#51 Resolución de conflictos: cómo convertir las peleas en conversaciones fructíferas
Introducción
Odio el conflicto. Por naturaleza, soy un tipo agradable que valora más la camaradería que el combate. No me malinterpretes, me gusta discrepar y discutir cuando es necesario. Después de todo, como pastor, el mundo tiende a estar en desacuerdo conmigo en muchos aspectos.
Sin embargo, a pesar de esos desacuerdos, me gusta llevarme bien con los que me rodean. No obstante, de vez en cuando, me encuentro con alguien con quien el conflicto parece inevitable. Es en ese momento cuando una simple diferencia de opinión escala hasta convertirse en algo mucho más grave: una conversación tirante, una tensión que persiste o incluso una relación rota. Como pastor, he visto esto en mi propia vida y en las de otras personas. El conflicto parece ser un huésped no deseado que se presenta sin invitación, al cual debemos aprender a abordar con gracia y sabiduría.
Audioguía
Audio#51 Resolución de conflictos: cómo convertir las peleas en conversaciones fructíferas
Parte I: ¿Qué es el conflicto?
El conflicto puede definirse como «un desacuerdo o discusión grave, por lo general, prolongado». Otros pueden preferir la definición más sencilla, llamando simplemente al conflicto «una pelea». Ambas definiciones captan la esencia del conflicto, pero no logran transmitir por completo el peso emocional que conlleva.
Sin importar cómo definamos el conflicto, lo reconocemos cuando nos encontramos en medio de uno. Es ese nudo en el estómago que sentimos cuando sabemos que se acerca una conversación difícil. Es una noche sin poder dormir repitiendo en nuestras mentes esa acalorada discusión. Es el silencio incómodo en una habitación donde dos personas están en desacuerdo. Para los creyentes, el conflicto suele sentirse como una traición a la unidad a la que somos llamados a encarnar como el cuerpo de Cristo.
El conflicto puede dominar fácilmente nuestros pensamientos, haciendo difícil incluso entablar conversaciones normales, sobre todo con la persona con la que estamos en conflicto. Es como si el aire entre esa persona y nosotros se hubiera espesado, haciendo que cada palabra se sienta como en un campo minado. Para algunos, el conflicto desata la ira o la actitud defensiva; para otros, genera ansiedad o retraimiento. Independientemente de cómo se manifieste, altera la armonía que anhelamos en nuestras relaciones. Si eres como yo, el conflicto puede ser muy desalentador.
¿Y qué hay de ti?
¿Cómo reaccionas ante el conflicto? ¿Lo evitas a toda costa, esperando que se resuelva por sí solo? ¿O te prestas a él, quizás con demasiado entusiasmo, siempre listo para defender tu postura? Tal vez te encuentres en algún punto intermedio y te preguntes cómo podrías lidiar con él fielmente. Estés donde estés, no estás solo. El conflicto es una realidad universal que afecta a todas las relaciones, ya sea con un cónyuge, un compañero de trabajo, un amigo o un hermano en la fe.
He hablado con suficientes personas para saber que no soy el único que prefiere la paz. Sin embargo, el conflicto persiste y no parece que vaya a desaparecer pronto. De hecho, en Mateo 24, Jesús les aclara a sus discípulos que el conflicto permanecerá hasta que Él regrese (Mateo 24:6). Jesús habló de guerras y de rumores de guerras, de división y de contienda, como distintivos de un mundo caído que espera la redención. No se trata solo de conflictos mundiales, sino también de nuestra vida personal. Desde acaloradas disputas familiares hasta desacuerdos en la iglesia, el conflicto forma parte del entramado de nuestra existencia de este lado de la gloria.
Hay una razón por la que has elegido esta guía. Tal vez sea por un conflicto de hace mucho tiempo o por un conflicto en el que estás inmerso ahora. Quizás veas un conflicto en el horizonte y estés buscando sabiduría de antemano.
También puede ser que estés leyendo esto porque tu personalidad es propensa al conflicto y lo disfrutas demasiado. Te desenvuelves bien en los debates y aprovechas cada oportunidad para defender lo que piensas. Sin embargo, con el paso del tiempo, te has dado cuenta de que estas pequeñas victorias tienen un costo: amistades deterioradas, dinámicas familiares tensas, compañeros de trabajo que te temen más de lo que te respetan o incluso una reputación entre los demás de ser conflictivo.
Sea cual sea tu situación, el hecho de que estés leyendo esto implica que estás tratando de lidiar con el conflicto de una manera que honre a Dios y restaure las relaciones. Eso es algo bueno.
La buena noticia es que un día todo conflicto será erradicado. Cristo regresará, establecerá su reino, y las peleas serán un recuerdo lejano. Imagina un mundo donde cada conversación esté marcada por el amor, donde los desacuerdos ya no dividan y donde la paz reine en cada corazón. Esta es la esperanza a la que nos aferramos como creyentes: un futuro en el que los conflictos sean sustituidos por la perfecta armonía del reino de Dios (Apocalipsis 21:4). Por lo tanto, si te sientes desanimado por el conflicto, pero confías en Cristo, debes saber que es solo una realidad temporal.
Pero hasta que llegue ese día, vivimos en la tensión de un mundo quebrantado y necesitamos la sabiduría de Dios para movernos en él. Para encontrar la sabiduría, acudimos a la Palabra de Dios. A través de las páginas de las Escrituras, encontramos los principios y las prácticas que nos dan las herramientas para convertir las peleas en conversaciones fructíferas que reflejen el corazón de nuestro Salvador.
Primeros principios
Principio 1: Procura la paz
El libro de Romanos está lleno de riqueza teológica. Si bien recurro a él una y otra vez para entender mejor la salvación, la fe, la justificación, el pecado y la soberanía de Dios, el conflicto no es un tema que asocie con Romanos. Sin embargo, hay una perla preciosa que nos sirve como guía para enfrentar cualquier conflicto.
Hacia la mitad de su carta a la iglesia de Roma, al hablar de las características de un verdadero cristiano, Pablo exhorta a sus lectores: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos» (Romanos 12:18). Este versículo nos recuerda que la paz no es solo un estado pasivo, sino una búsqueda activa, que requiere esfuerzo, humildad e intencionalidad. Solo un par de capítulos después, Pablo diría algo parecido en Romanos 14:19: «Por lo tanto, esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación». Las palabras de Pablo son un desafío a vivir de un modo que refleje el evangelio, incluso cuando el conflicto amenace con separarnos.
Esto es particularmente profundo cuando consideramos el contexto de su carta.
Cuando los cristianos de Roma leyeron por primera vez las palabras de Pablo, es probable que estuvieran disfrutando de una paz relativa. No estaban bajo persecución. Los conflictos eran mínimos. Vivir «en paz con todos» parecía algo alcanzable.
Pero en pocos años, los cristianos de Roma sufrirían una persecución generalizada bajo el emperador Nerón. Los creyentes serían sometidos a un trato brutal y a la ejecución pública. ¡Eso es realmente un conflicto! Sin embargo, en la mente de muchos de ellos estarían las palabras inspiradas de Pablo: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos» (Romanos 12:18).
