#55 Evita el orgullo: la humildad como una habilidad para la vida
Introducción
Esta es la historia de un intercambio entre un buque de la Armada estadounidense y las autoridades canadienses en la costa de Terranova en octubre de 1995.
Estadounidenses: «Por favor, desvíen su curso 15 grados hacia el norte para evitar una colisión».
Canadienses: «Les recomendamos que USTEDES desvíen su curso 15 grados hacia el sur para evitar una colisión».
Estadounidenses: «Les habla el capitán de un navío de la Armada estadounidense. Les repito, desvíen SU curso».
Canadienses: «No, les repito, ustedes desvíen SU curso».
Estadounidenses: «ESTE ES EL PORTAAVIONES USS ABRAHAM LINCOLN, EL SEGUNDO BUQUE MÁS GRANDE DE LA FLOTA ATLÁNTICA DE LOS ESTADOS UNIDOS. NOS ACOMPAÑAN TRES DESTRUCTORES, TRES CRUCEROS Y NUMEROSOS BUQUES DE APOYO. LE ORDENO QUE CAMBIE SU CURSO 15 GRADOS HACIA EL NORTE. REPITO, UNO-CINCO GRADOS HACIA EL NORTE, O TOMAREMOS MEDIDAS PARA GARANTIZAR LA SEGURIDAD DE ESTE BUQUE».
Canadienses: «Este es un faro. Su decisión».1
Ahora bien, es probable que esto jamás haya sucedido, pero es una conocida historia que nos advierte sobre el orgullo. El mensaje es claro: el orgullo causa naufragios, así que mantente lejos de él al menos que quieras que tu vida naufrague.
En esta guía de campo, vamos a analizar de forma clara el orgullo, sus peligros, de dónde proviene y cómo podemos vencerlo con ayuda de Dios. Oro para que el orgullo desenfrenado no provoque un naufragio en tu vida, sino que aprendas a evitarlo cultivando una creciente humildad.
Ahora, cambiando de metáfora, el orgullo es como un pez escurridizo. Todos podemos verlo (por lo general, con más facilidad en los demás), pero muy pocos nos detenemos a pensar qué es el orgullo exactamente. Sería bueno, para comenzar con esta guía de campo, pensar en una definición de orgullo.
Esta es mi sugerencia:
El orgullo es la disposición del corazón a la autoexaltación, en la cual busco ponerme en el lugar de Dios.
Desglosando esto, en primer lugar, el orgullo es una disposición del corazón. Tiene sus raíces allí. El corazón es el lugar de donde provienen nuestros pensamientos y deseos. Por lo tanto, el orgullo no es algo externo, como si fuese un intruso que nos ataca desde afuera; es un enemigo letal que llevamos dentro, que busca sabotear nuestra vida cristiana en cada oportunidad que tenga.
En segundo lugar, mi definición dice que el orgullo se da cuando busco ponerme en el lugar de Dios. La categoría más amplia para este tipo de sustitución se llama idolatría. Sin embargo, el orgullo no busca sustituir a Dios con algo externo a mí. Busca reemplazarlo por mí; ponerme a mí mismo en el lugar de Dios. El orgullo no tiene que ver con adorar y servir a algo o a alguien más, sino con insistir en que soy yo el que debería ser adorado y servido.
Por lo tanto, cuando lo analizamos así, podemos ver lo peligroso y destructivo que es el orgullo: quiere ponerme en el lugar de Dios. No es de extrañar que Agustín de Hipona haya dicho: «El orgullo es la raíz de todo pecado».2 En concordancia con esto, C. S. Lewis escribió: «El orgullo lleva a todos los demás vicios; es el completo estado de anti-Dios en la mente.».3
Muchos otros pecados surgen del orgullo. Piénsalo: las personas orgullosas a menudo también tienen problemas con la calumnia, la amargura, el temor al qué dirán, la autocomplacencia y la vanidad, solo por nombrar algunos.
El orgullo también es muy engañoso. Viene en varias formas y tamaños. No todos los tipos de orgullo se pueden ver a simple vista. Puede ocultarse tras los buenos modales, la oración, o incluso tras varios años de aparente fidelidad en el servicio cristiano. También puede disfrazarse en nuestra vida de falsa humildad.
Entonces, queda claro desde un principio que es fundamental alejarnos del orgullo si queremos crecer como cristianos, para así evitar dañarnos a nosotros mismos y a los demás.
¡Alabado sea Dios, puesto que hay esperanza! La Biblia nos enseña que la gracia de Dios es más grande que nuestro pecado. Además, Dios nos ha brindado un camino para que nos apartemos del orgullo. Más aun, a medida que, con la ayuda de Dios, nos deshacemos del orgullo de forma lenta pero segura, deberíamos esperar ver victoria también en otras áreas de nuestra vida.
La expectativa de victoria debería impulsarnos para abordar el orgullo de forma proactiva y cultivar vidas de humildad. Espero que esta guía de campo te ayude a conseguirlo.
Esta guía se divide en tres partes. En primer lugar, observaremos el daño que causa el orgullo en nuestra vida. Luego, analizaremos las raíces del orgullo. Finalmente, veremos cómo dar muerte a nuestro orgullo y vivir vidas humildes. Al final de cada capítulo, encontrarás algunas preguntas para que reflexiones junto a tu mentor o tu pupilo.
Entonces, ¡manos a la obra!
