#90 El tiempo de Dios: cómo aprender a confiar en Su plan
Introducción
«¡Pero lo quiero ya!». La impaciencia del niño se está convirtiendo en una rabieta en toda regla. La madre, por muy lógica que sea su explicación, no puede lograr que su hijo entienda que el pastel no está listo y que, incluso cuando acabe de hornearse, tendría que enfriarse antes de poder decorarlo. Sabe que un pastel crudo no es lo ideal y que vale la pena esperar el resultado final, con sus chispas, su cobertura y sus velas. Pero, a ojos de su hijo, media una eternidad entre el ahora y el momento de comer pastel, y la persona que se lo impide es la que supuestamente sabe más. Entonces, para salirse con la suya, el niño agarra su cuchara y se dispone a tirarla al otro lado de la estancia porque esa es, por supuesto, la mejor manera de conseguir lo que quiere.
«¡Pero lo quiero ya!». ¿Cuándo fue la última vez que se te escaparon esas palabras? O, mejor dicho, ¿cuándo fue la última vez que las pronunciaste para tus adentros? ¿Cuándo fue la última vez que estuviste completamente convencido de que lo mejor era conseguir lo que querías cuando lo querías?
Probablemente no te conozco, y es de prever que nunca nos encontraremos en este mundo, pero estoy seguro de que te cuesta tener paciencia y confiar en el tiempo de Dios. Tal vez no en todas las áreas de tu vida, pero sospecho que, si te tomaras un momento, pronto recordarías áreas de tu vida en las que sabes que eres impaciente: esperando a que termine de hornearse un pastel; esperando una mesa en el restaurante o esperando a que arranque el automóvil que tienes delante porque ¿acaso no ve que el semáforo está en verde?
Y no todos los problemas de falta de paciencia o de confianza son tan ridículos como estos. ¿Cuánto tiempo llevas orando por ese familiar no salvo? ¿Cuántas páginas de tu diario de oración están manchadas de lágrimas mientras suplicas a Dios por un hijo? ¿Cuántas veces te has preguntado cuándo el Señor te quitará por fin el dolor de tu cuerpo para que puedas volver a tener una vida normal? Te has quedado estancado esperando el tiempo de Dios, y eso duele.
Para ser claros, no todo anhelo de cambio es un ejemplo de desconfianza. A veces, «¿Cuánto tiempo, OH SEÑOR?» es el lamento de un corazón confiado pero herido. Sin embargo, rara vez ofrecemos nuestras quejas con plena confianza y, a menudo, hasta las peticiones de cosas buenas pueden suscitar desconfianza en nuestro corazón. Esto es especialmente cierto cuando sentimos que no estamos más cerca de recibir lo que deseamos. Por algo escribió Salomón: «La esperanza que se demora aflige al corazón; el deseo cumplido es un árbol de vida» (Pr 13:12). Este es un versículo bíblico crucial, que hemos de tener presente, sobre la paciencia y el tiempo de Dios. Esperar duele, y una persona dolida no siempre actúa racionalmente.
¿Y por qué nos cuesta tener paciencia? ¿Por qué es difícil someterse al tiempo de Dios? Todo se reduce a una verdad inobjetable: somos pecadores.
Audioguía
Audio#90 El tiempo de Dios: cómo aprender a confiar en Su plan
Parte 1: Tienes Un Problema De Confianza
«¡Pero lo quiero ya!». La impaciencia del niño se está convirtiendo en una rabieta en toda regla. La madre, por muy lógica que sea su explicación, no puede lograr que su hijo entienda que el pastel no está listo y que, incluso cuando acabe de hornearse, tendría que enfriarse antes de poder decorarlo. Sabe que un pastel crudo no es lo ideal y que vale la pena esperar el resultado final, con sus chispas, su cobertura y sus velas. Pero, a ojos de su hijo, media una eternidad entre el ahora y el momento de comer pastel, y la persona que se lo impide es la que supuestamente sabe más. Entonces, para salirse con la suya, el niño agarra su cuchara y se dispone a tirarla al otro lado de la estancia porque esa es, por supuesto, la mejor manera de conseguir lo que quiere.
«¡Pero lo quiero ya!». ¿Cuándo fue la última vez que se te escaparon esas palabras? O, mejor dicho, ¿cuándo fue la última vez que las pronunciaste para tus adentros? ¿Cuándo fue la última vez que estuviste completamente convencido de que lo mejor era conseguir lo que querías cuando lo querías?
Probablemente no te conozco, y es de prever que nunca nos encontraremos en este mundo, pero estoy seguro de que te cuesta tener paciencia y confiar en el tiempo de Dios. Tal vez no en todas las áreas de tu vida, pero sospecho que, si te tomaras un momento, pronto recordarías áreas de tu vida en las que sabes que eres impaciente: esperando a que termine de hornearse un pastel; esperando una mesa en el restaurante o esperando a que arranque el automóvil que tienes delante porque ¿acaso no ve que el semáforo está en verde?
Y no todos los problemas de falta de paciencia o de confianza son tan ridículos como estos. ¿Cuánto tiempo llevas orando por ese familiar no salvo? ¿Cuántas páginas de tu diario de oración están manchadas de lágrimas mientras suplicas a Dios por un hijo? ¿Cuántas veces te has preguntado cuándo el Señor te quitará por fin el dolor de tu cuerpo para que puedas volver a tener una vida normal? Te has quedado estancado esperando el tiempo de Dios, y eso duele.
Para ser claros, no todo anhelo de cambio es un ejemplo de desconfianza. A veces, «¿Cuánto tiempo, OH SEÑOR?» es el lamento de un corazón confiado pero herido. Sin embargo, rara vez ofrecemos nuestras quejas con plena confianza y, a menudo, hasta las peticiones de cosas buenas pueden suscitar desconfianza en nuestro corazón. Esto es especialmente cierto cuando sentimos que no estamos más cerca de recibir lo que deseamos. Por algo escribió Salomón: «La esperanza que se demora aflige al corazón; el deseo cumplido es un árbol de vida» (Pr 13:12). Este es un versículo bíblico crucial, que hemos de tener presente, sobre la paciencia y el tiempo de Dios. Esperar duele, y una persona dolida no siempre actúa racionalmente.
¿Y por qué nos cuesta tener paciencia? ¿Por qué es difícil someterse al tiempo de Dios? Todo se reduce a una verdad inobjetable: somos pecadores.
