#83 La Gestión Del Éxito: Cómo Mantenerte Humilde Cuando Triunfas
Introducción
El triunfo se vive con intensidad. La gente pronuncia tu nombre y escucha cuando hablas. Quizá conseguiste el ascenso, el bono o la casa en la colina. Es fácil que cruces el vestíbulo y te creas el constructor del edificio. Empiezas a sentirte invencible.
Ese es el vacío que aparece cuando llegas a la cima. Te impide ver la verdad: que sigues siendo humano. Las enseñanzas de la Biblia desafían nuestra soberbia. Nosotros creemos en la depravación total: nuestro corazón concibe ídolos constantemente. Hasta las cosas buenas, como el éxito, pueden convertirse en formas de honrarnos a nosotros mismos. Podrías llegar a pensar que tu triunfo te hace mejor que alguien que fracasó, y no es así.
¿Qué tienes que no hayas recibido? Todo cuanto tienes es un don: la mente que resuelve los problemas, la respiración de tus pulmones, la familia que te apoya. Si reclamas todo el mérito para ti, le estás robando la gloria a Dios.
Al principio de mi ministerio, di una charla que le encantó a todo el mundo. Me marché orgulloso y disfrutando de los elogios. Al llegar a casa, mi hijo tenía gripe, y minutos después yo estaba limpiando sus vómitos del suelo del baño. Dios encuentra el modo de recordarnos quiénes somos. La vida es dura y no le importa el cargo que ocupes.
El éxito es una responsabilidad. Si tienes más influencia, tienes más deber de servir. No eres dueño de tu vida: la gestionas, y el verdadero Dueño espera que hagas buen uso de ella.
No te embriagues con los aplausos; son veneno. Hacen que te olvides del valor que necesitaste para llegar hasta allí, de la gente que te ayudó y, sobre todo, de que eres un pecador salvado por la gracia.
La historia está llena de personas que construyeron grandes cosas pero olvidaron quién les dio las herramientas. Muchas acabaron solas y endurecidas. El éxito puede conducirte a la soledad si piensas que lo hiciste todo tú. Empiezas a ver a los demás como peldaños para ascender, no como prójimos.
Esto no es cuestión de atajos, sino del esfuerzo por mantenerte humilde cuando otros desean elogiarte. Es preciso hablar de la soberbia oculta en nuestro corazón y del peligro de creer que nos hemos hecho a nosotros mismos. Si acabas de lograr algo grande, cuidado: la vista desde la cima es bonita, pero la caída puede ser dura. Tienes las manos llenas; mantenlas abiertas y no cierres los puños. Todo lo que tienes es prestado.
Examinemos el mito del hombre hecho a sí mismo.
Audioguía
Audio#83 La Gestión Del Éxito: Cómo Mantenerte Humilde Cuando Triunfas
Parte I: El mito del hombre hecho a sí mismo
La idea del «hombre hecho a sí mismo» es uno de los relatos más poderosos jamás vendidos: con voluntad, madrugones y determinación suficientes, puedes levantar un imperio de la nada. Es un relato que hace sentir bien, que te hace creer que controlas tu vida. Sin embargo, desde una perspectiva cristiana, es un cuento de hadas que alimenta la soberbia. Es como mirar una casa y olvidar quién proveyó la madera, la tierra e incluso la respiración de tus pulmones mientras trabajabas. Si queremos hablar de liderazgo y humildad, hemos que admitir que nosotros no construimos la casa, sino que gestionamos el proyecto para el verdadero Dueño.
El Dador y el don
Para desarmar el ego, tienes que ponerlo a la luz de 1 Corintios 4:7.
El apóstol Pablo hace una pregunta que para en seco a todo «triunfador»: «¿Qué tienes que no hayas recibido?». No es una sugerencia, sino una interpelación, un ataque directo a la idea de meritocracia profesional que tanto valoramos. Cuando observas tu «triunfo», ves las horas que le dedicaste, pero la perspectiva bíblica se remonta más atrás. Tú no elegiste tu cociente intelectual ni tu aptitud natural para los números, la lógica o el liderazgo; esas cosas quedaron grabadas en tu ADN antes de tu primer aliento.
Tampoco elegiste tu tiempo de vida. No elegiste nacer en este siglo, en este país o con acceso a este mercado específico. Si hubieras nacido hace cuatrocientos años, tu destreza comercial podría haberte llevado a ser un campesino un poco más eficiente. Hasta lo que llamamos «suerte» es, en realidad, soberanía. Tú no controlaste el hecho de que la persona correcta leyera tu correo electrónico el día correcto, ni tampoco el giro del mercado que otorgó relevancia a tu producto. Si eliminas todo lo que te fue dado, lo que queda no es más que una criatura sustentada por la gracia. Cuando te das cuenta de que incluso tu «ajetreo» deriva de la salud y la energía que Dios mantiene en ti, alardear se vuelve una imposibilidad teológica. No te has hecho a ti mismo: Dios te sustenta.
