#30 Hasta Que La Muerte Nos Separe: Viviendo La Muerte De Un Cónyuge
Introducción: Bienvenido A Esta Dolorosa Aventura
Como ya has leído el título de esta guía de estudio y has escuchado esas palabras en ceremonias nupciales, ya sabes de qué tratan estas páginas.
Es posible que ya hayas experimentado la muerte de tu pareja. O quizá debido a que él o ella padece una enfermedad terminal estás a punto de caer en ese gran foso. Y por esta razón, probablemente estás ansioso por saber cómo afrontar los momentos que se avecinan manteniéndote en pie y honrando a tu ser amado, ¿verdad? Bien, me alegro de que estés aquí. Bienvenido.
Sepulté a mi esposa después de casi 45 años de matrimonio. Y creo que si hubieras estado conmigo en el cementerio Dr. Phillips de Orlando ese 14 de noviembre de 2014, a eso del medio día, habrías podido sentir cómo el sonido que se oía mientras bajaban lentamente su ataúd a la tierra era desgarrador. O, por lo menos, lo era para mí. Era más dolor del que había conocido hasta entonces.
A duras penas salí hacia mi casa, que estaba a unos cientos de metros de distancia, y saludé a unos cuantos amigos que ya estaban allí con un montón de comida sobre la mesa del comedor. Mientras ahogaba la tristeza del momento en conversaciones con familiares y amigos a quienes quería, pasé las siguientes horas en blanco. Sé que todos fueron dulces conmigo, pero tengo muy pocos recuerdos de lo que realmente ocurrió.
A la mañana siguiente, temprano, antes de que el sol saliera por el horizonte oriental, regresé al cementerio. Me sentó bien haber estirado las piernas durante el trayecto. Cuando llegué, había una auténtica montaña de flores recién cortadas, que empezaban a marchitarse y a oler, amontonadas en el lugar.
«¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer?» Me oí susurrar en voz baja.
Mientras lees esto durante los próximos minutos, será un honor para mí que me acompañes en esta conversación susurrante. ¿Qué había hecho para prepararme para ese momento y qué haría ahora para seguir adelante?
Audioguía
Audio#30 Hasta Que La Muerte Nos Separe: Viviendo La Muerte De Un Cónyuge
Parte I: Hasta Que La Muerte Nos Separe
Lo que dijimos en nuestra boda
«Repitan conmigo», anuncia el ministro, «hasta que la muerte nos separe». Los novios obedecen y se repiten estas palabras.
A lo largo de los años, como un veterano en esto del matrimonio e incluso de la muerte del cónyuge, cuando estoy en la congregación, ese momento en la ceremonia me hace sonreír. No de una manera cínica, sino simpática. La mayoría de las veces, el hombre y la mujer que están de pie ante su familia y amigos son jóvenes vibrantes y ansiosos. Se encuentran en la plenitud de su salud. Morir no es algo que tengan en mente, ni siquiera pasa por su cabeza.
No obstante, ahora que ya eres algo mayor que esos recién casados, es probable que ya hayas pensado en ello, e incluso que lo hayas hablado con tu pareja. Algún día, tú y tu pareja van a morir.
La única incógnita que queda es quién morirá primero y cuándo.
Como sabes, esto realmente sucede. Los maridos mueren; las esposas mueren. A menudo exhalan su último suspiro mientras su pareja permanece a su lado, sin saber qué hacer a continuación.
Qué desagradable
Como padre de dos niñas, hace muchos años mis hijas me presentaron la palabra desagradable. La decían cuando el perro del vecino había sido atropellado por un vehículo que iba a toda velocidad o cuando descubrían algo pegajoso en la barra lisa de la cocina. Cuando están estresados,
los niños hacen ruidos con la boca o golpean a su hermano en el brazo; las niñas se hacen algo absurdo o dicen palabras como ésta.
La verdad innegable es que la muerte es real y que tú o tu pareja van a morir. En una palabra, esto es desagradable.
Esta guía de estudio me ofrece la oportunidad de relatar lo que le ocurrió a la que fue mi esposa durante casi cuarenta y cinco años. Y también de lo que me ocurrió a mí. El plan es alentarte a medida que te preparas para esta dolorosa posibilidad.
No es nada nuevo
Los dos primeros capítulos del primer libro de la Biblia, el Génesis, pintan un cuadro impecable donde todas las cosas son buenas. En algunos casos muy buenas. Pero cuando llegamos al capítulo tres, todo cambia. Y lo que encontramos en el resto del Génesis, muestra cómo luce lo malo —desagradable—. En algunos casos, muy malo. Muy desagradable.
Y una de estas terribles cosas que resultaron de la desobediencia de Adán y Eva fue la muerte. Hasta ese momento, nada moría. Todo vivía y seguiría viviendo para siempre. Flores y animales de todos los tamaños y formas, incluyendo jirafas y orugas. Al principio, las personas no tenían fecha de caducidad. Luego, desobedecieron a Dios y se pronunció un horrible decreto según el cual, con el tiempo, todo perecería.
«Porque polvo eres y al polvo volverás» (Gn 3:19).
Pero la parte más desalentadora de esta sentencia divina es que la palabra tú no se refiere únicamente a Adán. El pronombre es plural. Y nosotros estamos incluidos: tú y yo, y las personas a las que hemos amado, a las que amamos ahora y a las que amaremos mañana. Gracias a Adán, el proceso de la muerte comienza en el mismo instante en que aspiramos nuestra primera gran bocanada de aire como recién nacidos. Al igual que un reloj de arena al que se le ha dado la vuelta, la arena de arriba comienza a deslizarse hacia abajo a través del agujero del centro. No hay vuelta atrás. Estamos en una trayectoria unidireccional. Y, nuevamente, como diría cualquier adolescente que se respete, esto es desagradable. Realmente lo es.
Y mucho más allá del Jardín del Edén, a lo largo de la Biblia y de toda la historia registrada, hay muchas más cosas que se han escrito sobre la muerte.
Por ejemplo, Job, desde lo más profundo de su propia desesperación, afirmó que esto era así: «Pocos son los días y muchos los problemas, que vive el hombre nacido de mujer. Es como las flores que brotan y se marchitan; es como efímera sombra que se esfuma» (Job 14:1-2).
Una flor se marchita. Una metáfora brillante y más que adecuada de la muerte, ¿no crees?
Incluso en su salmo más amado y gentil, David ya asume el final de la vida. No abre este tema en el Salmo del Pastor con un por si acaso o un tal vez, sino que comienza la oración de la muerte con las palabras aunque. Es como si no hubiera elección en el asunto; y es porque no la hay.
«Aunque pase por el valle de sombra de muerte» (Sal 23:4).
Así que, la muerte es inevitable, y gracias a la desobediencia de Adán y Eva en el Jardín del Edén, a raíz de su insensatez, desafío y miopía, como consecuencia de todo ello encontramos en la Biblia relatos de hombres y mujeres que mueren. Podemos aprender algunas cosas importantes de estos relatos. Y este es uno de mis ejemplos favoritos.
Hombres, formen un círculo
Jacob —también conocido como Israel— era ya un anciano que se acercaba a su meta. La historia completa de su vida es digna de un guión de película de Hollywood. Como ya no podía ver, el débil patriarca llamó a su hijo José y a sus dos nietos Efraín y Manasés. Jacob los reunió en
su lecho y les habló. Y José se inclinó ante su padre moribundo. Es una escena muy tierna.
Israel bendijo a José, y dijo: El Dios delante de quien anduvieron mis padres Abraham e Isaac, El Dios que ha sido mi pastor toda mi vida hasta este día, El ángel que me ha rescatado de todo mal, Bendiga
a estos muchachos; Y viva en ellos mi nombre, Y el nombre de mis padres Abraham e Isaac; Y crezcan para ser multitud en medio de
la tierra (Gn 48:15-16).