Imagínate el peso de esas palabras cuando los creyentes tuvieron que enfrentar la hostilidad, la traición y hasta la muerte. Se les había pedido que respondieran no con venganza o amargura, sino con un compromiso de paz, en cuanto dependiera de ellos. No era un llamado a comprometer su fe, sino a encarnar el poder reconciliador del evangelio ante un conflicto inimaginable.
Sé que es un caso extremo, pero, querido amigo, ese llamado sigue siendo válido para nosotros hoy. Como seguidores de Cristo, no buscamos lidiar fielmente con el conflicto para adquirir una ventaja táctica sobre nuestros oponentes. Lo hacemos para poder cumplir el mandato de Cristo de vivir en paz con todos. Al hacerlo, tenemos más oportunidades de mostrar con claridad el evangelio de la paz a quienes nos rodean.
Vivir en paz con las personas es aún más importante cuando el conflicto es entre hermanos y hermanas en Cristo. Pensemos en esto: de todas las cosas por las que los demás podrían identificarnos, el Señor nos dice que el amor que nos tenemos los unos por los otros es la principal evidencia de que somos sus discípulos (Juan 13:35).
No nuestras palabras.
No nuestro amor al prójimo.
No nuestras ofrendas.
No nuestra asistencia a la iglesia.
No nuestro evangelismo.
No nuestra predicación.
No cuántas personas discipulamos cada semana.
Cada uno de ellos es importante, sin duda. Estos actos de obediencia surgen de nuestra fe y son vitales para nuestro testimonio. Pero, sorprendentemente, la forma principal en que otros reconocen al pueblo de Dios es por el amor que nos tenemos los unos por los otros. ¡No te olvides de ello!
Como individuos redimidos que aún luchamos contra nuestra carne, es normal que tengamos conflictos. Y cuando aparecen, no deberíamos escandalizarnos. Sin embargo, una mala gestión de esos conflictos sirve como una acusación contra nuestra profesión de fe. Una iglesia marcada por conflictos no resueltos o amargura socava su testimonio. Por el contrario, una iglesia que resuelve los conflictos bíblicamente —a través del amor, el perdón y la reconciliación— se convierte en un faro de esperanza que muestra a otros el poder transformador de Cristo. Esforcémonos por ser ese tipo de personas que procuran la paz y reflejan el amor de Dios incluso en nuestros desacuerdos.
Principio 2: No idolatres la paz
Aunque Romanos 12:18 nos llama a procurar la paz, no podemos pasar por alto el principio de la exhortación de Pablo: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos». La frase condicional «si es posible» reconoce la realidad de un mundo caído. A veces, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, la paz se nos escapa. Tal vez la otra parte se niega a reconciliarse o el conflicto se origina en una verdad no negociable del evangelio. En esos momentos, debemos aferrarnos a nuestro llamado sin comprometer nuestras convicciones.
Puede ser tentador, pero la paz no debe tener prioridad sobre la fidelidad. Procuramos la paz entre nosotros, pero no a expensas de la paz con Dios. Esta es una distinción fundamental. Procurar la paz a toda costa puede llevarnos a transigir, ya sea suavizando la verdad para evitar ofender a alguien o ignorando el pecado para mantener la paz. Dichas acciones pueden traer armonía temporal, pero terminan deshonrando a Dios y dañando las relaciones. La verdadera paz se encuentra en Cristo, no en el mundo.
Esto es lo que Jesús estaba advirtiendo a sus discípulos en Lucas 12:51 cuando les dijo: «¿Creen ustedes que vine a traer paz a la tierra? ¡Les digo que no, sino división!». Sí, Jesús es el Príncipe de Paz (Isaías 9:6). Sí, Jesús establecerá la paz cuando su reino sea consumado en la tierra (Isaías 11:6-9; Romanos 14:17; Colosenses 1:19-20; Apocalipsis 11:15). No obstante, solo quienes se arrodillan ante Cristo de forma voluntaria reciben la paz que Él ofrece.
Jesús nos advierte que jurarle lealtad puede generar división con aquellos que lo rechazan. Esta división no es algo que buscamos, pero es una realidad que debemos aceptar. Cuando surge un conflicto, darle la espalda a Cristo para conseguir la paz no es una opción. Poner nuestra relación con los demás por encima de nuestra relación con Cristo sería idolatría.
Idolatrar la paz puede manifestarse de formas sutiles:
Evitar conversaciones difíciles para mantener la armonía.
Consentir un error para evitar tensiones.
Priorizar la aprobación humana por encima de la de Dios.
Como creyentes, debemos protegernos de la tentación de idolatrar la paz, anclándonos en la verdad de que la verdadera paz proviene de la obediencia a Dios, no de apaciguar a las personas.
Con esto en mente, consideremos ahora las raíces del conflicto, ya que, una vez que las comprendamos, podremos explorar cómo convertir el conflicto en una conversación fructífera.
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Preguntas para reflexionar:
- Cuando te enfrentas a un conflicto, ¿te prestas a él, huyes o respondes con calma? ¿Qué dice esto sobre tu personalidad y, lo que es más importante, sobre tu madurez espiritual?
- ¿Cuáles son los beneficios de tener relaciones marcadas por la paz?
- ¿Qué medidas puedes tomar para llevar la paz a las relaciones en tu vida que parecen estar marcadas por el conflicto?
- ¿Alguna vez te has sentido tentado a idolatrar la paz? ¿Eso te ha llevado a comprometer tus convicciones? ¿De qué manera?
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Parte II: Comprendamos el cómo y el porqué de los conflictos
Las raíces (el cómo)
Entre 2004 y 2012, la serie Dr. House dominó las pantallas de televisión de todo el mundo. Se trataba de un drama ficticio que narraba la historia del brillante, aunque irritable, Dr. Greg House y su equipo de diagnóstico del Princeton Plainsboro Teaching Hospital. ¡Fue un gran éxito y acumuló más de cincuenta premios a lo largo de ocho temporadas! Aparte de los personajes, lo que hacía tan fascinante la serie era que el Dr. House y su equipo recibían algunos de los casos médicos más desconcertantes que se puedan imaginar. Cada episodio era un rompecabezas que había que resolver. Los síntomas externos de sus pacientes eran el resultado de lo que ocurría en el interior de sus cuerpos. El equipo del Dr. House tenía la difícil tarea de llegar a la raíz de los síntomas para poder diagnosticar correctamente al paciente.
Diagnóstico erróneo = tratamiento erróneo
Tratamiento erróneo = tratamiento ineficaz y/o muerte
Ya hemos considerado la inevitabilidad del conflicto en un mundo caído. Pero ¿qué conduce a ese conflicto? Al igual que un diagnóstico médico equivocado puede conducir a un tratamiento ineficaz, juzgar erróneamente la causa del conflicto puede agravar las tensiones o prolongar la división. Necesitamos un marco bíblico claro para comprender por qué surgen los conflictos y cómo abordarlos de manera eficaz.
