anticonceptivos y las citas casuales, pero nadie que haya pasado algún tiempo en una granja o en una clase de biología puede no darse cuenta de ello. Los animales son machos y hembras y se unen para tener descendencia, muchos de ellos de forma parecida a la reproducción humana. Según el pensamiento cristiano medieval, los humanos somos “animales racionales” y compartimos gran parte de nuestra naturaleza con las demás criaturas vivientes de Dios.14 Somos diferentes de ellos en muchos sentidos, por supuesto, pero en este importante aspecto somos como ellos: nos reproducimos mediante la unión sexual. Las diferencias sexuales entre hombres y mujeres, y el sexo en sí, están diseñados para la procreación.
Si te parece extraña esta afirmación, es únicamente porque nos han condicionado a ignorar la conexión que existe entre el sexo y los bebés. Todo, desde la televisión y la música hasta la cultura fitness y la pornografía, nos ha entrenado para pensar en el sexo como algo que la gente hace por diversión, sin ningún compromiso, consecuencias o importancia. El método anticonceptivo ha desempeñado un papel especialmente importante a la hora de ocultarnos la naturaleza de nuestros propios cuerpos. Durante toda la historia de la humanidad, hasta hace muy poco, tener relaciones sexuales significaba probablemente crear una nueva vida humana. Biológicamente, ese es su propósito. Esa realidad hizo que las sociedades impusieran restricciones en torno al sexo. La anticoncepción masiva ha cambiado esta situación. Por primera vez fue posible imaginar el sexo sin procreación, separar estas dos realidades estrechamente vinculadas de una manera segura.
En su libro The Genesis of Gender [La Génesis del Género], Abigail Favale resume cómo “la píldora” cambió el sexo de un acto esencialmente reproductivo a uno recreativo, algo que hacemos simplemente por diversión o para expresarnos:
En nuestra imaginación, la reproducción ha pasado a un segundo plano. Nuestras facultades procreadoras se consideran accesorias a la masculinidad y la feminidad, en lugar de un aspecto integral o, de hecho, la característica que define esas mismas identidades. Vivimos, nos movemos y tenemos nuestros encuentros amorosos en una sociedad que es anticonceptiva, en la que los rasgos sexuales visibles de nuestros cuerpos ya no apuntan hacia la creación de una nueva vida, sino que señalan el prospecto de un placer estéril.15
No existe consenso entre los cristianos sobre si la anticoncepción es moralmente aceptable y, en caso de serlo, cuándo debe utilizarse. No abordaremos esa pregunta en esta guía. Lo que quiero decir es que, a nivel cultural, los métodos anticonceptivos fiables y ampliamente disponibles cambiaron la forma en que pensamos sobre el sexo, convirtiéndolo de un acto potencialmente transformador y creador de vida a un pasatiempo sin sentido. Esto no es lo que Dios quería.
En el momento de crearnos, Dios pudo haber hecho que nos reprodujéramos de muchas otras maneras. Podríamos habernos dividido como lo hacen los microorganismos. Podríamos haber producido semillas como las plantas. Podríamos incluso habernos clonado. En lugar de eso, Dios determinó que los humanos se “fructificarían y multiplicarían” a través del sexo. Cuando Dios entregó a Eva como “ayuda idónea” a Adán en Génesis 2:18, una de las principales formas en las que ella debía ayudar a su marido era engendrando hijos. De hecho, el profeta Malaquías, muchos siglos después, dice que esta fue la razón por la que Dios inventó el matrimonio: “¿Acaso Dios no los hizo un solo ser, en el que abundaba el espíritu? ¿Y por qué un solo ser? Pues porque buscaba obtener una descendencia para Dios. Así que tengan cuidado con su propio espíritu, y no sean desleales con la mujer de su juventud.” (Mal 2:15, RVA).
Por supuesto, en el caso de los animales, la reproducción no es más que una cuestión de mantener la especie y propagar los genes. Pero los humanos somos mucho más que simples animales. Para nosotros, la procreación tiene un significado que va mucho más allá de la necesidad de renovar nuestra población. Tiene un significado social y espiritual, incluso para quienes nunca tienen hijos.
Piénsalo por un momento: ninguno de nosotros es un individuo con existencia independiente o totalmente solitario. A diferencia de algunos animales, que únicamente se ven para aparearse o pelearse, los humanos vivimos juntos en sociedades. Sabemos de dónde venimos y quiénes somos en parte gracias a quienes pertenecemos. No somos meros miembros de una misma especie que se cruzan cautelosamente en un bosque.
Somos madres, padres, hijos, hijas, hermanos, hermanas, tíos, tías, primos, abuelos, esposos y esposas. Existimos en relaciones, gracias a las relaciones, y fuimos creados para las relaciones. En el momento en que nacemos, caemos en brazos de personas que no elegimos y recibimos de ellas cuidados que no nos ganamos.
