#92 El Trabajo En Equipo A La Manera De Dios: Cómo Cooperar Sin Caos
Introducción
«Un gran sueño requiere un gran equipo» (John Maxwell). «Unirse es el comienzo; estar juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito» (Henry Ford). «El talento gana partidos, pero el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos» (Michael Jordan). «Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado» (proverbio africano). Estas y muchísimas otras citas sobre el trabajo en equipo predominan en los entornos de liderazgo. No me malinterpretes: es probable que podamos aprender mucho de estas citas y estas personas. No obstante, ¿existe alguna fuente mejor de pautas para trabajar juntos como pueblo de Dios? Yo creo que sí.
Cuando pensamos en el trabajo en equipo a la manera de Dios dentro de la iglesia, es obvio que hay que mirar la Palabra de Dios. Cooperemos a nivel de iglesia, de empresa o doméstico, los cristianos debemos dejarnos guiar por la Palabra de Dios y poner en práctica los principios bíblicos del liderazgo. Aunque las Escrituras no entren en los detalles concretos ni en los pormenores de tu equipo, son suficientes para «todas las cosas que necesitamos para vivir con devoción» (2 P 1:3).
¿Dónde debemos mirar? Efesios 4 parece un lugar estupendo. En este pasaje, Pablo da a la iglesia consignas específicas sobre unidad, madurez y pureza. Cada una de estas características es esencial para la fortaleza de la iglesia y, por tanto, digna de tener en cuenta al reflexionar sobre el trabajo en equipo desde una óptica cristiana. Si bien esas consignas están destinadas directamente a la iglesia de Éfeso y, en general, a todas las iglesias, de ellas se pueden extraer los principios del liderazgo espiritual en el ministerio para aplicarlos a equipos de todo tipo. Así, seas pastor o responsable del ministerio en la iglesia, empresario cristiano en un negocio secular, entrenador o docente en una escuela secundaria local, progenitor con hijos pequeños en casa o cualquier otro rol, espero que veas la importancia de estas cualidades esenciales en la iglesia y permitas que sus beneficios lleguen a tu área específica de trabajo en equipo.
Piensa en ello como una carrera de tres pies, metafóricamente hablando. Cuando era niño, una de mis actividades favoritas del Día de Convivencia era la carrera de tres pies; en parte, porque no tenía ninguna posibilidad de ganar una carrera en solitario. Ahora bien, estando todos igual de limitados por tener que atarnos las piernas, mi equipo a lo mejor tendría una oportunidad de ganar. Si éramos capaces de cooperar unidos, utilizando nuestros dones individuales para reforzar el equipo y seguir mejorando continuamente, tal vez ganaríamos. Pero si uno intentaba adelantarse corriendo, arrastrando al compañero detrás y sin escuchar ni colaborar, seguramente se desataría el caos.
Lo mismo ocurre en la iglesia o en tu equipo. Es, en esencia, una carrera de tres pies con 10, 70, 250 o 600 personas atadas para correr juntas la carrera de la vida y la fe. Cooperar sin caos es imprescindible para cualquier equipo de liderazgo en una iglesia. Sin unidad, madurez y pureza no llegarán muy lejos ni lograrán mucho.
Audioguía
Audio#92 El Trabajo En Equipo A La Manera De Dios: Cómo Cooperar Sin Caos
Parte I: Unidad
La unidad es uno de esos ideales que todos queremos, pero por el que pocos están dispuestos a trabajar. Sin embargo, en la iglesia, la unidad es ante todo un don de Dios, pero debemos trabajar por mantenerla.
En Efesios 4:1-6, Pablo le dice a la iglesia que viva unida, pues todos son uno en Cristo.
Recuerda el evangelio
Pablo comienza Efesios 4:1 diciendo: «Por eso», en referencia a Efesios 1-3. Hasta ahora, Pablo ha destacado todas las bendiciones espirituales, que son nuestras en Cristo, y ha orado para que aumente nuestro conocimiento de aquello que es nuestro en Cristo. Somos elegidos, adoptados, redimidos y sellados en Cristo. Hemos sido vivificados en Él por gracia, mediante la fe, para hacer buenas obras. Somos uno con Dios y uno con los demás en Cristo. Somos partícipes de la revelación del misterio de Cristo en la iglesia. ¡Todas estas verdades, entre otras, nos dan sobradas razones para alabarlo!
Curiosamente, el único mandato en Efesios 1-3 es el de recordar, ya que Pablo sabe que únicamente vamos a vivir los mandamientos de Efesios 4-6 si recordamos las verdades de Efesios 1-3. No viviremos en la unidad a menos que recordemos que somos uno «en Cristo». No viviremos «de una manera digna del llamamiento» (4:1) si no recordamos lo que significa estar «en Cristo». Por desgracia, todos somos vulnerables a tener amnesia del evangelio. Olvidamos quién es Cristo, lo que ha hecho y, en consecuencia, quiénes somos en Cristo y cómo debemos vivir. Es preciso recordar que el evangelio no solo nos acerca a Dios, sino que también nos mantiene cerca de Él. Esto es fundamental para el desarrollo del liderazgo espiritual y la misión de la iglesia.
Martín Lutero lo describió del siguiente modo: Cristo no es solamente el camino en el que debemos empezar nuestro viaje, sino también el camino recto y seguro que hemos de seguir hasta el final. En ese sentido, no solo necesitamos la vacuna del evangelio, sino también refuerzos de él a lo largo de la vida. El evangelio no deja de atacar las creencias y tendencias pecaminosas que ocultamos bajo la superficie, esos virus del alma que continúan mutando y apareciendo una y otra vez. Una comunicación clara en la iglesia sirve para mantener estas verdades muy presentes en la mente de la congregación.
Cómo vivir en la unidad
Teniendo presente este recordatorio, ¿cómo debemos vivir en la unidad? ¿Cómo debemos correr esta carrera de la fe a tres pies? Pablo, prisionero por causa del Señor, primero nos insta a vivir de una manera digna del llamamiento. Además de apóstol, es también prisionero de los romanos, encadenado por el nombre de Jesús, ¡y cree que vale la pena!