La tenacidad del esfuerzo cotidiano
Seamos claros: esto no es motivo para la pereza. La «teología del empedrado» no significa que puedas sentarte a esperar el éxito. Estamos llamados a esforzarnos y a seguir adelante hasta que obtengamos resultados. Tú te esforzaste, te sacrificaste y continuaste cuando otros renunciaron. El problema no es el esfuerzo, sino que comiences a pensar que ese es el principal motivo de tu éxito, en lugar de considerarlo un instrumento utilizado por Dios. Estás administrando la fortaleza que Dios te dio.
Piensa en ello como lo haría un agricultor. Él tiene que arar, plantar y arrancar las malas hierbas. Eso es trabajo verdadero y determinación.
No obstante, no puede infundir vida en la semilla ni ordenar a la tierra que despierte. Gestiona el proceso, y Dios lo aumenta. Por ello, cuando tengas éxito en el trabajo, sí, sé agradecido por las horas que dedicaste y los sacrificios que hiciste, pero no adores el trabajo propiamente dicho. Aunque el esfuerzo es bueno, convertirlo en tu dios es soberbia disfrazada. Es como pensar que hiciste salir el sol y caer la lluvia porque tenías la pala en la mano.
Daniel 4 nos ofrece un caso práctico brutal. Nabucodonosor era el «triunfador» por excelencia. Erigió un imperio y, paseando por la terraza de palacio, atribuyó a su poder la gloria de su grandeza. Escucha su vocabulario: todo «yo» y «mi». No hay lugar para el Dador. Se olvidó de que era un hombre de prestado y, cuando todavía no había terminado de hablar, llegó el decreto. Perdió el juicio, hasta que finalmente reconoció que el Dios Altísimo es el Rey soberano de los hombres.
Esa es la trampa de Nabucodonosor. Cuando comienzas a creerte la mentira de que te has «hecho a ti mismo», te vuelves frágil. Te obsesionas con tu gloria y, poco a poco, otras personas se convierten en peldaños de una escalera. Eso genera aislamiento, pues el hombre hecho a sí mismo realmente no puede confiar en nadie que no se lo haya «ganado» como él. Genera ansiedad porque, si lo construiste todo tú, tendrás que sostenerlo todo tú; y genera el colapso, pues, tarde o temprano, el mercado cambia, el cuerpo se debilita, los aplausos terminan y la identidad basada en tu desempeño se hace añicos. La única forma de sobrevivir al éxito es vivir con las manos abiertas, recordando que eres un administrador con herramientas para un tiempo y responsable ante el verdadero Dueño.
Parte II: El abismo de la soberbia
Hay un silencio concreto que te aguarda en la cima de la montaña, y no es un silencio de paz, sino el silencio del castillo. Cuando por fin llegas al destino que has estado persiguiendo —ese puesto de liderazgo de alta exigencia o el culmen de tu carrera—, a menudo ves que la misma tenacidad que te condujo hasta allí también ha alejado al resto. El éxito levanta un imperio y, además, un muro. Te pasas la vida tratando de ser «relevante», solo para descubrir que la relevancia, cuando se asienta en el ego, es uno de los lugares más solitarios de la tierra.
El abismo del aislamiento del líder no es casual; es consecuencia directa de la mentira de que te has «hecho a ti mismo». Si crees sinceramente que fuiste tú quien colocó el empedrado, es natural que empieces a menospreciar a todo aquel que no lo hiciera. Empiezas a utilizar tu éxito como filtro, y quien no cumpla con tu criterio es considerado un lastre más que un prójimo. Este es el conflicto de la élite, el momento en que tu logro deja de ser un instrumento de servicio para serlo de exclusión.
El conflicto de la comparación
El éxito siempre encuentra el modo de hacernos olvidar nuestra esencia biológica. Eclesiastés 3:20 nos recuerda que todos estamos hechos del mismo polvo, pero el «triunfo» te dice que el tuyo está, de alguna forma, bañado en oro. Esto acarrea el lento veneno de la comparación. Cuando triunfas, no te limitas a celebrar el logro: comienzas a medir lo alto que has llegado por el número de personas que están por debajo. Dejas de contemplar a quienes te rodean como criaturas hechas a imagen de Dios y empiezas a considerarlos peldaños de una escalera.
Son activos que hay que aprovechar u obstáculos que hay que eliminar. Esta transición es sutil y suele producirse en los rincones oscuros del corazón mucho antes de que aparezca en tus correos electrónicos. Pasas de hermano a jefe y te vuelves un «visionario» que está demasiado ocupado para las necesidades caóticas e ineficientes de la gente real. Esta es la tragedia del liderazgo sin anclaje teológico. Ganas el mundo, pero pierdes la capacidad de vivir en él con los demás. Rodeado de personas que asienten cuando hablas y festejan tus chistes, en el fondo sabes que no asienten por ti, sino por tu cargo y por el bono que podrías darles. En tu afán de control absoluto, has creado un mundo en el que nadie puede decirte la verdad, y un hombre incapaz de oír la verdad es un hombre que ya está cayendo.
