#54 Vive honradamente: integridad en un mundo deshonesto
Introducción
Traicionado, arrestado y negado por sus discípulos, Jesús, la Verdad, fue sometido a juicio. En su camino a la cruz, los líderes lo cuestionaron. Poncio Pilato, el gobernador romano, le dio la oportunidad de defenderse. En un momento clave, Jesús explicó: «[…] Yo para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz» (Jn 18:37). El gobernador respondió con una pregunta que nuestra época moderna descuida o distorsiona: «¿Y qué es la verdad?». Es una pregunta que exige nuestra atención si queremos vivir honradamente y de acuerdo con la verdad. Nuestras plataformas de redes sociales y nuestros canales de noticias a menudo parecen no interesarse por las cuestiones relacionadas con la verdad. Nuestro mundo digital está lleno de personas que intentan sacar provecho de la falsedad. Videos falsos, rutinas de ejercicios engañosas y personalidades ficticias inundan nuestras redes sociales, compitiendo por hacerse virales. En las búsquedas rápidas aparecen ejemplos de demandas contra quienes han sido sorprendidos en su fraude y engaño. El plan de dieta totalmente natural resulta estar suplementado con esteroides. La foto resulta ser una imagen generada con inteligencia artificial. Tristemente, estos avances tecnológicos no han logrado deshacerse de los vendedores de «remedios milagrosos». La deshonestidad abunda y, por eso, al igual que Jeremías, hay motivos para lamentarse y decir: «[…] en el país prevalece la mentira, no la verdad» (Jr 9:3a). En un mundo caído, ¿dónde podemos encontrar la verdad?
Como cristianos, sabemos que la verdad es alcanzable. No solo eso, sino que Dios nos la ha regalado en la revelación de sí mismo a través de su Hijo, Jesucristo. Además, sabemos que Dios nos exige que amemos la verdad porque proviene de Él. Nuestro Dios y Redentor es la verdad. Él es el revelador de la verdad. Su esposa, la Iglesia, es llamada a actuar de acuerdo con la verdad tal como la proclama su fiel esposo. La sinceridad y la veracidad son cualidades hermosas que los creyentes deben hacer brillar en el mundo como portadores de la imagen de Dios.
Una vida honrada es una vida comprometida con la verdad, sin importar el costo. A través de este estudio, espero que tu compromiso con Dios se manifieste en una vida honrada, a pesar de la deshonestidad que nos rodea. Este tipo de honradez cristiana es el resultado de una experiencia radical con la verdad encarnada, Jesucristo. Es el resultado de un corazón cautivado por Jesús, que se ve motivado por Él a vivir honradamente en el mundo. Una vez justificados, los cristianos comenzamos a andar por una senda llena de luz, coherencia y compromiso con la verdad, al igual que nuestro Dios y Salvador. Para entender la verdad de manera correcta, debemos comenzar nuestro estudio con la fuente y el estándar de la verdad: Dios.
Audioguía
Audio#54 Vive honradamente: integridad en un mundo deshonesto
Parte I: Dios verdadero
También sabemos que el Hijo de Dios
ha venido y nos ha dado entendimiento para
que conozcamos al Verdadero. Y estamos con el Verdadero,
con su Hijo Jesucristo, que es Dios Verdadero y vida eterna.
1 Juan 5:20
La Biblia habla de un estándar de verdad que es sinónimo de Dios mismo. Él no solo es verdadero, sino que es la Verdad absoluta. Es decir, es el estándar de la realidad. Él es el Dios verdadero en contraposición a los falsos ídolos. El detalle con que diseñó el mundo es la realidad en oposición a cualquier percepción sesgada que podamos tener. Él es el verdadero y único Dios vivo y digno de confianza. Jesús, quien «refleja el brillo de la gloria de Dios y es la fiel representación de lo que él es» (Hb 1:3a-b), declaró: «Yo soy el camino, la verdad y la vida […]. Nadie llega al Padre sino por mí» (Jn 14:6). En otras palabras, Dios es verdad. La verdad es a Dios como la humedad es al agua, el calor al fuego y lo pegajoso al pegamento. No podemos concebir a uno sin el otro como parte de su definición. Dios es verdad, veraz y verdadero. Si alguno de nosotros está interesado en Dios, entonces debería interesarse en la verdad. Si alguno de nosotros afirma amar a Jesús, entonces también debe amar la verdad. ¡Nuestro Dios y Redentor es la Verdad!
Los mandamientos bíblicos reflejan este carácter santo de nuestro Dios. Si tomamos cualquiera de los diez mandamientos, por ejemplo, veremos la justicia, la bondad y la pureza de Dios. Los mandamientos son reflejos del estándar absoluto derivado de la perfección moral y de la pureza de Dios mismo. Un mandamiento bíblico fundamental para nuestro estudio revela cómo la integridad de Dios se refleja en la veracidad de su pueblo redimido. El noveno mandamiento dice: «No des falso testimonio en contra de tu prójimo» (Ex 20:16). Así como los genes específicos se expresan en las apariencias físicas, el carácter justo de Dios se expresa a través de sus mandamientos. Puesto que Dios es verdad, sus mandamientos no son arbitrarios ni engañosos. Si Dios es verdad, no es de extrañar que inscriba la verdad en los redimidos y transformados a imagen de Jesucristo. La mentira es una abominación para Dios no solo porque es una rebelión contra sus mandamientos, sino porque refleja lo contrario de lo que Él es (Pr 12:22). En Números 23:19 se refuerza esta idea: «Dios no es un simple mortal para mentir y cambiar de parecer».
Esta es una excelente noticia. Todos somos lastimados cuando amigos, familiares o jefes faltan a su palabra. Esto puede hacernos caer en la duda o el desánimo. Cuando alguien falta a su palabra, eso puede hacernos preguntar cosas tales como: «¿Realmente me ama mi cónyuge?». «¿Está mi jefe siendo sincero con su aliento?». «¿De verdad piensa eso?». La realidad es que nuestra confianza en alguien depende, hasta cierto punto, de su historial a la hora de cumplir su palabra. El Dios de toda verdad, absoluto e inmutable, es digno de toda nuestra confianza. Alabado sea Dios, cuyo carácter verdadero se manifiesta en una coherencia bendita en todo lo que dice y hace. Por eso debemos apoyarnos en Él y en su Palabra.