En lugar de desanimarse por su sufrimiento (3:13), quiere que también la iglesia de Éfeso viva de una manera digna del llamamiento. Si Pablo piensa que su llamamiento es digno de cárcel, sin duda los efesios deberían pensar que el suyo es digno de una vida juntos en libertad. Sus ataduras y cadenas en la cárcel no deben compararse con el vínculo de la paz que ahora nosotros tenemos con Dios en Cristo y unos con otros en la iglesia. Este esquema mental es crucial para fomentar en la iglesia líderes capaces de soportar dificultades.
Vivir de una manera digna no indica que nos hayamos hecho merecedores de nuestro llamamiento en Cristo. Por el contrario, dicho llamamiento nos ha sido dado, así que hemos de vivirlo como tal. Debemos estar a la altura del llamamiento, del nombre y de la identidad que hemos recibido (Ef 1:3-4). Estamos «en Cristo», por lo que debemos vivir como Cristo (Col 1:10, Flp 1:27, 1 Ts 2:12). Una organización y una estructura eclesiales eficaces deberían respaldar esta vida facilitando un marco de crecimiento.
¿Y cómo se vive de una manera digna de ese llamamiento? Pablo lo explicará de cien maneras distintas en los tres capítulos siguientes. Por ahora, señala, vivir de una manera digna requiere humildad, amabilidad, paciencia y tolerancia.
La humildad y la amabilidad son dos características esenciales que necesitamos en una carrera de tres pies. A menudo queremos que nos traten con ellas, pero rara vez deseamos mostrarlas nosotros. En cambio, con frecuencia somos orgullosos y ásperos, más parecidos al mundo. Aparte, esta conducta no es digna de nuestro llamamiento y destruye la unidad que tenemos en la iglesia. La resolución de conflictos en la iglesia se vuelve mucho más sencilla cuando estas cualidades están presentes. La humildad nace de identificarnos correctamente como pecadores y, al mismo tiempo, de entender nuestra nueva identidad en Cristo. La amabilidad es nuestra fortaleza en Cristo, guiada por el Espíritu. Estas son también las dos características que empleó Jesús para describirse a sí mismo, «apacible y humilde de corazón» (Mt 11:28–30). Estas Escrituras sobre el liderazgo de la iglesia nos orientan hacia un corazón de siervo.
Por ello, si estamos «en Cristo» y hemos gozado de su humildad y amabilidad, debemos vivir de una manera digna de nuestro llamamiento, sabiendo que de esa forma se mantendrá nuestra unidad con Él y entre nosotros.
Vivir de una manera digna también requiere paciencia y tolerancia. Estas dos palabras resaltan que la fe salvadora es una fe perseverante. Vivir de una manera digna de nuestro llamamiento no es una carrera de 100 metros, sino un ultramaratón de por vida a tres pies. Necesitamos paciencia y tolerancia para luchar contra el pecado y la carne por el camino. También necesitamos paciencia y tolerancia para amarnos mutuamente durante el recorrido. Estas son unas habilidades de liderazgo pastoral vitales para afrontar las complejidades de una comunidad de fe.
Estas cualidades son esenciales para mantener la unidad en cualquier equipo. Necesito una esposa, unos hijos, unos ancianos y unos miembros pacientes y tolerantes que me aguanten y me ayuden a mantener la unidad en nuestro matrimonio, en casa, en el consejo de ancianos y en la iglesia. Y si esto es así para mí en casa y en la iglesia, seguro que también lo es para ti y tu equipo. Fortalecer el liderazgo en la iglesia exige la presencia de estas virtudes en toda relación.
Por supuesto, todo esto debe hacerse con amor, no con envidia. No vivimos de una manera digna para ganar egoístamente, sino amándonos los unos a los otros. Pablo oró para que la iglesia de Éfeso estuviera arraigada y cimentada en amor (3:17). Ahora se nos insta a nosotros a vivir de una manera digna en el amor. Es comprensible que, si estamos arraigados y cimentados en la verdad del amor de Dios, nos resultará más fácil vivir de una manera digna en el amor para mantener nuestra unidad. Este es el objetivo de formar buenos equipos de ministerio.
En segundo lugar, vivimos unidos si nos empeñamos en mantener la unidad. Pablo no solo nos exhorta a vivir de una manera digna, sino que también nos acucia a mantener la unidad. Como cristianos atados en esta carrera de tres pies, debemos empeñarnos en mantener esta unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, aparentemente contrapuesto a las ataduras de Pablo en la cárcel. Nosotros no estamos encadenados en una cárcel, sino vinculados a Dios en la paz y a los demás con unidad en el Espíritu. Este compromiso es fundamental para la administración de la iglesia y su fortaleza en general.
El verbo «mantener» implica «hacer todo lo posible» o «no escatimar esfuerzos». Además, está en tiempo presente, lo que significa que debemos trabajar continuamente por mantener esta unidad. Al fin y al cabo, es una unidad dada por el propio Dios, hecha posible por Cristo e infundida por el Espíritu Santo. No es una unidad que generemos nosotros, sino que gozamos de ella como don de Dios. Esto requiere un esfuerzo especial de formación de equipos de ministerio en el que todos los miembros estén coordinados. Si bien la unidad que tenemos con Dios y unos con otros en la iglesia no puede destruirse en sentido eterno, espiritual y trascendente, sí puede destruirse en sentido terrenal, material y humano. Pablo nos exhorta a mantener con empeño la unidad espiritual que tenemos mostrando unidad visible en la tierra. Esta resolución cristiana de conflictos es esencial para mantener intacto el vínculo de la paz.