El diagnóstico
En su epístola, Santiago ofrece el diagnóstico definitivo: «¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos?» (Santiago 4:1). Me gusta que la NVI traduzca literalmente la palabra «placeres» (jedoné en griego), porque destaca los deseos egoístas que alimentan el conflicto. Estos deseos internos —nuestras ansias de control, reconocimiento o comodidad— suelen estar en el centro de nuestras disputas.
Piénsalo.
La última vez que tuviste un desacuerdo serio con alguien, ¿querías lo que esa persona defendía? ¿Querías lo que decía que era cierto? Tus deseos y los deseos de esa persona eran fundamentalmente opuestos, y Santiago nos dice que cuando esto ocurre, nacen «las guerras y los conflictos».
Piensa en una discusión reciente que hayas tenido. Quizás fue con tu cónyuge sobre cómo gastar el dinero: uno de los dos quería ahorrar, mientras que el otro quería derrochar. O tal vez fue un desacuerdo con un amigo sobre una decisión que los afectaba a ambos. En cada caso, el conflicto no se refería solo al tema en cuestión, sino a los deseos subyacentes que impulsaban sus posiciones.
Considera el motivo que a menudo dan las parejas que se están divorciando: «Nos dimos cuenta de que queremos cosas diferentes». Según la Biblia, están diciendo lo que Santiago afirmó. Su conflicto se basa en el hecho de que sus deseos no están alineados. Sin un compromiso compartido con el diseño de Dios para el matrimonio (Efesios 5:22-23), sus deseos en conflicto los llevó a la separación. Sin embargo, cuando las parejas alinean sus deseos con los de Dios, es decir, buscan reflejar el amor y el sacrificio de Cristo, el conflicto puede convertirse en un catalizador para el crecimiento y no para la destrucción.
La causa de fondo, o el diagnóstico, de nuestros conflictos se encuentra en nuestros deseos. A partir de aquí, vemos al menos dos síntomas.
Dos síntomas
En primer lugar, el conflicto surge cuando una o ambas partes tienen deseos que no coinciden con los deseos de Dios. Por lo tanto, antes de que el conflicto se manifieste entre ellos, al menos uno de los dos está en conflicto con Dios. Después de todo, si ambos quisieran lo mismo que Dios, no habría conflicto. Esta es una verdad aleccionadora. Nuestro conflicto con los demás a menudo revela un conflicto más profundo en nuestro interior: un corazón que no está en sintonía con la voluntad de Dios.
Por ejemplo, cuando le hablé mal a un familiar por un asunto sin importancia, tuve que frenarme para darme cuenta de que mi frustración provenía de mi deseo de control o comodidad, no de un corazón sometido a Dios. Cuando ambas partes anhelan los deseos de Dios —su gloria, su verdad, su amor—, el conflicto pierde terreno.
En segundo lugar, el conflicto surge cuando una o ambas partes se consideran más importantes que la otra. Cuando Pablo exhortó a los filipenses a ser como Cristo, se explayó sobre la humildad de Cristo y les insistió de la siguiente manera: «No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos» (Filipenses 2:3). Este versículo es un espejo para nuestras almas. ¿Cuántas veces entramos en conflictos procurando defender nuestra posición en lugar de buscar el bien de la otra persona?
Ambos problemas van en contra del diseño de Dios.
El diseño de Dios
Cuando Dios nos redime, trasladándonos del reino de las tinieblas al reino de su Hijo (Colosenses 1:13), nos convertimos en una nueva criatura (2 Corintios 5:17). Nuestro antiguo corazón de piedra es reemplazado por un corazón de carne (Ezequiel 36:26). Comenzamos a cambiar poco a poco para parecernos más a Jesús (2 Corintios 3:18). Esta transformación es verdaderamente milagrosa. El Dios que creó el universo con su palabra transforma nuestros corazones, redirige nuestros deseos y renueva nuestras mentes. A medida que crecemos en Cristo, comenzamos a ver el mundo a través de sus ojos, valorando lo que Él valora y amando como Él ama.
Jesús deseaba hacer la voluntad de su Padre (Juan 5:19, 30; 6:38; Mateo 26:39). Por lo tanto, a medida que nos asemejamos más a Cristo, comenzamos a desear cada vez más la voluntad de Dios.
Este proceso de crecer para ser más como Jesús se llama santificación. La vida de Jesús se caracterizó por una sumisión completa al Padre, incluso cuando eso lo llevó a la cruz. A medida que lo seguimos, nuestros deseos pasan de ser aspiraciones egoístas a ser propósitos centrados en Dios. Este cambio no ocurre de la noche a la mañana, sino que, a través de la obra del Espíritu, crecemos en nuestro anhelo de agradar a Dios por encima de todo.
Parte de la voluntad de Dios para nosotros es considerar a los demás como superiores a nosotros mismos (Filipenses 2:3). Después de todo, el Hijo de Dios, al que no se le conoció pecado, se humilló a sí mismo, se hizo hombre, tomó la forma de siervo y murió como un pecador para que nosotros, los pecadores, pudiéramos disfrutar de las riquezas de su justa herencia. A medida que comenzamos a parecernos más a Jesús, también comenzamos a considerar a los demás como superiores a nosotros mismos, tal como lo hizo Jesús. Este es el antídoto contra el conflicto. Cuando priorizamos las necesidades de los demás por encima de las nuestras, creamos espacio para la reconciliación.
El diseño de Dios para su pueblo redimido es que (1) nuestros deseos sean reemplazados por los suyos, y (2) al igual que su Hijo, consideremos a los demás como superiores a nosotros mismos. Si esos dos aspectos se encuentran presentes en ambas partes, el conflicto se disuelve.
Si pasas suficiente tiempo en círculos cristianos, descubrirás que hacemos cosas bastante cursis. Todavía recuerdo las tazas de café de mi infancia cubiertas con versículos bíblicos conocidos impresos en caligrafía. Un versículo clásico y popular para este tipo de cosas es Romanos 8:28: «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito». ¡Qué gran versículo! De hecho, durante mucho tiempo, si me hubieras preguntado cuál era mi versículo favorito de las Escrituras, te habría respondido que Romanos 8:28.
La verdad que contiene ese versículo me reconfortó cuando a mi padre le diagnosticaron cáncer, cuando mis padres se declararon en bancarrota tras la recesión, cuando mi padre murió de esa enfermedad, cuando mi esposa perdió a sus hermanos por distrofia muscular y cuando nuestra iglesia atravesó una época de intenso sufrimiento. Puedo decir con gran confianza que el Señor ha usado cada una de esas dolorosas experiencias para santificarme, para revelarme más de sí mismo, para enseñarme lo que de otra manera no habría aprendido y para acercarme más a Él.
Cada prueba, aunque dolorosa, fue una herramienta en manos de Dios para moldearme. Cuando mi padre falleció, aprendí a confiar en la soberanía de Dios de una manera que no había hecho antes. Cuando nuestra iglesia atravesó momentos difíciles, vi cómo el cuerpo de Cristo se unía, mostrando un amor y una resiliencia que profundizaron nuestra fe.