Esta naturaleza relacional de los seres humanos comienza con la procreación. Y de este modo, Dios diseñó el sexo para mostrarnos quiénes somos en realidad: criaturas profundamente dependientes que no tenemos nada excepto lo que hemos recibido, primero de otros seres humanos y, en último término, de Él. Esto es difícil de aceptar para quienes han crecido en una cultura individualista. Nos gusta considerarnos autónomos, independientes y forjados por cuenta propia. Sin embargo, la naturaleza procreadora del sexo, tal como Dios la diseñó, da testimonio de una imagen más antigua, más grande y más profunda de los seres humanos: no como unidades aisladas, sino más bien como ramas de un árbol. Dependemos de las ramas más grandes y del tronco para vivir, y a su vez damos vida a los nuevos retoños y vástagos que brotan de nosotros. Esto es lo que somos, tanto si elegimos vivir según las reglas de Dios como si no lo hacemos.
Si mantenemos en primer plano la finalidad reproductiva del sexo, evitaremos muchos de los errores de nuestra cultura. Traer bebés al mundo es una parte importante del “sí” de Dios en lo que se refiere al sexo, y cualquier visión de la moral sexual que los ignore está incompleta. Dios escribió sobre el amor gratuito en la biología misma de la raza humana. Las nuevas personas son (en el diseño de Dios) traídas a la existencia por el amor, del que también reciben sus identidades. En la sucesión de generaciones tal como Dios la planeó, cada uno de nosotros viene como un regalo a nuestros padres, y ha recibido la vida como un don. Los que tenemos hijos les damos a su vez el don de la vida y los recibimos como regalos de Dios desde lo alto. Ninguno de nosotros, por muy destrozada que esté nuestra familia, está desconectado de la savia nutritiva del árbol humano. ¡Es la razón por la que existimos!
Nuestra cultura quiere ocultarte esta verdad. Quiere convencerte de que tu cuerpo es un juguete de tu propiedad, no un maravilloso regalo de Dios, que se articula en torno al potencial de dar vida (lo cual es cierto incluso si no tienes o no puedes tener hijos). Pero lo que dice la cultura es mentira. No somos dueños de nuestros cuerpos. Dios lo es. Y la pureza sexual significa vivir a la luz de este hecho asombroso. Para los cristianos, el llamado a recordar quién es nuestro dueño es doblemente importante. No fuimos simplemente creados por la mano de Dios, sino que fuimos “comprados por precio” para librarnos del pecado mediante la sangre de Cristo. “Por tanto”, escribe el apóstol Pablo hablando de la moralidad sexual, “glorifiquen a Dios en su cuerpo” (1Co 6:20).
En el manual de instrucciones que Dios ha preparado para la persona humana, las relaciones sexuales siempre tienen lugar teniendo en cuenta la procreación, y están ordenadas al bienestar de los hijos que resulten de esa unión. Pero esto también significa, necesariamente, que se basan en el amor comprometido, permanente y abnegado hacia el cónyuge. Y esa es la segunda finalidad del sexo.
Unión
En el corazón de la creación se halla un principio: diversidad-en-unión. Mucho antes de que Cristo naciera en Belén, los antiguos filósofos griegos se preguntaban por lo que consideraban el problema de “lo uno y lo múltiple”. Querían saber qué era lo más fundamental en el mundo: la unidad de todas las cosas o su diversidad. Cuando llegaron los cristianos, comenzaron a responder a la pregunta de un modo sorprendente: “sí”.
Para los cristianos, tanto la unidad como la diversidad tienen su origen en el propio ser de Dios, que, según la interpretación de las Escrituras dada por el Concilio de Nicea, es uno en esencia y tres en persona: una Trinidad. Este principio de diversidad-en-unión, como es de esperarse, se refleja de manera parcial en toda la creación. Joshua Butler escribe en su libro Beautiful Union que este principio se manifiesta en el choque de opuestos que forma el paisaje más fascinante de nuestro mundo: el cielo y la tierra se encuentran en las montañas, el mar y la tierra se encuentran en la orilla, y el día y la noche se encuentran en los atardeceres y amaneceres.16 El átomo se compone de tres partículas (protones, neutrones, electrones), el tiempo se compone de tres momentos (pasado, presente, futuro) y el espacio se compone de tres dimensiones (altura, anchura, profundidad). La persona humana es, en sí misma, una unión de aspectos materiales e inmateriales que juntos conforman un solo ser. Y el sexo es un ejemplo más de cosas diversas que se unen para crear algo más maravilloso y profundo. Butler escribe:
El sexo es diversidad-en-unión, arraigada en la estructura de la creación… A Dios le encanta tomar a los dos y hacerlos uno. Esto es algo que está presente en la propia estructura de nuestros cuerpos y del mundo que nos rodea, y que apunta —tan intrínsecamente que a menudo se nos escapa a nuestra vista— a una lógica más extensa, a una vida más vasta dada por Dios. Creo que a Dios le encanta hacer esto, porque Dios es diversidad-en-unión.17
No conviene abusar de estas analogías cuando hablamos del misterio de la Trinidad, pero la unión sexual entre el hombre y la mujer refleja el corazón mismo de la moral cristiana, un atributo que las Escrituras describen también como uno de los principales que está en Dios: el amor que se autodona (1 Jn 4, 8). El amor es el significado mismo del universo y el cumplimiento de la ley de Dios. Por eso estamos hechos para ser traídos a la existencia por el amor, y la razón por la que el matrimonio permanente y exclusivo es el único contexto en el que el amor sexual puede cumplir su propósito divino de unir plenamente a dos personas para que se conviertan en “una sola carne” (Gn 2:24).