Naturalmente, esto debería aplicarse, ante todo, a cada una de nuestras iglesias locales, pero luego también puede aplicarse acertadamente a otros tipos de trabajo en equipo. Como cristiano que colabora en equipo en el trabajo o en la escuela, es posible que no goces de una unidad dada por el Espíritu con otros miembros de tu equipo, pese a lo cual debes empeñarte en mantenerla como fruto de la unidad que disfrutas con Dios y otros cristianos. La integración de los principios bíblicos de gestión garantiza que, incluso en espacios seculares, tu trabajo refleje tu fe. Así demostrarás a tu equipo y a quienes te observen que tienes algo diferente y un fundamento sobrenatural. Para que esto dé resultado, las reuniones efectivas de los equipos de la iglesia y otros grupos deben centrarse en este propósito compartido.
También cabe señalar que no aspiramos a mantener la unidad por el mero hecho de mantenerla. En realidad, estamos buscando a Cristo y gozando de la unidad que Él nos ha dado. En su libro La búsqueda de Dios, A. W. Tozer explica:
¿Se les ha ocurrido pensar alguna vez que cien pianos afinados todos con el mismo sintonizador están automáticamente sintonizados unos con otros? Tienen el mismo tono, no porque hayan sido sintonizados unos con otros, sino porque todos fueron sintonizados por el mismo sintonizador. Del mismo modo, cien personas, que están todas adorando a Dios con la mirada fija en Cristo, están perfectamente unidas unas con otras, mucho más que otras cien que al parecer adoran «unidas», pero cada una con sus pensamientos puestos en cualquier parte.
Y no solo eso: hay que tener en cuenta que una nota musical desafinada es la que se reconoce más fácilmente. Esta unidad que se nos ha dado se mantiene cuando, entusiasmados, miramos a Cristo, recordamos a Cristo, leemos la Palabra de Cristo, vivimos por el Espíritu de Cristo, oramos para que la unidad de Cristo continúe y vivimos de una manera digna de Cristo.
¿Por qué vivir en la unidad?
Todo eso está muy bien, pero ¿por qué? ¿Por qué motivo debemos vivir de una manera digna y mantener la unidad en nuestras iglesias y nuestros equipos? Porque, en pocas palabras, hay un solo Dios y una sola iglesia.
Esta unidad de la que gozamos no es únicamente para nuestro bien; agrada a Dios (Sal 133:1). Es fruto de la unicidad de Dios y de nuestra comunión con Él en la iglesia. Asimismo, esta unidad es un anticipo del cielo nuevo y de la tierra nueva. Sé que, a veces, nuestra unidad y unicidad en la iglesia pueden verse eclipsadas por muchas otras cosas, pero eso no quiere decir que no sean verdaderas. ¡Están ahí y vale la pena descubrirlas para glorificar a Dios y mostrar su gloria! Por eso los voluntarios de la iglesia desempeñan un papel tan vital; su servicio es manifestación tangible de esta realidad espiritual.
Pablo nos hace una declaración de fe y un resumen de las verdades que ha detallado en Efesios 1-3 utilizando siete veces «un» o «una» para resaltar nuestra unidad. Vemos tanto el origen de nuestra unidad en la Trinidad como el fruto de nuestra unidad en la iglesia.
Hay un solo cuerpo, la Iglesia, porque hay un solo Espíritu dado a cada creyente, el cual nos une a todos. También estamos llamados a una sola esperanza, que recibimos por primera vez en Cristo cuando nuestros ojos fueron iluminados (1:18). Como cristianos, tenemos un solo Señor: Cristo, nuestro Salvador, Rey y Maestro. Por supuesto, al haber un solo Señor, hay una sola una fe, un camino para seguirlo; una fe que conduce a un solo bautismo, que Jesús ejemplificó y nos ordenó. Finalmente, hay un solo Dios y Padre de todos. El mismo Padre que Pablo bendijo al principio (1:3) y el mismo Padre «de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (3:14). En consecuencia, Él está por encima de todo, a través de todo y en todo. ¿Por qué deberíamos vivir en la unidad? Porque hay un solo Dios, y nosotros somos uno con Él y uno con los demás en la iglesia. La mentoría cristiana a los líderes de la iglesia garantiza que este fundamento teológico se transmita de generación en generación.
No obstante, debemos recordar que, si bien nuestra unidad glorifica a Dios y demuestra nuestra unidad con Él, no termina en nosotros. Al igual que todos debemos estar en sintonía con Cristo en aras de la unidad, también debemos estar en sintonía por aquellas personas de nuestro entorno que están perdidas. Hemos de estar en sintonía con Cristo y unificados en la iglesia por aquellos que aún no creen, a fin de que puedan gozar de esta unidad con Dios y con nosotros. Para que esto sea una realidad, debemos centrarnos en formar un equipo de ministerio que priorice el acercamiento al exterior a la par que la fortaleza interna.
Analiza la oración de Jesús en Juan 17. Observa que la unicidad de Dios y nuestra unidad pueden atraer a otras personas a esa unidad con nosotros:
No ruego solo por estos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17:20-21).
Cuando vivamos de una manera digna de nuestro llamamiento y mantengamos la unidad en nuestra carrera de tres pies en la iglesia, no solo glorificaremos a Dios haciendo lo que nos dice, sino que mostraremos a todo el mundo lo que también ellos pueden tener en Cristo. Otros, mientras tropiezan y andan a tientas en el caos, los mirarán a ustedes y los verán vivir en la unidad. De pronto, querrán lo que ustedes tienen, así que átenlos a sus piernas y muéstrenles cómo vivir unidos en nuestra carrera de tres pies mientras todos miran a Cristo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué verdades del evangelio acerca de su unidad en Cristo necesitan recordar antes de plantearse la unidad de unos con otros?
- Para vivir de una manera digna, ¿qué les resulta más difícil: la humildad y la amabilidad, o la paciencia y la tolerancia?
- ¿Hasta dónde llega su entusiasmo por mantener la unidad que se les ha dado en la iglesia sin escatimar esfuerzos?