La Palabra de Dios es verdadera
Porque Dios es verdadero, toda palabra suya es verdadera. Ninguna mentira sale de sus labios. Esto significa que podemos confiar en la Biblia, la Palabra de Dios. En ella, Dios se nos ha revelado y también nos ha mostrado cómo podemos obtener el perdón de nuestros pecados: confiando en la obra consumada de Cristo. Por eso, por la fe, los cristianos nos inclinamos ante Dios con humilde confianza para entender lo que ha dicho, porque sus palabras son salvación. Al igual que Samuel frente a su llamado, decimos al Señor: «Habla, que tu siervo escucha» (1 Sm 3:10b). En nuestro nuevo nacimiento, el Espíritu Santo enciende la lámpara de nuestros corazones y nuestras mentes para ver la Biblia como realmente es: la mismísima palabra de Dios (1 Ts 2:13). Habiendo recibido tal obra de gracia en nuestros corazones, acudimos a nuestro Dios, cuya integridad impregna cada sílaba de su revelación. Como dicen las Escrituras: «Dios no es un simple mortal para mentir y cambiar de parecer. ¿Acaso no cumple lo que promete ni lleva a cabo lo que dice?» (Nm 23:19). Como alaba el salmista: «La suma de tus palabras es la verdad; tus justas leyes permanecen para siempre» (Sal 119:160).
También podemos dar gracias a Dios por revelar la verdad con tanta gracia y generosidad. Aunque la propia creación proclama la gloria y el poder de Dios, nuestro pecado a menudo contamina esta forma de revelación, convirtiéndola en un intrincado sistema de idolatría. Vivimos en un mundo caído que engendra mentiras que deben ser contrastadas con la realidad de la Palabra de Dios. Él nos dio el Antiguo y el Nuevo Testamento para ver con claridad, para que no andemos a tientas en la oscuridad. Su Palabra es como una linterna que alumbra nuestro camino para que tengamos confianza en cada paso hasta alcanzar la gloria. Antes de que alguien se comprometa con la verdad, debe saber dónde encontrarla. La Biblia que tenemos en nuestras manos es la palabra verdadera y veraz de nuestro Dios verdadero y veraz. Él no nos engañará. Podemos estar seguros de que Dios no ha pronunciado ni una sola palabra falsa. El pueblo de Dios puede depositar su esperanza en sus promesas reveladas en las Escrituras porque Dios «no miente» (Tt 1:2).
Santificación en la verdad
La Biblia que tenemos en las manos y guardamos en el corazón es como un escáner infrarrojo que revela dónde está la verdad. Cuanto más nos empapamos de la verdad de Dios, más podemos ver el calor de la verdad en medio de la falsedad sin vida. Este escáner renovado del mundo nos ayuda a escudriñar lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. Necesitamos que la Palabra de Dios renueve nuestras mentes para poder discernir «la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta» (Rm 12:2). De hecho, la madurez cristiana es el resultado de un largo y constante camino en la verdad de Dios, en el que distinguimos «entre el bien y el mal» (Hb 5:14). Como señala un teólogo: «La Biblia es una fuente pura de verdad, como un manantial de agua pura en un mundo donde todas las demás fuentes han sido contaminadas por sustancias nocivas y por la acción corrupta de la humanidad». Para vivir con integridad cristiana, debemos evaluar todo según el criterio de la Palabra confiable y transformadora de Dios.
Satanás: el padre de la mentira
Si Dios es verdad y su Palabra es verdad, no es de extrañar que Satanás represente lo contrario. Satanás, como enemigo de Dios, se opone a toda verdad y a decir la verdad. Es el padre de la mentira, que asalta al pueblo de Dios con dudas sobre Dios y su Palabra. Es el príncipe de la potestad del aire, que hace que los incrédulos vivan según sus mentiras. Los cristianos no debemos ser ingenuos; no debemos ignorar o minimizar esta realidad. El choque de la guerra espiritual ocurre cuando Satanás engaña y persuade a las personas con mentiras, cuando envuelve el pecado en tentación o lleva a la gente a la falsedad.
¿No lo crees? Mira el jardín del Edén. Adán y Eva estaban en perfecta felicidad en la abundancia de la creación de Dios. Mientras disfrutaban de la comunión con Él y llevaban a cabo los mandamientos de la creación relacionados con la fructificación, la multiplicación y el dominio, Satanás, deslizándose en forma de serpiente, los atacó con una mentira. Los tentó con una pregunta: «¿Dijo Dios realmente?». «Si en verdad Dios fuera bueno, les habría dicho que comieran de este fruto». La pregunta de Satanás les hizo cuestionarse si Dios era bueno. Satanás presentó a Dios como un mentiroso. Tentó a Adán y a Eva para que dudaran de Él y de su Palabra. Las artimañas de Satanás hoy en día son tan antiguas como el principio del mundo.
Mira a la Iglesia primitiva. Pablo se tomó el tiempo de recordar a los creyentes de Corinto esta guerra contra Satanás cuando se vieron amenazados por la falsa sabiduría de los sofistas. A pesar de la grandilocuencia o la oratoria, estos falsos maestros exhalaban mentiras. Hábiles en el arte de la persuasión, atacaban la sabiduría de la cruz (1 Co 1). Sin embargo, por más poderosos que parecieran los adversarios, Pablo, en otra carta donde también abordó el tema de los falsos maestros, les recordó a los creyentes el arma de la verdad: «Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo» (2 Co 10:4-5).
La deshonestidad y las viles maquinaciones de Satanás deberían ponernos en guardia. La Palabra de Dios y el Espíritu Santo son las armas de nuestra guerra para combatir las mentiras que nos asaltan, ya sea individual o colectivamente como Iglesia. Satanás quiere que creamos mentiras y vivamos de acuerdo a ellas porque es coherente con su esquema de rebelión contra Dios. Pablo continúa hablando sobre lo que le preocupa: «Pero me temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, los pensamientos de ustedes sean desviados de un compromiso puro y sincero con Cristo» (2 Co 11:3). Amado hermano, toma la espada de la verdad para aniquilar las mentiras del maligno. Tu Dios es el Dios verdadero y sus palabras son palabras verdaderas. Para vivir honradamente en el mundo, debes acudir a Él, fuente de toda verdad.
