#93 Cómo Decir Que No: Evita Comprometerte De Más Diciendo Que Sí A Dios Primero

por Dr. Richard Perhai Dr. Larry Oats

Introducción

Quiero que conozcas a Sarah. Si entraras a su iglesia un domingo por la mañana, la verías por todos lados. Ella es quien ajusta los soportes de los micrófonos del equipo de adoración al amanecer y la que se quedó hasta medianoche haciendo repostería para la colecta juvenil. Dirige un grupo pequeño, ayuda con los niños y compagina todo esto con un trabajo a tiempo completo. Todo el mundo la califica de pilar de la iglesia. Su pastor la considera un dechado de lo que es un discípulo comprometido. Sin embargo, si observaras a Sarah sola en su coche un martes por la tarde, verías a una mujer con las manos temblorosas al volante. Está exhausta. Tiene la Biblia en la mesita de noche, pero en los últimos meses no la ha abierto más que para planificar las clases. Habla constantemente de Dios y trabaja constantemente para Dios, pero, cuando se trata de dedicarle tiempo, no recuerda cuándo fue la última vez que mantuvo una conversación tranquila y auténtica con Él. Está tan ocupada con su obra que ha perdido todo sentido de su presencia.

Sarah es el rostro del «santo ajetreo», un agotamiento espiritual callado y honroso que está socavando nuestras iglesias desde dentro. Hemos creado una cultura en la que medimos la salud espiritual por el número de actividades a las que nos inscribimos en un ministerio. Consideramos el reino una corporación donde los más trabajadores son también los más bendecidos, y el resultado es una generación de cristianos que funcionan al límite porque están demasiado cansados para creer en un Dios que no pueden ver más allá de sus listas de tareas pendientes.

La paradoja del cristiano ocupado

Hay una extraña paradoja en la esencia del ministerio moderno. Creemos que, al hacer más por Dios, nos acercamos más a Él y que, si nos esforzamos un poco más, servimos un poco más y sacrificamos algo más de sueño, acabaremos alcanzando un nivel más profundo de espiritualidad, pero la realidad suele ser justo la contraria.

La paradoja del cristiano ocupado es la siguiente: cuanto más llenamos nuestra vida de actividades religiosas, menos espacio nos queda para la verdadera Persona de Jesús. Convertimos al Creador del universo en un Jefe exigente que nunca está del todo satisfecho con nuestro resultado y siempre está mirando el reloj. Empezamos a pensar que priorizar a Dios es un lujo que no podemos permitirnos o, peor aún, una tarea más entre vender pasteles y ensayar con el coro. Con el tiempo, la actividad en sí se vuelve un ídolo. Nos gusta ser aquellos en quienes confía la gente y sentirnos indispensables. No obstante, bajo esa sensación de importancia hay un vacío profundo que va creciendo. Hemos sustituido el servicio por el acatamiento y olvidado que, apartados de Dios, no podemos hacer absolutamente nada.

Cómo reconocer las señales de alerta

El agotamiento no se produce de golpe, sino paulatinamente. Comienza con un leve resentimiento cuando otro voluntario no se presenta y, los domingos por la mañana, pasa a ser una sensación de temor que, a la larga, se convierte en un cinismo frío e intenso que impregna todo lo que haces. Empiezas a ver como interrupciones o cargas a aquellas personas a las que se supone que sirves. Estas son algunas señales de alerta que solemos ignorar porque creemos que somos espirituales si seguimos adelante pese al dolor, pero hay otras.

Es posible que estés constantemente irritable con tu familia tras una actividad en la iglesia, que te sorprendas mirando el reloj durante el sermón o que sientas un enorme alivio cuando se cancela una reunión del ministerio. No son señales de falta de carácter, sino de un alma con muy poca energía. El agotamiento espiritual tiene la singularidad de sentirse como una traición. Si estás haciendo justo aquello que te ordenaron y dando la vida por el evangelio, ¿por qué sientes que la obra del evangelio te está matando? El motivo es que has pasado de una vida de gracia a una basada en el desempeño espiritual.

El objetivo de esta guía no es que abandones todo ministerio y te mudes a una cabaña en el bosque. No queremos una huida total, sino una nueva postura: cambiar una vida de sacrificio forzado —en la que das a causa de la culpa, la presión y la necesidad de aprobación— por una de equilibrio y orden de prioridades.

Vamos a analizar la teología bíblica del descanso y por qué el día de reposo no fue una sugerencia, sino un mandamiento para nuestra supervivencia. Vamos a hablar del ídolo de la indispensabilidad, de cómo no comprometernos de más en el ministerio, y de por qué no pasará nada en la iglesia si en esta ocasión no horneas tú los dulces de limón. Por último, vamos a profundizar en la increíble maravilla que es descubrir tu identidad como hijo de Dios primero, y luego, como siervo suyo.
Si te sientes como Sarah, con el corazón acelerado y el alma desierta, quiero que respires hondo. Tu Padre celestial no te pide ajetreo hoy: te pide tu corazón. Este camino consiste en aprender a servir desde la abundancia, no desde la carencia. Se trata de hallar paz más allá de la lista de tareas pendientes. Empecemos por ahí.

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