Aquí llegamos a una de las razones más fundamentales por las que el “sí” de Dios a la sexualidad excluye toda forma de actividad sexual fuera del matrimonio entre un hombre y una mujer. Dios diseñó el sexo para decir, de la manera más fuerte posible: “Los amo, a todos ustedes, para siempre”. Pero solo en el matrimonio puede una pareja decir estas palabras honestamente. En cualquier otro contexto, se dicen con reservas y condiciones. En la pornografía y las relaciones casuales, le decimos al otro: “Te quiero solamente lo necesario como para satisfacer mis deseos fugaces, pero después de eso no quiero saber nada más de ti”. En las relaciones sexuales fuera del matrimonio y la cohabitación, decimos al otro: “Te quiero mientras sea conveniente y satisfagas mis necesidades, o hasta que encuentre a alguien mejor. Pero no prometo quedarme”. Y en una cultura de anticoncepción y aborto, nos decimos unos a otros: “Quiero algo de lo que tu cuerpo puede ofrecerme, pero rechazo su diseño completo y su capacidad de crear una nueva vida”.
La unión permanente del matrimonio es el único lugar en el que dos personas pueden abrazarse plena, completa e incondicionalmente como parejas sexuales. Es el único espacio en el que los amantes se pueden decir el uno al otro: “Te acepto, enteramente a ti, en tu plenitud, como una persona completa ahora y siempre —no solo lo que me puedes dar, sino también lo que necesitas de mí—. Acepto tu capacidad para las emociones y la intimidad, para la amistad y la procreación. Asimismo, acepto tu necesidad de amor cuando no me siento cariñoso, de un lugar donde vivir, de alguien que vele por ti cuando enfermes o no tengas dinero, de alguien que te ayude a criar a tus hijos, de alguien que camine a tu lado en la vejez y de alguien que te abrace cuando mueras”.
Pero la unión que Dios realiza mediante el matrimonio es algo más que solo juntar a una pareja. Es una unión de vidas, hogares, fortunas y nombres. Toma dos familias y las une. Es la piedra angular de toda sociedad humana, el comienzo de los barrios, las iglesias, las empresas, los grupos de amigos y los hogares hospitalarios. Todos los que contraen matrimonio inician un proceso que afectará profundamente a la vida de otros seres humanos, además de los que se encuentran frente al altar.
El matrimonio es un acto público, y por eso conviene reconocerlo ante la ley. El “sí” de Dios al sexo va mucho más allá de la gratificación personal o la compañía. Se trata de reflejar su propia naturaleza — el amor— en el corazón de la civilización humana.
Pero esto es algo todavía mucho más maravilloso y misterioso. En Efesios 5, el apóstol Pablo nos dice que la unión en “una sola carne” entre un hombre y su esposa significa la unión entre Cristo y su Iglesia. Butler lo llama un “icono”18 que apunta a la forma en que Jesús, Dios encarnado, ha dado su carne y sangre a su esposa en la cruz, se la da a ella en la Cena del Señor, y se la dará perfectamente a su regreso, cuando hará que los cuerpos débiles de los cristianos se parezcan a su glorioso cuerpo resucitado (Fil 3:21).
En otras palabras, el matrimonio es una parábola viviente en la que la unión física, espiritual, relacional y de por vida entre un hombre y una mujer representa simbólicamente el amor redentor de Cristo por su pueblo. Eso es todo un “sí”. Pero nuevamente refuerza aquello que los “no” de Dios se proponen proteger: cuando violamos su diseño para la unión de por vida de nuestros cuerpos sexuales, seamos cristianos o no, estamos mintiendo sobre el mismísimo amor de Dios y la propia estructura de la creación. Peor aún, estamos desfigurando la imagen sagrada que él eligió para representar la salvación, retratando a Jesús como si fuera un marido infiel, y su trabajo en la iglesia como fútil y fallido. No estamos simplemente rompiendo las normas de Dios, estamos arruinando su imagen en nosotros y en nuestras relaciones.