La trampa de la identidad
Lo más peligroso de una buena racha es que, con el tiempo, se transforma en tu identidad. Cuando tu valía está ligada a tu historial de triunfos y derrotas, ya no eres un ser humano, sino un algoritmo. Vales lo que tu último trimestre, tu último ascenso o tu último gran negocio. Esta es la trampa de la identidad. Se siente emocionante y te empodera mientras estás en la cima, pero abre un abismo en el momento en que pierdes la condición de «triunfador».
He estado con hombres que eran titanes en su sector, que habían levantado imperios y que, cuando finalmente se jubilaron o sufrieron una recesión del mercado, estaban completamente vacíos. No sabían quiénes eran sin el cargo que mostraba su tarjeta de visita. Si construyes tu casa sobre el empedrado de tu rendimiento, la estás construyendo sobre arena. Cuando llegan las tormentas del otoño, y siempre llegan, el hundimiento es total. Te das cuenta de que te has pasado veinte años erigiendo un monumento a una versión de ti que no puede soportar el peso de tu alma. Tu condición de «triunfador» era prestada, y el Señor te la ha reclamado. Sin la cruz para anclar tu identidad, sientes la pérdida del éxito como si fuera la de tu propia existencia.
La depravación total del éxito
Esto nos traslada a la dura realidad de la depravación total. Por lo general, hablamos de depravación en el contexto de las cosas «malas», pero el corazón está tan quebrantado que aprovecha incluso los dones «buenos» de Dios para erigirse monumentos a sí mismo. El éxito, la influencia y el capital son dones buenos, pero, dado que nuestro corazón es una fábrica de ídolos, tomamos estos dones y los convertimos en una religión de la que somos el sumo sacerdote. Aprovechamos el éxito para justificar nuestra soberbia, nuestra frialdad hacia los demás y nuestra independencia de Dios.
Pensamos que, como hemos «cubierto» nuestras necesidades con nuestras cuentas bancarias, ya no necesitamos pedir el pan de cada día. Dejamos de orar como mendigos porque hemos empezado a vivir como reyes. Esto es lo más letal del abismo: el pecado silencioso y respetable de la autosuficiencia. Su apariencia no es de escándalo, sino de vida bien administrada. Sin embargo, es un rechazo a la soberanía de Dios. Actúas como si fueras la fuente de tu propia vida, y esa era la mentira original del Edén.
El triunfo es como el fuego, pero si ese fuego no se redirige hacia la gloria del Rey, acabará por quemar todo lo que has construido. La única manera de sobrevivir al abismo de la soberbia es permanecer ligado a la verdad de que eres un pecador salvado por la gracia, diga lo que diga el mercado. Tienes que bajar a propósito de la montaña y buscar el roce con la comunidad, en la cual tu cargo no te otorga inmunidad. Tienes que volver a ser un prójimo. Debes recordar que el empedrado por el que caminas lo colocó Aquel que también tiene el poder de quitarlo. Mantén las manos abiertas. La vista desde la cima es un préstamo, no una herencia.
Parte III: El éxito como mayordomía
Hay una mentira fundamental que el éxito declara en cuanto se hace efectivo el cheque o se anuncia el ascenso: «Esta es tu recompensa». Desde primaria nos han condicionado para que creamos en un universo de transacciones en el que tú te esfuerzas y el «triunfo» es el premio que consigues para tu vitrina de trofeos. En una mente redimida, no obstante, no hay trofeos, solo herramientas. Cuando tienes más influencia, más capital o más proyección, no es que se te haya concedido la jubilación de tus deberes para con Dios: se te ha asignado una nueva tarea.
La mayoría de los «triunfadores» se pierden en el abismo entre propiedad y mayordomía. La propiedad dice: «Me lo he ganado, así que puedo decidir sobre su uso para maximizar mi comodidad». La mayordomía, por su parte, declara: «El Señor me ha confiado más oro y esperará una rigurosa contabilidad de cómo lo he administrado en pro de sus intereses». Si no das este paso en tu corazón, la abundancia en tu vida acabará convertida en un peso que te hundirá, en lugar de ser un cimiento del reino.
La vocación de la influencia
Tenemos que dejar de ver la «vocación» como algo exclusivo de pastores o misioneros. Si eres director ejecutivo, gerente o deportista de élite, tu puesto es tu vocación, el terreno específico en el que Dios te ha llamado a trabajar. Sin embargo, aquí viene lo duro: tu puesto no es una recompensa por tu desempeño previo, sino una nueva tarea que el Señor te ha asignado estratégicamente. Dios no le da influencia a un hombre para que pueda sentirse importante; se la da para que pueda proteger a los vulnerables, defender la verdad y poner orden en el caos.
Cuando entras en la sala de juntas o subes al escenario, eres diplomático de un rey extranjero. Esto modifica el tono de tu liderazgo. Pasas de preguntarte «¿Qué imagen da esto de mí?» a «¿De qué modo sirve esto a los propósitos del Señor?». La influencia es una droga peligrosa si piensas que gira en torno a ti. Te vuelve frágil y te pone a la defensiva porque siempre estás tratando de preservar tu «estatus», pero si tu estatus es una herramienta prestada, puedes permitirte ser audaz: puedes decir la verdad cuando esté mal vista; puedes equivocarte. Tu puesto te hace mayordomo de la reputación del Rey, no de la tuya.
