#10 El trabajo como forma de adoración: enseñanzas bíblicas sobre la labor y el propósito
Introducción
Quiero que pienses en tu reloj despertador.
Para la mayoría de nosotros, no es un sonido agradable. Suena temprano por las mañanas. Interrumpe nuestro sueño. Indica que el fin de semana terminó y que la semana de trabajo comenzó.
Durante muchos años, odié ese sonido. Antes de convertirme en pastor, tenía un trabajo completamente desconectado de mi fe. Me sentaba en un cubículo donde respondía correos electrónicos y organizaba hojas de cálculo.
Los domingos me sentía vivo. Cantaba himnos. Escuchaba la prédica de la Palabra de Dios. Sentía la presencia del Señor. Sabía que lo que estábamos haciendo tenía un impacto eterno.
Pero luego… llegaba el lunes.
Me sentaba en mi escritorio y pensaba: «¿Acaso a Dios le importa esto?». Sentía que vivía dos vidas diferentes. Estaba el «yo espiritual» los domingos y el «yo trabajador» los lunes. Sentía un abismo en medio de esas dos versiones de mí.
Sé que no soy el único que se ha sentido así.
Como pastor, cada semana hablo con personas en mi congregación que sienten este conflicto.
Hablo con la madre que se dedica al hogar, cambia pañales y limpia leche derramada mientras se pregunta si Dios nota su cansancio.
Hablo con el vendedor que se siente culpable por no ser misionero y asume que vender seguros es «inferior» a predicar el evangelio.
Hablo con el mecánico que ama a Jesús, pero piensa que su habilidad con una llave no tiene nada que ver con su camino junto a Cristo.
Hemos creado una división falsa. Dibujamos una línea en el medio de nuestras vidas. De un lado, pusimos a la iglesia, la oración y el estudio de la Biblia. Las denominamos «cosas sagradas». Del otro, pusimos a nuestros trabajos, nuestras tareas del hogar y nuestras carreras. Las llamamos «cosas seculares».
Pensamos que Dios solo vive del lado de las cosas sagradas. Pensamos que Él se queda en el edificio de la iglesia cuando salimos de ahí cada domingo.
Sin embargo, esto no es lo que nos enseña la Biblia. Esta guía nos ayudará a entender qué dice la Biblia sobre el trabajo y por qué nuestras labores diarias son parte del plan de Dios. Cuando veas al trabajo a través de las Escrituras, comenzarás a entender la idea del «trabajo como forma de adoración», notando que no solo adoramos por medio de las actividades religiosas.
Si observamos las Escrituras a la luz de la Reforma, vemos a un Dios soberano sobre todas las áreas de la vida, no solo las religiosas. Abraham Kuyper, teólogo holandés, dijo: «No hay ni una pulgada cuadrada en todo el dominio de nuestra existencia humana sobre la cual Cristo, que es soberano, sobre todo, no clame “¡Es mío!”».
Eso incluye tu cubículo. Eso incluye tu obra en construcción. Eso incluye el fregadero de tu cocina. Cuando comenzamos a ver nuestras responsabilidades diarias como se presenta el trabajo en la Biblia, reconocemos que todas ellas pueden ser una forma de adoración.
Cuando no somos capaces de ver esto, suceden dos cosas.
En primer lugar, nos desanimamos. Pasamos cuarenta, cincuenta o sesenta horas de la semana haciendo algo que pensamos que no es importante. Sentimos que estamos desperdiciando nuestra vida. Trabajamos solo con vistas al fin de semana o a la jubilación. Nos arrastramos con dificultad durante la semana, esperando a la próxima ocasión en la que podamos hacer algo «espiritual».
En segundo lugar, fracasamos al dar testimonio. Si pensamos que nuestro trabajo es solo un mal necesario para pagar las cuentas, no trabajaremos con excelencia. No trabajaremos con integridad. Seremos como el mundo: nos quejaremos, tomaremos atajos y haremos el mínimo indispensable. No aprovecharemos la oportunidad de mostrar la gloria de Dios a través de nuestro trabajo. Un creyente que ve al trabajo como una forma de adoración usa cada tarea, cada reunión y cada proyecto como una forma de glorificar a Dios ante los ojos del mundo.
El objetivo de esta guía es cerrar ese abismo.
Quiero ayudarte a que veas tu trabajo de la forma en que Dios lo ve. Quiero ayudarte a que lleves tu Biblia al trabajo, no necesariamente para predicar durante el almuerzo, sino para cambiar la forma en la que contestas correos electrónicos, tratas a tu jefe y terminas un proyecto. Cuando entiendes lo que dice la Biblia sobre el trabajo, comienzas a ver cada tarea como una asignación divina.
Necesitamos entender que el trabajo fue idea de Dios, no del hombre. El trabajo en la Biblia surge antes que el pecado, en el jardín del Edén, cuando Adán es llamado a cultivar y cuidar a la creación. Dios trabajó e invitó a la humanidad a reflejar su imagen al trabajar. En otras palabras, ver al trabajo como una forma de adoración, no como un castigo o una carga sin sentido.
También necesitamos ser honestos sobre por qué el trabajo es tan duro. Necesitamos admitir que el trabajo está dañado porque el mundo está dañado. Lidiamos con cardos y espinas o, en la actualidad, fallos en la computadora y clientes difíciles.
Pero, sobre todo, necesitamos ver cómo el evangelio redime nuestro trabajo.
Gracias a Jesucristo, nuestros puestos de trabajo no nos definen. No somos esclavos de nuestros salarios. Somos hijos de Dios que recibieron una tarea para cumplir en su mundo.
Cuando comprendemos esto, todo cambia.
El reloj despertador sigue sonando y el trabajo sigue siendo difícil, pero el significado detrás de todo esto cambia. Dejamos de trabajar para sobrevivir y comenzamos a trabajar para glorificar a Dios, a vivir el trabajo como una forma de adoración.
Esta guía va dirigida a los trabajadores cansados, a los profesionales ambiciosos, a los estudiantes y a los jubilados. Va dirigida a cualquiera que quiera aprender a servir a Cristo entre domingo y domingo.
Veamos qué dice la Biblia sobre el trabajo de tus manos.
Audioguía
Audio#10 El trabajo como forma de adoración: enseñanzas bíblicas sobre la labor y el propósito
Parte I: Una teología del trabajo (por qué es importante)
El primer trabajador
Para comprender nuestro trabajo, debemos echar un vistazo al principio de la Biblia.
A menudo nos salteamos los primeros versículos del Génesis para llegar a la historia de Adán y Eva, pero si nos detenemos, veremos algo muy importante en la primera oración:
En el principio Dios creó los cielos y la tierra (Gn 1:1).
Lo primero que la Biblia nos dice sobre Dios es que Él trabajaba.
No estaba durmiendo ni estaba jugando. Estaba trabajando. Estaba creando. Estaba construyendo. Esta es una de las perspectivas bíblicas más fundamentales sobre el trabajo. Nos muestra que la productividad, la mano de obra y la creatividad provienen de Dios mismo. Es uno de los ejemplos más claros de trabajo en la Biblia, lo que demuestra que este forma parte de la creación desde el inicio.
En el relato de la creación, vemos que Dios toma el caos y lo convierte en orden. Separa la luz de las tinieblas. Junta las aguas. Planta un jardín. Forma los animales.
Dios se ensucia las manos, por decirlo de alguna manera. Es arquitecto, jardinero, zoólogo y artista.
Y al final de cada día de trabajo, da un paso hacia atrás, observa lo que hizo y dice: «Es bueno».
Dios halla satisfacción en su trabajo. Goza del fruto de su labor. Esta es una base de la ética bíblica del trabajo. Nos muestra que el trabajo significativo no solo se trata de la productividad y la rentabilidad, sino también de reflejar al Dios que trabaja con propósito y gozo.
Este es el pilar de una perspectiva cristiana del trabajo. El trabajo no está por debajo de Dios. Por lo tanto, el trabajo no está por debajo de nosotros. Cuando trabajamos, reflejamos su imagen. Ya sea que trabajemos con hojas de cálculo, libros de texto o cuidando de niños o jardines, reflejamos su naturaleza creativa.