Entonces Jacob reunió a sus doce hijos, y quizá alguien más se les habrá sumado. Su tarea era hacer con todos ellos lo que acababa de hacer con José y sus hijos: instruirlos y bendecirlos.
Cuando Jacob terminó de encargar estas cosas a sus hijos, recogió sus pies en la cama y expiró, y fue reunido a su pueblo (Gn 49:33).
A pesar de que estas palabras fueron escritas hace miles de años, cuando tú y yo pensamos detenidamente en ellas, siguen teniendo mucho peso. Jacob, a pesar de ya ser muy anciano, está lo suficientemente vivo como para hablar a sus hijos. Luego se recuesta, se acurruca y expira.
Después de ti, ¿quién va primero?
Al leer estas palabras, el hecho de que finalmente vas a morir puede resultar muy inquietante. Lo entiendo. De hecho, y tal vez como un precursor de mi propia muerte, siempre he vivido con un sentido de precaución en casi todo lo que hago. Es posible que tú seas diferente, que te lances a la vida dejando la discreción de lado. Puede que el paracaidismo, el alpinismo y las motos de alta velocidad sean una
parte inseparable de tu mundo. Eso es bueno. Pero no para mí.
Gran parte de mi ansiedad genética ante el peligro y la muerte proviene de un caso agudo de acrofobia. Y, aunque sé que las enfermedades cardiacas son la principal causa de muerte en el mundo, las caídas ocupan un respetable segundo lugar. Esto es especialmente cierto para personas como yo, mayores de cincuenta años. Este dato lo encontré en el sitio web de la Organización Mundial de la Salud. Y por si no estás seguro de lo que se entiende por «caída», la burocracia del gobierno de Estados Unidos se ha tomado la molestia de explicarlo en una única y muy práctica frase:1 «Una caída se define como un suceso que provoca que una persona descienda inadvertidamente al suelo o a otro nivel inferior».2
Esta es exactamente la razón por la que tengo miedo a las alturas. La posibilidad de caerme —y de morir a causa de ese «descenso inadvertido»3— es lo que me hace sentir ese vacío en el estómago, incluso al imaginarme en lo alto de una escalera de tres metros o caminando por un estrecho sendero de montaña al borde de un profundo desfiladero. Hasta he llegado a cambiarme al carril de dentro cuando conduzco por un puente colgante alto. Nunca se es demasiado precavido, ¿verdad?
Si eres terapeuta o si estudiaste psicología básica en la universidad (y te consideras una especie de orientador calificado), quizá estés pensando en organizar una intervención para mi fobia. Ahora mismo me imagino entrando en una habitación, sin sospechar que está llena de amigos que se han reunido con el propósito de ayudarme a afrontar y, tal vez, superar mi miedo a las alturas. Y en el centro de la habitación hay una escalera de dos metros y medio.
Mi interlocutor me dice que el objetivo de la intervención es ayudarme a afrontar y, quizá, superar mi miedo a las alturas. Luego me dice que suba la escalera hasta el penúltimo peldaño (en él hay una etiqueta que advierte de que no se debe pisar el peldaño más alto) mientras mis amigos me observan e intentan animarme.
Es un escenario absurdo, ¿cierto?
Ya que en muchos casos caerse equivale a morir, ¿qué pasaría si, en lugar de tener miedo a las alturas, mi fobia paralizante fuera la muerte? ¿Y si la idea de morir me asustara? No es extraño que, así como acrofobia es la única palabra que define ese miedo a las alturas, exista también un nombre para este miedo a la muerte: tanatofobia.
Quizá las próximas páginas te ayuden a manejar este miedo.
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Discusión y reflexión:
- ¿Cómo describirías tus pensamientos acerca de la muerte? ¿Piensas mucho en ella?
- Lee Hebreos 2:14-16. ¿De qué manera debería afectar la obra de Cristo a nuestros sentimientos y pensamientos sobre la muerte?
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Parte II: La Certeza Y Realidad De La Muerte
Sí, está muerto
Era la primera vez que veía un cuerpo sin vida.
Apenas tenía unos diez u once años. Mi familia había hecho nuestra peregrinación anual a Winona Lake, Indiana, donde mi papá participaba en la conferencia anual de Juventud para Cristo. Durante la mayor parte de su vida adulta fue un ejecutivo de este ministerio en particular.
La pequeña ciudad del centro norte de Indiana tenía un centro de conferencias famoso en todo el mundo —esa era la razón por la que estábamos allí— y un lago. Fue allí donde aprendí a nadar, aunque no por elección propia.
Mientras estaba de pie en el largo muelle que sobresalía de la orilla sobre la superficie del agua, mi hermano mayor decidió que sería un buen momento para que aprendiera a nadar. Fíjate, no he dicho que me enseñara a nadar. Él simplemente me empujó al agua que estaba muy por encima de mi cabeza, pensando que ese momento de desesperación y terror sería todo lo necesario para que yo aprendiera. Por suerte para mis hijos, nietos y bisnietos, tenía razón. En medio de la traición del suceso, los chapoteos y los gorgoteos que siguieron, floté hasta la superficie y nadé.
Fue por aquel entonces cuando mi día en el lago incluyó ser testigo de la muerte de un estudiante casado. Él estaba en la ciudad para asistir al Seminario Teológico Bethel, y ese fue su último día en la tierra. Lo que recuerdo es que su esposa, aterrorizada, pedía ayuda a gritos en un embarcadero al otro lado del lago donde yo tomaba mi clase de natación, unos hombres corrieron al lugar donde él no había salido a la superficie y, al cabo de unos minutos, sacaron su cuerpo del agua. Entonces corrí a verlo más de cerca.
Eso ocurrió mucho antes de que nadie, aparte de los médicos, hubiera escuchado hablar de la RCP ni tuviera la menor idea de lo que significaban esas tres letras. Así que lo pusieron boca arriba en el muelle y yo me quedé a una distancia prudente, mirando el cuerpo. Su mujer estaba desesperada, pero nadie intentó reanimarlo. Y finalmente oímos el sonido de unas sirenas que se dirigían hacia nosotros.
Hice un esfuerzo para verlo todo, y pude observar el cuerpo azulado del hombre que minutos antes había estado nadando con sus amigos en el lago, al igual que el resto de nosotros. Estaba lo bastante cerca para notar que parecía tener los ojos abiertos. En realidad, esta parte de la experiencia fue la que me atormentó durante mucho tiempo.
En los últimos sesenta años he visto muchos difuntos. La mayoría en funerarias donde los cuerpos han sido debidamente vestidos, peinados, plastificados y pintados para camuflar el color y la forma reales de sus rostros hundidos. Sin embargo, siguen siendo lo que son: muertos.
Sí, está muerta
Cuando me pidieron que escribiera esta guía de estudio, la preparación que tuve para hacerlo no era algo que había buscado; o que había disfrutado. Tampoco presumía de ello. En realidad, mi boleto para subirme a este tren fue, como mencioné antes, ver morir a mi esposa.
A finales de octubre de 2014, mi compañera de casi 45 años falleció, o como siempre he preferido decir, pisó el cielo.
Mis hijas, Missy y Julie (que en ese momento tenían 43 y 40 años), estaban sentadas conmigo junto a la cama de hospital que alquilamos para Bobbie, que se encontraba torpemente en medio de nuestra sala de estar en octubre de 2014. Enid, nuestra fiel enfermera de cuidados paliativos, también estaba allí. Había estado en nuestra casa unos quince minutos antes de que mi esposa falleciera. Enid le había tomado la tensión a Bobbie, y estaba muy baja. Luego intentó tomarle el pulso con el pulgar en el dorso de la muñeca. Al principio, Enid nos dijo que estaba débil. Luego nos dijo que no había ninguno. Sorprendentemente, lo supimos porque Bobbie se lo había preguntado.