Tu problema con el pecado
¡Espera! Si eres como yo, es posible que sientas la tentación de saltarte este apartado porque ya lo has oído antes. Por favor, sigue leyendo. Estoy convencido de que nuestra confianza en el tiempo de Dios no aumenta, en parte, porque subestimamos la repercusión del pecado en nuestra relación con Él.
Naciste con una predisposición espiritual a desconfiar del Dios que te creó. No obstante, eso no fue siempre así. Cuando Dios creó a Adán y Eva, estos no tenían una naturaleza pecadora. Cuando Dios les dio instrucciones, no tenían motivos para dudar de su bondad ni de su tiempo perfecto. Eso era maravilloso.
Pero, desafortunadamente, las cosas no quedaron ahí. En Génesis 3, nuestros primeros padres cayeron. El primer pecado cometido por la raza humana fue la desconfianza hacia Dios y su carácter, ya que el hombre y la mujer creyeron la mentira de Satanás de que Dios les estaba negando el bien. Vieron, tomaron y comieron, y así entró el pecado en el mundo. Y como Dios es santo, no puede tener comunión con las tinieblas. Adán y Eva fueron expulsados de la presencia de Dios, y la consecuencia de su pecado fue la muerte física y espiritual.
Desde aquel fatídico día en el Edén, todo ser humano nace con la naturaleza pecadora heredada de Adán. Ninguno de nosotros nace libre de pecado y con una relación intachable con Dios. Venimos a este mundo como hijos de la ira, merecedores del justo juicio de Dios por nuestro pecado contra Él. Alabado sea Dios porque intervino a su debido tiempo y nos proveyó una manera de escapar al juicio que merecíamos, enviando al Señor Jesús a vivir la vida de obediencia que nosotros deberíamos haber vivido y a morir por nosotros en la cruz. Luego, tres días después, Jesús resucitó de entre los muertos, y ahora vive y perdona los pecados a todos aquellos que se apartan del pecado y confían en Él para salvarse. Si no sabes si Dios te perdona los pecados, habla con un amigo cristiano y pregúntale. Nada es más importante para ti hoy que ser justificado ante Dios en su tiempo.
El pecado no solo nos amenaza con la separación eterna del Dios de vida que nos creó, sino que, además, destruyó nuestra relación con Él. Antes de pecar, Adán y Eva disfrutaban de una comunión perfecta con el Señor, pero, tras rebelarse contra Dios, se rompieron sus relaciones con Él, entre ellos y con el mundo. Esta es la situación de cada uno de sus descendientes, incluidos tú y yo. Todos nacemos con una inclinación espiritual a desconfiar de Dios.
No hace falta que nadie te enseñe a creer que Dios te está privando de algo. Tú no naces sin tacha y luego te mancha el mundo. Naces con una naturaleza pecadora en conflicto con el Dios que te creó. La desconfianza hacia Dios es inherente a la condición humana caída. Incluso aquellos que estamos en Cristo, restaurados y habitados por el Espíritu Santo, debemos luchar contra la carne y sus deseos (Romanos 7). Pero, afortunadamente, por el poder del Espíritu Santo podemos luchar contra las tentaciones del pecado de dudar de nuestro Padre celestial, como explicaré más adelante.
Debemos comprender que nuestra dificultad para confiar en el Señor es, fundamentalmente, un problema de tiempos espirituales, no un problema psicológico ni emocional. Nos cuesta confiar en Él porque la naturaleza innata de nuestro corazón es la de no hacerlo, y el Espíritu Santo obra continuamente para aumentar nuestra confianza en Él. Toda esperanza de transformación duradera debe comenzar por reconocer que nuestra impaciencia es, en realidad, una calumnia contra Dios y su carácter.
Si bien seguramente hay numerosas formas en que nuestra naturaleza pecadora se revela en nuestra falta de confianza en Dios, creo que una de ellas merece una mención especial: que olvidamos que no somos Dios.
Tú no eres Dios
Tú no eres el Dios que creó los cielos y la tierra. Es impactante, lo sé. Sin embargo, párate a pensarlo: ¿con qué frecuencia tu impaciencia hacia el plan y el tiempo de Dios viene de pensar que tú podrías hacer las cosas mejor si estuvieras al mando? «Si yo fuera Dios, lo haría así, ¡y las cosas saldrían mucho mejor!». En ocasiones, nuestra impaciencia proviene de que se nos olvida que no somos Dios, que somos seres creados. Queremos controlar los tiempos de nuestra vida como si dependieran de nosotros.
Al pensar en alguien que espera el cumplimiento de las promesas de Dios, uno de los primeros ejemplos bíblicos que se nos ocurren es Abram. En Génesis 15, el Señor, generosamente, hace un pacto con Abram prometiéndole, entre otras cosas, que sus descendientes superarán el número de estrellas. Por supuesto, hay un problema: su esposa, Saray, es estéril y muy muy anciana. Año tras año, Abram y Saray esperan que la promesa de Dios se haga realidad y, año tras año, no llega ningún hijo. Este es un gran ejemplo de cómo se pone a prueba el tiempo de Dios en las relaciones.
Entonces, Saray elabora un plan para conseguir un hijo a toda costa: «Saray dijo a Abram: “El SEÑOR me ha hecho estéril. Por lo tanto, ve y acuéstate con mi esclava Agar. Tal vez por medio de ella podré formar una familia”. Abram aceptó la propuesta que hizo Saray» (Gn 16:2). La usurpación por parte de Saray y Abram de la prerrogativa divina de Dios es clara: como el Señor no les da lo que quieren, deciden actuar por su cuenta. En lugar de creer que el tiempo de Dios es perfecto, ellos, pecaminosamente, se sitúan por encima de Dios y le enseñan cómo creen que hay que hacerlo.
Observa que lo deseado en este caso —un hijo— no es intrínsecamente malo. Dios había prometido darles uno. Y es evidente que años y años de espera, de decepción, de vergüenza agobiaron a esta pareja. Así y todo, queda claro en su ejemplo que Abram y Saray olvidaron que no eran Dios. Pensaron que sabrían hacerlo mejor que el Creador del universo. Operaron según la lógica humana, no según el tiempo divino. La impaciencia hizo que su confianza en la provisión del Señor se debilitara hasta el punto de que Saray le pidiera a su marido que se acostara con su esclava si eso le daba un hijo.