- Sabiendo que hay un solo Dios y una sola iglesia, ¿cómo podrían vivir en la unidad para que otros conozcan y crean?
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Parte II: Madurez
Tras la unidad, la segunda característica esencial del trabajo en equipo es la madurez; concretamente, una madurez surgida de la diversidad de personas y dones.
En Efesios 4:7-16, Pablo le dice a la iglesia que la unidad en la diversidad produce ministerio hasta alcanzar la madurez.
La hermosura de la diversidad
Es hermosa la unidad manifestada en un grupo diverso. Imagínate a los dos niños más lentos atados juntos en una carrera de tres pies delante del resto. Aunque no eran rápidos por sí mismos, ¡se unieron como una sola persona! O imagina un hermoso mosaico. Todos esos colores rotos, desiguales y diversos se unen en las manos de un artista para crear una mesa, un piso o una obra de arte hermosa. Hay hermosura cuando la diversidad confluye en la unidad.
TLa atención a la unidad en 4:1-6 contrasta ahora con la hermosura de la diversidad que se aprecia en la iglesia entre sus miembros y sus dones. Nuestra unidad en Cristo, en la diversidad de la iglesia, produce ministerio, tanto de palabra como de obra, hasta que alcanzamos la madurez en Cristo. Cuando contemplas este tipo de unidad en la diversidad de la iglesia, señala un origen externo, un propósito intencional y un resultado glorioso. Esta dinámica es un elemento central del liderazgo espiritual en el ministerio.
Inmediatamente después de resaltar la unidad y unicidad que tenemos en la iglesia, Pablo objeta: «Pero…». Tenemos unidad en Cristo, pero seguimos teniendo diversidad. Unidad no es uniformidad. Unidad no es igualdad colectiva. La hermosura de la unidad se ve de forma más clara en su diversidad. Esta belleza se aprecia en la diversidad de nuestra gente, pero también en la diversidad de gracia y dones que Dios nos ha dado a cada uno. Esta es la esencia del trabajo en equipo desde una óptica cristiana.
No somos robots cristianos producidos por una IA de unidad. No. Todos estamos hechos a imagen de Dios, pero cada uno es diferente y diferenciado. Cada cual es salvado de circunstancias diferentes y diferenciadas por la misma gracia de Dios. Además, cada cual tiene unos dones, también diferentes y diferenciados, fruto del mismo Espíritu de Dios. Tenemos unidad en la iglesia porque todos recibimos su gracia salvadora, pero dentro de ella también tenemos diversidad porque cada persona recibe distintos dones de gracia.
Esto es obvio cuando se tienen en cuenta las necesidades de una iglesia o de un equipo grande. No solamente necesitamos predicadores y líderes. De igual modo, no solamente necesitamos a quienes dan la bienvenida ni a quienes realizan las tareas menos visibles. Muy al contrario, Dios, por medio de su Espíritu, nos ha dado a cada uno diferentes habilidades y gustos para que los apliquemos de forma adecuada en la iglesia.
Pablo cita Salmos 68:18 y explica que Jesús descendió a la tierra en una misión y ascendió de regreso al cielo cuando la misión estuvo cumplida. ¿Cuál era esa misión? Pues llevar la vida libre de pecado que nosotros no podíamos vivir, morir en la cruz que merecemos, resucitar de entre los muertos para vencer el pecado y la muerte, aparecerse a muchos y, finalmente, ascender de nuevo a su trono en el cielo. Jesús pasó de lo más alto a lo más bajo, y volvió después a lo más alto, para llevar a cabo y alcanzar nuestra salvación y santificación. Tras haber recibido dones en su victoria, ahora los concede a su pueblo mediante la gracia salvadora del Espíritu y sus dones de gracia.
Esto se aprecia claramente en Hechos 2:33:
«Exaltado a la derecha de Dios y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen».
Es decir, Jesús es la fuente de nuestra unidad y diversidad. Si nos detuviéramos a analizarlo un momento, tal vez no nos centraríamos tanto en ganar carreras terrenales en la iglesia como en ser fieles y estar unidos en una carrera eterna con las diversas personas que el Señor ha puesto a nuestro alrededor.
Una vez entendido que Cristo es la fuente de nuestra unidad y diversidad, ahora veremos la finalidad ambas.
Un ministerio de la Palabra que capacite para el ministerio de servicio
El propósito de la gracia salvadora unificadora de Cristo y de los dones diversificados de la gracia es edificar un ministerio de la Palabra que capacite para el ministerio de servicio.
Pablo menciona que algunos de los dones de Cristo a su iglesia son los apóstoles, los profetas, los evangelistas y los pastores/maestros. Al parecer, lo que todos tienen en común en el Nuevo Testamento es que se centran en el ministerio de la Palabra, en su predicación y enseñanza. Es evidente que los apóstoles y profetas sentaron las bases de la iglesia primitiva (Ef 2:20, 3:5), mientras que los evangelistas y pastores/maestros continúan edificando sobre ese fundamento hoy en día.
¡Qué gran don es tener evangelistas que siembren el evangelio en nuestro mundo para que otros crean y disfruten de la unidad que nosotros tenemos con Cristo y los unos con los otros! ¡Qué gran don es tener pastores/maestros que nos ministran la Palabra de Cristo cada semana para que seamos conformados a ella! Si desempeñas alguna de estas funciones en tu iglesia local, doy gracias a Dios por tu labor. ¡Qué privilegio de humildad es decir la verdad en el mundo y predicar la Palabra al pueblo de Dios!
Observa, sin embargo, que este ministerio de la Palabra no es un fin en sí mismo. Los dones del ministerio de la Palabra están destinados a capacitar a los santos para el ministerio de servicio. Deben capacitar, restaurar lo que está roto o reparar las redes de los santos para dicho ministerio. El resultado del ministerio de la Palabra son las obras de ministerio fieles y fructíferas. Las denominadas obras de ministerio provienen del término griego diakonos (diácono) y podrían traducirse como obras de servicio. Así pues, los pastores/maestros deben capacitar a los santos para servir. El ministerio de la Palabra debe capacitar para el ministerio de servicio.