—No sientes el pulso, ¿verdad? Preguntó Bobbie.
—No, Señorita Bobbie. No lo siento.
Entonces Bobbie pidió que bajaran la cabecera de su cama de hospital para que quedara totalmente horizontal. Luego se giró hacia mí, extendió sus brazos, me tomó de la camisa con ambas manos, acercó mi cara a un par de centímetros de la suya y me dijo: «Te amo tanto». Lo dijo tan claramente como lo había dicho en 1967, cuando nos enamoramos. Entonces suspiró profundamente y murió.
—¿Está muerta? Preguntó Missy a la enfermera con una voz más firme
que asustada.
—Sí, dijo Enid con voz suave.
Acerqué la mano al rostro de Bobbie y le cerré suavemente los párpados, ya que, al igual que el hombre que se ahogó en Winona Lake, no había podido hacerlo por sí misma.
Luego me senté durante varios minutos junto a la cama del hospital, mientras veía cómo el cuerpo de Bobbie se volvía lentamente blanco. Luego frío al tacto. Luego frío.
Después de mi aviso, dos hombres de la funeraria llegaron con una camilla de ruedas. Mis hijas y yo salimos de la sala de estar mientras la levantaban de la cama del hospital y metían el cuerpo de mi mujer dentro de la camilla, cerrándola casi hasta arriba. La subieron al carrito y nos llamaron para avisarnos de que estaban listos. Nos reunimos con ellos, y con la que una vez fue mi radiante esposa, en el vestíbulo de nuestra casa. Solo habían dejado visible el rostro de Bobbie por encima de la cremallera casi cerrada. Entonces los hombres se apartaron amablemente.
Missy, Julie y yo nos tomamos de la mano. Estábamos de pie alrededor de la camilla que llevaba a mi difunta esposa; su difunta madre. Y juntos cantamos una canción que habíamos cantado quizá miles de veces cuando uno de nosotros salía de la ciudad, volvía a la universidad o se acababa una fiesta en nuestra casa. Bobbie había aprendido esta canción cuando era niña en el rancho River Valley, en algún lugar de Maryland.
Adiós, nuestro Dios vela por ti.
Adiós, sus misericordias van delante de ti.
Adiós, y estaremos orando por ti.
Así que adiós, que Dios te bendiga.4
Cuando terminamos de cantar, hice una breve oración de agradecimiento por la vida, el amor, la fe y la belleza de esta dama. Hice un gesto con la cabeza a los dos hombres que, en ese momento, terminaron de cerrar la bolsa sobre la cara de Bobbie y la sacaron por la puerta principal hacia la furgoneta.
No he vuelto a cantar esa canción desde entonces. Es demasiado sagrada para repetirla en cualquier otra ocasión.
Cuando nos casamos en 1970, Bobbie tenía apenas unos veinte años y yo tenía veintidós. Aunque en nuestros votos matrimoniales tradicionales figuraba la frase de la muerte, eso era lo último en lo que pensábamos.
Durante las cuatro décadas y media siguientes, muchas veces Bobbie me dijo que quería ser «la primera en morir». Yo siempre me oponía. ¿Quién quiere hablar de la muerte cuando la mayor parte de tu vida se despliega ante ti? Yo no.
Pero ahora, me enfrentaba a la realidad del deseo de Bobbie. Ella estaba muerta. Yo era viudo. Missy y Julie estaban iniciando el resto de sus jóvenes vidas sin su madre.
Bobbie va al hospital
Al igual que a tantas personas cada año en todo el mundo, el cáncer atrapó a Bobbie a los 64 años. La travesía en la que nos embarcó esta enfermedad comenzó con una visita a una clínica de oncología femenina en 2012 en el MD Anderson de Orlando, donde vivíamos. Cuando Bobbie, Julie y yo salimos por primera vez del ascensor en el segundo piso, la sala de espera —tan silenciosa como un cementerio— estaba llena de mujeres. Algunas leían un libro, miraban sus teléfonos inteligentes o charlaban tranquilamente con sus maridos. Otras estaban solas, sin hacer nada. Casi todas estaban calvas. Unas pocas llevaban sus cabezas desnudas cubiertas con una bufanda o un gorrito de lana.
Ojalá pudiera describir lo que sentí aquel día sin tener que limitarme a las palabras, pero no puedo. Se quedó grabado a fuego en mi memoria, donde permanecerá hasta el momento en que me toque a mí. Y así, esta visita al segundo piso inició una travesía de treinta meses que terminó aquel frío día de octubre cuando cantamos «La canción del adiós». Bobbie había sido toda una guerrera. Yo también intenté serlo, y lo conseguí la mayor parte del tiempo.
Quiero decir justo ahora, en esta guía de estudio, que la experiencia de atravesar la puerta de la muerte acompañando a mi esposa casi eliminó por completo mi miedo a la misma. Principalmente, esto se debió a la extraordinaria actitud de Bobbie ante la inevitabilidad de su fallecimiento después de que le diagnosticaran un cáncer de ovario en etapa IV.
Y aunque estoy profundamente agradecido por estar vivo ahora, Bobbie me enseñó a cómo morir sin tener que empuñar la mano contra el Dios en el que confió en los buenos tiempos. A pesar de los penosos rigores por los que pasó, conmigo a su lado, no se quejaba.
A veces le digo a la gente que Bobbie no protestó, ni siquiera durante los horrendos efectos de la quimioterapia y de un tratamiento clínico que, literalmente, le hizo sentir que se moría de frío, incluso en el calor de un verano en Florida. Sus miradas inquisitivas no dejan de preguntarse si estoy exagerando. No exagero. Ni siquiera un poco. Ella no gimoteaba ni se quejaba, incluso cuando estaba encorvada sobre el inodoro vomitando la escasa nutrición que le quedaba en el estómago. Cuando terminaba de vomitar, se levantaba con dificultad y sonreía, y me daba las gracias por estar a su lado.
Es debido al ejemplo vivo de mi esposa agonizante que decidí abrazar lo que estoy compartiendo contigo aquí. Me alegro de que te hayas sumado a la aventura de esta guía sobre la muerte, la muerte de tu pareja y, algún día, tu muerte.
Ahora es mi turno
Fui un espectador secundario en la aventura de Bobbie, pero en unos pocos años tuve la oportunidad de poner a prueba mi propio entrenamiento.
En enero de 2020 visité a un dermatólogo para que me revisara una «cosita parecida a un grano» que tenía en el lóbulo de la oreja derecha. ¿Qué hay más inocuo que algo que aparece en esa cosita suave y carnosa que te cuelga de la oreja?
Gracias a la maravilla de la anestesia local, hubo un corte indoloro y un rápido viaje al laboratorio para examinar ese tejido. Una semana más tarde, Nancy y yo nos preparábamos para volar a Latinoamérica para asistir a una conferencia de la que ella era organizadora. Entonces recibí una llamada de mi médico con el informe. Al parecer ella no conocía en absoluto el concepto de diplomacia, tacto o buenos modales, así que fue directa al grano. Su diagnóstico fue franco:
«Robert, tienes un melanoma».
Al instante, mi mente se transportó al MD Anderson de Orlando. Estaba sentado con mi hija y el cirujano de mi difunta esposa, en la sala de consulta, escuchando las palabras: «Su esposa tiene cáncer de ovario en etapa IV».
Ahora era mi turno.