¿Alguna vez te preguntas si tú sabrías hacerlo mejor que Dios? Claro, quizá no lo dices en voz alta. Pero reflexiona sobre tus oraciones de la última vez que tuviste que esperar: ¿percibes en ellas un juicio arrogante? ¿Sueñas despierto con cómo solucionarías la situación si tuvieras el poder divino de Dios y entendieras su tiempo mejor que Él?
Nos cuesta confiar en el tiempo de Dios, entre otros motivos, porque olvidamos la distinción entre Creador y criatura. Asumimos que tenemos todos los datos. Nos equivocamos al pensar que, si Dios viera las cosas a nuestra manera, sin duda estaría de acuerdo, con lo cual confundimos nuestro calendario con el tiempo divino.
Ahora bien, esta es una mentira de Satanás. El pecado nos nubla la mente y el juicio a la hora de entender el tiempo de Dios. Olvidamos que con frecuencia hay muchísimas cosas que no sabemos. Ni conocemos el futuro ni tenemos todos los datos. Tal vez haya un buen motivo por el que el Señor no nos ha concedido un don, pues el tiempo de Dios es perfecto, pero nosotros, en nuestro orgullo, presuponemos que es ignorante o incompetente o que no está comprometido con nuestro bien.
Si el pecado es la base de nuestra falta de confianza en Dios y en su tiempo, ¿qué podemos hacer? Debemos preguntarnos: ¿qué dice la Biblia sobre el tiempo de Dios? ¿Cómo podemos crecer en nuestra confianza en Él y aprender a confiar en su tiempo?
Toda esperanza de crecimiento debe partir de quién es Dios.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿En qué momentos de mi vida me ha costado esperar el tiempo perfecto de Dios?
- ¿Qué excusas he puesto para justificar mi impaciencia en vez de enfrentarla como pecado?
- ¿Qué mentiras he creído acerca de Dios porque sentía que no estaba obrando en su tiempo?
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Parte 2: Un Dios Digno De Nuestra Confianza
En el apartado anterior examinamos por qué no confiamos en el tiempo de Dios. Vimos que el pecado es nuestro mayor impedimento para confiar en Él y en su tiempo, y nuestro primer paso debe ser una nueva visión de quién es Dios tal como Él se ha revelado en su Palabra.
Aquí entran en juego dos aspectos de nuestro entendimiento de Dios. En primer lugar, la realidad objetiva de su carácter. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, Dios revela generosamente su carácter glorioso tanto por lo que demuestra como por lo que dice. A veces revela directamente su carácter, como al pasar delante de Moisés en Éxodo 34:5-7, cuando oímos al Señor explicar lo que cree que necesitamos saber de Él; un pasaje que suele citarse junto con otros versículos sobre el tiempo de Dios:
«El SEÑOR descendió en la nube y se puso junto a Moisés. Luego le dio a conocer su nombre: pasando delante de él, proclamó: “El SEÑOR, el SEÑOR, Dios compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después y que perdona la maldad, la rebelión y el pecado; pero no tendrá por inocente al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación”».
Y luego hay pasajes de las Escrituras en los que Dios, en lugar de describirse explícitamente, muestra cómo es. Me acuerdo del poderoso ministerio de Jesús relatado en Marcos 5. En este capítulo no vemos muchas declaraciones directas sobre el poder del Señor; observamos, en cambio, el poder y la autoridad del Señor Jesús acompañados de su ternura y misericordia hacia aquellos que acuden a Él en busca de ayuda, por quienes interviene a su debido tiempo.
Un segundo aspecto de nuestro entendimiento de Dios que debemos considerar aquí es nuestra experiencia subjetiva de su carácter. No basta con la mera aceptación intelectual de la verdad teológica sobre Dios; debemos analizar lo que esta verdad significa para nosotros y cómo afecta la forma en que nos relacionamos con Dios. Esto es crucial para comprender su tiempo. Cada persona reaccionará a la misma verdad de una manera distinta. Un niño criado en un hogar violento puede que retroceda, esperando una bofetada, cuando su padre levanta la mano; pero un niño criado en un hogar lleno de amor puede que dé un paso adelante cuando su padre levanta la mano, pues espera un abrazo.
En pocas palabras, no basta con contestar a la pregunta «¿Quién es Dios?». También debemos dar respuesta a «¿Quién es Dios para ti?». Nuestro entendimiento subjetivo de Dios debe surgir siempre de cómo Él se ha revelado objetivamente en su Palabra. No somos libres de moldear y dar forma a quien creemos que es Dios según nuestras expectativas y nuestros deseos. Al mismo tiempo, no somos robots; no reaccionamos a la verdad teológica con fría lógica. El entendimiento de Dios pasa por nuestra mente y por nuestro corazón cuando analizamos cómo nuestra teología afecta nuestra forma de vivir.
Debemos comprender la verdad de quién es Dios y aplicarla a nuestro corazón y nuestra vida. Una visión más clara del carácter de Dios nos hará más pacientes mientras esperamos el tiempo en que sus planes se harán realidad. Confío en que el pueblo de Dios pasará milenios sin fin en los nuevos cielos y la nueva tierra, explorando y deleitándose en las profundidades infinitas del carácter de Dios. Es imposible que hagamos justicia a su gloriosa persona aquí. Mi intención en este apartado es ayudarte a reconstruir, reparar o fortalecer la percepción que tu corazón tiene sobre quién es Dios. Lo haremos considerando tres componentes de su carácter: su conocimiento, su poder y su bondad. Como veremos, es vital la comprensión adecuada de estos componentes del carácter de Dios para aumentar nuestra confianza en su tiempo.
El conocimiento de Dios
Una de las características definitorias de Dios es su omnisciencia, su conocimiento completo de todas las cosas. El alcance del conocimiento de Dios es abrumador; cuanto más se piensa en ello, más asombroso parece.
Un pequeño ejemplo. Imagina tu flor favorita (la mía es el tulipán). Hermosa, ¿verdad? Dios lo sabe todo sobre esa flor: qué necesita, cuánto vivirá, dónde surgió. Ahora mira de cerca los pétalos. Dios sabe cómo se formaron. Sabe qué nutrientes dieron lugar a cada color. Acércate más. Dios sabe cómo rebotará cada partícula de luz en los pétalos y cómo la captarán los ojos de una persona, una abeja o una vaca, y sabe exactamente qué efecto tendrá en cada observador el hecho de ver esta flor. ¿Será recogida, polinizada o ingerida? Dios lo sabe. Dios conoce el camino que sigue cada fotón reflejado en cada pétalo de cada flor en cada campo de la tierra. Nada es demasiado pequeño como para que Dios no lo sepa.