Audioguía
Audio#55 Evita el orgullo: la humildad como una habilidad para la vida
Parte I: La ruina del orgullo
Yo sabía más: más que mi suegra, más que el GPS, más que los carteles del camino. Definitivamente, sabía más que el resto de los conductores en la ruta. Era un día de invierno, y la nieve había caído sin cesar. En donde vivo, por lo general basta un milímetro de nieve para armar un gran caos, y ese día no era diferente. Mi suegra me estaba recogiendo tras un largo día de trabajo, y nos dirigíamos a su casa para cenar en familia. Sin embargo, los caminos eran un desastre. Había embotellamiento, y yo tenía hambre. Fue entonces cuando tuve una idea brillante: conocía un atajo por una carretera rural. Estaba convencido de que por ahí llegaríamos a casa más rápido. El camino que tenía en mente era una carretera rural que tiene una curva cerrada y muy empinada a mitad de camino. Fue cuando nos acercamos a esa curva que derrapamos y giramos, quedándonos atascados en la cuneta al costado del camino. Mientras estaba allí, sentado y atascado en el lodo, pensé que mi idea no había sido tan brillante después de todo. Afortunadamente, no hubo daños importantes en el auto ni nadie salió herido, pero fue una gran advertencia. La mejor parte es que mi suegra todavía me habla.
Mi orgullo casi causa un gran daño ese día. Eso es lo que hace el orgullo: arruina todo lo que toca.
Necesitamos pensar en cómo el orgullo nos arruina para saber por qué debemos intentar darle muerte a diario. A pesar de que identificar los riesgos del orgullo no garantiza que lo matemos con éxito, Dios a menudo usa advertencias para mantenernos a salvo. El mismo Jesús usó a la esposa de Lot (véase Génesis 19) para advertirnos sobre el apego a este mundo.
Podemos pensar que el daño causado por el orgullo se mueve en dos direcciones, vertical y horizontal. Déjame explicarlo: el orgullo arruina nuestra relación con Dios (vertical), y también daña nuestra relación con los demás (horizontal). El daño que causa el orgullo en nuestra relación con Dios es primordial y conduce a todos los daños posteriores que se producen entre nosotros.
C. S. Lewis lo explica así: «El orgullo siempre significa enemistad, es enemistad. No solo enemistad entre los hombres, sino enemistad con Dios».4
Entonces, verticalmente, el orgullo rompe nuestra relación con Dios. ¿Por qué? Porque nos convierte en sus rivales. Si nos estamos poniendo en su lugar, es lógico que nos estamos poniendo en su contra, compitiendo por el estatus que Él posee de forma exclusiva. ¿Cuál es la consecuencia? Dios se nos opondrá.
De hecho, la Biblia nos dice tres veces que «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes».5
¿Por qué Dios se opone a los orgullosos? Porque solo puede haber un Señor del universo soberano, y sin importar lo que me diga el orgullo, yo no soy ese Señor. Dios dice en Isaías 42:8 que no comparte su gloria con otros.
El orgullo nos opone totalmente a Dios. Como resultado, nuestra relación con Él no se ve solamente mancillada o deteriorada por el orgullo: está completamente interrumpida.
Además, si no abordamos el problema del orgullo, sufriremos consecuencias eternas. Si vivimos en constante oposición a Dios, la Biblia dice que cuando muramos, experimentaremos su oposición para siempre.
Es válido hacer una pausa aquí para asimilar seriamente las consecuencias del orgullo. El orgullo nos pone en oposición absoluta a Dios. Significa que nos ponemos contra Él, y, como respuesta a esto, Él se pone contra nosotros.
Como todo pecado, el orgullo no tiene consecuencias solo en la próxima vida, sino también en esta. Si lo pensamos, tiene sentido. Si todos vamos por la vida pensando que somos dioses en miniatura, exigiendo que Dios y los demás nos sirvan, no es de extrañar que cuando nos crucemos con otros que actúan de la misma forma, haya fricción.
No debería sorprendernos que en un mundo lleno de orgullo haya discusiones, disputas, peleas e incluso guerras. El orgullo hace que se rompan relaciones familiares, y también que las naciones declaren la guerra entre sí.
En resumen, el orgullo arruina las cosas.
En la Biblia podemos ver reflejada esta realidad. De hecho, estanos da varios ejemplos de lo destructivo que es el orgullo. Veamos uno del Antiguo Testamento, el rey Nabucodonosor.
El rey Nabucodonosor era rey de Babilonia. Durante su reinado, alcanzó gran poder y gloria. En Daniel 3, lo vemos que manda hacer una estatua a la que toda la tierra debía adorar.
Entonces el heraldo proclamó a voz en cuello: «A ustedes, pueblos, naciones y gente de toda lengua, se les ordena lo siguiente: Tan pronto como escuchen el sonido de trompetas, flautas, cítaras, liras, arpas, zampoñas y todo tipo de música, deberán inclinarse y adorar la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha mandado erigir. Todo el que no se incline ante ella ni la adore será arrojado de inmediato a un horno en llamas» (Dn 3:4-6).
La Biblia no menciona de manera explícita de quién era la estatua, pero sugiere con fuerza que era una imagen del propio Nabucodonosor. La estatua se veía igual a él.
Este es un ejemplo muy claro de mi definición de orgullo: El orgullo es la disposición del corazón a la autoexaltación, en la cual busco ponerme en el lugar de Dios.
Nabucodonosor se exaltaba a sí mismo. Ordenó que toda la tierra se inclinara ante su estatua. Al hacer esto, buscaba atribuirse el mérito y recibir gloria y alabanzas por la grandeza de su reino. Quería ponerse en el lugar que solo Dios merece.