Los pastores no deberían reservarse todo el ministerio para sí, sino capacitar y enseñar con gozo y responsabilidad a los miembros para que ejerzan el ministerio de servicio. Al fin y al cabo, han sido bendecidos por el propio Cristo con distintos dones para servir en diferentes facetas del ministerio y edificar su cuerpo.
«Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando bien la gracia de Dios en sus diversas formas» (1 P 4:10).
Flaco favor le haría a una iglesia que un pastor no delegara el ministerio en otros a quienes Dios ha bendecido con dones. A mí me viene bien delegar los cánticos, la economía, las clases para niños, el discipulado de las mujeres, la acogida, el montaje y desmontaje, y tantos otros trabajos, a aquellos miembros de mi iglesia que no solo tienen dones, sino que, asimismo, disfrutan sirviendo al Señor de esa manera.
El resultado de nuestra diversidad
Si Cristo es la fuente de nuestra diversidad y el ministerio su propósito, ahora veremos, en tercer lugar, que el resultado de la diversidad es la madurez.
La diversidad de dones en la iglesia tiene por objeto generar un ministerio de la Palabra que capacite para un ministerio de servicio diverso, el cual, a su vez, edifique el cuerpo creciente de Cristo hasta su madurez sana. Si sabemos lo importante que es diversificar nuestra cartera de inversiones para alcanzar una madurez sana, ¿cuánto más deberá ser así en la iglesia?
TODOS hemos de servir en la diversa obra de ministerio hasta que TODOS alcancemos esta madurez. «TODOS» marca énfasis en griego y nos recuerda que la vida cristiana no es una actuación en solitario ni un deporte individual. Es una carrera de tres pies, un deporte de equipo, un proyecto grupal. Todos debemos cumplir este criterio y avanzar juntos hacia la meta en esta carrera de la fe a tres pies. ¿Y dónde está la meta? Bueno, recuerda que no es una carrera de 100 metros. Es un ultramaratón de por vida. De ahí que, aunque no avistemos la meta, Pablo marque por el camino algunos hitos para que sepamos que vamos bien en nuestro recorrido hacia la madurez.
En primer lugar, servimos para edificar el cuerpo hasta llegar a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios. Es como si se nos hubiera dado la unidad en forma de una semilla que crece conforme la mantenemos (Ef 4:3), hasta que un día da fruto y la alcanzamos plenamente (Ef 4:13). Fíjate que esta unidad en la fe llega cuando todos crecemos en el conocimiento del Hijo de Dios, no en el mero conocimiento de su existencia. Debemos conocerlo, no solo saber de Él.
En segundo lugar, las obras de ministerio edifican el cuerpo hasta que todos alcanzamos la virilidad madura. No se trata de una disputa entre virilidad y feminidad. Aquí hemos de centrarnos en la madurez y adultez, no simplemente como individuos, sino a nivel corporativo como iglesia. Estamos sirviendo y creciendo hacia una madurez sólida y adulta que luego este pasaje contrapone a la de los niños.
En tercer lugar, el ministerio de servicio edifica el cuerpo hasta que alcanzamos la estatura de la plenitud de Cristo. Esto no sucederá a menos que dejemos que su Palabra habite en nosotros «con toda su riqueza» (Col 3:16). Por supuesto, nos esforzaremos en ello toda la vida, sabiendo que nunca lo alcanzaremos plenamente hasta que seamos glorificados con Cristo en el cielo nuevo y la tierra nueva.
El término «ministerio» es fundamental en nuestras iglesias para posibilitar la obra de ministerio hasta que todos alcancemos por completo la unidad y madurez de Cristo. Entonces, y solo entonces, dejaremos de vivir como niños. «Pero yo creía que Jesús dijo que debíamos ser como niños, según Lucas 18:17», podrías aducir. Bueno, debemos tener una fe como la de un niño, pero NO su madurez. ¿Recuerdas la exhortación de Hebreos a tomar «alimento sólido», no leche (Hb 5:12-13)?
Si nuestra madurez es como la de un niño, seremos sacudidos por cualquier ola y viento cultural. Imagínate que estás en la playa con un bebé y el pequeño está gateando junto al agua. De pronto viene una gran ola, lo tumba y lo arrastra con ella. Él no es lo suficientemente adulto ni maduro para resistir las olas. Por eso los padres no dejan que los bebés gateen solos hacia el mar. Van con ellos de la mano para que, cuando vengan las olas, se mantengan firmes en su madurez adulta ¡y agarren al bebé con una mano!
En la iglesia necesitamos ese tipo de madurez adulta para que, cuando lleguen los vientos y olas culturales, podamos ayudarnos mutuamente a perseverar. Los vientos y olas llegan en forma de falsas doctrinas, astucia humana y artimañas engañosas. Nos recuerdan mucho a Satanás. Fue engañoso y astuto en Génesis 3:1. Es el engañador del mundo entero en Apocalipsis 12:9. Y más adelante, en Efesios 6:11, se nos sugiere que nos pongamos toda la armadura de Dios para «hacer frente a las artimañas del diablo».
No queremos que nuestras iglesias o nuestros equipos se vean sacudidos por Satanás en el mundo. Ya basta. Queremos que nuestras iglesias sean maduras, adultas y reflejo de Cristo y, lamentablemente, de eso no andan sobradas. La correcta administración de una iglesia no abarca únicamente la logística, sino también su preservación y sustento en todo tiempo.
Crecemos hasta madurar diciendo la verdad con amor. Aquí, nuevamente, vemos la acción del ministerio de la Palabra, que nos ayuda a crecer a medida que nos decimos mutuamente la verdad con amor. No podemos limitarnos a decir la verdad o a ser amables. Ambas cosas son necesarias. Debemos decir la verdad con amor si queremos que el cuerpo, la Iglesia, crezca en Cristo y goce de una madurez sana. Será entonces cuando la Iglesia, el cuerpo, funcionará correctamente como estaba previsto.