La misma promesa es cierta cuando enfrentamos conflictos. Observa las palabras de Pablo en Romanos 5:3-5: «Y no solo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado».
Cada uno de los beneficios que Pablo enumera (perseverancia, entereza de carácter, esperanza) es un elemento de santificación. Por lo tanto, cuando enfrentamos conflictos, podemos sentir consuelo al saber que Dios los utiliza para santificarnos. Esta perspectiva cambia nuestra forma de ver los conflictos. En lugar de considerarlos una amenaza, podemos verlos como una oportunidad divina. Dios está obrando, incluso en los desacuerdos más complicados, para refinarnos, fortalecer nuestra fe y prepararnos para la eternidad. Exploremos cómo se ha manifestado esta verdad en mi propia vida y cómo puede animarte en tus conflictos.
En la universidad
Cuando entré en la universidad, no tenía ningún deseo de servir en el ministerio pastoral. Ni siquiera estaba en mi radar. Era cristiano, pero deseaba ganar mucho dinero y ser un miembro fiel de mi iglesia (siendo sincero, quizás en ese orden).
En mi mente, eso iba a suceder ya sea jugando al béisbol o esforzándome en los negocios. Así que, obviamente, fui a una universidad cristiana para jugar al béisbol y obtener un título en negocios.
Pero mi segundo año lo cambió todo.
Durante mi segundo año, me harté del béisbol. Además, comencé a asistir a una clase sobre «creencias cristianas» que me impactó en lo más profundo. Mi profesor dedicaba la mayor parte de las clases a intentar «desmentir» aspectos clave de la fe cristiana: cosas como la infalibilidad e inerrancia de las Escrituras, el relato de la creación, la realidad del infierno y el juicio de Dios contra el pecado, el diluvio y otras cuestiones. Yo sabía que no estaba de acuerdo con él y a menudo lo expresaba, pero no estaba preparado para un mano a mano con él. Sus argumentos estaban bien ensayados, y yo, como joven creyente, me sentía superado. Recuerdo estar sentado en clase, con el corazón latiéndome con fuerza, tratando de articular mis objeciones, solo para salir sintiéndome frustrado e insuficiente. Esos momentos de conflicto eran incómodos, pero también fueron decisivos.
Esto me llevó a profundizar en el estudio de la Biblia. A medida que aprendía más sobre la fiabilidad y la veracidad de las Escrituras, me apasionaba cada vez más ayudar a que otros también lo vieran. Me entristecía que muchos de mis compañeros de clase se dejaran persuadir para alejarse de la Palabra de Dios. Pasaba horas leyendo libros, escuchando sermones y discutiendo teología con amigos. Esos momentos de conflicto con mi profesor despertaron en mí un hambre de verdad que no había conocido antes.
Esta nueva pasión, junto con la guía de mis pastores, me llevó a querer comenzar a dedicarme al ministerio vocacional. En la actualidad, el Señor me ha concedido el inmenso privilegio de servir a tiempo completo como pastor en nuestra iglesia. Ahora puedo dedicar las mejores horas del día a estudiar la Palabra de Dios y aplicarla a mi propia vida y a la de los miembros de nuestra congregación. Una alegría que supera ampliamente cualquier cosa que el béisbol, los negocios o el dinero puedan ofrecer.
El conflicto con mi profesor fue el catalizador que redirigió la trayectoria de mi vida, llevándome a un llamado que nunca habría elegido por mí mismo. Dios utilizó a un profesor desafiante para despertar en mí la pasión por su Palabra y el deseo de servir a su pueblo.
El Señor utiliza nuestros conflictos para lograr un bien mayor. Esta es la belleza de la soberanía de Dios. Lo que percibimos como doloroso o perturbador, Él lo utiliza para moldearnos a la imagen de su Hijo. El conflicto, cuando lo vemos a través de la perspectiva de Romanos 8:28, se convierte en una herramienta en manos de un Dios amoroso que está comprometido con nuestra santificación.
En el ministerio
Para que no pienses que los conflictos son algo que ocurre una sola vez en la vida de un cristiano, permíteme ofrecerte otro ejemplo más reciente. Esta vez, no de mi época universitaria, sino durante mi pastorado. Esta historia me toca más de cerca, ya que tiene que ver con las personas que he sido llamado a pastorear y los desafíos de dirigir una iglesia joven a través de aguas turbulentas.
Después de la universidad, fui al seminario para obtener una maestría. Cuando mi graduación estuvo próxima, comencé un tiempo de formación pastoral en una pequeña iglesia bautista. La formación estaba diseñada para durar un año, y luego me enviarían a plantar una iglesia en la región noreste de Columbus, en Ohio. Fue una época emocionante y aterradora.
A pesar de mis propios defectos, Dios fue inmensamente bondadoso con nosotros. Esa maravillosa iglesia nos envió, y vimos un crecimiento más rápido de lo esperado. Además, pudimos nombrar líderes antes de lo que habíamos planeado. Todo esto me entusiasmaba muchísimo. Esos comienzos estuvieron llenos de alegría. Las familias se unían, las vidas eran transformadas y el evangelio avanzaba. En pocas palabras, ¡los dos primeros años de nuestra iglesia fueron increíbles! Todo parecía ir muy bien.
Pero los dos años siguientes fueron lamentables.
¿Qué ocurrió?
Hubo conflictos.
Nuestro equipo de líderes comenzó a estar cada vez más dividido en varias cuestiones. Asuntos en los que creíamos estar de acuerdo se convirtieron en desacuerdos. Algunos podían pasarse por alto como preferencias insignificantes. Otros eran de gran importancia y habrían supuesto un cambio teológico significativo para nuestra iglesia. Este conflicto prolongado duró poco menos de dos años y fue increíblemente difícil. Puede que nunca olvide las noches en vela, las tensas reuniones y los momentos de duda que me invadieron.
Sin embargo, Dios utilizó esa época para santificarme de un modo que nunca habría imaginado: suavizó los bordes afilados de mi carácter que yo no sabía que tenía, desenmascaró ídolos, aumentó mi confianza en Él, me convenció de mi pecado, me humilló (en público y en privado), me regaló perseverancia, agudizó mi pensamiento y me capacitó de maneras que no sabía que necesitaba ser capacitado. Nada de esto hubiera sucedido sin esa prolongada temporada de conflicto.
Además, ¡utilizó esa temporada para santificar nuestra iglesia! Nuestra unidad doctrinal, nuestra profundidad relacional y nuestro celo misionero experimentaron un notable fortalecimiento que, de otro modo, tal vez nunca se hubiera producido. El conflicto nos obligó a clarificar nuestras creencias, a profundizar nuestras relaciones y a comprometernos de nuevo con nuestra misión. Familias que podrían haberse marchado optaron por quedarse y superar las tensiones, y su fidelidad sigue dando frutos. Hoy en día, nuestra iglesia es más fuerte, no a pesar del conflicto, sino gracias a él.