Es por esto que las Escrituras nos brindan versículos bíblicos sobre el trabajo, tales como Colosenses 3:23 («Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo»), que nos recuerdan que todas las tareas pueden ser sagradas si se hacen para Dios. Incluso hay versículos motivacionales para el trabajo, como Proverbios 16:3 («Pon en manos del Señor todas tus obras y tus proyectos se cumplirán»), que nos animan a ver a las tareas diarias como un lugar de fidelidad y confianza.
Cuando comenzamos a ver nuestros trabajos y responsabilidades desde esta perspectiva, comprendemos el trabajo según la Biblia como algo que va mucho más allá de ser solo un medio para ganarse la vida. Nuestro trabajo se vuelve una forma de adoración. Cada tarea, sea grande o pequeña, puede ser un medio de alabanza, especialmente cuando la ofrecemos a Dios con diligencia, gratitud e integridad (véase 1 Corintios 10:31).
Esto también nos ayuda a no separar nuestra fe de nuestra vocación. La Biblia y el trabajo no son asuntos inconexos. Las Escrituras moldean la forma en la que nos presentamos en la oficina, usamos el tiempo, respondemos a los errores y tratamos a nuestros colegas. Comprender esto nos permite buscar ritmos más saludables, incluyendo el equilibrio bíblico entre el trabajo y el ocio que Dios mismo demuestra en el Génesis al trabajar seis días y descansar el séptimo.
En definitiva, cuanto más estudiamos versículos sobre el trabajo duro, tales como Proverbios 13:4 o 2 Tesalonicenses 3:10, más notamos que la excelencia, la honestidad y la perseverancia no son simplemente ideales corporativos: son disciplinas espirituales. Nuestra labor diaria se vuelve una oportunidad sagrada para glorificar a Dios, servir a otros y vivir nuestro llamado en el mundo que Él creó.
El mandato de la creación
Una vez que Dios terminó de crear el mundo, creó a los seres humanos. Inmediatamente, les encomendó una tarea.
¡Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los animales que se arrastran por el suelo! (Gn 1:28).
Los teólogos denominan a esto el «mandato de la creación» o «mandato cultural».
Dios le da a la humanidad el mandato de tomar la materia prima del mundo y hacer algo a partir de ella.
Puso a Adán en el jardín del Edén para que «lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2:15).
Observa cuándo sucede esto. Esto sucede en Génesis 2. Esto es antes de que el pecado ingresara al mundo.
Esto es un punto crucial que debemos entender. Muchos cristianos creen que el trabajo es un castigo por el pecado. Pensamos: «Si Adán no hubiese comido ese fruto, no tendría que ir a la oficina hoy. Estaría sentado en una nube tocando el arpa».
Eso es falso.
El trabajo era parte del paraíso. Dios diseñó a los humanos para el trabajo. Nos diseñó para que seamos productivos.
Dios nos hizo a su imagen. Él es trabajador, por lo tanto, nosotros también. Cuando construimos, organizamos, limpiamos, arreglamos o creamos, estamos reflejando el carácter de Dios. Aquí es donde la idea del trabajo como una forma de adoración se vuelve profundamente significativa. Nuestro trabajo no es solo una actividad económica, sino también espiritual. Una perspectiva bíblica de la productividad es fundamental para comprender la ética de trabajo cristiana.
Imagina a un niño que observa a su padre arreglar un auto. El niño toma una llave de plástico e imita a su padre. Quiere ser como él.
Eso es lo que hacemos cuando trabajamos. Imitamos a nuestro Padre.
Ya sea al escribir código, al pintar una pared o al negociar un contrato, estás ordenando el caos. Estás ejerciendo dominio sobre una pequeña parte de la creación divina. A la luz de la ética de trabajo cristiana, incluso las labores ordinarias reflejan la dignidad del diseño de Dios y se vuelven un acto de adoración.
Esto le otorga a nuestro trabajo una profunda dignidad.
Esto quiere decir que tu trabajo importa, no solo porque paga tu renta, sino porque es parte de lo que significa ser humano. Fuiste hecho para esto, y el trabajo como forma de adoración nos ayuda a ver que elegir la excelencia, la integridad y el servicio en nuestra vocación glorifica a Dios.
La corrupción del trabajo
Si el trabajo es tan bueno, ¿por qué resulta tan penoso?
¿Por qué sufrimos de agotamiento? ¿Por qué tenemos malos jefes? ¿Por qué el trabajo es a menudo aburrido, repetitivo o frustrante?
Para responder eso, tenemos que avanzar a Génesis 3.
Adán y Eva se rebelaron contra Dios. Buscaron ser sus propios dioses. El pecado entró al mundo y corrompió todo.
Corrompió nuestra relación con Dios, nuestra relación con los demás y nuestra relación con el trabajo.
Escucha la maldición que pronuncia Dios en Génesis 3:17-19:
¡Maldito será el suelo por tu culpa! Con sufrimiento comerás de él todos los días de tu vida. La tierra te producirá cardos y espinas, y comerás hierbas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente […].
Observa con atención: Dios no maldijo el trabajo. Maldijo el suelo.
Hizo que el entorno en el que trabajamos se volviera hostil.
Antes de la caída, Adán trabajaba en el jardín y este producía frutos con alegría. Era una sociedad.
Luego de la caída, el suelo se niega a cooperar. Adán planta trigo, pero crecen malezas. Trabaja duro pero no obtiene cosecha. Hay fricción. Hay frustración.
Esta es la teología de los «cardos y espinas».
Todo trabajo tiene espinas.
Para el granjero, son las malezas y la sequía.
Para el ingeniero en software, las «espinas» son los errores en el código y los fallos en el sistema.
Para el docente, las «espinas» son los estudiantes rebeldes y el papeleo interminable.
Para la madre, las «espinas» son la ropa que se ensucia cinco minutos después de haber sido lavada.
Sentimos la frustración en lo más profundo de nuestro ser. Trabajamos duro, pero las cosas no siempre salen bien. Los proyectos fracasan. Las empresas quiebran. Nuestros cuerpos se cansan y se sienten adoloridos.
Esto explica el desánimo que sentimos los lunes por la mañana. Estamos intentando hacer un buen trabajo en un mundo caído que nos opone resistencia.
También estamos rotos por dentro. A causa del pecado, solemos convertir el trabajo en algo que nunca debió ser.
Idolatramos al trabajo. Buscamos que nuestras carreras nos otorguen significado y valor. Pensamos: «Si me ascienden, por fin seré alguien». Esto nos lleva a trabajar de más y a sentir ansiedad.
O, por el contrario, nos vamos al otro extremo. Nos volvemos perezosos. Rechazamos el trabajo. Hacemos tan poco como sea posible. Actuamos como el siervo perezoso.
Entonces, tenemos un problema. Fuimos creados para trabajar, pero el trabajo se corrompió. El suelo está maldito y nuestros corazones son idólatras.
Es por esto que la idea del trabajo como forma de adoración se vuelve tan fundamental. Necesitamos una perspectiva redimida del trabajo que levante nuestra mirada más allá de la frustración terrenal y hacia la gloria de Dios.
Además, debemos ver la esperanza que nos ofrecen las Escrituras. Cuando estudiamos a Jesús y al trabajo, descubrimos que Jesús pasó la mayor parte de su vida terrenal siendo carpintero, no predicador. Su ejemplo nos enseña que la labor ordinaria puede honrar a Dios, restaurando nuestra dignidad en el trabajo y ayudándonos a redescubrir al trabajo como una forma de adoración en un mundo caído.
¿Hay esperanza?
La redención del trabajo
El evangelio es la buena noticia de que Jesucristo vino a redimir todas las cosas.
Redime nuestras almas del infierno. Redime nuestros cuerpos de la muerte. Y comienza el trabajo de redimir nuestra labor.
Piensa en Jesús por un momento. Pasó treinta y tres años en la tierra. Durante tres de esos años, fue predicador e hizo milagros.
Sin embargo, los años anteriores a eso, era carpintero (Mc 6:3).