A continuación, un ejemplo a lo grande. Imagina mentalmente que estás en la calle en plena tormenta. Imagina después que esa tormenta es un huracán. Los huracanes son lo suficientemente grandes como para ser vistos desde el espacio. Intensos, ¿verdad? Ahora imagina una tormenta que no solo es visible desde el espacio, sino también más grande que todo nuestro planeta. Eso es lo que está sucediendo ahora mismo en la Gran Mancha Roja de Júpiter, una tormenta cuyo diámetro es mayor que el de la Tierra. Dios es tan conocedor de cada ráfaga de viento en el Caribe como de las tormentas que azotan Júpiter o algún planeta distante del que nunca hemos oído hablar. Nada es demasiado grande como para que Dios no lo sepa. Esto no es una noción difusa de los tiempos del universo, sino el conocimiento personal del Creador.
Isaías recoge esta asombrosa autodescripción del Señor: «[…] yo soy Dios y no hay ningún otro, yo soy Dios y no hay nadie igual a mí. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir […]» (Is 46:9-10). Dios sabe cómo terminará cada historia antes de que se abra el libro. Nada escapa a su conocimiento. Nada se le oculta.
¿Cómo nos ayuda la omnisciencia de Dios a confiar en su tiempo? A diferencia de nosotros, Dios no toma decisiones por ignorancia. Puede que yo vaya al supermercado sin saber que nos hemos quedado sin huevos, solo para descubrir mientras hago el desayuno que debería haber comprado. Dios no es como nosotros. Cada decisión que toma está informada por su perfecto conocimiento de todas las cosas. No necesita esperar a reunir más datos. Cada decisión suya de otorgar o denegar la toma conociendo toda la información posible. Podemos confiar en que el tiempo de Dios es perfecto porque su conocimiento de la situación supera infinitamente al nuestro. Básicamente, la fe en Dios consiste, entre otras cosas, en tener fe en su tiempo.
El poder de Dios
Una de mis películas de animación favoritas es Los Increíbles, una obra ingeniosa y conmovedora del género de superhéroes, con una impresionante banda sonora de Michael Giacchino. En la película, el Sr. Increíble, un superhéroe dotado de superfuerza, le confiesa a su esposa que no soporta la idea de perderla porque, y se lamenta entre lágrimas: «No soy lo suficientemente fuerte». Una tierna escena de una gran película.
«No soy lo suficientemente fuerte». Esas son unas palabras que nunca oirás pronunciar al Dios de la Biblia. Dios no solo es omnisciente; también es omnipotente o todopoderoso. Al igual que no hay límites para el conocimiento de Dios, tampoco los hay para su fuerza ni para su capacidad de hacer que su voluntad se cumpla.
¿Cuándo fue la última vez que quisiste hacer algo, pero, sencillamente, no tenías la fuerza necesaria? En unas vacaciones recientes, mi esposa y yo estábamos haciendo ejercicio juntos en el gimnasio del complejo turístico. Yo estaba terminando el entrenamiento con unas flexiones y, tras un número determinado de ellas (nunca diré cuántas), mis brazos simplemente cedieron y me desplomé en el suelo. Por más que quisiera terminar mi rutina, tenía los brazos completamente sin fuerza y se sentían flojos.
Dios no es como nosotros. Él no se cansa. Dios no se dice a sí mismo: «Me gustaría hacer eso, pero antes necesito una siesta para recobrar fuerzas».
El poder de Dios no conoce límites. El profeta Jeremías lo expresa así: «¡Ah, mi SEÑOR y Dios! Tú, con tu gran fuerza y tu brazo poderoso, has hecho los cielos y la tierra. Para ti no hay nada imposible» (Jr 32:17). Los soles abrasadores, las montañas inquebrantables y los océanos embravecidos apenas exhiben una pequeña parte del poder de Dios.
¿Por qué tiene importancia para ti la omnipotencia de Dios? Porque Dios nunca está limitado por la falta de poder. No hay situación en la que Dios Todopoderoso desee un poco más de fuerza para poder hacer lo correcto. No, Dios es omnipotente. No se le puede limitar. Podemos confiar en su tiempo porque podemos reconocer que, cuando Dios decida actuar, nada le impedirá cumplir su voluntad en su tiempo.
La bondad de Dios
Sospecho que la mayoría de los cristianos que esperan el tiempo de Dios no dudan de su conocimiento ni de su poder. Esas características son tan fundamentales para nuestro entendimiento de Dios que las damos mayormente por sentadas. Supongo que, en épocas de espera, la cualidad de Dios que tiene más probabilidades de ser ignorada, minimizada o puesta en duda es la última de ellas: su bondad.
¿Qué quiero decir al hablar de la bondad de Dios? Aquí me refiero al compromiso de Dios de actuar con fidelidad al pacto para gloria de su nombre y bienaventuranza hacia aquellos a quienes ama. En su providencia, todo lo que Dios hace aumenta su gloria y nuestro bien. Él tiene el propósito soberano de bendecir a su pueblo dándole lo que necesita precisamente cuando lo necesita, en una demostración de lo que es el tiempo divino.
No es difícil imaginar a alguien a quien le cueste confiar en la bondad de Dios en épocas de espera. Un ser querido está enfermo. Sabes que Dios puede sanar. Sin embargo, no lo hace. Lo que enseguida queda en entredicho no es la omnisciencia de Dios ni su omnipotencia, sino su bondad. Cuántos corazones rotos han clamado estas palabras: «Dios, si eres bueno, ¿cómo puedes permitir que esto suceda?».
En mis años como pastor, les he dicho a los miembros de nuestra iglesia que hay determinados versículos en los que descansar el alma —unos versículos esenciales sobre el tiempo y el carácter de Dios—, tan cargados de verdad gloriosa que vale la pena memorizarlos. Uno de esos versículos se puede encontrar hacia la mitad del salmo 119, en el versículo 68, donde escribe el salmista: «Tú eres bueno y haces el bien; enséñame tus estatutos».
