#52 Confiar en Dios en las crisis: La fe cuando la vida se desmorona
Introducción
El 3 de febrero de 2025, alrededor de las 6:39 a. m., mi padre me llamó. Él nunca me llama a esa hora. El teléfono comenzó a vibrar sobre mi mesita de luz; lo busqué a tientas, y se me cayó al suelo. Sacando las piernas de la cama, me estiré y alcancé mi teléfono antes de que contestara el buzón de voz. «Hola, papá» —dije— aún algo aturdido. «Tay, lamento decirte esto, pero la abuela falleció esta mañana».
No podía creerlo. De verdad, no podía. La muerte no sucede así, ¿verdad? Se supone que recibes alguna advertencia previa. Se supone que tienes tiempo para prepararte para una nueva realidad. En mi caso, mi abuela era mi heroína. Me enseñó a amar la Palabra de Dios. Me enseñó sobre el poder de las historias. Me enseñó a escuchar, amar, y reír. Mi abuela era simplemente la mejor, y le debo mucho de lo que soy hoy. Y ya han pasado seis meses desde que partió…
¿Cuántas veces en la vida sentimos que todo se desmorona? Si miras hacia atrás, en el transcurso de tu propia existencia, ¿cuántas veces te has sentido así? En mi caso, creo que recuerdo unas nueve. Por supuesto que no todas esas veces fueron igual de graves. La pregunta no es en cuántas ocasiones la vida se ha desmoronado, sino en cuántas ocasiones se ha sentido así. Entonces, fueron nueve veces para mí; la novena fue con el fallecimiento de mi abuela. ¿Cuántas veces te sucedió a ti?
Hubo una vez en la que mi pastor y yo estábamos en un viaje ministerial. Una noche, después de la cena, me sugirió que jugáramos un juego basado en nuestra historia familiar. Cada ronda representaba un incremento de cinco años, y en cada una teníamos que compartir todo lo que sabíamos sobre la vida de nuestros abuelos. La noche siguiente, jugamos al mismo juego, pero esta vez contando la vida de nuestros padres. Aprendí que mi abuelo y mi papá sufrieron muchas pérdidas durante sus vidas. También aprendí que esas pérdidas parecían volverse más frecuentes a medida que envejecían. Es algo que tiene la vida en este mundo: cuanto más se prolonga, más requiere de ti.
Pagas con tu corazón. Fallecen familiares que amas. Las oportunidades que querías se le presentan a otra persona. Cosas que nunca quisiste experimentar te suceden a ti o a alguien que amas. La vida en este mundo duele. Se siente como si todo se desmoronase. Y a ti, ¿cuántas veces te pasó? La realidad es la siguiente: sin importar cuántas veces te haya sucedido, ese número seguirá aumentando a lo largo de tu vida. Recibirás una llamada, un diagnóstico o una notificación, y se sentirá como si todo el aire de la habitación se desvaneciera; como si todo lo bueno del mundo se volviera malo; como si la luz del sol se oscureciera ¿Qué harás entonces?
La respuesta a esa pregunta es el fundamento de esta guía. En The Mentoring Project, queremos crear guías prácticas respaldadas por principios bíblicos para muchos de los momentos de la vida que enfrentarás, y muchas de las habilidades que necesitarás para esto. Aun así, en una guía sobre el sufrimiento, quiero advertirte que, sin importar lo que diga sobre cómo afrontar el dolor, todo se quedará corto si no conoces a Dios y al papel que Él desempeña en la mayoría de las experiencias dolorosas de la vida. Así que, a medida que recorras esta guía con tu mentor o tu pupilo, sí, haz preguntas sobre qué hacer y cómo responder al sufrimiento, pero, aún más importante, haz preguntas sobre quién es tu Dios y qué te ha prometido en Jesús. Las respuestas a estas últimas dos preguntas serán mucho más fructíferas que cualquier respuesta que te pueda dar a las primeras. Todas las respuestas estarán conectadas entre sí, y se presentarán en las cuatro partes de esta guía. Oro para que te sean útiles en tu sufrimiento actual o que te preparen para tu sufrimiento futuro.
Entonces, ¿qué hacemos cuando la vida se desmorona?
Audioguía
Audio#52 Confiar en Dios en las crisis: La fe cuando la vida se desmorona
Parte I: El lamento ante Dios
1. ¿Qué es el lamento?
«Lamento» no es una palabra que se utilice mucho hoy en día. De hecho, creo que la mayoría no sabe qué es el lamento. Creo que, en el mejor de los casos, las personas saben con qué emoción se relaciona más el lamento, es decir, con la tristeza. Sin embargo, el lamento no es solo una emoción sino una acción. El lamento expresa y ordena el duelo y la tristeza. Verbaliza y organiza el malestar emocional y el dolor. Hay que admitir que esa es una definición algo abstracta del lamento. Después de todo, cuando estás en un momento de mucha angustia, rara vez sientes que estás ordenando u organizando algo, mucho menos lo que te está causando malestar.
El tipo de orden del que estamos hablando no tiene que ver con el que haces con tu armario, tu alacena o tu caja de herramientas cuando estos se ven desordenados —al menos no exactamente ese tipo de orden. No estoy diciendo que para lamentarte debas clasificar todos los factores contribuyentes y analizarlos en orden de prioridad. Por el contrario, en el lamento, el orden se da cuando salimos de ahí. Sucede cuando te conectas con tu duelo y lo dejas salir con palabras, diciendo en voz alta qué está pasando y cómo eso te hace sentir.
Ahora, lo que puedas decir varía mucho según la gravedad o el tipo de duelo que estés experimentado. ¿Alguna vez has sufrido una pérdida o sentido una tristeza tan grande que parecía que todo lo que podías hacer era llorar en lugar de hablar? Yo sí. Otras veces, el lamento tiene que ver con decir todo lo que se pueda decir. Esto es lo que haces cuando llenas páginas y páginas en tu diario hablando de la tristeza que sientes. Es lo que sucede cuando estás viajando por la carretera, cuando son solo tú y el parabrisas por horas, y aun así, no tienes el tiempo suficiente para dejar salir todo.
