#86 Vivir con simplicidad:despeja el caos de tu vida para Dios
INTRODUCCIÓN: TU VIDA, RUIDOSA Y CAÓTICA
Hace poco, un domingo por la tarde después de la iglesia, me senté, encendí el televisor y descubrí que tenía la opción de ver ocho partidos de fútbol en una pantalla al mismo tiempo. (Como dijo el teórico del caos de Parque Jurásico: «¡Tus científicos estaban tan preocupados por si podían o no, que no se detuvieron a pensar si debían!»).
Lo sintonicé por pura curiosidad, e inmediatamente me sentí abrumado por la experiencia. Aunque de pronto disponía de una enorme cantidad de información por estar mirando ocho partidos al mismo tiempo, enseguida me di cuenta de que era incapaz de centrarme en ninguno. Pasaban tantas cosas que me sentía insensible a todo ello e incapaz de concentrarme en ningún partido en particular. Si a eso le añadimos dos niños curiosos que preguntaban a la vez, un bebé que jugaba con un juguete a pilas que parecía diseñado únicamente para proyectar luces intensas y hacer el mayor ruido posible, y un perro que ladraba para salir, ¡desde luego, vaya día de descanso!
Nuestra cultura es acelerada y ruidosa. Tendemos a quererlo todo más grande, mejor y más rápido. ¿Pero es eso realmente mejor? Yo creo que no, y la mayoría lo sabe. Hoy asistimos al consiguiente aumento del agotamiento, la desesperanza y la soledad, así como a una disminución de la capacidad de atención, a amistades más superficiales y a una creciente sensación de que no podemos controlar todo.
Piensa en todas las cosas de la vida que compiten por tu tiempo, esfuerzo y energía. Fíjate en lo rápido que se llena tu agenda. ¿Cuántas veces te despiertas con una lista de tareas pendientes para el día y, sin embargo, cuando te acuestas, apenas has avanzado en ellas? Hace poco, alguien me preguntó cómo podía orar por mí, y mi instinto inicial fue responder: «¡Ora para que el día tenga 28 horas!». Nuestras reacciones instintivas suelen revelar lo que hay en nuestro corazón, ¿no es cierto?
Cada día dices «sí» y «no» a ciertas cosas, desde las muy importantes hasta las que lo son menos, e incluso desde cosas buenas y piadosas hasta tentaciones pecaminosas. Nuestra vida se llena enseguida de cosas. Al igual que el agua se mueve y adopta la forma del recipiente en que se encuentra, nosotros nos apresuramos a dedicar tiempo, energía y esfuerzos a una amplia gama de pretendientes que compiten por nuestra atención. Al igual que ese armario olvidado en el sótano que, lento pero seguro, ha acumulado todo tipo de objetos, cajas y cachivaches sueltos, nuestra existencia se llena de un caos de citas, prácticas, disciplinas personales, cenas y aficiones, más las sorpresas de la vida. Limpiamos nuestra casa para hacer hueco a las cosas buenas que queremos y necesitamos. De la misma manera, honramos a Cristo cuando eliminamos de nuestra vida distracciones inútiles, incluso pecaminosas, para centrarnos en las cosas buenas de Dios.
La Biblia nos resulta didáctica en esta cuestión. La Palabra de Dios nos enseña que tener por objetivo la mera obediencia a Jesús nos ayuda a tomar decisiones sobre qué merece nuestro tiempo, nuestro talento y nuestro tesoro. Nos enseña cómo podemos trabajar con tesón en respuesta a la gracia de Dios, al tiempo que descansamos de nuestras labores en espera del reposo sabático eterno en Cristo.
Esta guía de habilidades para la vida tiene por finalidad brindarte consideraciones prácticas a medida que tratas de sortear las preguntas cotidianas sobre a qué dedicarás tu vida. Te ayudará a ajustar tus prioridades y a simplificar tu vida para que puedas servir, adorar y seguir mejor a tu Salvador.
En esencia, este llamado a una vida simple no se trata de una respuesta cultural, ni siquiera de una vía hacia una mayor felicidad personal. No son consejos de vida para que alcances mejor tus objetivos por medio de una vida simplificada. Se trata de seguir a Cristo como Salvador. Él nos llama hacia Sí y luego nos recluta a su servicio. Él quiere todo nuestro afecto y devoción.
¿Qué importa realmente? ¿Qué es verdaderamente importante? Al tener más claras estas preguntas, podemos despejar el caos de nuestros armarios mentales y fijar nuestra mente en las cosas de arriba. Esta guía te ayudará a centrar tu vida mientras analizas estas preguntas y trabajas este material con un amigo.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué hace «ruido» en tu vida actual? ¿Qué parece requerirte mucho tiempo, esfuerzo y carga mental? ¿En qué piensas cuando te acuestas por la noche?
- ¿Qué es un «caos» en tu vida actual? ¿Qué relaciones, responsabilidades o problemas parecen interponerse en tu camino o no tienen un «lugar» específico en tu vida?
Audioguía
Audio#86 Vivir con simplicidad:despeja el caos de tu vida para Dios
1 El equilibrio entre
concentración y tesón
Este tema tiene más matices que un simple «¡haz menos!» o «¡haz más!». Despejar el caos de tu casa no es únicamente deshacerte de cosas que ya no necesitas; es hacer hueco a las cosas buenas que sí necesitas. La imagen que vemos en las Escrituras de aquellos que buscan seguir a Jesús en su vida es la de personas que trabajan con tesón por el reino, contentadas a su vez con la obra terminada de Cristo para con ellas. La disciplina de vivir con simplicidad supone crecer en nuestra capacidad de decir «no» a cosas inútiles para decir «sí» a las cosas buenas de Dios.