En resumen, Dios utilizó el conflicto (que nadie quería, por cierto) para mi bien y el bien de nuestra iglesia. Esta es la promesa en acción de Romanos 8:28. Dios toma lo que nosotros evitaríamos y lo usa para nuestro bien y para su gloria. El conflicto, aunque doloroso, nunca es en vano en el plan de Dios.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Cómo sueles reaccionar cuando tienes un conflicto con alguien?
- ¿Con quiénes en tu vida es más probable que tengas conflictos?
- ¿Cómo contribuyen tus deseos al conflicto que tienes con los demás?
- Jesús sirvió en lugar de exigir ser servido. ¿De qué manera servir como lo hizo Cristo te ayudaría a resolver tus conflictos?
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Parte III: Pasos prácticos para convertir las peleas en conversaciones fructíferas
Prepara tu corazón
A lo largo de mi vida, he tenido problemas digestivos intermitentes que me han llevado a sufrir intensos episodios de vómitos. No es una realidad muy reconfortante, teniendo en cuenta que mi padre falleció de cáncer de colon. Sin embargo, como la situación no mejoraba mucho cuando llegué a la adultez, en 2023 mi médico me recomendó que me hiciera una endoscopía.
Accedí, sobre todo porque quería resolver el problema de una vez por todas. La perspectiva de una endoscopía no era precisamente emocionante: pocas cosas suenan tan atractivas como que te introduzcan una cámara por la garganta. Pero sabía que ignorar el problema no haría que desapareciera. Tenía que afrontarlo y confiar en que el proceso, aunque incómodo, me ayudaría a encontrar respuestas y a curarme.
Para que la intervención fuera un éxito, tuve que prepararme. Me dieron instrucciones estrictas de no comer nada durante un tiempo determinado y de evitar ciertos líquidos. No se trataba solo de seguir las reglas, sino de garantizar que el médico pudiera ver con claridad para tratar con precisión cualquier problema. Seguí las instrucciones y, por la gracia de Dios, la intervención salió bien; todo estaba en orden.
Si queremos resolver los conflictos, entonces, al igual que un procedimiento incómodo, debemos prepararnos intencionadamente para tener conversaciones incómodas. Una preparación adecuada nos ayuda a ver con claridad para abordar los problemas.
Estas son tres maneras en que podemos preparar intencionadamente nuestro corazón:
1. Oración
Conozco a algunas personas que les sientan bien las conversaciones incómodas. Tienen un don particular para ellas, y parece como si realmente disfrutaran tenerlas. En cambio, si eres como yo, no es tu caso. Las conversaciones incómodas me provocan más ansiedad que entusiasmo.
Aun así, sé que necesito tenerlas. La fidelidad a Dios lo exige. Como creyentes, somos llamados a enfrentar los conflictos, no a evitarlos. Ignorar los problemas puede parecer más fácil en el momento, pero a menudo causa heridas más profundas y una división prolongada. Dios nos llama a buscar la reconciliación, aunque sea difícil.
En Filipenses 4:6 se nos dice: «No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias». Este versículo es un salvavidas para quienes nos sentimos intimidados por las conversaciones difíciles. Nos recuerda que no nos enfrentamos solos a los conflictos: Dios está con nosotros, dispuesto a escuchar nuestras oraciones y a brindarnos su paz.
Nuestro primer paso para prepararnos para las conversaciones difíciles es llevar el asunto ante el Señor en oración. «¿Vive el hombre desprovisto de paz, gozo y santo amor? Esto es porque no llevamos todo a Dios en oración» (Canción: ¡Oh, qué amigo nos es Cristo!).
Depositemos nuestra ansiedad en Dios. Pedro nos exhorta: «Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes» (1 Pedro 5:7). Llevemos esos pensamientos llenos de angustia a Dios en oración y recordemos su promesa: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7).
Confesemos nuestros temores a Dios. Digámosle a Dios que nos sentimos ansiosos por la conversación. Reconozcamos cualquier temor al hombre que aún resida en nosotros y confesemos nuestro pecado. Este paso es crucial. Me he dado cuenta de que cuando estoy ansioso por una conversación, a menudo es porque me preocupa cómo me percibirán. ¿Pensarán mal de mí? ¿Se enfadarán? Al confesar estos temores a Dios, recuerdo que lo que más importa es su aprobación. Él se preocupa por mí y es fiel para guiarme. «Temer a los hombres resulta una trampa, pero el que confía en el Señor sale bien librado» (Proverbios 29:25).
Pidámosle a Dios. Pidámosle que nos fortalezca, que nos revele nuestro pecado, que nos traiga a la mente las palabras adecuadas durante la conversación, que nos dé la sabiduría que viene de lo alto y que se resuelva todo el conflicto. Pidámosle que nos prepare el camino y que bendiga nuestros esfuerzos. A veces, hago una oración específica y breve antes de una conversación difícil: «Señor, ayúdame a decir la verdad con amor. Ayúdame a ver mis propios errores. Ablanda su corazón y el mío. Que esta conversación te glorifique a ti». Estas oraciones me anclan en la fuerza de Dios, no en la mía.
Pero antes de dar cualquier otro paso hacia la resolución del conflicto, primero debemos orar. La oración no es solo un paso preliminar; es la base. Alinea nuestros corazones con el de Dios, calma nuestros miedos y nos prepara para acercarnos a los demás con gracia y humildad.
2. Autorreflexión
Si nos consideramos pecadores (¡y lo somos!), la humildad exige que nos tomemos un tiempo para considerar cómo nuestro pecado ha contribuido al conflicto. Este es uno de los pasos más difíciles pero más transformadores en la resolución de conflictos. Es fácil señalar con el dedo, ver con claridad los defectos de la otra persona, pero la humildad exige que nos miremos primero a nosotros mismos y nos preguntemos: «¿Cómo he contribuido yo a esto? ¿En qué he pecado?».
Recuerdo una ocasión en la que tuve una reunión privada con algunos hombres sobre un asunto importante en el que todos estábamos involucrados. Ninguno de nosotros estaba contento con cómo se había desencadenado todo, y estábamos considerando soluciones, reconociendo cómo cada uno había contribuido de alguna manera al problema en cuestión. Parecía que, aunque difícil, la humildad estaba permitiendo cierto progreso.
Hasta que uno de los hombres, que había estado callado, decidió hablar. «No asumo ninguna responsabilidad por esto», dijo.
Los demás nos miramos confundidos.
Todo el progreso que creíamos haber conseguido en aquella reunión se evaporó con una sola frase. La atmósfera se volvió densa, como si el aire hubiera sido succionado. Su negativa a admitir cualquier error bloqueó la conversación.
Con el tiempo, tomamos caminos separados, pero hasta el día de hoy, ese conflicto sigue sin resolverse. Es un doloroso recordatorio de que, sin humildad, la reconciliación es casi imposible. Cuando nos negamos a examinar nuestro propio corazón, construimos muros en lugar de puentes.