Cómo administrar la abundancia
¿Qué haces cuando crece tu cuenta bancaria o aumenta tu proyección? El primer instinto de la mayoría es la «escalada del estilo de vida», el proceso lento y discreto de ir mejorando cada parcela de tu vida hasta que tus gastos se ajusten a tus nuevos ingresos. No obstante, para el mayordomo, la abundancia debería acarrear una «escalada del servicio». Cuanto más posees, más responsabilidad tienes de repartir. Esto requiere una sabiduría práctica sólida que resista la inercia de nuestra cultura de consumo.
Administrar la abundancia implica poner un «tope» a tus necesidades. Si no decides de antemano qué es «suficiente», te pasarás la vida persiguiendo una cifra que siempre estará fuera de tu alcance. Has de entender que el capital adicional que tienes en tus manos no te ha llegado para que te compres una casa más grande, sino porque Dios quiere financiar una obra concreta a través de ti: quizá una misión, una organización benéfica local o empleo estable y digno en tu comunidad. En cualquier caso, la abundancia es una responsabilidad que hay que administrar, no un excedente que haya que consumir. Tú eres el canal, no el depósito. Si el agua deja de fluir a través de ti y comienza a acumularse, al final se estanca.
La mano silenciosa
La forma más eficaz de acabar con el espíritu del «mírame», con esa vanidad que el éxito siempre procura alimentar, es la práctica de la mano silenciosa. El éxito hace que quieras ser visto. Te hace desear ser el «benefactor» cuyo nombre figure en el ala del hospital o en el panel de donantes de la iglesia. Nos encanta la sensación de ser la persona que tiene las respuestas y los recursos, pero Jesús fue muy claro sobre el peligro de exhibir rectitud en público. Nos advirtió que si hacemos buenas obras para que nos vean los hombres, ya hemos recibido toda nuestra recompensa. Déjame decirte que el aplauso humano es una moneda muy pobre en comparación con el visto bueno del Padre.
La generosidad en secreto es el antídoto del ego. Es la práctica de dar de tal modo que no recibas reconocimiento alguno; por ejemplo, pagar la deuda de un vecino de forma anónima, apoyar económicamente un ministerio sin que tu nombre aparezca en el listado de aportaciones o hacer en la iglesia ese trabajo «humilde» que pasa desapercibido. Cuando sirves en secreto, le recuerdas a tu corazón que eres un siervo, no una celebridad. Estás derribando el pedestal que el mundo intenta erigirte.
La «teología del empedrado» trata sobre la valentía de la vida oculta. La clave es que te importe más tu identidad en la oscuridad que tu reputación a plena luz. Si tu fe solo se pone en marcha cuando la gente mira, no es fe: es una representación escénica. Sin embargo, cuando practicas la mano silenciosa, descubres una libertad que el hombre «hecho a sí mismo» nunca podrá conocer. No tienes que mantener una imagen. No tienes que llevar la cuenta de quién te debe un favor. Puedes ser un administrador que se alegra de hacer el trabajo para el dueño aunque nadie sepa que has participado.
Cómo terminar la carrera
El éxito no es tuyo para siempre. No puedes llevarte el cargo, el bono ni los seguidores a la tumba. Lo único que te llevarás será el testimonio de tu mayordomía. Cuando llegue el final, querrás presentarte ante el Señor con las manos vacías, no por haberlo perdido todo, sino por haberlo dado todo. Administraste la abundancia, utilizaste tu influencia y serviste con mano silenciosa hasta que no quedó nada excepto la «felicitación» del Rey.
Esta es la esperanza inquebrantable del mayordomo. No estamos tratando de erigir un reino eterno aquí, en el empedrado, sino procurando ser fieles con los ladrillos que se nos han dado para trabajar. El triunfo se siente como fuego; el servicio, como paz. Deja de intentar ser dueño de tu vida y ponte a administrarla para Aquel que sí ostenta su propiedad. El abismo es ancho, pero la gracia es más profunda. Recorre el camino, haz el trabajo y mantén las manos abiertas.
Parte IV: Cuando el mundo aplaude
Existe un peligro concreto que surge cuando la sala deja de criticar y comienza a elogiar. Durante tus primeros esfuerzos, la tensión del mundo te mantiene honesto. Tienes gente que te critica, competidores y la presión constante de demostrar tu valía. Ahora bien, una vez que ganas, una vez que alcanzas ese nivel de liderazgo de alta exigencia en el que te empiezan a aplaudir cada vez que abres la boca, entras en zona muerta. El aire se enrarece. La gente deja de avisarte cuando tienes comida entre los dientes y, por supuesto, deja de señalarte la soberbia que anida en tu corazón.
Gestionar el elogio es una habilidad mucho más arriesgada que la de gestionar el fracaso. El fracaso duele, pero rara vez corrompe el alma. El elogio, en cambio, es como un veneno de efecto retardado que sabe a miel. Si te lo tragas, comienza a distorsionar tu realidad. Empiezas a creer que la versión «brillante» de ti que ve el mundo es la verdad y que el aplauso es la medida de tu valía, no una reacción pasajera a tu desempeño. Para sobrevivir a los aplausos del mundo, necesitas una convicción teológica sólida que te mantenga firme sobre el empedrado.