El Hijo de Dios pasó décadas cortando madera, acarreando tablones y probablemente construyendo muebles o estructuras. Tenía callos en las manos. Sabía lo que era sudar. Sabía lo que era que un cliente esperara tener una mesa para el viernes.
Al trabajar con sus manos, Jesús santificó la labor humana. Nos mostró que el trabajo ordinario es santo y puede ser una forma de adoración, no solo un medio de supervivencia económica.
No obstante, hizo más que solo dar un ejemplo. Murió por nuestros pecados y resucitó para hacernos criaturas nuevas.
Cuando estamos unidos a Cristo por la fe, nuestro trabajo cobra un nuevo propósito.
El apóstol Pablo nos da indicaciones para el trabajo cristiano en Colosenses 3:23-24:
Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia. Ustedes sirven a Cristo el Señor.
Esto lo cambia todo y moldea la forma en la que vemos al trabajo como forma de adoración.
Pablo se dirigía a los sirvientes, personas que no tenían libertad y, a menudo, trabajaban en condiciones terribles. Sus tareas eran consideradas insignificantes. Nadie les agradecía.
Aun así, Pablo les dice: «Ustedes sirven a Cristo el Señor».
Esto quiere decir que tu jefe no es tu jefe supremo. Tu gerente no es tu supervisor absoluto.
Jesucristo es tu jefe.
Cuando presentas un informe, se lo presentas a Jesús. Cuando cambias un neumático, lo estás cambiando para Jesús. Cuando limpias un baño, lo estás limpiando para Jesús. Esta es la esencia del trabajo como forma de adoración: ofrecer las tareas cotidianas al Señor.
Entender esto aligera la carga de nuestro trabajo.
Si trabajamos para los hombres, nos sentimos devastados cuando nos critican. Nos llenamos de vanidad cuando nos adulan. Estamos constantemente en una montaña rusa de emociones basadas en su aprobación.
Sin embargo, si trabajamos para Cristo, estamos firmes. Queremos realizar un trabajo excelente porque Él se merece lo mejor. No necesitamos la aprobación del mundo para sentirnos valiosos. Ya tenemos el amor de Dios.
Una nueva motivación
La teología reformada nos enseña que somos salvos solo por la gracia, solo por la fe, no por nuestras obras.
No puedes ganarte el cielo con tu trabajo. Ninguno de tus logros laborales impresionará a Dios ni pagará por tus pecados.
Por lo tanto, ya que fuimos salvos por la fe, trabajamos por gratitud.
No trabajamos para salvarnos, trabajamos porque fuimos salvados.
Trabajamos para amar a nuestro prójimo. Cuando nuestra labor se convierte en un acto de servicio y no de vanagloria, naturalmente se vuelve una forma de adoración por medio de la cual expresamos nuestra gratitud a Dios.
Martín Lutero, el gran Reformador, a menudo hablaba sobre esto. Decía que Dios no necesita nuestras buenas obras, pero nuestro prójimo sí.
Dios no necesita zapatos, pero tu prójimo sí. Así, el zapatero sirve a Dios al fabricar buenos zapatos para su prójimo.
Dios no necesita comida, pero tu prójimo sí. Así, el granjero sirve a Dios al cultivar buenos alimentos.
Esa es la dignidad de tu trabajo. Es una forma de amar al prójimo.
Cuando haces tu trabajo bien, estás amando a las personas que se benefician de él.
Si eres barista, amas a tu prójimo cuando le preparas una excelente taza cálida de café que lo ayuda a empezar su día.
Si eres contador, amas a tu prójimo cuando lo ayudas a organizar sus finanzas y a evitar problemas legales.
Si eres conserje, amas a tu prójimo cuando le brindas un espacio limpio y saludable en el que trabajar o vivir.
Estos trabajos no son «seculares». Son trabajos del reino. Es el trabajo de ocuparse del mundo de Dios y su pueblo. Bajo una perspectiva redimida, toda tarea justa es trabajo como forma de adoración, que conlleva una importancia eterna.
Vivir en la tensión
Debemos ser honestos. Aún vivimos en un mundo caído. El suelo todavía está maldito.
Incluso con la teología adecuada, el trabajo seguirá siendo duro. Te seguirás cansando. Aún habrá días en los que quieras renunciar.
Sin embargo, ahora tenemos una perspectiva mayor.
Sabemos que nuestro trabajo no es en vano (1 Co 15:58). Sabemos que Dios ve lo que hacemos en secreto.
También tenemos una promesa. La Biblia termina con una imagen de una nueva ciudad, la nueva Jerusalén.
En esa ciudad, ya no habrá maldición. No habrá más cardos y espinas. Pero seguirá habiendo actividad. Sus siervos lo adorarán (Ap 22:3).
Nos dirigimos hacia un mundo donde el trabajo será alegría pura. Crearemos, construiremos y serviremos sin fatigarnos ni frustrarnos.
Hasta entonces, trabajamos con esperanza. Le pedimos a Dios que nos dé fuerzas, y cumplimos nuestras responsabilidades diarias con la perspectiva del trabajo como una forma de adoración, ofreciendo cada tarea al Señor como una manera de adorarlo.
Dejamos de dividir nuestras vidas en «domingos» y «lunes». Llevamos nuestra fe a la fábrica y a la oficina.
Somos los instrumentos de Dios. Traemos un poco de orden y belleza a un mundo roto, conduciendo a los demás hacia el descanso definitivo que tenemos en Cristo.
Parte II: Los ídolos de la oficina (revisión del corazón)
Juan Calvino, una figura clave de la Reforma, dijo célebremente que el corazón del hombre es una «fábrica perpetua de ídolos».
Se refería a que constantemente convertimos a las cosas buenas (como la familia, el dinero o el trabajo) en las cosas definitivas. Intentamos que hagan lo que solo Dios puede hacer. Buscamos que nos den seguridad, sentido y felicidad.
Solemos pensar en la idolatría como en hacer reverencias frente a una estatua de oro. Sin embargo, en el mundo moderno, nuestros ídolos son mucho más discretos. Uno de los lugares más comunes en donde construimos altares es en el trabajo.
La oficina, el lugar de trabajo o la planta de producción no son terrenos espiritualmente neutros. Son lugares de adoración.
Cada día, al ir al trabajo, estás adorando algo. Adoras a Dios al ofrecerle tu trabajo a Él o, por el contrario, adoras algo más: el éxito, el dinero, la aprobación o la comodidad. Ver nuestro trabajo como una forma de adoración mantiene a nuestros corazones alineados con el Señor y no con nuestras propias ambiciones.
Cuando adoramos el trabajo, lo arruinamos. El trabajo es un sirviente maravilloso, pero un amo pésimo. Si buscas que tu carrera te salve, a fin de cuentas, acabará por aplastarte.
Necesitamos revisar nuestros corazones. Necesitamos ver qué hay detrás de nuestras motivaciones y qué es lo que realmente nos está impulsando.
Identidad vs. llamado
Cuando conoces a alguien nuevo en una fiesta, ¿qué es lo primero que le preguntas?
A menudo, es: «¿A qué te dedicas?»
En nuestra cultura, nuestros trabajos nos definen. Somos doctores, plomeros, docentes o contadores. Solemos pensar: «Soy lo que hago».
Este es un pensamiento peligroso para un cristiano. Ata nuestra identidad a nuestro rendimiento.
Si tu identidad se basa en tu carrera, vivirás en una montaña rusa emocional. Cuando los negocios marchan bien, cuando obtienes el ascenso o cuando el proyecto es exitoso, sientes un gran orgullo. Sientes que importas. Te sientes «justificado».
No obstante, cuando cometes un error, cuando el negocio no se concreta o cuando te despiden, te sientes devastado. No solamente sientes que fracasaste en una tarea: sientes que eres un fracaso. Tu autoestima se ve destruida.
Esto sucede porque buscamos que nuestro trabajo nos justifique. Intentamos demostrarle al mundo, a nuestros padres o a nosotros mismos que somos valiosos.
Esta es una manera de querer justificarnos por medio de las obras. Es contraria al evangelio.
El evangelio nos dice que nuestra identidad no se basa en lo que hacemos, sino en lo que Cristo ha hecho por nosotros.