Dos pasajes útiles para conectarlos mientras buscamos crecer en la vida simple son 1 Tesalonicenses 4:11 y 1 Corintios 15:10. Ambos fueron escritos por el apóstol Pablo. Juntos nos brindan un marco al que aspirar en nuestra vida.
Aspira a vivir tranquilo
Piensa, en primer lugar, en la exhortación de Pablo a vivir como cristianos en 1 Tesalonicenses 4:1-12. Si bien hay abundante estímulo práctico para nosotros a lo largo del pasaje, para nuestros propósitos nos interesa particularmente el versículo 11, que nos exhorta a «procurar vivir tranquilos, a ocuparse de sus propias responsabilidades y a trabajar con sus propias manos. Así les he mandado».
En cierto modo, esa frase suena como si perteneciera a una época pasada. A tiempos más sencillos. Y, sin embargo, estos son mandatos de la Palabra de Dios para todo cristiano de hoy. Consideremos brevemente cada uno de los tres mandatos.
Para empezar, debemos aspirar a vivir tranquilos. ¡Qué exhortación tan apropiada para nuestros días! Piensa en todas las formas en que nuestra era de las redes sociales amplifica el «volumen» de la vida. Nos dicen que otras personas deben conocer cada «estado» de nuestra vida: dónde estuvimos, con quién, qué comimos, qué hicimos, etc. El matrimonio impío de los teléfonos inteligentes con las noticias 24 horas ha implicado que estemos constantemente conectados y disponibles para que nos contacten. Esto ha supuesto una carga para las relaciones cara a cara, de persona a persona; la próxima vez que tomes café con un amigo, quita el teléfono de la mesa y mira si no es mejor la conversación. Pero, además, tenemos acceso a cada tragedia, a cada escándalo, a cada noticia de última hora en tiempo real. Llevar el teléfono en tu bolsillo te ha dado la posibilidad de oír los gritos del mundo. Tú no estabas destinado a soportar todo ese dolor a la vez.
Vivir tranquilo no significa que tengas que esconder la cabeza en la arena y aislarte del mundo. De hecho, deberíamos aspirar a ser ciudadanos informados que deseen saber qué sucede a nuestro alrededor. A fin de cuentas, hay mucho por lo que orar en un mundo tan problemático. Sin embargo, si fueras honesto, podrías admitir que gran parte de tu caos mental proviene del goteo constante de dopamina de tu vida en línea. Nuestro «miedo a perdernos algo» en las relaciones nos impulsa a permanecer constantemente en línea para no perdernos el próximo chisme jugoso sobre alguien que a lo mejor ni conocemos en la vida real.
Vivir tranquilos significa que tenemos la vista puesta en nuestras ocupaciones y preocupaciones. Significa que deseamos poner nuestra casa en orden correctamente y como es debido. Deberíamos preocuparnos más por la viga de nuestro propio ojo que por la astilla del de nuestro hermano (Mt 7:3-5).
El siguiente mandato se aplica hoy a nosotros de manera similar: ocúpate de tus asuntos. La realidad es que no podemos resolver todos los problemas del mundo. No podemos abordar todas las necesidades. Tú no eres el Salvador del mundo. Por la gracia de Dios, adoramos al verdadero Salvador. Fidelidad significa que todos los días aspiremos a tomar decisiones que honren a Cristo, tanto en lo grande como en lo pequeño, y le confiemos los resultados al Señor. Todos tenemos responsabilidades específicas que el Señor nos ha confiado. Se nos acumula el caos mental, por ejemplo, descuidando las cosas buenas que Dios pone ante nosotros para perseguir, en cambio, cosas malas o pecaminosas. ¿Qué querría Jesús que hicieras hoy? Hazlo como te guíe el Espíritu Santo, y adopta el mismo objetivo mañana. No puedes resolver todos los problemas, pero puedes aspirar a la fidelidad en las cosas que Dios ha puesto ante ti.
Por último, se nos alecciona a trabajar con nuestras manos. En lo que respecta a nuestra vida mental, este es un mandato para construir, en lugar de derribar y destruir. Nosotros, pueblo de Dios, lo seguimos a Él y aspiramos a construir, crear y unir. La Biblia le habla a nuestro momento cultural. En un mundo al que le encanta derribar, qué mejor manera de luchar contra las tinieblas que construir. Sé fiel en las relaciones y comprometido en el matrimonio. Ten hijos, únete a una iglesia local, emprende un negocio o trabaja para crear cosas hermosas. Los cristianos podemos disfrutar y celebrar la belleza de la creación y el diseño de Dios. Así es la vida en el reino de Dios.
En conjunto, estos mandatos nos dan una imagen de fidelidad tranquila como discípulos de Cristo. Nosotros no somos el Salvador omnisciente y omnipotente del mundo. ¡Jesús sí lo es! Aunque, ciertamente, puede preocuparnos la aflicción, debemos tratar de ayudar en lo que podamos y orar por las situaciones que vemos y conocemos a nuestro alrededor. También debemos confiar en que Dios es soberano. Él ha actuado sobre nuestra enorme necesidad. Esto nos lleva a ser fieles en las cosas que el Señor ha puesto en nuestras manos y a confiarle los resultados. Él es quien invita a todos los que trabajan y están agobiados a que acudan a Él a descansar.