Cómo desviar la gloria: el reflejo del Soli Deo Gloria
En nuestros círculos, nos encanta la frase Soli Deo Gloria: gloria solo a Dios. La estampamos en tazas de café y concluimos con ella los correos electrónicos, pero, para el hombre o la mujer de éxito, no puede ser un eslogan: debe ser un mecanismo de supervivencia. Tienes que acostumbrarte a desviar la gloria en el momento en que te llegue. Cuando alguien te hace un cumplido, el instinto humano natural es «inhalarlo».
Lo respiras y dejas que expanda tu pecho y que se asiente en tu ego. Así empieza la corrupción.
Aprender a aceptar un cumplido sin dejar que corrompa tu alma requiere un alto grado de alerta espiritual. No tienes que comportarte de forma extraña ni desdeñosa. No tienes que responder con un falso «Oh, no ha sido nada», que a menudo suplica más elogios. Por el contrario, aceptas las palabras amables con un «gracias», pero, dentro de ti, enseguida le pasas el peso de esa gloria al verdadero dueño de los ladrillos. Tratas los elogios como si fueran perfume: un aroma agradable que se disfruta durante un segundo, pero absolutamente letal si intentas absorberlo.
En el momento en que empiezas a «quedarte» tú la gloria, se la estás robando al Rey. Te estás atribuyendo el talento que no forjaste, los tiempos que no organizaste y la gracia que no te ganaste. Desviar la gloria significa reconocer que eres un canal, no un depósito. El agua del éxito fluye a través de ti para servir a los demás y glorificar a Dios, no para estancarse a tus pies de modo que admires en ella tu reflejo. Si no eres capaz de transmitir la alabanza hacia lo alto, acabarás ahogado en tu vanidad.
El empedrado de la humildad: la liturgia de las tareas menores
Una de las formas más prácticas de mantener los pies en la tierra cuando el mundo te sube a un pedestal es buscar intencionadamente las tareas «menores». El éxito siempre encuentra una manera de eximirte de lo mundano. Llegas a un punto en que tienes «gente» para la hacer las compras, para los recados y para las pequeñas complicaciones de la vida. Comienzas a habitar un mundo donde todo está desinfectado y optimizado para tu comodidad. Esta es una trampa espiritual mortal porque elimina esa tensión diaria que mantiene tu ego a raya.
Necesitas una liturgia de lo mundano. Si eres un director ejecutivo que acaba de cerrar un acuerdo multimillonario, tienes que irte a casa y sacar la basura. Si eres un líder de enorme proyección, debes ser el que se quede hasta tarde para apilar las sillas o lavar los platos tras una comida de hermandad en la iglesia. No son meras tareas, sino operaciones de guerra contra tu soberbia, recordatorios materiales de que sigues siendo un hombre o una mujer hechos de polvo. Lo de «empedrado de la humildad» es literal: es la dureza de hacer el trabajo «inferior» a tu cargo.
Cuando te implicas deliberadamente en las tareas menores e ingratas de la vida, estás reajustando tu corazón. Te estás recordando a ti mismo que eres un siervo, no una celebridad. Es muy difícil mantener el «complejo de Nabucodonosor» cuando estás limpiando un inodoro o cambiando un pañal. Esos momentos de humildad son demostración de la gracia de Dios. Rompen el encanto del mito del hombre «hecho a sí mismo» y te obligan a comprometerte de nuevo con la realidad esencial de la condición humana. Un líder demasiado grande para servir es demasiado pequeño para liderar.
El peligro del círculo íntimo: cómo descubrir quién dice la verdad
La mayor amenaza para una persona de éxito quizá sea la «cámara de resonancia de la élite». Conforme asciendes, tu círculo íntimo tiende a reducirse y homogeneizarse. Te rodeas de gente que comparte tu visión, que está volcada en tu éxito y —aquí viene lo más peligroso— que te teme. Si toda persona presente en tu vida tiene un motivo para estar de tu lado, te hallas en una posición muy precaria. En la práctica, andas a ciegas, y lo único peor que tener gente que te critica es tener un club de fans que se haga llamar «junta directiva».
Necesitas desesperadamente amigos a quienes no les importe tu cargo, personas en tu vida que te conocieran antes de que fueras «alguien» y a las que no les impresione en absoluto tu historial de triunfos y derrotas. Estos son los amigos que te mirarán a los ojos y te avisarán cuándo estés siendo necio o arrogante o cuando hayas empezado a creerte los aplausos. Este tipo de amistad es poco común porque el éxito intimida. Tienes que hacer un esfuerzo para provocar esta clase de tensiones. Tienes que dar a la gente «permiso para herir» tu ego.
Un círculo íntimo que solo asiente te está ayudando a erigir una torre que terminará derrumbándose. La «teología del empedrado» requiere de hermanos y hermanas que te devuelvan al polvo cuando comiences a alejarte de la realidad. Si en tu vida nadie puede decirte «no», más que un círculo íntimo, tienes una corte real, y la historia demuestra que las cortes reales son el caldo de cultivo de la soberbia previa a una caída espectacular. La auténtica mayordomía de la influencia supone responder ante personas que aman tu alma más que tu éxito.