El apóstol Pablo escribe en Colosenses 3:3: «Pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios».
Si eres cristiano, tu verdadera vida no es tu perfil de LinkedIn. Tu verdadera vida está escondida con Cristo.
Esto nos da una cantidad enorme de libertad.
Si tu identidad está afianzada en Cristo, puedes manejar un error en el trabajo. Puede que te duela o que te cueste dinero, pero no afectará quien realmente eres. Eres un hijo amado de Dios, y un mal día en la oficina no cambiará eso.
Si tu identidad está afianzada en Cristo, también puedes manejar el éxito. No dejarás que se te suban los humos. Te darás cuenta de que tus talentos son regalos de Dios, y le darás toda la gloria a Él.
Necesitamos dejar de ver el trabajo como nuestra identidad, y comenzar a verlo como nuestro llamado.
Una identidad es algo que alcanzas, un llamado es algo que recibes. Cuando ves el trabajo como tu llamado, no estás intentando ganar renombre. Simplemente estás intentando serle fiel a quien te llamó, abordando tus responsabilidades con gratitud y tratando al trabajo como una forma de adoración, no como una manera de demostrar tu valor.
Las dos fosas
Cuando intentamos caminar por la senda del trabajo fiel, nos encontramos con dos fosas, una a cada lado del camino. Tendemos a caer en una u otra.
La primera fosa: el trabajo excesivo
Esta es la fosa de la idolatría. Aquí caen las personas que no pueden dejar de trabajar. Revisan sus correos electrónicos durante la cena. Trabajan los fines de semana. Dejan de lado a sus familias, su salud y su iglesia porque están obsesionados con su trabajo.
A primera vista, esto aparenta ser dedicación. El mundo lo celebra, sin embargo, Dios mira nuestro corazón.
¿Por qué trabajamos de más? A menudo, esto es a causa de la codicia o el miedo.
Puede que codiciemos más dinero o una mejor posición social. Queremos construir nuestro pequeño reino. Queremos ser como los constructores de la Torre de Babel, que dijeron «nos haremos famosos» (Gn 11:4).
También puede que nos impulse el miedo. Nos aterra no tener lo suficiente. No confiamos en la providencia de Dios, por lo tanto, pensamos que tenemos que encargarnos de todo. Trabajamos como si Dios no existiera.
Salmos 127:2 le da una firme advertencia a las personas que trabajan en exceso: «En vano madrugan ustedes y se acuestan muy tarde para comer un pan de fatigas, porque Dios lo da a sus amados mientras duermen».
El trabajo es un regalo, pero se vuelve agotador cuando lo convertimos en lo más importante. Eclesiastés nos ofrece un recordatorio aleccionador sobre el trabajo, el descanso y la satisfacción. Este libro nos enseña que el esfuerzo sin fin alejado de Dios es vanidad (Ecl 2:22-23). Sin el Señor, las labores se vuelven agotadoras en lugar de llenarnos de vida.
Si no puedes descansar, es señal de que no confías en Dios. Piensas que el mundo dejará de girar si dejas de trabajar. Pero Dios es soberano. Puede encargarse de las cosas mientras duermes.
La segunda fosa: la pereza
Esta es la fosa de la holgazanería. Aquí caen las personas que hacen lo mínimo indispensable para salir adelante. Toman atajos. Desperdician el tiempo. Se quejan de todas las tareas.
El libro de Proverbios está lleno de advertencias contra el «perezoso».
«Dice el perezoso: “Hay un león en el camino. ¡Por las calles un león anda suelto!”» (Pr 26:13). El holgazán está lleno de excusas.
La pereza no es solo un defecto de la personalidad, es un problema espiritual. Es fracasar en el amor.
Recuerda, el trabajo es la forma en la que amamos a nuestro prójimo. Si eres perezoso, no estás amando a tu prójimo.
Si un mecánico es perezoso y no ajusta los tornillos de forma adecuada, pone en peligro al conductor. Si un docente es perezoso y no prepara una lección, los estudiantes sufren.
La pereza también es una forma de robo. Si te pagan por trabajar ocho horas y solo trabajas cuatro, le estás robando a tu empleador.
Debemos evitar ambas fosas.
La senda cristiana: la diligencia
La senda cristiana es el camino del medio, la diligencia. Trabajamos duro, no porque seamos ansiosos ni codiciosos, sino porque somos agradecidos. Buscamos la excelencia, pero sabemos cuándo detenernos. Somos comprometidos, pero no estamos esclavizados.
Nuevamente, nos son útiles las enseñanzas sobre el trabajo de Eclesiastés. Eclesiastés 3:13 nos recuerda que «es un don de Dios que el hombre coma o beba y disfrute de todos sus afanes». El trabajo se vuelve significativo cuando lo recibimos como un regalo, lo hacemos para el Señor y lo tomamos con manos abiertas en lugar de puños cerrados.
Trabajar para ser reconocidos
Hay un tercer ídolo que se suele esconder en nuestros corazones a la hora de trabajar: el ídolo de complacer a los demás.
¿Para quién estás trabajando?
Es muy natural trabajar para ser aprobados por los demás. Queremos agradar a nuestro jefe. Queremos que nuestros colegas nos respeten. Queremos impresionar a nuestros clientes.
No hay nada malo en tener una buena reputación. «Vale más la buena fama que las muchas riquezas» (Pr 22:1a).
Sin embargo, el deseo de aprobación puede volverse una trampa fácilmente.
Las Escrituras hablan sobre lo que hacemos «cuando nos están mirando». Pablo nos advierte sobre esto en Colosenses 3:22: «Esclavos, obedezcan en todo a sus amos terrenales, no solo cuando ellos los estén mirando, como si ustedes quisieran ganarse el favor humano, sino con corazón sincero y por respeto al Señor».
Esto se refiere a trabajar duro solo cuando nuestro jefe nos está viendo. Cuando el supervisor entra al cuarto, de repente te ves ocupado. Apenas se van, te relajas.
Esto revela que le temes al hombre más de lo que le temes a Dios.
El «temor al hombre» es una trampa paralizante. Si vives por la aprobación de los demás, serás esclavo de sus opiniones. Tendrás miedo de tomar decisiones difíciles. Pondrás en juego tu integridad solo para encajar. Las críticas te destruirán.
Te convertirás en un camaleón que cambia sus colores según quién esté en el cuarto.
Sin embargo, si temes a Dios, te ves liberado del temor al hombre.
Sabes que Dios siempre está observándote. Él ve el trabajo que haces en privado. Él ve el esfuerzo adicional que haces cuando nadie lo nota.
Y, aún más importante, sabes que ya tienes su aprobación en Cristo.
Si eres cristiano, no trabajas para que Dios te ame. Trabajas porque Él ya te ama. Ya tienes la única aprobación que importa.
Esto te brinda una confianza profunda y estable.
Puedes respetar a tu jefe sin adorarlo. Puedes servirle correctamente, incluso si es desagradecido. Puedes manejar el trato injusto con gracia, porque sabes que tu recompensa definitiva proviene del Padre Celestial.
Diagnóstico
¿Cómo puedes saber si tienes ídolos en la oficina?
Observa tus emociones. Los ídolos siempre demandan un sacrificio. A menudo sacrifican tu paz y tu alegría.
¿El trabajo te genera ansiedad constantemente? ¿Te enojas o te pones a la defensiva cuando alguien critica tu trabajo? ¿Menosprecias a las personas que tienen trabajos «menos importantes» que el tuyo? ¿Envidias a las personas que tienen trabajos «más importantes» que el tuyo? ¿Sientes que es imposible tomarte un día de reposo?
Estas son señales de humo que indican que hay un incendio en tu corazón. Te advierten que estás buscando que el trabajo te brinde algo que solo Jesús puede darte.
La solución no consiste solo en intentar ser más equilibrado. La solución es el arrepentimiento.
Necesitamos confesar que amamos nuestras carreras más que a nuestro Creador. Necesitamos confesar que confiamos más en nuestro salario que en nuestro Proveedor.
Luego, necesitamos volvernos hacia Cristo.
Jesús es el único que completó su obra. En la cruz, declaró: «Todo se ha cumplido».