Lo puedes pasar por alto sin darte cuenta. «Tú eres bueno y haces el bien». Siete palabras en español, pero estoy convencido de que estas siete palabras pueden salvar tu vida.
En el salmo 119, el salmista medita acerca del valor de la Palabra de Dios, a menudo entre lágrimas. Rememora momentos en los que sufrió por su pecado y su necedad, y recuerda el aguijón de sus enemigos. Y, a pesar de todo, Salmos 119:68 sigue siendo verdad: «Tú eres bueno y haces el bien». Independientemente de sus circunstancias externas, el salmista está comprometido con la verdad fundamental de la bondad de Dios.
¿Por qué nos cuesta confiar en la bondad de Dios? Porque olvidamos que Dios no es como nosotros. Sabemos que no somos dignos de confianza porque oímos nuestros propios pensamientos. Incluso cuando hacemos lo correcto, reconocemos el conflicto, la vacilación, en nuestro corazón. No somos tan buenos como querríamos, aunque con ayuda del Espíritu vamos madurando. Es fácil dudar de la bondad de Dios porque lo consideramos uno de nosotros. Pero no es uno de nosotros. Es mejor. Es bueno.
Como Dios es bueno, podemos confiar en su tiempo. Aunque parezca que tenemos que esperar, como Dios es bueno, podemos confiar en que su tiempo es perfecto y sus planes son siempre para nuestro bien. Piénsalo un momento. Nunca sacrificará el Señor el bien de su pueblo en aras de su propia gloria. De igual modo, nunca dejará de buscar su gloria porque esta sea incompatible con el bien de su pueblo. Ambas cosas van de la mano en los buenos propósitos de Dios, lo que demuestra la sabiduría del tiempo divino.
Dios lo sabe todo, es omnipotente y es bueno. Entonces, ¿en qué consiste la confianza en Él y en su tiempo? Lo primero es la convicción de que la fe en Dios consiste, entre otras cosas, en tener fe en su tiempo. Antes de analizar cómo se da esto en nuestra propia vida, nos queda un último punto sobre la importancia de esperar el tiempo de Dios. Hemos de considerar el ejemplo del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cuál de estas características te cuesta más recordar cuando esperas el tiempo de Dios?
- ¿Qué otros ejemplos de las Escrituras recuerdas que muestren el conocimiento, el poder o la bondad de Dios y sean versículos relativos a su tiempo?
- ¿En qué medida la falta de comprensión de estas cualidades afecta tu capacidad de confiar en Dios y en su tiempo espiritual?
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Parte 3: Confiar Como Jesús
Hasta ahora hemos analizado cómo, por culpa del pecado, todos tenemos un problema de confianza. Por causa de nuestra carne, no confiamos en Dios como deberíamos. Luego vimos cómo el mejor remedio para nuestro problema de confianza es una visión nueva y más completa de Dios, un Dios omnisciente, omnipotente y sumamente bueno.
Pero ¿en qué consiste la confianza en el tiempo de Dios? Afortunadamente, Dios nos da el mejor ejemplo posible con nuestro Señor Jesucristo, Dios hecho hombre, el ser humano más lleno del Espíritu que jamás haya existido.
¿Quién es Jesús?
Nací y crecí en Memphis, Tennessee, y puedo asegurarte, como oriundo de allí, que una de las cosas más importantes de una persona es lo que opina sobre la barbacoa. Para ser claros, el término «barbacoa» debe aplicarse a las carnes que se ahúman durante mucho tiempo, como el cerdo, la pechuga, el pollo y el pavo. Las hamburguesas y los perritos calientes no se consideran barbacoa. Insistiré en ello hasta el final de mis días.
Cuando alguien se muda al área de Memphis, me gusta advertirle que tendrá que tomar una decisión importante: de qué restaurante de barbacoa se hará cliente. Están Rendezvous, Central, Corky’s, Commissary y muchísimos otros locales de barbacoa, más pequeños, para elegir (que conste que yo soy fanático de Captain John’s). Si en Memphis les preguntas a los transeúntes dónde está la mejor barbacoa de la ciudad, obtendrás cien respuestas distintas.
Creo que obtendrás la misma variedad de respuestas si preguntas a la gente quién es Jesús.
Algunos califican a Jesús de buen maestro, mientras que otros lo llaman revolucionario. Homófobo. Héroe. Al igual que las opciones de barbacoa en Memphis, las ideas populares sobre la identidad de Jesús parecen ilimitadas. No obstante, en contraste con las barbacoas de Memphis, tu postura acerca de Jesús tiene consecuencias eternas. Hemos de aclarar quién creemos que es Jesús, pues la identidad de Jesús guarda plena relación con la manera en que Él confió en Dios y cómo nos sirve a nosotros de ejemplo para comprender el tiempo de Dios.
Las Escrituras nos enseñan que Jesús es absolutamente único entre todos los demás seres humanos que han caminado sobre la faz de la tierra. Jesús no es un simple hombre; es Dios mismo, Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo eterno hecho carne (Jn 1:1-14). Con una naturaleza tanto humana como divina, Jesús obedeció perfectamente al Padre durante su vida en la tierra, sin fallarle ni una sola vez.
Jesús puede ser nuestro ejemplo porque su vida es bondad pura. A diferencia de nosotros, que tenemos días buenos y malos, Jesús nunca tuvo un mal día. Cada interacción, conversación y acción recogida en las páginas de las Escrituras testimonia cómo es la obediencia perfecta. ¿Quieres saber cómo lamentar la perdición del mundo? Mira a Jesús. ¿Quieres saber cómo obedecer a Dios en el sufrimiento? Mira a Jesús. ¿Quieres saber cómo confiar en el tiempo de Dios? Mira a Jesús.
¿Cómo confiaba Jesús en Dios?
Si Jesús no es solamente nuestro Señor, sino también nuestro gran ejemplo, ¿qué pasajes de su vida pueden ayudarnos a confiar en el tiempo de Dios?
Para empezar, vemos que la vida entera de Jesús estuvo dedicada a amar y servir a su Padre. Comenzamos con el relato más antiguo de la vida de Jesús después de su nacimiento: el de Lucas sobre Él, cuando era niño, en el templo (Lc 2:41-52). Aquí vemos a María, la preocupada madre de nuestro Señor, buscando ansiosamente a su primogénito tras haber dejado Jerusalén. Finalmente lo encuentra en el templo, enfrascado en una conversación con los maestros. María regaña a su hijo por tratar así a sus padres, a lo que Jesús replica: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que tengo que estar ocupado en los asuntos de mi Padre?» (Lc 2:49).