Cuando el cuerpo funciona de este modo, es muy hermoso contemplarlo. Cuando la unidad de la iglesia, en su diversidad de dones, produce un ministerio de la Palabra y de servicio que da como resultado una madurez sana, la gente lo nota. Esperemos que no advierta simplemente la hermosura de nuestra unidad, sino también la de su fuente: el propio Cristo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cuál ha de ser nuestra reacción al pensar en nuestra diversidad en la iglesia como don de Dios, y no como fruto de la casualidad?
- ¿De qué forma te ha capacitado el ministerio de la Palabra para el ministerio de servicio?
- ¿Cuáles son algunos vientos y olas culturales concretos que enfrenta tu iglesia, y cómo puede protegerte una madurez creciente para que te mantengas firme?
- Dentro de tu iglesia, ¿en qué se demuestra la hermosura de la unidad en la diversidad?
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Parte III: Pureza
La pureza es la tercera característica esencial en Efesios 4, vital para la fortaleza de la iglesia y para el trabajo en equipo a la manera de Dios. De hecho, la unidad y la madurez son inalcanzables sin la pureza. Por eso es tan importante que dejemos de vivir en la impureza del mundo y empecemos a hacerlo en la pureza de Cristo.
En Efesios 4:17-24, Pablo le dice a la iglesia: La pureza de nuestro Salvador nos exige pureza de conducta.
Viste adecuadamente
¿Alguna vez te han invitado a una boda y la invitación contiene esas temidas palabras: «Etiqueta o formal»? A lo mejor te han invitado a una fiesta temática ambientada en Hawái o en los años 80. O tal vez has tenido una entrevista o reunión con tu jefe en la que debías vestir adecuadamente.
Ahora imagina que llegaste a la boda en pantalones cortos y camiseta. O que apareciste en la fiesta de los 80 con tu ropa de trabajo. O que te presentaste a la entrevista en ropa de deporte. En cada una de estas situaciones nos damos cuenta de lo importante que es vestir adecuadamente. Todos conocemos la sensación de vergüenza y desazón por no hacerlo.
Esa es la imagen que Pablo nos ilustra en Efesios 4:17-24. Si Cristo te ha devuelto de la muerte a la vida y te ha invitado a su boda, no puedes ir vestido con tu mortaja. Tienes que ponerte un nuevo ropaje. Tienes que vestir adecuadamente. Por fortuna, no se trata de «vestir para impresionar». No puedes impresionar a Dios con tu conducta. Así, en vez de comprarte ropa nueva para vestir adecuadamente en la boda de Cristo, la buena nueva del evangelio es que, además de invitarte a la boda, Él también te concedió toda bendición espiritual y te envió un nuevo ropaje. No espera que compres la entrada ni que te la ganes. Te invitó tal como eres y te envió la ropa que necesitas. Sencillamente, tienes que quitarte la vieja mortaja impura y ponerte el traje de boda, nuevo y puro, de Cristo, pues la pureza de nuestro Salvador nos exige pureza de conducta.
En nuestro pasaje, Pablo introduce la idea de pureza y la expone en términos generales. Sin embargo, el resto de Efesios 4-6 contiene numerosos ejemplos específicos de lo que significa vivir con pureza en el habla, en la emoción, en el trabajo, en el amor, en la sexualidad, en la sabiduría, en el matrimonio, en la crianza de los hijos y en el servicio. Por el momento, nos da dos directrices: dejar de vivir en la impureza del mundo y comenzar a hacerlo en la pureza de Cristo.
Deja de vivir en la impureza del mundo
Primero debemos dejar de vivir en la impureza del mundo. No podemos seguir viviendo como antes. Es bastante obvio lo negativo que sería esto para la carrera de tres pies de la que hemos estado hablando.
Pablo comienza advirtiendo: «Así que les digo esto e insisto en el Señor […]». Pablo no está limitándose a hablar y a insistir con su autoridad de apóstol y embajador de Jesucristo, sino con la autoridad de Jesús. Exige y declara, con la autoridad de Cristo, el modo en que los cristianos deben comportarse en la casa de Dios, especialmente los líderes. Lamentablemente, las noticias y redes sociales están repletas de historias de cristianos y líderes destacados a quienes descubren en algún tipo de impureza. Esto no solo empaña el nombre de Cristo, sino que también disipa la unidad y madurez de la iglesia.
«[…] no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos». Aunque sean paganos, ya son paganos salvos. Ahora son cristianos, lo que implica que ya no pueden vivir como antes. Estaban muertos, separados, alejados, ajenos, sin esperanza y sin Dios, pero ahora se les da vida, se les acerca, se les une, se les da paz, se les brinda reconciliación y se les reconoce como conciudadanos. ¿Cómo van a vivir igual que antes? No pueden continuar por el mismo camino y esperar llegar a otro sitio. Tienen que recorrer una senda distinta. Tienen que vivir de otra forma. La senda por la que iban era un callejón sin salida que no conducía a ninguna parte. Ahora están en el camino de Cristo, que lleva directamente al Padre (Jn 14:6). No podemos seguir viviendo como antes si estamos unidos a Cristo y a los demás en esta carrera de tres pies.
Pablo les recuerda a ellos, y nos recuerda a nosotros, cómo vivíamos antes de ser salvos. Sin duda, en un camino tenebroso cuesta abajo. Hasta los tiempos verbales transmiten continuidad: si Cristo no nos hubiera salvado, todavía viviríamos así. Al igual que el salmista, debemos invitar a Dios a buscarnos y probarnos para ver si aún vamos por un camino que lo ofende a Él antes de guiarnos «por el camino eterno» (Sal 139:23–24).