—
Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué dudas tienes sobre quién dice Dios que es en la Biblia?
- ¿Qué mentiras sobre Dios te sientes tentado a creer?
- ¿Hay influencias en tu vida que te tientan a no creer en Dios?
- ¿Cómo ha aumentado tu certeza de que Dios es confiable?
—
Parte II: Evangelio verdadero
Cuando él habla de la verdad del evangelio, es para señalar que hay dos
evangelios: uno verdadero y otro falso. De por sí, el evangelio es sencillo,
verdadero, y sincero. Pero debido a la perversidad del ministerio de Satanás, se
ha corrompido y desfigurado.
Martín Lutero sobre Gálatas 2:5
Estábamos sumidos en la falsedad y la mentira
Los cristianos tenemos un evangelio verdadero. Antes de que Dios nos mostrara misericordia, estábamos bajo el dominio del reino de la oscuridad (Col 1:13). Estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, andando en el camino del padre de la mentira. La falsedad era la inclinación natural de cada uno de nosotros manchados por el pecado. Solíamos distorsionar y manipular la información en beneficio propio. Con cada mentira, intentábamos tomar el trono de Dios para nosotros mismos. Un escritor señala: «Más a menudo, volcamos todas nuestras habilidades en la tarea de modificar, reinventar y suavizar la verdad para que deje de ser tan amenazante y se adapte más a lo que queremos. Podemos hacerlo añadiéndole o quitándole algo, pero el resultado es el mismo: esa fatal caída en la ilusión que es uno de los aspectos más sombríos de la corrupción humana». Todo ser humano nacido desde la caída de Adán y Eva tiene una inclinación inherente a la mentira y la deshonestidad. Mentimos porque creemos que nos beneficiará de algún modo.
Nuestro evangelio, a diferencia de nuestros corazones corrompidos, es verdadero en el sentido de que habla de la verdadera condición de la humanidad. El mensaje del evangelio no es que tengamos que mejorar la bondad básica que todos llevamos dentro, ni que tengamos que descubrir nuestra propia belleza o vivir fieles a nosotros mismos, ni siquiera es que haya un vacío de felicidad que solo Dios pueda llenar (¡aunque eso es cierto!). El evangelio empieza con malas noticias. En Romanos 3:10-18, Dios dice:
«No hay un solo justo, ni siquiera uno;
11 no hay nadie que entienda,
nadie que busque a Dios.
12 Todos se han descarriado; juntos se han corrompido.
No hay nadie que haga lo bueno;
¡no hay uno solo!».
13 «Su garganta es un sepulcro abierto;
de su lengua salen engaños».
«¡Veneno de víbora hay en sus labios!».
14 «Llena está su boca de maldiciones y de amargura».
15 «Veloces son sus pies para ir a derramar sangre;
16 dejan ruina y miseria en sus caminos,
17 y no conocen la senda de la paz».
18 «No hay temor de Dios delante de sus ojos».
La condición del hombre está contaminada por todo tipo de falsedad. El evangelio es, en primer lugar, un llamado a aceptar esta realidad. Nuestro Dios bueno y santo nos creó, pero nos hemos rebelado contra Él. Nuestro Dios santo es tan puro y perfecto que ni siquiera puede ver el mal (Ha 1:13). En el día del juicio, cada persona dará cuenta de toda palabra ociosa que haya pronunciado (Mt 12:36). El pecado y sus frutos son tan malos como devastadores. Nuestro pecado nos separa de Dios. El evangelio reconoce que, como pecadores, merecemos un castigo justo y eterno en el infierno por nuestros pecados.
En el evangelio, Dios se preocupa por la verdad más que por la popularidad. Por eso comienza con una noticia tan terrible sobre la condición del hombre, porque es cierta. Somos pecadores devastados que necesitamos desesperadamente la gracia de Dios. No hay buenas noticias sin esta mala noticia. Sin embargo, Dios puede ayudarnos a mantenernos firmes. En Hechos, la Iglesia primitiva oró por valentía en medio de la adversidad. Lo mismo necesitamos para cualquier obstáculo que enfrentemos. El Espíritu Santo que mora en nosotros fortalece nuestro compromiso con la verdad intransigente en nuestra evangelización. A pesar de la creencia popular, el evangelio verdadero comienza con nuestra falta de sinceridad y el castigo eterno que eso merece. Amado hermano, así éramos antes de conocer a Jesús.
La obra de Cristo
Aunque la mala noticia sobre nuestros corazones mentirosos es cierta, también lo es la buena noticia de aquel que estaba «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14). Fue Jesús quien dijo la verdad y mantuvo un compromiso inquebrantable con ella en sus labios y con su vida. No se puede encontrar mentira o engaño en su discurso, sino que, como el Sacerdote perfecto, «en su boca había instrucción veraz; en sus labios no se encontraba perversidad» (Ml 2:6). Jesús vino a revelar la verdad, pero también a vivir de acuerdo con ella como el Hijo de Dios que no conoció pecado. Desde su nacimiento, no dijo ni una sola mentira, ni grande ni pequeña. En su trabajo, no tomó atajos para obtener beneficios indebidos. En su misión, se mantuvo fiel a la tarea que Dios le asignó. Todo esto lo hizo por el bien de su pueblo.
A pesar de todo, Jesús no estuvo exento de oposición. Días después de su bautismo, el Espíritu Santo lo llevó al desierto para librar una guerra contra Satanás (Mt 4). Al adentrarnos en la narración, podemos ver las similitudes con la travesía de Israel por el desierto, donde el pueblo flaqueó ante las tentaciones de Satanás. ¿Se apartaría Jesús de la verdad como lo había hecho Israel?