En el lamento, el orden se da cuando salimos de ahí porque soltamos el dolor por medio de las palabras. El orden también se da a través de la dirección. Con esto quiero decir que el lamento suele estar acompañado de un deseo expreso de que las cosas pudiesen mejorar: «Ojalá esto nunca hubiese pasado», «Desearía poder tenerlo de nuevo», «Quisiera ser diferente». Creo que todos hemos hecho este tipo de afirmaciones alguna vez. Lamentamos lo que es y lo que no es, y deseamos que las cosas fueran distintas. Nadie nos tuvo que enseñar a hacer eso; es algo natural. No debemos recordar lamentarnos; simplemente lo hacemos cuando surge un problema.
2. ¿Por qué es útil el lamento?
Uno de los ejemplos más pertinentes de lamento en la Biblia está en el libro de Job. Si llevas un tiempo en la Iglesia, probablemente hayas oído de Job. En los primeros dos capítulos del libro de Job, aprendemos que era un hombre muy rico con una gran familia. Aún más importante, Job era íntegro ante Dios. Confiaba en Él y buscaba servirlo en todo lo que hacía. Sorpresivamente, fue el carácter de Job lo que hizo que sufriera una pérdida inimaginable. Por obra de Satanás, Dios permitió que a Job se le quitara todo para probar que este no sería capaz de maldecir a Dios. En la prueba, perdió su tierra y sus posesiones. Aún peor, perdió a sus hijos a causa de un fuerte viento que derrumbó una casa sobre ellos. Satanás incluso puedo atentar contra el cuerpo de Job, cubriéndolo de dolorosas úlceras de la cabeza a los pies. Si alguien podía decir que su vida se había desmoronado, ese era Job.
¿Cuál fue la respuesta de Job ante pérdidas de tal magnitud? Se sentó en silencio en el suelo durante siete días y siete noches, mientras sus amigos lo miraban sin saber qué hacer para calmar su dolor (Job 2:13). Tras sufrir una semana en silencio, Job habló, pronunciando un lamento escalofriante. Sus primeras palabras fueron: «Que perezca el día en que yo nací y la noche en que se anunció: “¡Un niño ha sido concebido!”» (Job 3:3). Luego, en el mismo soliloquio, se preguntó: «¿Por qué no perecí al momento de nacer? ¿Por qué no morí cuando salí del vientre?» (Job 3:11). Y, nuevamente, Job preguntó: «¿Por qué permite Dios que los sufridos vean la luz? ¿Por qué se les da vida a los amargados? Anhelan estos una muerte que no llega […]» (Job 3:20-21a).
Para Job, haber muerto al nacer hubiera sido mejor que vivir una larga vida, porque así habría evitado el sufrimiento. No es que en general la muerte sea mejor que la vida, pero Job pensaba que la muerte era preferible a su vida actual, que se había vuelto insoportable. Podríamos decir mucho sobre Dios, el sufrimiento y Job, pero por ahora, enfoquémonos en lo que nos enseña el lamento de Job sobre el lamento en general.
El ejemplo de Job nos ayuda a ver el lamento como un buen primer paso para responder cuando la vida se desmorona. El sufrimiento genera desorientación y caos. Sin importar que tanto intentemos poner nuestros sentimientos en palabras, hay veces en las que las palabras son insuficientes. De igual modo, estas nos ayudan a comenzar a procesar, entender o al menos aceptar la situación. En el caso de Job, le tomó una semana de silencio llegar al punto en el que pudo decir algo, y lo que dijo no fue demasiado racional. Lee el capítulo 3 de Job. ¡Él deseó que todo el orden natural se hubiese alterado e impedido su nacimiento! El lamento no siempre tiene que ser racional, porque no es el último paso del proceso, sino el primero. A medida que hagas tu duelo y respondas a tu dolor, no querrás estar en un estado de lamento permanente. Por el contrario, querrás aceptar en última instancia lo que te ha sucedido, confiar en la providencia del Señor en medio de ello, y ayudar a otros a seguir a Jesús a partir de lo que hayas aprendido de tu sufrimiento. El lamento nos lleva a todas estas cosas.
El mundo ofrece muchas alternativas al lamento honesto. Está el método de reprimir los sentimientos, según el cual si ignoramos el dolor, en última instancia este desaparecerá. Sin embargo, el tiempo no cura todas las heridas, y, definitivamente, no cura todas las heridas de forma adecuada. De la misma manera en la que un hueso roto mal curado puede causar renguera, reprimir tu dolor causará problemas perpetuos en tu vida y en tu camino con el Señor.
Otra alternativa al lamento es el método de distraerte, según el cual si simplemente te concentras en otros placeres o te llenas de trabajo, el duelo se verá ahogado y desaparecerá. Hay una larga lista de problemas asociados con este enfoque. El duelo a menudo actúa como un asaltante, listo para atacar sin previo aviso. Para defenderte de esto, muy a menudo buscas distraerte más y más, hasta que tu distracción finalmente se vuelve en tu contra. Solo puedes dedicarte a las drogas, el sexo, las apuestas, las compras compulsivas, el exceso de trabajo o cualquier otra distracción por un tiempo limitado antes de verte atrapado entre ellas y tu dolor. Solo uno ganará.
No reprimas tu dolor. No intentes distraerte hasta que desaparezca. En cambio, laméntate.
3. ¿Cómo percibe Dios nuestro lamento?
Amigos míos, Dios nos invita a que le presentemos nuestros lamentos a Él. Nuestro lamento por nuestro dolor y el sufrimiento que lo rodea no lo intimidan ni lo enojan. En cambio, Él nos recibe como un buen padre recibe a su hijo lastimado. Una de las enseñanzas más dulces de Jesús es: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso» (Mt 11:28). En cierto sentido, el lamento está incluido en su invitación a «venir» a Él. ¿Tienes cargas y penas que parecen muy pesadas de llevar? Deberías acercarte a Jesús. Él no te decepcionará ni te rechazará. Por el contrario, te dará calma.