El trabajo de salvación está cumplido. No tienes que ganarte tu lugar en el universo. Fue un regalo para ti.
Cuando esta verdad echa raíces en tu corazón, los ídolos comienzan a desmoronarse. Puedes volver a trabajar el lunes con el corazón alivianado. Eres libre de hacer tu trabajo, amar al prójimo y volver a casa, sabiendo que perteneces a Dios.
Parte III: El mito del trabajo «secular»
Pastores vs. plomeros
Hay una jerarquía en la mente cristiana que es muy difícil de derribar.
Solemos pensar en los cristianos en una especie de pirámide. Arriba de todo, están los misioneros que se mudan a la selva. Debajo de ellos, encontramos a los pastores y a los líderes de adoración. Luego, tal vez, a los trabajadores de las ONG cristianas.
Después, debajo de todo, están todos los demás. Los contadores, los camioneros, las camareras, los dentistas.
Pensamos que las personas de la cima están haciendo el «verdadero» trabajo de Dios. Están en un «ministerio de tiempo completo». El resto de nosotros simplemente pagamos las cuentas para darles sustento.
Asumimos que, si realmente amaras a Jesús, irías al seminario. Si realmente quisieras servir a Dios, dejarías tu trabajo y trabajarías en la iglesia.
Quiero decirte algo con claridad: esa es una mentira.
Es una mentira que ha acechado a la iglesia por siglos. Sugiere que hay dos tipos de vida: la «sagrada» (oración, evangelismo, iglesia) y la «secular» (negocios, arte, política, trabajo manual).
La Reforma protestante trabajó muy duro para intentar destruir este muro.
Antes de la Reforma, la iglesia solía enseñar que la única forma de vivir una vida realmente santa era siendo monje o monja. Tenías que apartarte del mundo para acercarte a Dios.
Martín Lutero, el Reformador alemán, miró la Biblia y dijo: «No».
Predicaba el «sacerdocio de todos los creyentes». Decía que una lechera ordeñando una vaca podía glorificar a Dios tanto como un predicador en un púlpito.
¿Por qué? Porque el trabajo de la lechera es el trabajo de Dios. Dios quiere que la vaca sea ordeñada. Dios quiere que las personas se alimenten. Cuando ella hace su trabajo, está siendo instrumento de Dios, alimentando a su creación.
Lutero escribió: «Las obras de los monjes y de los sacerdotes, por más santas y arduas que sean, no se diferencian en nada, ante Dios, de las obras del campesino en el campo o de la mujer en su casa».
No ignores esto. Ante los ojos de Dios, un sermón y una hoja de cálculo no son distintos espiritualmente. Tienen diferentes funciones, sí, pero uno no es «más santo» que el otro.
Ambos pueden realizarse con fe. Ambos pueden hacerse para la gloria de Dios. Ambos pueden llevarse a cabo como actos de amor.
Si eres plomero, no eres un cristiano de segundo orden. Eres un siervo de Cristo que colabora para que las personas tengan agua pura y saneamiento. Evitas las enfermedades. Traes orden al caos.
Es un trabajo del reino.
La sacralidad de lo ordinario
Luchamos con esto porque tendemos a pensar de forma gnóstica.
El gnosticismo fue una herejía antigua que enseñaba que el mundo físico era malo y el mundo espiritual era bueno. Los gnósticos creían que a Dios no le importaban los cuerpos, la comida o los edificios, sino que a Él solo le importaban las almas.
Caemos en esta trampa en la actualidad. Pensamos que a Dios solo le importan las cosas «espirituales» como el estudio de la Biblia y la oración. Creemos que no le interesa cómo construimos puentes o cómo horneamos pan. Sin embargo, una perspectiva bíblica del trabajo corrige este malentendido y nos enseña que Dios creó tanto el ámbito físico como el espiritual, y se regocija en ambos.
Observemos lo que dice la Biblia.
Dios creó el mundo físico. Declaró que este era «muy bueno». Le dio instrucciones detalladas a Moisés para que construyera un tabernáculo que incluía oro, madera, tela y aceite. Le importaba el trabajo manual del hombre (Éxodo 31).
Jesucristo tuvo un cuerpo físico. Comió pescado. Caminó por senderos de tierra. Tocó a los leprosos. Resucitó en un cuerpo físico.
Dios ama el mundo material. Él fue quien lo creó. Por lo tanto, trabajar con las cosas materiales es un acto espiritual. Cuando un carpintero hace una mesa, está trabajando con la madera que Dios creó. Cuando una científica estudia una célula, está examinando la obra de las manos de Dios.
Una perspectiva bíblica sobre el trabajo nos ayuda a entender que lo ordinario es sagrado. No hay tal cosa como el trabajo «secular» para un cristiano. Todo lo que hacemos, lo hacemos en presencia de Dios.
El hermano Lorenzo, un monje del siglo XVII que trabajaba en una cocina, era conocido por practicar «la presencia de Dios» en medio del sonido de ollas y sartenes. Dijo: «El tiempo del trabajo para mí no difiere del tiempo de la oración; y en el ruido y bullicio de mi cocina… poseo a Dios con tanta tranquilidad como si estuviera de rodillas ante el Santísimo Sacramento».
Puedes estar en comunión con Dios mientras escribes un código. Puedes adorar mientras estás soldando. Una perspectiva bíblica sobre el trabajo nos enseña a dejar de esperar por los momentos «espirituales» y darnos cuenta de que los momentos ordinarios son aquellos en los que vivimos nuestra fe.
El concepto de la vocación
Si todos los trabajos son importantes, ¿cómo saber a cuál dedicarnos?
Esto nos lleva a hablar de la doctrina de la vocación.
La palabra «vocación» proviene del latín vocare, que significa «llamar».
Por mucho tiempo, las personas pensaron que un «llamado» era una experiencia mística en la que Dios te decía que debías ser sacerdote.
Sin embargo, los reformadores recuperaron la verdad bíblica de que todo trabajo legítimo es un llamado.
Dios llama a las personas para que sean granjeros. Llama a las personas para que sean magistrados. Llama a las personas para que sean madres y padres.
¿Cómo saber cuál es tu llamado? A menudo, no proviene de una voz que te lo dice desde el cielo. Es el resultado de la intersección de tres cosas:
- Tu talento: ¿en qué eres bueno? Dios te ha dado dones específicos. Si no se te dan bien las matemáticas, es probable que no estés llamado a ser contador. Si te desmayas al ver sangre, no estás llamado a ser cirujano.
- Tu deseo: ¿qué disfrutas? Dios a menudo nos da un gozo santo en nuestro trabajo. Algunas personas aman el desafío de las ventas. A otras les encanta el enfoque tranquilo de la investigación.
- La necesidad del mundo: ¿Qué necesita tu prójimo? Este es el factor más importante. Un llamado no se trata solo de autorrealización, sino de servicio.
Si tienes un trabajo ahora mismo, puedes asumir que, en esta época de tu vida, este es tu llamado.
Dios es soberano. Es quien organiza los detalles de nuestras vidas. No estás en tu escritorio por accidente. No estás en esa obra en construcción por casualidad.
Dios te puso ahí.
Te puso ahí para que seas sal y luz. Te puso ahí para que frenes el mal y promuevas el bien.
Piensa en la historia de José en el Antiguo Testamento. Fue vendido como esclavo. Trabajó en la casa de Potifar y en una prisión. Luego, comenzó a trabajar en el palacio del faraón.
José pudo haberse quejado. Pudo haber dicho: «Este trabajo no es espiritual. Solamente estoy a cargo de administrar los bienes».
Pero hizo su trabajo con diligencia y, por ello, Dios lo usó para salvar a miles de personas de la hambruna.
Tu trabajo tiene un propósito en la providencia de Dios.
Puede que no lo veas. Puede que te sientas como un engranaje pequeño en una gran máquina. Pero Dios usa el trabajo fiel de su pueblo para sostener al mundo.
Cuando entregas un paquete, estás ayudando al flujo comercial. Cuando legislas una ley justa, estás protegiendo a los débiles. Cuando pintas una hermosa obra de arte, estás refrescando el alma.