Si queremos preparar nuestros corazones para que los conflictos se conviertan en conversaciones fructíferas, debemos tomarnos el tiempo para hacer una autorreflexión y reconocer nuestro pecado.
«Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8). Este versículo es un llamado aleccionador a la honestidad. La autorreflexión no consiste en revolcarse en la culpa, sino en alinearse con la verdad. Cuando reconocemos nuestro pecado —ya sea orgullo, ira o egoísmo—, abrimos la puerta al arrepentimiento, al perdón y a la sanación.
Para practicar la autorreflexión, prueba este ejercicio: antes de iniciar una conversación difícil, ora por unos momentos, pidiendo a Dios que te revele tu pecado. Escribe las actitudes, palabras o acciones que puedan haber contribuido al conflicto. Sé específico. Luego, confiésaselo a Dios y, si corresponde, a la otra persona. Este acto de humildad puede aminorar la tensión y sentar las bases para una conversación fructífera.
3. Busca la sabiduría de Dios
Es de necios suponer que no necesitamos la sabiduría de los demás. Proverbios 26 es único. Los primeros once versículos están destinados a describir el estado terrible de un necio, y luego, para dar más énfasis a su mensaje, Salomón dice en el versículo 12: «¿Te has fijado en quien se cree muy sabio? Más se puede esperar de un necio que de gente así».
No pases eso por alto.
Hay más esperanza para un necio que para alguien que se cree suficientemente sabio. Para que se entienda mejor, veamos las vívidas imágenes de Proverbios 26:1-11. Según estos once versículos, los necios:
- Deben recibir latigazos en lugar de honores.
- No se les debe responder a sus argumentos (a menos, por supuesto, que sea para recordarles su necedad).
- No se les debe confiar mensajes importantes.
- Nunca deberían pronunciar un proverbio.
- No se los debe emplear.un proverbio
- No debe ser empleado
El necio es retratado como muy poco confiable; sin embargo, Salomón dice que hay más esperanza para el necio que para alguien que confía en su propia sabiduría. ¿Por qué? Porque la autosuficiencia no nos permite ver nuestra necesidad de Dios y de los demás.
La buena noticia es que Dios concede la sabiduría de forma gratuita y generosa a quienes se la piden (Santiago 1:5). Esta promesa es un salvavidas para la resolución de conflictos. Cuando no estamos seguros de cómo proceder, Dios nos invita a pedirle su sabiduría, y Él promete dárnosla. Esta sabiduría no es solo conocimiento intelectual, sino una percepción práctica y divina que conduce a la paz (Santiago 3:17).
A menudo, la forma en que Dios brinda esa sabiduría es a través de hermanos y hermanas fieles que Él ha puesto a nuestro alrededor. Así que, si aún no te has unido a una iglesia local, ¡hazlo! Es un centro de sabiduría divina. Forja amistades profundas allí y, luego, para crecer en sabiduría, haz lo siguiente:
- Continúa pidiéndole sabiduría a Dios (Proverbios 2:6-7; Santiago 1:5).
- Dedica tiempo a leer la Biblia de manera constante, sabiendo que es allí donde se encuentra la verdadera sabiduría (Proverbios 2:1-5).
- Pide a otros miembros de la iglesia que compartan la sabiduría que han acumulado.
- Pide sabiduría a otros cristianos fuera de tu iglesia.
- Utiliza recursos cristianos para crecer en sabiduría (libros, artículos, pódcast, videos, etc.).
Como aclaración final sobre este punto, debemos tener cuidado cuando hablamos con otra gente (especialmente con otros miembros de la iglesia) sobre la persona con la que estamos en conflicto. Debemos asegurarnos de que nuestras palabras no dañen su nombre o su reputación.
Buscar sabiduría no significa contar chismes o calumniar a la otra parte. Cuando consultes a otros, céntrate en tu propio corazón y en tus acciones, no en ventilar los defectos de la otra persona. Por ejemplo, en lugar de decir: «No está siendo razonable», podrías decir: «Me está costando reaccionar pacientemente en esta situación; ¿puedes ayudarme a ver en qué me estoy equivocando?». Este enfoque honra a Dios y protege la unidad del cuerpo de Cristo.
Para poner esto en práctica, puedes identificar a uno o dos creyentes de confianza que puedan ofrecerte buenos consejos. Cuéntales de tu situación de forma sincera pero discreta, y pídeles su buen juicio. He hecho esto en mis propios conflictos. Con gusto les pido a varios hermanos que me brinden un consejo general (Proverbios 11:14), pero para garantizar la discreción, solo comparto detalles específicos con algunos (por lo general, con otros líderes). Su sabiduría a menudo me ha ayudado a ver los puntos ciegos y a abordar las conversaciones con mayor claridad y gracia.
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Preguntas para reflexionar:
- Cuando estás en conflicto, ¿te cuesta ver tu propia falta? ¿Quién en tu vida podría ayudarte a ver en qué puedes estar errando?
- ¿Te resulta fácil o difícil hablar con Dios sobre los conflictos de tu vida?
- ¿En qué ocasión buscaste sabiduría y el Señor te la dio, ya sea a través de tiempo en su Palabra o con su pueblo?
- ¿De qué manera tu propia disposición a disculparte y a recibir perdón ha ayudado a sanar conflictos? ¿Estás dispuesto a perdonar a los demás? ¿Por qué es difícil hacerlo?
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Parte IV: A la hora de conversar
Hemos hablado de cómo surgen los conflictos y de por qué Dios permite que se produzcan. Después de preparar nuestros corazones para la conversación, ahora consideraremos algunos pasos prácticos que pueden ayudar a que nuestras conversaciones sean fructíferas.
1. No esperes
Jesús anima a sus seguidores a que resuelvan los conflictos lo antes posible (Mateo 5:23-24; Efesios 4:26-27). Una vez que te das cuenta de que estás en conflicto, es importante abordarlo de inmediato. No hacerlo solo hace que brote una raíz de amargura y cause dificultades (Hebreos 12:15). Por desgracia, he sufrido esto de primera mano en mi propia vida, esperando que un asunto se resolviera solo. Sin embargo, sucedió todo lo contrario: el silencio permitió que creciera el resentimiento, lo que hizo que al final la conversación fuera mucho más dolorosa.
2. Sé claro
La claridad es amabilidad. Este principio se aplica tanto antes de la conversación como durante la misma.
De antemano, cuando pidas reunirte con una persona para resolver un conflicto, deja claras tus intenciones. Es mucho mejor ser directo que dejar que la otra parte se pregunte si se trata de un conflicto o no. La ambigüedad puede aumentar la ansiedad o dar lugar a malentendidos, haciendo que la conversación empiece mal.
En lugar de decir: «Ey, Juan, vayamos a tomar un café algún día», prueba con esto: «Ey, Juan, sé que hemos tenido algunos desacuerdos sobre nuestro reciente proyecto. ¿Podemos discutirlo algún día con un café de por medio?». Las peticiones vagas y especulativas en medio de un conflicto pueden crear confusión o sospechas. Sé específico sobre el propósito de la reunión para honrar a la otra persona y sentar las bases de una discusión productiva.