Quienes no son cristianos rechazarán mucho de lo que hemos explorado aquí. Pero para los cristianos,
la unión que Dios pretende que haya a través del sexo es algo muy serio. Pablo advierte que, dado que nuestros cuerpos son “miembros de Cristo”, cuando hacemos un mal uso de ellos, estamos haciendo un mal uso de Cristo (1Co 6:15). Tanto si nos casamos como si no lo hacemos, todos los cristianos somos partícipes del pacto en un matrimonio más grande que es el que existe entre el Señor Jesús y su esposa, la Iglesia. Tenemos el deber de honrar ese matrimonio durante toda nuestra vida, tratando las relaciones sexuales con la pureza que exigen las Escrituras, ya sea mediante un matrimonio piadoso o un celibato piadoso (soltería). Pero siempre debemos recordar que el objetivo no es simplemente seguir una serie de reglas. Es colocar el amor en el trono de nuestras vidas morales —y al hacerlo revelar la verdad sobre el Dios que demostró su amor perfecto al crearnos y redimirnos de la autodestrucción—.
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Discusión y reflexión:
- ¿De qué manera esta sección ayudó a profundizar tu comprensión del diseño que Dios tiene para el sexo? ¿Se ha enriquecido tu visión de la procreación o la unión?
- ¿De qué maneras nuestra cultura —y el enemigo— se oponen a los propósitos de la procreación y la unión?
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Parte III: ¿Y ahora qué?
¿Puedo ser puro si ya me he equivocado?
Una de las críticas más recurrentes a la “cultura de la pureza” (nombre que se solía dar a los libros, conferencias y sermones evangélicos sobre sexo en la década de 1990) es que daba la impresión a los jóvenes de que, si pecaban sexualmente, se convertían en “mercancía defectuosa” para siempre. En particular, los críticos citan una parábola pesadillesca del primer capítulo del bestseller de Joshua Harris, I Kissed Dating Goodbye [Le dije adiós a las citas amorosas], en la que al llegar al altar el día de su boda, un hombre es recibido por una procesión de mujeres jóvenes con las que había mantenido relaciones sexuales anteriormente, y todas reclaman un trozo de su corazón.19
Como respuesta, muchos autores, blogueros y críticos de la cultura de la pureza han enfatizado la gracia de Dios en el Evangelio y el hecho de que la obra de Cristo expía nuestras vidas pasadas y nos convierte en “una nueva creación” (2Co 5:17). Por supuesto, esto es cierto, ¡gloriosamente cierto! Y no hay nada que importe más que nuestra condición ante Dios. Gracias a la sangre de Cristo, recibida por la fe, quedamos limpios de todos nuestros pecados y recibimos una justicia que no es obra nuestra (Fil 1:9).
Pero no estoy seguro de que los críticos entiendan lo que querían decir los primeros autores de la cultura de la pureza, o por qué esos autores advertían a sus lectores contra la inmoralidad sexual en términos tan dramáticos. No creo que los padres, pastores o escritores evangélicos de mi juventud cuestionaran el poder del Evangelio para darnos un nuevo comienzo ante Dios o absolvernos de nuestros pecados, por muy graves que fuesen. En cambio, sospecho que las figuras relacionadas con la cultura de la pureza miraron a su alrededor, y al ver la devastación que la revolución sexual estaba causando en la cultura en general, quisieron realzar las consecuencias naturales de distorsionar el diseño de Dios para el sexo y para nuestros cuerpos, consecuencias que no desaparecen necesariamente cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y ponemos nuestra fe en Jesús.
Y tales pecados tienen consecuencias duraderas. Ya se trate de los recuerdos de parejas sexuales pasadas, enfermedades de transmisión sexual, niños cuya custodia se comparte entre padres separados, traumas por abusos o incluso el arrepentimiento por haber practicado un aborto, el pecado sexual inflige heridas duraderas, tanto a los que lo cometen como a las partes inocentes. El Evangelio ofrece perdón, ¡absolutamente! Pero no borra todas las consecuencias de nuestras malas decisiones, al menos no en este lado de la eternidad. Esta es una de las razones por las que el pecado sexual es tan grave, y por las que aquellos que han violado las reglas de Dios y se han arrepentido tienen razón en lamentar sus decisiones pasadas. El sexo es tan especial y central en el plan de Dios para los seres humanos, y nos conecta tan íntimamente con la vida de los demás, que rebelarse contra el designio de Dios en este terreno causa un dolor perdurable.
Pero eso no significa que los que han dejado atrás el pecado sexual no puedan seguir viviendo vidas puras y santas. Aquí es donde tenemos que reconsiderar la forma en que pensamos acerca de la pureza, descartando imágenes de pecado como la de ese derrame de petróleo que cubre a unos pájaros desafortunados y, en su lugar, pensar en la integralidad, la sanidad y la restauración del diseño de Dios para sus creaciones humanas. Todos nosotros necesitamos esta sanación, no solo porque hayamos cometido pecados personales, sino porque hemos nacido en la rebelión de Adán, rotos e inclinados a hacerle la guerra a Dios desde el momento en que respiramos por primera vez.