Por suerte para mí, tenía una dirección en la que correr, la que Bobbie había trazado: El cáncer más una generosa dosis de gracia.
Así que la llamada llegó. Tenía cáncer. Nancy estaba ocupada arriba, haciendo su maleta y recogiendo sus notas y materiales para la conferencia, de modo que en ese momento no le hablé de la llamada,
ni de la noticia.
Al día siguiente, estábamos haciendo tiempo y esperando nuestro vuelo a México, en el behemoth conocido como DFW.
«Mi médico llamó ayer», comenté. Nancy sonrió. Luego se quedó paralizada. «Ayer me llamó el dermatólogo», repetí, respirando hondo. «Tengo un melanoma».
Recuerda que estábamos en el año 2020, cuando el mundo entero estaba a punto de estallar.
Pandemia no era una palabra que se oyera a menudo hasta ese año. Y entonces, de repente se convirtió en el tema principal de todos los titulares. Así que mi cáncer se sumó a la potencial ansiedad que la idea del Covid-19 nos producía a Nancy y a mí. Pero, por increíble que parezca, noventa días después, tras una intervención quirúrgica en la que me extirparon el tercio inferior de la oreja para eliminar el melanoma,
me diagnosticaron otro tipo de cáncer que no tenía nada que ver con el anterior.
Dos meses después, cuando todavía estaba en fase de recuperación de la operación, me encontraba haciendo ejercicio en nuestra elíptica. En menos de cinco minutos en este aparato, de repente se me cortó la respiración de forma asombrosa. «¿Qué me pasa?» dije en voz alta.
Así que, como quien acelera el motor «para expulsar el carbón», seguí adelante.
Pero no hubo suerte. Seguía jadeando.
Llamé a mi médico de cabecera y le conté lo sucedido. Siguiendo sus órdenes, me apresuré a ir al hospital para que me sacaran sangre. En menos de dos horas, y gracias al acceso en línea a los resultados de las pruebas, me enteré de que mi recuento de glóbulos rojos era peligrosamente bajo. Una vez más, el médico me mandó al hospital, a urgencias para ser exactos. Lo que siguió fue un par de infusiones de plasma sanguíneo sano, una noche en el hospital y un auténtico desfile de médicos y noticias desalentadoras: Tenía linfoma.
Ahora, con un nuevo cáncer, era el momento de la quimioterapia. Bolsas de veneno conectadas a un puerto en mi pecho, intentando detener las células cancerosas sin matar al huésped que era yo.
Sin embargo, el camino a través de este bosque aterrador había sido despejado. Mi difunta esposa me había enseñado exactamente cómo hacerlo. Así que con mi propio diagnóstico de cáncer —dos de ellos—estaba tan preparado como podía estarlo. Por la gracia de Dios, había recibido una lección inolvidable al ver a mi esposa enfrentarse a la muerte. Y hacerlo día tras día.
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Discusión y reflexión:
- ¿Has perdido a alguien cercano a ti? ¿Cómo te ayudó el Señor? ¿Qué aprendiste?
- ¿Has sido testigo de cómo otra persona ha atravesado la pérdida de un ser querido de manera fiel? ¿Qué lecciones aprendiste de lo que viste?
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Parte III: Preparados Para La Tormenta
Habiendo vivido en el Estado del sol durante diecisiete años, me familiaricé mucho con las predicciones meteorológicas que incluían el icono giratorio de un huracán. Ver ese pequeño icono rojo giratorio en tu computadora cuando vives en el norte es interesante. Pero cuando te encuentras en su trayectoria, es mucho más que eso, es aterrador.
Cuando a tu querido compañero le diagnostican una enfermedad terminal, es como ese huracán giratorio que se dirige a tu vecindario. Es algo grave.
¿Puedo contarte cómo fue realmente la experiencia de vivir en la ruta del huracán Bobbie? ¿Y qué podrías aprender de mi experiencia? Si tú y yo estuviéramos disfrutando de una taza de café en tu lugar de reunión favorito y acabaras de descubrir que tu cónyuge está gravemente enfermo, basándome en mi experiencia, esto es lo que te sugeriría, como preparación para un huracán:
- Sumerge tu viaje en la oración
Bobbie y yo nos casamos en 1970. Durante nuestra primera noche
en el encantador Hotel Hay Adams de Washington D.C., le regalé
un collar de corazones con la promesa de que nuestras vidas estarían impregnadas de oración. Ambos, sentados en el borde de la cama, decidimos que cuando tuviéramos problemas, pediríamos al Señor que interviniera en la situación. Y durante casi cuarenta y cinco años lo hicimos bastante bien.
Si estás casado, e incluso si ambos están bien físicamente, te animo a que ores con tu pareja. No tiene por qué ser una larga e interminable intercesión del campo misionero (por muy importante que sea), puede ser simplemente una expresión de gratitud a tu Padre celestial por Su bondad, Sus provisiones y Su misericordia, y el regalo que es tu cónyuge.
Esta etapa de la enfermedad de tu pareja promete ser un desafío; ¿qué mejor manera de afrontarlo con valentía que con la promesa de la intervención y la compañía de tu Padre celestial? Esto supondrá una gran diferencia para ti, para los dos.
2. Bájale a las noticias
La expresión «no hay nada bueno en la tele» encaja perfectamente aquí. Es probable que el término estresado sea el que describa tu comportamiento y el de tu pareja. Ambos están lidiando con cosas a las que nunca antes se habían enfrentado. Y, por si no te has dado cuenta, no hay nada bueno en las noticias, ya sea en el teléfono,
la computadora o el televisor.
Quizás siempre te has sentido orgulloso de estar informado, pero con el diagnóstico médico, éste podría ser un buen momento para dejar eso a un lado, atreviéndote a seguir adelante sin todos esos titulares. Probablemente tu pareja te agradecerá la tranquilidad.
3. Escucha música
Me gustaría motivarte para que encuentres algo que llene los espacios vacíos que quedan en el aire. Como ya sabes, en YouTube podrás encontrar música maravillosa y sin interrupciones que se adapte al gusto de tu pareja. En lugar del espantoso ruido de Todas las noticias feas de esta noche, podrás escuchar sonidos que te levantarán el ánimo. Una buena idea, ¿verdad?
Si tú y tu pareja disfrutan de música similar, ponla todo lo que puedas. Incluso anoche, mi mujer, Nancy, y yo hablábamos de cómo pasar
la noche. Era sábado. Los partidos de fútbol universitario habían terminado o eran irrelevantes para nosotros. Las noticias seguían siendo lo mismo de siempre. Así que saqué mi portátil y entré en YouTube. Durante las horas siguientes, nos deleitamos con la música que nos gusta. Aunque, por el momento, los dos gozamos de buena salud, fue un momento dulce y reconfortante. Es como tener dinero en el banco, si sabes a lo que me refiero.
Bobbie y yo hicimos lo mismo en los últimos meses de su vida. Como ella tenía una hermosa voz y yo sabía armonizar, cantábamos. Cuando nuestros hijos y nietos nos visitaban, lo hacíamos todos juntos. De hecho, tengo un vídeo guardado en mi computadora en el que Bobbie canta a dúo Jesus Paid It All [Jesús lo pagó todo] con nuestra nieta Abby.5
4. Apóyate en tu iglesia
La casa de Dios es tan importante como el hospital o la clínica donde tu pareja recibe tratamiento. De hecho, es mucho más importante. Hay algo que pasa con los creyentes cuando alguien habla de «peticiones de oración», es como cuando una bandada de cuervos se lanzan sobre un bicho de junio. Ellos se abalanzan., y te harán sentir que lo último que quieres preguntarte durante esta temporada es si a alguien le importa. En general, los cristianos son cuidadores muy hábiles.