Satanás intenta hacer lo que mejor sabe: mentir y, para ello, utiliza tres tentaciones diferentes. Observemos cómo la mentira contiene algo de verdad y cómo Satanás distorsiona las Escrituras para sus propósitos. En la primera tentación (Mt 4:3-4), intenta hacerlo dudar de la bondad y la provisión de Dios, pero Jesús refuta esa mentira citándole las Escrituras. En la segunda tentación (Mt 4:5-7), hace un mal uso del salmo 91 para atacar la fidelidad y la protección de Dios. Dios cuida de los que confían en Él. Sin embargo, Satanás aprovecha la ocasión para ignorar otros versículos, pero Jesús refuta esta mentira contrastando la sugerencia de Satanás con otros pasajes. En la tercera tentación (Mateo 4:8-10), le presenta un falso camino hacia la gloria. Era cierto que Jesús estaba en una misión mesiánica que incluía la gloria. Satanás le ofrece un atajo si Jesús le da la adoración que solo Dios merece. Jesús refuta esta mentira con la verdad de la Palabra de Dios. Jesús venció a Satanás manteniéndose fiel a la verdad y lo hizo por el bien de su pueblo.
Jesús mantuvo su integridad cuando todos los demás fallaron. Defendió la verdad desde el vientre virginal de María hasta su muerte en la cruz. Intachable tanto en su vida como en sus enseñanzas, fue a la cruz para sufrir la muerte que merecemos. Jesús fue crucificado por los pecadores, incluso por los peores mentirosos, para que quienes se apartaran del pecado y confiaran solo en Él tuvieran vida eterna. Su vida verdadera se convierte en la nuestra. Nuestra vida mentirosa se convirtió en la suya, y Él sufrió la maldición como resultado. Los creyentes descansan ahora en la justicia de Jesús, quien se mantuvo fiel a la verdad a costa de su propia vida por nosotros.
El Espíritu Santo, que nos concedió la gracia del arrepentimiento y la fe, también lleva el nombre de «Espíritu de verdad» (Jn 14:17). Jesús prometió enviar el Espíritu de verdad para que habitara en sus discípulos, revelara la verdad de Jesús y nos transformara según la imagen de su Hijo (Rm 8:29). Por eso nosotros, como creyentes, somos tenidos por justos (justificados) por la justicia de Cristo recibida por la fe. También somos hechos justos (santificados), renovados por el poder del Espíritu Santo que obra en nosotros para gloria. Aunque nosotros mentimos, Jesús permaneció fiel y nos envía un ayudante para que andemos en el camino de la verdad en el que Él anduvo.
La integridad del evangelio personal
Si la verdad del evangelio es la libertad y la salvación del cristiano, entonces no es de extrañar que Satanás lance aquí sus ataques despiadados. La verdad es que Satanás no deja de atacarnos cuando nos convertimos en creyentes. Cuando a partir de nuestro bautismo nos convertimos en hijos y amigos de Dios, también somos marcados como enemigos del padre de la mentira. Éramos cómplices suyos, pero ahora hemos cambiado de bando en el campo de batalla. Luchamos con Jesús. Aunque Él lo derrotó, Satanás sigue merodeando en busca de alguien a quien devorar (1 P 5:8).
¿Dijo Dios realmente que Cristo tomó tus pecados y que su perfecta justicia se convirtió en la tuya? Piensa en cómo puedes esforzarte por obedecer a Dios, mientras te preguntas si Él en verdad te ama. ¿Dijo Dios realmente que nada puede separarnos del amor de Cristo? Considera qué te da miedo en tu caminar con Él. ¿Dijo Dios realmente que le confieses tus pecados y que confíes en que Jesús te perdonará? Considera qué te desanima a acercarte al trono de la gracia en oración. ¿Dijo Dios realmente que eres su hijo adoptado en Jesús? Considera las formas en que actuamos como extraños. ¿Dijo Dios realmente que Él es un padre que sabe lo que necesitan sus hijos y nos da buenos dones para nuestro bien y su gloria? Considera los pensamientos amargos que albergamos cuando no conseguimos lo que queremos en el momento que queremos. La integridad del evangelio significa defender la verdad del evangelio. Debemos considerar la pregunta que Pablo planteó en Gálatas 3:3: «[…] Después de haber comenzado con el Espíritu, ¿pretenden ahora perfeccionarse con esfuerzos humanos?».
Hermanos y hermanas, necesitamos empaparnos de la verdad del evangelio. Escribamos pasajes significativos del evangelio para memorizarlos y meditar en ellos a lo largo del día. Renovémonos continuamente en el amor de Cristo por nosotros. Consideremos la posibilidad de buscar a otro miembro de la iglesia para estudiar libros sobre la expiación sustitutiva o discutir la verdad del evangelio que nos cuesta creer. La autosalvación es el sermón predeterminado de la humanidad caída. Incluso puede presentarse en formas religiosas que llevan el nombre de cristianas. Si caminamos bajo el sol del mediodía del evangelio, su luz expondrá todo lo que no pertenece a él.
La integridad del evangelio colectivo
La lucha por la integridad no es solo una batalla individual, sino un esfuerzo colectivo. En el primer capítulo de Gálatas, Pablo comienza con un sincero recordatorio de la salvación de la Iglesia en Cristo. La salvación completa dada en Cristo marca el tono de todo el libro. Pero este tono, aunque lleno de alabanza, viene acompañado de una reprimenda. Pablo está completamente asombrado de que los gálatas se hayan desviado de la verdad del evangelio. Él es claro: hay un solo evangelio, y ellos tienen la responsabilidad de protegerlo. Además, plantea un criterio según el cual todas las enseñanzas (¡incluso las suyas, aunque él sea apóstol!) deben ser puestas a prueba. Sin importar el origen o el estatus del maestro, la congregación debe preguntarse: ¿predica esta persona el evangelio? Si no es así, Dios declara: «¡Que caiga bajo maldición!» (Ga 1:9). Si los gálatas o cualquier iglesia local quieren mantener la integridad de su evangelio, primero deben darse cuenta de su responsabilidad divina de rechazar a los maestros que enseñan algo distinto de la Palabra de Dios. No deben reunir a comediantes, retóricos o aduladores, sino a hombres de Dios que les prediquen el evangelio con integridad (2 Tm 4:3). Tu iglesia local, amado hermano, es «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3:15).
Los pastores también tienen la tarea de enseñar solo lo que es verdadero y correcto, pues son administradores de los misterios de Dios y ministros de la verdad. A diferencia de los falsos maestros, los pastores no contaminan la palabra con su inmundicia ni tergiversan la verdad con sus deseos carnales. Pero, al igual que Pablo, ministran «con palabras de verdad y con el poder de Dios» al pueblo de Dios (2 Co 6:7). Tienen la responsabilidad de predicar la Palabra y no sus propios pensamientos o ambiciones mundanas. «Capaz de enseñar» en 1 Timoteo 3:2 no significa simplemente la capacidad de comunicarse e influir en una multitud. También se refiere a la precisión con la que el pastor maneja la Palabra de Dios. El compromiso y la capacidad de un pastor para comunicar la verdad son importantes para Dios. Por eso, amado hermano, debes ponerte a ti mismo y a tu familia bajo el cuidado de pastores que enseñan fielmente la Palabra de Dios.