Desafortunadamente, muchos cristianos tienen la impresión de que Dios desprecia el lamento. Pero la Biblia tiene muchos ejemplos de lamento, ¡hay todo un libro llamado «Lamentaciones»! Solo observa el libro de Salmos. Casi la mitad de ellos (alrededor de 65) tratan de lamentos ante Dios.
Creo que hay dos razones por la que esto sucede: una es personal y la otra es colectiva. Personalmente, los cristianos pueden pensar que confiar en el Señor no es compatible con lamentarse por su dolor. «Si el Señor gobierna cada detalle de mi vida (¡y lo hace!), debo apretar mis dientes y creer en sus buenos propósitos, sin desanimarme por lo mucho que me duele ahora». Sí, Dios es soberano. Y sí, Dios sabe exactamente cuál es el propósito de nuestro sufrimiento.
Pero el hecho de que Él gobierne nuestras vidas no significa que sea frío o impaciente cuando le expresamos nuestras penas. El Rey David escribió en el salmo 103: «Tan compasivo es el Señor con los que le temen como lo es un padre con sus hijos. Él conoce de qué hemos sido formados; recuerda que somos polvo» (Sal 103:13-14). Puede que Dios sepa qué hay al final de nuestro dolor, pero también sabe que nosotros desconocemos eso actualmente. Sabe que no podemos ver el panorama completo. Por lo tanto, nos invita a lamentarnos ante Él, incluso mientras luchamos por mantener la fe. Así que no te sientas avergonzado de lamentarte delante de Dios. El hecho de que tu sufrimiento te cause tristeza no contradice tu fe.
Creo que otra de las razones por las que los cristianos hemos olvidado lamentarnos es porque las iglesias han olvidado lamentarse en el Día del Señor. Muchos servicios de adoración cristianos apuntan a los no creyentes o practican un cristianismo superficial. Como resultado, celebran reuniones alegres y animadas, pero no le dan lugar al lamento. De la misma manera en la que las iglesias oran y cantan sobre la confesión de los pecados y las alabanzas a Dios, también deberían lamentarse. En mi iglesia, tenemos una oración rutinaria de lamento, seguida de una canción que enfatiza el papel de Dios como consolador de su pueblo. Con el tiempo, he aprendido a rezar oraciones de lamento escuchando y orando junto a quienes lideran estos momentos en nuestras reuniones los domingos por la mañana. Si tu iglesia ha olvidado lamentarse, sus miembros probablemente también.
El lamento no es un simple procesamiento verbal, aunque ciertamente también lo es. El lamento es llevar nuestras cargas ante el Dios que escucha y a quien le importa. David se lamenta en Salmos 42: «Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me preguntan a todas horas: “¿Dónde está tu Dios?” […] ¿Por qué estás tan abatida, alma mía? ¿Por qué estás tan angustiada? En Dios pondré mi esperanza y lo seguiré alabando. ¡Él es mi salvación y mi Dios!» (Sal 42:3, 5). El lamento nos recuerda que Dios es nuestra salvación y que no nos fallará.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Te es difícil lamentarte? ¿Por qué sí o por qué no?
- ¿De qué manera el lamento puede ayudarte a procesar tu duelo ante Dios?
- Lee Salmos 3, 13, 32 y 44. ¿Qué te llama la atención sobre estos cantos de lamento?
- ¿Alguna vez probaste una alternativa como ignorar el dolor o distraerte de él? ¿Cómo resultó?
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Parte II: Aprende quién es Dios
Entonces, cuando sintamos que nuestra vida se desmorona, debemos lamentarnos. También debemos recordar quién es Dios. Dios es soberano, justo y salvador.
Dios es soberano.
Cuando era adolescente e intentaba seguir a Jesús, tenía dificultades para comprender cómo Dios podía ser soberano en un mundo lleno de pecado y sufrimiento. Hablando honestamente, aún me cuesta comprender ese concepto, pero no tanto como antes. Verás, antes no tenía idea de lo dominante que era la soberanía de Dios en la Biblia. Creo que simplemente asumí que la Biblia estaba tan avergonzada de la soberanía de Dios como yo. Después de todo, ¿cómo podríamos pensar que Dios es de alguna manera soberano sobre tantas cosas terribles que suceden en este mundo y en nuestras vidas? Seguramente estas cosas sean solo un resultado del pecado y no tengan nada que ver con Dios, ¿verdad? Bueno, sí y no.
Es verdad que el sufrimiento es el resultado del pecado. Tal como Pablo escribió a los romanos: «Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron» (Rm 5:12). Entonces, en cierto sentido, podríamos explicar al sufrimiento humano, un precursor de la muerte, como un resultado de la acción humana —más precisamente, el pecado contra Dios—.
En otro sentido, sin embargo, debemos confesar con las Escrituras que Dios es soberano sobre el pecado y el sufrimiento. Excedería los límites de esta guía si quisiera defender esta afirmación detalladamente. Pero déjame mostrarte dos pruebas que confirman que Dios realmente es soberano sobre todas las cosas, incluyendo el pecado y el sufrimiento. En primer lugar, la cruz de Jesús. ¿A qué responde la cruz de Jesús? A nuestro pecado. Una vez más, Pablo aclara en Romanos 5 que de la misma forma en que el pecado entró al mundo por medio de Adán (Gn 3), recibimos vida por medio de la vida y muerte de Cristo en la cruz (Rm 5:19). Y la muerte de Cristo en la cruz no fue el plan B de Dios ni surgió como una respuesta de emergencia ante el pecado de Adán. Por el contrario, Lucas escribe: «Este fue entregado según el determinado propósito y el previo conocimiento de Dios; y por medio de gente malvada, ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz» (Hch 2:23). Por lo tanto, antes de que el mundo fuera creado, Dios tenía la intención de ofrecer a su único hijo, el Señor Jesús, por cuenta de los pecadores, lo cual presupone que el pecado entraría a este mundo.