Pero ¿qué hay del evangelismo?
Puedo oír la objeción: «Pero ¿acaso lo más importante no es salvar almas? ¿No debería usar mi trabajo como una plataforma para predicar a mis colegas?».
El evangelismo es fundamental. Somos llamados a compartir el evangelio. Deberíamos orar para que se nos presenten oportunidades para hablarles de Cristo a nuestros colegas.
Sin embargo, debemos tener cuidado con esto.
Si vemos a nuestro trabajo solo como una plataforma para el evangelismo, devaluamos el trabajo en sí mismo.
Imagina a un cirujano cristiano. Antes de la cirugía, ora con el paciente. Eso está bien. Pero luego, durante la cirugía, es descuidado. No presta atención. Comete un error.
¿Se glorifica Dios con eso? No.
Dios se glorifica cuando el cirujano corta con precisión y cura el cuerpo.
Si eres un piloto cristiano, la mejor manera de glorificar a Dios es aterrizando el avión con seguridad. Si predicas el evangelio por el intercomunicador, pero estrellas el avión, no has servido bien a tu prójimo.
Glorificamos a Dios cuando hacemos bien nuestro trabajo.
Nuestras habilidades a menudo son las que nos brindan la plataforma para hablar. Nuestra excelencia no salva a nadie, pero elimina obstáculos innecesarios para escuchar el evangelio. Cuando las personas vean que eres diligente, honesto y cualificado, te respetarán. Se preguntarán por qué eres diferente.
Pedro nos dice que mantengamos entre los incrédulos una conducta ejemplar, para que observen nuestras buenas obras y glorifiquen a Dios (1 P 2:12).
Tu trabajo es la forma principal en la que le muestras al mundo cómo es Dios.
Si eres perezoso, le estás diciendo al mundo que no vale la pena servir a Dios. Si eres deshonesto, le estás diciendo al mundo que Dios es un mentiroso.
Sin embargo, si eres excelente, amable y confiable, honras el evangelio. Haces que la verdad sobre Jesús se refleje de manera hermosa.
Por lo tanto, no menosprecies tu trabajo «secular». No desees trabajar de algo diferente.
Mantente firme en tu vocación. Ya sea limpiando pisos o administrando una empresa, estás parado en tierra sagrada. Eres un sacerdote en el mundo de Dios, ofreciendo tu labor como un sacrificio de alabanza.
Parte IV: Cómo trabajar como un cristiano (habilidades prácticas)
La excelencia como testimonio
Hemos aprendido que el trabajo es bueno, que le importa a Dios y que es una forma de amar al prójimo.
Ahora, debemos pasar a la parte práctica. ¿Cómo se ve todo esto en una tarde de trabajo cualquiera?
La forma principal y más importante en la que un cristiano actúa en el trabajo es buscando la excelencia.
Existe una idea extraña en algunos círculos cristianos que dice que, porque nos importa «la nueva tierra» que vendrá, no tenemos que preocuparnos demasiado por este mundo. Puede que pensemos: «De acuerdo, este mundo es temporal, así que no importa si este informe no es perfecto», o «Jesús vendrá pronto, así que, ¿a quién le importa si esta pintura está algo desastrosa?».
Esa es una teología terrible.
Si servimos a un Dios de excelencia —el Dios que diseñó las alas de las mariposas y la órbita de los planetas con precisión—, nuestro trabajo debería reflejar esa excelencia.
La excelencia es una forma de dar testimonio.
Imagina que tienes un colega llamado Dave. Dave tiene una calcomanía con la leyenda «Jesús salva» en su auto. Pone música cristiana en la oficina. Invita a todos sus colegas al servicio religioso de Pascua.
Sin embargo, Dave es terrible en su trabajo. Siempre llega tarde, no cumple con los plazos de entrega, su trabajo es descuidado y culpa a otros por sus errores.
¿Qué les enseña Dave a sus compañeros de oficina sobre Jesús?
Les enseña que los cristianos son perezosos. Les enseña que a Dios no le importa la calidad. Su incompetencia se convierte en un obstáculo para transmitir el evangelio. Cuando intenta compartir su fe, los demás ponen los ojos en blanco.
Ahora, imagina a una colega llamada Sarah. No tiene una calcomanía en su auto. A primera vista, es reservada respecto de su fe.
No obstante, Sarah es la persona más confiable del equipo. Cuando dice que hará algo, lo hace. Su trabajo es minucioso. Anticipa los problemas. Es de mucha ayuda.
En cuanto Sarah decide hablar sobre Jesús, las personas escuchan. La respetan. Su competencia construyó una plataforma para su testimonio.
Proverbios 22:29 dice: «¿Has visto a alguien diestro en su trabajo? Se codeará con reyes, y nunca será un don nadie».
Las habilidades importan. La competencia importa.
Esto no significa que debas ser el director ejecutivo, ni que debas ser la persona más lista de la habitación. Simplemente, quiere decir que hagas tu trabajo específico de la mejor forma posible.
Si eres conserje, sé el mejor conserje del edificio. Haz que los pisos brillen. Si eres estudiante, escribe el ensayo con dedicación. Corrobora tu gramática. Si eres programador, escribe código limpio.
No hacemos esto para presumir, sino para servir. Si trabajamos mal, agobiamos a nuestro prójimo. Si trabajamos bien, lo bendecimos.
Como cristianos, deberíamos ser los empleados que los jefes luchan por conservar. Deberíamos ser los contratistas que los propietarios recomiendan a sus amigos. Nuestra reputación de excelencia debería ser tan sólida que despierte curiosidad en los demás sobre el Dios al que servimos.
Integridad en las zonas grises
El trabajo está lleno de zonas grises. Se presentan muchas oportunidades para tomar atajos, manipular cifras o tergiversar la verdad.
Ahí es donde el carácter cristiano es puesto a prueba.
Creemos en un Dios de la verdad. Jesús se llama a sí mismo «la Verdad» (Jn 14:6). Por lo tanto, un cristiano debe ser una persona de integridad absoluta.
Es fácil decirlo, pero difícil hacerlo cuando hay dinero o reputación de por medio.
Cuando cometes un error que le cuesta dinero a la empresa, ¿lo admites? ¿O intentas ocultarlo? Cuando vendes un producto, ¿eres sincero sobre sus defectos? ¿O tergiversas los hechos para ganarte la comisión? Cuando completas tu informe de gastos, ¿eres honesto? ¿O inflas las cifras porque «todos lo hacen»?
La integridad es hacer lo correcto cuando nadie te está viendo.
Sin embargo, para los cristianos, Alguien siempre está observando.
Vivimos coram Deo: delante de Dios. Sabemos que Dios ve los correos electrónicos secretos. Ve las cuentas ocultas.
Esta convicción nos ayuda a resistir la tentación. Sabemos que una conciencia limpia vale más que un cheque de bonificación.
Un área específica de la integridad que solemos pasar por alto es el robo de tiempo.
Si tu empleador te paga por ocho horas de trabajo y te pasas dos horas en las redes sociales, comprando en línea o hablando con amigos, estás robando. Estás ganando dinero por un trabajo que no realizaste.
Solemos justificar esto diciendo cosas como: «Mi jefe no me paga lo suficiente» o «Termino mi trabajo rápido, así que no importa».
Sin embargo, la Biblia nos llama a ser fieles en lo poco (Lc 16:10).
Los cristianos deberían ser reconocidos como personas que trabajan todo el día a cambio de un salario de todo un día. Deberíamos ser reconocidos como personas que dicen la verdad incluso cuando nos afecta.
Este tipo de honestidad radical es extraña. En un mundo de trampas y engaños, la integridad resalta como una luz en la oscuridad.
El jefe difícil y el colega molesto
El trabajo sería increíble de no ser por la gente.
Podemos lidiar con las hojas de cálculo y las herramientas. Son el jefe controlador, el colega chismoso o el cliente grosero los que nos hacen querer renunciar.
¿Cómo lidiar con las relaciones difíciles en el trabajo?
Debemos comenzar con nuestra teología del pecado. La teología reformada nos enseña que los seres humanos somos «totalmente depravados». Esto no significa que todos seamos tan malos como podríamos ser, sino que cada parte de nosotros está contaminada por el pecado.