Sin embargo, como ya sabemos, Dios se opone a los orgullosos. En la historia, vemos a Dios intervenir y oponerse a Nabucodonosor: «Él es capaz de humillar a los soberbios» (Dn 4:37).
Eso es lo que sucede en Daniel 4. Dios humilla a Nabucodonosor.
En efecto, todo esto sucedió al rey Nabucodonosor. Doce meses después, mientras daba un paseo por la terraza del palacio real de Babilonia, exclamó: «¿No es esta la gran Babilonia que he construido como capital del reino, con mi enorme poder y para la gloria de mi majestad?». No había terminado de hablar cuando se escuchó una voz que desde el cielo decía: «Este es el decreto en cuanto a ti, rey Nabucodonosor. Tu autoridad real se te ha quitado. Serás apartado de la gente y vivirás entre las bestias del campo; comerás pasto como el ganado. Siete años transcurrirán hasta que reconozcas que el Altísimo es el que domina sobre todos los reinos del mundo y que se los entrega a quien Él quiere». Y al instante se cumplió lo anunciado a Nabucodonosor. Lo separaron de la gente y comió pasto como el ganado. Su cuerpo se empapó con el rocío del cielo; hasta el pelo le creció como plumas y las uñas como garras de águila (Dn 4:28-33).
Vemos que Dios arrebata la cordura de Nabucodonosor. Actúa como un animal y se aleja de aquellos a quienes había ordenado que se inclinaran ante él. En pocas palabras, su vida se desmorona.
Nabucodonosor es una advertencia para nosotros sobre los peligros del orgullo. Puede que no construyamos literalmente una estatua de nosotros mismos y pidamos a los demás que se inclinen ante ella, pero podemos actuar de formas similares, ¿o no? Nosotros también podemos ordenar que se hagan las cosas a nuestra manera, insistir en que tenemos la razón, y forzar a los demás a que nos obedezcan, incluso usando formas sutiles como la manipulación emocional. También podemos buscar quedarnos con el crédito, la gloria y el honor por las cosas en nuestra vida que provienen de la buena mano de Dios. Podemos engañarnos a nosotros mismos y pensar que somos más importantes de lo que realmente somos.
Este pasaje nos advierte que no podemos burlar a Dios. Él no comparte su gloria con otros, y habrá consecuencias si nos negamos a reconocerlo como nuestro Señor. Puede que no perdamos nuestra cordura como Nabucodonosor, pero la Biblia dice claramente que, de alguna manera, cosecharemos lo que sembramos, en esta vida o en la otra. Si vivimos con un orgullo continuo y descontrolado, nos veremos obligados a enfrentar la realidad de que no somos Dios, y esto nos llevará a la ruina.
Eso es exactamente lo que nos enseña el libro de Proverbios.
Proverbios 16:18 dice: «Tras el orgullo viene la destrucción; tras la altanería, el fracaso».
Proverbios 11:12 afirma: «Con el orgullo viene la deshonra; con la humildad, la sabiduría».
Ya sea a través del ejemplo de Nabucodonosor o de la pluma de Salomón, la Biblia nos transmite de forma consistente el mismo mensaje. El orgullo lo arruina todo. Trae destrucción y desgracia.
Parece ser que podemos acatar las advertencias de las Escrituras o enfrentar las consecuencias del orgullo en nuestra vida. Entonces, hagamos una pausa aquí y respondamos algunas preguntas de diagnóstico sobre nuestro corazón para detectar si hay orgullo sin tratar en nuestra vida.
¿Por qué no tomas un bolígrafo y un papel, te alejas de las distracciones y escribes en tu diario una respuesta a estas preguntas? Cuando regreses, comparte tus respuestas con tu mentor o tu pupilo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿En qué áreas de mi vida estoy asumiendo que «sé más» que otros, tal vez incluso más que Dios?
- ¿Busco reconocimiento sobre algo en mi vida como Nabucodonosor, incluso de formas sutiles?
- ¿Puedo alegrarme con quienes se alegran? Si no es así, ¿en qué áreas se me presenta este problema?
- ¿Cómo recibo las críticas? ¿Me pongo a la defensiva cuando alguien señala algo sobre mí?
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Parte II: Las raíces del orgullo
Recientemente, comencé a incursionar en la jardinería, pero mis habilidades aún no «crecen» (¿entiendes el juego de palabras?). El primer desafío que se presentó en mi carrera emergente como jardinero fue distinguir entre una planta y una hierba mala. Desde entonces, ¡esas hierbas no han dejado de atormentarme! ¡Aparecen en todos lados! Al principio, me alegraba poder quitar las partes de las hierbas que podía ver, ya sabes, las que crecen sobre la tierra. Me enorgullecía mi precioso jardín, al menos así fue por un tiempo. El problema fue que, poco después, las hierbas regresaron a buscar venganza.
Cuando compartí mi frustración con un jardinero con más experiencia, sonrió y me explicó que debía cavar y quitar todas las raíces, y solo de esa forma dejarían de crecer. Tenía que llegar a la raíz.
Ese hecho sobre las hierbas malas también aplica a todo tipo de pecado, incluso el orgullo. Necesitamos localizar y quitar la raíz si queremos tener éxito a largo plazo.
Por lo tanto, conociendo la ruina que causa el orgullo, ahora hablaremos sobre su raíz. Al hacer esto, podremos aprender la mejor forma de quitarla por completo.