Una vez que comenzó la quimioterapia y el hermoso cabello rubio brillante de Bobbie cayó al suelo, tuvo dudas de ir a la iglesia. Anticipando todo el amor y apoyo que recibiría, la animé, con su cabeza descubierta y todo, a que viniera conmigo. Nuestra iglesia no me decepcionó. La tuya tampoco lo hará.
5. Encuentra una comunidad de amigos de confianza para tu doliente pareja
Esta es hermana de la anterior. Rodea a tu pareja con amigos del mismo sexo. A pesar de mostrarse reacia a decir que sí, Bobbie se comprometió primero a asistir a los estudios bíblicos de una veintena de mujeres y luego a dirigirlos. Esto se convirtió en un salvavidas para los dos.
Estas amigas eran como una malla de seguridad mientras Bobbie se balanceaba salvajemente en los trapecios de arriba. Sus palabras,
sus cartas, sus oraciones no tenían precio.
Llegado a este punto, déjame decir algo importante sobre los amigos y las visitas. Algunas visitas son alentadoras. Otras son, francamente, tóxicas. Oficialmente, uno se convierte en el «cocodrilo en el foso» y, a veces, no es una responsabilidad agradable.6 En una ocasión, cuando Bobbie se acercaba a la rampa de salida, me dijo que una persona en particular le bajaba el ánimo cada vez que la visitaba. Así que le pedí a esa persona, de la forma más amable posible —y no en presencia de Bobbie—, que no la visitara más. Aunque esta conversación fue muy dolorosa para el destinatario de la noticia, tuve que dejar de lado cualquier preocupación por la relación. Yo era el guarda y la comodidad de Bobbie era una prioridad. Y esto debe serlo también para ti.
6. Mantén informados a tus amigos íntimos y a tu familia
Durante los meses del cáncer de Bobbie, envié correos electrónicos a nuestros amigos.7 Estos mensajes proporcionaron a nuestros conocidos cercanos de todo el mundo una fotografía de la bondad del Señor, de la fe de Bobbie y su testimonio durante esos meses.
A menos de un año antes de su muerte, le escribí esto a nuestros amigos: «Las mujeres de nuestra iglesia son una verdadera familia. Han sido las manos y los pies amorosos de Jesús, las que nos han traído sopa y comida, y han sido nuestras compañeras de oración, que nos han regalado su tiempo y sus cuidados en todo momento. Seguimos impresionados por la bondad del pueblo de Dios».
Si tomas la iniciativa de informar a tu círculo de amigos con regularidad, reducirás lo que podría ser un bombardeo de preguntas de personas bienintencionadas que podrían llegar a ser una fuente de distracción y frustración para ti.
7. Evita el exceso de información inteligentemente.
Aunque sea tentador revelar los detalles de pruebas, escáneres
y tratamientos en las actualizaciones, debes tener cuidado. Sí, hay información médica básica que es necesaria para que todo el mundo esté bien informado, pero por lo general tu círculo no necesita detalles demasiado delicados. Lo que sí necesitan es información sobre su ser querido que les anime. Tienes un papel importante que desempeñar como conductor; protege la información con cuidado, incluso las noticias médicas problemáticas.
8. Encuentra motivos para reír
Realmente no hay nada divertido en este viaje, así que tienes que crear tu propia diversión. La risa fue una de las razones por las que te enamoraste en primer lugar, y aunque ahora hay muchas razones para estar sobrio, haz todo lo posible por seguir sonriendo.8
Es posible que parte del humor que compartíamos cuando Bobbie estaba enferma fuera en realidad un tanto negro, pero aun así nos reíamos. Por ejemplo, uno de los médicos del centro de cuidados paliativos había abandonado los «modales de cabecera», suponiendo que alguna vez los hubiera conocido. Cuando entraba en nuestra casa, ni siquiera se molestaba en decirle «hola» a Bobbie, o «¿cómo estás hoy?». Sin siquiera mirarla directamente, le preguntaba: «En una escala del uno al diez, ¿cuál es tu nivel de dolor?».
En cada una de estas visitas, Bobbie lo llamaba «Dr. Muerte» en cuanto salía de la casa. La primera vez que lo llamó así, me dio escalofríos. Luego se convirtió en un motivo de diversión.
Otro momento divertido fue una vez que le dije: «Sabes que te voy a extrañar cuando no estés». Seguramente, la respuesta esperada a una afirmación así sería: «Gracias, yo también voy a extrañarte». Pero ella no dijo esto. Lo que recibí en realidad fue una fina sonrisa y un silencio sordo. Claramente era porque sabía que cuando estuviera en el cielo no me iba a extrañar. Y para mí, eso estaba perfectamente bien. Nos dimos cuenta al mismo tiempo y nos reímos mucho.
9. Dedica tiempo todos los días a leer la Palabra de Dios
Puesto que lo que voy a decir es tan importante para mí, y espero que algún día también lo sea para ti, voy a dedicar un valioso tiempo a este punto.
Bobbie era una ferviente estudiosa de la Biblia. Cada mañana, a una hora muy temprana y oscura, estaba sentada en su sillón rojo, con la Biblia abierta en sus rodillas. Es algo que siempre admiré de ella, ya que yo fui escritor de libros cristianos y profesor de escuela dominical durante muchos años, pero entre nos me lo tomaba a la ligera. Ella se encargaría de esta parte.
En los años ochenta compramos un sillón con respaldo a un amigo que trabajaba en el sector mobiliario en el centro de Chicago. Originalmente estaba forrado en una tela de un color amarillo brillante (Bobbie era una gran fan de los colores vivos), y su primer hogar fue nuestra sala de estar en Geneva, Illinois. A Bobbie le encantaba empezar el día sentada en ese tranquilo sillón, leyendo la Biblia y orando. Solía llamar a este sillón su «altar» mañanero.
Cuando tomamos la decisión de mudarnos al Estado del sol en el 2000, el sillón se vino con nosotros. Y como el amarillo no iba a combinar con nuestra nueva decoración, Bobbie le pidió a un tapicero que le diera un nuevo aspecto. El rojo fue el elegido y, durante catorce años más, aquí es donde se encontrab cada día a «las tantas y media de la madrugada».

Bobbie, una pintora consumada por derecho propio,
decidió un día pintar una imagen de su silla.
Lo sabía porque cada mañana, de camino a mi estudio en el piso de arriba, pasaba junto a ella. Le susurraba un habitual pero amistoso «Buenos días» y me dirigía al computador para empezar mi propio día. Aunque estaba totalmente a gusto con la idea de que mi mujer pasara esas valiosas horas meditando y orando, yo tenía cosas importantes que hacer. Tenía correo que revisar. Horarios que fijar. Artículos que escanear. Clientes a los que llamar. Propuestas que revisar. Contratos que cerrar.
Durante las fiestas, cuando nuestra casa estaba llena de amigos, de vez en cuando me sentaba en el sillón rojo. Pero este era el sillón de Bobbie. Por supuesto, no teníamos reglas al respecto, pero era su lugar para sentarse, leer y estudiar. Así que, por lo general, trataba de usar otros muebles y me sentía bien con eso.
El día del funeral y entierro de Bobbie, nuestra casa era un lugar muy concurrido. Los vecinos se habían ofrecido para preparar el almuerzo y nuestra casa estaba llena de vecinos y familiares. Se hicieron conexiones, nuevas y viejas, y se mantuvieron conversaciones animadas. Bobbie habría estado encantada. Siguiendo el ejemplo de las casas de gente famosa que he visitado en el pasado, extendí una cinta de extremo a extremo del sillón rojo. Aunque esa tarde no había sitio para sentarse, nadie traspasó la cinta. Todos conocían la existencia del sillón rojo y me pareció correcto pedir a los visitantes que no lo utilizaran. Muy amablemente, los visitantes dejaron el sillón en paz, excepto para hacer comentarios y cumplir cortésmente la petición no escrita de «gracias por no sentarse aquí».