Trabaja con tesón por la gracia de Dios
Pensemos ahora en el mensaje de 1 Corintios 15. El contexto es que Pablo escribe para defender su trabajo y su ministerio de aquellos que intentan desacreditarlo. En el versículo 3 nos recuerda lo más importante para nuestra fe: que Jesucristo murió, fue sepultado y resucitó de acuerdo con las Escrituras. Luego, Cristo resucitado se apareció a varios de sus seguidores. Se le apareció a Pablo «el último de todos», ya que Pablo no era un seguidor original de Cristo, sino que nació «fuera de tiempo». Pablo dice que él es el más insignificante de los apóstoles porque persiguió a la iglesia de Dios antes de su conversión. Mira ahora el versículo 10. A pesar de la debilidad e insuficiencia aparentes del historial espiritual de Pablo, él conserva en su vida la gracia de Dios, que lo impulsó en la vida y en el ministerio: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y la gracia que él me concedió no se quedó sin fruto. Al contrario, he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo».
Pablo es, obviamente, un gran exponente de la gracia y misericordia gratuitas de Dios. Y, sin embargo, es esa misma noción de gracia la que lo motiva a «trabajar con más tesón» que ningún otro apóstol por amor a Cristo y su reino. Analicemos lo que nos enseña esto sobre el trabajo y la productividad. Vivir con simplicidad no significa que nos retiremos a una cabaña junto al lago a aguardar la Segunda Venida de nuestro Señor. Por el contrario, la gracia nos impulsa a trabajar con tesón por Cristo y su reino. Nos insta a ajustar nuestras prioridades y a simplificar nuestra misión para estar más en consonancia con los mandatos de Cristo que con nuestros deseos personales.
Pablo trabaja con tanto tesón como le es posible, por el poder del Espíritu, porque su particular deseo es el nombre y el renombre de Jesucristo, su Salvador. Quizás nosotros nos sentimos muy atareados porque estamos divididos entre nuestra devoción a Cristo, por un lado, y nuestros propios reinos, por otro. Sin duda, esto nos añade muchas más preocupaciones.
El ejemplo de Pablo es didáctico en cuanto a este punto. Dado que la gracia de Dios lo había influido y transformado de manera tan profunda, pudo enfrentar sin miedo la vida que Dios tenía para él. Tenía tanta libertad, paz y confianza, pasara lo que pasara, porque su seguridad estaba en Cristo.
Tómate unos momentos para pensar en cómo sería tu vida si creyeras que todo lo que Dios te ha prometido es verdad. Si estuvieras seguro y protegido en Cristo para siempre, ¿de qué forma te daría eso la audacia para enfrentar los desafíos del mañana? Si creyeras que, en el momento en que cerraras los ojos por última vez en la tierra, despertarías en un cielo nuevo y una tierra nueva, ¿cómo afectaría eso a tus valores? ¿A tus decisiones? ¿A tus relaciones?
Preguntas para reflexionar:
- ¿Tienes tendencia a ser perezoso, o a ser ambicioso? ¿Qué le diría la Palabra de Dios a alguien que lucha en cualquiera de estas direcciones?
- ¿Cómo nos ayuda la combinación de 1 Tesalonicenses 4:11 y 1 Corintios 15:10 a comprender el valor de una vida centrada y simple como cristianos? ¿De qué modo consigue la verdad de Dios que «ajustes» el enfoque de tu vida?
- ¿Qué otros pasajes y promesas de las Escrituras nos vienen a la mente para modelar nuestro pensamiento sobre este tema?
2 La raíz de la simplicidad
Llegados a este punto, deberíamos hacer una pausa y balance de nuestra vida. ¿Cuáles son las cosas que compiten por tu tiempo, esfuerzo y energía mental? Si dijeras «sí» a cada petición que te hicieran o a todas las cosas que quisieras alcanzar, ¿cuánto tiempo extra al día requeriría eso?
Además, ¿en qué piensas la mayor parte del tiempo? Cuando tu mente divaga, ¿en qué se centra? Esas cosas también forman parte de esta ecuación. Hay momentos en que los problemas o preocupaciones menores consumen cantidades desproporcionadas de nuestra capacidad mental. Esto supone una carga para las demás preocupaciones que tenemos.
Nosotros experimentamos esto en una época y una cultura que nos dicen reiteradamente que es preciso que hagamos más, seamos mejores y produzcamos más. Somos juzgados y evaluados en función de lo que podemos hacer y de cuánto podemos lograr.
El antídoto del evangelio a nuestra cultura, impulsada por el mercado, es la verdad de que somos amados, perdonados, aceptados y salvos únicamente por la obra terminada de Jesucristo. Cuando Jesús afirmó: «Todo se ha cumplido», ¡lo decía en serio! Analiza lo que esa asombrosa verdad significa para tu vida (y no solo para tu destino eterno, sino incluso para tu vida en este momento). Apartados de Cristo, no tenemos rumbo en la vida. Es fácil acumular un montón de «cosas» mentales si no estás seguro de tu futuro, y mucho menos del presente. Como el padre que tiene un garaje lleno de objetos de todo tipo por si algún día necesita ese trozo de madera perfecto, si tu seguridad no está en Cristo, tratarás de guardar más de lo que puedes manejar. Apartados de Jesús, no podemos tener confianza en esta vida.
Compara esa situación problemática con la confianza sólida que un cristiano puede tener en su vida diaria. Como nuestro futuro está seguro en Cristo, y ya no tratamos de ganarnos la aceptación de Dios ni de restituirle lo que nos ha dado, podemos centrarnos en las cosas que importan en la vida. Ciertamente, es más fácil decirlo que hacerlo. Pero cuando pensamos en vivir con simplicidad para Dios, eso quiere decir que hemos desechado los aspectos de bajo valor y alto costo energético de nuestra vida y, por el contrario, podemos invertir más en las cosas eternas y espirituales que Dios tiene para nosotros.