Comencemos mirando hacia el pasado para ver de dónde viene el orgullo. Podemos observar que tiene raíces muy profundas. De hecho, el orgullo antecede a la humanidad. La Biblia indica que el orgullo comenzó con Satanás, antes de la creación del mundo.
Vemos esto varias veces en la Biblia. Una es en Isaías 14, en donde él escribe:
¡Cómo has caído del cielo,
lucero, hijo de la mañana!
Tú, que sometías a las naciones,
has caído por tierra.
Decías en tu corazón:
«Subiré hasta los cielos.
¡Levantaré mi trono
por encima de las estrellas de Dios!
[…] seré semejante al Altísimo».
¡Pero has sido arrojado a los dominios de la muerte,
a las profundidades del abismo! (Is 14:12-15).
Originalmente, el «lucero» que se menciona aquí hace referencia al rey humano de Babilonia; sin embargo, muchos teólogos y pastores lo entendieron de otra manera. Este fragmento también hace alusión al orgullo de Satanás y a su caída.
En un principio, Satanás era un ángel hermoso y radiante que reflejaba la gloria de Dios. Al parecer, tuvo envidia y deseó tener él mismo la gloria que solo Dios posee. Satanás deseó el trono que pertenecía a Dios y, en su orgullo, cayó.
Si ese fue el primer suceso de orgullo en la historia, no es de extrañar que en el capítulo 3 de la Biblia podamos hallarlo otra vez, presentándose de manera catastrófica. En Génesis 3, vemos que el Satanás caído tienta a Eva para que coma la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal. Veamos la historia en Génesis 3:1-7:
La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Dios el Señor había hecho, así que preguntó a la mujer: —¿Conque Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín? —Podemos comer del fruto de todos los árboles —respondió la mujer—. Pero en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: «No coman de ese árbol ni lo toquen; de lo contrario, morirán». Pero la serpiente dijo a la mujer: —¡No es cierto, no van a morir! Dios sabe muy bien que cuando coman de ese árbol se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal. La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que era atractivo a la vista y era deseable para adquirir sabiduría; así que tomó de su fruto y comió. Luego dio a su esposo, que estaba con ella, y él también comió. En ese momento los ojos de ambos fueron abiertos y tomaron conciencia de su desnudez. Por eso, para cubrirse entretejieron hojas de higuera (Génesis 3:1-7).
Dios, en su abundante generosidad, permitió que Adán y Eva comieran de todos los árboles del jardín, excepto uno. Podían disfrutar todo lo que quisieran, deleitándose con la abundancia de la bondad de Dios. Incluso la restricción de no comer la fruta de un árbol en particular era un acto de bondad. La restricción les recordaba a Adán y a Eva que no eran dioses. Eran personas bajo la autoridad de Dios.
Y sin embargo, Satanás apareció para tentarlos y convencerlos de comer la fruta prohibida. ¿Su táctica? Apelar al mismo orgullo que causó su caída.
Las mentiras descaradas y las astutas verdades a medias de Satanás engañaron al corazón de Eva ese día. Satanás distorsionó la palabra de Dios y plantó las semillas de la duda en la cabeza de Eva. Fue entonces cuando ella comenzó a dejar de creerle a Dios y lo desobedeció, sucumbiendo ante la tentación. Adán y ella comieron la fruta.
Adán y Eva querían ser como Dios. Pensaron que comer la fruta significaría que de alguna forma serían iguales a Él.
El pecado del orgullo, responsable de la caída de Satanás, ahora había infectado los corazones y las mentes de Adán y Eva. Desde ese momento, en poco tiempo el orgullo se extendió por todo el mundo como una infección. Ya sea en las respuestas orgullosas de Adán y Eva a las preguntas de Dios (¡no fue mi culpa!) o en la construcción de la torre de Babel en un intento de alcanzar el cielo, el orgullo se extendió rápidamente como si fuese un virus, causando un daño incalculable a todos los seres humanos.
Desde ese entonces, el pecado del orgullo ha estado en el corazón de todos los que alguna vez han vivido. El mismo orgullo que habitaba en los corazones de Adán y Eva vive en nosotros, en mi corazón y en el tuyo. Ese es el punto que plantea Jesús en Marcos 7. Observa lo que dice:
Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona (Marcos 7:21-23).
Las palabras de Jesús aquí son muy importantes porque es fundamental que entendamos exactamente de dónde proviene el orgullo si vamos a abordarlo de forma adecuada. Al igual que con las hierbas de mi jardín, necesitamos llegar a la raíz del orgullo si queremos eliminarlo de nuestra vida. Debemos comprender que el orgullo está en nuestro corazón, que es el hogar de nuestros deseos, nuestros afectos y nuestro razonamiento.
Necesitamos entender que cualquier remedio que no trate directamente el corazón no bastará para alcanzar una solución a largo plazo. Puede funcionar por una hora o por un día como mucho, pero si no ataca la raíz, el orgullo continuará asomando su fea cabeza con sed de venganza.
Hablaremos más del remedio para el orgullo en la próxima sección, pero por ahora quiero que comprendamos de dónde viene este pecado, cuál es su raíz.
Además, quiero que entendamos que lo que todos necesitamos a fin de cuentas son corazones nuevos. Necesitamos un corazón que produzca frutos buenos que den vida, no frutos venenosos y pecaminosos.