Los falsos evangelios abundan hoy en día tanto como en la época de Pablo. Los falsos evangelios no se anuncian como tales, pero, al igual que una segunda marca de refresco en una tienda, si los examinas con atención, descubrirás que no son auténticos. Pueden tener muchas similitudes, pero su origen es Satanás y no Dios, independientemente de las Escrituras que citen o de las camisetas cristianas que lleven. Recordemos que Satanás también puede citar las Escrituras. ¿Eres parte de una iglesia cuyos pastores y miembros proclaman el evangelio verdadero?
El evangelio tiene una importancia eterna, y sus enseñanzas deben ser atesoradas y defendidas. Esta buena noticia dice la verdad sobre la mala noticia, para que la obra salvadora del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo pueda brillar con mayor intensidad. El evangelio es verdadero. ¿Somos sinceros al transmitírselo a los demás?
—
Preguntas para reflexionar:
- ¿Cómo te sientes cuando Dios te dice que eres pecador? ¿Te sientes tentado a rechazar las malas noticias sobre tu propia pecaminosidad?
- Dedica un tiempo a contarle a tu mentor o pupilo cómo llegaste a creer en el evangelio de Jesucristo.
- ¿Cómo ha cambiado tu vida el hecho de que tus pecados hayan sido perdonados?
- ¿Alguna vez te has sentido tentado a suavizar el evangelio o a mentir descaradamente sobre él para caerles bien a otras personas?
—
Parte III: Vida honrada
Cuando no hay crecimiento, no hay vida.
Archibald Alexander
Más que un cambio de conducta
Cuando estaba en la universidad, estudié agronomía y ciencias del suelo. Gracias a ello, nunca volveré a ver la tierra de la misma manera. El suelo contiene mucho más de lo que podríamos imaginar. El suelo del bosque alimenta un ecosistema lleno de vida con materia orgánica oscura procedente de hojas descompuestas, restos y microbios que no podemos ver con nuestros ojos. Esos montones de tierra que solía tirar cuando era niño ahora tienen un significado más profundo que nunca. Eso es lo que suele ocurrir en la vida cristiana. Cuando Dios inunda de amor el alma de un pecador no convertido, ocurre mucho más de lo que se ve a simple vista. El cambio exterior y la transformación de la conducta son evidentes, pero ocurre algo mucho más profundo. Dios perdona sus pecados por medio de la sangre de Jesús, renueva su corazón e instaura una vida que cada vez se asemeja más a su Salvador. La buena tierra del bosque produce una vegetación rica. El Espíritu Santo que mora en un cristiano produce frutos buenos y verdaderos.
La sinceridad en la vida cristiana va más allá de nuestras palabras; se refleja en lo que hacemos. Esto no debería sorprendernos después de nuestro estudio sobre Dios. Si nuestro Dios trino es la verdad y nos creó a su imagen, entonces lo reflejamos al caminar de acuerdo con la verdad. Nuestro pecado arruinó esta imagen. Sin embargo, Jesús vino a salvar incluso al peor de los mentirosos. Él padeció la muerte de los mentirosos para que sus elegidos pudieran tener vida eterna, y envía al Espíritu Santo para renovarnos y hacernos partícipes de la nueva creación (2 Co 5:17). Esta renovación, como nueva humanidad en Cristo, incluye nuestro compromiso con la verdad.
Lo contrario también es cierto. La Biblia tiene una categoría de personas que dicen las palabras correctas, pero viven con falsedad en sus vidas. Incluso pueden decir que son cristianos y clamar «Señor, Señor» con gran emoción, pero al final, oirán estas palabras de parte de Dios: «Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!» (Mt 7:23). O como dice en 1 Juan 2:4: «El que afirma: “Lo conozco”, pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él». Ellos «[…] juran en el nombre del Señor e invocan al Dios de Israel, pero no con lealtad ni justicia» (Is 48:1). Esto es una gran hipocresía. Desde el preescolar, los maestros tratan de inculcar esta lección en los niños. Quizás recuerdes que tus maestros decían: «El carácter es lo que haces cuando nadie te ve». Esto es cierto ante otros seres humanos. El dicho se refiere a la realidad de que el buen carácter no depende de que los demás lo vean o no. Las buenas acciones no son una actuación, son un reflejo del corazón. Las malas acciones son una forma de engaño, son deshonestas. No obstante, como cristianos, sabemos que nadie escapa a la vista de Dios. Él no puede ser engañado como nuestra maestra de preescolar, nuestros padres, amigos o hermanos de la iglesia.
El libro de Tito retoma esta inquietud. Los elegidos de Dios tienen el conocimiento de «la verdad que conduce a la devoción» (Tt 1:1). La verdad que aprendemos de Dios y recibimos con un corazón sincero produce una vida comprometida con sus implicaciones. Si somos hijos de Dios, ¿por qué vivir como extraños a Él? Ese no era el caso de los que vivían en Creta. Muchos de los que estaban con Tito profesaban la verdad, pero la negaban con sus vidas. Dios dice de estas personas: «Profesan conocer a Dios, pero con sus acciones lo niegan; son abominables, desobedientes e incapaces de hacer algo bueno» (Tt 1:16). En otras palabras, las personas que llevan el nombre del Señor en sus labios contradicen lo que profesan al perseguir el mal. Entonces lo que profesan se vuelve falso.