La satisfacción
Uno de los dones de Dios a su pueblo es una confianza serena en quiénes somos ante Él. En lugar de dejarnos arrastrar en todas direcciones por los vientos de la cultura y las circunstancias, podemos tener una confianza arraigada en lo que Jesús ha hecho por nosotros. Eso queremos decir cuando hablamos de estar satisfechos en Cristo.
Analiza todas las formas en que te has sentido insatisfecho en la vida: frustraciones con el trabajo, la familia o las relaciones. La esencia de la «crisis de la mediana edad» es que las personas llegan a un punto en su vida en que se dan cuenta de que esta no ha ido como imaginaban. Cuando nuestras esperanzas están depositadas en las cosas frágiles de este mundo, es fácil frustrarse cuando esas personas y cosas siempre nos defraudan y decepcionan.
La confianza en Cristo nos hace salir de las frenéticas carreras del mundo. Antes de Jesús, todos necesitamos ciertas cosas de las personas que nos rodean: aceptación, seguridad, amor, etc. En Cristo obtenemos todas aquellas cosas que nuestra alma anhela. Eso, a su vez, le aporta una gran libertad a nuestra vida. Antes, es posible que hayas estado planteándote las relaciones con una necesidad subconsciente de ser aceptado. Una vez que aceptes a Cristo, comenzarás a plantearte las amistades de una manera mucho más libre. En lugar de necesitar amor y seguridad de tu cónyuge, puedes encontrarlos en Jesús, tu Salvador. Y, entonces, todo el amor y la seguridad que tu cónyuge pueda darte son una bendición añadida a lo que ya tienes en Jesús.
Otro vocablo para esta realidad es «contentamiento». Significa que estamos cómodos. Estamos en paz. Asentados. Ese es un maravilloso don de Cristo a su pueblo.
Toma una Biblia y dedica unos minutos a leer y analizar Isaías 7. Israel estaba en guerra y sus enemigos se habían aliado en su contra. En el versículo 2 leemos: «[…] se estremeció el corazón […] de su pueblo, como se estremecen por el viento los árboles del bosque». Miedo. Confusión. Preocupación por un futuro incierto. Dios habla para tranquilizar y recordar a su pueblo que no importa quién esté al otro lado de las líneas de combate. Lo que marca la diferencia es si hemos confiado o no en Dios. Él es lo que marca la diferencia. Al final del discurso de Dios, en el versículo 9, le recuerda a su pueblo: «[…] si ustedes no creen en mí, no permanecerán firmes».
Analiza la contraposición. Cuando no nos contentamos en Dios, nuestras almas se estremecen por el viento como árboles sacudidos de un lado a otro por los fuertes vientos del cambio. Sin embargo, el que está en Cristo puede permanecer firme en Él.
El puritano Jeremiah Burroughs escribió un tratado clásico sobre el tema, titulado La joya rara del contentamiento cristiano. Afirma: «El contentamiento cristiano es esa disposición espiritual dulce, interna, tranquila y llena de gracia, que se somete libremente y se deleita en la voluntad sabia y paterna de Dios en todas las condiciones». Un cristiano puede mantenerse firme en Cristo por la fe, pase lo que pase, porque tenemos un contentamiento y una satisfacción asentados en y a través de Jesucristo, nuestro Señor.
Si el caos en nuestra mente surge, en parte, de un descontento general con nuestra vida, qué maravilla es que podamos permanecer firmes gracias a Jesús. El Señor, en su sabiduría y bondad, da y quita, y quienes estamos en Cristo podemos confiar en que la disposición paternal de Dios hacia nosotros no ha cambiado a pesar de nuestras circunstancias actuales.
¿Cómo podría esta realidad aportar claridad a tu vida? Estas son la libertad y la paz que Jesús da a su pueblo. Nos permiten enfocar nuestra atención en las cosas de Dios. Aunque continuamos viviendo en este mundo, y las preocupaciones de la vida competirán por nuestro tiempo y nuestra energía, podemos ser fieles en el manejo de lo que está a nuestro alcance para la gloria de Dios.
El descanso, la ansiedad y los límites humanos
Los estudios psicológicos están empezando a demostrar lo que todos sabemos instintivamente y que la Biblia nos ha dicho durante miles de años: que el cuerpo humano necesita descanso. Cuando seguimos adelante y continuamos trabajando sin parar, eso no solo nos agota, sino que la calidad de nuestro trabajo también empieza a disminuir. Gran parte de la complejidad de nuestra vida deriva del puro agotamiento por estar demasiado sobrecargados. Somos criaturas finitas, y nuestro Creador nos ha dicho que debemos descansar de nuestras labores. Observa nuevamente el equilibrio que hay aquí. Debemos trabajar diligentemente en las tareas que Dios tiene para nosotros. También debemos tomarnos un tiempo ─concretamente, un día a la semana─ para descansar de ese trabajo. El día del Señor tiene por objetivo recordarnos la grandeza de nuestro Salvador. Por eso lo adoramos como su pueblo.
Otra herramienta, subestimada pero profundamente práctica, que el Señor nos ha dado para este fin es el sueño. Cuando tienes problemas en la vida, una de las primeras cuestiones que debes analizar es si duermes lo suficiente. Hebreos 4 nos promete que aún queda un reposo sabático eterno para el pueblo de Dios, el cual será precedido por Jesucristo, nuestro gran sumo sacerdote. Podemos descansar hoy en Cristo como anticipo de ese reposo celestial que aún está por venir. Cuanto más mantengamos nuestros ojos en Jesús y nos centremos en las cosas de Dios, menos nos centraremos en los problemas y preocupaciones del mundo que no podemos solucionar.