Desde sus primeros años, Jesús se comprometió a conocer a su Padre Celestial. Lucas concluye este apartado de su Evangelio del siguiente modo: «Jesús siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de la gente» (Lc 2:52). Si bien debemos recordar el misterio de la Encarnación, las Escrituras evidencian que Jesús se dedicó a servir fielmente a su Padre. Sabía que su mayor gozo era participar en la obra de su Padre y se comprometió a no conformarse con el lugar donde estaba; Jesús creció a lo largo de los años mientras acogía el tiempo divino en su desarrollo.
Amigo, oro para que nunca olvides la maravilla de la Encarnación. Jesús, aunque plenamente Dios, en su humanidad «[…] siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de la gente». Ni siquiera Jesús nació sin la necesidad de crecer y aprender. Por supuesto, de acuerdo con su naturaleza divina, Jesús continuó sosteniendo «[…] todas las cosas con su palabra poderosa» (Hb 1:3), con un conocimiento y un poder perfectos. Pero aquí observamos que Jesús ejemplifica su compromiso de aumentar su conocimiento y confianza en su Padre Celestial y en su tiempo perfecto.
Y Jesús no creció simplemente aprendiendo verdades axiomáticas sobre Dios. El autor de la carta a los hebreos nos dice: «Aunque [Jesús] era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer» (Hb 5:8). Había aspectos de obediencia que el Señor Jesús solo podía aprender humillándose y sufriendo en este mundo caído. Al someterse de manera perfecta al Padre, Jesús aprovechó incluso su sufrimiento como aprendizaje para crecer en obediencia y merecer aún más ser el salvador que necesitábamos.
Jesús nos sirve de ejemplo porque muestra cómo se conoce y ama a Dios incluso en el sufrimiento. También nos muestra lo que significa confiar en el tiempo de Dios.
Al principio de su ministerio público, Jesús es llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por Satanás. En su triple ataque al Hijo de Dios, Satanás desafía reiteradamente a Jesús con un dardo envenenado: «Si eres el Hijo de Dios», un desafío directo a la proclama del Padre en el bautismo de Jesús (Mt 3:17). En el relato de Mateo, Satanás culmina su ataque ofreciendo a Jesús todos los reinos del mundo: «Todo esto te daré si te postras y me adoras» (Mt 4:9).
¿Qué trama Satanás aquí? Como Mesías e Hijo de Dios, a Jesús ya se le prometieron los reinos de la tierra como herencia (Salmos 2:8). Satanás no le estaba ofreciendo a Jesús nada nuevo. Por el contrario, le estaba ofreciendo una forma de obtener su recompensa sin sufrir obedientemente. Satanás le ofreció a Jesús la corona sin la cruz: un rechazo del plan y el tiempo de Dios.
No es de extrañar, pues, que Jesús conteste enérgicamente a Pedro en Mateo 16. Jesús les dice a sus discípulos que sufrirá y morirá, y Pedro se lleva a Jesús aparte y lo reprende. «¡Aléjate de mí, Satanás!», responde Jesús (Mt 16:23). ¿Por qué un lenguaje tan contundente? Porque, detrás de las palabras de su amigo, Jesús detecta los mismos susurros del enemigo: una oferta para eludir el difícil camino de la obediencia. El acertado rechazo de Jesús a los esfuerzos de Satanás refleja su compromiso de confiar en el tiempo de Dios incluso frente a una intensa tentación.
Por último, Jesús no es únicamente el ejemplo que tenemos para aumentar nuestra confianza en el Padre incluso en el sufrimiento y la tentación, sino que, además, nos enseña a esperar en el carácter y las promesas de Dios.
En el huerto de Getsemaní, unas horas antes de su muerte, el Señor Jesús nos muestra cómo es una vida humana fiel en las circunstancias más oscuras. Por tres veces nuestro amado Salvador pregunta al Padre si el cáliz del sufrimiento podría pasar de Él, y por tres veces Jesús se compromete con la voluntad del Padre (Mt 26:44). Aquí, mirando directamente el rostro de la traición, la tortura, la muerte y la separación del Padre, Jesús se abandona a su confianza en Él, sabiendo que todo se cumplirá en su tiempo. Ahora, en el decisivo momento final, Jesús se compromete a confiar en la voluntad del Padre porque sabe que la voluntad del Padre es recta sea cual sea el costo personal.
¿Qué podría obligar a Jesús a esa obediencia? Las Escrituras nos mandan mirar a Jesús, «[…] el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza […]» (Hb 12:2). Jesús fue a la cruz porque, a cambio de su obediencia, le esperaba el gozo. El gozo de la comunión con el Padre y el Espíritu. El gozo de su aprobación. El gozo de rescatar a su Esposa, la Iglesia. En resumen, Jesús obedeció porque creía que las promesas de Dios eran verdaderas y que el Padre no dejaría de recompensar su obediencia como había prometido. Este es el mayor ejemplo de espera del tiempo perfecto de Dios.
¿Hasta dónde llevó a Jesús su confianza?
Me temo que habrá quienes lean esta guía y concluyan equivocadamente que el sometimiento al tiempo de Dios liberará sus bendiciones en su vida, como si la bendición material inmediata fuera siempre fruto, de manera sistemática, de la obediencia. Esto no es lo que señala la Biblia acerca del tiempo de Dios. Los falsos maestros del evangelio de la prosperidad cuentan mentiras como estas todos los días, mientras prometen salud o riqueza a cambio de lealtad o donativos.
Antes de pasar al último apartado, es importante que analicemos hasta dónde llevó a Jesús su confianza en el tiempo de Dios. Puedes afirmar que quieres aumentar tu confianza en el tiempo de Dios, pero, antes de que te comprometas a una vida de confianza en Dios y su tiempo, te animo a considerar el ejemplo de Jesús desde otro ángulo.
Como ya hemos estudiado, para Jesús, la obediencia implicaba someterse al plan y al tiempo de Dios para llevar una vida difícil. No tenía dónde recostar la cabeza y era objeto de constantes desafíos e incomprensiones. Fue traicionado por uno de sus seguidores más cercanos, y cuando el resto de sus discípulos tuvieron la oportunidad de defenderlo como habían prometido, todos lo abandonaron. Fue condenado en un falso juicio, golpeado, humillado y crucificado.