La actitud del mayordomo de éxito
En resumen, gestionar el elogio consiste en mantener una actitud de gratitud perpetua. La gratitud es el antídoto de la soberbia, ya que reconoce la fuente del don. Cuando el mundo aplaude, tu reacción no debe ser un rechazo frío y estoico de la amabilidad, ni tampoco una aceptación cálida y ególatra de la gloria. Debe ser un reconocimiento tranquilo y gozoso de que Dios ha utilizado un instrumento defectuoso para hacer una buena obra.
Caminas por el empedrado con la cabeza alta, pero con el corazón abatido. Asumes el «triunfo» como una responsabilidad, no como un derecho. Consideras los aplausos un recordatorio de las expectativas del Señor, no una confirmación de tu grandeza. La determinación de la vida cristiana radica en la capacidad de tener éxito sin ser «importante», de ocupar una posición de poder conservando un espíritu de siervo. Este es el camino angosto, el único que conduce a una «felicitación» que de verdad cuenta.
Parte V: La corona que perdura
Toda carrera acaba llegando a su fin. Sin importar cuántos trimestres sobresalientes hayas cerrado, cuánta proyección hayas desarrollado ni cuántas salas se hayan puesto en pie para aplaudir tu nombre, con el tiempo arribarás a una frontera que tu cargo no podrá cruzar. El éxito terrenal es curioso: se siente como una herencia mientras lo estás viviendo, pero, a la luz de la eternidad, tiene más de niebla matutina. Parece sólido y permanente hasta que asoma el sol de la gloria de Dios. En ese momento, la carrera «brillante» y el crecimiento «ilimitado» empiezan a parecer justamente lo que son: tareas temporales en una parcela muy pequeña de terreno.
A la luz de la eternidad, triunfar no consiste en acumular más, sino en entender que todo cuanto has acumulado ya está regresando al polvo. La «teología del empedrado» no se limita a enseñarte a caminar mientras tienes éxito; también te enseña a terminar el recorrido sin aferrarte a un montón de trofeos que, de entrada, nunca fueron tuyos. Dedicamos nuestra vida a construir un legado, pero un corazón redimido sabe que el único legado que sobrevive al fuego es aquel que no construimos nosotros. Es una transición áspera y nada sentimental de ser el «dueño» de tu triunfo a ser un siervo preparado para rendir cuentas.
El libro de cuentas de la gracia: el siervo inútil
Tenemos que liquidar el libro de cuentas. En nuestra cultura del «hombre hecho a sí mismo», llevamos mentalmente una hoja de cálculo de nuestro arduo trabajo, de nuestros sacrificios y resultados. Comenzamos a pensar que Dios tiene la suerte de tenernos en su equipo. Creemos que, de algún modo, nuestro éxito ha dejado al Creador en deuda con nosotros: como hemos sido «influyentes», nos debe cierto tipo de vida o reconocimiento. Sin embargo, el evangelio es un auditor despiadado de esa clase de vanidad.
En Lucas 17, Jesús narra una historia que la mayoría de los profesionales «de alta exigencia» detestan profundamente. Describe a un siervo que viene de arar el campo o de cuidar las ovejas, y el amo no lo sienta ni le entrega una placa; le dice que se vista y sirva la cena. Jesús concluye: «Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, deben decir: “Somos siervos inútiles; no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”»(Lc 17:10). La expresión «siervo infructuoso» o «siervo inútil» es el mayor asesino del ego. Significa que, aunque dirijas una empresa perfecta, construyas una iglesia enorme o resuelvas una crisis global, no le has hecho ningún favor a Dios: simplemente has cumplido con tu deber con la fortaleza que Él te proveyó y las herramientas que te prestó. El libro de cuentas de la gracia no tiene una columna de «méritos» para que la rellenes. Solo si comprendes que eres un siervo inútil, hallarás la verdadera humildad en medio del triunfo. Eso te recuerda que el «fuego» de tu éxito es un don de su providencia, no un pago por tu desempeño. Sin la presión de ser «extraordinario», por fin eres libre para ser meramente fiel.
El visto bueno final: el trofeo inoxidable
Todo trofeo terrenal está deteriorado en la actualidad. La placa de «Emprendedor del año» acabará con el tiempo en un vertedero, y tu nombre en el edificio será, tarde o temprano, borrado con chorro de arena para hacerle hueco al próximo hombre. Si vives para recibir la aprobación del mundo, estás apostando por una divisa que se devalúa constantemente. Los aplausos de los hombres son volubles: gritan «¡Hosanna!» el lunes y «¡Crucifícalo!» el viernes. Si tu paz depende de la multitud, te pasarás la vida siendo esclavo de sus expectativas.