La alentadora verdad es que Dios, en Jesús, se ocupa de darles nuevos corazones a las personas. Es capaz de cambiarnos para que dejemos de buscar nuestra propia gloria y estatus y busquemos la gloria de Dios y el servicio a los demás. De hecho, Él promete que hará esto en el Antiguo Testamento. Esto es lo que profetizó Ezequiel:
Los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los pueblos y los haré regresar a su propia tierra. Los rociaré con agua pura, y quedarán purificados. Los limpiaré de todas sus impurezas e idolatrías. Les daré un nuevo corazón y derramaré un espíritu nuevo entre ustedes; quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes y haré que sigan mis estatutos y obedezcan mis leyes (Ezequiel 36:24-27).
Ezequiel nos enseña que el mismo Dios puede y quiere erradicar el orgullo de nuestra vida. Nos muestra que solo Dios puede y quiere darnos nuevos corazones, corazones que busquen honrarlo y seguirlo.
Pero, ¿cómo obtenemos este corazón? Y, ¿por qué, luego de convertirnos en cristianos, seguimos luchando contra el orgullo?
Vayamos a nuestro último capítulo para responder estas preguntas y conocer cómo podemos cultivar la humildad en nuestra vida.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué esfuerzos haces para intentar «quitar las hierbas del orgullo» en tu vida? ¿Usas métodos superficiales o métodos que tratan el corazón?
- ¿De qué manera el reconocer el origen espiritual del pecado profundiza tu urgencia por abordarlo?
- ¿De qué formas ves que el orgullo influencia tu manera de ver o tratar a los demás?
- Ora para que Dios abra tus ojos y así poder ver al orgullo presente en áreas que no reconoces actualmente.
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Parte III: El remedio para el orgullo
En esta parte final, aprenderemos sobre maneras en las que podemos alejarnos del orgullo. Primero, veremos cómo solo Jesús nos puede dar un corazón nuevo, uno que le agrade. Luego, consideraremos cuatro maneras en las que podemos, con la ayuda de Dios, combatir al orgullo en nuestra vida.
Donde el orgullo va a morir
En la sección anterior, vimos que el orgullo viene desde adentro, desde nuestro corazón. Por lo tanto, aprendimos que necesitamos corazones nuevos si vamos a vencer al orgullo en última instancia.
Alabado sea Dios, ya que Jesús vino a la tierra a brindarnos eso. Pablo escribe en 2 Corintios: «Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!» (2 Co 5:17).
Solo Jesús puede renovarnos espiritualmente. Solo Él puede cumplir la promesa de Ezequiel y darnos nuevos corazones, que no busquen nuestra propia gloria, sino que deseen vivir para Dios en todas las cosas.
Pero, ¿cómo lo hace?
Bueno, de la misma manera en la que el problema del orgullo es ocupar nosotros el lugar de Dios, la solución a esto también es una sustitución. Esta vez, debemos poner a Dios en el lugar en que nos pusimos nosotros.
Jesús es la única persona que ha vivido una vida completamente libre de orgullo. A pesar de que tenía todas las razones para ser orgulloso (¡es Dios encarnado!), nunca pecó ni con sus pensamientos, ni con sus palabras, ni con sus actos.
De hecho, a pesar de que antes de su existencia terrenal gozaba de las alabanzas del cielo y la adoración de los ángeles, se dispuso a humillarse a sí mismo al tomar nuestra humanidad. El divino Hijo de Dios se revistió de carne y nació, no en un palacio ni rodeado de esplendor, sino en un pesebre escondido en una cueva de Belén.
Cuando lees sobre su vida en los Evangelios, puedes ver que Jesús vivió una vida humilde. No tuvo una vida de lujos ni exhibió su gloria con pompa y boato, sino que se dedicó con humildad a amar y servir a otros. Se entregó en servicio hasta la muerte.
El mismo Jesús dijo: «Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10:45).
Jesús vino y se humilló hasta la muerte, a pesar de ser la única persona de la historia de la humanidad que no merecía morir. Pero como lo dijo Él, su muerte tenía un propósito. Verás, la muerte de Jesús no fue el final trágico de un maestro de buena moral. No, Jesús vino a morir por un motivo; su muerte tenía un propósito.
La muerte de Jesús fue una sustitución. Él murió en el lugar de otros, para rescatar a otros. Con su muerte, Jesús pagó el castigo que merecen los pecadores.
Jesús hizo esto para que podamos intercambiar lo que nos corresponde por derecho (la ira de Dios por nuestro pecado) por lo que le corresponde a Él por derecho (una relación perfecta con Dios que nace de un corazón limpio). Jesús murió para hacer el intercambio más grande de todos los tiempos: nuestro pecado por la perfección de Jesús.
Jesús, en su humildad, se puso en el lugar de las personas orgullosas e idólatras. Gracias a su sufrimiento, no solo somos perdonados sino también justificados.
Es fundamental que podamos comprender este mensaje y responder personalmente. De hecho, nada más en este capítulo será efectivo (al menos a largo plazo) si no tenemos esta verdad como fundamento en nuestra vida.
Entonces, para repasar: la solución al orgullo, que se da cuando nos ponemos en lugar de Dios, es que Jesús se puso en nuestro lugar con humildad.
Aun así, incluso si hace poco tiempo que eres cristiano, puedes ver que el pecado sigue existiendo, también el orgullo. Los cristianos aún luchan contra esto porque el orgullo es escurridizo y terco.
A pesar de que Jesús hizo todo lo necesario para que nuestros pecados fueron perdonados, de este lado del cielo aún debemos trabajar para acabar con ellos en nuestra vida todos los días. Como cristianos, se nos llama a hacer morir todo lo que es propio de nuestra naturaleza terrenal (Col 3:5). También, a llevar a cabo nuestra salvación «con temor y temblor» (Flp 2:12).