A la mañana siguiente, me desperté sobresaltado. Por primera vez en casi cuarenta y cinco años, era un hombre soltero, viudo. Mi nueva realidad me miraba a los ojos. Pero, quitándome el sueño de encima, supe que tenía una misión, un nuevo destino: el sillón rojo de Bobbie. Con cuidado, casi con reverencia, quité la cinta, que aún estaba allí desde la reunión del día anterior, y me senté. Con una voz que apenas superaba el susurro, confesé: «Señor, he sido un hombre perezoso. He visto a mi mujer empezar el día aquí contigo durante todos estos años». Respiré profundo, consciente de la seriedad de este momento y de la determinación de mi corazón.
Desde el sillón rojo dije en voz alta: «Mientras me des aliento, pienso empezar cada día contigo». La desgastada Biblia de Bobbie estaba sobre la mesita auxiliar. La abrí y empecé la lectura del día que marcaba el 15 de noviembre. Esto es lo que decía aquella tranquila mañana:
Bendito sea el nombre del SEÑOR,
desde ahora y para siempre.
Desde la salida del sol hasta su ocaso,
sea alabado el nombre del SEÑOR (Sal 113:2-3)
Imagina el poder de estas palabras: «Desde la salida del sol…» Y «sea alabado el nombre del SEÑOR». Siempre estaré agradecido por el dulce empujón que el Señor me dio en el silencio de aquella mañana, y cada mañana desde entonces. En cuanto a mí, ya sea en el cómodo sillón reclinable de cuero marrón de mi estudio o, cuando viajo, en la sencilla silla de una habitación de hotel, la paz y la alegría que
he experimentado día tras día en esas primeras horas de la mañana con Dios han sido indescriptibles.
Es probable que no tengas un sillón rojo en tu sala o en tu estudio. Pero tienes un lugar donde sentarte, donde levantar los ojos y el corazón —de ti mismo y de las exigencias y problemas de la tierra— hacia el cielo, y abrazar la maravilla de un Dios amoroso que está deseoso de encontrarse contigo cada día. Mi más sincera esperanza es que mi historia te inspire y que te propongas empezar a reunirte con el Señor, a leer Su Palabra y a orar. Si lo haces, puedes agradecérselo a ese viejo sillón rojo y a mi fiel y difunta esposa, que me enseñó qué hacer con él.
10. Comparte versículos selectos con tu pareja
Dos meses antes de que Bobbie pisara el cielo, le dijo a dos mujeres lo que quería que yo hiciera después de su partida. Una de las mujeres con las que habló era una vecina. La otra era la esposa de un colega de negocios. «Cuando me haya ido», les dijo, «quiero que Robert se case». Y luego añadió: «Y quiero que se case con Nancy Leigh DeMoss».
Yo sabía la primera parte, ya que hablamos de esto muchas veces. Pero no fue sino hasta que estuvo en el cielo y esas dos mujeres me contaron sus deseos, que tuve idea de la segunda.
Así que, poco después de un año, en noviembre de 2015, respondí al deseo de Bobbie y me casé con Nancy, una mujer soltera, llamada al ministerio desde que era muy joven.
Si recuerdas, anteriormente hablé de escuchar a los recién casados recitar entre sus votos el «hasta que la muerte nos separe». Y también recordarás que confesé que sonreía por el hecho de que estos jóvenes sabían tan lamentablemente poco sobre la vida tal y como era en realidad. Pero ahora que estaba a punto de volver a pronunciar esas palabras, a los 67 años, la sonrisa ya no estaba allí. A mi edad, «hasta la muerte» para Nancy o para mí —especialmente para mí— era algo sombrío.
Entonces, ¿qué podía hacer ahora, en mi «segunda oportunidad», para bendecir a mi novia?
Una mañana temprano, me vino una idea a la cabeza. Tenía mi Biblia de todos los días en mis rodillas y estaba leyendo porciones de las Escrituras, Salmos, Proverbios, Antiguo Testamento y fragmentos del Nuevo Testamento. Apuesto a que Nancy se sentiría bendecida por algunos de estos versículos, pensé. Así que le envié algunas selecciones. Dos, tal vez tres, y a veces cuatro versículos que saltaban de la página. Ella estaba durmiendo cuando se los envié, pero yo sabía que, en cuanto se despertara, los tendría ahí para ella.
Tan pronto como Nancy se despertó, recibí un texto feliz y de agradecimiento. Fue una motivación más que suficiente para volver a hacerlo.
En el momento de escribir estas líneas, nos acercamos a nuestro noveno aniversario. Y, según mis cálculos, le he enviado más de diez mil versículos de la Biblia. Y ha sido como si mi esposa estuviera sentada a mi lado cada mañana. Y como te podrás imaginar, esto es sumamente motivador.
11. Di y envía mensajes diciendo «Te amo»
Durante los próximos momentos, me gustaría contarte una metáfora. No hace falta que consulte a un actuario para resolver la siguiente pregunta: «¿Quién morirá primero, Nancy o yo?»
Como yo soy diez años mayor que ella, no toma mucho tiempo saber la respuesta.
Así que, igual que los versículos de la Biblia que tiene almacenados en su móvil, he llenado su copa de amor lo mejor que he podido. Todo el tiempo. Con todas mis fuerzas. Esto es algo que me gustaría animarte a hacer con tu pareja mientras ambos están vivos, lo que sería justo ahora, ¿cierto? Esas tres palabras son magia pura. Díselas. Envíale un mensaje. Enjuaga y repite.
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Discusión y reflexión:
- ¿Cuáles de estas once sugerencias necesitas trabajar más en tu vida para prepararte para estar fielmente en el sufrimiento junto a tu pareja?
- En tus pruebas personales, ¿cuáles de estas sugerencias te resultan fáciles y cuáles te cuesta llevar a cabo con regularidad?
Parte IV: Preparados Para El Juicio
Preparado es bueno
Tú y yo nos hemos aventurado juntos a través de esta guía de estudio, y hemos pasado un par de horas charlando. Hemos tratado todo tipo de cosas que espero de verdad que te hayan sido útiles mientras sirves a tu pareja en una lucha difícil.
Independientemente de tu edad, tú y yo no sabemos cuánto tiempo nos queda hasta que llegue nuestro turno de atravesar la cinta al final de la carrera. Y al igual que los golfistas que han decidido no perder el tiempo para hacer su tiro y prepararse para jugar al golf, a pesar de estar en un campo repleto de gente, mi mayor esperanza es que tú y yo estemos precisamente así: preparados.
Recuerda tu época escolar. No importa lo lejos que te remontes. Puede ser la escuela primaria o la secundaria. En la preparatoria o en la universidad.
Cuando ibas al salón de clases o al jurado de profesores que estaban listos para escuchar la defensa oral de tu tesis doctoral, si creías que estabas preparado, estabas tranquilo.
Por el contrario, no hay nada más aterrador que el pánico de no estar preparado. Es la sensación de miedo que dificulta la respiración. El sudor en la cara que grita: «No hice mi trabajo. No estoy preparado para esto».
Estar preparado es tener la confianza de entrar en el altar para tu boda, vestido y arreglado. O sentarte en una reunión de negocios con tu investigación terminada. Esta boda o esta reunión no te han tomado por sorpresa. Lo sabías todo de antemano y tenías tiempo de sobra para hacer lo necesario para alistarte.
A fines de los años sesenta, un popular cantautor de la costa oeste llamado Larry Norman escribió una canción con un tema revelador.