Ellos se creían llenos de entendimiento por su educación, prosperidad y espiritualidad, pero Pablo afirma que, en realidad, eran frívolos. Acuérdate de Eclesiastés: vanos, infructuosos, inútiles, despreciables, ineficaces, fracasados. ¿Por qué? Porque adoraban la creación más que al creador (Rm 1:21). Su frivolidad era producto de una mente oscurecida. Esa oscuridad era consecuencia de estar alejados, separados y ajenos a la vida de Dios. Esto los mantenía ignorantes a causa de su dureza de corazón y su obstinada incredulidad (Hch 19:9). Su corazón duro era fruto de la insensibilidad carnal de entregarse a la sensualidad y a la codicia por todo tipo de impurezas. No solo pecaban; ansiaban hacerlo y no reparaban en nada con tal de deleitarse en el pecado, pero el pecado nunca los satisfacía.
Su constante vida de pecado, más su negación del evangelio, hicieron que se acumulara placa en sus arterias espirituales. Esto ocasionó el estrechamiento y la restricción del flujo vivificante de la verdad hacia su corazón y hacia todos sus órganos vitales. Como resultado, se les endureció el corazón, lo que haría inevitable un infarto o un derrame cerebral espiritual mientras permanecieran ignorantes en la oscuridad.
Pero Dios… ¡Alabado sea Dios, que tenía otros planes! Cristo los había salvado. ¿Cómo iban a seguir llevando su vida anterior, contraria a Él? Como cristianos, recordemos:
«Y eso eran algunos de ustedes. Pero ya han sido lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6:11).
Como cristianos, debemos recordar que fuimos rescatados de la «vida absurda […] con la preciosa sangre de Cristo» (1 P 1:18-19). Que el Espíritu de Dios nos iluminó para que comprendiéramos el evangelio de Cristo (Ef 1:18). Que fuimos llamados «de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2:9). Que estábamos aislados y lejos de Dios, pero la sangre de Cristo nos acercó (Ef 2:13). Que Dios nos ha quitado nuestro corazón de piedra. Nos ha dado un corazón de carne y un espíritu nuevos (Ez 36:26). Cuanto más recordemos de qué nos ha salvado Cristo, más querremos dejar de vivir en la impureza del mundo, pues la pureza de nuestro Salvador nos exige pureza de conducta.
Si alguna vez le enseñaste a un niño a andar, ¡sabes lo maravillosos que fueron aquellos primeros pasos! ¡Qué alegría para él y para ti! Por desgracia, muchos bebés vuelven a gatear porque, de momento, eso es más fácil, rápido y seguro. Tenemos que animarlos: «Usa esas piernas de niño grande. ¡Deja de gatear y camina!». Tenemos que demostrarles que en realidad es más difícil, lento y peligroso gatear, y al mismo tiempo enseñarles todas las ventajas de caminar erguido. Sin embargo, sin esta lección, probablemente tendríamos adolescentes gateando por la casa.
Lo mismo puede pasar en la vida cristiana si no estamos atentos. Por eso Pablo advierte: «[…] no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos». Si seguimos viviendo como paganos, como antes, somos una especie de adolescentes espirituales que aún gatean por los suelos de la fe, si bien atados todavía a otros en la carrera de tres pies.
Comienza a vivir en la pureza de Cristo
Tras dejar de vivir en la impureza del mundo, debemos comenzar a vivir en la pureza de Cristo. Los efesios deben dejar de vivir ataviados con la vieja mortaja y comenzar a hacerlo vistiendo los nuevos trajes de boda que Él les ha proporcionado. Recuerda: no nos vestimos para impresionar, sino simplemente de punta en blanco.
Pablo empieza el versículo 20 igual que el versículo 7, con una nueva objeción, como hemos visto en algunos de sus pasajes más trascendentales. Estaban muertos en pecado, PERO fueron vivificados en Cristo. Son un solo cuerpo, PERO a cada uno de ustedes se le ha dado gracia. Vivían como los paganos, PERO «No fue esta la enseñanza que ustedes recibieron acerca de Cristo, si de veras se les habló y enseñó de Jesús».
Si hemos recibido la invitación de Cristo, oído su llamamiento y respondido con fe, no es posible seguir viviendo con la vieja mortaja. Debemos vestir adecuadamente, pues la pureza de nuestro Salvador nos exige pureza de conducta. Pablo expone ahora tres aspectos clave para vestir adecuadamente: quitarse un ropaje, ser renovados y ponerse otro.
Primero, quítate «el ropaje de la vieja naturaleza»; es decir, esa mortaja vieja, sucia y mugrienta. El tiempo verbal indica una acción puntual determinante. Así, si aprendiste la enseñanza acerca de Cristo, fuiste capaz, de una vez por todas, de quitarte tus viejas costumbres de muerte y pecado y de arrepentirte de ellas con el poder del Espíritu Santo.
¿Te acuerdas de cuando Jesús fue al sepulcro de Lázaro y gritó: «¡Lázaro, sal fuera!»? Lázaro cobró vida y salió del sepulcro. Entonces Jesús dijo: «Quítenle las vendas y dejen que se vaya». ¿Te imaginas lo absurdo de la escena si Lázaro hubiera desoído el mandato de Jesús y hubiera continuado amortajado? Desafortunadamente, lo mismo sucede cuando alguien se niega a quitarse el ropaje de la vieja naturaleza y sigue con su vieja y miserable mortaja.
Pablo, en cambio, te exige que te quites el ropaje de la vieja naturaleza. No solo Pablo, sino muchos autores del Nuevo Testamento reiteran esta exhortación a quitarnos, dejar a un lado, desechar o crucificar nuestra vieja naturaleza (Rm 6:6; 13:12; Col 3:8-9; Hb 12:1; St 1:21; 1 P 2:1). Crucificar el pecado se acerca a la idea de John Owen de matarlo o mortificarlo:
Un hombre puede tratar de aplastar los frutos amargos de un mal árbol hasta cansarse. Pero, mientras que permanezca la raíz en su fuerza y vigor, ninguna cantidad de golpes impedirán que los malos frutos broten nuevamente de la raíz. […] Mate al pecado o el pecado matará su paz y su gozo (Owen, La mortificación del pecado).