En segundo lugar, la Palabra de Dios nos enseña regularmente que Dios es soberano sobre el pecado y el sufrimiento. No hay mayor evidencia de esto que el libro de Job. Tras perder todo lo que conocía y amaba, Job bendijo a Dios y dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo he de partir. El Señor ha dado; el Señor ha quitado […]» (Job 1:21). Pero, Job, espera, ¿acaso no fue Satanás quien causó todo tu sufrimiento? Bueno, Job no sabía del trato entre Dios y Satanás que causó todas sus pérdidas. Aun así, a lo largo del libro, Job insiste en recibir una explicación, no de parte de Satanás sino del mismo Dios. Cuando este finalmente le contestó, reafirmó con gozo su soberanía sobre toda la creación, incluyendo la muerte y Satanás (véanse los discursos de Dios en Job 38-41). Job respondió a la soberanía de Dios sobre su sufrimiento diciendo: «Yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes. “¿Quién es este —has preguntado—, que sin conocimiento oscurece mi consejo?”. Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas» (Job 42:2-3). Ni Job ni Dios negaron la realidad: Satanás solamente estaba subordinado a Dios. Los sufrimientos de Job y su restauración son evidencia clara de que Dios es soberano incluso sobre las cosas más difíciles de la vida.
¿Por qué es importante esto? En primer lugar, importa porque la soberanía de Dios nos garantiza la victoria. Imagina si Dios no fuera soberano sobre tu vida cuando esta se desmorona. ¿Quién sería responsable de la desgracia? ¿Quién hubiera aprobado a fin de cuentas tu prueba, y con qué plan se corresponde? Mi amigo, Dios es bueno y soberano, y, tal como dijo Job, ninguno de sus planes puede frustrarse. No quisieras tener un dios que pudiese ser vencido. No quisieras tener un dios que respondiese a alguien más. Quieres un Dios grande y soberano que obre todas las cosas para sus propósitos.
Dios es bueno.
Una de las preocupaciones que hay en una monarquía es si el monarca es bueno o malo. Ya ves, si el rey dueño del poder absoluto es malo, es peligroso para todos sus súbditos. Dios no es un rey malvado. De hecho, no hay nada impuro en Él. Moisés se refirió a Dios de esta manera: «Él es la Roca, sus obras son perfectas, y todos sus caminos son justos. Dios es fiel; no practica la injusticia. Él es recto y justo» (Dt 32:4). Además, no hay nadie como Él. Solo Dios define la bondad moral porque solo Dios es moralmente perfecto. En parte a eso nos referimos cuando decimos que Dios es santo. Decimos que solo Dios es moralmente perfecto y, como aprendimos en la sección anterior, dueño del poder absoluto. Por eso no debemos temer la soberanía de Dios, como si fuese a usar su poder para hacer algo incorrecto.
Cuando tu vida se desmorona, puedes caer en la trampa de pensar que Dios está usando su poder soberano para hacerte el mal. Amigo mío, Dios es soberano y bueno. No hace el mal. Tu sufrimiento puede ser resultado de tu pecado o de los pecados de otras personas, pero nunca el resultado del pecado de Dios porque Dios no peca. Cuando estés sumido en la miseria y tu vida esté hecha pedazos, debes saber que Dios es bueno. Este es un hecho del que probablemente dudes o que niegues, pero es el hecho que la Biblia nos enseña una y otra vez.
Recientemente, tuve la oportunidad de compartir el evangelio con un agnóstico que solía creer en Jesús, pero luego apostató porque no podía comprender cómo Dios pudo haber permitido tanta muerte y sangre en el Antiguo Testamento. Uno de los ejemplos clave que citó fue el arca de Noé. «¿Cómo pudo Dios haber inundado la tierra cuando estaba llena de personas inocentes?», preguntó mi amigo. Le contesté: «Perry, el problema es la palabra “inocente”. No existen personas inocentes. A diferencia de Dios, todos estamos afectados moralmente. No amamos tanto como deberíamos, y amamos cosas que no deberíamos amar. La razón por la cual esto es importante es porque Dios es infinitamente bueno. Él no es justo solo en parte, es justo por toda la eternidad; y lo hemos ofendido. Su juicio sobre la humanidad es correcto porque Él tiene la razón y nosotros no». Me gustaría poder decir que Perry se convenció ese día, pero no fue así.
Llegará el día para mí, y también para ti, Perry, en el que debamos pararnos ante este Dios moralmente perfecto y responder por cómo hemos vivido nuestras vidas. ¿Qué crees que dirás cuando enfrentes su bondad y sepas que no eres bueno? Para salvarte del buen juicio de Dios sobre tu pecado, debes poner tu confianza en Jesús. Ya ves, Dios derramó su ira contra el pecado sobre Jesús por todos, aquellos que se arrepintiera de su pecado y confiaran en Él. Si confías en Jesús, no enfrentarás el juicio, sino que recibirás la bondad de Dios, que es tuya en Cristo.
Dios ha prometido el bien a quienes confían en Jesús.
Solemos ver a Romanos 8:28 impreso en tazas de café, bolígrafos y camisetas. Hay una buena razón por la cual este versículo es tan popular. Pablo escribió a los romanos: «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Rm 8:28). ¿Todas las cosas? ¡Sí! Todas las cosas. ¿Incluso las que han causado que mi vida se desmorone? Sí, incluso esas cosas. Dios ha prometido el bien celestial para todos los que lo aman. Ha prometido resolver todo para el bien de quienes llamó según sus propósitos.
Mi esposa y yo oramos durante años para poder tener hijos, pero Dios parecía no estar escuchando. Fuimos diagnosticados con «infertilidad de origen desconocido», lo que significa que el doctor no encontró ningún motivo por el cual no pudiésemos tener niños. Aun así, no los teníamos.