El escenario era la segunda venida de Jesucristo que, según las Escrituras, ocurrirá de forma inesperada: en un abrir y cerrar de ojos.
Así que, ajustándose a la idea de este capítulo final, la canción se tituló: I Wish We’d All Been Ready [Ojalá todos hubiéramos estado preparados]. La letra decía lo siguiente:
Un hombre y su esposa dormidos en cama
Ella oye un ruido y voltea la cabeza
Él se ha ido.
Ojalá todos hubiéramos estado preparados
Dos hombres subiendo una colina
Uno desaparece y el otro se queda quieto
Ojalá todos hubiéramos estado preparados.9
Esa es la idea. Del mismo modo que aceleras tu juego de golf porque el campo está muy ocupado, o te preparas en caso de un desastre aéreo, la palabra clave es preparado.
Una de dos cosas nos espera en nuestro futuro. No son especulaciones. Son hechos. Y no tenemos elección.
La primera es que, durante nuestra vida o después, Jesucristo volverá a la tierra. Su forma física, resucitada, aparecerá, tal como lo hizo en Nochebuena. En esa ocasión vino como un inocente niño nacido de una pareja de campesinos. Pero esta vez no. No será un recién nacido indefenso y dependiente que duerme sobre la paja rasposa de un comedero. Más bien se parecerá a como lo describe el apóstol Juan en el primer capítulo del libro de Apocalipsis:10
Su cabeza y Sus cabellos eran blancos como la blanca lana, como la nieve. Sus ojos eran como una llama de fuego. Sus pies se parecían al bronce bruñido cuando se le ha hecho refulgir en el horno, y Su voz como el ruido de muchas aguas. En Su mano derecha tenía siete estrellas, y de Su boca salía una espada aguda de dos filos. Su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza (Ap 1:14-16).
Tómate un momento para asimilar esta imagen. ¿Y qué hizo Juan cuando vio esto con sus propios ojos? Hizo lo mismo que haremos nosotros cuando veamos a Jesús.
«Al verlo, caí a Sus pies como muerto» (Ap 1:17a).
¿Y qué hará y nos dirá Jesús, cuando estemos de rodillas ante Él?
«Pero Él, poniendo Su mano derecha sobre mí, me dijo: ‘No tengas miedo’» (Ap 1:17b).
El apóstol Pablo también hace referencia a esta visión del Salvador. Utiliza palabras que comprendemos perfectamente: «En un instante» y «En un abrir y cerrar de ojos».
Así que les digo un misterio: no todos dormiremos, pero todos seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final. Pues la trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados (1Co 15:51-52).
O como diría el difunto John Madden cuando un defensa se lanza sobre un mariscal de campo desprevenido, sin poder lanzar un pase porque ha sido derribado de espaldas por un defensa a la carga: ¡Boom!.
Lo segundo seguro es que tú y yo moriremos. Como Bobbie, daremos el último suspiro y nuestros cuerpos se volverán blancos y fríos. Este final puede llegar al concluir una larga enfermedad. Para ti y tus seres queridos no será una sorpresa.
O puede suceder como al padre de mi esposa Nancy, Arthur DeMoss. En una despejada mañana de sábado en la pista de tenis con tres de sus amigos, a la edad de 53 años, mi futuro suegro, a quien estoy deseando conocer en el cielo, sufrió un infarto masivo, un letal infarto de miocardio. Los médicos dijeron que había muerto antes de que su cuerpo se impactara contra la dura superficie de la pista.
Gracias a la maravilla de la tecnología, mientras trabajaba en este manuscrito, Nancy y yo vimos un DVD del funeral de su padre, celebrado el 10 de septiembre de 1979. Allí mismo, sentados en primera fila junto a mi esposa a sus 21 años, estaban su madre de cuarenta años y sus seis hermanos pequeños. Su hermana de ocho años durmió durante casi todo el funeral.
Entre los oradores había conocidos líderes cristianos y dos hombres a los que Art DeMoss les había dado a conocer a Jesús. Cada orador afirmó el testimonio implacable de las palabras y la vida de este hombre. Y, a pesar del dolor del momento, celebraron un simple hecho: incluso siendo un hombre joven de cincuenta años, Art DeMoss estaba preparado. Cuánto agradezco por eso. Y por él.
No importa si tu muerte es repentina o prolongada, o si Jesús regresa antes de que te atropelle un auto o te enfermes, en cualquier caso, hay una sola pregunta que importa. Solo una.
¿Estás preparado?
Aquí viene el juez
Quizás tengas edad suficiente para recordar el programa semanal de comedia Laugh-In de Rowan y Martin. Se emitió de 1968 a 1973 y presentaba a muchos comediantes prometedores, como Arte Johnson que llevaba un casco militar y que a menudo repetía entrecerrando los ojos y curvando los labios (y balbuceando): «Muy interesante». ¿Te acuerdas?
Otra frase que oíamos casi todas las semanas en el programa era la de Sammy Davis Jr. con su peluca blanca y su bata negra diciendo: «Aquí viene el juez». Decía estas palabras mientras se paseaba por nuestras pantallas. Siempre nos hacía reír.
Pero, al hablar de «¿Estamos preparados?», el elemento bíblico de lo que vamos a afrontar después de la muerte, es que estaremos ante el tribunal de Dios, el Juez supremo. Y no habrá nada divertido al respecto.
El apóstol Pablo dice: «Es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo» (2 Co 5:10).
Lo que eso significa —si puedes empezar a asimilarlo— es que cuando tú y yo estemos ante Dios podremos decir: «Somos justos ante ti como Tu Hijo Jesucristo». Ahora eso puede sonar muy arrogante. Pero si entonces preguntas, «Bueno, ¿cómo es eso cierto?», la respuesta es, «Porque la única justicia por la que soy justificado es la justicia de Jesucristo».11
Gracias a Jesús, no hay razón para sentir temor ante este juicio. En lugar de ello, hay muchas más razones para desearlo. ¿Qué tan bueno es?
El Progreso del Peregrino
Cuando éramos pequeños, mi madre, una mujer que se llamaba Grace, nos leía a mis hermanos y a mí El progreso del peregrino. El libro es una alegoría del viaje de vida de un hombre llamado Cristiano desde su nacimiento hasta su muerte, hacia la famosa Ciudad Celestial.
Aunque admito que no recuerdo la parte del libro que mi madre leyó sobre la muerte hace tantos años, he regresado y extraído algunas frases que la describen de un modo que debería dejarnos sin palabras.
Antes de llegar a esta magnífica ciudad, había que cruzar un río caudaloso. Esto intimidó a Cristiano y a su amigo Esperanzado, pero de todos modos siguieron adelante.
Cuando estaban cruzando el río, Cristiano empezó a hundirse, y gritando a su buen amigo, Esperanzado, dijo: «Me hundo en aguas profundas; las ondas pasan por encima de mi cabeza; todas sus olas pasan por encima de mí»… entonces el otro le dijo: «Ten ánimo, hermano mío: Siento el fondo, y es bueno».12
Para mí, el equivalente a «sentir el fondo» es cuando voy en un avión a punto de aterrizar con densas nubes. Por la ventanilla se ve un paisaje blanco sin marcas, y luego, al romperse la blancura, se divisa tierra abajo. Me encanta esa vista. Y esa sensación.
Cristiano sintió el fondo arenoso del río con los pies y eso le hizo sentirse seguro. Vio tierra a través de las nubes y eso lo hizo feliz.
Esos podemos ser tú, yo y nuestra pareja, rumbo a la gloria. A salvo.