Este tipo de vida deshonesta suele extenderse en ámbitos donde abunda el cristianismo cultural o donde la definición de cristiano se vuelve confusa. Cuando ser cristiano significa participar en festividades religiosas, adoptar posturas éticas relativamente conservadoras, haberse bautizado tantas veces como se ha asistido a campamentos juveniles y tomar la Cena del Señor al menos una vez al año en Navidad, no es de extrañar que abunde la hipocresía. El formalismo puede practicarse sin amor por Cristo y en pecado, aunque con la conciencia tranquila. Este no es un cristianismo auténtico, sino falso, que demuestra que sus seguidores no conocen a Dios en verdad. Las obras de estas personas son prueba de que no creen verdaderamente (St 2). El cristiano es salvo solo por la fe, pero esa fe nunca está sola. Dios nos encuentra donde estamos, pero nunca nos deja ahí. Aunque no se salva por los buenos frutos, una buena raíz siempre produce buenos frutos. Los que son justificados son santificados (aunque no de forma perfecta de este lado del cielo).
El compromiso con la verdad en un entorno cultural cristiano puede significar que se te considere puritano si insistes en la definición bíblica de cristiano. El examen comienza con nosotros mismos. ¿Estamos realmente en la fe? ¿Estás en la fe (2 Co 13:5)? Este tipo de examen pasa luego a la membresía de la Iglesia. Esta tiene las llaves del reino y solo admite a creyentes en su comunidad (Mt 18:18). ¿Hemos nacido de nuevo? Estas preguntas tienen importancia eterna. Nuestra sinceridad revela si realmente hemos comprendido la verdad en primer lugar (Hb 10:26).
Vive honradamente
La deshonestidad en nuestras vidas también puede manifestarse en una escala menor. En la infancia, probablemente tus padres te imponían una hora para ir a dormir. Puedes recordar su voz en tu cabeza: «Bueno, ahora hay que apagar la luz. Es hora de dormir». Te cubres la cabeza con las sábanas y cierras los ojos hasta que tus padres salen de la habitación. Las luces se apagan, la habitación se oscurece y esperas a que se cierre la puerta. Entonces, das un suspiro de alivio. «¡Uf! Ya se han ido». Se oye otro clic y se enciende la lámpara de tu mesita. Ahora puede empezar la verdadera fiesta. La misma deshonestidad infantil se da en nuestras vidas adultas. El compañero de trabajo o el jefe sale de la oficina y volvemos a la página de las redes sociales, perdiendo el tiempo mientras nos pagan por nuestro «trabajo». El profesor se aleja y nuestros ojos se posan en el examen del otro lado de la fila. Incluso podría ser nuestra habilidad social camaleónica. Cuando salimos con compañeros de trabajo, actuamos de una manera. Cuando salimos con amigos de la iglesia, actuamos de otra. Quizás nuestra vida familiar es un desastre, pero parecemos tenerlo todo bajo control al llegar al estacionamiento de la iglesia.
La honestidad puede ponerse a prueba de muchas maneras. A veces eres el único compañero de trabajo o de clase que es cristiano. La gente te conoce como el «espiritual». Recibes bromas inofensivas e incluso algunas preguntas incisivas, como: «¿De verdad crees en ____?». Aunque quizás otros encuentran la manera de manipular el sistema y engañar a los responsables, ya sean profesores o jefes, la honestidad aquí puede implicar respetar el objetivo de tu autoridad y evitar las formas engañosas de los demás. Es posible que te critiquen por no participar. Tu compromiso con la verdad puede significar pagar un costo social.
En otras ocasiones, el costo de una vida honrada podría ser renunciar a algo bueno. En los entrenamientos de fútbol en la escuela secundaria, nuestro equipo solía correr alrededor del largo campo rectangular para ponernos en forma. Todo el equipo empezaba a correr hacia el mismo punto, y los corredores más rápidos solían recibir elogios del entrenador. Podían ganarse su favor y probablemente recibir más tiempo de juego en el partido. Nada es tan tentador en ese momento como doblar antes en esas esquinas cerradas de 90 grados que te hacen perder velocidad e impulso. Si pudieras seguir los pasos del equipo, llegarías a la conclusión de que un campo de fútbol es un gran óvalo gigante. Las esquinas siempre se pueden evitar.
La tentación no está solo en los deportes escolares; también está presente en la oficina, donde tenemos la posibilidad de tomar atajos. Quien transige con la verdad puede ganarse la aprobación de su jefe. El trabajo honesto puede hacerte perder un ascenso al tiempo que otros escalan posiciones. Puede suceder que la junta directiva quiera que hagas algo turbio para «salvar» el negocio. O lo haces o renuncias. La honestidad significa que sigues comprometido con la verdad de que «ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas» (Hb 4:13). Dios ve y se interesa. Llevar una vida honrada en este mundo deshonesto puede implicar que debamos renunciar a las ganancias.
El precio de una vida honrada podría ser nuestra propia vida. En algunas partes del mundo hostiles al cristianismo, a muchos cristianos se les prohíbe reunirse como iglesia. Deben hacerlo clandestinamente para animarse unos a otros, según lo que Dios nos ordenó (Hb 10:24 25). El simple hecho de cantar u orar en voz alta puede despertar a los vecinos y desatar la persecución. Sus teléfonos podrían ser intervenidos para revelar el lugar de reunión y así poder arrestarlos. Lo que resulta aún más confuso para los creyentes de esos lugares es que los expatriados pueden animarlos a cometer sincretismo para evitar la persecución. Una vida honrada aquí no significa renunciar a toda sabiduría y prudencia, sino una vida dedicada a la verdad de las palabras de Jesús: «De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo» (Lc 14:33). Oremos para que los que se enfrentan a dicha oposición tengan sabiduría y valor en medio de ella.
Recordemos que todo lo que Jesús tenía que hacer era renunciar a la verdad por comodidad; sin embargo, Él resistió la tentación con una obediencia sin pecado (Hb 4:15). A Pablo le hubiera bastado sucumbir ante el temor al hombre y recibir la aceptación de los judaizantes, pero su objetivo era la aprobación de Dios por encima de la de las personas (Ga 1:11). Vivir una vida comprometida con la verdad puede costarnos nuestra posición social o profesional, nuestro hogar, el encarcelamiento o incluso la muerte. No obstante, para obtener fuerzas, debemos mirar a Jesús y a quienes resistieron antes que nosotros: «En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre» (Hb 12:4). Vivir honradamente en un mundo deshonesto tiene un precio. ¿Estás dispuesto a pagarlo?
—
Preguntas para reflexionar:
- ¿De qué manera te sientes tentado a ser deshonesto en casa, en el trabajo o con tus amigos?
