#83 La Gestión Del Éxito: Cómo Mantenerte Humilde Cuando Triunfas

por Dr. Richard John Perhai, Dr. Larry Oats

Introducción

El triunfo se vive con intensidad. La gente pronuncia tu nombre y escucha cuando hablas. Quizá conseguiste el ascenso, el bono o la casa en la colina. Es fácil que cruces el vestíbulo y te creas el constructor del edificio. Empiezas a sentirte invencible.

Ese es el vacío que aparece cuando llegas a la cima. Te impide ver la verdad: que sigues siendo humano. Las enseñanzas de la Biblia desafían nuestra soberbia. Nosotros creemos en la depravación total: nuestro corazón concibe ídolos constantemente. Hasta las cosas buenas, como el éxito, pueden convertirse en formas de honrarnos a nosotros mismos. Podrías llegar a pensar que tu triunfo te hace mejor que alguien que fracasó, y no es así.

¿Qué tienes que no hayas recibido? Todo cuanto tienes es un don: la mente que resuelve los problemas, la respiración de tus pulmones, la familia que te apoya. Si reclamas todo el mérito para ti, le estás robando la gloria a Dios.

Al principio de mi ministerio, di una charla que le encantó a todo el mundo. Me marché orgulloso y disfrutando de los elogios. Al llegar a casa, mi hijo tenía gripe, y minutos después yo estaba limpiando sus vómitos del suelo del baño. Dios encuentra el modo de recordarnos quiénes somos. La vida es dura y no le importa el cargo que ocupes.

El éxito es una responsabilidad. Si tienes más influencia, tienes más deber de servir. No eres dueño de tu vida: la gestionas, y el verdadero Dueño espera que hagas buen uso de ella.

No te embriagues con los aplausos; son veneno. Hacen que te olvides del valor que necesitaste para llegar hasta allí, de la gente que te ayudó y, sobre todo, de que eres un pecador salvado por la gracia.

La historia está llena de personas que construyeron grandes cosas pero olvidaron quién les dio las herramientas. Muchas acabaron solas y endurecidas. El éxito puede conducirte a la soledad si piensas que lo hiciste todo tú. Empiezas a ver a los demás como peldaños para ascender, no como prójimos.

Esto no es cuestión de atajos, sino del esfuerzo por mantenerte humilde cuando otros desean elogiarte. Es preciso hablar de la soberbia oculta en nuestro corazón y del peligro de creer que nos hemos hecho a nosotros mismos. Si acabas de lograr algo grande, cuidado: la vista desde la cima es bonita, pero la caída puede ser dura. Tienes las manos llenas; mantenlas abiertas y no cierres los puños. Todo lo que tienes es prestado.

Examinemos el mito del hombre hecho a sí mismo.

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