Un día, mi esposa me anunció que estaba embarazada. Fue como si finalmente el cielo hubiese oído y respondido nuestras tantas plegarias. Íbamos a tener una familia. Alabamos al Señor a viva voz. Se lo contamos a nuestros familiares. Nos mudamos a otra casa para prepararnos mejor para la llegada de nuestro bebé.
Algunas semanas después, estaba sentado tomando la mano de mi esposa, mientras recibíamos la noticia de que nuestro bebé no había sobrevivido. Apretamos nuestras manos. Se sintió como si el aire hubiera salido de la habitación. El doctor nos dio sus condolencias y salió del cuarto para dejarnos un momento a solas. Cuando la puerta se cerró, mi esposa comenzó a llorar. Incluso ahora, al escribir estas líneas, me invade una profunda tristeza por la pérdida de nuestro pequeño.
Sentimos como si nuestras vidas se hubieran desmoronado. ¿Dónde estaba nuestro Dios, el que prometió disponer todas las cosas para nuestro bien? ¿Lo amábamos, no es así? ¡Estábamos comprometidos a servirlo! ¿Acaso estuvo jugando con nosotros todo este tiempo, oyendo nuestras oraciones y retrasando la respuesta solo para crear suspenso, y así darnos y luego quitarnos lo que deseábamos solo un par de meses más tarde? Esas eran las preguntas que nos hacíamos. Ese era el dolor que estábamos lamentando.
Hoy en día, mi esposa y yo tenemos cinco hijos, a quienes adoptamos en 2023. Son hermosos y nos llena de alegría ser sus padres. Cuando pienso en nuestra infertilidad y nuestra pérdida, no puedo evitar alabar al Señor, porque aunque yo no sabía cómo todo iba a resultar para nuestro bien (¡y el bien de nuestros hijos!), Él sí lo sabía. No estaba incumpliendo su promesa. Estaba acomodando nuestras vidas para que se cruzaran con las vidas de nuestros hijos. Estaba conformando nuestra familia de acuerdo a su sabiduría, no la nuestra.
Si amas a Dios y has sido llamado para su propósito, tienes su garantía personal de que va a disponer todas las cosas para tu bien, pero Él decide qué significa «tu bien». Sin embargo, puedes estar seguro de que su concepto de bien no es nada menos que la eternidad junto a Él en su alegría. Dios ha prometido obrar en tu vida aquí para que pases la eternidad junto a Él allá. Tu vida se desmoronará y sufrirás, pero Dios usará todo eso para su gloria y para tu bien.
Corrie ten Boom escribió el poema «Mi vida es como un tapiz». He recurrido a sus palabras una infinidad de veces en situaciones de sufrimiento. Dice así:
Mi vida es como un tapiz
trabajado entre Dios y yo.
Yo no escojo los colores.
Él trabaja incansablemente.
A veces trabaja con el dolor,
y yo, con orgullo vano, me olvido
de que Él ve el derecho del tapiz
y yo sólo el revés.
Solo cuando el telar se silencie
y las agujas dejen de cruzarse,
Dios desenrollará el tapiz
y explicará la razón de su diseño:
los hilos oscuros eran tan necesarios
en las manos del Experto Tejedor
como lo eran los hilos de oro y plata
para embellecer el tapiz que Él había diseñado.
Él sabe, Él ama, Él se preocupa;
nada puede oscurecer esta verdad.
Él da lo mejor a aquellos
que le dejan la elección a Él.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Le dejarás la elección a tu Dios soberano, bueno y salvador?
- ¿Cómo te ayuda a enfrentar tu sufrimiento el saber que Dios tiene el control sobre él?
- ¿El sufrimiento te hace dudar de la bondad de Dios? ¿Por qué?
- ¿Cómo te consuela el saber que Dios promete disponer todo para tu bien?
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Parte III: Apóyate en Dios y en los demás
En enero de 2025, la vida de mis padres se desmoronó. ¿El culpable? Un árbol que cayó sobre su casa. No estoy hablando de una pequeña rama o de un arbolito, ¿de acuerdo? Era un roble de casi 14 000 kilos. Afortunadamente, golpeó la chimenea antes de estrellarse contra el techo. El contratista dijo que si hubiese golpeado el techo primero, habría partido la casa y la habría atravesado hasta llegar al sótano. Incluso así, el daño causado por el árbol actualmente supera los 250 000 dólares. Mis padres han estado fuera de su hogar por seis meses y no tienen idea de cuándo estará reparado para poder volver. Han sufrido mucho.
Incluso en medio de su sufrimiento, me ha inspirado mucho la forma en la que se apoyaron en Dios y en los demás para recibir ayuda. Esta prueba en sus vidas no los abatió ni hizo que dudaran de la bondad de Dios. De hecho, se apoyaron en sus promesas y permitieron que otras personas actuaran como las manos y pies de Cristo para ellos.
En esta sección, quiero que pensamos en cómo podemos apoyarnos en Dios y en los demás para recibir ayuda cuando sentimos que nuestras vidas se desmoronan.
1. Confía en la Palabra de Dios.
El sermón de Jesús en la montaña es probablemente el sermón más famoso de todos los tiempos. Jesús concluyó ese discurso comparando dos casas: una construida sobre la roca y otra construida sobre la arena. En el caso de ambas casas «cayeron las lluvias, crecieron los ríos, soplaron los vientos […]» (Mt 7:25-27). Sin embargo, los desenlaces de ambas casas fueron muy diferentes. La casa construida sobre la roca «no se derrumbó», sino que soportó la tormenta de forma exitosa. Por otro lado, la casa construida sobre la arena no solo se derrumbó, sino que «grande fue su ruina» (Mt 7:27). ¿Qué era la casa construida sobre la roca? Según Jesús, representaba a los hombres que oyen sus palabras y las ponen en práctica (Mt 7:24).