Es cierto que alguien que haya evitado ciertos pecados sexuales también evitará las consecuencias que se derivan de los mismos. Pero ser sexualmente puro, o “casto”, tal como lo describían los antiguos pensadores cristianos, es mucho más que evitar las consecuencias. Se trata de vivir nuestras vidas, sin importar nuestros pasados, a la luz de la muerte de Cristo por nosotros y buscando la justicia a través del poder del Espíritu Santo. El peor pecador del mundo podría arrepentirse, recibir el perdón de Dios y vivir una vida de resplandeciente pureza moral y santidad. De hecho, así es como el apóstol Pablo resumió su propia vida después de su conversión (1Ti 1:15).
Si has pecado sexualmente en el pasado y has traído consecuencias dolorosas sobre ti mismo y sobre los demás, Dios quiere perdonarte. Lo hará en este mismo instante. Si te arrepientes y confías en Cristo, Él te declarará “inocente” en su eterno tribunal de justicia y te acogerá en su familia, te llamará “hijo amado” o “hija amada” y te hará heredero de la fortuna familiar junto con Jesús (Ro 8:17).
Si has recibido el perdón de Dios por tus pecados sexuales y de cualquier otro tipo, pero aún te cuesta considerarte “puro”, piensa en lo que hemos dicho anteriormente de que el mal es una distorsión de la buena creación de Dios, sin existencia propia. No eres una hoja de papel blanco manchada de tinta negra, ni una gaviota cubierta de petróleo. Eres una creación maravillosa pero dañada, que tiene un propósito, un diseño, un fin glorioso, pero que está terriblemente herida y necesita que su creador la recomponga. Necesitas estar completo, y eso es exactamente lo que la pureza debería significar: vivir en obediencia y de acuerdo con el diseño del Dios que te hizo, que te ama, y que está dispuesto a cambiar tu vida.
Como ya dije antes, esto todavía mejora. El Dios que te ama y te promete todo esto está decidido a transformar en bien lo que estaba destinado al mal. Estas son las palabras que José dijo a sus hermanos en Génesis 50:20 después de que le traicionaran y le vendieran como esclavo en Egipto. Dios utilizó el terrible pecado que cometieron y sus corazones homicidas para salvar a la nación de Israel de una hambruna mortal. Ciertamente Él puede utilizar las consecuencias del pecado sexual para traer grandes y misteriosas bendiciones que están más allá de la comprensión humana. Él es un Dios poderoso, tan poderoso que convirtió el acto más malvado jamás cometido, el asesinato de su Hijo, en una expiación que trajo la salvación al mundo. Confía en Él, y Él puede usar tu historia para bien, sin importar lo que hayas hecho. Él puede hacerte puro.
¿Puedo ser puro si soy soltero?
Finalmente, llegamos a una pregunta que se hacen muchos en la Iglesia, pero que al parecer pocos saben responder: ¿cómo podrían abrazar el “sí” de Dios a las relaciones sexuales quienes no están casados ni tienen expectativas inmediatas de contraer matrimonio? ¿No consiste la pureza, para ellos, enteramente en decir “no”?
Aquí es donde tenemos que prestar especial atención al plan positivo de Dios para la sexualidad humana, no únicamente a sus mandamientos negativos. Es cierto que el cristianismo nos impone una dura elección: fidelidad de por vida a un cónyuge, o celibato de por vida. Esas son las opciones, ambas agradables a Dios. Pero ninguna de las dos opciones es una forma incompleta o insatisfecha de ser humanos. Por el contrario, ambas son formas de honrar e insistir en la plenitud del diseño de Dios para la sexualidad. Ambas son un rechazo a sacrificar el don de la vida corporal que Él nos ha dado, o a degradar a otras personas hechas a su imagen amándolas a medias. Y tanto el matrimonio como el celibato son profundamente naturales y están en armonía con el diseño de Dios para los seres humanos; ambos son modos de vivir en pureza sexual.
Parte del motivo por el que los cristianos insistían tanto en estas dos opciones era que, para los no creyentes del siglo I, explotar a los demás para obtener placer sexual era la norma. El cristianismo introdujo una reforma radical de la moral sexual en la sociedad grecorromana, lo que Kevin DeYoung ha denominado “la primera revolución sexual”.20 En una cultura en la que a los hombres de clase alta se les permitía saciar sus impulsos sexuales cuando y con quien quisieran, los seguidores de Jesús exigieron el matrimonio fiel o el celibato, y los primeros líderes del cristianismo modelaron ambos.21
Sabemos que el apóstol Pedro, por ejemplo, estaba casado, al igual que “los hermanos del Señor” y otros apóstoles (1Co 9:3-5). También lo estaban Aquila y Priscila, una pareja de misioneros que vivió, trabajó y viajó con el apóstol Pablo (Hch 18:18-28). Muchos de los apóstoles y otras figuras clave del Nuevo Testamento eran solteros. En 1 Corintios 7, Pablo incluso describe la soltería como una opción mejor que el matrimonio ante la “aflicción presente” de sus lectores, ya que le permite al cristiano centrarse únicamente en “cómo puede agradar al Señor” (1Co 7:26-32). El propio Jesús, humanamente hablando, fue soltero de por vida. No lo hizo para evitar las bendiciones de Dios, sino precisamente porque permanecer soltero en la tierra era un medio a través del cual compraría a su esposa eterna, la Iglesia. En otras palabras, el Nuevo Testamento nos muestra sistemáticamente que la soltería tiene como objetivo algo glorioso, no que se aleja de ello.