Dios ordena a su pueblo que aspire al descanso para el cual fue creado no solo porque hayamos terminado nuestro trabajo. Lo vemos incluso en la vida y el ministerio terrenal de Jesús. En Marcos 6:31 leemos: «Y como no tenían tiempo ni para comer, pues era tanta la gente que iba y venía, Jesús dijo: “Vengan conmigo ustedes solos a un lugar tranquilo y descansen un poco”». Aquí aparece Jesús priorizando el descanso y la concentración para llevar a cabo su misión de manera más efectiva. Estar demasiado ocupado como para descansar y honrar el día del Señor es un enorme indicio de que tu vida es tan ruidosa y caótica que tú no eres eficiente en el ministerio. Aunque adoramos a un Dios que nunca se cansa ni duerme, nosotros sí necesitamos hacerlo.
En Mateo 6:25-34, en mitad del sermón de la montaña, Jesús enseña a su pueblo a no estar ansioso. Es la primera vez que usamos ese término en esta guía de habilidades para la vida, pero qué adecuado es para el caos de nuestra mente. Nos ponemos ansiosos cuando nuestras preocupaciones crecen más allá de lo inmediato y concreto para ampliarse al ámbito de las posibilidades hipotéticas. Jesús le dice a su pueblo: «Por lo tanto, no se preocupen por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas».
Piensa en lo que escribe Pablo en Filipenses 4:6-7: «No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús».
Qué reconfortante que la paz de Dios, que sobrepasa el entendimiento, pueda cuidar nuestros corazones y pensamientos frente al ruido de nuestra vida. Cuando descansamos en Jesús, nos centramos en Él. Eso nos recuerda que, aunque tengamos pruebas y problemas en este mundo, no todos los problemas son una emergencia. Algunos requieren atención inmediata hoy, pero muchas cosas que ocupan nuestra mente son problemas «para mañana». Esto no es mera procrastinación. La verdad es que multitud de conversaciones, correos electrónicos, llamadas telefónicas o tareas domésticas pueden esperar hasta que puedas prestarles la debida atención.
Si despejar el caos de ese armario del sótano supone hacer hueco y organizarlo para que puedas manejar mejor el espacio, simplificar tu vida para Dios implica comprender claramente lo que es urgente e importante ahora, en contraposición a lo que se puede abordar con igual facilidad más adelante. Significa contentarnos en Cristo para que podamos descansar en Él.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué áreas de tu vida están revueltas/intranquilas? ¿Te parece el contentamiento en Cristo un concepto extraño? ¿Cómo sería si estuvieras satisfecho con la obra terminada de Cristo?
- ¿Qué «necesitas» de las diversas relaciones de tu vida? ¿Qué haces cuando esas personas no son capaces de cumplir en esas áreas?
- ¿Cómo es el descanso en tu vida? ¿Es el domingo un día de caos o de descanso? ¿Qué cambios prácticos podrías hacer para honrar el mandato de Cristo y, al tiempo, descansar realmente de tus labores?
- ¿Qué te tiene ansioso ahora mismo? ¿Cuáles de esas cosas necesitan atención inmediata y cuáles pueden esperar? ¿Qué disciplinas podrías emplear para repartir tu carga de trabajo de una manera más organizada, en lugar de tenerlo todo pendiente a la vez?
3 El fruto de la simplicidad
Gran parte de nuestro trabajo hasta este momento ha consistido en liberar espacio y repartir nuestra carga de trabajo. Un término clave en esta guía de habilidades es «concentración». Les hacemos hueco en nuestra mente y nuestra vida a las cosas buenas de Dios. En este apartado regresaremos al sermón de la montaña de Jesús, en Mateo 6, para centrarnos en lo que deberíamos buscar en la vida. La simplicidad aporta claridad.
Busca primero el reino de Dios
Mira nuevamente Mateo 6:25-33. Aquí, Jesús enseña a sus discípulos a no estar ansiosos. Ya hablamos anteriormente del lado negativo del mandato: «No se preocupen». También hay un elemento positivo. En los versículos 31-33, Jesús dice: «Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?”, o “¿Qué beberemos? “o “¿Con qué nos vestiremos?”. Los paganos andan tras todas estas cosas, pero su Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, entonces todas estas cosas les serán añadidas».
Aquí, «paganos» es el término que alude a los incrédulos. Ellos buscaban soluciones a sus problemas materiales en el mundo de entonces. Solo les preocupaban las necesidades inmediatas. Esa es una vida caótica. No es que no importen cuestiones como qué comeremos o qué vestiremos. Tu Padre celestial ya sabe que necesitas estas cosas y provee a su pueblo. Esas cuestiones se resolverán. En cambio, Jesús nos llama a buscar PRIMERAMENTE el reino de Dios y su justicia. El resultado es que «todas estas cosas les serán añadidas». Es decir, las preocupaciones menores se resolverán solas cuando nos centremos en cosas más importantes.
Es como la historia de cuando Pedro caminó sobre el agua, recogida en Mateo 14. Cuando la mirada de Pedro está puesta en su Salvador, camina sobre el agua por el poder de Jesús. Solo cuando mira hacia abajo y se pregunta qué tal lo está haciendo comienza a hundirse. Si nuestro enfoque es tan limitado que evaluamos constantemente cómo lo estamos haciendo (¿somos suficientes?, ¿hicimos lo suficiente?), estaremos preocupados. Pero si nuestra mirada está fija en Jesús, podemos dejar de lado todo peso y correr de verdad la carrera que tenemos por delante (Hb 12:2).