¿Y tú? ¿Sobre qué construirás tu vida? Las opciones son sin duda infinitas. Podrías construirla sobre el dinero, la fama, el poder, la popularidad, las habilidades, la familia, el sexo o muchas cosas más. También podrías construirla sobre la roca, es decir, la Palabra de Dios. Jesús dice sin reservas que si eliges algo distinto de eso eres un «hombre insensato» (o mujer insensata) (Mt 7:26). ¿Por qué podría ser así?
Bueno, en primer lugar, la larga lista de opciones que te presenté (y cualquier otra que no haya mencionado pero que quieras incluir) tienen algo en común: son efímeras. De acuerdo, en realidad tienen dos cosas en común: son efímeras y no satisfacen tus deseos más profundos. La Palabra de Dios no encaja con esa descripción, ya que, como escribe Isaías: «La hierba se seca y la flor se marchita, porque el aliento del Señor sopla sobre ellas. Sin duda, el pueblo es hierba. La hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre» (Is 40:7-8). Como puedes ver, a diferencia de estas alternativas, la Palabra de Dios es duradera.
La Palabra de Dios también es perfectamente satisfactoria. Jeremías escribe: «“Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe de conocerme y de comprender que yo soy el Señor, que actúo en la tierra con gran amor, derecho y justicia, pues es lo que a mí me agrada”, afirma el Señor» (Jr 9:24). No vale la pena que te jactes de tus riquezas, posesiones o influencia. Son cosas sin valor comparadas al valor incomparable de comprender y conocer a Dios. ¿Cómo puedes comprenderlo y conocerlo más? Dedicándole tiempo a su Palabra.
Si no estás acostumbrado a leer la Palabra de Dios, déjame recomendarte que te tomes al menos quince minutos por día para leer un par de capítulos. A medida que leas, pregúntate si lo que estás leyendo tiene que ver con Dios, contigo y con quienes te rodean. Pregúntate de qué forma lo que estás leyendo aplica a tu vida. Si tienes alguna pregunta sobre el significado de algo, anótalas y luego pregúntale a tu pastor o mentor para que te ayude a entender. No hay nada que valga más la pena que pasar tiempo con Dios en su Palabra. Cuando tu vida se desmorona, notarás que si has pasado tiempo leyendo y obedeciendo la Palabra de Dios, serás como el hombre rico que construyó su casa sobre la roca.
2. Ora por la ayuda de Dios.
Recientemente, con mi grupo pequeño estudiamos el libro de Santiago. A pesar de que llevo tiempo leyendo la Palabra de Dios, me sorprendió de nuevo cuán directo es Santiago cuando nos enseña la forma en que deberíamos orar. En Santiago 4:2, nos dice: «No tienen, porque no piden». Luego, en Santiago 5:16, escribe: «La oración del justo es poderosa y eficaz». ¿Cómo se traduce? La oración es un asunto muy importante.
Cuando te encuentres en una situación en la que sientas que tu vida se está desmoronando, deberías orar. Sé que suena simple, pero lo digo en serio. Necesitas orar y pedir la ayuda de Dios. David escribe: «En mi angustia invoqué al Señor; clamé a mi Dios por ayuda. Él me escuchó desde su Templo; ¡mi clamor llegó a sus oídos!» (Sal 18:6). Tu clamor también llegará a sus oídos. Cuando estés angustiado, invoca a Dios y pide ayuda. Estas son algunas de las cosas que puedes pedirle:
- Que Dios reciba gloria a partir de tu sufrimiento.
- Que Dios use tu sufrimiento para fortalecer tu fe.
- Que otras personas vean tu fe y crean en Dios.
- Que tengas la sabiduría para manejar las decisiones que debes tomar.
- Que Dios te saque de tu sufrimiento pronto.
3. Acércate al pueblo de Dios.
¿Recuerdas que te conté la situación de mis padres cuando el árbol cayó sobre su casa? Uno de los aspectos más alentadores de esa prueba fue la forma en que los miembros de su iglesia realmente los amaron a través de todo eso. Las personas les ofrecieron sus casas, comida, tarjetas de regalo, ayuda para limpiar la propiedad y dinero para las reparaciones. Aún más importante, las personas compartieron las Escrituras y oraron a Dios por ellos. Recibieron ayuda sin cesar.
¿Estás en una iglesia en donde los miembros se comprometen con tu bienestar espiritual y físico? Si no es así, deberías hacerlo. La vida cristiana no fue diseñada para vivirse en soledad. ¿No me crees? Lee las epístolas y pregúntate cómo podrías obedecer todos los mandatos de Dios por ti solo: «Vivan en armonía los unos con los otros» (Rm 12:16), «Por eso, anímense y edifíquense unos a otros» (1 Ts 5:11), «Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido» (1 P 4:10). Las enseñanzas de la Biblia sobre la vida cristiana simplemente asumen que la estás viviendo en comunidad. Cuando sufres, te das cuenta de lo importante que son los demás para tu bienestar espiritual.
Recuerdo una vez que me encontraba sufriendo a causa de mi propio pecado. Las consecuencias de mi pecado eran muy grandes, y, a través de ellas, me di cuenta de lo mucho que me había equivocado. En la tristeza de aquella etapa, tenía un amigo de setenta y ocho años llamado Junior. Él había sido cristiano por mucho tiempo cuando lo conocí, y aunque no le gustaba mucho leer libros de teología, estaba realmente comprometido a mostrarme el amor de Cristo. Se acercó a mí, me ayudó con mi casa, me acompañó en mi tristeza y me alentó a presentarle mis problemas al Señor en oración. Junior era mi ejemplo, y en su ejemplo, pude ver al amor de Dios por mí. Todos necesitan un Junior. De hecho, todos necesitan iglesias llenas de personas como Junior que busquen formas de animarse unos a otros a seguir adelante.