Bobbie estaba preparada
Unos meses después de despedirnos de Bobbie en su funeral, tomé un momento para escribir lo siguiente a los muchos amigos que habían seguido nuestro viaje con paciencia y oración. Mi familia y yo habíamos recibido una gran avalancha de amor y bondad.
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Un cierre, un último adiós, y agradecimiento
«Que las misericordias del SEÑOR jamás terminan,
Pues nunca fallan Sus bondades;
Son nuevas cada mañana;
¡Grande es Tu fidelidad»! (Lam 3:23).
Apreciada Familia y Amigos:
Desde mi último correo a ustedes, nuestra familia ha experimentado un montón de «primeras veces»: Acción de Gracias, Navidad, Año Nuevo, Día de San Valentín, tres cumpleaños de nietos, mi cumpleaños.
Muchos nos han preguntado cómo estamos. Es una pregunta que hemos respondido con frecuencia. De hecho, el primer domingo después de que Bobbie pisó el cielo, yo estaba en el teléfono con nuestra Julie.
Me preguntó: «¿Qué debemos decir cuando la gente nos pregunte cómo estamos?»
Hablamos de ello y repasamos varias opciones. Y luego nos decidimos por una sola palabra. Una palabra que ahora hemos dicho una y otra vez:
Agradecidos. Estamos agradecidos.
Para la gente que no conoce a Jesús, esto podría fácilmente sonar como que nos negamos a enfrentar los hechos: La dolorosa verdad de que Bobbie se ha ido. ¿Qué tan ingenuos podemos ser? Sin embargo, es cierto que la fidelidad de Dios ha sido firme y cierta. Como nuestro Pastor, Él cuida de los Suyos. Le estamos verdaderamente agradecidos.
Cuando Bobbie fue diagnosticada por primera vez, mi familia determinó que no estábamos enojados, que no teníamos miedo, que recibíamos esto como un regalo, y que nuestra meta más alta era que el nombre de Jesús fuera enaltecido. ¿Oramos por la sanidad de Bobbie? Sí, lo hicimos. Pero algunos de nuestros amigos —gente a la que queremos mucho— nos preguntaron por qué no estábamos «reclamando» su sanidad. «¿No es la voluntad de Dios que alguien como Bobbie se sane?», preguntaban cariñosamente.
Después de darles las gracias por su preocupación, nuestra respuesta fue la siguiente: «En ocasiones, las personas que aman a Jesús son, de hecho, físicamente curadas. Y en ocasiones no».
Así que, mi familia oró sobre esto y le preguntamos al Señor: «¿Cuál es Tu voluntad?».
Su respuesta fue clara y fuerte; imposible de confundir. ¿Y sabes que la respuesta vino directamente de Su Palabra?
El Señor no tarda en cumplir Su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, Él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan (2P 3:9).
Ahí estaba. Nuestra respuesta. La voluntad de Dios es que las personas perdidas se arrepientan y sean «encontradas». Que, como escribió Francis Thompson hace casi un siglo, sus corazones sean capturados por el «Sabueso del Cielo».
Y los relatos de personas de todo el mundo que han sido tocadas e inspiradas en su caminar con Jesús como resultado del cáncer de Bobbie, han traído a nuestra familia una alegría indescriptible y un propósito en este viaje.
El fin de semana pasado, mis hijos y nietos viajaron a Orlando desde las Carolinas para ayudarme a celebrar mi cumpleaños. La otra misión en su viaje fue ayudarme a sacar con cuidado y amor todas las cosas de Bobbie de la casa. Su armario está vacío, la despensa vuelve a ser solo una despensa, y el cuarto de lavandería y arte, solo un cuarto de lavandería.
Luego, en una lluviosa y fría tarde de sábado, hicimos el corto viaje al cementerio donde el cuerpo de Bobbie ha estado descansando en silencio desde noviembre. Fue un momento de profunda emoción y gratitud. Fue un momento de cierre.
¿Significa esto que olvidaremos a esta mujer extraordinaria que nuestro Padre celestial nos concedió como esposa y madre durante 44 años y 7 meses hasta hoy? No. Pero, debido a su insistencia constante en que «sigamos adelante con nuestras vidas» después de que ella se haya ido, hemos respirado hondo, y estamos haciendo precisamente eso. Por supuesto, con la absoluta seguridad de que volveremos a verla.
Ella estaba preparada. Y esa es una razón más para estar agradecidos.
La cantidad de amor y cuidados que nos han brindado a lo largo de estos tres años ha sido mayor de lo que jamás hubiéramos podido imaginar. Hemos sido sostenidos por sus oraciones.
Así que, gracias. Gracias por estar conmigo; con nosotros. Y gracias por alentarnos mientras damos un paso adelante en la fe, deseosos de ver lo que el Señor tiene ahora para nosotros.
Los amamos.
Robert
—
Así que, ¿por qué estábamos agradecidos?
Porque, aunque el adiós significaba que no volveríamos a verla de este lado de la gloria, Bobbie estaba preparada.
Mi objetivo, mientras estoy en este lado de mi propia muerte, es también estar preparado. Y que así mismo tú lo estés cuando tu pareja dé este paso, y un día cuando tú hagas lo mismo. Esta es mi oración por ti.13
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Notas Finales
- El dinero de tus impuestos en acción.
- https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/falls
- ¿No tiene nuestra burocracia una forma genial de decir las cosas?
- Wendell P. Loveless, copyright © 1938, Wheaton, Illinois, Hope Publishing.
- https://www.youtube.com/watch?v=itmtM0hMGLk
- Por eso los cocodrilos tienen ese aspecto.
- CaringBridge.org puede ser una forma maravillosa de mantener a la gente informada y orar
- El comediante Tim Hawkins nos ha sacado una risa muchas veces. Aquí está uno de mis remates favoritos de este talentoso artista: https://www.youtube.com/watch?v=1Xv10gHvPYo
- Larry Norman, copyright ©1969, todos los derechos reservados.
- Nunca olvidaré una calcomanía que vi hace años en un parachoques: «Jesús va a volver, y viejo, está muy enojado».
- Tomado de un mensaje del Dr. Sinclair Ferguson.
- https://www.ligonier.org/learn/qas/will-christians-answer-for-their-sins-in-judgment
- 11 John Bunyan, El progreso del peregrino, publicado por primera vez en
- 1678. Dominio público.
- 12 Fragmentos adaptados de The Finish Line [La línea de llegada], de
- Robert Wolgemuth. Copyright © 2023 por Robert Wolgemuth. Utilizado con permiso de HarperCollins Christian Publishing.
Acerca del autor
Padre de dos hijas adultas, cinco nietos y, hasta ahora, dos bisnietos, ROBERT WOLGEMUTH lleva treinta y nueve años en el sector de los medios de comunicación. Antiguo presidente de Thomas Nelson Publishers, fue el fundador de Wolgemuth & Associates, una agencia literaria que representa en exclusiva las obras de más de doscientos autores. Retirado oficialmente de la vida activa en el mundo empresarial, Robert es conferenciante y autor de más de veinte libros superventas.
Tabla de contenido
- Parte I: Hasta Que La Muerte Nos Separe
- Lo que dijimos en nuestra boda
- Qué desagradable
- No es nada nuevo
- Hombres, formen un círculo
- Después de ti, ¿quién va primero?
- Discusión y reflexión:
- Parte II: La Certeza Y Realidad De La Muerte
- Sí, está muerto
- Sí, está muerta
- Bobbie va al hospital
- Ahora es mi turno
- Discusión y reflexión:
- Parte III: Preparados Para La Tormenta
- Discusión y reflexión:
- Parte IV: Preparados Para El Juicio
- Preparado es bueno
- Aquí viene el juez
- El Progreso del Peregrino
- Bobbie estaba preparada
- Notas Finales
- Acerca del autor