Debemos quitarnos, crucificar, matar y mortificar el pecado y la carne. No podemos limitarnos a atacar el fruto; debemos cortar la raíz. Debemos quitarnos esa vieja y sucia mortaja a fin de ser renovados y ponernos el nuevo traje de boda de Cristo.
En segundo lugar, debemos ser renovados. «Ser renovados» está en infinitivo, como una acción reiterada y continua. Si la conversión es una acción puntual determinante, esta renovación implica una confianza continuada en la Palabra y el Espíritu de Dios, día tras día. Esta renovación de la mente en el espíritu es lo que nos impide amoldarnos a la impureza del mundo (Rm 12:2). Para Owen, esta es la única manera:
«La mortificación del pecado es la obra del Espíritu Santo. […] Es en vano buscar apoyo en algún otro remedio que no sea el Espíritu Santo» (Owen, La mortificación del pecado).
Como una rama, necesitamos ser renovados constantemente por la vida de la vid verdadera. Debemos estar unidos a Cristo si queremos correr bien la carrera de tres pies. Solo Él nos renovará, fortalecerá, guiará y ayudará en el camino.
Una vez que nos hemos quitado el ropaje de la vieja naturaleza y hemos sido renovados en el Espíritu, hemos de ponernos el ropaje de la nueva naturaleza. Por desgracia, entre los siete que vivimos en casa, tengo fama de ducharme y después ponerme ropa ya algo usada. Lo hago con la buena intención de ser un buen administrador y ahorrar lavados innecesarios. Sea buena o mala higiene, Pablo dice que esta es una conducta insostenible en nuestra fe. Lamentablemente, a menudo nos ponemos la mortaja ya algo usada creyendo que no está tan mal. Pablo dice: «¡De ninguna manera!».
Debemos ponernos el ropaje de la nueva naturaleza, a semejanza de Dios. Por supuesto, toda la humanidad está hecha a su imagen (Gn 1:27). No obstante, debido al pecado de Adán, a la naturaleza pecadora que hemos heredado y a nuestro propio pecado, no damos esa imagen de forma correcta. Por eso necesitamos la gracia de Dios en Cristo, para despojarnos de la carne vieja y revestirnos de la nueva. Convertidos en «una nueva creación» (2 Co 5:17), ahora podemos revestirnos de lo nuevo y andar «en una vida nueva» (Rm 6:4).
¿Cómo es esta vida nueva? De justicia y santidad verdaderas. En esencia, debemos vestirnos de la justicia y santidad de Cristo y vivir en ellas. Debemos ser santos como Él es santo (1 P 1:16, Lv 11:44). Debemos vivir en el camino de Cristo, el camino de la Palabra. La manera en que vivamos debe hacer que la gente reconozca que hemos estado con Jesús (Hch 4:13).
Naturalmente, todo esto es posible porque Cristo vivió de manera perfecta y murió por nosotros. Aunque no tenía ningún «ropaje de la vieja naturaleza» que quitarse, se renovaba constantemente en el Espíritu de su mente para seguir revistiéndose de la semejanza de Dios en justicia y santidad verdaderas. Caminó hasta la cruz por nosotros y resucitó victorioso sobre nuestra antigua vida para ofrecernos una nueva en Él. Si hemos recibido esta salvación por gracia mediante la fe, ¿por qué no comprometernos a vivir de esta nueva forma?
La pureza de nuestro Salvador nos exige pureza de conducta. Ahora bien, si no estamos dispuestos a vestirnos adecuadamente con el traje de boda de Cristo y a vivir en la pureza de nuestro Salvador, nunca tendremos la posibilidad de disfrutar de un buen trabajo en equipo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿En qué aspectos no se ha reflejado la pureza de nuestro Salvador en la pureza de tu conducta?
- What old burial clothes of sin do you need to put off today?
- ¿Cómo podrías crecer en la renovación constante de tu mente?
- ¿Qué nuevo ropaje de justicia y santidad necesitas para vivir en la pureza de nuestro Salvador?
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Conclusión
La Palabra de Dios es el mejor lugar donde buscar si queremos conocer la idea de Dios sobre el trabajo en equipo. Efesios 4 nos ha ayudado a descubrir algunas cualidades esenciales que son vitales para la fortaleza de la iglesia y de todo tipo de equipos. Nuestros matrimonios, hogares, negocios e iglesias cuentan con que vivamos de una manera digna en la Palabra. Si queremos correr fielmente esta carrera de tres pies, ha de haber unidad, madurez y pureza. Al final de la vida queremos poder repetir las palabras de Pablo:
«He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe» (2 Tm 4:7).
En nuestra iglesia cantamos una adaptación de un antiguo himno de Isaac Watts, compuesto a partir del salmo 119. Nuestro pastor de adoración añadió este estribillo, que creo que podría ser un compromiso final, un recordatorio y una oración útiles para vivir de una manera digna del Señor, en unidad, madurez y pureza:
Caminaré
en tu Palabra, oh, Señor.
Luz celestial, en ti me deleito.
Bendito Hombre, que a la cruz
fue antes por mí.
Ayúdame, Espíritu, para que también yo
me vuelva con humildad y te siga
para vivir en tu Palabra.
Acerca del autor
BRYAN SLOAN sirve como pastor en la Iglesia Fields. Está casado con Joy, y juntos tienen cinco hijos.
Tabla de contenido
- Parte I: Unidad
- Recuerda el evangelio
- Cómo vivir en la unidad
- ¿Por qué vivir en la unidad?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Madurez
- La hermosura de la diversidad
- Un ministerio de la Palabra que capacite para el ministerio de servicio
- El resultado de nuestra diversidad
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Pureza
- Viste adecuadamente
- Deja de vivir en la impureza del mundo
- Comienza a vivir en la pureza de Cristo
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Acerca del autor