Por lo tanto, no deberíamos sorprendernos cuando las personas en el trabajo sean egoístas, iracundas o incompetentes. Estamos trabajando con pecadores, y somos pecadores también.
Entonces, ¿cómo podemos responder?
1. Respondemos con sumisión.
Esta palabra es fuerte. Pero la Biblia es muy clara al respecto.
Pedro escribe: «Siervos, sométanse con todo respeto a sus amos, no solo a los buenos y comprensivos, sino también a los insoportables» (1 P 2:18).
En este pasaje, Pedro se dirigía a los esclavos que no poseían derechos. Aun así, les dijo que se sometan a sus amos, incluso a los insoportables.
Esto aplica a nosotros en la actualidad. Si tienes un jefe complicado, eres llamado a respetar su posición, incluso si no respetas su carácter. No debes poner los ojos en blanco ni hablar mal de él durante el descanso. Debes hacer lo que te pida (siempre y cuando no sea algo pecaminoso).
Hacemos esto porque confiamos en la soberanía de Dios. Dios te puso a ese jefe por una razón. Tal vez lo esté usando para enseñarte sobre la paciencia o la humildad.
2. Respondemos con gracia.
A menudo, el lugar de trabajo es un lugar de juicios. Si alguien comete un error, se lo hace trizas. Si alguien es débil, se lo aparta.
Los cristianos llevamos gracia a la oficina.
Somos quienes perdonamos. Cuando un colega nos habla mal, no le respondemos de la misma manera. Asumimos que puede estar teniendo un mal día.
Somos quienes nos negamos a chismorrear. Cuando el equipo se junta para quejarse de Susan, nos alejamos o decimos algo amable sobre ella.
Somos los pacificadores. Romanos 12:18 dice: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos».
Esto no quiere decir que nos dejemos pisotear. No quiere decir que toleremos el abuso o las conductas ilegales. Hay momentos en los que debemos alzar la voz, hablar con recursos humanos o renunciar.
Pero, en general, mantenemos una postura de amabilidad. Tratamos al conserje con el mismo respeto con el que tratamos al director general. Miramos a los demás a los ojos. Escuchamos.
3. Respondemos con oración.
¿Oras por tus compañeros de trabajo?
Es fácil quejarse de ellos. Orar por ellos es mucho más difícil.
Pero Jesús nos dijo: «Oren por quienes los persiguen» (Mt 5:44).
Si tienes un jefe que te complica la vida, ora por él. Ora por su familia. Ora por su salvación. Es muy difícil odiar a alguien por quien estás orando.
No debemos ver al «colega irritante» como un obstáculo para nuestro trabajo, sino como el objeto de nuestro trabajo.
Tal vez Dios te puso en esa oficina no solo para que escribas código, sino para que le muestres el amor de Cristo al hombre del cubículo de al lado, quien está enfrentando un divorcio. Tal vez el trabajo sea el entorno para un ministerio relacional real.
Ser una presencia tranquila
Por último, una de las mejores habilidades que un cristiano puede demostrar en el trabajo es ser una presencia tranquila.
Los lugares de trabajo se alimentan de la ansiedad. A las personas les aterra no cumplir con los objetivos. Les estresan las reducciones de personal. Se desesperan por cumplir con los plazos.
En medio de esta tormenta, el cristiano debe ser una roca.
¿Por qué? Porque nuestra esperanza no está en el informe de ganancias del trimestre. Nuestra esperanza está en el Señor.
Sabemos que Dios tiene el control. Sabemos que Él está a cargo de nuestro futuro.
Cuando todos los demás entran en pánico, podemos permanecer en calma. Podemos pensar con claridad. Podemos recordarle a la gente que no se va a acabar el mundo.
Esta paz es sobrenatural. Proviene del Espíritu Santo, y es increíblemente atractiva.
Las personas van a acercarse y preguntarte: «¿Cómo puedes mantener la calma?».
Eso abre una puerta para que les hables del Príncipe de Paz.
Parte V: El descanso y el final del trabajo
El mandato del descanso
Hablamos mucho de trabajar duro. Hablamos de diligencia, excelencia y constancia. Pero si solo hablamos de trabajar, estamos dejando afuera la otra mitad del asunto. Dios no solo creó el trabajo, sino también el descanso.
En Génesis 1, Dios trabajó durante seis días. Formó las montañas, llenó los océanos, creó al hombre y a la mujer… un torbellino de actividades.
Luego, en Génesis 2:2, la Biblia dice: «Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado toda la obra que había emprendido». El ritmo de descanso es esencial en la perspectiva bíblica del trabajo. Nos recuerda que tanto el trabajo como el descanso son regalos de Dios, y no prioridades opuestas.
Esto es impactante. Dios es todopoderoso, tiene poder ilimitado, no se cansa, no le duelen los músculos ni tampoco necesita tomar una siesta.
Entonces, ¿por qué descansó?
Descansó para darnos un patrón a seguir. Creó un ritmo para el universo: trabajo y descanso. Seis días de labor, un día para detenerse. Luego, cuando Dios le dio los Diez Mandamientos a Moisés, hizo de este ritmo una ley.
«Acuérdate del día sábado para santificarlo. Trabaja seis días y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios» (Ex 20:8-10a). Este mandamiento refleja el fundamento de una perspectiva bíblica sobre el trabajo: nuestra vocación es significativa, pero no es lo principal. Lo principal es Dios.
Solemos tratar al cuarto mandamiento como una sugerencia: «Estoy demasiado ocupado como para descansar. Tengo muchas cosas que hacer». Sin embargo, rechazar el descanso no es motivo de orgullo. Es desobediencia.
Rechazar el descanso, de hecho, es una forma de orgullo. Es actuar como si fuésemos Dios. Solo Dios puede hacer que el mundo siga funcionando. Cuando nos negamos a parar, estamos diciendo: «Soy indispensable. Si paro de trabajar, todo se desmoronará».
El día de reposo es una revisión semanal de la realidad. Nos recuerda que somos criaturas, no el Creador. Somos finitos. Tenemos límites. Una perspectiva bíblica sobre el trabajo nos ayuda a ver que el descanso no es debilidad, sino adoración y humildad.
Cuando dejamos de trabajar un día de la semana, declaramos nuestra confianza en Dios. Estamos diciendo: «Dios, hice lo que puedo hacer. Ahora, confío en que te encargarás del resto».
En la tradición reformada, vemos al Día del Señor (el domingo) como un «día de mercado del alma». Es el día en el que dejamos nuestras labores ordinarias para enfocarnos en la adoración, la hermandad y la misericordia. Es un día para reiniciar nuestros corazones.
Si nunca paras de trabajar, tu alma se marchitará. Te volverás seco y frágil. Perderás tu alegría. Necesitas detenerte. Necesitas soltar el teléfono. Necesitas cerrar tu computadora portátil. Necesitas descansar en la obra terminada de Cristo y disfrutar del descanso físico que le da a quienes ama.
Límites
Si vamos a descansar bien, necesitamos límites.
En el mundo moderno, el trabajo no tiene límites. Nos sigue a casa porque está en nuestro bolsillo. La existencia de los teléfonos inteligentes da a entender que la oficina está siempre abierta. Tu jefe puede enviarte correos a las 10 p. m. Un cliente puede enviarte un mensaje un sábado por la mañana.
Si no pones límites, el trabajo consumirá tu vida.
Esto destruye tu capacidad de amar al prójimo, específicamente, a aquellos que viven en tu hogar.
Si estás presente físicamente en la cena, pero mentalmente estás revisando tus correos, no estás amando a tu familia. Los estás ignorando.
Si estás demasiado cansado del trabajo como para servir en tu iglesia o ayudar a un amigo con su mudanza, tu trabajo se ha convertido en tu ídolo. Ha consumido la energía que pertenece a Dios y a su pueblo.
Necesitamos aprender el arte santo de decir que no.
Necesitamos decirle que no al teléfono después de cierto horario. Necesitamos decirle que no al trabajo en el Día del Señor. Necesitamos decirle que no a ese ascenso si va a sacrificar la salud espiritual de nuestra familia.