Todo ello según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios (Hch 2:23).
Al examinar el ejemplo de Jesús, vemos que confiar en el tiempo de Dios implica someternos a su voluntad para nuestra vida, sea cual sea. No tenemos poder de veto sobre la voluntad de Dios en cuanto a qué es lo mejor para nosotros. Si te comprometes a seguir a Jesús siempre y cuando tengas la casa adecuada en el vecindario adecuado, el automóvil adecuado, el cónyuge adecuado y el número de hijos adecuado, entonces te diré que realmente no quieres confiar en Dios y en su tiempo.
Ahora, ¿quién sabe? Tal vez sea la voluntad del Señor que consigas lo que quieras cuando lo quieras, disfrutando de un tiempo que crees perfecto. Sin embargo, déjame preguntarte: ¿y si no lo es? ¿Y si su voluntad es que esperes, esperes y esperes? ¿Todavía querrás confiar en el Señor?
Hay una cosa más que quiero que contemplemos sobre el ejemplo del Señor Jesús, y es la otra cara del sufrimiento. Verás, en la vida de Jesús, al igual que en otros pasajes de las Escrituras, observamos un patrón: sufrimiento seguido de gloria. Este es un tema fundamental a la hora de hablar de la paciencia y el tiempo en un contexto bíblico.
¿Hasta dónde llevó a Jesús su confianza en el tiempo del Padre? Hasta la cruz y el sepulcro. Pero eso no es todo. La confianza de Jesús en el tiempo del Padre también lo condujo a la vida resucitada, pues Dios no permitiría «[…] que sufr[ier] a corrupción tu siervo fiel» (Sal 16:10). Debemos ser realistas ante la perspectiva de sufrir en este mundo mientras confiamos en el tiempo del Padre. Al fin y al cabo, es un mundo en guerra. Ahora bien, así como reconocemos que esperar el tiempo de Dios puede implicar sufrimiento, también debemos entender que este sufrimiento nunca será eterno si estamos en Cristo. Algún día el sufrimiento dará paso a la gloria.
Querido amigo, cada uno de nosotros debe preguntarse si va a confiar en Dios y su tiempo. Y, como veremos en el apartado final, esta no será una decisión puntual. Debemos acceder a confiar en Él una y otra vez. No obstante, el glorioso ejemplo de Jesús nos recuerda que, aunque caminemos en valle de sombra de muerte mientras esperamos, si pertenecemos a Cristo, tenemos la garantía de llegar a los verdes pastos que hay al otro lado.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué pasajes de las vivencias de Jesús te resultan más útiles para esperar el tiempo de Dios?
- ¿Dónde encuentras más dificultades para confiar en el tiempo del Señor? ¿De qué modo podría ayudarte el ejemplo de Jesús a esperar con fe y creer que el tiempo de Dios es perfecto?
- ¿Reflexionas más sobre el sufrimiento presente o sobre la gloria venidera? ¿Cómo podrías adaptar mejor tus reflexiones a las Escrituras y al tiempo divino?
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Parte 4: Cómo Aumentar Tu Confianza
Hasta el momento, hemos considerado que el problema de la confianza aflige a todo ser humano nacido desde la Caída. Luego reflexionamos sobre cómo el correcto entendimiento de Dios es el mejor remedio para no desconfiar de Él y de su tiempo perfecto, y examinamos a Jesucristo como principal ejemplo de confianza en el tiempo de Dios. Ahora, en este apartado final, contemplaremos algunos pasos prácticos para aumentar nuestra confianza en Dios y su tiempo.
¿Por qué no fue este el primer apartado de esta guía? Porque nuestra falta de confianza en Dios es, fundamentalmente, una cuestión de tiempos espirituales. Saltar directamente a los consejos prácticos sobre cómo confiar en el tiempo de Dios, sin hacer antes el trabajo interior, es como pintar una manzana podrida. Es posible que te vaya un poco bien a corto plazo, pero enseguida fracasarás. Todas las recomendaciones de este apartado las hago teniendo en cuenta los tres apartados previos.
¿Cómo podemos aumentar nuestra confianza en Dios y su tiempo?
Confía en Dios en oración
No sé tú, pero yo soy una persona extraordinariamente testaruda. Lo cierto es que no quiero decir que no puedas convencerme de que estoy equivocado (pregúntale a mi esposa si eso es cierto). Quiero decir que mi carne siempre está trabajando para tratar de convencerme de que no necesito que Dios lleve a cabo el cambio que quiero en mi existencia o de que puedo manejar por mi cuenta los tiempos de mi vida.
Uno de los beneficios de llevar un diario de oración —una práctica que recomiendo— es la capacidad de ver patrones en aquello por lo que oras. Y, tras llevar desde hace años un diario de oración, puedo decirte que uno de los pecados que más confieso es que no le confío mi crecimiento al Espíritu. A veces pienso que puedo obligarme a ser piadoso a base de pura fuerza de voluntad. ¡Qué necio puedo ser!
Si quieres aumentar tu confianza en Dios y su tiempo, debes empezar por la oración. Quizá incluso ahora mismo. Detente un momento para pedir que el Señor comience a obrar en tu corazón de modo que confíes más en el tiempo de Dios.
¿Por qué cosas deberíamos orar? Aquí tienes algunas sugerencias:
– Confiesa todas las veces que no confiaste en el Señor. Confiesa las mentiras que te condujeron a la desconfianza, como la falta de confianza en su bondad o la sobrevaloración de tu propia importancia mientras esperabas el tiempo de Dios.
– Pídele al Señor que alinee tu voluntad con la suya. Dile que quieres confiar en su tiempo divino, lo que implica querer las mismas cosas que Él quiere. Si el Señor puede transformar el corazón del rey como quiera (Pr 21:1), seguro que puede transformar el tuyo.
– Pídele a Dios que traiga hermanos y hermanas cristianos a tu vida, sobre todo a través de tu iglesia local, que puedan corregirte y ayudarte a confiar en el Señor. Esto es crucial para los tiempos de Dios en las relaciones.
– Confiesa tu necesidad diaria de fortaleza para continuar confiando en el Señor. Por algo el Señor proveía a Israel maná en el desierto cada día —una intervención a su debido tiempo—, y Jesús nos enseñó a orar por el pan de cada día. Se nos recuerda que dependemos constantemente del Señor para recibir la fortaleza que solo Él puede proveer.