- ¿Alguna vez has tenido que pagar un precio por la verdad? ¿Qué sucedió? ¿Te arrepientes?
- ¿Qué ejemplos de honestidad encuentras cerca tuyo? ¿Cómo podrías aprender de ellos?
—
Parte IV: Discurso sincero
Cuando pensamos en la sinceridad, la mayoría de las personas piensa en el habla. ¿Son sinceras nuestras palabras? Es decir, ¿decimos la verdad? Volvamos a los diez mandamientos, un resumen de nuestro amor por Dios y por nuestro prójimo. Estos mandamientos revelan la naturaleza de Dios y lo que Él exige de nosotros, los portadores de su imagen. El noveno mandamiento nos muestra en particular que Dios es el Dios de toda verdad. Si Dios es verdad, entonces su pueblo, que está llamado a la verdad, la sigue y la promueve con su forma de hablar. El mandamiento: «No des falso testimonio en contra de tu prójimo» (Ex 20:16) se aplica en especial a un entorno judicial, pero también en general a toda verdad frente a toda falsedad. En el siglo XVII, pastores y teólogos se reunieron para meditar sobre este mandamiento y considerar cómo debían transmitir la enseñanza a las generaciones futuras. El resultado fue la pregunta 144 del Catecismo Mayor de Westminster, cuya respuesta dice:
Los deberes exigidos en el noveno mandamiento son: preservar y promover la verdad entre las personas y el buen nombre tanto nuestro como el de nuestro prójimo; defender y apoyar la verdad; de corazón, con sinceridad, libertad, claridad y plenitud, hablar la verdad y solamente la verdad en cuestiones de juicio y justicia así como en otros ámbitos; tener una estima caritativa hacia nuestro prójimo; amar, desear y regocijarnos por su buen nombre; entristecernos por sus debilidades y ocultarlas; reconocer libremente sus dones y cualidades; defender su inocencia; prontitud para recibir un buen informe y faltos de disposición para creer un mal informe sobre ellos; disuadir a los chismosos, aduladores y calumniadores; amor y cuidado por nuestro buen nombre y defenderlo siempre que sea necesario; guardar las promesas lícitas; estudiar y practicar todas las cosas que son verdaderas, honestas, amables y de buena reputación.
¿Trae convicción? Sí. ¿Nos da paz? Claro que sí. Solo podemos imaginar un mundo que siga una descripción tan hermosa de la veracidad. El mundo pecaminoso en el que vivimos hace que esto sea una aspiración lejana. Solo pensemos en los tribunales si actuaran de esta manera. Pensemos en la facilidad con la que se podría navegar por las redes sociales actuales sin tener que filtrar falsedades, medias verdades o calumnias. Pensemos en una iglesia sin lobos disfrazados de ovejas que llevan a sus subordinados al plato de comida. ¿Podemos imaginarlo?
De todos los lugares del mundo, la iglesia local debería ser donde exista tal sinceridad. Como parte de la nueva creación, la iglesia es donde se ama, se busca y se promueve la verdad. Pablo llega incluso a asociar las mentiras con nuestra antigua naturaleza, es decir, nuestra vida espiritualmente muerta antes de que Cristo derramara su amor en nuestros corazones. En Colosenses 3:9, Pablo dice así: «Dejen de mentirse unos a otros, ahora que se han quitado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios». En Efesios 4:25, dice algo similar: «Por lo tanto, dejando la mentira, hable cada uno a su prójimo con la verdad, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo». Habiendo nacido pecadores en Adán, mentir nos resulta tan natural como respirar. Sin embargo, cuando nacemos de nuevo en Cristo, nuestras mentiras son crucificadas con nuestra vieja naturaleza. A medida que los creyentes nos despojamos de ella y nos revestimos de Cristo, nos despojamos de la falsedad y nos revestimos con la verdad.
Confiesa tu pecado
Como ya hemos dicho, el evangelio es sincero acerca de nuestro pecado. A su vez, nosotros debemos ser sinceros acerca de nuestros pecados con otros creyentes. Las Escrituras llaman a esto caminar «en la luz», y es parte de nuestra comunión unos con otros (1 Jn 1:7). En otro pasaje se nos insta a confesar nuestros pecados «unos a otros» (St 5:16). Esto forma parte de nuestra vida en una iglesia local. Ser miembro de una iglesia local significa abrir nuestra vida a las preguntas indiscretas de aquellos que nos aman genuinamente y quieren que crezcamos en nuestro caminar con Cristo. Esto suele hacerse mediante la rendición de cuentas con algunos hermanos o hermanas en Cristo. Los cristianos no actuamos como si lo tuviéramos todo bajo control, sino que necesitamos el perdón y las oraciones de otros hermanos para parecernos más a Jesús. En lugar de encubrir nuestros pecados como lo hace el mundo, la iglesia es un lugar donde los pecados se confiesan en público. Una buena pregunta para hacerte al final de este tiempo juntos es: «¿Has mentido sobre algo hoy? ¿Hay algún pecado que hayas suavizado?». Preguntas como estas fomentan la sinceridad.
No mientas al Espíritu Santo
Cuando mentimos —es decir, cuando decimos algo que no es cierto a personas a quienes les debemos la verdad—, no mentimos solo a los hombres, sino también a Dios. Hechos 5 describe la gravedad de la mentira en el caso de Ananías y Safira. En una época de gran generosidad entre los primeros cristianos, una pareja decidió hacer alarde de su «ofrenda». Afirmaron que habían sido tan sacrificados que habían liquidado una propiedad completa para donarla a la iglesia. Pero Dios sabía lo que estaba pasando. Su pecado no fue retener parte de su propiedad, sino mentir sobre la cantidad que estaban donando. Dios los expuso a través de Pedro diciendo que eran cómplices de Satanás y culpables de mentir al Espíritu Santo. Ananías y Safira no son un buen ejemplo de generosidad, sino más bien una seria advertencia sobre las obras de Satanás y la gravedad de la mentira.
Toda palabra imprudente que pronunciemos será llevada ante el tribunal de Dios y tendrá una justicia precisa como nunca antes hemos visto en este mundo caído (Mt 12:36). Lo que decimos importa. Un mundo deshonesto se toma a la ligera lo que Dios considera grave. De los pecados que Dios aborrece en Proverbios 6:16-19, ¡dos tratan sobre la mentira! Veamos qué más escribe Salomón sobre este tema:
— Proverbios 10:18: «El de labios mentirosos disimula su odio, y el que propaga calumnias es un necio».