¿Hacia dónde se dirigirá tu soltería? Esta es una de las preguntas más importantes que puedes hacerte si crees que Dios te ha llamado a la pureza a través del celibato de por vida. En términos bíblicos, la soltería permite a un cristiano servir al Reino de Dios con una atención y una dedicación indivisas. Los misioneros en lugares peligrosos, ciertos clérigos, los que sirven a los pobres y enfermos, y los cristianos con ministerios particularmente exigentes de cualquier tipo deben esperar que Dios aproveche su soltería con gran efecto, como describe Pablo. Los cristianos solteros no se preocupan por “las cosas de este mundo” como los casados, y pueden dedicar toda su atención a servir a Dios (1Co 7:33). La soltería no es una oportunidad para complacerse a uno mismo; es un gran llamado del Señor.
Como hemos visto antes, ser soltero tampoco significa que el matrimonio y la familia sean irrelevantes para ti. Todos somos producto de uniones sexuales, estamos unidos a personas de nuestro entorno por lazos de sangre y estamos inmersos en comunidades formadas por familias. La familia sigue siendo el pilar básico de la sociedad, y el futuro de cualquier iglesia, comunidad o nación depende esencialmente de que las parejas tengan hijos. Cada vez que interactúas con niños, los cuidas o los discipulas, estás participando en la vida de las familias, y tu ministerio como cristiano soltero puede influir en innumerables personas para que utilicen su sexualidad según el designio de Dios. Puede que no estés casado, pero estás profundamente conectado a los matrimonios que te rodean.
Y por último, consideremos lo siguiente: el índice de matrimonios en los Estados Unidos es el más bajo de la historia. Hay muchas razones para esto, desde una moral sexual relajada y el declive de la religión, hasta la economía y una cultura que prioriza la autonomía y los logros por encima de la familia. Esto significa que el hecho de estar soltero en este momento podría no ser algo normal, históricamente hablando, ni tampoco la voluntad de Dios para tu vida a futuro. Las tasas de natalidad están descendiendo en gran parte del mundo, y en muchos países han llegado a un punto en el que no nacen suficientes niños para reemplazar a los ancianos que mueren. Obviamente, esto es insostenible a largo plazo, y nos indica que algo ha fallado.
En su publicación en la revista cristiana First Things, Kevin DeYoung diagnostica el problema como uno espiritual:
Las razones del deterioro de la fertilidad son sin duda muchas y variadas. Sin duda, algunas parejas desean tener más hijos pero no pueden. Otras luchan contra presiones económicas o limitaciones de salud. Pero la tasa de natalidad no cae drásticamente en todo el mundo sin que haya cuestiones más profundas en juego, sobre todo cuando la población mundial es objetivamente más rica, más sana y dispone de más comodidades que en ningún otro momento de la historia de la humanidad. Aunque los individuos toman sus decisiones por muchas razones, como especie padecemos una profunda enfermedad espiritual, un malestar metafísico en el que los hijos parecen una carga para nuestro tiempo y un impedimento para nuestra búsqueda de la felicidad. Nuestro mal es la falta de fe, y en ningún lugar la incredulidad es más alarmante que en los países que en otro tiempo pertenecieron a la cristiandad. “Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo”, prometió Dios a un regocijado Abraham (Gn 26:4). Hoy, en las tierras de la descendencia de Abraham, esa bendición parece una maldición.22
En resumen, muchas personas —millones tal vez— que deberían casarse y tener hijos, y que normalmente lo harían en cualquier otro momento de la historia, ya no lo hacen. Esto se debe en gran medida a que las sociedades modernas han intentado ignorar el propósito procreador del sexo y han dado prioridad a otros objetivos en la vida, por lo que se ha llegado a considerar a los bebés como una carga que hay que evitar. Es razonable considerar este contexto en el que vives, y cuestionarte si la actitud cada vez más negativa de nuestra sociedad hacia el matrimonio y los hijos ha afectado a tu toma de decisiones.