Sí, fuimos salvos. Fuimos perdonados como cristianos por todos nuestros pecados. ¡Alabado sea Dios! Aun así, eso no significa que podamos ser pasivos en nuestra vida cristiana. No, hay trabajo por hacer. Debemos pelear contra el orgullo por la gracia de Dios.
Así que, en la práctica, ¿cómo podemos hacer morir nuestro orgullo? ¿Cómo podemos trazar un camino en nuestra vida que nos mantenga alejado de él?
Estas son cuatro maneras en las que podemos alejarnos del orgullo y cultivar una vida de humildad:
1. Mira hacia arriba, no hacia abajo.
En primer lugar, una vida de creciente humildad se cultiva a medida que enfocamos nuestra mirada en Dios. En otras palabras, debemos mirar hacia arriba, no hacia abajo. C. S. Lewis dijo: «Un hombre orgulloso siempre mira hacia abajo a las personas y a las cosas. Por supuesto, mientras estás mirando hacia abajo, no puedes ver lo que hay sobre ti».6
Claramente, esto no es literal. Sería extraño y algo peligroso mirar solo hacia el cielo y no al suelo. Lo que quiere decir es que deberíamos mantener los ojos de nuestro corazón enfocados más en Dios que en lo que nos rodea.
Verás, nuestros pensamientos y afectos deberían estar dirigidos a Él. Al hacer esto, los pensamientos y alabanzas del hombre se vuelven extrañamente tenues a la luz de su gloria y su gracia.7
Volviendo a Nabucodonosor, vemos en Daniel 4 que su vida fue restaurada cuando alzó su vista al cielo y reconoció que solo Dios es soberano.
Observa lo que dice Nabucodonosor al final de Daniel 4:
Pasado ese tiempo yo, Nabucodonosor, elevé los ojos al cielo y recobré el juicio. Entonces alabé al Altísimo; honré y glorifiqué al que vive para siempre: Su dominio es eterno; su reino permanece para siempre. Ninguno de los pueblos de la tierra merece ser tomado en cuenta. Dios hace lo que quiere con los poderes celestiales y con los pueblos de la tierra. No hay quien se oponga a su poder ni quien le pida cuentas de sus actos (Dn 4:34-35).
Cuando Nabucodonosor se observó a sí mismo y miró a los demás con desdén, su corazón se infló de orgullo, lo que eventualmente causó su destrucción. Pero cuando alzó su mirada hacia Dios y se enfocó en su gloria y su grandeza, recobró la razón y su reino fue restaurado.
Nuevamente, Nabucodonosor es un ejemplo para nosotros.
La clave aquí es estar tan cautivados por la grandeza de Dios que no haya lugar para el orgullo en nuestra vida. Debemos levantar la mirada para reconocer su grandeza, de modo que no haya lugar para que creamos, equívocamente, que somos Dios.
Realmente me doy cuenta de que cuando mi corazón está más cautivado por la grandeza y la gloria de Dios, tengo menos temor de los demás y me veo menos tentado a actuar de manera orgullosa.
¿Qué significa esto para nosotros en la práctica?
Simplemente quiere decir pasar más tiempo con el Señor para leer y meditar sobre su gloria, ver la gloria de Dios en su Palabra y poner los ojos en Él. Mientras observamos la majestad de Dios, su poder y su gloria, nos vemos menos inclinados a pedirle a los demás que nos sirvan y nos alaben. A medida que somos cautivados por su grandeza, es menos probable que seamos engañados y pensemos que somos iguales a Él.
Hay muchos fragmentos en la Biblia sobre los que podemos meditar para enfocarnos en la gloria de Dios y mantener nuestra mirada fija en Él.
¿Por qué no te tomas un momento para leer y meditar sobre Isaías 40, Job 38 y 39 o el salmo 8? Aún mejor, ¿por qué no memorizas partes de esos fragmentos para llevar contigo recordatorios de la gloria de Dios a lo largo del día?
Cuando te enfoques en estos versículos y capítulos, ora para que tus ojos se mantengan continuamente abiertos a la grandeza de Dios. Pide a Dios que te revele más de sí mismo y su grandeza a través de su Palabra.
2. Confiesa tus pecados.
En segundo lugar, para vencer al pecado en nuestra vida debemos confesarnos nuestros pecados los unos a los otros. Santiago 5:16 dice: «Confiésense unos a otros sus pecados y oren unos por otros, para que sean sanados».
Dios nos ordena esto no porque quiere que se nos recuerde todo el tiempo nuestros pecados, sino porque, si los confesamos, conoceremos cada vez más su perdón (1 Jn 1). Además de conocer el perdón de Dios, confesarnos regularmente nos ayuda a crecer en la humildad.
Las personas orgullosas rara vez confiesan sus pecados. Suelen culpar a los demás por sus errores.
Confesar nuestros pecados es clave para aceptar la verdad de que no somos Dios —no somos soberanos— ni merecemos ser alabados y servidos, porque nos equivocamos. Confesar nuestros pecados es admitir ante Dios y los demás que aún somos obras en construcción. En lugar de pedirle a los demás que se inclinen ante nosotros, en la confesión nos inclinamos ante el Señor con humildad.
Confesar nuestros pecados a los demás también implica que podemos dejar de actuar como si lo tuviésemos todo resuelto. Podemos quitarnos la máscara con la que pretendemos ser mejores de lo que somos. Al confesarnos, podemos recibir y experimentar la gracia de Dios por nuestro pecado.