Durante la conversación, deja claros tus puntos de vista. Si crees que la persona ha pecado contra ti, asegúrate de que lo entienda. Si crees que está en pecado, no le des más vueltas. Sea lo que sea que creas que es la causa del conflicto, tráela a la luz para que ambas partes puedan verla claramente. Yo he cometido el error de no ser lo suficientemente claro, y eso solo provocó más dolor a todos los implicados.
Antes de iniciar la conversación, puedes escribir tus puntos principales. Esto te ayudará a articular tus preocupaciones sin divagar ni esquivar el tema. La claridad no consiste en ser duro, sino en ser sincero de un modo que invite a la comprensión y a la resolución.
3. Evita la charla trivial
Cuando te sientes a tener la conversación, es mejor ir directamente al grano. No trates de construirla de a poco. Ambas partes saben lo que está pasando, y la charla trivial puede resultar manipuladora, poco sincera y generar desconfianza. Además, puede hacerte perder un tiempo valioso y prolongar la tensión para ambos.
Si evitas la charla trivial, podrás llegar antes al meollo de la cuestión. Esto hará que ambos tengan más tiempo en la conversación para recuperarse del golpe inicial, y podrán dedicar parte de ese tiempo a la reconciliación.
Una forma práctica de hacerlo es con una breve y gentil introducción que reconozca el propósito (y la posible incomodidad) de la reunión. Podrías decir algo como: «Gracias por reunirte conmigo. Sé que probablemente no es así como quieres pasar la hora del almuerzo, pero esperaba que pudiéramos hablar de lo que está pasando, intentar entendernos mejor y encontrar una forma de resolverlo». Esto establece un tono centrado y sincero, y allana el camino para una discusión fructífera.
4. Escucha bien
Si queremos mantener una conversación fructífera con alguien, y más aún con alguien con quien tenemos un conflicto, tenemos que saber escuchar. Escuchar bien es un acto de amor que demuestra que valoramos la perspectiva de la otra persona y que estamos dispuestos a dejar de lado nuestras propias suposiciones. No se trata solo de escuchar las palabras, sino de tratar de entender el corazón que hay detrás de ellas.
Pensemos en el trabajo de un detective. Tras concluir que se ha cometido un crimen, empieza a identificar a las personas implicadas. A partir de ahí, hace preguntas, una tras otra, pregunta tras pregunta, y toma muchas notas durante el proceso. Todo lo hace en un intento de comprender mejor qué ocurrió exactamente. Un buen detective no parte de la culpabilidad, sino que reúne pruebas cuidadosamente, escuchando cada detalle antes de llegar a una conclusión.
Un mal detective se apresurará a sacar conclusiones a la primera prueba que descubra. Un buen detective sabe que no es así y que debe seguir indagando.
Cuando nos encontramos en conflicto con otros, podemos sentir la tentación de acercarnos a ellos con recelo. Sin embargo, debemos recordar que no es útil sacar conclusiones precipitadas sin antes hacer preguntas. Dejemos que Proverbios 18:13 nos guíe en este sentido: «Es necio y vergonzoso responder antes de escuchar». Este versículo es un recordatorio aleccionador de que el juicio prematuro no solo obstaculiza la resolución del conflicto, sino que también deshonra a Dios.
Tenemos la obligación de escuchar antes de emitir un juicio. Luego de compartir nuestras inquietudes al inicio de la conversación, reconozcamos la posibilidad de que quizás no dispongamos de toda la información necesaria. Para ello, podemos formular preguntas como las siguientes:
- «Basándome en lo que he dicho, ¿es posible que haya malinterpretado la situación?».
- «¿Lo que he dicho es una evaluación precisa de lo que ha ocurrido?».
- «¿Me falta alguna información clave?».
- «¿He presentado la situación de forma justa?».
Si bien esta lista no es exhaustiva, estas preguntas transmiten el deseo de honrar Proverbios 18:13. En lugar de sacar conclusiones precipitadas, al hacer estas preguntas, mostramos la voluntad de escuchar cualquier cosa que pueda haberse pasado por alto y la humildad para recibir corrección cuando sea necesario.
Hace un tiempo, estaba discipulando a un joven que había entrado en conflicto con un hombre mayor de la iglesia. Habían quedado para hablar en persona, y yo le aconsejé al joven que iniciara la conversación con humildad, suponiendo que el hombre mayor tenía razón, que aprendiera de él y que fuera cauteloso al hablar.
A su favor, el joven recibió mi consejo y abordó la conversación con humildad. En cambio, el hombre mayor, para su vergüenza, demostró menos sabiduría de la que yo había previsto. En lugar de seguir el ejemplo de Proverbios 18:13 y tratar de comprender realmente a su hermano, comenzó a acusar al joven. Insistió en que estaba en pecado por no estar de acuerdo con su opinión. Pensó que disponía de toda la información necesaria para emitir un juicio, pero nunca se tomó el tiempo de escuchar, lo que bloqueó cualquier posibilidad de resolución, y ambos quedaron frustrados. En lugar de ser un ejemplo de la sabiduría de Proverbios 18:13, fue un ejemplo del necio de Proverbios 18:2, al que «no le complace la inteligencia [y] tan solo hace alarde de su propia opinión».
No escuchar es una de las formas más rápidas de bloquear lo que de otro modo podría haber sido una conversación fructífera. Cuando iniciemos conversaciones difíciles, hagámoslo con la humildad suficiente para escuchar bien. Cuando ambas partes lo hacen así, el terreno de la conversación tiene la oportunidad de dar mucho fruto.
5. Di la verdad con amor
En todo esto, es importante decir la verdad con amor (Efesios 4:15). Hasta el día de hoy, tengo amigos que se niegan a escuchar ciertas verdades porque alguien se las dijo de una manera dura y sin amor. No estoy abogando por el silencio, sino porque nuestra forma de hablar refleje Proverbios 15:1: «La respuesta amable calma la ira, pero la agresiva provoca el enojo». Este equilibrio es fundamental. La verdad sin amor puede causar heridas profundas, mientras que el amor sin verdad puede dar lugar al pecado. Decir la verdad con amor requiere tanto valor para abordar el tema como compasión para cuidar de la persona.
A pesar de lo que algunos puedan decir, el tono sí importa. Un tono duro puede agravar el conflicto, mientras que un tono amable puede atenuarlo. Piensa en las personas que más han influido en tu vida. ¿Su tono contigo fue duro o amable?
A lo largo de todo el conflicto, asegurémonos de comunicar claramente la verdad de una manera que refleje amor por aquellos con los que no estamos de acuerdo. Esto significa elegir palabras que edifiquen y no derriben (Efesios 4:29). Por ejemplo, en lugar de decir: «Estás equivocado», prueba con decir: «Yo lo veo diferente, pero quiero entender tu perspectiva. Ayúdame». Este enfoque hace que la conversación sea edificante y refleja el amor de Cristo, incluso en el desacuerdo.