El único trofeo que no se oxidará, el que cuenta, es la «felicitación» del Señor, el visto bueno definitivo que distingue al mayordomo de éxito. Observa el enunciado: no dice «Te lo has ganado» ni «Lo has merecido»; por el contrario, exclama: «¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel!» (Mt 25:23a). El Rey no se fija en la magnitud del triunfo, sino en la integridad de la mayordomía, en cómo trataste las «pequeñas cosas» mientras el mundo miraba las grandes.
Vivir para recibir la «felicitación» cambia tu manera de manejarte en el empedrado hoy. Te da valentía para tomar decisiones que podrían costarte un «triunfo» terrenal, pero que te granjearán una «felicitación» eterna. Te permite ser el líder que dice la verdad incluso en detrimento del resultado y el gerente que trata a las personas como prójimos aunque la junta directiva exija que sean peldaños de una escalera. Cuando te das cuenta de que el único público que importa es el Juez soberano, el «fuego» de la opinión mundana empieza a enfriarse. Ya no trabajas para ningún grupo de presión: trabajas para el Trono.
Cómo descansar en la obra terminada
Quizá el mayor peligro del éxito es que te insta a pensar que eres lo que haces. Te atrapa en un ciclo de «más» porque crees que tu identidad es algo que tienes que fabricar cada mañana. Crees que si dejas de triunfar, dejas de existir. Esta es la «trampa de la identidad» más letal. No obstante, el evangelio ofrece un descanso que el hombre «hecho a sí mismo» nunca podrá comprender. Te enseña que el único éxito que realmente te define es aquel en el que tú no tuviste nada que ver: la obra terminada de Cristo en la cruz.
Tu historial de triunfos y derrotas es una métrica temporal; el triunfo de Cristo sobre la muerte, una realidad eterna
La cruz es el triunfo definitivo, el único «logro» en la historia capaz de soportar el peso de un alma humana. Cuando descansas en la obra terminada de Cristo, tu carrera deja de ser una plataforma para tu ego y pasa a ser un patio de recreo para tu gratitud. No tienes que triunfar para ser «útil» porque Cristo ya ha triunfado por ti. No tienes que ser «relevante» porque ya eres hijo o hija del Rey. Esta es la única forma de tener éxito sin ser un idiota, la única manera de tener influencia sin tener «complejo de Dios».
Cuando te percatas de que tu identidad «está escondida con Cristo en Dios» (Col 3:3b), por fin puedes relajarte. Puedes hacer el esfuerzo, soportar la dureza y administrar la abundancia sin la necesidad desesperada de que eso transmita quién eres tú. Si el negocio fracasa, continúas siendo hijo de Dios. Si el ascenso va a parar a otro, tu corona en el cielo sigue estando asegurada. Descansar en el triunfo de Cristo te permite ser el obrero más recio, perseverante y humilde del empedrado porque no tienes nada que demostrar y sí todo que dar.
La carrera es larga y el empedrado duro, pero el final del camino está empedrado de misericordia. El éxito es mayordomía, la influencia es préstamo, y tu vida, una niebla. No pierdas el tiempo intentando levantar un imperio que no llegará a la noche. Sé, en cambio, el siervo que administre el oro del Señor con integridad, el vecino que trate a cada persona como creación a imagen de Dios y el pecador que nunca olvide la gracia que lo trajo hasta aquí. Cuando el mundo aplauda, que el sonido de los aplausos te recuerde la venida del Rey. Cuando la cuenta bancaria crezca, que aumente tu capacidad de ser generoso en secreto; y cuando finalmente llegues al final del camino, que te encuentres ante el único Juez que importa, no con un puñado de trofeos oxidados, sino con la satisfacción tranquila y gozosa del deber bien cumplido. El triunfo es ardiente, pero en la meta te sientes como en casa.
Conclusión
Hay una historia de la que me acuerdo a menudo, cuando el aire en la cima de la montaña empieza a enrarecerse y el «fuego» del éxito tiene más de fiebre que de bendición. Es sobre un hombre que dedicó veinticinco años a construir su reputación a nivel global. Era el hombre que todos querían en la sala de juntas, aquel que podía aparecer en plena crisis, poner orden en el caos y conseguir un «triunfo» que impresionara al mercado. Estaba sentado en un trono de influencia y tenía la «brillante» vida que todos los que permanecían en la antesala del poder intentaban desesperadamente adquirir.
Entonces, en el apogeo de su poder, se marchó; no por un escándalo ni por agotamiento: se fue porque se dio cuenta de que su trono se había vuelto una cárcel. En la última década de su vida sirvió en una iglesia pequeña en dificultades, situada en un pueblo que casi no aparecía en el mapa. Pasó de gestionar millones a gestionar el presupuesto de la escuela dominical y a arreglar las tuberías del sótano. La gente de su «vida anterior» lo visitaba y le preguntaba si sentía que había desperdiciado su potencial. Observaban la dureza de su nueva vida y veían un fracaso. Sin embargo, él los miraba con una paz ilógica para la mente de alguien «hecho a sí mismo» y les contestaba que durante veinticinco años fue un hombre aferrado a un imperio con los puños cerrados, pero que ya por fin tenía las manos abiertas. Había comprendido que el éxito es un instrumento magnífico, pero una morada terrible.