Seguro que hay muchas otras cosas maravillosas por las que orar, pero esto debería motivarte. «[…] oren sin cesar […]», escribe Pablo en 1 Tesalonicenses 5:17. El cristiano que confía es un cristiano que descansa en el Señor y tiene comunión con Él por medio de la oración asidua y honesta, sabiendo que la fe en Dios consiste, entre otras cosas, en tener fe en su tiempo.
Deléitate en la Palabra de Dios
– Mujeres como Saray, que anhelaba el don de tener hijos y le costaba esperar el tiempo de Dios;
– José, que esperó en la cárcel durante años antes de ser ascendido en Egipto, mientras confiaba en el plan y el tiempo de Dios;
– el rey Saúl, que no esperó a la llegada de Samuel antes de una batalla y, con ello, ignoró el tiempo divino;
– y Pablo, que hubo de confiar en el tiempo de Dios para la difusión de su Evangelio.
Hay muchísima gloria que admirar en las páginas de las Escrituras, y sé que Dios desea que aumente tu piedad, incluida tu confianza en Él. ¿Por qué lo sé? Porque así lo manifiesta en su Palabra: «La voluntad de Dios es que sean santificados […]» (1 Ts 4:3).
No desaproveches la espera
Por último, te insto a que no desaproveches el tiempo que pases esperando al Señor. No sé qué estás esperando ahora mismo, pero sí que no todas las épocas de espera son iguales. Aun así, comprender los tiempos de Dios requiere diligencia en esta etapa para buscar al Señor incluso mientras esperas.
Como comentamos anteriormente con el ejemplo de Jesús, hay ciertos tipos de conocimiento que solamente se obtienen por medio de la experiencia. No puedes saber si una silla puede sostenerte hasta que no te sientas y pones todo tu peso en ella. Hay aspectos de la bondad, el cuidado y la provisión del Señor que solo experimentarás en tiempos de espera. Es posible que haya momentos en que sientas que preferirías tener aquello que estás esperando antes que una imagen más completa de Dios y de su tiempo perfecto. Créeme, yo he pasado por eso. Pero acabamos volviendo a nuestro entendimiento de quién es Dios. Si realmente lo sabe todo, si realmente es capaz y si realmente es bueno, entonces podemos confiar en Él incluso en épocas de espera.
¿Cómo podemos emplear bien este tiempo de espera? He aquí algunos ejemplos:
– Ora para tener la ocasión de comentarles tu situación a otros miembros de la iglesia. Ellos pueden ayudarte a soportar esa carga, y es posible que se sientan alentados por tu ejemplo. Esta es una bella dimensión del tiempo de Dios en las relaciones.
– Busca el modo en que el Señor podría usar esta época de espera para hacer crecer tu confianza en Él, demostrando que la fe en Dios consiste, entre otras cosas, en tener fe en su tiempo.
– Piensa en qué oportunidades podría proveerte el Señor de evangelizar a otros o de glorificarlo a Él mientras esperas su tiempo. Si estás esperando a curarte de una enfermedad, ¿con quién tratas habitualmente en la consulta del médico? Si estás buscando trabajo, ¿de qué manera puedes manifestar el fruto evangélico del contentamiento incluso en época de necesidad?
En el momento en que estoy redactando esta guía, mi esposa y yo hemos orado durante seis años para recibir el don de tener hijos y, durante seis años, el Señor nos ha negado ese don. A lo largo de ese tiempo, un versículo al que nos hemos aferrado es Salmos 84:11: «El SEÑOR es sol y escudo; Dios nos concede honor y gloria. El SEÑOR no niega sus bondades a los que se conducen con integridad». Este se ha convertido en uno de nuestros versículos clave sobre el tiempo de Dios. No sabría decirte cuántas veces mi esposa o yo nos hemos citado el uno al otro este salmo. Dios no niega sus bondades a su pueblo. Y, como creemos en Dios cuando habla, la única conclusión que podemos sacar es que el Señor, en su divina sabiduría, ha decidido que es mejor para nosotros que nos niegue este don. Es duro, vaya si lo es, pero la bondad de Dios es un ancla para nuestras almas.
Cuando hay oleadas de aflicción que nos golpean, nos aferramos a la promesa de que Dios no niega sus bondades a su pueblo, y miramos la cruz y entendemos que, si Dios está dispuesto a entregar a su Hijo, ¿no podemos confiar nosotros en que hará todo lo posible por procurar nuestro bien? O, como lo expresó nuestro hermano Pablo en Romanos 8:32: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?».
Tu capacidad de confiar en Dios en medio de la espera no reside en tu fortaleza ni en tu piedad, sino en Dios. Oro para que pases el resto de tu vida y la eternidad creciendo en tu deleite y confianza en el Dios que te creó, que te ama y que te redimió en Cristo, ordenando perfectamente los tiempos de la vida.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Alguna vez te cuesta orar al Señor en una época de espera? ¿Por qué crees que te pasa?
- ¿Qué otros ejemplos hay en las Escrituras de personas que esperan al Señor (quizá los encuentres buscando un versículo bíblico específico sobre la paciencia y el tiempo de Dios) y cómo puedes aplicar esos ejemplos a tu espera actual?
- ¿En qué cosas te sientes tentado a desaprovechar tu espera en lugar de confiar en los tiempos espirituales?
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Acerca del autor
ALEX HAMMOND es pastor auxiliar de la Iglesia Bautista de Cleveland Road, en Athens (Georgia), donde vive con su esposa, Amber.
Tabla de contenido
- Parte 1: Tienes Un Problema De Confianza
- Tu problema con el pecado
- Tú no eres Dios
- Preguntas para reflexionar:
- Parte 2: Un Dios Digno De Nuestra Confianza
- El conocimiento de Dios
- El poder de Dios
- La bondad de Dios
- Preguntas para reflexionar:
- Parte 3: Confiar Como Jesús
- ¿Quién es Jesús?
- ¿Cómo confiaba Jesús en Dios?
- ¿Hasta dónde llevó a Jesús su confianza?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte 4: Cómo Aumentar Tu Confianza
- Confía en Dios en oración
- Deléitate en la Palabra de Dios
- No desaproveches la espera
- Preguntas para reflexionar:
- Acerca del autor