¿Cómo sabrás si debes o no buscar el matrimonio? De manera muy sencilla, si deseas el sexo y te comprometes a obedecer las normas de Dios, deberías considerar seriamente el matrimonio. La Biblia habla del celibato de por vida como una gracia que no todos poseen (Mt. 19:11), y presenta el matrimonio en parte como un remedio contra la tentación sexual (1 Co. 7:2-9). Si no te sientes especialmente dotado para el celibato de por vida, entonces deberías prepararte para el matrimonio y buscar un cónyuge. Por supuesto, esto no siempre es fácil, y será diferente según se trate de hombres o mujeres y de un contexto a otro. Pero los bajos índices de matrimonio son una señal de que algo va muy mal en nuestra sociedad. Antes de llegar a la conclusión de que Dios te está llamando a la soltería, considera si, por el contrario, podrías ser llamado a la pureza con un cónyuge.
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Discusión y reflexión:
- ¿Cómo afecta tu condición de “hijo amado” o “hija amada”, comprado por sangre, a tu manera de pensar sobre tus pecados pasados, sexuales o de otro tipo? Quizá ahora sea un buen momento para meditar sobre la gloria de Cristo, que ha hecho a todos sus discípulos blancos como la nieve.
- Tu visión de la soltería, ¿coincide con lo descrito en esta sección?
- La Biblia nos llama a “honrar entre todos el matrimonio” (Heb 13:4), ¿cómo podría verse eso en tu vida, tanto si eres casado como soltero?
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Conclusión: Dios está de tu parte
En su magistral sermón The Weight of Glory (El peso de la gloria), C. S. Lewis critica el modo en que los cristianos modernos sustituyen virtudes positivas como el amor por atributos negativos como el “altruismo”.23 Él observa un problema en este hábito de hablar en negativo: se insinúa disimuladamente que el principal objetivo de un comportamiento moral no es tratar bien a los demás, sino tratarnos mal a nosotros mismos; no darles el bien, sino negárnoslo a nosotros mismos. Parece que pensamos que ser desdichado es algo en sí mismo piadoso. Lewis muestra su desacuerdo.
Él explica que, en el Nuevo Testamento, la abnegación nunca es un fin en sí mismo. Al contrario, decir “no” al pecado y a las cosas que obstaculizan nuestra fe (Heb. 12:1) es perseguir algo más excelente, es decir, la vida abundante en Cristo. La Escritura describe constantemente esta vida abundante en términos de recompensas, placeres y deleites, tanto en este mundo como en el venidero. Promete que, al seguir a Cristo y obedecer sus mandamientos, en última estamos persiguiendo nuestro mayor bien: el “peso eterno de gloria” que, según Pablo, vale cualquier sufrimiento o abnegación terrenales (2Co 4:17-18).
Lo que Lewis afirma es que Dios realmente quiere lo mejor para nosotros. Quiere darnos la felicidad suprema (la dicha), que solo se alcanza amándole a Él y amando a los demás como Él lo hace. Él está realmente a nuestro favor, no en nuestra contra. Ser conscientes de este hecho significa aprender a querer, feroz y desesperadamente, lo que Dios quiere para nosotros, porque eso es para lo que hemos sido diseñados, y todo lo demás es un sustituto barato. Lewis escribe:
…parece que Nuestro Señor encuentra que nuestros deseos no son demasiado fuertes, sino demasiado débiles. Somos criaturas poco entusiastas, que nos entretenemos con la bebida, el sexo y la ambición cuando se nos ofrece una felicidad infinita, al igual que un niño ignorante que quiere seguir haciendo pasteles de barro en un barrio pobre porque no puede imaginar lo que significa la oferta de unas vacaciones en el mar. Nos complacemos con demasiada facilidad.24
Dios nos hizo para algo maravilloso, y la pureza sexual es parte de ese don. La razón por la que tantas veces dice “no” a nuestros deseos sexuales corruptos es porque quiere darnos algo mucho mejor. Nuestro problema no es que deseemos demasiado el sexo. En un sentido muy importante, ¡es que no lo deseamos lo suficiente! Queremos un poco aquí y allá, un pequeño mordisco del don de Dios, dirigido hacia deseos egoístas y fugaces. Él quiere que amemos con todas nuestras fuerzas, plenamente, permanentemente y con todo nuestro ser, sin retener nada. Quiere que amemos así porque así es como Él nos ama.
Lo que nuestra cultura nos ofrece en relación con el sexo equivale a pasteles de barro. Las diversas distorsiones que se han introducido en el diseño de Dios para nuestros cuerpos nunca podrán cumplir lo que prometen, porque contradicen el diseño que Dios nos ha dado como portadores de su imagen. Las reglas de Dios para la pureza sexual pueden sonar como una privación de placer, expresión, realización personal, felicidad, libertad, compañía o incluso romance. Pero en realidad, esos “no” existen para proteger un “sí” que es tan glorioso que esta época no puede abarcarlo por completo. Si eliges vivir con fe y según las reglas de Dios, lo hallarás. Y cuando los que no tienen fe te pregunten (quizá en un largo vuelo) contra qué estás, en lugar de eso puedes decirles a favor de qué estás, y para qué han sido creados.