— Proverbios 14:5: «El testigo veraz jamás miente; el testigo falso propaga mentiras».
— Proverbios 12:19: «Los labios sinceros permanecen para siempre, pero la lengua mentirosa dura solo un instante».
— Proverbios 12:22: «El Señor aborrece a los de labios mentirosos, pero se complace en los que actúan con lealtad».
— Proverbios 21:6: «La fortuna amasada por la lengua embustera se esfuma como la niebla y es mortal como una trampa».
— Proverbios 26:28: «La lengua mentirosa odia a sus víctimas; la boca lisonjera lleva a la ruina».
Ya sea una mentira, una calumnia, un falso testimonio, una adulación o una promesa falsa, todo ello refleja una falta de sinceridad que se opone directamente a la verdad. El temor correcto al Señor, como afirma Proverbios 8:13, es aborrecer todo lo malo, incluso nuestras palabras falsas.
Sería incorrecto fijarnos solo en las palabras que decimos, puesto que Jesús nos lleva más allá y nos hace mirar nuestro corazón: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12:34b). Así pues, las mentiras que decimos pueden enseñarnos los problemas de nuestro corazón. Cuando sentimos envidia de otra persona, inventamos acusaciones o rumores para desacreditarla. Cuando queremos que nos vean como miembros fieles de la iglesia, minimizamos las cualidades de los demás con un espíritu competitivo. Cuando una persona respetada entra en la sala, la llenamos de elogios, independientemente de lo que exija la sinceridad. Hacemos promesas que no tenemos intención ni capacidad de cumplir para que nos vean como personas amables. Inventamos historias de nuestro pasado para recibir los elogios, el respeto o las risas de los demás. ¿Qué pecados del corazón te impulsan a mentir?
—
Preguntas para reflexionar:
- ¿Alguna vez te han descubierto mintiendo? Cuéntale la historia a tu mentor o pupilo. ¿Qué lecciones aprendiste sobre el costo de la deshonestidad?
- ¿En qué áreas de tu vida te sientes más tentado a mentir?
- ¿Hay personas en tu vida que cuestionan tus historias? ¿A quién le confiesas tus pecados? ¿Quién te desafía a ser sincero con ellos y con Dios?
- ¿Cómo fomenta tu iglesia una vida honrada?
- ¿Cuáles son los beneficios de vivir honradamente?
—
Conclusión
Espero que este estudio te haya ayudado a medir tu vida con el estándar de sinceridad de Dios y a aferrarte al Señor Jesucristo, el Salvador todopoderoso. Leamos la reflexión de un teólogo:
Como testigo, Jesucristo es, literalmente, un mártir: su vida y su existencia, su palabra y su obra señalan, indican, la verdad. Él es, simple y llanamente, el testimonio de lo que realmente es. No hace concesiones ni evade la verdad. No dice lo que no es y no deja de decir lo que es. Él está, como dice el Evangelio de Juan, «lleno de […] verdad» (Jn 1:14). Y su testimonio es fiel, es decir, persistente, seguro, confiable y permanente. Su veracidad es absolutamente duradera; no se derrumba ante la tentación de hacer las paces con la mentira o la verdad a medias. Simplemente dice lo que es y actúa de acuerdo con ello, rechazando lo contrario.
La verdad no es un bien muy cotizado en nuestro mundo. En lugar de considerarla un tesoro, los pecadores tratan de moldearla como arcilla húmeda en un torno de alfarero. Sin embargo, la verdad es tan inmutable como Dios y exige nuestra lealtad, ya que proviene del Dios de toda verdad. En el evangelio, la verdad resplandece en el rostro de Jesucristo. Pablo ejemplifica esta realidad al final de su carta en 2 Corintios 13:8. Los cristianos que caminan con una conciencia limpia deben ser como aquellos que no pueden «hacer nada contra la verdad, sino a favor de la verdad». ¿Esto te describe?
Si no lo hace, recuerda la verdad del evangelio: Jesús murió en lugar nuestro, su pueblo mentiroso, y recibió el castigo que merecen nuestras mentiras. Él es la verdad, actuó con la verdad y dijo la verdad. Nunca transigió en nuestro mundo transigente. Él vivió sin pecado por nosotros, de acuerdo con la verdad y con un compromiso inquebrantable con ella. Este Jesús es nuestra justicia, recibida solo por la fe. Por su sangre, todas las mentiras de su pueblo son perdonadas. Por el poder de la resurrección y del Espíritu Santo, Él nos da la fuerza para caminar comprometidos con la verdad y contra la corriente de esta era malvada, incluso a costa de nuestras vidas. Si no eres cristiano, reflexiona sobre las mentiras que has dicho y de qué manera no cumples con el estándar de santidad de Dios. Apártate de tu pecado y pon tu fe solo en Cristo para que te salve de tus pecados y del día de la ira cuando Cristo regrese en su gloria.
Notas finales
- Martín Lutero: Commentary on Galatians (Comentario de Martín Lutero sobre la epístola del apóstol san Pablo a los gálatas) (Oak Harbor, WA: Logos Research Systems, Inc.), 1997, pp. 97 98.
- John Webster: Christ our salvation: expositions and proclamations [Cristo, nuestra salvación: exposición y proclamación] ed. Daniel J. Bush (Bellingham, WA: Lexham Press, 2020), p. 70.
Acerca del autor
Wilson Ramsey se desempeña como asistente pastoral en la Iglesia Bautista Capitol Hill en Washington, D.C. Está casado con su esposa, Eunice, y juntos tienen un hijo, Haddon.
Tabla de contenido
- Parte I: Dios verdadero
- La Palabra de Dios es verdadera
- Santificación en la verdad
- Satanás: el padre de la mentira
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Evangelio verdadero
- Estábamos sumidos en la falsedad y la mentira
- La obra de Cristo
- La integridad del evangelio personal
- La integridad del evangelio colectivo
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Vida honrada
- Más que un cambio de conducta
- Vive honradamente
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: Discurso sincero
- Confiesa tu pecado
- No mientas al Espíritu Santo
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Notas finales
- Acerca del autor