Es bastante fácil afirmar que buscamos primeramente el reino de Dios en nuestra vida. En la práctica, puede resultar difícil hacerlo. Sin embargo, así es la vida de fe. Puedes mirar una silla y hablar todo lo que quieras acerca de su capacidad para sostenerte. Puedes citar la información de fábrica sobre su capacidad de carga o sobre el metal con que fue fabricada. Sin embargo, no te fías de la silla hasta que no te sientas y pones tu peso sobre ella. La auténtica fe debe dar paso a la acción.
Debemos buscar primeramente el reino de Dios, no solo a través de nuestras palabras, sino con nuestros actos, pensamientos y afectos. Esa marca fundamental del cristiano nos permite luego ordenar adecuadamente las demás facetas de nuestra vida.
Pide lo más importante
La historia bíblica de María y Marta es didáctica para nosotros conforme intentamos priorizar nuestra vida. Lucas 10 señala:
«Mientras iba de camino con sus discípulos, Jesús entró en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba lo que él decía. Marta, por su parte, se sentía abrumada porque tenía mucho que hacer. Así que se acercó a él y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sirviendo sola? ¡Dile que me ayude!”. “Marta, Marta —contestó el Señor—, estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero solo una es necesaria. María ha escogido la mejor y nadie se la quitará”» (Lucas 10:38-42).
Otra imagen de una vida caótica: «[…] estás inquieta y preocupada por muchas cosas». Las preocupaciones de Marta tal vez fueran buenas. Sin embargo, no fue capaz de priorizar y centrarse en lo más importante: estar con Jesús. Marta estaba tan ocupada con las tareas de la vida que se distrajo de la persona a quien, desesperadamente, necesitaba escuchar y junto a quien necesitaba estar.
Esta historia conecta con nosotros porque todos queremos ser como María, pero con mucha frecuencia nos sentimos como Marta.
- «La lista de cosas pendientes es demasiado larga».
- «Los platos no se lavan solos».
- «¿Cómo voy a terminar mi trabajo?».
- «La maleza está invadiendo el jardín».
- «¿Qué hay de cena?».
La lista es interminable.
No sabemos cómo habría acontecido la historia si Marta hubiera sido como María desde el principio. Seguramente habría estado menos distraída y ansiosa. Imagino que las tareas se habrían hecho igualmente. Quizás Jesús hasta se habría ofrecido a ayudar.
Cuando estamos tan centrados en lo inmediato, es posible que nuestro tiempo se agote y nosotros nos quedemos sin poder considerar cosas más perdurables. Jesús es perdurable. Es eterno. Eso significa que debemos priorizar nuestra relación con Él. Como escribió Isaías: «Busquen al SEÑOR mientras se deje encontrar, llámenlo mientras esté cercano»(Is 55:6).
Identifica los ídolos
La Biblia emplea el término «ídolo» para cualquier cosa que no sea Dios y que tratemos como a un dios. Nosotros, normalmente, no utilizamos ese lenguaje, pero nuestra vida y nuestros afectos expresan lo que adoramos en la práctica. Pocos dirían abiertamente que adoran su trabajo o a sus hijos, pero su vida indica que es así.
Muchas cosas que forman parte del caos de nuestra vida son «buenas». Sin embargo, cuando les damos un peso y una importancia desproporcionados, terminan ocupando más espacio del que merecen. Tu trabajo es un don de Dios. Tu familia es un don de Dios. Tus hijos, tu cónyuge, tus amigos, etc., son dones de Dios. Debemos comprender nuestra responsabilidad en cada una de esas áreas de la vida. Parte de esa ecuación consiste en entender que nuestra responsabilidad principal es adorar a Dios y a nadie más.
Analiza las palabras de Jesús en Lucas 8:19-21: «La madre y los hermanos de Jesús fueron a verlo, pero, como había mucha gente, no lograban acercársele. “Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte” —le avisaron. Pero él contestó: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica”».
Jesús no es cruel ni indiferente hacia su familia terrenal. Nos muestra que su devoción principal es hacia Dios, seguida por «los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica» y, finalmente, hacia los miembros de su familia terrenal. Si hubiera dado prioridad a sus hermanos en esta situación, habría confundido el designio de Dios. Jesús, ciertamente, se preocupaba por ellos, pero tenía una conexión superior con aquellos que estaban unidos a Él por la fe. (Sin duda, estas primeras interacciones con sus hermanos se convirtieron en parte de los testimonios de estos, que más tarde entendieron lo que significaba confiar en Jesús como Señor y seguirlo como hermanos eternos y espirituales).
Cuando consideramos las cosas buenas de nuestra vida como dioses, eso nos confunde, nos provoca un caos mental y supone para las personas que nos rodean una carga que no pueden satisfacer. Honramos a Dios y podemos amar y servir mejor a quienes nos rodean cuando priorizamos a Dios en primer lugar.
Despejar el caos de tu vida implicará eliminar los ídolos para que puedas adorar y seguir al único Dios verdadero.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Cómo buscas primeramente el reino de Dios en tu vida? ¿Hay áreas de tu vida indiferentes al evangelio de Jesús? ¿Cómo sería someter esas áreas de tu vida a Jesús?
- ¿De qué manera te concentras en tu propio desempeño, en lugar de vivir en respuesta a la gracia de Dios? ¿Qué podrías cambiar para preocuparte menos por «qué tal lo estás haciendo» y, por el contrario, descansar en la obra terminada de Cristo? ¿Qué diferencia supondría eso?