Esto requiere de fe. Nos preocupa que, si ponemos límites, nos quedaremos atrás. Nos preocupa que nos despidan.
Pero recuerda quién te provee. No es tu empresa, sino Dios.
Salmos 23 dice: «El Señor es mi pastor, nada me falta».
Si el Señor es tu pastor, se asegurará de que tengas lo necesario. No tienes que trabajar sin descanso las 24 horas para sobrevivir. Puedes trabajar duro, irte a casa y dormir en paz.
Poner límites también te convierte en un mejor trabajador.
Numerosos estudios demuestran que las personas que nunca descansan son menos productivas. Cometen más errores. Son menos creativas. Se agotan.
Dios sabe cómo nos creó. Nos creó para que el descanso, el ocio y la adoración sean una necesidad.
Cuando respetamos el diseño divino, prosperamos.
La ciudad eterna
Finalmente, debemos hablar de a dónde va todo esto.
¿Cuál es el futuro del trabajo?
Algunos cristianos piensan que el cielo será como un servicio religioso eterno. Imaginan que flotaremos en las nubes, usando túnicas blancas y cantando himnos por siempre.
Si esa es tu idea del cielo, el trabajo parece temporal e insignificante. Puede que pienses: «Estoy soportando este trabajo hasta que llegue a la vida real, en la que no tendré que hacer nada».
Sin embargo, la Biblia nos da una imagen distinta.
La Biblia no concluye en las nubes, sino en una ciudad: la nueva Jerusalén bajando a la tierra nueva (Ap 21).
Las ciudades son lugares de cultura, arquitectura y actividad.
En la tierra nueva, ya no habrá maldición. No habrá más cardos y espinas. No habrá más frustración, sudor ni agotamiento.
Pero sí habrá servicio.
Apocalipsis 22:3 dice: «Sus siervos lo adorarán». El término «adorar» a menudo se traduce como «servir».
Serviremos a Dios. Reinaremos con Él.
Piensa en lo que Adán debía hacer. Se supone que debía explorar el mundo, desarrollarlo y llenarlo de la gloria de Dios. El pecado lo detuvo.
En la tierra nueva, el segundo Adán (Jesús) nos restaura a nuestro propósito original.
Las Escrituras nos enseñan que serviremos y reinaremos con Cristo. Aún no sabemos con certeza cómo será eso, pero no se sentirá como un trabajo. Sentiremos alegría.
Imagina crear arte sin quedarte jamás sin inspiración. Imagina construir estructuras que nunca se deterioran. Imagina explorar el universo sin cansarte. Imagina trabajar en perfecta armonía con otros, sin envidia ni rivalidades de por medio.
Esto cambia la forma en la que vemos el trabajo ahora.
Nuestro trabajo hoy es la «primicia». Es un ensayo.
Al construir algo bueno, haces eco del futuro. Al ordenar el caos, representas una pequeña parábola de la nueva creación.
Tu trabajo no se trata solo de pagar las cuentas hasta que mueras. Es una práctica para la eternidad. Se trata de desarrollar los talentos que Dios te dio para que los uses para su gloria eterna.
Esto nos da esperanza.
En la tierra nueva, ese proyecto que no puedes terminar estará finalizado. La justicia por la que luchas, pero no puedes alcanzar, fluirá como el agua. La belleza que intentas crear, y que hoy es imperfecta, allí alcanzará su esplendor.
Trabajamos hoy en la esperanza del reino venidero.
Conclusión
Hemos tratado varios aspectos.
Comenzamos con el reloj despertador y la melancolía de los lunes por la mañana. Vimos a Dios como el primer trabajador. Admitimos que el trabajo está corrupto por el pecado, pero también vimos que Cristo lo redimió.
Analizamos los ídolos de nuestro corazón, el deseo de ser reconocidos o la tentación de la pereza.
Derribamos el mito de que el trabajo «secular» no importa, y vimos que todo trabajo legítimo es un llamado de Dios.
También hablamos de cómo deberíamos trabajar de verdad: con excelencia, integridad y gracia, antes de finalmente descansar en el diseño de Dios.
Entonces, ¿hacia dónde vamos desde aquí?
Mañana por la mañana, la alarma sonará otra vez.
Tendrás que levantarte, ir al trabajo y lidiar con tu jefe difícil o esa hoja de cálculo confusa.
Solo que, ahora, lo harás de forma diferente.
Lo harás equipado con una teología del trabajo.
Sabes que no eres solo un engranaje en una máquina. Eres un hijo de Dios, puesto en ese lugar en específico para glorificar a tu Padre.
Al volver a tu rutina diaria, recuerda que las labores ordinarias se convierten en una forma de adoración cuando se hacen para el Señor y no solo para la aprobación de los hombres. Aquello que se sienta pequeño o insignificante puede ser una ofrenda santa si se hace con fe, amor y sinceridad.
El apóstol Pablo nos dice unas últimas palabras de ánimo en 1 Corintios 15:58. Luego de escribir un largo capítulo sobre la resurrección y la esperanza futura del creyente, concluye con este mandamiento práctico:
Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano.
Tu trabajo no es en vano.
No es una pérdida de tiempo. No es insignificante.
Cada correo que respondes con amabilidad, cada piso que trapeas con excelencia, cada pañal que cambias con amor: todo eso importa. Dios lo ve y lo considera una forma de servirle.
Es por esto que el trabajo diario no es algo separado del ministerio. Tu lugar de trabajo puede convertirse en una labor silenciosa de ministerio cuando amas a tu prójimo a través de la calidad de tu servicio, la integridad de tu conducta y la compasión que demuestras a quienes te rodean.
Entonces, ve a trabajar.
Ve a trabajar sabiendo que eres justificado por la gracia, no por tu rendimiento. Ve a trabajar sabiendo que Jesús es tu verdadero jefe. Ve a trabajar sabiendo que estás amando al prójimo.
Permíteme orar por ti antes de que regreses a tus tareas.
Padre, oro por la persona que está leyendo esta guía. Te agradezco por el trabajo que le diste. Oro para que la ayudes a ver su trabajo a través de tus ojos.
Señor, cuando el trabajo sea duro y las espinas sean filosas, bríndale fortaleza. Recuérdale que está sirviendo al Señor Jesucristo.
Cuando se vea tentada a idolatrar a su carrera, recuérdale que su vida está escondida con Cristo en Dios. Dale el valor para descansar.
Cuando sienta que su trabajo es pequeño e insignificante, recuérdale que nada que se hace para ti es en vano.
Bendice el trabajo de sus manos, Señor. Que trabaje con tal excelencia y gracia que el mundo lo observe y te dé gloria a ti.
En el nombre de Jesús, amén.
Acerca del autor
EL EQUIPO DE CHRISTIAN LINGUA es la agencia de traducción cristiana más grande del mundo y ofrece servicios de traducción y doblaje para proyectos de video, audio y medios en todo el mundo.
Tabla de contenido
- Parte I: Una teología del trabajo (por qué es importante)
- El primer trabajador
- El mandato de la creación
- La corrupción del trabajo
- La redención del trabajo
- Una nueva motivación
- Vivir en la tensión
- Parte II: Los ídolos de la oficina (revisión del corazón)
- Identidad vs. llamado
- Las dos fosas
- La primera fosa: el trabajo excesivo
- La segunda fosa: la pereza
- La senda cristiana: la diligencia
- Trabajar para ser reconocidos
- Diagnóstico
- Parte III: El mito del trabajo «secular»
- Pastores vs. plomeros
- La sacralidad de lo ordinario
- El concepto de la vocación
- Pero ¿qué hay del evangelismo?
- Parte IV: Cómo trabajar como un cristiano (habilidades prácticas)
- La excelencia como testimonio
- Integridad en las zonas grises
- El jefe difícil y el colega molesto
- 1. Respondemos con sumisión.
- 2. Respondemos con gracia.
- 3. Respondemos con oración.
- Ser una presencia tranquila
- Parte V: El descanso y el final del trabajo
- El mandato del descanso
- Límites
- La ciudad eterna
- Conclusión
- Acerca del autor