Recordar el evangelio a menudo es un excelente antídoto contra el orgullo. Como señala Milton Vincent en su gran libro A Gospel Primer (Manual del Evangelio para cristianos), ¡el hecho de que el hijo de Dios haya tenido que morir por mis pecados no me hace quedar bien! Es humillante pensar que Jesús tuvo que morir para lidiar con mi pecado. Vemos que la cruz proclama al mundo la gravedad de mi pecado, pero también proclama mi perdón. Estoy a salvo de tener que fingir que soy mejor de lo que realmente soy.
Una buena pregunta aquí es: ¿Tienes una relación espiritual importante dentro de tu iglesia? ¿Alguien a quien puedas confesar tus pecados y que te recuerde regularmente la gracia de Dios?
No necesitas confesar tus pecados a todos, pero, ¿estás confesándoselos a alguien?
Recuerda que nuestra confesión debería ser honesta y específica. Eso también nos ayuda a crecer en humildad. En lugar de encubrir nuestro pecado usando generalizaciones o minimizándolo, podemos confesarlo de forma abierta y honesta, sabiendo que está todo expiado por la sangre de Jesús.
Amigo mío, el orgullo prospera en la soledad. Confesar nuestros pecados abiertamente nos ayuda a cultivar la humildad, ya que los asumimos y recordamos la gracia de Dios.
Si no tienes a nadie con quien hacer esto, ora para encontrar a alguien en tu iglesia. Incluso puedes acercarte a uno de tus pastores y preguntarle si conoce a alguien con quien puedas reunirte regularmente para confesar tus pecados, leer las Escrituras y alentarse el uno al otro.
3. Reflexiona sobre la humildad de Jesús.
A continuación, para evitar el orgullo, podemos reflexionar sobre la humildad de Jesús.
Dicen que las personas capacitadas para identificar dinero falsificado no pierden su tiempo estudiando billetes falsos. No piensan en las diferentes variantes de dinero falsificado. Por el contrario, se dedican a estudiar los billetes verdaderos. Si conocen el objeto genuino y auténtico, serán los mejores para detectar todo tipo de fraude.
Creo que la misma dinámica se aplica aquí. Podríamos pasarnos analizando los distintos tipos de orgullo. Y hay algo de mérito en eso, sin duda. Sin embargo, para cultivar la humildad, no hay nada mejor que estudiar al auténtico modelo: Jesús. Él es el único que fue genuina y auténticamente humilde por encima de todos los demás.
Sí, Jesús es nuestro salvador. Él puede darnos corazones nuevos. También es nuestro ejemplo y debemos seguirlo.
Pedro dice lo siguiente en cuanto a imitar a Cristo:
Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes y les ha dado ejemplo para que sigan sus pasos. «Él no cometió ningún pecado ni hubo engaño en su boca» (1 P 2:21-22).
Pablo nos dice en Filipenses 2 que debemos tener la misma mentalidad que Jesús, específicamente en cuanto a su humildad:
Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable,llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 2:2-11).
Jesús es nuestro salvador y nuestro ejemplo. Nos brinda un ejemplo de humildad a seguir. En su vida, muerte y resurrección, nos ha mostrado cómo luce una vida de verdadera humildad.
Entonces, ¿cómo podemos reflexionar sobre la humildad de Jesús?
Una forma efectiva de hacerlo es leer los relatos en los Evangelios y, a medida que lo hagas, pensar en cómo Jesús muestra su gran humildad. Considera cómo trata a quienes lo rodean de forma amable y paciente; cómo les dedica atención y tiempo a los marginados y a los excluidos de la sociedad; cómo relegó sus deseos de descanso y soledad para servir a otros, cómo lidia pacientemente con los discípulos, en lugar de hablarles con dureza.
Estudia a Jesús y su humildad. Ora para que, a medida que lo hagas, tu vida refleje cada vez más la de tu Salvador. Ora para que cuando leas, Dios te haga más parecido a Cristo. Ora con las palabras de este gran himno de Kate Wilkinson:
Que la mente de Cristo, mi Salvador
viva en mí día tras día,
controlado con su amor y su poder
todo lo que hago y digo.
4. Sirve a los demás en silencio
Por último, una forma de cultivar la humildad y alejarse del orgullo es ser intencional al servir a otros, y hacerlo de manera silenciosa o «tras bambalinas».
Recientemente, los estudiantes en nuestra iglesia me enseñaron un acrónimo que se utiliza en el Reino Unido: BNOC. Significa «Big Name on Campus» (figura destacada del campus). Básicamente, hay ciertos estudiantes en el campus a los que todos conocen. Son deportistas y también populares en la escena social. Si te categorizan como BNOC, significa que prácticamente alcanzaste la gloria.
Sin embargo, esa conversación con mis estudiantes me hizo pensar en un acrónimo diferente: BNIH, «Big Name in Heaven» (figura destacada en el cielo). Creo que hay personas que no son conocidas en este mundo, pero de las que todos hablan en el cielo. Puede que sean menospreciadas por las personas populares de esta vida, pero sirven al Señor con fidelidad.
Déjame contarte sobre Ed, quien fue miembro de nuestra iglesia durante 60 años. Desde una perspectiva terrenal, Ed no era una persona destacada. Era un hombre callado y modesto.