- ¿Qué «ídolos» o dioses falsos compiten por tu afecto y adoración? ¿En qué sentido suponen esas cosas un caos en tu vida? ¿Qué te supondría desecharlas?
4 La práctica de la simplicidad
¿Qué tipos de cosas procuramos eliminar a medida que despejamos el caos de nuestra existencia para vivir para Dios? Este apartado final pretende dirigirte hacia varios caminos prácticos de reflexión, a fin de darles a distintos aspectos de tu vida el peso y la atención adecuados.
Considera aquello de lo que tú en concreto eres responsable
En la vida, determinadas tareas son genéricas y cualquiera puede hacerlas. Hay otras cosas en tu vida que solo tú puedes llevar a cabo. Son responsabilidad tuya. Eres el progenitor de tu hijo. Eres el cónyuge exclusivo de tu cónyuge. Si tienes trabajo, ese trabajo conlleva ciertas responsabilidades que se espera que desempeñes tú personalmente.
Piensa otra vez en la socorrida metáfora de cómo las tareas domésticas ilustran el modo de despejar el caos de nuestra propia vida. Hay una serie de cosas de las que ocuparse regularmente en tu casa o apartamento. ¿Quién es responsable de cada una de esas cosas? Es muy raro que una persona pueda hacer todo lo que requiere mantener su casa. Por el contrario, se delegan las labores en distintas personas, cada una responsable de su área, y, si cada cual hace su trabajo, se termina con todo.
Ahora aplica eso a tu vida. ¿Qué cosas, en concreto, te piden que hagas tu cónyuge, tu empleador o Dios? Debes procurar hacerlas fielmente. Luego puedes mirar a tu alrededor para ver dónde más puedes ayudar. Si intentas asumir más de lo que eres capaz, probablemente no podrás llevar a cabo las tareas o, si las puedes hacer, la calidad de tu trabajo se verá afectada por estar sobrecargado.
Saca tu Biblia y analiza la parábola de Jesús de las monedas de oro, en Mateo 25:14-30. Los hombres que tenían 5000 y 2000 monedas utilizaron lo que se les había dado y se responsabilizaron de ello. Produjeron más según lo que recibieron. El hombre que solamente recibió mil monedas las escondió y no produjo nada. Tenía miedo, no solo de su señor, sino también ante la perspectiva de perder lo poco que se le había confiado. El señor les dice: «¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel!» a los dos primeros hombres, que administraron correctamente sus dones. Pero el señor llama al tercer hombre malvado y perezoso y, al final, le quita sus únicas mil monedas.
Dios nos ha confiado a cada uno diversos dones y responsabilidades. Nosotros no tenemos que cuestionarlo a Él, desafiarlo o incluso pedirle más, sino ser fieles a lo que nos ha dado. Saber que estamos donde Dios desea que estemos, hacer lo que Dios desea que hagamos, aporta gran consuelo y paz a nuestra vida.
Tú no eres responsable ante el Señor de las decisiones de las personas que te rodean. Eres responsable de lo que Dios te ha dado a ti en concreto. Por tanto, es importante evaluar cuáles son esas responsabilidades concretas y, después, preguntar cómo podrías honrar a Cristo en esos diversos llamados.
La matriz de productividad
Una herramienta que puede servirnos para centrar nuestra vida consiste en analizar si algo es urgente o no, importante o no. Esto genera una cuadrícula de 2×2, y podemos abordar cada cuadrante con diferentes estrategias.
Urgentes e importantes: estas son las tareas más importantes de tu vida. Debes hacerlas, y hacerlas bien. Son las que requieren tu atención y tu energía mental al máximo. Haz un plan para llevar a cabo o cumplir estas responsabilidades.
No urgentes e importantes: estas también requieren tu atención, pero pueden estar «en segundo plano». No quieres olvidarte de ellas, pero las llevas a cabo más adelante. Es importante tener en cuenta que, si no te ocupas de estos asuntos, podrían volverse urgentes transcurrido algún tiempo.
Urgentes y no importantes: este es el tipo de cosas para las que podrías pedir ayuda o que incluso podrías delegar en otra persona. Es algo que requiere atención inmediata, pero no es preciso que te impliques tú en concreto. Estas cosas suelen ser las que generan caos en nuestra mente. Nos preocupa algo que tenemos ante nosotros y que, al fin y al cabo, no importa.
Ni urgentes ni importantes: esta es la categoría de cosas que conviene desechar. No son importantes. Ni siquiera pensarás en ellas ni las recordarás el año que viene. Deberíamos considerar estas cosas como son. No requieren ni merecen tiempo, esfuerzo o estrés de tu parte. Y, sin embargo, son las cosas que ocupan tanto espacio en los estantes de nuestra mente.
Tómate un momento, busca papel y bolígrafo y desarrolla esta matriz para ti mismo. Puedes rellenarla con tareas específicas, e incluso con responsabilidades genéricas. El objetivo es organizar tu calendario y tu pensamiento para dedicar menos tiempo a la categoría ni urgente ni importante, de modo que la mayor parte de tu esfuerzo se centre en las cosas urgentes e importantes.
Vivir con generosidad en respuesta a la gracia de Dios
¿Recuerdas el sentido de limpiar el armario del sótano? El incentivo para el trabajo a menudo radica en el hecho de que vas a hacer hueco a otras cosas. Despejar el caos en nuestra vida consiste en hacer hueco a Dios y a la vida piadosa. Cuando centramos nuestras prioridades en las cosas que realmente importan, creamos un espacio para amar, servir y dar como nunca antes. Analiza de qué manera todo lo que hemos hablado hasta este momento abre el camino a una vida generosa en respuesta a la gracia de Dios.