Notas finales
- El 95,5% de los adolescentes aún espera casarse, análisis del National Center for Family & Marriage Research de NSFG 2017-2019: https://mastresearchcenter.org/mast-center-research/teens-self-reported-expectations-and-intentions-for-marriage-cohabitation-and-childbearing/
- “Marriage and Cohabitation in the U.S.”, Pew Research, Noviembre 6, 2019: https://www.pewresearch.org/social-trends/2019/11/06/marriage-and-cohabitation-in-the-u-s/
- Brad Wilcox y Alysse ElHagem, “Perspective: Cohabitation doesn’t help your odds of marital success”, Deseret News, Abril 26, 2023: https://www.deseret.com/2023/4/26/23697625/cohabitation-happy-marriage-living-together-taylor-swift?utm_source=twitter&utm_medium
=dn-social&utm_campaign=twitter&utm_content=deseretnews - Jason S. Carroll y Brian J. Willoughby, “The Myth of Sexual Experience”, Institute for Family Studies, Abril 18, 2023: https://ifstudies.org/blog/the-myth-of-sexual-experience-
- Ibid.
- Ibid.
- Olga Khazan, “Fewer Sex Partners Means a Happier Marriage”, The Atlantic, Octubre 22, 2018: https://www.theatlantic.com/health/archive/2018/10/sexual-partners-and-marital-happiness/573493/
- Christopher Ingraham, “The share of Americans not having sex has reached a record high”, The Washington Post, Marzo 29, 2019: https://www.washingtonpost.com/business/2019/03/29/share-americans-not-having-sex-has-reached-record-high /
- Nathan Yau, “Married People Have More Sex”, Flowing Data, Marzo 7, 2017: https://flowingdata.com/2017/07/03/married-people-sex/
- Agustín de Hipona, Las Confesiones, VII, 12,18
- C. S. Lewis, Mero Cristianismo, Libro 2, Capítulo 2: La invasión, pág. 28: https://www.dacc.edu/assets/pdfs/PCM/merechristianitylewis.pdf
- C. S. Lewis, Mero Cristianismo, Libro 2, Capítulo 3: La chocante alternativa, pg. 30: https://www.dacc.edu/assets/pdfs/PCM/merechristianitylewis.pdf
- “Pioneer Plaque,” Solar System Exploration, Febrero 13, 2018: https://solarsystem.nasa.gov/resources/706/pioneer-plaque/
- Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, c. 29. Las personas divinas, art.4, respuesta a la objeción 2: https://www.newadvent.org/summa/1029.htm
- Abigail Favali, The Genesis of Gender, 2022 Ignatius Press, 143.
- Joshua Butler, Beautiful Union, Multnomah Books, 2023, pág. 21
- Joshua Butler, Beautiful Union, Multnomah Books, 2023, pág. 31
- Joshua Butler, Beautiful Union, Multnomah Books, 2023, pág. 4
- Joshua Harris, I Kissed Dating Goodbye, Multnomah Books, 1997, pág. 13
- Kevin DeYoung, “The First Sexual Revolution: The Triumph of Christian Morality in the Roman Empire”, The Gospel Coalition, Septiembre 9, 2019: https://www.thegospelcoalition.org/blogs/kevin-deyoung/first-sexual-revolution-triumph-christian-morality-roman -empire/
- Louise Perry, “We Are Repaganizing,” First Things, Octubre 2023: https://www.firstthings.com/article/2023/10/we-are-repaganizing?
fbclid=IwAR0 0JGZUPxs3VrIfpTOED_3n1FMOtD9sBwCPNWLk4mrnLB0iB-U1Hd4hUBE - Kevin DeYoung, “The Case for Kids”, First Things, Noviembre 2022: https://www.firstthings.com/article/2022/11/the-case-for-kids
- C. S. Lewis, The Weight of Glory, 1: https://www.wheelersburg.net
/Downloads/Lewis%20Glory.pdf - Ibid.
Acerca del autor
SHANE MORRIS es redactor en jefe del Colson Center y presentador del podcast Upstream, además de copresentador del podcast BreakPoint. Ha sido una voz del Colson Center desde el 2010 como coautor
de cientos de comentarios de BreakPoint sobre cosmovisión cristiana, cultura y actualidad. También
ha escrito para WORLD, The Gospel Coalition, The Federalist, The Council on Biblical Manhood and Womanhood y Summit Ministries. Él y su esposa, Gabriela, viven con sus cuatro hijos en Lakeland, Florida.
Tabla de contenido
- Parte I: Él no te está privando de nada bueno
- No te estás perdiendo de nada
- ¿Qué es la pureza?
- Discusión y reflexión:
- Parte II: ¿Para qué sirve el sexo?
- Procreación
- Unión
- Discusión y reflexión:
- Parte III: ¿Y ahora qué?
- ¿Puedo ser puro si ya me he equivocado?
- ¿Puedo ser puro si soy soltero?
- Discusión y reflexión:
- Conclusión: Dios está de tu parte
- Notas finales
- Acerca del autor