Semana tras semana, se paraba afuera de la iglesia e invitaba a las personas que pasaban por la calle al servicio. A menudo se ofrecía como voluntario para realizar tareas en la iglesia que nadie más quería hacer, sirviendo con fidelidad de una manera muy discreta. Creo que Ed es una BNIH (figura destacada en el cielo), alguien a quien tal vez no se le de mucha importancia en este mundo, pero a quien el cielo aplaude con entusiasmo.
Nuevamente, somos llamados a servir al Señor porque Él lo vale. Sin embargo, cuando somos intencionales al servir a otros, cultivamos nuestra humildad. En lugar de exaltarnos a nosotros mismos y demandar ser servidos, a medida que buscamos intencionalmente servir a otros (aunque no siempre lo hagamos de corazón), nos recordamos que no somos el centro del mundo. Recordamos a los demás y entrenamos nuestro corazón para que busque servirlos y cuidarlos.
Es bueno hacer un balance aquí y pensar qué tanto estás sirviendo a los demás. ¿Hay formas en las que puedas buscar servir en tu iglesia, específicamente de manera silenciosa?
Tal vez puedas servir en la guardería u ofrecerte para limpiar los baños. Tal vez puedas pensar en cómo bendecir a una familia o a una persona que sabes que está pasando por un mal momento. Dar nuestro tiempo y nuestros recursos para servir a otros es una gran manera de crecer en la humildad.
En verdad, hay algo muy bonito en servir a los demás: saber que tu Padre en el cielo es el único que puede verlo, y que Él está sonriendo.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cómo puedes llenar más los ojos de tu corazón con la gloria de Dios?
- ¿Tienes a alguien en tu iglesia a quien puedas confesar tus pecados? De no ser así, ora para que el Señor te brinde una relación así con alguna persona.
- Piensa en 3 maneras en las que puedes servir a alguien en tu iglesia «tras bambalinas» esta semana.
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Conclusión
A medida que nos acercamos al final de esta guía de campo, oro para que tu corazón haya sido tocado, no solo con información sobre el orgullo y la humildad, sino también con el deseo de ser transformado por el Único que hace todas las cosas nuevas.
El orgullo es sutil, persistente y engañoso, pero, alabado sea Dios, porque no es más fuerte que su gracia. Amigo, Jesús vino a morir por los soberbios. Vino a rescatarnos de nuestra autosuficiencia, nuestra autoglorificación y nuestra autodependencia.
Espero que hayas visto que evitar el orgullo no se trata solo de cambiar tu conducta externa, sino de dejar que obre en ti el poder transformador de Jesucristo. En primer lugar, nos da un corazón nuevo a través del arrepentimiento y de la fe, y luego nos ayuda en nuestra búsqueda intencional de quitar de raíz todo lo que se opone a Él en nuestra vida. Él ha prometido completar la obra que comenzó en nosotros hasta que no quede más orgullo.
Vimos cómo Cristo se humilló a sí mismo y luego fue exaltado. Ese mismo patrón aplica a quienes se humillen a sí mismos bajo la mano poderosa de Dios. El orgullo, al igual que la humildad, tiene consecuencias terrenales y eternas.
Quienes son humildes en esta vida brillan al exaltar a Dios y reflejarlo. No solo en esta vida vemos las consecuencias de la humildad. La promesa que nos hace Dios en su Palabra es que los humildes serán exaltados cuando sea el momento (St 4:10). La humildad da gloria a Dios, y, como consecuencia, recibimos gloria eterna de Él.
Este es el camino que se nos invita a recorrer, el camino de la bendición y la alegría.
Creo que es adecuado terminar esta guía con una oración de otro rey, el rey David. En 1 Crónicas 29, nos encontramos al final del reinado de David. El pueblo se había ofrecido a contribuir con la construcción del templo. En ese momento, David podría haber sido tentado a ser orgulloso, pero reconoció que todos los recursos y la buena voluntad para construir el templo venían de Dios, no de sí mismo ni del pueblo.
En esta oración, David destaca que todo pertenece a Dios y que las ofrendas de la gente simplemente le devuelven a Él lo que ya es suyo. Leamos las últimas palabras de David:
Entonces David bendijo así al Señor en presencia de toda la asamblea: «¡Bendito seas, Señor, Dios de nuestro padre Israel, desde siempre y para siempre! Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, la victoria y la majestad. Tuyo es todo cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tuyo también es el reino y estás por encima de todo. De ti proceden la riqueza y el honor; tú lo gobiernas todo. En tus manos están la fuerza y el poder; y eres tú quien engrandece y fortalece a todos. Por eso, Dios nuestro, te damos gracias y a tu glorioso nombre tributamos alabanzas» (1 Cr 29:10-13).
Notas finales
- https://www.snopes.com/fact-check/the-obstinate-lighthouse/
- Agustín de Hipona: Confesiones.
- C. S. Lewis: Mero cristianismo.
- C. S. Lewis: Mero cristianismo.
- Proverbios 3:34, Santiago 4:6, 1 Pedro 5:5.
- C. S. Lewis: Mero cristianismo.
- Helen H. Lemmel: «Fija tus ojos en Cristo» (trad. Carlos Steger).
Acerca del autor
Jamie Southcombe es pastor en Grace Church en Guildford, Inglaterra, donde vive con su esposa Gracie y sus cuatro hijos.
Tabla de contenido
- Parte I: La ruina del orgullo
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Las raíces del orgullo
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: El remedio para el orgullo
- 1. Mira hacia arriba, no hacia abajo.
- 2. Confiesa tus pecados.
- 3. Reflexiona sobre la humildad de Jesús.
- 4. Sirve a los demás en silencio
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Notas finales
- Acerca del autor