Si estás satisfecho en Cristo, ya no te empeñas en «quitar» nada a las personas que te rodean. En cambio, eres libre de preguntar: «¿Qué necesitas?» o «¿Cómo puedo ayudar?». De esa forma, estás agradecido por todo lo que tienes de la mano de tu Padre celestial, lo que forja un espíritu generoso en ti. Puedes ser pródigo con tu tiempo, tu talento y tu tesoro. Todo eso es un don de Dios, por su gracia. Te da margen para dedicar fielmente tu máximo esfuerzo cuando puedes decir «sí». También te permite conocer tus límites de tiempo y capacidad, para que no te sientas culpable cuando digas «no».
Cuando nuestra vida es un caos, es posible que no estemos seguros de qué es realmente importante. Tal vez debas aferrarte a todo por igual porque no estás seguro de qué es valioso. Cuando confías en Cristo y le das prioridad en tu vida, ves todo lo demás como secundario. Eso hace que sueltes el control sobre las cosas pasajeras del mundo. Podrían ser cosas buenas. Podrías disfrutarlas como regalos que son. Pero si el Señor te las quitara o se las diera a otra persona, no te preocuparías porque te contentas en Cristo.
Esto dice Jesús en Lucas 6:32-36, durante su sermón del llano: «¿Qué mérito tienen ustedes al amar solamente a quienes los aman? Aun los pecadores lo hacen así. ¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así. ¿Y qué mérito tienen ustedes al dar prestado a quienes pueden corresponderles? Aun los pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato. Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. Sean compasivos, así como su Padre es compasivo».
Este es el camino generoso de Cristo. Dios es justo. Retribuirá a cada cual por sus actos. Cuando somos libres en Cristo, eso nos abre al amor y a repartir la abundancia de lo que Cristo nos ha dado. Es un ideal profundamente cristiano amar a tus enemigos y hacerles el bien, prestar sin esperar nada a cambio. Las palabras de Jesús no tienen sentido para un mundo incrédulo que, ante todo, busca su propio beneficio. Aquellos que conocen el amor y la gracia de Jesús ahora tienen una base firme; son aceptados para siempre por Dios y bienvenidos a su familia para siempre.
Una vida sin caos te aporta un espacio y una libertad con los que puedes dar a los demás el tiempo, el talento y los tesoros que ya no necesitas para servirte a ti mismo. Esa generosidad hace brillar la luz del evangelio a través de las tinieblas de nuestro mundo.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Cuáles son las cosas más importantes de tu vida de las que tú en concreto eres responsable? ¿Les dedicas suficiente tiempo y reflexión para desempeñarlas fielmente? ¿Qué estás descuidando y por qué?
- Tras dedicar algo de tiempo a la matriz de productividad, ¿qué te sorprendió del ejercicio? ¿Qué cosas puedes delegar o eliminar de tu agenda y tus responsabilidades semanales?
- ¿Eres capaz de vivir con generosidad, no solo con tu dinero, sino incluso con tu tiempo y con los dones que Dios te ha concedido? ¿Qué obstáculos o preocupaciones te impiden ser generoso en tu vida diaria?
Conclusión
Si alguna vez has ayudado a tus abuelos o a un miembro mayor de la iglesia a mudarse, sabes que podemos acumular muchísimas cosas con el paso del tiempo. A menudo nos sorprende una caja en el armario que no se ha abierto en décadas, y ya ni siquiera estamos seguros de qué hay dentro.
Lo mismo ocurre en nuestra vida. Acumulamos de manera natural tareas, cargas, factores estresantes y preocupaciones por el mero hecho de vivir. Tenemos una red de relaciones, responsabilidades y sueños que esperamos cumplir. Quizás estemos intentando hacer demasiado, intentando lograr más de lo que podemos o intentando tener demasiadas cosas entre manos. Nos referimos a esto como «caos». Si deseamos honrar a Dios, conocerlo y darlo a conocer, debemos centrarnos en Él. Esta guía de habilidades para la vida, sin duda, contiene ayuda práctica y consejos de vida. Pero su propósito no ha sido simplemente incrementar tu felicidad personal, ni mucho menos responder a la moda cultural de la «simplicidad». Debemos hacer esto porque queremos adorar y seguir a Jesús. Al igual que María, debemos desear lo mejor: conocer a Jesús, nuestro Señor, ser conocidos por Él y seguirlo en nuestra vida. Jeremiah Burroughs escribió: «Si quieres tener una vida con contentamiento, no te aferres demasiado al mundo, no te ocupes de los asuntos del mundo más de lo que Dios te llama a hacer». Ciertamente, ¡es más fácil decirlo que hacerlo! Sin embargo, Dios, por su gracia, nos llama a una vida de paz, contentamiento y satisfacción con Él. Cuando trabajas para simplificar tu vida por amor a Cristo, te liberas para hacer fielmente todo aquello que Él te llamó a hacer.
Tabla de contenido
- 1 El equilibrio entreconcentración y tesón
- Aspira a vivir tranquilo
- Trabaja con tesón por la gracia de Dios
- Preguntas para reflexionar:
- 2 La raíz de la simplicidad
- La satisfacción
- El descanso, la ansiedad y los límites humanos
- Preguntas para reflexionar:
- 3 El fruto de la simplicidad
- Busca primero el reino de Dios
- Pide lo más importante
- Identifica los ídolos
- Preguntas para reflexionar:
- 4 La práctica de la simplicidad
- Considera aquello de lo que tú en concreto eres responsable
- La matriz de productividad
- Vivir con generosidad en respuesta a la gracia de Dios
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión