#87 Esperanza En Dios: Cómo Enfrentar La Enfermedad Con Un Cuerpo Debilitado
Introducción
Ya sea de corta o larga duración, terminal o tratable, recibir un diagnóstico y lidiar con una enfermedad crónica es cansador y, a menudo, solitario. Algunos días se sienten asfixiantes. La existencia cotidiana puede sentirse insoportablemente pesada. Las esperanzas y los sueños se desvanecen. El futuro solía estar pintado con tonos brillantes, pero ahora la oscuridad desciende y, poco a poco, cubre cada milímetro del lienzo de la vida.
Sarah tenía 28 años. Yo estaba estudiando en el seminario. Nuestro primer hijo acababa de nacer. Luego, a fines de 2002, llegó el diagnóstico: Sarah tenía esclerosis múltiple (EM). Veintiún años después, el 22 de diciembre de 2023, Sarah dio su último y doloroso suspiro, y partió a la casa del Señor.
Los primeros años, estábamos agradecidos. Los doctores explicaban los diversos síntomas; las respuestas se sentían mejores que la especulación. Eso era lo que nos decía la razón. Sin embargo, emocionalmente, nuestras mentes estaban dominadas por preguntas más oscuras, más irracionales y, a menudo, egocéntricas: ¿por qué Dios permite las enfermedades? ¿Qué tan rápido progresará la EM? ¿Podremos viajar? ¿Podremos tener más hijos? ¿Cómo afectará esto nuestra intimidad?
Si estás leyendo esto mientras tú mismo enfrentas una enfermedad, mientras acompañas a un amigo o a un familiar enfermo, o simplemente porque quieres estar preparado para servir a alguien en el futuro: gracias. Eres poco común. Basta con mirar las tasas de divorcio y la soledad agobiante que enfrentan las personas con enfermedades crónicas.
La presencia fiel es valiosa y atípica.
Enfrentar la enfermedad
El primer y mayor desafío es simplemente enfrentar la enfermedad. Enfrentarla implica reconocerla y evitar negarla. Implica pararse en la realidad dolorosa en lugar de ocultarse tras un optimismo ciego o clichés cristianos superficiales. Sí, confiamos en que Dios es bueno y soberano; eso es gloriosamente cierto. Pero no dejes que esas verdades te impidan ver lo que está frente a ti. Enfrenta tu enfermedad con honestidad y reconoce que lo haces confiando en Dios en medio de ella.
Con un cuerpo debilitado
Existió un tiempo en el que verse al espejo no era una pesadilla. Sin embargo, la realidad es que nuestros cuerpos se debilitan cada vez más. La firmeza se desvanece; los rasgos esculpidos se suavizan bajo las tormentas de la vida. Si estamos casados, lo mismo sucede con nuestro cónyuge.
El día de nuestra boda, nos prometimos en nuestros votos que seríamos fieles «en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad». En aquel día feliz, pronunciamos esas palabras sin reflexionar en profundidad, y eso está bien. Las parejas deberían poder disfrutar su romance sin caer en la desesperación. No obstante, con el tiempo, cada uno de nosotros llega al capítulo de su vida de «la enfermedad» y «la adversidad». Estemos casados o no, intentamos negarlo. Pulimos la fachada. Sin embargo, al ser criaturas físicas, todos estamos encerrados en cuerpos que van decayendo.
Lucha
La enfermedad simplemente acelera el ritmo en el que nuestro cuerpo decae, pero es una lucha que nadie puede evitar y que requiere fuerza en medio de la debilidad física. Entonces, enfrenta la enfermedad y lucha.
La enfermedad y el sufrimiento en un cuerpo debilitado son desgarradores. La tristeza puede ser abrumadora. Hay un sentimiento de pérdida, frustración y dolor por las oportunidades perdidas. Se siente injusto, especialmente en una cultura que premia la fuerza y la belleza físicas. Entonces, lucha.
Lucha por apreciar lo que tienes: familia, amigos, trabajo, seguridad. Crea el hábito de agradecer a Dios por todas las bendiciones, sin importar qué tan pequeñas sean. A menudo doy gracias a Dios por la crema espesa y la buena mermelada de frutilla untada en scones recién horneados. Sí, soy británico, y esta es una verdadera joya en mi vida de oración.
Lucha para preservar la dignidad y la belleza de haber sido creado como ser humano. A menudo, cuando el cuerpo falla, olvidamos que fuimos hechos a imagen de Dios. Es tentador rendirse, pero no lo hagas. No debemos idolatrar a nuestros cuerpos, pero como fuimos creados a imagen de Dios (Gn 1:27-28), debemos tratarlos con cuidado. Eso es difícil cuando el dolor no cesa y el aspecto físico resulta desalentador, pero haz lo que puedas con amor.
Una Navidad, un amigo adinerado le regaló a mi esposa una crema humectante de manos Christian Dior. Tenía un aroma exquisito y era un auténtico lujo. Cuando la apliqué en sus manos, ella se sintió cuidada. El resto de su cuerpo estaba fallando, pero con ese pequeño acto sostuvimos su dignidad como persona hecha a imagen de Dios todopoderoso. Y tal vez ella haya llegado al cielo con las manos más suaves y perfumadas a rosas que alguien pueda imaginar.
Por sobre todas las cosas, lucha para seguir confiando en Cristo, incluso cuando sientas que ya no tienes fuerzas y tus preguntas no tengan respuesta. Cuando Jesús clamó en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», fue la única ocasión en la que no se refirió a su Padre como «Padre». En ese momento, se dirigió a Dios como el Juez justo. Enfrentó el abandono, cargando con todo el peso de la justicia divina por el pecado. Era un sufrimiento más grande que cualquier cosa que podamos comprender. Como dice este gran himno:
El llevó la cruenta cruz
para darnos vida y luz;
ya mi cuenta Él pagó,
¡Aleluya! ¡Es mi Cristo! («El varón de gran dolor» de P. P. Bliss).
Sin importar lo que nos suceda en la vida, nunca soportaremos lo que Cristo tuvo que soportar. Esa verdad no trivializa nuestro sufrimiento, pero lo pone en perspectiva. También nos da alguien a quien acudir:
Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado (Hb 4:15).
Jesús nos entiende cuando nadie más lo hace. Entonces, lucha contra la introspección constante y vuélvete a Él. Él conoce lo que estás atravesando incluso mejor que tú mismo.
A continuación, te dejo seis reflexiones bíblicas. Oro para que estas te ayuden a enfrentar la enfermedad y a encontrar esperanza en tu cuerpo debilitado.
Cobren ánimo y ármense de valor, todos los que en el Señor esperan (Sal 31:24).
Audioguía
Audio#87 Esperanza En Dios: Cómo Enfrentar La Enfermedad Con Un Cuerpo Debilitado
Parte I: No Eres Tu Enfermedad
Enfrentar la enfermedad
Es fácil olvidar nuestra identidad en Cristo cuando estamos enfermos. En el ajetreo diario, todos los cristianos luchan para recordar quiénes son. Tenemos muchas funciones y responsabilidades importantes: somos padres, cónyuges y profesionales. Si bien todo esto importa, poco a poco puede convertirse en la medida de nuestro valor, mientras diversas presiones compiten por tener un lugar primordial en nuestras vidas. Si a esto le sumamos la rutina diaria, las redes sociales que exponen nuestras inseguridades y la comparación constante en torno al progreso profesional, nuestro sentido de identidad puede ser frágil incluso si gozamos de buena salud.
Luego, llega la enfermedad. Nuestros pensamientos pueden verse dominados por el horario de las medicinas, las citas médicas, los resultados de las pruebas y las limitaciones físicas. Nuestros cuerpos, antes confiables, comienzan a fallar. Las tribulaciones de la vida nos agobian profundamente. En esos momentos, es fácil definirnos por nuestros diagnósticos, niveles de dolor o pronóstico. Puede que comencemos a pensar: «Estoy enfermo», antes de recordar: «Soy de Cristo». Debemos recordarnos a nosotros mismos lo que dice la Biblia sobre las enfermedades y quiénes somos en medio de ellas. Incluso es posible encontrar a Cristo en el hospital o en el consultorio del doctor cuando anclamos nuestra identidad en Él y no en nuestros síntomas.
Aun así, la Palabra de Dios nos da seguridad y nos recuerda, como escribe Pablo, que somos bendecidos «en Cristo» (Ef 1:3). A través de la fe, estamos unidos a Él. Esta identidad no es frágil ni cambiante; es segura y eterna. Jesús mismo dice: «Yo soy la vid y ustedes son las ramas» (Jn 15:5a). Nuestra vida fluye de Él, porque nuestra unión con Él es nuestra identidad definitiva.
Esto es cierto para todos, estén enfermos o sanos. Puede que el ajetreo o el sufrimiento hagan que lo olvidemos, pero una enfermedad no afecta nuestra unión con Cristo. Nuestra identidad «en Cristo» debe ser nuestra principal prioridad, incluso cuando nuestros cuerpos fallan. En Él hay esperanza dentro de un cuerpo debilitado —una esperanza que la enfermedad no puede borrar y la debilidad no puede disminuir.
Más que un vencedor
La enfermedad transforma la manera en que nos vemos a nosotros mismos. Un diagnóstico puede convertirse en un nuevo nombre, una nueva categoría, una nueva etiqueta que nos define.
Sarah recibió su diagnóstico de esclerosis múltiple cuando yo estaba estudiando en el seminario. En ese momento, me encontraba inmerso en Romanos 8. En medio de la incertidumbre médica, estaba estudiando estas palabras:
Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rm 8:37).
El término griego que usa Pablo es hypernikōmen, a menudo traducido como «más que vencedores» o «más que victoriosos».
Esa palabra griega se grabó en mi corazón y se convirtió en un recordatorio constante de nuestra identidad todos los días durante más de 20 años. Cada año, en nuestro aniversario de bodas, le enviaba a Sarah una tarjeta con una sola palabra dentro: hypernikōmen. ¿Por qué? Porque necesitábamos recordarlo. No para recordar que la vida era fácil ni negar el dolor, sino para recordar el evangelio: era un recordatorio de nuestra identidad en Cristo.
Pablo no dice que algún día seremos vencedores. Dice: «somos más que vencedores». Tiempo presente. Ahora y siempre, en Cristo.
Si pusiste tu fe en Jesús, esto es cierto para ti también. Sin importar cuál sea tu dolor, tu prueba o tu diagnóstico: eres más que vencedor en Aquel que te amó.
Eso no elimina el dolor. Romanos 8 no ignora el sufrimiento. Basta con leer los versículos anteriores. De hecho, Pablo menciona claramente la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro y la espada (Rm 8:35). Aún en medio de esas realidades, Pablo declara la victoria, no gracias a la fuerza humana sino por la unión con Cristo.
Puede que tu cuerpo sea débil o que tu futuro sea incierto. Sin embargo, tu identidad no está determinada por los resultados de una resonancia magnética, tus análisis de sangre o tu historia clínica. Tu identidad está determinada por la cruz y el sepulcro vacío.
Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús (Rm 8:1).
El Espíritu mismo asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Rm 8:16).
Eso es lo que eres.
Solo en esta verdad encontrarás belleza en medio de tu prueba, no porque el sufrimiento sea algo bueno, sino porque Cristo está junto a ti en medio de él. Porque nada, «ni la muerte ni la vida […] ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rm 8:38-39).
En la práctica, ¿cómo se ve todo esto?
Hubo un tiempo en el que Sarah no podía leer, ya que su visión era limitada. Entonces, escuchábamos la Biblia, algunos sermones y enseñanzas fieles. Orábamos juntos. Nos anclábamos en la verdad cuando nuestros sentimientos eran poco confiables, y buscábamos aliento espiritual para los enfermos en la Palabra.
La esperanza bíblica para un cuerpo debilitado surge cuando recordamos que la enfermedad no es nuestra identidad. No define quiénes somos. Somos «en Cristo». Y en Él, somos hypernikōmen: más que vencedores. Este no es un simple pensamiento optimista; es la esperanza bíblica que encontramos en la realidad del evangelio.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué suele definirte más en épocas de enfermedad o debilidad?
- ¿De qué manera Romanos 8 cambia tu forma de ver el sufrimiento?
- ¿Qué pasos prácticos puedes dar para ayudarte a recordar tu identidad en Cristo?
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Parte II: La Enfermedad Para La Gloria De Dios
Cuando la enfermedad nos golpea
Cuando la enfermedad nos golpea, la vida nunca vuelve a ser la misma. El control se nos escapa de las manos. No es una decisión que hayamos tomado. El futuro que imaginamos toma direcciones inesperadas y, en ese momento, nos preguntamos cosas como: «¿Por qué sucede esto? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a mí?». Nos preguntamos cómo encontrar la esperanza.
Pero Dios no permanece en silencio. No nos abandona en la oscuridad, obligados a encontrarle el sentido a nuestro sufrimiento. En Juan 9:5, Jesús declara: «Mientras esté yo en el mundo, luz soy del mundo». La Luz vino, y Él no nos abandona sumidos en la desesperación ni en la confusión; en cambio, se adentra en ellas y las confronta, demostrando el poder del amor de Dios.
Juan 9 ha sido un capítulo de gran consuelo a lo largo de los años. El versículo 1 comienza de manera sencilla: «A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento». Jesús lo vio, y ese detalle importa. El hombre no fue una interrupción, un inconveniente ni un rompecabezas teológico que se debía resolver. Simplemente fue visto. Si pasaste tiempo en una silla de ruedas o en una cama de hospital, sabrás lo fácil que puedes pasar desapercibido. Aun así, siempre hay esperanza en Dios.
A diferencia del sacerdote y el levita en la parábola del buen samaritano en Lucas 10, quienes pasaban por el camino de Jericó y siguieron de largo, Jesús no se desvía. No solo actúa como el buen samaritano: Él es EL verdadero buen samaritano que se acerca a nuestro sufrimiento.
Jesús nos ve
Cuando una enfermedad llega a nuestras vidas, podemos llegar a sentirnos invisibles: reducidos a síntomas, exámenes y estadísticas. Sin embargo, en Juan 9, Jesús ve. Y cuando Él ve, se acerca. Juan 9 continúa así:
A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos preguntaron: —Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?
Los discípulos hacen una pregunta que parece natural, pero es incorrecta. Es el reflejo del corazón humano. Queremos explicaciones. Queremos conocer el porqué rastreando los orígenes del sufrimiento. Vemos el mismo instinto en los amigos de Job (como Elifaz de Temán en Job 4:6-7). Nos hacemos preguntas similares hoy en día de forma más silenciosa: «¿Es esto un castigo? ¿Es mi culpa? ¿Por qué estoy sufriendo cuando otros no?».
Los discípulos querían una explicación y la recibieron, pero no la que esperaban. Querían conocer la causa de la ceguera, pero Jesús les enseñó su propósito, brindando una perspectiva bíblica sobre la sanación. Jesús respondió de esta manera:
―No está así debido a sus pecados ni a los de sus padres —respondió Jesús—, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida (Jn 9:3).
En Génesis 3 y Romanos 8 aprendemos que el sufrimiento ingresó al mundo por culpa del pecado. Jesús no niega esa realidad, pero cambia el enfoque. La explicación definitiva de la ceguera del hombre no son los pecados del pasado, sino el propósito soberano futuro de Dios. La explicación no se encuentra en las cosas que pasaron, ¡sino en las que vendrán!
Dios no reacciona a nuestro sufrimiento buscando la forma de darle un sentido positivo. Él es soberano sobre el sufrimiento. Sin importar cuán caótico parezca un momento de enfermedad (¡y las enfermedades pueden hacer que todo se sienta fuera de control!), no hay ningún sufrimiento que exista fuera de los propósitos de Dios. Esto no hace que sufrir sea fácil, pero le da un sentido.
En la sanación o en el sostén
En Juan 9, Jesús sana al hombre. Las obras de Dios son puestas en evidencia de forma dramática e inmediata. Pero hay algo aquí que es crucial: la gloria de Dios no depende solo de la sanación. A fin de cuentas, no depende de si el hombre fue sanado o no. Dios demuestra su poder en y a través de todas las personas, incluso cuando hallamos descanso en Él. El propósito de la discapacidad de mi esposa no era solo la posibilidad de una cura: era poner de manifiesto la obra de Dios.
A veces, eso ocurre por medio de la sanación; otras, por medio de la gracia sustentadora. Pablo aprendió esto en profundidad, como vemos en 2 Corintios 12:9, cuando el Señor le dice:
Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad […].
El poder se perfecciona en la debilidad. La gloria se revela en la fragilidad. La fuerza se muestra en la dependencia. Ya sea quitando la espina o sosteniéndonos en medio de ella, la obra de Dios se hace evidente.
Levantar nuestra mirada
La soberanía de Dios nos impulsa a levantar la mirada para ver más allá de la causalidad caótica y retrospectiva («¿Cómo llegué aquí? ¿Por qué a mí? ¿Qué sucesos causaron esto?»).
Nos empuja hacia un horizonte con vistas al futuro («¿Cómo manifestará Dios su obra a través de esto? ¿De qué forma se verá glorificado mediante esta prueba?»).
En lugar de estar atrapados mirando el pasado con desesperación, somos llamados a mirar hacia adelante con confianza, y eso transforma la enfermedad. Ya no es aleatoria. No carece de sentido. No está fuera de los propósitos de Dios: Jesús, la Luz del mundo, ilumina la oscuridad y replantea toda la conversación.
Entonces, cuando una enfermedad nos afecte y la vida nunca vuelva a ser la misma; cuando perdamos el control y el futuro se sienta incierto, Juan 9 es el ancla que necesitamos. Porque cuando la causa desconcierte a nuestras pequeñas mentes humanas, podemos confiar en el propósito porque la Luz ha llegado. Él nos ve. Él se acerca. Y, de formas que tal vez aún no podamos comprender, la obra de Dios se manifestará, ya sea por medio de la sanación o de la gracia sustentadora.
Esto no es negación. Es esperanza anclada en su soberanía. Por lo tanto, la enfermedad no existe fuera de la gloria de Dios. En Cristo, incluso aquí, la obra de Dios puede brillar.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Dónde buscas explicaciones de manera instintiva cuando lidias con el sufrimiento?
- ¿Qué significaría que las obras de Dios se manifestaran en medio de tu debilidad?
- ¿De qué manera el hecho de creer en la soberanía de Dios levanta tu mirada?
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Parte III: La Enfermedad Es Ligera Y Efímera
Ya hablamos de la identidad y de que la enfermedad no te define. Su voz puede ser fuerte, pero no definitiva. Luego, levantamos nuestra mirada hacia Dios y vimos que la enfermedad nunca está fuera de sus buenos y soberanos propósitos. Ahora pasaremos de la identidad y la soberanía a la comparación y la perspectiva. Vemos que en 2 Corintios 4:16-18 el apóstol Pablo dice:
Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo visible, sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno.
La paradoja del sufrimiento cristiano
Estas palabras no las escribió alguien desde su zona de confort. Fueron escritas por un hombre que había sufrido golpizas, un naufragio, traiciones, encarcelamiento y momentos de debilidad. Aun así, sorprendentemente dice: «No nos desanimamos».
Aunque por fuera nos vamos desgastando […].
La enfermedad visibiliza esto, ya que los cuerpos se debilitan, las fuerzas se acaban y la independencia se desvanece. Aquí no hay negación, y la Biblia en ningún momento pretende que el deterioro no es real. Pablo lo deja claro: por fuera nos vamos desgastando. Pero ese no es el fin de la historia.
[P]or dentro nos vamos renovando día tras día.
Esta es la paradoja del sufrimiento cristiano: nos deterioramos por fuera mientras nos renovamos por dentro. Muchos de nosotros hemos presenciado cómo un cuerpo se debilitaba mientras su alma se fortalecía. A medida que los músculos fallaban, la fe se profundizaba. A medida que la independencia se reducía, la dependencia de Cristo florecía. Pero esta renovación no se da de forma automática.
Se da cuando abrimos la Biblia, cuando oramos en nuestra debilidad, cuando nos aferramos a Cristo cuando nada más puede sostenernos. Dios no desperdicia el sufrimiento y la enfermedad. Por el contrario, usa estas pruebas como fuego para acrisolarnos (Sal 66:10; 1 P 1:6-7). Por lo tanto, donde el mundo solo ve pérdida y deterioro, el cielo ve crecimiento y renovación.
Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos […].
No nos agrada oír esa frase. ¿Ligeros? ¿Efímeros? El dolor crónico no tiene nada de ligero. No hay nada efímero en los años de enfermedad y tratamientos. No hay nada trivial en observar cómo se va alguien a quien amas. Pablo no minimiza el sufrimiento; lo compara.
Pone el sufrimiento en la balanza. De un lado están las décadas de enfermedad, duelo y angustia. Del otro lado está la gloria eterna. Cuando comparas el tiempo con la eternidad, incluso una vida es efímera. Cuando comparas la aflicción con la gloria, incluso la carga más pesada es ligera. El gran compositor de himnos William Cowper comprendió esto. Cowper estuvo enfermo gran parte de su vida. Uno de sus himnos dice así:
Sus propósitos madurarán con rapidez,
abriéndose hora tras hora;
el capullo tendrá amargo sabor,
pero dulce será la flor.
(«Dios obra de manera misteriosa» de William Cowper).
La enfermedad es el capullo amargo y la gloria es la flor. Esto no minimiza la enfermedad: las enfermedades son reales; sin embargo, no son definitivas. Pablo va aún más allá y dice que estos problemas:
producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento.
Es decir, el sufrimiento sirve de algo. No nos salva (solo Cristo nos salva), pero nos moldea, ya que actúa contra nuestro orgullo y expone a nuestros ídolos. Nos lleva a orar por los enfermos, nos anima a orar con fervor y nos desapega de un mundo que nunca pudo satisfacernos. En la economía de Dios, nada se desperdicia.
La enfermedad acrisola a quien la padece, pero también a quienes la observan. Las familias se transforman. Los amigos se despiertan. Las iglesias se humillan. Hay quienes se aferran más a Cristo porque vieron a otra persona aferrarse a Él y hallaron esperanza cristiana en su ejemplo.
Aquí hay un misterio y, a veces, ira. Puede que nunca comprendamos todas las razones para la enfermedad de este lado de la gloria. Sin embargo, las Escrituras insisten en que el sufrimiento no carece de sentido. Nos ayuda a obtener algo valioso y eterno, y nos muestra el poder de Dios en la debilidad. Por lo tanto, lo que se siente como una pérdida (la enfermedad) a menudo nos prepara para algo mucho mejor. Observa la frase:
[U]na gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento.
La gloria tiene peso. La enfermedad y el sufrimiento se sienten pesados, pero la gloria es más pesada. Supera el peso del duelo. Supera el peso de los lamentos. Supera el peso de la tumba. En otras palabras, la eternidad no solo compensará el sufrimiento: lo eclipsará.
Los bailes que la enfermedad nos arrebató no se pospondrán para siempre. Las capacidades que desaparecieron serán restauradas más allá de lo que podamos imaginar. Lo que aquí se vio obstaculizado, allá no tendrá obstáculos. Y cuando la eternidad se extienda frente a nosotros —infinita, radiante, ininterrumpida— veremos cuán cierto era este capítulo.
Fijarse en lo invisible
El presente, especialmente si estamos pasando por una enfermedad, puede sentirse muy pesado. ¿Qué podemos hacer?
Así que no nos fijamos en lo visible, sino en lo invisible.
Esta es la disciplina de la fe. Los cuartos de hospital son visibles. Los resultados de las pruebas son visibles. La debilidad es visible. Las dificultades económicas son visibles. El duelo es visible. Lo invisible requiere confianza.
– El Cristo invisible entronizado.
– La herencia invisible asegurada.
– La gloria invisible venidera.
Observar o fijarnos en lo invisible no es escapismo. Es realismo, ya que el mundo visible es temporal y el mundo invisible es eterno. Las comodidades materiales son engañosas, y el privilegio puede distraer nuestra mirada. Incluso los buenos regalos pueden alejar nuestra devoción de Dios silenciosamente. La enfermedad es una extraña forma de misericordia en este sentido: desvanece las ilusiones y expone la fragilidad de aquello de lo que alguna vez dependimos. Nos conduce a la sanación espiritual a la vez que nos obliga a preguntarnos qué es lo verdaderamente duradero.
Por lo tanto, fija tu mirada no en la fuerza humana, ni en las instituciones, ni en la reputación, ni siquiera en las mejores personas. Fíjate en las cosas invisibles.
¡Y no te estanques! El sufrimiento nos tienta a estancarnos. La autocompasión puede parecer un refugio suave y cálido. El duelo puede volverse con facilidad una identidad, y el dolor una excusa. Pero no somos víctimas en Cristo. Como dice Pablo, somos «más que vencedores», no porque el sufrimiento sea poco, sino porque Cristo es más grande y nos da fe aun frente a la muerte.
El misionero David Brainerd, quien murió joven y con un intenso dolor, una vez oró: «Señor, que no me demore en mi camino celestial». Esa es la oración de quienes se niegan a que su sufrimiento afecte su obediencia. Sí, debemos descansar, lamentarnos y procesar el duelo y la pérdida en Cristo, como también recibir ayuda. Pero no te estanques. Usa los regalos que Dios te dio en su misericordia. Ama a los demás. Persigue la santidad. Busca la alegría. Sirve a Cristo. Al esperar en el Señor en estos momentos, nuestras fuerzas se renuevan. Puede que la enfermedad limite tus capacidades, pero recuerda: «No nos desanimamos».
Esto no niega los dolores de la enfermedad; simplemente les da una nueva perspectiva al encontrar la esperanza en los momentos difíciles.
Gracias a Cristo, la enfermedad no te define. La enfermedad no está fuera de la gloria de Dios y es ligera y efímera en comparación con lo que vendrá. Cuando observamos los versículos sobre sanación y enfermedades crónicas, vemos que nuestras pruebas actuales nos están preparando para la gloria eterna.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué hábitos prácticos te ayudan a pensar en el sufrimiento como un lugar de perfeccionamiento en vez de resentimiento?
- Si la enfermedad y el sufrimiento son «ligeros y efímeros» en comparación con la gloria eterna, ¿de qué manera meditar regularmente sobre la eternidad puede cambiar la forma en la que interpretas los desafíos actuales?
- ¿Qué cosas «visibles» te distraen o te desaniman con más facilidad (la comodidad, la reputación, la seguridad, la injusticia, el duelo)? ¿Qué pasos prácticos podrías dar esta semana para fijarte de manera más intencional en el Cristo invisible y su gloria venidera?
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Parte IV: Hay Una Canción Para La Enfermedad
Lee los salmos una y otra vez hasta que tengas el vocabulario, la gramática y la sintaxis necesarias para entregar tu corazón a Dios en un canto de lamento. Al hacer esto, tendrás los recursos necesarios para lidiar con tus propias etapas de sufrimiento, desesperación y angustia; y para seguir adorando y confiando incluso en los momentos más oscuros («Why do miserable christians sing» [«Por qué cantan los cristianos afligidos»] de Carl Trueman).
Hay una canción para la enfermedad. No siempre es un himno triunfal; a menudo comienza como un quejido, un lamento. Analicemos el salmo 13 juntos, porque necesitamos salmos de lamento, en especial cuando enfrentamos una enfermedad.
Salmos 13 es uno de los salmos más cortos, pero carga con todo el peso del sufrimiento del corazón de un creyente. No comienza con confianza, sino con repetición:
¿Hasta cuándo, SEÑOR, me tendrás en el olvido?
¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?
¿Hasta cuándo he de atormentar mi mente con preocupaciones
y he de sufrir cada día en mi corazón?
¿Hasta cuándo mi enemigo triunfará sobre mí? (Sal 13:1-2)
Cuatro veces el salmista clama: «¿Hasta cuándo?». Es el lamento de una fe cansada. Al igual que un niño en el asiento trasero del auto durante un largo viaje («¿Cuándo llegamos?»), la pregunta de David no busca una respuesta. Busca expresar su dolor. El problema no es solo el sufrimiento en sí; tiene que ver con el tiempo: el sufrimiento a menudo parece prolongarse más de lo que un Dios misericordioso debería permitir.
Si convives con una enfermedad y con la debilidad progresiva, conoces este lamento. No es solo «¿por qué?» sino también «¿hasta cuándo?». Aquí tienes el primer consuelo: la Biblia lo entiende.
La gran promesa que encierran los salmos de lamento es que la lejanía de Dios siempre es temporal («Suffering wisely and well: The grief of Job and the grace of God» [Sufrir con sabiduría y bien: el dolor de Job y la gracia de Dios] de Eric Ortlund).
Salmos 13 no silencia la angustia, sino que la pone en palabras. Incluso en nuestros momentos más oscuros, las Escrituras nos brindan una canción para expresarnos. John Flavel, a mediados del siglo XVII, animaba a sus lectores a lamentarse diciéndoles:
Es mucho más propio de un cristiano compartir sus problemas con sinceridad que reprimirlos con mal humor. No hay pecado alguno en quejarse ante Dios, pero sí hay mucha maldad en quejarse de Él («Enfrentar el duelo: consuelo para los desconsolados» de John Flavel).
La queja de David
La queja de David se centra en tres aspectos:
– «¿Hasta cuándo, Señor, me tendrás en el olvido?» (v. 1). Su angustia más profunda no proviene de una amenaza física, sino de la ausencia divina. Se siente olvidado.
– «¿Hasta cuándo he de atormentar mi mente con preocupaciones […]?» (v. 2a). Su mundo interno es un caos. Sus pensamientos lo agotan.
– «¿Hasta cuándo mi enemigo triunfará sobre mí?» (v. 2b). Siente presiones externas: la oposición, la humillación, la vulnerabilidad.
El sufrimiento nunca afecta solo un área. La enfermedad rara vez pertenece a una sola categoría. Afectó la teología de David («¿Acaso Dios me abandonó?»), su salud mental (ansiedad, cansancio, desesperación) y su vida social (dependencia, malos entendidos, aislamiento).
Pero observa algo de suma importancia. David clama: «¿Hasta cuándo, Señor?». Utiliza el nombre del pacto: Yavé (Señor). Incluso cuando Dios se siente distante, David se dirige a Él personalmente como el Señor fiel y siempre amoroso.
Cuando la enfermedad te despoja de tus fuerzas, tu independencia e incluso tu claridad mental, ¿a quién clamas instintivamente? Los amigos son un regalo. La familia es valiosa. Los doctores son necesarios. Sin embargo, ninguno de ellos puede llevar toda tu carga. El instinto de David lo lleva a clamar al Señor. Ese instinto es revelador y reconfortante. Acudir al Señor cuando la fe se debilita es tener fe de verdad.
Observa la tensión que se manifiesta en muchos comentarios de Salmos 13. al que llaman «De la angustia a la alegría». Esto es cierto en cuanto a su estructura, pero las experiencias de la vida rara vez son así, ya que a menudo la angustia permanece constante. El salmo no solo muestra esta transición, sino que revela una tensión: la alegría existe en medio de la angustia. David no espera a que sus circunstancias cambien para comenzar a confiar. De hecho, no tenemos ninguna evidencia de que sus circunstancias cambien. Luego de lamentarse por su angustia, clama:
Señor y Dios mío, mírame y respóndeme (v. 3a).
Lógicamente, no tiene mucho sentido. Si Dios se muestra distante y pasivo, ¿por qué pedirle ayuda de nuevo? El teólogo Dale Ralph Davis una vez dijo sobre esta frase:
Es una lógica pésima, pero una fe excelente (Dale Ralph Davis).
El instinto revela la fidelidad
Es como cuando un padre le pasa un balón a su hijo: después de varias repeticiones, el hijo instintivamente intenta atraparlo. Aquí, David acude a Dios de forma instintiva, y ese instinto revela su fidelidad. ¿A qué acudes cuando la enfermedad te agobia? ¿A las distracciones? ¿A la amargura? ¿A la dependencia de ti mismo? ¿A la resignación? La fe viva, incluso aunque tambalee, se vuelve hacia Dios: SEÑOR y Dios mío, mírame y respóndeme.
La enfermedad expone si tratamos al Señor como un genio de la lámpara o como a nuestro fiel Señor. A pesar de todo, entre lágrimas, David dice: «SEÑOR y Dios mío». Ese adjetivo posesivo importa.
Luego, David pide: [I]lumina mis ojos. Así no caeré en el sueño de la muerte (v. 3b).
La frase «ilumina mis ojos» habla de una vitalidad renovada. En 1 Samuel 14, Jonatán prueba miel y enseguida «se le iluminó el rostro».
Le brindó una oleada de fuerza. David está solicitando eso: fuerzas renovadas para poder resistir.
Luego, razona con Dios. Tres veces dice «así»: «Así no caeré en el sueño de la muerte; así no dirá mi enemigo: “Lo he vencido”; así mi adversario no se alegrará de mi caída». Esta no es una súplica vaga, es una oración reflexiva. La emoción y la razón van de la mano. Le importa la reputación de Dios. Le importa lo que implicaría su propia caída. No dice en su oración: «Hazme la vida más fácil», sino: «Señor, actúa por el bien de tu nombre».
Luego, da un giro en el versículo 5: Pero yo confío en tu gran amor.
El término hebreo es jesed, que quiere decir «amor inquebrantable» o «misericordia del pacto».
Cuando Dios se reveló ante Moisés en Éxodo 34:6, se reveló como «grande en amor [jesed] y fidelidad». Esto fue después de la rebelión de Israel con el becerro de oro. No se merecían jesed, pero el amor de Dios permaneció porque este fluye de su carácter, no depende de nuestro mérito. Ese es el milagro.
El amor inquebrantable de Dios
El amor inquebrantable de Dios hacia ti no cambia según tu estado de salud, tu humor o tu desempeño. Está anclado en Él. Las circunstancias de David no parecen haber cambiado. Sus enemigos siguen siendo reales. Se sigue lamentando por su angustia. Su cuerpo aún le duele, pero él confía en el jesed. Por lo tanto, puede decir:
[M]i corazón se alegra en tu salvación (v. 5b).
Observa su determinación: no espera a que un sentimiento lo impulse a levantarse. Se dice a sí mismo: «Mi corazón se alegra», «cantaré». La fe no es pasiva. Elige a qué aferrarse.
Pasa de lamentarse a confiar no porque su dolor se haya disipado ni porque la tormenta se haya calmado, sino porque recordó quién es Dios.
Cantaré salmos al SEÑOR, porque ha sido bueno conmigo (v. 6).
«Ha sido bueno» con David de forma completa y suficiente. ¿Cómo es posible que David diga eso en medio de su angustia? Porque esta suficiencia no se define por sus circunstancias. Se define por su Señor: el Dios de amor inquebrantable. Por ese motivo puede cantar con seguridad.
Para los cristianos, el salmo 13 es mucho más profundo si nos fijamos en Jesús.
Hebreos 5:7 nos dice que durante su vida terrenal, Jesús oró entre lágrimas y «con fuerte clamor». Conoce lo que es un lamento ferviente. En la cruz, experimentó el «¿hasta cuándo?» definitivo, cuando su Padre no lo liberó del dolor. Fue abandonado para que nosotros nunca lo fuéramos. Entró en el huerto de la agonía para que nosotros podamos entrar en el eterno huerto del gozo. Enfrentó la muerte para que «el sueño de la muerte» no tenga la última palabra sobre nosotros. Gracias a Jesús, la muerte ha sido devorada por la victoria (1 Co 15:55), nuestros enemigos han sido derrotados (Col 2:15) y nuestro futuro ha sido asegurado (Rm 8:37-39). En Él, Dios ha sido generoso con nosotros.
Puede que la enfermedad permanezca, el dolor se intensifique y los cuerpos se debiliten. Pero si estamos unidos a Cristo, estamos completos en su amor inquebrantable. Es por eso que el salmo termina con palabras de alabanza. Esto no es negación ingenua ni optimismo forzado. Es confianza desafiante. ¿Ves la estructura del salmo? Confía. Alégrate. Canta.
A veces, cantarás entre lágrimas. Otras, no tendrás la fuerza para cantar siquiera. Es por esto que Dios nos puso en una familia de creyentes, para que otros puedan cantarnos palabras verdaderas cuando no podamos levantar la voz. Recuerda: hay una canción para la enfermedad.
A menudo, esta comienza diciendo: «¿Hasta cuándo?», pero no termina allí. Incluso si tus circunstancias no cambian, tú puedes hacerlo al apoyarte en el amor inquebrantable e infinito del Señor, celebrando la verdad que se renueva cada mañana (Lm 3:22-23).
Entonces, hoy, sin importar cuán frágil te sientas, canta junto a David a la vez que confías en su hijo: Jesús.
Pero yo confío en tu gran amor;
mi corazón se alegra en tu salvación.
Cantaré salmos al SEÑOR,
porque ha sido bueno conmigo (Sal 13:5-6).
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Preguntas para reflexionar:
- Cuando tu enfermedad o tu sufrimiento se prolongan demasiado, ¿cuál es tu respuesta instintiva? ¿A quién o a qué recurres primero? ¿Qué revela eso sobre dónde está realmente tu ancla?
- Salmos 13 es una oración emocional y racional. ¿De qué manera podrías comenzar a orar con más honestidad, poniendo tu angustia y tu confianza consciente delante de Dios?
- ¿Cómo podrías, en tus circunstancias actuales, decir de forma intencional: «Mi corazón se alegra»? ¿De qué manera el amor inquebrantable de Dios en Cristo puede cambiar la forma en la que interpretas tu sufrimiento?
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Parte V: Hay Alegría En La Enfermedad
Muchos de nosotros medimos la bondad de Dios por lo favorable de nuestras circunstancias. Cuando el trabajo es estable, la familia está feliz, gozamos de buena salud y nuestros planes prosperan, inconscientemente pensamos: «Dios es bueno». Pero ¿qué sucede cuando llega la enfermedad? ¿Y cuándo hay pérdida, duelo, angustia o deterioro físico? ¿Sigue siendo bueno Dios?
La alegría más allá de la enfermedad
A muchas personas, el sufrimiento les hace dudar del carácter de Dios. La alegría está ligada a la comodidad de tal manera que cuando el bienestar desaparece, la felicidad se evapora con él, y asumimos sutilmente que las dificultades hacen imposible que seamos felices.
Es difícil encontrar alegría en la enfermedad, pero las Escrituras nos dan consuelo, tal como William Cowper captura de forma tan hermosa en su himno «A veces una luz sorprende»:
A veces una luz sorprende al cristiano cuando canta;
es el Señor que se levanta con sanación en sus alas.
Cuando el bienestar se desvanece, Él le regala al alma otra vez
un tiempo luminoso para alegrarla después de ver llover (William Cowper, 1779).
Más adelante en este himno, Cowper hace referencia a Habacuc 3, que nos muestra que hay alegría en medio del sufrimiento —y la enfermedad— para el cristiano. Habacuc escribe como un hombre que enfrenta una catástrofe. Los caldeos se acercan. La violencia, la destrucción y el colapso económico están asegurados (ver capítulos 1 y 2). Aun así, él canta al final:
Aun así, yo me regocijaré en el Señor.
¡Me alegraré en el Dios de mi salvación! (Hab 3:18).
Habacuc 3 es un canto y una oración. Comienza recordando:
SEÑOR, he sabido de tu fama;
tiemblo delante de tus obras, SEÑOR.
Repítelas en nuestros días,
dalas a conocer en nuestro tiempo;
en tu ira, ten presente tu misericordia (Hab 3:2).
Habacuc tiene miedo. No finge que no es así. Más adelante, dice:
Al oírlo, se estremecieron mis entrañas;
a su voz, me temblaron los labios;
la debilidad entró en los huesos
y se me aflojaron las piernas (Hab 3:16a).
Así se siente el sufrimiento. La enfermedad hace estremecer nuestras entrañas. La Biblia no ignora ese miedo. Sin embargo, la mayor parte del capítulo no se trata de las circunstancias de Habacuc: se trata de Dios. Habacuc recuerda quién es Dios. Recuerda los actos poderosos del Señor: su poder en el Éxodo, su autoridad sobre la creación, su justicia contra el mal y su compromiso con salvar a su pueblo. Recordando que Dios es el Salvador, declara:
Saliste a liberar a tu pueblo,
saliste a salvar a tu ungido (Hab 3:13a).
Recordar quién es Dios
Esta es la primera clave para encontrar alegría en el sufrimiento: recordar. Cuando la enfermedad hace que nuestra mirada se limite a ver los resultados de las pruebas y los tratamientos, debemos ampliarla para así observar el carácter del Señor. Él es santo, soberano, misericordioso y salvador.
Recordar es volvernos a conectar con Dios. Cuando recordamos quién es Él, el sufrimiento no desaparece, pero adquirimos una nueva perspectiva. La enfermedad es real, pero no es definitiva: Dios lo es. Habacuc imagina el peor escenario posible:
Aunque la higuera no florezca
ni haya frutos en las vides;
aunque falle la cosecha del olivo
y los campos no produzcan alimentos;
aunque en el redil no haya ovejas
ni vaca alguna en los establos (Hab 3:17).
Habla de un colapso total: agrícola, económico y social. Nada funciona y, en esas circunstancias, no existe una razón visible para sentir alegría. Pero, a pesar de todo, dice:
Aun así, yo me regocijaré en el Señor.
¡Me alegraré en el Dios de mi salvación! (Hab 3:18).
Observa la repetición: «me regocijaré», «me alegraré». La poesía hebrea a menudo repite ideas para añadir énfasis y que lleguen más profundo al corazón. Habacuc sabe que regocijarse en momentos de sufrimiento no es algo instintivo. Es algo que debe elegirse y declararse. El tiempo futuro que usa en los verbos es importante. La alegría aquí no es una emoción pasiva; es una decisión firme. Habacuc no dice: «Me siento alegre», sino: «Elijo regocijarme».
La enfermedad puede quitarnos muchas capacidades. Puede limitar nuestra movilidad, nuestra energía, nuestro apetito e incluso nuestra habla, pero no puede quitarnos la voluntad de regocijarnos en Dios. Incluso el creyente más débil puede decir en su corazón y su mente: «Me alegraré en el Dios de mi salvación».
Esa repetición es esencial, ya que la enfermedad y el sufrimiento nublan la mente. Nos olvidamos de lo que ya sabemos. Puedo subir las escaleras de mi casa y, en los diez segundos que me toma hacerlo, olvidarme de por qué subí. Necesitamos repetir las verdades a través de las Escrituras, de la predicación, de las canciones y de los amigos. Debemos hablar del evangelio una y otra vez. La alegría crece en donde se repite la verdad del evangelio.
Suena casi demasiado simple: para alegrarnos, debemos elegir alegrarnos. Pero las Escrituras nos llaman a hacerlo porque regocijarse es una acto de fe. Regocijarse en el Señor es atesorarlo. Es reconocerlo como Salvador. Habacuc no se alegra en los higos, las ovejas ni en la estabilidad financiera. Se regocija «en el Señor» y se alegra en el Dios de salvación.
Esa frase es esencial: «el Dios de mi salvación». Su alegría tiene su origen en la redención.
Para nosotros, la salvación es aún más clara. Ponemos nuestra mirada en la liberación definitiva: la cruz. Jesucristo, el Cordero verdadero y mejor, derramó su sangre para librarnos del pecado y la muerte. Si esa salvación está asegurada, entonces ese bien supremo nunca nos podrá ser arrebatado.
La enfermedad puede quitarnos la fuerza, la independencia y los años de nuestra vida, pero no puede arrebatarnos a Cristo. No puede borrar nuestros nombres del libro de la vida. No puede revertir nuestra justificación. No nos puede separar del amor de Dios.
Es por eso que podemos encontrar alegría en el sufrimiento y en la enfermedad.
Tim Keller contó una vez la historia de Allenn Gardiner, oficial de la Armada Real Británica y misionero en la Patagonia sudamericana, quien se vio aislado junto a su tripulación frente a la isla Picton, en la parte más meridional de Chile, cerca del Cabo. A principios de 1851, los suministros destinados a su tripulación quedaron retenidos a cientos de kilómetros de distancia debido al mal tiempo, en las Islas Malvinas. Poco a poco, uno tras otro, los hombres murieron de hambre. Gardener fue el último en morir, y en la última entrada de su diario, encontraron que había escrito el versículo de Salmos 34:10:
Los leoncillos se debilitan y tienen hambre,
pero a los que buscan al SEÑOR nada les falta.
¿Qué estaba haciendo Gardener? Estaba recordando a su Señor; por lo tanto, pudo regocijarse en el sufrimiento. Las últimas palabras en su diario fueron:
Me sobrecoge el profundo sentido de la bondad de Dios.
Pablo expresa la misma paradoja cuando se describe como aparentemente triste, pero siempre alegre en 2 Corintios 6:10. La tristeza y la alegría no son secuenciales, como el mundo suele predicar. Pablo dice que la tristeza y la alegría pueden darse forma simultánea. Queremos que termine el sufrimiento y que llegue la alegría, pero a menudo esa es una ilusión muy lejana a la realidad. En cambio, las Escrituras sostienen la hermosa tensión de la alegría en el sufrimiento: «aparentemente tristes, pero siempre alegres». Vemos eso cuando Habacuc concluye:
El SEÑOR y Dios es mi fuerza;
da a mis pies la ligereza de una gacela
y me hace caminar por las alturas (Hab 3:19).
Esa imagen es impactante: una gacela caminando por colinas rocosas con firmeza y agilidad, por encima del peligro. El sufrimiento nos puede empujar hacia la amargura y la autocompasión, o, por gracia, nos puede elevar hacia una profunda confianza en Dios.
¿Qué impide que nos regocijemos?
Regocijarse en la enfermedad no implica fingir que esta es agradable. Es confiar en que Dios es nuestra fuerza en medio de ella. La colina es empinada, pero desde la cima podemos ver mejor. En las alturas, vemos que Dios sigue siendo bueno. Entonces, ¿qué impide que nos regocijemos?
– El pecado. David oró diciendo: «Devuélveme la alegría de tu salvación» (Sal 51:12a). Los pecados que no confesamos hacen que no podamos alegrarnos en Dios.
– La comodidad también. Una vida dedicada al confort no nos proporcionará una alegría duradera. Si nos regocijamos solo en ciertas circunstancias, nos sentiremos abatidos cuando estas cambien.
Pero si nos regocijamos en el Señor —si servimos a nuestro Salvador y nos deleitamos en Él— la alegría puede coexistir con las enfermedades, las lágrimas y el estremecimiento. Habacuc nos muestra que la fe no niega el miedo: canta a pesar de él. Él se estremece en el versículo 16 y se regocija en el versículo 18. Los caldeos aún se acercan y los campos siguen siendo yermos, pero aun así se alegra.
La enfermedad y la angustia son reales, pero no por eso carecen de alegría para el creyente. Cuando la salud falla, Dios permanece; y cuando la fuerza se disipa, la salvación sigue siendo firme.
Aun así, yo me regocijaré en el Señor.
¡Me alegraré en el Dios de mi salvación!
Observa cómo termina el himno de Cowper. Como ser humano, lidió con problemas de salud mental durante toda su vida. Sin embargo, como persona que confió en Jesús, pudo escribir estas palabras:
Aunque ni la vid ni la higuera den su fruto habitual,
aunque todos los campos se marchiten, y no haya rebaños ni manadas ya;
sin embargo, Dios permanece igual, y mi voz lo alabará;
pues, al confiar en Él, me puedo regocijar.
Incluso en medio de la enfermedad, podemos alegrarnos.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿De dónde proviene tu alegría? Cuando la vida va bien, ¿a qué atribuyes tu alegría? ¿A la salud, a la estabilidad, al éxito, a las relaciones?
- Habacuc se estremece en el versículo 16, pero se regocija en el versículo 18. ¿Qué verdades específicas sobre el carácter de Dios (su soberanía, su misericordia, su salvación, su fidelidad) te ayudan más cuando sientes miedo? ¿Qué hábitos prácticos podrían ayudarte a «recordar» esas verdades cuando la enfermedad o el sufrimiento limiten tu perspectiva?
- Habacuc repite: «[…] me regocijaré […] Me alegraré». ¿Qué persona de tu entorno podría ayudarte a repetir las verdades del evangelio cuando el sufrimiento nuble tu mente? ¿Cómo podrías hacer lo mismo por ella?
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Conclusión
Al Señor le agradó haber recibido en su Reino a mi querida y fiel esposa, con quien he vivido casi 42 años. Su ternura conmigo y su fidelidad al Señor fueron tales que me es imposible expresarlas. Siempre empatizó conmigo en todas mis aflicciones. Puedo decir con seguridad que nunca la escuché expresar ni el más mínimo descontento ante las diversas pruebas que debimos enfrentar. Veía la mano de Dios en todas nuestras desgracias, y constantemente me alentaba a seguir el camino del Señor. Su muerte fue la mayor pena que he sentido en este mundo.
Esas fueron las palabras que dijo William Kiffin, ministro bautista inglés, tras la muerte de su esposa Hanna el 6 de octubre de 1682. Las leí cuando nos reunimos a celebrar la vida de mi difunta esposa, Sarah, en enero de 2024. Luego de citar a Kiffin, simplemente dije: «Me hago eco de sus palabras hoy».
Ya vimos que enfrentar la enfermedad es uno de los procesos más desorientadores de la vida. Nos despoja de toda ilusión, expone nuestra fragilidad y nos obliga a confrontar lo que preferiríamos evitar: nuestros cuerpos se están deteriorando, y el mayor dolor que llegaremos a conocer en este mundo se perfila con mayor claridad. Aun así, los cristianos no nos refugiamos en la negación ni en un optimismo vacío. Somos honestos y permanecemos en Cristo.
Hemos visto que la enfermedad no nos define. Al estar unidos a Jesús, nuestra identidad va más allá de los síntomas. Eres «en Cristo»: estás seguro, eres amado y estás libre de condena. Puede que tu cuerpo se debilite, pero no así tu unión a Él.
Hemos aprendido que la enfermedad no está fuera de los propósitos de Dios. A menudo, no encontramos respuestas para los «por qué», pero las Escrituras levantan nuestra mirada para fijarnos en los propósitos, no en las causas. Ya sea a través de la sanación o de la gracia sustentadora, las obras de Dios se hacen evidentes: a veces por medio de una liberación dramática, a menudo por medio de una resistencia silenciosa.
Hemos considerado que la enfermedad es ligera y efímera en comparación con la gloria eterna. Eso no trivializa el dolor: lo relativiza. Incluso las décadas de sufrimiento son un breve capítulo cuando las comparamos con el peso de la eternidad.
Hemos aprendido que hay una canción para la enfermedad. Comienza diciendo: «¿Hasta cuándo?», pero no termina ahí. Lamentarnos por la enfermedad no es carecer de fe: es la fe que, por medio de las lágrimas, se acerca al amor inquebrantable del Señor que permanece incluso cuando los sentimientos lo ponen en duda.
También hemos visto que hay alegría en la enfermedad. La alegría que depende del bienestar colapsa. La alegría que surge de la salvación es duradera. Por lo tanto, sentirse triste pero siempre alegre no es una contradicción, es la realidad cristiana.
De forma maravillosa, el mayor dolor de la tumba no gana. La enfermedad y el deterioro no nos definen. Es decir, tu sufrimiento y tu enfermedad no tienen la última palabra: Cristo sí. Y Él declaró que la enfermedad tiene un fin y, en su bondad, se la reveló a Juan en Apocalipsis 21:1-4.
Allí, Jesús levanta nuestra mirada hacia el final definitivo de la enfermedad y la tristeza. Juan ve «un cielo nuevo y una tierra nueva» donde Dios habita con nosotros. En esa creación restaurada, Dios mismo «estará con ellos
y será su Dios». Esta promesa llega a todos los cuartos de hospitales y a los lugares junto a la tumba: «Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto» (Ap 21:4a). Por lo tanto, «tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir» (Ap 21:4b). La enfermedad es parte de las primeras cosas. En Cristo, tiene un fin.
Entonces, enfrenta la enfermedad. Fija tu mirada en las cosas invisibles y, con tu cuerpo debilitado, aférrate a la esperanza segura que tenemos en Cristo.
Dios ha creado muchas flores hermosas, pero la más hermosa de todas es el cielo, y la flor de entre todas las flores es Cristo. Cuando vayamos a casa y entremos en posesión del hermoso reino de nuestro Hermano, cuando nuestras cabezas encuentren el peso de la eterna corona de gloria, y cuando miremos hacia los dolores y sufrimientos del pasado; entonces, veremos que la vida y el dolor son menos que un paso, o una zancada, de la prisión a la gloria, y que nuestra pequeña pulgada de sufrimiento temporal no es digna de la bienvenida de nuestra primera noche de regreso a casa en el cielo. (Samuel Rutherford, The loveliness of Christ [La belleza de Cristo]).
Acerca del autor
ANDY FENTON es actualmente pastor en la Iglesia Grace de Guildford (Reino Unido), habiendo servido anteriormente durante más de 20 años como pastor en Londres dentro de una red de plantación de iglesias. Estuvo casado con Sarah durante 26 años. Sarah sufrió de esclerosis múltiple durante gran parte de su vida matrimonial y partió para estar con el Señor en diciembre de 2023. Andy tiene dos hijos, ambos estudiando en la Universidad.
Tabla de contenido
- Parte I: No Eres Tu Enfermedad
- Enfrentar la enfermedad
- Más que un vencedor
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: La Enfermedad Para La Gloria De Dios
- Cuando la enfermedad nos golpea
- Jesús nos ve
- En la sanación o en el sostén
- Levantar nuestra mirada
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: La Enfermedad Es Ligera Y Efímera
- La paradoja del sufrimiento cristiano
- Fijarse en lo invisible
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: Hay Una Canción Para La Enfermedad
- La queja de David
- El amor inquebrantable de Dios
- Preguntas para reflexionar:
- Parte V: Hay Alegría En La Enfermedad
- La alegría más allá de la enfermedad
- Recordar quién es Dios
- ¿Qué impide que nos regocijemos?
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Acerca del autor