Una forma en la que propiciamos este tipo de cuidado en mi iglesia es a través de nuestro pacto. Es muy viejo, pero muy efectivo para remarcarnos a todos a qué nos estamos comprometiendo los unos con los otros. Renovamos este pacto entre nosotros en cada Cena del Señor y antes de nuestras reuniones de miembros. Este es un fragmento de nuestro pacto:
Caminaremos juntos en amor fraternal, como corresponde a los miembros de una Iglesia cristiana; ejerceremos un cuidado y supervisión afectuosos hacia los demás, y nos amonestaremos y exhortaremos fielmente los unos a los otros según lo requiera la situación.
No dejaremos de reunirnos ni descuidaremos la oración por nosotros mismos y por los demás.
Nos esforzaremos por educar a quienes estén bajo nuestro cuidado en la enseñanza y la admonición del Señor, con un ejemplo puro y amoroso, para buscar la salvación de nuestra familia y amigos.
Nos regocijaremos ante la felicidad de los demás y nos esforzaremos con ternura y compasión para cargar con las penas de los demás.
Tal vez tu iglesia no tenga un pacto, pero deberían pero deberían vivir un compromiso mutuo como si lo tuvieran. Cuando enfrentes un problema, necesitas una iglesia llena de creyentes que te den todo su apoyo. Así que, ya sea que estés sufriendo ahora o esperando tu próxima prueba, apóyate en el pueblo de Dios en el contexto de una iglesia sana. A menudo es a través del pueblo de Dios que sentimos su presencia y recibimos su ayuda de forma más palpable.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cómo ha sido últimamente tu tiempo con la Palabra de Dios? ¿Te cuesta ver su relevancia? ¿Estás creciendo en el entendimiento de quién es Dios y qué espera Él de ti?
- ¿De qué manera la Palabra de Dios te reconfortó en medio de las pruebas y el sufrimiento?
- ¿Cómo es tu momento de oración? ¿Tienes problemas para concentrarte? De ser así, habla con tu mentor sobre cómo podrías crecer en esta disciplina espiritual.
- ¿Cómo es actualmente la relación con tu iglesia? ¿Cómo podrías ser más intencional a la hora de amar a esos santos?
- ¿Cómo has visto al pueblo de Dios unirse para cuidar de ti cuando sufriste?
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Parte IV: Ama a otros contu historia
Una vez, conocí a una mujer llamada Tina. Su infancia estuvo marcada por el abuso y el abandono. Su madre padecía de esquizofrenia, y a menudo debía ser institucionalizada, dejando a Tina y a sus hermanos abandonados a su suerte. Tina nunca conoció a su padre, pero conoció y amó al padre de su hermano como si fuera el suyo. Esto fue así hasta que los dejó cuando ella tenía diez años. Entre los diez y los dieciocho años, Tina recuerda más de una docena de hogares de acogida en los que esperó que su madre saliera del hospital. La parte más trágica de la historia es que Tina fue abusada por un alguacil, por el hijo del alguacil y también por su pastor.
Su historia me da náuseas y me llena los ojos de lágrimas. ¿Cómo alguien podría tratar de manera tan cruel a una niña? Por gracia de Dios, Tina escuchó y creyó en el evangelio cuando tenía doce años. A pesar de haber sufrido tanto desde ese momento hasta que tuvo la edad de dejar su pueblo natal, nunca dejó de confiar en Jesús y de creer que Él la salvaría. Ya adulta, Tina aconsejó y cuidó a incontables mujeres con historias similares. Una vez la escuché decir: «Me honra haber sido considerada digna de tanto sufrimiento, para así poder ayudar a tantas personas que han pasado por cosas similares». ¡Qué testimonio asombroso de la gracia de Dios!
1. Dios usa nuestro dolor para el bien de los demás.
Me pregunto si alguna vez has pensado en cómo Dios podría usar tu historia para ayudar a quienes hayan sufrido de forma similar. Tal vez tu historia no sea exactamente como la de Tina, pero al igual que con ella, Dios quiere usar tu historia para ayudar a otros también. Una vez escuché a un pastor decir que Dios nunca desperdicia nuestro dolor. Creo que eso es cierto en varios sentidos. Es verdad que Dios usa nuestro dolor para nuestro bien, al hacernos más parecidos a Jesús a través de él. También es cierto que usa nuestro dolor para ayudar a otros a crecer y a ser más como Jesús a través de su propio dolor.
Pablo escribió a la iglesia de los corintios: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que, con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren» (2 Co 1:3-4). ¿Notaste la relación entre el consuelo en nuestras tribulaciones y el hecho de que podamos consolar a los que sufren? Esta relación nos muestra tres cosas: 1. Que Dios es el Dios del consuelo. 2. Que Dios consuela a los afligidos. 3. Que la relación entre Dios y su pueblo es tan cercana que Dios puede dar consuelo de forma significativa a sus hijos afligidos a través de otros.
¿Quieres que Dios te use? Entonces, pon tus propios sufrimientos al servicio de ayudar a quienes sufren. Usa el consuelo que te da Dios para consolar a otros. De manera práctica, esto significa aconsejar o animar a alguien que esté pasando por un mal momento. Sin embargo, más a menudo, se trata de sentarse con la persona cuya vida se ha desmoronado, decirle que la amas y comprometerte a rezar por ella y cuidarla de todas las maneras que te sea posible.
2. Busca dar gloria a Dios por tus aflicciones.
Esto parece contradictorio. ¿Dar gloria a Dios por las bendiciones? Eso es fácil. Tiene sentido. ¿Darle gloria por el sufrimiento? Eso es un poco más difícil de entender. Aquí, entra en escena Santiago, quien escribía a varios cristianos sufrientes sobre qué deberían hacer con su sufrimiento. Les dijo: «Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas» (St 1:2). ¿Considérense muy dichosos? ¿Por qué los problemas nos traerían dicha? Santiago escribe: «[P]ues ya saben que la prueba de su fe produce perseverancia. Y la perseverancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros sin que les falte nada» (St 1:3-4). El sufrimiento nos lleva a ser más parecidos a Cristo, y no hay nada más valioso que esto.