El éxito es un campamento temporal, no tu domicilio permanente.
Si intentas vivir de tus logros, tarde o temprano te quedarás frágil y solo. Te pasarás la vida defendiendo un legado que ya está en decadencia. Por el contrario, si contemplas tu «triunfo» como una pala que Dios ha puesto en tus manos para un trabajo concreto, todo cambia. Puedes usarla con todas tus fuerzas —para cavar profundo, para trabajar el suelo, para construir algo hermoso—, pero al anochecer puedes guardarla sin sentir que has perdido tu alma. La «teología del empedrado» es la firme convicción de que somos caminantes en un camino que no construimos, llevando dones que no merecimos hacia un reino que no fundamos.
Esta dura temporada de triunfos, con todo su ruido y toda su presión, es en realidad un don de Dios destinado a refinar tu corazón. Él te concede el éxito con la finalidad de comprobar si lo utilizarás para hacerte un monumento a ti mismo o un puente hacia el prójimo. Te concede influencia para ver si te apropiarás de los aplausos o desviarás la gloria hacia el Dador. Que tus manos no se transformen en puños cerrados a causa de tu cargo o de tu cuenta bancaria. Mantenlas abiertas. Todo cuanto tienes es prestado. Vive el gozo profundo e inquebrantable de ser un administrador al que el Dueño puede confiarle más porque sabe que no intentarás robárselo.
Oración por quien ha llegado a la cima
Padre celestial, Juez soberano y Dador de todo lo bueno, oro hoy por el hombre o la mujer que está en la cima de la montaña. Oro por todo aquel que oye al mundo aplaudir y siente el fuego embriagador del triunfo. Señor, el aire allí arriba está enrarecido, y la tentación de creerse la mentira de la persona «hecha a sí misma» es abrumadora. Te pido que les des fortaleza sobrenatural, para que se mantengan humildes incluso cuando el mundo trate de subirlos a un pedestal.
Señor, protege su corazón del veneno del aplauso. Cuando lleguen los cumplidos, dales el reflejo de devolverte la gloria a ti en lo alto. Cuando el libro de cuentas aumente, dales sabiduría para que lo consideren una nueva tarea de servicio, en vez de un premio a su ego. Destruye el ídolo de la autosuficiencia en su alma. Recuérdales, en los momentos de silencio de la noche, que todavía son polvo; polvo redimido, amado y con poder, pero polvo al fin y al cabo. Dales amigos que amen su alma más que su éxito y valentía para escuchar cuando esos amigos les digan la verdad.Que caminen por el empedrado de su carrera con las manos abiertas. Que sean los primeros en tomar el recipiente y la toalla y los últimos en buscar el lugar de honor. Y que al final, cuando los trofeos terrenales ya se oxiden, encuentren descanso definitivo no en lo que ellos han construido, sino en la obra terminada de Cristo. Que reciban la felicitación del único Señor que importa y comprendan que el mayor éxito nunca fue la vista desde la cima, sino la fidelidad que practicaron en las sombras. En el nombre de Aquel que dejó su trono para salvar el mundo, amén.
Acerca del autor
El doctor RICHARD JOHN PERHAI se desempeña como vicepresidente y decano de Estudios Académicos del Seminario Teológico de Kiev, donde es profesor de Biblia y Teología desde 2003. Tiene un doctorado magna cum laude en Teología Sistemática por el Seminario Bíblico Bautista, y un doctorado en Exposición Bíblica por el Seminario Teológico de Dallas. Es autor de La teoría de la Escuela de Antioquía en los escritos de Teodoro de Mopsuestia y Teodoreto de Ciro (Fortress Press, 2015).
El doctor LARRY OATS es un veterano profesor de Biblia y exdecano del Seminario Bautista Maranatha (2009-2019), con más de 40 años de servicio en la Universidad Bautista Maranatha, en Watertown (Wisconsin). Graduado de dicha universidad, tiene un doctorado en Teología Sistemática y se especializa en fundamentalismo e historia bautista.
Tabla de contenido
- Parte I: El mito del hombre hecho a sí mismo
- El Dador y el don
- La tenacidad del esfuerzo cotidiano
- Parte II: El abismo de la soberbia
- El conflicto de la comparación
- La trampa de la identidad
- La depravación total del éxito
- Parte III: El éxito como mayordomía
- La vocación de la influencia
- Cómo administrar la abundancia
- La mano silenciosa
- Cómo terminar la carrera
- Parte IV: Cuando el mundo aplaude
- Cómo desviar la gloria: el reflejo del Soli Deo Gloria
- El empedrado de la humildad: la liturgia de las tareas menores
- El peligro del círculo íntimo: cómo descubrir quién dice la verdad
- La actitud del mayordomo de éxito
- Parte V: La corona que perdura
- El libro de cuentas de la gracia: el siervo inútil
- El visto bueno final: el trofeo inoxidable
- Cómo descansar en la obra terminada
- Tu historial de triunfos y derrotas es una métrica temporal; el triunfo de Cristo sobre la muerte, una realidad eterna
- Conclusión
- Oración por quien ha llegado a la cima
- Acerca del autor