6. Apresúrate a perdonar
Si el Señor bendice la conversación, y la otra parte reconoce el pecado y pide perdón (Lucas 17:3-4; Colosenses 3:13), ¡date prisa en perdonar! Negar el perdón no solo es destructivo para la reconciliación, sino que también es incompatible con el cristianismo (Mateo 6:14-15). El perdón está en el corazón del evangelio. Así como Dios nos ha perdonado a través del sacrificio de Cristo, debemos extender esa misma gracia a los demás, aunque sea difícil.
Dios no nos obliga a esperar cuando pedimos perdón. Nos ha prometido que siempre que pidamos misericordia, Él nos la concederá (1 Juan 1:9). Por lo tanto, como pecadores que hemos recibido el perdón de Dios, también nos apresuramos a extenderlo a quienes han pecado contra nosotros (Mateo 6:12).
La misericordia que hemos recibido en Cristo nos ha hecho un nuevo pueblo (1 Pedro 2:10), un pueblo que lleva la buena noticia de la misericordia reconciliadora de Dios a quienes nos rodean. Se nos ha dado «el ministerio de la reconciliación» (2 Corintios 5:18). Por eso, cuando las personas con las que tenemos conflictos confiesan su pecado y piden perdón, respondemos como lo hace nuestro Dios y Rey: con el perdón inmediato y el gozo de la reconciliación (Lucas 15:11‑32). La parábola del hijo pródigo lo ilustra de forma maravillosa: el padre corre a abrazar a su hijo arrepentido y no le echa en cara sus pecados. En nuestras relaciones, nosotros debemos reflejar esa misma gracia abundante.
7. Sigue el proceso
Si tu conflicto es con otro miembro de la iglesia, si el asunto está relacionado con el pecado, y si tu conversación no condujo al arrepentimiento, es importante que sigas el proceso establecido por Jesús en Mateo 18:15-20. En su sabiduría, Dios le ha dado a su Iglesia una guía paso a paso para abordar el pecado sin arrepentimiento dentro de la iglesia. Este proceso no consiste en castigar, sino en restaurar, con el fin de que el hermano o la hermana descarriados vuelvan a estar en comunión con Dios y con la Iglesia.
Si la otra parte se niega a reconocer su pecado, el siguiente paso es tener otra conversación, pero esta vez con una o dos personas más (Mateo 18:16). La razón de esto es para que otros puedan ayudar a determinar si estás exagerando o si se trata de un pecado sin arrepentimiento que necesita ser abordado. Es sabio reservar esto para pecados que son (1) verificables, (2) significativos y (3) sin arrepentimiento.1
Si tu conflicto es con un cristiano que es miembro de otra iglesia, dependiendo del grado del conflicto, puede ser útil hablar con uno de sus pastores. Ellos tienen la responsabilidad de cuidar de las almas bajo su cargo, y si hay pecado sin arrepentimiento del que ellos no están al tanto, entonces sería bueno que lo supieran para que puedan abordarlo. Similar a lo anterior, esto debe ser reservado para pecados que son verificables, significativos y sin arrepentimiento.
Si tu conflicto es con una persona que no profesa la fe cristiana, te animo a que hables del asunto con tu pastor o tus pastores para los siguientes pasos. Los conflictos con los no creyentes requieren sabiduría, ya que pueden no compartir tus valores bíblicos. Tu pastor puede ayudarte a discernir si debes proseguir la conversación, buscar mediación o simplemente confiar el asunto a Dios (Romanos 12:18).
Si tu conflicto está relacionado con una actividad delictiva, te animo a que te pongas en contacto con las autoridades y permitas que el Estado ejerza la autoridad que Dios le ha concedido (Romanos 13). Esto también sería mejor llevarlo a cabo con la supervisión de tu pastor o tus pastores.
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Preguntas para reflexionar:
- ¿Alguna vez te fue mal en una conversación difícil? Si es así, ¿qué salió mal y por qué?
- ¿Cuál de los consejos anteriores para tener conversaciones complicadas te parece más difícil de aplicar a tu propia vida y por qué?
- ¿De qué manera saber que Dios nos perdona nos ayuda a perdonar a los demás?
- ¿De qué manera la sabiduría de Jesús en Mateo 18 nos ayuda a manejar los conflictos dentro de nuestras iglesias?
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Conclusión
En Mateo 5:9, cabe señalar que Jesús no dice: «Dichosos los que gozan de paz», sino que dice: «Dichosos los que trabajan por la paz». En un mundo caído, tendremos conflictos. Pero a pesar de ello, trabajamos por la paz, y esto requiere esfuerzo.
A veces, trabajamos por la paz manteniéndonos al margen de los pleitos (Proverbios 20:3), demostrando un espíritu sereno (Proverbios 17:27-28), negándonos a tomar represalias (1 Pedro 3:9) o simplemente rehusándonos a participar (Proverbios 26:4; 29:9). Estas estrategias son como elegir no echar leña al fuego.
Otras veces, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, nos encontramos involucrados en algún conflicto. Es en esos momentos cuando debemos recordar nuestro ministerio de la reconciliación (2 Corintios 5:18). Si actuamos con prontitud, hablamos con claridad, escuchamos bien y perdonamos, creamos oportunidades para que Dios obre a través de nuestras conversaciones. Estos pasos no son fáciles, pero valen la pena, pues transforman las peleas en conversaciones fructíferas que glorifican a Dios y fortalecen las relaciones. Que podamos abordar cada conflicto con la humildad y la gracia de nuestro Salvador, confiando en que Él nos guiará hacia la paz.
Notas finales
1. Estoy en deuda con Jonathan Leeman por estos útiles filtros.
Acerca del autor
Rob Kane es pastor de la Iglesia Citizens en Westerville, Ohio. Está casado con Danielle y tienen tres hijos: Finley, Lennon y Ezra.
Tabla de contenido
- Parte I: ¿Qué es el conflicto?
- ¿Y qué hay de ti?
- Primeros principios
- Principio 1: Procura la paz
- Principio 2: No idolatres la paz
- Preguntas para reflexionar:
- Parte II: Comprendamos el cómo y el porqué de los conflictos
- Las raíces (el cómo)
- El diagnóstico
- Dos síntomas
- El diseño de Dios
- En la universidad
- En el ministerio
- Preguntas para reflexionar:
- Parte III: Pasos prácticos para convertir las peleas en conversaciones fructíferas
- Prepara tu corazón
- 1. Oración
- 2. Autorreflexión
- 3. Busca la sabiduría de Dios
- Preguntas para reflexionar:
- Parte IV: A la hora de conversar
- 1. No esperes
- 2. Sé claro
- 3. Evita la charla trivial
- 4. Escucha bien
- 5. Di la verdad con amor
- 6. Apresúrate a perdonar
- 7. Sigue el proceso
- Preguntas para reflexionar:
- Conclusión
- Notas finales
- Acerca del autor