Creo que podemos profundizar aún más en la relación entre tu sufrimiento y el ser semejantes a Cristo. El sello distintivo del ministerio de Cristo hacia nosotros es su sufrimiento y muerte en nuestro lugar. Observa cómo Pablo conecta el sufrimiento de Cristo con el propio, y cómo ve que ambos sirven los intereses comunes del pueblo de Dios. Escribe a los colosenses: «Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos […]» [¿Suena parecido a Santiago, verdad?] «[…] por ustedes y voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1:24). La idea de «completando en mí mismo lo que falta» no sugiere que los sufrimientos de Cristo sean insuficientes. Más bien, Pablo comprende que es un compañero de Cristo en el ministerio de edificar su cuerpo. Este ministerio que tienen Cristo y Pablo está ligado especialmente al sufrimiento.
Este ministerio no pertenece solo a Cristo y a Pablo. También es tuyo y mío. A menudo, cuando sufrimos, nos vemos tentados a mirar hacia nuestro interior y enfocarnos en nuestra angustia. Para ser justos, hay un lugar para esto. Después de todo, esta guía tiene una sección sobre el lamento. Sin embargo, para unirte al ministerio de sufrimiento de Cristo y de Pablo, y así construir el cuerpo, tienes que pensar más allá de ti mismo por el bien de otros. Si no estás acostumbrado a cuidar de otros en medio de tus problemas, te animo a que empieces a hacerlo hoy.
Recuerdo que hablé con mi abuela una tarde, pocos días después de haberme enterado de que habíamos perdido a nuestro bebé. De manera muy compasiva, me desafió a pensar en cómo Rachel y yo podríamos usar nuestro sufrimiento para el bien de otros. Incluso sugirió que intentáramos bendecir a otra pareja en nuestra iglesia que estuviera donde nosotros deseábamos estar: esperando la llegada de su bebé. Primero, la ignoré. «Sí, de acuerdo, abuela. ¡Gracias!». Más adelante esa semana, conocí a mi amigo Darren. Él y su esposa, Krystal, habían sido miembros de nuestra iglesia por más de una década y tenían un gran círculo de amigos. Sin embargo, ya que éramos nuevos, Darren y Krystal nos invitaron a mí y a mi esposa a cenar. Mientras cruzábamos el puente 395 hacia Virginia para ir a comer hamburguesas a Arlington, Krystal nos dijo que estaban esperando su primer bebé. Luego, nos dijo la fecha prevista del parto. Mi corazón se encogió. Estaba en la misma semana de gestación en la que debería haber estado Rachel.
Por mucho que yo quisiera salir del auto, estoy seguro de que Rachel deseaba hacerlo aún más. El resto de la velada estuvo bien. Ellos no sabían nada sobre nuestra pérdida, y tampoco lo mencionamos. Cuando regresamos a nuestro apartamento, asumí que esa noche había sido un fracaso y que encontraríamos a otros amigos. Sin embargo, Darren se comunicó con nosotros poco después para organizar otra salida. No quería hacerlo, pero recordé las palabras de mi abuela y accedí. A lo largo de los siguientes seis meses, rápidamente nos hicimos amigos de Darren y Krystal. Nos incluyeron de forma generosa en los preparativos para recibir a su hijo, Sam. Hoy en día, Sam es como un sobrino para mí y para Rachel. No puedo expresar la bondad que el Señor nos ha mostrado a través de Darren y Krystal, incluso mientras intentábamos hacerles el bien a ellos.
Si el Señor ha permitido el sufrimiento en tu vida, amigo mío, te garantizo que tiene motivos para ello que son más grandes que tú. ¡Qué bendición que Dios quiera usarte! Así que, a medida que lo haga, dale gloria. Únete a Pablo y regocíjate en tu sufrimiento, ya que esto fortalece el cuerpo. Escucha a Santiago y considérate dichoso cuando sufras. No es en vano.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cuál es la relación entre tu sufrimiento, el sufrimiento de Cristo y el de otros cristianos en tu vida?
- ¿Hay alguien a quien pienses que el Señor te está guiando para animarlo o alentarlo en medio de sus pruebas?
- ¿Cómo puedes comenzar a dar gloria a Dios por cómo ha permitido que sufras?
- ¿Qué peticiones de oración puedes compartir con tu mentor / pupilo específicamente relacionadas con amar a otros con tu historia?
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Conclusión:
Si vives lo suficiente, tu vida algún día se desmoronará. Las cosas se pondrán difíciles. Vas a perder. Vas a sufrir. Vas a caerte. ¿La buena noticia? Dios te brinda todo lo que necesitas en Jesús y en su pueblo para que perseveres. Entonces, laméntate ante Él. Aprende más sobre el carácter de Dios y permite que su carácter te guíe en tu sufrimiento. Apóyate en Dios y en su pueblo. Por último, ama a otros que estén sufriendo de manera similar.
Acerca del autor
Taylor Hartley se desempeña como director editorial de 9Marks en Washington, D. C. Está casado con Rachel, con quien tiene un hijo, Bode. Taylor obtuvo su máster en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary. Actualmente, está trabajando para obtener su máster en Teología en el London Seminary, en Reino Unido.
Tabla de contenido
- Parte I: El lamento ante Dios
- 1. ¿Qué es el lamento?
- 2. ¿Por qué es útil el lamento?
- 3. ¿Cómo percibe Dios nuestro lamento?
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Aprende quién es Dios
- Dios es soberano.
- Dios es bueno.
- Dios ha prometido el bien a quienes confían en Jesús.
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Apóyate en Dios y en los demás
- 1. Confía en la Palabra de Dios.
- 2. Ora por la ayuda de Dios.
- 3. Acércate al pueblo de Dios.
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: Ama a otros contu historia
- 1. Dios usa nuestro dolor para el bien de los demás.
- 2. Busca dar gloria a Dios por tus aflicciones.
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión:
- Acerca del autor